--¿Por qué no leéis lo demás?--preguntó Poole.
--Porque temo--repuso el abogado con tono solemne--¡quiera Dios que no
tenga ningún motivo para temer!--y hablando así, acercó el papel á sus
ojos y leyó lo siguiente:
"Querido Utterson: cuando estas líneas caigan en vuestras manos,
habré desaparecido; en qué circunstancias, no tengo la presidencia
requerida para preverlo, pero mi instinto y todas las condiciones
de mi indefinible vida me dicen que mi fin es seguro y debe estar
próximo. Id, pues, y leed primero la relación que Lanyón me ha
avisado haber dejado en vuestro poder, y si queréis saber más
todavía, leed después la confesión de vuestro indigno y desgraciado
amigo
ENRIQUE JEKYLL."
--¿Hay otro sobre?--preguntó Utterson.
--Aquí está, señor--dijo Poole entregándole un paquete cerrado con
varios sellos.
El abogado lo guardó en uno de sus bolsillos.--No hablaré de este
paquete--añadió.--Si vuestro amo ha huído ó ha muerto, podemos á lo
menos salvar su honor. Son las diez; debo volver á mi casa y leer con
calma esos documentos; pero volveré antes de las doce, para enviar á
buscar á la policía.
Salieron, cerrando tras sí la puerta del laboratorio, y Utterson,
dejando de nuevo á los criados reunidos alrededor del fuego en la
antesala, regresó tranquilamente á su despacho para leer los dos
documentos, en los cuales va á descorrerse el velo de este misterio.
RELACIÓN DEL DOCTOR LANYÓN.
"El nueve de enero, hace hoy cuatro días, recibí por el correo, en el
reparto de la tarde, una carta certificada, cuyo sobre estaba escrito
del propio puño y letra de mi colega y antiguo compañero Enrique
Jekyll. Quedé sumamente sorprendido, pues no teníamos costumbre de
corresponder por escrito; además, había visto al doctor el día anterior
y comido con él, y no podía adivinar lo que en nuestras relaciones
exigía las formalidades del certificado. El contenido de la carta
aumentó aún mi sorpresa; hé aquí los términos en que se hallaba
concebida:
"-10 de diciembre de 18**-
"QUERIDO LANYÓN: Sois uno de mis más antiguos amigos; aunque
hayamos tenido á veces discusiones sobre asuntos científicos,
no recuerdo, por lo que á mí se refiere, á lo menos, la menor
interrupción en nuestra amistad. Si hubiese llegado un día en que
me hubiéseis dicho:--Jekyll, mi vida, mi honra, mi razón se hallan
á vuestra merced, hubiera sacrificado mi fortuna y mi mano derecha
para ir en vuestra ayuda. Lanyón, mi vida, mi honra, mi razón se
hallan enteramente á vuestra merced; si me faltáis esta noche,
estoy perdido. Después de este prefacio vais á creer que necesito
pediros alguna cosa deshonrosa. Juzgad vos mismo.
"Vengo á rogaros que aplacéis todos los compromisos que podáis
tener para esta noche--aunque fuéseis llamado junto al lecho de
un emperador--que toméis un coche, y llevando con vos esta carta
para consultarla, que vengáis directamente á mi casa. Poole, mi
criado, tiene mis órdenes; estará aguardándoos con un cerrajero.
Será preciso forzar la puerta de mi gabinete; luego entraréis
solo; abriréis el armario que tiene un cristal (letra E), á la
izquierda, romperéis la cerradura si está cerrado; sacaréis, -con
todo su contenido, tal cual está-, la cuarta gaveta contando desde
arriba, ó lo que es igual, la tercera empezando á contar desde
abajo. En medio de mi extremada desesperación, tengo un temor
mortal de no indicaros bien las cosas; pero aunque me equivocase,
conoceríais la gaveta que necesito, examinando lo que contiene:
algunos polvos, un frasco y una carterita de apuntes. Os ruego que
llevéis con vos esa gaveta á la plaza de Cavendish, tal cual la
halléis.
"Esta es la primera parte del favor que os pido. Si partís así que
recibáis esta carta, deberéis estar de regreso mucho antes de media
noche; pero os dejo algunas horas de margen, no sólo por temor de
uno de esos obstáculos que no se pueden prever ni impedir, sino
también porque es preferible que haya llegado la hora del descanso
de vuestros criados para concluir lo que os quedará que hacer.
"Luego, á media noche, os ruego que permanezcáis solo en vuestro
gabinete de consulta, que conduzcáis hasta él á un hombre que
se presentará en mi nombre, y que le entreguéis la gaveta que
habréis llevado de mi casa. Entonces habrá concluído vuestro papel
y mereceréis mi más completa gratitud. Cinco minutos después, si
insistís deseoso de tener una explicación, comprenderéis que todas
estas precauciones tenían una importancia capital, y que el haber
descuidado una sola, por fantástica que pueda parecer, hubiera sido
cargar vuestra conciencia con mi muerte ó con la pérdida de mi
razón.
"Á pesar de la confianza en que estoy de que no os burlaréis de mi
ruego, mi corazón desfallece, y tiembla mi mano sólo con pensar
en semejante posibilidad. Acordaos de mí en esta hora, de mí que
estoy en una extraña situación, atormentado por la negrura de una
desgracia que ninguna imaginación podría llegar á exagerar; pensad,
también, que si queréis servirme con puntualidad, desaparecerá mi
turbación y todo ello no será más que una historia enterrada.
"Prestadme ese servicio, mi querido Lanyón y salvad á vuestro
amigo--E. J.
"P. S.--Había cerrado ya esta carta cuando un nuevo terror se
apodera de mi alma. Es posible que el correo cometa un error y que
esta carta no llegue á vuestras manos hasta mañana por la mañana.
En ese caso, querido Lanyón, cumplid mi encargo durante el día á
la hora que os sea más cómoda, y aguardad otra vez mi mensajero
á media noche. Pero quizá será demasiado tarde; y si transcurre
entonces la noche sin ninguna novedad, podréis decir que habéis
recibido la última noticia de,
ENRIQUE JEKYLL."
Al leer aquella carta me convencí de que mi colega estaba loco; pero
hasta que la cosa no ofreciese género ninguno de duda, decidí ejecutar
lo que me pedía. Cuanto menos comprendía yo todo aquel fárrago, menos
me hallaba en el caso de juzgar de su importancia, y tal petición
dirigida en semejantes términos, no podía ser rechazada sin incurrir
en grave responsabilidad. Me levanté inmediatamente de la mesa y fuí
á buscar un carruaje que me condujo directamente á casa de Jekyll.
El criado aguardaba mi llegada; había recibido por el mismo correo
que yo un pliego certificado que contenía sus instrucciones, y envió
á buscar en el acto á un cerrajero y un carpintero. Ambos obreros
llegaron mientras estábamos hablando, y fuimos todos juntos á la sala
de disección del viejo Doctor Denman, por el extremo de la cual, según
lo sabéis probablemente, se entra con mayor comodidad en el gabinete
particular de Jekyll. La puerta era muy sólida, la cerradura excelente;
el carpintero confesó que tendría mucho trabajo y que haría mucho
destrozo, si tenía que emplear la fuerza; el cerrajero llegó á creer
que no podría descerrajarla, pero era un hábil obrero, y después de dos
horas de trabajo, quedó abierta la puerta.
El armario señalado con la letra E no estaba cerrado; saqué la gaveta,
la hice rellenar con paja y envolver en papel, llevándomela á la plaza
de Cavendish.
Así que llegué, me puse á examinar su contenido. Los polvos estaban
bastante bien arreglados, pero no con el cuidado de un químico
fabricante ó vendedor, de modo que, á no dudarlo, habían sido
manipulados personalmente por el Doctor Jekyll. Abriendo uno de los
sobres, vi que su contenido se parecía, sencillamente, á una sal
cristalizada de color blanco. El frasco, que examiné después, estaba
lleno hasta la mitad; contenía un licor rojo, con un olor muy agrio,
con algo de fósforo y éter volátil. En cuanto á los otros ingredientes,
no pude saber lo que eran. El cuaderno ó carterita de apuntes era como
casi todos los que usan los colegiales, y sólo contenía unas cortas
series de fechas. Esas fechas se extendían á un largo período de años,
pero observé que las entradas habían cesado hacía un año poco más
ó menos, y bruscamente. Aquí y allí, se veía añadida alguna breve
observación, á una fecha, que generalmente era nada más que la palabra
-doble-, que se hallaba repetida quizá seis veces en un total de
algunos centenares de entradas; una vez, enteramente al principio de la
lista, y seguidas de algunos signos de admiración, estaban las palabras
-fracaso total-.
Todo esto, aunque excitando mi curiosidad, me decía poco respecto del
objeto final. Un tarro con cierta tintura, un papel con una sal, el
diario de una serie de experimentos que, (como ocurría á menudo con
las investigaciones de Jekyll), no conducía á nada práctico. ¿Por qué
razón la presencia en mi casa de esos varios objetos podía afectar á
la honra, ó al estado del espíritu, ó á la vida de mi ligero colega?
Si su mensajero podía ir á un punto ¿por qué no podía ir á otro? Y
aunque hubiese alguna imposibilidad, ¿por qué ese caballero tenía que
ser recibido en secreto? Cuanto más reflexionaba en todo eso, más me
convencía de que me hallaba en presencia de una enfermedad cerebral;
sin embargo, al ordenar á mis criados que se recogiesen, fuí á buscar
un viejo revolver, para encontrarme en estado de defensa personal, si
hubiese sido necesario.
Las doce acababan apenas de sonar en Londres cuando el picaporte se
dejó oir muy despacio. Fuí á abrir yo mismo, y encontré á un hombre de
pequeña estatura vuelto de espaldas á los pilares de la entrada.
--¿Venís de parte del Doctor Jekyll?--le pregunté.
Me contestó que sí, con aire encogido; cuando le dije que entrase, no
me obedeció sin haber lanzado antes una mirada escudriñadora hacia
la plaza sumida en la obscuridad. Un agente de policía estaba cerca,
y venía con su linterna sorda abierta; al verlo creí notar que el
desconocido tembló y que se apresuró á entrar.
Estos incidentes me sorprendieron, no lo ocultaré, de un modo
desagradable; no perdí de vista á mi hombre, gracias á la luz
brillante que había en mi sala de consultas, y puse la mano sobre
el arma para estar prevenido á todo evento. En fin, tuve la suerte
de verlo. Jamás, es absolutamente cierto, mis ojos lo habían visto
antes. Era pequeño, según he dicho; me sorprendió la expresión de su
fisonomía, en la que podía leerse una curiosa mezcla de grandísima
actividad muscular y de indudable debilidad de constitución; por
último, me sorprendió todavía más la penosa turbación subjetiva que me
producía su vecindad; y fué de género tal, que mis miembros parecían
helarse y que el pulso latía con menos violencia. Atribuí entonces
aquellas sensaciones á alguna repugnancia idiosincrásica y personal;
pero á pesar de todo, me sorprendía la vivacidad de mis impresiones,
si bien desde aquella fecha he tenido motivos para pensar que su causa
yacía muy profundamente oculta en la naturaleza misma de aquel hombre,
y que me movía algún pensamiento más noble que el odio.
Esa persona, que desde el instante en que entró había producido en mí
una sensación que sólo puedo definir llamándola -curiosidad mezclada
con repugnancia-, estaba vestida de un modo que hubiera sido ridículo
en cualquiera otro individuo; su traje, aunque era, en realidad, de un
género rico y de color obscuro, parecía enorme, inmensamente grande
para él, bajo todos conceptos; sus pantalones colgaban de las piernas
y habían sido recogidos para preservarlos del lodo; el chaleco le
llegaba muy abajo de las caderas, y el cuello de la levita se extendía
demasiado ancho sobre los estrechos hombros. Por extraño que fuese,
aquel burlesco traje no me hizo reír. Al contrario, como había un no sé
qué de anormal y de contrahecho en el ser que tenía á la vista, algo
que sobrecogía, que sorprendía y que escandalizaba en su repugnancia
misma, aquella nueva originalidad confirmaba mis ideas y les daba
fuerza; llegó casi á interesarme la naturaleza y el carácter del
hombre, y sentí curiosidad de saber su origen, su vida, su fortuna y
la posición que ocupaba en el mundo.
Aunque estas observaciones requiriesen mucho tiempo para analizarlas,
se me ocurrieron en el espacio de algunos segundos. El desconocido
demostraba arder en una sombría impaciencia.
--¿La habéis traído?--exclamó--¿la habéis traído?
Y era tal su impaciencia que puso la mano sobre mi brazo, tratando de
sacudirlo.
Lo rechacé, habiendo experimentado á su contacto como una sensación
glacial en toda mi sangre.
--Vamos, caballero--le dije--olvidáis que no tengo el gusto de
conoceros; permaneced sentado, si gustáis.
Le dí ejemplo, sentándome en mi sillón habitual, con la misma
tranquilidad que si hubiese tenido que habérmelas con un enfermo
cualquiera; tan tranquilo, á lo menos, como me lo permitían la hora
avanzada, la naturaleza de mis preocupaciones y el horror que me
inspiraba mi huésped.
--Os pido perdón, Doctor Lanyón--contestó bastante cortesmente;--vengo
aquí á ruego de vuestro compañero el Doctor Enrique Jekyll, para un
asunto de cierta importancia, y quería decir...
Detúvose, y se llevó la mano á la garganta, reparando por su acción que
luchaba contra los síntomas de un ataque de histeria.
--Quería decir, una gaveta...
Tuve entonces compasión del estado del desconocido, y quizá también
llevado por mi curiosidad, contesté:
--Aquí está;--le enseñé la gaveta que estaba en el suelo detrás de una
mesa y cubierta con el lienzo.
Saltó hacia el lado de la gaveta, luego se paró, y llevó una mano al
corazón; oí rechinar sus dientes; su rostro era tan horrible de ver,
que me alarmé, y temí á la vez por su vida y su razón.
--Reponéos--le dije.
Volvióse á mí, me dirigió una sonrisa atroz, y como un desesperado
descubrió la gaveta. Al ver lo que contenía lanzó un gemido ahogado y
un grito de alivio tal, que permanecí petrificado. Un instante después,
con voz ya algo más tranquila, me dijo:
--¿Tenéis un vaso graduado?
Me levanté de mi asiento no sin dificultad, y le entregué lo que pedía.
Diome las gracias con un gesto adecuado, midió algunas gotas de la
tintura encarnada y añadió uno de los polvos. La mezcla, que al
principio era de un color rojizo, á medida que los cristales se
deshacían comenzó á adquirir un color más vivo, á hervir visiblemente,
luego echó como una nubecilla de vapor. De pronto, cesó la ebullición,
y la mezcla adquirió un color de púrpura obscuro, pasando después
lentamente á un verde agua. El desconocido, que había seguido con
mirada muy atenta todas aquellas metamórfosis, se sonrió, colocó el
vaso sobre la mesa, y volviéndose hacia mí y mirándome con un aire muy
grave, me dijo:
--Ahora hay que tomar una determinación en cuanto á lo que resta que
hacer. ¿Queréis ser prudente? ¿queréis ser conducido? ¿queréis que me
lleve este vaso en la mano y que salga de vuestra casa sin decir una
palabra más? ¿Ó bien vuestra curiosidad exige otra cosa? Reflexionad
antes de contestar, pues se hará lo que mandéis. Si queréis, quedaréis
como antes, tal cual estáis ahora, ni más rico ni más sabio, á menos
que la conciencia de haber prestado un servicio á un hombre puesto en
un apuro mortal, no pueda ser considerada como una especie de riqueza
espiritual. Ó si preferís escoger el otro camino, un nuevo reino de
ciencia, nuevas vías que conducen á la fama y al poderío os serán
abiertas, aquí ante vos, en este cuarto, al instante mismo; vuestra
vista quedará confundida por un prodigio que haría vacilar, que
conmovería la incredulidad del mismo Satanás.
--Señor--contesté, haciendo creer en una calma y tranquilidad que
estaba lejos de tener--habláis con enigmas, y no os sorprenderá el
que escuche vuestras palabras sin darles mucho crédito; pero he ido
demasiado lejos al prestar esos servicios inexplicables, para detenerme
antes de haber visto el final.
--Bien está--replicó el desconocido.--Lanyón, recordáis vuestros
juramentos; lo que va á acontecer se halla colocado bajo el sagrado
secreto de nuestra profesión. Y ahora, vos, que desde largo tiempo
estáis encadenado á las concepciones más estrechas y más materiales,
vos que habéis negado la virtud de la medicina trascendental, vos que
habéis hecho burla de vuestros superiores, ¡mirad!
Llevó el vaso á los labios y bebió su contenido de un solo trago. Á
esto siguió un grito; bamboleó, tropezó, cogió la mesa para apoyarse,
y continuó sus movimientos, con los ojos extraviados é inyectados
en sangre, la boca abierta y espumosa; y mientras que yo miraba, se
producía un cambio, según mi imaginación; íbase hinchando, su rostro se
volvió negro de repente y las líneas fisonómicas parecieron fundirse
y modificarse, y un instante después, me puse en pie, retrocedí hasta
la pared, con un brazo extendido hacia adelante como para defenderme
contra aquel milagro, y con mi espíritu anonadado por el terror:--¡Oh,
Dios!--exclamé aterrorizado;--¡Oh, Dios!--dije varias veces; ¡pues
allí, delante de mi vista, pálido, tembloroso, medio desfallecido,
palpando con las manos como un hombre que acaba de resucitar, estaba
Enrique Jekyll!
Lo que me dijo durante la hora siguiente me es imposible reconcentrar
suficientemente el espíritu para escribirlo. Vi lo que vi, oí lo que
oí, y mi alma iba enfermando; y hoy que aquella visión se borra de mis
ojos, me pregunto á mí mismo si creo en ella, y no puedo contestar. Mi
vida está resentida hasta en los cimientos; un terror mortal se apodera
de mí continuamente, noche y día; comprendo que mis días están contados
y que es preciso morir; y lo que es más, moriré incrédulo.
En cuanto á la ignominia moral que ese hombre enseñó ante mí, ni con
lágrimas de penitencia, podría, ni aun como recuerdo, pensar en ella
sin estremecerme de horror. Sólo puedo decir una cosa, Utterson, y será
(si podéis creerla cierta) más de lo necesario.
Ese ser que se arrastró aquella noche por mi casa, era, según confesión
del mismo Jekyll, conocido bajo el nombre de Hyde y perseguido en todos
los rincones del país como asesino de Carew.
HASTIE LANYÓN."
EXPLICACIÓN COMPLETA DEL CASO EXTRAÑO DEL DR. ENRIQUE JEKYLL.
Nací en el año de 18**, heredero de una gran fortuna, dotado con
excelentes cualidades; mi naturaleza me inducía al trabajo, estimaba
mucho la consideración de aquellos de mis compañeros que me parecían
prudentes y buenos, en una palabra, hasta donde era posible creerlo,
poseía las condiciones necesarias para tener un porvenir honroso y
distinguido. En realidad, el peor de mis defectos era una tendencia
excesiva hacia la alegría, lo que causa el júbilo en otros, pero
difícil de conciliar con mi vivo deseo de llevar la frente alta y
afectar en público una actitud más seria de la que generalmente
tienen los otros hombres. De ahí resultó que comencé á ocultar mis
diversiones y placeres, y cuando llegué á la edad en que se piensa y
reflexiona, empecé á mirar á mi alrededor y á considerar la próspera
posición que ocupaba en el mundo. Me sentí ya destinado á una profunda
duplicidad en mi manera de vivir. Más de uno hubiera tenido á gloria
las irregularidades de que era yo culpable, pero desde el alto punto
de vista en el cual me había colocado, las miraba y las ocultaba con
una sensación de vergüenza casi mórbida. De modo que fué más bien
la naturaleza exigente de mis aspiraciones, que ninguna clase de
degradación particular en mis faltas, lo que me llevó á ser cuanto
fuí, lo que con un surco más hondo del que ordinariamente existe para
la mayor parte de los hombres, dividió en dos, en mi ser, aquellas
provincias del bien y del mal, que parten y forman el dualismo de
la naturaleza humana. En tal estado de ánimo, me vi inclinado á
reflexionar profundamente y sin descanso respecto de esa dura ley
de la existencia que reposa sobre las bases de la religión y que es
una de las causas de la desgracia de nuestra raza. Á pesar de ser
en modo tan absoluto un hombre de doble faz, no era hipócrita en la
acepción que se da á esta palabra; las dos partes de mi -yo- eran
ambas verdaderamente serias. No era más -yo- en realidad, cuando
arrojando todo freno, obraba vergonzosamente, que cuando, á la luz del
día, trabajaba para aumentar mis conocimientos, ó cuando procuraba
aliviar á los desgraciados y á los enfermos. La casualidad quiso que la
orientación de mis estudios científicos, que me guiaban absolutamente
hacia lo místico y trascendental, diese de rechazo ejerciendo como una
fuerza de repulsión, y me hiciese comprender, iluminándolo con mayor
claridad, ese estado de perpetua lucha entre las distintas partes de
mi ser. Cada día, y desde el doble punto de vista de la moral y de la
inteligencia, llegaba con mayor seguridad al conocimiento de aquella
verdad, cuyo descubrimiento parcial me arrastró á este espantoso
naufragio: á saber que el hombre no es realmente una entidad, sino que
existen dos entidades en él. Digo dos, porque el estado de mi propia
ciencia no me ha permitido pasar de ahí. Otros me seguirán, otros irán
más allá en esa vía; y aventuro, y me atrevo á emitir la opinión de que
ulteriormente se reconocerá que el hombre es una simple aglomeración
de diversos individuos sin ninguna relación entre sí. En cuanto á mí,
por la misma naturaleza de mi vida, adelanté forzosamente en una sola y
única dirección.
En el ser moral y en mi propia persona aprendí á conocer el perfecto
y primitivo dualismo del hombre; vi que, de las dos naturalezas que
parecían satisfechas en la extensión de mi conciencia, aunque hubiese
podido realmente ser la una y la otra, era únicamente porque, en
absoluto, tenía ó poseía las dos á la vez; y desde aquel momento,
antes de que hubiese comenzado la marcha de mis descubrimientos
científicos á sugerirme la más evidente posibilidad de semejante
milagro, había aprendido á insistir con placer, como en un sueño
despierto, en la idea de la separación de esos dos elementos. "Si--me
decía á mí mismo--cada uno de ellos pudiese estar domiciliado en
entidades diferentes, la vida se hallaría desembarazada de todo cuanto
la hace insoportable; lo injusto seguiría su camino, libre de las
aspiraciones y de los remordimientos de la parte gemela, de la parte
más virtuosa; y lo justo podría á su vez viajar segura y constantemente
por sus elevados senderos, llevando á cabo el bien que le llenaría de
satisfacción, y sin verse expuesto á los disgustos y remordimientos
que le ocasionarían los actos de la parte extraña y mala. Fué,
pues, destino fatal de la humanidad ver unir esos haces opuestos y
disparatados, y que en la matriz agonizante de la conciencia, aquellas
dos estrellas polares estuviesen luchando continuamente. ¿Cómo,
entonces, podrían ser separadas?"
Á ese punto había llegado en mis reflexiones cuando, según he dicho
ya, una luz inesperada comenzó á brotar sobre este asunto, de la
mesa del laboratorio. Empecé á concebir de un modo más profundo que
hasta entonces la vacilante inmaterialidad, el paso aún obscuro de
un estado á otro, de ese cuerpo que parece tan sólido y en el cual
caminamos con todos nuestros adornos. Hallé ciertos agentes que poseen
el poder de separar y de rechazar esa vestidura carnal, como el viento
posee el de agitar los lienzos de una tienda de campaña. Pero por dos
excelentes razones no entraré completamente de lleno en esta parte
científica de mi confesión. Primero, porque he aprendido que los
hombros del hombre deben para siempre jamás soportar el destino y la
carga de nuestra vida, y si llega á efectuarse alguna tentativa para
separar á los dos elementos, sólo servirá para aumentar su peso de un
modo más desagradable y más terrible. Y después, porque (mi relación
lo demostrará ¡ay! harto claramente) mis descubrimientos no eran
completos. Me bastará, por consiguiente, decir que no sólo reconocí que
mi cuerpo natural era el fantasma y el éter de algunos de los poderes
que componían mi espíritu, sino que llegué á inventar una pócima con
la cual esos poderes podían perder su supremacía, y reemplazarlos con
una segunda forma, que era tan natural como la primera, tan -yo- como
la otra, porque constituía la manifestación misma de los más bajos y
despreciables elementos de mi alma.
Vacilé mucho tiempo, antes de someter esta teoría á la prueba de la
práctica. Sabía perfectamente que me exponía á morir, pues una droga
que debía medirse con tanta exactitud y sacudir, conmover la verdadera
fortaleza de la individualidad, podía con el menor aumento en la dosis,
ó por la inoportunidad del momento escogido para el experimento, hacer
desaparecer para siempre el envoltorio inmaterial que no deseaba yo
cambiar. Pero la tentación de un descubrimiento tan original y tan
importante concluyó por hacerme vencer los temores y alarmas. Tenía
la pócima preparada hacía ya tiempo; compré de una vez, en casa
de un droguero, gran cantidad de una sal especial que, después de
mis experimentos, sabía yo que era el último producto necesario; y
finalmente, en una noche maldita, reuní los ingredientes, vigilé su
ebullición, los vapores que salían del vaso, y cuando cesó el hervor,
en un arranque de valor, bebí la pócima.
Terribles angustias se apoderaron de mí; crujidos de huesos, náuseas
mortales, y un horror del alma que no puede ser mayor en la hora
de la muerte ó del nacimiento. Luego, aquellos instantes de agonía
comenzaron á disminuir gradual y lentamente, y volví en mí como si
hubiese salido de una grave enfermedad. Había algo extraño, algo nuevo
é indescriptible en mis sensaciones, y su novedad real las hacía
extraordinariamente dulces y gratas. Me sentía más joven, más feliz
en todo mi ser; en mi fuero interno experimentaba como una audacia
embriagadora, tenía á la vista un mundo de imágenes sensuales que
corrían con la misma rapidez que el agua al salir de un molino;
sentíame desligado de los lazos de toda obligación, y tenía una
libertad de alma desconocida, pero no inofensiva. Desde el primer
aliento de aquella nueva vida, me consideré malo, diez veces más
malo, esclavo de mi genio maléfico original; y estas ideas, en aquel
instante, me fortalecían y me embriagaban como hubiera podido hacerlo
el vino. Alargaba las manos con la alegría de disfrutar, de acariciar
unas sensaciones tan nuevas, y al hacerlo, pude observar que mi
estatura había disminuído.
No había, entonces, espejo en mi gabinete; el que está cerca de mí
mientras escribo estas líneas, fué puesto allí más tarde con objeto de
ver esas transformaciones.
Sin embargo, hacía ya tiempo que la noche había cedido su puesto á la
mañana, y la mañana obscura como estaba, iba á desvanecerse ante la
claridad del día. Los inquilinos de mi casa estaban encerrados en sus
habitaciones, durante esas horas tan necesarias al sueño. Decidime,
hinchado como me hallaba por la esperanza y el triunfo, á llegar con
mi nuevo envoltorio hasta mi cuarto de dormir. Atravesé el patio, lo
que permitió á las constelaciones lanzar sus reflejos sobre mí, pues
podía imaginar, con admiración, que era la primera criatura de esa
especie que hubiese aparecido á su vigilancia siempre despierta; me
escurrí por los corredores, como un extraño en su propia casa, y vi por
vez primera el aspecto exterior de Eduardo Hyde.
Es preciso que hable aquí desde el punto de vista teórico solamente,
sin decir lo que sé, sino lo que supongo que debe ser más probable.
La parte mala de mi ser, á la cual había dado ahora mi vida propia,
era menos robusta y menos desarrollada que la parte buena. Además, en
el curso de mi existencia que, en sus nueve décimas partes, después
de todo, ha sido una vida de esfuerzos, de virtudes y de vigilancia,
ese lado malo había sido mucho menos ejercitado y puesto de relieve
que el otro. Y de ahí resultaba, según infiero, que Eduardo Hyde era
mucho más pequeño, más delgado y más joven que Enrique Jekyll. Así como
el uno llevaba sobre el rostro el resplandeciente sello del bien, el
otro tenía escrito sobre su cara el sello de la maldad. La maldad, que
no debe considerarse aún como causa del carácter mortal del hombre,
había impreso en aquel cuerpo signos de deformidad y de decadencia.
Y cuando miré, entonces, en el espejo aquel ídolo perverso, tuve
conciencia, no de un sentimiento repulsivo, sino más bien de la brusca
transición producida y del buen éxito de mis tentativas. Aquel ídolo,
por lo demás, era yo mismo. Parecía natural y humano. Para mí, tenía
á la vista una imagen más viva del espíritu; había allí más expresión
y originalidad que en el ser imperfecto y doble, hasta aquel momento
acostumbrado á llamar -yo-; é indudablemente tenía razón. Observé
que cuando aparecía bajo la apariencia de Eduardo Hyde, nadie podía
aproximárseme sin experimentar primero un extremecimiento visible,
en todo su cuerpo. Eso, según comprendí, procede de que todos los
seres humanos, tal cual los vemos, son un compuesto de bien y de mal;
únicamente Eduardo Hyde, en las filas de los humanos, era puramente
malo sin mezcla ninguna.
Permanecí por algunos momentos delante del espejo, pero faltaba
intentar todavía el último experimento, el decisivo; quedaba por saber
si había perdido yo mi identidad, sin esperanza de recobrarla, y tenía
que esconderme de la luz del día y salir de una casa que ya no era
mía; y apresurándome á volver á mi gabinete, preparé inmediatamente
la pócima necesaria, y bebí: sufrí otra vez las angustias de una
descomposición, y volví á ser yo mismo, con el carácter, la estatura y
el rostro de Enrique Jekyll.
Aquella noche llegué pues al fatal encuentro de los distintos caminos
de la vida; si hubiese trabajado mi descubrimiento con un espíritu
más elevado, si hubiese intentado la experiencia bajo el influjo de
aspiraciones generosas y piadosas, las cosas hubieran ido de otro
modo, y hubiera salido yo de aquellas agonías del nacimiento y de la
muerte como un ángel, en vez de haber salido de ellas como un demonio.
La poción, en suma, era una cosa neutra; quiero decir que no era ni
diabólica ni divina; no hacía más que sacudir las puertas de mi cárcel
y de mi estado de ánimo; y como los presos de Filipi, lo que estaba
encerrado se escapaba fuera. En aquel momento mi virtud se durmió, y mi
genio malo, al contrario, despertado por la ambición, estaba alerta y
dispuesto para aprovechar las ocasiones, y sus esfuerzos traían siempre
á Eduardo Hyde. Así pues, aunque tuviese dos caracteres y dos rostros,
uno era absolutamente malo, y el otro era siempre el viejo Enrique
Jekyll, compuesto disparatado que ya desesperaba de poder perfeccionar
y mejorar. Sus aspiraciones actuales lo empujaban enteramente hacia el
mal.
Pero ni aún en aquel instante, había podido dominar la aversión que me
inspiraba esa conocida aridez de la vida estudiosa. En ciertos momentos
tenía todavía inclinaciones favorables al júbilo y á la alegría; como
mis placeres eran (empleando la palabra más benévola) deshonestos, y
como no sólo era mejor conocido y más considerado, sino que llegaba
á ser también hombre de edad, aquella incoherencia en mi vida me era
cada día más importuna, por eso mi nuevo poder me tentó para el bien
hasta que caí sumido en la esclavitud. Bastábame con beber la copa,
para despojar al conocido profesor y vestir el burdo traje, el cuerpo
de Eduardo Hyde. Esa idea me agradaba, me hacía sonreir; la cosa me
parecía cómica; y hacía los preparativos con el cuidado más atento
y minucioso. Alquilé y amueblé aquella casa de Soho, en donde Hyde
fué perseguido por la policía, y tomé como guarda á una mujer que me
constaba ser callada y no tener escrúpulos. Por otra parte, dije á mis
criados que un señor Hyde, cuyas señas les dí, tenía plena libertad
y poder para entrar y salir en mi casa; y para prevenir cualquier
acontecimiento desagradable, hice visitas á casa del Doctor Jekyll y
pasé como familiar suyo.
Luego escribí aquel testamento contra el cual opusísteis tantas
observaciones, y que me permitía, si algo me ocurría en la persona del
Doctor Jekyll, entrar en la de Eduardo Hyde sin pérdida pecuniaria.
Tranquilizado así respecto del porvenir, comencé á aprovechar las
extrañas inmunidades de mi situación.
Ha habido hombres antes que yo, que pagaron asesinos para hacer
ejecutar sus crímenes, dejando á cubierto su propia personalidad y
su reputación; pero yo he sido el primero que ha podido obrar así en
cuanto á sus placeres. He sido el primero que ha podido aparecer ante
el público con su carga de respetabilidad, y un instante después,
como un colegial, despojarme de aquellos disfraces y arrojarme sin
miramientos en un océano de libertades.
Bajo mi impenetrable envoltura, mi salud era completa, excelente.
Pensad en ello: ¡ni siquiera existía! Bastaba que pudiese penetrar por
la puerta de mi laboratorio, tener dos ó tres segundos para preparar
y beber la pócima que estaba siempre lista, y fuese cualquiera cosa
lo que hubiese hecho Eduardo Hyde, desaparecía como la señal del
aliento sobre un cristal; y allí, en vez de Hyde, tranquilo en su casa,
arreglando su lámpara para la noche, se hallaba un hombre que hubiera
podido burlarse de toda sospecha dirigida contra él, Enrique Jekyll en
persona.
Los placeres que me apresuraba á buscar con mi disfraz, eran, como ya
lo he dicho, deshonestos, por no emplear una palabra más severa, y con
un ser tal cual era Eduardo Hyde, no tardaron en adquirir un carácter
monstruoso. Cuando regresaba de mis excursiones, quedaba estupefacto
de la depravación de la otra parte de mi ser. El demonio familiar
que sacaba de mi propia alma y que enviaba solo á sus placeres,
era un ser profundamente malévolo y vil; todos sus actos, todas sus
ideas no tenían más objetivo que su egoísmo; tenía placer en una sed
bestial de torturar á sus semejantes; sin entrañas, como una estatua
de piedra. Había instantes en que Enrique Jekyll estaba horrorizado
de los hechos de Eduardo Hyde; pero la situación se hallaba fuera de
las leyes ordinarias, y gradualmente la influencia de la conciencia se
fué relajando. Después de todo, Hyde era el culpable, únicamente Hyde.
Jekyll no era peor que antes; sus buenas cualidades se despertaban
y aparecían en él sin haber disminuído, y procuraba cuando le era
posible, remediar los daños causados por Hyde; y así, su conciencia
dormitaba.
No me propongo referir circunstanciadamente las infamias en que me vi
mezclado ó complicado, pues ni aun hoy puedo admitir que fuese yo quien
las cometió. Sólo quiero mencionar los avisos y las etapas sucesivas
que me anunciaban la aproximación del castigo. Ocurrióme primero un
incidente, que, como no tuvo consecuencias, me limitaré á indicar
nada más. Un acto de crueldad contra una niña excitó la cólera de un
transeunte que reconocí el otro día como uno de vuestros parientes: el
médico y la familia de la criatura se unieron á él; hubo un instante
en que temí por mi vida; pero finalmente, para calmar su harto justo
resentimiento, Eduardo Hyde se vió obligado á llevarlos hasta la puerta
de la casa del Doctor Jekyll, y á darles un vale girado á la vista con
el nombre de este último. Pero ese peligro quedó fácilmente evitado
para el porvenir, abriendo una cuenta en otro Banco á nombre de Eduardo
Hyde; y haciendo mi letra con una caída más oblicua, había dado una
firma doble á mi otro ser, y creí de aquel modo ponerme á cubierto
contra todo ataque de la fatalidad.
Dos meses antes del asesinato de Sir Danvers, había andado en busca
de aventuras; regresé tarde, y desperté al siguiente día presa de
raras sensaciones. Miré en vano á mi alrededor, y en vano vi los ricos
adornos y las grandes líneas de mi cuarto; en vano, también, reconocí
los dibujos de las colgaduras de mi cama y su marco de caoba; algo me
decía continuamente que no estaba en donde estaba realmente, sino que
debía estar en el pequeño cuarto de Soho, en donde tenía costumbre
de dormir en el cuerpo de Eduardo Hyde. Me sonreí, y con mis ideas
psicológicas empecé á estudiar perezosamente los principios y los
datos de semejante ilusión, y resultó que, pensando en ello, volví
á caer en el dulce sueño de la mañana. Estaba aún medio dormido, y
accidentalmente fijé la vista en mis manos. La mano de Enrique Jekyll,
como habéis podido verlo á menudo, era la mano de un médico en cuanto á
forma y tamaño; era grande, sólida, blanca y bien proporcionada; pero
la mano que vi entonces, bastante claramente á pesar de la luz pálida
de la mañana, medio oculta como se hallaba sobre la colcha, aquella
mano era descarnada, huesosa, de una palidez mate, y cubierta de
abundantes pelos negros. Era la mano de Eduardo Hyde.
Debí permanecer como medio minuto contemplándola, y quedé tan anonadado
de admiración y de sorpresa, que el terror tardó en despertarse en
mi pecho, pero despertó súbitamente y me produjo un estremecimiento
parecido al que se experimenta al oir un inesperado redoble de
tambores; salté de la cama y fuí á mirarme al espejo. Al ver lo que
éste me enseñó, mi sangre casi se heló en las venas. Sí, me había
acostado como Enrique Jekyll, y me despertaba cambiado en Eduardo
Hyde. ¿Cómo explicar semejante transformación? Dirigíme esa pregunta,
y luego, con otro estremecimiento de espanto, ¿cómo remediarla? Era ya
muy entrada la mañana; los criados estaban levantados; todas mis drogas
se encontraban en el gabinete, era preciso un largo viaje para ir hasta
él, bajar dos pisos, atravesar un corredor, el patio abierto y la sala
de anatomía, lo cual me asustaba. Podía, es verdad, taparme la cara,
¿pero de qué me hubiera servido, puesto que no podía ocultar el cambio
de mi estatura? Luego, con indecible alegría recordé que los criados
estaban ya acostumbrados á las idas y venidas de mi otro yo. Vestíme
pronto lo mejor que pude, con el traje de mi estatura ordinaria;
atravesé rápidamente la casa y tropecé con Bradshaw, quien me miró
sorprendido, apartándose al ver á Mr. Hyde á aquella hora y con aquel
traje; diez minutos después, el Doctor Jekyll había recobrado su forma
habitual, y estaba sentado, con la frente sombría, para aparentar que
almorzaba.
Mi apetito era realmente bien excaso. Ese incidente inexplicable, esa
contradicción en mis experimentos previos, parecían, como los dedos
babilónicos sobre la pared, escribir los términos y las letras de
mi sentencia. Comencé á reflexionar más seriamente de lo que hasta
entonces, sobre el fin y sobre los acontecimientos posibles de mi
doble existencia. La parte de mi ser que tenía yo el poder de producir,
estaba más fortalecida y más nutrida; hasta me parecía que desde algún
tiempo hacía, el cuerpo de Eduardo Hyde había ganado en estatura,
cuando me hallaba bajo aquella forma, tenía conciencia de que la
sangre circulaba más generosa por sus venas, y comenzaba á entrever
el peligro de que si ese estado se prolongaba, el equilibrio de mi
doble naturaleza podría quedar definitivamente destruído, anonadado el
poder de un cambio á voluntad, y que el carácter de Eduardo Hyde sería
finalmente el mío. El poder de la pócima no había tenido siempre igual
resultado. Un día, al principio de mis transformaciones, su efecto
había sido completamente nulo; desde entonces tenía con frecuencia
que doblar la dosis, y una vez, hasta con riesgo de mi vida, tuve que
ponerla triple; estos fracasos, aunque raros, habían contribuído á
nublar algo mi alegría. Pero ahora, advertido por el accidente de la
mañana, llegué á observar que, así como al principio la dificultad
había consistido en echar fuera el cuerpo de Enrique Jekyll, había
ido poco á poco cambiando de aspecto, y consistía ahora en desalojar
á la otra individualidad. Todo parecía, pues, conducirme á la misma
conclusión, á saber, que perdía lentamente mi poder sobre mi ser
primitivo, el mejor, el superior, y que con la misma lentitud me iba
incorporando en el segundo y el peor.
Comprendía que era preciso escoger entre esos dos seres. Mis dos
naturalezas tenían una memoria común, pero en cuanto á las otras
facultades, estaban desigualmente compartidas. Jekyll (que era una
mezcla) sufriendo á veces los temores más vivos y los apetitos más
ávidos, se complacía tomando parte en los placeres y aventuras de
Hyde; pero Hyde era indiferente para con Jekyll, ó sólo se acordaba de
él como el bandido de las montañas se acuerda de las cuevas en donde
se oculta cuando lo persiguen. Jekyll tenía más que el interés de un
padre; Hyde tenía más que la indiferencia de un hijo. Identificarme
con Jekyll, era renunciar á esos apetitos por los cuales había tenido
siempre la mayor indulgencia y que desde algún tiempo acá empezaba á
acariciar. Identificarme con Hyde, era renunciar á mil intereses y
ambiciones, y volver á ser de golpe y para siempre un ser despreciable
y privado de toda amistad.
El contrato podía parecer desigual, pues había aún otra consideración
que tener en cuenta; mientras que Jekyll sufriría el martirio y se
quemaría vivo á causa de su abstinencia, Hyde ni siquiera tendría
conciencia de lo que habría perdido. Por extrañas que sean las
circunstancias en que me encuentro, los efectos de este dualismo son
tan viejos y tan vulgares como el hombre mismo; pues son poco más ó
menos los mismos apetitos y los mismos temores los que hacen titubear
al pecador apasionado y tembloroso, y sucede conmigo lo que con el
mayor número de mis semejantes, y es que escojo la mejor parte, sólo
que me falta firmeza para persistir en mi resolución.
Sí, prefería al doctor anciano y descontento, rodeado de amigos y
de esperanzas honradas y envidiables; dije resueltamente adiós á la
libertad, á la juventud (si se tenía en cuenta mi edad), al andar
ligero, al ardiente hervir de la sangre, á los placeres juveniles,
cosas de las cuales disfrutaba bajo el disfraz de Hyde. Tomé este
partido, no quizá sin ninguna reserva mental, pues no abandoné la
habitación de Soho ni destruí los trajes de Eduardo Hyde, que están
siempre en mi gabinete, dispuestos para ser puestos en uso. Durante dos
meses, sin embargo, fuí sincero en mi determinación; durante dos meses,
seguí una vida de una severidad tal cual nunca había llegado antes á
observar, y me regocijaba con las compensaciones que me proporcionaba
mi conciencia. Pero andando el tiempo, la impresión de mis temores
concluyó por desvanecerse; las alabanzas de la conciencia empezaron
á ser únicamente cosa vulgar; comenzaron á torturarme dolores y
deseos apasionados, como si Hyde luchase para recobrar su libertad; un
día, en un instante de decaimiento moral, compuse de nuevo la bebida
transformadora, y la absorbí de un trago.
No creo que, si un borracho discute ó raciocina consigo mismo respecto
de su vicio, haya sido detenido ó impedido, de cada quinientas veces
una sola, por los peligros que va á correr á causa de la insensibilidad
bestial y física en que va á sumirse; jamás tampoco, al examinar
mi situación, me había dado cuenta de la completa insensibilidad
moral, y de aquella increíble tendencia hacia el mal, que eran los
puntos característicos del genio de Eduardo Hyde. También por ahí fuí
castigado. Mi demonio había permanecido mucho tiempo enjaulado, y
salió rugiendo de su encierro. Tenía yo conciencia, sin embargo, en
el momento mismo en que bebí la pócima, de aquella tendencia hacia el
mal, más desenfrenada, más furiosa. Supongo que debe atribuirse á esa
excitación de mi alma, la violencia y la impaciencia con las cuales
escuché las atentas palabras de mi desgraciada víctima; quiero á lo
menos confesarlo delante de Dios: es imposible que un hombre moralmente
sano haya podido hacerse culpable de ese crimen tras una provocación
tan insignificante; quiero declarar, también, que herí con una idea tan
falta de razón como la que puede tener un niño enfermo que despedaza
un juguete. Pero me había despojado voluntariamente á mí mismo de
todos esos instintos que hacen vacilar, y que obligan al peor de los
hombres á conservar cierta compostura, aun cuando se deje arrastrar por
sus malas pasiones; en mi estado, tener una tentación, por ligera que
fuese, era caer, sucumbir.
El espíritu infernal despertó instantáneamente en mí con furor. Con
un verdadero transporte de júbilo molía á palos aquel cuerpo que no
oponía resistencia, y producía delicioso gozo en mi ser cada golpe que
descargaba; sólo cuando vino el cansancio fué cuando repentinamente,
en medio de mi acceso de locura, me llegó al corazón una fuerte
sensación de terror. La neblina que cubría mi vista se disipó, y
comprendí que mi vida iba á ser deshonrada; huí lejos del teatro de
tales excesos, radiante de gloria y temblando á un mismo tiempo,
satisfecha y estimulada mi pasión por el mal, y con el amor de la vida
subido al más alto grado.
Corrí á la casa de Soho y, para librarme mejor de cualquier
persecución, destruí mis papeles; luego salí; paseé por las calles,
que alumbraban los faroles, llevando la misma alegría en mi espíritu,
regocijándome de mi crimen, con el juicio bastante claro y dispuesto
para preparar otros, pero con los ojos y el oído atentos, temiendo los
pasos de algún vengador.
Hyde tenía una canción en los labios cuando preparó la pócima, y al
tomarla, bebió á la salud de su víctima.
Apenas habían concluído las angustias de la transformación, Enrique
Jekyll vuelto á su propio ser caía de rodillas con un torrente de
lágrimas de gratitud y de remordimiento, elevando hacia Dios sus manos
cruzadas. El velo que ocultaba mi indulgencia se rasgó de arriba á
abajo; volví á ver mi vida entera; la vi desde los días de la infancia,
cuando me paseaba dando la mano á mi padre, la vi otra vez en medio
de los trabajos austeros de mi profesión, y llegué finalmente, con un
sentimiento de incredulidad, hasta los espantosos horrores de aquella
noche. Hubiera podido ponerme á gritar, pero busqué en el llanto y
en la oración el medio de borrar las figuras asquerosas y los ruidos
espantables que volvían á mi memoria para anonadarme; y continuamente,
en medio de mis oraciones, el rostro malo de mi iniquidad me miraba
hasta las profundidades del alma.
Cuando el vivo dolor de esos remordimientos comenzó á calmarse,
llegué poco á poco hasta ideas menos tristes. Lo que tenía que hacer
en adelante era sencillo. Hyde no podía volver para el porvenir;
queriéndolo ó sin quererlo yo, estaba desde aquel momento encerrado
en la parte mejor de mi existencia, y ¡cuánto me complacía esa idea!
¡Con qué humildad voluntaria me felicitaba por hallarme de nuevo dentro
de las restricciones naturales de la vida ordinaria! ¡Con qué sincera
sumisión cerré la puerta por la cual había entrado y salido tantas
veces, y destrocé la llave bajo mis pies!
Al día siguiente, los diarios anunciaron que el asesino había sido
visto, que el crimen de Hyde era evidente, y que la víctima era un
hombre que disfrutaba del aprecio público. Aquello no había sido
únicamente un crimen, sino también una locura trágica. Me agradaba
ver emitir esa opinión; felicitábame interiormente viendo que mis
tendencias mejores se hallaban fortalecidas de aquel modo, y puestas,
además, bajo la salvaguardia del horror que inspira el cadalso.
Jekyll era, pues, mi refugio, mi asilo; que Hyde se dejase ver un
instante fuera, y los brazos de todos los hombres se levantarían para
prenderlo y para matarlo.
Resolví rescatar lo pasado con mi conducta futura; y puedo añadir que
mi resolución produjo algún bien. Sabéis por vos mismo cuánto trabajé
recientemente, en los últimos meses del año pasado, para mejorar la
suerte de los desgraciados; sabéis que he hecho mucho por otros, y que
los días han transcurrido para mí tranquilamente, casi con dicha y
felicidad. No puedo decir por cierto que esa vida de beneficencia y de
inocencia me pesase; creo, al contrario, que cada día era para mí más
agradable.
Pero me atormentaba siempre el dualismo de mis tendencias, y cuando
los rigores de la penitencia impuesta comenzaron á dulcificarse, los
malos instintos de mi ser, durante tanto tiempo acariciados, aunque
encadenados hacía poco, rugieron con violencia pidiendo su libertad.
No pensaba ciertamente en resucitar á Hyde; sólo la idea de esa
resurrección bastaba para asustarme y extremecerme; y como un pecador
vulgar, concluí sin embargo, por sucumbir á los constantes asaltos de
la tentación.
Todas las cosas tienen fin; el vaso mayor concluye por llenarse; y esa
débil condescendencia á mis malhadados instintos concluyó, también, por
destruir mis buenos propósitos; no me hallaba aún alarmado; la caída
parecía natural, y ser únicamente un retroceso á aquellos antiguos días
anteriores á mi descubrimiento. Oíd lo que me aconteció:
Era un hermoso y claro día de enero, atravesaba el Parque del Regente,
el suelo estaba húmedo en los puntos donde la nieve se había derretido,
pero el cielo aparecía despejado y sin nubes; el gorjeo de los pájaros
se mezclaba á unos olores suaves y deliciosos, casi primaverales. Me
senté en un banco al sol. La parte animal de mi ser se gozaba en los
recuerdos; la parte espiritual estaba algo dormida, pero dispuesta
á futuras expiaciones, aunque sin querer comenzarlas desde luego.
Después de todo, decíame á mí mismo que era semejante á mis vecinos; y
entonces sonreí comparándome con los demás hombres, mi buena voluntad,
mis beneficios y mi actividad, con su crueldad y su pereza.
En el mismo instante en que me acudía aquel orgulloso pensamiento, un
calambre, un extremecimiento me pasó por todo el cuerpo, una horrible
náusea, un temblor mortal se apoderaron de mí.
Todo ello pasó dejándome algo débil; y á pesar de esa debilidad comencé
á experimentar un cambio en el curso de mis ideas, mayor osadía,
desprecio del peligro, y un abandono real de los deberes y obligaciones
de este mundo. Miré al suelo; mi traje caía informe sobre mis miembros
encogidos y arrugados; la mano que descansaba en mi rodilla era
nerviosa y peluda. Otra vez volvía á ser Eduardo Hyde. Poco antes
me hallaba seguro del respeto de los demás hombres, rico, estimado;
mientras que ahora me veía convertido en vulgar presa de los hombres,
perseguido, sin domicilio, un asesino común amenazado con el cadalso.
Mi razón vacilaba, pero no me abandonó completamente. Más de una vez
había observado ya que, bajo mi segunda forma, mis facultades parecían
más vivas y animadas, mis ideas más elásticas; y así aconteció que allí
en donde quizá Jekyll hubiese sucumbido, Hyde se elevó á la altura
que requería el momento. Mis ingredientes se hallaban en una de las
gavetas de un armario de mi gabinete; ¿cómo hacer para tenerlos? Ese
era el problema cuya solución buscaba, apretándome las sienes con ambas
manos. Había cerrado la puerta del laboratorio. Si hubiese tratado de
entrar por la casa, mis propios criados me hubieran llevado á la horca.
Vi que tenía que acudir á otras manos, y pensé en Lanyón. Pero, ¿cómo
llegar hasta él? ¿Cómo persuadirlo? Suponiendo que llegase á evitar el
arresto en las calles, ¿cómo hacer para ir hasta él? Y ¿cómo lograría
yo, visita desconocida y repugnante, persuadir al gran médico á ir á
saquear el gabinete de estudio de su colega el Doctor Jekyll?
Recordé entonces la originalidad de mi carácter; me quedaba un partido
que tomar; podía escribir con mi propia letra, y cuando me hallé
iluminado por aquella chispa vivificadora, la vía que debía seguir se
presentó á mi vista desde el principio hasta el fin.
En esto arreglé mi traje lo mejor que pude, y llamando un coche que
pasaba, me hice conducir á una posada de la calle de Portland, cuyo
nombre recordaba, felizmente. Al verme (mi aspecto era verdaderamente
bastante cómico, aunque el traje convenía más bien á un hombre que
estuviese en un instante trágico) el cochero no pudo ocultar la
risa. Rechiné los dientes, mirándolo con furor diabólico; la sonrisa
desapareció de sus labios, afortunadamente para él y más aún para mí,
pues en cualquiera otra circunstancia le hubiera arrojado á viva fuerza
de su sitio. Al entrar en la posada, eché una mirada á mi alrededor
con aire tan terrible, que temblaron las personas allí presentes;
mientras estuve á su vista, no se miraron entre sí, recibieron
obsequiosas mis órdenes, me condujeron á un cuarto y me llevaron recado
de escribir. Hyde en peligro de perder la vida, era un ser desconocido
hasta para mí, pues conmovido por una cólera desenfrenada, estaba
suficientemente excitado para cometer otro asesinato, deseoso de hacer
sufrir á sus semejantes. Pero fué, sin embargo, hábil, y contuvo sus
accesos de furor, con grandes esfuerzos de voluntad; arregló las
dos importantes cartas, una para Lanyón, y otra para Poole y pudo
convencerse de que habían sido realmente llevadas al correo, pues dió
orden para que las certificasen.
Luego permaneció todo el día sentado junto al fuego en su cuarto,
comiéndose las uñas; más tarde le sirvieron la comida allí mismo, sin
más compañía que sus temores; el criado temblaba bajo el ascendiente de
sus miradas, y así que fué entrada la noche, tomó un carruaje cerrado
y se paseó de un lado á otro por la ciudad. Él, digo--no me es posible
decir -yo---ese hijo del infierno no tenía nada de humano; nada vivía
en él fuera del temor y el odio. Cuando en fin, creyó que el cochero
iba á empezar á desconfiar, bajó del coche y se aventuró á pie, con su
traje desproporcionado para su estatura, y propio para atraer sobre él
la atención de los transeuntes nocturnos. Sus dos bajas pasiones, el
miedo y la rabia, hervían en él furiosas. No cesó de andar, perseguido
por sus temores, gruñendo en su interior, ocultándose en los parajes
menos frecuentados y contando los minutos que le separaban aún de la
media noche. En cierto instante creo que le habló una mujer, para
ofrecerle una caja de fósforos. Pególe en el rostro, y huyó.
Cuando llegué á casa de Lanyón, el horror que experimentó mi antiguo
amigo me causó quizá alguna impresión; pero no lo aseguro, pues en todo
caso fué sólo una gota más en el océano de horrores que habían llenado
las horas precedentes. Acababa de operarse un cambio en mí. Ya no era
el miedo del cadalso, era el horror de ser Hyde lo que me atormentaba.
La repulsión que inspiraba á Lanyón me apareció como un sueño, y como
soñando, también, volví á mi casa y me acosté. Dormí, después del
cansancio de aquel día, con un sueño profundo y pesado, que ni siquiera
fué interrumpido por las pesadillas que me atormentaban. Desperté por
la mañana conmovido, debilitado, pero más tranquilo. Seguía odiando
al animal, á la bestia que dormitaba en mí, y la temía, pues no había
olvidado los terribles peligros del día anterior; pero volvía á estar
en mi casa, y cerca de mis drogas; y la gratitud que tuve por haber
escapado al peligro fué tan grande en mi alma, que casi rivalizaba con
el resplandor de la esperanza.
Después de almorzar, atravesé el patio tranquilamente, respirando con
placer el aire fresco, cuando me acometieron de nuevo repentinamente
aquellas indescriptibles sensaciones, heraldos seguros de la
transformación, y apenas tuve el tiempo preciso para ponerme á cubierto
en mi gabinete, y ya rabiaba y tiritaba de frío, atormentado una vez
más por las pasiones de Hyde. Tomé entonces doble dosis para recobrar
mi identidad, pero ¡ay! seis horas después, mientras contemplaba
tristemente el fuego, los dolores me acometieron y tuve que volver
á tomar la pócima. En una palabra, desde aquel día sólo por medio
de grandes esfuerzos, como los que exige la gimnástica, y bajo la
influencia inmediata de la pócima, podía permanecer siendo el mismo,
es decir, conservar la personalidad de Jekyll. Á cada instante, á
cualquiera hora del día ó de la noche me acometían los escalofríos
precursores; sobre todo cuando dormía, ó estando soñoliento, y aun
hallándome ocupado en el trabajo, sentado en mi sillón, me despertaba
siempre convertido en Hyde. Oprimido por el peso incesante de esta
sentencia, absteniéndome voluntariamente de todo sueño, más allá de
lo que consideraba posible para el hombre, me convertí bajo la forma
de Jekyll, en una criatura devorada por la fiebre, que se consumía
y se debilitaba á la vez de cuerpo y alma, y perseguida únicamente
por una idea, á saber: el horror que me inspiraba mi otro -yo-. Pero
cuando dormía, ó cuando el efecto de la medicina había pasado, sentía
casi sin transición (pues los dolores de la transformación iban
disminuyendo cada día) un estado de espíritu en el cual me acometían
visiones terribles, en que sentía hervir en mi alma odios sin razón ni
motivo, y en que mi cuerpo no parecía ya bastante fuerte para contener
las rabiosas energías vitales. Hubiérase dicho que el vigor de Hyde
había crecido con la debilidad de Jekyll. Y en verdad, el odio que los
dividía entonces era igual en ambos lados. Para Jekyll era una lucha
por su propia vida. Habíase dado cuenta de la deformidad de aquella
criatura que compartía con él algunas de sus facultades intelectuales,
y era su compañero obligado, forzoso ante la muerte; y más allá de
esos lazos comunes, que en sí mismos formaban la parte más penosa
de sus tormentos, consideraba á Hyde, á pesar de la energía de su
vitalidad, como á un ser no sólo infernal, sino también inorgánico.
Pero lo que le producía mayor terror era la idea de que el lodo del
infierno podía emitir sonidos y lanzar gritos; que aquel polvo informe
podía gesticular y cometer pecados; que lo que estaba muerto y no tenía
ninguna forma, podía sin embargo llenar las funciones de la vida; y que
todo aquel conjunto estaba unido á su persona, más estrechamente de
lo que hubiera podido estarlo una esposa, un ojo; que aquel conjunto
estaba preso en su propia carne, hasta el punto de que durante el
misterio del sueño, podía luchar contra él y arrebatarle su misma
existencia. El odio que experimentaba Hyde contra Jekyll era de otra
naturaleza. Su miedo al patíbulo le obligaba continuamente á suicidarse
por un momento, volviendo á su estado de dependencia, formando
entonces una parte de otro ser, en vez del ser mismo; odiaba aquella
necesidad, odiaba aquella tristeza á la cual Jekyll se entregaba
ahora, y experimentaba todo el odio que sentían contra él. De ahí
aquellos juegos de manos que me hacía, garabateando con mi propia letra
blasfemias en mis libros, quemando las cartas, destruyendo el retrato
de mi padre; y en realidad, si el temor de su muerte no le hubiese
contenido, tiempo haría que se hubiese perdido para arrastrarme en su
ruina. Pero tenía extraordinario amor á la vida; voy aun más allá; yo,
que siento revolvérseme el corazón y me extremezco con sólo pensar en
él, cuando recuerdo su vil pasión por la vida, y cuando recuerdo sus
temores de que llegase á suicidarme, casi tengo compasión de él.
Es inútil y me falta tiempo para prolongar esta descripción; bástame
1
-
-
¿
?
-
-
.
2
3
-
-
-
-
-
-
¡
4
!
-
-
,
5
:
6
7
"
:
,
8
;
,
9
,
10
11
.
,
,
12
,
13
,
14
15
16
.
"
17
18
-
-
¿
?
-
-
.
19
20
-
-
,
-
-
21
.
22
23
.
-
-
24
-
-
.
-
-
,
25
.
;
26
;
,
27
.
28
29
,
,
,
30
31
,
32
,
.
33
34
35
36
37
.
38
39
40
"
,
,
,
41
,
,
42
43
.
,
44
;
,
45
,
46
.
47
;
48
:
49
50
"
-
*
*
-
51
52
"
:
;
53
,
54
,
,
,
55
.
56
:
-
-
,
,
,
57
,
58
.
,
,
,
59
;
,
60
.
61
.
.
62
63
"
64
-
-
65
-
-
,
66
,
.
,
67
,
;
.
68
;
69
;
(
)
,
70
,
;
,
-
71
,
-
,
72
,
,
73
.
,
74
;
,
75
,
:
76
,
.
77
,
78
.
79
80
"
.
81
,
82
;
,
83
,
84
85
.
86
87
"
,
,
88
,
89
,
90
.
91
.
,
92
,
93
,
94
,
,
95
96
.
97
98
"
99
,
,
100
.
,
101
,
102
;
,
103
,
,
104
.
105
106
"
,
107
-
-
.
.
108
109
110
"
.
.
-
-
111
.
112
.
113
,
,
114
,
115
.
;
116
,
117
,
118
119
.
"
120
121
;
122
,
123
.
,
124
,
125
,
126
.
127
.
128
;
129
,
130
.
131
,
132
,
,
133
,
134
.
,
;
135
136
,
;
137
,
,
138
,
.
139
140
;
,
141
,
142
.
143
144
,
.
145
,
146
,
,
,
147
.
148
,
,
,
149
.
,
,
150
;
,
,
151
.
,
152
.
153
,
154
.
,
155
156
,
.
,
157
,
,
158
-
-
,
159
;
,
160
,
,
161
-
-
.
162
163
,
,
164
.
,
,
165
,
(
166
)
,
.
¿
167
168
,
,
?
169
¿
?
170
,
¿
171
?
,
172
;
173
,
,
174
,
,
175
.
176
177
178
.
,
179
.
180
181
-
-
¿
?
-
-
.
182
183
,
;
,
184
185
.
,
186
;
187
.
188
189
,
,
190
;
,
191
,
192
.
,
193
.
,
,
194
.
,
;
195
,
196
;
197
,
198
;
,
199
.
200
;
201
,
,
202
203
,
204
.
205
206
,
207
-
208
-
,
209
;
,
,
,
210
,
,
211
,
;
212
;
213
,
214
.
,
215
.
,
216
,
217
,
218
,
219
;
220
,
,
,
221
.
222
223
,
224
.
225
.
226
227
-
-
¿
?
-
-
-
-
¿
?
228
229
,
230
.
231
232
,
233
.
234
235
-
-
,
-
-
-
-
236
;
,
.
237
238
,
,
239
240
;
,
,
241
,
242
.
243
244
-
-
,
-
-
;
-
-
245
,
246
,
.
.
.
247
248
,
,
249
.
250
251
-
-
,
.
.
.
252
253
,
254
,
:
255
256
-
-
;
-
-
257
.
258
259
,
,
260
;
;
,
261
,
.
262
263
-
-
-
-
.
264
265
,
,
266
.
267
,
.
,
268
,
:
269
270
-
-
¿
?
271
272
,
.
273
274
,
275
.
,
276
,
277
,
,
278
.
,
,
279
,
280
.
,
281
,
,
282
,
283
,
:
284
285
-
-
286
.
¿
?
¿
?
¿
287
288
?
¿
?
289
,
.
,
290
,
,
,
291
292
,
293
.
,
294
,
295
,
,
,
;
296
,
297
.
298
299
-
-
-
-
,
300
-
-
,
301
;
302
,
303
.
304
305
-
-
-
-
.
-
-
,
306
;
307
.
,
,
308
,
309
,
310
,
¡
!
311
312
.
313
;
,
,
,
314
,
315
,
;
,
316
,
;
,
317
318
,
,
,
319
,
320
,
:
-
-
¡
,
321
!
-
-
;
-
-
¡
,
!
-
-
;
¡
322
,
,
,
,
,
323
,
324
!
325
326
327
.
,
328
,
;
329
,
,
.
330
;
331
,
;
332
;
,
.
333
334
,
335
,
,
,
336
.
,
,
337
(
)
.
338
339
,
,
340
,
341
.
342
343
.
"
344
345
346
347
348
.
.
349
350
351
*
*
,
,
352
;
,
353
354
,
,
,
355
356
.
,
357
,
,
358
359
360
.
361
,
362
,
363
.
364
.
365
,
366
,
367
.
368
,
369
,
370
,
371
,
,
,
372
,
373
.
,
374
375
376
.
377
,
378
;
-
-
379
.
-
-
,
380
,
,
,
381
,
,
382
.
383
,
384
,
385
,
,
386
,
387
.
,
388
,
389
,
390
:
,
391
.
,
392
.
,
393
;
,
394
395
.
,
396
,
397
.
398
399
400
;
,
401
,
402
,
,
403
,
;
,
404
405
406
,
,
407
,
.
"
-
-
408
-
-
409
,
410
;
,
411
,
412
;
413
,
414
,
415
.
,
416
,
417
,
,
418
.
¿
,
419
,
?
"
420
421
,
422
,
,
423
.
424
,
425
,
426
.
427
,
428
.
429
430
.
,
431
432
,
433
,
434
.
,
(
435
¡
!
)
436
.
,
,
437
438
,
439
,
440
,
,
-
-
441
,
442
.
443
444
,
445
.
,
446
,
447
,
,
448
,
449
450
.
451
.
452
;
,
453
,
,
454
,
;
455
,
,
,
456
,
,
,
457
,
.
458
459
;
,
460
,
461
.
,
462
,
463
.
,
464
,
465
.
,
466
;
467
,
468
;
469
,
470
,
.
471
,
,
472
,
;
,
473
,
474
.
,
475
,
,
476
.
477
478
,
,
;
479
,
480
.
481
482
,
483
,
,
484
.
485
,
.
,
486
,
487
.
,
488
,
489
,
,
490
;
491
,
,
492
.
493
494
,
495
,
.
496
,
,
497
.
,
498
,
,
499
,
,
,
500
501
.
,
,
502
,
.
503
,
504
.
,
505
,
506
.
507
,
,
,
508
,
,
509
.
,
510
,
.
.
,
511
;
512
,
513
-
-
;
.
514
,
515
,
516
.
,
,
517
,
,
;
518
,
,
519
.
520
521
,
522
,
;
523
,
,
524
525
;
,
526
,
:
527
,
,
,
528
.
529
530
531
;
532
,
533
,
534
,
535
,
.
536
,
,
;
537
;
538
;
,
539
.
,
540
,
,
,
541
,
542
.
,
,
543
,
544
,
545
.
546
.
547
548
,
549
.
550
;
551
(
)
,
552
,
553
,
554
,
555
.
,
556
,
557
.
,
;
558
;
559
.
,
560
,
561
.
,
562
,
,
563
;
564
,
565
.
566
567
568
,
,
569
,
.
570
,
571
.
572
573
,
574
,
575
;
576
.
577
,
,
578
,
579
.
580
581
,
,
.
582
:
¡
!
583
,
584
,
585
,
586
;
,
,
,
587
,
588
,
589
.
590
591
,
,
592
,
,
,
593
,
594
.
,
595
.
596
,
597
;
,
598
;
599
;
,
600
.
601
;
602
,
603
.
,
,
.
604
;
605
,
606
,
;
,
607
.
608
609
610
,
611
.
612
.
613
,
,
,
614
.
615
:
616
;
617
;
,
618
,
619
,
620
.
621
,
622
;
,
623
,
624
.
625
626
,
627
;
,
628
.
,
629
;
,
,
630
;
631
,
632
,
633
.
,
634
635
,
,
,
636
.
,
637
.
,
638
,
639
;
,
,
;
640
,
641
,
,
642
,
,
,
643
.
.
644
645
,
646
,
647
,
648
649
;
.
650
,
.
,
651
,
652
.
¿
?
,
653
,
,
¿
?
654
;
;
655
,
656
,
,
,
657
,
.
,
,
,
658
¿
,
659
?
,
660
.
661
,
;
662
,
663
,
.
664
;
,
665
,
,
,
666
.
667
668
.
,
669
,
,
670
,
671
.
672
,
673
.
,
674
;
675
,
,
676
,
677
,
678
,
679
,
680
,
681
.
682
.
,
,
683
;
684
,
,
,
685
;
,
,
686
.
,
687
,
,
688
,
689
,
690
.
,
,
691
,
,
692
,
,
,
693
.
694
695
.
696
,
697
,
.
(
698
)
699
,
700
;
,
701
702
.
703
;
.
704
,
705
706
.
,
707
,
708
.
709
710
,
711
;
712
,
713
.
714
,
715
;
716
717
,
718
,
,
719
.
720
721
,
,
722
;
723
,
(
)
,
724
,
,
,
725
.
726
,
,
727
,
728
,
.
729
,
,
;
,
730
731
,
732
.
,
733
;
734
;
735
,
;
736
,
,
737
,
.
738
739
,
740
,
,
741
,
742
;
,
743
,
744
,
,
745
.
746
.
,
747
.
,
,
748
,
749
,
,
.
750
,
751
;
752
:
753
754
;
,
,
755
756
.
757
,
758
,
759
;
,
,
760
,
,
.
761
762
.
763
764
,
765
;
,
766
,
767
.
,
768
;
769
,
,
770
,
771
.
772
773
,
774
,
;
;
,
775
,
,
776
,
777
,
,
778
.
779
780
,
781
,
.
782
783
,
784
785
,
786
.
787
;
;
,
788
,
789
,
,
790
,
791
.
,
792
793
;
,
794
,
795
.
796
797
,
798
.
799
.
;
800
,
801
,
¡
!
802
¡
803
!
¡
804
805
,
!
806
807
,
808
,
,
809
.
810
,
.
811
;
812
,
,
813
,
.
814
815
,
,
,
;
816
,
817
.
818
819
;
820
.
821
,
,
822
;
,
823
,
824
.
825
;
,
,
826
.
827
828
,
829
,
830
,
,
831
,
.
832
;
833
;
834
,
,
835
.
836
837
;
;
838
,
,
839
;
;
840
,
841
.
:
842
843
,
,
844
,
845
;
846
,
.
847
.
848
;
,
849
,
.
850
,
;
851
,
,
852
,
.
853
854
,
855
,
,
856
,
.
857
858
;
859
,
,
860
,
861
.
;
862
;
863
.
.
864
,
,
;
865
,
866
,
,
.
867
868
,
.
869
,
,
870
,
;
871
,
872
.
873
;
¿
?
874
,
875
.
.
876
,
.
877
,
.
,
¿
878
?
¿
?
879
,
¿
?
¿
880
,
,
881
?
882
883
;
884
;
,
885
,
886
.
887
888
,
889
,
,
890
,
.
(
891
,
892
)
893
.
,
;
894
,
,
895
896
.
,
897
,
;
898
,
,
899
,
900
.
,
901
,
,
902
,
903
.
,
,
,
904
,
;
905
,
,
906
,
907
.
908
909
,
910
;
,
911
;
912
,
,
913
.
,
-
-
914
-
-
-
-
;
915
.
,
916
,
,
917
,
918
.
,
919
,
.
,
920
,
,
921
922
.
,
923
.
,
.
924
925
,
926
;
,
927
928
.
.
929
,
.
930
,
931
,
,
.
,
932
,
,
933
.
934
,
,
.
935
,
,
,
936
;
937
,
;
938
,
939
.
940
941
,
,
942
,
943
,
944
,
945
,
,
946
.
947
,
¡
!
,
948
,
949
.
,
950
,
,
951
,
,
952
,
.
,
953
954
;
,
,
955
,
,
956
.
957
,
,
958
,
959
,
,
960
,
961
,
:
-
-
.
962
,
,
963
(
964
)
965
,
966
,
967
.
968
.
,
969
.
970
.
971
,
972
,
;
973
,
974
,
,
975
,
,
.
976
977
;
978
;
979
,
;
980
,
981
,
;
982
,
983
,
984
.
985
.
986
,
,
987
,
;
988
,
989
,
.
990
,
991
,
,
992
;
,
993
,
994
.
;
;
,
995
996
,
,
997
,
.
998
999
;
1000