En toda la extensión de la casa, que estaba enteramente vacía, salvo la
presencia de la vieja, Hyde sólo ocupaba dos piezas, que se hallaban
adornadas con lujo y buen gusto. Un armario estaba lleno de botellas
de vino, la vajilla era de plata, la mantelería elegante, de la pared
colgaba un buen cuadro, regalo (supuso Utterson) de Enrique Jekyll,
quien era muy inteligente en pinturas, las alfombras gruesas y de
colores agradables. Pero en aquel momento había en las dos habitaciones
indicios numerosos de un desorden reciente y precipitado; se veían
trajes en el suelo, con los bolsillos vueltos para fuera; en el hogar
un montón de ceniza gris, como si hubiesen quemado muchos papeles. De
entre las cenizas, calientes aún, sacó el inspector el lomo verde de un
libro talonario de vales, que había resistido á la acción del fuego; la
segunda parte del bastón roto se encontró detrás de la puerta; y como
esto confirmaba las sospechas, el inspector se regocijó de ello. Una
visita al Banco, en donde el asesino tenía un crédito de varios miles
de libras, completó su satisfacción.
--Podéis estar seguro, caballero--dijo el inspector á Utterson--de que
caerá en mi poder. Es preciso que haya perdido la cabeza, pues de otro
modo jamás hubiera dejado aquí el trozo del bastón roto, ni el pedazo
del libro talonario. No tenemos más que esperarlo en el Banco, y mandar
publicar los anuncios con su filiación.
Sin embargo, esas señas no eran fáciles de dar, pues el Sr. Hyde
tenía pocas intimidades; el amo de la criada sólo le había visto dos
veces; no se tenía ninguna noticia respecto de su familia; jamás había
sido fotografiado; y aquellas personas que pudieron describirlo,
no estuvieron conformes en muchos puntos, como acostumbra suceder
comunmente con los observadores inexpertos. Sólo convenían en una cosa,
en esa idea vaga de una deformidad difícil de describir, que había
llamado la atención de cuantos lo habían visto.
INCIDENTE DE LA CARTA.
Era ya muy entrada la tarde cuando Utterson llegó á la puerta de la
casa del Doctor Jekyll, en donde fué recibido por Poole, quien lo
condujo por las cocinas y atravesando un patio, que en otro tiempo
fué jardín, hasta el edificio llamado indistintamente laboratorio ó
gabinete de disección. El doctor había comprado aquella casa á los
herederos de un célebre cirujano; pero como sus aficiones particulares
le inducían más bien á la química que á la anatomía, había cambiado
el destino del edificio situado al extremo del jardín. Era la primera
vez que el abogado penetraba en aquella parte de las habitaciones
de su amigo; examinó con curiosidad aquel edificio desaseado y sin
ventanas; miró á su alrededor con extrañeza, mientras atravesaba la
sala que antes se llenaba de estudiantes, y ahora se hallaba vacía
y silenciosa. Las mesas estaban cubiertas materialmente de aparatos
químicos, y el suelo de tarros y de manojos de paja. La luz bajaba
obscura desde la cúpula, como en medio de una atmósfera nebulosa; en el
extremo, unos cuantos escalones conducían á una puerta tapada con un
lienzo rojo, y pasando por esa puerta, entró, en fin, Utterson en el
gabinete del doctor. Era una pieza espaciosa, adornada con armarios con
puertas de cristal, y entre cuyos muebles se veían un espejo grande,
de cuerpo entero, y una mesa escritorio. Ese gabinete recibía luz
por tres ventanas cubiertas de polvo, con vistas al patio. El fuego
chisporroteaba en el hogar; una lámpara estaba colocada sobre la piedra
de la chimenea, pues hasta dentro de la casa dejaba sentir sus efectos
la neblina; muy cerca del fuego se hallaba sentado el Doctor Jekyll, al
parecer, enfermo de cuidado.
No se levantó para ir al encuentro de su amigo, pero le alargó una mano
helada, y le dió la bienvenida con voz conmovida.
--Y bien--le dijo Utterson, así que Poole se hubo marchado--¿ya sabéis
la noticia?
El doctor se estremeció.
--La voceaban por el barrio--contestó.--Lo he oído todo desde mi
comedor.
--Una sola palabra--repuso el abogado--Carew era cliente mío, vos
también lo sois, y deseo saber lo que debo hacer. ¿Habéis sido bastante
loco para ocultar á ese hombre?
--Utterson, juro por Dios--exclamó el doctor--que jamás volverán mis
ojos á mirarlo. Os doy mi palabra de honor de haber concluído con él en
este mundo. Todo tiene fin; y, en realidad, no necesita mi ayuda; no
lo conocéis como yo; está en lugar seguro, enteramente seguro; atended
bien á mis palabras, no volverá nunca más á tratarse de él.
El abogado escuchaba con tristeza; la actitud febril de su amigo no le
agradaba.
--Parecéis estar muy seguro de él--le dijo--y por lo que os estimo,
espero que tendréis razón. Si el asunto llega á los tribunales, vuestro
nombre podrá salir á luz.
--Estoy completamente seguro de él--replicó Jekyll;--para semejante
certidumbre, tengo razones que no me es posible comunicar á nadie.
Pero hay un punto respecto del cual podréis darme consejo. Tengo...
he recibido una carta, y estoy dudando si debo ó no enseñarla á la
policía. Desearía dejarla en vuestro poder, Utterson; vos juzgaréis
la cosa con saber y prudencia, estoy cierto de ello; ¡tengo tanta
confianza en vos!
--¿Teméis, probablemente, que esa carta pueda llegar á hacerlo
descubrir?--preguntó el abogado.
--No--contestó el doctor--no puedo decir que me preocupe lo que ocurra
á Hyde; he concluído enteramente con él. Sólo pensaba en mí mismo;
hasta dónde podría exponerme ese deplorable asunto.
Utterson reflexionó durante algunos instantes; le sorprendía el egoísmo
de su amigo, y sin embargo, quedó en cierto modo tranquilo.
--Pues bien--dijo--dejadme ver la carta.
La carta estaba escrita con una letra extraña, casi perpendicular, y
firmada: "Eduardo Hyde." Decía, en términos breves, que su bienhechor,
el Doctor Jekyll, á quien desde tanto tiempo había recompensado tan
indignamente las mil generosidades de él recibidas, no tenía que
afligirse ni alarmarse en cuanto á su salvación, pues, para escapar,
poseía medios en los cuales tenía absoluta confianza.
La carta agradó bastante al abogado, porque parecía dar un color más
favorable á la amistad que existía entre Hyde y Jekyll; y se censuró
interiormente por algunas sospechas que había llegado á concebir.
--¿Tenéis el sobre?--le preguntó.
--Lo he quemado--repuso Jekyll--antes de reflexionar en lo que podía
contener; pero no tenía sello de correo. La carta ha sido traída á la
mano.
--¿Debo guardar la carta y esperar á mañana para tomar una
determinación?--preguntó Utterson.
--Os ruego que juzguéis vos mismo y que obréis como os parezca
mejor--le contestó;--he perdido toda confianza en mí mismo.
--Bueno, examinaré la cosa--replicó el abogado--pero me queda todavía
que haceros una pregunta. ¿Fué Hyde quien dictó las frases de vuestro
testamento referentes á esa desaparición?
Pareció que una gran debilidad se apoderaba del doctor; apretó los
labios y bajó la cabeza.
--Lo he sabido--dijo Utterson--tenía intención de asesinaros; ¡de buena
habéis escapado!
--Pero hay algo que me ha contrariado mucho más que el peligro; ¡oh!
¡Dios mío, qué lección he recibido, Utterson!--Y se cubrió el rostro
con ambas manos.
Al salir, detúvose el abogado y cambió algunas palabras con Poole.
--Decidme ¿han traído hoy una carta? ¿á quién se parecía el portador?
Poole afirmó que nada habían llevado sino por el correo, y sólo
circulares.
Ante aquellas afirmaciones, Utterson volvió á experimentar sus
antiguos temores. La carta habría llegado, sin duda, por la puerta del
laboratorio. También era posible que hubiese sido escrita en el mismo
gabinete del doctor; y en este caso, era preciso apreciarla de otro
modo, examinarla con el mayor cuidado y con gran prudencia.
En la calle, los chiquillos, vendedores de periódicos, gritaban con voz
ronca: "¡Edición extraordinaria! ¡Horrible asesinato de un miembro del
Parlamento!"
Esa fué la oración fúnebre de un amigo y cliente; y el abogado no
podía dejar de temer que la buena fama de otro de sus amigos se viese
comprometida de rechazo en aquel escándalo. De todos modos, era una
determinación difícil la que tenía que tomar, y aunque generalmente
acostumbraba á fiarse de su propio discernimiento, comenzó á sentir la
necesidad de pedir consejo á algún otro, si no directa, indirectamente.
Poco después, estaba sentado junto á la chimenea de su cuarto, y el
Sr. Guest, su primer pasante, enfrente de él, teniendo entre ambos,
á una distancia bien calculada del hierro, cierta botella de vino
añejo, especial, que durante mucho tiempo había permanecido en la cueva
de la casa. La neblina se cernía aún sobre la ciudad, y los faroles
encendidos brillaban como carbunclos. En medio de los ruidos de todas
clases, que las espesas nubes hacían más sordos, la vida general de
la ciudad seguía su curso ordinario en las grandes arterias, imitando
el rugido poderoso de un fuerte viento. Pero, gracias á la lumbre, el
cuarto tenía un aspecto alegre; el vino había llegado ya al grado de
calor deseado; el rojo había adquirido con los años tonos más suaves,
parecidos á los colores tamizados de las vidrieras ojivales; el ardor
de las calientes tardes de otoño sobre las colinas plantadas de viñas
iba á poder salir de su recipiente y dispersar las neblinas de Londres.
Poco á poco el abogado se fué volviendo más expansivo. No había hombre
para quien tuviese menos secretos que para el Sr. Guest; y hasta creía
haberle confiado demasiados. Guest había ido á menudo á casa del
doctor para tratar de asuntos; conocía á Poole; era imposible que no
hubiese oído hablar de la familiaridad con que el Sr. Hyde era tratado
en casa del doctor; por consiguiente, debía haberse formado una idea,
una opinión; ¿no era, pues, conveniente, enseñarle una carta que podía
explicar aquel misterio? Y, además, siendo Guest un buen estudiante
y perito en autógrafos, consideraría aquel paso como muy natural y
corriente.
El pasante era, además, hombre de buen juicio; le hubiera sido difícil
leer un documento tan extraño sin dejar escapar alguna observación, y
según fuese ésta, podría Utterson orientar su futura conducta.
--Es un triste suceso ese de Sir Danvers--dijo el abogado.
--Sí, señor. Ha excitado vivamente el sentimiento público--repuso el
Sr. Guest.--Aquel hombre debía estar loco.
--Me gustaría saber vuestra opinión sobre eso--contestó
Utterson.--Tengo aquí un documento en forma de carta... esto con
reserva y entre los dos, pues ignoro aún lo que haré; de todos modos
es un negocio feo, pero he aquí el documento; es nada menos que el
autógrafo de un asesino.
Los ojos de Guest brillaron; se recostó en la silla y leyó el documento
con el mayor interés.
--No, señor--dijo--no es de un loco, pero la letra es muy extraña.
--Y según parece, el que lo escribió es también un hombre
extraño--añadió el abogado.
Precisamente en aquel mismo instante, entró el criado con una carta.
--¿Es del Doctor Jekyll, señor?--preguntó el pasante;--me parece haber
reconocido la letra. ¿Algún asunto privado?
--Me invita á comer, nada más. ¿Por qué? ¿Queréis ver la carta?
--Sí, permitidme por un momento.--Y el pasante colocó una al lado de la
otra ambas hojas de papel, y las comparó cuidadosamente.
--Gracias, caballero--dijo al fin, devolviéndole una y otra--es un
autógrafo muy interesante.
Se sucedió una pausa, durante la cual tuvo lugar una lucha en el ánimo
del Sr. Utterson, que de repente preguntó al pasante:
--Guest, ¿por qué habéis comparado esas dos cartas?
--Pues bien, Sr. Utterson, hay entre ellas una rara semejanza; las dos
letras son idénticas en muchos puntos; sólo difieren en su oblicuidad.
--Es cosa original, ¿verdad?
--Sí, señor, muy original--contestó Guest.
--No pienso hablar á nadie de esta carta, ¿me entendéis?--dijo el
abogado.
--Sí, señor--contestó el pasante--ya comprendo.
Tan pronto como Utterson se quedó solo, se apresuró á guardar el
documento en la caja de hierro, en donde permaneció siempre.
--¡Cómo!--pensó.--¿Será posible que Enrique Jekyll haya falsificado la
letra de un asesino?--y la sangre se le heló en las venas.
NOTABLE INCIDENTE DEL DR. LANYÓN.
Transcurrió algún tiempo; ofreciéronse miles de libras esterlinas de
recompensa, pues la muerte de Sir Danvers fué considerada por todos
como un ultraje público, pero Hyde había desaparecido á pesar de las
investigaciones de la policía, lo mismo que si jamás hubiese existido.
Desentrañáronse, descubriéronse muchas cosas respecto de su vida
pasada, y verdaderamente, el conjunto era vergonzoso. Refiriéronse
historias sobre la crueldad á la vez insensible y violenta del hombre,
sobre su vida abyecta, sus extraños conocidos, sobre el odio que
había ido dejando tras sí; pero del momento presente, ni siquiera un
indicio. Desde la mañana del asesinato, en que había dejado la casa de
Soho, había desaparecido por completo; poco á poco, y con ayuda del
tiempo, Utterson comenzó á reponerse de sus temores, y su tranquilidad
fué aumentando. Á su juicio, la muerte de Sir Danvers se hallaba
ampliamente compensada con la desaparición de Hyde. Ahora que aquella
nefasta influencia no se ejercía, el Doctor Jekyll tenía una vida
nueva. Dejó el encierro, reanudó las relaciones con sus amigos, volvió
á ser su huésped familiar y su anfitrión, y como antes por su caridad,
se hizo entonces notar por sus sentimientos religiosos. Estaba ocupado
á menudo, fuera de su casa; tenía buena salud; su rostro parecía más
franco, más dilatado, como si sintiese el golpe de rechazo del bien que
hacía; y durante más de dos meses el doctor llevó una vida apacible.
El ocho de enero, Utterson había comido en casa del doctor en compañía
de un pequeño grupo de invitados, Lanyón entre ellos; las miradas
del doctor se dirigían de unos á otros, como en otro tiempo, cuando
formaban los tres un trío de amigos inseparables. El doce, y después el
catorce, cerróse la puerta para el abogado: "el doctor está encerrado
en sus habitaciones--decía Poole--y no recibe á nadie." El quince trató
otra vez de entrar, pero obtuvo igual negativa; y como durante los dos
meses que acababan de transcurrir, se había acostumbrado á ver á su
amigo casi todos los días, aquella vuelta á la soledad influyó en su
ánimo. Cinco días después convidó á Guest á comer, y al siguiente se
decidió á ir á casa del Doctor Lanyón.
Allí, á lo menos, no se le negó la entrada; pero desde que llegó junto
al doctor, quedó sorprendido por el cambio operado en todo su ser. El
doctor llevaba escrito en su rostro el signo de la muerte. Aquel hombre
de tez sonrosada, se había vuelto pálido; sus carnes estaban caídas;
distintamente se le veía más calvo y más viejo; pero no fueron sólo
aquellas visibles pruebas de rápida decadencia física lo que llamaron
la atención del abogado, sino más bien la mirada y la manera de ser del
doctor, testimonio evidente de algún terrible espanto en su espíritu.
Era poco probable que el doctor tuviese miedo á la muerte; así lo
sospechó Utterson.--Es médico--pensó,--debe conocer su estado y saber
que sus días están contados; y esa revelación es superior á lo que sus
fuerzas le permiten soportar.--Y como Utterson le hizo notar su mala
cara, el doctor con un acento de gran firmeza, le declaró que estaba
perdido.
--He sufrido un choque--dijo el doctor--y no volveré á recobrar
nunca la salud. Es cuestión de algunas semanas. Sí, la vida ha sido
agradable; la he querido; sí, señor, tenía el hábito de quererla.
Pienso algunas veces, que si lo supiésemos todo, nos iríamos con más
gusto.
--Jekyll está enfermo también--indicó Utterson.--¿Lo habéis visto?
Pero el rostro de Lanyón cambió, y levantó la mano temblorosa:
--Deseo no volver á ver ni oir jamás hablar del Doctor Jekyll--exclamó
con voz trémula.--Todo ha concluído entre él y yo, y os ruego que
evitéis cualquier alusión á alguien á quien considero muerto.
--Veamos--dijo Utterson, después de un largo silencio:--¿puedo seros
útil para algo?--éramos tres viejos amigos, Lanyón; no viviremos lo
bastante para tener otros.
--No hay nada que hacer--repuso Lanyón--interrogadle más bien á él.
--No quiere verme--contestó el abogado.
--No me sorprende--añadió Lanyón;--quizá algún día, cuando yo haya
muerto, sabréis, Utterson, lo fuerte y lo débil de todo esto. No puedo
decíroslo ahora. Y además, si queréis permanecer sentado y hablar
conmigo de otras cosas, por amor de Dios, quedáos y hablad; pero si no
podéis evitar tocar ese asunto, ¡oh! entonces en nombre de Dios, idos,
pues no puedo sufrir esa conversación.
Así que regresó á su casa, Utterson escribió á Jekyll, quejándose de
ser excluído, de no ser recibido por él, y preguntándole la razón de
su desdichada ruptura con Lanyón. Al siguiente día, recibió una larga
contestación, en la cual empleaba Jekyll expresiones muy patéticas, y
á veces, con intención, términos obscuros y misteriosos. La disputa
con Lanyón no tenía remedio ni arreglo. "No censuro á nuestro viejo
amigo--escribía Jekyll--pero pienso como él, que no debemos volver á
vernos. Desde ahora me propongo llevar una vida absolutamente retirada;
no os sorprendáis y dudéis de mi amistad, si mi puerta está á menudo
cerrada hasta para vos. Es preciso que me soportéis dejándome seguir
mi sombrío camino. Llevo conmigo un castigo y un peligro que no puedo
nombrar. Si soy el principal culpable, soy, también, la víctima
principal. No creía que esta tierra pudiese contener un sitio para
sufrimientos y terrores tan inhumanos; y vos, Utterson, no tenéis que
hacer más que una cosa, aliviar mis sufrimientos, y para ello, respetar
mi silencio."
Utterson quedó pasmado; separada la nefasta influencia de Hyde, había
vuelto el doctor á sus antiguas inclinaciones y amistades; hacía una
semana que sus ojos se habían alegrado ante repetidas pruebas de una
dulce y honrada vejez; y ahora, pocos instantes después, amistad,
tranquilidad de espíritu, todo el orden de su vida quedaba roto de
nuevo. Un cambio tan grande y tan imprevisto indicaba, evidentemente,
locura. Pero recordando el estado y las palabras de Lanyón, debía haber
en todo aquello algún misterio más grave.
Una semana después, el Doctor Lanyón tuvo que meterse en cama, y antes
de los quince días, murió. La tarde que siguió á los funerales, que
le afectaron profundamente, Utterson abrió la puerta de su gabinete,
y sentándose junto á la melancólica claridad de una luz, sacó de una
gaveta y colocó enfrente de sí un sobre que le había sido dirigido por
su difunto amigo, cerrado con su propio sello. Ese sobre llevaba la
enfática inscripción siguiente: -Personal. Para ser entregado en manos
del mismo Sr. Utterson solamente, y en el caso de haber fallecido
antes que yo, para ser destruído sin leer su contenido.- El abogado
temía abrirlo. "He enterrado á un amigo hoy--pensaba--¿qué sería si
esto me costase otro?" Luego, considerando ese temor como un acto poco
leal, rompió el sello. Pero había un segundo sobre, sellado lo mismo
que el primero, y en el cual se hallaban escritas estas palabras: -No
debe ser abierto antes del fallecimiento ó de la desaparición del
Doctor Enrique Jekyll-. Utterson no podía creer lo que estaban viendo
sus ojos. Otra vez la desaparición; otra vez, como en aquel insensato
testamento que había devuelto hacía ya tiempo á su autor, la idea de
desaparición y el nombre de Enrique Jekyll estaban juntos.
Pero en el testamento, la idea de desaparición era debida á la
siniestra sugestión de Hyde, estaba allí con un fin harto claro y harto
horrible. Mas, en la pluma de Lanyón, ¿qué significaba aquella palabra?
Una gran curiosidad se apoderó del fideicomisario; tuvo deseos de no
atender á la prohibición y de penetrar hasta el fondo, en busca de
todos aquellos misterios.
Pero su profesión y la confianza que tenía en su difunto amigo le
imponían severos deberes; de modo que el paquete fué á descansar en el
más secreto cajón de su cofre particular.
Si por una parte su curiosidad se hallaba mortificada, por otra
parecía excitada con violencia; y casi puede dudarse si desde aquel
momento deseó Utterson con igual vehemencia la sociedad del amigo
superviviente. Pensaba en él con afecto, sin duda; pero sus ideas
estaban perturbadas y eran temerosas. Fué á verlo, sin embargo; quizá
se congratuló de no ser conducido hasta su presencia; quizá también,
en el fondo de su corazón, prefería hablar con Poole en la escalera y
en medio de la atmósfera y de los ruidos de la gran ciudad, á penetrar
en aquella casa en donde reinaba una esclavitud voluntaria, y sentarse
á hablar con su impenetrable prisionero. Poole, además, no tenía nada
bueno que comunicarle. El doctor, al parecer, se encerraba más que
nunca en su gabinete ó en el laboratorio, en donde llegaba algunas
veces, hasta á quedarse dormido. Estaba muy triste; hablaba poco, no
leía, y hubiérase dicho que pesaba algo sobre su ánimo. Utterson estaba
ya tan acostumbrado á aquellas respuestas idénticas, que poco á poco
fué disminuyendo las visitas.
INCIDENTE DE LA VENTANA.
Aconteció un domingo, que dando su acostumbrado paseo con el Sr.
Enfield, la casualidad los condujo de nuevo á pasar por la callejuela;
cuando llegaron frente á la puerta, ambos se detuvieron un instante
para examinarla.
--En fin--dijo Enfield--esa historia ha concluído. No volveremos á ver
al Sr. Hyde.
--Así lo creo--repuso Utterson.--¿Os he dicho que lo vi una sola vez y
que experimenté la misma repulsión que vos?
--Era imposible verlo sin experimentar ese sentimiento--añadió
Enfield.--Y sea dicho de paso ¡por cuán tonto me habréis tenido, al
saber que yo ignoraba que esta puerta trasera conducía á casa del
Doctor Jekyll! Y por cierto que vos habéis sido la causa de que yo
buscase y de que haya encontrado.
--Habéis hallado, pues, la comunicación ¿no es verdad?--preguntó
Utterson--y ya que la conocéis, ahora podríamos detenernos en el patio
y echar un vistazo á las ventanas. Á deciros verdad, estoy inquieto
respecto del pobre Jekyll; y hasta en mi interior siento una voz que me
indica el bien que podría quizá procurarle la presencia de un amigo.
El patio era muy frío y también un poco húmedo; reinaba en él un
crepúsculo prematuro, aunque el cielo estaba aún brillantemente
iluminado por los rayos del sol poniente.
La ventana de el medio se hallaba entreabierta, y sentado detrás de
ella, tomando el aire, con un rostro muy abatido, como el de un preso
inconsolable, vió Utterson al Doctor Jekyll.
--¡Hola! Jekyll--le gritó--supongo que estáis mejor.
--Estoy muy decaído, Utterson--contestó el doctor tristemente, con voz
apagada.--No será por mucho tiempo, gracias á Dios.
--Permanecéis demasiado encerrado--siguió diciendo el
abogado.--Deberíais salir para hacer ejercicio, como lo hacemos Enfield
y yo. Es mi primo, el Sr. Enfield, el Doctor Jekyll.--Venid, poneos el
sombrero y venid á dar una vuelta con nosotros.
--Sois demasiado bueno--repuso el doctor;--bien lo quisiera; pero no,
es enteramente imposible. No me atrevo. Pero, de veras, Utterson, me
alegro que hayáis venido; es realmente una gran alegría para mí el
veros. Quisiera preguntaros á vos y al Sr. Enfield, pero el lugar no es
del todo conveniente.
--¿Por qué?--exclamó el abogado con afabilidad;--lo mejor que podemos
hacer es permanecer aquí abajo, y hablar con vos desde el sitio en que
estamos.
--Era precisamente lo que iba á atreverme á proponeros--replicó
sonriendo el doctor. Pero pronunció las palabras con dificultad; y
antes que la sonrisa hubiese desaparecido por completo de su cara,
ésta expresó un terror y una desesperación tales, que nuestros dos
caballeros sintieron helárseles la sangre en el cuerpo.
Todo aquello duró nada más que un momento, pues la ventana fué cerrada
instantáneamente; sin embargo, aquel instante les había bastado, y
dieron media vuelta, saliendo del patio para cambiar algunas palabras.
Atravesaron en silencio la callejuela, y sólo cuando llegaron á una
calle inmediata, en la cual, á pesar de ser domingo, había alguna
animación, fué cuando Utterson se volvió, por fin, hacia su amigo y lo
miró.
Ambos estaban pálidos, y había en sus ojos una expresión de horror tan
grande, que decía bastante por sí misma.
--¡Que Dios nos perdone! ¡Que Dios nos perdone!--exclamó Utterson.
El Sr. Enfield hizo gravemente un signo con la cabeza, y siguió en
silencio su camino.
LA ÚLTIMA NOCHE.
Una tarde, después de comer, Utterson estaba sentado junto al hogar,
cuando quedó sorprendido por la visita de Poole.
--¡Dios mío! ¿qué es lo que os trae aquí, Poole?--le dijo el abogado; y
mirándolo de nuevo, añadió:
--¿Qué os apena? ¿está enfermo el doctor?
--Sr. Utterson--contestó el criado--hay algo que va mal.
--Tomad asiento, y aquí tenéis un vaso de vino para vos--añadió
Utterson.--Ahora, sin ninguna prisa, decidme con sinceridad lo que
deseáis.
--Conocéis la manera de vivir del doctor--empezó á decir Poole--y
sabéis como se encierra. Pues bien, se ha encerrado de nuevo en su
gabinete, y no me gusta eso. Sr. Utterson, estoy asustado.
--Y ahora, mi buen Poole, ¿por qué estáis asustado? Hablad claro.
--Me asusté hace una semana poco más ó menos--contestó Poole, evitando
con algo de mal humor la pregunta que se le hacía--y no puedo ya
soportar más la cosa.
El aspecto del hombre justificaba completamente sus palabras; y salvo
el instante en que por primera vez había hablado de su espanto, no
había vuelto á mirar á la cara del abogado. Aun después, permanecía con
el vaso apoyado sobre la rodilla, pero sin beber, y sus ojos se fijaban
en un punto del techo.
--No puedo soportar más tiempo eso--volvió á repetir.
--Vamos--dijo Utterson--veo que tenéis un verdadero motivo para
hablarme así, Poole; veo que hay algo que anda verdaderamente mal.
Procurad decirme lo que es.
--Creo que ha habido algún crimen--añadió Poole con voz ronca.
--¡Un crimen!--exclamó el abogado muy asustado, y dispuesto á parecer
más irritado aún--¿qué crimen? ¿qué queréis decir con eso?
--No me atrevo á decirlo, señor, pero ¿queréis venir conmigo y verlo
vos mismo?
Por toda contestación, Utterson se puso en pie, tomó su sombrero y una
capa de abrigo, y notó con sorpresa el rostro del criado, quien le
pareció como aligerado de un gran peso; observó también, con no menor
sorpresa, que el vino no había sido tocado.
La noche era fría, noche propia del mes de marzo; la luna estaba pálida
y en su último cuarto, como si el viento la hubiese volcado; algunas
nubes rápidas y diáfanas corrían por el cielo. El viento furioso
impedía hablar y cruzaba la cara; había, además, ahuyentado á los
transeuntes y limpiado las calles de gente. Decía Utterson que no había
visto nunca tan desierto aquel barrio de Londres, y no era precisamente
lo que hubiera deseado en su interior; jamás durante toda su vida
había sentido un deseo tan vivo de ver y tocar á sus semejantes, pues
volviendo al curso de sus ideas lóbregas, tenía el presentimiento de
que se encaminaba hacia una gran desgracia.
Cuando llegaron á la plaza, todo estaba lleno de polvo; los árboles
descarnados del jardín parecían fustigarse entre sí á lo largo del
muro. Poole, que durante el camino se había adelantado uno ó dos
pasos, se detuvo bruscamente en medio de la calle; á pesar del frío,
se había quitado el sombrero y se secaba el sudor de la frente con un
pañuelo encarnado. No obstante la rapidez de su marcha, no era el sudor
producido por ella lo que enjugaba, sino el provocado por la angustia
que le sofocaba, pues su rostro estaba pálido y su voz era dura y ronca.
--En fin, señor--dijo--hemos llegado, y quiera Dios que no haya
sucedido nada malo.
--Amén, Poole--contestó el abogado.
En esto, el criado llamó con precaución; abrieron la puerta, pero no la
cadena, y una voz preguntó desde adentro:
--¿Sois vos, Poole?
--Yo soy--dijo Poole--abrid la puerta.
El recibimiento estaba brillantemente alumbrado; un gran fuego
ardía en la chimenea, y en derredor todos los criados, hombres y
mujeres, confundidos, se estrechaban unos contra otros como un rebaño
de carneros. Al ver al Sr. Utterson, una criada fué acometida de
contorsiones histéricas; y el cocinero, exclamando:--¡Bendito sea Dios!
es el Sr. Utterson--corrió hacia él como queriendo abrazarlo.
--¿Qué hay? ¿Estáis todos aquí?--dijo el abogado con aire triste.--Es
muy irregular, muy inconveniente, y disgustaría mucho á vuestro amo.
--Todos están asustados--repuso Poole.
Desconcertados, permanecieron callados, ninguno protestó contra
aquellas palabras; la doncella sola dejó oir su ahogado llanto y sus
gemidos.
--Callad, de una vez--le dijo Poole, con un acento tan brutal que
demostraba hasta qué punto tenía los nervios sobrexcitados; y
realmente, cuando la doncella había lanzado gritos de desesperación,
todos se estremecieron mirando la puerta interior, con espanto en los
rostros.
--Y ahora--añadió Poole dirigiéndose al mozo de cocina--dadme una luz,
y vamos á saber la verdad de este asunto.
Rogó al Sr. Utterson que le siguiese, y le enseñó el camino que
conducía al jardín.
--Andad lo más despacio que podáis--dijo Poole--y sin ruido; os ruego
que escuchéis y que no dejéis oir nuestras pisadas. Tened cuidado,
señor, de no entrar, si por casualidad os llamase.
Ante esta inesperada recomendación, Utterson se extremeció y casi
quedó desconcertado; pero pronto recobró su valor, y siguió al criado
á través del laboratorio, de la sala de anatomía con sus vasos y
sus botellas, y llegó al pie de la escalera. Poole le indicó que
permaneciese á un lado y escuchase, mientras que él, dejando la luz,
y apelando visiblemente á todo su valor, subió los peldaños, llamando
con temblorosa mano, es decir, dando algunos golpecitos sobre la tela
encarnada de la puerta del gabinete.
--El Sr. Utterson desea veros, señor--dijo el criado; y al hablar hacía
seña con viveza al abogado para que escuchase.
Una voz contestó desde el interior:
--Decidle que no puedo ver á nadie--y sus palabras parecían un largo
quejido.
--Gracias, señor--respondió Poole, con cierto acento de triunfo en la
voz; y tomando otra vez la luz, condujo á Utterson por el patio hasta
la gran cocina, en donde el fuego estaba apagado y los grillos saltaban
por el suelo.
--Señor--dijo mirando á Utterson--¿os parece que era aquélla la voz de
mi amo?
--Sí, parece haber cambiado mucho--contestó Utterson muy pálido, y
mirándole también.
--Cambiada, no cabe duda--añadió el criado.--¿Hubiera estado yo veinte
años al servicio de mi amo para engañarme de ese modo respecto de su
voz? No, señor, la voz de mi amo ha desaparecido y también él; ha sido
muerto, hace ocho días, cuando le oímos gritar el nombre de Dios; ¿y
quién está aquí en vez de él? ¿y por qué ese ser está aquí? Todo eso
pide venganza ante Dios, Sr. Utterson.
--He aquí una extraña relación, Poole, que más bien parece
relación salvaje, mi buen hombre--dijo Utterson mordiéndose los
dedos.--Supongamos que la cosa fuese tal cual la creéis; supongamos que
el Doctor Jekyll haya sido asesinado, ¿por qué se empeñaría el asesino
en permanecer aquí? Esa historia no se sostiene por sí misma; la simple
razón se niega á creerla.
--Bueno, Sr. Utterson, sois hombre difícil de convencer, pero sin
embargo, llegaré á lograrlo--contestó Poole.--Es preciso que sepáis,
que durante toda la última semana, él, ó sea quien fuere el que esté en
aquel gabinete, gritaba noche y día para tener una especie de droga y
no podía lograrla como la deseaba. Mi amo acostumbraba algunas veces
á escribir sus órdenes en un papel y echarlo por los escalones. Desde
hace una semana, eso es todo cuanto tenemos de él; nada más que papeles
y una puerta cerrada; con respecto á los alimentos, colocados sobre
los peldaños, iba á retirarlos á escondidas. Pues bien, señor, todos
los días y aun dos ó tres veces en un día, he sido enviado corriendo á
todos los drogueros de la ciudad. Cada vez traía el producto, pero otro
papel me mandaba volver, porque no era puro y tenía otra orden para
distinta casa. Necesita, pues, señor, en absoluto aquella droga por una
razón cualquiera.
--¿Tenéis alguno de esos papeles?--preguntó Utterson.
Poole buscó en sus bolsillos y halló un papel arrugado, que el abogado
examinó cuidadosamente acercándose á la luz. Su contenido decía lo
siguiente: "El Doctor Jekyll saluda á los señores Maw, y les asegura
que la última muestra es impura y no sirve para el objeto deseado. En
el año de 18** el Doctor J. adquirió una cantidad bastante grande en
casa de los señores M., y hoy les ruega que busquen con la exactitud
más escrupulosa, y si quedase de igual calidad, que se la envíen
inmediatamente. No hay que reparar en el precio. La importancia de
la cosa para el Doctor Jekyll está por encima de cuanto pudiera
decir." Hasta allí la carta estaba bastante correctamente escrita,
pero entonces la emoción le había vendido, y hubiérase dicho que
había materialmente aplastado la pluma contra el papel al añadir las
siguientes palabras: "Por el amor de Dios, enviádmela de igual calidad
que la antigua."
--Es una extraña nota--dijo Utterson, y luego añadió con
severidad:--¿cómo la habéis tenido abierta?
--El dependiente del Sr. Maw estaba furioso, señor, y la echó hacia mí
como si hubiese sido una cosa repugnante--repuso Poole.
--¿Sabéis si esa nota es con seguridad de puño y letra del
doctor?--preguntó el abogado.
--He pensado que la letra se parecía á la suya--dijo el criado con tono
áspero; y luego, cambiando de tono, añadió:--¿pero qué importancia
puede tener una nota escrita, cuando le he visto á él en persona?
--¿Le habéis visto?--repitió Utterson.--¿Y bien?
--He aquí, he aquí la historia--prosiguió Poole.--Entré súbitamente
en el laboratorio, yendo desde el jardín; creo que se había atrevido
á salir en busca de esa droga ó de cualquier otra cosa, pues la
puerta del gabinete estaba abierta, y él se hallaba en el fondo de
la habitación revolviendo y escudriñando las viejas botellas. Me
vió entrar, lanzó una especie de grito, y se volvió rápidamente al
gabinete. No le vi más que un instante, pero los pelos se me pusieron
de punta. Señor, si aquella aparición era mi amo, ¿por qué llevaba
una careta sobre el rostro? Si era mi amo, ¿por qué había lanzado
aquel grito y había huído de mí? Hace bastante tiempo que le sirvo; y
luego...--Poole calló y se pasó la mano por la frente.
--Realmente, son muy extraños esos detalles--dijo Utterson--pero creo
entrever la verdad. Vuestro amo, Poole, se halla sin duda atacado por
una de esas enfermedades que, á la vez torturan y deforman al enfermo;
de ahí, por poco que yo sepa, la alteración de su voz; de ahí la
máscara y su propósito de evitar la presencia de sus amigos; de ahí
la pasión de buscar esa droga por medio de la cual el pobre hombre
conserva alguna esperanza de curación. ¡Dios quiera que no se defraude!
Esa es mi explicación; la cosa es bastante triste, Poole, y bastante
sorprendente de considerar, pero se explica y es natural; todo ello
concuerda bien, y nos saca de esas espantosas alarmas.
--Señor--dijo el criado poniéndose alternativamente pálido y
encarnado--aquella aparición no era mi amo, esa es la verdad. Mi
amo--miró entonces á su alrededor y se puso á hablar en voz muy
baja--es un hombre alto, bien constituído, y el otro era más bien un
enano.
Utterson trató de protestar.
--¡Oh! señor--exclamó Poole--¿podéis pensar que no conozco á mi amo
después de treinta años? ¿Pensáis que no sé á qué altura llega su
cabeza en la puerta del gabinete, en donde le he visto todas las
mañanas de mi vida? No, señor, esa cosa con máscara no ha sido nunca
el Doctor Jekyll; sabe Dios lo que era, pero jamás ha sido el Doctor
Jekyll; y nadie me quitará de la cabeza que ha debido de cometerse un
crimen.
--Poole--replicó el abogado--si habláis así, mi deber exige llegar
hasta la certidumbre. Por más que deseo respetar los sentimientos de
vuestro amo, me desconcierta esa nota, según la cual parece demostrado
que vive todavía; considero como un deber romper aquella puerta.
--¡Ah! Sr. Utterson, ¡eso se llama hablar!--exclamó el criado.
--Y ahora viene la segunda pregunta--continuó diciendo
Utterson;--¿quién romperá la puerta?
--¿Cómo? vos y yo, señor--dijo valerosamente Poole.
--Bien dicho--repuso el abogado--y suceda lo que quiera, yo cuidaré de
que nada perdáis; dejadlo de mi cuenta.
--Hay un hacha en el laboratorio--indicó Poole--y vos podéis tomar un
hierro de la cocina.
El abogado se apoderó de un grosero pero pesado instrumento, y
moviéndolo, dijo á Poole que le estaba mirando:--¿Sabéis que vos y yo
vamos á colocarnos en una situación que ofrece algún peligro?
--Bien lo podéis decir, señor--contestó el criado.
--Entonces es justo y conveniente que seamos francos. En nosotros dos,
el pensamiento va más lejos que las palabras que nos hemos dicho;
hablemos con claridad. Esa cara enmascarada que visteis, ¿la habéis
reconocido?
--Pues bien, señor, pasó tan rápidamente, la persona estaba tan
inclinada, que no me atrevo á afirmar; pero si pensáis que fuese el
Sr. Hyde, yo también me figuro que era él, pues aquel ser era de su
tamaño, tenía el mismo andar rápido y ligero, y además, ¿quién sino él
hubiera podido entrar por la puerta del laboratorio? No habéis olvidado
sin duda, señor, que cuando ocurrió el asesinato, conservaba la llave
consigo. Pero hay más aun. Ignoro, Sr. Utterson, si habéis visto alguna
vez al Sr. Hyde.
--Sí--contestó el abogado--he hablado una vez con él.
--Entonces, debéis saber como todos nosotros, que había algo extraño
en ese personaje, algo que trastornaba, no se cómo expresarme, señor;
sentía uno frío hasta la médula de los huesos, al mirarlo.
--Confieso que he experimentado una cosa parecida á lo que
indicáis--contestó Utterson.
--Pues bien--siguió diciendo Poole--cuando aquella cosa enmascarada,
parecida á un mono, saltó en medio de los aparatos de química y se
escurrió en el gabinete, sentí un frío terrible en la espalda. ¡Oh!
bien sé que eso no es creíble, Sr. Utterson; soy bastante instruído
para saberlo; pero el hombre tiene presentimientos y os aseguro que era
el Sr. Hyde.
--¡Ah! ¡ah!--exclamó el abogado--mis temores me hacen creer lo mismo.
Temo que se oculte aquí una gran desgracia, que ocurriría sin duda, con
semejante encuentro. Y, de veras, os creo; creo que el pobre Enrique ha
sido asesinado y que su asesino (sólo Dios sabe con qué objeto) está
aún oculto en el cuarto de su víctima. Pues bien, venguémosle. Llamad á
Bradshaw.
El lacayo contestó en el acto, pero muy pálido y muy nervioso.
--Armáos de valor, Bradshaw;--dijo el abogado--el misterio que reina
aquí es un peso para todos vosotros; queremos conocerlo. Poole y yo
queremos penetrar, hasta empleando la fuerza, en el gabinete. Si todo
va bien, soy bastante fuerte para responder de las consecuencias de
esa fractura. Sin embargo, como puede haber debajo de todo eso algo
obscuro y malo, ó bien que algún malhechor trate de huir por la puerta
trasera, vos y otro criado id, dando vuelta por la calle, á colocaros á
la puerta del laboratorio armados con buenos palos. Tenéis diez minutos
para llegar á vuestro puesto.
Cuando Bradshaw hubo salido, el abogado miró su reloj.--Ahora
Poole--dijo al criado--vamos allá;--y llevando el hierro bajo el
brazo, se dirigió hacia el patio. Las nubes habían ocultado la luna,
y todo estaba completamente obscuro. El viento que llegaba como por
bocanadas á aquel fondo de los edificios, agitaba la llama de la bujía
mientras caminaban, hasta que estuvieron al abrigo, bajo el techo del
laboratorio; sentáronse en silencio y aguardaron. Á su alrededor se oía
el apagado murmullo de Londres; pero junto á ellos, sólo interrumpían
el silencio y la tranquilidad los pasos que iban y venían dentro del
gabinete.
--Así es como anda todo el día--dijo Poole--y ¡ay! también parte de la
noche. Únicamente se detiene un poco cuando llega un nuevo producto
de la droguería. ¡Sólo una conciencia mala puede animar á semejante
enemigo del descanso! ¡Ah! señor, ¡hay sangre vertida en cada uno de
sus pasos! Pero escuchad con atención desde más cerca, y decidme si es
ese el andar del doctor.
Los pasos eran ligeros y extraños, como una especie de balanceo, pero
muy apagados, y en nada se parecían al andar ruidoso y pesado del
Doctor Jekyll. Utterson suspiró.
--¿No hay nada más?--preguntó luego.
Poole hizo un signo afirmativo con la cabeza--¡una vez--dijo--una vez
le he oído llorar!
--¿Llorar? ¿cómo puede ser?--exclamó el abogado extremeciéndose de
horror.
--Llorar como una mujer ó como un alma extraviada--añadió el
criado.--Me fuí con el corazón tan enternecido que hubiera podido
llorar también.
Los diez minutos estaban para concluir. Poole sacó el hacha que se
hallaba oculta bajo un montón de paja; colocaron la bujía sobre la
mesa más próxima para alumbrarse durante el ataque; comprimiendo los
latidos de sus corazones se acercaron al paraje en donde los pasos iban
y venían en medio de la tranquilidad de la noche.
--Jekyll--gritó Utterson con voz fuerte--quiero veros.--Detúvose un
instante, pero nadie contestó.--Os doy un buen consejo; hemos concebido
sospechas; es preciso que os vea y os veré--y moviéndose, añadió--si
no por medios leales y honrados, será por medios violentos; si no lo
permitís, entonces se empleará la fuerza bruta.
--Utterson--dijo la voz--por amor de Dios, ¡piedad, piedad!
--¡Ah! no es la voz de Jekyll, es la de Hyde--exclamó
Utterson.--¡Poole, derribad la puerta!
Poole blandió el hacha por encima del hombro; el golpe extremeció el
edificio, y las colgaduras encarnadas quedaron pendientes sobre la
cerradura y los goznes. Un grito horrible, como el de un verdadero
animal espantado, resonó en el gabinete. El hacha dió un nuevo golpe;
los tableros crujieron, el marco saltó; otras cuatro veces cayó
el hacha, pero la madera era dura, y las diversas partes estaban
completamente ajustadas; de modo que hasta el quinto golpe no quedó
rota la cerradura y los trozos de la puerta echados hacia el interior
de la estancia.
Los vencedores, asustados de su obra, y del silencio que había
sucedido, se retiraron un poco y miraron. El gabinete estaba á su vista
con su lámpara tranquilamente encendida; un gran fuego llameaba y
chisporroteaba en el hogar; la cafetera hervía junto á la lumbre. Una ó
dos gavetas abiertas, papeles bien ordenados sobre la mesa escritorio,
y más cerca del fuego, los utensilios preparados para el te; hubiérase
creído que era el cuarto más tranquilo, y á no ser por los armarios
brillantes llenos de botes y redomas, el lugar más vulgar de Londres
aquella noche.
Precisamente en medio de la habitación yacía el cuerpo de un hombre
cuyas contorsiones se veían aún. Acercáronse en puntillas, pusiéronlo
boca arriba, y reconocieron el rostro de Eduardo Hyde. Estaba vestido
con ropas demasiado grandes para él; ropas que correspondían á la
corpulencia del doctor; las fibras de su rostro se movían todavía con
una semejanza de vida, pero la vida se había separado del hombre; el
frasco roto que tenía en las manos, y el fuerte olor de almendras
esparcido por el aire, probaron á Utterson que tenía delante de sí el
cuerpo de un suicida.
--Hemos llegado tarde--dijo con dureza--tanto para salvar como para
castigar. Hyde ha pagado su deuda, y sólo nos queda que buscar el
cuerpo de vuestro amo.
La mayor parte del edificio se hallaba ocupada por el laboratorio que
comprendía casi todo el piso bajo, y recibía luz por el techo, y por el
gabinete que, en uno de los extremos formaba otro piso y tenía vistas
al patio. Un corredor llevaba desde el laboratorio á la puerta de la
callejuela, y ésta comunicaba, también, directamente con el gabinete
por otra escalera.
Hacia el otro lado no había más que cuartos obscuros y una gran
despensa.
Todos aquellos parajes fueron completamente examinados. Cada habitación
podía verse con rapidez porque estaban llenas de objetos, y por el
polvo que caía de las puertas al abrirlas, se comprendía que habían
permanecido cerradas hacía mucho tiempo. La despensa estaba ocupada por
objetos rotos puestos allí desde el tiempo del cirujano, predecesor
de Jekyll, pero al tratar de abrir la puerta, se convencieron de la
inutilidad de sus investigaciones por la caída de una inmensa tela de
araña que desde años tapaba la entrada. En ningún punto había el menor
rastro, la más ligera señal de Enrique Jekyll, ni muerto ni vivo.
Poole dió con el pie fuertes golpes sobre las losas del corredor:
--Es preciso--dijo, escuchando el ruido de los golpes que volvía como
un eco--que esté enterrado aquí.
--Ó puede haber huído--repuso Utterson, y fué á examinar de nuevo la
puerta de la callejuela. Estaba cerrada; cerca de ella, sobre las losas
del pavimento se hallaba la llave enmohecida ya.
--Esta llave no parece haber servido--observó el abogado.
--¿Haber servido?--repitió Poole con la exactitud de un eco--¿no veis,
señor, que está rota? Diríase que alguien la ha pisado.
--Y--siguió diciendo Utterson--los puntos rotos también están
enmohecidos.
Los dos hombres se miraron con espanto.
--Todo eso, Poole, está por encima de mi inteligencia--dijo el
abogado.--Volvamos al gabinete.
Subieron la escalera sin hablar, y mirando con temor al cadáver,
comenzaron á examinar con mayor atención los diversos objetos que había
en el gabinete. Sobre una de las mesas se veían restos de preparaciones
químicas; montoncitos de diferente tamaño de una especie de sal blanca
estaban puestos en platos de cristal como si el desdichado hombre
hubiese preparado alguna experiencia que quedó interrumpida.
--Esa es precisamente la misma droga que yo iba siempre á
buscarle--dijo Poole; y mientras hablaba, el agua del jarro se puso
á hervir con más fuerza y se esparció por el suelo haciendo un ruido
espantoso.
Aquel incidente los llevó hacia el hogar, cerca del cual había sido
colocado un cómodo sillón; los utensilios para el te estaban preparados
junto al sillón, y el azúcar necesario, en la taza. Sobre una mesita
veíanse varios libros; uno de ellos, abierto, figuraba al lado mismo de
los utensilios para el te, y Utterson quedó sorprendido al ver que era
una obra piadosa, respecto de la cual había expresado Jekyll más de
una vez grandísima admiración; mas el libro contenía notas del propio
puño del doctor, que eran horribles blasfemias.
Continuando las investigaciones llegaron al espejo de cuerpo entero,
en el cual se miraron, extremeciéndose á pesar suyo. El espejo estaba
colocado de tal modo que no les dejaba ver nada más que el reflejo de
las llamas rojas sobre el techo, el del fuego reproduciéndose cien
veces sobre los tableros pulimentados de los armarios, y también sus
propias personas pálidas y asustadas.
--Este espejo ha debido ver extrañas cosas, señor--dijo Poole.
--Pero de seguro que nada sería tan raro como ese ser--repuso el
abogado casi con el mismo sonido de voz.--¿Con qué objeto tenía
Jekyll...?--y la palabra se perdió en sus labios; pero luego, dominando
su debilidad, añadió:--¿para qué tenía Jekyll necesidad de un espejo?
--También me dirijo idéntica pregunta--contestó Poole.
Luego fueron á la mesa escritorio. Sobre el pupitre, en medio de
papeles colocados con orden, había un gran sobre, en cuyo sobrescrito,
de puño del doctor, se leía el nombre del Sr. Utterson. El abogado lo
abrió, y varios otros sobres cayeron al suelo. El primero contenía sus
últimas disposiciones, redactadas en los mismos términos excéntricos
que el testamento devuelto seis meses antes; eran un testamento para
el caso de muerte, y una donación en el caso de desaparición; pero en
vez del nombre de Eduardo Hyde, el abogado leyó con grandísima sorpresa
el nombre de Gabriel Juan Utterson. Miró á Poole, después al papel y
finalmente al cadáver del criminal que yacía en el suelo.
--La cabeza me da vueltas--dijo--ha tenido este documento todos estos
días en su poder; no tenía motivo ninguno para quererme; debió rabiar
al verse desbancado, y no ha destruído el documento.
Recogió otro papel; era una carta muy corta escrita de propio puño
del doctor con una fecha en lo alto.--¡Oh! Poole--exclamó el
abogado--estaba vivo aquí hoy mismo; no puede haber arreglado todo
eso tan rápidamente; ¡debe estar vivo, debe haber huído! Pero ¿por
qué haber huído? ¿Y cómo? En este caso ¿podemos exponernos á declarar
el suicidio? ¡Oh! hay que pensar mucho en todo eso, pues preveo que
podríamos conducir á vuestro amo á alguna espantosa catástrofe.
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