El caso extraño del Doctor Jekyll
Robert Louis Stevenson
Translator: Emilio Soulére
Nota del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.
Letras itálicas son denotadas con -líneas-.
Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
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EL CASO EXTRAÑO DEL
DOCTOR JEKYLL
-NOVELA ESCRITA EN INGLÉS-
POR
ROVERTO LUIS STEVENSON
TRADUCIDA AL ESPAÑOL POR
EMILIO SOULÉRE
NUEVA YORK
D. APPLETON Y COMPAÑÍA
1, 3, Y 5 BOND STREET
1891
COPYRIGHT, 1891,
BY D. APPLETON AND COMPANY.
-La propiedad de esta obra está protegida por la ley en varios países,
donde se perseguirá á los que la reproduzcan fraudulentamente.-
SOBRE LA PRESENTE OBRA.
El Caso extraño del Dr. Jekyll, ó sea del -Dr. Jekyll y de Mister
Hyde-, es, después de -La Isla del Tesoro-, la obra más afamada de
Stevenson y no será dudoso el que la primera sea aún más conocida que
la segunda en los países anglosajones. Débese esto indudablemente á
que además de haber sido y ser constantemente leída por casi todo el
mundo, fué dramatizada y obtuvo tan buen éxito que se ha representado
centenares de veces. Recientemente se publicó también una versión
francesa: -Le Cas Étrange du Docteur Jekyll-, hecha con no poco gusto
y tino por Mme. B. J. Low, esposa del reputado artista de este nombre,
y ahora aparece la española, que estamos seguros ha de ser tan bien
recibida como aquélla.
La novela posee ya de por sí un interés dramático poco común, y en
toda ella se revela ese arte peculiar y característico de su autor en
el relato, que desde el principio atrae la curiosidad del que la lee.
En este trabajo psicológico ó psico-fisiológico, Stevenson ha logrado
sacar, del misterio de la dualidad humana, efectos irresistibles,
uniendo discretamente lo maravilloso con lo científico y la enseñanza
moral con la narración más interesante de ese combate entre dos
naturalezas distintamente opuestas, que luchan sin cesar entre sí,
revelando el imperio que ejerce la más ruin sobre la más noble, cuando
á tiempo no se logran dominar sus exigencias y caprichos.
La historia del Dr. Jekyll, despojada de ciertos atavíos, de todo
adorno maravilloso y de la parte fantástica, es la historia de muchos
que acaso todos conocemos y tratamos diariamente, sólo que en el
presente caso está trazada por la mano maestra del reputado autor
escocés.
LOS EDITORES.
NUEVA YORK, -Abril, 1891-.
EL CASO EXTRAÑO DEL DOCTOR JEKYLL.
HISTORIA DE LA PUERTA.
El Sr. Utterson, el abogado, era un hombre de rostro duro en el cual
no brillaba jamás una sonrisa; frío, lacónico y confuso en su modo de
hablar; poco expansivo; flaco, alto, de porte descuidado, triste, y
sin embargo, capaz no sé por qué, de inspirar afecto. En las reuniones
de amigos, y cuando el vino era de su gusto, había en todo su ser algo
eminentemente humano que chispeaba en sus ojos; pero ese no sé qué,
nunca se traducía en palabras; sólo lo manifestaba por medio de esos
síntomas mudos que aparecen en el rostro después de la comida, y de un
modo más ostensible, por los actos de su vida. Era rígido y severo para
consigo mismo; bebía ginebra cuando se hallaba solo, para mortificarse
por su afición al vino; y, aunque le agradaba el teatro, hacía veinte
años que no había penetrado por la puerta de ninguno. Pero tenía para
con los demás una tolerancia particular; á veces se sorprendía, no
sin una especie de envidia, de las desgracias ocurridas á hombres
inteligentes, complicados ó envueltos en sus propias maldades, y
siempre procuraba más bien ayudar que censurar. "Me inclino,--tenía por
costumbre decir, no sin cierta agudeza--hacia la herejía de Caín; dejo
que mi hermano siga su camino en busca del diablo." Con ese carácter,
resultaba á menudo, que era el último conocido honrado y la última
influencia buena para aquellos cuya vida iba á mal fin; y aún á esos,
durante todo el tiempo que andaban á su alrededor, jamás llegaba á
demostrar ni siquiera la sombra de un cambio en su manera de ser.
Sin duda era fácil esa actitud para Utterson, pues era absolutamente
impasible, y hasta sus amistades parecían fundadas en sentimientos
similares de natural bondad. Es característico en un hombre modesto el
aceptar de manos de la casualidad las amistades, y eso es lo que había
hecho el abogado. Sus amigos eran sus parientes ó aquellos á quienes
había conocido desde hacía mucho tiempo; sus afecciones, como la
hiedra, crecían con el tiempo, pero no procedían de ninguna inclinación
especial. De ahí, sin duda, provenía la amistad que le unía á Ricardo
Enfield, uno de sus lejanos parientes, y hombre que frecuentaba mucho
la sociedad. Para algunos había en ello un enigma; ¿qué podrían hallar
uno en otro, y qué podía haber de común entre ambos? Los que los
encontraban en sus paseos del domingo, referían que no se hablaban,
que parecían sombríos, y que la aparición ó la llegada de algún amigo
era acogida por ellos con evidentes signos de satisfacción y hasta de
consuelo.
Á pesar de todo, ambos daban gran importancia á aquellos paseos, que
eran como el principal placer para ellos, y no sólo rechazaban todas
las demás distracciones, sino que prescindían en absoluto de los
negocios, para disfrutar con mayor libertad de sus paseos.
La casualidad hizo que en una de aquellas excursiones, cruzasen una
callejuela situada en un barrio comercial de Londres. Era sumamente
tranquila, pero en los días de trabajo había en ella un comercio
activo. Sus habitantes hacían todos buenos negocios, esperaban hacerlos
mejores en el porvenir, y dedicaban el sobrante de sus beneficios al
embellecimiento de sus residencias, de tal suerte, que las fachadas
de las tiendas alineadas á lo largo de la calle parecían invitarlo á
uno como hubieran podido hacerlo dos hileras de sonrientes vendedoras.
Hasta el domingo, cuando aquellos atractivos encantos estaban ocultos y
la calle parecía relativamente desierta, ofrecía marcado contraste con
las inmediaciones, bastante sucias, contraste parecido al de un fuego
brillante en medio de un bosque sombrío; no cabe duda de que aquellas
persianas recién pintadas, aquellos bronces relucientes, y aquella nota
de limpieza y de alegría sorprendían y agradaban á los transeuntes.
Á dos casas de distancia de la esquina de la calle, á mano izquierda
yendo hacia el Este, la línea se hallaba cortada por la entrada
de un callejón sin salida, en el que se levantaba un edificio de
aspecto triste, cuyos aleros se extendían sobre la calle. Tenía dos
pisos, ninguna ventana, solo una puerta en la planta baja, y el
muro deteriorado que se elevaba hasta el extremo superior; en todo
demostraba aquella construcción largo tiempo de abandono y descuido.
La puerta, en la cual no había ni campanilla ni picaporte, estaba
deteriorada y sucia. Los vagos acostumbraban sentarse en el escalón
de ella, y la utilizaban para encender fósforos; los muchachos de
las escuelas habían probado sus cuchillas en las molduras; y durante
muchísimo tiempo nadie se había preocupado de rechazar á aquellos
visitantes, ó de reparar sus daños.
El Sr. Enfield y el abogado cruzaban por el otro lado de la callejuela,
y al llegar frente á aquel edificio, el primero señaló á la puerta con
su bastón.
--¿Habéis observado alguna vez esta puerta?--preguntó; y cuando su
amigo le hubo contestado afirmativamente, añadió:--se halla enlazada en
mi memoria con una historia harto singular.
--¿De veras?--dijo Utterson, con una ligera alteración en la voz--¿qué
historia es esa?
--Hela aquí--replicó el Sr. Enfield.--Regresaba á mi casa desde un
punto lejano, á eso de las tres de la madrugada, una obscura noche de
invierno, y mis pasos me llevaron á una parte de la ciudad en donde
no se veía más que los faroles. Todo el mundo dormía; las calles se
hallaban iluminadas como para una procesión y completamente desiertas;
mi ánimo había llegado á hallarse en aquel estado en que se desea
ardientemente ver á un agente de policía. De pronto vi dos personas:
una de ellas era un hombrecillo que caminaba á buen paso hacia el Este,
y la otra una niña de ocho á diez años que corría tanto como le era
dable, por una calle transversal. Al cruzarse en la intersección de las
dos calles, chocaron uno con otro, y el hombre pisoteó con la mayor
calma el cuerpo de la niña, dejándola tendida en el suelo y continuando
su camino. Aquello no era el proceder de un hombre, sino más bien el
del diablo indio Juggernaut. Lancé un grito, eché á correr, cogí á mi
hombre por el cuello, y lo llevé al punto en donde ya, alrededor de la
criatura, que se quejaba lastimosamente, había varias personas. Estaba
enteramente tranquilo, y además, no opuso la menor resistencia, pero
me lanzó una mirada que me infundió verdadero terror. Las personas
que habían salido de la casa inmediata eran todas de la familia de la
niña, y poco después llegó el médico, á quien habían ido á buscar.
En realidad, la criatura no estaba gravemente herida, sino más bien
asustada, según dijo el facultativo; y tal vez podríais suponer que las
cosas no pasaron de ahí; pero había una circunstancia curiosa. Desde el
primer golpe de vista había experimentado yo odio contra el agresor,
así como la familia de la niña, lo cual era muy natural. Lo que más me
sorprendió fué la conducta del médico. Era un tipo ordinario, sin nada
de particular, con un marcado acento escocés, y de aspecto tranquilo
y pacífico; pero no pudo menos de experimentar la misma conmoción que
nosotros; cada vez que miraba á mi prisionero, veía yo que el doctor
palidecía y contenía el deseo de arrojarse sobre él. Yo comprendía
lo que pensaba, y él á su vez, también comprendía mi pensamiento; y
como no era posible asesinar á aquel hombre, optamos por lo mejor.
Le dijimos que nos proponíamos hacer tanto ruido respecto de aquel
asunto, que su nombre sería maldecido de un extremo á otro de Londres.
Mientras le decíamos esto, nos vimos obligados á defenderlo contra
las mujeres, que parecían tan exaltadas como harpías. En mi vida he
visto una reunión de caras que demostrasen el odio que aquéllas; y en
medio de todos, nuestro hombre, parecía hacer alarde de una presencia
de espíritu brutal, sarcástica--como desafiando á todos, aunque en el
fondo yo veía que estaba asustado.
--Si lo que deseáis--dijo--es sacar dinero á costa de este
incidente, me declaro vencido. Todo caballero desea evitar el
escándalo--añadió;--decidme la suma que pretendeis.
La fijamos, no sin trabajo, en cien libras esterlinas para la familia
de la niña; se comprendía que hubiera querido resistir, pero había en
todas nuestras fisonomías algo que debió asustarle, y concluyó por
acceder. Después fué preciso obtener el dinero; y ¿adónde creéis que
nos llevó? precisamente al mismo lugar en que se halla esa puerta;
sacó rápidamente una llave, entró, y volvió á salir con diez libras
en oro y un vale por el resto, á cargo del Banco de Coutt, pagadero
al portador y á la vista, y firmado con un nombre que no puedo decir;
era un nombre muy conocido y más de una vez publicado en caracteres
de imprenta. La suma era fuerte, pero la firma valía mucho más, si
realmente era auténtica. Me tomé la libertad de hacer notar á nuestro
personaje, que todo aquel negocio parecía fantástico, y que no era
común que un hombre entrase á las cuatro de la madrugada por la puerta
de una cueva para salir con un vale perteneciente á otra persona, por
un valor de cerca de cien libras; pero acogió mi indicación con una
tranquilidad perfecta y dijo con tono sarcástico:
--Tranquilizaos; voy á permanecer con ustedes hasta que se abra el
despacho del Banco, y cobraré el vale yo mismo.--Partimos todos; el
doctor, el padre de la niña, nuestro hombre y yo pasamos el resto de la
noche en mi casa. Por la mañana, después de haber almorzado, fuimos
juntos al Banco. Presenté el vale, dudando si sería falso; pero nada de
eso; era bueno.
--Vaya, vaya--exclamó Utterson.
--Veo que experimentais igual duda que yo--repuso Enfield;--sí, es
verdaderamente una historia original. En cuanto á mi hombre, era un
ser con el cual nadie hubiera querido tener tratos; un hombre temible
y peligroso; y la persona que firmó el vale pertenece á la flor de la
alta sociedad, es muy conocida y, lo que da lugar á mayores sospechas
es que forma parte de los que se tienen por hombres de bien, y á
quienes se llama así. Yo creo que es un hombre honrado que tiene que
pagar á peso de oro el silencio de alguien que conoce alguna locura de
su juventud; así es que á esa casa de la puerta le llamo yo la casa de
la difamación, aunque, como lo podéis comprender, todo esto se halla
lejos de explicar las cosas--añadió; y después continuó pensativo,
sumido al parecer en profunda meditación; pero no tardó en salir de
ella, por la siguiente pregunta que le dirigió Utterson:
--¿Y no sabéis si el firmante del vale vive aquí?
--¡Ah! ¡sería verdaderamente una hermosa residencia para él!--repuso
Enfield--pero he tenido la suerte de lograr algunas noticias relativas
á sus señas; no vive aquí.
--¿Y jamás habéis preguntado nada respecto del sitio en que está la
puerta?--volvió á decir el Sr. Utterson.
--No señor, he tenido esa delicadeza--añadió Enfield.--Tengo viva
repugnancia por las preguntas; eso se asemeja demasiado á lo que se
hará el día del Juicio final. Lanzáis una pregunta, y es como si
tiráseis una piedra; estáis tranquilamente sentado en la cima de una
colina, y la piedra desciende arrastrando á otras consigo; y resulta
que un viejo pájaro cualquiera (el último de quien os acordáis), queda
herido por la piedra en su propio jardín, en su misma casa, y la
familia se ve obligada á cambiar de nombre á causa del escándalo. No,
señor, he llegado á hacer de ello una regla de conducta; cuanto más
sospechosa me parece una cosa, menos pregunto.
--Es, verdaderamente, un buen método--dijo el abogado.
--Pero he estudiado el paraje yo mismo--siguió diciendo Enfield;--la
construcción no se parece apenas á una casa. No tiene ninguna otra
puerta, y nadie ha entrado ó salido por esa en un largo espacio de
tiempo, sino el caballero de mi historia. Hay tres ventanas, con vista
al callejón sin salida, en el piso principal; debajo no existe ninguna;
los postigos están siempre cerrados, pero se ven limpios. Además, tiene
una chimenea que echa humo constantemente; luego, alguien debe vivir
allí. Mas no es absolutamente seguro, pues las casas de aquel callejón
sin salida encajan de tal modo unas dentro de otras, que es difícil
decir dónde concluye una y comienza otra.
Caminaron durante algún tiempo sin decir una palabra.
--Enfield--exclamó el Sr. Utterson--tenéis una excelente regla de
conducta.
--Así lo creo--repuso Enfield.
--Pero, á pesar de todo--continuó el jurisconsulto--hay una cosa que
quisiera preguntaros; desearía saber el nombre del hombre que pisoteó á
la niña.
--Bien--contestó Enfield--no veo ningún mal en ello. Era un individuo
llamado Hyde.
--¡Hum!--dijo Utterson--¿qué clase de hombre es?
--No es fácil de describir. Se observa en todo su exterior cierta
falsedad, algo desagradable, algo evidentemente detestable. Jamás he
visto un hombre que me agrade menos, y casi no sé por qué. Debe haber
en él algo deforme; produce el efecto de una gran deformidad, aunque
no me sea posible precisarla. Tiene una mirada extraordinaria, y sin
embargo, nada puedo especificar que se salga de lo común y ordinario.
No, señor, no me es posible llegar á una conclusión, ni tampoco
describirlo. Y no es por falta de memoria, pues puedo verlo en este
mismo instante.
El Sr. Utterson anduvo algunos pasos más sin interrumpir el silencio, y
luego preguntó, como obligado por sus reflexiones:
--¿Estáis seguro que hizo uso de una llave?
--Querido señor...--dijo Enfield, notablemente sorprendido por aquella
pregunta.
--Sí, ya sé,--continuó Utterson--ya sé que eso debe parecer extraño.
El hecho es que no os pregunto el nombre de la otra persona, porque la
conozco ya. Lo veis, Ricardo, vuestra relación ha dado en el blanco. Si
en algún punto habéis sido inexacto, haríais bien en rectificar.
--Creo que hubiérais podido avisarme--replicó Enfield, con algo de mal
humor--pero he sido completamente exacto. El hombre tenía una llave; y
lo que es más, la tiene todavía. Lo vi usarla no hace aún una semana.
Utterson lanzó un profundo suspiro, pero no volvió á hablar; y el
joven, reanudando entonces la conversación, añadió:
--Hé aquí para mí una nueva lección y otro motivo para callar. Me
avergüenzo de haber tenido la lengua demasiado larga, y convengamos en
no volver á tratar ese asunto.
--De todo corazón--respondió el abogado--os doy mi palabra y un apretón
de manos, Ricardo.
EN BUSCA DEL SR. HYDE.
Aquella noche, el Sr. Utterson volvió á su habitación de soltero,
con el ánimo sombrío, y se sentó sin placer ante la mesa en donde
se hallaba servida la comida. Tenía costumbre, el domingo, cuando
concluía de comer, de ir á sentarse junto al fuego, con un tomo de
cualquier teólogo árido sobre su pupitre, permaneciendo así hasta que
el reloj de la vecina iglesia tocaba doce campanadas, y entonces iba
tranquilamente á acostarse. Sin embargo, la noche aquella, así que
quitaron el mantel, tomó una bujía y fué á su gabinete. Allí abrió su
cofre y sacó del sitio más secreto un documento envuelto en un sobre,
en el cual estaba escrito lo siguiente: "Testamento del Doctor Jekyll,"
y se sentó melancólicamente para estudiar su contenido. El testamento
era ológrafo, pues aunque Utterson se había encargado de guardarlo
una vez hecho, no quiso intervenir en su redacción. Aquel testamento
declaraba, que no sólo en el caso del fallecimiento de Enrique Jekyll,
Doctor en Medicina, etc., etc., todos sus bienes deberían pasar á manos
de su amigo y bienhechor Eduardo Hyde, sino que por la desaparición ó
una ausencia inexplicable del Dr. Jekyll, ausencia que excediese de un
período de tres meses, el referido Eduardo Hyde debería tomar posesión
de los bienes de dicho Enrique Jekyll, sin ningún otro plazo, y libre
de toda carga ú obligación, salvo algunas pequeñas sumas que pagar á
los criados de la casa del doctor. Hacía ya mucho tiempo que aquel
documento desagradaba al abogado. Le molestaba á la vez en su calidad
de jurisconsulto, y en el concepto de partidario de los usos sensatos y
ordinarios de la vida, y de enemigo de todo lo extravagante. Además, su
desconocimiento de la persona del Sr. Hyde era lo que había aumentado
su indignación; y ahora, gracias á un acontecimiento inesperado, le
conocía. Ya era bastante malo que tuviese un nombre respecto del cual
nada podía saber, que nada decía, y era mucho peor cuando aquel nombre
fué revestido con detestables imputaciones; y el espeso y nebuloso velo
que había cubierto sus ojos durante tanto tiempo se rasgó de golpe para
dejarle ver á un verdadero demonio.
Después de esto, apagó la bujía, se puso un gabán, y salió. Encaminóse
hacia la plaza Cavendish, ciudadela de la Medicina, en donde su amigo,
el gran doctor Lanyón, tenía su casa, y recibía á sus numerosos
clientes. "Si alguien sabe, será Lanyón," se dijo á sí mismo el
jurisconsulto.
El solemne ayuda de cámara le conocía, y le saludó; como no se le
sometía á las interminables antesalas de las visitas ordinarias, fué
directamente desde la puerta hasta el comedor, en donde se hallaba el
doctor Lanyón.
El doctor era un caballero que vivía bien, excelente compañero,
saludable, bien portado y de rostro algo encendido; su cabello había
encanecido antes de tiempo, y lo llevaba desordenado. Sus ademanes
eran bruscos y alborotados. Al ver á Utterson, dejó la silla y corrió
á su encuentro, tendiéndole ambas manos. Aquella efusión, que era uno
de sus hábitos, tenía algo de teatral, pero se hallaba cimentada sobre
verdaderos sentimientos de amistad, pues ambos eran antiguos camaradas
y condiscípulos de la escuela y la Universidad, que se guardaban mutua
consideración, y aunque no sea consecuencia de ello, les agradaba
hallarse juntos.
Después de una corta y trivial conversación, el abogado llegó al asunto
que le aguijoneaba penosamente el espíritu.
--Supongo, Lanyón--dijo--que vos y yo debemos ser los dos amigos más
viejos que tiene Enrique Jekyll.
--Yo quisiera que los amigos fuesen más jóvenes--contestó riéndose el
Dr. Lanyón;--pero creo que así es. ¿Y qué más? Lo veo tan poco á menudo
ahora...
--¿Cómo?--exclamó Utterson--yo creía que teníais intereses comunes.
--Los hemos tenido--repuso el doctor--pero desde hace diez años,
el Dr. Enrique Jekyll se ha vuelto demasiado fantástico para mí.
Comenzaba á emprender un mal camino, mal camino desde el punto de
vista intelectual, y aunque sigo, sin duda, interesándome por él,
á causa de nuestro antiguo y buen compañerismo, he visto y veo muy
rara vez á nuestro hombre en estos últimos tiempos. Sus extravagantes
ideas--añadió el doctor poniéndose encarnado--hubieran hecho reñir á
Damón y Pythias.
Ese pequeño estallido de cólera llevó un poco de calma y algo de alivio
al ánimo de Utterson. "Habrán diferido únicamente de opinión en alguna
cuestión científica," pensó para sí, y no siendo hombre capaz de tener
pasiones científicas (salvo el caso del procedimiento y diligencias de
su oficio) añadió, hablando consigo mismo: "no será cosa grave." Dejó
algunos segundos de respiro para que se repusiese su amigo, y le lanzó
la pregunta objeto de su visita:
--¿Habéis visto alguna vez á uno de sus protegidos, un tal Hyde?
--¿Hyde?--repitió Lanyón.--No, jamás he oído nada de él. Su amistad
debe ser posterior á nuestras pequeñas diferencias.
Esos eran los únicos informes que llevaba el abogado al regresar á su
gran lecho sombrío, sobre el cual se agitó en todos sentidos hasta las
primeras horas de la mañana. Fué una noche aquella de poco descanso
para su atormentado espíritu, envuelto en obscuridades y asediado por
la duda.
Las seis daban en la cercana iglesia, tan bien situada con respecto
á la habitación del Sr. Utterson, y éste continuaba soñando en su
problema.
Hasta entonces sólo le había considerado desde el punto de vista
intelectual; pero en aquel momento estaba dominado por las diferencias,
por los saltos de su imaginación; y aunque acostado, y volviéndose
de un lado para otro, en medio de la sombría obscuridad del cuarto,
conservada por espesas colgaduras, la historia del Sr. Enfield se iba
desenvolviendo delante de él, y todos los detalles se le presentaban
como cuadros luminosos de un panorama.
Veía primero los espacios inmensos de una ciudad alumbrados por
faroles; luego la forma de un hombre caminando rápidamente; después
la de una criatura que volvía corriendo de la casa del médico, y en
fin, su encuentro, y aquel diablo (Juggernaut) de apariencia humana,
pisoteando á la niña y marchándose sin que le detuviesen sus gritos.
Su visión continuaba: veía un cuarto, en una hermosa casa, en donde
dormía su amigo, soñando y sonriendo á sus sueños, abrirse la puerta
del cuarto, separarse los cortinajes, despertarse su amigo, y frente
á él presentarse una forma que tenía el poder, aun en aquella hora
indebida, de hacerle levantar y darle órdenes. Aquella forma con
dos rostros tan distintos persiguió el espíritu del abogado toda
la noche, y si lograba dormirse algunos instantes, seguía viendo la
forma deslizarse disimuladamente á lo largo de las casas cerradas, ó
caminando rápidamente, más rápidamente aún, hasta caer desvanecida, á
través del laberinto de una ciudad alumbrada, iluminada, y luego, en la
esquina de cada calle, pisotear á una criatura y abandonarla á pesar
de sus lamentos y sus gritos. Y aquella forma no tenía jamás un rostro
que permitiese reconocerla; hasta en sueños no tenía una cara conocida,
ó la que tenía se ocultaba y desvanecía cuando quería mirarla; y
así fué, gracias á ese sueño, como creció y creció en el ánimo del
abogado aquella curiosidad verdaderamente extraña, casi extravagante,
de conocer la fisonomía del verdadero Sr. Hyde. Pensaba que, si
alguna vez llegaba á fijar sus ojos en él, se aclararía el misterio,
desapareciendo en absoluto, como sucede con todo lo sobrenatural cuando
se examina de cerca. Hallaría sin duda alguna razón para explicar la
extraña preferencia ó esa esclavitud de su amigo (llámesele como se
quiera), y también las cláusulas sorprendentes de su testamento. Sea lo
que fuere, no cabe duda de que el rostro valía la pena de ser visto;
ese rostro de un hombre cuyas entrañas no tenían compasión ni piedad
ninguna, era rostro que sólo con presentarse había logrado inspirar en
el ánimo del insensible Enfield un sentimiento de odio profundo.
Desde aquel instante, Utterson se puso á examinar frecuentemente la
puerta de la callejuela de las tiendas. Por la mañana antes de la
hora del escritorio, al mediodía cuando los negocios estaban en plena
actividad y teniendo escaso tiempo, por la noche á la luz de una luna
velada por la niebla, en una palabra, con todas las luces y á todas
horas, solo ó en medio del gentío, podía verse el abogado en aquel
sitio.
Al fin, su paciencia se vió recompensada. Era una noche hermosa y
apacible; helaba, y las calles estaban tan limpias como el piso de un
salón de baile; los faroles, cuyos mecheros no agitaba ni el más ligero
soplo de aire, daban la cantidad de luz y de sombra requerida.
Hacia las diez, cuando todas las tiendas estuvieron cerradas, la
callejuela quedó desierta y silenciosa, sin oirse más que el ruido
sordo de sus alrededores. Del otro lado de la calle se percibían
los movimientos, las idas y venidas en el interior de las casas,
distinguiéndose los pasos de los transeuntes mucho antes de verlos.
Hacía algunos minutos que Utterson estaba en su puesto, cuando llamó
su atención un paso ligero y extraño que se aproximaba. En el curso
de sus nocturnas peregrinaciones había llegado á acostumbrarse á
distinguir en medio de los zumbidos y de los ruidos más diferentes
de una gran ciudad, los pasos de una persona sola, lejos aún, y que
venía bruscamente á él, pero nunca se había sentido su atención tan
excitada ni tan fija como en aquel momento definitivo, y poseído de un
presentimiento absoluto y supersticioso de un buen éxito, se ocultó en
la entrada del callejón.
Los pasos se acercaban rápidamente, haciéndose más y más distintos
en el recodo de la calle. El abogado, mirando desde su escondite, no
tardó en ver con qué clase de hombre se las tenía que haber. Éste era
pequeño, vestido con sencillez; su exterior, aun á aquella distancia,
no fué enteramente del agrado del observador. El hombre fué derecho
á la puerta, atravesando el arroyo para ganar tiempo, y sin dejar de
andar, sacó una llave del bolsillo, como quien llega á su casa.
El Sr. Utterson atravesó la calle y le tocó el hombro cuando pasaba,
diciendo:
--¿El Sr. Hyde, si no me equivoco?
Hyde retrocedió vivamente, y su respiración pareció cambiarse en un
silvido. Pero su temor sólo fué momentáneo, y aunque no podía ver el
rostro del abogado, contestó con sequedad:
--Ese es mi nombre. ¿Qué me queréis?
--Veo que vais á entrar--repuso el abogado.--Soy un antiguo amigo del
Dr. Jekyll;--Utterson, de la calle Gaunt.--Debéis haber oído mi nombre,
y encontrándoos tan á propósito, he pensado que tendríais la bondad de
recibirme.
--No hallaréis al Dr. Jekyll; no está en su casa--replicó Hyde soplando
en el cañón de la llave, y luego, de repente, sin mirar al abogado,
añadió:--¿Cómo me habéis conocido?
--Ahora os toca á vos--dijo Utterson--¿queréis concederme un favor?
--Con mucho gusto--contestó Hyde--¿de qué se trata?
--¿Queréis dejarme ver vuestro rostro?--preguntó el abogado.
Hyde pareció vacilar; luego, impelido sin duda por alguna reflexión
súbita, se volvió enseñando el rostro con cierto aire de provocación ó
desafío, y ambos se miraron fijamente durante algunos segundos.
--Ahora os reconoceré--dijo Utterson--lo cual puede ser conveniente.
--Sí--replicó Hyde--no me disgusta que nos hayamos encontrado; y, á
propósito, os daré las señas de mi casa--y le dijo un número de una
calle en Soho.
--¡Dios mío!--pensó Utterson--¿se habrá acordado también él del
testamento?--Pero guardó sus temores para sí, y murmuró algunas
palabras como para agradecer las señas dadas.
--Bien, veamos--dijo Hyde--¿cómo me habéis conocido?
--Por una descripción--fué la repuesta.
--Una descripción, ¿de quién?
--Tenemos amigos comunes--añadió Utterson.
--¿Amigos comunes?--repuso Hyde como un eco y con voz ronca.--¿Quiénes
son?
--Jekyll, por ejemplo--dijo el abogado.
--Jamás os ha dicho nada--exclamó Hyde con un movimiento de cólera.--No
os creía capaz de mentir.
--Algo dura me parece esa palabra--replicó Utterson.
Hyde lanzó una estrepitosa carcajada, y con una rapidez extraordinaria,
levantó el pestillo de la puerta y desapareció dentro de la casa.
El abogado se quedó inmóvil y desconcertado al ver la desaparición
de Hyde. Al cabo de un rato echó á andar calle arriba, deteniéndose
á cada paso y llevándose una mano á la frente, como un hombre preso
de la mayor perplejidad. El problema cuya solución buscaba, según iba
caminando, era de aquellos que rara vez la tienen. El Sr. Hyde era
pálido y de pequeña estatura; producía la impresión de lo deforme sin
que fuese posible designar esa deformidad con una palabra exacta; tenía
una sonrisa desagradable; se había conducido con una mezcla criminal
de timidez y de audacia; había hablado con una voz ronca, que silvaba
por momentos, y algo cascada. Todos estos detalles le eran contrarios,
pero aun reunidos no bastaban para explicar la repugnancia, el odio y
el miedo con que los consideraba Utterson. Debe de haber algo más, se
dijo perplejo. Hay algo más; si pudiese darle á eso un nombre. ¡Ese
hombre apenas se parece á un ser humano! Tiene algo del troglodita.
¿Será esto como la antigua historia del Dr. Fell? ¿Ó es únicamente el
simple reflejo é irradiación de un alma mala que pasa á través de él
y que altera ó desnaturaliza su envoltorio corporal? Porque, ¡oh, mi
pobre viejo Enrique Jekyll, si alguna vez he leído la firma de Satanás
puesta en un rostro, ha sido en el de vuestro nuevo amigo!
Precisamente al doblar la esquina de la calle, había un grupo de
antiguas y grandes casas, en su mayor parte ya muy deterioradas,
divididas en pisos con habitaciones separadas que se alquilaban á
hombres de todas clases y condiciones, grabadores, arquitectos,
abogados sin clientes, y agentes de negocios dudosos. Una de aquellas
casas, sin embargo, la inmediata á la de la esquina de la calle, se
hallaba ocupada por un solo inquilino, y á la puerta de aquella casa,
que tenía cierto aspecto de comodidad y de riqueza, aunque medio sumida
en la obscuridad, porque únicamente la alumbraba un farol interior, fué
donde se detuvo Utterson, y á la que llamó. Un criado anciano y de buen
porte abrió la puerta.
--Poole, ¿está en casa el Dr. Jekyll?--preguntó el abogado.
--Voy á ver, Utterson--contestó Poole, haciendo entrar al jurisconsulto
en un extenso recibimiento bajo de techo y embaldosado, adornado con
hermosos armarios de roble, y calentado, al estilo de las casas de
campo, por un gran fuego que ardía en una chimenea abierta.
--¿Queréis esperar aquí junto al hogar, caballero, ó preferís pasar al
comedor?
--Aquí, gracias--contestó el abogado, aproximándose al fuego.
Aquella habitación, en la que se quedó solo por unos momentos, era la
predilecta de su amigo el doctor, y el mismo Utterson tenía costumbre
de hablar de ella como de la más agradable de Londres. Pero aquella
noche Utterson se hallaba en una situación excepcional; el rostro
de Hyde no se apartaba de su memoria; sentía (cosa rara en él) como
disgusto de la vida, y su espíritu entristecido le hacía ver como una
amenaza en los reflejos de las llamas sobre las partes brillantes de
los armarios, y en los oscilantes movimientos de las sombras del techo.
Cuando Poole regresó y anunció que el Dr. Jekyll había salido;--he
visto al Sr. Hyde entrar por la vieja puerta del gabinete de anatomía,
Poole--le dijo el abogado--¿es eso natural no estando en casa el Dr.
Jekyll?
--Completamente natural y regular, Sr. Utterson--repuso el criado.--El
Sr. Hyde tiene una llave de aquella puerta.
--Vuestro amo, Poole, parece tener la mayor confianza en ese joven.
--Sí, señor, es verdad--contestó Poole--todos tenemos orden de
obedecerle.
--No creo haber encontrado aquí jamás al Sr. Hyde--dijo Utterson.
--¡Oh! de seguro que no; nunca come aquí--añadió el ayuda de
cámara.--En realidad pocas veces oímos hablar de él en este lado de la
casa; casi siempre entra y sale por el laboratorio.
--Bien, buenas noches, Poole.
--Buenas noches, Sr. Utterson.
Y el abogado emprendió el camino de su casa con el corazón oprimido.
¡Pobre Enrique Jekyll! (decía hablando consigo mismo) tengo el
presentimiento de que va por mal camino. Era libertino cuando joven,
hace tiempo, es verdad, pero según la ley de Dios, siempre, tarde ó
temprano, llega para cada uno el castigo de sus pecados. Y debe ser
algo así; el espectro de algún antiguo pecado, el cáncer roedor de
alguna vergüenza oculta, cuyo castigo viene cuando años después la
memoria ha olvidado la falta y el amor propio la ha excusado.
Asustado por sus mismas ideas, recordó su pasado, buscando y
escudriñando en todos los rincones de su memoria, temeroso de que
algún antiguo pecado se mostrase en plena luz. Su pasado era bastante
limpio y sin tacha; pocos hombres hubieran podido leer las páginas
de su vida con menos temor y aprensión, y sin embargo, sentíase como
profundamente humillado á causa de las numerosas malas acciones que
creía haber cometido, al mismo tiempo que se gozaba con el recuerdo de
las que había sabido evitar.
Volviendo al asunto que le preocupaba, tuvo un rayo de esperanza.
Si se pudiera profundizar en el estudio de ese Hyde.... dijo para
sí--debe tener grandes secretos; secretos siniestros, á juzgar por su
cara; secretos ante los cuales las peores acciones del pobre Jekyll
serían como brillantes rayos de sol. Pero las cosas no pueden seguir
así. Se me hiela la sangre cuando pienso que ese ser se arrastra como
un ladrón hasta el lecho de Enrique; ¡Pobre Enrique, qué despertar el
tuyo! Y lo más peligroso de todo eso es que si el tal Hyde sospecha la
existencia del testamento, tendrá prisa por heredar. Es preciso que
yo me ocupe de este asunto--si Jekyll quiere permitírmelo--añadió--si
Jekyll quiere dejarme obrar--pues una vez más vió ante sus ojos
escritas, con igual claridad que en el papel, las extrañas cláusulas
del testamento.
EL DR. JEKYLL ESTABA TRANQUILO.
Quince días después, por una feliz casualidad, el doctor daba una
de sus alegres comidas á cinco ó seis antiguos amigos, hombres
inteligentes, respetables y conocedores del buen vino; el Sr. Utterson,
que era uno de ellos, se arregló de modo que permaneció allí después de
haberse marchado los demás. No fué aquello un hecho fortuito, porque
ya había ocurrido otras veces. En donde querían á Utterson, lo querían
de veras. Los anfitriones se complacían en retener al austero abogado,
cuando los demás convidados, con la lengua suelta y el corazón alegre,
habían traspasado el umbral de la puerta; les era grato permanecer
algún tiempo en su discreta compañía, comenzando así á acostumbrarse á
la soledad en que iban á quedar, y habituando el espíritu al silencio,
pasada la exuberante alegría producida por el banquete. El Dr. Jekyll
no era una excepción de esta regla; y sentado en el lado opuesto al
fuego, él, hombre de unos cincuenta años, bien constituído, de rostro
barbilampiño, con un aspecto quizá algo disimulado, pero de apariencia
inteligente y bondadosa, daba á entender que experimentaba por Utterson
una amistad tan viva como sincera.
--Deseaba hablaros, Jekyll--comenzó diciendo el Sr.
Utterson--¿recordáis aquel testamento vuestro?
Un atento observador hubiera podido notar que el asunto no era
agradable al doctor, pero lo acogió alegremente, al parecer.
--Mi pobre Utterson--le dijo--sois desgraciado tratándose de un cliente
como yo. Jamás he visto á un hombre tan turbado como vos cuando mi
testamento, excepción hecha del intratable pedante, el Doctor Lanyón,
cada vez que habla de lo que llama mis herejías científicas. ¡Oh! bien
sé que es un excelente compañero--no tenéis necesidad de fruncir el
entrecejo--sí, un excelente compañero, y cada día deseo verlo más á
menudo; pero, á pesar de todo es un intratable pedante; un pedante
declamador é ignorante. Nunca me ha contrariado tanto un hombre como
Lanyón, ni me he equivocado con otro, como con él.
--Ya sabéis que jamás he aprobado vuestro testamento--dijo el Sr.
Utterson, volviendo al tema de su conversación.
--¿Mi testamento? Sí, ciertamente; lo conozco--añadió el doctor algo
contrariado--ya me habíais hablado de eso.
--Pues bien, os lo vuelvo á decir--continuó el jurisconsulto--he sabido
algo respecto del tal Hyde.
La ancha y hermosa cara del Doctor Jekyll palideció, y un círculo
negruzco se dibujó alrededor de sus ojos.
--No deseo oir nada más--exclamó;--pensaba que no volveríamos á hablar
de esa cuestión, según lo teníamos convenido.
--Lo que he sabido es horrible--dijo Utterson.
--No puedo variar nada; no comprendéis mi situación--replicó el
doctor, con cierta incoherencia.--Mi situación es penosa, Utterson;
mi situación es verdaderamente extraña; muy extraña. Es uno de esos
asuntos que no se pueden arreglar con palabras.
--Jekyll--dijo Utterson--me conocéis; soy hombre en quien se puede
confiar y á quien todo se puede decir. Decidme toda la verdad en
confianza, y tengo la seguridad de poder sacaros de esa situación.
--Mi buen Utterson--repuso el doctor--lo que hacéis es bueno, es
francamente una gran bondad de vuestra parte, y no puedo hallar
expresiones suficientes para daros las gracias. Os creo en absoluto,
me fiaría de vos antes que de cualquiera otro hombre, antes que de
mí mismo, si tuviese que escoger; pero no es lo que os imagináis; no
es tan malo; y para tranquilizar vuestro buen corazón, os diré una
cosa, y es que en el instante mismo que yo quiera, podré librarme,
desembarazarme del Sr. Hyde. Dicho ésto, he aquí mi mano; gracias
otra vez. Sin embargo, quiero añadir una palabra, Utterson, y estoy
persuadido de que no la llevaréis á mal: ese es un asunto privado, y os
ruego que lo dejéis dormir.
Utterson reflexionó un momento, mientras seguía mirando al fuego del
hogar.
--No dudo que quizá tengáis razón--dijo, en fin, levantándose.
--Pues bien, ya que hemos hablado de este asunto, y por última vez,
según lo espero--siguió diciendo el doctor--hay un punto que desearía
haceros comprender bien. Tengo, realmente, grandísimo interés por ese
pobre Hyde. Sé que lo habéis visto; me lo ha dicho, y temo que haya
sido grosero. Pero tengo afecto, muchísimo afecto por ese hombre;
y si llego á perecer, Utterson, deseo que me prometáis sufrirlo y
hacer valer sus derechos. Creo que lo haríais si lo supiéseis todo, y
aliviaríais á mi espíritu de un gran peso si me lo prometiéseis.
--No puedo asegurar, á pesar de todo, que llegue á quererle--dijo el
abogado.
--No es eso lo que os pido--contestó Jekyll, como si defendiese una
causa, y apoyando la mano sobre el brazo de Utterson--no os pido más
que justicia; os pido que le ayudéis por amor á mí, cuando yo no esté
aquí.
Utterson no pudo impedir que se le escapase un profundo suspiro.
--Bien--dijo--lo prometo.
EL CASO DEL ASESINO DE CAREW.
Un año después, poco más ó menos, en el mes de octubre de 18**, la
ciudad de Londres quedó horrorizada por un crimen que demostraba una
brutalidad poco común, siendo el hecho más ruidoso aun á causa de la
alta posición de la víctima. Una criada que vivía en una casa situada
cerca del río, subía á acostarse hacia las once. Aunque la neblina
había cubierto á la ciudad durante las primeras horas del día, la noche
estaba clara, y la callejuela á la cual tenía vistas la ventana del
cuarto de la criada, se hallaba brillantemente iluminada por la luz
de la luna llena. Nuestra mujer tenía ideas románticas, pues se sentó
sobre su baúl, que estaba colocado precisamente al lado de la ventana,
y se entregó por completo á sus ensueños.
Jamás--acostumbraba á decir, derramando lágrimas, cuando refería
después el acontecimiento--jamás se había sentido tan en paz con
todos los hombres, ni había tenido ideas tan buenas acerca del mundo.
Hallándose sentada así, vió á un caballero de edad, de buen porte, con
el pelo blanco, que caminaba casi rozando la pared de la callejuela; á
su encuentro fué otro caballero, de pequeña estatura, en quien no había
reparado ella al principio. Cuando llegaron bastante cerca uno de otro
para poder hablar, el hombre de más edad se inclinó, acercándose al
otro con la mayor deferencia.
No pareció que el objeto de su pregunta fuese de grande importancia;
y, según su manera de hablar, podía suponerse que sólo preguntaba
el camino; la luna se reflejaba en su rostro mientras hablaba, y la
muchacha se alegraba de verlo, porque parecía indicar un carácter
ingénuo, con un no sé qué de altivo, y como de amor propio bien fundado.
En esto, los ojos de la joven se volvieron hacia el otro personaje, y
le sorprendió reconocer en él á un Sr. Hyde, que había una vez visitado
á su amo, y cuya presencia le desagradó. Tenía en la mano un pesado
bastón, con el cual jugaba; no contestó, y parecía apartarse con una
impaciencia mal contenida. De pronto tuvo un terrible acceso de cólera,
pateando, blandiendo el bastón y agitándose como un loco (según los
términos mismos empleados por la criada). El señor anciano retrocedió
un paso, como sorprendido y ofendido; pero el Sr. Hyde, arrebatado,
le acometió á palos y lo derribó. Al mismo tiempo, y con la furia de
un mono, pateó el cuerpo, y le descargó una lluvia de golpes bajo los
cuales se rompían los huesos, rodando la víctima hasta el arroyo.
Viendo aquellos horrores y oyendo los golpes, la muchacha perdió el
conocimiento.
Eran las dos de la madrugada cuando volvió en sí y fué en busca de la
policía. El asesino había huído hacía ya tiempo, y la víctima yacía
en medio de la callejuela, horriblemente mutilada. El bastón que
sirvió para cometer el delito, aunque de madera dura, rara y pesada,
estaba roto por la mitad á causa de los golpes dados con una ferocidad
insensata; uno de los pedazos había quedado allí, y el otro debió,
probablemente, llevárselo el asesino. Al registrar á la víctima, se
le encontraron una bolsa y un reloj de oro, pero ninguna tarjeta ni
papeles, salvo un sobre cerrado y sellado que iba, sin duda, á echar
al correo y en el cual estaban escritos el nombre y las señas del Sr.
Utterson.
Aquel sobre fué llevado al abogado al día siguiente por la mañana,
antes de que se levantase; así que lo vió y supo las circunstancias en
que había sido encontrado, sus labios se contrajeron.
--Nada diré hasta haber visto el cadáver--exclamó--esto puede ser muy
serio. Servíos esperar á que me vista. Y con la misma cara impasible
tomó su desayuno, y partió en coche hasta el vecino puesto de policía
en donde se encontraba el cadáver.
Tan pronto como entró en la celda, inclinó la cabeza y dijo:
--Sí, le reconozco. Tengo el sentimiento de decir que es Sir Danvers
Carew.
--¡Dios mío! ¡será posible! caballero--exclamó el agente de policía. Y
sus ojos brillaron con el fulgor de la alegría del oficio.--Este asunto
hará ruido, y quizá podáis ayudarnos á encontrar al asesino.--Luego
refirió rápidamente lo que había visto la criada, y enseñó el pedazo
roto del bastón.
Utterson se había extremecido ya al oir el nombre de Hyde; pero cuando
le enseñaron el bastón no le quedó la menor duda; roto y todo, lo
reconoció, por habérselo regalado hacía muchos años á Enrique Jekyll.
--¿Es Hyde--preguntó el abogado--persona de pequeña estatura?
--Es pequeño, y tiene muy mala mirada, según ha declarado la
criada--añadió el agente.
Utterson reflexionó; luego, levantando la cabeza, dijo:
--Si queréis venir conmigo, en mi carruaje, creo poder llevaros á casa
del asesino.
Serían, entonces, las nueve de la mañana, y era el primer día de gran
neblina de la estación. Un inmenso velo sombrío cubría la ciudad, pero
el viento rompía de cuando en cuando aquellas nubes de vapor, y como
el coche caminaba con precaución, Utterson pudo presenciar á su sabor
un continuo cambio de sombras y de luz; pues ya la obscuridad era como
al anochecer, ya se veía, por el contrario, una claridad viva como
la que proyecta un incendio, y ya, por fin, la neblina se desvanecía
completamente, y un descolorido rayo de luz penetraba por entre los
torbellinos de nubes.
El triste barrio de Soho, visto á través de aquellos rápidos claros,
con sus calles enfangadas, sus transeuntes sucios, sus faroles
encendidos para poder luchar contra aquella invasión de obscuridad,
parecía en la mente del abogado como la parte de una ciudad presentada
en una pesadilla, entrevista en sueños. Sus pensamientos, además, eran
lúgubres, y al volver la vista hacia su vecino de coche, sintió algo de
ese temor que inspiran siempre la ley y sus representantes, y que puede
experimentar hasta el hombre más honrado.
Cuando el carruaje llegó frente al número indicado, la neblina se
disipó un poco y le dejó ver una calle sucia, una taberna, una casa
de comidas de precio ínfimo, una tienda en donde vendían periódicos
á cinco céntimos y lechugas á dos cuartos, muchos niños harapientos
acurrucados en las puertas de las casas, y numerosas mujeres de
distintas nacionalidades que iban y venían, llevando en la mano las
llaves de sus cuartos, de donde salían para ir á tomar el trago de
la mañana. Poco después, la neblina volvió á ser intensa, y se halló
separado de todos aquellos desagradables cuadros.
Allí estaba la residencia del favorito de Enrique Jekyll, de un hombre
que debía heredar la cuarta parte de un millón de libras esterlinas.
Una mujer de edad, de rostro pálido y cabello blanco, abrió la puerta.
Tenía mala cara, aunque suavizada por la hipocresía, pero sus modales
nada dejaban que desear.
--Sí--dijo--aquí vive el Sr. Hyde, pero no está en casa.
Añadió, que había llegado por la noche, muy tarde, y que había vuelto
á salir haría poco menos de una hora; nada de particular había en eso;
sus costumbres eran muy poco uniformes, y estaba á menudo ausente; en
prueba de ello, dijo que hacía dos meses que no lo había visto, hasta
la tarde del día anterior.
--Perfectamente, deseamos ver su habitación--dijo el abogado--y como
la mujer empezaba á manifestar que era imposible.--Bueno es que
sepáis--continuó--que el señor es el inspector Newcomen del Distrito de
Scotland.
Un relámpago de siniestra alegría brilló en el rostro de la
mujer.--¡Ah!--exclamó--¿tiene que habérselas con la policía? ¿Qué ha
hecho?
Utterson y el inspector cambiaron una mirada.
--Parece que no es hombre muy popular--observó el inspector.--Y ahora,
buena mujer, permitidnos hacer un examen minucioso de la habitación.
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