La sesión de los filibusteros había durado ya por un rato bastante
considerable, cuando uno de ellos volvió á entrar al reducto y, no sin
repetir el mismo saludo ó reverencia á que antes me referí y que, á mi
entender, era más irónico que sincero, rogó á Silver que por un momento
se les prestase el hachón. John accedió desde luego y el emisario se
retiró dejándonos sumidos en la oscuridad.
--Ya comienza á soplar la brisa, Jim, dijo Silver que á la sazón había
adoptado definitivamente un tono de todo punto amistoso y familiar
conmigo.
Me aproximé entonces á la tronera que estaba más cerca de mí y eché una
ojeada hacia afuera. Los leños de la grande hoguera se habían consumido
casi por completo, brillando á esa hora tan opaca y débilmente que, con
sólo verlos, me pareció comprender la razón de que los hombres aquellos
quisieran el hachón. Como á la mitad del declive de la loma de la
estacada aparecían todos reunidos en un grupo; uno de ellos tenía la
antorcha; otro estaba medio arrodillado en medio del grupo, y pude
advertir que en su mano brillaba el acero de una navaja abierta,
produciendo cambiantes de varios colores, á la doble claridad de la
luna y de la antorcha. Los demás estaban un poco inclinados sobre el de
en medio, como si vigilasen ó atendieran con interés á lo que hacía.
Pude notar también que el mismo hombre de en medio tenía en las manos un
libro, y todavía no volvía de la extrañeza que me causaba ver en poder
de aquellos piratas una cosa tan ajena de su carácter y costumbres,
cuando el personaje arrodillado se puso de pie y todos con él comenzaron
á desfilar de nuevo hacia el reducto.
--Ya vuelven allí, dije; y al punto me apresuré á volver á colocarme en
mi posición anterior, porque me pareció indigno de mí el que me
encontrasen espiándolos.
--Déjalos que vengan, muchacho, déjalos, exclamó Silver con un gran
acento de confianza. Creo tener todavía un tiro en mi cartuchera.
La puerta dió entrada á los cinco hombres, juntos unos con otros en un
apretado grupo; pero no dieron sino un paso adentro del umbral, y
empujaron á uno de ellos, de modo que ocupase la delantera. En
cualesquiera otras circunstancias hubiera sido en extremo cómico ver
trastrabillar á aquel pobre hombre en su avance lento y vacilante y
teniendo su mano derecha empuñada delante de sí.
--Avanza, muchacho, avanza, exclamó Silver; no creas que te voy á comer.
Entrega eso, haragán; yo sé bien las reglas, puedes creerlo y no he de
meterme á maltratar á una -diputación-.
Esto dió al pirata diputado un poco más de ánimo y pudo ya adelantarse
más fácilmente. Entonces y cuando tuvo á Silver al alcance de su mano,
pasó algo á la del cocinero y en el acto retrocedió con la mayor
ligereza hasta el grupo de sus compañeros.
John Silver echó una ojeada sobre lo que se le acababa de pasar, y
murmuró:
--¡El disco negro! ¡Ya me lo esperaba! Pero ¿en dónde diablos han cogido
Vds. papel! ¡Ah! ¡Vamos! ¡ya caigo! Aquí está el secreto: pero, chicos,
esto es de mal agüero; han ido Vds. á cortar el papel de una Biblia.
¡Pues yaya que no podía darse nada de más tonto!
--¡Ah! ¿qué tal?, dijo Morgan, ¿qué tal? ¿No fué eso mismo lo que yo
dije? ¡De allí no puede salir cosa buena!
--Tanto peor para los profanadores: ¡Vds. mismos se han condenado á la
horca!, continuó Silver. Y á todo esto, ¿quién era el santurrón holgazán
que tenía una Biblia?
--Era Dick, dijo uno.
--Conque Dick, ¿eh? Pues hijo mío, ya puedes encomendarte á Dios,
replicó John. Creo que con esto ha concluído ya tu lote de buena suerte,
puedes creérmelo.
En esto el pirata flaco oji-amarillento, saltó diciendo:
--Basta ya de charla inútil, John Silver. Esta tripulación le ha pasado
á Vd. el disco negro, en sesión plena, y conforme á las reglas; Vd. no
tiene más que hacer sino voltearlo como las mismas reglas se lo mandan y
leer lo que hay escrito en él. Después podrá Vd. hablar.
¡Gracias, Jorge, un millón de gracias!, replicó el cocinero de -La
Española-. Este muchacho siempre ha sido así para todos los negocios,
vivo y enérgico. Además se sabe de memoria todas nuestras reglas, lo
cual me complace en sumo grado. Pero, en fin, veamos qué es ello, con lo
cual nada se pierde. ¡Ah! vamos: "-¡Depuesto!-" Eso es, ¿no es verdad?
¡Bonita escritura, hombre, muy bonita! Se diría que era de un maestro
de escuela! ¡Si hasta parece hecho con letras de molde! ¿Fuiste tú quien
escribió ésto, Jorge? Pues hombre, te felicito, porque, la verdad, se ve
que ya te vas haciendo un personaje notable entre estos buenos chicos.
¿Qué apostamos á que tú vas á ser mi sucesor, nombrado Capitán con todos
tus honores? Pero, entre tanto, ¿no me haces el favor de pasarme ese
hachón? Esta pipa no arde bien.
--Basta una vez más, dijo Jorge. Se acabó el tiempo en que enredaba Vd.
con su charla á esta tripulación. Vd. se tiene por muy gracioso, á lo
que entendemos; pero, por ahora, ya no es Vd. nadie, con lo cual haría
Vd. muy bien en bajarse de ese barril y ayudarnos á votar á otro jefe.
--Me pareció haberte oído decir que conocías nuestro reglamento, dijo
Silver desdeñosamente. Pero si no es así, yo sí lo conozco. Digo, en
consecuencia, que no me muevo de aquí, y añado que soy todavía el
Capitán de la banda,--fijarse bien en esto--hasta que Vds. hayan
desembuchado, una por una, todas sus quejas y yo haya contestado á
ellas. Mientras tanto, su disco negro no vale un ardite. Después de
cumplir con ese requisito, ¡ya veremos!
--¡Oh! pues en cuanto á eso no hay inconveniente en darle á Vd. gusto.
Aquí todos somos llanos y parejos y no nos mordemos la lengua. He aquí
nuestras razones: Primera: Vd. ha convertido esta expedición en un mero
jigote; supongo que no tendrá Vd. el descaro de negarlo. Segunda: Vd. ha
dejado escapar al enemigo, de esta ratonera, sin provecho alguno... ¿por
qué querían ellos salirse? yo no lo sé, pero lo que es evidente es que
salir querían. Tercera: Vd. no nos ha permitido atacarlos después de
salidos... ¡ah! no se figure que dejamos de ver claro en esto: Vd. no
juega limpio, John Silver, y eso es lo peor que puede hacer. Cuarta: ese
muchacho que se nos ha colado esta noche y á quien Vd. defiende.
--¿Eso es ya todo?, preguntó tranquilamente Silver.
--Con lo que basta y sobra, contestó Jorge. Me parece que todos
tendremos que vernos colgados y secando al sol, todo por culpa de Vd.
--Pues está bien. Voy á contestar á esos cuatro puntos, uno por uno.
¿Con que yo he hecho un jigote de esta expedición? ¡Vamos!... ¿acaso
ignoran Vds. lo que yo quería y lo que había resuelto? Vds. saben bien
que si aquello se hubiera hecho esta noche estaríamos todos á bordo de
-La Española-, como siempre, todos vivos, todos contentos, muy bien
comidos, mejor bebidos y con el tesoro almacenado en la cala, ¡con mil
demonios! Y bien, ¿quién se me interpuso? ¿quién forzó mi mano que era
la del legítimo capitán? ¿quién me hizo pasar el disco negro el mismo
día que desembarcamos y comenzó esta danza?... ¡Ah! ¡bonita danza por
cierto! Ya me veo en ella con Vds. hasta el verdadero fin. Esto me
parece tan gracioso y divertido como si viera una gaita colgando en la
punta de la horca en la Playa de los Ajusticiados. Pero ¿de quién es la
culpa? Pues bien, fueron Anderson, y Hands, y tú, Jorge Merry, los que
determinaron aquello. Tú eres el único que queda vivo de esos oficiosos
impertinentes, y ahora te me vienes con la insolencia estúpida y
endemoniada de ponérteme enfrente para tomar mi puesto de capitán... tú
que has hundido á la mayoría de nuestra tripulación! ¡Por mi patrón
Satanás, esto sí que es el más alto colmo de la desvergüenza y del
cinismo!
Silver hizo una pausa durante la cual pude observar en los semblantes de
Jorge y sus camaradas, que aquella filípica tremenda no había sido
pronunciada en vano.
--Eso es por lo que hace al cargo número uno, dijo el acusado endulzando
un poco el ceño terriblemente adusto con que hasta allí había hablado, y
bajando el diapasón de aquella voz con que acababa hacer retemblar la
casa.
--Es cosa que pone á uno enfermo, prosiguió, el disgusto de tener que
entenderse con Vds. De todos no hay uno que tenga ni entendimiento, ni
memoria; y hasta me admiro de pensar cómo se les iría el santo al cielo
á sus mamás que los dejaron meterse á la mar. ¡Á la mar!... ¡Marinos
Vds.! "¡caballeros de la fortuna!"... Sastres; ése debe ser su oficio.
--Siga Vd., John, dijo Morgan. Pero háblele á los demás también; no, no
más á mí.
--¡Ah! ¡sí! ¡los otros! ¡precioso hato de hombres! ¿no es verdad? Dicen
Vds. que esta expedición está desconcertada y descuadernada. ¡Oh! ¡si
pudieran Vds. comprender hasta qué punto está descuadernada! ¡ya verían
Vds. entonces! Básteme decirles que tenemos todos la horca tan cerca que
casi huelo el cáñamo y siento el pescuezo oprimido, de sólo pensar en
ello. Ya Vds. habían visto ese espectáculo... ¡qué hermoso! ¿no es
verdad? Un hombre cargado de cadenas, suspenso de una cuerda, rodeado de
buitres que revolotean sobre su cadáver ó almuerzan tranquilamente con
sus entrañas. Y los marineros horrorizados señalándoselo con el dedo,
unos á otros, cuando á la hora de la bajamar cruzan en sus barquillas
junto al patíbulo. "¿Quién es ese?" dice uno--"¿Ese? ¿y lo preguntas?
Pues es John Silver; yo lo conocí muy bien," le contesta otro. Y entre
tanto, puede llegar hasta los oídos del trabajador marino que cruza
hacia la boya cercana, el ruido siniestro con que golpean unas con otras
las cadenas de aquel ajusticiado... Pues hay que convencerse de que éso
es lo que nos aguarda, á cada hijo de su madre, en esta compañía,
gracias á Jorge, y á Hands y Anderson y á todos los torpes que han
arruinado este negocio. Ahora, si quieren Vds. que conteste á su cuarto
punto, es decir, á ese muchacho Hawkins ¡por el diablo en persona! ¿se
figuran Vds. que vamos á asesinar á un huésped? ¡No nosotros, por vida
mía! Es muy posible que él sea nuestra última tabla en el naufragio y no
me sorprenderé que así sea. ¿Matar á este chico? ¡Repito que no,
camaradas! ¿Y sobre el punto tercero? ¡Ah! mucho hay que decir sobre el
tercer punto. Podrá suceder que para Vds. nada significa tener un Doctor
entero y verdadero que viene á visitarlos diariamente, á tí John con tu
cabeza rota, ó á tí Jorge Merry á quien la malaria ha puesto allí con
unos ojos amarillos como limón maduro y que todavía no hace seis horas
estabas tiritando con el calofrío y delirando con la fiebre. Podrá
suceder también que ignoren Vds. que hay un segundo buque que debe venir
á buscar á la tripulación de -La Española-, si se dilata por cierto
tiempo. Pues sí, señores, viene, y para entonces ya veremos quien se
alegra ó quien siente recibir una visita. Y por lo que hace al número
dos, esto es, cuál es la razón que tuve para hacer un trato, no tienen
Vds. más que ponerse todos aquí de rodillas, de rodillas como vinieron
un día á pedírmelo, arrastrándose, para que lo hiciera yo. Pues allí es
nada, vean Vds. la causa... ¡ésa es!
Y diciendo esto, arrojó en medio del grupo, sobre el piso, un papel que
yo reconocí en el instante y que no era otra cosa que el mapa en
pergamino, con las tres cruces rojas, que yo encontré en la tela
impermeable guardada en el fondo del cofre del Capitán. Por qué razón el
Doctor había pasado aquello á Silver, era problema que yo no acertaba á
resolver.
Pero si bien, para mí, aquello no tenía explicación plausible, la carta
fué en sí de un efecto increíble y mágico para los revoltosos. Todos á
una saltaron sobre ella como gatos sobre un ratón. Pasáronsela de mano
en mano, pero casi arañándose unos á otros para arrebatársela. Al oir
los gritos, los juramentos, las carcajadas infantiles con que
acompañaban su examen, se habría creído, no sólo que ya tenían entre las
manos el oro codiciado, sino que ya se veían en alta mar, en posesión de
él, y en completamente en salvo.
--Por supuesto, dijo uno; esto es de Flint, luego se ve. Aquí están sus
iniciales J. F. y debajo una raya con un clavo atravesado encima, que
era lo que él siempre ponía en su nombre.
--Todo esto está muy bueno, dijo Jorge, pero la cosa es que ¿cómo nos
vamos á llevar la hucha si ya no hay buque?
--¡Jorge Merry!, gritó Silver poniéndose violentamente de pie y
apoyándose con una mano contra la pared. Voy á hacerte una prevención á
tiempo. Si sueltas una palabra más, tienes que salirte de aquí allá
abajo y verte la cara conmigo, que tengo la certeza de aplastarte.
¿Cómo?... ¡Qué sé yo! ¿Tienes la insolencia de proferir lo que has
dicho, tú, que con tus compinches has causado la pérdida de mi goleta,
á causa de tu intervención? ¡tráguete el infierno! ¡No! no serás tú el
que nos saque del atolladero, porque tú no puedes alcanzar ni á la pobre
inventiva de una cucaracha. En nada de este asunto puedes tú tomar la
palabra, Jorge Merry; y cuenta con desobedecerme.
--Eso es muy claro, dijo el viejo Morgan.
--¡Claro! ¡pues ya lo creo!, replicó el cocinero. Tú perdiste el buque y
yo encontré el tesoro ¿quién vale de nosotros dos, Jorge Merry? Y
ahora... presento mi renuncia. Pueden Vds. elegir Capitán á quien les dé
la gana. Yo tengo ya bastante del cargo éste.
--¡Silver!, gritaron todos en coro. ¡Barbacoa ahora y siempre! ¡Barbacoa
es nuestro Capitán! ¡Viva Barbacoa!
--¡En hora buena! esas tenemos ¿no es verdad?, exclamó el cocinero. Pues
ya lo ves, Jorge, por hoy me parece que tendrás que aguardar otro turno
para tener tu capitanía. Y da gracias al demonio de que yo no sea un
hombre vengativo. Pero es la verdad, no es ese mi modo. Y ahora bien,
camaradas... ¿este disco negro?... Me parece que por hoy no vale ya gran
cosa, ¿no es verdad? Todo se reducirá á que Dick haya oscurecido su
buena estrella y maltratado su Biblia... ¡nada más!
--¿No cree Vd. que la cosa se compondrá besando severamente el libro?,
exclamó Dick que positivamente se sentía desazonado al pensar en la
maldición celeste que creía haber hecho caer sobre su cabeza.
--¡Una Biblia con un pedazo recortado!, dijo Silver sarcásticamente.
¡Imposible! Entre ella y una simple colección de canciones no hay ya
diferencia alguna.
--¿Cree Vd. que no?, replicó Dick con cierta especie de alegría. ¡Bueno!
pues sin embargo, creo que todavía vale la pena de guardarla.
--Y ahora, Jim, dijo Silver, aquí hay una curiosidad para tu colección
de ellas.
Diciendo esto me pasó el pedacillo de papel: era éste como del tamaño de
una moneda "corona." De un lado nada tenía impreso, porque era la última
hoja del libro: del otro lado contenía un versículo de la Revelación, y
en él me llamaron la atención estas palabras de una manera particular:
"Afuera están los perros y los asesinos." El lado impreso había sido
ennegrecido con carbón de la hoguera, que á la sazón comenzaba ya á
desprenderse y á manchar mis dedos; en el lado blanco habíase escrito
con el mismo material la palabra "Depuesto." Todavía al escribir este
relato conservo en mi poder aquella curiosidad, y la tengo aquí, sobre
mi mesa; pero no podría ya verse en ella la menor huella de escritura,
si no es una especie de araño como el que alguien podría hacer con la
uña de su dedo pulgar.
Con aquello terminaron los sucesos de esa noche. Á pocos momentos se
sirvió á todos un vaso de -cognac- y nos tendimos todos á dormir. La
señal de venganza que dió Silver fué nombrar á Jorge para hacer cuarto
de centinela, amenazándole con la muerte si no obraba con toda lealtad.
Mucho rato se pasó para que yo pudiera cerrar los ojos, y bien saben los
cielos que razón me sobraba al solo recuerdo de aquel hombre á quien por
la tarde había yo quitado involuntariamente la vida, en el instante de
mayor peligro para la mía. Pero lo que más contribuía á desvelarme era
aquella partida terrible y sagaz que acababa de ver jugar á Silver,
cuyos maravillosos esfuerzos tendían, por un lado, á mantener unidos y á
raya á los sublevados, y por el otro á intentar todos los medios
humanos, posibles é imposibles, para obtener una reconciliación y salvar
su miserable existencia. Pero él, por su parte, se durmió al momento de
la manera más apacible y muy pronto comencé á oir el estrépito de sus
ronquidos. Entre tanto mi corazón se oprimía penosamente al pensar en
los riesgos inminentes que rodeaban á aquel hombre, por más malvado que
fuera; y en la horca infamante que tenía como última perspectiva de su
triste carrera.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XXX
BAJO PALABRA
Una voz clara y alegre que sonaba á la orilla del bosque llamando á los
del reducto me despertó, y despertó igualmente á todos los demás; y el
centinela mismo que se había buenamente recargado contra la puerta se
estremeció enderezándose en su puesto.
--¡Ha del reducto!, gritaba la voz. Aquí viene el Doctor.
Y el Doctor era, no cabía dada. Yo sentía gusto, ciertamente en escuchar
aquel acento amigo, pero mi alegría no era muy pura que digamos.
Recordé, al punto, con gran bochorno, mi insubordinación y conducta
furtiva, y al ver á qué extremo me había ella conducido, en qué compañía
y de qué peligros me rodeaba, sentí vergüenza de ver al Doctor á la
cara.
Él debió haberse levantado muy de madrugada, por que la luz no llegaba
aún decididamente, y cuando yo hube corrido á una de las troneras para
verle, le divisé allá abajo, de pie, y como á Silver el día de su
misión, hundido hasta las rodillas en una niebla rastrera.
--¡Es Vd. Doctor! ¡Santos y buenos días tenga vuesa merced!, dijo Silver
perfectamente despierto y armado de excelente humor en un momento. Vivo
y madrugador, no cabe duda, pero ya sabemos aquí que, como lo dice el
dicho "el pájaro madrugador es el que coge las raciones." Jorge,
muévete, muchacho, y ayuda al Doctor Livesey á saltar á bordo de este
navío. Por aquí todo va bien, Doctor; todos sus enfermos van mejorando
mucho y todos están contentos.
Hablando de esta suerte estaba allí, de pie en la cima de la loma, con
su muleta bajo el brazo y con la otra mano apoyándose en una de las
paredes de la casa. Su actitud, su acento, sus palabras, sus modales, ya
eran, de nuevo, los del mismo John Silver que yo conociera en Brístol.
--Le tenemos preparada á Vd., por hoy, una pequeña sorpresa Señor
Doctor, continuó. Tenemos aquí un extrañito. Un nuevo comensal y
huésped, sí señor, tan listo y templado como un violín. Aquí ha dormido
toda la noche, como un sobrecargo, al lado mismo del viejo John.
Á este tiempo, el Doctor Livesey había ya saltado la estacada y estaba
muy cerca del cocinero, por lo cual pude observar muy bien la alteración
de la voz en que preguntaba:
--¿Supongo que no será Jim?
--El mismo Jim en cuerpo y alma, sí señor, contestó Silver.
El Doctor se detuvo afuera, y aunque no respondió ya palabra alguna,
pasaron algunos segundos antes de que pareciera poder moverse.
--¡Bien, bien!, dijo por último. Primero la obligación y luego el
placer, como se diría Vd. á sí mismo. Vamos á ver y á examinar á esos
enfermos.
Un momento después ya estaba adentro de la cabaña y sin tener para mí
más que una torva inclinación de cabeza, se puso en el acto á la obra
con sus enfermos. No parecía tener el más pequeño recelo, á pesar de que
debe haber comprendido muy bien que su vida en manos de aquellos
traidores y endemoniados piratas estaba pendiente de un cabello. Con la
misma naturalidad que si estuviera haciendo una ordinaria visita
profesional á una tranquila familia en Inglaterra, iba de paciente en
paciente, sonando, componiendo y arreglándolo todo. Sus maneras, á lo
que creo, habían ejercido una reacción saludable sobre aquellos hombres,
porque el caso es que se comportaban con él como si nada hubiera
sucedido, como si todavía fuese el mismo médico de á bordo y ellos
marinos leales en sus puestos respectivos.
--Lo que es tú vas muy bien, dijo al individuo de la cabeza entrapajada.
Y si hombre alguno en el mundo recibió un porrazo peligroso, ése has
sido tú: tu cabeza debe ser dura como de acero. Vamos á ver tú, Jorge,
¿cómo estás hoy? Bonito color de limón estás echando allí, no te quepa
duda: es que el hígado se te ha vuelto hacia abajo. ¿Tomaste esa
medicina? Á ver, muchachos, digan la verdad ¿tomó Jorge su medicina?
--¡Oh! en cuanto á eso, sí señor, de veras que sí, respondió Morgan.
--La cosa es que, desde que me he convertido en médico de rebeldes, ó
diré mejor, en médico de cárcel, continuó el Doctor en el tono más
afable, vengo considerando como un puesto de honor para mí el no perder
ni un solo hombre para nuestro Rey Jorge (Q. D. G.) y para la horca.
Los malvados aquellos se miraron unos á otros, pero no hicieron más que
tragar la píldora en silencio.
--Dick no está hoy muy bien, señor, dijo uno.
--¿Esas tenemos? Á ver, ven acá, Dick, llamó el Doctor. Enséñame esa
lengua. No, no me sorprende que se sienta mal: esta lengua de por sí
bastaría para espantar á una armada francesa. ¡Otra malaria tenemos!
--¡Ah! dijo Morgan, eso resulta de andar profanando Biblias.
--Eso resulta de ser, como tú dices, unos asnos monteses, replicó el
Doctor; ó para hablarte más claro, de no saber distinguir un aire
viciado y ponzoñoso, de un aire sano y vivificador, ni un pantano
inmundo y envenenado de una tierra alta y seca. Me parece lo más
probable (sin que pase esto de una opinión, por supuesto) que todos Vds.
sin excepción van á tener que pagar el duro tributo de la fiebre antes
de que logremos arrojar de sus cuerpos los gérmenes de la malaria que
absorbieron por todos los poros. ¡Acampar en un marjal!... Silver, me
sorprende verle á Vd. autorizar tal disparate. Vd. es mucho menos tonto
que todos estos juntos, pero no se me figura que tenga Vd. ni los más
pequeños rudimentos de higiene.
--Está bien, añadió después que ya hubo medicinado á todos, y cuando ya
cada uno había tomado su droga respectiva con una humildad infantil que
distaba mucho de denunciar á aquellos hombres como sanguinarios
rebeldes, y piratas. Está bien; por hoy ya no hay más que hacer. Y
ahora, desearía tener un rato de conversación con ese muchacho.
Y diciendo esto me señaló con un desdeñoso movimiento de cabeza.
Jorge Merry estaba en la puerta escupiendo alguna medicina poco
agradable, pero apenas el Doctor dijo sus últimas palabras, se volvió
con un movimiento brusco y casi bramó así:
¡No! ¡por cien mil diablos!
Silver golpeó sobre la barrica con su mano abierta y rugió estas dos
palabras, tomando el aspecto de un verdadero león.
--¡Silencio tú!
Y luego en su melifluo tono habitual prosiguió:
--Doctor, ya estaba yo pensando en ello, sabiendo lo mucho que siempre
ha querido Vd. á este chiquillo. Todos nosotros le estamos á Vd.
inmensamente agradecidos por su amabilidad y, como Vd. lo ve, ponemos la
más gran fe en Vd. y tomamos sus drogas como empinaríamos un jarro de
-grog-. Creo pues, que he encontrado un medio que lo concilia todo.
Hawkins, ¿quieres darme tu palabra de honor, como caballero, puesto que
lo eres, aunque jovencito y pobre de nacimiento, de que no nos jugarás
una mala pasada?
--Cuente Vd. con mi palabra, le contesté sin vacilar.
--Pues entonces, Doctor, añadió Silver, no tiene Vd. que hacer más sino
salir afuera del recinto de la estacada, y una vez allí, yo
personalmente llevaré abajo á Jim para que, él de este lado y Vd. del
otro, puedan conversar á través de los grandes claros de los postes. Que
Vd. lo pase muy bien, Doctor, y presente mis más humildes respetos al
Caballero y al Capitán Smollet.
La explosión de descontento, mal reprimida por las miradas terribles de
Silver, se produjo no bien el Doctor salió del reducto. Silver fué
rotundamente acusado de jugar doble; de intentar una reconciliación
especial para sí; de sacrificar los intereses de sus cómplices y
víctimas y, en una palabra, de hacer precisamente lo mismo que en
realidad estaba haciendo. Me parecía aquello, á la verdad, tan claro,
que no me era posible imaginar como podría él desarmar su furia. Pero lo
cierto es que él solo valía doble, como hombre, que todos aquellos
juntos, y que su triunfo de la víspera le había asegurado una sólida
preponderancia sobre el ánimo de cada cual. Díjoles muy formalmente la
mayor sarta imaginable de sandeces y tonterías, para convencerlos;
añadió que era preciso de todo punto que hablase yo con el Doctor; les
paseó una vez más la carta por delante de los ojos y concluyó por
preguntarles si alguno se atrevía decididamente á romper los tratados el
día mismo en que se les permitía ponerse ya en busca del tesoro.
--¡No! ¡por el infierno!, exclamó. Nosotros somos los que debemos romper
el tratado, pero hasta su debido tiempo. Entre tanto yo he de mimar y
embaucar á ese Doctor, aun cuando me viera obligado á limpiarle sus
botas personalmente.
Dicho esto les ordenó que arreglasen el fuego y se lanzó afuera, sobre
su muleta y apoyando una de sus manos sobre mi hombro, dejándolos
desconcertados y silenciosos; pero más embotados por su palabrería que
convencidos con sus razones.
--¡Despacio!, chico, ¡despacio!, díjome moderando la rapidez de mi
marcha. Podríamos hacerlos caer sobre nosotros en un abrir y cerrar de
ojos, si viesen que nos apresurábamos demasiado.
Ya entonces deteniéndonos con toda deliberación nos adelantamos á
través de la arena basta el punto en que, habiendo ya cumplido la
condición, el Doctor esperaba al otro lado de la empalizada.
--Vd. tomará nota de lo que hago en este momento, Doctor, dijo Silver en
cuanto que llegamos á distancia de poder hablar. Además Jim le contará á
Vd. cómo he salvado anoche su vida, y cómo fuí depuesto por sola esa
razón, no lo olvide Vd. Doctor, cuando un hombre hace cuanto está en su
poder por dar á su embarcación el rumbo cierto, como yo lo hago; cuando
con sus postreros esfuerzos trata aún de jugar al hoyuelo, ¿cree Vd. que
será mucho conceder á semejante hombre el decirle una palabra de
esperanza? Vd. no debe perder de vista que ahora no se trata ya
simplemente de mi vida, sino de la de este muchacho, que está
comprometida en nuestro trato; así, pues, hábleme Vd. claro, Doctor y
déme siquiera un rayo de esa esperanza que solicito, para seguir en mi
obra; hágalo Vd. por favor.
Silver era, en aquel momento, un hombre totalmente diverso del que
parecía antes de volver la espalda á sus amigos. Allí estaba ahora, con
la voz trémula, con las mejillas caídas, y con toda la apariencia de una
persona muerta positivamente.
--¿Qué es eso, John?, díjole el Doctor. ¡Me figuro que no tiene Vd.
miedo!
--Doctor, replicó él. Yo no tengo de cobarde ni tanto así. Si lo fuera
no lo confesaría. Pero es el caso que creo ya sentir los horrendos
estremecimientos del patíbulo. Vd. es un hombre bueno y leal; yo nunca
ví sujeto mejor que Vd. Así, pues, lo que deseo es que Vd. no se olvide
de lo bueno que yo haya hecho y procure olvidar lo malo. Con esto, me
hago ya á un lado, vea Vd., aquí, para dejarlos á Vds. hablar á solas. Y
quiero que añada Vd. esto más á mi favor también, pues estamos pasando
por una situación más que espinosa.
Diciendo esto se retiró un poco hacia atrás hasta colocarse donde no
pudiera oirnos, y allí tomó asiento en el tronco de uno de los abetos
cortados y comenzó á silbar, girando en torno de su asiento una y otra
con el objeto de vigilar tanto á mí y al Doctor, como á sus
insubordinados secuaces de allá arriba que se ocupaban en ir de aquí
para allá en la arena arreglando el fuego y yendo y viniendo á la cabaña
de la cual sacaban tocino y pan para confeccionar su almuerzo.
--Conque sí, amiguito, díjome el Doctor en un tono triste, por fin ya
estás aquí, ¿eh? Lo que has sembrado eso es lo que cosechas, muchacho.
Bien sabe Dios que no me siento con la energía necesaria para reñirte en
regla, pero no omitiré decirte esto, ya sea que te parezca suave ó duro:
cuando el Capitán Smollet estaba bueno y sano jamás te atreviste á
salirte, pero en cuanto que lo viste herido y que nada podía impedírtelo
¡por San Jorge! entonces te aprovechaste al punto. ¡Mira tú si conducta
semejante no era ruin y cobarde!
Debo confesar que al oir esto me eché á llorar sin poderme contener. En
cuanto pude hablar, dije:
--Doctor, Vd. puede disculparme; demasiados reproches me he hecho yo
mismo; pero, como quiera que sea, mi vida está perdida, y ya hubiera yo
muerto á la hora de esta á no ser porque Silver ha estado de mi parte,
y--créame Vd. Doctor--yo puedo muy bien morir y aun me atrevo á decir
que lo merezco, pero, francamente, la idea de ser torturado me
aterroriza. Si, pues, llega el caso de que me den tormento...
--Jim, me interrumpió el Doctor, en una voz bastante cambiada ya; Jim,
no puedo consentir en semejante idea. ¡Salta al punto este cercado y
correremos hasta ponernos en salvo!
--Doctor, le dije, tengo empeñada mi palabra.
--Ya lo sé, ya lo sé, me replicó. No podemos evitar el faltar á ella,
Jim. Yo asumo la responsabilidad del acto; toda sobre mí, hijo mío.
Vergüenza ó castigo, yo me comprometo á sufrir lo que venga. Pero es
imposible dejarte aquí. ¡Vamos! date prisa... ¡brinca! de un solo salto
ya estarás al otro lado y te aseguro que correremos como antílopes.
--¡No!, le contesté. Vd. comprende bien que Vd. mismo sería incapaz de
hacer lo que me aconseja; y como Vd., no lo harían ni el Caballero, ni
el Capitán... Pues ni yo tampoco. Silver ha confiado en mí. Me ha dejado
sin más lazo que la garantía de mi palabra... tengo, pues, que volver y
volveré. Pero Vd. no me ha dejado terminar: si se llega el caso de que
me den tormento, decía yo, podría suceder que se me escapara alguna
confesión acerca del punto donde la goleta está ahora, puesto que yo he
logrado capturarla, en parte por mi buena suerte y en parte
arriesgándome un poco. -La Española-, Doctor, está en estos momentos en
la Bahía Norte, hacia su playa meridional, precisamente abajo de la
marca de la pleamar. Á media marea debe encontrársela alta y en seco.
--¡La goleta!, exclamó asombrado el Doctor.
Brevemente le referí mis aventuras de mar que él escuchó en silencio.
--Hay en esto una especie de hado misterioso, díjome cuando hube
concluido. Á cada paso eres tú el destinado á salvar nuestras vidas. ¿Y
puedes suponer, por tanto, que vamos á dejarte aquí á una perdición
segura? Sería eso una gratitud de muy mala calidad, amigo Jim. Tú
descubriste la conspiración; tú encontraste á Ben Gunn, hazaña la más
notable que en tu vida has hecho y que harás aun cuando vivas más que
Matusalém. ¡Oh! ¡por el cielo! y hablando de Ben Gunn, este es el daño
personificado. ¡Silver!, gritó; ¡Silver!...
Y cuando el cocinero estuvo bastante cerca para poder oirlo, prosiguió.
--No tengan Vds. ninguna prisa respecto de este tesoro: es consejo que
me permito dar á Vd.
--Puede Vd. creer, señor, contestó John, que hago todo cuanto está en mi
mano para hacer tiempo. Pero tenga Vd. entendido que de emprender la
descubierta del tal tesoro dependen mi vida y la de este muchacho; no
hay que olvidarlo.
--En hora buena, Silver, replicó el Doctor. Si ello es así, daré todavía
un paso más en mis advertencias: cuidado con un chubasco posible, cuando
se encuentre.
--Doctor, dijo Silver, como de hombre á hombre debo decir á Vd. que sus
palabras ó me dicen demasiado, ó bien poco. ¿Qué es lo que Vds.
persiguen; por qué dejaron este reducto; por qué me dieron la carta;
todo eso lo ignoro, ¿no es verdad? Y sin embargo, ya ve Vd. que sigo sus
instrucciones á ojos cerrados sin haber recibido ni una sola palabra de
esperanza. Pues bien, esto último es ya demasiado. Si no quiere Vd.
decirme claramente qué es lo que Vd. quiere darme á entender,
decláremelo así sin rodeos y le ofrezco á Vd. que al punto suelto el
timón.
--No, contestó el Doctor. No tengo derecho de decir nada más: no es un
secreto mío, Silver; que si lo fuera, le empeño á Vd. mi palabra de que
lo diría. Sin embargo, me avanzo, en bien suyo, hasta donde creo que
puedo atreverme, y un paso más todavía; porque me parece que el Capitán
va á ajustarme la peluca si no me equivoco. Pero no importa: por primera
vez, Silver, le doy á Vd. alguna esperanza; si ambos salimos vivos de
esta lobera, le ofrezco á Vd. que, menos perjurar, haré cuanto esté en
mi mano por salvarle.
La fisonomía de Silver radió con una expresión brillante.
--Si fuera Vd. mi madre, exclamó aquel hombre, no podría Vd. decir nada
que me consolara más; estoy seguro.
--¡Bien!, esa es mi primera concesión, añadió el Doctor. La segunda es
algo como un nuevo consejo: guarde Vd. á este muchacho muy cerca de sí,
y si necesitare Vd. ayuda, no haga más que gritar. Yo voy á asegurársela
á Vd., y eso mismo le probará que yo no hablo á la ventura. Adiós, Jim.
Diciendo esto, el Doctor Livesey me apretó la mano, al través de los mal
unidos postes, hizo una inclinación á Silver y se alejó á paso vigoroso
perdiéndose luego entre la arboleda.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XXXI
EN BUSCA DEL TESORO--EL DIRECTORIO DE FLINT
--Jim, díjome Silver en cuanto que estuvimos solos: si yo salvé tu vida,
tú has salvado también la mía y te ofrezco no olvidarlo. Ya noté al
Doctor urgiéndote para que te fugases; lo he visto de reojo, sí señor, y
he visto que tú no has querido; lo he visto tan claro como si lo hubiera
oído. Jim, esto debo abonártelo en cuenta. Desde que el primer ataque
falló, este es el primer rayo de esperanza que me llega, y ese lo debo á
tí. Ahora, bien, es ya tiempo de que nos pongamos en marcha en busca de
ese tesoro, llevando pliegos cerrados, como quien dice; lo cual no es de
mi gusto; pero sea como fuere, tú y yo debemos mantenernos siempre
juntos, casi espalda con espalda, y yo te aseguro que salvaremos
nuestros pescuezos, á despecho del hado y de la fortuna.
En aquel mismo instante un hombre nos dió voces desde arriba gritando
que el almuerzo estaba listo; por lo cual, sin más deliberaciones,
llegamos cerca de la hoguera y nos sentamos todos aquí y allá, sobre la
arena, haciendo los honores al bizcocho y al tocino frito.
Habían encendido los piratas una hoguera capaz de asar un buey entero y
verdadero; y esa hoguera se había puesto tan ardiente que no era
posible acercársele, sino por el lado que soplaba el viento, y eso con
bastantes precauciones. Con el mismo espíritu de desperdicio, á lo que
supongo, habían cocinado una cantidad de carne, por lo menos, tres veces
mayor de la que necesitábamos y podíamos comer, por lo cual uno de
ellos, con una estúpida risotada arrojó á la hoguera todo cuanto quedó
sobrante, atizándose en gran manera el fuego con este nuevo pábulo.
Nunca en mi vida he visto hombres más descuidados del mañana; "mano á la
boca" es lo único que puede describir su manera de ser y obrar. Con
desperdicio de víveres y centinelas que se dormían, podían aquellos
hombres estar buenos, quizás, para una escaramuza de momento y salir con
bien en ella, pero era evidente que no servían en manera alguna para
algo que se pareciese á una campaña prolongada.
El mismo Silver corriendo con su -Capitán Flint- posado en su hombro, no
tenía una sola palabra de reproche para su falta de previsión y de
cuidado. Y esto me sorprendió tanto más cuanto que me parecía que aquel
hombre jamás se había mostrado tan astuto y marrullero como aquel día.
--¡Ah!, camarada, dijo: deben Vds. tenerse por muy felices con tener por
Capitán á este Barbacoa para que piense en vez de Vds. con esta cabeza
que Dios le ha dado. Ya he dado con lo que quería, prosiguió. Esas
gentes tienen el buque ¿en dónde? aún no lo descubro; pero una vez que
demos con la hucha, ya sabremos descubrirlo. Además, muchachos, nosotros
tenemos los botes, es decir, les llevamos la ventaja.
Sobre este tema continuó disertando, sin esperar á que su boca
estuviese libre de los tremendos bocados de tocino que se llevaba á
ella. Esto sirvió para restablecer la esperanza y la fe de los piratas;
pero yo en cambio tornándome desconfiado, sentí rebajarse mucho las que
había cobrado, poco rato hacía.
--En cuanto á nuestro huésped, continuó, me parece que no volverá á
tener otra conversación con aquellos á quienes tanto quiere. Ya he
recibido mis pocas de noticias y gracias le sean dadas por ello; pero
eso ya está hecho y pasado. Por ahora me lo llevo entre filas mientras
dura nuestra busca del tesoro, pues creo que el guardarlo con nosotros
es tanto como guardar oro molido, por "lo que pudiera suceder" ¿no es
verdad? Pero una vez que tengamos el dinero y el navío--las dos cosas--y
nos demos á la mar como buenos camaradas, entonces ¡qué! nos
despediremos del Sr. Hawkins, sí señor, y le daremos su parte, sin que
quepa la menor duda, agradeciéndole todos sus servicios y amabilidades
para con sus amigos.
No era de sorprender que aquellos hombres estuvieran de buen humor; mas
por lo que hace á mí me sentía terriblemente descorazonado. Me parecía
que en el caso de que el proyecto que acababa de bosquejar pareciese
factible; Silver, doblemente traidor, no vacilaría ciertamente en
adoptarlo. En aquellos momentos tenía todavía un pie en cada campamento,
pero no era de dudarse que preferiría la riqueza y la libertad, con los
piratas, á la débil probabilidad de escapar al verdugo, lo cual era lo
más que le esperaba de nuestro lado.
Pero aun suponiendo que los sucesos se presentaran de tal manera que
aquel hombre se viese constreñido á guardar la fe del pacto con el
Doctor Livesey; aun suponiendo esto, ¡qué peligro tan terrible no
teníamos en frente! ¡qué momento tan crítico aquel en que las sospechas
de sus secuaces y cómplices se trocaran en perfecta realidad! ¡qué lucha
tan á muerte y tan desigual, la de cinco marineros vigorosos, ágiles y
decididos, contra un viejo inválido y un débil niño!
Añádase á esta doble preocupación el misterio que aun envolvería, á mis
ojos, la conducta de mis compañeros; su inexplicable abandono de la
estacada; su no menos extraña cesión del mapa de Flint, ó, lo que
todavía era para mí más incomprensible, aquella última prevención del
Doctor á Silver: "Cuidado con un chubasco posible cuando se encuentre."
Añádase todo esto y se comprenderá sin dificultad qué poco sabor pude
tomar á mi almuerzo y con qué poca tranquilidad me puse en marcha detrás
de mis capturadores, en busca del dichoso tesoro.
Nuestro aspecto era bien curioso y hubiera divertido á cualquiera que
hubiese podido vernos: todos con trajes de marino perfectamente sucios,
y todos, excepto yo, armados hasta los dientes. Silver llevaba dos
fusiles colgados, uno sobre el pecho y el otro á la espalda, ambos en
bandolera; al cinto llevaba ceñida su gran cuchilla y en cada bolsa de
su saco una pistola. Para completar esta extraña figura -Capitán Flint-
iba posado sobre su hombro chapurreando toda clase de tonteras y frases
incoherentes de charlas marinas. Yo marchaba atado á la cintura por una
cuerda cuyo extremo llevaba el cocinero á ratos con su mano desocupada,
á ratos sujeta con su poderosa dentadura; no me quedaba más recurso que
seguirle humildemente, pero lo cierto es que parecía yo un oso de
feria.
[Illustration: EN BUSCA DEL TESORO.
"... todos, excepto yo, armados hasta los dientes."]
Los restantes iban diversamente cargados: unos, con picos, palas y
azadones, que habían cuidado de sacar de -La Española- desde el primer
momento; y otros con víveres para la comida de medio día. Todas las
provisiones eran las mismas nuestras; lo que probó que Silver había
dicho la verdad la noche anterior. Si el Doctor y él no hubiesen
concluído un verdadero convenio, tanto él como sus secuaces se verían
precisados á subsistir con agua clara y con el producto de sus cacerías.
El agua habría sido bien poca cosa para su paladar y, por lo que hace á
la caza, un marinero no es precisamente lo que se llama un buen tirador;
á lo cual hay que añadir que es muy probable que si andaban escasos de
provisiones no debían estar más bien provistos de pólvora y municiones.
Ahora bien; así dispuestos y equipados nos pusimos en camino, sin
exceptuar ni el sujeto de la cabeza rota, el cual, por lo visto, debería
haber quedádose á la sombra. Uno tras de otro fuimos hasta la playa en
que los botes estaban amarrados. En ellos notábanse también las huellas
de las brutales borracheras de los piratas; uno tenía un travesaño roto
y ambos estaban positivamente asquerosos con lodo y toda clase de
inmundicias. Por vía de precaución se tomaron ambos esquifes,
dividiéndose la banda en ellos, y ya embarcados en esa disposición nos
pusimos en movimiento hacia el centro del ancladero.
Al ponernos en movimiento no dejó de suscitarse alguna discusión acerca
del mapa. Por de contado la cruz roja era demasiado grande para que por
sí sola pudiera servirnos de guía, y los términos en que estaba
concebida la nota á espaldas del pergamino no dejaban de contener alguna
ambigüedad. Como se recordará, decían así:
"Árbol elevado en el declive del 'Vigía' en dirección de Norte á
Nor-Nordeste.
"Islote del Esqueleto, Este Sudeste, cuarta al Este.
"Diez pies."
Un árbol elevado era la seña principal. Ahora bien; precisamente frente
á nosotros, el ancladero estaba ceñido por una meseta de dos á
trescientos pies de elevación, juntándose hacia el Norte con la
pendiente Sur de "El Vigía" y alejándose otra vez, en dirección Sur,
hacia la eminencia abrupta y rocallosa designada con el nombre de Cerro
de Mesana. Toda la cima del declive estaba espesamente arbolada con
pinos de diversas alturas. Aquí y allá, alguno, de especie diferente, se
alzaba cuarenta ó cincuenta pies sobre las cumbres de los que lo
rodeaban... ¿cuál de estos era, entonces, el que estaba especialmente
designado por el Capitán Flint con el nombre de "árbol elevado?" Esto no
podía decidirse sino sobre el sitio mismo con las indicaciones precisas
de la brújula.
Pero aunque esto último era palmario, cada uno de los que tripulaban los
botes eligió su árbol favorito, antes de que estuviéramos á medio
camino, y sólo John Silver permanecía encogiéndose de hombros y diciendo
á sus gentes que se esperasen hasta estar en tierra.
Remamos sin hacer grandes esfuerzos, conforme á las instrucciones de
Silver, para no cansarnos prematuramente, y después de una travesía, no
muy corta por cierto, desembarcamos cerca de la boca del segundo
riachuelo, el que corre, tierra abajo, por una de las más arboladas
cuencas del "Vigía." Una vez desembarcados, volvimos nuestros pasos
sobre la izquierda y comenzamos á ascender el declive del terreno hacia
la meseta superior.
Al principio, un terreno pesado y cenagoso y una tupida vegetación de
marjal demoraron en gran manera nuestra marcha; pero poco á poco la loma
se iba escarpando un poco, ofreciéndonos ya camino un tanto pedregoso,
al par que la vegetación aparecía con otro carácter muy diverso,
presentando sus árboles en una disposición más abierta y ordenada.
Positivamente la parte de la isla en que íbamos entrando era la más
grata de toda ella. Finas retamas de un aroma delicioso y arbustillos
vestidos de flores habían ocupado casi enteramente el lugar del césped.
Pequeños boscajes de verdegueantes mimosas se apretaban aquí y allá
entre las erguidas columnas de los pinaletes y bajo su sombra
protectora, mezclando todos aquellos vegetales y flores sus esencias y
sus perfumes en un solo perfume que embriagaba los sentidos. La brisa,
además, era fresca y regeneradora, lo cual, bajo los destellos
clarísimos del sol, refrigeraba y tonificaba asombrosamente todos
nuestros sentidos.
Los expedicionarios se desparramaron en forma de abanico, gritando y
saltando como chicuelos. Hacia el centro y bastante atrás del cuerpo de
expedicionarios, seguíamos Silver y yo; él tropezando á cada paso en las
resbaladizas piedras, y yo, tras él, tirado por la cuerda á que me he
referido. Empero, de cuando en cuando me veía precisado á sostenerle,
porque, de lo contrario, hubiera perdido el pie y caído de espaldas,
loma abajo. De esta manera habíamos avanzado como por una media milla y
ya casi tocábamos al borde de la meseta cuando el hombre que caminaba
más alejado hacia nuestra izquierda comenzó á gritar con todas sus
fuerzas, con un marcado acento de terror. Una vez y otra y otra llamaba
á sus compañeros; ya éstos comenzaban á correr hacia él.
--Se me figura que no ha de haber encontrado la hucha, dijo el viejo
Morgan pasando del lado derecho junto á nosotros en dirección del que
gritaba. Esta es una cumbre muy pelada para haber hecho tal
descubrimiento.
Y en verdad que, cuando Silver y yo llegamos al sitio aquel, nos
encontramos con que era algo totalmente distinto. Al pie de un pino
bastante alto y medio envuelto en las espirales de una verde trepadora,
estaba un esqueleto humano, y á su lado, en el suelo, uno que otro
andrajo de vestido. La exuberancia de la enredadera había ya cubierto
algunos de los miembros de aquella osamenta. Me parece que un calofrío
involuntario se apoderó de todos nosotros, llegándonos hasta el corazón
en aquel momento.
--Este era un marinero, dijo Jorge Merry que más atrevido que los otros
se había acercado y examinaba los andrajos esparcidos por el suelo. Por
lo menos, esto no es más que un buen paño marino.
--¡Por vida mía!, dijo Silver, ¡me gusta el descubrimiento! ¿Acaso
podríamos esperar encontrarnos aquí el cuerpo de un arzobispo? Pero ¿qué
especie de postura es esa para un cadáver? Me parece muy poco ó nada
natural, ¿no creen Vds.?
Y ciertamente una segunda ojeada nos convenció de la inverosimilitud de
aquella postura extraordinaria. Por quién sabe qué causas, tal vez por
la obra de los pájaros que habían comido sus carnes, tal vez por la
acción de crecimiento de la enredadera, el hecho es que el hombre aquel
yacía perfectamente recto con sus pies apuntando en una dirección, y sus
manos tendidos paralelamente sobre su cabeza, señalando rígidamente en
dirección opuesta.
--Me acaba de entrar una idea en la vieja calavera, dijo Silver
chocarreramente. Aquí está la brújula; allí se ve la cima principal del
Islote del Esqueleto sobresaliendo como un gran colmillo: sigan Vds. la
dirección marcada por los huesos y tomen una visual hacia aquella punta.
Hízose como lo ordenó Silver. Las manos del esqueleto apuntaban
directamente hacia el Islote y la brújula marcó, con toda claridad: Este
Sudeste, cuarta al Este.
--Bien me lo figuré, exclamó el cocinero; este sujeto es un directorio.
Pues allí derecho tenemos la línea que nos guía hacia la estrella polar
y las benditas talegas. Pero lléveme el diablo si no me da calofrío el
pensar en el amigo Flint. Esta es una de las bromas que él usaba, no
cabe duda. Él y sus seis marineros vinieron solos hasta aquí: los seis
murieron á sus manos, sabe el demonio de qué manera, y á este le cupo en
suerte ser colocado aquí, de apuntador, con todas las medidas náuticas
muy bien tomadas, ¡voto al infierno! Esos huesos son muy largos y el
cabello parece haber sido amarillo. De seguro que este era Allan... ¿te
acuerdas de Allan, Tom Morgan?
--¡Vaya si me acuerdo!, contestó Morgan. Por cierto que me debía algunas
guineas que le presté, sí señor; y, además, se trajo consigo mi cuchilla
cuando bajó á tierra.
--Y á propósito de cuchilla, dijo otro, ¿por qué no encontramos la de
Allan, por aquí cerca de él, ni su dinero? El Capitán Flint no era
hombre que se entretuviera en recoger la bolsa de un marinero, y en
cuanto á los pájaros no me parece que excitara su codicia semejante
hallazgo.
--¡Por mi patrón Satanás!, exclamó Silver. Eso me parece muy racional.
--Pues no hay por todo esto ni trazas de cosa alguna, dijo Merry, que
registraba todavía en todo el derredor de la osamenta; ni un pobre
penique de cobre, ni nada parecido. Pues esto sí que no es natural.
--¡No, por vida mía!, agregó Silver; ni natural ni tranquilizador, ni
agradable en manera alguna. ¡Mil carronadas!, compañeros... la verdad es
que si Flint estuviera aún vivo, ya tendríamos aquí cuentas largas que
entregar. Seis eran los que le acompañaron; seis somos nosotros, y de
aquéllos, ya lo hemos visto, no quedan más que las osamentas.
--Yo lo ví muerto con estos ojos que se ha de comer la tierra, dijo
Morgan. Billy Bones me llevó á verlo. Tendido estaba allí con un penique
de cobre sobre cada ojo.
--¡Muerto, sí!, ya lo creo, y sepultado en los infiernos, dijo el herido
de la cabeza. Pero yo creo, de veras, que si alguna vez hubo ánima en
pena, ¡esa ha de ser el alma condenada de Flint! ¡Cáspita! ¡pues vaya si
tuvo una mala y horrible muerte aquel hombre!
--En cuanto á eso, ni quien lo dude, observó un tercero. En su agonía,
ya blasfemaba como un condenado, ya deliraba con el rom, ya prorrumpía
con una voz hueca como si saliera de la sepultura, en su canción eterna:
"-¡Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto!-"
Dijérase que no sabía otra canción más que esa y, la verdad, camaradas,
desde entonces no es mucho lo que me divierte esa canturria. Hacía un
calor horrible; la ventana del agonizante estaba abierta y yo podía oir
clara, cada vez más clara, la lúgubre tonada que el hombre dejaba
escapar, interrumpida por el hipo de la muerte, y ya con las sombras del
cadáver sobre el rostro...
¡Vamos, vamos!, dijo Silver, ¿quieres dejar semejante conversación?
Muerto está el hombre, muy bien muerto, y los que se mueren no vuelven,
que yo sepa; ó si vuelven no pasean de día; á lo menos, estemos seguros.
Se acabó el cuento: "¡entro por un caño dorado y salgo por otro, y
basta!" ¡Adelante! ¡adelante que la hucha nos espera!
Diciendo y haciendo, partimos otra vez. Pero á despecho del ardiente sol
y de la deslumbradora claridad, los piratas ya no marcharon separados,
corriendo y gritando por la espesura, sino todos juntos, apretados unos
contra otros y hablando con la respiración agitada. El terror del
filibustero difunto había caído como una sombra densa sobre sus
espíritus.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XXXII
LA VOZ DEL ALMA EN PENA
En parte por la influencia aterrorizadora de aquella alarma y en parte
para que descansaran Silver y sus compañeros enfermos, todos los
expedicionarios tomaron asiento en cuanto que hubimos ganado
definitivamente el borde superior de la meseta. Estando ésta un poco
empinada hacia el Oeste, el lugar en que nos habíamos detenido nos
descubría un ancho panorama á un lado y otro. Frente á nosotros, sobre
las cumbres de los árboles mirábamos el Cabo de la Selva con su inmensa
franja de espumantes ondas. Detrás no solamente dominábamos el ancladero
y el Islote del Esqueleto, sino que podíamos divisar por sobre la punta
arenosa en que está la -Peña blanca-, y por encima de las tierras bajas,
una gran extensión de mar abierto hacia el Oriente. Por cima de nosotros
se destacaba el "Vigía," ya matizado á trechos por pinos aislados, ya
negreando con profundos barrancos y desfiladeros. Ningún ruido llegaba
hasta allí, á no ser el monótono golpear de las rompientes lejanas
subiendo en oleadas de rumor incesante hasta nuestros oídos, y el
zumbido de insectos incontables bullendo en la espesura. Ni un hombre,
ni una vela en el océano: lo inmenso de aquel vasto panorama parecía
aumentar su triste soledad.
En cuanto que Silver se hubo sentado hizo ciertos cálculos con la
brújula.
--Hay tres "árboles elevados" dijo, hacia la dirección de la línea
marcada rectamente del Islote del Esqueleto. "La vertiente del Vigía,"
ya lo entiendo; esto significa aquel punto en declive hacia allá. Pues
ahora es ya un juego de niños el encontrar la hucha. Me parece, sin
embargo, que haríamos bien en comer primeramente.
--No me siento muy filoso, murmuró Morgan. Este pensamiento de Flint me
ha quitado el apetito. ¡Ah! si Flint estuviera vivo, yo podría darme ya
por muerto.
--Ah, vamos, hijo mío, dijo Silver; dale gracias á tu buena suerte.
Flint no tiene nada que hacer ya en este mundo.
--Era un diablo bien horroroso el tal Flint, exclamó el tercer pirata.
¡Con aquella eterna cara de murria!
--Fué el rom el que le produjo aquel tinte azulado y aquella expresión
de esplín; aunque "murria" como tú dices, me supongo que es una mejor
palabra.
Desde que habíamos descubierto el esqueleto de Allan y dado margen con
él á esta clase de pensamientos, la voz de los piratas había ido
bajando, bajando, hasta que, en aquel punto, ya no era casi más que un
ligero murmullo cuyo sonido escasamente podría decirse que interrumpiese
el silencio misterioso de la selva.
De repente, como del medio de los árboles que había frente á nosotros,
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