En toda la extensión de la casa, que estaba enteramente vacía, salvo la presencia de la vieja, Hyde sólo ocupaba dos piezas, que se hallaban adornadas con lujo y buen gusto. Un armario estaba lleno de botellas de vino, la vajilla era de plata, la mantelería elegante, de la pared colgaba un buen cuadro, regalo (supuso Utterson) de Enrique Jekyll, quien era muy inteligente en pinturas, las alfombras gruesas y de colores agradables. Pero en aquel momento había en las dos habitaciones indicios numerosos de un desorden reciente y precipitado; se veían trajes en el suelo, con los bolsillos vueltos para fuera; en el hogar un montón de ceniza gris, como si hubiesen quemado muchos papeles. De entre las cenizas, calientes aún, sacó el inspector el lomo verde de un libro talonario de vales, que había resistido á la acción del fuego; la segunda parte del bastón roto se encontró detrás de la puerta; y como esto confirmaba las sospechas, el inspector se regocijó de ello. Una visita al Banco, en donde el asesino tenía un crédito de varios miles de libras, completó su satisfacción. --Podéis estar seguro, caballero--dijo el inspector á Utterson--de que caerá en mi poder. Es preciso que haya perdido la cabeza, pues de otro modo jamás hubiera dejado aquí el trozo del bastón roto, ni el pedazo del libro talonario. No tenemos más que esperarlo en el Banco, y mandar publicar los anuncios con su filiación. Sin embargo, esas señas no eran fáciles de dar, pues el Sr. Hyde tenía pocas intimidades; el amo de la criada sólo le había visto dos veces; no se tenía ninguna noticia respecto de su familia; jamás había sido fotografiado; y aquellas personas que pudieron describirlo, no estuvieron conformes en muchos puntos, como acostumbra suceder comunmente con los observadores inexpertos. Sólo convenían en una cosa, en esa idea vaga de una deformidad difícil de describir, que había llamado la atención de cuantos lo habían visto. INCIDENTE DE LA CARTA. Era ya muy entrada la tarde cuando Utterson llegó á la puerta de la casa del Doctor Jekyll, en donde fué recibido por Poole, quien lo condujo por las cocinas y atravesando un patio, que en otro tiempo fué jardín, hasta el edificio llamado indistintamente laboratorio ó gabinete de disección. El doctor había comprado aquella casa á los herederos de un célebre cirujano; pero como sus aficiones particulares le inducían más bien á la química que á la anatomía, había cambiado el destino del edificio situado al extremo del jardín. Era la primera vez que el abogado penetraba en aquella parte de las habitaciones de su amigo; examinó con curiosidad aquel edificio desaseado y sin ventanas; miró á su alrededor con extrañeza, mientras atravesaba la sala que antes se llenaba de estudiantes, y ahora se hallaba vacía y silenciosa. Las mesas estaban cubiertas materialmente de aparatos químicos, y el suelo de tarros y de manojos de paja. La luz bajaba obscura desde la cúpula, como en medio de una atmósfera nebulosa; en el extremo, unos cuantos escalones conducían á una puerta tapada con un lienzo rojo, y pasando por esa puerta, entró, en fin, Utterson en el gabinete del doctor. Era una pieza espaciosa, adornada con armarios con puertas de cristal, y entre cuyos muebles se veían un espejo grande, de cuerpo entero, y una mesa escritorio. Ese gabinete recibía luz por tres ventanas cubiertas de polvo, con vistas al patio. El fuego chisporroteaba en el hogar; una lámpara estaba colocada sobre la piedra de la chimenea, pues hasta dentro de la casa dejaba sentir sus efectos la neblina; muy cerca del fuego se hallaba sentado el Doctor Jekyll, al parecer, enfermo de cuidado. No se levantó para ir al encuentro de su amigo, pero le alargó una mano helada, y le dió la bienvenida con voz conmovida. --Y bien--le dijo Utterson, así que Poole se hubo marchado--¿ya sabéis la noticia? El doctor se estremeció. --La voceaban por el barrio--contestó.--Lo he oído todo desde mi comedor. --Una sola palabra--repuso el abogado--Carew era cliente mío, vos también lo sois, y deseo saber lo que debo hacer. ¿Habéis sido bastante loco para ocultar á ese hombre? --Utterson, juro por Dios--exclamó el doctor--que jamás volverán mis ojos á mirarlo. Os doy mi palabra de honor de haber concluído con él en este mundo. Todo tiene fin; y, en realidad, no necesita mi ayuda; no lo conocéis como yo; está en lugar seguro, enteramente seguro; atended bien á mis palabras, no volverá nunca más á tratarse de él. El abogado escuchaba con tristeza; la actitud febril de su amigo no le agradaba. --Parecéis estar muy seguro de él--le dijo--y por lo que os estimo, espero que tendréis razón. Si el asunto llega á los tribunales, vuestro nombre podrá salir á luz. --Estoy completamente seguro de él--replicó Jekyll;--para semejante certidumbre, tengo razones que no me es posible comunicar á nadie. Pero hay un punto respecto del cual podréis darme consejo. Tengo... he recibido una carta, y estoy dudando si debo ó no enseñarla á la policía. Desearía dejarla en vuestro poder, Utterson; vos juzgaréis la cosa con saber y prudencia, estoy cierto de ello; ¡tengo tanta confianza en vos! --¿Teméis, probablemente, que esa carta pueda llegar á hacerlo descubrir?--preguntó el abogado. --No--contestó el doctor--no puedo decir que me preocupe lo que ocurra á Hyde; he concluído enteramente con él. Sólo pensaba en mí mismo; hasta dónde podría exponerme ese deplorable asunto. Utterson reflexionó durante algunos instantes; le sorprendía el egoísmo de su amigo, y sin embargo, quedó en cierto modo tranquilo. --Pues bien--dijo--dejadme ver la carta. La carta estaba escrita con una letra extraña, casi perpendicular, y firmada: "Eduardo Hyde." Decía, en términos breves, que su bienhechor, el Doctor Jekyll, á quien desde tanto tiempo había recompensado tan indignamente las mil generosidades de él recibidas, no tenía que afligirse ni alarmarse en cuanto á su salvación, pues, para escapar, poseía medios en los cuales tenía absoluta confianza. La carta agradó bastante al abogado, porque parecía dar un color más favorable á la amistad que existía entre Hyde y Jekyll; y se censuró interiormente por algunas sospechas que había llegado á concebir. --¿Tenéis el sobre?--le preguntó. --Lo he quemado--repuso Jekyll--antes de reflexionar en lo que podía contener; pero no tenía sello de correo. La carta ha sido traída á la mano. --¿Debo guardar la carta y esperar á mañana para tomar una determinación?--preguntó Utterson. --Os ruego que juzguéis vos mismo y que obréis como os parezca mejor--le contestó;--he perdido toda confianza en mí mismo. --Bueno, examinaré la cosa--replicó el abogado--pero me queda todavía que haceros una pregunta. ¿Fué Hyde quien dictó las frases de vuestro testamento referentes á esa desaparición? Pareció que una gran debilidad se apoderaba del doctor; apretó los labios y bajó la cabeza. --Lo he sabido--dijo Utterson--tenía intención de asesinaros; ¡de buena habéis escapado! --Pero hay algo que me ha contrariado mucho más que el peligro; ¡oh! ¡Dios mío, qué lección he recibido, Utterson!--Y se cubrió el rostro con ambas manos. Al salir, detúvose el abogado y cambió algunas palabras con Poole. --Decidme ¿han traído hoy una carta? ¿á quién se parecía el portador? Poole afirmó que nada habían llevado sino por el correo, y sólo circulares. Ante aquellas afirmaciones, Utterson volvió á experimentar sus antiguos temores. La carta habría llegado, sin duda, por la puerta del laboratorio. También era posible que hubiese sido escrita en el mismo gabinete del doctor; y en este caso, era preciso apreciarla de otro modo, examinarla con el mayor cuidado y con gran prudencia. En la calle, los chiquillos, vendedores de periódicos, gritaban con voz ronca: "¡Edición extraordinaria! ¡Horrible asesinato de un miembro del Parlamento!" Esa fué la oración fúnebre de un amigo y cliente; y el abogado no podía dejar de temer que la buena fama de otro de sus amigos se viese comprometida de rechazo en aquel escándalo. De todos modos, era una determinación difícil la que tenía que tomar, y aunque generalmente acostumbraba á fiarse de su propio discernimiento, comenzó á sentir la necesidad de pedir consejo á algún otro, si no directa, indirectamente. Poco después, estaba sentado junto á la chimenea de su cuarto, y el Sr. Guest, su primer pasante, enfrente de él, teniendo entre ambos, á una distancia bien calculada del hierro, cierta botella de vino añejo, especial, que durante mucho tiempo había permanecido en la cueva de la casa. La neblina se cernía aún sobre la ciudad, y los faroles encendidos brillaban como carbunclos. En medio de los ruidos de todas clases, que las espesas nubes hacían más sordos, la vida general de la ciudad seguía su curso ordinario en las grandes arterias, imitando el rugido poderoso de un fuerte viento. Pero, gracias á la lumbre, el cuarto tenía un aspecto alegre; el vino había llegado ya al grado de calor deseado; el rojo había adquirido con los años tonos más suaves, parecidos á los colores tamizados de las vidrieras ojivales; el ardor de las calientes tardes de otoño sobre las colinas plantadas de viñas iba á poder salir de su recipiente y dispersar las neblinas de Londres. Poco á poco el abogado se fué volviendo más expansivo. No había hombre para quien tuviese menos secretos que para el Sr. Guest; y hasta creía haberle confiado demasiados. Guest había ido á menudo á casa del doctor para tratar de asuntos; conocía á Poole; era imposible que no hubiese oído hablar de la familiaridad con que el Sr. Hyde era tratado en casa del doctor; por consiguiente, debía haberse formado una idea, una opinión; ¿no era, pues, conveniente, enseñarle una carta que podía explicar aquel misterio? Y, además, siendo Guest un buen estudiante y perito en autógrafos, consideraría aquel paso como muy natural y corriente. El pasante era, además, hombre de buen juicio; le hubiera sido difícil leer un documento tan extraño sin dejar escapar alguna observación, y según fuese ésta, podría Utterson orientar su futura conducta. --Es un triste suceso ese de Sir Danvers--dijo el abogado. --Sí, señor. Ha excitado vivamente el sentimiento público--repuso el Sr. Guest.--Aquel hombre debía estar loco. --Me gustaría saber vuestra opinión sobre eso--contestó Utterson.--Tengo aquí un documento en forma de carta... esto con reserva y entre los dos, pues ignoro aún lo que haré; de todos modos es un negocio feo, pero he aquí el documento; es nada menos que el autógrafo de un asesino. Los ojos de Guest brillaron; se recostó en la silla y leyó el documento con el mayor interés. --No, señor--dijo--no es de un loco, pero la letra es muy extraña. --Y según parece, el que lo escribió es también un hombre extraño--añadió el abogado. Precisamente en aquel mismo instante, entró el criado con una carta. --¿Es del Doctor Jekyll, señor?--preguntó el pasante;--me parece haber reconocido la letra. ¿Algún asunto privado? --Me invita á comer, nada más. ¿Por qué? ¿Queréis ver la carta? --Sí, permitidme por un momento.--Y el pasante colocó una al lado de la otra ambas hojas de papel, y las comparó cuidadosamente. --Gracias, caballero--dijo al fin, devolviéndole una y otra--es un autógrafo muy interesante. Se sucedió una pausa, durante la cual tuvo lugar una lucha en el ánimo del Sr. Utterson, que de repente preguntó al pasante: --Guest, ¿por qué habéis comparado esas dos cartas? --Pues bien, Sr. Utterson, hay entre ellas una rara semejanza; las dos letras son idénticas en muchos puntos; sólo difieren en su oblicuidad. --Es cosa original, ¿verdad? --Sí, señor, muy original--contestó Guest. --No pienso hablar á nadie de esta carta, ¿me entendéis?--dijo el abogado. --Sí, señor--contestó el pasante--ya comprendo. Tan pronto como Utterson se quedó solo, se apresuró á guardar el documento en la caja de hierro, en donde permaneció siempre. --¡Cómo!--pensó.--¿Será posible que Enrique Jekyll haya falsificado la letra de un asesino?--y la sangre se le heló en las venas. NOTABLE INCIDENTE DEL DR. LANYÓN. Transcurrió algún tiempo; ofreciéronse miles de libras esterlinas de recompensa, pues la muerte de Sir Danvers fué considerada por todos como un ultraje público, pero Hyde había desaparecido á pesar de las investigaciones de la policía, lo mismo que si jamás hubiese existido. Desentrañáronse, descubriéronse muchas cosas respecto de su vida pasada, y verdaderamente, el conjunto era vergonzoso. Refiriéronse historias sobre la crueldad á la vez insensible y violenta del hombre, sobre su vida abyecta, sus extraños conocidos, sobre el odio que había ido dejando tras sí; pero del momento presente, ni siquiera un indicio. Desde la mañana del asesinato, en que había dejado la casa de Soho, había desaparecido por completo; poco á poco, y con ayuda del tiempo, Utterson comenzó á reponerse de sus temores, y su tranquilidad fué aumentando. Á su juicio, la muerte de Sir Danvers se hallaba ampliamente compensada con la desaparición de Hyde. Ahora que aquella nefasta influencia no se ejercía, el Doctor Jekyll tenía una vida nueva. Dejó el encierro, reanudó las relaciones con sus amigos, volvió á ser su huésped familiar y su anfitrión, y como antes por su caridad, se hizo entonces notar por sus sentimientos religiosos. Estaba ocupado á menudo, fuera de su casa; tenía buena salud; su rostro parecía más franco, más dilatado, como si sintiese el golpe de rechazo del bien que hacía; y durante más de dos meses el doctor llevó una vida apacible. El ocho de enero, Utterson había comido en casa del doctor en compañía de un pequeño grupo de invitados, Lanyón entre ellos; las miradas del doctor se dirigían de unos á otros, como en otro tiempo, cuando formaban los tres un trío de amigos inseparables. El doce, y después el catorce, cerróse la puerta para el abogado: "el doctor está encerrado en sus habitaciones--decía Poole--y no recibe á nadie." El quince trató otra vez de entrar, pero obtuvo igual negativa; y como durante los dos meses que acababan de transcurrir, se había acostumbrado á ver á su amigo casi todos los días, aquella vuelta á la soledad influyó en su ánimo. Cinco días después convidó á Guest á comer, y al siguiente se decidió á ir á casa del Doctor Lanyón. Allí, á lo menos, no se le negó la entrada; pero desde que llegó junto al doctor, quedó sorprendido por el cambio operado en todo su ser. El doctor llevaba escrito en su rostro el signo de la muerte. Aquel hombre de tez sonrosada, se había vuelto pálido; sus carnes estaban caídas; distintamente se le veía más calvo y más viejo; pero no fueron sólo aquellas visibles pruebas de rápida decadencia física lo que llamaron la atención del abogado, sino más bien la mirada y la manera de ser del doctor, testimonio evidente de algún terrible espanto en su espíritu. Era poco probable que el doctor tuviese miedo á la muerte; así lo sospechó Utterson.--Es médico--pensó,--debe conocer su estado y saber que sus días están contados; y esa revelación es superior á lo que sus fuerzas le permiten soportar.--Y como Utterson le hizo notar su mala cara, el doctor con un acento de gran firmeza, le declaró que estaba perdido. --He sufrido un choque--dijo el doctor--y no volveré á recobrar nunca la salud. Es cuestión de algunas semanas. Sí, la vida ha sido agradable; la he querido; sí, señor, tenía el hábito de quererla. Pienso algunas veces, que si lo supiésemos todo, nos iríamos con más gusto. --Jekyll está enfermo también--indicó Utterson.--¿Lo habéis visto? Pero el rostro de Lanyón cambió, y levantó la mano temblorosa: --Deseo no volver á ver ni oir jamás hablar del Doctor Jekyll--exclamó con voz trémula.--Todo ha concluído entre él y yo, y os ruego que evitéis cualquier alusión á alguien á quien considero muerto. --Veamos--dijo Utterson, después de un largo silencio:--¿puedo seros útil para algo?--éramos tres viejos amigos, Lanyón; no viviremos lo bastante para tener otros. --No hay nada que hacer--repuso Lanyón--interrogadle más bien á él. --No quiere verme--contestó el abogado. --No me sorprende--añadió Lanyón;--quizá algún día, cuando yo haya muerto, sabréis, Utterson, lo fuerte y lo débil de todo esto. No puedo decíroslo ahora. Y además, si queréis permanecer sentado y hablar conmigo de otras cosas, por amor de Dios, quedáos y hablad; pero si no podéis evitar tocar ese asunto, ¡oh! entonces en nombre de Dios, idos, pues no puedo sufrir esa conversación. Así que regresó á su casa, Utterson escribió á Jekyll, quejándose de ser excluído, de no ser recibido por él, y preguntándole la razón de su desdichada ruptura con Lanyón. Al siguiente día, recibió una larga contestación, en la cual empleaba Jekyll expresiones muy patéticas, y á veces, con intención, términos obscuros y misteriosos. La disputa con Lanyón no tenía remedio ni arreglo. "No censuro á nuestro viejo amigo--escribía Jekyll--pero pienso como él, que no debemos volver á vernos. Desde ahora me propongo llevar una vida absolutamente retirada; no os sorprendáis y dudéis de mi amistad, si mi puerta está á menudo cerrada hasta para vos. Es preciso que me soportéis dejándome seguir mi sombrío camino. Llevo conmigo un castigo y un peligro que no puedo nombrar. Si soy el principal culpable, soy, también, la víctima principal. No creía que esta tierra pudiese contener un sitio para sufrimientos y terrores tan inhumanos; y vos, Utterson, no tenéis que hacer más que una cosa, aliviar mis sufrimientos, y para ello, respetar mi silencio." Utterson quedó pasmado; separada la nefasta influencia de Hyde, había vuelto el doctor á sus antiguas inclinaciones y amistades; hacía una semana que sus ojos se habían alegrado ante repetidas pruebas de una dulce y honrada vejez; y ahora, pocos instantes después, amistad, tranquilidad de espíritu, todo el orden de su vida quedaba roto de nuevo. Un cambio tan grande y tan imprevisto indicaba, evidentemente, locura. Pero recordando el estado y las palabras de Lanyón, debía haber en todo aquello algún misterio más grave. Una semana después, el Doctor Lanyón tuvo que meterse en cama, y antes de los quince días, murió. La tarde que siguió á los funerales, que le afectaron profundamente, Utterson abrió la puerta de su gabinete, y sentándose junto á la melancólica claridad de una luz, sacó de una gaveta y colocó enfrente de sí un sobre que le había sido dirigido por su difunto amigo, cerrado con su propio sello. Ese sobre llevaba la enfática inscripción siguiente: -Personal. Para ser entregado en manos del mismo Sr. Utterson solamente, y en el caso de haber fallecido antes que yo, para ser destruído sin leer su contenido.- El abogado temía abrirlo. "He enterrado á un amigo hoy--pensaba--¿qué sería si esto me costase otro?" Luego, considerando ese temor como un acto poco leal, rompió el sello. Pero había un segundo sobre, sellado lo mismo que el primero, y en el cual se hallaban escritas estas palabras: -No debe ser abierto antes del fallecimiento ó de la desaparición del Doctor Enrique Jekyll-. Utterson no podía creer lo que estaban viendo sus ojos. Otra vez la desaparición; otra vez, como en aquel insensato testamento que había devuelto hacía ya tiempo á su autor, la idea de desaparición y el nombre de Enrique Jekyll estaban juntos. Pero en el testamento, la idea de desaparición era debida á la siniestra sugestión de Hyde, estaba allí con un fin harto claro y harto horrible. Mas, en la pluma de Lanyón, ¿qué significaba aquella palabra? Una gran curiosidad se apoderó del fideicomisario; tuvo deseos de no atender á la prohibición y de penetrar hasta el fondo, en busca de todos aquellos misterios. Pero su profesión y la confianza que tenía en su difunto amigo le imponían severos deberes; de modo que el paquete fué á descansar en el más secreto cajón de su cofre particular. Si por una parte su curiosidad se hallaba mortificada, por otra parecía excitada con violencia; y casi puede dudarse si desde aquel momento deseó Utterson con igual vehemencia la sociedad del amigo superviviente. Pensaba en él con afecto, sin duda; pero sus ideas estaban perturbadas y eran temerosas. Fué á verlo, sin embargo; quizá se congratuló de no ser conducido hasta su presencia; quizá también, en el fondo de su corazón, prefería hablar con Poole en la escalera y en medio de la atmósfera y de los ruidos de la gran ciudad, á penetrar en aquella casa en donde reinaba una esclavitud voluntaria, y sentarse á hablar con su impenetrable prisionero. Poole, además, no tenía nada bueno que comunicarle. El doctor, al parecer, se encerraba más que nunca en su gabinete ó en el laboratorio, en donde llegaba algunas veces, hasta á quedarse dormido. Estaba muy triste; hablaba poco, no leía, y hubiérase dicho que pesaba algo sobre su ánimo. Utterson estaba ya tan acostumbrado á aquellas respuestas idénticas, que poco á poco fué disminuyendo las visitas. INCIDENTE DE LA VENTANA. Aconteció un domingo, que dando su acostumbrado paseo con el Sr. Enfield, la casualidad los condujo de nuevo á pasar por la callejuela; cuando llegaron frente á la puerta, ambos se detuvieron un instante para examinarla. --En fin--dijo Enfield--esa historia ha concluído. No volveremos á ver al Sr. Hyde. --Así lo creo--repuso Utterson.--¿Os he dicho que lo vi una sola vez y que experimenté la misma repulsión que vos? --Era imposible verlo sin experimentar ese sentimiento--añadió Enfield.--Y sea dicho de paso ¡por cuán tonto me habréis tenido, al saber que yo ignoraba que esta puerta trasera conducía á casa del Doctor Jekyll! Y por cierto que vos habéis sido la causa de que yo buscase y de que haya encontrado. --Habéis hallado, pues, la comunicación ¿no es verdad?--preguntó Utterson--y ya que la conocéis, ahora podríamos detenernos en el patio y echar un vistazo á las ventanas. Á deciros verdad, estoy inquieto respecto del pobre Jekyll; y hasta en mi interior siento una voz que me indica el bien que podría quizá procurarle la presencia de un amigo. El patio era muy frío y también un poco húmedo; reinaba en él un crepúsculo prematuro, aunque el cielo estaba aún brillantemente iluminado por los rayos del sol poniente. La ventana de el medio se hallaba entreabierta, y sentado detrás de ella, tomando el aire, con un rostro muy abatido, como el de un preso inconsolable, vió Utterson al Doctor Jekyll. --¡Hola! Jekyll--le gritó--supongo que estáis mejor. --Estoy muy decaído, Utterson--contestó el doctor tristemente, con voz apagada.--No será por mucho tiempo, gracias á Dios. --Permanecéis demasiado encerrado--siguió diciendo el abogado.--Deberíais salir para hacer ejercicio, como lo hacemos Enfield y yo. Es mi primo, el Sr. Enfield, el Doctor Jekyll.--Venid, poneos el sombrero y venid á dar una vuelta con nosotros. --Sois demasiado bueno--repuso el doctor;--bien lo quisiera; pero no, es enteramente imposible. No me atrevo. Pero, de veras, Utterson, me alegro que hayáis venido; es realmente una gran alegría para mí el veros. Quisiera preguntaros á vos y al Sr. Enfield, pero el lugar no es del todo conveniente. --¿Por qué?--exclamó el abogado con afabilidad;--lo mejor que podemos hacer es permanecer aquí abajo, y hablar con vos desde el sitio en que estamos. --Era precisamente lo que iba á atreverme á proponeros--replicó sonriendo el doctor. Pero pronunció las palabras con dificultad; y antes que la sonrisa hubiese desaparecido por completo de su cara, ésta expresó un terror y una desesperación tales, que nuestros dos caballeros sintieron helárseles la sangre en el cuerpo. Todo aquello duró nada más que un momento, pues la ventana fué cerrada instantáneamente; sin embargo, aquel instante les había bastado, y dieron media vuelta, saliendo del patio para cambiar algunas palabras. Atravesaron en silencio la callejuela, y sólo cuando llegaron á una calle inmediata, en la cual, á pesar de ser domingo, había alguna animación, fué cuando Utterson se volvió, por fin, hacia su amigo y lo miró. Ambos estaban pálidos, y había en sus ojos una expresión de horror tan grande, que decía bastante por sí misma. --¡Que Dios nos perdone! ¡Que Dios nos perdone!--exclamó Utterson. El Sr. Enfield hizo gravemente un signo con la cabeza, y siguió en silencio su camino. LA ÚLTIMA NOCHE. Una tarde, después de comer, Utterson estaba sentado junto al hogar, cuando quedó sorprendido por la visita de Poole. --¡Dios mío! ¿qué es lo que os trae aquí, Poole?--le dijo el abogado; y mirándolo de nuevo, añadió: --¿Qué os apena? ¿está enfermo el doctor? --Sr. Utterson--contestó el criado--hay algo que va mal. --Tomad asiento, y aquí tenéis un vaso de vino para vos--añadió Utterson.--Ahora, sin ninguna prisa, decidme con sinceridad lo que deseáis. --Conocéis la manera de vivir del doctor--empezó á decir Poole--y sabéis como se encierra. Pues bien, se ha encerrado de nuevo en su gabinete, y no me gusta eso. Sr. Utterson, estoy asustado. --Y ahora, mi buen Poole, ¿por qué estáis asustado? Hablad claro. --Me asusté hace una semana poco más ó menos--contestó Poole, evitando con algo de mal humor la pregunta que se le hacía--y no puedo ya soportar más la cosa. El aspecto del hombre justificaba completamente sus palabras; y salvo el instante en que por primera vez había hablado de su espanto, no había vuelto á mirar á la cara del abogado. Aun después, permanecía con el vaso apoyado sobre la rodilla, pero sin beber, y sus ojos se fijaban en un punto del techo. --No puedo soportar más tiempo eso--volvió á repetir. --Vamos--dijo Utterson--veo que tenéis un verdadero motivo para hablarme así, Poole; veo que hay algo que anda verdaderamente mal. Procurad decirme lo que es. --Creo que ha habido algún crimen--añadió Poole con voz ronca. --¡Un crimen!--exclamó el abogado muy asustado, y dispuesto á parecer más irritado aún--¿qué crimen? ¿qué queréis decir con eso? --No me atrevo á decirlo, señor, pero ¿queréis venir conmigo y verlo vos mismo? Por toda contestación, Utterson se puso en pie, tomó su sombrero y una capa de abrigo, y notó con sorpresa el rostro del criado, quien le pareció como aligerado de un gran peso; observó también, con no menor sorpresa, que el vino no había sido tocado. La noche era fría, noche propia del mes de marzo; la luna estaba pálida y en su último cuarto, como si el viento la hubiese volcado; algunas nubes rápidas y diáfanas corrían por el cielo. El viento furioso impedía hablar y cruzaba la cara; había, además, ahuyentado á los transeuntes y limpiado las calles de gente. Decía Utterson que no había visto nunca tan desierto aquel barrio de Londres, y no era precisamente lo que hubiera deseado en su interior; jamás durante toda su vida había sentido un deseo tan vivo de ver y tocar á sus semejantes, pues volviendo al curso de sus ideas lóbregas, tenía el presentimiento de que se encaminaba hacia una gran desgracia. Cuando llegaron á la plaza, todo estaba lleno de polvo; los árboles descarnados del jardín parecían fustigarse entre sí á lo largo del muro. Poole, que durante el camino se había adelantado uno ó dos pasos, se detuvo bruscamente en medio de la calle; á pesar del frío, se había quitado el sombrero y se secaba el sudor de la frente con un pañuelo encarnado. No obstante la rapidez de su marcha, no era el sudor producido por ella lo que enjugaba, sino el provocado por la angustia que le sofocaba, pues su rostro estaba pálido y su voz era dura y ronca. --En fin, señor--dijo--hemos llegado, y quiera Dios que no haya sucedido nada malo. --Amén, Poole--contestó el abogado. En esto, el criado llamó con precaución; abrieron la puerta, pero no la cadena, y una voz preguntó desde adentro: --¿Sois vos, Poole? --Yo soy--dijo Poole--abrid la puerta. El recibimiento estaba brillantemente alumbrado; un gran fuego ardía en la chimenea, y en derredor todos los criados, hombres y mujeres, confundidos, se estrechaban unos contra otros como un rebaño de carneros. Al ver al Sr. Utterson, una criada fué acometida de contorsiones histéricas; y el cocinero, exclamando:--¡Bendito sea Dios! es el Sr. Utterson--corrió hacia él como queriendo abrazarlo. --¿Qué hay? ¿Estáis todos aquí?--dijo el abogado con aire triste.--Es muy irregular, muy inconveniente, y disgustaría mucho á vuestro amo. --Todos están asustados--repuso Poole. Desconcertados, permanecieron callados, ninguno protestó contra aquellas palabras; la doncella sola dejó oir su ahogado llanto y sus gemidos. --Callad, de una vez--le dijo Poole, con un acento tan brutal que demostraba hasta qué punto tenía los nervios sobrexcitados; y realmente, cuando la doncella había lanzado gritos de desesperación, todos se estremecieron mirando la puerta interior, con espanto en los rostros. --Y ahora--añadió Poole dirigiéndose al mozo de cocina--dadme una luz, y vamos á saber la verdad de este asunto. Rogó al Sr. Utterson que le siguiese, y le enseñó el camino que conducía al jardín. --Andad lo más despacio que podáis--dijo Poole--y sin ruido; os ruego que escuchéis y que no dejéis oir nuestras pisadas. Tened cuidado, señor, de no entrar, si por casualidad os llamase. Ante esta inesperada recomendación, Utterson se extremeció y casi quedó desconcertado; pero pronto recobró su valor, y siguió al criado á través del laboratorio, de la sala de anatomía con sus vasos y sus botellas, y llegó al pie de la escalera. Poole le indicó que permaneciese á un lado y escuchase, mientras que él, dejando la luz, y apelando visiblemente á todo su valor, subió los peldaños, llamando con temblorosa mano, es decir, dando algunos golpecitos sobre la tela encarnada de la puerta del gabinete. --El Sr. Utterson desea veros, señor--dijo el criado; y al hablar hacía seña con viveza al abogado para que escuchase. Una voz contestó desde el interior: --Decidle que no puedo ver á nadie--y sus palabras parecían un largo quejido. --Gracias, señor--respondió Poole, con cierto acento de triunfo en la voz; y tomando otra vez la luz, condujo á Utterson por el patio hasta la gran cocina, en donde el fuego estaba apagado y los grillos saltaban por el suelo. --Señor--dijo mirando á Utterson--¿os parece que era aquélla la voz de mi amo? --Sí, parece haber cambiado mucho--contestó Utterson muy pálido, y mirándole también. --Cambiada, no cabe duda--añadió el criado.--¿Hubiera estado yo veinte años al servicio de mi amo para engañarme de ese modo respecto de su voz? No, señor, la voz de mi amo ha desaparecido y también él; ha sido muerto, hace ocho días, cuando le oímos gritar el nombre de Dios; ¿y quién está aquí en vez de él? ¿y por qué ese ser está aquí? Todo eso pide venganza ante Dios, Sr. Utterson. --He aquí una extraña relación, Poole, que más bien parece relación salvaje, mi buen hombre--dijo Utterson mordiéndose los dedos.--Supongamos que la cosa fuese tal cual la creéis; supongamos que el Doctor Jekyll haya sido asesinado, ¿por qué se empeñaría el asesino en permanecer aquí? Esa historia no se sostiene por sí misma; la simple razón se niega á creerla. --Bueno, Sr. Utterson, sois hombre difícil de convencer, pero sin embargo, llegaré á lograrlo--contestó Poole.--Es preciso que sepáis, que durante toda la última semana, él, ó sea quien fuere el que esté en aquel gabinete, gritaba noche y día para tener una especie de droga y no podía lograrla como la deseaba. Mi amo acostumbraba algunas veces á escribir sus órdenes en un papel y echarlo por los escalones. Desde hace una semana, eso es todo cuanto tenemos de él; nada más que papeles y una puerta cerrada; con respecto á los alimentos, colocados sobre los peldaños, iba á retirarlos á escondidas. Pues bien, señor, todos los días y aun dos ó tres veces en un día, he sido enviado corriendo á todos los drogueros de la ciudad. Cada vez traía el producto, pero otro papel me mandaba volver, porque no era puro y tenía otra orden para distinta casa. Necesita, pues, señor, en absoluto aquella droga por una razón cualquiera. --¿Tenéis alguno de esos papeles?--preguntó Utterson. Poole buscó en sus bolsillos y halló un papel arrugado, que el abogado examinó cuidadosamente acercándose á la luz. Su contenido decía lo siguiente: "El Doctor Jekyll saluda á los señores Maw, y les asegura que la última muestra es impura y no sirve para el objeto deseado. En el año de 18** el Doctor J. adquirió una cantidad bastante grande en casa de los señores M., y hoy les ruega que busquen con la exactitud más escrupulosa, y si quedase de igual calidad, que se la envíen inmediatamente. No hay que reparar en el precio. La importancia de la cosa para el Doctor Jekyll está por encima de cuanto pudiera decir." Hasta allí la carta estaba bastante correctamente escrita, pero entonces la emoción le había vendido, y hubiérase dicho que había materialmente aplastado la pluma contra el papel al añadir las siguientes palabras: "Por el amor de Dios, enviádmela de igual calidad que la antigua." --Es una extraña nota--dijo Utterson, y luego añadió con severidad:--¿cómo la habéis tenido abierta? --El dependiente del Sr. Maw estaba furioso, señor, y la echó hacia mí como si hubiese sido una cosa repugnante--repuso Poole. --¿Sabéis si esa nota es con seguridad de puño y letra del doctor?--preguntó el abogado. --He pensado que la letra se parecía á la suya--dijo el criado con tono áspero; y luego, cambiando de tono, añadió:--¿pero qué importancia puede tener una nota escrita, cuando le he visto á él en persona? --¿Le habéis visto?--repitió Utterson.--¿Y bien? --He aquí, he aquí la historia--prosiguió Poole.--Entré súbitamente en el laboratorio, yendo desde el jardín; creo que se había atrevido á salir en busca de esa droga ó de cualquier otra cosa, pues la puerta del gabinete estaba abierta, y él se hallaba en el fondo de la habitación revolviendo y escudriñando las viejas botellas. Me vió entrar, lanzó una especie de grito, y se volvió rápidamente al gabinete. No le vi más que un instante, pero los pelos se me pusieron de punta. Señor, si aquella aparición era mi amo, ¿por qué llevaba una careta sobre el rostro? Si era mi amo, ¿por qué había lanzado aquel grito y había huído de mí? Hace bastante tiempo que le sirvo; y luego...--Poole calló y se pasó la mano por la frente. --Realmente, son muy extraños esos detalles--dijo Utterson--pero creo entrever la verdad. Vuestro amo, Poole, se halla sin duda atacado por una de esas enfermedades que, á la vez torturan y deforman al enfermo; de ahí, por poco que yo sepa, la alteración de su voz; de ahí la máscara y su propósito de evitar la presencia de sus amigos; de ahí la pasión de buscar esa droga por medio de la cual el pobre hombre conserva alguna esperanza de curación. ¡Dios quiera que no se defraude! Esa es mi explicación; la cosa es bastante triste, Poole, y bastante sorprendente de considerar, pero se explica y es natural; todo ello concuerda bien, y nos saca de esas espantosas alarmas. --Señor--dijo el criado poniéndose alternativamente pálido y encarnado--aquella aparición no era mi amo, esa es la verdad. Mi amo--miró entonces á su alrededor y se puso á hablar en voz muy baja--es un hombre alto, bien constituído, y el otro era más bien un enano. Utterson trató de protestar. --¡Oh! señor--exclamó Poole--¿podéis pensar que no conozco á mi amo después de treinta años? ¿Pensáis que no sé á qué altura llega su cabeza en la puerta del gabinete, en donde le he visto todas las mañanas de mi vida? No, señor, esa cosa con máscara no ha sido nunca el Doctor Jekyll; sabe Dios lo que era, pero jamás ha sido el Doctor Jekyll; y nadie me quitará de la cabeza que ha debido de cometerse un crimen. --Poole--replicó el abogado--si habláis así, mi deber exige llegar hasta la certidumbre. Por más que deseo respetar los sentimientos de vuestro amo, me desconcierta esa nota, según la cual parece demostrado que vive todavía; considero como un deber romper aquella puerta. --¡Ah! Sr. Utterson, ¡eso se llama hablar!--exclamó el criado. --Y ahora viene la segunda pregunta--continuó diciendo Utterson;--¿quién romperá la puerta? --¿Cómo? vos y yo, señor--dijo valerosamente Poole. --Bien dicho--repuso el abogado--y suceda lo que quiera, yo cuidaré de que nada perdáis; dejadlo de mi cuenta. --Hay un hacha en el laboratorio--indicó Poole--y vos podéis tomar un hierro de la cocina. El abogado se apoderó de un grosero pero pesado instrumento, y moviéndolo, dijo á Poole que le estaba mirando:--¿Sabéis que vos y yo vamos á colocarnos en una situación que ofrece algún peligro? --Bien lo podéis decir, señor--contestó el criado. --Entonces es justo y conveniente que seamos francos. En nosotros dos, el pensamiento va más lejos que las palabras que nos hemos dicho; hablemos con claridad. Esa cara enmascarada que visteis, ¿la habéis reconocido? --Pues bien, señor, pasó tan rápidamente, la persona estaba tan inclinada, que no me atrevo á afirmar; pero si pensáis que fuese el Sr. Hyde, yo también me figuro que era él, pues aquel ser era de su tamaño, tenía el mismo andar rápido y ligero, y además, ¿quién sino él hubiera podido entrar por la puerta del laboratorio? No habéis olvidado sin duda, señor, que cuando ocurrió el asesinato, conservaba la llave consigo. Pero hay más aun. Ignoro, Sr. Utterson, si habéis visto alguna vez al Sr. Hyde. --Sí--contestó el abogado--he hablado una vez con él. --Entonces, debéis saber como todos nosotros, que había algo extraño en ese personaje, algo que trastornaba, no se cómo expresarme, señor; sentía uno frío hasta la médula de los huesos, al mirarlo. --Confieso que he experimentado una cosa parecida á lo que indicáis--contestó Utterson. --Pues bien--siguió diciendo Poole--cuando aquella cosa enmascarada, parecida á un mono, saltó en medio de los aparatos de química y se escurrió en el gabinete, sentí un frío terrible en la espalda. ¡Oh! bien sé que eso no es creíble, Sr. Utterson; soy bastante instruído para saberlo; pero el hombre tiene presentimientos y os aseguro que era el Sr. Hyde. --¡Ah! ¡ah!--exclamó el abogado--mis temores me hacen creer lo mismo. Temo que se oculte aquí una gran desgracia, que ocurriría sin duda, con semejante encuentro. Y, de veras, os creo; creo que el pobre Enrique ha sido asesinado y que su asesino (sólo Dios sabe con qué objeto) está aún oculto en el cuarto de su víctima. Pues bien, venguémosle. Llamad á Bradshaw. El lacayo contestó en el acto, pero muy pálido y muy nervioso. --Armáos de valor, Bradshaw;--dijo el abogado--el misterio que reina aquí es un peso para todos vosotros; queremos conocerlo. Poole y yo queremos penetrar, hasta empleando la fuerza, en el gabinete. Si todo va bien, soy bastante fuerte para responder de las consecuencias de esa fractura. Sin embargo, como puede haber debajo de todo eso algo obscuro y malo, ó bien que algún malhechor trate de huir por la puerta trasera, vos y otro criado id, dando vuelta por la calle, á colocaros á la puerta del laboratorio armados con buenos palos. Tenéis diez minutos para llegar á vuestro puesto. Cuando Bradshaw hubo salido, el abogado miró su reloj.--Ahora Poole--dijo al criado--vamos allá;--y llevando el hierro bajo el brazo, se dirigió hacia el patio. Las nubes habían ocultado la luna, y todo estaba completamente obscuro. El viento que llegaba como por bocanadas á aquel fondo de los edificios, agitaba la llama de la bujía mientras caminaban, hasta que estuvieron al abrigo, bajo el techo del laboratorio; sentáronse en silencio y aguardaron. Á su alrededor se oía el apagado murmullo de Londres; pero junto á ellos, sólo interrumpían el silencio y la tranquilidad los pasos que iban y venían dentro del gabinete. --Así es como anda todo el día--dijo Poole--y ¡ay! también parte de la noche. Únicamente se detiene un poco cuando llega un nuevo producto de la droguería. ¡Sólo una conciencia mala puede animar á semejante enemigo del descanso! ¡Ah! señor, ¡hay sangre vertida en cada uno de sus pasos! Pero escuchad con atención desde más cerca, y decidme si es ese el andar del doctor. Los pasos eran ligeros y extraños, como una especie de balanceo, pero muy apagados, y en nada se parecían al andar ruidoso y pesado del Doctor Jekyll. Utterson suspiró. --¿No hay nada más?--preguntó luego. Poole hizo un signo afirmativo con la cabeza--¡una vez--dijo--una vez le he oído llorar! --¿Llorar? ¿cómo puede ser?--exclamó el abogado extremeciéndose de horror. --Llorar como una mujer ó como un alma extraviada--añadió el criado.--Me fuí con el corazón tan enternecido que hubiera podido llorar también. Los diez minutos estaban para concluir. Poole sacó el hacha que se hallaba oculta bajo un montón de paja; colocaron la bujía sobre la mesa más próxima para alumbrarse durante el ataque; comprimiendo los latidos de sus corazones se acercaron al paraje en donde los pasos iban y venían en medio de la tranquilidad de la noche. --Jekyll--gritó Utterson con voz fuerte--quiero veros.--Detúvose un instante, pero nadie contestó.--Os doy un buen consejo; hemos concebido sospechas; es preciso que os vea y os veré--y moviéndose, añadió--si no por medios leales y honrados, será por medios violentos; si no lo permitís, entonces se empleará la fuerza bruta. --Utterson--dijo la voz--por amor de Dios, ¡piedad, piedad! --¡Ah! no es la voz de Jekyll, es la de Hyde--exclamó Utterson.--¡Poole, derribad la puerta! Poole blandió el hacha por encima del hombro; el golpe extremeció el edificio, y las colgaduras encarnadas quedaron pendientes sobre la cerradura y los goznes. Un grito horrible, como el de un verdadero animal espantado, resonó en el gabinete. El hacha dió un nuevo golpe; los tableros crujieron, el marco saltó; otras cuatro veces cayó el hacha, pero la madera era dura, y las diversas partes estaban completamente ajustadas; de modo que hasta el quinto golpe no quedó rota la cerradura y los trozos de la puerta echados hacia el interior de la estancia. Los vencedores, asustados de su obra, y del silencio que había sucedido, se retiraron un poco y miraron. El gabinete estaba á su vista con su lámpara tranquilamente encendida; un gran fuego llameaba y chisporroteaba en el hogar; la cafetera hervía junto á la lumbre. Una ó dos gavetas abiertas, papeles bien ordenados sobre la mesa escritorio, y más cerca del fuego, los utensilios preparados para el te; hubiérase creído que era el cuarto más tranquilo, y á no ser por los armarios brillantes llenos de botes y redomas, el lugar más vulgar de Londres aquella noche. Precisamente en medio de la habitación yacía el cuerpo de un hombre cuyas contorsiones se veían aún. Acercáronse en puntillas, pusiéronlo boca arriba, y reconocieron el rostro de Eduardo Hyde. Estaba vestido con ropas demasiado grandes para él; ropas que correspondían á la corpulencia del doctor; las fibras de su rostro se movían todavía con una semejanza de vida, pero la vida se había separado del hombre; el frasco roto que tenía en las manos, y el fuerte olor de almendras esparcido por el aire, probaron á Utterson que tenía delante de sí el cuerpo de un suicida. --Hemos llegado tarde--dijo con dureza--tanto para salvar como para castigar. Hyde ha pagado su deuda, y sólo nos queda que buscar el cuerpo de vuestro amo. La mayor parte del edificio se hallaba ocupada por el laboratorio que comprendía casi todo el piso bajo, y recibía luz por el techo, y por el gabinete que, en uno de los extremos formaba otro piso y tenía vistas al patio. Un corredor llevaba desde el laboratorio á la puerta de la callejuela, y ésta comunicaba, también, directamente con el gabinete por otra escalera. Hacia el otro lado no había más que cuartos obscuros y una gran despensa. Todos aquellos parajes fueron completamente examinados. Cada habitación podía verse con rapidez porque estaban llenas de objetos, y por el polvo que caía de las puertas al abrirlas, se comprendía que habían permanecido cerradas hacía mucho tiempo. La despensa estaba ocupada por objetos rotos puestos allí desde el tiempo del cirujano, predecesor de Jekyll, pero al tratar de abrir la puerta, se convencieron de la inutilidad de sus investigaciones por la caída de una inmensa tela de araña que desde años tapaba la entrada. En ningún punto había el menor rastro, la más ligera señal de Enrique Jekyll, ni muerto ni vivo. Poole dió con el pie fuertes golpes sobre las losas del corredor: --Es preciso--dijo, escuchando el ruido de los golpes que volvía como un eco--que esté enterrado aquí. --Ó puede haber huído--repuso Utterson, y fué á examinar de nuevo la puerta de la callejuela. Estaba cerrada; cerca de ella, sobre las losas del pavimento se hallaba la llave enmohecida ya. --Esta llave no parece haber servido--observó el abogado. --¿Haber servido?--repitió Poole con la exactitud de un eco--¿no veis, señor, que está rota? Diríase que alguien la ha pisado. --Y--siguió diciendo Utterson--los puntos rotos también están enmohecidos. Los dos hombres se miraron con espanto. --Todo eso, Poole, está por encima de mi inteligencia--dijo el abogado.--Volvamos al gabinete. Subieron la escalera sin hablar, y mirando con temor al cadáver, comenzaron á examinar con mayor atención los diversos objetos que había en el gabinete. Sobre una de las mesas se veían restos de preparaciones químicas; montoncitos de diferente tamaño de una especie de sal blanca estaban puestos en platos de cristal como si el desdichado hombre hubiese preparado alguna experiencia que quedó interrumpida. --Esa es precisamente la misma droga que yo iba siempre á buscarle--dijo Poole; y mientras hablaba, el agua del jarro se puso á hervir con más fuerza y se esparció por el suelo haciendo un ruido espantoso. Aquel incidente los llevó hacia el hogar, cerca del cual había sido colocado un cómodo sillón; los utensilios para el te estaban preparados junto al sillón, y el azúcar necesario, en la taza. Sobre una mesita veíanse varios libros; uno de ellos, abierto, figuraba al lado mismo de los utensilios para el te, y Utterson quedó sorprendido al ver que era una obra piadosa, respecto de la cual había expresado Jekyll más de una vez grandísima admiración; mas el libro contenía notas del propio puño del doctor, que eran horribles blasfemias. Continuando las investigaciones llegaron al espejo de cuerpo entero, en el cual se miraron, extremeciéndose á pesar suyo. El espejo estaba colocado de tal modo que no les dejaba ver nada más que el reflejo de las llamas rojas sobre el techo, el del fuego reproduciéndose cien veces sobre los tableros pulimentados de los armarios, y también sus propias personas pálidas y asustadas. --Este espejo ha debido ver extrañas cosas, señor--dijo Poole. --Pero de seguro que nada sería tan raro como ese ser--repuso el abogado casi con el mismo sonido de voz.--¿Con qué objeto tenía Jekyll...?--y la palabra se perdió en sus labios; pero luego, dominando su debilidad, añadió:--¿para qué tenía Jekyll necesidad de un espejo? --También me dirijo idéntica pregunta--contestó Poole. Luego fueron á la mesa escritorio. Sobre el pupitre, en medio de papeles colocados con orden, había un gran sobre, en cuyo sobrescrito, de puño del doctor, se leía el nombre del Sr. Utterson. El abogado lo abrió, y varios otros sobres cayeron al suelo. El primero contenía sus últimas disposiciones, redactadas en los mismos términos excéntricos que el testamento devuelto seis meses antes; eran un testamento para el caso de muerte, y una donación en el caso de desaparición; pero en vez del nombre de Eduardo Hyde, el abogado leyó con grandísima sorpresa el nombre de Gabriel Juan Utterson. Miró á Poole, después al papel y finalmente al cadáver del criminal que yacía en el suelo. --La cabeza me da vueltas--dijo--ha tenido este documento todos estos días en su poder; no tenía motivo ninguno para quererme; debió rabiar al verse desbancado, y no ha destruído el documento. Recogió otro papel; era una carta muy corta escrita de propio puño del doctor con una fecha en lo alto.--¡Oh! Poole--exclamó el abogado--estaba vivo aquí hoy mismo; no puede haber arreglado todo eso tan rápidamente; ¡debe estar vivo, debe haber huído! Pero ¿por qué haber huído? ¿Y cómo? En este caso ¿podemos exponernos á declarar el suicidio? ¡Oh! hay que pensar mucho en todo eso, pues preveo que podríamos conducir á vuestro amo á alguna espantosa catástrofe. 1 , , 2 , , 3 . 4 , , , 5 , ( ) , 6 , 7 . 8 ; 9 , ; 10 , . 11 , , 12 , ; 13 ; 14 , . 15 , 16 , . 17 18 - - , - - - - 19 . , 20 , 21 . , 22 . 23 24 , , . 25 ; 26 ; ; 27 ; , 28 , 29 . , 30 , 31 . 32 33 34 35 36 . 37 38 39 40 , , 41 , 42 , 43 . 44 ; 45 , 46 . 47 48 ; 49 ; , 50 , 51 . 52 , . 53 , ; 54 , 55 , , , , 56 . , 57 , , 58 , . 59 , . 60 ; 61 , 62 ; , 63 , . 64 65 , 66 , . 67 68 - - - - , - - ¿ 69 ? 70 71 . 72 73 - - - - . - - 74 . 75 76 - - - - - - , 77 , . ¿ 78 ? 79 80 - - , - - - - 81 . 82 . ; , , ; 83 ; , ; 84 , . 85 86 ; 87 . 88 89 - - - - - - , 90 . , 91 . 92 93 - - - - ; - - 94 , . 95 . . . . 96 , 97 . , ; 98 , ; ¡ 99 ! 100 101 - - ¿ , , 102 ? - - . 103 104 - - - - - - 105 ; . ; 106 . 107 108 ; 109 , , . 110 111 - - - - - - . 112 113 , , 114 : " . " , , , 115 , 116 , 117 , , , 118 . 119 120 , 121 ; 122 . 123 124 - - ¿ ? - - . 125 126 - - - - - - 127 ; . 128 . 129 130 - - ¿ 131 ? - - . 132 133 - - 134 - - ; - - . 135 136 - - , - - - - 137 . ¿ 138 ? 139 140 ; 141 . 142 143 - - - - - - ; ¡ 144 ! 145 146 - - ; ¡ ! 147 ¡ , , ! - - 148 . 149 150 , . 151 152 - - ¿ ? ¿ ? 153 154 , 155 . 156 157 , 158 . , , 159 . 160 ; , 161 , . 162 163 , , , 164 : " ¡ ! ¡ 165 ! " 166 167 ; 168 169 . , 170 , 171 , 172 , , . 173 174 , , 175 . , , , , 176 , 177 , , 178 . , 179 . 180 , , 181 , 182 . , , 183 ; 184 ; , 185 ; 186 187 . 188 . 189 . ; 190 . 191 ; ; 192 . 193 ; , , 194 ; ¿ , , , 195 ? , , 196 , 197 . 198 199 , , ; 200 , 201 , . 202 203 - - - - . 204 205 - - , . - - 206 . . - - . 207 208 - - - - 209 . - - . . . 210 , ; 211 , ; 212 . 213 214 ; 215 . 216 217 - - , - - - - , . 218 219 - - , 220 - - . 221 222 , . 223 224 - - ¿ , ? - - ; - - 225 . ¿ ? 226 227 - - , . ¿ ? ¿ ? 228 229 - - , . - - 230 , . 231 232 - - , - - , - - 233 . 234 235 , 236 . , : 237 238 - - , ¿ ? 239 240 - - , . , ; 241 ; . 242 243 - - , ¿ ? 244 245 - - , , - - . 246 247 - - , ¿ ? - - 248 . 249 250 - - , - - - - . 251 252 , 253 , . 254 255 - - ¡ ! - - . - - ¿ 256 ? - - . 257 258 259 260 261 . . 262 263 264 ; 265 , 266 , 267 , . 268 , 269 , , . 270 , 271 , , 272 ; , 273 . , 274 , ; , 275 , , 276 . , 277 . 278 , 279 . , , 280 , , 281 . 282 , ; ; 283 , , 284 ; . 285 286 , 287 , ; 288 , , 289 . , 290 , : " 291 - - - - . " 292 , ; 293 , 294 , 295 . , 296 . 297 298 , , ; 299 , . 300 . 301 , ; ; 302 ; 303 304 , 305 , . 306 ; 307 . - - - - , - - 308 ; 309 . - - 310 , , 311 . 312 313 - - - - - - 314 . . , 315 ; ; , , . 316 , , 317 . 318 319 - - - - . - - ¿ ? 320 321 , : 322 323 - - - - 324 . - - , 325 . 326 327 - - - - , : - - ¿ 328 ? - - , ; 329 . 330 331 - - - - - - . 332 333 - - - - . 334 335 - - - - ; - - , 336 , , , . 337 . , 338 , , ; 339 , ¡ ! , , 340 . 341 342 , , 343 , , 344 . , 345 , , 346 , , . 347 . " 348 - - - - , 349 . ; 350 , 351 . 352 . 353 . , , , 354 . 355 ; , , 356 , , , 357 . " 358 359 ; , 360 ; 361 362 ; , , , 363 , 364 . , , 365 . , 366 . 367 368 , , 369 , . , 370 , , 371 , 372 373 , . 374 : - . 375 . , 376 , . - 377 . " - - - - ¿ 378 ? " , 379 , . , 380 , : - 381 382 - . 383 . ; , 384 , 385 . 386 387 , 388 , 389 . , , ¿ ? 390 ; 391 , 392 . 393 394 395 ; 396 . 397 398 , 399 ; 400 401 . , ; 402 . , ; 403 ; , 404 , 405 , 406 , 407 . , , 408 . , , 409 , 410 , . ; , 411 , . 412 , 413 . 414 415 416 417 418 . 419 420 421 , . 422 , ; 423 , 424 . 425 426 - - - - - - . 427 . . 428 429 - - - - . - - ¿ 430 ? 431 432 - - - - 433 . - - ¡ , 434 435 ! 436 . 437 438 - - , , ¿ ? - - 439 - - , 440 . , 441 ; 442 . 443 444 ; 445 , 446 . 447 448 , 449 , , , 450 , . 451 452 - - ¡ ! - - - - . 453 454 - - , - - , 455 . - - , . 456 457 - - - - 458 . - - , 459 . , . , . - - , 460 . 461 462 - - - - ; - - ; , 463 . . , , , 464 ; 465 . . , 466 . 467 468 - - ¿ ? - - ; - - 469 , 470 . 471 472 - - - - 473 . ; 474 , 475 , 476 . 477 478 , 479 ; , , 480 , . 481 , 482 , , , 483 , , , 484 . 485 486 , 487 , . 488 489 - - ¡ ! ¡ ! - - . 490 491 . , 492 . 493 494 495 496 497 . 498 499 500 , , , 501 . 502 503 - - ¡ ! ¿ , ? - - ; 504 , : 505 506 - - ¿ ? ¿ ? 507 508 - - . - - - - . 509 510 - - , - - 511 . - - , , 512 . 513 514 - - - - - - 515 . , 516 , . . , . 517 518 - - , , ¿ ? . 519 520 - - - - , 521 - - 522 . 523 524 ; 525 , 526 . , 527 , , 528 . 529 530 - - - - . 531 532 - - - - - - 533 , ; . 534 . 535 536 - - - - . 537 538 - - ¡ ! - - , 539 - - ¿ ? ¿ ? 540 541 - - , , ¿ 542 ? 543 544 , , 545 , , 546 ; , 547 , . 548 549 , ; 550 , ; 551 . 552 ; , , 553 . 554 , 555 ; 556 , 557 , 558 . 559 560 , ; 561 562 . , 563 , ; , 564 565 . , 566 , 567 , . 568 569 - - , - - - - , 570 . 571 572 - - , - - . 573 574 , ; , 575 , : 576 577 - - ¿ , ? 578 579 - - - - - - . 580 581 ; 582 , , 583 , , 584 . . , 585 ; , : - - ¡ ! 586 . - - . 587 588 - - ¿ ? ¿ ? - - . - - 589 , , . 590 591 - - - - . 592 593 , , 594 ; 595 . 596 597 - - , - - , 598 ; 599 , , 600 , 601 . 602 603 - - - - - - , 604 . 605 606 . , 607 . 608 609 - - - - - - ; 610 . , 611 , , . 612 613 , 614 ; , 615 , 616 , . 617 , , , 618 , , 619 , , 620 . 621 622 - - . , - - ; 623 . 624 625 : 626 627 - - - - 628 . 629 630 - - , - - , 631 ; , 632 , 633 . 634 635 - - - - - - ¿ 636 ? 637 638 - - , - - , 639 . 640 641 - - , - - . - - ¿ 642 643 ? , , ; 644 , , ; ¿ 645 ? ¿ ? 646 , . . 647 648 - - , , 649 , - - 650 . - - ; 651 , ¿ 652 ? ; 653 . 654 655 - - , . , , 656 , - - . - - , 657 , , 658 , 659 . 660 . 661 , ; 662 ; , 663 , . , , 664 , 665 . , 666 , 667 . , , , 668 . 669 670 - - ¿ ? - - . 671 672 , 673 . 674 : " , 675 . 676 * * . 677 . , 678 , , 679 . . 680 681 . " , 682 , 683 684 : " , 685 . " 686 687 - - - - , 688 : - - ¿ ? 689 690 - - . , , 691 - - . 692 693 - - ¿ 694 ? - - . 695 696 - - - - 697 ; , , : - - ¿ 698 , ? 699 700 - - ¿ ? - - . - - ¿ ? 701 702 - - , - - . - - 703 , ; 704 , 705 , 706 . 707 , , 708 . , 709 . , , ¿ 710 ? , ¿ 711 ? ; 712 . . . - - . 713 714 - - , - - - - 715 . , , 716 , ; 717 , , ; 718 ; 719 720 . ¡ ! 721 ; , , 722 , ; 723 , . 724 725 - - - - 726 - - , . 727 - - 728 - - , , 729 . 730 731 . 732 733 - - ¡ ! - - - - ¿ 734 ? ¿ 735 , 736 ? , , 737 ; , 738 ; 739 . 740 741 - - - - - - , 742 . 743 , , 744 ; . 745 746 - - ¡ ! . , ¡ ! - - . 747 748 - - - - 749 ; - - ¿ ? 750 751 - - ¿ ? , - - . 752 753 - - - - - - , 754 ; . 755 756 - - - - - - 757 . 758 759 , 760 , : - - ¿ 761 ? 762 763 - - , - - . 764 765 - - . , 766 ; 767 . , ¿ 768 ? 769 770 - - , , , 771 , ; 772 . , , 773 , , , ¿ 774 ? 775 , , , 776 . . , . , 777 . . 778 779 - - - - - - . 780 781 - - , , 782 , , , ; 783 , . 784 785 - - 786 - - . 787 788 - - - - - - , 789 , 790 , . ¡ ! 791 , . ; 792 ; 793 . . 794 795 - - ¡ ! ¡ ! - - - - . 796 , , 797 . , , ; 798 ( ) 799 . , . 800 . 801 802 , . 803 804 - - , ; - - - - 805 ; . 806 , , . 807 , 808 . , 809 , 810 , , , 811 . 812 . 813 814 , . - - 815 - - - - ; - - 816 , . , 817 . 818 , 819 , , 820 ; . 821 ; , 822 823 . 824 825 - - - - - - ¡ ! 826 . 827 . ¡ 828 ! ¡ ! , ¡ 829 ! , 830 . 831 832 , , 833 , 834 . . 835 836 - - ¿ ? - - . 837 838 - - ¡ - - - - 839 ! 840 841 - - ¿ ? ¿ ? - - 842 . 843 844 - - - - 845 . - - 846 . 847 848 . 849 ; 850 ; 851 852 . 853 854 - - - - - - . - - 855 , . - - ; 856 ; - - , - - 857 , ; 858 , . 859 860 - - - - - - , ¡ , ! 861 862 - - ¡ ! , - - 863 . - - ¡ , ! 864 865 ; 866 , 867 . , 868 , . ; 869 , ; 870 , , 871 ; 872 873 . 874 875 , , 876 , . 877 ; 878 ; . 879 , , 880 , ; 881 , 882 , 883 . 884 885 886 . , 887 , . 888 ; 889 ; 890 , ; 891 , 892 , 893 . 894 895 - - - - - - 896 . , 897 . 898 899 900 , , 901 , 902 . 903 , , , 904 . 905 906 907 . 908 909 . 910 , 911 , 912 . 913 , 914 , , 915 916 . 917 , , . 918 919 : 920 921 - - - - , 922 - - . 923 924 - - - - , 925 . ; , 926 . 927 928 - - - - . 929 930 - - ¿ ? - - - - ¿ , 931 , ? . 932 933 - - - - - - 934 . 935 936 . 937 938 - - , , - - 939 . - - . 940 941 , , 942 943 . 944 ; 945 946 . 947 948 - - 949 - - ; , 950 951 . 952 953 , 954 ; 955 , , . 956 ; , , 957 , 958 , 959 ; 960 , . 961 962 , 963 , . 964 965 , 966 , 967 . 968 969 - - , - - . 970 971 - - - - 972 . - - ¿ 973 . . . ? - - ; , 974 , : - - ¿ ? 975 976 - - - - . 977 978 . , 979 , , , 980 , . . 981 , . 982 , 983 ; 984 , ; 985 , 986 . , 987 . 988 989 - - - - - - 990 ; ; 991 , . 992 993 ; 994 . - - ¡ ! - - 995 - - ; 996 ; ¡ , ! ¿ 997 ? ¿ ? ¿ 998 ? ¡ ! , 999 . 1000