un rinconcito obscuro que han elegido cerca del tablado de los músicos
para substraerse a las miradas indiscretas de las otras parejas, porque
todas quieren conocer a la bella molinera.
Los cabellos de Gertrudis se han desprendido y flotan libremente; brilla
en sus ojos una llama que sólo se ve en las personas ebrias de
felicidad; todo su ser parece sumido en el deleite de esos momentos.
--Si no me ardiese el pie como fuego del infierno...--dice cuando Juan
la lleva a su sitio.
--¡Descansa un poco!
Ella se echa a reír. En ese instante Franz Maas se adelanta para
invitarla, en su calidad de rey de la fiesta, a la danza de honor; ella
acepta su brazo y se aleja en un torbellino.
Juan pasa la mano por su frente ardorosa y mira a la pareja; pero las
luces y las personas se confunden en sus ojos en un caos tumultuoso; le
parece que todo gira a su alrededor. Vacila y tiene que apoyarse en una
columna para no caer; y ruega a Franz Maas, que vuelve en ese momento
con Gertrudis, que sirva de caballero a su cuñada por media hora porque
tiene necesidad de salir, de respirar el aire puro...
Sale a la noche clara y fresca, en contraste con ese local cálido,
cargado de vapores, donde un par de arañas llenas de bujías esparcen un
humo intolerable. Pero hasta allí lo persiguen el bullicio y la música.
En las barracas de tiro chocan las flechas de las ballestas; delante de
las rifas suena la voz ronca de los rifadores anunciando la jugada; y
los caballitos de madera, que giran con ruido ensordecedor, iluminan la
obscuridad con su brillo fugitivo. Y, por entre todo eso, ruedan las
sombras de la multitud.
Detrás del bosque de pinos, cuya corona sombría y silenciosa domina todo
ese movimiento, se enciende un resplandor de oro; dentro de media hora
la luna verterá sobre aquella escena su luz sonriente.
Juan avanza a pasos lentos entre las tiendas; se detiene delante de la
posada de la Corona y mira por la ventana. Pero, al ver a Martín allí
sentado, con el rostro abrasado, en medio de un grupo de bebedores
alegres, se precipita en la sombra como si temiera encontrarse con él.
De la casa vecina salen cantos ruidosos; vacila un momento, y al fin
entra, porque la lengua se le pega al paladar. Lo acogen con gritos de
alegría. Ante una larga mesa cargada de cerveza están sentados una
porción de antiguos condiscípulos, pilluelos la mayor parte, a los que
evitaba en otro tiempo.
Se le rodea, se le invita a beber y se le obliga a tomar asiento.
--¿Por qué te dejas ver tan poco, Juan?--le grita uno desde el extremo
de la mesa.--¿Dónde te metes de noche?
--Está cosido a las faldas de su bella cuñada;--responde otro con aire
burlón.
--¡Deja en paz a mi cuñada!--le dice Juan frunciendo el entrecejo.
El tumulto lo disgusta, los gritos roncos lo ensordecen, las bromas
torpes le hacen mal. Bebe apresuradamente dos vasos de cerveza fresca, y
sale, librándose con gran trabajo de las instancias importunas de sus
camaradas.
Se dirige pausadamente hacia la linde del bosque y hunde sus miradas en
la obscuridad, que se anima entonces con los pálidos reflejos de la
luna; después se interna un poco bajo los árboles aspirando la atmósfera
dulce y aromática de los pinos. Quiere dominar a toda costa la
embriaguez inexplicable que le penetra hasta los tuétanos. Pero cuanto
más se aleja del lugar de la fiesta, tanto más aumenta su turbación...
Al punto de entrar en la sala de baile ve a Franz Maas, que se lanza
hacia él presa de una agitación manifiesta. Una vaga sospecha de
desgracia comienza a torturar su alma.
--¿Qué ha sucedido?--exclama.
--¡Al fin te encuentro! Tu cuñada se ha indispuesto.
--¡En nombre de Cristo!... ¿Y adónde la has llevado?
--Martín la ha llevado a vuestra tienda.
--¿Cómo ha sucedido eso? ¿cómo ha sucedido?
--Desde hacía un momento notaba yo que se había puesto pálida y
silenciosa; y, al preguntarle qué tenía, me dijo que le dolía el pie. A
pesar de eso, no quiso sentarse, y de repente se desmayó en medio de la
sala.
--¿Y entonces, entonces, qué?
--La levanté y la llevé en seguida a su sitio mientras mandaba buscar a
Martín.
--¿Por qué no me mandaste buscar a mí, animal?
--En primer lugar, porque no sabía dónde estabas; después, porque era
justo que fuese primero el marido...
Juan suelta una risa estridente:
--Claro, muy justo... ¿y después?
--Abrió los ojos antes que Martín llegase. Su primer cuidado fue alejar
a las mujeres que la rodeaban; después me dijo: «No le hable de mi
desmayo.» Y cuando él se lanzó hacia ella con el rostro pálido,
Gertrudis se mostró muy alegre en apariencia y le dijo: «Me hace daño el
zapato; nada más.»
--¿Y entonces?
--Entonces se la llevó. Pero alcancé a ver que se ponía a sollozar
escondiendo la cara en el hombro de su marido. Y me dije: «¡Dios sabe
dónde le aprieta el zapato!»
Juan no quiere escuchar más; sin una palabra de agradecimiento se lanza
fuera.
La cortina que cubre la entrada de la tienda de los Felshammer está
completamente corrida. Juan escucha un instante. Un ligero rumor de
llanto, mezclado con la voz de Martín que trata de apaciguar a su mujer,
llega hasta él del interior. Quiere levantar la cortina, pero ésta no
cede; parece sólidamente sujeta al marco de la puerta.
--¿Quién es?--grita la voz de Martín.
--¡Yo, Juan!
--¡No entres!
Juan se estremece. Aquel «no entres» le ha atravesado el pecho como una
puñalada.
Cuando se trata de estar junto a la que sufre, de llevarle el consuelo y
la paz, le gritan: «¡no entres!»
Aprieta los dientes y fija sus miradas ardorosas en la cortina,
atravesada por un débil resplandor rojizo.
--¡Juan!--grita de nuevo la voz de su hermano.
--¿Qué hay?
--Anda a ver si nuestro carruaje está ahí cerca.
Cumple lo que le ordenan. ¡Sólo sirve para hacer recados! Recorre la
fila de carruajes y, no encontrando lo que busca, vuelve a la tienda.
La cortina aparece levantada ya. Ella está allí, con un chal claro en
los hombros... ¡tan pálida y tan bella!
--¡Estoy soñando! Di orden para que no viniese el carruaje sino mañana
al amanecer.
--¿Quiere marcharse Gertrudis?--pregunta Juan impresionado.
--Gertrudis tiene que irse--dice la joven.
Y con los ojos llenos de lágrimas le dirige una mirada, en la que se
esfuerza por poner una sonrisa.
--¡Tranquilízate, hija mía!--dice Martín acariciándole los cabellos.--Si
no se tratase más que de tu pie no sería un gran mal. Pero tus lágrimas,
tu agitación... Creo que la enfermedad te dura todavía y el reposo te
hará bien. ¡Si no se necesitara tanto tiempo para ir a buscar el
carruaje! Me parece que lo mejor será que hagas a pie el corto camino a
través de la pradera... si no sientes ningún dolor, se entiende.
Gertrudis lanza una mirada a Juan, y se apresura a decir que sí.
--El aire es tibio, la hierba está seca--continúa Martín, y Juan podrá
acompañarte.
Gertrudis se estremece y la sangre sube a sus abrasadas mejillas. Los
ojos de Juan buscan los suyos, pero ella los evita.
--Tú puedes estar de vuelta en media hora--añade Martín, que toma el
silencio de Juan por mal humor.
Juan menea la cabeza y responde, lanzando una mirada a Gertrudis, que él
también está cansado.
--¡Entonces, Dios os acompañe, hijos míos!--dice Martín.--Y cuando me
haya librado de mis amigos iré a buscaros.
Juan pasea su vista a lo lejos; la llanura que se extiende delante de
él, plateada por la luz de la luna, le hace el efecto de un golfo sobre
el cual flotaran brumas; le parece que el brazo que en aquel instante se
desliza bajo el suyo de modo tan dulce, tan acariciador, lo arrastra
allá abajo, al fondo de ese abismo.
--Buenas noches--murmura sin mirar a su hermano.
--¿No me das la mano?--dice Martín en tono de amistoso reproche.
Y, al tendérsela Juan vacilando, se la aprieta cordialmente... ¡Ah!
¡cuánto daño puede hacer un apretón de manos!
XXI
El tumulto de la fiesta se extingue a lo lejos. El ruido de las mil
voces no es más que un débil zumbido, sobre el cual descuella solamente,
con notas agudas, la algazara de los caballitos de madera; y cuando la
orquesta del baile, que se ha callado por un tiempo, empieza a tocar
otra vez, ahoga los demás ruidos con el estallido penetrante de sus
cornetines.
Pero sus notas van debilitándose también; el bombo, que hasta entonces
había hecho discretamente su parte, suena más fuerte, en cambio, porque
sus sordos golpes llegan más lejos que los otros sones.
Caminan juntos en silencio; ni uno ni otro se atreve a hablar. El brazo
de Gertrudis tiembla bajo el de Juan; éste contempla las brumas de
reflejos verdosos que se alzan de las praderas. Ella camina
valerosamente, aunque no puede menos de cojear un poco; y de cuando en
cuando exhala un débil quejido.
De pronto, la joven se vuelve y muestra, tendiendo la mano, el hormigueo
de las luces en el lugar de la fiesta, que brillan sobre el fondo
obscuro del pinar.
--Mira qué bonito--murmura tímidamente.
El responde con un ademán.
--¡Juan!
--¿Qué, Gertrudis?
--¿No me guardas rencor?
--¿De qué?
--¿Por qué abandonaste el baile?
--Porque hacía demasiado calor para mí en la sala.
--¿No es porque bailaba yo con otro?
--¡Oh! de ningún modo.
--Mira, cuando te marchaste, me sentí tan sola, tan abandonada, que tuve
necesidad de todo mi valor para no estallar en sollozos. «Hubiera podido
prohibirte que bailases con otro», me decía yo... «¿Por quién he venido
a la fiesta sino por él? ¿por quién me he puesto tan guapa sino por
él?...» Y el pie me ardía mil veces más que antes sufrí un desmayo, y
después... de repente... ya sabes lo que me sucedió.
Juan aprieta los dientes, un estremecimiento sacude sus brazos como si
a pesar de él, fuesen a abrazar a Gertrudis. Ella inclina lentamente su
cabeza sobre el hombro del joven y su mirada clara y brillante se alza
hacia él; pero de pronto lanza un grito agudo... su pie dolorido, que se
arrastra penosamente por el suelo, acaba de tropezar con una piedra.
Extenuada por el dolor, se deja caer sobre la hierba.
--Querría quedarme tendida aquí un momento--dice enjugándose el sudor
frío que cubre su frente.
Después esconde su rostro entre el césped y permanece así algunos
segundos, sin movimiento. El se inquieta.
--Ven--dice;--te vas a resfriar.
Ella le tiende la mano derecha, volviendo el rostro.
--Levántame.
Pero, cuando quiere caminar, sus rodillas se doblan bajo su peso.
--Ya ves, no puedo--dice con triste sonrisa.
--Bueno, te llevaré yo--dice él abriendo los brazos.
Se escapa un murmullo de los labios de Gertrudis, mitad de júbilo, mitad
de queja; un momento después, su cuerpo, levantado del suelo, está en
los brazos de Juan.
Ella lanza un profundo suspiro, y, cerrando los ojos, apoya la cabeza
contra su mejilla.
Pecho contra pecho, sus cabellos ruedan como una onda sobre el cuello de
Juan, y su respiración tibia le acaricia el rostro. ¡Adelante, adelante,
cada vez más lejos, aunque las fuerzas le falten, hasta el fin del
mundo!... Siente palpitaciones violentas, un velo rojizo se extiende
delante de sus ojos, le parece que va a caerse y a entregar el alma. ¡No
importa!... ¡más lejos, más lejos siempre!
Allá abajo, el río lo llama, la cascada muge sordamente a través de la
noche silenciosa, y las gotas que saltan brillan a los rayos de la luna.
Ella deja caer su cabeza hacia atrás, sobre el brazo de Juan; una
sonrisa dolorosa vaga por su boca entreabierta; sus párpados se han
alzado, y en su pupila obscura se refleja la luna.
--¿Dónde estamos?--murmura.
--A la orilla del agua--dice él jadeante.
--Déjame en el suelo.
--No quiero... no puedo...
Al fin, cerca de la orilla, la pone en el suelo; después se tira sobre
la hierba, apoya la mano sobre el corazón y hace un esfuerzo para tomar
aliento. Le laten las sienes y está a punto de perder el conocimiento...
Pero se incorpora con esfuerzo vigoroso, inclina el busto sobre la
corriente y coge agua en las palmas de las manos para bañarse la frente.
Esto lo ayuda a serenarse. Se vuelve hacia Gertrudis. Ella se oculta el
rostro en las manos y gime dulcemente.
--¿Sufres mucho?--le pregunta él.
--Esto me escuece.
--Mete el pie en el agua; se te refrescará.
Ella deja caer sus manos y lo mira con sorpresa.
--Eso me ha hecho bien a mí--dice él mostrando su frente, por donde
corren todavía las gotas de agua.
Gertrudis se inclina hacia adelante para quitarse el zapato; pero su
mano tiembla, y se detiene fatigada.
--Deja que te ayude--dice él.
Un movimiento brusco, y el zapato salta al lado de ella, le sigue la
media, y, arrastrándose hasta la orilla del río, la joven sumerge hasta
el tobillo el pie desnudo en la frescura de la corriente.
--¡Oh! ¡qué bien hace esto!--murmura aspirando el aire profundamente.
Después, volviéndose a derecha e izquierda, busca un apoyo para su
cuerpo.
--Apóyate contra mí--dice él.
Y ella deja caer su cabeza sobre el hombro de Juan. Un estremecimiento
corre por los brazos del joven pero no se atreve a enlazarle el talle;
respira con dificultad; mira con fijeza el agua transparente a través de
la cual resplandece el pie blanco de Gertrudis como una concha de nácar
que hubiera en el fondo.
Uno al lado de otro, permanecen sentados, en silencio. Delante de ellos,
en la presa, las aguas mugen formando torbellinos. La espuma tiende una
especie de puente de plata a través del río, y la corriente se desliza
tranquila a sus pies. De vez en cuando, el dulce viento de la noche les
trae sonidos amortiguados de la música; al gruñido monótono del timbal
se mezcla el grito sordo del alcaraván.
De pronto, Gertrudis se estremece.
--¿Qué tienes?
--Tengo frío.
--Retira inmediatamente el pie del agua.
Ella hace lo que él le dice, y después saca del bolsillo el fino pañuelo
de batista que ha llevado al baile.
--No puede servir de mucho--dice Juan, y con mano temblorosa coge su
grueso pañuelo.--Déjame secarte el pie.
Muda, con una mirada tímida y suplicante, Gertrudis deja hacer; y
cuando él siente entre sus manos ese pie suave y fresco, lo asalta un
vértigo, lo invade un deseo ardiente y loco; se agacha y posa sobre él
su frente ardiente.
--¿Qué haces?--exclama ella.
El se incorpora... Sus miradas se cruzan llenas de embriaguez, y,
lanzando un grito furioso, caen en brazos uno del otro.
Sus besos ardientes se posan sobre la boca de Gertrudis. Ella ríe y
llora a la vez, le coge la cabeza entre las manos, le acaricia los
cabellos, apoya la mejilla del joven contra la suya, y lo besa en la
frente y en los ojos.
--¡Oh! ¡cuánto, cuánto te amo!
--¿Eres mía?
--Sí, sí.
--¿Me amarás siempre?
--¡Siempre! ¡siempre! Y tú... no me dejarás nunca sola, como hoy... para
que Martín...
Se calla de golpe. El silencio pesa sobre ellos. ¡Y qué silencio!... A
lo lejos suena el timbal... El agua muge...
Los dos se miran entonces pálidos como la muerte. Y ella se pone a
lanzar gritos penetrantes:
--¡Jesús! ¡Jesús!
Su voz suena en medio de la noche.
Con un gemido violento él se oculta el rostro entre las manos. Un
sollozo sin lágrimas sacude todo su cuerpo. Una llama se enciende
delante de sus ojos, llama sangrienta que se alza como si fuese a
abrasar al mundo entero. Ha visto claro de repente. El resplandor que la
víspera de San Juan empezó a parecerle siniestro, y que la noche en que
Gertrudis estalló en sollozos en medio de su canto, cruzó su frente como
un relámpago para extinguirse un instante después, ese resplandor sube
ahora ante sus ojos como el disco chispeante del sol. Y cada una de sus
llamas lo incita al odio, cada chispa hace estremecer su alma con las
torturas de los celos, cada rayo le atraviesa el corazón con un
sentimiento de terror y de remordimiento... Gertrudis se ha echado de
bruces en el suelo, y llora, llora amargamente... Con la frente
inclinada y las manos juntas, él contempla fijamente el cuerpo
encantador que yace delante de él, sumido en la desesperación.
--Entremos--dice con voz sorda.
Ella alza la cabeza y apoya los brazos en el suelo; pero, cuando él
quiere levantarla, lanza un grito agudo.
--¡No me toques!
Por dos o tres veces trata de ponerse en pie; sus piernas se doblan.
Entonces tiende los brazos sin decir palabra, y se deja levantar por él,
que sostiene sus pasos vacilantes a través del patio del molino. Se
secan sus lágrimas; el estupor de la desesperación se lee en sus
facciones rígidas y pálidas; ella vuelve el rostro y se deja arrastrar
por él como si no tuviera ya voluntad. En el umbral del emparrado,
retira su brazo del de Juan y, reuniendo sus últimas fuerzas, se
precipita sola hacia la puerta. Luego, desaparece en la sombra espesa
del follaje.
Los aldabonazos suenan sordamente, una vez, dos veces. Después se oyen
pasos en el interior; la llave gira, y una luz amarillenta se esparce
fuera, en la claridad de la luna.
--¡En nombre del cielo! ¡qué cara trae usted!--exclama asustada la
criada.
Y la puerta se cierra.
El se deja estar allí largo tiempo, con los ojos fijos en el sitio por
donde ella ha desaparecido.
Una sensación de frío que lo hace temblar de la cabeza a los pies lo
despierta de su ensimismamiento. Maquinalmente se desliza a través del
patio, iluminado por la luz de la luna; acaricia a los perros que, con
ladridos alegres, lo saludan; echa una mirada estúpida a la rueda
inmóvil, sobre la cual se desliza el agua sin ruido, como una brillante
serpiente. Una fuerza misteriosa lo arroja de allí; el suelo del patio
le quema los pies.
Se dirige a través de la pradera hacia la presa, hasta el sitio donde ha
estado sentado con Gertrudis. Sobre el césped brilla el zapato azul, y a
poca distancia la larga media, tan fina... ¡Gertrudis ha entrado
cojeando, con un pie desnudo, sin notarlo!
Lanza una risotada estridente, toma los objetos y los lanza lejos, a las
aguas espumosas.
¿Adónde ir entonces? El molino ha cerrado su puerta detrás de él, para
siempre. ¿Adónde ir? ¿Se tenderá, para descansar, sobre un montón de
heno? ¡No podrá dormir!... ¡He ahí un grupo de muchachos alegres! Poco
antes los ha desdeñado, pero entonces llegan en buen momento.
XXII
Cuando, como a las dos de la mañana, Martín Felshammer ha conseguido
desasirse de sus compañeros, bebedores sempiternos, se acerca de buen
humor al lugar de la fiesta, donde la claridad insegura del día gris que
nace ilumina las idas y venidas de los retrasados. Ve acercarse entonces
un grupo de mozos ebrios, que aullando cantos obscenos pasan en fila a
través de la gente; a la cabeza de ellos marcha el cerrajero Farmann,
bribón famoso, y detrás de él van otros perdidos.
Resuelto a echarlos de allí, va directamente hacia el grupo; pero de
repente se detiene petrificado, con los brazos caídos... En medio del
grupo, con los ojos terribles, avanza tambaleándose su hermano Juan.
--¡Juan!--exclama estupefacto.
Este se estremece; su rostro enrojecido se pone lívido; en sus ojos
brilla un resplandor de espanto; tiembla, extiende los brazos como para
defenderse, y retrocede, vacilando, dos o tres pasos.
Martín siente que se apacigua su cólera. El deplorable espectáculo
despierta su compasión. Sigue a Juan, y, reteniéndole por el brazo, le
dice con voz llena de ternura:
--Ven, hermano; es tarde; vamos a casa.
Pero Juan, haciendo un ademán de horror, retrocede más ante la mano que
lo roza; y dirigiendo a Martín una mirada llena de angustia mortal, le
dice con voz ronca:
--¡Déjame!... ¡no quiero, no quiero tener nada que ver contigo! ¡ya no
soy tu hermano!
Martín, sobrecogido, se agarra con las dos manos a la mesa que está
junto a él, y se deja caer, como herido de una puñalada, sobre el banco
inmediato!
Juan se aleja apresuradamente y desaparece en el bosque.
XXIII
Desde aquel día, la tristeza se cierne sobre la casa de los Felshammer.
Cuando Martín entró en su casa por la mañana, todo estaba tranquilo, en
una calma profunda. Descolgó de la pared la llave del molino y se
deslizó hasta la triste habitación de que había hecho una especie de
templo de su falta. Allí lo encontraron sus gentes a la hora del
almuerzo, tan blanco como la cal de los muros, con la frente entre las
manos y murmurando sin cesar:
--¡Fritz, Fritz! ¡ésta es la expiación! ¡ésta es la expiación!
El espectro, el antiguo, el temible espectro, al que creía desterrado
para siempre, se ha echado de nuevo sobre él, y sus garras le aprietan
la garganta hasta estrangularlo.
Ha sido casi necesario emplear la fuerza para sacarlo de su retiro. Con
paso torpe ha salido tambaleándose del molino. Ha encontrado a su mujer
acurrucada en un rincón, con las mejillas pálidas y la mirada temerosa.
Entonces le ha cogido la cabeza con las dos manos, fijando un instante
sobre la infeliz, toda trémula, sus ojos sombríos, y después ha
murmurado esas palabras melancólicas:
--¡La expiación! ¡la expiación!
Al oír esta frase siniestra, un escalofrío recorre el cuerpo de
Gertrudis. «¿Sabe algo? ¿Se lo ha confesado todo Juan? ¿Ha descubierto
por casualidad el secreto?... ¿O no tiene más que sospechas?...»
Y desde entonces se llena de terror delante de ese hombre; y se consume
de pasión por el otro, a quien ha despedido para siempre. Palidece y
adelgaza; anda vagando de un lado a otro como una sonámbula. Alrededor
de sus ojos se dibujan surcos azules que se ensanchan cada vez más
alrededor de su boca se forma un pliegue que se contrae sin cesar.
Martín no ve nada de eso. Todo su ser está embargado por el dolor de
haber perdido su hermano. Durante los primeros días ha estado esperando
hora tras hora verlo llegar; quizá no se ha dado cuenta de lo que decía
en su embriaguez... ¡y él, Martín, será ciertamente el último en
recordárselo!
Pero pasan los días, unos después de otros, sin que Juan reaparezca; su
angustia crece entonces. Comienza a informarse del desaparecido, con
poco fruto al principio porque las relaciones de aldea a aldea son muy
escasas. Sin embargo, poco a poco van llegando noticias al molino; lo
han visto hoy aquí y ayer allí, como un vagabundo, pero rodeado siempre
de alegres compañeros. En cuanto «el diablo de Juan», como le llaman, se
presenta en alguna parte, se llena la taberna, saltan los tapones y
chocan los vasos; y, cuando la fiesta está en todo su apogeo, a través
de los cristales hechos añicos salen las botellas a la calle. Pero «el
diablo de Juan» paga todo lo que rompe. Convida a todos los que
encuentra por el camino... ¡Ah sí! es un gran compañero y un bebedor
insigne «el diablo de Juan.»
Poco a poco van apareciendo a la puerta del molino toda clase de
personajes tenebrosos como Löb Levi, de Beelitzhof, el acaparador de
granos, y Hoffmann, de Grünhalde, el corredor de fincas; presentan
papeles amarillos y grasientos sobre los cuales la mano de Juan ha
firmado cantidades a tanto por ciento y a tantos días... Martín
contempla largo rato las letras inciertas que se precipitan, como
ebrias, unas sobre otras; después, va a su caja de caudales y paga, sin
decir palabras, la deuda y los intereses exorbitantes. ¡De buena gana
daría la mitad de su riqueza por conseguir la vuelta de su hermano!
Al fin, manda enganchar el carruaje y él mismo va a buscarlo. Anda
leguas y leguas, pasa en vela noches enteras, sin conseguir nunca
atrapar a su hermano. Las noticias que obtiene de los taberneros son
incompletas y confusas; unos le responden de un modo incierto y
cohibido, otros con aparato de misterio y en tono socarrón; todos
parecen temer que tan pronto como el dueño del molino de Felshammer haya
encontrado al borracho de su hermano desaparecerán sus pingües
beneficios.
Cuando Martín empieza a notar que lo engañan, se apodera de él el
desaliento. Regresa al molino y se encierra por dos días en su
-despacho-. Durante ese tiempo, se pregunta si no sería conveniente
pedir ayuda a los gendarmes de Marienfeld. Con su autoridad, sería fácil
arrancar la verdad a la gentes. Pero no... hacer buscar a su hermano con
la policía es cosa que no permite el honor del nombre de los Felshammer;
su padre se estremecería en la tumba.
Un constipado adquirido en sus viajes nocturnos, lo obliga a guardar
cama. Y, durante dos mortales semanas, en las que Gertrudis permanece
sentada a la cabecera del lecho, noche y día, vive torturado por las
alucinaciones de su delirio, en el que sus dos hermanos, el muerto y el
vivo, van a rondar alrededor de él, ora distintos ora confundidos en un
sólo ser monstruoso, especie de espectro de dos cabezas.
Tan pronto está casi restablecido hace preparar su carruaje. Es fuerza
que acabe por encontrarlo.
XXIV
Al fin lo encuentra.
Una noche, muy tarde, a principios de septiembre, sus investigaciones lo
llevan a B... aldea situada dos leguas al norte de Marienfeld. A través
de las ventanas cerradas de la taberna, se oye un ruido confuso,
pataleos, gritos y cánticos avinados.
Baja pesadamente del carruaje y ata el caballo a la puerta del patio. La
llama turbia de la linterna vacila al soplo del viento de la noche.
Grandes gotas de lluvia golpetean el suelo.
Levanta el cerrojo y empuja la puerta, que se abre de par en par. Una
densa humareda azul, de tabaco, le da en el rostro, mezclada con el olor
de la cerveza agria.
Y allí, en el extremo de una larga mesa, con las mejillas abotagadas,
los ojos ribeteados de rojo y afectados por el brillo vidrioso propio
de los borrachos, los cabellos revueltos, la camisa sucia y las ropas en
desorden, cubiertas de aristas de paja, restos sin duda del último
lecho, estaba su hermano adorado, aquel que lo era todo para él y al que
veía convertido entonces en un vicioso precoz, condenado a irremediable
desgracia.
--¡Juan!--exclama, y la fusta que tiene en la mano cae al suelo con
ruido.
Un silencio de muerte se esparce por la sala llena de gente, y los
bebedores contemplan con la boca abierta al intruso.
El desgraciado se ha levantado de su banco, con el rostro rígido por una
angustia indecible; de su pecho sale silbando una especie de estertor;
da un salto desesperado y trepa a la mesa, y haciendo otro esfuerzo
trata de huir por sobre las cabezas de sus vecinos.
Es inútil; la mano de Martín lo sujeta.
--Quédate--gruñe a su oído una voz sorda.
Y al mismo tiempo se siente empujado con fuerza prodigiosa.
Martín abre la puerta; y, mostrando con el puño de la fusta la
obscuridad de la noche, se planta en medio de la sala.
--¡Vamos! ¡fuera!--grita con una voz que hace temblar los vasos sobre la
mesa.
Los bebedores, jóvenes calaveras en su mayor parte toman sus sombreros y
se retiran intimidados; apenas se oye un murmullo ahogado.
--¡Vamos! ¡fuera!--repite Martín haciendo un gesto como para saltar a la
garganta del primero que proteste.
Dos minutos después han salido todos... Sólo el tabernero está allí
todavía, paralizado por el miedo, detrás del mostrador. Al volverse
Martín hacia él, con una mirada amenazadora, comienza a quejarse en tono
llorón del transtorno causado en su tienda.
Martín mete la mano en el bolsillo, le tira un puñado de monedas de
plata y le dice:
--¡Quiero quedarme solo con él!
Y cuando ha cerrado la puerta, detrás del tabernero, que sale
inclinándose, se aproxima lentamente a su hermano, que, con el rostro
entre las manos, permanece inmóvil, agazapado en un rincón. Coloca
suavemente la mano sobre su hombro; y, con una voz trémula de dulzura
infinita y de inmensa tristeza:
--Levántate, hijo mío, y hablemos.
Juan no hace un solo movimiento.
--¿No quieres decirme qué tienes contra mí? El desahogo consuela...
Alivia tu corazón contándome tus penas.
--¡Consolar mi corazón!... ¡Ay!...
La angustia que contraía sus facciones se ha cambiado en una arrogancia
sorda, reprimida.
Martín, lleno de disgusto y de lástima contempla aquel rostro, cuyas
arrugas profundas apenas dejan conocer al Juan de otros tiempos, tan
franco de corazón, tan tierno. Es fuerza que las pasiones más viles se
hayan apoderado de ese hombre para desfigurarlo de un modo tan terrible
en seis cortas semanas.
Se incorpora entonces y lanza una mirada del lado de la puerta.
--Me has encerrado, ¿no es verdad?--dice con una nueva explosión de
risa, que penetra a Martín hasta los tuétanos.
--Sí.
--¿Quieres, pues arrastrarme contigo como un criminal?
--¡Juan!
--Eres, en efecto, el más fuerte. Pero te declaro una cosa; que no soy
tan débil que no pueda defenderme. Me tiraré carruaje abajo y me romperé
la cabeza contra una piedra antes que ir contigo.
--¡Piedad, Dios mío!--exclama Martín.--¿Qué han hecho de ti?
Juan se pasea a lo largo, y hace sonar a su paso las tapaderas de los
frascos de cerveza.
--¡Acabemos!--dice al fin, deteniéndose.--¿Qué quieres de mí para venir
a encerrarme de este modo?
Martín, sin decir nada, va a la puerta y corre el cerrojo; después
vuelve a colocarse delante de su hermano. Su pecho jadea, como si
quisiera sacar las palabras de lo más profundo de su alma. ¿Pero de qué
le sirve eso? Su voz se queda en la garganta. Nunca ha sido elocuente el
pobre rústico; ¿cómo encontrar de pronto conceptos expresivos para
arrancar aquel extraviado a su locura? No puede articular más que estas
palabras:
--¿Qué te he hecho? ¿Qué te he hecho?
Las repite dos veces, tres veces; las repite infinitamente. ¿Qué más
puede decir? Toda su ternura y todo su dolor están ahí.
Juan no responde nada. Se sienta en el banco y hunde las dos manos en
sus cabellos incultos. Por su rostro vaga una sonrisa, una sonrisa
horrible que no admite consuelo ni esperanza... Al fin interrumpe a su
desgraciado hermano, que repite interminablemente su frase, como si
esperara verla causar un efecto mágico.
--Basta; no sabes qué decirme y no puedes decirme nada. He acabado
conmigo mismo, contigo y con el mundo entero. ¡Si supieras por lo que he
pasado en estas seis últimas semanas!... Desde que salí del molino no he
dormido bajo techo, porque estaba convencido de que el techo me
aplastaría...
--¿Pero, en nombre del cielo, qué tienes?
--No me preguntes nada; no conseguirás saberlo... Deja las palabras; son
inútiles... y aunque me jurases por la memoria de nuestros padres...
--Sí; por nuestros padres...--balbucea Martín con alegría.
¿Por qué no he pensado en ello más pronto?
--¡Déjalos tranquilos en su tumba!--replica Juan con su sonrisa
odiosa.--Eso no reza conmigo. ¡Ellos no pueden impedir que esté perdido;
no pueden impedir que te odie!
Martín lanza un gemido violento y vuelve a caer, como aniquilado, sobre
el banco.
--Siempre he pensado en ellos; siempre me he acordado de que Martín
Felshammer es mi hermano. Y por eso he llegado adonde estoy... ¡Me ha
costado un duro sacrificio, puedes creerlo!... Por lo tanto, no te
quejes... Créeme... me he portado muy bien contigo... ¡ay, hermano!...
muy bien.
Martín no tiene necesidad de averiguar más; ve claramente ya la solución
del enigma: la víctima de otro tiempo sale de su tumba para pedir
venganza. Entonces, con las manos juntas murmura dulcemente:
--¡La expiación! ¡La expiación!...
El otro continúa:
--Pero haces bien en recordarme a nuestros padres; no tengo derecho a
arrojar una mancha sobre su nombre, sobre el nombre de los Felshammer...
Esa es una idea que me atormenta desde hace un tiempo... Y, a decir
verdad, me alegro de haberte encontrado... Podemos hablar de ello
tranquilamente... me voy a América.
Martín contempla por un instante su rostro abotagado; después murmura
dulcemente:
--¡Que Dios te acompañe!
Y deja caer pesadamente su frente sobre la mesa.
--Muy pronto--continúa el hermano.--Ya me he informado; el primero de
octubre parte un buque de Brema; es preciso que salga yo de aquí la
semana próxima... Tú sabrás qué es lo que me corresponde por mi
herencia... Debo haber derrochado una buena parte... Dame a cuenta de
ella lo que tengas en dinero; envía los fondos a Franz Maas, que yo iré
a casa de él a buscarlos...
--¿Y no vendrás siquiera una vez al... al?...
--¿Al molino? ¡Jamás!--exclama el joven, levantándose con un resplandor
inquieto, de deseo y de angustia, en los ojos.
--¿Y te he de decir adiós aquí... aquí... en este lugar inmundo?...
¡adiós para toda la vida!...
--No puede menos de ser así--dice Juan, bajando la cabeza.
Y Martín vuelve a su idea y murmura:
--¡Es la expiación!
Juan fija una mirada ardiente en su hermano, que, con el alma y el
cuerpo quebrantados, permanece agobiado delante de él... Está firmemente
resuelto a no volverlo a ver... Pero es preciso que le tienda la mano...
en el momento de la separación.
--Adiós, hermano--dice aproximándose a Martín, que se deja estar
sentado, inmóvil.--Sé feliz y consérvate bueno.
Pero, de repente, siente como un chorro de calor dulce... Por su cerebro
pasan en un mismo instante, un sinnúmero de imágenes. Se vuelve a ver
niño, protegido, mimado por su hermano mayor; se vuelve a ver mozo,
andando orgulloso del brazo de él; se vuelve a ver, de pie con él, junto
al lecho de muerte de los viejos padres; se vuelve a ver con él, en el
momento solemne en que, con las manos enlazadas, se prometieron no
separarse nunca y no dejar que nadie se introdujese nunca entre
ellos...
¡Y entonces!... ¡entonces!...
--¡Hermano!--exclama.
Y con ruidosos sollozos cae a sus pies.
--¡Mi nene! ¡mi querido nene!
Y Martín, en medio de sus lágrimas, lanza gritos de alegría y lo besa,
lo aprieta contra él, como si quisiera no dejarlo marchar.
Al fin te encuentro... ¡Oh Dios! Ahora todo irá bien... ¿no es verdad?
Di... todo esto no era más que pura fantasía, pura locura. ¿Tú no sabes
lo que has hecho, eh? Ya no te acuerdas. Apostaría a que ya no tienes la
menor idea de eso ¿eh? Despiertas, ¿no es verdad que despiertas?
Juan, triste, aprieta los dientes y apoya su rostro en el pecho de su
hermano. Pero, de pronto, se le ocurre una idea que le pesa sobre el
corazón y le zumba en los oídos, una idea semejante a un vampiro frío y
viscoso que bate las alas a su alrededor; en ese brazo, en ese,
Gertrudis se ha abandonado... ¡ese mismo día!
Y se pone en pie violentamente. ¡Tiene que salir de aquella sala, tiene
que dejar de respirar aquella atmósfera, o va a volverse loco!
Da un salto hacia la puerta... Descorre el cerrojo y... desaparece.
Rígido de estupor, Martín lo sigue con los ojos un momento; después se
dice, como para librarse de la inquietud que se apodera de él.
--Está demasiado impresionado y necesita respirar el aire fresco;
volverá.
Su mirada se fija en la percha que hay en el muro; sonríe completamente
tranquilo:
--Juan ha dejado su gorra... afuera está lloviendo... el viento es
fresco... volverá.
Después, Martín llama al tabernero; hace llevar su caballo a la cuadra y
manda preparar para su hermano un grog caliente y una cama: «porque,
dice con una sonrisa, volverá...»
Y cuando todo queda preparado, se sienta y se absorbe en sus
meditaciones. De vez en cuando murmura, como para reanimar su valor que
se extingue:
--¡Volverá!
Afuera, la lluvia golpetea las ventanas, el viento de otoño silba sobre
la taberna; y cada gota de lluvia, cada silbido anuncia:
--¡Volverá! ¡volverá!
Pasan las horas, la lámpara se apaga, Martín se ha quedado dormido en su
espera y sueña con la vuelta de su hermano...
Al día siguiente por la mañana, lo despiertan. Asustado y tembloroso,
mira a su alrededor. Sus ojos se posan sobre la cama vacía, en la que
su hermano debía acostarse, su primer lecho después de seis semanas. Se
deja estar allí tristemente, de pie, con la mirada fija.
Después manda enganchar el carruaje y se va.
XXV
Ese año, el otoño ha llegado muy pronto. Desde hace ocho días sopla un
viento nordeste, agudo y penetrante, como si se estuviera en noviembre.
Los aguaceros azotan en los vidrios, y ya se extiende sobre el suelo una
capa de hojas de tilo, de color amarillo obscuro que la humedad
convierte en barro.
¡Qué pronto llega la noche! En la tienda del panadero, la lámpara se
enciende antes de la hora de comer. Franz Maas está sentado bajo la
claraboya, muy ocupado en hacer sus cuentas. Delante de él, sobre la
mesa, donde se ven casi siempre en orden, blancos y redondos, pequeños
montones de harina de flor, brillan entonces pequeños montones de
monedas de plata; y en lugar de los -bretzel- miserables se oye el
crujido de los billetes de banco.
Es el tesoro que Martín le confió el último domingo con el encargo de
entregarlo a Juan.
Ha entregado igualmente una nota en la cual la cuenta de la herencia
está detallada hasta el último céntimo. Después se ha presentado todas
las mañanas a hacer la misma pregunta: ¿«Ha venido?» y, al ver la seña
negativa de Franz, se ha vuelto sin decir nada. Ese tesoro embaraza al
joven panadero. Todas las noches cuenta la suma sobre la mesa, para
cerciorarse de que nada ha desaparecido durante el día.
En esos momentos está entregado precisamente a esa ocupación. Es
viernes; por fuerza Juan tiene que estar allí entonces si quiere llegar
a tiempo de alcanzar el vapor que sale de Brema.
Juan ha abierto la puerta sin ruido y se detiene detrás del panadero,
cuando éste se dispone a guardar bajo llave los cartuchos de monedas.
--¿Todo eso es para mí?--pregunta poniéndole la mano sobre el hombro.
--¡Alabado sea Dios! ¡Al fin has venido!--exclama Franz alegremente.
Después de una ojeada examina a su amigo, de la cabeza a los pies.
Martín había exagerado cuando le anunciaba, con lágrimas en los ojos, la
aparición de un ser miserable y abatido. Juan Felshammer lleva un traje
muy limpio y cuidado: tiene una linda capa nueva, un poco entreabierta,
que deja ver un flamante traje gris; sus cabellos, bien peinados, caen
sobre el cuello; hasta se ha afeitado... Pero, a decir verdad, su mirada
turbia, por la que pasan resplandores inquietantes, las bolsas bajo los
ojos, el horrible color de las mejillas, son tristes síntomas en ese
rostro, fresco y juvenil hasta hace poco.
Y Franz le toma entonces las dos manos.
--Juan, Juan, ¿qué te ha sucedido?
--Paciencia, ya lo sabrás todo--responde Juan.--Será preciso que lo
confiese todo a un ser humano, a uno solo... o eso acabará por ahogarme.
--¿Es cierto entonces? ¿Quieres?...
--Esta noche me voy en la diligencia. Ya tengo billete... Antes de venir
a verte he atravesado la aldea por última vez. Había obscurecido; podía
aventurarme a eso; y me he despedido de todo. He ido hasta la tumba de
mis padres, delante de la puerta de la iglesia... y también a la Corona,
porque debía aún una miseria al dueño...
--¿Y has olvidado el molino?
Juan se muerde los labios, se retuerce el bigote y murmura:
--Ya iré.
--¡Oh! ¡qué alegría tendrá Martín!--exclama Franz Maas, rojo también por
la emoción.
--¿He dicho acaso que iré a ver a Martín?--pregunta Juan entre dientes.
Y su pecho se levanta como para librarse del peso formidable que lo
oprime.
--¿Qué? ¿acaso vas a introducirte furtivamente en la casa de tu padre
como un ladrón, sin dejarte ver de nadie?
--¡No! Iré a despedirme... pero no de Martín.
--¿De quién, entonces?... ¡Desgraciado!... ¿De quién, entonces?--exclama
Franz Maas en el cual se despierta una terrible sospecha.
--Cierra la puerta y siéntate--dice Juan.--Voy a contártelo todo.
Pasan las horas. La tempestad sacude las hojas de las ventanas. El
aceite crepita en la lámpara que humea. Los dos amigos están sentados,
con las miradas fijas uno en el otro. Juan hace su confesión; no oculta
nada, desde su primer encuentro con Gertrudis hasta el instante en que
un estremecimiento de horror lo arrancó de los brazos de Martín para
arrojarlo a la noche lluviosa.
--Lo que ha pasado después--termina,--puede decirse en dos palabras.
Corrí sin saber adónde, hasta que el agua y el frío me volvieron a la
realidad. El correo de Marienfeld llegaba en ese momento; subí a él y
por lo menos me encontré a cubierto. De ese modo llegué a la ciudad,
donde he permanecido hasta hoy. Löb Lévi me ha dado cien táleres, y con
eso me he comprado ropa; no quería presentarme harapiento delante de
Gertrudis.
--¡Desgraciado!... ¿quieres?...
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