miran con malicia de gata joven.
De pronto deja de silbar; entonces suena en su oído una risa burlona, y
la voz alegre de su cuñada le dice:
--Vamos, Juan, continúa.
Y, como él no quiere acceder a esa petición, la joven frunce los labios
y se pone a silbar imperfectamente algunas notas.
Entonces se oye gruñir, en el interior de la casa la voz profunda de
Martín, que dice paternalmente, en tono de reproche:
--No hagas tonterías, Gertrudis; déjalo dormir.
--¡Pero si no duerme!--responde ella en el tono enfurruñado del niño a
quien reprenden.
Después la ventana se cierra y las voces se apagan.
Juan menea la cabeza riendo y se mete en la cama; pero no puede dormirse
a causa de las flores que Gertrudis ha puesto a la cabecera y cuyas
hojas llegan hasta el borde del lecho. Con los manojos de lilas
violáceas se mezclan los narcisos de cáliz estrellado de suave blancura.
Se vuelve, después de arrodillarse en la cama, y hunde su rostro en las
flores. Los pétalos delicados lo acarician y besan sus párpados y sus
labios.
De pronto presta oído. Del suelo sube el rumor de una risa apenas
perceptible, como si llegase del centro de la tierra; una risa leve como
el ala del viento rozando la hierba... ¡pero tan alegre, de tan loca
alegría!...
Escucha un instante y espera oírla por segunda vez; pero todo queda en
silencio.
--¡Qué loquilla!--dice alegremente.
Vuelve a caer sobre la almohada, y se duerme con la sonrisa en los
labios.
VII
A la mañana siguiente, Juan busca en el cuarto sus ropas de trabajo. Le
aprietan un poco en los hombros. ¡Cristo! ¡cómo ha engrosado!
Ya está alto el sol. Le parece que pone menos luz y calor en cualquier
parte que no sea en aquella soledad florida. Es una cosa particular el
sol del país natal. Dora todo lo que toca, y brotan canciones de los
labios que acaricia. ¡Qué hermosa es la vida en la casa paterna! ¡Viva
la alegría!
--Tengo ahora en casa todo un nido de alegres pájaros;--dice riendo
Martín, que va a darle los buenos días. Sigue cantando, muchacho...
Estoy acostumbrado desde que vive aquí Gertrudis... Pero ¿qué vas a
hacer con esa blusa blanca?
--¿Crees acaso que voy a estar aquí de brazos cruzados?
--Descansa un día más.
--¡Ni una hora! Mis ropas de holgazán están colgadas ya de un clavo.
Martín ha visto las flores que están a la cabecera del lecho, y dice
riendo de mala gana.
--¡Habrase visto! Le he prohibido que haga eso conmigo y te da a ti esa
mala broma. Por eso estás hoy tan pálido.
--¿Pálido, yo? No lo creo.
--No le digas nada. Yo le prohibiré que haga estas tonterías.
Y bajan los dos juntos.
No se ve a Gertrudis en ninguna parte de la casa.
--Está en el jardín desde las cinco--dice Martín sonriendo con
complacencia.--Todo marcha aquí al vapor desde que ella tiene la
dirección de la casa... Es viva como una ardilla, y está en pie desde el
alba; y siempre contenta... siempre entonando canciones y soltando
gritos de alegría.
Al dirigirse al molino, los dos hermanos ven pasar por arriba de ellos,
rozando sus cabezas, un tronco de zanahoria.
Martín se vuelve riendo, y hace con el dedo un ademán de amenaza.
--¿Quién es?--pregunta Juan, recorriendo con la mirada el patio, donde
no se ve alma viviente.
--¿Quién quieres que sea, sino ella?
--¿Y no ves nada que indique dónde está?
--Nada absolutamente... Es un verdadero diablillo, se hace invisible
cuando quiere.
Y, con el rostro radiante, sigue a su hermano al molino.
Pasan las horas. Juan quiere demostrar lo que puede hacer, y trabaja con
gran energía. Mientras está vigilando en la galería el trituramiento del
grano en la tolva, siente que le tiran de la blusa.
Mira hacia abajo. Gertrudis, de pie en la escalera, con las mejillas
tostadas por el sol y los ojos brillantes, le hace una seña con el dedo:
--Ven a almorzar.
--Al instante.
Termina su trabajo y se coloca a su lado.
--¡Brrr!--exclama la joven sacudiéndolo;--¡cómo te has vestido!
--¿Y qué?
--Ayer me gustabas más.
Dicho esto, le tiende la mano para darle los buenos días, y baja
apresuradamente la escalera, divirtiéndose en esparcir delante de ella
una lluvia de harina.
Al pasar por delante de la habitación que Martín llama -su despacho-, su
rostro toma una expresión misteriosa, y deteniéndose, levanta las dos
manos en el aire, como para conjurar un espíritu.
Al cabo de un instante, pregunta en voz baja:
--Di, ¿qué hay ahí dentro?
--No sé.
--Yo tampoco. ¿No tienes permiso para entrar ahí?
--No.
--¡Alabado sea Dios! Entonces no soy yo sola la tonta... Cuando tengo
que decirle algo, es preciso que llame a la puerta... Vamos, di la
verdad, ¿te parece que eso está bien? Yo no soy una chiquilla para
que... Pero me callo; no hay que hablar mal del marido. Sin embargo, tú
eres su hermano; intercede por mí junto a él, ruégale que me diga qué
hay dentro. ¡Si vieras cuan intrigada estoy!
--¿Te figuras que me lo dirá?
--Entonces tendremos que consolarnos juntos... Ven.
Y, de un salto, transpone los tres peldaños que conducen al umbral de la
puerta.
Durante el almuerzo, adopta de improviso una fisonomía seria, y habla
con importancia de los cuidados que le da el manejo de la casa. Había
adquirido, es cierto, en su familia, la costumbre de salir de apuros
sola, porque su pobre madre había muerto hacía muchos años, y antes de
la confirmación, había tenido que dirigir la casa de su padre; pero la
tarea no era muy pesada: su padre no tenía a su servicio más que un
criado para el molino y los trabajos del campo... ¡se extenuaba de
trabajo el pobre padre!
Sus ojos se llenan de lágrimas. Confusa, vuelve la cabeza. Después se
levanta vivamente y pregunta:
--¿No tienes ganas?
--No.
Luego continúa.
--Ven conmigo al jardín. Conozco una espesura donde se está muy bien
para hablar.
--Allá, en el extremo de la alameda. Es también mi lugar favorito.
VIII
Penetran juntos en el jardín que el sol inunda con sus rayos ardientes,
y respiran más libremente bajo la bóveda de verdor que los envuelve en
su fresca sombra.
Gertrudis se echa negligentemente sobre el banco de césped y coloca bajo
su cabeza, a guisa de almohada, sus brazos, bruñidos por el sol.
A través del tupido follaje se deslizan aquí y allá algunos rayos que
adornan sus vestidos con manchas de oro, ruedan sobre su cuello y sus
mejillas, y rozan su frente, poniendo un claro fulgor en su cabellera
obscura y rizada.
Juan se sienta frente de ella y la contempla con una admiración que no
procura disimular.
Está persuadido de que en su vida ha visto tanta gracia. ¡Qué encanto en
la actitud de esa joven cuñada medio tendida! Las palabras de su hermano
le vuelven a la memoria: «¿Me habría sido posible no amarla?»
--No sé, pero hoy siento ganas de charlar--dice Gertrudis con sonrisa
confiada;--y coloca más cómodamente su cabeza.--¿Y tú, estás dispuesto a
escuchar?
Él hace un signo afirmativo.
--Entonces... el pan no era abundante en casa y los pedazos estaban
contados. En cuanto a la manteca para poner en él, inútil es hablar de
ella. Si yo no hubiese cuidado el huerto, cuyos productos se vendían en
la ciudad, nos habría sido imposible vivir. ¿Por qué la gente lleva toda
su harina al molino de agua de los Felshammer, sin pensar que en los
molinos de viento los pobres molineros necesitan vivir también? Esto es
lo que nos decíamos a menudo; y mirábamos con odio vuestra casa... Pero
he aquí que, de repente, llega Martín. Quiere, dice, vivir en buenas
relaciones con sus vecinos. Se muestra amable y cariñoso con el padre,
amable y cariñoso conmigo. Lleva a los muchachos pasteles y azúcar
cande, y todos nos enamoramos de él. Y al fin declara al padre que me
quiere por mujer... «¡Pero si no tiene nada!--dice mi padre.--«Tampoco
quiero yo nada» responde él. Y figúrate... ¡me toma sin un céntimo de
dote!... Ya puedes comprender mi alegría, pues el padre me había
repetido con frecuencia: «Hoy todos los hombres van detrás del dinero;
tú eres pobre, Gertrudis; prepárate para quedar soltera». Y, sin
embargo, me he casado antes de los diez y siete años... Por lo demás, yo
profesaba desde hacía mucho profundo afecto a Martín; porque, aunque era
un poco tímido y avaro de sus palabras yo había leído en sus ojos su
buen corazón. No puede franquearse tanto como quisiera, y eso es todo.
Yo sé cuán bueno es; y a pesar de su talante gruñón, a pesar de las
reprimendas que me echa, no dejaré de amarlo toda mi vida.
Guarda silencio un instante y se pasa la mano por el rostro como para
echar al rayo de sol que le dora las pestañas y hace brillar sus ojos
con colores vivos y tornasolados.
--Mira si es bueno para los míos--continúa con apresuramiento, como si
creyera no poder encontrar bastante afecto para acumularlo sobre la
cabeza de Martín.--Quería darles cada año una pensión, no sé de cuánto;
pero yo no lo he consentido, porque no podía conciliarme con la idea de
que mi padre estuviera reducido a aceptar una limosna en sus últimos
días, aunque se la diese su yerno. Pero me he reservado una cosa:
continuar aquí el cultivo del huerto, al que estaba acostumbrada en
nuestra casa, y quedarme con lo que produzca.
El empleo de ese dinero es cuenta mía.
Se sonríe mirándolo con aire triste, y continúa:
--Tienen verdadera necesidad de él en casa; porque, ya lo ves, hay tres
chicos todavía, que alimentar y vestir sin contar que, desde que yo
partí, tienen que valerse de una criada.
--¿No tienes hermanas?--pregunta Juan.
Ella menea la cabeza y dice, lanzando de improviso una risotada:
--¡Es escandaloso! Ni siquiera una, de la cual pudieras hacer tu mujer.
El ríe con ella y dice:
--No es una mujer lo que necesito ahora.
--¿Entonces, qué?
--Una hermana.
--Pues bien, ya tienes una--dice ella levantándose de un salto y
acercándose a él.
Después, avergonzada sin duda de su vivacidad, se deja caer ruborosa
sobre el banco de césped.
--¿De veras?--dice con los ojos brillantes.
Ella hace un leve mohín y dice vivamente:
--¿Hay que hacer tanto esfuerzo acaso? La mujer de un hermano es casi
una hermana ya.
Y, midiéndolo de pies a cabeza con una sonrisa, añade:
--Creo que, con un hermano como tú, se podría ir a cualquier parte.
--Cinco pies y diez pulgadas, ex hulano de la guardia... ¡si basta
eso!...
--Y en último término, tú serías también un buen compañero de juegos.
--¿Necesitas uno?
--¡Oh sí!--responde ella con un suspiro;--la vida es aquí tan tranquila,
tan seria... No hay nadie con quien pueda uno correr como hacía yo en
otro tiempo con mis hermanos. Con frecuencia he estado a punto de tomar
por el cuello a un mozo del molino; pero ¡la dignidad!... ¡el
respeto!...
--Bueno, pues ahora estoy yo--dice él, riendo.
--Por eso fundo en ti grandes esperanzas.
--Entonces, tómame por el cuello.
--Tienes demasiada harina encima.
--¡Vaya una mujer de molinero, que tiene miedo a la harina!--dice Juan
en tono burlón.
--Deja--concluye ella,--que ya llegará la hora en que ponga a prueba tus
habilidades de jugador.
IX
Mientras los tres descansan en el emparrado, a la hora del crepúsculo,
Juan, que con la cabeza oculta entre los pámpanos sueña en silencio como
su hermano, siente de pronto una cosa redonda, que no acierta a definir,
chocar contra su frente y caer al suelo. «Quizás sea una cochinilla» se
dice; pero el ataque se repite por segunda y tercera vez.
Entonces lanza una mirada recelosa a Gertrudis, que estatua viva de la
inocencia, canturrea melancólicamente la tonada: -En un fresco valle.-
Sin embargo, entretanto fabrica a hurtadillas las bolitas de pan que le
sirven de proyectiles.
Juan reprime un acceso de risa y coge disimuladamente una rama de viña,
de la que penden todavía algunos racimos secos del año anterior. Ella le
lanza un nuevo proyectil; y él le dispara, pronto para la respuesta, un
grano a la nariz. Ella se estremece, lo mira un momento toda
desconcertada; y, al inclinarse el joven hacia ella, con el rostro más
serio del mundo, lanza una ruidosa y alegre carcajada.
--¿Qué pasa?--dice Martín, arrancado violentamente a su somnolencia.
--¡Ha pasado por la prueba!--responde Gertrudis lanzándose a su cuello.
--¿Qué prueba?
--Si te lo digo vas a reñirnos; prefiero callarme.
Martín interroga con una mirada a su hermano.
--¡Oh, nada!--dice éste con tímida sonrisa.--Era una broma... Nos
bombardeábamos.
--Está bien, hijos míos, bombardeaos;--dice Martín, que continúa fumando
en silencio.
Juan está muy avergonzado, y Gertrudis contempla a su nuevo camarada de
juegos con una mirada maliciosa y provocativa.
«Revoltosa». Sí; ese era el nombre que había dado Martín Felshammer a su
mujer...
X
Desde aquel día, se repiten las bromas en las horas tranquilas y
silenciosas del crepúsculo, que Martín ama tanto.
En las apacibles alamedas del huerto suenan gorgeos y risas; sobre el
césped pasan como una tromba dos figuras humanas que se persiguen; se
bromea, se suelta a los perros para que hagan ruido; se caza a los gatos
de la vecindad que se dan las citas amorosas en el molino; se juega al
escondite detrás de los montones de heno y de los setos.
Martín los deja en plena libertad, y contempla esas locuras con la
mirada benévola e indulgente de un padre. En el fondo, preferiría la
calma de antes; pero son tan felices ellos, en su juventud y su
inocencia, con los ojos brillantes y las mejillas encendidas, que sería
un crimen turbar su alegría con observaciones molestas. Después de todo
son unos niños.
Además ¿no hay también horas menos ruidosas? Cuando Gertrudis dice:
«Juan, ven a cantar», se sientan juiciosamente uno al lado del otro en
el emparrado, o cuando se pasean lentamente a la orilla del riachuelo; y
cuando Martín ha encendido su pipa y está dispuesto a escucharlos, sus
voces resuenan claras y vibrantes en la sombra de la noche.
Bien pronto llegan instantes de solemne encanto. Los pájaros, que van a
entregarse al sueño, gorjean en las ramas, una leve brisa sopla en los
pámpanos y el sordo murmullo de la presa sirve de acompañamiento...
¡Cómo ha cambiado su humor de repente! Estaban alegres al empezar; pero
las tonadas que cantan son cada vez más tristes, y el acento de sus
voces cada vez más quejumbroso. Hace apenas unos minutos, sus cabezas se
tocaban; entonces están serios, con las manos juntas y los ojos puestos
en el cielo arrebolado. Sus voces suenan admirablemente unidas. Juan
tiene una voz de tenor clara y suave, que concierta muy bien con las
notas de contralto, llenas y graves, de Gertrudis, y nunca le falta oído
cuando se trata de acompañar de improviso una canción nueva.
Lo extraño es que nunca puedan cantar cuando están solos. Si, mientras
están cantando, tiene Martín que alejarse, llamado por algún asunto, en
seguida sus voces pierden la seguridad y los jóvenes se miran
sonriendo; uno u otro, por lo regular, deja escapar una nota falsa, y la
canción queda inconclusa.
Cuando Martín está ausente de la casa o se encierra en su despacho, lo
que sucede una vez o dos por semana, los dos guardan silencio, como de
común acuerdo; ninguno de ellos se atrevería a invitar al otro a cantar.
En cambio, tienen otras ocupaciones más interesantes, a las que sólo
pueden dedicarse cuando no hay que temer la indiscreción de un tercero.
Mientras estaba en el servicio, Juan se ha hecho un lindo cuaderno de
música, en el que ha compilado las canciones alegres y sentimentales que
más le gustaban. El género sentimental es el que lo entusiasma. Las
desesperaciones de amor, los cantos fúnebres, se alternan allí con las
consideraciones poéticas sobre la vanidad de la existencia, y lo corona
todo el estallido de desesperación de Kotzebue, desbordamiento de
sentimentalismo que ha sido durante medio siglo la más popular de las
poesías alemanas.
Ese cuaderno responde perfectamente al gusto poético de Gertrudis. En
cuanto se ve sola con Juan, le murmura en tono de súplica:
--Ve a buscar las canciones.
Entonces se sientan en un rincón retirado, y juntan sus cabezas; durante
la lectura sienten con delicia que un estremecimiento de voluptuosidad
les recorre el cuerpo.
He aquí, en primer lugar, esa poesía extraña:
EL CONDE ORSINSKI A SU AMADA
En señal de adiós, recibe las quejas de mi corazón,
Transformadas en dulce armonía,
Pero no trates nunca de adivinar lo que estos acentos dicen.
Y esta antigua romanza popular:
Enrique descansaba junto a su reciente esposa,
Rica heredera de las orillas del Rin...
Suena la media-noche, y a través de la cortina,
Pasa de pronto una mano blanca y delicada:
¿A quién vio? A su Guillermina,
Que se erguía ante él envuelta en un sudario.
Al llegar a eso, Gertrudis se estremece; y, llena de angustia, con sus
grandes ojos azorados, mira fijamente delante de ella, a través de la
sombra del crepúsculo... pero su sonrisa pone de manifiesto, al mismo
tiempo, un delicioso éxtasis.
Pero lo maravilloso en ese cuaderno es una composición titulada: -La
bella molinera-.
--¿Dónde has encontrado esto?--pregunta Gertrudis, impresionada por el
título.
--Un camarada, que era músico, tenía estas canciones en un gran
cuaderno. De allí las copié yo. El que las ha hecho se llamaba Molinero
de apellido y creo que ejercía además ese oficio.
--¡Lee, lee, pronto!--exclama Gertrudis.
Pero Juan se niega.
--Es demasiado triste--dice cerrando el libro.--Será otra vez.
Pero Gertrudis le suplica tanto, que tiene que acceder a sus deseos.
--Ven esta tarde conmigo a la presa--dice;--tengo que hacer allá. Nadie
nos incomodará entonces, y te lo leeré siempre que... naturalmente...
Y guiña el ojo en dirección al -despacho-. Gertrudis hace una señal con
la cabeza. Se entienden a maravilla.
XI
Después de comer, Martín se retira a su escritorio, seguido por las
miradas impacientes de Gertrudis, que espera el momento en que va a
conocer los secretos de «la bella molinera.»
Atraviesan de bracete la pradera, para ir a la presa. La hierba está
húmeda de rocío. El cielo, surcado de bandas rojizas. Sobre el fondo
luminoso resalta, perfectamente recortada, la figura negra del bosque de
abetos, que, triste y silencioso, rodea el llano. A medida que se
aproximan, los mugidos del agua llegan cada vez con más fuerza a sus
oídos... Los rayos del sol poniente se reflejan en los torbellinos de
las ondas, y las gotas de espuma que saltan son otras tantas chispas.
Del otro lado de la presa, el río tranquilo parece un espejo; los
árboles lanzan su sombra y reflejan su imagen en las aguas, demasiado
profundas para ser transparentes.
Se acercan en silencio a la presa.
En esa época, durante los calores del mes de junio, la presa no da gran
trabajo; pero, en los primeros días de la primavera, y en el otoño,
durante las grandes avenidas, cuando es preciso alzar las compuertas
para dar paso a las aguas y a los carámbanos, sin que encuentren
obstáculos, hay que poner un poco de atención y hay que apelar a todas
las fuerzas para no verse arrastrado con las piezas de madera por el
torbellino de las aguas.
Juan alza dos esclusas. Eso basta por el momento. Después suelta la
palanca y apoya el codo en el pretil del puente levadizo. Gertrudis, que
durante todo ese tiempo ha estado contemplándolo sin decir nada, se
lanza por sobre la gran viga que atraviesa la corriente de agua de una
orilla a otra, a algunos pasos de ella.
--Vas a sentir vértigo, Gertrudis--dice Juan echando una mirada inquieta
a la esclusa, por la que las aguas pasan con rapidez espantosa, sobre el
fondo de tablones inclinados, para precipitarse en seguida espumosas en
la corriente.
Gertrudis suelta una risotada y dice que muchas veces ha estado sentada
allí horas enteras, mirando las aguas, sin sentir vértigo alguno.
Además, ¿no está allí entonces por necesidad? Su mirada, en la que se
lee una curiosidad impaciente, está fija en el bolsillo de Juan; y
cuando éste saca su cuaderno de música, la joven exhala un gran
suspiro, encantada ante la idea de los esplendores que presiente, y
junta las manos como una criatura a quien su abuela va a contar una
historia. Juan comienza.
Las palabras conmovedoras del poeta brotan de sus labios como un canto.
Los viajes son la pasión del molinero...
Gertrudis deja oír una alegre exclamación y marca el ritmo dando con el
pie en los montantes de la esclusa.
He oído murmurar un riachuelo...
Gertrudis contiene la respiración, esperando lo que sigue:
He visto brillar el techo de un molino...
En su alegría, Gertrudis palmotea y muestra la granja al otro lado.
¿Es eso lo que quiere decir tu murmullo?
En este pasaje, la bella molinera entra en escena y Gertrudis se pone
seria.
¡Que no tenga mil brazos para golpear!
Gertrudis hace leves signos de impaciencia.
No interrogo a las flores, no interrogo a los astros...
Una sonrisa de satisfacción vaga por los labios de Gertrudis.
Me placía dibujarla en la corteza de los árboles...
Gertrudis lanza un profundo suspiro y cierra los ojos. Y sigue la
lectura, con los sueños del joven molinero ebrio de amor, hasta este
grito de alegría, que domina el canto de los pájaros, el murmullo del
arroyo, el ruido de las ruedas.
¡La hermosa molinera es mía!
Gertrudis abre los brazos, una sonrisa de dulce beatitud pasa por su
rostro, y se mueve su cabeza como diciendo: «¡Dios mío! ¿qué más puede
suceder?»
Entonces la molinera siente de pronto una pasión misteriosa por el color
verde, se oye resonar el coro en la floresta, aparece el fiero cazador.
Gertrudis experimenta inquietud.
--¿Qué viene a hacer ese aquí?--murmura dando con el puño en la viga.
El pobre molinero lo comprende en seguida. Su triste canción dice:
Quisiera partir, perderme en la inmensidad del mundo,
Si todo no estuviera tan verde, tan verde en el bosque y en los campos...
Gertrudis, agitada por el temor y la esperanza, hace en el aire un
ademán. ¡Eso no es posible! ¡es preciso absolutamente que todo concluya
bien!
Y después:
Florecillas que me dio ella,
Que os pongan a todas en mi tumba.
Los ojos de Gertrudis están húmedos de lágrimas, pero la joven sigue
confiando en la desaparición del cazador y en la conversación de la
molinera. No puede, no debe ser de otro modo. El molinero y el arroyo
comienzan su diálogo melancólico; el arroyo quiere consolar al molinero,
pero éste no conoce más que una sola quietud, un solo reposo:
¡Ay! querido arroyuelo; tu intención es buena...
Pero ¡ay! ¿sabes tú acaso el mal que el amor hace?
Gertrudis aprueba vivamente con la cabeza. ¿Qué quiere decir ese
estúpido arroyuelo?... ¿Qué sabe él de amor ni de penas?... En seguida
viene la misteriosa barcarola que cantan las ondas. Sin duda, el joven
molinero se ha dormido a la orilla del arroyo; un beso va a despertarlo,
y, cuando abra los ojos, la molinera se inclinará sobre él para decirle:
«¡Perdóname! ¡siempre te he amado!» Pero no... ¿qué significan esas
extrañas palabras de -cámara de cristal azul-? ¿Por qué es preciso que
duerma allí hasta que el mar haya absorbido la última gota de los
riachuelos? Y puesto que para cerrarle los ojos la mala muchacha tiene
que tirar su pañuelo al agua, eso prueba que el dormido no reposa en la
orilla, sino en el fondo.
Gertrudis oculta su rostro entre las manos y estalla en sollozos
convulsivos; y, como Juan quiere continuar la lectura, le dice:
--¡Basta! ¡basta!
--Gertrudis, ¿qué tienes?
Ella le hace la seña de que la deje. Sus lágrimas son cada vez más
abundantes y su cuerpo tiembla todo; busca un apoyo y se inclina hacia
atrás.
Juan lanza un grito de angustia, y, de un salto, se precipita para
recibirla en sus brazos.
--¡Por el amor de Dios, Gertrudis!--dice con la voz trémula, respirando
con esfuerzo.
Un sudor frío cubre su frente. La joven inclina su cabeza sobre el pecho
de Juan, le echa los brazos al cuello y llora.
Al día siguiente dice Gertrudis:
--Ayer me porté como una chiquilla, Juan, y creo que, a poco más, caigo
al agua.
--Ya habías perdido el equilibrio--dice él.
Y se estremece al recordar el terrible instante.
Una sonrisa sentimental pasa por los labios de Gertrudis.
--Entonces habría concluido para siempre--dice la joven con un profundo
suspiro.
Pero, un instante después, se ríe ella misma de su locura.
XII
Pasan los días. Juan, como camarada de juegos, ha sobrepujado todas las
esperanzas de Gertrudis. Los dos son inseparables; y Martín se ve
reducido al papel de espectador... no puede, con una sonrisa gruñona,
hacer más que decir amén a todas sus locuras.
Es un encanto verlos atravesar el patio, persiguiéndose uno al otro,
como si tuviesen alas en los talones. Gertrudis corre tan ligera que sus
pies apenas tocan el suelo. Sin embargo, Juan es más ágil; por mucho que
dure la carrera, siempre la alcanza. Viendo que no hay posibilidad de
escapar, la joven se agazapa como un polluelo, asustado; y cuando él,
triunfante, la toma en brazos, su cuerpo esbelto se yergue como si, al
contacto de Juan, la sacudiese una conmoción eléctrica.
David, el viejo criado, observa sus juegos con gran atención, por la
claraboya del granero, donde ha establecido su residencia; rasca su
cabeza gris, y murmura entre dientes toda clase de cosas
incomprensibles.
Gertrudis lo ve un día y se lo muestra a Juan.
--Habrá que hacer una broma a ese viejo cazurro--murmura la joven.
Juan le refiere la mala pasada que jugó a David en otro tiempo, al
descubrir el escondite en que el viejo guardaba la harina que robaba.
--¿Si pudiéramos conseguir hacer hoy lo mismo?--dice Juan riendo.
--Lo buscaremos.
Dicho y hecho, o casi hecho. El domingo siguiente, el molino está
parado; los criados y los molineros han salido. Juan coge el manojo de
llaves colgado de la pared y hace una seña a Gertrudis para que le siga.
--¿Adónde vais?--pregunta Martín alzando los ojos del libro.
--Una gallina está poniendo fuera del gallinero;--dice vivamente
Gertrudis.--Vamos a buscar el nido.
Y ni siquiera se pone colorada.
Hacen entonces una investigación escrupulosa en los establos, en la
granja, en el granero y en el pajar; pero registran sobre todo el
molino, suben y bajan las escaleras, y revuelven el cuarto de los
trastos viejos.
Escudriñan sin ningún resultado, durante dos horas, por lo menos, y de
repente, Gertrudis, que no tiene miedo de meterse en el rincón más
recóndito del granero, anuncia que ha encontrado lo que buscaba. Entre
los haces de leña que se deshacen en polvo, las ruedas de engranaje
inservibles y los restos de los diez últimos años, aparecen varios sacos
de harina y de avena; al lado se ve un buen número de utensilios
pequeños: martillos, tenazas, cepillos, cuchillos de mesa. Con los ojos
brillantes, el rostro lleno de tierra y los cabellos cubiertos de
telarañas, Gertrudis sale del escondrijo lanzando gritos de alegría;
cuando Juan se ha cerciorado de que no hay error, el consejo de guerra
se reúne y delibera.
¿Conviene enterar a Martín del secreto? No; se incomodaría y acabaría
por echarles a perder la broma. Juan tiene una idea. Vierte el contenido
de los sacos en una medida igual, después llena esos sacos de tierra y
de arena, y esparce encima una capa de negro de humo, como el que usan
los cocheros para teñir los arneses. Sumerge por un momento los
instrumentos en el tonel de alquitrán; y, cuando ha vuelto a poner todas
las cosas en su orden primitivo, considera terminada su tarea.
Abandonan el molino penetrados de una alegría profunda; se trasladan a
la balsa para lavarse la cara y las manos, se ayudan mutuamente a
limpiarse las ropas, y entran en la casa esforzándose por adoptar la
expresión más inocente posible. Sin embargo, Martín no tarda en notar en
sus labios leves movimientos que les hacen traición; los amenaza
sonriendo, pero no les dirige la menor pregunta.
Pasan tres días en la más viva impaciencia; después, una mañana, Juan,
sin aliento, corre al jardín en busca de Gertrudis, con el semblante
enrojecido a fuerza de contener las ganas de reír. Al instante, ella
suelta la azada y se precipita con él al patio. Delante de la balsa está
el viejo David furioso y desfigurado, medio blanco, medio transformado
en deshollinador. Tiene el rostro y las manos negras como el carbón, y
sobre sus ropas aparecen enormes manchas de alquitrán. En las ventanas
del molino se ven las caras de los molineros que ríen a carcajadas, y
Martín se pasea delante de la casa vivamente sobreexcitado.
La escena es en extremo cómica, y Juan y Gertrudis creen que van a morir
de risa. David, que sabe muy bien de qué lado debe buscar a sus
enemigos, les lanza una mirada llena de odio. Procura limpiarse, pero el
terrible negro de humo, mezclado con el alquitrán se pega de tal modo,
que parece ser el color natural de su piel. Al fin, Martín, lleno de
lástima por el pobre diablo, lo hace entrar en el cuarto de los criados
y dice a Gertrudis, que de tanto reír tiene los ojos llenos de lágrimas,
que vaya a buscarle un traje viejo de trabajo.
Al mediodía, durante la comida, los jóvenes cuentan a Martín la broma
que tan bien les ha salido. El menea la cabeza desaprobando, y dice que
hubiera sido mejor comunicarle el descubrimiento que habían hecho.
Después al abandonar la sala, se le oye murmurar palabras como
«veintiocho años de servicios» y «bromas de chiquillos».
Gertrudis y Juan cambian una mirada de inteligencia que quiere decir:
«¡Qué aguafiestas!»
Durante tres días más, el suceso es para los jóvenes un manantial de
alegría, que saborean en secreto.
XIII
El domingo, Martín va al pueblo a cobrar deudas viejas; no volverá antes
de la noche. Los molineros se han ido a la taberna. El molino está
desierto.
--Voy a despedir también a las criadas--dice Gertrudis a
Juan.--Estaremos entonces completamente solos y podremos hacer alguna
cosa.
--¿Qué cosa?
--Ya encontraremos--dice ella riendo; se dirige a la cocina.
Al cabo de media hora reaparece:
--Ya se han marchado. Ahora estamos libres.
Se sientan uno frente al otro y buscan en su imaginación.
--Nunca volveremos a encontrar una diversión como la del domingo
pasado--dijo Gertrudis suspirando.
Y, después de un momento:
--Escucha, Juan.
--¿Qué?
--¿Sabes que tú eres para mí un verdadero don del cielo?
--¿Por qué?
--Desde que tú estás aquí, soy tres veces más feliz. Ya ves... él es
bueno... y tú sabes que lo quiero mucho, mucho, pero... ¡está siempre
tan serio! ¡me trata con tanta altura! Cualquiera diría que yo soy una
criatura estúpida, sin sombra de inteligencia. Sin embargo, soy
laboriosa y manejo la casa como una mujer madura. Si Dios me ha hecho
alegre como un pájaro, yo no tengo la culpa; y, después de todo, eso no
es un crimen. Pero cuando estoy delante de él y él me mira con su cara
grave y enfurruñada, se me pasan las ganas de hacer locuras... y de
estar sentada e inmóvil una se aburre a menudo, una...
Se detiene y reflexiona. Querría quejarse pero no sabe de qué.
--Contigo, es otra cosa--continúa.--Tú eres un buen muchacho, que no
dice nunca que no. ¡Contigo se puede hacer lo que una quiera!... Tú no
tienes la sonrisa desdeñosa que aparece siempre en sus labios, cuando se
le refiere algo, y que quiere decir: «Te escucho, pero no estás contando
más que tonterías.» Entonces se me ahogan las palabras en la garganta...
Mientras que a ti... sí, a ti se te puede confiar todo lo que le pasa a
una por la cabeza.
Apoya pensativa su rostro en las dos manos, mientras que con un
movimiento de vaivén balancea sus codos sobre las rodillas.
--¿Y qué te pasa por la cabeza en este momento?--pregunta Juan.
Ella se pone colorada y se levanta vivamente.
--¿A que no me pillas?--grita parapetándose detrás de la mesa.
Pero, cuando él va a perseguirla, ella se adelanta tranquilamente.
--¡Deja!... vamos a hacer algo. Ahí están las llaves... quizás se nos
ocurra alguna idea.
Juan descuelga el manojo de llaves y la sigue al patio, donde el sol del
mediodía lanza sus rayos ardientes.
--Abre el molino--dice Gertrudis.--Allí hace fresco.
El obedece; y ella sube de un salto los escalones y entra en la penumbra
de la sala, donde reina el silencio del domingo.
--Sola, tendría miedo aquí--dice, volviéndose hacia él y mostrando con
el dedo la puerta del despacho, cuya madera reluce con brillo misterioso
en medio de la semiobscuridad.
La joven aparta los dedos y tiembla.
--¿Nunca te ha dicho nada?--susurra al cabo de un instante inclinándose
hacia su oído.
El menea la cabeza. Se siente intranquilo en la sala húmeda y sombría;
respira penosamente, tiene necesidad de aire y de luz.
Pero Gertrudis se encuentra muy bien en aquella atmósfera cargada de
vapores, en aquel mediodía misterioso; el sol, filtrándose por las
claraboyas, arroja sobre el suelo sus rayos oblicuos, como cintas de
oro, donde miriadas de partículas de polvo danzan una zarabanda.
El estremecimiento que se apodera de ella le causa una sensación
agradable; baja la cabeza y trepa con precaución la escalera, como si
quisiese cazar un fantasma. En lo alto, en la galería, lanza un grito;
Juan, lleno de inquietud, le pregunta qué tiene; ella responde que ha
querido simplemente dilatar el pecho. Sube a una tolva, transpone la
balaustrada y vuelve a bajar deslizándose por la escalera. Después
desaparece en la sombra de las máquinas, en el sitio en que las ruedas
poderosas alzan sus masas gigantescas. Juan la deja hacer; entonces no
hay peligro, entonces todo está inmóvil.
Algunos segundos después, la joven reaparece. Se aprieta contra Juan, y,
echando a su alrededor una mirada temerosa, saca del bolsillo una
llavecita atada a un cordón de negro.
--¿Qué es esto?--pregunta en voz baja.
Juan lanza una ojeada hacia la puerta y mira a Gertrudis como
interrogándola.
Ella hace un signo con la cabeza.
--¡Colócala en su sitio!--exclama él asustado.
La joven balancea la llave en la mano, acariciando con los ojos el metal
que brilla.
--Un día, por casualidad, se la vi ocultar allí--murmura.
--¡Colócala en su sitio!--exclama él, una vez más.
La joven frunce las cejas; después, con una leve risa.
--¡Esto es lo que podíamos hacer!...
Y, al mismo tiempo que habla, le echa de soslayo una mirada inquieta y
trata de leer en su rostro lo que piensa.
El corazón de Juan late violentamente. Surge del fondo de su alma el
presentimiento de que van a cometer una falta.
--La cosa quedará entre nosotros, Juan, dice Gertrudis en tono zalamero.
El cierra los ojos. ¡Qué hermoso sería tener un secreto con ella!
--Y además, ¿qué mal hay en eso?--continúa la joven.--¿Por qué es él tan
misterioso, sobre todo con nosotros, que somos sus más cercanos
parientes, en el mundo?
--Por eso precisamente no deberíamos engañarle.
La joven golpea la tierra con el pie.
--¡Engañarle! ¡qué expresiones usas!
Y en tono enfurruñado añade:
--Vaya, no hablemos más.
Se dispone a llevar la llave a su escondite. Pero le hace dar dos o tres
vueltas entre los dedos, y finalmente, con una alegre explosión de risa:
--¡Qué diablo! no es la misma.
Se acerca a la puerta y compara, meneando la cabeza, el agujero de la
cerradura con el tamaño de la llave; después, con movimiento rápido,
mete la llave en el ojo.
--¡Pues entra!...
Y, fingiendo sorpresa, mira por encima del hombro a Juan, que, de pie
detrás de ella, sigue con ansiedad los movimientos de su mano.
--Hazla girar--dice ella en tono de broma y retrocediendo un paso.
Juan tiembla. ¡Oh, Eva tentadora!
--Hazla girar y déjame asomar la cabeza por la abertura--dice la joven
riendo.--Tú no tienes necesidad de ver nada.
Entonces, cediendo a un violento impulso, Juan hace girar la llave; por
la puerta, abierta de par en par, les llega de la ventana un rayo de
luz ofuscadora.
En el rostro de Gertrudis se pinta el desencanto. Tiene delante de ellos
una pieza muy sencilla, amueblada como el despacho de un comerciante,
con las paredes peladas y blancas. En el centro se ve una gran mesa de
trabajo, toscamente pintada y llena de muestras de granos y de libros de
contabilidad; en una de las paredes están colgadas ropas usadas; en la
otra, hay un estante cargado de cuadernos azules y le libros de
encuadernación modesta. Juan echa a su alrededor una mirada tímida;
después se acerca a los libros y se pone a leer los títulos.
¡Qué biblioteca tan lúgubre! Son obras de medicina, que tratan de las
enfermedades del cerebro, de las lesiones del cráneo y de otros asuntos
del mismo género; disertaciones filosóficas sobre la herencia de las
pasiones: una -Historia de los accesos de cólera y de sus terribles
consecuencias-, un -Tratado del dominio sobre sí mismo-, y una obra de
Kant, -El Arte de dominar por la voluntad los sentimientos mórbidos-.
Hay también libros de literatura, casi todos sobre el fratricidio. Al
lado de novelas lúgubres, como -El fin trágico de toda una familia en
Elsterwerda-, se encuentran: -La novia de Messina-, de Schiller, y
-Julio de Tarento-, de Leisewitz.
También la teología está representada por cierto número de pequeños
tratados sobre el pecado mortal y su perdón. Al lado, en los cuadernos
azules, están compilados cuidadosamente algunos extractos, diferentes
estudios, mezclados con consideraciones melancólicas sobre las
experiencias y los pensamientos personales de Martín.
Juan deja caer las manos.
--¡Pobre, pobre hermano!--murmura, suspirando, con el corazón
entristecido.
Entonces la mano de Gertrudis se posa sobre su hombro. La joven señala
con el dedo un rótulo colocado arriba de la puerta y pregunta en voz
baja y ansiosa:
--¿Qué significa eso?
En el rótulo se lee, en gruesas letras de oro, estas tres palabras:
-¡Piensa en Fritz!-
Juan no contesta. Se deja caer en una silla, oculta el rostro entre las
manos y llora amargamente.
Gertrudis tiembla de pies a cabeza. Lo llama por su nombre, le echa los
brazos al cuello y trata de apartarle las manos del rostro; y, como todo
es inútil, se deshace también en lágrimas.
Al ruido de sus sollozos se levanta Juan lentamente y mira a su
alrededor, con mirada terrible. Ve unas ropas colgadas de la pared;
ropas de niño de una época muy antigua. Las conoce perfectamente.
Su madre las conservaba como reliquias en el fondo del armario; se las
había enseñado un día, diciéndole: «son los vestidos de tu hermanito
muerto.» Desde el día que ella había abandonado el mundo, los vestidos
habían desaparecido. Por lo demás, él no había vuelto a pensar en ellos.
Un frío estremecimiento le recorre todo el cuerpo.
--Ven--dice a Gertrudis, que no ha cesado de llorar.
Abandonan el despacho. Gertrudis quiere salir en seguida del molino.
--Guarda primero la llave--dice él.
Bajan juntos los escalones que conducen a las máquinas; y, cuando han
colgado la llave, se precipitan fuera, como si las Furias los
persiguiesen.
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