ADRIANA.--Toda esta semana ha estado melancólico, sombrío y triste; bien
diferente de lo que era siempre; pero hasta este medio día, su
enfermedad no había jamás estallado en tal extremo de rabia.
LA ABADESA.--¿No ha sufrido grandes pérdidas en un naufragio? ¿Ó
enterrado algún amigo querido? ¿Sus ojos no han extraviado á su corazón
en un amor ilegítimo? Es un pecado muy común en los jóvenes, quienes dan
á sus ojos la libertad de verlo todo. ¿Á cuál de estos accidentes ha
solido estar sujeto?
ADRIANA.--Á ninguno, si no es el último. Quiero decir, algún amorío que
le alejaba frecuentemente de su casa.
LA ABADESA.--Deberíais haberle amonestado por ello.
ADRIANA.--Por cierto, lo he hecho.
LA ABADESA.--Quizás con escasa energía.
ADRIANA.--Con tanta como me lo permitía el pudor.
LA ABADESA.--Quizás en particular.
ADRIANA.--Y en público también.
LA ABADESA.--Sí, pero no lo suficiente.
ADRIANA.--Era el tema de todas nuestras conversaciones; en la cama, no
podía él dormir, por lo mucho que de ello le hablaba. En la mesa, no
podía comer por lo mucho que de ello le hablaba. Á solas, era el objeto
de mis reconvenciones. En sociedad, aludía yo frecuentemente á ello, y
aun le decía cuán malo y vergonzoso era.
LA ABADESA.--Y de ahí ha sucedido que este hombre se ha vuelto loco. Los
clamores emponzoñados de una mujer celosa son un veneno más mortífero
que el diente de un perro rabioso.--Parece que su sueño era interrumpido
por tus querellas; he ahí lo que ha debilitado su cabeza. Dices que las
comidas eran sazonadas con tus reproches; las comidas perturbadas hacen
las malas digestiones, de donde nacen el fuego y el delirio de la
fiebre. ¡Y qué cosa es la fiebre, sino un acceso de locura!--Dices que
tu vehemencia ha interrumpido sus pasatiempos. Privando al hombre de una
dulce recreación, ¿qué ha de venir? Una acerba y triste melancolía,
análoga á la feroz é inconsolable desesperación; y en seguida una grande
é infecta multitud de enfermedades, enemigas de la existencia.--Ser
perturbado en sus alimentos, en su recreo, en el sueño conservador de la
vida, bastaría para hacer que se volvieran locos hombres y bestias. La
consecuencia es, pues, que vuestros accesos de celos son los que han
privado á vuestro esposo del uso de su razón.
[Illustration]
LUCIANA.--No le ha hecho sino dulces amonestaciones, cuando él se
entregaba al ímpetu, á la brutalidad de arrebatos groseros. (-Á su
hermana.-) ¿Por qué soportáis estos reproches sin responder?
ADRIANA.--Me ha entregado á los reproches de mi propia conciencia.
Buenas gentes, entrad y apoderaos de él.
LA ABADESA.--No; nadie entra jamás en mi casa.
ADRIANA.--Entonces, que vuestros criados traigan á mi esposo.
LA ABADESA.--Eso no será tampoco; él ha tomado este lugar como un asilo
sagrado; y éste lo garantizará de vuestras manos, hasta que yo lo haya
devuelto al uso de sus facultades, ó haya perdido mi trabajo en
intentarlo.
ADRIANA.--Quiero cuidar á mi esposo, ser su custodia, su enfermera, pues
es mi obligación; y no quiero otro agente que yo misma. Así dejadme
conducirle á mi casa.
LA ABADESA.--Tened paciencia; no lo dejaré salir de aquí hasta que no
haya empleado los medios probados que poseo; jarabes, drogas saludables
y santas oraciones, para restablecerle en el estado natural del hombre;
es una parte de mi voto, un deber caritativo de mi orden; así retiraos y
dejadle confiado á mis cuidados.
ADRIANA.--No me moveré de aquí, y no dejaré aquí á mi esposo. Sienta mal
á vuestra santidad el separar al marido y la mujer.
LA ABADESA.--Calmaos y retiraos. Vos no lo tendréis.
(-Sale la abadesa.-)
LUCIANA.--Quejaos al duque de esta indignidad.
ADRIANA.--Vamos, venid: caeré prosternada á sus piés y no me levantaré
hasta que mis lágrimas y mis ruegos hayan comprometido á Su Alteza á
venir en persona al monasterio, para quitar por fuerza mi esposo á la
abadesa.
EL MERCADER.--El horario de este cuadrante creo que marca las cinco.
Estoy seguro de que en este momento, el duque se dirige en persona hacia
la triste llanura, lugar de muerte y de tristes ejecuciones, que está
detrás de los fosos de esta abadía.
ANGELO.--¿Y por qué causa va allí?
EL MERCADER.--Para ver cortar públicamente la cabeza de un respetable
mercader de Siracusa que ha tenido la desgracia de infringir las leyes y
los estatutos de esta ciudad, abordando á esta bahía.
ANGELO.--En efecto, helos aquí que vienen: vamos á asistir á la
ejecución.
LUCIANA.--(-A su hermana.-) Arrojaos á los piés del duque, antes que
haya pasado la abadía. (-Entran el duque con su cortejo, Ægeón, con la
cabeza descubierta, el verdugo, guardias y otros oficiales.-)
EL DUQUE.--(-A un pregonero público.-) Proclamad públicamente una vez
más, que si hay algún amigo que quiera pagar la suma por él, no morirá,
pues nos interesamos en su suerte!
ADRIANA.--(-Arrojándose á las rodillas del duque.-) ¡Justicia contra la
abadesa!
EL DUQUE.--Es una señora virtuosa y respetable: no es posible que os
haya hecho mal.
ADRIANA.--Que Vuestra Alteza se digne oirme: Antífolo, mi esposo, á
quien hice dueño de mi persona y de cuanto poseía, conforme á vuestras
cartas presentes, ha sido atacado, en este día fatal, por un espantoso
acceso de locura. Se ha lanzado furioso á la calle (y con él su esclavo
que está loco también) ultrajando á los ciudadanos, entrando por fuerza
en sus casas, llevándose sortijas, joyas, todo lo que agradaba á su
capricho. He logrado hacerlo atar una vez y conducirlo á mi casa,
mientras iba yo á reparar los perjuicios que su furia había causado aquí
y allá en la ciudad. Sin embargo, no sé por qué medio ha podido
escaparse; se ha desembarazado de los que le custodiaban, seguido de su
esclavo, alienado como él; ambos, impulsados por una rabia desenfrenada,
con las espadas desnudas, nos han encontrado y han venido á caer sobre
nosotros y nos han puesto en fuga hasta que provistas de nuevos
refuerzos hemos vuelto para detenerlos; entonces se han escapado á esta
abadía, donde les hemos perseguido. Y he aquí que la abadesa nos cierra
las puertas y no nos permite buscarle, ni hacerle salir, con el fin de
que podamos llevarle. Así, muy noble duque, con vuestra autoridad,
ordenad que lo traigan y lo lleven á su casa, para que allí sea
auxiliado.
EL DUQUE.--Vuestro esposo ha servido ya en mis guerras y os he prometido
mi palabra de príncipe, cuando lo admitisteis á compartir vuestro lecho,
hacerle todo el bien que podría depender de mí. Id, alguno de vosotros,
tocad á las puertas de la abadía y decid á la señora abadesa que venga á
hablarme: quiero arreglar esto antes de pasar á otra cosa. (-Entra un
criado.-)
EL CRIADO.--¡Oh! ama mía, ama mía, huíd, poneos en salvo! Mi amo y su
esclavo se han escapado; han golpeado á las sirvientas una tras otra y
amarrado al doctor y quemádole las barbas con tizones encendidos; y á
medida que ardían, le han arrojado baldes de fango infecto para apagar
el fuego de sus cabellos. Mi amo le exhorta á la paciencia, mientras que
su esclavo le trasquila con tijeras como á un loco; y seguramente, si no
enviáis socorro al instante, matarán al mágico entre los dos.
ADRIANA.--Calla; imbécil: tu amo y su criado están aquí; y todo lo que
dices, no es más que un cuento.
EL CRIADO.--Ama, por mi vida, os digo la verdad. Desde que ví esta
escena he corrido casi sin respirar. Grita contra vos, y jura que si
puede cogeros, os tostará la cara y os desfigurará. (-Se oyen gritos en
el interior.-) Escuchad, escuchad; ya le oigo; huíd, ama mía, escapaos!
EL DUQUE.--(-A Adriana.-) Venid, poneos junto á mí. No tengáis ningún
temor. Guardadla con vuestras alabardas.
ADRIANA.--(-Viendo entrar á Antífolo de Éfeso.-) ¡Oh dioses! ¡Es mi
esposo! Sed testigos, que reaparece aquí como un espíritu invisible. No
hace sino un momento que le hemos visto refugiarse en esta abadía, y
hele aquí ahora que llega por otro lado. ¡Esto sobrepuja la inteligencia
humana!
(-Entran Antífolo y Dromio de Éfeso.-)
ANTÍFOLO.--¡Justicia, generoso duque! ¡Oh! ¡Aseguradme justicia! En
nombre de los servicios que os he hecho en tiempos pasados, cuando os he
cubierto con mi cuerpo en el combate y he recibido profundas heridas por
salvar vuestra vida; en nombre de la sangre que perdí entonces por vos,
acordadme justicia.
ÆGEÓN.--Si el temor de la muerte no me ha trastornado la razón, es á mi
hijo Antífolo á quien veo, y á Dromio.
ANTÍFOLO.--¡Justicia, buen príncipe, contra esta mujer que véis allí!
Ella, á quien me habéis dado vos mismo por esposa, me ha ultrajado y
deshonrado, con la más grande y la más cruel afrenta. La injuria que sin
pudor me ha hecho hoy, sobrepuja la imaginación.
EL DUQUE.--Explicaos y me encontraréis justo.
ANTÍFOLO.--Hoy mismo, poderoso duque, ha cerrado para mí las puertas de
mi casa, mientras que ella se regalaba allí con bribones infames.
EL DUQUE.--Grave falta; responde, mujer: ¿has obrado así?
ADRIANA.--No, mi digno señor. Yo, él y mi hermana, hemos comido hoy
juntos. ¡Que caiga sobre mi alma la acusación, sí no es enteramente
falsa!
LUCIANA.--¡Que jamás vuelva yo á ver la luz del día, ni á reposar en la
noche, si ella no dice la pura verdad á Vuestra Alteza!
ANGELO.--¡Oh mujer perjura! Una y otra juran en falso. Sobre este punto,
el loco las acusa con justicia.
ANTÍFOLO.--Mi soberano, sé lo que digo. No estoy perturbado por los
vapores del vino, ni extraviado por el desorden de la cólera, aunque las
injurias que he recibido bastarían para hacer perder la razón á un
hombre más prudente que yo. Esta mujer me ha impedido entrar hoy á mi
casa para comer: este platero que véis, si no estuviese de acuerdo con
ella, podría atestiguarlo, pues estaba conmigo entonces; me ha dejado
para ir á buscar una cadena, prometiendo traérmela al Puerco-Espín,
donde Baltasar y yo comimos juntos; terminada nuestra comida y no
volviendo él, he ido á buscarle y le he encontrado en la calle en
compañía de este caballero. Allí este platero perjuro me ha jurado
descaradamente haberme entregado una cadena que ¡lo sabe Dios! no he
visto jamás, ¡y por esta causa me ha hecho prender por un sargento! He
obedecido y he enviado mi criado á mi casa á buscar algunos ducados.
Volvió, pero sin dinero. Entonces rogué cortesmente al oficial que me
acompañase él mismo hasta mi casa. En el camino hemos encontrado á mi
esposa, su hermana y toda una caterva de viles cómplices; traían con
ellos á un tal Pinch, un perdido, de cara flaca y aire de hambriento, un
esqueleto descarnado, un charlatán, decidor de buena aventura,
escamoteador remendado, un miserable necesitado, de ojos hundidos y
mirada maliciosa, una momia ambulante. Este pillo peligroso ha osado
hacerse pasar por mágico, mirándome los ojos, tomándome el pulso,
despreciándome en mi presencia. Él, que apenas es un ente, ha exclamado
que yo estaba loco. En seguida todos han caído sobre mí, me han
amarrado, arrastrado y sumergido á mí y á mi criado, atados ambos, en
una húmeda y tenebrosa cueva de mi casa. Al fin royendo mis lazos con
los dientes, los he roto; he recobrado mi libertad y he corrido en
seguida en busca de Vuestra Alteza; conjúrola que me haga dar una
satisfacción amplia por estas indignidades y las afrentas inauditas que
me han hecho sufrir.
ANGELO.--Mi príncipe, en toda verdad, mi testimonio se acuerda con el
suyo en que no ha comido en su casa sino que le han cerrado la puerta.
EL DUQUE.--¿Pero le habéis entregado ó no la cadena en cuestión?
ANGELO.--La ha recibido de mí, Alteza; y cuando corría en esta calle,
esta gente ha visto la cadena en su cuello.
EL MERCADER.--Además, yo juraré que con mis propios oídos os he oído
confesar que habíais recibido de él la cadena, después de haberlo negado
con juramento en la plaza del Mercado. En esta ocasión es cuando saqué
la espada contra vos: entonces os escapasteis en esta abadía, de donde
creo habéis salido por milagro.
ANTÍFOLO.--Jamás he entrado en el recinto de esta abadía; jamás habéis
sacado la espada contra mí; jamás he visto la cadena: ¡tomo por testigo
al cielo! Y todo lo que me imputáis es mentira.
EL DUQUE.--¡Qué acusación tan enredada! Creo que habéis bebido todos en
la copa de Circeo. Si hubiera entrado en esta casa, allí estaría aún; si
estuviese loco, no defendería su causa con tanta sangre fría. Decís que
ha comido en su casa; el platero lo niega. ¿Y tú, tunante, qué dices tú?
DROMIO.--Príncipe, ha comido con esta mujer en el Puerco-Espín.
LA CORTESANA.--Sí, mi príncipe, ha cogido de mi dedo esa sortija que le
véis.
ANTÍFOLO.--Es verdad, mi soberano, es de ella de quien tengo esta
sortija.
EL DUQUE.--(-A la cortesana.-) ¿Le habéis visto entrar en esta abadía?
LA CORTESANA.--Tan seguro, mi príncipe, como lo es, que veo á Vuestra
Gracia.
EL DUQUE.--Es extraño! Id á decir á la abadesa que se presente aquí:
creo, verdaderamente, que estáis todos de acuerdo ó completamente locos.
(-Uno de la gente del duque va á buscar á la abadesa.-)
ÆGEÓN.--Poderoso duque, acordadme la libertad de decir una palabra.
Quizás veo aquí un amigo que salvará mi vida y pagará la suma que puede
libertarme.
EL DUQUE.--Decid libremente, siracusano, lo que queráis.
ÆGEÓN.--(-Á Antífolo.-) ¿Vuestro nombre, señor, no es Antífolo? ¿Y no es
ese vuestro esclavo Dromio?
DROMIO DE ÉFESO.--No hace aún una hora, señor, que era su esclavo: pero
él, se lo agradezco, ha cortado mis cuerdas con sus dientes; y ahora soy
Dromio y su servidor, pero ya no esclavo.
ÆGEÓN.--Estoy seguro que los dos os acordáis de mí.
DROMIO DE ÉFESO.--Nos acordamos de nosotros mismos, señor, en viéndoos;
pues hace algunos instantes que estábamos ligados, como lo estáis vos
ahora. ¿No sois un enfermo de Pinch, no es verdad, señor?
ÆGEÓN.--(-Á Antífolo.-) ¿Por qué me miráis como á un extraño? Me
conocéis bien.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Jamás en mi vida os he visto, hasta este momento.
ÆGEÓN.--¡Oh! la tristeza me ha cambiado desde la última vez que me
habéis visto; mis horas de inquietud, y la mano destructora del tiempo
han grabado extrañas alteraciones sobre mi rostro. Pero decidme aún ¿no
reconocéis mi voz?
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Tampoco.
ÆGEÓN.--¿Y tú, Dromio?
DROMIO DE ÉFESO.--Ni yo, señor; os lo aseguro.
ÆGEÓN.--Y yo estoy seguro que la reconoces.
DROMIO DE ÉFESO.--¿Sí, señor? Y yo estoy seguro que no, y lo que un
hombre os niega, estáis obligado ahora á creerlo.
ÆGEÓN.--¡No reconocer mi voz! ¡Oh estrago del tiempo! ¡Has deformado y
entorpecido á tal punto mi lengua, en el corto espacio de siete años,
que mi hijo único no pueda ya reconocer mi débil voz que hacen vibrar
desapacible los cuidados! Aunque mi rostro surcado de arrugas, esté
oculto bajo la nieve del invierno que hiela la savia; aunque todos los
canales de mi sangre estén helados; sin embargo, un resto de memoria
reluce en la noche de mi vida; las antorchas medio consumidas de mi
vista, despiden aún alguna pálida claridad; mis orejas ensordecidas me
sirven aún para oir un poco; y todos estos viejos testigos (no, no puedo
equivocarme) me dicen que eres mi hijo Antífolo.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Nunca en mi vida he visto á mi padre.
ÆGEÓN.--No hace aún siete años, joven, lo sabes, que nos hemos separado
en Siracusa: pero puede ser, hijo mío, que tengas vergüenza de
reconocerme en el infortunio.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--El duque, y todos los de la ciudad que me conocen,
pueden atestiguar conmigo que eso no es verdad. No he visto jamás
Siracusa, en toda mi vida.
EL DUQUE.--Te aseguro, siracusano, que desde ha veinte años que soy el
protector de Antífolo, jamás ha visto Siracusa: veo que tu edad y tu
peligro perturban tu razón. (-Entra la abadesa, seguida de Antífolo y
de Dromio de Siracusa.-)
LA ABADESA.--Muy poderoso duque, he aquí un hombre cruelmente ultrajado.
(-Todo el mundo se aproxima y se apresura para ver.-)
ADRIANA.--Veo dos maridos, ó mis ojos me engañan.
[Illustration]
EL DUQUE.--Uno de estos dos hombres es sin duda el genio del otro; y lo
mismo sucede con estos dos esclavos. ¿Cuál de los dos es el hombre
natural y cuál el espíritu? ¿Quién puede distinguir al uno del otro?
DROMIO DE SIRACUSA.--Soy yo, señor, quien soy Dromio; ordenad á ese
hombre que se retire.
DROMIO DE ÉFESO.--Soy yo, señor, quien soy Dromio: permitid que me
quede.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA.--¿No eres Ægeón, ó eres su fantasma?
DROMIO DE SIRACUSA.--¡Oh mi viejo amo! ¿Quién lo ha cargado aquí con
estos lazos?
LA ABADESA.--Cualquiera que sea el que le ha encadenado, le libertaré de
su cadena y ganaré un esposo. Hablad, viejo Ægeón, si sois el hombre que
tuvo una esposa, hace tiempo, llamada Emilia, que os dió á la vez dos
hermosos niños; ¡oh! ¡si sois el mismo Ægeón, hablad, y hablad á la
propia Emilia!
ÆGEÓN.--Si no sueño, eres Emilia; si eres Emilia dime ¿dónde está este
hijo que flotaba contigo sobre aquella balsa fatal?
LA ABADESA.--Él y yo con el gemelo Dromio, fuímos recogidos por
habitantes de Epidamno; pero un momento después, pescadores feroces de
Corinto les quitaron por fuerza á Dromio y á mi hijo, y me dejaron con
los de Epidamno. Lo que fué de ellos después, no puedo decirlo; á mí, la
fortuna me ha colocado en el estado en que me véis.
EL DUQUE.--He aquí que principia á confirmarse la historia de esta
mañana; ¡estos dos Antífolo, estos dos hijos tan parecidos, y estos dos
Dromio tan semejantes! He aquí los padres de estos dos niños que la
casualidad reune. Antífolo, ¿has venido primero de Corinto?
ANTÍFOLO DE SIRACUSA.--No, príncipe; yo no: vine de Siracusa.
EL DUQUE.--Vamos, teneos separados; no puedo distinguiros uno de otro.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Vine de Corinto, mi bondadoso señor.
DROMIO DE ÉFESO.--Y yo con él.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Conducido a esta ciudad por vuestro tío, el duque
Menafón, guerrero tan famoso.
ADRIANA.--¿Cuál de los dos ha comido conmigo hoy?
ANTÍFOLO DE SIRACUSA.--Yo, mi bella dama.
ADRIANA.--¿Y no sois vos mi esposo?
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--No, á eso digo yo no.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA.--Y convengo con vos; aunque ella me haya dado este
título...., y que esta bella señorita, su hermana, que he ahí, me haya
llamado su hermano.--Lo que os he dicho entonces, espero tener un día la
ocasión de probároslo, si todo lo que veo y oigo no es un sueño.
ANGELO.--He aquí la cadena, señor, que habéis recibido de mí.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA.--Lo creo, señor, no lo niego.
ANTÍFOLO DE ÉFESO (-á Angelo-).--Y vos, señor, me habéis hecho prender
por esta cadena.
ANGELO.--Creo que sí, señor; no lo niego.
ADRIANA (-á Antífolo de Éfeso.-)--Os he enviado dinero, señor, para
serviros de caución, por Dromio; pero creo que no os lo ha llevado.
(-Señalando á Dromio de Siracusa.-)
DROMIO DE SIRACUSA.--No, yo no.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA.--He recibido de vos esta bolsa de ducados; y es
Dromio, mi criado, quien me la ha traído: veo ahora que cada uno de
nosotros ha encontrando el criado del otro; yo he sido tomado por él, y
él por mí; y de aquí han provenido todas estas equivocaciones.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Empeño aquí estos ducados por el rescate de mi
padre, que he aquí.
EL DUQUE.--Es inútil; doy la vida á vuestro padre.
LA CORTESANA (-á Antífolo de Éfeso.-)--Señor, es necesario que me
volváis este diamante.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Helo aquí, tomadle, y muchas gracias por vuestra
buena carne.
LA ABADESA.--Ilustre duque, dignaos daros la molestia de entrar con
nosotros en esta abadía; oiréis la historia entera de nuestras
aventuras. Y vosotros todos, que estáis reunidos en este lugar y que
habéis sufrido algún perjuicio por las equivocaciones recíprocas de este
día, venid, acompañadnos, y tendréis plena satisfacción. Durante
veinticinco años enteros, he sufrido los dolores del alumbramiento, á
causa de vosotros, hijos míos, y no es sino en esta hora cuando estoy al
fin desembarazada de mi penoso fardo. El duque, mi marido, mis dos hijos
y vosotros que marcáis la fecha de su nacimiento, venid conmigo á una
fiesta de puerperio; á tan largos dolores debe suceder tal natividad.
EL DUQUE.--Con todo mi corazón; quiero apadrinar esta fiesta. (-Salen el
duque, la abadesa, Ægeón, la cortesana, el mercader y el séquito.-)
DROMIO DE SIRACUSA.--(-A Antífolo de Éfeso.-) Mi amo, ¿iré á tomar
vuestro equipaje á bordo?
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Dromio, ¿qué equipaje á bordo has embarcado?
DROMIO DE SIRACUSA.--Todos vuestros efectos, señor, que teníais en el
albergue del Centauro.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA.--Es á mí á quien quiere hablar: soy yo, quien soy
tu amo, Dromio. Vamos, ven con nosotros: trataremos de arreglar eso más
tarde: abraza á tu hermano y diviértete con él. (-Los dos Antífolos
salen.-)
DROMIO DE SIRACUSA.--Hay en la casa de vuestro amo una amiga gorda, que
hoy en la comida me ha ENCOCINADO tomándome por vos. En lo sucesivo será
mi hermana y no mi esposa.
DROMIO DE ÉFESO.--Me parece que sois mi espejo en lugar de ser mi
hermano. Veo en vuestro rostro que soy un muchacho bonito. ¿Queréis
entrar para ver su fiesta?
DROMIO DE SIRACUSA.--No es á mí, señor, á quien toca pasar el primero:
sois el mayor.
DROMIO DE ÉFESO.--Es una cuestión: ¿cómo la resolveremos?
DROMIO DE SIRACUSA.--Tiraremos á la paja corta para decidirla. Hasta
entonces, pasa tú delante.
DROMIO DE ÉFESO.--No, tengámonos así. Hemos entrado en el mundo como dos
hermanos: entremos aquí mano en mano y no uno delante del otro.
(-Salen.-)
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