LAS BODAS DE YOLANDA Hermann Sudermann BIBLIOTECA DE «LA NACION» HERMANN SUDERMANN EL MOLINO SILENCIOSO BUENOS AIRES 1910 LAS BODAS DE YOLANDA I Estar de pie ahí, ante la tumba abierta todavía de un viejo camarada, es horrible, señores, les aseguro... simplemente horrible. Los pies se hunden en la tierra recién removida, uno se retuerce el bigote con expresión idiota y al mismo tiempo, querría aullar de pena. Todo, pues, había concluido... nada había que hacer ya... Su muerte nos arrebata un verdadero genio en el arte de inventar grogs, ponches y cherry gobblers, fríos o calientes. Cuando uno se paseaba con él por el campo, les aseguro, señores, con sólo ver su manera de sorber el aire, se podía estar seguro de que acababa de tener una inspiración. Al sentir el aroma de una maleza cualquiera, había adivinado en qué clase de vino habría que ponerla en infusión para conseguir una bebida excelente, extra fina... ¡Y qué entretenido era! Nos veíamos todas las noches, desde hacía años, fuera que él viniera a mi casa en Ilgenstein, o que yo me trasladase a caballo a Döbeln; y nunca me había parecido largo el tiempo que con él pasaba. Tenía una manía, sin embargo, una idea fija: el casamiento... Para mí, se entiende; porque él... --¡Gran Dios!--decía;--no espero sino que esta bendita agua se me meta en el corazón, y entonces... reviento. Y eso había sucedido precisamente... el hombre había reventado... Ahí estaba, tendido a mis pies, en el gran cajón blasonado; me parecía que tenía que golpear la tapa y llamarlo: «¡He, Pütz! basta de farsas! ¡sal de ahí, que tenemos que hacer nuestro piqué!» No se rían señores... el hábito es la más exigente de las pasiones, y ustedes no saben a cuántos hace morir todos los años la pérdida de sus costumbres: «no hay poema, no hay canción que las celebre», diré, como mi amigo Uhland. Hacía un tiempo como para no sacar afuera las narices: lluvia, granizo y viento, todo a la vez. Varios se habían echado encima el impermeable, y el agua formaba arroyuelos sobre la prenda; lo hacía también a lo largo de sus mejillas, de sus barbas... bien puede haber sido que se mezclaran a ella lágrimas, por que el buen Pütz no dejaba enemigos. Para llevar el luto, lo que se llama propiamente llevar el luto, no había más que su hijo Lotario. Este servía en los dragones de la guardia, en Berlín, y no había podido llegar sino el día del fallecimiento. Se había mostrado buen hijo: había besado las manos de su padre, había llorado mucho, después me había dado las gracias y luego se había puesto a dictar órdenes a troche y moche, porque, como ustedes comprenden, un tenientillo así, cuando de repente... En fin, basta; yo estaba allí y me había portado también lo mejor que había podido. Y mientras miraba al guapo mozo de reojo, y lo veía hacerse el valiente y contener las lágrimas, me vinieron a la mente las palabras de mi amigo... Era la víspera de su muerte: «Hanckel--me dijo,--ten lástima de mí cuando esté en la tumba... no abandones a mi hijo.» Pienso en estas palabras, y, cuando me llega el turno de echar las tres paladas de tierra en la fosa, dejo caer también en ella un juramento silencioso: «No amigo, no abandonaré nunca a tu hijo... Amén.» Todo tiene fin. Los sepultureros habían formado con el barro una especie de montículo sobre el cual habían arreglado, medio bien, medio mal, las coronas; no había mujer alguna en el entierro que se encargara de eso. Los vecinos se habían retirado; no quedábamos ya sino el pastor, Lotario y yo. El joven parecía petrificado; miraba la tumba como si hubiera querido volver a abrirla con los ojos, y el viento le subía el cuello de la capa militar por arriba de las orejas. El pastor le palmeó suavemente el hombro: --Señor barón, ¿quiere permitirle a un viejo que le dirija algunas palabras? Pero yo lo llevé a un lado y le dije: --Vuelva a su casa, mi querido pastor, y haga que su mujer le dé un buen grog. Su túnica me parece un poco liviana. --Hum...--contestó con expresión maliciosa;--nadie lo diría, pero tengo debajo una levita. --No importa--repliqué;--será mejor que se vuelva. Del joven me encargo yo; sé mejor que usted dónde tiene la herida. Y nos dejó solos. --Vamos, muchacho--dije a Lotario;--tú no puedes devolverle la vida. Vamos a tu casa, y, si quieres, pasaré la noche a tu lado. --No vale la pena, mi tío--respondió. Me llamaba tío desde que habíamos convenido en ello una vez, bromeando. Y su semblante duro y cerrado parecía preguntar: «¿Por qué me incomodas en mi dolor?» --Tal vez tengamos que hablar de intereses--insistí. El no dijo una palabra. Todos ustedes saben, señores, lo que es una casa mortuoria cuando se vuelve así del cementerio... el olor a féretro, un olor a madera fresca, y las ramas de abeto... y las hojas caídas de las coronas... y las flores pisoteadas... Atroz, simplemente atroz. Mi hermana--ella era la que me cuidaba la casa entonces, ha muerto también hace mucho tiempo, la buena vieja...--se había esforzado por poner un poco en orden la casa de Pütz; había hecho sacar los paños negros, el catafalco... pero, en tan poco tiempo, no se había podido hacer gran cosa, fuera de eso. La dejé irse. Después fui a buscar al sótano de Pütz una botella de su mejor Oporto, y me instalé frente al joven que, sentado en el sofá, hacía bailar la punta de su sable sobre la bota. He dicho ya que era un soberbio buen mozo. Grande, vigoroso, un verdadero dragón... un mostacho enmarañado, cejas negras, gruesas; y debajo, ojos como dos carbunclos. La frente un poco hosca, porque los cabellos estaban plantados demasiado abajo, pero esto sienta bien a los jóvenes; y la cabeza era hermosa. En fin, en toda su persona, esa elegancia, ese chic de los dragones de la guardia que todos hemos ambicionado, pero que no se encuentra en ninguna otra arma... el diablo sabe por qué. Brindé con él, a la memoria del viejo, por supuesto, y le pregunté: --¿Y qué piensas hacer? --¿Qué sé yo?--masculla, lanzándome una mirada de animal acosado. Sí, sí, la cuestión era esa... La fortuna del viejo nunca había sido brillante... y sin hablar de su pasión por todo lo que se bebe... y luego, ustedes saben, donde hay un pantano, las ranas afluyen a él siempre; y, sobre todo, el hijo que vivía desde hacía años como si los margales de Döbeln hubieran sido minas de plata... --¿Y sube a mucho la cosa, muchacho?... Todavía no, tal vez ¿eh?--pregunté. --Una suma respetable, mi tío--responde. --Eso cae mal--dije;--toda la posesión está gravada con hipotecas, hay reparaciones urgentes que hacer, y tú lo sabes, la agricultura no rinde nada. --¿Entonces, mi dimisión?--pregunta mirándome fijamente como el acusado que espera el fallo del consejo de guerra. --A menos que tú tengas -in petto- alguna rica heredera que te saque del atolladero.... Meneó violentamente la cabeza. --Entonces, sí; tu dimisión. --¿Y si dividiera la propiedad, o lo que queda de ella?... ¿qué te parece? --No te da vergüenza muchacho?--dije.--No se vende la camisa que se tiene en el cuerpo, ni se hace fuego con la madera de la cama. --Hablas de la cosa muy cómodamente, mí tío... ¿No estoy entre las manos de los usureros? Yo pregunto: --¿Cuánto es? El me dice una suma... No la repetiré, porque soy yo el que la ha pagado. Le planteé entonces mis condiciones. Primo: dimisión inmediata. Secundo: obligación de dirigir personalmente los cultivos. Tercio: renuncia al pleito. Este pleito, entablado contra Krakow de Krakowitz, había sido durante años el deporte favorito de mi viejo amigo. Se trataba de una herencia y, como sucede siempre en tales casos, los gastos del juicio se habían tragado ya tres veces lo que valía el guiñapo. Como Krakow era de mal dormir, la querella se había enconado y había degenerado en odio personal; por lo menos, de parte de Krakow, porque Pütz, con su flema bondadosa, se obstinaba en ver sólo el lado humorístico de la cuestión. El otro, por el contrario, había jurado ante testigos que no se daría por satisfecho sino cuando hubiera echado a Pütz y a los suyos de Döbeln, corridos por los perros. Sí; esas eran mis condiciones, y Lotario las aceptó. De buen grado o no, no lo sé; no traté de aclarar ese punto. Resolví dar yo mismo los primeros pasos junto a Krakow para llegar a un arreglo, bien que no estuviese yo para él en olor de santidad. Por el contrario, yo podía pensar fundadamente que sus amenazas se dirigían a mí también, pues los dos habíamos tenido ya nuestros dimes y diretes en el concejo municipal. Pero... vamos a ver, mírenme un poco; sin alabarme, tengo talla como para derribar a un dogo de un puñetazo, no como para emprender la fuga ante miserables gozquecillos. ¡Ah, pero!... II Señores, esperé tres días para dejar que la cosa madurara un poco; después, mi carruaje de caza fuera de la cochera, mis dos trotones con las pecheras, y en camino a Krakowitz. Linda propiedad, no hay que decir. Un poco despechugada, pero soberbia... Demasiadas tierras negras de barbecho... pero quizás para la colza del invierno... ¿El trigo?... así, así... ¿El ganado?... magnífico. Entro en el patio de la posesión... ¿Saben ustedes, señores?... Para mí, el patio de una granja es como el corazón humano. Por poco que sepa leer en él, ya no habrá medio de hacer tomar a ustedes una X por una V. Hay corazones que están abandonados, pero se adivinan lingotes de oro debajo del barro; otros son brillantes... corazones bien nutridos, por decirlo así, de arsénico... Relucen, centellean de lejos como de cerca; al verlos, no se puede menos de exclamar: «¡Rayos y truenos!...» y no son más que oropel. Los hay que se espantan, los hay que se encogen, hágase lo que se haga... En fin, adelante. Un poco de todo eso era el patio de Krakowitz. Graneros espléndidos... carretones mal cuidados... magníficos montones de estiércol, y caballerizas en desorden. Se comprendía que el capricho reinaba allí soberano, con un asomo de avaricia quizá... ¿o de escasez? ¡Es tan difícil poder determinar eso en el primer momento! La casa de los señores: dos pisos, un techo de tejas rojas con canaletas amarillas, yedra alrededor; buen aspecto, en resumen. Y un no sé qué de... en fin, ustedes comprenden... --¿El señor barón está en casa? --Sí; ¿a quién tengo que anunciar? --A Hanckel, al barón Hanckel de Ilgenstein. --Tómese la molestia de entrar. Entré, pues... Todo viejo, en todas partes; viejos muebles, viejos cuadros... el conjunto un poco apolillado, pero cómodo. Oigo que echan votos detrás de la puerta: --¿Ese maricón? ¡Pues es descaro!... ¡Era el alma maldita de Pütz, el muy canalla! «Lindo recibimiento», pensé. Voces de mujeres se interpusieron: --Pero, papá...--maúlla una. --Pero, hombre...--chilla otra. ¡Oh, la, la!... Ahí entra, Señores. Si yo no lo hubiera oído en ese mismo instante, con mis propias orejas... Me tiende las manos; su cara de viejo pícaro resplandece, sus ojos de garduña pestañean de placer. --¡Vecino!... ¡amigo!... ¡qué felicidad! --Vea, Krakow. Ande con tiento, porque lo he oído todo. --¿Qué ha oído, querido amigo? ¿qué es eso? --Los títulos que me ha acordado usted: maricón, y Dios sabe qué más. Y él, sin alterarse en lo más mínimo: --Siempre lo he dicho, todos los días se lo estoy diciendo a mi mujer: las puertas no sirven para nada. Pero no hay que tomarlo a mal, mi viejo amigo. ¿Comprende?... siempre me ha fastidiado que usted se hubiera puesto de parte de Pütz. Y en este momento las señoras están preparando un ponche... con esto le digo todo. ¿Por qué no venía usted nunca a mi casa?... ¡Yolanda!... Es mi hija... ¡Yolanda!... Es la alegría de mi alma... No me oye. Bien decía yo a usted... las puertas no sirven para nada. Pero ellas están espiando por el ojo de la llave... ¡Largo de ahí, escuerzos!... ¿Siente usted como escapan? ¡Je, je!... ¡estas mujeres!... ¿Cómo enojarse, señores? No fui capaz de eso. ¿Tengo el cuero demasiado grueso? En fin, no pude hacerlo. ¿Qué figura tenía el hombre?... No me pasaba una línea de la cintura. Redondo, gordo, con las piernas como una O; y, sobre esa panza, una verdadera cabeza de apóstol... Pedro, Andrés o cualquiera de ellos. Una linda barba redondeada, con dos mechas blancas que bajaban de la extremidad de los labios; una piel de pergamino amarillento, toda arrugada alrededor de los ojos, la cabeza calva, pero con dos tupés grises desgreñados, arriba de las orejas. Y el buen hombre da vueltas en derredor mío, como picado por la tarántula. No crean, señores, sin embargo, que me dejé impresionar por sus visajes. Lo conocí hacía ya mucho tiempo para saber lo que el hombre podía tener en el vientre... Pero--trátenme de sinvergüenza, si quieren,--el hombre me gustaba. Y el ambiente también me gustaba. Había allí cierto rinconcito junto a la ventana... maderajes esculpidos... A fuera, la yedra trepaba... y el sol brillaba a través del follaje verde... Muy atrayente... Sobre la mesa, un ovillo de lana en una concha de marfil; a un lado, un diario ilustrado y un pedazo de torta cercenada... Muy atrayente, les digo... Nos sentamos, pues, y una criada trajo cigarros. No valían nada, pero el humo bailaba tan alegremente a los rayos del sol que me olvidé de tirarlo cuando la punta empezó a quemar. Quiero empezar a hablar de intereses, pero él me pone la mano en el hombro y dice: --Amigo, generoso amigo, después del café... --Permítame, Krakow... --Amigo, generoso amigo, después del café. Me informé entonces cortésmente de sus propiedades, y lo dejé entregarse a desatinadas jactancias a propósito de sus innovaciones, que no valían un clavo, según lo sabía yo de mucho tiempo atrás. La baronesa hizo su entrada. Un viejo objeto de arte... fino, distinguido. Grandes ojos azules alargados, cabellos de plata cubiertos por una pequeña toca de encaje negro, una sonrisa dolorida, manos muy delgadas; el conjunto un poco delicado para la mujer de un hidalgo rural y, sobre todo, de un patán como ése. Me da cortésmente los buenos días, mientras el viejo grita a voz en cuello: --¡Yolanda!... ¡Eh! ¿dónde te has metido? Hay un soltero aquí... un pretendiente... un pretendiente... --¡Krakow!--le digo, todo turbado;--¡no se burle así de un viejo gruñón como yo! Y la baronesa salva la situación, diciendo con expresión graciosa: --No tema nada, barón; nosotras, las madres, hace diez años que lo hemos abandonado a usted como incurable. --¡Pero bien podría dejarse ver, a pesar de todo!--aúlla el viejo. Al fin, llega ella... ¡Caramba, señores! ¡atención! Me quedé con la boca abierta... ¡De la raza, señores, de la raza!... Un cuerpo de joven reina... largos cabellos que desarrollan sus anillos sobre los hombros, cabellos de color moreno dorado, como una melena... un cuello blanco, carnudo, voluptuoso... la garganta no muy alta, y un poco ostentosa... eso que llamamos, en términos ecuestres, un pecho de león... Parece que respira con todo el cuerpo, tan poderosamente pasa el aire por ese organismo joven y vigoroso... hombros y brazos elegantes... las caderas poco desarrolladas todavía, pero bien formadas para la dilatación normal. Señores, no soy nada entendido en mujeres, pero no en vano soy criador; sé muy bien cuánto cuesta conseguir un ejemplar acabado de cualquier especie que sea; cuando uno se encuentra frente a un ser tan perfecto, no hay más que hacer que juntar las manos y rezar: «¡Dios mío! yo te agradezco que hayas puesto en el mundo seres semejantes; mientras existan cuerpos así aquí abajo, no debemos desesperar de las almas...» Lo que no me llenó en el primer momento fueron los ojos. Eran demasiado soñadores, de color azul demasiado pálido para esa criatura exuberante de vida. Parecían ahogarse en éxtasis; sin embargo, los párpados, medio bajos, dejaban escapar una mirada inquieta, recelosa, como la que tienen los perros malos a quienes se castiga con frecuencia. El viejo la toma por los hombros y se da sus aires de grande. --¡Esta es -mi- obra! ¡Soy -yo- el que ha hecho esto! ¡-Yo- soy su padre!...--etcétera. --Ella se desprende y se pone de color de púrpura. Tiene vergüenza. Entonces las señoras preparan la mesa para el café. Barquillos cuscurrosos, confituras rusas, mantelería adamascada, cucharas y cuchillos de mango de cuerno... y, por arriba de todo eso, un fino vapor azulado que se escapa del aparato del café y que da al conjunto cierto tono más íntimo. Nos sentamos y bebimos. El viejo se holgaba extraordinariamente; la baronesa se sonreía con expresión resignada, y Yolanda me hacía ojitos. Sí, señores; me hacía ojitos. Ustedes están todavía en la edad en que una cosa así les pasa a menudo; pero, cuando hayan cumplido los cuarenta y tengan plena conciencia de su vientre gordo y de su calvicie, verán ustedes qué agradecimiento sienten para con la camarera o la primer criada que se les presente y que se tome el trabajo de dirigirles miraditas... ¡Y piensan, pues, lo que será cuando se trata de una maravilla semejante, de una criatura de lo más elegido y de lo más gracioso!... Pensé al principio que me equivocaba... después procuré disimular mis manos coloradas, luego tuve un acceso de tos... Me traté de animal, de fatuo, pensé en marcharme, y, por último, me puse a contemplar fijamente, todo aturullado, el fondo de mi taza... ¡como una jovencita! Pero, cuando levantaba la cabeza, y fuerza era hacer eso de tiempo en tiempo, encontraba siempre la mirada de esos grandes ojos azules soñadores, que parecían decirme: «¿No has comprendido, pues, todavía, que yo soy una princesa encantada y que tú debes libertarme?» --¿Sabe usted por qué le he dado ese nombre estrambótico?--me preguntó el viejo haciendo una mueca del lado de ella, con expresión maliciosa. Entonces ella echó desdeñosamente la cabeza para atrás, y se levantó. Debía conocer la broma. --Vea cómo sucedió la cosa. Tenía ocho días la chicuela... estaba acostada en su cama... sacudiendo sus piernitas... unas piernitas rollizas, verdaderos salchichones... y un traserito... ¡no le digo nada!... ¡Rayos y truenos! ¡Yo no me animé ya a levantar los ojos, tan abochornado estaba! La baronesa fingía no oír nada y Yolanda había salido de la pieza. En cuanto al viejo, éste reventaba de risa. --¡Ja, ja!... Sí, todo rosado... y los pañales habían dejado en él marcas... un verdadero mapa geográfico... y qué delicado y bien formado!... ¡un pétalo de rosa! Al ver eso me dije, en mi orgullo de padre joven: «Esta será hermosa y coqueta, y meneará las piernas toda la vida. Es preciso que tenga un nombre poético; eso le dará más valor a los ojos de los pretendientes.» Busco en mi biblioteca. Tecla, Hero, Irsa, Angélica... no, demasiado empalagoso: con cualquiera de esos nombres, ella no pescaría para marido sino un empleadito sin fortuna... o bien, Rosaura, Carmen, Beatriz, Wanda... tampoco, demasiado ardiente: ella huiría con el primer regidor que se presentara, porque si sigue siempre la suerte del nombre que se lleva... En fin, encontré Yolanda. Este, sí; está hecho para los enamorados, se deshace en la lengua, sin inspirar, sin embargo, malos pensamientos; excita y calma al mismo tiempo; y atrae y da intenciones serias. Eso era lo que yo había calculado, y era muy justo... Pero, ahora... ¡ella es capaz de quedarse para vestir imágenes con todas sus cortedades y melindres! Yolanda volvió entonces, con los ojos bajos, con la expresión de una inocente injustamente acusada. La pobrecita criatura me dio lástima; para cambiar violentamente de conversación, abordé el capítulo de los intereses. Las señoras despejaron la mesa en silencio, el viejo emborró su pipa, negra como un carbón, y pareció dispuesto a escucharme pacientemente. Pero, apenas hube pronunciado el nombre de Pütz, saltó de su silla y tiró la pipa contra la estufa, donde se rompió mientras el tabaco se esparcía en chispas. ¡Y si le hubieran visto ustedes la cara! Les habría dado miedo. Morada, hinchada, como si le fuera a dar un ataque. --¡Señor!--gritó.--¿Ha aceptado usted mi hospitalidad para venir a envenenarme la casa?... ¿No sabe usted que ese nombre maldito no debe pronunciarse aquí? ¿No sabe usted que yo maldigo a ese bribón hasta en su tumba? ¿que maldigo a su progenitura, que maldigo a todos los que...? No pudo continuar; se ahogaba, y le acometió un violento acceso de tos. Tuvo que sentarse otra vez en el sillón, y la baronesa le hizo beber agua azucarada. Tomé silenciosamente mi sombrero. Entonces mi mirada cayó sobre Yolanda. Blanca como la tiza, con las manos juntas, estaba allí, de pie, abochornada y desesperada; parecía pedirme perdón, y, al mismo tiempo, implorar mi apoyo. Resolví, pues, decir por lo menos una palabra de despedida, y esperé con toda calma a que el viejo, que gemía y jadeaba todavía, estuviese lo bastante tranquilo para comprenderme. Entonces, dije: --Debe usted encontrar natural, señor de Krakow... que con su salida contra mi amigo y contra su hijo, a quien quiero como si fuera mío, nuestras relaciones... Krakow golpeó con los pies y con las manos para impedirme continuar; y, después de unos cuantos gruñidos sofocados, acabó por recobrar la palabra: --Esta asma, esta asma infernal... una verdadera cuerda alrededor del cuello... ¡crac!... cerrado el gaznate... ¿Quieres hablar, querido? ¡Buenas noches! ¿Quieres respirar, querido? ¡Chito!... Pero ¿qué es lo que está diciendo usted ahí de -nuestras- relaciones? -Nuestras- relaciones, esto es, las relaciones entre -usted- y -yo-, no se han enturbiado nunca, amigo de corazón; son las mejores relaciones del mundo, amigo de mi alma. Y si yo he insultado al otro, al pleitista, al... al... noble, al honorable... ¡pues bien! me retracto, me declaro un cobarde, pero que nadie me hable de él. Yo no quiero acordarme de que su nombre puede existir, porque para mí ha muerto ¿entiende usted?... ha muerto... muerto... E hizo con el dedo una cruz en el aire, mirándome con expresión de triunfo, como si con eso hubiera dado el golpe de gracia a mi pobre Pütz. --Eso no impide, señor de Krakow--dije,--que... --¡Cómo! ¿qué es lo que no impide?... ¡Usted es mi amigo, usted es el amigo de mi familia! ¡Vea a las señoras, están locas por usted!... ¡Eh! no tengas reparo, Yolanda... hazle ojitos, hija mía... ¿crees que no te estoy viendo, mocosa? Ella no se sonrojó, no se turbó siquiera. Lo único que hizo fue levantar un poco sus manos juntas en dirección a mí. Eso era tan conmovedor, tan lleno de abandono, que me sentí completamente desarmado. Volví a sentarme, pues, por un momento... hablé de cosas indiferentes... y me despedí, en cuanto pude hacerlo sin demostrar enojo. Acompáñalo--dijo el viejo a Yolanda,--y sé amable con él; es el hombre más rico de estas tierras. Esta vez todos soltamos la carcajada; pero, mientras atravesaba a mi lado el vestíbulo obscuro, Yolanda me dijo en voz baja, y en tono triste e inquieto: --Usted no vendrá más, estoy segura. --Así es, señorita--respondí francamente. E iba a hacerle ver mis razones, cuando ella me tomó la mano, la oprimió entre las suyas, tan blancas, tan diminutas, murmurando con lágrimas en los ojos: --¡Ah! ¡vuelva, se lo ruego!... ¡vuelva! Sí, sí; ahí tienen ustedes lo que son las cosas... Esas pocas palabras me trastornaron la cabeza, como buen viejo idiota que era. Hice todo el camino mascando cigarros, que, en mi turbación, me olvidaba siempre de encender... En cuanto llegué a casa, corrí al espejo. Enciendo todas las bujías, echo el cerrojo, cierro los postigos, me examino por delante, por detrás, y de perfil también, por medio de un espejo de mano. El resultado fue aplastador... Una cabeza grandota, calva... una nuca enorme... bolsas debajo los ojos... papada... y, encima de todo eso, un color cobrizo como el de un caldero expuesto por mucho tiempo a la acción del fuego. Pero, peor todavía: al contemplarme así, de arriba a abajo, con mis seis pies de estatura, comprendo de repente por qué me han llamado siempre: «El bueno de Hanckel». Ya en el regimiento decían: «¿Hanckel?... no es un águila, no; pero ¡qué buen muchacho!» Y cuando le ponen a uno esa marca, la vida no es ya más que una larga serie de ocasiones de que uno haga honor a su título. Lo miman a uno, se burlan de uno, lo amuelan todo el santo día. Intenta uno una tímida resistencia, y le observan: «¿Cómo? ¿Y usted es el que pretende ser un buen muchacho?...» Es inútil que uno proteste: «¡Pero si yo no soy un buen muchacho!»... Tiene que serlo a la fuerza, porque así lo han medido y lo han marcado... ¡Y un hombre de ese temple es el que quiere meterse ahora en historias de mujeres! ¡Las mujeres, que siempre están pensando en alguna cosa diabólica, y que, para que puedan querer bien, tienen que ser tratadas como animales, engañadas, abandonadas por el que ellas adoran!... «No hagas estupideces, Hanckel» me dije, «deja tu espejo, apaga tus luces, manda a paseo tus ideas insensatas, y métete en cama.» Yo tenía una cama, señores, y la tengo todavía, una cama de abeto completamente ordinaria, estrecha como un ataúd, de correas, sin colchón de lana ni de plumas; una piel de ciervo por toda cobija, y un jergón al que se le renueva la paja dos veces al año, y que constituye el único lujo. Siempre le están hablando a uno, señores, del lecho de campaña de los hombres célebres... esos que están expuestos en los palacios y museos patrióticos; y, cuando los visitantes pasan por delante de ellos, no dejan nunca de exclamar, alzando los brazos al cielo: «¡Qué fuerza de voluntad! ¡qué sencillez espartana!...» ¡Farsa, señores, pura farsa! De ninguna manera se duerme mejor que sobre una tabla; naturalmente, con tal que se tenga una jornada de trabajo -detrás de uno-, una buena conciencia -dentro de uno-, y ninguna mujer -al lado de uno-... tres cosas más o menos sinónimas. Se echa uno, se estira, dándose benéficos calambres, hasta que los dedos de los pies tocan el respaldo de la cama; trae uno las cobijas hasta la boca, hace su hoyo en la almohada, toma después un buen libro que lo está esperando sobre la mesa de noche, y gime uno de satisfacción... Eso mismo fue lo que hice yo aquella noche, así que hubo vencido la tentación; y, mientras me iba quedando dormido, pensaba para mis adentros: No, no; ninguna mujer te hará ser infiel a tu catre duro y estrecho de soltero... Aun cuando se llame Yolanda, y aun cuando sea de la sangre más noble y pura que haya puesto Dios sobre la tierra... Sí; esa menos que cualquier otra... Porque... ¡quién sabe!...» III Al día siguiente, presento mi informe al joven, sin decir una sola palabra, naturalmente, sobre mis tonterías de la víspera. El me clava sus ojos negros, ardientes: --No hablemos más de la cosa--dice.--Me lo esperaba. Ocho días después vuelve a tratar del asunto, como quien no quiere la cosa: --Sin embargo, deberías ir otra vez a Krakowitz, tío. --¿Estás loco, muchacho?--exclamo. Pero, al mismo tiempo, me siento tan feliz como si la suave mano de una mujer me acariciara la nuca. --No tienes necesidad de hablar de mí--agrega, mirándose las puntas de las botas;--pero si tú fueras allá a menudo, quizá las cosas se arreglarían por sí solas. Es tan fácil, señores, hacer cambiar mis resoluciones más sagradas como hacer balancear una espiga... Volví, pues, a Krakowitz... Y, volví otra vez, y otra vez... Aguanté las burlas del viejo, bebí el café que su mujer me hacía, y escuché con beatitud las lindas arias que Yolanda me cantaba; aunque la música... en general... Cuanto más iba a Krakowitz, tanto más incómodo me sentía; pero era como si me arrastraran allá mil brazos, y no podía resistirme de ningún modo. Ella seguía, como siempre, echándome miradas de reojo; pero ¿que significaban esas miradas? ¿eran un reproche, un llamamiento, o simplemente el placer de verse admirada? No podía adivinarlo. En fin, a mi tercera o cuarta, he aquí lo que sucedió. Serían las doce del día apenas, y hacía un calor atroz; y yo, aburrido e impaciente, parto para Krakowitz. --El señor y la señora están durmiendo la siesta--me dice el criado;--pero la señorita está en el terrado. Tuve un presentimiento que me hizo palpitar el corazón; quise volverme inmediatamente; pero, de pronto, la veo delante de mí, blanca y altiva, con su traje de muselina; parece esculpida en mármol; mi vieja locura recrudece con más fuerza que nunca. --¡Cuánto le agradezco que haya venido, barón!--me dijo.--Me aburría mortalmente. ¿Vamos al jardín?... ¿quiere? Hay allí un cenador muy fresco, en el que podremos conversar tranquilamente. Pasa entonces su brazo por debajo del mío, y yo siento un estremecimiento. Les aseguro, señores, que en aquellos momentos me habría sido más fácil asaltar una fortaleza que bajar del terrado. Ella no dice nada, y yo tampoco. El silencio se hace abrumador. Cruje el casquijo, zumban los insectos en las espíreas; pero, por lo demás, ningún ruido. Ella se ha colgado confiadamente de mi brazo, y me obliga a detenerme a cada momento, cuando se inclina para arrancar una hierba o coger una brizna de reseda, con la que se acaricia la punta de la nariz, para tirarla en seguida. --Querría poder amar las flores--dice.--¡Hay tantos que las aman... o que dicen que las aman!... Tratándose de amor, una no sabe nunca la verdad. --¿Por qué?--le pregunté.--¿No puede suceder que dos seres se quieran bien y se lo digan, sin frases rebuscadas ni segunda intención? ---¡Se quieran bien! ¡se quieran bien!---repite ella con expresión de mofa.--¿Usted es de hielo, entonces, desde que para usted todo el amor consiste en -quererse bien-? --Sea yo o no de hielo, el resultado es el mismo, desgraciadamente. --Sí; usted tiene un corazón de oro--dice ella, mirándome de reojo con un poco de coquetería;--todo lo que usted piensa le sale de los labios francamente. --También sé callarme. --¡Oh, bien lo veo!--se apresura a decirme.--A usted yo podría confiarle todo, todo. Y me parece que me aprieta ligeramente el brazo. «¿Qué querrá de ti?» me digo, y el corazón parece querer salírseme por la garganta. Llegamos delante del cenador, un cenador de aristoloquias... ustedes saben, esas hojas anchas de forma de corazón que interceptan todo rayo de luz. En un cenador de ese género siempre es de noche, cómo ustedes saben... Y entonces, ella me suelta el brazo, se agacha hasta tocar el suelo, y, arrastrándose, se introduce por un boquete en el tallar, cuyas ramas entrelazadas cierran toda otra entrada. Y yo, el barón de Hanckel de Ilgenstein, modelo de dignidad y de circunspección, me deslizo a cuatro pies detrás de ella, por esa abertura poco más grande que la boca de un horno. Sí, señores; ahí tienen ustedes lo que le hacen hacer a uno las mujeres. Y, dentro del cenador, en la penumbra fresca, ella se tiende a medias sobre el banco carcomido... Se seca con el pañuelo la frente, el cuello, hasta el escote de la bata... ¡Qué hermosa es así! ¡qué hermosa! Y mientras yo me dejo estar de pie, resollando como una foca, porque a los cuarenta y siete años, señores, uno no se pasea ya impunemente a cuatro patas, ella suelta una carcajada breve, dura, forzada. --¡Ríase usted de mí!--le digo. --¡Si supiera usted cuán pocas ganas tengo de reírme!--me dice, haciendo una mueca de dolor. Y se restablece el silencio. Ella mira al suelo, frunciendo las cejas, y su garganta se hincha y se deshincha acompasadamente. --¿En qué está pensando?--le pregunto. Ella se encoge de hombros. --¿Pensar? ¿para qué pensar?--responde.--Estoy cansada, querría dormir. --Y bien, duerma. --Pero usted también. --Bueno; yo también. Y, me tiendo a medias, como ella, sobre el banco de enfrente. --Pero cierre los ojos--me dice. Y, sumiso, cierro los ojos... Veo soles, ruedas verdes y haces de fuego, sin parar un momento... eso tiene por causa la agitación de la sangre, señores... Y, de tiempo en tiempo, una idea, como un relámpago, cruza por mi mente: «Hanckel, te estás poniendo en ridículo». Todo está tan callado, que oigo a los escarabajos que trepan a lo largo de las hojas... Hasta la respiración de ella ha cesado. «Tengo que ver, sin embargo, lo que hace», me digo, con el deseo secreto de admirarla a mi gusto durante su sueño. Pero, cuando, a hurtadillas, me aventuro a levantar un poco, un poquitito, los párpados, veo... ¡ah señores, siento frío en la espalda todavía!... veo sus ojos completamente abiertos, fijos en mí, feroces, devoradores, me atreveré a decir. --Yolanda, hija mía--exclamo;--¿por qué me mira así? ¿qué le he hecho? Ella se estremece, se pasa, como si hubiera estado soñando, la mano por la frente y por las mejillas, y se esfuerza por reír, con la misma risa breve, entrecortada, de un momento antes, y en seguida estalla en sollozos y llora, llora a lágrima viva. Me precipito hacia ella; querría acariciarle los cabellos, pero mi valor no da para tanto. Le pregunto qué es lo que la apena, si no quiere tener confianza en mí, y otras cosas por el estilo. --¡Ah! ¡soy el ser más desamparado, más miserable del mundo!--exclama con un gemido. --¿Y por qué? --Quiero hacer una cosa... una cosa terrible... y no tengo valor para ello. --¿De qué se trata? --No puedo decirlo... no puedo decirlo... Y no sale de eso, a pesar de todos mis esfuerzos para que se decida a hablar. Pero, poco a poco, su fisonomía se transforma, adopta una expresión resuelta, sombría, y sus labios acaban por murmurar amargamente: --Quiero salir de esta casa... Quiero fugarme... --¡Gran Dios! ¿y con quién?--pregunto consternado. Ella se encoge de hombros: --¿Con quién? ¡Sí nadie en el mundo se interesa por mí!... ¡ni un cuidador de vacas siquiera!... Pero tengo que irme a la fuerza. Aquí una acaba por perder toda esperanza, por morirse... Y, como nadie viene, huiré sola. --Pero, mi querida señorita, comprendo que se aburra usted un poco en Krakowitz; es muy aislado esto... y su señor padre tiene historias con todo el género humano... Pero, en fin, si usted tiene ganas de casarse, una mujer como usted no tiene más que hacer que levantar el dedo meñique. --¡Oh, cállese!--me responde;--esas son frases. ¿Quién me querría a mí? ¿Conoce usted a alguno que me quiera? El corazón me late desesperadamente. Yo no quiero decirle... sería una locura... y, sin embargo, me pongo a asegurarle que yo no hago frases, que desearía probárselo, o cosa así... Porque, a hacerle una declaración en regla, por el momento ¡gran Dios! no me atrevo. Ella cierra los ojos, suspira profundamente, y, poniéndome la mano en el brazo, dice: --Antes de que se vaya, tengo que hacerle saber una cosa, para que no se deje engañar tan miserablemente. Mis padres no están durmiendo... En cuanto oyeron su coche, se encerraron... es decir, él fue el que la obligó a mamá... Esta entrevista nuestra en este sitio es una cosa preparada. Yo tengo que transtornarle a usted la cabeza para que usted se case conmigo. Desde el día que hizo usted su primera visita, los dos no hacen más que atormentarme, él con sus reprensiones, ella con sus ruegos. «Que yo no debo perder esta ocasión, porque un partido así no volverá a presentarse nunca». Perdóneme señor, pero yo no quería; aun cuando hubiera sentido simpatía por usted al principio, la insistencia de ellos habría bastado para desanimarme. Pero, ahora, que he abierto a usted mi corazón, ahora sí, quiero. Si yo le gusto, tómeme, soy suya. Pónganse ustedes, señores, en mi lugar. Una joven hermosa, una Tusnelda, una Venus, que en su orgullo y desesperación se echa en los brazos de un hombre valiente, corpulento, que frisa ya en los cincuenta años... ¿No hubiera sido una especie de sacrilegio apoderarse de esa felicidad y arrebatarla apresuradamente, como un ladrón? --Yolanda--le digo;--querida niña, ¿se da usted cuenta de lo que está haciendo? --Sí--me responde con una sonrisa que da lástima;--me rebajo ante Dios, ante mis propios ojos, y ante los ojos de usted... me hago esclava suya, cosa suya... y con esto, lo engaño, sin embargo... --Quizá no pueda usted soportarme... Entonces, ella me hace ojitos... me mira dulcemente con sus ojos inocentes, con sus queridos ojos de color azul pálido, y murmura con voz lánguida: --Usted es el hombre mejor y más noble del mundo; yo podría amarlo, adorarlo, pero... --Pero, ¿qué? --¡Ah! ¡qué feo, qué bajo es todo esto!... Dígame que no quiere saber nada conmigo, que me desprecia. No merezco otra cosa. Me parecía que el mundo entero daba vueltas a mi alrededor, y tuve que hacer un llamamiento a todo lo que me quedaba de buen sentido para no cogerla y estrecharla entre mis brazos. Gracias a ese poquito de buen sentido que me quedaba, le dije: --Yo no quiero, mi querida niña, aprovecharme de un momento de emoción. Usted podría arrepentirse de ello después, y sería demasiado tarde. Esperaré ocho días; entretanto, usted reflexiona. Si, para entonces, usted no me escribe: «He cambiado de idea», queda convenido: vendré a pedirla a sus padres. Pero pese bien el pro y el contra, antes de decidirse; no se eche de cabeza en su desgracia. Entonces, señores, ella se precipitó a tomarme la mano, esta manaza fea, curtida, rugosa; y, antes que yo pudiera impedirlo, apoyó en ella sus labios. Sólo más tarde, mucho más tarde, he comprendido lo que significaba ese beso. Cuando hubimos salido del cenador, yo otra vez en cuatro pies detrás de ella, oímos de lejos al viejo que gritaba: --¿Es posible? ¿Hanckel, mi amigo Hanckel, está aquí? ¿Por qué no me han despertado entonces, cretinos, idiotas, miserables? ¡Mi amigo Hanckel aquí, y yo roncando! ¡runfla de canallas!... Yolanda se puso colorada de vergüenza; y, para hacerle menos penoso ese momento, le dije: --Déjelo estar, que lo conozco bien. Sí, sí, señores; yo conocía bien al viejo... pero a la hija, a ésa no la conocía. IV Ahí tienen ustedes, pues, en lo que estábamos. Al volver a casa, iba repitiéndome incesantemente por el camino: «Hanckel, esto sí que es tener suerte! ¡A tu edad, un tesoro como ese!... ¡Grita, pues, salta como un loco! ¡Es lo menos que puedes hacer después de un acontecimiento semejante!...» Y, sin embargo, yo no sentía la más mínima gana de saltar o de gritar. Una vez en casa, arreglé mis cuentas de la semana y mandé que me prepararan un grog. Esa fue toda la fiesta que hice. Al día siguiente, llega Lotario Pütz, de uniforme. --Siempre de servicio, muchacho?--le pregunto. --Mi dimisión no ha sido aceptada todavía--responde mirándome con ojos atravesados, como si yo fuera la causa de todas sus desgracias.--Por otra parte, mi licencia está por terminar y tengo que volver a Berlín. Le pregunto si no podría conseguir una prórroga, pero bien veo que no la quiere: «Echa de menos el círculo...» Todos sabemos lo que es eso. Y, además, tiene que vender sus muebles y que arreglarse con sus acreedores. --Vete, pues--le digo;--y Dios te acompañe, hijo mío. Por un instante me pregunto si voy a confiarle mi nueva felicidad; pero no me atrevo. Estoy seguro de que pondría una cara de imbécil al hacerle esa confesión, y me callo... además, podría ser que Yolanda cambiara de idea y, sondando el fondo de mi corazón, creo que anhelo eso tanto como lo temo. Experimentaba un sentimiento... ¡bah! ¿para qué querer poner en limpio los sentimientos? Los hechos hablarán. A la mañana del octavo día, el cartero me trajo un sobre, con los bordes dorados... escrito por ella... Al principio me sobrecogió un gran miedo, y los ojos se me llenaron de lágrimas. Me dije: «Ya está, querido amigo, te han mandado el hoyo...» Pero, en seguida, sentí una gran tranquilidad. Mientras abría el sobre con unas tijeras, deseaba casi encontrarme con una repulsa brutal y definitiva. Y leí. «Amigo mío: Mi resolución se ha afianzado, como usted deseaba. Espero qué vendrá hoy a ver a mi padre.---Yolanda-». --¡Ah, qué felicidad!... No es fácil concebir la dicha de un momento semejante. Pero, después... ¡qué vergüenza, qué vergüenza! Sí, señores; me sentía abochornado al pensar en las miradas socarronas y equívocas a que iba a verme expuesto, y de buen grado me habría echado atrás. Pero había llegado la hora. ¡Adelante, por la gloria! Ante todo, traté de ponerme buen mozo. Al afeitarme me corté dos veces; uno de los palafreneros tuvo que ir corriendo hasta la farmacia, a dos millas de distancia, en busca de tafetán inglés color carne... yo no tenía más que negro en casa... Después me apreté la hebilla del chaleco hasta quedarme sin respiración, y mi pobre hermana vieja estuvo a punto de perder la paciencia, a fuerza de hacer y deshacer, y volver a hacer, el nudo de mi corbata, al que no conseguía darle un aspecto bastante inspirado. Y, entretanto, siempre este pensamiento lancinante: «Hanckel, te estás poniendo en ridículo.» Sin embargo, mi llegada a Krakow fue magistral. Una yunta de caballos de pelo gris, nacidos en mis tierras, el landó nuevo, acolchonado con raso granate... La entrada de un príncipe no habría sido más triunfal; a pesar de todo, me habría batido en retirada... tan cobardemente me latía el corazón. El viejo me recibió en la puerta, como si no tuviera la menor idea de lo que se preparaba... Y, cuando le pido un momento de conversación a solas, adopta el gesto reservado del que teme ser objeto de un pedido imprevisto de dinero. «Está bien; pronto levantarás bandera de parlamento», me digo; y espero la respuesta, que ha de dar lugar a una buena escena, muy conmovedora, con abrazos, lágrimas de alegría, y todo el aparato escénico del caso... Porque uno se hace terriblemente vanidoso, señores, cuando tiene el portamonedas bien provisto. Pero el viejo zorro era entendido en negocios; sabía que, para dar valor a la mercancía a los ojos del comprador, hay que hacérsela desear. Cuando hube presentado mi demanda, me respondió hinchado por una dignidad repentina: 1 2 3 4 5 « » 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 , , 25 , , . . . . 26 , 27 , . 28 29 , , . . . . . . 30 , 31 , . 32 , , , , 33 . 34 , 35 , 36 . . . 37 38 ¡ ! , , 39 , 40 ; 41 . 42 43 , , : . . . , 44 ; . . . 45 46 - - ¡ ! - - ; - - 47 , . . . . 48 49 . . . . . . 50 , , ; 51 : « ¡ , ! ! ¡ 52 , ! » 53 54 . . . , 55 56 : « , » , , 57 . 58 59 : , 60 , . , 61 ; 62 , . . . 63 , . 64 65 , , 66 . 67 , , 68 . : 69 , , 70 , , 71 , , . . . , ; 72 . 73 74 , 75 , 76 . . . : « - - , - - 77 . . . . » 78 79 , , 80 , 81 : « , . . . . » 82 83 . 84 , , , 85 ; . 86 ; , 87 . 88 89 ; 90 , 91 . 92 93 : 94 95 - - , ¿ 96 ? 97 98 : 99 100 - - , , 101 . . 102 103 - - . . . - - ; - - , 104 . 105 106 - - - - ; - - . 107 ; . 108 109 . 110 111 - - , - - ; - - . 112 , , , . 113 114 - - , - - . 115 116 , . 117 : « ¿ 118 ? » 119 120 - - - - . 121 122 . 123 124 , , 125 . . . , , 126 . . . . . . 127 . . . , . - - 128 , , 129 . . . - - 130 ; , . . . , 131 , , . 132 . 133 , , , 134 . 135 136 . , , 137 . . . , , ; 138 , . , 139 , 140 ; . , , 141 , 142 , . . . 143 . 144 145 , , , : 146 147 - - ¿ ? 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