haya descubierto él en mí algún lado débil que yo misma no conozco,
jamás habría podido tener la audacia de abordarme de semejante modo.
SRA. FORD.--¿Llamáis á esto abordaje? Pues ya lo he de poner yo
suspendido sobre cubierta.
SRA. PAGE.--Yo haré otro tanto. Venguémosnos de él; démosle una cita;
aparentemos alentarlo en sus galanteos; y con una demora gradual y
suave, llevémosle hasta que empeñe sus caballos al posadero de la Liga.
SRA. FORD.--Mientras no sea empañando el lustre de nuestra honestidad,
consiento en cualquiera bellaquería contra él. ¡Oh, si hubiese visto
esta carta mi marido! Habría sido un alimento eterno para sus celos!
SRA. PAGE.--Pues mírale ahí que viene; y mi buen esposo con él. Tan
distante está de tener celos, como yo de darle causa para ellos; y esto,
me atrevo á decirlo, es una distancia inconmensurable.
SRA. FORD.--De las dos, sois la más feliz.
SRA. PAGE.--Consultemos juntas acerca de ese gordo caballero. Venid
conmigo.
(-Se retiran.--Entran Ford, Pistol, Page y Nym.-)
FORD.--Bueno: espero que no será así.
PISTOL.--Espero es en muchos negocios un perro sin cola, un carro sin
ruedas. Sir Juan es aficionado á tu esposa.
FORD.--Pero, hombre! si mi esposa no es joven!
PISTOL.--El hace la corte á la dama y á la fregona, á la rica y á la
pobre, á la joven y á la vieja, una tras otra, ó dos ó más á la vez. Le
gusta la variedad. Ponte en guardia, Ford.
FORD.--¡Ama á mi mujer!
PISTOL.--Con un calor de quemarse. Toma tus precauciones, ó te vas á
encontrar de repente como aquel sir Acteón, que tenía al otro sobre los
talones. ¡Oh, y qué nombre tan odioso!
FORD.--¿Qué nombre, si gustáis?
PISTOL.--El nombre de cuerno. Adios. Para mientes y abre el ojo, pues de
noche es cuando los ladrones están en pié. Y no esperes hasta que llegue
el verano y empiecen los cuclillos á repetir la cantinela. En marcha,
señor cabo Nym. Créele, Page; te habla en razón.
FORD.--Tendré paciencia hasta descubrir lo que haya en esto.
NYM.--Y es la verdad. No gusto de mentiras. Hízome agravio en algunos
caprichos. Yo debía haber llevado aquella pícara carta á vuestra esposa;
pero tengo una espada que me ayudará á satisfacer mi necesidad. Lo que
hay en todo esto es que él ama á vuestra esposa; y lo digo y lo
sostengo, como que mi nombre es Nym. Es la verdad, y Nym me llamo, y
Falstaff anda enamorado de vuestra esposa. Adios. No me antojo de
venderme por pan y queso, y es toda la fantasía que hay en ello.
(-Sale Nym.-)
PAGE.--«La fantasía que hay en ello,» ha dicho. Vaya un mozo capaz de
volver la fantasía en sandez.
FORD.--Buscaré á Falstaff.
PAGE.--Jamás he oído á un bribón tan relamido y tan pesado.
FORD.--Si descubro esto, veremos.
PAGE.--Yo no daría fe á semejante charlatán, así respondiera por él el
cura del pueblo.
[Illustration]
FORD.--Hablaba como hombre de seso y de buena índole. Veremos.
PAGE.--¿Tú por aquí, Margarita?
SRA. PAGE.--¿Á dónde váis, Jorge? Escuchad.
SRA. FORD.--¿Qué ocurre, querido Frank? ¿Por qué estás melancólico?
FORD.--¡Melancólico! No: no estoy melancólico. Volved á casa, id.
SRA. FORD.--Juraría que tienes ahora alguna cavilación que te calienta
el cerebro. ¿Queréis venir, señora Page?
SRA. PAGE.--Soy con vos. Vendréis á comer, Jorge. Ved quien llega.
(-Aparte á La señora Ford.-) Ella será nuestro mensajero para el
caballero bellaco.
(-Entra la señora Aprisa.-)
SRA. FORD.--Confiad en mí. Yo había pensado en ella, y es muy apta para
el caso.
SRA. PAGE.--¿Venís á ver á mi hija Ana?
APRISA.--Ciertamente, y os ruego me digáis ¿cómo está la señorita Ana?
SRA. PAGE.--Venid con nosotras y la veréis. Tenemos que conversar
largamente con vos.
(-Salen la señora Page, señora Ford y señora Aprisa.-)
PAGE.--¿Qué tal, señor Ford?
FORD.--¿Oísteis lo que me dijo aquel bribón, no es verdad?
PAGE.--Sí; ¿y oísteis lo que me dijo el otro?
FORD.--¿Creéis que hablan de buena fe?
PAGE.--El diablo cargue con ellos. ¡Esclavos! No pienso que el caballero
propusiera tal cosa; pero estos que le acusan de malas intenciones
respecto de nuestras esposas, son una pareja de criados despedidos, que
se hacen aún más pícaros ahora que se ven sin servicio.
FORD.--¿Eran sirvientes suyos?
PAGE.--Sí que lo eran.
FORD.--Pues razón de más para que la cosa me guste menos. ¿Se hospeda en
la Liga?
PAGE.--Allí mismo. Si tal propósito abrigara él acerca de mi esposa, yo
se la dejaría accesible sin estorbo alguno; y si consiguiera de ella
otra cosa que una buena reprimenda, que me la claven en la frente.
FORD.--Yo no desconfío de mi mujer; pero se me haría pesado dejarlos
entregados á sí solos. Puede pecar un hombre por exceso de confianza; y
no quisiera yo, por cierto, que me clavaran nada en la frente. No es así
como puedo quedar satisfecho.
PAGE.--He ahí á nuestro pomposo posadero de la Liga, que se acerca. Ó
tiene vino en la testa, ó dinero en la bolsa, cuando parece tan alegre.
¿Cómo va, posadero mío?
(-Entran el posadero y Pocofondo.)-
POSADERO.--¡Hola, mi gran picarón! Tú eres un caballero; caballero juez,
digo.
POCOFONDO.--Soy con vos, mi buen posadero. Buenas tardes, excelente
señor Page, una y veinte veces. ¿Querríais venir con nosotros? Tenemos
entre manos un pasatiempo.
POSADERO.--Contadle, caballero juez, contadle, gran tuno!
POCOFONDO.--Pues, señor, hay un duelo pendiente entre el señor Hugh,
párroco galo, y el doctor francés Caius.
FORD.--Bien, amigo posadero de la Liga. Deseo hablaros una palabra.
POSADERO.--¿Qué dices, gran bribonazo mío?
(-Se van á un lado.-)
POCOFONDO.--(-A Page.-) ¿Queréis venir con nosotros á presenciar el
lance? Mi alegre posadero ha tenido el encargo de medir las armas; y, á
lo que pienso, les ha señalado sitios opuestos, porque, creedme, sé que
el párroco no es hombre de gastar bromas. Escuchad y os diré en qué
consiste nuestro juego.
POSADERO.--¿Tienes algo contra mi campeón, mi caballero huésped?
FORD.--Nada, por vida mía; pero os obsequiaré con una botella de Jerez
rancio si me introducís á él diciéndole que mi nombre es Brook. Es una
mera chanza, pura jovialidad.
POSADERO.--Venga esa mano, mi bravo. Tendrás entrada y salida francas.
¿Es bien dicho? Y te llamarás Brook. Es un caballero jovial. ¿Queréis
venir, corazones míos?
POCOFONDO.--Soy con vos, amigo posadero.
PAGE.--He oído decir que el francés maneja bien su espada.
POCOFONDO.--Bah! Más podría yo decir. En estos tiempos todo se vuelve
distancias, y pases, y estocadas, y qué sé yo qué más. Pero el asunto es
el valor, señor Page, es el corazón aquí, aquí. Hubo tiempo en que con
mi espada larga os habría hecho, á los cuatro gallardos mozos que sois,
escabulliros como ratoncillos.
POSADERO.--Vamos, muchachos, vamos. ¿Hemos de eternizarnos aquí?
PAGE.--Á vuestras órdenes. Preferiría una disputa entre ellos á una
lucha.
(-Salen el Posadero, Pocofondo y Page.-)
FORD.--Aunque Page es loco de remate y descansa con tanta seguridad en
la fidelidad de su esposa, yo no puedo prescindir de mi opinión tan
fácilmente. Ella estuvo en compañía de él en casa de Page, y no se me
alcanza lo que harían allí. Bueno, examinaré esto más de cerca. Tengo un
disfraz para sondear á Falstaff. Si encuentro que es honrada no habré
perdido mi trabajo; y si resulta que no lo es, será trabajo bien
empleado.
(-Sale.-)
ESCENA II.
Cuarto en la posada de la Liga.
Entran FALSTAFF y FISTOL.
FALSTAFF.--No te prestaré ni siquiera un penique.
PISTOL.--Pues entonces haré del mundo una ostra y la abriré con mi
espada. Devolveré la suma en equipos.
FALSTAFF.--Ni un penique. He tenido á bien dejaros tomar mi nombre para
que tomaseis dinero sobre prendas. He atormentado a mis amigos para que
vos y vuestro compinche Nym obtuviérais tres prórrogas; ó de lo
contrario habríais tenido que ir á parar tras de las rejas, como un par
de monos enjaulados. Tengo el alma condenada al infierno, por haber
jurado á caballeros amigos míos, que erais buenos soldados y bravos
mozos, y cuando la Sra. Bridget perdió el mango de su abanico, respondí
sobre mi honor de que tú no lo habías tomado.
PISTOL.--¿Y no tuviste tu parte? ¿No recibiste quince peniques?
FALSTAFF.--Reflexiona, bribón, reflexiona. ¿Te imaginas que he de poner
mi alma en peligro, -gratis-? En una palabra, no procures estar colgado
de mí, que no he nacido para ser el patíbulo en que te han de colgar.
Vete. Una cuchilla poco larga y un poco de muchedumbre, te hacen falta.
Vete á tus dominios de Pickthatch, vete. No queríais llevar una carta
mía, bribón! Hacéis punto de honor! Por vida mía, has de saber tú,
insondable bajeza, que lo más que puedo hacer yo mismo es mantener
íntegras las circunstancias de mi honor. Yo, yo, yo mismo, algunas
veces, dejando el temor al cielo en mi mano izquierda, y ocultando en la
necesidad mi honor, me veo precisado á buscar astucias, á acechar, á
sorprender; y sin embargo vos pretendéis esconder vuestros harapos,
vuestra figura de gato montés, vuestros dicharachos y vuestros brutales
juramentos, bajo la capa de vuestro honor! No, no lo haréis nunca!
PISTOL.--Cedo. ¿Qué más podéis exigir de un hombre?
(-Entra Robin.-)
ROBIN.--Señor, hay aquí una mujer que desea hablaros.
FALSTAFF.--Déjala entrar.
(-Entra la Sra. Aprisa.-)
APRISA.--Buenos días á vuestra señoría.
FALSTAFF.--Así los tengas, buena esposa.
APRISA.--No de esa manera, si place á vuestra señoría.
FALSTAFF.--Pues entonces, buena doncella.
APRISA.--Y que podría jurarlo, como mi propia madre cuando me dió á luz.
FALSTAFF.--Lo creo aun sin juramento. ¿Qué se ofrece conmigo?
APRISA.--¿Me permitirá su señoría hablarle una palabra ó dos?
FALSTAFF.--Dos mil, honrada mujer, y te concedo audiencia.
APRISA.--Señor, hay una señora Ford--os ruego que vengáis un poquito más
cerca.--Yo resido en casa del Dr. Caius.
FALSTAFF.--Bueno. Adelante. Decíais que la señora Ford.....
APRISA.--Mucha verdad dice vuestra señoría. Os suplico que os acerquéis
un poquito más.
FALSTAFF.--Te aseguro que nadie nos escucha. Esas gentes son de mi
servicio: de mi servicio.
APRISA.--¿En verdad? Dios los bendiga y los haga buenos servidores
suyos.
FALSTAFF.--Bien; pero ¿qué, á propósito de la señora Ford?
APRISA.--Por mi vida, señor, que es una criatura inmejorable, un alma de
Dios! ¡Ay señor! ¡Ay señor! Y qué travieso es vuestra señoría! En fin,
que el cielo nos perdone, á vos y á todos nosotros!
FALSTAFF.--La señora Ford..... Vamos al caso. La señora Ford.....
APRISA.--Pues allá va todo el asunto en dos palabras. Le habéis
trastornado la cabeza de una manera asombrosa! No podría haberlo
conseguido el mejor de cuantos galanes luce la corte cuando viene á
Windsor. Y os aseguro que han venido caballeros y lores, uno tras otro,
en sus carruajes. Os lo aseguro, coche tras coche, carta tras carta,
presente tras presente, y todo tan lleno de olor de algalia y tan
envuelto en oro y seda, y con mensajes en tan elegantes términos y tan
almibarados con la más fina y mejor azúcar, que no habría habido corazón
de mujer capaz de resistir. Pues á pesar de todo, os garantizo que no
consiguieron ni una guiñada. Yo misma recibí esta mañana un obsequio,
veinte ángeles; pero desafío á todos los ángeles á que consigan nada por
otro camino que la honradez. Ni el más encopetado de todos logró
alcanzar de ella, vamos, lo que es un sorbo de una taza; y eso que había
condes, y lo que es aún más, pensionistas! Pero os aseguro que con ella
todo sale á lo mismo.
[Illustration]
FALSTAFF.--Pero ¿qué dice de mí? Sed lacónica, mi señora Mercurio.
APRISA.--Por cierto que recibió vuestra carta, por la cual os da mil
veces las gracias, y desea que tengáis aviso de que su esposo estará
fuera de casa entre las diez y las once.
FALSTAFF.--¿Entre diez y once?
APRISA.--Sí, exactamente. Y en ese tiempo podréis ir á ver la pintura
que sabéis, y su esposo, el señor Ford, no estará en casa. ¡Ay! ¡qué
vida lleva la pobrecita con él! Es un hombre tan celoso, que la hace
pasar la mar á pié, como dicen. ¡Pobre palomita!
FALSTAFF.--Entre diez y once. Preséntale mis cumplimientos. No dejaré de
ser puntual á la cita.
APRISA.--Muy bien dicho; pero tengo otro mensaje para vuestra señoría.
La señora Page os presenta también sus más afectuosos cumplimientos--y
dejad que os lo diga muy en secreto--es una esposa recatada y virtuosa,
como la mejor que pueda haber en Windsor, y que jamás falta al rezo de
la mañana y de la tarde. Me ha pedido decir á vuestra señoría, que su
marido sale muy raras veces de casa, pero que tiene ella la esperanza de
que no faltará una oportunidad. Jamás, en los días de mi vida, he visto
á una mujer tan apasionada de un hombre. Seguramente tenéis alguna magia
para encantarlas.
FALSTAFF.--Os aseguro que no. Fuera del natural atractivo en mi persona,
no tengo encantos.
APRISA.--Pues Dios os bendiga por ellos, mi feliz señor!
FALSTAFF.--Sólo te ruego que me digas esto: ¿saben la esposa de Ford y
la de Page, cada una, que la otra está enamorada de mí?
APRISA.--Pues bonita la habríamos hecho! Espero que no son tan
estúpidas. Por cierto que eso no habría sido sino una treta. Pero la
señora Page desea que á todo trance le enviéis á vuestro pajecito. Su
esposo tiene un afecto singular hacia éste, y os aseguro que el señor
Page es todo un hombre de bien. No hay en Windsor esposos mejor
avenidos; como que él hace lo que ella quiere, dice lo que se le antoja,
toma cuanto le pide y paga cuanto toma: se acuesta cuando ella lo
desea, se levanta cuando se lo dice, y en todo y por todo no se hace en
la casa sino lo que ella ordena. Y en verdad que lo merece; porque si
hay en Windsor una excelente mujer, es ella. Debéis enviarle vuestro
paje, no hay remedio.
FALSTAFF.--Por supuesto que lo haré.
APRISA.--Bien; pues manos á la obra. Pero mientras él hace el
corre-vé-y-díle entre vosotros dos, cuidad de que haya siempre una
excusa ó pretexto ostensible, para que comprendiendo vosotros vuestra
buena intención, él no pueda caer en sospecha alguna, pues no está bien
que los muchachos entren en malicia. Los viejos, como sabéis, tenemos
discreción y conocemos el mundo.
FALSTAFF.--Adios. Hazme presente á las dos señoras. He aquí mi bolsa, y
todavía me reconozco por deudor tuyo. Muchacho, vé con esta mujer. ¡Esta
noticia me tiene aturdido!
(-Salen la señora Aprisa y Robin.-)
PISTOL.--Esta galera vieja es uno de los mensajeros de Cupido. Forcemos
velas, démosle caza, vamos al abordaje, hagamos fuego y será mía la
presa, ó que el Océano nos trague á todos!
(-Sale Pistol.-)
FALSTAFF.--¿Con que esas tenemos, mi viejo Falstaff? Sigue adelante, que
todavía sacaré de tu viejo cuerpo más que en los tiempos pasados.
¿Todavía te persiguen ellas? Y después de tanto dinero perdido, ¿vas á
entrar ahora en ganancias? Gracias, cuerpo mío. Que digan enhorabuena
que ha sido hecho groseramente. Con tal de que se gane bastante, ¿qué
importa?
(-Entra Bardolfo.-)
BARDOLFO.--Señor Juan, hay abajo un señor Brook que desea hablaros y
entrar en relación con vos, y ha enviado para vuestra señoría una bota
de jerez seco.
FALSTAFF.--¿Dices que se llama Brook?
BARDOLFO.--Sí, señor.
FALSTAFF.--Hazle venir. (-Sale Bardolfo.-) Esta clase de Brooks, que
derrama semejante licor, es siempre bienvenida. Ah! ah! Señora Ford,
señora Page, ¿no os he atrapado mal, eh? Adelante, adelante, -via-!
(-Vuelve á entrar Bardolfo, con Ford disfrazado.-)
FORD.--Dios os guarde, señor.
FALSTAFF.--Y á vos. ¿Deseáis hablar conmigo?
FORD.--Temo ser demasiado audaz, presentándome en vuestra casa sin
preparativo alguno.
FALSTAFF.--Sois bien venido. ¿Qué deseáis? Retírate, mozo.
(-Sale Bardolfo.-)
FORD.--Soy un caballero que ha gastado excesivamente. Me llamo Brook.
FALSTAFF.--Mi buen señor Brook, me alegraré de conoceros más
íntimamente.
FORD.--El mismo deseo me anima respecto de vos; pues debo declararos que
me considero en mejor situación que la vuestra para prestar dineros. Y
esto me ha animado un tanto á entrar aquí inoportunamente, como un
intruso; pero dicen que cuando el dinero hace veces de introductor,
todas las puertas se abren.
FALSTAFF.--El dinero es un valeroso soldado, que siempre sale adelante
en sus empresas.
FORD.--Por cierto. Y he aquí que tengo este saco de dinero que me
molesta; y si queréis, señor Juan, tomar todo ó la mitad de él, ese peso
menos tendré que llevar.
FALSTAFF.--No sé en verdad, señor, cómo podré merecer el ayudaros de
este modo.
FORD.--Os lo diré si queréis escucharme.
FALSTAFF.--Hablad, mi buen señor Brook. Me encantará ser vuestro
auxiliar.
FORD.--Dicen que sois instruído. Por tanto, seré lacónico. Os conozco de
tiempo atrás, aunque nunca haya tenido tan buena ocasión como deseaba
para entrar en relación con vos. Y ahora debo haceros una revelación
que pondrá al descubierto muchas de mis imperfecciones; pero, buen sir
Juan, si fijáis la vista en mis locuras, á medida que os las refiera,
acordaos al mismo tiempo de echar una mirada á las vuestras, á fin de
que me sea menos penosa la censura, sabiendo que vos mismo conocéis cuán
fácil es caer en semejantes debilidades.
FALSTAFF.--Perfectamente. Proseguid.
FORD.--Hay en esta ciudad una señora cuyo marido se llama Ford.
FALSTAFF.--¿Y bien?
FORD.--Hace mucho tiempo que la amo, y os aseguro que no es poco lo que
he gastado por ella. La he seguido con la perseverancia más obstinada:
he multiplicado las ocasiones de encontrarme con ella; he promovido
hasta las más leves oportunidades de alcanzar siquiera á verla un
instante: no solamente he gastado con profusión en obsequiarla, sino que
he dado mucho dinero por saber lo que ella querría dar: en una palabra,
la he perseguido como me ha perseguido á mí el amor, esto es, tomando al
vuelo todas las ocasiones posibles. Pero cualquiera que haya sido mi
merecimiento, ya por el afecto, ya por los medios, ninguna recompensa he
recibido, á no ser que la experiencia sea, como dicen, una joya, y en
este caso la he comprado á precio fabuloso. Esto me ha enseñado que:
Amor cual sombra se aleja
de quien sincero le sigue.
Deja á aquel que le persigue,
y persigue á quien le deja.
FALSTAFF.--¿Y nunca habéis obtenido promesa alguna de satisfacción?
FORD.--Nunca.
FALSTAFF.--¿Y no la habéis acosado para ello?
FORD.--Nunca.
FALSTAFF.--¿Pues entonces qué clase de amor era el vuestro?
FORD.--Como una bella casa fabricada en el terreno de otro hombre; de
modo que he perdido mi edificio por haber equivocado el sitio donde
había de erigirlo.
FALSTAFF.--¿Y cuál es vuestro propósito al descubrirme todo esto?
FORD.--Cuando os lo haya dicho, lo habré dicho todo. Dicen algunas
personas que, aun cuando ella aparece honrada ante mí, sin embargo suele
llevar su alegría á tal punto, que se hacen sobre ella poco piadosos
comentarios. Y vengo ahora á lo esencial de mi propósito. Vos sois un
caballero perfectamente educado, admirable en el discurso, bien acogido
en la mejor sociedad, valioso por la posición y la persona, y reconocido
por muchas eminentes cualidades de guerra, de corte y de ciencia.
FALSTAFF.--¡Oh! Me abrumáis!
FORD.--Debéis creerme, pues tenéis conciencia de todo esto. Aquí tenéis
dinero: gastadlo; gastadlo todo; gastad más; gastad cuanto tengo; y en
cambio, concededme solamente aquella parte de vuestro tiempo que baste á
poner un asedio amoroso á la honestidad de la mujer de Ford. Emplead
para conquistarla todos los recursos de vuestro arte; que si hombre
alguno puede triunfar de ella, ninguno lo podría más pronto que vos.
FALSTAFF.--¿Y cómo puede conciliarse la vehemencia de vuestra pasión,
con la idea de que yo me apodere de lo mismo que anheláis disfrutar? Se
me figura que os servís de un remedio en extremo ineficaz.
FORD.--¡Oh! Comprended mi intento. Está esa mujer tan encastillada en la
excelencia de su honor, que no me atrevo á presentarle la locura de mi
alma. Es como una luz que no puedo mirar de frente porque me deslumbra.
Ahora bien: si pudiera acercarme á ella con alguna prueba de su
verdadera fragilidad en la mano, mis exigencias y pretensiones tendrían
un fundamento para hacerse valer: ella quedaría desalojada entonces de
ese atrincheramiento de su pureza, su reputación, su juramento de
fidelidad al esposo, y de las otras mil defensas que ahora la hacen
inexpugnable para mí. ¿Qué pensáis de este plan?
FALSTAFF.--Amigo Brook, principiaré por tratar sin ceremonia vuestro
dinero; dadme vuestra mano en seguida; y, por último, tan cierto como
que soy un caballero, podréis, si queréis, gozar de la esposa de Ford.
FORD.--¡Oh mi buen amigo!
FALSTAFF.--Señor Brook, os digo que será así.
FORD.--No os faltará dinero, no; lo tendréis de sobra.
FALSTAFF.--Ni vos necesitaréis una señora Ford, pues la tendréis. Yo
estaré con ella (podéis estar seguro de lo que os digo), entre las diez
y las once, por cita que ella misma me ha dado. Precisamente cuando
llegabais, acababa de salir su asistente, emisaria ó corre-vé-y-dile.
Digo que estaré con ella entre las diez y las once, pues á esa hora se
hallará ausente el bellaco del marido. Venid por la noche y sabréis el
progreso que habré alcanzado.
FORD.--Ah! vuestra amistad es una bendición para mí! ¿Conocéis, por
ventura, á Ford?
FALSTAFF.--Que el diablo cargue con ese pobre bellaco cornudo! No le
conozco pero le hago injusticia al llamarle pobre; pues dicen que ese
celoso cornudo tiene montones de oro, y por esto mismo me parece su
mujer muy apetecible. Me serviré de ella como de llave para abrir el
cofre del cornudo bribón, y allí tendré mi cosecha.
FORD.--Me alegraría de que conociéseis á Ford á fin de que le evitéis si
le encontráis.
FALSTAFF.--Vaya al diablo ese tuno, estatua de manteca salada! Le haré
perder el seso de un susto; le espantaré con mi bastón, levantado como
un meteoro sobre sus astas de cornudo. Veréis, señor Brook, cómo haré lo
que quiera de ese paisano, y cómo os acostaréis con su esposa. Venid
esta noche temprano. Ford es un bribón y yo le añadiré lo que le falta.
Vos, amigo Brook, conoceréis pronto que es bribón y cornudo. Venid
temprano esta noche.
(-Sale.-)
FORD.--¡Qué infernal pillo sibarita es éste! El corazón me quiere
estallar de impaciencia! Mi mujer le ha dado cita, queda fijada la hora,
y el convenio está hecho! ¿Qué hombre lo habría pensado? ¡Oh! ¡Qué
infierno es tener una mujer falsa! La deshonra para mi lecho, el robo
para mi caudal, la burla y el escarnio para mi reputación! Y no
solamente he de recibir estos viles ultrajes, sino que he de sobrellevar
los más abominables dictados de boca del mismo que me infama con los
hechos! Dictados! Nombres! Satanás, Lucifer, Amaimón, todo eso suena
bien, aunque sean dictados de demonios, nombres de desalmados. Pero
¡cornudo! ¡Complaciente cornudo! Ni el diablo mismo se resigna á llevar
semejante nombre! Page es un asno, asno de nacimiento. Confía en su
mujer y no es celoso. Antes confiaría yo mi manteca á un flamenco, mi
queso al cura galo Hugh, mi botella de aguardiente á un irlandés, ó mi
caballo de más estima á un ladrón, que confiar á mi mujer á sí propia.
Entonces urde, trama, intriga; y han de ejecutar lo que les viene á la
mente: lo han de ejecutar, cueste lo que costare. ¡Gracias al cielo por
mis celos! Las once es la hora. Evitaré esto, sorprenderé á mi mujer, me
vengaré de Falstaff y me reiré de Page. Voy á atender á ello. Vale más
que sea tres horas demasiado pronto que un minuto demasiado tarde. Vaya!
vaya! vaya! ¡Cornudo!... ¡cornudo!... ¡cornudo!...
(-Sale.-)
ESCENA III.
Parque de Windsor.
Entran CAIUS y RUGBI.
CAIUS.--¿Rugbi?
RUGBI.--Señor.
CAIUS.--¿Qué hora es?
RUGBI.--Ha pasado, señor, la hora en que sir Hugh prometió venir.
CAIUS.--Por mi vida, que ha salvado su alma con no venir. Ha rezado bien
en su biblia, cuando no ha venido. Voto á sanes, Rugbi, que si viene, es
hombre muerto!
RUGBI.--No es tonto, señor. Él sabe bien que vuestra señoría lo habría
muerto si hubiese venido.
CAIUS.--Vive Dios, que no hay arenque tan muerto como él cuando yo lo
mate. Voy á decirte el modo cómo he de matarle.
RUGBI.--¡Ay, señor! Yo no entiendo de esgrima.
CAIUS.--Toma tu espada, canalla.
RUGBI.--Tened calma. Aquí viene gente.
(-Entran el posadero, Pocofondo, Slender y Page.-)
POSADERO.--Dios te bendiga, bravo doctor.
POCOFONDO.--Él os salve, señor doctor Caius.
PAGE.--¿Qué tal, mi buen doctor?
SLENDER.--Os deseo buen día, señor.
CAIUS.--¿Á qué habéis venido todos, uno, dos, tres, cuatro?
POSADERO.--Á verte batiéndote, yendo á fondo, parando, replicando, yendo
de aquí para allí, dando golpes de punta y de filo, haciendo tus pases,
dando tus estocadas en tercia, en cuarta, y, en fin, tu flanconada. ¿Ha
muerto, etíope mío? ¿Ha muerto, Francisco mío? ¡Ah, bravo! ¿Qué dice mi
Esculapio, mi Galeno? ¿Mi corazón de saúco? Ah! ¿Está muerto, bravo
Stale? ¿Está muerto?
CAIUS.--Voto á cribas! Es el clérigo más cobarde del mundo. No se ha
dejado ver la cara!
POSADERO.--Eres un rey de Castilla, un Héctor de Grecia, muchacho mío!
CAIUS.--Dad testimonio, os ruego, de que le he esperado dos y tres horas
y que no ha venido.
POCOFONDO.--Es el más prudente, señor doctor. Él es curador de almas y
vos lo sois de cuerpos. Si os batís, váis directamente contra toda la
índole de vuestra profesión. ¿No es así, señor Page?
PAGE.--Vos mismo, señor Pocofondo, habéis sido gran duelista, aunque
ahora sois hombre de paz.
POCOFONDO.--Puñales! Amigo Page, viejo y hombre de paz como me véis,
cuando veo una espada, me comen los dedos por menearla; pues aunque
seamos jueces y doctores y gente de iglesia, nos queda aún algo del brío
de la juventud. Somos hijos de mujeres, amigo Page.
PAGE.--No hay duda de ello, señor Pocofondo.
POCOFONDO.--Así se ha de descubrir, señor Page. Señor doctor Caius, he
venido para llevaros á casa. Estoy juramentado para la paz. Habéis
probado ser un médico prudente, y el señor Hugh ha probado ser un
prudente y sufrido sacerdote. Tenéis que venir conmigo, señor doctor.
POSADERO.--Perdonad, juez-huésped. Una palabra, señor Aguaturbia.
CAIUS.--¡Aguaturbia! ¿Qué significa eso?
POSADERO.--En nuestro idioma, quiere decir valentía, bravo mío.
CAIUS.--¡Voto á san! que entonces tengo tanta agua turbia como cualquier
inglés. ¡Ah, perro sarnoso de clérigo! Voto á tantos que le he de
cortar las orejas!
POSADERO.--Te clavará los dientes de firme, bravo mío.
CAIUS.--¿Qué es eso de clavar los dientes?
POSADERO.--Es decir que te dará satisfacciones.
CAIUS.--Pues por vida mía que tendrá que hacerlo, porque yo he de
tenerlas.
POSADERO.--Y yo le provocaré á ello, ó que se vaya á paseo.
CAIUS.--Y os doy gracias por esto.
POSADERO.--Y además, bravo mío... Pero ante todo, señor huésped, señor
Page y caballero Slender, id por la ciudad hasta Frogmore.
(-Aparte á éstos.-)
PAGE.--¿Está allí el señor Hugh?
POSADERO.--Allí está. Ved en qué disposición se encuentra, y yo haré
venir al doctor por entre los campos. ¿Os parece bien?
POCOFONDO.--Así lo haremos.
PAGE.}
POCOFONDO.} Adios, amigo doctor.
SLENDER.}
(-Salen Page, Pocofondo y Slender.-)
CAIUS.--¡Voto á....! que he de matar al clérigo, porque se pone á hablar
á Ana Page en favor de ese pedazo de mico!
POSADERO.--Que muera en buen hora! Pero primero calma tu impaciencia,
echa agua fría sobre tu cólera, ven conmigo al través de los campos
hasta Frogmore, y te guiaré á la quinta donde está Ana Page en una
fiesta, y allí la conquistarás. ¿Digo bien?
CAIUS.--Por vida de...! que os lo agradezco. Por vida de...! que os amo,
y os he de procurar la amistad de mis clientes, caballeros, nobles y
lores.
POSADERO.--Por todo lo cual seré tu adversario con Ana Page. ¿Digo
bien?
CAIUS.--Por mi alma que está bien, muy bien dicho.
POSADERO.--Pues entonces, en marcha.
CAIUS.--Ven tras de mí, Rugby.
(-Salen.-)
[Illustration]
[Illustration]
ACTO III.
ESCENA I.
Campo cerca de Frogmore.
Entran Sir HUGH EVANS y SIMPLE.
EVANS.
Os ruego me digáis, buen servidor del señor Slender, y amigo Simple por
vuestro nombre, ¿de qué manera habéis buscado al señor Caius, que se da
el título de «Doctor en medicina?»
SIMPLE.--En verdad, señor, le busqué en el distrito de la ciudad y en el
del parque, en todas direcciones: en el antiguo camino de Windsor, y en
todos los demás, excepto el de la ciudad.
EVANS.--Pues deseo con la mayor vehemencia, que busquéis también en ese
camino.
SIMPLE.--Así lo haré.
EVANS.--¡Dios me asista! ¡Cuán lleno estoy de cólera y de incertidumbre!
Me alegraré de que él me haya engañado. ¡Qué melancólico estoy! En la
primera oportunidad le haré salir la cruz de los calzones por la copa
del sombrero, á ese bribón! ¡Dios me asista!
(-Canta.-)
Junto al claro riachuelo
á cuya bella cascada
canta el ave en la alborada
madrigales desde el cielo,
formaremos á la sombra,
sobre el musgo y entre flores
ricas de aroma y colores,
un lecho de blanda alfombra.
¡Válgame Dios! ¡Y qué gana tengo de llorar!
Canta el ave melodiosa
madrigales desde el cielo,
un lecho me brinda el suelo
de césped, clavel y rosa
junto al claro riachuelo,
etc., etc.
SIMPLE.--Señor Hugh, vedle que viene por allí abajo.
EVANS.--Bien venido.
Junto al claro riachuelo,
á cuya bella cascada....
¡Que el cielo ayude al que tenga justicia! ¿Qué armas trae?
SIMPLE.--Ninguna, señor. Vienen mi amo el señor Slender y otro caballero
de Frogmore, y se dirigen hacia aquí.
EVANS.--Bien. Dame mi toga; ó más bien, tenla en tu brazo.
(-Entran Page, Pocofondo y Slender.-)
-Pocofondo-.--¿Qué tal, señor cura? Buenos días, buen señor Hugh. Quien
quiera hacer una maravilla, que separe de los dados á un jugador y dé su
libro á un estudiante.
SLENDER.--¡Ah, dulce Ana Page!
PAGE.--Dios os guarde, buen señor Hugh.
EVANS.--Él os bendiga á todos por su misericordia.
POCOFONDO.--¡Qué! ¿La espada y la palabra? ¿Estudiáis una y otra, señor
cura?
PAGE.--¿Y todavía andáis en cuerpo, como un jovencito, en un día tan
crudo y reumático?
EVANS.--Hay motivos y razones para ello.
PAGE.--Hemos venido á encontraros, señor cura, con ánima de hacer una
buena acción.
EVANS.--Muy bien. ¿Cuál es?
PAGE.--Allá hay un venerable caballero, que juzgándose ofendido por
alguna persona, está en la más terrible lucha que se pueda ver con su
propia gravedad y paciencia.
POCOFONDO.--Ochenta y pico de años he vivido, y nunca he visto á hombre
de su posición, gravedad y saber, tan celoso de su propio respeto.
EVANS.--¿Quién es?
PAGE.--Pienso que le conocéis. Es el señor doctor Caius, el reputado
médico francés.
EVANS.--¡Por Dios y todos los santos del cielo! Preferiría hablar de un
hervido de coles!
PAGE.--¿Por qué?
EVANS.--Porque no sabe jota de Hipócrates y Galeno. Y además es un
bribón: tan cobarde bribón, como el que más de cuantos pudiérais
conocer.
PAGE.--Os aseguro que este es quien se batiría con él.
SLENDER.--¡Oh dulce Ana Page!
POCOFONDO.--Así parece, por sus armas. Mantenedles separados: aquí viene
el doctor Caius.
(-Entran el posadero, Caius y Rugbi.-)
PAGE.--No, señor cura: no desnudéis vuestra arma.
POCOFONDO.--Ni tampoco vos, mi buen doctor.
POSADERO.--Desarmadles y dejad que discutan. Así conservarán ilesos sus
miembros y no harán trizas sino nuestro idioma.
CAIUS.--Dejadme deciros una palabra al oído, si gustáis. ¿Por qué
evitáis el encuentro conmigo?
EVANS.--Tened un poco de paciencia, os ruego. Ya vendrá el momento
oportuno.
CAIUS.--¡Voto á san! que sois un cobarde, un perro, un mico!
[Illustration]
EVANS.--Os suplico que no nos hagáis el hazme-reir del buen humor de
otras personas. Deseo vuestra amistad, y de un modo ú otro os dejaré
satisfecho. (-En voz baja.-) Os he de sacar á puntapiés la cruz del
calzón por la cabeza, gran bellaco, para que no os burléis de citas y
compromisos de honor.
CAIUS.--¡Al diablo! Jack Ruby, y vos, hostelero de la Liga, ¿no le
esperé para matarle? ¿No estuve en el sitio designado?
EVANS.--Tan cierto como que soy cristiano, este es el sitio que se había
señalado. Que lo diga el mismo hostelero de la Liga.
POSADERO.--¡Paz! ¡Paz, digo, entre Gales y la Galia! entre galo y
francés! Paz entre el que cura el alma y el que cura el cuerpo!
CAIUS.--Sí, eso es muy bueno, excelente!
POSADERO.--Paz, digo. Decid si el posadero de la Liga no es un político
sutil, si no es un Maquiavelo! ¿Perderé á mi médico? No! Él es quien me
da las pociones y mociones. ¿Perderé á mi cura? ¿Á mi sacerdote? ¿Á mi
amigo Hugh? No. El me da los proverbios y los -pater-noster-. Dame tu
mano, hombre terreno, así. Dadme la tuya, hombre místico, así. No sois
más que niños en la astucia. Os he engañado á ambos, dirigiéndoos á
diferentes lugares para que no pudiérais encontraros. Vuestros corazones
están llenos de vigor, vuestros cuerpos ilesos, y el desenlace debe ser
una libación de vino jerez. Ea! guárdense esas armas para empeño.
Sígueme, hombre de paz. Seguidme, seguidme.
POCOFONDO.--Contad conmigo, huésped. Seguid, caballeros, seguid.
SLENDER.--¡Oh dulce Ana Page!
(-Salen Pocofondo, Slender, Page y el posadero.-)
CAIUS.--¡Ah! Ya caigo en cuenta. Nos ha hecho pasar por un par de
tontos! ah! ah!
EVANS.--Está muy bien. Se ha reído de nosotros. Deseo que vos y yo
seamos amigos, y vamos concertando juntos el modo de vengarnos de este
despreciable, sarnoso y tahur compañero, el posadero de la Liga.
CAIUS.--¡Voto á! Con todo mi corazón. Me prometió conducirme á donde Ana
Page y también me ha engañado!
EVANS.--Bueno. He de romperle la crisma. Tened la bondad de venir
conmigo.
(-Salen.-)
ESCENA II.
Una calle de Windsor.
Entran la señora PAGE y ROBIN.
SRA. PAGE.--No; sigue adelante, galancito mío. Tú debías ir detrás y
ahora vas á la cabeza. ¿Te gusta más hacer que te sigan mis ojos, ó
seguir con los tuyos los talones de tu señor?
ROBIN.--Á fe mía que prefiero ir delante como un hombre, que seguirle
como un enano.
SRA. PAGE.--¡Oh! Eres un chico zalamero. Veo que pararás en cortesano.
(-Entra Ford.-)
FORD.--Me alegro de encontraros, señora Page. ¿Á dónde vais?
SRA. PAGE.--Por cierto que á ver á vuestra esposa. ¿Está en casa?
FORD.--Sí, y tan ociosa, por falta de compañía, que no sé cómo no se le
caen los cuartos. Se me figura que, si muriesen vuestros maridos, os
casaríais las dos.
SRA. PAGE.--De seguro; con otros dos maridos.
FORD.--¿Dónde hubisteis este bonito gallo de campanario?
SRA. PAGE.--Por nada puedo acordarme del nombre del sujeto de quien lo
tuvo mi esposo. Muchacho ¿cómo se llama tu señor?
ROBIN.--El señor Juan Falstaff.
FORD.--¡El señor Juan Falstaff!
SRA. PAGE.--El mismo. Nunca puedo dar con su nombre. Hay tanta intimidad
entre mi buen hombre y él! ¿Es seguro que vuestra esposa está en casa?
FORD.--Seguro que está allí.
SRA. PAGE.--Con vuestro permiso. Estoy impaciente por verla.
(-Salen la señora Page y Robin.-)
FORD.--¿Tiene Page sesos? ¿Tiene ojos? ¿Tiene algo como entendimiento?
Pues si los tiene, no hay duda de que están dormidos: no le sirven para
nada. Por cierto que este muchacho llevara una carta veinte millas, con
tanta facilidad como un cañón arroja una bala, punto en blanco, á
doscientas cuarenta yardas. Page da rienda suelta á la inclinación de su
esposa; da impulso y facilidades á su insensatez; y ahora va á donde mi
mujer, y la acompaña el muchacho de servicio de Falstaff! Un ciego
podría ver al través de esto. ¡La acompaña el muchacho de Falstaff!
¡Bien urdidas están las intrigas! Y nuestras mujeres se juntan para
condenarse¡ Bueno. Me apoderaré de él; en seguida torturaré á mi esposa,
arrancaré la máscara de falsa modestia de la hipócrita señora Page,
exhibiré á Page como un Acteón voluntario; y á estos violentos
procederes, todos mis vecinos dirán -amen-. (-Se oye el reloj dar
horas.-) El reloj me da el aviso, y mi certeza me invita á hacer un
registro. Allí encontraré á Falstaff; y seré más encomiado que
ridiculizado por esto; porque tan seguro es que Falstaff está allí como
que la tierra está bajo los piés. Iré. (-Entran Page, Pocofondo,
Slender, el posadero, sir Hugh Evans, Caius y Rugbi.-)
POCOFONDO, PAGE, ETC.--Pláceme veros, señor Ford.
FORD.--Una buena reunión, á fe mía. Hay una buena mesa hoy en casa; y os
ruego á todos que me acompañéis.
POCOFONDO.--Debo ofreceros mis excusas, señor Ford.
SLENDER.--Y yo igualmente, señor. Estamos comprometidos á comer donde la
señorita Ana, y no le faltaría por ninguna suma de dinero que se pueda
contar.
POCOFONDO.--Hemos disertado sobre unas bodas entre Ana Page y mi primo
Slender, y hoy debemos recibir la respuesta.
SLENDER.--Espero contar con vuestro favor, padre Page.
PAGE.--Tenéis mi buena voluntad, señor Slender. Estoy enteramente á
favor vuestro; pero mi esposa, señor doctor, está no menos decidida por
vos.
CAIUS.--Y ¡por vida de...! que la doncella está enamorada de mí; que así
me lo ha dicho mi aya, la señora Aprisa.
POSADERO.--¿Y qué decís al joven señor Fenton? Él baila, tiene el brillo
de la juventud, escribe versos, habla alegremente, y tiene olor de Abril
y Mayo. Él ganará la partida; él ganará la partida. Eso está en la masa
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