Hamlet (Drama en cinco actos)
William Shakespeare
HAMLET
DRAMA EN CINCO ACTOS
TRADUCCION DE LA OBRA
DE
GUILLERMO SHAKESPEARE
POR
L. FERNANDEZ MORATIN
[Illustration: colofón]
CASA EDITORIAL MAUCCI
Gran medalla de oro en las Exposiciones de Viena de 1903, Madrid
1907, Budapest 1907, Londres 1913, París 1913, y gran premio
en la de Buenos Aires 1910
Calle de Mallorca, núm. 166
SHAKESPEARE
PRINTED IN SPAIN
ES PROPIEDAD DE ESTA CASA EDITORIAL
HAMLET
DRAMA EN CINCO ACTOS
TRADUCCION DE LA OBRA
DE
GUILLERMO SHAKESPEARE
POR
L. FERNANDEZ MORATIN
[Illustration: colofón]
CASA EDITORIAL MAUCCI
Gran medalla de oro en las Exposiciones de Viena de 1903, Madrid
1907, Budapest 1907, Londres 1913, París 1913, y gran premio
en la de Buenos Aires 1910
Calle de Mallorca, núm. 166
PERSONAJES
CLAUDIO, rey de Dinamarca.
GERTRUDIS, reina de Dinamarca.
HAMLET, príncipe.
FORTIMBRAS, príncipe de Noruega.
La sombra del rey Hamlet.
POLONIO, sumiller de corps.
LAERTES, hijo de Polonio.
OFELIA, hija de Polonio.
HORACIO, amigo de Hamlet.
VOLTIMAN, |
CORNELIO, }
RICARDO, } cortesanos.
GUILLERMO,}
ENRIQUE, |
MARCELO, }
BERNARDO, } soldados.
FRANCISCO,}
REINALDO, criado de Polonio.
Dos embajadores de Inglaterra.
Un cura.
Un caballero.
Un capitán.
Un guardia.
Un criado.
Dos marineros.
Dos sepultureros.
Cuatro cómicos.
Acompañamiento de grandes, caballeros, damas, soldados, curas,
cómicos, criados, etc.
* * * * *
La escena se representa en el palacio y ciudad de Elsingor, en sus
cercanías y en las fronteras de Dinamarca.
[Illustration: barra decorativa]
ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
Explanada delante del palacio real de Elsingor. Noche obscura
FRANCISCO, BERNARDO
Francisco estará paseándose haciendo centinela. Bernardo se va
acercando hacia él. Estos personajes y los de la escena siguiente
estarán armados con espada y lanza.
BERNARDO.--¿Quién está ahí?
FRANCISCO.--No: respóndame él á mí. Deténgase, y diga quién es...
BERNARDO.--Viva el rey.
FRANCISCO.--¿Es Bernardo?
BERNARDO.--El mismo.
FRANCISCO.--Tú eres el más puntual en venir á la hora.
BERNARDO.--Las doce han dado ya; bien puedes ir á recogerte.
FRANCISCO.--Te doy mil gracias por la mudanza. Hace un frío que penetra,
y yo estoy delicado del pecho.
BERNARDO.--¿Has hecho tu guardia tranquilamente?
FRANCISCO.--Ni un ratón se ha movido.
BERNARDO.--Muy bien. Buenas noches. Si encuentras á Horacio y Marcelo,
mis compañeros de guardia, diles que vengan presto.
FRANCISCO.--Me parece que los oigo... Alto ahí. ¡Eh! ¿Quién va?
ESCENA II
HORACIO, MARCELO y dichos
HORACIO.--Amigos de este país.
MARCELO.--Y fieles vasallos del rey de Dinamarca.
FRANCISCO.--Buenas noches.
MARCELO.--¡Oh honrado soldado! Pásalo bien. ¿Quién te relevó de la
centinela?
FRANCISCO.--Bernardo, que queda en mi lugar. Buenas noches.
(-Vase Francisco. Marcelo y Horacio se acercan adonde está Bernardo
haciendo centinela-).
MARCELO.--¡Hola, Bernardo!
BERNARDO.--¿Quién está ahí? ¿Es Horacio?
HORACIO.--Un pedazo de él.
BERNARDO.--Bien venido, Horacio; Marcelo, bien venido.
MARCELO.--Y qué, ¿se ha vuelto á aparecer aquella cosa esta noche?
BERNARDO.--Yo nada he visto.
MARCELO.--Horacio dice que es aprensión nuestra, y nada quiere creer de
cuanto le he dicho acerca de ese espantoso fantasma que hemos visto ya
en dos ocasiones. Por eso le he rogado que se venga á la guardia con
nosotros, para que si esta noche vuelve el aparecido, pueda dar crédito
á nuestros ojos, y le hable si quiere.
HORACIO.--¡Qué! No, no vendrá.
BERNARDO.--Sentémonos un rato, y deja que asaltemos de nuevo tus oídos
con el suceso que tanto repugnan oir, y que en dos noches seguidas hemos
ya presenciado nosotros.
HORACIO.--Muy bien: sentémonos, y oigamos lo que Bernardo nos cuente.
(-Siéntanse los tres-).
BERNARDO.--La noche pasada, cuando esa misma estrella que está al
occidente del polo había hecho ya su carrera para iluminar aquel espacio
del cielo donde ahora resplandece, Marcelo y yo, á tiempo que el reloj
daba la una...
MARCELO.--Chit. Calla; mírale por dónde viene otra vez.
(-Se aparece á un extremo del teatro la sombra del rey Hamlet
armado de todas armas, con un manto real, yelmo en la cabeza, y la
visera alzada. Los soldados y Horacio se levantan despavoridos-).
BERNARDO.--Con la misma figura que tenía el difunto rey.
MARCELO.--Horacio, tú que eres hombre de estudios, háblale.
BERNARDO.--¿No se parece todo al rey? Mírale, Horacio.
HORACIO.--Muy parecido es... Su vista me conturba con miedo y asombro.
BERNARDO.--Querrá que le hablen.
MARCELO.--Háblale, Horacio.
HORACIO (-se encamina hacia donde está la sombra-).--¿Quién eres tú, que
así usurpas este tiempo á la noche, y esa presencia noble y guerrera que
tuvo un día la majestad del soberano dinamarqués que yace en el
sepulcro? Habla: por el cielo te lo pido.
(-Vase la sombra á paso lento-).
MARCELO.--Parece que está irritado.
BERNARDO.--¿Ves? Se va como despreciándonos.
HORACIO.--Deténte, habla. Yo te lo mando, habla.
MARCELO.--Ya se fué. No quiere responderos.
BERNARDO.--¿Qué tal, Horacio? Tú tiemblas, y has perdido el color. ¿No
es esto algo más que aprensión? ¿Qué te parece?
HORACIO.--Por Dios, que nunca lo hubiera creído sin la sensible y cierta
demostración de mis propios ojos.
MARCELO.--¿No es enteramente parecido al rey?
HORACIO.--Como tú á ti mismo. Y tal era el arnés de que iba ceñido
cuando peleó con el ambicioso rey de Noruega; y así le ví arrugar ceñudo
la frente cuando en una alteración colérica hizo caer al de Polonia
sobre el hielo, de un solo golpe... ¡Extraña aparición es ésta!
MARCELO.--Pues de esa manera, y á esta misma hora de la noche, se ha
paseado dos veces con ademán guerrero delante de nuestra guardia.
HORACIO.--Yo no comprendo el fin particular con que esto sucede; pero en
mi ruda manera de pensar, pronostica alguna extraordinaria mudanza á
nuestra nación.
MARCELO.--Ahora bien, sentémonos (-siéntanse-); y decidme, cualquiera de
vosotros que lo sepa, ¿por qué fatigan todas las noches á los vasallos
con estas guardias tan penosas y vigilantes? ¿Para qué es esta fundición
de cañones de bronce, y este acopio extranjero de máquinas de guerra? ¿A
qué fin esa multitud de carpinteros de marina, precisados á un afán
molesto, que no distingue el domingo de lo restante de la semana? ¿Qué
causas puede haber para que sudando el trabajador apresurado junte las
noches á los días? ¿Quién de vosotros podrá decírmelo?
HORACIO.--Yo te lo diré, ó á lo menos los rumores que sobre esto corren.
Nuestro último rey (cuya imagen acaba de aparecérsenos) fué provocado a
combate, como ya sabéis, por Fortimbrás de Noruega, estimulado éste de
la más orgullosa emulación. En aquel desafío, nuestro valeroso Hamlet
(que tal renombre alcanzó en la parte del mundo que nos es conocida)
mató á Fortimbrás, el cual por un contrato sellado y ratificado según el
fuero de las armas, cedía al vencedor (dado caso que muriese en la
pelea) todos aquellos países que estaban bajo su dominio. Nuestro rey se
obligó también á cederle una porción equivalente, que hubiera pasado a
manos de Fortimbrás, como herencia suya, si hubiese vencido; así como,
en virtud de aquel convenio y de los artículos estipulados, recayó todo
en Hamlet. Ahora el joven Fortimbrás, de un carácter fogoso, falto de
experiencia y lleno de presunción, ha ido recogiendo de aquí y de allí
por las fronteras de Noruega una turba de gente resuelta y perdida, á
quien la necesidad de comer determina á intentar empresas que piden
valor; y según claramente vemos, su fin no es otro que el de recobrar
con violencia y á fuerza de armas los mencionados países que perdió su
padre. Este es, en mi dictamen, el motivo principal de nuestras
prevenciones, el de esta guardia que hacemos, y la verdadera causa de la
agitación y movimiento en que toda la nación está.
BERNARDO.--Si no es ésa, ya no alcanzo cuál puede ser... Y en parte lo
confirma la visión espantosa que se ha presentado armada en nuestro
puesto con la figura misma del rey que fué y es todavía el autor de
estas guerras.
HORACIO.--Es por cierto una mota que turba los ojos del entendimiento.
En la época más gloriosa y feliz de Roma, poco antes que el poderoso
César cayese, quedaron vacíos los sepulcros, y los amortajados cadáveres
vagaron por las calles de la ciudad gimiendo en voz confusa; las
estrellas resplandecieron con encendidas colas, cayó lluvia de sangre,
se ocultó el sol entre celajes funestos, y el húmedo planeta, cuya
influencia gobierna el imperio de Neptuno, padeció eclipse, como si el
fin del mundo hubiese llegado. Hemos visto ya iguales anuncios de
sucesos terribles, precursores que avisan los futuros destinos: el cielo
y la tierra juntos los han manifestado á nuestro país y á nuestra
gente... Pero... silencio... ¿Veis?... Allí... Otra vez vuelve...
(-Vuelve á salir la sombra por otro lado. Se levantan los tres, y echan
mano á las lanzas. Horacio se encamina hacia la sombra, y los otros dos
siguen detrás-). Aunque el terror me hiela, yo le quiero salir al
encuentro... Deténte, fantasma. Si puedes articular sonidos, si tienes
voz, háblame. Si allá donde estás puedes recibir algún beneficio para tu
descanso y mi perdón, háblame. Si sabes los hados que amenazan á tu
país, los cuales felizmente previstos puedan evitarse, ¡ay! habla... O
si acaso durante tu vida acumulaste en las entrañas de la tierra mal
habidos tesoros, por lo que se dice que vosotros, infelices espíritus,
después de la muerte vagáis inquietos, decláralo... deténte y habla...
Marcelo, deténle...
(-Canta un gallo á lo lejos, y empieza á retirarse la sombra; los
soldados quieren detenerla haciendo uso de las lanzas: pero la
sombra los evita, y desaparece con prontitud-).
MARCELO.--¿Le daré con mi lanza?
HORACIO.--Sí, hiérele, si no quiere detenerse.
BERNARDO.--Aquí está.
HORACIO.--Aquí.
MARCELO.--Se ha ido. Nosotros le ofendemos, siendo él un soberano, en
hacer demostraciones de violencia. Bien que, según parece, es
invulnerable como el aire, y nuestros esfuerzos vanos y cosa de burla.
BERNARDO.--El iba ya á hablar cuando el gallo cantó.
HORACIO.--Es verdad, y al punto se estremeció como el delincuente
apremiado con terrible precepto. Yo he oído decir que el gallo, trompeta
de la mañana, hace despertar al dios del día con la alta y aguda voz de
su garganta sonora, y que á este anuncio todo extraño espíritu errante
por la tierra ó el mar, el fuego ó el aire, huye á su centro; y el
fantasma que hemos visto acaba de confirmar la certeza de esta opinión.
(-Empieza á iluminarse lentamente el teatro-).
MARCELO.--En efecto, desapareció al cantar el gallo. Algunos dicen que
cuando se acerca el tiempo en que se celebra el nacimiento de nuestro
Redentor, este pájaro matutino canta toda la noche, y que entonces
ningún espíritu se atreve á salir de su morada; las noches son
saludables, ningún planeta influye siniestramente, ningún maleficio
produce efecto, ni las hechiceras tienen poder para sus encantos: ¡tan
sagrados son y tan felices aquellos días!
HORACIO.--Yo también lo tengo entendido así, y en parte lo creo. Pero
ved cómo ya la mañana, cubierta con la rosada túnica, viene pisando el
rocío de aquel alto monte oriental. Demos fin á la guardia, y soy de
opinión que digamos al joven Hamlet lo que hemos visto esta noche;
porque yo os prometo que este espíritu hablará con él, aunque ha sido
para nosotros mudo. ¿No os parece que le demos esta noticia,
indispensable en nuestro celo y tan propia de nuestra obligación?
MARCELO.--Sí, sí, hagámoslo. Yo sé en dónde le hallaremos esta mañana
con más seguridad.
ESCENA III
Salón de palacio
CLAUDIO, GERTRUDIS, HAMLET, POLONIO, LAERTES, VOLTIMAN, CORNELIO,
caballeros, damas y acompañamiento.
CLAUDIO.--Aunque la muerte de mi querido hermano Hamlet está todavía tan
reciente en nuestra memoria, que obliga á mantener en tristeza los
corazones, y á que en todo el reino sólo se observe la imagen del dolor,
con todo eso, tanto ha combatido en mí la razón á la naturaleza, que he
conservado un prudente sentimiento de su pérdida, junto con la memoria
de lo que á nosotros nos debemos. A este fin he recibido por esposa á la
que un tiempo fué mi hermana y hoy reina conmigo, compañera en el trono
de esta belicosa nación; si bien estas alegrías son imperfectas, pues en
ellas se han unido á la felicidad las lágrimas, las fiestas á la pompa
fúnebre, los cánticos de muerte á los epitalamios de himeneo, pesados en
igual balanza el placer y la aflicción. Ni hemos dejado de seguir los
dictámenes de vuestra prudencia, que en esta ocasión ha procedido con
absoluta libertad, de lo cual os quedo muy agradecido. Ahora falta
deciros que el joven Fortimbrás, estimándome en poco, ó presumiendo que
la reciente muerte de mi querido hermano habrá producido en el reino
trastorno y desunión, fiado en esta soñada superioridad, no ha cesado de
importunarme con mensajes, pidiéndome le restituya aquellas tierras que
perdió su padre, y adquirió mi valeroso hermano con todas las
formalidades de la ley. Basta ya lo que de él he dicho. Por lo que á mí
toca, y en cuanto al objeto que hoy nos reune, véisle aquí: Escribo al
rey de Noruega, tío del joven Fortimbrás, que doliente y postrado en el
lecho apenas tiene noticia de los proyectos de su sobrino, á fin de que
le impida llevarlos adelante; pues tengo ya exactos informes de la gente
que levanta contra mí, su calidad, su número y fuerzas. Prudente
Cornelio, y tú, Voltiman, vosotros saludaréis en mi nombre al anciano
rey; aunque no os doy facultad personal para celebrar con él tratado
alguno que exceda los límites expresados en estos artículos. (-Les da
unas cartas-). Id con Dios, y espero que manifestaréis en vuestra
diligencia el celo de servirme.
VOLTIMAN.--En ésta y cualquiera otra comisión os daremos pruebas de
nuestro respeto.
CLAUDIO.--No lo dudaré. El cielo os guarde.
ESCENA IV
CLAUDIO, GERTRUDIS, HAMLET, POLONIO, LAERTES, damas, caballeros y
acompañamiento
CLAUDIO.--Y tú, Laertes, ¿qué solicitas? Me has hablado de una
pretensión: ¿no me dirás cuál sea? En cualquiera cosa justa que pidas al
rey de Dinamarca, no será vano el ruego. ¿Ni qué podrás pedirme, que no
sea más ofrecimiento mío que demanda tuya? No es más adicto á la cabeza
el corazón, ni más pronta la mano en servir á la boca, que lo es el
trono de Dinamarca para con tu padre. En fin, ¿qué pretendes?
LAERTES.--Respetable soberano, solicito la gracia de vuestro permiso
para volver á Francia. De allí he venido voluntariamente á Dinamarca á
manifestaros mi leal afecto, con motivo de vuestra coronación; pero ya
cumplida esta deuda, fuerza es confesaros que mis ideas y mi inclinación
me llaman de nuevo á aquel país, y espero de vuestra mucha bondad esta
licencia.
CLAUDIO.--¿Has obtenido ya la de tu padre? ¿Qué dices, Polonio?
POLONIO.--A fuerza de importunaciones ha logrado arrancar mi tardío
consentimiento. Al verle tan inclinado, firmé últimamente la licencia de
que se vaya, aunque á pesar mío, y os ruego, señor, que se la concedáis.
CLAUDIO.--Elige el tiempo que te parezca más oportuno para salir, y haz
cuanto gustes y sea más conducente á tu felicidad. ¡Y tú, Hamlet, mi
deudo, mi hijo!
HAMLET.--Algo más que deudo y menos que amigo.
CLAUDIO.--¿Qué sombras de tristeza te cubren siempre?
HAMLET.--Al contrario, señor: estoy demasiado á la luz.
GERTRUDIS.--Mi buen Hamlet, no así tu semblante manifieste aflicción;
véase en él que eres amigo de Dinamarca: ni siempre con abatidos
párpados busques entre el polvo á tu generoso padre. Tú lo sabes, común
es á todos; el que vive debe morir, pasando de la naturaleza á la
eternidad.
HAMLET.--Sí, señora, á todos es común.
GERTRUDIS.--Pues si lo es, ¿por qué aparentas tan particular
sentimiento?
HAMLET.--¿Aparentar? No, señora, yo no sé aparentar. Ni el color negro
de este manto, ni el traje acostumbrado en solemnes lutos, ni los
interrumpidos sollozos, ni en los ojos un abundante río, ni la dolorida
expresión del semblante, junto con las fórmulas, los ademanes, las
exterioridades de sentimiento, bastarán por sí solos, mi querida madre,
á manifestar el verdadero afecto que me ocupa el ánimo. Estos signos
aparentan, es verdad, pero son acciones que un hombre puede fingir...
Aquí (-tocándose el pecho-), aquí dentro tengo lo que es más que
apariencia: lo restante no es otra cosa que atavíos y adornos del dolor.
CLAUDIO.--Bueno y laudable es que tu corazón pague á un padre esa
lúgubre deuda, Hamlet; pero no debes ignorarlo: tu padre perdió un padre
también, y aquél perdió el suyo. El que sobrevive limita la filial
obligación de su obsequiosa tristeza á un cierto término; pero continuar
en interminable desconsuelo es una conducta de obstinación impía. Ni es
natural en el hombre tan permanente afecto, que anuncia una voluntad
rebelde á los decretos de la Providencia, un corazón débil, un alma
indócil, un talento limitado y falto de luces. ¿Será bien que el corazón
padezca, queriendo neciamente resistir á lo que es y debe ser
inevitable? ¿á lo que es tan común como cualquiera de las cosas que más
á menudo hieren nuestros sentidos? Este es un delito contra el cielo,
contra la muerte, contra la naturaleza misma; es hacer una injuria
absurda á la razón, que nos da en la muerte de nuestros padres la más
frecuente de sus lecciones, y que nos está diciendo desde el primero de
los hombres hasta el último que hoy espira: «mortales, ved aquí vuestra
irrevocable suerte.» Modera, pues, yo te lo ruego, esa inútil tristeza;
considera que tienes un padre en mí, puesto que debe ser notorio al
mundo que tú eres la persona más inmediata á mi trono, y que te amo con
el afecto más puro que puede tener á su hijo un padre. Tu resolución de
volver á los estudios de Witemberga es la más opuesta á nuestro deseo, y
antes bien te pedimos que desistas de ella, permaneciendo aquí estimado
y querido á vista nuestra, como el primero de mis cortesanos, mi
pariente y mi hijo.
GERTRUDIS.--Yo te ruego, Hamlet, que no vayas á Witemberga: quédate con
nosotros. No sean vanas las súplicas de tu madre.
HAMLET.--Obedeceros en todo será siempre mi primer conato.
CLAUDIO.--Por esa afectuosa y plausible respuesta quiero que seas otro
yo en el imperio danés. Venid, señora. La sincera y fiel condescendencia
de Hamlet ha llenado de alegría mi corazón. En aplauso de este
acontecimiento no celebrará hoy Dinamarca festivos brindis, sin que lo
anuncie á las nubes el cañón robusto, y el cielo retumbe muchas veces á
las aclamaciones del rey, repitiendo el trueno de la tierra. Venid.
ESCENA V
HAMLET
¡Oh, si esta demasiado sólida masa de carne pudiera ablandarse y
liquidarse disuelta en lluvia de lágrimas, ó el Todopoderoso no asestara
el cañón contra el homicida de sí mismo! ¡Oh Dios! ¡oh Dios mío! ¡Cuán
fatigado ya de todo, juzgo molestos, insípidos y vanos los placeres del
mundo! Nada, nada quiero de él: es un campo inculto y rudo, que sólo
abunda en frutos groseros y amargos. ¡Que esto haya llegado á suceder á
los dos meses que él ha muerto!... No, ni tanto; aun no há dos meses.
Aquel excelente rey que fué, comparado con éste, como con un sátiro,
Hiperión; tan amante de mi madre, que ni á los aires celestes permitía
llegar atrevidos á su rostro. ¡Oh cielo y tierra!... ¿para qué conservo
la memoria? Ella, que se le mostraba tan amorosa como si en la posesión
hubieran crecido sus deseos. Y no obstante, en un mes... ¡ah! no
quisiera pensar en esto. ¡Fragilidad, tú tienes nombre de mujer! En el
corto espacio de un mes, y aun antes de romper los zapatos con que,
semejante á Niobe, bañada en lágrimas, acompañó el cuerpo de mi triste
padre... sí, ella, ella misma... ¡Cielos! una fiera, incapaz de razón y
discurso, hubiera mostrado aflicción más durable. Se ha casado, en fin,
con mi tío, hermano de mi padre; pero no más parecido á él, que yo lo
soy á Hércules. En un mes... enrojecidos aún los ojos con el pérfido
llanto, se casó. ¡Ah delincuente precipitación, ir á ocupar con tal
diligencia un lecho incestuoso! Ni esto es bueno, ni puede producir
bien. Pero hazte pedazos, corazón mío, que mi lengua debe reprimirse.
ESCENA VI
HAMLET, HORACIO, BERNARDO, MARCELO
HORACIO.--Buenos días, señor.
HAMLET.--Me alegro de verte bueno... ¿Es Horacio, ó me he olvidado de mí
propio?
HORACIO.--El mismo soy, y siempre vuestro humilde criado.
HAMLET.--Mi buen amigo, yo quiero trocar contigo ese título que te das.
¿A qué has venido de Witemberga?... ¡Ah, Marcelo!
MARCELO.--Señor.
HAMLET.--Mucho me alegro de verte con salud también. Pero, la verdad, ¿a
qué has venido de Witemberga?
HORACIO.--Señor... deseos de holgarme.
HAMLET.--No quiera oir de boca de tu enemigo otro tanto; ni podrás
forzar mis oídos á que admitan una disculpa que te ofende. Yo sé que no
eres desaplicado. Pero dime, ¿qué asuntos tienes en Elsingor? Aquí te
enseñaremos á ser gran bebedor antes que te vuelvas.
HORACIO.--He venido á ver los funerales de vuestro padre.
HAMLET.--No se burle de mí, por Dios, señor condiscípulo. Yo creo que
habrás venido á las bodas de mi madre.
HORACIO.--Es verdad: ¡como se han celebrado inmediatamente!
HAMLET.--Economía, Horacio, economía. Aun no se habían enfriado los
manjares cocidos para el convite del duelo, cuando se sirvieron en las
mesas de la boda... ¡Oh! yo quisiera haberme hallado en el cielo con mi
mayor enemigo, antes que haber visto aquel día. ¡Mi padre!... me parece
que veo á mi padre.
HORACIO.--¿En dónde, señor?
HAMLET.--Con los ojos del alma, Horacio.
HORACIO.--Alguna vez le ví. Era un buen rey.
HAMLET.--Era un hombre tan cabal en todo, que no espero hallar otro
semejante.
HORACIO.--Señor, yo creo que le ví anoche.
HAMLET.--¿Le viste? ¿A quién?
HORACIO.--Al rey vuestro padre.
HAMLET.--¿Al rey mi padre?
HORACIO.--Prestadme oído atento, suspendiendo un rato vuestra
admiración, mientras os refiero este caso maravilloso, apoyado con el
testimonio de estos caballeros.
HAMLET.--Sí, por Dios, dímelo.
HORACIO.--Estos dos señores, Marcelo y Bernardo, le habían visto dos
veces hallándose de guardia, como á la mitad de la profunda noche. Una
figura semejante á vuestro padre, armado según él solía de piés a
cabeza, se les puso delante, caminando grave, tardo y majestuoso por
donde ellos estaban. Tres veces pasó de esta manera ante sus ojos, que
oprimía el pavor, acercándose hasta donde ellos podían alcanzar con sus
lanzas; pero débiles y casi helados con el miedo, permanecieron mudos
sin osar hablarle. Diéronme parte de este secreto horrible; voime a la
guardia con ellos la tercera noche, y allí encontré ser cierto cuanto me
habían dicho, así en la hora como en la forma y circunstancias de
aquella aparición. La sombra volvió en efecto. Yo conocí á vuestro
padre, y es tan parecido á él, como lo son entre sí estas dos manos
mías.
HAMLET.--¿Y en dónde fué eso?
MARCELO.--En la muralla de palacio, donde estábamos de centinela.
HAMLET.--¿Y no le hablasteis?
HORACIO.--Sí, señor, yo le hablé; pero no me dió respuesta alguna. No
obstante, una vez me parece que alzó la cabeza haciendo con ella un
movimiento, como si fuese a hablarme; pero al mismo tiempo se oyó la
aguda voz del gallo matutino, y al sonido huyó con presta fuga
desapareciendo de nuestra vista.
HAMLET.--¡Es cosa bien admirable!
HORACIO.--Y tan cierta como mi existencia. Nosotros hemos creído que era
obligación nuestra avisaros de ello, mi venerable príncipe.
HAMLET.--Sí, amigos, sí... pero esto no me llena de turbación. ¿Estáis
de centinela esta noche?
TODOS.--Sí, señor.
HAMLET.--¿Decís que iba armado?
TODOS.--Sí, señor, armado.
HAMLET.--¿De la frente al pie?
TODOS.--Sí, señor, de pies á cabeza.
HAMLET.--Luego no le visteis el rostro.
HORACIO.--Le vimos, porque traía la visera alzada.
HAMLET.--Y qué, ¿parecía que estaba irritado?
HORACIO.--Más anunciaba su semblante el dolor, que la ira.
HAMLET.--¿Pálido, ó encendido?
HORACIO.--No, muy pálido.
HAMLET.--¿Y fijaba la vista en vosotros?
HORACIO.--Constantemente.
HAMLET.--Yo hubiera querido hallarme allí.
HORACIO.--Mucho pavor os hubiera causado.
HAMLET.--Sí, es verdad, sí... ¿Y permaneció mucho tiempo?
HORACIO.--El que puede emplearse en contar desde uno hasta ciento con
moderada diligencia.
MARCELO.--Más, más estuvo.
HORACIO.--Cuando yo le ví, no.
HAMLET.--La barba blanca, ¿eh?
HORACIO.--Sí, señor, como yo se la había visto, cuando vivía, de un
color ceniciento.
HAMLET.--Quiero ir esta noche con vosotros al puesto, por si acaso
vuelve.
HORACIO.--¡Oh! sí volverá, yo os lo aseguro.
HAMLET.--Si él se me presenta en la figura de mi noble padre, yo le
hablaré, aunque el infierno mismo abriendo sus entrañas, me impusiera
silencio. Yo os pido á todos, que así como hasta ahora habéis callado a
los demás lo que visteis, de hoy en adelante lo ocultéis con el mayor
sigilo; y sea cual fuere el suceso de esta noche, fiadlo al pensamiento,
pero no a la lengua; yo sabré remunerar vuestro celo. Dios os guarde,
amigos. Entre once y doce iré á buscaros á la muralla.
TODOS.--Nuestra obligación es serviros.
HAMLET.--Sí, conservadme vuestro amor, y estad seguros del mío. Adiós.
(-Vanse los tres.-) El espíritu de mi padre... con armas... no es esto
bueno. Recelo alguna maldad. ¡Oh, si la noche hubiese ya llegado!
Esperémosla tranquilamente, alma mía. Las malas acciones, aunque toda la
tierra las oculte, se descubren al fin á la vista humana.
ESCENA VII
Sala de casa de Polonio
LAERTES, OFELIA
LAERTES.--Ya tengo todo mi equipaje á bordo. Adiós, hermana, y cuando
los vientos sean favorables y seguro el paso del mar, no te descuides en
darme nuevas de ti.
OFELIA.--¿Puedes dudarlo?
LAERTES.--Por lo que hace al frívolo obsequio de Hamlet, debes
considerarle como una mera cortesanía, un hervor de la sangre, una
violeta que en la primavera juvenil de la naturaleza se adelanta á
vivir, y no permanece; hermosa, no durable; perfume de un momento, y
nada más.
OFELIA.--¿Nada más?
LAERTES.--Pienso que no; porque no sólo en nuestra juventud se aumentan
las fuerzas y tamaño del cuerpo, sino que las facultades interiores del
talento y del alma crecen también con el templo en que ella reside.
Puede ser que él te ame ahora con sinceridad, sin que manche borrón
alguno la pureza de su intención; pero debes temer al considerar su
grandeza, que no tiene voluntad propia, y que vive sujeto á obrar según
á su nacimiento corresponde. El no puede, como una persona vulgar,
elegir por sí mismo, puesto que de su elección depende la salud y la
prosperidad de todo un reino; y ve aquí por qué esta elección debe
arreglarse a la condescendencia unánime de aquel cuerpo de quien es
cabeza. Así pues, cuando él diga que te ama, será prudencia en ti no
darle crédito, reflexionando que en el alto lugar que ocupa, nada puede
cumplir de lo que promete, sino aquello que obtenga el consentimiento de
la parte más principal de Dinamarca. Considera cuál pérdida padecería tu
honor, si con demasiada credulidad dieras oídos á su voz lisonjera,
perdiendo la libertad del corazón, ó facilitando á sus instancias
impetuosas el tesoro de tu honestidad. Teme, Ofelia; teme, querida
hermana; no sigas inconsiderada tu inclinación; huye el peligro,
colocándote fuera de tiro de los amorosos deseos. La doncella más
honesta es libre en exceso, si descubre su belleza al rayo de la luna.
La virtud misma no puede librarse de los golpes de la calumnia. Muchas
veces el insecto roe las flores hijas del verano, aun antes que su botón
se rompa; y al tiempo que la aurora matutina de la juventud esparce su
blando rocío, los vientos mortíferos son más frecuentes. Conviene pues
no omitir precaución alguna, pues la mayor seguridad estriba en el
temor prudente. La juventud, aun cuando nadie la combata, halla en sí
misma su propio enemigo.
OFELIA.--Yo conservaré para defensa de mi corazón tus saludables
máximas. Pero, mi buen hermano, mira no hagas tú lo que algunos rígidos
pastores hacen, mostrando áspero y espinoso el camino del cielo,
mientras como impíos y abandonados disolutos pisan ellos la senda
florida de los placeres, sin cuidarse de practicar su propia doctrina.
LAERTES.--¡Oh! no lo receles. Yo me detengo demasiado; pero allí viene
mi padre: pues la ocasión es favorable, me despediré de él otra vez. Su
bendición repetida será un nuevo consuelo para mí.
ESCENA VIII
POLONIO, LAERTES, OFELIA
POLONIO.--¿Aún estás aquí? ¡Qué mala vergüenza! A bordo, á bordo; el
viento impele ya por la popa tus velas, y á ti solo aguardan. Recibe mi
bendición, y procura imprimir en la memoria estos pocos preceptos: No
publiques con facilidad lo que pienses, ni ejecutes cosa no bien
premeditada primero. Debes ser afable, pero no vulgar en el trato. Une á
tu alma con vínculos de acero aquellos amigos que adoptaste después de
examinada su conducta; pero no acaricies con mano pródiga á los que
acaban de salir del cascarón y aún están sin plumas. Huye siempre de
mezclarte en disputas; pero una vez metido en ellas, obra de manera que
tu contrario huya de ti. Presta el oído á todos, y á pocos la voz. Oye
las censuras de los demás; pero reserva tu propia opinión. Sea tu
vestido tan costoso cuanto tus facultades lo permitan, pero no afectado
en su hechura; rico, no extravagante; porque el traje dice por lo común
quién es el sujeto, y los caballeros y principales señores franceses
tienen el gusto muy delicado en esta materia. Procura no dar ni pedir
prestado á nadie; porque el que presta suele perder á un tiempo el
dinero y el amigo, y el que se acostumbra á pedir prestado falta al
espíritu de economía y buen orden que nos es tan útil. Pero sobre todo,
usa de ingenuidad contigo mismo, y no podrás ser falso con los demás:
consecuencia tan necesaria como que la noche suceda al día. Adiós, y él
permita que mi bendición haga fructificar en ti esos consejos.
LAERTES.--Humildemente os pido vuestra licencia.
(-Se arrodilla y besa la mano á Polonio.-)
POLONIO.--Sí, el tiempo te está convidando, y tus criados esperan; véte.
LAERTES.--Adiós, Ofelia (-abrazándose Ofelia y Laertes-) y acuérdate
bien de lo que te he dicho.
OFELIA.--En mi memoria queda guardado, y tú mismo tendrás la llave.
LAERTES.--Adiós.
ESCENA IX
POLONIO, OFELIA
POLONIO.--¿Y qué es lo que te ha dicho, Ofelia?
OFELIA.--Si gustáis de saberlo, cosas relativas al príncipe Hamlet.
POLONIO.--Bien pensado, en verdad. Me han dicho que de poco tiempo á
esta parte te ha visitado varias veces privadamente, y que tú le has
admitido con mucha complacencia y libertad. Si esto es así (como me lo
han asegurado, á fin de que prevenga el riesgo), debo advertirte que no
te has portado con aquella delicadeza que corresponde á una hija mía y á
tu propio honor. ¿Qué es lo que ha pasado entre los dos? Dime la verdad.
OFELIA.--Ultimamente me ha declarado con mucha ternura su amor.
POLONIO.--¡Amor! ¡ah! Tú hablas como una muchacha loquilla y sin
experiencia en circunstancias tan peligrosas. ¡Ternura la llamas! ¿Y tú
das crédito á esa ternura?
OFELIA.--Yo, señor, ignoro lo que debo creer.
POLONIO.--En efecto es así, y yo quiero enseñártelo. Piensa bien, que
eres una niña, que has recibido por verdadera paga esas ternuras que no
son moneda corriente. Estímate en más á ti propia; pues si te aprecias
en menos de lo que vales (por seguir la comenzada alusión), harás que
pierda el entendimiento.
OFELIA.--El me ha requerido de amores, es verdad; pero siempre con una
apariencia honesta, que...
POLONIO.--Sí, por cierto; apariencia puedes llamarla. ¿Y bien? Prosigue.
OFELIA.--Y autorizó cuanto me decía con los más sagrados juramentos.
POLONIO.--Sí, ésas son redes para coger codornices. Yo sé muy bien,
cuando la sangre hierve, con cuánta prodigalidad presta el alma
juramentos á la lengua; pero son relámpagos, hija mía, que dan más luz
que calor: éstos y aquéllos se apagan pronto, y no debes tomarlos por
fuego verdadero, ni aun en el instante mismo en que parece que sus
promesas van á efectuarse. De hoy en adelante cuida de ser más avara de
tu presencia virginal; pon tu conversación á precio más alto, y no á la
primera insinuación admitas coloquios. Por lo que toca al príncipe,
debes creer de él solamente que es un joven, y que si una vez afloja las
riendas, pasará más allá de lo que tú le puedes permitir. En suma,
Ofelia, no creas sus palabras, que son fementidas, ni es verdadero el
color que aparenta; son intercesoras de profanos deseos; y si parecen
sagrados y piadosos votos, es sólo para engañar mejor. Por último, te
digo claramente, que de hoy más no quiero que pierdas los momentos
ociosos en hablar ni mantener conversación con el príncipe. Cuidado con
hacerlo así; yo te lo mando. Vete á tu aposento.
OFELIA.--Así lo haré, señor.
ESCENA X
Explanada delante del palacio. Noche obscura
HAMLET, HORACIO, MARCELO
HAMLET.--El aire es frío y sutil en demasía.
HORACIO.--En efecto, es agudo y penetrante.
HAMLET.--¿Qué hora es ya?
HORACIO.--Me parece que aun no son las doce.
MARCELO.--No, ya han dado.
HORACIO.--No las he oído. Pues en tal caso ya está cerca el tiempo en
que el muerto suele pasearse. Pero ¿qué significa este ruido, señor?
(-Suena á lo lejos música de clarines y timbales.-)
HAMLET.--Esta noche se huelga el rey, pasándola desvelado en un banquete
con gran vocería y traspiés de embriaguez; y a cada copa del Rhin que
bebe, los timbales y trompetas anuncian con estrépito sus victoriosos
brindis.
HORACIO.--¿Se acostumbra eso aquí?
HAMLET.--Sí se acostumbra; pero aunque he nacido en este país y estoy
hecho á sus estilos, me parece que sería más decoroso quebrantar esta
costumbre que seguirla. Un exceso tal, que embrutece el entendimiento,
nos infama á los ojos de las otras naciones desde oriente á occidente.
Nos llaman ebrios; manchan nuestro nombre con este dictado afrentoso, y
en verdad que él solo, por más que poseamos en alto grado otras buenas
cualidades, basta á empañar el lustre de nuestra reputación. Así
acontece frecuentemente a los hombres. Cualquier defecto natural en
ellos, sea de nacimiento, del cual no son culpables (puesto que nadie
puede escoger su origen), sea cualquier desorden ocurrido en su
temperamento, que muchas veces rompe los límites y reparos de la razón,
ó sea cualquier hábito que se aparta demasiado de las costumbres
recibidas, llevando estos hombres consigo el signo de un solo defecto
que imprimió en ellos la naturaleza ó el acaso, aunque sus virtudes
fuesen tantas cuantas es concedido á un mortal, y tan puras como la
bondad celeste, serán, no obstante, amancilladas en el concepto público
por aquel único vicio que las acompaña; un solo adarme de mezcla quita
el valor al más precioso metal, y le envilece.
HORACIO.--¿Veis, señor? ya viene.
(-Aparécese la sombra del rey Hamlet hacia el fondo del teatro.
Hamlet al verla se retira lleno de horror, y después se encamina
hacia ella.-)
HAMLET.--¡Angeles, y ministros de piedad, defendednos! Ya seas alma
dichosa ó condenada visión, traigas contigo aura celestial ó ardores del
infierno, sea malvada ó benéfica intención la tuya, en tal forma te me
presentas, que es necesario que yo te hable. Sí, te he de hablar...
Hamlet, mi rey, mi padre, soberano de Dinamarca... ¡Oh! respóndeme, no
me atormentes con la duda. Dime, ¿por qué tus venerables huesos, ya
sepultados, han roto su vestidura fúnebre? ¿Por qué el sepulcro, donde
te dimos urna pacífica te ha echado de sí, abriendo sus senos que
cerraban pesados mármoles? ¿Cuál puede ser la causa de que tu difunto
cuerpo, del todo armado, vuelva otra vez á ver los rayos pálidos de la
luna, añadiendo á la noche horror? ¿y que nosotros, ignorantes y débiles
por naturaleza, padezcamos agitación espantosa con ideas que exceden á
los alcances de nuestra razón? Dí, ¿por qué es esto? ¿por qué? ó ¿qué
debemos hacer nosotros?
HORACIO.--Os hace señas de que le sigáis, como si deseara comunicaros
algo á solas.
MARCELO.--Ved con qué expresivo ademán os indica que le acompañéis á
lugar más remoto; pero no hay que ir con él.
HORACIO.--No, por ningún motivo.
HAMLET.--Si no quiere hablar, habré de seguirle.
HORACIO.--No hagáis tal, señor.
HAMLET.--¿Y por qué no? ¿Qué temores debo tener? Yo no estimo la vida en
nada, y á mi alma ¿qué puede él hacerle, siendo como él mismo cosa
inmortal?... Otra vez me llama... Voile a seguir.
HORACIO.--Pero, señor, si os arrebata al mar o á la espantosa cima de
ese monte, levantado sobre los peñascos que baten las ondas, y allí
tomase alguna otra forma horrible, capaz de impediros el uso de razón, y
enajenarla con frenesí... ¡Ay! ved lo que hacéis. El lugar solo inspira
ideas melancólicas á cualquiera que mire la enorme distancia desde
aquella cumbre al mar, y sienta en la profundidad su bramido ronco.
HAMLET.--Todavía me llama... Camina. Ya te sigo.
(-La sombra hará los movimientos que indica el diálogo. Horacio y
Marcelo quieren detener á Hamlet, y él los aparta con violencia, y
la sigue.-)
MARCELO.--No, señor, no iréis.
HAMLET.--Dejadme.
HORACIO.--Creedme, no le sigáis.
HAMLET.--Mis hados me conducen y prestan á la menor fibra de mi cuerpo
la nerviosa robustez del león de Nemea. Aun me llama... Señores, apartad
esas manos... por Dios... ó quedará muerto á las mías el que me
detenga... Otra vez te digo que andes, que voy á seguirte.
ESCENA XI
HORACIO, MARCELO
HORACIO.--Su exaltada imaginación le arrebata.
MARCELO.--Sigámosle, que en esto no debemos obedecerle.
HORACIO.--Sí, vamos detrás de él... ¿Cuál será el fin de este suceso?
MARCELO.--Algún grave mal se oculta en Dinamarca.
HORACIO.--Los cielos dirigirán el éxito.
MARCELO.--Vamos, sigámosle.
ESCENA XII
Parte remota cercana al mar vista á lo lejos del palacio de Elsingor
HAMLET, la sombra del rey HAMLET
HAMLET.--¿A dónde me quieres llevar? Habla, yo no paso de aquí.
LA SOMBRA.--Mírame.
HAMLET.--Ya te miro.
LA SOMBRA.--Cuasi es ya llegada la hora en que debo restituirme á las
sulfúreas y atormentadoras llamas.
HAMLET.--¡Oh, alma infeliz!
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