imponía mi instrucción a las preocupaciones sin número que da una gran
casa a la que la dirige. Mamá se había retirado por completo y la dejaba
ordenar y dirigir a su antojo, con tal que las compotas y otras
golosinas obtuvieran su aprobación.
Yo, que era horriblemente mimada por toda la casa, tenía vergüenza de mi
inacción y trataba de aliviarla en parte de sus trabajos, pero ella me
rechazaba suavemente y me despedía.
--Deja, queridita--me decía acariciándome las mejillas,--eres la
princesa de la familia; continúa.
Eso me ofendía. Habría soportado todo salvo que me despidiera cuando
iba a ofrecerme con el corazón desbordante de ternura.
Una noche la vi llorar. Me deslicé afuera, al jardín, y sostuve un rudo
combate. El deseo de ir en su ayuda me ahogaba; pero no me atrevía a
acercármele y echarle los brazos al cuello para consolarla. Cuando
estuve en cama, la necesidad de brindarle mi ternura se apoderó de mí
con nuevas fuerzas: me levanté, y en camisa, como estaba, me aventuré
por el corredor obscuro.
Permanecí largo rato delante de su puerta, temblando de frío y de miedo,
con la mano sobre el botón. Al fin me armé de valor y entré muy
suavemente en su cuarto.
La encontré arrodillada junto a la cama, con el rostro oculto en la
almohada, y parecía orar.
Me quedé inmóvil en el umbral, pues no me atrevía a perturbarla.
Al fin, se volvió y al verme se levantó estremeciéndose.
--¿Qué quieres?--balbució.
Yo me colgué de ella y mis sollozos habrían enternecido a un corazón de
piedra.
--¡En nombre del Cielo, querida! ¿Qué tienes?--gritó.
No me hallaba en estado de proferir una palabra. Pero ella, con un
movimiento maternal, tomó una gruesa manta de lana, me envolvió en ella
y me colocó en su regazo, aunque yo ya era más grande que ella.
--Vamos, confiésate, tesoro mío. ¿Qué ocurre?--me preguntó acariciándome
las mejillas.
Reuní todo mi valor, y con la cara oculta en su cuello, le dije en un
sollozo:
--Marta, quiero ayudarte.
Siguió un largo silencio, y cuando alcé los ojos, vi vagar por sus
labios una sonrisa indeciblemente amarga y triste. Entonces me tomó la
cabeza entre sus manos, me besó en la frente y me dijo:
--Ven, voy a acostarte, querida. Yo nada tengo, pero tú, me parece que
tienes fiebre.
De un salto me puse en pie.
--¡Oh! ¡Haces mal, Marta!--exclamé.--No me dejaré despedir así. No estoy
enferma y tampoco soy tan tonta para no ver que te estás consumiendo y
que, cada día, encierras en ti nuevos pesares. Si no tienes ninguna
confianza en mí, acabaré por creer que nada quieres tener de común
conmigo, y que todo ha concluido entre nosotras.
Ella juntó las manos mirándome con sorpresa.
--¿Qué te pasa, querida? Ya no te reconozco... Ven, ven, voy a
acostarte--repitió.
--Es inútil, puedo ir sola--dije.
Entonces ella vio que era necesario acordar a la niña una palabra de
explicación.
--Mira, Olga--dijo atrayéndome hacia sí,--tienes razón. Tengo muchas
penas, y si tuvieras más edad y pudieras comprenderlas, seguramente
serías la primera a quien se las confiaría. Pero antes es necesario que
aprendas también a conocer la vida.
--¿Y en qué conoces la vida mejor que yo?--exclamé, siempre con
altanería.
Ella se contentó con sonreír, y esa sonrisa de una tristeza tan dulce,
me dio un golpe en el corazón. Tuve un vago presentimiento, apenas
perceptible, como el que se podría experimentar al ver un templo cerrado
o islas lejanas rodeadas de palmeras. Y Marta continuó:
--Pero de aquí allá, y para eso falta mucho todavía, debo llevar sola el
peso que me oprime. Te agradezco mucho, hermanita, tu buena voluntad, y
te amaré aún más por ello si esto es posible. Ahora, vete, y duerme
bien, tenemos mucho que estudiar mañana...
Y dicho esto, me empujó afuera.
Me quedé en el corredor, como una réproba, contemplando la puerta que
acababa de cerrarse tan duramente tras de mí. Después apoyé la cabeza en
la pared y lloré silenciosa y amargamente. A partir de ese día, Marta
redobló su cariño y su bondad hacia mí, pero yo no quería verlo;
permanecía impenetrable para ella como ella lo había sido para mí, y en
mi alma se arraigó, cada vez más profundamente, el sentimiento penoso de
que el mundo no necesitaba de mi amor.
Es evidente que un incidente como éste, por sí solo, no podía tener una
influencia decisiva sobre mi carácter. Una niña tan joven como yo lo era
entonces, se deja arrastrar con demasiada facilidad por la corriente de
impresiones nuevas para que unos minutos de este género puedan producir
sobre ella un efecto durable, y el hecho es que no necesité mucho tiempo
para olvidar aquella noche. Pero lo que no olvidaba, era la idea de que
nadie había en la tierra que estuviera dispuesto a compartir sus penas
conmigo y que estaba reducida a mí misma y a mis libros, hasta el día en
que se me encontrara bastante madura para participar de la existencia de
los vivos.
Y más y más, me sumergía en los tesoros de los poetas, ninguno de los
cuales me rechazaba de su más íntimo santuario. Aprendía con Tasso a
sentirme miserable y sublime; sabía lo que Manfredo iba a buscar a las
heladas cimas de los Alpes; me lamentaba con Tecla de la felicidad
terrestre de la cual yo había gozado, de la vida y del amor, que habían
concluido para mí. Pero, por sobre todo, Ifigenia era mi heroína y mi
ideal.
Con ella llenaba mi joven alma solitaria de toda la poesía que hay en no
ser comprendida; pasar por el mundo como ella, como sacerdotisa
bienhechora y en un renunciamiento sublime, me parecía la vocación
claramente designada para mi existencia. Si para realizarla hubiera
podido llevar, yo también, los blancos velos de la virgen griega, cuyos
pliegues noblemente dispuestos habrían convenido tan bien a mi cuerpo de
niña desarrollada antes de tiempo, mi felicidad habría sido completa.
A juzgar por las apariencias, yo era en aquellos años una criatura
intratable e imperiosa, que sin el menor empacho contestaba con
impertinencia y que gustaba levantarse de la mesa en plena comida cuando
algo me desagradaba.
A pesar de todo eso, o quizá a causa de eso mismo, todos me mimaban, y
mi voluntad, si esta palabra tiene un valor aplicable a un niño, tenía
fuerza de ley en toda la casa.
A los quince años era tan grande y tan fuerte como ahora, y no faltaba
de vez en cuando algún joven campesino galante que me dijera que yo era
muy bonita, mucho más bonita que todas las otras, y que Marta en
particular.
Eso me chocaba, pues todavía la vanidad no tenía cabida en mí.
En esa época soñé una noche que Marta había muerto. Cuando me desperté,
mi almohada estaba inundada de lágrimas; en todo el día no hice más que
ir y venir en torno de mi hermana como una criminal: me parecía que
tenía sobre la conciencia una falta grave cometida contra ella.
Después de la comida Marta se había recostado por un rato en el canapé,
otra vez con su dolor de cabeza. Cuando entré en la habitación en ese
momento, y vi sobre el brazo del sofá su rostro, pálido como la cera,
con los ojos cerrados, quedé como si me hubiera herido un rayo.
Creí ver en realidad su cadáver ante mis ojos.
Caí de rodillas delante del canapé y le cubrí de besos la boca y la
frente. Su rostro se transfiguró, abrió los ojos y me contempló como si
viera una visión; pero luego que volvió en sí, sus facciones
readquirieron su expresión de gravedad y de tristeza.
--¡Vaya, vaya! ¿Qué tienes, hijita?--dijo.--Estas no son cosas que haces
todos los días.
Me rechazó suavemente, y también esta vez permanecí parada, abandonada a
mí misma, con el corazón desbordante. Sin embargo, cuando ya me iba, me
llamó y murmuró:
--Te quiero mucho, hermanita.
La noche de ese mismo día noté en cierto momento que parecía sonreírse
interiormente. Papá también lo notó, porque aquello no era usual, y,
tomándole la cabeza con las manos, le dijo:
--¿Qué te ha ocurrido, Martita? ¡Estás hoy fresca como una flor!
Marta se ruborizó hasta la raíz de los cabellos, pero yo le tomé la mano
a hurtadillas por debajo de la mesa, diciéndome:
--¡Ya sabemos lo que nos hace tan felices!
Al día siguiente por la mañana, cuando tomábamos nuestro café, papá
entró con una carta abierta en la mano.
--Una ave forastera viene a albergarse en nuestro nido--dijo
riéndose.--¡Adivinen cómo se llama!
Y dicho esto, miró a Marta de reojo con expresión un tanto cómica. Me
pareció que ella se ponía más pálida que de costumbre y la taza que
tenía en la mano tembló perceptiblemente.
--¿Esa ave ha venido ya alguna vez?--preguntó lentamente y en voz baja,
sin alzar los ojos.
--¡Vaya si ha venido!--dijo papá sin dejar de reírse.
--Entonces, es... Roberto Hellinger--dijo.
Y exhaló un profundo suspiro como si le hubiera costado mucho decir
aquello.
--¡Mil truenos! ¡Adivinas bien, chicuela!--dijo papá amenazándola con el
dedo.
Ella nada contestó, y con su paso lento y cansado se dirigió hacia la
puerta; en toda la tarde nadie la volvió a ver.
Por mi parte, la visita del primo me dejaba bastante indiferente. Su
imagen de otros tiempos, tal cual se me presentaba confusamente, no era
como para llenar de ensueños ardientes una romántica cabeza de quince
años.
Pero la actitud de Marta me había llamado la atención.
Al día siguiente, desde muy temprano, la oí ir y venir a pasos
precipitados, en el piso superior, por los cuartos de huéspedes.
Fui a buscarla, pues tenía curiosidad de ver lo que la ocupaba en esas
habitaciones habitualmente cerradas.
Había abierto todas las ventanas, sacado las sobrecamas y las cortinas,
y en chanclas, corría en medio del desorden, de un cuarto al otro. Se
cogía el rostro con ambas manos y se reía sola con una risa tan extraña,
que no se sabía si era llanto.
Cuando le pregunté: «¿Qué haces ahí, Marta?» se estremeció, me miró muy
confusa y sólo entonces pareció darse cuenta del lugar en que se
encontraba.
--Ya lo ves: preparo las camas--balbució al cabo de un instante.
--¿Para quién?--pregunté.
--¿Acaso no sabes que esperamos una visita?
--¿Y eso es lo que te regocija tan terriblemente?--repliqué,
encogiéndome ligeramente de hombros.
--¿Y por qué no había de regocijarme? Es nuestro primo.
--¿Y nada más?--dije yo amenazándola con el dedo, como lo había visto
hacer la víspera a papá.
Entonces, de improviso, ella se puso muy grave y me dirigió con sus
grandes ojos tristes una mirada tan llena de reproche, que sentí que la
sangre me afluía, ardiente, al rostro. Volví la cara a un lado, y como
ya no podía seguir representando el papel de mujer superior, me dirigí a
la puerta.
A partir de ese instante, el primo Roberto me dio mucho qué pensar. Me
parecía evidente que él y Marta se amaban, y sobrecogida por la
vibración misteriosa con que la idea del gran desconocido llena a los
seminiños de mi edad, comencé a representarme la manera cómo había
podido nacer ese amor.
Corría a través de los bosquecillos silvestres del parque y me decía:
--Aquí es donde se han paseado secretamente.
Me deslizaba en la sombra de los follajes y me decía:
--Aquí es donde se han dado cita.
Me dejaba caer en los bancos de césped húmedo y me decía:
--Aquí es donde han cambiado dulces palabras.
El jardín entero, la casa, el patio y todo lo que conocía desde que
había venido al mundo, se iluminaba de repente con una nueva luz que se
difundía por todas partes con un reflejo purpúreo. Una vida maravillosa
parecía haber surgido allí. Me había sumergido de tal modo en esas
imaginaciones, que concluía por creer que era yo quien había vivido ese
amor. Cuando volví a ver a Marta, no osaba alzar los ojos a ella, como
si yo hubiera llevado el secreto oculto en mi seno y ella fuera quien no
debiera adivinarlo.
Pero, cuando, a la mañana siguiente, me di exacta cuenta de que Marta
había realmente vivido todo lo que yo no hacía más que soñar, eso me
turbó por completo, y desde un rincón obscuro, la examiné sin
interrupción, con mirada temerosa y escrutadora, como a un ser que
perteneciera a otro mundo.
Me fijé en que cada cinco minutos salía al terrado, desde donde se podía
ver la puerta de entrada, pero entonces me guardé muy bien de dirigirle
preguntas indiscretas. Me imaginaba ser ya una confidente, una cómplice.
Era un día claro de septiembre, de una hermosura maravillosa. Sobre el
llano y en el bosque flotaban como velos rosados; hilos plateados
temblaban silenciosos en el aire; el río llevaba un manto de vapor, una
paz religiosa se cernía sobre todo el paisaje. Me fui al bosque, pues
jamás podía encontrar suficiente soledad para soñar a mis anchas. En las
ramas de los álamos se oía ya el roce de las hojas amarillentas, y los
helechos dejaban caer sus tallos como criaturas heridas que apenas
pueden tenerse en pie.
--Me entristecí: «La Naturaleza entera va a morir--dije;--¡Ah! ¡Si se
pudiera morir con ella!»
Entonces me acordé de todas las burlas que había leído u oído sobre las
impresiones sentimentales del otoño.
--Qué odiosas son esas bromas--me dije.--Pero de mí nadie se burlará;
sabré esconderme y sabré ocultar lo que siento. A nadie interesa lo que
pasa dentro de mí; y bien se me puede considerar como una muchacha fría
y sin corazón, con tal de que sepa yo que este corazón palpita lleno de
ardor y de amor por la humanidad.
--Sí, aquel fue un día henchido de encanto, día admirable; y daría con
gusto todo lo que me queda de vida, si pudiera volver a él.
Y la noche... la veo todavía como si fuera hoy. Las ventanas estaban
abiertas, los tallos flexibles de la viña virgen se mecían con el
viento, y, desde muy lejos, un trote de caballos, un chasquido de lanzas
y de sables llegaban hasta mis oídos. Nada podía ver, pues la obscuridad
lo cubría todo, pero yo sabía que era una tropa de cosacos que recorría
la frontera.
Entonces cerré los ojos y soñé: un grupo de jinetes avanza; a su cabeza
viene el hijo del Rey, rubio y magnífico, sobre su blanco palafrén. Yo
soy la Princesa y estoy sentada en la torrecilla de la antigua mansión;
el renombre de mi hermosura se ha extendido de tal modo en la comarca,
que el hijo del Rey se ha decidido a venir, escoltado por lo más selecto
de sus cortesanos, para verme y pedir mi mano al viejo caballero, mi
padre.
Y en eso me acuerdo de Marta, y me pregunto si a ella, en su calidad de
primogénita, no le corresponde la primacía. Pero, para consolarme, me
digo que, como ella ama a su Roberto, no necesita de ningún Príncipe.
Y me figuro entonces lo que daré a todos los míos cuando haya subido al
trono: a Marta, un espléndido aderezo; a papá, un cofre de hierro lleno
de oro; a mamá, una gran caja de piñas azucaradas.
El chasquido de lanzas desaparece a lo lejos, y con él mi sueño.
* * *
Roberto llegó al día siguiente.
En el momento en que el carruaje que lo conducía, rodó bajo el portón,
Marta estaba al lado del fogón. Corrí a buscarla y le susurré en el
oído:
--Marta, creo que ahí está.
Pero ella me demostró en seguida que yo no era su confidente: me miró un
instante fijamente y me preguntó, como si su espíritu estuviera lejos:
--¿De quién quieres hablar?
--¿De quién? Pues del primo, naturalmente.
--¿Y por qué me dices eso tan misteriosamente?
Y como al oír eso me encogí de hombros, ella tomó la espumadera que
había dejado caer y volvió a su tarea.
--¿Y esa es toda la alegría que sientes?--continué, encogiendo el labio
con expresión despreciativa.
Pero ella me apartó con la mano izquierda, con una brusquedad
inacostumbrada.
--¡Vete, chiquilla, te lo ruego!
Y he ahí cómo yo recibí al primo Roberto en su lugar.
En el instante en que salí al terrado, él bajaba del carruaje.
«No es mucho mejor que papá,» fue mi primer pensamiento. Era alto, de
estatura gigantesca, el pecho y las espaldas anchas, el rostro moreno,
con dos ojillos azules, y encuadrado por una barba rubia, erizada, una
de aquellas barbas que llevaban los antiguos lasquenetes.
--«No falta más que la yugular,»--pensé para mis adentros.
De un salto salvó varios escalones y riéndose vino a mí:
--¡Hola! ¡Buenos días, Marta!--gritó.
Luego, de improviso, se estremeció, me miró de los pies a la cabeza y se
quedó como petrificado en medio de la escalera.
--¡Yo no me llamo Marta, sino Olga!--dije un poco humillada.
--¡Ya me lo decía yo!...--exclamó sacudiéndose, y, adelantándose hacia
mí, me alargó una mano roja y tosca de trabajador, toda encallecida y
agrietada.
--«¡Qué palurdo!»--me dije mentalmente.
Cuando ya estuvimos dentro de la casa, me examinó nuevamente.
--Todavía eras una pequeñuela, cuando salí de aquí, y me parece
verdaderamente extraordinario que te asemejes tanto a Marta.
--«¿Yo, parecerme a Marta?--pensé--¿Cuándo me habré parecido a Marta?»
--Pero no--continuó,--ella no era tan alta, sus cabellos eran más
claros, no tenía esa expresión tan altiva, y... no miraba con ojos tan
severos.
--¡Ah, Dios del Cielo!--me dije.--¿Acaso nunca has visto los ojos de
Marta?
En ese instante se abrió muy suavemente la puerta de la cocina, y por la
abertura, no más ancha que la mano, ella se escurrió en la habitación.
No se había quitado el delantal; su rostro estaba tan blanco como él, y
los labios le temblaban.
--Bienvenido seas, Roberto--le dijo tímidamente por detrás, pues él se
había vuelto hacia mí.
Al primer sonido de esa voz, Roberto se dio media vuelta bruscamente, y
entonces se quedaron un rato frente a frente sin hacer un movimiento,
sin articular una sílaba.
Yo temblaba; hacía dos días que acechaba ese momento, y he ahí que el
resultado burlaba lastimosamente mi espera.
Al fin se acercaron lentamente el uno al otro y se besaron. Pero ese
mismo beso no me gustó; a mí no me habría besado de otra manera.
--Sí, pero ni siquiera lo ha hecho--agregué para mis adentros.
Después permanecieron nuevamente inmóviles y silenciosos. Mi corazón
latía con tanta violencia, que tuve que apretarme el pecho con las dos
manos.
Al fin, Marta le dijo:
--¿No quieres sentarte, Roberto?
Él hizo un ademán de asentimiento y se dejó caer en un rincón del sofá
que crujió bajo su peso. Continuaba mirándola incesantemente; al cabo de
un largo rato, dijo:
--¡Mucho has cambiado, Marta!
Al oír esto me pareció que me daban una bofetada.
Una sonrisa de una tristeza indecible rozó los labios de Marta:
--Sí--dijo.--¡Mucho debo haber cambiado!
Nuevo silencio. Se habría dicho que Roberto necesitaba mucho tiempo para
encontrar palabras capaces de expresar su pensamiento.
--¿Cómo es que jamás he sabido que estabas enferma?--concluyó por decir.
--No lo sé--replicó ella con una dulzura en que se descubría un poco de
amargura.
--¿No podías escribírmelo?
--Pero, ¿acaso nos escribimos?
Roberto empujó con irritación el pie de la mesa.
--Pero cuando uno no está bien... entonces... entonces...
No supo decir más.
Yo apreté los puños: ¡habría sabido concluir tan bien la frase por él!
--Tú sabes--dijo Marta,--que el enfermo es siempre el último en saber
que no está bien.
--Yo creía que él debía saberlo mejor que nadie.
--¿Y si uno juzga que no vale la pena hacerle caso?
Esta vez Marta habló sin amargura, en el tono tranquilo y moderado que
le era habitual, y, sin embargo, cada palabra me partía el corazón.
--¡Oh, Marta!--gritaba una voz dentro de mí.--¿Por qué me has rechazado?
En eso ella soltó una risa breve y preguntó a Roberto cómo estaban en su
casa, y lo que hacían mi tío y mi tía.
--Pero primero, quisiera saber lo que hacen mi tío y mi tía--dijo
mirando en su derredor hasta en los rincones.
Yo estaba tan contenta de ver disiparse el embarazo que los oprimía, que
al verlos buscar por el cuarto tan cómicamente, prorrumpí en una risa
estrepitosa.
Ambos se volvieron hacia mí, sorprendidos, como si sólo entonces notaran
mi presencia.
--¿Y qué dices de nuestra Olguita?--preguntó Marta, tomándome por la
mano con ademán maternal.--¿Te gusta?
--Ahora un poco más--dijo examinándome.--Antes me pareció demasiado
enseñorada.
--Sin embargo, no podía saltarte al cuello en seguida--repliqué.
--¿Y por qué no?--repuso con una sonrisa.--¿Crees que no habría habido
bastante lugar para ti?
--No--dije, para que supiera de una vez cómo había que tratarme.--Ese no
es mi lugar.
Entonces me miró muy azorado, y dijo meneando la cabeza:
--¡Cáspita! La chiquilla es mordaz.
Yo iba a replicar, pero papá entró.
En la mesa no los perdí de vista, pero nada sospechoso hubo que
observar; apenas si cambiaron algunas miradas.
--Más tarde, cuando nuestros padres duerman--me dije,--tratarán de
escaparse.--Pero me equivoqué. Se quedaron tranquilamente en la sala y
ni una sola vez trataron de alejarme. Él fumaba, sentado en un rincón
del canapé; ella estaba sentada cinco pasos más allá, junto a la
ventana, con su bordado.
--Quizá son demasiado tímidos--me dije,--y esperan que la ocasión se
presente sola.--Hice dos o tres observaciones, para ver si cambiaban de
lugar, y salí de la habitación. Luego, con el corazón palpitante, esperé
media hora, encerrada en mi cuarto y contando los minutos antes de
atreverme a volver.
--Ahora--me dije,--él se le acercará, le tomará la mano y la mirará por
largo rato en los ojos. ¿Me amas siempre?--le preguntará,--y ella,
ruborizándose, con una mirada húmeda, se dejará caer sobre su pecho.
Cerré los ojos y suspiré. Las sienes me palpitaban, me sentía cada vez
más embriagada por las imágenes que me representaba y me figuraba su
continuación; lo veía caer de rodillas delante de ella, y, con miradas
ardientes, balbucir juramentos apasionados de amor y de fidelidad.
Me sabía de memoria lo que él le decía en ese momento, y no menos bien
lo que ella le contestaba: habría podido soplarle las palabras.
Cuando pasó la media hora, me consulté para saber si les otorgaría
todavía algunos instantes: yo era entonces su providencia, y, en esta
calidad, les acordé graciosamente mi protección, con una sonrisa.
--¡Ojalá puedan vaciar hasta el fondo la copa del deleite!--pensé, y
resolví ir todavía a dar una vuelta por el jardín. Pero la curiosidad me
dominaba a tal extremo, que a la mitad del camino volví sobre mis pasos.
Me acerqué sin ruido hasta la puerta, pero apenas hallé el valor
necesario para dar vuelta al botón: la idea de lo que iba a presenciar
me oprimía el pecho hasta ahogarme.
¿Y qué fue lo que vi?
Roberto estaba todavía sentado, como yo lo había dejado, en una esquina
del canapé; había fumado su cigarro, del que no le quedaba ya más que la
punta entre los dedos, y el bordado de Marta contenía una flor que antes
no existía.
--¿Por qué te encoges de hombros con ademán tan despreciativo?--me
preguntó Marta.
Y Roberto agregó:
--Parece que no tengo la aprobación de la señorita.
--Así, pues, siempre mis buenas intenciones son objeto de insultos--me
dije, y salí golpeando violentamente la puerta detrás de mí.
Toda esa noche, loca de mí, me la pasé despierta hasta el amanecer,
representándome la manera cómo yo, Olga Bremer, habría procedido en el
lugar de uno y otro. Unas veces era Roberto y otras Marta; sentía,
hablaba, obraba por ellos, y en el silencio de mi dormitorio resonaba el
murmullo apasionado de un amor ardiente, desdeñoso del mundo entero.
Como para mi gusto, las cosas se presentaban demasiado simples, inventé
un montón de dificultades: negativa de los padres, cita nocturna en la
frontera y sorpresa por los cosacos, encarcelamiento, maldición
paternal, fuga, y, por fin, muerte común en las aguas, pues un verdadero
amor no me parecía dignamente sellado y concluido sino por la muerte.
Cuando me levanté, al día siguiente por la mañana, tenía zumbidos en la
cabeza, y ante mis ojos bailaban manchas de luz verdes y amarillas.
Al ver mi semblante, Marta juntó las manos por encima de su cabeza, y
Roberto, que otra vez estaba sentado en la esquina del sofá, envuelto
nuevamente en nubes de humo, exclamó:
--¿Has pasado la noche llorando o bailando?
--Bailando--repliqué,--en el Brocken con otras brujas.
--No se puede sacar una palabra racional de esta chiquilla,--dijo
moviendo la cabeza.
--A preguntas necias...--repliqué.
--¡Vaya! no volveré a abrir la boca--dijo riéndose;--de lo contrario se
me serviría desde por la mañana un plato de necedades como en mi vida he
comido.
Marta me dirigió una mirada de reproche. Yo huí al fondo del parque, al
lugar más sombreado, y oculté mi encendida cara entre el fresco follaje.
Poco me faltaba para llorar.
--He ahí, pues, mi destino--me decía:--desconocida por todo el mundo,
aislada y desdeñada con mi corazón ardiente de amor, marchitándome en mi
rincón sin que nadie me solicite, mientras que en torno mío todo se
entrelaza y satisface su pasión en ardientes besos.
Sí, en sueño, había substituido tan bien a Marta en su amor, que había
llegado a tomarme por la heroína: el desencanto no podía hacerse
esperar.
¡Si por lo menos a ellos dos se les hubiera ocurrido, más tarde, seguir
los vuelos de mi imaginación! pero mientras más tiempo Roberto
permanecía entre nosotros, más observaba las relaciones de Marta con él,
y más me convencía de que el interés que yo les prodigaba, se perdía
totalmente.
Ella, encarnación de la ama de casa, fría y tímida, sometida a todas las
fatalidades de la existencia cuotidiana; él, encarnación del
propietario, pesado y obtuso, incapaz de toda pasión. Discurría en esta
forma, mientras mi corazón estuvo lleno del sentimiento amargo de que yo
pasaba inadvertida y era inútil. Entonces ocurrió un incidente que no
sólo suavizó mi humor, sino que hasta modificó sensiblemente mi juicio
sobre nuestro primo.
VII
Hacía cuatro días que Roberto estaba en casa, cuando vino a buscarme de
improviso y me dijo:
--Olguita, quisiera pedirte algo; ¿no vendrías a hacer un paseo a
caballo conmigo?
--¡Qué honor!--repliqué.
--No, no hay que volver a empezar en ese tono--dijo con una risa en la
cual se notaba algo de enfado.--Tratemos de ser buenos camaradas por
media hora, ¿quieres?
Su ingenua franqueza me agradó: dije que sí.
Cuando nuestros caballos pasaron el portón, Marta estaba en la ventana
de la cocina y nos hizo señas con su delantal blanco.
--Ves, Marta--dije para mis adentros,--así es cómo me iría con él a
través del vasto mundo, si fuera su querida.
Yo no tenía entonces más que una noción bastante confusa de lo que es
una «querida» y no vacilaba en elevar a Marta a esa dignidad.
--Monta bien--pensé en seguida;--mi «hijo del rey» no sería mejor
jinete.
Y entonces me sorprendí al ver que me había erguido, orgullosa y alegre,
en mi silla, invadida por un indefinible sentimiento de bienestar que me
hacía correr un estremecimiento por todo el cuerpo.
Roberto nada decía, pero con frecuencia se inclinaba hacia mí y me hacía
una seña amistosa, como si juzgase prudente consolidar nuestro pacto
cada cinco minutos: trabajo inútil, pues nada estaba más lejos de mi
imaginación que la idea de romperlo. Cuando hubimos trotado una media
hora a un paso bastante vivo, detuvo su caballo y me dijo:
--¿Bueno, chiquilla?
--¿Qué hay, «grande»?
--¿Regresamos?
--¡Oh, no!
No estaba dispuesta a renunciar tan fácilmente a lo que me llenaba de
una satisfacción tan completa.
--Entonces, ¡al bosque de Illowo!--dijo él señalando la mancha azulada
que cerraba el horizonte a lo lejos.
Hice un signo afirmativo, y di tal latigazo a mi caballo, que éste se
irguió y partió dando saltos.
--¡Bravo, por la chica de quince años!--gritó él detrás de mí.
--¡Dispense, dieciséis!--repliqué, volviéndome a medias hacia él.--Por
otra parte, si me vuelves a echar en cara mi juventud, ¡se acabó
nuestra camaradería!
--¡En nombre del Cielo!--dijo él riéndose.
Y continuamos nuestra carrera sin decir palabra.
El bosque de Illowo está dividido por una pequeña corriente de agua,
cuyas orillas se hallan tan cerca la una de la otra, que las ramas de
los álamos que las pueblan a cada lado, se entrelazan y forman por
encima del espejo obscuro de las aguas una alta bóveda de verdura que, a
cada desvío del riachuelo, termina en un muro de follaje, para volver a
formarse inmediatamente después.
Bajo esa bóveda, junto al borde del agua, conocía desde mi infancia más
de un escondrijo, donde me pasaba las horas enteras, leyendo o soñando,
mientras mi caballo, un poco más arriba, pacía tranquilamente en el
bosque.
Y como esta vez íbamos lentamente, por entre los troncos de árbol, se me
ocurrió hacerle conocer uno de mis retiros.
--Quiero bajar--le grité,--ven a ayudarme a echar pie a tierra.
De un salto bajó de su caballo e hizo lo que yo le pedía.
--¿Qué quieres hacer?--me preguntó.
--Vas a verlo--dije,--pero primero suelta los caballos...
--¡No faltaba más!--dijo Roberto riéndose.--Me haces el efecto de quien
quiere coger las liebres poniéndoles un grano de sal bajo la cola.
E hizo ademán de atar las riendas a un tronco de árbol.
--¡Suéltalos!--ordené.
Y como él no obedecía castigué a los caballos con mi varilla: antes que
él hubiera pensado en sostener más fuertemente las bridas, los caballos
galopaban ya libremente en el bosque.
--¿Y ahora?--dijo mi primo poniéndose las manos en los bolsillos.--¿Te
imaginas que van a dejarse coger otra vez?
--Por ti, no--respondí riéndome, pues estaba segura de mis favoritos.
Y cuando al oír un ligero silbido de mis labios, ambos acudieron desde
lejos dando brincos y vinieron a rozar suavemente mi cuello con sus
hocicos, esperando una caricia, mi corazón se dilató: me sentía
orgullosa de que hubiera en la tierra criaturas, aunque privadas de
razón, que se inclinaban ante mi poder y me eran sumisas por afecto, y
alcé hacia Roberto una mirada triunfante: ahora él debía saber quién era
yo y qué pretendía.
Pero vi muy bien que todavía yo no le imponía.
--¡Maravilloso, chica!--dijo él, y nada más.
En seguida me dio un golpecito paternal en el hombro y se recostó
perezosamente en el césped. Los rayos de sol que pasaban a través de las
ramas, relucían en su barba: me pareció un gigante en reposo, semejante
a los que nos pintan las leyendas del Norte.
Pero en el momento en que, al contemplarlo, iba a sumergirme en mis
visiones románticas, se puso a bostezar terriblemente, de tal modo que
volví a caer repentina y bruscamente en la prosa.
--¡Pero no nos vamos a quedar aquí, mi señor primo!
--No seas loca, chiquilla--dijo él cerrando los ojos.--Haz como yo,
vamos a dormir.
Tuve un impulso de alegría, y, acercándomele, lo cogí por el cuello y lo
sacudí fuertemente.
Quiso asir mi vestido, pero yo me escapé, lo que le hizo levantarse
vivamente para correr tras de mí.
Entonces, tranquilamente me adelanté hacia él y le dije:
--Bueno, ahora, ven.
Por entre espesos matorrales, lo conduje a la base de la pendiente
escarpada, al pie de la cual reposaba el agua profunda semejante a un
espejo obscuro. Allí, los árboles de anchas hojas y toda clase de
plantas trepadoras formaban, al engancharse a una salida de la roca, una
cuna natural, donde había sombra aun en pleno mediodía.
Allí fue donde le hice entrar.
--¡Mil truenos! He aquí un lindo rincón, chica--dijo él al mismo tiempo
que se extendía cómodamente sobre la piedra, tanto que sus pies caían
casi al nivel del agua.
--Ven, ponte a mi lado; hay sitio para los dos.
Lo obedecí, pero me senté de manera que mi mirada pudiera dominarlo.
Él fingía dormir, y de cuando en cuando, por entre sus párpados medio
cerrados, alzaba los ojos hacia mí.
De repente se me ocurrió esta idea:
«¿Si fueras Marta, qué harías en este momento?»
Y un pavor tal se apoderó de mí, que la sangre me subió hirviente a la
cara.
--¿Eres miedosa, chiquilla?--me preguntó.
Yo sacudí la cabeza.
--Entonces, ven.
--Ya estoy a tu lado.
--Ponte allí, delante de mí.
Hice lo que me pedía: mis pies tocaban casi el borde de la piedra.
De pronto, se levantó, me asió, rápido como el rayo, por la cintura, y
en el mismo instante me sentí suspendida sobre el agua.
Lo miré riéndome.
--¡Cómo!... ¡Cómo!...--dijo.--¡No hay de qué reírse! Si te dejara
caer...
--Me ahogaría... Pues bien, ¡déjame caer!
--No. Antes quiero que me confieses algo.
--¿Qué?
--¿Por qué no puedes sufrirme?
Respiré profundamente. Al mismo tiempo sentí que las suelas de mis
botines tocaban ya la superficie del agua: él no podía dejarme caer más.
Una deliciosa sensación de desfallecimiento me invadió.
--Pero yo puedo sufrirte--le dije.
--¿Por qué entonces me contestas siempre de tan mala manera?
--Porque soy una muchacha mal criada.
--¡Enhorabuena!--dijo él, riéndose.
Y, con un movimiento brusco, me alzó como una pluma: yo me volví a
encontrar de pie sobre la piedra.
--Bueno, ahora siéntate; vamos a conversar seriamente.
Me tomó la mano y continuó:
Mira, soy un hombre sencillo, he trabajado mucho y pensado poco en
ejercitar mi espíritu. Tú, con tu vivacidad, me ganas fácilmente; por
eso es que siempre me cuesta trabajo hablarte. Tú no lo haces con mala
intención, bien lo sé, pues en nuestra familia no se conoce la maldad;
pero de todos modos eso no conviene. Tengo casi doce años más que tú, tú
eres todavía una chiquilla, o poco menos... ¿Tengo razón?
--Tienes razón...--respondí humildemente.
Y me preguntaba aparte lo que se había hecho mi altivez.
--¿Por qué, pues, procedías así?
--Porque quería agradarte.
Y exhalé un profundo suspiro.
Él me miró en los ojos con asombro.
--Porque quería mostrarte que no soy una tontuela, que tengo la cabeza
muy a plomo, que yo...
Me detuve muy confusa. Roberto se mordía la barba y miraba frente a él,
pensativo.
--¡Miren eso!--dijo.--Pues bien, creo que yo te estaba tomando por el
mal lado. ¡Qué suerte que haya seguido el consejo de Marta!
--¿De Marta? ¿Qué consejo te ha dado?
--Tómala aparte, uno de estos días--me ha dicho,--y explícate con ella.
Cuando Olga no quiere a alguién, lo aborrece, y me daría mucha pena que
no te tuviera cariño.
--¿Marta ha dicho eso?--exclamé, y las lágrimas me asomaron a los
ojos.--¡Qué corazón, qué corazón de oro!
--Sí, ha dicho eso y muchas otras cosas más para explicar tu
temperamento y excusarte. Y como amo a Marta...
--¿La amas?--dije, interrumpiéndolo, ávida de saber más.
--Sí, profundamente--respondió él pensativo, con los ojos fijos en el
agua que corría a sus pies.
Mi corazón latía tan precipitadamente, que apenas podía respirar. ¡Así,
pues, él me tomaba por confidente, me convertía en su aliada! Habría
querido saltarle al cuello, inmediatamente, tan agradecida me sentía
hacia él.
--Y... ¿ella lo sabe?
--Debe saberlo... es una cosa que no se puede ocultar...
--¿Cómo?...--balbucí.--¿Tú no... no... se lo has dicho?
Roberto sacudió tristemente la cabeza.
Yo caí desde lo alto de las nubes. ¡De modo que los bosquecillos de
nuestro jardín nunca habían prestado su abrigo a dos enamorados; la
luna, que brillaba por entre las ramas, nunca había sido testigo de
besos clandestinos! ¡Puras quimeras todas mis imaginaciones!
Pero, en medio de mi desilusión, sentía una profunda compasión por ese
gigante, que, sin más fuerzas que un niño, buscaba amparo en mí. Me juré
que su confianza en mí no sería vana.
--¿Y por qué has guardado silencio?--insistí.
Pareció que consideraba mi extrema juventud con un poco de desconfianza;
sin embargo, dijo con un profundo suspiro:
--En aquel tiempo, yo era un muchacho tímido y no encontraba el valor
necesario para hablar. ¡En esos primeros años de locura se siente uno
tan transportado, si obtiene siquiera un apretón de manos a hurtadillas!
Se figura uno que el mismo matrimonio no podrá ofrecer un deleite mayor.
Pero en realidad tú no puedes comprender eso.
--¿Quién sabe?--repliqué en mi inocencia.--Mucho he leído ya sobre eso.
--En resumen--prosiguió él,--yo era entonces más o menos tan ingenuo
como tú ahora. Y hoy, ¿sabes? hoy, si hablo, la menor palabra me vincula
a ella, con cadena indisoluble, y para siempre.
--¿Entonces, no quieres vincularte?--le pregunté con sorpresa.
--No tengo derecho para ello--gritó,--no tengo derecho. No sé si podré
hacerla feliz.
--¡Oh! ¡Francamente... si no lo sabes!...
Encogí el labio con desprecio y dentro de mí, llegué a esta conclusión:
«¡Entonces, no la ama!»
Pero él, con los ojos chispeantes, se animó más:
--Compréndeme, niña. Si eso dependiera de mí, no pediría más que
llevarla toda mi vida en mis brazos, para que su pie nunca tropezara con
las piedras del camino. Pero... ¡oh! ¡esta miseria, esta miseria!
Y se mesaba los cabellos de tal modo, que yo me sentía realmente
turbada. Nunca habría creído posible que ese hombre tan tranquilo y
grave pudiera volverse tan apasionado.
--Confíame tus tormentos, Roberto--dije, poniéndole la mano en el
hombro.--No soy más que una chica, muy sencilla, pero eso desahogará tu
corazón.
--¡No puedo!--gimió,--¡no puedo!
--¿Y por qué?
--Porque sería mortificante... hasta para ti. No puedo decirte más que
una cosa: Marta es una criatura delicada, tierna e impresionable; jamás
podría resistir al torrente de penas y de tormentos que caería sobre
ella: se doblaría como una frágil caña al primer soplo de la tormenta.
¿De qué me serviría tener que llevarla al cementerio pocos años después
de nuestro matrimonio?
Un helado calofrío me pasa por todo el cuerpo cuando pienso en la
horrible manera en que debía realizarse esa frase, llena de
presentimiento, pero en aquel momento nada vino a advertírmelo: sólo
experimentaba un vivo deseo de dar a ese amor, por demás prosaico para
mi gusto, un giro tan romántico como fuera posible. Desgraciadamente no
había gran cosa que hacer. Por lo menos asumí una expresión capaz y
busqué en mi memoria algunas de las frases que las venerables sibilas o
los confesores dan ordinariamente como viático a los amantes
desgraciados.
Y él, como un gran niño que era, bebió esas tontas palabras de consuelo
con la avidez de un hombre que se muere de sed.
--¿Pero tendrá paciencia ella también?--me preguntó, y parecía perder
nuevamente el valor.
--¡Sí, la tendrá! ¡Confía plenamente!--grité con arrebato.--Puesto que
espera desde hace tanto tiempo, podrá muy bien tener paciencia uno o dos
años más. Ya verás cómo se somete de buen grado.
--¡Y si, aun más tarde, ese casamiento no pudiera realizarse!--objetó
Roberto.--¡Si yo defraudara su esperanza, si hubiera jugado con su
corazón! ¡No, no hablaré; antes me arrancarán la lengua, no hablaré!
--Si no querías hablar, ¿para qué viniste entonces?
Dios sabe cómo ese pensamiento de doble filo vino a mi espíritu de joven
aturdida. Sentí confusamente que al pronunciar esas palabras cometía un
acto de crueldad, pero... ya era tarde.
Vi palidecer su rostro, sentí que su respiración ardiente se exhalaba en
un suspiro.
--Soy un hombre de honor, Olga--murmuró entre dientes;--¿para qué
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