--¡Ah!, exclamó otra voz, que luego conocí por la del más joven de los
de la tripulación, y que expresaba la admiración más completa; ¡ah!
¡Flint sí que era la flor de toda esa banda!
--Davis también era todo un hombre cabal, no lo dudes, dijo Silver; yo
nunca navegué con él, sin embargo. Mi historia es esta: primero con
England, luego con Flint y ahora por mi cuenta... ¡vamos al decir! Yo
pude ahorrar novecientas libras durante mi servicio con England y dos
mil con Flint. Ya ves tú que eso no es poco para un simple marinero. Y
todo eso bien guardadito en el banco, muy guardado, no te quepa duda, ¿Y
qué se ha hecho hoy de los hombres de England? ¡No sé! ¿Y de los de
Flint? En cuanto á esos, la mayor parte están aquí, á bordo, con
nosotros. Al viejo Pew que había perdido la vista le tocaron mil
doscientas libras que--vergüenza da decirlo--gastó completamente en un
año, como puede hacerlo un Lord del Parlamento. ¿En dónde está ahora?
Muerto, bien muerto y bajo escotillas. Pero, dos años antes de morir...
¿qué hizo? ¡mil tempestades! ladrar de hambre como un perro; pedir
limosna, mendigar, robar, degollar gentes y con todo eso morirse de
hambre y de miseria... ¡voto al demonio!
--Voy creyendo que no sirve, pues, de mucho la carrera, observó el joven
catecúmeno de Silver.
--No le sirve de mucho á los manirrotos y locos; por supuesto que no,
replicó Silver. Pero en cuanto á tí, mira; tú eres un chicuelo todavía,
pero vivo como un zancudo. Yo te lo conocí en cuanto te puse el ojo
encima, y ya ves que te hablo como á un hombre hecho.
Se comprenderá sin esfuerzo lo que sentí al oir á este viejo y
abominable bribón dirigiendo á otro las mismísimas palabras aduladoras
que había usado para conmigo. Créaseme que si hubiera podido, con todo
mi corazón lo habría anonadado á través de mi barril. Pero él prosiguió,
entre tanto, muy ajeno de que alguien le estaba escuchando:
--Mira tú lo que sucede con los -caballeros de la fortuna-. Se pasan una
vida dura y están siempre arriesgando el pescuezo, pero comen y beben
como canónigos y abades, y cuando han llevado á cabo una buena
expedición, ¡cá! entonces... entonces los ves ponerse en las
faltriqueras miles de libras, en vez de puñaditos de miserables
peniques. Ahora, los más de ellos lo botan en orgías y francachelas,
también eso es cierto, y luego los ves volviendo al mar, en camisa, como
quien dice. Pero á fe que yo no he ido por semejante vereda. ¡No, que
no! Yo he puesto todo muy bien asegurado, un poquito aquí, otro poco
acullá, y en ninguna parte mucho para no excitar sospechas inútiles y
peligrosas. Ya tengo cincuenta años, fíjate bien, y una vez de vuelta de
esta expedición me establezco como un perezoso rentista. -Ya es tiempo
de ello-, me parece que replicas. ¡Ah, sí! pero puedo asegurarte que
entre tanto he vivido con desahogo. Jamás me he privado de nada que me
haya pedido el cuerpo; sueños largos, comidas apetitosas, y todo esto,
día por día, excepto cuando viajo por el agua salada, ¿Y cómo comencé?
Pues ni más ni menos que como tú ahora, de puro y simple marinero.
--Bueno, replicó el joven; pero lo que es ahora, todo ese otro dinero es
como si ya no existiera, ¿no es verdad? Porque á buen seguro que después
de esta expedición ¡vaya Vd. á dar la cara en Brístol!
--¡Bah! contestó Silver irónicamente. ¿Pues en dónde te figuras tú que
ese dinero estaba?
--Pues... en Brístol, es claro, en los bancos y á rédito; contestó su
interlocutor.
--Es verdad, allí estaba cuando levamos anclas; pero á la hora que es,
-mi mujer-... ya tú me entiendes... mi mujer lo tiene ya bien realizado,
y todo en su poder. La taberna del "Vigía" está ya vendida, ó arrendada,
ó regalada ó qué sé yo. Pero en cuanto á la muchacha, yo te aseguro que
ya ella ha salido de Brístol para reunírseme. Yo te diría de muy buena
gana en dónde va á esperarme, pero esto haría que nacieran celos entre
tus compañeros por mi preferencia, y no quiero celos aquí.
--¿Y tiene Vd. plena confianza en su... -mujer-, como Vd. la llama?,
preguntó el catecúmeno.
--Los -caballeros de la fortuna-, replicó el cocinero, generalmente
somos poco confiados entre nosotros mismos, y á fe que--puedes
creerlo--no nos falta razón para ello. Pero yo tengo unos modos míos muy
particulares; de veras que sí. Cuando un camarada es capaz de tenderme
una celada... quiero decir, uno que me conoce, ya puede estar seguro de
que no le será posible vivir en el mismo mundo que el viejo John. Había
algunos que le tenían miedo á Pew; otros que se aterrorizaban de Flint,
pero yo te digo que el mismo Flint no las tenía todas consigo tratándose
de mí, con ser quien era. Sí que me tenía miedo, y eso que estaba
orgulloso de mí, vamos al decir. Nunca ha habido sobre los mares una
tripulación más escabrosa que la de Flint, al extremo de que el diablo
mismo hubiera temido ir con ella á bordo. Pues, sin embargo, ya tú me
ves, no soy ningún finchado ni ningún fanfarrón, y sé hacer la compañía
con todos mis camaradas con tanta llaneza como si no fuera quien soy.
Pero cuando era yo contramaestre... ¡ah, diablo! entonces sí que no
podía decirse de ninguno de nuestra camada de viejos filibusteros que
fuese un -corderito-. ¡Ah! yo sé lo que te digo: puedes estar seguro de
tí mismo en este navío del viejo John.
--Está bien, replicó el mancebo; ahora le diré á Vd. que cuando vine
aquí no me gustaba el proyecto, ni -tanto así-; pero ahora que ya hemos
tenido esta explicación, John, ya sabe Vd. que cuentan conmigo, suceda
lo que suceda.
--Mucho que me alegro, porque tu eres un mocito de provecho, contestó
Silver sacudiendo la mano de su converso de la manera más cordial.
Puedes creer que no he visto en mi vida una apariencia mejor que la tuya
para ser uno de los -caballeros de fortuna-.
Al llegar aquí yo ya había comenzado á comprender que por -caballeros de
la fortuna- entendían aquellos hombres ni más ni menos que piratas
comunes y corrientes y que aquella pequeña escena que yo había oído, era
nada más que el último acto en la corrupción de uno de los hombres
honrados que iban á bordo, tal vez ya el último de ellos. No obstante,
pronto debía recibir algún consuelo sobre este particular como se verá
luego. Silver, en aquel momento dejó oir un ligero silbido y un tercer
personaje apareció muy pronto y vino á reunirse á aquel conciliábulo.
--Dick es hombre de pelo en pecho, dijo Silver al recién venido.
--¡Oh! eso ya me lo sabía yo, replicó una voz que reconocí al punto por
la del timonel Israel Hands. Este Dick no tiene un pelo de tonto. Pero
vamos allá, prosiguió; lo que yo quiero saber es esto, Barbacoa; ¿tanto
tiempo nos vamos todavía á quedar afuera en esta especie de maldito bote
vivandero? Yo digo que ya tengo bastante de Capitán Smollet, con mil
diablos; ya bastante me ha aburrido, y ya quiero poder instalarme en su
cámara; ya quiero sus -pickles-, ya quiero sus vinos, ya quiero todo
eso.
--Israel, le replicó Silver, tú has tenido ahora y siempre cabeza de
chorlito. Pero creo que te podrá entrar la razón, ¿no es esto? Abre,
pues, las orejas, que bien grandes las tienes para oirme lo que te voy á
decir ahora mismo: seguirás durmiendo á proa, y seguirás pasándola
penosamente y seguirás hablando con suavidad, y seguirás bebiendo con la
mayor mesura hasta que yo dé la voz, y entre tanto te conformarás con lo
que te digo.
--Está bien, yo no digo que no, gruñó el timonel. Lo único que yo digo
es esto: -¿cuándo?- ¡Eso es todo!
--¿Cuándo? ¡mil tempestades!, exclamó Silver. Con que cuándo, ¿eh? Pues
mira, puesto que lo quieres, voy á decirte cuando. Hasta el último
momento que me sea posible: ¡entonces! aquí traemos á un excelente
marino, á este Capitán Smollet, que viene dirigiendo en provecho nuestro
el bendito buque. Aquí traemos igualmente á ese Caballero y á ese Doctor
con su mapa y demás cosas que nos interesan y que ni yo ni Vds. sabemos
en dónde diablos las guardan. Enhorabuena; entonces tenemos que aguardar
que este Caballero y este Doctor encuentren la hucha y nos ayuden hasta
á ponerla á bordo del buque, con cien mil diantres. Entonces veremos. Si
yo estuviera bien seguro de Vds., hijos del demonio, dejaría al Capitán
Smollet que nos condujera de vuelta hasta medio camino, antes de dar el
golpe definitivo.
--¿Acaso no somos marinos todos los que estamos aquí á bordo? Yo creo
que sí, dijo el muchacho Dick.
--Quieres decir que entendemos la maniobra, ¿no es verdad?, prorrumpió
Silver. Nosotros podemos seguir una dirección dada, ¿pero quién puede
darnos esta? He ahí en lo que se dividen todas las opiniones de Vds.
desde el primero hasta el último. En cuanto á mí, si yo pudiera obrar
conforme á mi solo deseo, dejaría al Capitán Smollet que nos llevara
hasta última hora en nuestro regreso, para no exponernos á cálculos
erróneos y á andar luego á ración de agua por esos mares del diablo.
Pero yo se muy bien qué casta de bichos son Vds. y... no hay remedio,
acabaré con ellos en la isla, tan luego como nos hayan ayudado á poner
la hucha á bordo, lo cual es una lástima. ¡Que reviente yo en hora mala
si no es cosa que enfullina y disgusta el navegar con zopencos como
Vds.!
--Eso sí que es hablar por hablar, exclamó Israel. ¿Quién te da motivo
para enojarte, John?
--¡Hablar por hablar!, replicó exaltado Silver. ¿Pues cuántos navíos de
alto bordo te figuras tú que he visto al abordaje, y cuantos vigorosos
muchachos secándose al sol en la Plaza de los Ajusticiados y todo esto
solamente por esta maldita prisa? ¿Me oyes bien? Pues mira; yo he visto
una que otra cosa en el mar, puedes creerlo, y te digo que si Vds. se
limitaran á poner sus velas siguiendo el viento que sopla, llegarían,
sin duda, un día al punto de arrastrar carrozas, ¡por supuesto! ¡Ah!
¡pero no será así! Los conozco muy bien á Vds. Comenzarán por andar de
taberna en taberna, ahitos de rom, y mañana ú otro día ya irán por sus
pasos contados á hacerse ahorcar.
--Todos sabíamos bien que tú has sido siempre una especie de abad, John.
Pero hay otros que han podido maniobrar y gobernar tan bien como tú,
dijo Israel. Y sin embargo, á ellos les gustaba un poco el jaleo y la
diversión. Ellos no eran tan entonados ni tan severos, después de todo,
sino que entraban á la bromita, tomando su parte como camaradas alegres
y de buen humor.
--Es verdad, dice Silver, es muy verdad. Sólo que ¿en donde están esos á
la hora presente? Pew era de ese jaez y ha muerto de limosnero. Flint
era también así y murió de rom en Savannah. ¡Oh! muy alegres y muy
divertidos que eran, sí señor; pero lo repito, ¿en dónde están ahora?
--Todo eso está muy bien, interrumpió Dick, pero lo que yo pregunto es
esto: cuando demos el golpe y tengamos á nuestros hombres pie con mano,
¿qué vamos á hacer con ellos?
--Eso se llama hablar en plata, dijo Silver con un tono de gran
admiración. Este muchacho me gusta. ¡Al negocio y sólo al negocio! Está
bien; pero Vds. ¿qué opinan? ¿Los dejamos en tierra en esa isla desierta
como Robinsones? Eso sería lo que hubiera hecho England. ¿Ó los
degollamos sencillamente como á cerdos? Este hubiera sido el
procedimiento de Flint ó de Billy Bones.
--Billy era el hombre para estas cosas, dijo Israel. "Los muertos no
muerden," solía decir. El muy taimado ya sabe á qué atenerse sobre ese
punto, puesto que ya él mismo está debajo de tierra, pero si alguna vez
mano alguna fué dura é implacable, esa era sin duda la de Billy.
--Tienes razón, observó Silver, dura, pero pronta. Ahora bien,
entendámonos. Yo soy un hombre complaciente, casi un caballero, como
Vds. dicen; pero amigos míos, por hoy la cosa es seria. El deber es el
deber, y este antes que todo. He aquí cual es mi parecer: -matarlos-.
Cuando yo me haya convertido en un Lord, y ande tirado en carrozas, no
quiero que ninguno de estos tinterillos de primera cámara, se me pueda
aparecer un día, cuando menos lo espere, como el diablo á la hora del
rezo. Pero lo único que digo es esto: aguardemos, y cuando el tiempo
oportuno llegue démonos gusto degollando á uno tras otro.
--¡John, exclamó el timonel, eres todo un hombre!
--Ya dirás eso cuando me veas á la obra, Israel, dijo Silver. Para
entonces no reclamo más que una cosa, y es que no me quiten á Trelawney.
Quiero darme el placer de cortar con mis propias manos esa cabeza de
res.
Y como cortando la conversación repentinamente, añadió:
--Oye, Dick, salta y dame una manzana de aquí del barril, para remojarme
un poco el gaznate.
Se comprenderá el espantoso terror que sentí al escuchar esto. Hubiera
yo saltado y echado á correr, si hubiera tenido la fuerza suficiente
para ello, pero no tuve ni piernas ni ánimo y permanecí inmóvil. Oí que
Dick comenzaba á levantarse, pero en el instante mismo alguien lo
contuvo y se oyó la voz de Hands, decir:
--¡Oh! ¡deja eso! no vas á chupar semejante -pantoque-, John. Echemos
una ronda de lo fino.
--Tienes razón, Dick, dijo Silver. En el barril del rom tengo puesta una
sonda, con su llave respectiva. Llénate una vasija y súbela en seguida.
Terrificado como estaba, no pude impedirme el pensar que así quedaba
explicado el misterio de la fuente en que el piloto Arrow bebía las
-aguas- que acabaron por matarle.
Dick se fué por un rato no muy largo, pero durante su ausencia Israel
habló al oído del cocinero en voz muy baja pero animada. Yo pude apenas
recoger dos ó tres frases, pero en ellas supe, sin embargo, algo
interesante, pues además de otras palabras que tendían á confirmarlo,
esto llegó muy distintamente á mis oídos:
--Ninguno otro de ellos quiere ya entrar en el negocio.
Claro era, por lo tanto, que todavía nos quedaban hombres leales á
bordo.
Cuando Dick volvió, cada uno de los del terno aquel tomó sucesivamente
la vasija del rom y le hizo los honores concienzudamente, bebiendo, el
uno "-¡al buen éxito!-" otro "-¡por el viejo Flint!-" y cerrando Silver
la ronda con estas palabras:
-¡A nuestra salud! y orza al estribor-
-¡Presas y fortuna! ¡dinero y amor!-
En aquel punto cierta claridad cayó sobre mí, adentro del barril; alcé
la vista y me encontré con que la luna acababa de aparecer en el cielo,
plateaba la gavia de mesana y comunicaba un tinte blanquecino á la palma
del trinquete. Casi en el mismo instante la voz del vigía se alzó
gritando:
--¡Tierra! ¡tierra!
[Illustration]
CAPÍTULO XII
CONSEJO DE GUERRA
Pasos precipitados sonaron por donde quiera al grito de -¡tierra!-
apresurándose todos á subir sobre cubierta, tanto mis amigos de la
cámara de popa como las gentes de la tripulación. Yo salté rápidamente
afuera de mi barril; me deslicé cubriéndome con la vela de trinquete, dí
la vuelta hacia el alcázar de popa y volví sobre cubierta por el camino
de todos los demás, á tiempo de reunírmeles en el acto de acudir á proa.
Todo el mundo estaba ya congregado allí. Una cinta de niebla se había
alzado casi al mismo tiempo que aparecía la luna. Allá á lo lejos, hacia
el sudoeste, divisábamos dos montañas no muy altas, como á unas dos
millas de distancia y por encima de una de ellas aparecía una tercera
eminencia, notablemente más alta que las otras, y cuya cumbre se miraba
todavía envuelta entre las gasas de la niebla. Las tres parecían de
figura aguzada y cónica.
Esto fué, á lo menos, lo que yo creí ver, puesto que aún no me recobraba
de mis terrores de hacía dos ó tres minutos. En seguida oí la voz del
Capitán Smollet dando órdenes. -La Española- fué puesta unos dos puntos
más cerca de la dirección del viento y comenzó á enderezar el rumbo de
tal manera que enfilaría precisamente la costa oriental de la isla.
--Y ahora muchachos, dijo el Capitán, cuando la maniobra estuvo
ejecutada, ¿alguno de Vds. ha visto esa tierra antes de ahora?
--Yo, dijo Silver. Siendo cocinero de un buque mercante anclamos en ella
para proveernos de agua.
--El fondeadero está al Sur, tras un islote, ¿no es esto?, preguntó el
Capitán.
--Sí señor, el islote del -Esqueleto- que le llaman. Este lugar ha sido
alguna vez abrigadero de piratas, y un hombre que llevábamos á bordo
sabía los nombres de todos aquellos sitios. Aquel cerro al Norte le
llaman -El Trinquete-. Hay tres cerros colocados en línea hacia el Sur y
que les llaman, con nombres marinos, -El Trinquete-, -El Mayor- y -El
Mesana-. Pero el principal es el más grande, que tiene el pico sumido en
la nube. Lo llamaban también el -Cerro del Vigía-, á causa de la
vigilancia que desde su cima mantenían esos hombres, mientras sus
embarcaciones permanecían al ancla limpiando sus fondos, con perdón de
Vd., porque aquí es donde ellos llevaban á cabo esa operación.
--Aquí tengo un mapa, dijo el Capitán Smollet; vea Vd. si este es el
lugar que Vd. dice.
En los ojos de Silver pasó algo como un relámpago de alegría feroz al
tomar la carta que le alargaba el Capitán. Pero en el instante mismo en
que sus ojos cayeron sobre el papel, le conocí que su esperanza de un
segundo sufría una terrible decepción. Aquel no era el mapa encontrado
en la maleta de Billy Bones, sino una copia cuidadosa en todos sus
detalles, nombres, alturas y sondajes, con la sola excepción de las
cruces rojas y de las notas manuscritas. Sin embargo, por aguda que haya
sido la contrariedad de Silver, tuvo la presencia de ánimo necesaria
para dominarse y aparecer sereno.
--Sí señor, contestó, este es el lugar según entiendo, y muy bien
trazado ciertamente. ¿Quién habrá sido el autor de esta carta? Los
piratas eran demasiado ignorantes, á lo que creo, para poder dibujar
esto. ¡Ah! ¡vamos! aquí está marcado "-Ancladero del Capitán Kidd-";
precisamente este es el nombre que le dió mi Patrón. Allí existe una
fuerte corriente á lo largo de la costa Sud y luego sube en dirección
Norte, á lo largo de la costa occidental. Tenía Vd. razón, prosiguió, en
ceñir el viento y poner la proa hacia la isla, por lo menos si su
intención era que entrásemos luego y carenar allí, porque la verdad es
que en todas estas aguas no hay lugar más á propósito que ese.
--Gracias, mi amigo, dijo el Capitán Smollet. Más tarde creo que pediré
á Vd. algunos otros informes para ayudarnos en algo. Puede Vd.
retirarse.
No pude menos que sorprenderme al ver la sangre fría con que Silver
confesaba su conocimiento de la isla. Por mi parte, yo continuaba medio
aterrorizado todavía y me sentí más aun cuando ví á aquel hombre
acercarse á mí, más y más. Por supuesto que ni remotamente se figuraba
que hubiese yo escuchado su conciliábulo desde el fondo de un barril de
manzanas, y sin embargo, en aquel punto había yo cogido tal horror de su
crueldad, doblez y poderío, que muy mal contuve un estremecimiento
nervioso cuando su mano tomó mi brazo mientras él me decía:
--¡Ah, muchachuelo! Aquí tienes un precioso lugar para un chico como tú,
en esta isla. Aquí puedes bañarte, trepar á los árboles, cazar cabras
monteses, todo lo que quieras. Tú mismo podrás ir como las cabras
subiéndote á los más altos peñascos y montañas. ¡Ah! créeme que me
rejuvenece todo esto y casi casi me iba ya olvidando de mi pierna de
palo. Linda cosa es ser uno joven y tener uno sus veinte dedos cabales,
puedes estar seguro. Cuando quieras ir á hacer un paseíto de
exploración, nada más avísale á tu viejo amigo John y él cuidará de
darte tu cestilla de víveres muy bien arreglada, para que la lleves
contigo.
Dicho esto me dió una palmada sobre el hombro de la manera más amistosa,
se alejó cojeando y se perdió en el interior de las galeras.
El Capitán Smollet, el Caballero y el Doctor Livesey se quedaron
conversando junto al alcázar de proa. Á pesar de mi impaciente ansiedad
por contarles lo que la casualidad me había hecho oir, no me atreví á
interrumpirlos abiertamente. Entre tanto y cuando más absorto estaba yo
en mis pensamientos para encontrar alguna excusa probable, el Doctor
Livesey me llamó. Habíasele olvidado su pipa abajo en la cámara, y, como
era un verdadero esclavo del tabaco, me iba á indicar que bajara á
traérsela, sin duda. Pero en cuanto que estuve bastante cerca de él para
que me oyese él solo, le dije rápidamente:
--Doctor, permítame Vd. que le hable. Llévese consigo al Capitán y al
Caballero inmediatamente abajo á la cámara, y con cualquier pretexto
manden Vds. por mí. Tengo nuevas terribles.
El Doctor pareció desconcertarse por un instante, pero en el acto fué
otra vez dueño de sí mismo.
--Gracias, Jim, dijo en voz bien alta; eso es todo lo que quería saber.
Fingía, con esto, haberme hecho alguna pregunta á la que yo hubiese
respondido.
En seguida giró sobre sí mismo y se volvió á reunir al grupo de que
formaba parte. Hablaron los tres por algunos momentos y aun cuando
ninguno de ellos dió muestras de sobresalto ni levantó la voz, me
pareció evidente que el Doctor Livesey les acababa de comunicar mi
súplica, porque lo primero que llegó á mis oídos fué que el Capitán daba
órdenes á Job Anderson y el silbato sonó luego llamando sobre cubierta á
toda la tripulación.
--Muchachos, dijo el Capitán en cuanto que todos estuvieron reunidos;
tengo dos palabras que decir á Vds. Esa tierra que acabamos de ver es el
lugar de nuestro destino. El Patrón de este buque, hombre muy liberal y
generoso, según todos lo sabemos por experiencia, acaba de hacerme dos
preguntas que yo he podido contestar diciéndole que cada marinero de
esta goleta ha cumplido con su deber, desde el tope hasta la cala, de
tal manera que nada mejor pudiera pedirse. Por tal motivo él, el Doctor
y yo, vamos á la cámara á beber á la salud y buena suerte de todos
ustedes, mientras que á Vds. se les servirá un buen -grog- para que
brinden, á su vez, por nosotros. Yo les daré á Vds. mi opinión sobre
esto: yo lo encuentro magnífico. Si Vds. son de mi parecer, les
propondré, pues, que envíen un buen aplauso al caballero que así se
porta.
El aplauso se dejó oir, esto era claro; pero estalló tan compacto y tan
cordial, que confieso que me fué difícil convencerme de que aquellos
mismos que lo daban estaban arreglando tramas infernales contra nuestras
vidas.
--¡Un aplauso más por el Capitán Smollet!, gritó Silver cuando el último
hubo cesado.
Lo mismo que el anterior, este segundo aplauso parecía enteramente
sincero y voluntario.
Apenas pasado esto los tres caballeros bajaron á la cámara y no pasó
mucho rato sin que enviasen un recado diciendo que se necesitaba á Jim
Hawkins en el salón.
Encontrélos á todos tres en torno de la mesa, con una botella de vino
español y algunas uvas delante de ellos; el Doctor fumando fuerte y con
la peluca puesta sobre sus rodillas, lo cual me constaba que era un
signo de agitación en él. La ventanilla de popa estaba abierta porque la
noche era bastante cálida, y podía verse perfectamente desde dentro el
resplandor de la luna cintilando sobre la estela de nuestro buque.
--Ahora bien, Hawkins, díjome el Caballero, parece que tienes algo que
decirme: habla ya.
Hícelo como se me mandaba y, sin alargarme demasiado, conté todos los
detalles de la conversación de Silver. Ninguno trató de hacer la más
pequeña interrupción hasta que todo lo hube dicho; ni ninguno tampoco
hizo movimiento de ninguna especie, sino que todos tres mantuvieron sus
ojos clavados en mi semblante desde el principio hasta el fin de mi
narración.
--Siéntate, Jim, díjome el Doctor.
Hiciéronme lugar entonces á la mesa, junto á ellos, sirviéronme un vaso
de vino y me pusieron en las manos un gran racimo de uvas; y todos tres,
con un saludo cordial, bebieran á mi salud, felicitándome por mi valor
y por mi buena suerte.
--Ahora, Capitán, dijo el Caballero, es ya tiempo de proclamar que Vd.
estaba en lo justo y yo estaba equivocado. Me declaro sencillamente un
borrico y espero las órdenes de Vd.
--Nadie más borrico que yo, replicó el Capitán. Yo no he visto jamás
tripulación alguna tramando una rebelión que no deje escapar
perceptiblemente algunos signos de su descontento, de manera que todo
hombre que no es ciego puede ver el peligro y tomar las medidas
necesarias para evitarlo. Pero confieso que esta tripulación derrota
toda mi experiencia.
--Capitán, dijo el Doctor, con su permiso diré que esta es obra de
Silver y que este es un hombre muy notable.
--Me parece que muy notable aparecería colocado en un peñol de las
vergas, replicó el Capitán. Pero esto no es más que charla que no
conduce á nada. He fijado mi atención en tres ó cuatro puntos y con
permiso del Sr. de Trelawney voy á exponerlos.
--Caballero, dijo el Sr. Trelawney en un tono solemne, Vd. es el Capitán
y á Vd. es á quien toca hablar.
--Primer punto, comenzó el Capitán Smollet: tenemos que seguir adelante
porque es ya imposible retroceder. Si esto último se intentara la
rebelión estallaría inmediatamente. Segundo punto: tenemos á nuestra
disposición tiempo hasta que se encuentre ese tesoro. Tercer punto:
todavía nos quedan hombres leales á bordo. Ahora bien, señores, es una
cosa que no tiene remedio el que tarde ó temprano debamos entrar en
hostilidades. Hay que tomar, pues, á la calva ocasión cuando nos
presente sus cabellos, es decir, propongo que seamos nosotros los que
rompamos el fuego, el día más á propósito y cuando ellos menos lo
esperen. Me parece, Sr. de Trelawney que podremos fiar en los criados de
su casa, ¿no es verdad?
--Tanto como en mí mismo, declaró el Caballero.
--Tres, dijo el Capitán, y con nosotros cuatro, somos ya siete,
incluyendo á Hawkins. ¿Y cuántos serán los hombres leales?
--Muy probablemente, replicó el Doctor, han de ser los contratados
personalmente por Trelawney antes de que se hubiera echado en brazos de
Silver.
--No por cierto, replicó el Caballero. Hands es uno de esos hombres.
--Yo hubiera creído que podríamos tener fe ciega en este último, dijo el
Capitán.
--¡Y pensar que todos ellos son ingleses!, prorrumpió el Caballero,
¡Señores, crean Vds. qué ganas me vienen de hacer volar este buque!
-Pues bien, señores, agregó el Capitán, lo mejor que yo puedo decir
ahora es bien poco. Debemos tenernos por advertidos y mantener la más
expecta vigilancia. Esto es desagradable para un hombre, yo lo sé.
Preferiría, por lo mismo, que desde luego se rompieran las hostilidades,
pero no tendremos ayuda suficiente para que no sepamos cuales son
nuestros hombres. Estémonos quietos y esperemos la oportunidad; ese es
mi parecer.
--Este Jim, dijo el Doctor, puede sernos más útil que todo lo demás que
hagamos. El enemigo no tiene ninguna mala voluntad respecto de él y yo
sé que él es un chico muy observador.
--Hawkins, añadió el Caballero, en tí pongo una fe ciega y completa.
Al oir esto no dejaba de comenzar á sentirme punto menos que desesperado
porque me sentía sin apoyo enteramente. Y sin embargo, por un extraño
encadenamiento de circunstancias, no fué sino por mi conducto por el que
todos nos salvamos. En el entretanto, por más vueltas que se le diera al
asunto, el hecho es que de veintiséis hombres á bordo, no había sino
siete con los que se pudiera contar, y todavía de esos siete uno no era
más que un niño; de suerte que, en realidad, los hombres hechos y
derechos que teníamos de nuestro lado eran seis, para diez y nueve de
nuestros enemigos.
[Illustration] [Illustration]
PARTE III
MI AVENTURA DE TIERRA
CAPÍTULO XIII
CÓMO EMPEZÓ LA AVENTURA
Cuando subí sobre cubierta á la mañana siguiente, el aspecto de la isla
había cambiado en gran manera. Aun cuando la brisa de la víspera había
cesado ya, el camino hecho durante la noche era muy considerable y á la
sazón nos encontrábamos detenidos como á una media milla al Sudeste de
la costa baja oriental. Bosques de un color pardo cubrían una gran parte
de la superficie de aquella tierra. Sin embargo, ese tinte se
interrumpía aquí y acullá por las listas amarillentas de la arena, en
los terrenos más bajos y por algunos árboles más elevados, de la familia
de los pinos, que se alzaban sobre las copas de los otros, algunos de
ellos aislados y dispersos, otros reunidos; pero el aspecto y el
colorido general de la isla era triste y uniforme. Los cerros se alzaban
libremente por encima de la vegetación, en espirales de desnudas rocas.
Todos eran de extraña configuración y el del "Vigía" que sobrepasaba en
trescientos ó cuatrocientos pies á la eminencia próxima á él en
elevación, era probablemente el de aspecto más raro, alzándose casi
derecho, por todos lados y apareciendo después cortado repentinamente en
la cima, como si fuese un pedestal listo para recibir una estatua.
-La Española- vaciaba á torrentes sus imbornales en la agitada
superficie de un -mar de leva-. Los botalones chocaban con los motones,
el timón golpeaba de un lado y otro y todo el navío rechinaba y parece
que gemía y temblaba como una gran fábrica en operación. Yo me veía
obligado á asirme á los brandales de los masteleros con todas mis
fuerzas y sentía que el mundo entero daba vueltas vertiginosamente en
torno de mi cabeza, porque aun cuando yo era ya un marino bastante
bueno, cuando el buque iba en marcha, aquella movible inmovilidad
(permítaseme la frase), aquel meneo desesperante sin salir de un punto y
aquel verme rodado de aquí para allá como una botella suelta, fueron
cosas que jamás afronté sin sentirme desfallecido, sobre todo en la
mañana y cuando el estómago estaba completamente vacío.
Quizás fué por esto; tal vez fué por el aspecto de la isla con sus
cenicientos y melancólicos bosques, con sus salvajes espirales de rocas
y con su marejada que podíamos ver y oir quebrándose tronante y espumosa
en la escarpada costa; el hecho es que, aunque el sol brillaba claro y
ardiente y los pájaros costaneros pescaban y gritaban alegremente en
torno nuestro, y aun cuando era de creerse que después de tantos días de
no ver más que agua y cielo todos deberían sentirse contentos de saltar
á tierra, mi valor y mi sangre toda, como dice el adagio, se habían
bajado á los talones, y desde el primer instante en que mis ojos la
veían, aquella esperada -Isla del Tesoro- me inspiraba el más profundo y
cordial aborrecimiento.
Tuvimos que afrontar aquella mañana, de todas maneras, un trabajo
ímprobo y pesado. No había la menor traza de viento y hubo necesidad, en
consecuencia, de echar los botes al agua y ponerlos al remo para
remolcar la goleta en una extensión de tres ó cuatro millas rodeando la
isla hasta penetrar por el estrecho paso que nos condujo á la rada ó
abrigo que se abre tras del -Islote del Esqueleto-. Yo me ofrecí
espontáneamente para uno de los botes, en el cual, como es de suponerse,
nada tenía que hacer. El calor era sofocante y los hombres al remo
gruñían abiertamente á causa de su tarea. Ánderson tenía el mando del
bote en que yo iba y en lugar de conservar á su tripulación en orden,
gruñía él mismo tan alto y tan groseramente como el que más.
--Pero no hay cuidado, dijo con una blasfemia; al fin esto no es para
siempre.
Parecióme este un malísimo signo, porque lo cierto es que hasta aquel
día nuestros hombres habían desempeñado sus tareas voluntaria y
vigorosamente; pero la sola vista de la isla había ya bastado para
relajar las cuerdas de la disciplina.
Durante toda esta travesía Silver se estuvo junto al timonel y dirigió,
en realidad, el buque. Él conocía el paso como la palma de su mano y así
es que, aun cuando el hombre que estaba maniobrando á las cadenas
encontró por todas partes más agua de la que marcaban los sondajes del
mapa, John no vaciló ni un solo momento.
--Hay siempre un grande arrastre con el reflujo, dijo él, y este paso ha
sido, puede decirse, ahondado como con un azadón.
Llegamos, por fin, al punto preciso marcado en el mapa como ancladero,
como á un tercio de milla de las costas, de la isla principal, por un
lado, y del -Islote del Esqueleto- por el otro. El fondo era arena pura.
Cuando nuestra ancla se sumergió en el agua, se levantó una verdadera
nube de aves acuáticas revoloteando y chillando sobre nuestras cabezas,
lo mismo que sobre los árboles, pero un minuto después habían vuelto á
sus nidos y todo había quedado de nuevo en el más completo silencio.
Nuestro fondeadero estaba enteramente rodeado de tierra, sepultado en
medio de bosques por todos lados, cuyos árboles bajaban hasta la marca
más alta de la pleamar; las playas eran casi enteramente llanas y allá,
en una especie de anfiteatro distante; se divisaban las cimas de las
montañas, una aquí, otra más allá. Dos riachuelos ó más bien dos
pantanos, desaguaban en aquel que muy bien pudiéramos llamar estanque.
En cuanto al follaje en torno de aquella parte de la playa, presentaba
yo no sé qué especie de ponzoñoso brillo.
Desde á bordo no alcanzábamos á ver nada de la casa ó estacada que había
allí, porque estaban demasiado ocultas entre la espesura de los árboles
y á no haber sido por la carta que nos acompañaba hubiéramos podido
creer muy bien que nosotros éramos los primeros que arrojábamos el ancla
en aquel sitio desde que la isla brotó del fondo de las aguas.
No soplaba ni la más pequeña ráfaga de viento, ni se oía más sonido que
el de la resaca tronando á media milla de distancia sobre las playas,
contra las abruptas peñas de las costas. Sentíase un olor peculiar y
desagradable, en donde estábamos anclados, olor como de hojas y troncos
de árboles en putrefacción. Yo pude observar que el Doctor absorbía
aire y hacía muecas con la nariz, como las que puede hacer uno que está
probando un manjar ingrato.
--Yo no respondo de que aquí haya ó no tesoros, dijo, pero en cuanto á
fiebres, apuesto mi peluca á que este es un semillero de ellas.
Entre tanto, si la conducta de los marineros era alarmante en el bote,
se hizo ya realmente amenazadora cuando volvieron á bordo de la goleta.
Estábanse agrupados sobre cubierta y refunfuñando en medio de su
conversación. La orden más insignificante era recibida con miradas
torvas y murmuraciones entre dientes y no se la obedecía sino con
verdadera negligencia. Es posible que aun los no contaminados en el
motín, se hubiesen ya contagiado con la relajación de la disciplina,
porque lo cierto es que no había á bordo hombre alguno á propósito para
corregir á otros. La rebelión--esto era palpable--estaba ya suspensa
sobre nuestras cabezas como una tempestad próxima á desencadenarse.
Y no sólo los pasajeros de cámara éramos los que comprendíamos el
peligro. John Silver trabajaba infatigablemente yendo de grupo en grupo,
distribuyendo consejos a todos y siendo un modelo verdadero con su
ejemplo de sumisión y dulzura. Nada podía igualarse en aquellos momentos
á su comedimiento y cortesía; era una perenne sonrisa la que había en
sus labios para todos y cada uno de nosotros. Si se le mandaba algo, al
punto saltaba sobre su muleta, clamando con el tono más complaciente del
mundo: "-¡Corriendo, corriendo, señor!-" Y cuando no había nada especial
que hacer, él cantaba una canción tras de otra como si tratara de
ocultar con ellas el descontento de los demás.
De todos los detalles sombríos de aquella tenebrosa tarde, esa notoria
ansiedad de John Silver se me figuraba el peor de todos.
Celebramos consejo otra vez en el gabinete de popa.
--Señores, dijo el Capitán, si aventuro la más insignificante orden, la
tripulación entera se nos viene á las barbas. Aquí tienen Vds. lo que
pasa: se me da una respuesta áspera, ¿no es esto? Pues bien, si replico
en un tono más alto, las cuchillas saldrían luego á relucir á mandobles.
Si no hago esto, si me callo, Silver notará al punto que hay algo por
debajo de nuestro silencio y entonces queda todo el juego descubierto.
Ahora bien: no hay más que un hombre en quien podamos fiar en la
situación actual.
--¿Y quién es él?, preguntó el Caballero.
--Silver, replicó el Capitán. Él está tan impaciente como Vds. y como yo
mismo de sofocar las cosas. Lo que hay es un disgusto; pronto él les
hablará á sus hombres para calmarlos si se le presenta la ocasión. Lo
que yo propongo, en consecuencia, es darle la oportunidad que busca.
Vamos dejándolos que pasen una tarde en tierra. Si todos se van, está
bien, nosotros pelearemos encastillados en nuestro barco. Si ninguno
quiere bajar, entonces nos mantenemos en nuestra cámara de popa y Dios
ayude la buena causa. Si algunos van, acuérdense Vds. de lo que les
digo, Silver los volverá á bordo más mansos que unos corderos.
Así se acordó. Al mismo tiempo se proveyó á todos los hombres de
confianza de pistolas cargadas; Hunter, Joyce y Redruth fueron puestos
en autos de lo que pasaba y por fortuna recibieron la confidencia con
menos sorpresa y más valor del que nos habíamos figurado; con lo cual,
el Capitán fuese sobre cubierta y arengó á la tripulación.
--Muchachos, les dijo, hemos tenido un día sofocante y todos estamos
cansados y sin alientos de nada. Yo creo, sin embargo, que un paseo por
la playa no le hará mal á ninguno: los botes están todavía á flote.
Pueden Vds. tomar los esquifes y, todos los que gusten, ir á tierra por
el resto de la tarde. Yo tendré cuidado de disparar un cañonazo media
hora antes de la puesta del sol.
Yo me supongo que aquellos malvados han de haberse figurado que todo era
desembarcar y caer sin más ni más sobre el tesoro, porque en un instante
todos ellos echaron instantáneamente el mal humor á paseo y
prorrumpieron en un aplauso y en un -hurra- espontáneo, tan estruendoso,
que despertó los ecos dormidos de una de las montañas distantes y
produjo un nuevo levantamiento de aves que revolotearon y chillaron otra
vez en número infinito en torno nuestro.
El Capitán era demasiado vivo para saber lo que convenía en aquellos
críticos momentos, así es que, sin aguardar respuesta alguna se eclipsó
como por encanto, dejando á Silver el cuidado de arreglar la partida, en
lo cual creo que obró perfectísimamente. Si se hubiera quedado un
momento más sobre cubierta le hubiera sido imposible prolongar por más
tiempo su pretendida ignorancia de lo que sucedía. Esto era ya claro
como la luz meridiana. Silver era el Capitán y disponía de una imponente
tripulación de rebeldes. Los hombres aun no corrompidos (y pronto iba yo
á ver la prueba de que los había á bordo) deben haber sido unos hombres
de muy poco talento. O, por lo menos, supongo que la verdad era que
todos estaban disgustados por el ejemplo de los cabecillas, sólo que
unos lo estaban más que otros, y que, algunos de ellos, siendo en el
fondo buenos sujetos, no podían ser ni convencidos ni arrastrados á ir
más allá que el simple disgusto. Una cosa es sentirse con lasitud y mal
humor y otra muy diferente el pensar en apoderarse de un navío
asesinando á un buen número de personas inocentes.
Por fin la partida quedó organizada. Seis de ellos se quedaron á bordo y
los trece restantes, incluyendo á Silver comenzaron á embarcarse.
Fué entonces cuando me ocurrió la primera de las insensatas ideas que
contribuyeron á salvar nuestras vidas. Si Silver dejaba á seis de sus
hombres, era claro que nuestro grupo no podía montarse en la goleta, en
pie de guerra, como en una fortaleza; y no siendo los de la dicha
reserva más que seis, era también indudable que el bando de popa no
necesitaba por el momento de ninguna ayuda. Ocurrióseme, pues,
instantáneamente el ir á tierra. En un abrir y cerrar de ojos me deslicé
sobre la balaustra y dejándome correr por una de las escotas de proa,
caí dentro de uno de los botes en el instante mismo en que se ponía en
movimiento.
Ninguno notó mi presencia; sólo el remero de proa me dijo:
--¡Ah! ¿eres tú Jim? Baja bien la cabeza.
Pero Silver desde el otro bote comenzó á lanzar miradas penetrantes é
investigadoras para tratar de averiguar si era yo el que iba allí. Desde
ese mismo instante comencé á arrepentirme de lo que había hecho.
Los dos grupos de marineros se divertían remando á cual más fuerte, en
una especie de carrera de apuesta, á cuál de los botes llegaba primero á
la playa. Mas como el bote que me había cabido en suerte ocupar había
recibido mayor empuje, estaba más ligero é iba mucho mejor remado, muy
pronto dejó muy atrás á su competidor. La proa ya había atracado en
medio de los arbustos de la playa; ya me había yo cogido de una rama y
lanzádome hacia fuera, emboscándome en el acto en el matorral más
próximo, cuando Silver y los suyos estaban todavía á unas cien yardas
detrás.
--¡Jim, Jim!, le oí que me gritaba.
Pero ya se supondrá que no hice maldito el caso de sus gritos.
Brincando, agazapándome, rompiendo breñas, corrí y corrí por el terreno
que se me presentaba delante, al acaso, desaforadamente, hasta que
materialmente ya no pude más.
[Illustration]
[Illustration]
CAPÍTULO XIV
EL PRIMER GOLPE
Me sentía yo tan satisfecho de haber dejado á Silver con un palmo de
narices, que ya comenzaba á recrearme y á pasear mis ojos ávidamente por
la extraña tierra en que me encontraba.
Había cruzado ya un trecho cenagoso, lleno de sauces, juncos, feos y
lodosos arbustos de vegetación más acuática que de tierra, y acababa de
llegar á las faldas de un terreno abierto, ondulado y arenoso, como de
una milla de largo, dotado con uno que otro pino y un gran número de
árboles tortuosos, no muy diferentes del roble en su configuración, pero
de hojas pálidas como las del sauce. En el término abierto de aquel
terreno se alzaba uno de los cerros, con dos picos extraños, fragosos y
escarpados que reverberaban vívidamente al sol.
Por la primera vez de mi vida sentía el gozo y la emoción del
explorador. La isla estaba deshabitada. Mis camaradas quedaban á la
espalda y nada viviente tenía ante mis ojos sino eran animales de tierra
y aire, mudos para mí. Aquí y acullá se alzaban algunas plantas en flor
que me eran totalmente desconocidas; más allá veía culebras una de las
cuales alzó su cabeza sobre su nido de piedra, miróme y lanzó una
especie de silbido muy parecido al zumbar de una peonza. Bien ajeno
estaba yo de que aquel enemigo llevaba la muerte consigo y que su
silbido no era otra cosa que el famoso cascabel.
Llegué, en seguida, á un espeso grupo de aquellos árboles á manera de
robles cuyo nombre, según lo supe después, era el de árbol de la vida,
que crecían bajos, entre la arena, como zarzas, con sus brazos
curiosamente trenzados y con sus hojas compactas como una pasta
artificial. El monte se alargaba hacia abajo desde la cima de una de las
lomas arenosas, desplegándose y creciendo en elevación conforme bajaba,
hasta llegar á la margen del ancho y juncoso pantano, á través del cual
desaguaba, en el fondeadero, el más pequeño de los riachuelos que morían
en él. El marjal vaporizaba bajo los ardientes rayos de un sol tropical,
y la silueta del "Vigía" palpitaba con las rápidas ondulaciones de la
bruma solar.
De repente comenzó á notarse cierto bullicio entre el juncal de la
ciénaga: un pato silvestre se levantó gritando; otro le siguió, y muy
pronto se vió sobre toda la superficie del marjal una nube verdadera de
pájaros revoloteando, gritando y revolviéndose en el aire. Desde luego
supuse que alguno de mis compañeros de navegación, debía de andar cerca
de los bordes del pantano, y no me engañé, en mi suposición, pues muy
pronto llegaron hasta mí los rumores débiles y lejanos de una voz humana
que, mientras más escuchaba, más distinta y más próxima llegaba á mis
oídos.
Esto me infundió un miedo terrible y ya no pude más que agazaparme bajo
la espesura del más cercano grupo de -árboles de la vida- que se me
presentó, y acurrucarme allí, volviéndome todo oídos, y mudo como una
carpa.
Otra nueva voz se dejó oir contestando á la primera y luego ésta, que
conocí luego ser la de Silver, se alzó de nuevo y se desató en una
verdadera avalancha de palabras que duró por largo tiempo interrumpida
apenas de vez en cuando por una que otra frase de la otra voz. Á juzgar
por las entonaciones deben haber estado hablando acaloradamente, tal vez
con ira, pero ninguna palabra llegó distintamente á mis oídos.
Al fin los interlocutores hicieron, al parecer, una pausa y tal vez,
supuse yo, se habrían sentado, porque no sólo sus voces cesaron de
aproximarse, sino que los pájaros empezaron ya á aquietarse y la mayor
parte de ellos á volver á sus nidos en el pantano.
Comencé entonces á temer que estaba yo faltando á las obligaciones que
voluntariamente me había impuesto, por el solo hecho de haber venido á
tierra con aquellos perdidos, y á decirme que lo menos que podía hacer
era escuchar sus conciliábulos, acercándome á ellos, tanto como me fuese
posible, á favor de los espesos zarzales y de los árboles echados por
tierra.
Me era fácil fijar la dirección de los dos interlocutores, no sólo por
el sonido de sus voces sino también por el cálculo que me permitían
hacer los pocos pájaros que todavía revoloteaban alarmados sobre las
cabezas de los intrusos.
Marché agazapado, en cuatro pies, y muy callandito, pero muy en
derechura hacia ellos, hasta que, por último, alzando un poco la cabeza
á la altura de un pequeño claro entre el ramaje, pude ver distintamente,
en el borde de una pequeña hondonada cubierta de verdura, cerca del
pantano y respaldada por los árboles, á John Silver y á otro de los de
la tripulación, conversando frente á frente.
El sol caía de lleno sobre ambos. Silver había arrojado á un lado su
sombrero, sobre el césped, y toda su enorme, rasa y rubicunda cara,
sudorosa y brillante con el calor, estaba fija en el semblante de su
interlocutor como en demanda ó espera de alguna cosa.
--Mira, camarada, decía Silver, si yo no creyera que tú valías oro en
polvo, puedes creerlo como lo digo, oro en polvo, sí señor, yo no te
habría traído á este negocio cuando ya está caliente como perol de brea
hirviendo. Si así no fuera, yo no estaría aquí previniéndote. Todo está
ya dispuesto y listo y tú no puedes ni hacer ni remediar nada. Si yo
trato de convencerte es sólo para salvarte el pescuezo, pues puedes tú
creer que si alguno de aquellos salvajes lo supiera, ¿dónde estaría yo,
Tom, dónde estaría yo?
--Silver, replicó el otro (y yo pude observar que no solamente tenía
roja la faz, sino que también su voz era ronca como la de un cuervo, y
oprimida como por una cuerda muy apretada), Silver, Vd. es ya viejo, Vd.
es honrado ó pasa al menos por tal, Vd. tiene además una fortunita que
infinitos marinos le envidiarían, Vd. es valiente, si no me equivoco.
Pues bien, dígame Vd., ¿va Vd. á dejarse gobernar por esa caterva de
sucios lampazos? ¡Yo creo que no! Y tan cierto como que Dios me ve en
este momento, preferiré que me arranquen la mano antes que faltar á mi
deber...!
Repentinamente fué su palabra interrumpida por un ruido inesperado.
Acababa yo de ver á unos de los hombres honrados de á bordo y acto
continuo iba á tener noticias de otro de ellos. Allá á lo lejos, al otro
lado del pantano, se oyó súbitamente un rumor como un grito de angustia,
luego otro y después un largo y horroroso alarido. Las rocas del "Vigía"
lo repitieron con sus ecos varias veces; la bandada de aves acuáticas
tornó á alzarse de nuevo, nublando el cielo, con un chillido simultáneo,
y todavía aquel alarido de muerte no cesaba de vibrar en mi cerebro,
cuando el silencio había ya restablecido su imperio y no se escuchaba
más rumor que el suave aleteo de los pájaros bajando de nuevo á sus
nidos y el murmullo distante de la marea perturbando débilmente la
languidez de la tarde.
Al resonar aquel grito de suprema angustia, Tom se había puesto en pie
de un salto, como un caballo que siente el acicate, pero Silver no había
siquiera pestañeado. Quedóse en donde estaba, apoyándose apenas en su
muleta y con los ojos clavados en su compañero como una víbora lista
para abalanzarse.
--¡John!, gritó el marinero, extendiendo su mano hacia Silver.
--¡No me toques!, replicó éste, saltando hacia atrás como una yarda,
según me pareció, con toda la destreza y seguridad de un gimnasta de
profesión.
--No lo tocaré, si Vd. lo quiere así, John Silver; dijo Tom. Sólo una
conciencia negra puede hacer que me tenga Vd. miedo; pero en nombre del
cielo, dígame Vd., ¿qué ha sido ese grito?
Silver sonrió de una manera horrorosa, siniestra, pero sin perder su
actitud cautelosa y expectante. Sus ojos, de ordinario pequeños, no eran
en aquel momento más que unos puntos como la cabeza de un alfiler en su
inmensa caraza, pero relampagueando como dos carbunclos.
--¿Ese grito?, dijo aquella furia, ese grito me supongo que ha sido de
Alán.
Al oir esto el pobre Tom prorrumpió como un héroe:
--¿Alán?... ¡Descanse, pues, en paz esa alma de marino leal! Por lo que
hace á Vd. Silver, Vd. ha sido hasta hoy un camarada mío, pero desde hoy
ya no lo es Vd.! Si me mata como á un perro ¡qué importa! moriré
cumpliendo con mi deber. ¿Conque ha hecho Vd. matar al pobre Alán, no?
¡Pues máteme también á mí, si puede, le desafío á ello!
Y al decir esto aquel bravo y leal muchacho, volvió la espalda al
cocinero y se puso en marcha, dirigiéndose hacia la playa. Sin embargo,
no era su destino el ir muy lejos. Con un grito salvaje John se afianzó
á la rama de un árbol, se sacó violentamente la muleta de bajo el brazo
y lanzó aquel improvisado proyectil, con una fuerza inaudita, zumbando
por el viento y alcanzando al pobre Tom á quien golpeó con horrible
violencia entre los dos hombros, en medio de la espalda. Sus manos se
agitaron en el aire, dió una especie de boqueada y cayó de frente contra
el suelo.
Nada podré decir sobre si aquel golpe fué mortal ó no. Sin embargo, á
juzgar por el sonido, es casi seguro que la espina fué rota con el
choque; pero no tuvo tiempo para recobrarse en lo más mínimo, porque
Silver, ágil como un orangután, aunque sin muleta ni ayuda alguna, cayó
sobre su víctima en un momento y en menos tiempo del que tardo en
contarlo había ya hundido dos veces su largo cuchillo hasta la
empuñadura, en aquel desdichado inerme. Desde mi escondite de arbustos
pude oir los resoplidos feroces de su respiración al sepultar su arma
innoble en aquel cuerpo sin defensa.
Yo no sé hasta qué punto tendrá un hombre el derecho de desmayarse, pero
si sé que por cierto tiempo, en aquel instante, me pareció que el mundo
entero daba vueltas en derredor de mí, en un remolino nebuloso; Silver y
los pájaros y el altísimo "Vigía" danzaban ante mis ojos en un
torbellino, todos invertidos, mientras mil campanas diferentes,
mezcladas con ecos distantes, repicaban furiosamente en mis oídos.
Cuando me hube recobrado un poco, el monstruo ya se había compuesto y
-organizado- de nuevo, por decirlo así, con su sombrero sobre la cabeza
y su muleta bajo el brazo. Junto á él yacía precisamente el cuerpo
inmóvil é inanimado del pobre Tom, sobre la tierra, sin que su asesino
se ocupara por eso en lo más mínimo, pues lo pude ver que, con una calma
verdaderamente satánica, limpiaba en el césped la sangre de que estaba
empapada la hoja de su puñal. Todo lo demás continuaba en el mismo
estado, sin el menor cambio: el sol radiando despiadadamente sobre el
marjal que vaporizaba y sobre el alto pico de la montaña. Y á mí me
parecía imposible persuadirme de que un asesinato se acababa de cometer
allí, delante de mis ojos, que una vida humana había sido brutalmente
segada en mi presencia misma.
Ví luego á John Silver llevarse la mano á la bolsa, sacar un silbato y
hacer vibrar varias veces sus moduladas notas que volaron á través de la
atmósfera caliginosa. No me era posible, por de contado, explicarme la
significación de aquella señal, pero sí me dí cuenta de que con ella se
despertaban de nuevo todos mis temores antecedentes. Los demás hombres
iban á acudir y estaba, pues, en peligro de ser descubierto. Acababan de
asesinar á dos de nuestros leales y honrados hombres, ¿no era muy
posible que después de Tom y Alán me tocase el turno á mí?
En un abrir y cerrar de ojos me comencé á internar, agazapado siempre y
con todo el silencio y velocidad que me fuera posible, hacia la parte
del monte más abierta. Mientras ejecutaba este movimiento, pude oir
todavía saludos cambiados entre el viejo pirata y sus camaradas, y á
este rumor, indicante claro de mi peligro, sentí que me nacían alas en
los pies. No bien estuve fuera de la espesura, eché á correr como jamás
había corrido antes en mi vida, sin cuidarme de la dirección que seguía,
sino en cuanto que ella me alejaba de los asesinos, y mientras más
corría, el miedo más y más se agigantaba en mi alma hasta tornarse en un
verdadero frenesí de terror.
Y en verdad, ¿podía haber alguien en situación más perdida de todo punto
que la mía? Cuando tronase el cañonazo ofrecido, ¿cómo iba yo á
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