de la sangre. Ganará la partida.
PAGE.--No con mi consentimiento, os lo aseguro. No es un caballero
apetecible. Era asociado y compinche del príncipe disoluto y de Poins.
Pertenece á una región demasiado elevada, y tiene demasiado mundo. No.
No será con mi caudal con lo que ha de echar un remiendo á su fortuna.
Si ha de tomar á mi hija, la tomará á ella sola; pues la riqueza que
poseo, será dirigida por mi voluntad; y mi voluntad no se dirige hacia
ese lado.
FORD.--Os suplico lo más encarecidamente que algunos de vosotros vengáis
á casa á comer conmigo; pues fuera de la mesa, habrá una buena
diversión: os haré ver un monstruo. Vendréis, señor doctor; y también
vos, señor Page; y vos, señor Hugh.
POCOFONDO.--Bien: quedad con Dios. Así tendremos más libertad para los
asuntos matrimoniales en casa del señor Page.
(-Salen Pocofondo y Slender.-)
CAIUS.--Vete á casa, Rugbi. Ya iré yo.
(-Sale Rugbi.-)
POSADERO.--Adios, amigos de mi alma. Me voy donde mi honrado huésped el
caballero Falstaff á beber con él un trago de vino de España.
(-Sale el posadero.-)
FORD.--(-Aparte.-) Creo que primero beberé vino de pipa con él. Ya le
haré bailar. ¿Queréis venir, buenos amigos?
TODOS.--Somos con vos, para ver el monstruo.
(-Salen.-)
ESCENA III.
Cuarto en casa de Ford.
Entran la señora FORD y la señora PAGE.
SRA. FORD.--¡Hola, Juan! ¡Hola, Roberto!
SRA. PAGE.--Pronto, pronto. Es en la canasta...
SRA. FORD.--Por vida mía. ¡Hola, Robin, ¿oyes?
(-Entran criados con una canasta.-)
SRA. PAGE.--Venid, venid.
SRA. FORD.--Ponedla aquí.
SRA. PAGE.--Dad la orden á vuestras gentes. No tenemos tiempo que
perder.
SRA. FORD.--Entended, como os tengo dicho, Juan y Roberto, que debéis
estar listos aquí cerca, en la cervecería; y en el mismo instante en que
yo os llame, venid, sin dilación ni tropiezo, y tomad esta canasta en
vuestros hombros. Con ella iréis á toda prisa hacia los lavaderos de la
ciénaga de Datchet, y la vaciaréis en la zanja cenagosa que está junto a
la margen del Támesis.
SRA. PAGE.--¿Lo haréis así?
SRA. FORD.--Les he hecho el encargo una y otra vez. No son instrucciones
lo que les falta. Idos, y acudid en el momento en que os llame.
(-Salen los criados.-)
SRA. PAGE.--Aquí viene el rapazuelo Robin.
(-Entra Robin.-)
SRA. FORD.--¿Qué tal, chiquitín mío? ¿Qué nuevas traes?
ROBIN.--Mi amo sir Juan, ha venido á la puerta falsa, señora, y solicita
vuestra compañía.
SRA. PAGE.--Y tú, rapazuelo prestado, ¿no nos has hecho alguna mala
partida?
ROBIN.--Puedo jurar que no. Mi señor no sabe que estais aquí, y me ha
amenazado con despedirme si os digo la menor palabra, pues jura que me
pondría á la puerta.
SRA. PAGE.--Eres un buen muchacho, y tu sigilo te servirá de sastre;
como que le deberás un vestido nuevo. Voy á esconderme.
SRA. FORD.--Hacedlo. Vé á decir á tu señor que estoy sola. Señora Page,
no os olvidéis de la señal.
(-Sale Robin.-)
SRA. PAGE.--Te lo garantizo. Si no desempeño mi papel, sílvame.
(-Sale la Sra. Page.-)
SRA. FORD.--Pues á ello. Nos serviremos de esta pestilente humedad, de
esta grosera calabaza, y le enseñaremos á distinguir las flores de los
guijarros.
(-Entra Falstaff.-)
FALSTAFF.--¿Te he alcanzado al fin, celeste joya mía? Pues ahora debería
yo morir, ya que he vivido bastante tiempo para ver coronada mi
ambición. ¡Oh! ¡Bendita hora!
SRA. FORD.--¡Oh simpático sir Juan!
FALSTAFF.--Señora Ford, no puedo lisonjear, no puedo charlar, señora
Ford. Ahora mi deseo es pecaminoso: quisiera que estuviese muerto
vuestro marido. En presencia del más encumbrado lord lo diría: te haría
mi esposa.
SRA. FORD.--¡Yo, esposa vuestra, sir Juan! Sería una muy pobre esposa
para vos.
FALSTAFF.--No la hay igual en toda la corte de Francia! Veo cómo tu
mirada rivaliza con el brillo del diamante; tienes en las cejas el arco
armonioso que corresponde á un modelo veneciano ricamente adornado.
SRA. FORD.--Un modesto pañuelo es todo lo que puede venirles bien. Y aun
eso, lo dudo.
FALSTAFF.--Es una traición lo que te haces hablando así. Harías en todo
rigor una excelente dama de corte; y tu paso firme y elástico, daría á
tu talle la más seductora oscilación bajo los semicírculos de la
crinolina. Bien veo lo que serías si no te fuera adversa la fortuna;
pero la naturaleza te ha favorecido, y esto no puedes ocultarlo.
SRA. FORD.--Creedme, no tengo tales atractivos.
FALSTAFF.--¿Pues por qué te he amado? Esto solo basta para convencerte
de que hay en ti algo de extraordinario. Vamos, yo no puedo adular y
decir que eres esto y aquello, como tantos de esos remilgados pisaverdes
que se presentan como mujeres disfrazadas de hombre y perfumados de piés
á cabeza. No, no puedo hacerlo, pero te amo, á ti, á ti sola, y lo
mereces.
SRA. FORD.--Pero no me traicionéis. Mucho me temo que amáis á la Sra.
Page.
FALSTAFF.--Tanto valdría que dijeras que me gusta ir á parar á la
cárcel; cosa que me halaga tanto como el vapor de cal viva.
SRA. FORD.--Bueno. El cielo sabe cuánto os amo, y algún día os
convenceréis de ello.
FALSTAFF.--No varíes de pensamiento, que yo mereceré tu amor.
SRA. FORD.--Nunca, debo decíroslo, si no variáis vos mismo; pues
entonces no podría pensar del mismo modo.
ROBIN.--(-Adentro.-) ¡Señora Ford! ¡Señora Ford! La señora Page está á
la puerta, toda sudando y jadeando y con la cara despavorida, y dice que
tiene que hablaros inmediatamente.
FALSTAFF.--Es necesario que no me vea. Me ocultaré aquí detrás de este
tapiz.
SRA. FORD.--Hacedlo. Es una mujer muy chismosa. (-Falstaff se
oculta.----Entran la señora Page y Robin.-) ¿Qué ocurre? ¿Qué hay de
nuevo?
SRA. PAGE.--¡Oh señora Ford! ¿Qué habéis hecho? Estáis cubierta de
afrenta, estáis arruinada, estáis perdida para siempre!
SRA. FORD--Pero ¿qué acontece, buena señora Page?
SRA. PAGE.--¡Pues no es nada, señora Ford! Teniendo por marido á un
hombre honrado, darle semejante motivo de sospecha!
SRA. FORD--¿Qué motivo de sospecha?
SRA. PAGE.--¿Qué motivo de sospecha? ¡Vergüenza para vos! ¿Cómo he
podido equivocarme sobre vos?
SRA. FORD--Pero ¡por Dios! ¿de qué se trata?
SRA. PAGE.--Se trata, mujer, de que vuestro marido viene en este momento
con todos los oficiales de Windsor, á sorprender á un caballero que dice
está ahora aquí en su casa, de acuerdo con vos, para aprovechar
deshonrosamente su ausencia. Estáis perdida!
SRA. FORD--(-Aparte.-) Hablad más alto.--Espero que no es así.
SRA. PAGE.--Plegue á Dios que no sea así el que tengáis aquí á tal
hombre; pero es indudable que vuestro esposo viene con la mitad de
Windsor tras de él, para buscarle aquí. Me he adelantado á ellos por
daros aviso. Si os encontráis inocente, me alegro en el alma; pero si
ocultáis aquí algún amigo, hacedle salir al instante, al instante. No os
atolondréis; apelad á toda vuestra lucidez, defended vuestra reputación
ó despedíos para siempre de la buena vida que habíais disfrutado.
SRA. FORD--¡Ay Dios mío! ¿Qué haré? Allí está un caballero, amiga
querida; y no es tanto mi vergüenza lo que tomo como el peligro que él
corre. Daría mil libras por verle sano y salvo fuera de la casa.
SRA. PAGE.--¡Qué disparate! Este no es tiempo de «daría esto» ni «daría
aquello.» Vuestro marido llegará dentro de pocos instantes. Pensad en
algún medio de transportar á vuestro amigo. Ocultarlo en la casa es
imposible. ¡Oh! ¡Cómo me habéis engañado! Mirad. Aquí hay un canasto. Si
él no es de una estatura desmedida, podrá agazaparse aquí. Lo cubriréis
con ropas sucias como para enviar al lavado; ó si aún hay tiempo,
enviadlo con vuestros criados á los lavaderos de la ciénaga de Datchet.
SRA. FORD.--Es demasiado corpulento para caber ahí.
(-Vuelve á entrar Falstaff.-)
FALSTAFF.--Dejadme ver! Dejadme ver! Probaré entrar. Sí. Entraré,
entraré!
SRA. PAGE.--¡Qué! ¡Señor Juan Falstaff! ¿En esto han venido á parar las
cartas que me habéis escrito, caballero?
FALSTAFF.--Es á ti á quien amo; a nadie sino á ti. Ayúdame á escapar.
Déjame meterme aquí dentro. Jamás en mi vida....
(-Se mete en el canasto y lo cubren con ropa sucia.-)
SRA. PAGE.--Ayuda á tapar á tu amo, muchacho. Señora Ford, llamad á
vuestros criados. ¡Desleal caballero!
SRA. FORD.--¡Hola! Juan! Roberto! ¡Juan! (-Sale Robin.--Vuelven á entrar
los criados.-) Ea! Levantad ese canasto de ropas. Pronto! ¿Dónde está la
vara en que se cuelga para llevarlo? Vamos! No hay que andar
bamboleándose. Llevadlo á la lavandera en la ciénaga de Datchet.
¡Listos, listos!
(-Entran Ford, Page, Caius y sir Hugh Evans.-)
FORD.--Acercaos, os lo suplico. Si mis sospechas carecen de fundamento,
pues bien, burlaos de mí, hacedme vuestro hazme-reir. Lo tendré bien
merecido. Hola! ¿Á dónde lleváis eso?
CRIADO.--Á donde la lavandera, por cierto.
SRA. FORD.--Pues está bien! ¿Qué tenéis que hacer con que lleven eso acá
ó allá? Sería mejor que os encargaseis del lavado y de apuntar la ropa.
FORD.--¿Apuntar, eh? Ya quisiera yo que lavándome se me quitara lo que
me puede apuntar! Punta! Punta! Punta! Sí; punta, punta, os lo
garantizo. Y de la estación, como se verá luégo. (-Salen los criados con
la canasta.-) Señores; he tenido anoche un sueño y os le he de contar.
He aquí mis llaves; aquí, aquí las tenéis. Subid á mis habitaciones,
buscad, registrad, descubrid. Os aseguro que atraparemos el zorro.
Dejadme primero que obstruya esta salida. Ahora, principiad la caza.
PAGE.--Buen señor Ford, tranquilizaos. Vos mismo os hacéis grave
injusticia.
FORD.--¿De veras? Adelante, caballeros, que vais á tener diversión.
Seguidme, señores.
(-Sale.-)
EVANS.--Fantasías de celoso.
CAIUS.--Por vida de...! que no es así la moda en Francia. Nadie tiene
celos en Francia.
PAGE.--No. Seguidle, señores, y ved el resultado de su investigación.
(-Salen Evans, Page y Caius.-)
SRA. PAGE.--¿No hay en esto un doble mérito?
SRA. FORD.--No sé qué me deleita más; si ver que mi marido se engaña, ó
ver la burla hecha á sir Juan.
SRA. PAGE.--¡Qué bien atrapado debió verse cuando vuestro esposo
preguntó lo que iba en el canasto!
SRA. FORD.--Temblando estoy de que necesite un baño para lavarse: de
manera que echarlo al agua, será hacerle un beneficio.
SRA. PAGE.--Que el diablo cargue con ese bribón sin vergüenza! De buena
gana vería yo en igual trance á todos los de su jaez!
SRA. FORD.--Me parece que mi marido tenía una sospecha particular de que
Falstaff estaba aquí; porque nunca le he visto tan rudo en su celo,
como ahora.
SRA. PAGE.--Voy á urdir una trama, para que tengamos algunas tretas más
contra Falstaff. Su mal crónico de corrupción, difícilmente cederá á
este medicamento.
SRA. FORD.--¿Os parece bien enviar á esa mala peste de la señora Aprisa,
para ofrecerle excusas por haberle echado al agua, y darle una nueva
esperanza que le haga caer en un nuevo castigo?
SRA. PAGE.--Sí; hagámoslo. Que venga mañana á las ocho para recibir
satisfacciones. (-Vuelven á entrar Ford, Page, Caius y sir Hugh Evans.-)
FORD.--No he podido encontrarle. Quizás el bribón se jactaba de lo que
no podía alcanzar.
SRA. PAGE.--¿Habéis oído eso?
SRA. FORD.--Sí, sí, basta. Me tratáis bien, señor Ford, ¿no os parece
así?
FORD.--Sí, así lo hago.
SRA. FORD.--Que Dios os haga mejor que vuestros pensamientos.
FORD.--Amen.
SRA. PAGE.--Os causáis un gran mal vos mismo, señor Page.
FORD.--Sí, sí. Debo sobrellevar todo esto.
EVANS.--Así Dios me perdone el día del juicio final, como es verdad que
no hay nadie en los dormitorios, ni en los cofres, ni en los armarios.
CAIUS.--Por vida de..! yo digo lo mismo. No hay nadie, nadie.
PAGE.--¡Por Dios! ¿No os avergonzáis, señor Ford? ¿Qué espíritu, qué
demonio os sugiere tal imaginación? No quisiera tener en estos asuntos
vuestra vehemencia, ni por todas las riquezas de Windsor.
FORD.--Confieso que es culpa mía, señor Page, y sufro por ello.
EVANS.--Sufrís por una mala conciencia. Vuestra esposa es una mujer tan
honesta como podría desearla yo entre cinco mil y quinientas más.
CAIUS.--Voto á..! que veo claro su honradez.
FORD.--Bien. Os prometí una comida. Venid á dar un paseo por el parque.
Os ruego que me perdonéis. Más tarde os diré por qué hice esto. Ven,
esposa mía. Venid, señora Page. Os suplico que me perdonéis: lo suplico
sinceramente.
PAGE.--Vamos con él, señores; pero, creedme, que le haremos blanco de
nuestra jovialidad. Os invito á almorzar mañana temprano en mi casa.
Después iremos á cazar pájaros; tengo un buen halcón. ¿Os acomoda?
FORD.--Lo que queráis.
EVANS.--Si hay uno, yo seré el segundo de la partida.
CAIUS.--Y si hay uno ó dos, yo seré el tercero.
EVANS.--Os ruego ahora que os acordéis mañana de aquel sucio bribón de
posadero.
CAIUS.--Perfectamente. ¡Por vida de..! que lo haré con todo mi corazón.
EVANS.--¡Sarnoso bribón! Que se permite bromas y burlas!
(-Salen.-)
ESCENA IV.
Cuarto en casa de Page.
Entran FENTON y ANA PAGE.
FENTON.--Veo que no puedo alcanzar el beneplácito de tu padre. No me
obligues de nuevo, dulce Ana mía, á acudir donde él.
ANA.--¡Ay! ¿Qué hacer, pues?
FENTON.--¿Qué? El ser tú misma. Se opone porque considera demasiado alta
mi alcurnia, y presume que, mermados mis bienes por mis gastos, sólo
procuro restablecerlos á favor de su riqueza. Fuera de estos obstáculos
me presenta otros: mis turbulencias pasadas, mis asociaciones de
disipación; y me dice que es imposible que yo te ame de otro modo que
como una propiedad.
ANA.--Quizás os dice verdad.
FENTON.--No; y así me ampare el cielo en el tiempo futuro. Confieso, sin
embargo, que la fortuna de tu padre fué el primer móvil que me impulsó á
pretenderte; pero, Ana mía, al hacerlo, encontré que valías más que toda
fortuna en oro ó en cualquier otro valor. Ahora no ambiciono otra
riqueza que tú misma.
[Illustration]
ANA.--Amable señor Fenton, insistid aún en solicitar la buena voluntad
de mi padre; buscad de nuevo su consentimiento. Si la oportunidad y la
humilde solicitud nada consiguiesen, pues bien! entonces... Escuchad un
momento. (-Hablan aparte.----Entran Pocofondo, Slender y la señora
Aprisa.-)
POCOFONDO.--Interrumpid su conversación, señora Aprisa. Mi pariente debe
hablar por sí mismo.
SLENDER.--Lo echaré á perder de un modo ú otro. Esto no es más que
aventurar.
POCOFONDO.--No os acobardéis.
SLENDER.--No, ella no me acobarda. Eso no me importa. Solamente que
tengo miedo.
APRISA.--Oíd, Ana. El señor Slender desea hablaros una palabra.
ANA.--Soy con él al instante. Este es el escogido por mi padre. ¡Oh!
¡Qué cúmulo de viles y feos defectos, parece hermoso por trescientas
libras de renta!
(-Aparte.-)
APRISA.--¿Y qué tal os va, mi buen señor Fenton?
POCOFONDO.--Ya viene.--¡Á ella, primo!--¡Oh muchacho, has tenido padre!
SLENDER.--Yo tuve padre, señorita Ana; mi tío puede deciros buenas
bromas de él. Contad á la señorita Ana el chiste de cómo mi padre se
robó dos gansos de la jaula.
POCOFONDO.--Señorita Ana, mi primo os ama.
SLENDER.--Por cierto que sí; tanto como á cualquiera mujer en
Gloucestershire.
POCOFONDO.--Y os mantendrá en el rango de una dama.
SLENDER.--Por cierto que sí, y con traje de cola larga, como corresponde
al rango de escudero.
POCOFONDO.--Y os dará una dote de ciento y cincuenta libras.
ANA.--Buen señor Pocofondo, dejad que él hable por sí mismo.
POCOFONDO.--De buen grado y os doy las gracias. Os agradezco este
descanso. Os llama, primo. Me retiro.
ANA.--¿Y bien, señor Slender?
SLENDER.--¿Y bien, señorita Ana?
ANA.--¿Cuál es vuestra voluntad, vuestra disposición?
SLENDER.--¿Mi voluntad? ¿Mi disposición? Este sí que es chiste. Gracias
á Dios, no soy tan enfermizo que haya tenido que hacer mi disposición,
ni mi voluntad. No he hecho testamento.
ANA.--Quiero decir, señor Slender, ¿qué es lo que deseáis de mí?
SLENDER.--Por lo que á mí toca, en verdad, poco ó nada tendría que hacer
con vos. Vuestro padre y mi tío lo han hablado entre ellos. Si sale
bien, bueno: si no, también. Ellos podrán deciros mejor que yo cómo van
estas cosas. Aquí viene vuestro padre; podéis preguntarle.
(-Entran Page y la Sra. Page.-)
PAGE.--Bien, señor Slender. Ámale, Ana, hija mía. ¿Qué hacéis aquí,
señor Fenton? Sabéis que me inferís agravio empeñándoos en visitar esta
casa. Ya os he dicho que he dispuesto de mi hija.
FENTON.--Os suplico no os impacientéis, señor Page.
SRA. PAGE.--Mi buen señor Fenton, no volváis á acercaros á mi hija.
PAGE.--No es un partido para vos.
FENTON.--¿Queréis escucharme, señor?
PAGE.--No, mi buen señor Fenton. Venid, señor Slender: venid adentro,
así. Sabiendo mi decisión, señor Fenton, me agraviáis.
FENTON.--Señora Page: amando á vuestra hija con toda la verdad y
honradez de mi afecto, fuerza es que sostenga mi pretensión á pesar de
todos los obstáculos, repulsas y desaires, y que no desista. Concededme,
os suplico, vuestra buena voluntad.
ANA.--Buena madre mía, no me caséis con ese idiota que está allí.
SRA. PAGE.--No es mi intención. Busco mejor esposo para ti.
APRISA.--Y ese es mi amo, el señor doctor.
ANA.--¡Ay de mí! Antes querría que me pusieran pronto bajo de tierra, y
sembraran berzas encima.
SRA. PAGE.--Vamos, no te atormentes. Señor Fenton, no seré para vos en
esto ni amiga, ni enemiga. Examinaré á mi hija para saber qué grado de
afecto os tiene; y según lo que en ella descubra arreglaré mi proceder.
Hasta entonces, adios, señor. Es necesario que Ana éntre, ó se enfadaría
su padre.
(-Salen la Sra. Page y Ana.-)
FENTON.--Adios, bondadosa señora; adios, Ana.
APRISA.--Todo esto es obra mía. ¡Pues qué!--le dije--¿vais á malograr
vuestra hija en manos de un imbécil y por añadidura médico? Ya lo véis,
señor Fenton, todo esto es obra mía.
FENTON.--Te doy las gracias, y te ruego que esta noche dés á mi dulce
Ana esta sortija. Toma por tu molestia.
(-Sale.-)
APRISA.--¡Dios te llene de bendiciones! Como que tiene un corazón
bondadoso. ¡Una mujer sería capaz de echarse de cabeza al fuego por tan
buen corazón! Sin embargo, yo quisiera mas bien que Ana fuese de mi amo,
ó del señor Slender; ó en fin, que fuese del señor Fenton. Haré todo lo
que pueda por los tres, ya que así lo he prometido y que soy incapaz de
faltar á mi palabra; pero especialmente por el señor Fenton. Bueno:
ahora tengo que ir con otro mensaje al señor Falstaff de parte de mis
dos señoras. ¡Soy un animal en tardarme así!
(-Sale.-)
ESCENA V.
Cuarto en la posada de la Liga.
Entran FALSTAFF y BARDOLFO.
FALSTAFF.--Bardolfo, escucha.
BARDOLFO.--¿Señor?
FALSTAFF.--Vé á traerme una pinta de Jerez, y una tostada. (-Sale
Bardolfo.-) ¿Y es posible que haya vivido yo para ver el día en que
habían de llevarme en un canasto como un montón de desecho de carnicero,
y arrojarme al río? Por mi alma, que si vuelvo á sufrir chasco
semejante, he de hacer que mis sesos sirvan para comida de perros el día
de año nuevo. Los pillastres, para echarme al Támesis no tuvieron más
remordimiento que si se tratara de los cachorros recién nacidos de una
perra, con los ojos cerrados. Y por mi tamaño es fácil ver que tengo
gran propensión á sumergirme. Si el fondo del río fuera tan hondo como
el infierno, creo que iría hasta el fondo. Á no haber sido tan poco
profunda la margen, de seguro que me habría ahogado: género de muerte
que detesto, porque el agua hace que el cuerpo se hinche ¡y qué cuerpo
sería el mío si se hinchara! ¡Vaya! ¡una momia como una montaña!
(-Vuelve á entrar Bardolfo, con el vino.-)
BARDOLFO.--Señor, aquí está la señora Aprisa, que viene á hablaros.
FALSTAFF.--Déjame vaciar un poco de Jerez sobre esta agua del Támesis;
porque tengo en el vientre un frío tal, que no parece sino que hubiese
tomado píldoras de nieve. Hazla entrar.
BARDOLFO.--Entrad, mujer.
(-Entra la Sra Aprisa.-)
APRISA.--Con vuestro permiso: merced, os digo. Doy buenos días á vuestra
señoría.
FALSTAFF.--Llévate estos vasos. Prepárame cuidadosamente un azumbre de
Jerez.
BARDOLFO.--¿Con huevos, señor?
FALSTAFF.--No: solo. No quiero grasa de gallina en mi bebida. (-Sale
Bardolfo.-) ¿Y bien?
APRISA.--Vengo á encontraros de parte de la señora Ford.
FALSTAFF.--¡La señora Ford! Harto de su nombre estoy. Con ese nombre me
ha hecho bautizar en el río.
APRISA.--¡Qué desgracia! ¡Pero no fué culpa suya, pobre palomita! Así
está furiosa contra sus criados porque equivocaron su dirección.
FALSTAFF.--Así como me equivoqué yo fundando esperanzas sobre la promesa
de una mujer atolondrada.
APRISA.--Pues si viérais cómo se lamenta de aquello, se os partiría el
corazón. Su marido sale á cazar pájaros esta mañana, y ella os ruega una
vez más que vayáis á verla entre las ocho y las nueve. Me ha exigido que
le responda al instante. Ella os dará satisfacciones, os lo garantizo.
FALSTAFF.--Bien. Iré á visitarla. Dile así, y que considere lo que es un
hombre, y su fragilidad, y juzgue por ello de mi merecimiento.
APRISA.--Así se lo diré.
FALSTAFF.--Enbuenhora. ¿Decís que entre nueve y diez?
APRISA.--Entre ocho y nueve, señor.
FALSTAFF.--Está bien: id. No dejaré de verla.
APRISA.--Quedad con Dios.
(-Sale.-)
FALSTAFF.--Es extraño que no tenga noticia del señor Brook. Me envió á
decir que le aguardara. Me agrada bastante su dinero. ¡Oh! Hele aquí que
llega.
(-Entra Ford.-)
FORD.--Dios os bendiga, señor.
FALSTAFF.--Y bien, señor Brook: ¿habéis venido á saber lo que ha pasado
entre la señora Ford y yo?
FORD.--Efectivamente, sir Juan; es el objeto de mi visita.
FALSTAFF.--Señor Brook, no os diré una mentira: estuve en su casa á la
hora convenida.
FORD.--¿Y qué tal os fué por allí?
FALSTAFF.--Muy desgraciadamente, señor Brook.
FORD.--¿Cómo así? ¿Acaso mudó de parecer?
FALSTAFF.--No, señor Brook; pero aquel descomunal cornudo de su marido,
que vive en la eterna alarma del celoso, se aparece en el instante de
más interés, cuando ya nos habíamos abrazado, besado y jurado, y hecho,
en fin, el prólogo de nuestra comedia; y tras de él una caterva de sus
compañeros, llamados y provocados por su mala índole, a fin de que
registraran la casa en busca del amante de su esposa.
FORD.--¡Qué! ¿Mientras estábais allí?
FALSTAFF.--Mientras estaba allí.
FORD.--¿Y os buscó y no pudo encontraros?
FALSTAFF.--Vais á oirlo. Como si la buena suerte lo hubiera dispuesto,
llega una señora Page: da aviso de la llegada de Ford; y gracias á su
inventiva y á la desesperación de la señora Ford, me hicieron entrar en
un canasto de ropa.
FORD.--¡En un canasto de ropa!
FALSTAFF.--Por Dios, en un canasto de ropa de lavado. Allí me sepultaron
entre un montón de ropas sucias, camisas y enaguas, hediondas calcetas y
medias, servilletas grasientas; de manera, señor Brook, que jamás nariz
humana sintió semejante compuesto de pestilentes olores!
FORD.--¿Y cuánto tiempo permanecísteis allí?
FALSTAFF.--Vais á ver, señor Brook, cuánto he padecido por inducir á
esta mujer al mal para bien vuestro. Así acondicionado en el canasto, la
señora Ford llamó á un par de los bribones criados de su marido para
hacerme llevar á los lavaderos de la Ciénaga de Datchet. Tomáronme en
hombros, y al salir se dieron en la puerta con el celoso bribón de su
amo, quien les preguntó una ó dos veces lo que llevaban en el cesto. Me
tembló el cuerpo sólo de pensar que el bellaco lunático hubiese querido
registrar; pero el destino, para que no pueda dejar de ser cornudo, le
detuvo la mano. Bien: él se fué á registrar la casa, y yo me fuí en
calidad de ropa sucia. Pero atended á lo que siguió, señor Brook. He
sufrido las torturas de tres muertes diversas. Primero: un terror
indecible de ser descubierto por el apolillado carnero manso. Segundo:
estar como hoja de Toledo enrollada con la punta junto á la guarnición,
encerrado en la circunferencia de un celemín, con la cabeza entre los
piés. Y luégo ser embutido allí con pestíferas telas que fermentaban en
su propia grasa. Pensad en esto: un hombre de mi temperamento, sensible
al calor como la manteca: un hombre que está continuamente sudando y
derritiéndose. Fué un milagro no morir asfixiado. Y en lo más fuerte de
este baño, cuando estaba ya medio cocido en aceite, como guisado
holandés, ser arrojado al Támesis, y enfriarse en esa marejada, pasando
de repente del rojo cereza al ceniza oscuro, como herradura de caballo.
Considerad esto, considerad: un calor de ascua, un calor de infierno!
FORD.--Con toda mi alma deploro que por culpa mía hayáis sufrido todo
esto. Considero, pues, perdida mi pretensión. ¿Pensáis no volver á hacer
la prueba?
FALSTAFF.--Señor Brook, consentiría en ser arrojado al Etna, como lo he
sido al Támesis, antes que dejar esto así. Su marido ha salido á cazar
pájaros esta mañana; he recibido de ella otro mensaje dándome nueva
cita; y la hora es entre las ocho y las nueve.
FORD.--Pues ya han dado las ocho, señor.
FALSTAFF.--¿Ya? Entonces acudo inmediatamente á la cita. Venid cuando lo
tengáis á bien, y os informaré del progreso que haga. La conclusión ha
de ser que gozaréis de ella. Adios. La tendréis, señor Brook, la
tendréis y pondréis los cuernos á Ford.
(-Sale.-)
FORD.--Hum! ¡Ah! ¿Es esto una visión? ¿Es esto un sueño? ¿Estoy dormido?
Despierta, Ford: Ford, despierta! Tu mejor precaución se encuentra
burlada. ¡Y para esto se casa uno! ¡Para esto tiene uno en su casa ropas
y canastas! Bien. Proclamaré en alta voz lo que soy. Ahora no se me
escapará el miserable, no. Es imposible que se escape. Está en mi casa,
y no se ha de ocultar en una alcancía ni en la caja de la pimienta.
Registraré hasta los lugares imposibles, y le he de atrapar á menos que
le ayude su consejero el diablo. Si no puedo evitar lo que soy, al menos
no me resignaré mansamente á ser lo que no quisiera. Y si he detener
cuernos, yo haré que tenga razón el refrán, y que ese bribón salga por
la punta de un cuerno.
(-Sale.-)
[Illustration]
[Illustration]
ACTO IV.
ESCENA I.
La calle.
Entran la Sra. PAGE, la Sra. APRISA y GUILLERMO.
SRA. PAGE.
Te parece que está ya en casa de Ford?
APRISA.--Sin duda, que ha de estar á esta hora, ó en pocos momentos más.
Pero podéis creer que está verdaderamente furioso por aquello de haberlo
echado al río. La señora Ford desea que vayáis inmediatamente.
SRA. PAGE.--Ya estaré con ella dentro de un rato. No voy á hacer mas que
dejar en la escuela á mi chico que véis conmigo. Ahí viene su maestro.
Es día de asueto, á lo que veo. (-Entra sir Hugh Evans.-) ¿Cómo estáis,
señor Hugh? ¿No es hoy día de escuela?
EVANS.--No. El señor Slender ha dado á los chicos permiso para jugar.
SRA. PAGE.--Señor Hugh, mi esposo dice que mi hijo aprovecha maldita de
Dios la cosa en su libro. Y os ruego que le hagáis algunas preguntas
sobre sus rudimentos.
EVANS.--Ven aquí, Guillermo. Levanta la cabeza. Ven.
SRA. PAGE.--Venid, gran tuno. Erguid la cabeza y responded al maestro.
No tengáis miedo.
EVANS.--Guillermo, ¿cuántos números hay en los nombres?
GUILLERMO.--Dos.
[Illustration]
APRISA.--Pues yo pensé que había uno mas; porque las gentes dicen
«nombres raros.»
EVANS.--Dejad vuestra charla. ¿Qué significa «-bello-?»
GUILLERMO.---Pulchro.-
APRISA.---¡Sepulcro!- Pues ya conozco yo muchas cosas más bellas que un
sepulcro!
EVANS.--¡Qué mujer tan simple! Hacedme el favor de callar. Guillermo:
¿qué significa -lapis-?
GUILLERMO.--Piedra.
EVANS.--¿Y qué es piedra, Guillermo?
GUILLERMO.--Un guijarro.
EVANS.--No: es -lapis-. Que no se os borre del cerebro.
GUILLERMO.---Lapis.-
EVANS.--¡Bravo, Guillermito! Y decid: ¿de dónde se toman los artículos?
GUILLERMO.--Los artículos se toman del pronombre, y se declinan así:
«Singular, nominativo -hic-, -hæc-, -hoc-.»
EVANS.--Nominativo -hic-, -hac-, -hoc-. No hay que distraerse.
GUILLERMO.--Acusativo -hinc-.
EVANS.--Os encargo no perder la memoria. Acusativo -hinc-, -hanc-,
-hoc-.--¿Cuál es el caso vocativo?
GUILLERMO.---O-, vocativo. -O-.
EVANS.--Acordaos. Vocativo -caret-.
APRISA.--Provocativa es la carne. Eso ya se sabe. Lo mismo en latín que
en todas las lenguas.
EVANS.--¡Por Dios, mujer!
SRA. PAGE.--Callad.
EVANS.--¿Cuál es el caso -genitivo-?
GUILLERMO.--¿Caso genitivo?
EVANS.--Sí.
GUILLERMO.---Orum-, -arum-, -orum-.
APRISA.--¡Mal haya con el genit...! ¡Jesús! ¡Niño! ¡Nunca digas esa
palabra!
EVANS.--¡Por pudor, mujer!
APRISA.--¡Es una temeridad enseñar estas palabras á los niños! El le
enseña cosas de malicia, que ya se las aprenden solos los muchachos en
un abrir y cerrar de ojos. ¡Dios lo sabe!
EVANS.--¿Estás loca, mujer? ¿No tienes entendimiento para tus casos y el
número de los géneros?
SRA. PAGE.--Hazme el favor de callar.
EVANS.--Declina ahora, Guillermo, algunos pronombres.
GUILLERMO.--Se me han olvidado.
EVANS.--Es así: -qui-, -que-, -quod-. Si olvidáis los -qui-, los -que- y
los -quod-, habrá que vestiros de corto. Id á jugar.
SRA. PAGE.--Sabe mucho más que lo que yo suponía.
EVANS.--Tiene una memoria muy feliz. Adios, señora Page.
SRA. PAGE.--Adios, buen señor Hugh. Vamos á casa, niño. Vamos, ya me he
demorado en extremo.
(-Salen.-)
ESCENA II.
Cuarto en casa de Ford.
Entran FALSTAFF y la Sra. FORD.
FALSTAFF.--Señora Ford, vuestro pesar ha hecho desaparecer mi
resentimiento. Veo que sois consecuente en vuestro amor, y me precio de
cumplido en corresponder hasta la más mínima fineza. Y esto, señora, no
sólo en cuanto al amor mismo, sino también en todos los accesorios,
complementos y ceremonias que lo acompañan. ¿Pero estáis ahora segura de
vuestro marido?
SRA. FORD.--Ha salido á cazar, amable sir Juan.
SRA. PAGE.--(-Adentro.-) ¡Ea! ¡Hola! Señora Ford. ¿Me oís?
SRA. FORD.--Entrad á esa cámara, sir Juan.
(-Sale Falstaff.--Entra la Sra. Page.-)
SRA. PAGE.--¿Cómo estáis, querida mía? ¿Hay alguien con vos en la casa?
SRA. FORD.--¿Quién podría haber? Nadie sino las gentes de mi servicio.
SRA. PAGE.--¿De veras?
SRA. FORD.--Nadie, por cierto. (-Aparte.-) Hablad más alto.
SRA. PAGE.--No sabéis cuánto me alegro de que estéis sola.
SRA. FORD.--¿Por qué?
SRA. PAGE.--¡Ay, mujer! Vuestro marido vuelve á su vieja manía. ¡Si
oyérais lo que dice allá abajo á mi esposo! ¡Y cómo reniega de cuantos
matrimonios hay en el mundo! Maldice á todas las hijas de Eva, de
cualquiera condición y carácter que sean; y se golpea la frente
gritando: «¡Salid de una vez, salid de una vez!» de modo que cualquiera
locura furiosa que haya visto en mi vida, no es más que mansedumbre,
paciencia y cortesía, comparada con la furia en que él está. ¡Gracias á
Dios que el caballero gordo no está aquí!
SRA. FORD.--¡Pues qué! ¿Habla de él?
SRA. PAGE.--Nada más que de él; y jura que la última vez que lo buscó lo
hicieron salir dentro de un canasto; asegura á mi esposo que él está
ahora en este lugar; y ha hecho que todos los que le acompañaban en la
caza abandonen su recreo para venir á darles una nueva prueba de sus
sospechas. Me alegro en el alma de que el caballero no se encuentre
aquí; pues así verá vuestro esposo su propio desatino.
SRA. FORD.--¿Y está cerca de la casa?
SRA. PAGE.--Al fin de esta calle; de manera que no tardará en llegar.
SRA. FORD.--¡Estoy perdida!--¡El caballero está ahí dentro!
SRA. PAGE.--¡Ay, Dios mío! ¡Pues entonces estáis arruinada sin remedio,
y él ya se puede dar por hombre muerto! Pero ¿qué mujer sois? ¡Que salga
al instante, que salga! Mas vale pasar un bochorno que ser causa de un
asesinato!
SRA. FORD.--¿Pero por dónde podrá salir? ¿Cómo lo ocultaré? ¿Volveré á
ponerlo en el canasto?
(-Vuelve á entrar Falstaff.-)
FALSTAFF.--No, no volveré á entrar en el canasto. ¿No podré irme antes
de que él venga?
SRA. PAGE.--¡Ay! Allí están guardándo la puerta tres de los hermanos de
Ford, armados de pistolas! Y no dejarán salir á nadie. Si no fuera por
esto, podríais salir antes que él llegase. ¿Pero qué hacéis aquí?
FALSTAFF.--¿Qué haré? ¿Qué haré? Me subiré por la chimenea.
SRA. FORD.--Siempre que vuelven de cazar descargan allí sus escopetas.
Meteos por la boca del horno.
FALSTAFF.--¿Adónde está?
SRA. FORD.--Pero es indudable que registrará allí también. No le quedará
armario, cofre, baúl, pozo, bóveda ni rincón por registrar; pues tiene
escrita la nota de todo, y se guía por ella: Es imposible ocultaros en
la casa.
FALSTAFF.--Entonces saldré.
SRA. PAGE.--Si salís tal como estáis, sir Juan, no pasaréis vivo la
puerta de la calle. Sólo que pudiérais disfrazaros...
SRA. FORD.--¿Qué disfraz podremos ponerle?
SRA. PAGE.--¡Qué desgracia! No se me ocurre la menor idea. No hay
enaguas bastante grandes para él; que de no, se le podría poner un
sombrero, un embozo, un pañuelo, y así podría escapar sin dificultad.
FALSTAFF.--Por amor de Dios, ingeniad algún medio. Lo que queráis, con
tal de que no haya aquí alguna catástrofe.
SRA. FORD.--La tía de mi doncella de labor, la obesa señora de
Brentford, tiene en un cuarto de aquí arriba una bata.
SRA. PAGE.--Por vida mía que le vendrá bien. Ella es tan gruesa como él.
Y ahí están también su sombrero tejido y su manto. Subid, sir Juan.
SRA. FORD.--Subid, subid, amable sir Juan. La señora Page y yo
buscaremos algunas blondas para la cabeza.
SRA. PAGE.--Pronto, daos prisa. Subiremos inmediatamente á vestiros.
Mientras tanto, poneos la bata.
(-Sale Falstaff.-)
SRA. FORD.--Me alegraría de que le encontrase en esta traza mi marido.
No puede tolerar á la vieja de Brentford: jura que es bruja: le ha
prohibido venir á la casa, y la ha amenazado con echarla á golpes.
SRA. PAGE.--¡Dios le ponga debajo del bastón de vuestro marido, y venga
el diablo á guiar el bastón!
SRA. FORD.--¿Pero viene realmente mi esposo?
SRA. PAGE.--Sí, y de bastante mal humor, por cierto. Habla del canasto,
pero no sé cómo haya podido ser informado de esto.
SRA. FORD.--Probaremos lo mismo otra vez; porque encargaré á mis criados
que vuelvan á llevar el canasto, para que se encuentren con él á la
puerta, lo mismo que la vez pasada.
SRA. PAGE.--Ya no debe tardar en presentarse.--Vamos á vestir al otro
como á la bruja de Brentford.
SRA. FORD.--Daré primero instrucciones á mis gentes sobre lo que han de
hacer con el canasto. Subid, que yo iré en seguida llevando la ropa que
falte.
(-Sale.-)
SRA. PAGE.--¡Cargue el diablo con el muy rematado pillo! Nunca podremos
atormentarle como merece. Daremos una prueba en lo que vamos á hacer, de
que las esposas pueden ser alegres sin dejar de ser honradas. Las que á
menudo chanceamos y nos reímos, no pasamos todas de las palabras
bulliciosas á las obras calladas. Es refrán antiguo, pero muy verdadero
que, «del agua mansa nos libre Dios.» (-Sale.-)--(-Vuelve á entrar la
Sra. Ford con dos criados.-)
SRA. FORD.--¡Ea! Tomad otra vez en hombros el canasto. Vuestro amo está
cerca de la puerta. Si os pide poner en tierra vuestra carga, hacedlo.
Pronto, daos prisa. (-Sale.-)
CRIADO 1.º--Vamos, vamos, levanta.
CRIADO 2.º--Dios quiera que no esté lleno con el caballero otra vez.
CRIADO 1.º--Espero en Dios que no. Tanto me gustaría que estuviese lleno
de plomo. (-Entran Ford, Page, Pocofondo, Caius, y sir Hugh Evans.-)
FORD.--Bueno. Pero si resulta ser verdad: ¿tendréis algún modo de
quitarme mi locura? ¡Abajo ese canasto, canalla! Que llamen á mi mujer.
¡Oh vosotros, bellacos, alcahuetes! ¡Aquí hay una pandilla, una
conspiración contra mí! Pero toda esta infamia saldrá ahora á luz.
¡Mujer! ¿Oís? ¡Venid aquí á ver qué ropas tan inocentes enviáis al
lavadero!
PAGE.--Esto es insufrible. Señor Ford, no debéis ya andar suelto. Será
menester poneros una camisola de fuerza.
EVANS.--Está lunático, loco furioso, tan furioso como un perro con la
rabia.
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