La guardia blanca
(novela histórica escrita en inglés)
Arthur Conan Doyle
Translator: Juan L. Iribas
En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el
texto. (nota del transcriptor)
LA GUARDIA BLANCA
-NOVELA HISTÓRICA ESCRITA EN INGLÉS-
POR
A. CONAN DOYLE
TRADUCIDA AL CASTELLANO
POR JUAN L. IRIBAS
NUEVA YORK
D. APPLETON Y COMPAÑÍA
EDITORES
1896
COPYRIGHT, 1896,
BY D. APPLETON AND COMPANY.
-La propiedad de esta obra está protegida por la ley en
varios países, donde se perseguirá á los que la
reproduzcan fraudulentamente.-
Á QUIEN LEYERE.
En la moderna literatura inglesa, menos quizás que en ninguna otra,
espera encontrar el lector obras que por su carácter y forma le
recuerden las narraciones históricas de tipos caballerescos, empresas
aventuradas y altas hazañas, que han inmortalizado los nombres de
escritores españoles, franceses é italianos. Diríase que esas novelas de
capa y espada, galanas y airosas, en las que palpita la vida entera de
hidalga tierra y se refleja el espíritu de toda una raza, son patrimonio
exclusivo de otros pueblos y otros autores que los nacidos en la
nebulosa Albión.
De aquí la novedad y el buen éxito merecidísimo de la obra de Conan
Doyle cuya traducción castellana ofrecemos al público en este volumen.
Con erudición y exactitud sorprendentes reproduce el escritor inglés en
-La Guardia Blanca- una serie de episodios fidelísimos de la época en
que se desarrolla el argumento de su novela. Época tan agitada como lo
fué para Inglaterra la segunda mitad del siglo XIV, en la que á pesar de
sus grandes y recientes victorias de Crécy y Poitiers y del tratado de
Bretigny, volvía á encenderse, más fiera y sañuda si cabe, aquella lucha
interminable conocida en la historia con el nombre de Guerra de los Cien
Años.
Á imitación de las famosas Compañías Blancas de Duguesclín, personaje
que también figura en esta obra de muy pintoresca manera, la -Guardia
Blanca- inglesa se lanza de lleno en la contienda y tras breve
permanencia en el Ducado de Aquitania, arrebatado por entonces á la
corona de Francia, entra en España á la vanguardia del poderoso ejército
que Eduardo de Inglaterra pusiera á las órdenes del Príncipe Negro para
reinstalar en el solio de Castilla á su aliado Don Pedro el Cruel, á la
sazón destronado por su hermano Don Enrique de Trastamara.
Las proezas y aventuras de los expedicionarios ingleses y de su
indomable capitán, las descripciones interesantísimas de tipos y
costumbres de la época, los múltiples incidentes de aquellas marciales
jornadas, ora sangrientos y heróicos ora altamente cómicos, todo en
suma, está ideado y referido con tal naturalidad, con exactitud y gracia
tantas, que hacen de este libro una obra acabada y uno de los más
preciados timbres de la fama literaria de su autor.
J. L. I.
HARTFORD, -Abril de 1896-.
LA GUARDIA BLANCA
CAPÍTULO I
DE CÓMO LA OVEJA DESCARRIADA ABANDONÓ EL REDIL
La gran campana del monasterio de Belmonte dejaba oir sus sonoros
tañidos por todo el valle y aun más allá de la obscura línea formada por
los bosques. Los leñadores y carboneros que trabajaban por la parte de
Vernel y los pescadores del río Lande, suspendían momentáneamente sus
tareas para dirigirse interrogadoras miradas; pues aunque el sonido de
las campanas de la abadía era tan familiar y conocido por aquellos
contornos como el canto de las alondras ó la charla de las urracas en
setos y bardales, los repiques tenían sus horas fijas, y aquella tarde
la de nona había sonado ya y faltaba no poco para la oración. ¿Qué
suceso extraordinario lanzaba á vuelo, tan á deshora, la campana mayor
de la abadía?
Por todas partes se veía llegar á los religiosos, cuyos blancos hábitos
se destacaban vivamente sobre el césped que cubría las avenidas de
nudosos robles. Procedían unos de los viñedos y lagares pertenecientes á
la comunidad, otros de la vaquería, de las margueras y salinas, y
algunos llegaban, apresurando el paso, de las lejanas fundiciones de
Solent y la granja de San Bernardo. No les cogía de sorpresa el
inusitado campaneo, porque ya la noche anterior había despachado el abad
un mensajero especial á todas las dependencias exteriores del
monasterio, con orden de anunciar en ellas la proyectada reunión general
del día siguiente. En cambio el hermano lego Atanasio, que durante un
cuarto de siglo había limpiado y bruñido el pesado aldabón de bronce de
la abadía, declaraba con asombro que jamás había presenciado convocación
tan extemporánea y urgente de todos los miembros de la comunidad.
Bastaba observar á éstos para comprender la gran variedad de ocupaciones
á que se dedicaban y para formar idea, aunque incompleta, de los
inmensos recursos de la abadía, centro de activísima vida. Veíase aquí á
dos religiosos cuyas manos y antebrazos teñía de rojo el mosto; más allá
otro, anciano y robusto, llevaba al hombro el hacha con que acababa de
cortar grandes haces de leña; seguíale el hermano esquilador, cuya
ocupación denunciaban las enormes tijeras que llevaba colgadas al cinto
y las vedijas de lana adheridas al sayal. Un numeroso grupo iba provisto
de azadas y layas, y los dos monjes que cerraban la marcha conducían con
trabajo una pesada cesta llena de carpas, truchas y tencas, pues siendo
el siguiente día de vigilia, había que proveer al sustento de cincuenta
religiosos con un apetito á toda prueba. Verdad es que trabajaban de
firme, porque el venerable abad Fray Diego de Berguén era tan severo con
todos ellos como consigo mismo, que es mucho decir, y en su convento no
se toleraban holgazanes.
Mientras se reunían frailes y novicios el abad, cruzadas las manos y
preocupado el semblante, recorría de extremo á extremo la gran sala del
monasterio destinada á los actos solemnes. Sus delgadas facciones y
hundidas mejillas revelaban al asceta que ha sabido triunfar de sus
pasiones, no sin cruel y larga lucha, hasta dominarlas por completo.
Aunque de apariencia endeble, su mirada imperiosa y enérgica recordaba
que por sus venas corría sangre de famosos guerreros y que su hermano
mellizo, el capitán Bartolomé de Berguén, era uno de los esforzados
campeones ingleses que habían plantado la cruz de San Jorge sobre los
muros de París. Apenas sonó la última campanada, se acercó el abad á una
mesa y tocó el timbre que servía para llamar al hermano lego de
servicio, al cual preguntó en el dialecto anglo-francés usado en los
monasterios ingleses durante casi todo el siglo catorce:
--¿Han llegado los hermanos?
--Reunidos están en el claustro mayor, reverendo padre, contestó el
lego, que se hallaba en actitud humilde, cruzadas las manos sobre el
pecho y fija en el suelo la vista.
--¿Todos?
--Treinta y dos profesos y quince novicios. Fray Marcos, postrado por la
fiebre, es el único que falta. Dice que....
--No hace al caso lo que él diga. Enfermo ó no, importaba ante todo
acatar mi mandato. Domeñaré su espíritu rebelde, como lo haré con otros
miembros de esta abadía que necesitan severa disciplina. Y vos mismo,
hermano Francisco, estáis en falta. Ha llegado á mis oídos que habéis
alzado la voz en el refectorio, mientras el hermano lector comentaba la
palabra divina. ¿Qué contestáis á esa acusación?
El lego no chistó, ni se movió siquiera.
--Mil avemarías y otros tantos credos rezados con los brazos en cruz
ante el altar de la Virgen, servirán para recordaros que el Supremo
Creador nos dió dos orejas y una sola lengua, para que oigamos mucho y
hablemos poco. Enviadme aquí al hermano Maestro.
El atemorizado lego salió de puntillas, cerrando tras sí la puerta, que
se abrió algunos momentos después para dar paso á un monje, corto de
estatura, robusto de cuerpo y cuya imperiosa mirada acentuaba la
expresión severa del semblante.
--¿Me habéis llamado, reverendo padre?
--Sí, hermano Maestro. Deseo que el acto de hoy, que me impone un deber
durísimo, se verifique con el menor escándalo posible; y sin embargo, es
fuerza dar al culpable una lección pública, para ejemplo de los
restantes.
Dijo el abad estas palabras en latín, lengua en que de ordinario hablaba
á los religiosos á quienes por sus años ó por razón de su cargo ó de sus
méritos, juzgaba dignos de especial deferencia.
--Es mi parecer que los novicios no presencien el juicio, observó el
hermano Maestro. En la acusación figura una mujer y temo que pérfidas
imágenes empañen la pureza de sus pensamientos....
--¡Mujer, mujer! murmuró el abad. -Radix malorum-, que dijo el venerable
Crisóstomo, definición exacta y aplicable desde Eva hasta nuestros
días. ¿Quién denunciará al pecador?
--El hermano Ambrosio.
--Casto y piadoso mancebo.
--Y modelo de novicios.
--Procédase, pues, al juicio de acuerdo con las prácticas tradicionales
de la orden. Ved que se admita y acomode á los profesos por orden de
edad y que á su tiempo comparezca el maleado Tristán de Horla, cuya
conducta exige ya medidas severas.
--¿Y los novicios?
--Esperarán en el claustro de la capilla, donde convendrá que el lector
les refresque la memoria sobre el tema -Gesta beati Benedicti-. Así se
evitará toda conversación ociosa y toda ocasión de liviandad.
Una vez solo el abad, volvió á fijar sus miradas en las páginas
caprichosamente iluminadas de su breviario y permaneció en aquella
actitud basta que hubo entrado en la sala el último de los monjes.
Tomaron éstos asiento en los dos bancos de tallado roble que iban desde
el estrado hasta el extremo opuesto de la estancia, donde el hermano
Ambrosio y el Maestro de novicios ocuparon sendos sitiales. Era el
primero un joven enteco, alto y pálido, que oprimía nerviosamente entre
sus manos un enrollado pergamino. El abad contempló desde su asiento en
el estrado las dos hileras de monjes, cuyos rostros plácidos, rollizos y
bronceados por el sol, con raras excepciones, y cuya expresión
satisfecha, daban clara muestra de la vida tranquila y feliz que allí
llevaban.
Fray Diego fijó después su penetrante mirada en el joven religioso
sentado frente á él y dijo:
--Sois el acusador, hermano Ambrosio. Quiera nuestro venerado patrón San
Benito concederos su gracia y dirigir nuestros juicios en esta ocasión,
para el bien de la comunidad y para la mayor gloria de Dios. ¿Cuántos
son los cargos dirigidos contra el novicio Tristán?
--Cuatro, reverendo padre, contestó el interpelado en voz baja y sumisa.
--¿Los habéis enumerado y expuesto conforme lo manda nuestra santa
regla?
--Contenidos están en este pergamino....
--Que entregaréis al hermano relator para su lectura cuando llegue el
momento. Introducid al acusado.
Al oir aquella orden, un lego situado junto á la puerta la abrió de par
en par, dando entrada á un joven novicio y á otros dos legos que hasta
entonces lo habían acompañado y vigilado en la antecámara. Era el
novicio Tristán de Horla mancebo de aventajada estatura y atléticas
formas, cuyos ojos negros contrastaban con el rojo cabello y cuyas
facciones, nada desagradables, revelaban de ordinario la franqueza y el
buen humor, si bien en aquel momento se reflejaba en ellas una expresión
de reto y enojo. Caída sobre los hombros la capucha, desabrochado el
hábito que mostraba el hercúleo cuello, desnudos hasta el codo los
velludos brazos que tenía cruzados sobre el pecho, saludó reverentemente
al abad y se dirigió con toda calma al reclinatorio que le estaba
reservado en el centro de la sala. Sus negros ojos pasaron rápida
revista á los circunstantes y acabaron por fijarse, con expresión un
tanto irónica, en el hermano acusador.
Entregó éste el pergamino al relator de la orden, quien lo leyó con voz
pausada y entonación solemne, escuchado atentamente por todos los
religiosos allí congregados. El documento decía así:
"Cargos formulados el día de la Asunción, en el año de gracia de mil
trescientos sesenta y seis, contra el hermano Tristán, antes llamado
Tristán de Horla y al presente novicio de la santa orden monástica del
Císter. Leídos el jueves siguiente á dicha fiesta de la Asunción, en la
abadía de Belmonte, ante el reverendo abad Fray Diego de Berguén y la
comunidad reunida en capítulo. Los cargos aducidos son:
"Primero: Que habiéndose distribuido á los novicios determinada cantidad
de cerveza floja, como concesión especial con motivo de la precitada
festividad y en la proporción de un azumbre por cada cuatro novicios, el
acusado se apoderó violentamente del jarro y se bebió el azumbre de una
sentada, en detrimento de sus compañeros de mesa Pablo, Porfirio y
Ambrosio; quienes declararon que á duras penas pudieron comer los
arenques salados que formaron la refacción de aquel día."
Al oir aquellos detalles el acusado se mordió los labios para disimular
una sonrisa y varios religiosos se miraron de soslayo; otros tosieron á
fin de no soltar la carcajada. Pero el abad permaneció impasible y
severo, mientras el relator continuaba su lectura:
"Segundo: Que como el Maestro de novicios castigase aquel desafuero
poniendo al culpable á pan y agua por tres días, en honor de Santa
Tiburcia, aquel pecador impenitente declaró en presencia del novicio
Ambrosio que quisiera ver á una legión de demonios llevándose por los
aires al susodicho hermano Maestro.
"Tercero: Que amonestado por éste nuevamente, el acusado cogió á su
denunciador por el pescuezo y lo zabulló en el estanque de la huerta,
por espacio suficiente para que la víctima de tamaño atropello pudiera
acabar el credo que rezó mentalmente con objeto de encomendar su alma á
Dios, creyendo llegada la última hora."
Las exclamaciones de sorpresa y censura que se oyeron en ambos bancos
indicaron que los miembros de la comunidad apreciaban la gravedad del
último cargo; pero el abad impuso silencio, levantando su huesuda mano.
--Continuad, dijo al lector.
--"Y cuarto: Que poco antes de vísperas, el día de Santiago Apóstol, se
vió al citado Tristán en el camino de Vernel, en conversación con una
mujer, la llamada María Soley, hija del guardabosque de este nombre. Y
que después de muchas risas y resistencias por parte de la susodicha
doncella, el acusado la tomó en brazos y la condujo al otro lado del
riachuelo de Las Hayas, para evitar que aquella emisaria de Satán se
mojase los pies. Esta infracción inaudita de nuestra santa regla fué
presenciada por tres miembros de la comunidad, con gran escándalo suyo y
con indudable regocijo de todo el infierno, que así veía caer en mortal
pecado á un novicio de nuestra orden."
El silencio profundo que siguió á aquellas palabras, aun más que los
ademanes y el aspecto horrorizado de algunos religiosos, reveló cuán
profunda y unánime era la reprobación de los oyentes.
--¿Quiénes son los testigos de tan enorme pecado? preguntó el abad con
voz que delataba su indignación.
--Yo soy uno de ellos, dijo levantándose el hermano Ambrosio; y conmigo
lo presenciaron Porfirio y Marcos, el cual se afectó de tal manera que
desde entonces se halla en la enfermería.....
--¿Y la mujer? continuó Fray Diego. ¿No prorrumpió en acongojado llanto
al presenciar aquella conducta de un hombre que vestía nuestro sagrado
hábito?
--No, reverendo abad. Antes bien sonrió dulcemente cuando él la depositó
allende el vado y le dió las gracias y le tendió su mano. Lo ví con mis
propios ojos, como lo vió Marcos....
--¡Lo visteis, desgraciados! gritó el abad. ¿Y acaso no sabíais que el
capítulo treinta y cinco de los reglamentos de esta orden os lo prohibía
terminantemente? ¿De cuándo acá habéis olvidado que en presencia de una
mujer debemos todos bajar la vista y aun volver la cara? Y si hubierais
tenido fija la mirada en vuestras sandalias, ¿cómo ver las sonrisas y
mohines de aquel demonio disfrazado de mujer? ¡Á vuestras celdas, falsos
hermanos, á pan y agua hasta el próximo domingo, con dobles laudes y
maitines para que aprendáis á obedecer las leyes que nos rigen!
Ambrosio y Porfirio, atemorizados ante aquella inesperada reprimenda,
cayeron temblando en sus asientos. El abad apartó de ellos la vista para
fijarla en el principal culpable, quien lejos de mostrar temor é
inclinar la frente sostuvo con toda calma la mirada furibunda de Fray
Diego.
--¿Qué alegáis en vuestra defensa, hermano Tristán?
--Poca cosa, padre mío, fué la contestación del joven, dada con el
pronunciado acento sajón que por entonces caracterizaba á los campesinos
ingleses del Oeste. Por cierto que el inusitado acento llamó mucho la
atención de los religiosos, ingleses de pura raza en su mayoría. Pero el
abad sólo se fijó en la tranquilidad y la indiferencia que la respuesta
del novicio revelaba y la indignación coloreó su rostro enjuto.
--¡Hablad! ordenó golpeando con el puño el brazo del sitial.
--Pues cuanto á lo de la cerveza, observó Tristán sin inmutarse lo más
mínimo, téngase en cuenta que acababa yo de llegar del trabajo en el
campo y que apenas empiné el jarro ya le ví el fondo y sin saber cómo lo
dejé en seco. Grande debió de ser mi sed. Cierto es que perdí los
estribos cuando el buen Maestro me mandó ayunar, pero bien se explica
eso recordando que pan y agua es triste dieta para un cuerpo y un
apetito como los que Dios me ha dado. También es verdad que le senté la
mano el cernícalo de Ambrosio, pero la zabullida de que se queja no pasó
de un susto sin consecuencias. Y como no niego ninguno de los cargos
anteriores, tampoco puedo negar, si tal cargo es, el de haber ayudado á
la hija de Soley á pasar el vado de Las Hayas, en atención á que la
pobre muchacha tenía puestos zapatos y medias y su saya de los domingos,
al paso que yo iba descalzo y se me importaba un bledo remojarme los
pies. Y tengo para mí que el no haberme portado cual entonces lo hice
hubiera sido una vergüenza, para un novicio como para cualquier otro
hombre que se respete y que respete á la mujer....
Aquellas palabras colmaron la exasperación del abad, sobre todo
pronunciadas como fueron con la sonrisa burlona que apenas había
desaparecido un momento de los labios de Tristán desde el comienzo de su
perorata.
--¡Basta ya! exclamó Fray Diego. Lejos de defenderse el culpado confiesa
y agrava su falta con sus livianas palabras. Sólo me resta imponerle el
condigno castigo.
Al decir esto dejó el abad su asiento y todos los monjes le imitaron,
dirigiendo temerosas miradas al irritado semblante de su superior.
--Tristán de Horla, continuó éste, en los dos meses de vuestro noviciado
habéis dado pruebas evidentes de perversidad y de que por ningún
concepto merecéis vestir el blanco hábito símbolo de un espíritu sin
mancha. Seréis, pues, despojado de ese hábito y despedido de esta
abadía, de sus tierras y pertenencias, sin renta ni beneficio de ninguna
clase y sin las gracias espirituales que gozan cuantos viven bajo la
tutela y especial protección de San Benito. Vuestro nombre será borrado
de los registros de la orden y os queda prohibido volver á pisar los
umbrales de la abadía y entrar en ninguna de las granjas y posesiones de
Belmonte.
Aquella primera parte de la sentencia pareció terrible á los monjes,
especialmente á los más ancianos, acostumbrados como estaban á la vida
sosegada de la abadía, fuera de la cual se hubieran visto tan
desamparados y desvalidos como niños abandonados á sus propias fuerzas.
Pero evidentemente la vida mundanal no tenía terrores para el novicio,
antes le atraía y agradaba, á juzgar por la expresión regocijada con que
oyó el anuncio de su expulsión. Su contento acrecentó la iracundia de
Fray Diego, quien continuó diciendo:
--Esto por lo que al castigo espiritual se refiere. Pero á los malos
servidores de Dios, de corazón empedernido, poco les duelen tales penas.
Yo sé cómo castigaros de manera que lo sintáis, ahora que vuestras
fechorías os han privado de la protección de la iglesia. ¡Á ver! ¡Tres
hermanos legos, Francisco, Atanasio y José, apoderaos del truhán, atadle
los brazos y decid al hermano portero que le aplique unas cuantas
docenas de azotes con un buen rebenque!
Al acercársele los robustos legos para obedecer las órdenes del abad,
desapareció toda la placidez del novicio, que asió con ambas manos el
pesado reclinatorio de roble y levantándolo en alto como una maza, gritó
con voz potente:
--¡Teneos! ¡Juro por San Jorge que al primero de vosotros que ose
tocarme le rompo la cabeza en mil pedazos!
La advertencia no podía ser más clara ni más enérgica, y unida á la
amenazadora actitud del novicio, cuyas fuerzas eran bien conocidas de
todos, bastó para que los legos retrocedieran más que de prisa y para
espantar á los religiosos, que se precipitaron en tropel hacia la
puerta. Sólo el abad pareció pronto á lanzarse sobre el rebelde novicio,
pero dos monjes que junto á él se hallaban lo asieron por los brazos y
lograron ponerlo fuera de peligro.
--¡Está poseído del demonio! gritaban los fugitivos. ¡Pedid socorro! Que
venga el hortelano con su ballesta, y llamad también á los mozos de
cuadra. ¡Pronto, decidles que estamos en peligro de muerte! ¡Corred,
hermanos! ¡Ved que ya nos alcanza!
Pero el victorioso Tristán de Horla no pensaba en perseguirlos. Estrelló
contra el suelo el reclinatorio, derribó de un revés á su delator
Ambrosio, que puso el grito en el cielo, y atropellando á los
aturrullados frailes que formaban la retaguardia, bajó á escape la
escalera. El portero Atanasio vió pasar rápidamente una gigantesca forma
blanca y antes de enterarse de lo que aquello significaba y de la causa
del tumulto que en la escalera se oía, ya el indómito Tristán estaba
lejos de la abadía y á grandes zancadas recorrió el polvoriento camino
de Vernel.
CAPÍTULO II
DE CÓMO ROGER DE CLINTON EMPEZÓ Á VER EL MUNDO
Los muros del antiguo convento no habían presenciado jamás escándalo
semejante. Pero Fray Diego de Berguén tenía en mucho la buena disciplina
de la comunidad para permitir que ésta quedase bajo la impresión de la
rebeldía triunfante del novicio; así fué que convocando nuevamente á los
hermanos les dirigió una filípica como pocas, comparando la expulsión
del iracundo Tristán á la de nuestros primeros padres del Paraíso,
llamando sobre él los castigos del cielo y advirtiendo de paso á sus
oyentes que si algunos de ellos no mostraban más celo y obediencia que
hasta entonces, la expulsión de aquel día no sería la última. Con esto
quedó restablecida la calma y en buen lugar la autoridad de Fray Diego,
quien ordenó á los religiosos que volvieran á sus faenas respectivas y
se retiró á su celda.
Apenas comenzadas sus oraciones oyó que llamaban suavemente á la puerta.
--Entrad, dijo con voz en que se traslucía el mal humor; pero apenas
fijó los ojos en el importuno que así le interrumpía, desapareció la
expresión ceñuda del semblante, reemplazándola bondadosa sonrisa.
El que llegaba era un esbelto doncel, de facciones algo delgadas, rubios
cabellos, buena presencia y muy joven á juzgar por la expresión aniñada
del rostro. Sus claros y hermosos ojos revelaban también un candor casi
infantil; su mirada era la del adolescente cuyo espíritu se había
desarrollado hasta entonces lejos de las emociones, de las penas y de
los combates del mundo. Sin embargo, las líneas de la boca y la
pronunciada forma de la barba indicaban un carácter enérgico y
resuelto.
Aunque no vestía el hábito monástico, su ropilla, calzas y gruesas
medias eran de obscuro color, cual convenía á un morador de aquella
santa casa. De una ancha correa cruzada al hombro pendía henchido zurrón
de los que por entonces usaban los viajeros; llevaba en la diestra un
grueso bastón herrado y en la otra mano su gorra de paño pardo, que
tenía cosida al frente una gran medalla con la imagen de Nuestra Señora
de Rocamador.
--Veo que estás ya pronto á ponerte en camino, hijo querido. Y no deja
de ser coincidencia curiosa, continuó el abad con aire pensativo, la de
que en un mismo día salgan de este monasterio el más perverso de sus
novicios y el mancebo á quien todos consideramos como el más digno de
nuestros jóvenes discípulos y que es también el predilecto de mi
corazón.
--Sois demasiado bondadoso, padre mío, contestó el doncel. Por mi parte,
si me fuese dado elegir, acabaría mis días en Belmonte. Aquí he tenido
mi dulce hogar desde la infancia y al salir de esta casa lo hago con
verdadero pesar.
--Pruebas impuestas por Dios son esas penas, Roger, y cada cual tiene su
cruz. Pero tu partida, que á todos nos contrista, es inevitable. Yo
prometí á tu padre que al cumplir los veinte años saldrías de Belmonte,
para ver algo del mundo y juzgar por tí mismo si preferías seguir en él
ó volver á este sagrado refugio. Acerca ese escabel y toma asiento.
Hízolo así Roger y el abad continuó diciendo, después de reflexionar
algunos momentos:
--Veinte años hace que tu padre, el arrendador de la granja de Munster,
murió, dejando valiosos cortijos y terrenos á la abadía y dejándonos
también á su hijo menor, niño de pocos meses, á condición de criarlo y
educarlo en el monasterio. Hízolo así el buen hidalgo no sólo porque
había muerto tu santa madre, sino porque Hugo de Clinton, su hijo mayor
y único hermano tuyo, había dado ya pruebas de su carácter díscolo y
violento, y hubiera sido absurdo dejarte encomendado á él. Pero como
dije antes, tu padre no quería dedicarte irrevocablemente á la vida
monástica; la elección dependerá de tí, y no has de hacerla ahora, sino
cuando tengas alguna experiencia de la vida, para resolver con acierto.
--¿Y no impedirán mi partida los cargos que he ejercido ya en la
comunidad, aparte de mis funciones de amanuense?
--En manera alguna. Veamos: ¿has sido despensero y acólito?
--Sí, padre.
--¿Exorcista y lector después?
--Sí, padre.
--Y obediente y piadoso como un hermano profeso, pero nunca has hecho
voto de castidad. ¿No es cierto?
--Así es, padre mío.
--Pues nada te impide entrar en el mundo y vivir en él tan libremente
como el que nunca ha pisado el claustro. Y puedo decir con placer que
esa nueva vida se abre ante tí con buenos auspicios, porque además de
los sanos principios que te hemos inculcado, eres hábil y puedes
bastarte á tí mismo haciéndote útil á otros. Dime qué has aprendido
últimamente; ya sé que eres escultor de no mediano mérito y que pocos
mancebos de tu edad te ganan á tocar la cítara y el rabel. Y nada diré
de tu voz; nuestro coro pierde contigo el mejor de sus cantores.
Sonrióse complacido el doncel y dijo:
--Á la paciencia del buen hermano Jerónimo debo también el oficio de
grabador, que he aprendido pasablemente y llevo hechos muchos trabajos
en madera, marfil, bronce y plata. Con Fray Gregorio he aprendido á
pintar sobre pergamino, metal y vidrio. Sé esmaltar, conozco algo el
tallado de piedras preciosas, puedo construir muchos instrumentos
músicos y cuanto á la heráldica, no hay en Belmonte amanuense ni novicio
que la sepa mejor que yo.
--¡Pues no es corta la lista! exclamó el superior con alegre acento. No
hubieras aprendido más en el Real Colegio de Exeter. Pero ¿qué me dices
de tus otros estudios, de tus lecturas y composiciones?
--Sin ser mucho lo que he leído, el hermano Canciller os podrá decir que
no he descuidado la biblioteca. Los Evangelios comentados, Santo Tomás,
la Colección de Cánones....
--Bueno es todo eso, pero más necesitas hoy otra clase de lecturas, algo
de ciencias naturales, geografía y matemáticas. Veamos: desde esta
ventana se divisa la desembocadura del Lande y más allá unas cuantas
velas de barcos pescadores que han cruzado la barra y salido al mar.
Supongamos que en lugar de volver esta noche al puerto, continuasen esas
barcas su viaje por días y días en la dirección que ahora llevan. ¿Sabes
á dónde llegarían?
--Tienen puesta la proa en dirección á Oriente, contestó prontamente el
joven, y van en derechura hacia aquella región de Francia que hoy forma
parte de los dominios de nuestro poderoso señor el Rey de Inglaterra.
Volviendo la proa hacia el sur llegarían á España y por el nordeste
encontrarían los estados de Flandes y más allá la gente moscovita.
--Cierto es. ¿Y si después de llegar á los dominios de nuestro rey en
Francia emprendiese un caminante la marcha en dirección á Oriente?
--Pues visitaría las tierras francesas que todavía están en tela de
juicio y la famosa ciudad de Avignón, donde reside temporalmente Su
Santidad. Más allá se extienden los estados de Alemania, el gran Imperio
Romano, las tribus de los paganos Hunos y Lituanos y por último la
ciudad de Constantino y el dominio de los odiados hijos de Mahoma.
--Bien, Roger. ¿Y más allá?
--Jerusalén, la Tierra Santa y el caudaloso río que tuvo sus fuentes en
el paraíso terrenal. Después... no sé, padre mío; pero el fin del mundo
no andará muy lejos de aquellos lugares, á lo que imagino.
--No tal, mi buen Roger, y eso te probará que siempre queda algo que
aprender. Has de saber que entre los Santos Lugares y el fin del mundo
habitan muchos y muy numerosos pueblos, cuales son el de las amazonas,
el de los pigmeos y aun el de ciertas mujeres, tan bellas como
peligrosas, que matan con la mirada, como se dice del basilisco. Y al
oriente de todas esas naciones está el reino del Preste Juan, cuyas
vagas descripciones habrás hallado en los libros. Todo esto lo sé de
buena tinta, por habérmelo asegurado y descrito un valiente capitán y
gran viajero, el señor Farfán de Setién, que descansó en Belmonte á su
paso para Southampton y nos refirió sus viajes, descubrimientos y
aventuras en el refectorio, con detalles tan curiosos é interesantes que
muchos hermanos se olvidaron de comer por el placer de escucharle sin
perder una sílaba de su relato.
--Lo que yo quisiera saber, padre mío, es qué hay al fin del mundo....
--Poco á poco, amiguito, interrumpió el abad. Lo que allí hay ó deja de
haber no es para preguntado. Pero hablemos de tu viaje. ¿Cuál será tu
primera etapa?
--La casa de mi hermano en Munster. No sólo deseo conocerlo, sino que
los informes desfavorables que siempre he tenido de su carácter y método
de vida me parecen una razón más para intentar reformarlo y atraerlo al
buen camino.
El abad movió la cabeza negativamente.
--Pronto se echa de ver tu inexperiencia. La mala reputación del
arrendador de Munster data de antiguo, y quiera Dios que no sea él quien
logre apartarte del buen camino que has seguido hasta ahora. Pero ya
vivas con él ya te lleve la suerte por otros rumbos, desconfía sobre
todo de los falsos atractivos y de las artes de la mujer, el mayor
peligro que amenaza á los hombres de tu edad y sobre todo á los que como
tú no han encontrado jamás en su camino á ese enemigo de nuestra
tranquilidad. Adiós, hijo mío. Abrázame y recibe la bendición del cielo
que invoco sobre tu cabeza. Encomiéndote también fervientemente al
glorioso San Julián, patrón de los viajeros. Sea tu vida cristiana y
feliz.
Penosa fué la despedida de aquellos dos hombres, el uno animado por el
cariño paternal que profesaba al huérfano y el otro por su gratitud
infinita hacia el bondadoso protector de toda su vida. Hacía más dura su
separación la idea que ambos tenían formada del mundo, al que
consideraban desde su tranquilo refugio como centro de iniquidades,
peligros y rencores. Los monjes y novicios que no habían salido á sus
quehaceres esperaban á Roger en el pórtico, donde se despidieron de él
con efusión, pues de todos era grandemente apreciado. También le
hicieron algunos regalos; un pequeño crucifijo de marfil, un libro de
oraciones y un cuadrito que representaba la Degollación de los
Inocentes, artísticamente ejecutado en pergamino. Todos aquellos
recuerdos de sus cariñosos amigos quedaron pronto bien acondicionados en
el zurrón, sobre el cual el previsor hermano Atanasio colocó también un
paquete que recomendó mucho á Roger y que según descubrió éste después,
contenía una hogaza de pan blanco, un magnífico queso y una botella de
buen vino.
Púsose por fin en camino el conmovido joven, en cuyos oídos resonaban
las bendiciones y las frases de despedida de los bondadosos monjes. Al
llegar á una altura vecina se detuvo para contemplar por última vez
aquellos lugares en los que se había deslizado su vida tranquila y
dichosa. Allí el obscuro y monumental edificio de la abadía, la
residencia de Fray Diego, con su capilla adjunta, los jardines y
huertos, iluminado todo ello por un sol espléndido. Más allá la
anchurosa ría del Lande, el vetusto pozo de piedra, la capilla de la
Virgen y en la esplanada frente al convento el grupo de blancos hábitos,
aquellos amigos de su adolescencia, que al verle detenido renovaron sus
saludos.
Dos lágrimas surcaron las mejillas de Roger, que suspiró profundamente y
volvió á emprender su jornada.
CAPÍTULO III
DE CÓMO TRISTÁN DE HORLA DEJÓ AL BATANERO EN PERNETAS
Caso muy raro sería que un joven de veinte años, lleno de salud y vida,
dedicase las primeras horas de absoluta independencia gozadas desde la
infancia á llorar la celda de su convento y la disciplina del claustro.
Sucedió, pues, que la emoción de Roger fué poco duradera y que aun antes
de perder de vista á Belmonte recobró la alegría propia de sus años y
pudo apreciar en toda su belleza los primores del paisaje. Era una tarde
hermosísima; los rayos del sol caían oblicuamente sobre los frondosos
árboles, trazando en el camino arabescos de sombras, alternados con
anchas franjas doradas. Entre los árboles y en cuanto alcanzaba la
vista, tupidos arbustos, amarilleando algunos al soplo del otoño. Al
perfume de las flores se unían las gratas emanaciones resinosas de los
pinares y sólo el rumor de claros arroyuelos interrumpía de cuando en
cuando el murmullo de la brisa entre las ramas y el canto de los
pájaros.
Pero aquella soledad y quietud de los campos eran sólo aparentes. La
vida se desarrollaba vigorosa y activa en ellos y en los vecinos
bosques. Insectos de brillantes colores zumbaban en torno de hojas y
flores; juguetonas ardillas suspendían sus escarceos para mirar al
insólito caminante desde lo alto de las ramas, y ya se oía el gruñido
del fiero jabalí en el matorral, ya el roce de las hojas secas pisadas
por el gamo, que huía á todo correr.
No tardó el risueño caminante en dejar muy atrás á Belmonte y sus verdes
praderas y de aquí que fuera mayor su sorpresa al divisar sentado en una
piedra junto al camino á uno al parecer religioso de aquella comunidad,
á juzgar por los blancos hábitos que vestía. Pero al acercarse notó
Roger que el rostro del fraile, desapacible y coloradote, le era
totalmente desconocido y que por sus ademanes y la expresión dolorida
del semblante más parecía caminante desbalijado que otra cosa. De pronto
le vió incorporarse y correr camino arriba, recogiendo y levantando con
ambas manos el sayal, lo menos dos palmos más largo de lo que pedía el
cuerpo bajo y rechoncho del desconocido. Pero no tardó éste en
detenerse, resoplando como si le faltara el aliento y acabando por
dejarse caer sobre la hierba. Roger se dirigió hacia él apresuradamente
y el otro le preguntó:
--¿Conocéis, buen amigo, la abadía de Belmonte?
--Mucho que sí, de allí vengo y en ella he vivido hasta hoy.
--Loado sea Dios, porque en tal caso podréis decirme quién es un fraile
como un dragón, con la cara llena de pecas, los ojos negros y el pelo
rojo, á quien por mi mal acabo de encontrarme en este camino. ¿Le
conocéis? No puede haber otro tan grande ni tan malvado como él en la
abadía.
--Por las señas es ése el novicio Tristán de Horla. ¿Qué os ha hecho?
--¡Pesia mi alma que lo hecho por él no lo hicieran conmigo salteadores
de camino! No sino que el menguado me quitó cuanta ropa llevaba puesta
dejándome en gregüescos y después me enjaretó este sayal blanco,
quedándome yo aquí corrido y sin atreverme á volver al pueblo y mucho
menos á presentarme á mi mujer, que si me ve en esta guisa pondrá el
grito en el cielo, tratándome de borracho y correntón.
--¿Pero cómo fué eso? preguntó el amanuense, que á duras penas podía
contener la risa.
--Yo os lo contaré de la cruz á la fecha, repuso el otro. Pasaba por
este mismo camino y muy cerca del lugar en que estamos, cuando me topé
con el fraile bandido de la cabeza roja. Creyéndolo un religioso como
Dios manda, entregado á sus oraciones, lo saludé y seguí mi marcha hacia
Léminton, donde vivo y me gano el sustento como batanero que soy. Pero á
los pocos pasos oí que me llamaba; volvíme y me preguntó si tenía
noticia de la nueva indulgencia concedida á favor de los monjes del
Císter. "No," le contesté. "Tanto peor para vuestra salvación eterna,"
me dijo; y habló largamente de la gran estimación de Su Santidad por las
virtudes del abad de Berguén y cómo en reconocimiento y recompensa de
las mismas había resuelto el Papa conceder indulgencia plenaria á todo
pecador que vistiese el hábito cisterciense y lo tuviese puesto el
tiempo necesario para recitar los siete Salmos de David. Al oirlo me
arrodillé á sus pies, rogándole que me dejase obtener tan grande gracia
prestándome su hábito, á lo que se avino después de muchas súplicas y de
entregarle yo doce sueldos para dorar la imagen del bendito San Lorenzo.
Quitádose que hubo esta vestimenta, tuve que prestarle mi buen jubón y
calzas de paño para que no le viese algún caminante en ropas menores y
aun me pidió el grueso par de medias que yo llevaba para preservarse,
dijo, del airecillo algo frío, mientras rezaba yo mis oraciones. Llegado
apenas al segundo salmo, acabó él de arroparse y gritándome que
procurase conducirme cual cuadraba á un piadoso fraile, apretó á correr
camino arriba como si lo persiguieran los demonios. Cuanto á mí,
pecador, ni puedo correr metido en este saco harinero que por todos
lados me sobra, ni tampoco es cosa de quitármelo y presentarme en el
pueblo sin más vestimenta que una almilla rabona, unos gregüescos
remendados y un par de zapatos. Ni siquiera medias. ¡Por vida del fraile
ladrón!
--No os descorazonéis, buen hombre, dijo el doncel, que bien podréis
trocar vuestro sayal por un jubón en el convento, cuando no tengáis más
cerca algún conocido que os saque del paso.
--Sí tengo, repuso el batanero. Allende el seto vive un pariente de mi
mujer, pero la suya es lo más mordaz y maldiciente que conozco y como mi
aventura llegase á oidos de aquella bruja no me atrevería á asomar la
cara fuera de mi casa en un mes. Pero si vos quisierais, mi buen señor,
podríais hacerme una grandísima merced con sólo desviaros de vuestro
camino cosa de dos tiros de ballesta y....
--Eso haré yo de muy buena gana, dijo Roger compadecido del pobre hombre
á quien en tan duro trance habían puesto las diabluras de Tristán, su
amigo del convento.
--Pues tomad aquel sendero de la izquierda, que no tardará en llevaros
á un claro del bosque, y allí veréis la choza de un carbonero. Decidle
que os dé un par de prendas de ropa y que os envía con grande urgencia
maese Rampas, el batanero de Léminton. Razones tiene para no negarme eso
que en nombre mío váis á pedirle.
Hízolo Roger como se lo decían y halló muy pronto la cabaña y sola en
ella á la mujer del carbonero, por hallarse su marido trabajando en el
monte. Expuso su misión y complaciente la mujer comenzó enseguida á
preparar el hatillo, mientras Roger la contemplaba con la curiosidad
natural en quien jamás había hablado á una mujer y mucho menos vístose
mano á mano con una hija de Eva en solitaria cabaña perdida en el
bosque. Observó que sus desnudos brazos eran de redondeadas formas,
aunque requemados por el sol y que llevaba modesta basquiña parda y un
pañolón cruzado y prendido sobre el pecho con enorme alfiler de cobre.
--¡Maese Rampas el batanero! repetía ella yendo de aquí para allá en
busca de las ropas. Si fuese yo su mujer ya le enseñaría á dejarse
desbalijar en medio del camino por el primer perdulario que pase. Pero á
bien que él ha sido siempre un alma de Dios y que no he de ser yo quien
le ponga tachas ni le niegue un favor, que muy grande me lo hizo él
pagando de su bolsillo el entierro de Frasquillo, mi hijo mayor, á quien
tenía de aprendiz en el batán y me lo llevó la peste negra de hace dos
años. ¿Y quién sois vos, mi buen señor?
--Un caminante. Vengo de Belmonte y me propongo llegar á Munster esta
noche ó mañana.
--Y viniendo de Belmonte, me basta miraros para conocer que habéis sido
discípulo de los monjes. Pero conmigo no hay por qué bajar los ojos ni
poneros rojo como un pimiento. ¡Bah! ¿Á mí qué? ¡Buenas cosas os habrán
contado los frailes de nosotras las mujeres, y á fe que se diría que
ninguno de ellos ha conocido ni querido á su propia madre! ¡Bonito
estaría el mundo si los padres priores echasen de él á todas las
mujeres!
--No lo quiera Dios, dijo fervientemente Roger.
--Amén mil veces. Pero vos sois un gentil mozo y tanto más me lo
parecéis á mí por lo mismo que sois á la vez modesto y comedido. Fácil
es ver también que no habéis pasado vuestros pocos años á la
intemperie, sufriendo las inclemencias del frío en invierno y quemado
por los rayos del sol en verano, como tuvo que sufrirlo mi pobre
Frasquillo, y eso que no había cumplido los catorce cuando me lo llevó
Dios.
--La verdad es que he visto muy poco del mundo, buena mujer, respondió
el joven.
--Tanto mejor para vos. Y ahora, aquí tenéis el hatillo para el bueno de
Rampas y decidle que no se dé prisa por devolver esas ropas. Cuando
buenamente pase por aquí cerca puede dejarlas en la cabaña. ¡Virgen
Santa, cómo estáis cubierto de polvo! Bien se ve que en los conventos no
hay mujer que os cuide. Os limpiaré un poco. ¡Vaya! Y ahora, dadme un
beso é id en paz.
Inclinóse Roger para que ella lo besase, saludo muy en boga en
Inglaterra por aquella época, y así lo hizo notar Erasmo mucho después,
diciendo que el beso como saludo era más usado en aquel reino que en
ningún otro país. Pero la experiencia era nueva para Roger, y el
contacto de la villana le produjo una impresión para él desconocida
hasta entonces. Pensando iba en ello al dejar la casuca y recordó las
palabras del abad, acabando por preguntarse qué hubiera dicho y sentido
éste en caso parecido al suyo. Pero llegado de nuevo al camino vió Roger
un cuadro que le hizo olvidar todo lo restante.
El malhadado maese Rampas se hallaba á corta distancia del lugar donde
él lo dejara, gimiendo, pateando y desesperándose más que nunca y lo que
era peor, sin el hábito, ni más vestimenta que una cortísima almilla y
los zapatos. Á lo lejos desaparecía entre los árboles á todo correr un
hombrachón que llevaba un lío en una mano y apoyaba la otra sobre el
costado como si le dolieran los ijares de tanto reirse.
--¡Vedlo! aulló el batanero. ¡Allí va! Vos me sois testigo, para dar con
él en la cárcel de Chester. ¡Que se me lleva mi hábito!
--¿Pero qué ha pasado aquí? ¿Quién es aquel hombre?
--¿Quién ha de ser, pesia mí, sino vuestro Tristán el ladrón, Tristán el
bandido, que no contento con haberme dejado casi en cueros vivos, volvió
para llevárseme el sayal, como si un cristiano pudiera andar por el
camino público con este camisín. ¡Me ha robado mi hábito, mi hábito!
--Perdonad, buen hombre, el hábito era suyo....
--Corriente, pues que se lo lleve todo. No tardará en volver para
despojarme de los zapatos y de este camisolín, que para lo que tapa....
¡Nuestra Señora de Rocamador me valga!
--¿Y cómo fué ello? preguntó Roger, lleno de asombro.
--¿Son ésas las ropas que me traéis? Dadme acá, por favor, que éstas ni
el Papa me las quita, aunque le ayude todo el Sacro Colegio. ¿Que cómo
fué? Pues apenas me dejasteis volvió corriendo don ladrón y como yo
empezase á apostrofarle me preguntó muy dulcemente si creía posible que
un buen religioso abandonase su sayal nuevecito y abrigado para vestir
el jubón y las calzas de un artesano. Empecé á quitarme el hábito muy
regocijado, mientras él explicaba que se había ausentado para que yo
dijera mis oraciones con mayor recogimiento. También hizo como que se
desabrochaba mi jubón para devolvérmelo, pero no bien le entregué su
sayal apretó á correr otra vez, dejándome con lo puesto, que no es mucho
que digamos. ¡Habrá tuno! ¡Y cómo se reía el bigardón!
Roger escuchó el relato de aquellas lástimas con toda la seriedad que
pudo. Pero cuando contempló al pobre hombre vestido con los guiñapos del
carbonero y vió la expresión de dignidad ofendida que tenían el rostro
mofletudo y los ojillos saltones de maese Rampas, le fué imposible
contener la risa. Jamás se había reido tanta ni de tan buena gana, é
incapaz de tenerse de pie se apoyó contra el tronco de un árbol, sin
poder hablar, saltándosele las lágrimas y riéndose á todo trapo.
El batanero le miró gravemente; nuevos accesos de hilaridad retorcieron
el cuerpo de Roger y maese Rampas, viendo que aquello no llevaba trazas
de acabar, le hizo un ceremonioso saludo y se alejó pausada y
altivamente, contoneándose. Roger le miró hasta perderle de vista, y aun
después de ponerse él mismo en camino se reía de todo corazón cada vez
que recordaba la facha y los visajes del batanero de Léminton.
CAPÍTULO IV
DE LA JUSTICIA INGLESA EN EL SIGLO CATORCE
El camino que seguía Roger era poco frecuentado, mas no tanto que el
viandante dejase de encontrar de vez en cuando ya unos arrieros, ya un
pobre pedigüeño, y otros viajeros tan cansados como él. Entre los que
halló Roger á su paso se contó también uno al parecer fraile, que
gimoteando le pidió algunos cornados para comprar pan, pues estaba
muerto de hambre. El joven apresuró el paso sin contestarle, porque en
el convento había aprendido á desconfiar de esos frailes vagabundos; sin
contar con que del morral que el pordiosero llevaba á la espalda vió
salir el hueso no muy mondo de una pierna de cordero que para sí la
hubiera querido el buen Roger. No anduvo largo trecho sin oir las
maldiciones que le lanzaba el supuesto religioso; seguidas de tales
blasfemias que el caminante echó á correr por no oirlas y no paró hasta
perder de vista al deslenguado fraile.
En los linderos del bosque descubrió Roger á un chalán que con su mujer
despachaba un enorme pastel de liebre y un frasco de sidra, sentados
ambos al borde del camino. El brutal chalán lanzó una exclamación
grosera al pasar Roger, quien siguió su marcha sin darse por entendido;
pero como á la mujer se le ocurriese llamar á gritos al apuesto joven
invitándole á comer con ellos, su marido se enfureció de tal manera que
empuñando la vara empezó á dar de palos á su caritativa compañera. El
joven comprendió que lo mejor era poner tierra por medio, muy
apesadumbrado al ver que por todas partes sólo hallaba violencias,
engaños é injusticias.
Pensando iba en ello y comparando aquellos episodios de su jornada con
la vida monótona del convento, cuando detrás de un vallado que á su
derecha quedaba vió el más raro espectáculo que imaginarse pueda. Cuatro
piernas cubiertas con ajustadas medias de arlequinados colores y largos
borceguíes de retorcidas puntas en los pies, se movían á compás, sin que
el matorral permitiese ver los cuerpos invertidos á que pertenecían
aquellas extremidades. Acercándose prudentemente oyó Roger los sonidos
de una flauta y rodeando el vallado creció de punto su sorpresa al ver á
dos jóvenes que, sin gran dificultad al parecer, se sostenían cabeza
abajo sobre la hierba y tocaban sendas flautas, á la vez que imitaban
con los pies los movimientos de la danza. Hizo Roger la señal de la cruz
y tentado estuvo de echar á correr; pero en aquel momento lo
descubrieron los músicos, que inmediatamente se le acercaron dando
saltos sobre sus cabezas, como si fueran éstas de pedernal y no de carne
y hueso. Llegados á pocos pasos de Roger, doblaron sus cuerpos aquellos
rarísimos danzantes, y posando los pies en el suelo asumieron sin el
menor esfuerzo su posición normal y se adelantaron sonrientes, con la
mano sobre el corazón, en la actitud de acróbatas ó payasos saludando al
público.
--Sed generoso, príncipe mío, dijo uno de ellos tendiendo un birrete
galoneado que recogió del suelo.
--Mano al bolsillo, apuesto doncel, repuso el otro. Aceptamos toda clase
de moneda y en cualquiera cantidad que sea, desde una talega de ducados
ó un puñado de doblas, hasta un solo cornado, si no podéis hacer mayor
ofrenda.
Roger creyó hallarse en presencia de un par de duendes y aun procuró
recordar la fórmula del exorcismo; pero los dos desconocidos
prorrumpieron en grandes carcajadas al ver el espanto y la sorpresa
reflejados en su semblante. Uno de ellos dió un salto y cayendo sobre
las manos comenzó á andar con ellas, dando zapatetas en el aire. El otro
preguntó:
--¿No habéis visto nunca juglares? Por lo menos habréis oído hablar de
ellos. Tales somos, que no brujos ni demonios.
--¿Á qué ese espanto, rubio querubín? preguntó el otro.
--No os extrañe mi sorpresa, repuso por fin Roger. No había visto un
juglar en mi vida y mucho menos esperaba contemplar en el aire dos pares
de piernas danzando misteriosamente. ¿Pues y el saltar sobre vuestros
cráneos? Bien quisiera saber por qué hacéis cosas tan extraordinarias.
--Difícil es la respuesta, y á buen seguro que si de mí dependiera no
volveríais á verme andando cabeza abajo, tragando estopa encendida ni
tocando el laúd con los pies, para entretenimiento de mirones y espanto
de tiernos pajecillos como vos.... Pero ¿qué veo? ¡Un frasco! ¡Y lleno,
lleno "del rico zumo de las dulces uvas"! ¡Decomiso!
Y haciendo y diciendo se apoderó de la botella de vino que el hermano
despensero regaló á Roger y que éste llevaba en el entreabierto zurrón.
Beberse la mitad del vino fué obra de un instante para el juglar, que
después pasó el frasco á su compañero. Apenas lo agotó éste hizo ademán
de tragárselo, con tanta verdad que asustó á Roger; después reapareció
el evaporado frasco en la diestra del juglar, que lanzándolo en alto lo
recibió sobre la pantorrilla izquierda, de la cual pareció extraerlo
para presentárselo á Roger, acompañado de cómica reverencia.
--Gracias por el vino, mocito, dijo; es de lo poco bueno que hemos
probado en largos días. Y contestando á vuestra pregunta, os diremos que
nuestra profesión nos obliga á inventar y ensayar continuamente nuevas
suertes, una de las cuales y de las más difíciles y aplaudidas habéis
presenciado. Venimos de Chester, donde hemos hecho la admiración de
nobles y plebeyos y nos dirigimos á las ferias de Pleyel, donde si no
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