En la penumbra del corredor, el aire fresco me calmó muy pronto. Di
algunos paseos y después fui en busca de una criada para que me indicara
mi habitación.
--La señora ha arreglado todo ella misma en el cuarto y ha prohibido que
lo toquen; hay también una carta para la señorita.
Cuando me quedé sola, pasé revista a la habitación. ¡Querida y excelente
hermana! Había pensado en mis menores deseos, se había acordado
fielmente de mis menores costumbres de otros tiempos para dar a mi
aposento toda la comodidad y todo el encanto que se pueden imaginar.
Nada faltaba allí, de lo que mi corazón más apreciaba antes. Sobre la
cama caían cortinas de flores encarnadas, semejantes a las que habían
abrigado mis primeros sueños de niña; en el borde de la ventana había
geranios y artanitas que yo siempre cultivaba; adornaban las paredes
algunos cuadros sobre los cuales mis miradas descansaban en otros
tiempos al despertarme, y en los estantes encontré los libros en que
había aprendido las primeras nociones del amor.
El drama de -Ifigenia-, que, en aquellos días claros y sin nubes, había
sido mi poema predilecto, estaba abierto sobre la mesa. ¡Oh, bondad del
Cielo! ¡Cuánto tiempo hacía que lo había leído, cuánto tiempo hacía que
lo evitaba temerosamente, de tal modo que la tranquila majestad de la
santa sacerdotisa hacía sufrir a mi alma!
Entre las páginas del libro encontré la carta de que me había hablado la
criada. Tuve un dulce presentimiento, el presentimiento de que iba a
encontrar una nueva prueba de afecto inmerecido, y, rasgando el sobre,
leí:
* * *
«¡Hermana muy querida!
»Cuando entres en este cuarto no podré desearte la bienvenida: estaré
enferma y quizá hasta mis labios se habrán cerrado para siempre. Todo lo
encontrarás como tenías la costumbre de verlo en casa; todo esto estaba
preparado para ti, y te esperaba desde hace mucho tiempo. Que sea el
dolor o el gozo lo que te acoja en el umbral de esta casa, descansa en
paz y duérmete con el sentimiento de estar en tu casa. Esfuérzate en
amar a Roberto, como él mismo te amará. Entonces todo irá bien todavía,
ya sea que Dios me deje con vosotros o que me llame a Él. Tu hermana,
-Marta-.»
* * *
Nada nuevo había en lo que allí me decía y, sin embargo, me sentí tan
violentamente conmovida por esa sencilla y enternecedora prueba de su
cariño, que no tuve en el primer momento más que un pensamiento: ir a
arrojarme al pie de su cama, y confesarle cuán indigna era aquella a
quien ofrecía el asilo de su corazón y de su techo.
Ciertamente, ya no me cabía ninguna duda. Esa fatal pasión, que yo creía
haber arrancado de mi alma con todas sus raíces, se había cubierto de
una nueva y frondosa vegetación; las heridas cicatrizadas desde hacía
tiempo se habían vuelto a abrir con la presencia de Roberto; me parecía
sentir que mi sangre ardiente se escapaba de ellas a torrentes.
Ya era inútil ocultar o disimular. Se habían acabado, desde hacía largo
tiempo, ese fulgor inseguro y seductor que colora los sentimientos
nacientes, y ese dulce abandono que permite la embriaguez inconsciente
de la juventud; en su lugar estaban la luz brillante y cruda de un
conocimiento madurado por los años, la actitud fría y rígida que impone
una conducta severa.
Sí, lo amaba, lo amaba con una pasión tan ardiente, tan dolorosa como
sólo el corazón retemplado en el fuego del odio y del sufrimiento puede
amar. Y eso no databa de hoy, eso no databa de ayer.
Había crecido con ese amor, me había aferrado a él en la pasión secreta
de mi corazón; mi ser había encontrado en él su vigor: era mi fuerza y
mi debilidad, era mi vida y mi muerte.
¿Lo merecía Roberto? ¿Me comprendía? ¡Qué importaba! Nunca lo
comprendería después de todo. Y luego, no era él sino yo la que tenía
que conquistar un derecho a su amor. A esa hora sabía que jamás podría
desterrar de mi pecho esa pasión. Se trataba de someterse a ella como
uno se somete al eterno destino, pero era necesario que no se hiciera
criminal: debía reinar pura en el fondo de mi corazón puro.
Y, en verdad, no me habían llamado a esa casa para labrar su desgracia.
Una gran misión, una misión sagrada me esperaba. Marta vería en breve
que un genio bienhechor reinaba en torno de ella en la casa: aprendería
conmigo a emplear de una manera eficaz, para la salvación de su marido
muy amado, el amor que la consumía en vano. Su valor, a mi lado, iba a
rehacer, su alma iba a tomar nuevas fuerzas. ¡Cómo me prometía
sostenerla y consolarla en las horas de dolor y de abatimiento; cómo me
violentaría para reír cuando la melancolía la envolviera con su velo
sombrío! Sabría, con mis bromas alegres y vivas, disipar las nubes,
devolver a las frentes su serenidad, y haría de modo que siempre
brillara entre esas paredes un último rayo de sol.
Mi vida transcurriría sin deseo, feliz tan sólo de la dicha de los míos,
en una abnegación discreta y resignada.
Ya no necesitaba vagar en torno de la estatua de Ifigenia, pues yo
también iba a desempeñar el papel augusto y sublime de la sacerdotisa.
Este piadoso pensamiento hizo caer la agitación de mi alma, y con él me
dormí.
XVI
Cuando me desperté esa primera mañana, me sentí satisfecha, casi feliz.
En mí reinaba una paz casi religiosa que no conocía ya, desde hacía un
número infinito de años. Sabía que en lo sucesivo no tenía por qué temer
el encontrarme con él.
Marta dormía todavía. Cuando miré a la habitación por la abertura de la
puerta, la vi hundida en las almohadas, con la cabeza echada hacia
atrás, y oí una respiración corta y oprimida.
Tranquilizada, me alejé para entrar inmediatamente en mis funciones de
ama de casa.
--Ya no necesitará extenuarse en el trabajo--pensé, penetrada de una
secreta alegría.
Hice, para tomar oficialmente la dirección de la casa, una inspección
que duró casi una hora. La vieja ama de llaves dio pruebas de cierta
docilidad y los criados me trataron con respeto. Por otra parte, yo no
habría tardado en imponérselo.
A la hora del almuerzo me encontré con Roberto. Sentí al entrar al
comedor una leve palpitación del corazón, la que desapareció tan pronto
como me acordé de mi juramento de la víspera. Me le acerqué, serena,
mirándolo de frente, y le extendí la mano.
--¿Marta duerme todavía?--pregunté.
Él sacudió la cabeza.
--He mandado buscar al médico--dijo.--Ha pasado una mala noche... la
emoción de tu llegada parece haberle hecho daño.
Sentí un poco de temor; pero mi gran resolución me había llenado de tal
alegría, que no había ya lugar en mí para una inquietud.
--¿Quieres servirte tú mismo? Mientras tanto iré a verla.
Cuando entré en la habitación, la encontré en la misma posición en que
la había dejado por la mañana, y, acercándome a la cama, vi que tenía
los ojos muy abiertos y miraba fijamente el techo.
Tuve miedo y la llamé por su nombre; entonces una ligera sonrisa pasó
por su rostro; se volvió penosamente y me miró de frente.
--¿No te sientes bien, Marta?
Sacudió la cabeza con expresión dolorida y cerró un poco la mano. Eso
quería decir: Ven, siéntate a mi lado.
Tomé su cabeza entre mis brazos y de repente un calofrío sacudió su
cuerpo; oí que sus dientes castañeteaban.
--Dame una frazada gruesa--murmuró,--tengo mucho frío.
Hice lo que me había pedido y me senté de nuevo a su lado. Ella se
apoderó de mis manos y las estrechó como si hubiera querido calentarse
con su contacto.
--¿Has dormido bien?--preguntó con esa misma voz de ronco falsete que no
le conocía.--Hice un signo afirmativo y al mismo tiempo sentí nacer en
mí un vivo sentimiento de vergüenza. ¿Qué era mi gran proyecto de
renunciamiento comparado con esa especie de abnegación, de olvido de sí
misma, que se manifestaba en las más pequeñas como en las más grandes
circunstancias, y que encontraba para todo el mismo amor? ¡Y yo, egoísta
y orgullosa, me envanecía todavía de esa sublime resolución de mi
corazón!
--¿Te ha gustado el arreglo de tu cuarto?--continuó ella, al mismo
tiempo que por sus ojos dulces y tristes pasaba un débil fulgor de
malicia.
A guisa de respuesta posé humildemente en sus labios un beso de
agradecimiento.
--¡Sí, bésame, bésame otra vez!--dijo ella.--Tu boca es tan bella, tan
ardiente: da calor al cuerpo y al alma.
Y un nuevo calofrío la sacudió.
Un instante después entró Roberto.
--Prepárate, querida--dijo acariciando la mejilla de Marta;--el médico,
nuestro tío, ha llegado.
En seguida me hizo una seña y salí detrás de él. Junto a la cuna del
recién nacido encontré a un hombre ya viejo, cuya barba gris no había
sido afeitada por varios días, la nariz chata y roja y dos ojos vivos e
inteligentes que me miraban sonriendo detrás de los brillantes vidrios
de sus antiparras.
--Entonces, ¿es ella?--dijo extendiéndome la mano.
Una oleada de sangre me subió al corazón; a la primera ojeada comprendí
que tenía delante de mí a un amigo, a quien podría confiarme sin
reserva.
--¡Quiera Dios que haya usted venido en el buen momento!--continuó
él.--De todos modos, vamos a saberlo ahora mismo. Llévame a su lado,
Roberto; sin duda la cosa no es tan grave.
Me quedé sola con la nodriza y el niño, que se agitaba y lanzaba a
derecha e izquierda sus puñitos.
--Adquiriré también el derecho de contribuir a tu felicidad--pensé
mientras acariciaba su pequeño cráneo redondo y luciente, sobre el cual
temblaban al soplo del aire algunos cabellos apenas visibles, finos como
la seda. La víspera, había apenas dirigido una mirada a esa criaturita;
ese día, al verlo, mi pecho se dilataba y se llenaba de una ternura
infinita.
--Desde ayer te has vuelto más pura y mejor--me dije mentalmente.
La visita fue larga, de una duración inquietante. Al fin, la puerta de
la habitación contigua se abrió; el médico salió solo. Parecía irritado,
furioso; sus mandíbulas se agitaban como si hubieran querido triturar
algo.
--He alejado a Roberto--dijo.--Necesito hablar a solas con usted.
Entonces me tomó la mano y me condujo al comedor, donde la cafetera
humeaba todavía.
--Tengo por usted un respeto muy grande, señorita--comenzó enjugando las
gotas de sudor de su frente.--Por todo lo que he oído decir, es usted
una joven animosa, capaz de recibir sin flaquear un golpe inesperado.
--Basta de preámbulos, se lo ruego, doctor--dije, sintiéndome palidecer.
--¡Bueno! A mí tampoco me gustan los preámbulos. Su hermana...
Y al decir esto, sin embargo, se detuvo.
--¡Mi hermana... está en... peligro de muerte, doctor!
Había querido parecer fuerte, pero las piernas se me doblaban. Me así
del borde de la mesa para no caer.
--¡Vamos! ¡valor, valor!--murmuró él poniéndome la mano en el
hombro.--La fiebre, ese terrible huésped, está allí y no es tan fácil
despedirla.
Yo apreté los dientes: no quería que me viera temblar. Ya había oído
hablar con frecuencia del peligro de la fiebre puerperal, aunque no
pudiera formarme una idea de sus terrores.
--¿Roberto lo sabe?
Ese fue el primer pensamiento que me vino.
El doctor se encogió de hombros rascándose la cabeza.
--He tenido miedo de que perdiera la calma, no le he dicho más que la
mitad de la verdad.
--¿Y cuál es la verdad entera?
Y enderezándome lo miré en los ojos.
Él guardó silencio.
--¿Va a morir?
Cuando vio que yo encaraba en el acto con firmeza la alternativa más
temible, respiró con mayor libertad. Pero no oí su respuesta, pues, en
el mismo instante en que pronunciaba con tranquilidad aparente esas
horribles palabras, vi desarrollarse ante mis ojos con una terrible
vivacidad aquella escena de mis años de infancia en que Marta se me
había aparecido tendida en el sofá, semejante a un cadáver. Creí sentir
que una mano de muerta me hundía las uñas en el pecho; ante mis ojos
pasaron relámpagos sangrientos; lancé un grito... luego creí oír que una
voz me gritaba: «¡Vuela a socorrerla, vuela a socorrerla, sálvala, dá tu
propia vida para conservar la suya!» Bruscamente me erguí; había vuelto
a encontrar mis fuerzas.
--Doctor--dije,--si Marta se muere, perderé todo lo que poseo en este
mundo y yo misma habré concluido. Pero, mientras pueda serle útil, no
flaquearé: necesito una certidumbre.
--Una certidumbre, querida niña--repuso él apoderándose de mis
manos,--no la habrá hasta la curación o hasta el momento fatal. Por
desesperada que sea la situación, puede siempre producirse una reacción
y ahora más que nunca, puesto que la enfermedad está todavía en sus
primeras fases. Ciertamente, a la enferma no le sobran fuerzas, y esa es
la parte más triste. Sin embargo, quizá conseguiremos ahogar el mal en
su germen, y entonces todo se habrá salvado.
--¿Qué puedo hacer por ella?--exclamé, extendiendo hacia él mis manos
juntas.--¡Exija usted lo que quiera! Aun cuando diera mi propia vida
para salvar la suya, no le habría dado todo lo que le debo.
Él me miró sorprendido.
¿Cómo habría podido comprenderme?
XVII
Y ahora he llegado a la parte más difícil de mi relato. Desde hace ocho
días, doy vueltas en torno de estas páginas sin atreverme a tomar la
pluma. Un calofrío de espanto me invade al pensar en lo que me espera.
Y, sin embargo, me hará bien el acordarme una vez más de esos tres días
y esas tres noches terribles, precisamente ahora que un sentimiento más
tierno, una melancolía más dulce, parecen saturar mi corazón. ¡Atrás,
atrás, todo pensamiento lisonjero que me hable de dicha y de paz! Estoy
destinada a vivir sola y a renunciar a los goces de este mundo, y si
alguna vez lo olvido, la historia de esos tres días sabrá hacerme
recordarlo...
Cuando acerqué mi silla a la cama de mi hermana para comenzar mis
funciones de enfermera, la encontré dormida; pero ese no era el sueño
que fortifica y prepara la convalecencia; era un sueño que pesaba sobre
ella como una pesadilla y le cerraba por fuerza los párpados. Cuando su
pecho se levantaba o se bajaba, se habría dicho que obedecía a una
fuerza extraña que lo dilataba y lo comprimía alternativamente. Su
rostro pálido, color de cera, surcado por venas azules, estaba medio
hundido en las almohadas y algunas delgadas guedejas rubias lo cruzaban,
semejantes a reptiles. Oculté mi cara entre las manos: no podía soportar
ese espectáculo.
Las horas del día pasaron. Ella dormía, dormía sin pensar en
despertarse.
De vez en cuando oía afuera el paso ligero de las criadas; aparte de
eso, todo estaba silencioso y desierto en derredor nuestro. De Roberto,
ni trazas.
A mediodía no pude dejar de preguntar por su paradero. Le habían visto
por la mañana salir a los campos, seguido por sus perros. Y así, desde
hacía horas, vagaba bajo la lluvia.
El reloj tocó las tres; en ese momento entró él, chorreando agua, con la
mirada empañada, los cabellos mojados, pegados en desorden en su frente.
Debía haber sufrido horriblemente.
Quise acercarme a él, quise decirle una palabra de consuelo, pero no me
atreví. La mirada huraña y sombría que me lanzó, me decía con bastante
claridad: «¿Qué quieres? Déjame solo con mi dolor.»
Había asido una de las columnas de la cama y permanecía allí, con los
ojos fijos en Marta, mordiéndose los labios. Después salió, como había
venido, sin decir una palabra.
Pasaron dos horas más en el silencio y la espera. Los vapores de fenol
que se desprendían del plato colocado frente a mí, principiaban a darme
dolor de cabeza. Apoyé la frente en los vidrios para refrescarla,
siguiendo maquinalmente el movimiento de las hojas muertas que el viento
levantaba y hacía revolotear hasta la ventana.
Comenzaba ya a obscurecer, cuando oí de repente afuera, en el corredor,
una voz de mujer que se lamentaba y daba gritos tan violentos, que la
enferma, dormida, se estremeció dolorosamente.
La cólera me subió a la cara. Quise correr para echar de la casa a la
persona que hacía tanto ruido, pero, al abrir la puerta, me tropecé con
ella.
A la primera mirada reconocí esa cara colorada e hinchada, esos ojillos
perversos. ¡Quién podía ser sino -ella-, la mejor de todas las tías y de
todas las madres!
--¡Al fin--exclamé para mis adentros,--al fin voy a verte de frente, mis
ojos en los tuyos!
--De modo que tú eres Olga--exclamó siempre en el mismo tono estridente
y llorón que llenaba la casa.--¡Buenos días, mi queridita! ¡Oh! ¡Qué
desgracia! ¿Entonces es verdad? ¡La noticia me ha trastornado!
--Le ruego, querida tía--le dije cruzándome de brazos,--que vaya usted a
trastornarse a otra parte y no aquí, y que a la cabecera de la enferma
modere usted el tono de su voz.
Ella se quedó cortada. La mirada envenenada que me lanzó entonces, no
la olvidaré en mi vida.
Pero ya sabía con quién tenía que habérmelas. Por otra parte, ella
recogió el guante en seguida.
--Haces muy bien, hija mía--dijo, y su voz tomó de pronto un sonido
metálico, como una trompeta de guerra,--haces muy bien en atender a tu
pobre hermana enferma, pero puedes marcharte, tu presencia es inútil
ahora; soy yo quien va a quedarse aquí.
«Espérate, ahora mismo vas a encontrar la horma de tu zapato»--exclamé
mentalmente.
E irguiéndome cuanto pude, le respondí con mi sonrisa más fría:
--Se equivoca usted, querida tía; se le ha prohibido a mi hermana de la
manera más formal que la visiten personas extrañas. Le ruego, pues, que
se retire a la habitación contigua.
Su cara se puso terrosa, sus dedos se crisparon, creo que habría sido
capaz de estrangularme allí mismo. Pero se marchó y el buen tío, sin
voluntad, que se arrastraba siempre a tres pasos detrás de ella, la
siguió.
En mi triunfo solté una gran carcajada.
Pero también, ¿qué venís a hacer, almas codiciosas, en el templo del
dolor? ¡Atrás!
XVIII
Vino la noche. Una banda roja, último vestigio del sol poniente, se
extendía sobre la ciudad cuyas torres puntiagudas se destacaban negras
en el cielo de fuego. Durante largo rato seguí con los ojos las
llamaradas, que la obscuridad concluyó también por absorber.
El reloj dio las nueve y el viejo doctor entró. Permaneció mucho rato
sentado en mi silla, silencioso, después me acarició la mano al
despedirse y dijo:
--Continúe usted con el fenol, toda la noche.
A la pregunta que leyó en mi mirada inquieta, no respondió sino con un
vago encogimiento de hombros.
No sé dónde, dos o tres habitaciones más lejos, oí la voz de Roberto que
discutía con el anciano. Era una prueba de que él tampoco se alejaba de
la cama de la enferma. «¿Pero por qué se contenta con quedarse
afuera?--me preguntaba.--Casi se diría que le está prohibida la
entrada.»
El reloj toca las diez, todo está solitario en los alrededores, la casa
parece entregada al reposo.
El viento sacude la reja del jardín, hace el ruido de un huésped
atrasado que quiere entrar. ¿La muerte rondaría ya en derredor de la
casa? ¿Contaría ya los granos de arena en su ampolleta?
El furor de la desesperación se apoderó de mí.
Sin saber lo que hacía, me precipité hacia la puerta, como para cerrar
el paso a ese demonio amenazador.
¡Desgraciada que no sospechaba que otro demonio me acechaba, instalado
antes que aquél en el umbral de la puerta!
Minutos después entró Roberto. Ni una palabra, ni un saludo, nada más
que esa mirada rápida y sombría que ya me había herido una vez como una
puñalada.
Con su paso pesado y balanceante avanzó hacia la cama, tomó la mano de
Marta, su mano flaca y ardiente, cuyas uñas tenían un matiz azulado, y
la miró fijamente. Después se sentó en el rincón más obscuro, detrás de
la estufa, y permaneció allí encogido durante dos horas, dos largas
horas.
Yo esperaba, con el corazón palpitante, que él me dirigiera la palabra,
pero guardó silencio como antes.
Poco después de media noche salió del cuarto.
Por mucho tiempo todavía lo oí pasearse afuera en el corredor, y el
ruido sordo de sus pasos me recordó otra noche en que, no menos
temblorosa, había oído ese mismo ruido, dividida entre el temor y la
esperanza.
Todo un mundo nos separaba de aquel tiempo, y la joven criatura
insensata que, presa del vehemente deseo de ayudar a los demás y de
sacrificarse, escuchaba entonces en la obscuridad, me parecía en ese
momento como un ser perteneciente a una de las estrellas que centellean
allá arriba en la inmensidad.
El ruido de los pasos se atenuó: Roberto había entrado en su cuarto.
«¿Volverá?--me pregunté, aplicando el oído al ojo de la
cerradura.--Seguramente no puede dormir.»
Y me estremecí de gozo al oír que el ruido se acercaba de nuevo.
Pero por mi cabeza pasó este pensamiento:
«¿Qué te importa que vuelva o no? ¿Acaso es por él por quien estás aquí?
¿No tienes allí, delante, a tu felicidad, tu vida, todo lo que amas?»
Me dejé caer ante la cama, y cubriendo de besos las manos de Marta, le
supliqué que tuviera compasión de mí, quería hablarle, le decía, tenía
un peso que me aplastaba el pecho, que me sofocaba: iba a ahogarme.
Ella no se despertó. Recogida en su dolor, yacía, triste esqueleto. En
sus pómulos se encendían pequeñas llamaradas. La respiración silbaba.
Por un instante sus labios se agitaron; parecía querer hablar, pero las
palabras se paralizaron en su garganta en un rumor sordo.
¡Qué terrible silencio reinaba en derredor nuestro! El reloj hacía oír
su tic tac; de la pared en que se encontraba la ventana venía el ligero
quejido del viento y en el interior de la habitación resonaba el ruido
de los pasos de Roberto; fuera de esto, ni el menor ruido.
Y de improviso me pareció oír, en medio del silencio, que mi sangre se
agitaba y hervía dentro de mi cuerpo. Escuché con atención.
Evidentemente, era mi sangre que pasaba con impetuosidad por mis venas.
«¿Por qué no circula apaciblemente como de costumbre--me pregunté,--y
como lo exige mi gran resolución? ¿No he extirpado de mi corazón con
todas sus raíces la idea de un crimen? ¿No lo he purificado con ayuda de
mil fuegos? ¿No estoy aquí para desempeñar el papel de sacerdotisa, de
sacerdotisa inaccesible al deseo, pura y bienhechora?»
¡Y escuché nuevamente!
«Son alucinamientos»--me dije.
Pero a pesar de ello tenía miedo de todo ese movimiento y de todo ese
estrépito, que parecía aumentar a cada instante. Veía que un torrente me
llevaba en sus remolinos, un torrente de sangre. De él surgía una roca
de puntas escarpadas. En esa roca, una palabra estaba escrita en letras
de fuego, la palabra: «Asesinato.»
El ruido de pasos se dejó oír más. De un salto me paré... Roberto vino,
se sentó al borde de la cama; con la mano enjugó el sudor que cubría la
frente de Marta, e hizo deslizar los cabellos de ésta por entre sus
dedos.
Yo lo observaba de reojo y a hurtadillas. Apenas osaba respirar. Sus
ojos enrojecidos y fatigados brillaban en el fondo de las órbitas; sus
labios apretados revelaban amargura e irritación. Allí estaba,
petrificado en un dolor mudo. El deseo de acercarme a él me sacudió como
un calofrío de fiebre. Pero, cuando quise levantarme, sentí como dos
manos de hierro que pesaban sobre mis hombros y me hicieron caer de
nuevo en mi asiento.
Al fin pronuncié su nombre y me sobrecogí de espanto, de tal modo que el
sonido de mi propia voz me pareció extraño y lúgubre.
Él se volvió y me miró.
--Roberto--dije,--¿por qué no me hablas? Si hicieras compartir a otro el
dolor que te oprime, eso te aliviaría.
Se levantó bruscamente, se me acercó y me tomó ambas manos. A ese
contacto sentí que todo mi cuerpo se abrasaba y se helaba
alternativamente. Pero hice un esfuerzo para sostener su mirada y lo
miré con firmeza, de frente.
--Es la primera palabra bondadosa que me diriges, Olga--dijo él.
--¿Qué quieres decir con eso, Roberto?--balbucí.--¿Me he mostrado
desatenta para contigo?
--¡Si sólo fuera desatenta!--replicó él.--Pero me has tratado como a un
extraño, como a un intruso, me has alejado del lecho de mi mujer.
--¡Que Dios me libre de ello!--grité deshaciéndome, pues sentía que iba
a caer en sus brazos.
Y él continúa:
--Olga, si alguna vez te he hecho daño... ¿cuál, no lo sé? Pero debe de
ser así, de lo contrario no me rechazarías de esa manera; tu mirada, tu
actitud entera, serían menos duras para mí... Si, pues, te he hecho
daño, Olga, no ha sido culpa mía; nunca he tenido sino buenas
intenciones para ti. He... habría querido que siempre estuvieras aquí
como en tu casa, que no tuvieras necesidad de ir a vivir entre gente
extraña... entonces bajo las miradas de Marta, de aquella a quien ambos
amamos...
¿Para qué pronunciaría su nombre? Sentía nacer en mí una fiera alegría,
me parecía que me brotaban alas; y he ahí que su nombre me hería como un
latigazo. Me mordí los labios hasta que brotó la sangre. Pero a pesar de
todo quise permanecer serena, quise desempeñar el papel de ángel
protector.
--Roberto--dije,--te has equivocado gravemente con respecto a mí: nada
he tenido nunca contra ti. Me he vuelto temerosa y arrogante en el
extranjero, eso es todo. Debes armarte de paciencia para tratarme, debes
tener confianza en mí... ¿quieres?
Entonces vi resplandecer en sus ojos como un rayo de sol.
--¡Te estoy tan agradecido, Olga!--dijo.--¿Por qué no había de continuar
teniendo confianza en ti? Mira, desde el día en que hicimos juntos en el
bosque ese paseo a caballo, ¿te acuerdas? (¡Oh, si me acordaba!) desde
ese día te he querido como a una hermana, aún más que a todas mis
hermanas. Y al mismo tiempo te respetaba, te veneraba como a mi ángel
tutelar. Y de hecho, lo has sido, lo serás todavía en el porvenir, ¿no
es verdad?
Hice seña de que sí sin decir nada y me oprimí el pecho con las dos
manos; en seguida, cuando él lo notó, las dejé caer, pero retrocedí tres
pasos tambaleándome y fue un milagro si conseguí mantenerme en pie.
Inquieto, él se me acercó.
--Estoy cansada--dije, esforzándome por sonreír.--Ven, vamos a
sentarnos, la noche es larga.
Nos quedamos, pues, sentados el uno frente al otro, separados por el
angosto madero de la cama, con los brazos apoyados en el borde, mirando
al otro extremo el rostro de Marta, que un movimiento nervioso sacudía a
cada instante; sus párpados parecían cerrados, las sombras de sus
pestañas descendían hasta muy abajo en sus mejillas; pero, cuando uno se
inclinaba hacia ella, veía brillar en el fondo de las obscuras cavidades
el blanco de los ojos, con un lustre de nácar pálido. Él lo notó, lo
mismo que yo.
--Se diría que ya está muerta--murmuró, ocultando la cabeza entre sus
manos.--Y si muere--continuó,--no será a consecuencia de su parto, no
será de esa miserable fiebre; sólo yo seré la causa de su muerte.
--Por el amor de Dios, ¿qué dices?--exclamé, extendiendo hacia él mis
brazos.
Él inclinó la cabeza sonriendo amargamente.
--Bien lo he visto durante estos tres años: es doble, triple mi culpa.
Primero, la dejé esperar y consumirse durante siete años, dividida entre
la esperanza y el desaliento, agotando así su energía y sus fuerzas, ¡y
Dios sabe que no tenía muchas! Después la arrastré, débil de cuerpo,
abatida de espíritu, a este infierno donde todo el mundo le era hostil,
y aun más hostil que todos, la que mejor habría debido sostenerla. ¡Y yo
mismo! Si hubiera dado pruebas de valor y de alegría, si hubiera velado
para que su pie no tropezara con las piedras del camino, si hubiera
puesto un poco de sol en su existencia, quizá habría podido vivir feliz
a mi lado. Pero con frecuencia me mostraba brusco y chabacano; juraba y
echaba pestes en torno de ella sin acordarme de que me bastaba alzar la
voz para hacerla estremecer y que el menor pliegue que arrugaba mi
frente, la hacía palidecer. ¡Ve ahí, delante de nosotros, ese cuerpo que
no tiene más que el aliento, y mírame a mí, gigante rudo y tosco! Más de
una vez, durante la noche, me he despertado, temblando, al pensar que
quizá la había ahogado entre mis brazos. Y, finalmente, la he ahogado en
realidad. Lo que me convenía era una mujer fuerte y...
Espantado se detuvo y dirigió al rostro de Marta una mirada que pedía
humildemente perdón; pero yo completé su frase con el pensamiento.
Cuando Roberto salió de la habitación, un sentimiento de júbilo se
apoderó de mí, una loca alegría que desencadenaba un huracán en mi
cabeza, sembraba la turbación en mis sentidos y parecía querer
absorberlo todo, mi orgullo, mi independencia, el respeto a mí misma.
La atmósfera del cuarto de la enferma estaba pesada y envolvía mi cabeza
como un manto sofocante; los vapores de fenol me quemaban el cerebro; la
respiración comenzaba a faltarme.
Corrí a la ventana y apoyando mi frente en el marco, aspiré el aire frío
de la noche que penetraba en el cuarto por las rendijas.
El día apareció a través de las cortinas, un día frío y gris, sumido en
la niebla. Nubes descoloridas subían pesadamente en el horizonte, y
arrojaban un pálido fulgor sobre los árboles que chorreaban de humedad,
y que parecían haberse despojado todavía durante la noche, de una parte
de sus hojas.
¡Qué noche!
¡Y cuántas otras más terribles que esa, van a sucederle! ¡Qué fantasmas,
engendrados por las tinieblas, nacidos en la angustia, van a aparecer, a
favor de esas noches, en mi espíritu febricitante!
Me sentí tiritar y me retiré a un rincón: tenía miedo de mí misma.
Pasaron las horas de la mañana y poco a poco me fui calmando. El
recuerdo de esa noche se borró y con él los desórdenes de la fiebre y
los tormentos de la conciencia. Lo que había visto, lo que había
sentido, no me parecía más que un sueño. Una laxitud aplastadora me
invadió; cerré los ojos y cesé de pensar.
Luego vino un momento de felicidad. A eso de las diez, Marta abrió de
improviso sus grandes ojos azules y me dirigió una mirada llena de
dulzura y de bondad. Me pareció que era el ojo de Dios que se volvía
hacia mí, infeliz pecadora, y que en él leía la piedad y el perdón.
Un gozo puro, un gozo santo, me inundó. Me arrojé en los brazos de mi
hermana y escondí mi cara sobre su hombro.
En medio de sus dolores ella se puso a sonreír, y, posando penosamente
su mano en mi cabeza, murmuró con voz apenas perceptible:
--¿Sin duda os he asustado mucho?
Sus palabras, ligeras como un soplo, me embriagaron como un canto de
paz; por un instante creí que iba a quedar libre del peso que me oprimía
el pecho, pero me fue imposible llorar.
--¿Cómo te encuentras?--pregunté.
--Bien, enteramente bien--respondió ella.--¡Pero la sábana me parece tan
pesada!
Era la más ligera que había podido encontrar. Así se lo dije; entonces
suspiró, diciendo que había que tener paciencia con ella.
Después se quedó completamente inmóvil, sin cesar de mirarme como en un
sueño. Al fin inclinó la cabeza varias veces y dijo:
--Está bien así, muy bien.
--¿Qué está bien?--pregunté.
Ella se sonrió y guardó silencio.
En seguida le volvieron los dolores; se agitó, rechinó los dientes, pero
no exhaló una queja.
--¿Quieres que llame a Roberto?
Ella dijo que sí por señas.
--Traedme también al niño--murmuró.
Accedí a su pedido. Hizo colocar a la criaturita en su cama a su lado y
la contempló por largo rato. Trató también de besarla, pero estaba
demasiado débil.
Antes de que Roberto llegara, había vuelto a caer en su sueño.
Él me dirigió una mirada de reproche diciendo:
--¿Por qué no me has hecho llamar más pronto?
--Tén la seguridad de que más vale así. Tu presencia le habría causado
una emoción demasiado fuerte.
--Tienes razón, como siempre--dijo él.
Y salió, sin notar felizmente el rubor que su elogio me había hecho
subir a la cara.
Marta se hallaba de nuevo sin conocimiento, las mejillas rojas, la
frente cubierta de sudor, y siempre ese movimiento siniestro de los
labios que se agitaban y chasqueaban sin interrupción.
A eso de la una vino el doctor; le tomó la temperatura y notó una
disminución de la fiebre.
--Aumentará y disminuirá todavía más de una vez--dijo.
Tampoco compartió la alegría que nos había causado el despertar de
Marta.
--No le habléis cuando vuelva en sí--agregó,--y sobre todo no la dejéis
hablar. Necesita de la menor porción de sus fuerzas.
Antes de marcharse me miró largamente y meneó la cabeza con expresión
inquieta. Sentí que el rubor que revela a los culpables, me invadía de
improviso la cara; me parecía que su mirada penetraba hasta el fondo de
mi alma...
Por la tarde fui a buscar un libro a mi cuarto, cualquiera que fuese, el
primero que me vino a la mano, y traté de leer, pero las letras bailaban
delante de mis ojos y la cabeza me zumbaba: se habría dicho que mil
murciélagos se recreaban en él.
Necesité mucho tiempo para descifrar tan sólo el título: leía
-Ifigenia-. Entonces, con un brusco movimiento de espanto, arrojé el
libro lejos de mí, a un rincón, como si hubiera tenido en mi mano un
carbón encendido.
Al anochecer los dolores de Marta parecieron acentuarse. Repetidas veces
lanzó un grito estridente, retorciéndose en convulsiones.
Mientras me hallaba ocupada en atenderla, durante una de esas crisis, vi
de pronto junto a mí a la madre de Roberto.
Al observar su mirada envenenada, al verla retorcerse las manos con
afectación y bajar las extremidades de sus labios para simular un dolor
hipócrita, me viene de repente este pensamiento:
«He aquí una que espera la muerte de Marta, que la desea.»
Una especie de velo rojo obscurece mi vista, mis puños se crispan, poco
falta para que le arroje su crimen a la cara.
Y mientras esa idea me deja inmóvil y helada, ella me toma por el brazo
y trata de apartarme para colocarse a la cabecera de Marta. Quizá
esperaba intimidarme con ese proceder brutal.
--Querida tía--dije, desasiendo mi brazo,--ya le he hecho notar a usted
una vez, que éste es mi lugar y que nadie en el mundo me lo tomará. Le
ruego, pues, encarecidamente, que limite sus visitas a las otras
habitaciones.
--¡Ah! ¡Eso es lo que vamos a ver, señorita!--gritó ella con voz
chillona.--Voy a preguntarle al dueño de esta casa quién tiene más
autoridad aquí, si su anciana y buena madre, o esta aventurera polaca.
Y se retiró sin cesar de gritar.
Temblando de cólera, comencé a pasearme por el cuarto. Nunca me habría
imaginado que esa madre abrumada por el dolor pudiera cambiarse tan
brusca y completamente en una arpía. No le faltaba más que expresar
abiertamente sus deseos más secretos.
--¡Oh, si fuera verdad!--exclamé, sacudida por un calofrío de
horror.--¡Desear la muerte de Marta! Marta, ¿lo oyes? ¡Desear tu muerte!
¿A quién has ofendido nunca? ¿A quién has estorbado nunca? ¿Hay alguien
en el mundo a quien hayas demostrado otra cosa que afecto e
indulgencia?... Si eso fuera verdad, si pudiera haber, paseándose
impunemente por la tierra, un ser tan infame, ¡vaya! sería como para
desesperar de Dios y del destino.
He ahí lo que yo decía, sin poder acumular suficiente vergüenza e
ignominia sobre la cabeza de la vieja. Y luego tuve conciencia de que me
dejaba llevar de un furor indigno.
Pero sentía que eso me desahogaba, respiraba más libremente y, cuando
vi, tirada en el suelo, a la pobre -Ifigenia- a quien yo había
maltratado, fui a recogerla.
--¿Qué crimen he cometido--me decía yo,--para que tenga que ocultarme de
mi modelo? ¿He hecho otra cosa que prodigar consuelos a un desesperado?
¿Hemos cambiado una sola palabra, una sola mirada que mi hermana no
hubiera podido ver u oír? Eso que me quema aquí, eso que me ruge en el
fondo del pecho, ¿a quién importa si sé guardarlo para mí?
¡Me decía eso y me creía casi justificada, aun ante mi propia
conciencia, ciega de mí!
XIX
Y el crepúsculo volvió: el sol poniente abrasó una vez más el horizonte
por encima de la ciudad, arrojando por las ventanas, a las habitaciones,
su luz rojiza.
El rostro de Marta estaba bañado por un matiz purpúreo; en sus cabellos
brillaban pequeños resplandores, y la mano que reposaba en la colcha,
parecía iluminada por dentro.
Acerqué el biombo a su cama para evitar que el reflejo de la luz la
molestara.
Vi entonces, suspendida del biombo, una corona de yedra que no había
visto hasta ese día, una corona igual a la que yo tenía costumbre de
enviar los días de gran fiesta a la tumba de mis padres. Quizá provenía
de allí. En ese momento parecía trenzada de llamas; todo en ella tomaba
una vida fantástica. Y, cuando la miré con más atención, me parecía que
se ponía a dar vueltas lanzando una cascada de chispas, como una
verdadera girándula.
--Vamos, ahora vas a ponerte a tener visiones--me dije; y traté de
recobrar las fuerzas paseándome por el cuarto. Pero tuve que apoyarme a
los respaldos de las sillas, de tal modo me tambaleaba. La respiración
me faltaba.
¡Oh! ¡Ese olor de fenol, ese vapor dulzón, repugnante! Me daba el
vértigo, ponía como un velo sobre mis pensamientos y esparcía un
presentimiento de muerte y de espanto.
El anciano doctor llegó; me miró a la cara y me ordenó, con ese tono a
la vez paternal y brusco que le era habitual, que saliera en el acto a
respirar aire fresco: él mismo cuidaría a la enferma hasta mi regreso.
Quise resistir, pero él me empujó hacia afuera.
Si hubiera sospechado lo que me esperaba, no hay poder en el mundo que
me hubiera hecho pasar el umbral de ese cuarto.
Salí, pues, al patio, respirando el aire a pleno pulmón. El viento de la
tarde produjo sobre mis mejillas ardientes el efecto de un baño helado.
El último fulgor del día desaparecía. Una noche de otoño descendía sobre
la tierra y la envolvía con un velo de niebla azulada.
Los dos molosos saltaron a mi encuentro, y volvieron a partir al galope
hacia las ruinas del castillo.
Maquinalmente, seguí la dirección que ellos habían tomado, caminando
medio dormida, pues los vapores que llenaban el cuarto de la enferma me
habían aturdido.
Un olor de humedad, de hierbas marchitas y de piedras en ruinas, se
desprendía de las paredes. Una vieja puerta extendía por sobre mí el
arco de su bóveda.
Penetré en el interior. En todo mi derredor se alzaban las paredes,
destacándose negras en el cielo de la noche, cuya luz azulada brillaba
aquí y allí por encima de mi cabeza.
Cerca de mí vi, agazapada en la sombra, en medio de los escombros, una
forma humana, cuya silueta reconocí en seguida.
--¡Roberto!--grité sorprendida.
Él se paró de un salto.
--¡Olga!--gritó a su vez.--¿Me traes acaso malas noticias?
--No--le dije.--El doctor me ha mandado a tomar aire.
Y, de repente, creí sentir que el suelo cedía bajo mis pies.
--¡Tén cuidado!--me gritó para advertirme.
Pero, en el mismo instante, resbalé y caí en un hoyo obscuro, tan
profundo como para sepultar a un hombre, arrastrando conmigo algunas
piedras que se desprendieron y rodaron.
--¡Por el amor de Dios, no te muevas! De lo contrario caerás todavía más
abajo.
Medio aturdida, me apoyé en las paredes del foso. A mis pies entreví una
estrecha banda de tierra sobre la cual estaba en pie; detrás el abismo
negro, sin fondo...
A mi lado, vi a Roberto que venía a socorrerme, bajando lentamente y con
precaución las gradas de lo que me parecía una escalera.
--¿Dónde estás?--gritó él.
Y al mismo tiempo sentí que su mano, buscándome, avanzaba hacia mí.
Entonces me arrojé contra él y me aferré a su cuello. En seguida me
sentí levantada, suspendida entre sus brazos. Me parecía que me habían
abierto las venas: creí, en ese instante de abandono y de embriaguez,
que mi sangre ardiente se esparcía sobre mí hasta la última gota.
Sentía en mi cara el calor de su aliento. Por un instante tuve la
impresión de que había rozado mi frente con un ligero beso.
Después regresamos en silencio a la casa. Yo me apartaba de él lo más
que podía, pero en el fondo de mi corazón resonaba este grito de gozo:
«¡Me ha tenido en sus brazos!»
En el umbral de la puerta, el anciano médico salió a nuestro encuentro y
nos tendió las manos diciendo:
--Marta está mejor, hijos míos, mejor de lo que esperaba.
En el fondo de mi corazón resonaba este grito de gozo:
«¡Me ha tenido en sus brazos!»
XX
¡Y ahora, la noche terrible!
Cada minuto se alza todavía ante mis ojos como una furia y clava en mí
su mirada de fuego.
Esa noche, voy a evocarla y a hacerla pasar por delante de mí como se
evocan fantasmas para avivar con su testimonio un asesinato sobre el
cual han pasado años.
¿Y qué crimen he cometido? Ninguno.
Mis manos están puras, y en el día del juicio final, cuando se pesen
nuestros actos, podré presentarme osadamente ante el trono de Dios
Todopoderoso y decirle: «Cúbreme con tus más blancos ropajes, pón en mis
hombros las alas de cisne más delicadas y déjame colocarme en la primera
fila, pues poseo una hermosa voz, a la cual sólo falta un poco de
ejercicio para honrar al paraíso.»
Pero hay crímenes que no han sido cometidos con actos ni con palabras,
que penetran en el alma como un soplo pestilencial, y la envenenan tan
completamente, que hasta el cuerpo concluye por perecer.
Era una noche poco más o menos como la de hoy. El húmedo viento de otoño
pasaba por delante de la casa en cortas ráfagas, y hacía estragos en las
cimas medio deshojadas de los álamos que se inclinaban con un crujido
los unos sobre los otros. Ni una sola estrella en el cielo; sin embargo,
una luz incierta permitía distinguir las nubes más obscuras, que
pasaban, arrastradas en rápida carrera, desgarradas en jirones.
La lamparilla no quería arder, su resplandor vacilante luchaba contra
las sombras que bailaban sin interrupción en la cama y en las paredes.
Frente a mí pendía la corona de yedra, negra y puntuosa; parecía una
corona de espinas.
Eran más o menos las diez, cuando Marta se puso a delirar. Se irguió en
su cama y dijo con voz clara y distinta:
--¡Verdaderamente, tengo que levantarme; esto es ya demasiado!
En el primer momento sentí que me invadía una gran alegría, pues me
parecía que había recobrado su conocimiento.
--¡Marta!
Me levanté de un salto y le tomé la mano.
--Pero yo había preparado todo, las camisas, las medias y los zapatos;
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