en mi aflicción?... Gracias a Dios, está ahí todavía. --Siéntense, muchachos--digo, mientras me esfuerzo por adoptar un tono desenvuelto. Señores, me parece que estoy allí todavía; el mantel blanco, con la fina porcelana de Sajonia y la vieja vajilla de plata; arriba de nuestras cabezas, la araña de cobre; y bajo su luz viva, a mi derecha, -ella-, pálida, rígida, con ojos entornados de sonámbula; a mi izquierda, -él-, con sus cabellos negros y espesos, sus mejillas morenas, su arruga sombría en la frente y sus miradas fijas en el mantel... Y, como se me ocurre la idea de que está fastidiado por ser el tercero en una noche de bodas, y temo que se quiera ir, lo tomo afectuosamente por los dos hombros y le agradezco el martirio que se ha impuesto por mí. --Míralo bien, Yolanda--digo;--porque, como esta noche, muchas otras veces hemos de estar juntos y hemos de alegrarnos de ello. Ella se inclina lentamente y cierra los ojos del todo... ¡Pobre criatura! ¡pobre criatura!... Y la angustia me corta casi la respiración. Entonces les grito: --¡Un poco de alegría, hijos míos! Lotario, cuéntanos, pues, algunas de tus calaveradas. Vamos, ¿tienes cigarros?... ¿no?... Espera, voy a traerte. Y, turbado siempre, me precipito a la pieza donde tengo mis provisiones de fumador; me parece que la punta encendida de un cigarro va a mejorar la situación. Pero, al volver, con mi caja debajo del brazo, veo por la puerta que ha quedado abierta... ¡Ah señores! veo una cosa que me hiela la sangre en las venas... Una vez solamente en mi vida había recibido un golpe parecido. Era entonces un joven coracero, todavía, y una noche, al entrar en casa, encuentro un telegrama con estas simples palabras: «Tu padre acaba de morir.» ¿Qué fue lo que vi, señores? Mis dos jóvenes seguían sentados en sus sillas, tal cómo yo los había dejado; pero sus miradas aparecían fundidas, por decirlo así, una en la otra, con una expresión de ardor, de demencia, de desesperación, que yo no habría creído humanamente posible: eran dos llamas que se lanzaban una al encuentro de la otra. ¡Lucido estaba yo! ¿no es cierto? Todavía no era ella mi mujer, y ya mi amigo, mi hijo preferido, me engañaba con ella... El adulterio se instalaba en el hogar antes mismo que el matrimonio estuviera consumado. Todo mi porvenir: una vida de sospechas, de recelos, de tinieblas, de ridículo, de días sombríos y de noches de insomnio, se desarrolló a mis ojos, ante aquella sola mirada, como un mapa geográfico. ¿Qué hacer, señores? Lo más sencillo habría sido tomarla a ella de la mano y decirle a él: --Es tuya, y no tengo ya derechos sobre ella. Pero pónganse ustedes en mi lugar. Una mirada es una cosa tan impalpable, tan imposible de probar... podían negarla, riéndose... Sí... hasta podría ser también que, en realidad, yo me hubiera equivocado. Y, mientras me hacía estas reflexiones, sus miradas seguían mezclándose, olvidados ambos de todo lo que los rodeaba. Y, cuando entré, no bajaron siquiera los párpados, sino que los dos se volvieron hacia mí, sorprendidos y contrariados; parecían preguntarse: «¿Por qué nos perturba este viejo, este extraño?» Tuve ganas de ponerme a chillar como un animal cuando lo degüellan. Me dominé, y ofrecí mis cigarros; pero tenía prisa por concluir, empezaba a verlo todo rojo, y dije a Lotario: --Deberías retirarte, hijo mío; ya es hora. El se levanta penosamente y me tiende una mano helada; hace a ella, con los talones juntos, su saludo más militar, y se dirige hacia la puerta. Entonces oigo un grito, un grito... que me atraviesa hasta la médula de los huesos... ¿Y qué es lo que veo? Mi mujer, mi reciente esposa, se ha echado a los pies de Lotario, lo retiene por la ropa, gritando: --¡No tienes que matarte! ¡no tienes que matarte! Ya ven, señores... toda una catástrofe... Durante un segundo, me quedé como aplastado por el golpe; pero inmediatamente tomé al joven por el cuello: --¡Alto, hijo mío!--dije,--¡basta de farsas! Y, asiéndolo siempre por el cuello, lo llevo otra vez a su sitio; después, cierro las puertas y levanto a mi mujer, que solloza convulsivamente, tendida sobre el piso. Ella consigue apoderarse de mis manos y las besa, murmurando entre gemidos: --No lo dejes salir. Quiere matarse... quiere matarse... --¿Y por qué quieres matarte, hijo mío?--pregunto.--Si tienes sobre ella derechos más antiguos que los míos ¿por qué no los has hecho valer? ¿Por qué has engañado a tu mejor amigo? El se aprieta la frente con los puños y no dice una palabra. La cólera me arrebata al fin, y digo: --¡Habla, o te pego como a un perro! --¡Pega!--me dice;--lo tengo bien merecido... --Merecido o no, vas a responderme. Y entonces, en medio de las lágrimas, de los remordimientos, de las súplicas de ambos, oigo toda la bonita historia. Algunos años antes se habían encontrado en el bosque, y desde entonces se amaban, en silencio y sin esperanza, como conviene a hijos de familias enemigas. Los Montescos y los Capuletos... --¿Se habían declarado ustedes su amor? --No... pero se habían besado. --¡Ah!... ¿y después? Después, él se había ido de guarnición a Berlín, y ninguno de los dos había vuelto a tener noticias del otro; no se atrevían a desafiar el peligro de escribirse, y, por otra parte, ninguno conocía positivamente los sentimientos del otro. En eso había ocurrido la muerte del viejo Pütz, y habían comenzado mis tentativas de reconciliación. Desde el momento de mi primera aparición en Krakowitz, Yolanda había formado el proyecto de tomarme por confidente de su amor: esperaba tener así noticias de Lotario, por mi intermedio. Pero ¡ay! yo había interpretado mal sus tiernas miradas, y había tomado para mí el papel de enamorado... El acceso de furor de su querido papá le había hecho ver que ya no tenía nada que esperar; y, en su desolación, había resuelto aprovechar el único medio de aproximarse, por lo menos, a su amado. --No era muy bonito eso, corazón--le digo. --¡Sufría tanto lejos de él!--me responde, como si esa explicación pudiera ser satisfactoria. --Perfectamente... no había más que hacer. Pero tú, hijo mío, ¿por qué no te has acercado a mí y me has dicho: «Tío, yo la amo... ella me ama... de modo que déjala estar?» --Yo no sabía si ella me amaba--responde. --¡Cada vez más lindo! Son ustedes dos inocentes; dos corderos... ¡Completamente!... ¿Y cuándo, pues, lo han puesto todo en claro? --Esta tarde, mientras tú dormías. Y me contaron la cosa: después de la comida, en un solo apretón de manos, habían sentido todo el horror de su situación, y, no encontrando otra salida, habían resuelto morir aquella misma noche. --¡Cómo! ¿tú también? En lugar de responder, ella saca del bolsillo un frasquito de aspecto enteramente divertido, con su cabeza de muerto sobre el rótulo. --¿Qué hay ahí dentro? --Ácido prúsico. --¡Diantre! ¿Y de dónde lo has sacado? Un joven farmacéutico, del que había recibido lecciones de baile, y al que había trastornado la cabeza, le había hecho una vez ese encantador regalo... --¿Y te ibas a beber eso, perra? Ella me miró con sus grandes ojos resueltos e inclinó dos o tres veces la cabeza... Comprendí muy bien, y sentí un calofrío... ¡por un poco más, aquélla habría sido una linda noche de bodas! --Pero ahora, ¿qué voy a hacer yo con ustedes dos? --¡Sálvanos!... ¡ayúdanos!... ¡ten piedad de nosotros! Se han arrojado a mis pies y me lamen las manos. Ahora bien: como ustedes saben, señores, yo soy un buen muchacho; esa es mi profesión... Encontré, pues, un medio de anular cuanto antes mi matrimonio frustrado. Juan recibió orden de enganchar; y, un cuarto de hora más tarde, llevaba a mi desposada de doce horas a Gorowen, al lado de mi hermana, bajo la égida de quien debía permanecer hasta que el divorcio hubiera sido concedido; por nada del mundo quería volver ella a la casa de su padre... Lotario me preguntó con toda candidez si no podía acompañarnos. --¡Lárgate de aquí cuanto antes, mocoso!--le dije. Sé mostrarme severo cuando es menester, señores... Cuando volví a casa, el reloj marcaba las cinco... Ya no podía más de cansancio; las piernas se me entraban en el cuerpo. Todo estaba en silencio. Antes de partir, había mandado a mi gente que se acostara. Al atravesar el vestíbulo, donde ardían las luces todavía, vi una puerta rodeada de guirnaldas. Daba al famoso dormitorio cuya entrada me había prohibido mi hermana, a fin de que tuviera una gran sorpresa el día de mis bodas. Abrí por curiosidad, y mis miradas se hundieron en una verdadera capilla ardiente, de la que se desprendían perfumes desconocidos... Colgaduras por todas partes, alfombras... una lámpara de iglesia pendía del cielo raso... y, allá, en el fondo, sobre un estrado, se alzaba una especie de catafalco, con adornos dorados y un cubrepiés de seda... ¿Y allí dentro era donde habría tenido que dormir yo? ¡Brrr!... hice, cerrando la puerta y escapando tan rápidamente como me lo permitían mis cansadas piernas. Y, una vez en mi aposento encendí mi buena y hermosa lámpara de trabajo, que me sonreía como el sol. Ahí estaba, arrimada contra la pared, mi vieja cama estrecha, con sus montantes rojos, su jergón gris y su piel de ciervo raída... ¡Ah señores! ¡qué consuelo sentí al verla! Me quité las ropas, tomé un buen cigarro... Me metí entre las cobijas... y me puse a leer un capítulo apasionante de la guerra francoalemana... Y puedo asegurar a ustedes, señores, que nunca en mi vida he dormido mejor que en mi noche de bodas. FIN * * * * * NOVELAS DEL MISMO AUTOR PUBLICADAS EN LA BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN» El Deseo Vol.80 El Pasado indestructible » 220 y 221 ? . . . 1 2 , . 3 4 - - , - - , 5 . 6 7 , ; , 8 ; 9 , ; , , - - , 10 , , ; , - - , 11 , , 12 . . . , 13 14 , , 15 . 16 17 - - , - - ; - - , , 18 . 19 20 . . . ¡ 21 ! ¡ ! . . . 22 . 23 24 : 25 26 - - ¡ , ! , , , 27 . , ¿ ? . . . ¿ ? . . . , 28 . 29 30 , , 31 ; 32 . 33 34 , , , 35 . . . ¡ ! 36 . . . 37 38 . 39 , , , , 40 : « 41 . » 42 43 ¿ , ? 44 45 , 46 ; , , 47 , , , , 48 : 49 . 50 51 ¡ ! ¿ ? 52 53 , , , 54 . . . 55 . 56 57 : , , , 58 , , 59 , , . 60 61 ¿ , ? 62 : 63 64 - - , . 65 66 . 67 , . . . , . . . . . . 68 , , . 69 70 , , , 71 . 72 73 , , , 74 , ; : 75 « ¿ , ? » 76 77 . 78 , ; , 79 , : 80 81 - - , ; . 82 83 ; , 84 , , . 85 , . . . 86 . . . ¿ ? 87 88 , , , 89 , : 90 91 - - ¡ ! ¡ ! 92 93 , . . . . . . , 94 ; 95 : 96 97 - - ¡ , ! - - , - - ¡ ! 98 99 , , ; 100 , , 101 , . 102 , : 103 104 - - . . . . . . . 105 106 - - ¿ , ? - - . - - 107 ¿ ? ¿ 108 ? 109 110 . 111 112 , : 113 114 - - ¡ , ! 115 116 - - ¡ ! - - ; - - . . . 117 118 - - , . 119 120 , , , 121 , . 122 123 , 124 , , 125 . 126 127 . . . 128 129 - - ¿ ? 130 131 - - . . . . 132 133 - - ¡ ! . . . ¿ ? 134 135 , , 136 ; 137 , , , 138 . 139 140 , 141 . 142 143 , 144 : 145 , . ¡ ! 146 , 147 . . . 148 149 150 ; , , 151 , , . 152 153 - - , - - . 154 155 - - ¡ ! - - , 156 . 157 158 - - . . . . , , ¿ 159 : « , . . . 160 . . . ? » 161 162 - - - - . 163 164 - - ¡ ! ; . . . 165 ¡ ! . . . ¿ , , ? 166 167 - - , . 168 169 : , 170 , , , 171 , . 172 173 - - ¡ ! ¿ ? 174 175 , 176 , . 177 178 - - ¿ ? 179 180 - - . 181 182 - - ¡ ! ¿ ? 183 184 , , 185 , 186 . . . 187 188 - - ¿ , ? 189 190 191 . . . , . . . ¡ 192 , ! 193 194 - - , ¿ ? 195 196 - - ¡ ! . . . ¡ ! . . . ¡ ! 197 198 . : 199 , , ; . . . 200 , , . 201 202 ; , , 203 , , 204 205 ; 206 . . . 207 208 . 209 210 - - ¡ , ! - - . 211 212 , . . . 213 214 , . . . 215 ; . 216 217 . , 218 . , , 219 . 220 , 221 . 222 223 , 224 , . . . 225 , . . . 226 . . . , , , , 227 , . . . 228 229 ¿ ? 230 231 ¡ ! . . . , 232 . 233 234 , , 235 . 236 237 , , , 238 , . . . ¡ 239 ! ¡ ! 240 241 , . . . 242 . . . 243 . . . 244 245 , , 246 . 247 248 249 250 * * * * * 251 252 253 254 255 « » 256 257 . 258 259 » 260