rechaza del mismo modo.
ANGELO.--Iré á encontraros á esta cita dentro de una hora.
ANTÍFOLO.--Hacedlo; esta broma me costará algún gasto.
ESCENA II.
La casa de Antífolo de Éfeso.
LUCIANA aparece con ANTÍFOLO de Siracusa.
LUCIANA.--¡Ah! ¿Es posible que hayáis olvidado completamente los deberes
de un marido? Qué, Antífolo, ¿vendrá el odio desde la primavera del amor
á corromper los primeros brotes de vuestro amor? ¿El edificio empezado á
fabricar por el amor amenazará ruina desde ahora? Si habéis desposado á
mi hermana por su riqueza, al menos, por consideración á ésta, tratadla
con más bondad. Si amáis en otra parte, hacedlo en secreto; ocultad
vuestro amor pérfido con alguna apariencia de misterio y que mi hermana
no lo lea en vuestros ojos. Que vuestra lengua no sea heraldo de vuestra
vergüenza; el aspecto afable, las palabras honestas convienen á la
deslealtad; revestid al vicio con la librea de la virtud; conservad la
actitud de la inocencia, aunque vuestro corazón sea culpable; enseñad al
crimen á llevar el exterior de la santidad; sed pérfido en silencio.
¿Qué necesidad hay de que ella sepa nada? ¿Qué ladrón es tan torpe que
se jacte de su propio delito? Es doble injuria abandonar vuestro lecho y
hacerlo comprender en la mesa por vuestro aspecto. Hay para el vicio una
especie de buena fama bastarda cuando se le maneja con habilidad. Las
malas acciones se duplican con las malas palabras. ¡Ah! ¡Pobres mujeres!
Puesto que es fácil engañarnos, hacednos creer á lo menos que nos amáis.
Si otras tienen el brazo, mostradnos al menos la manga; estamos
avasalladas á todos vuestros movimientos y nos hacéis mover como
queréis. Vamos, querido hermano, entrad en casa; consolad á mi hermana,
regocijadla, llamadla vuestra esposa. Es una mentira santa el faltar un
poco á la sinceridad, cuando la dulce voz de la lisonja subyuga á la
discordia.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA.--Amada señora (pues no conozco vuestro nombre ni
sé por qué prodigio habéis podido acertar con el mío), vuestra
inteligencia y vuestra gracia hacen de vos nada menos que una maravilla
del mundo. Sois una criatura divina; enseñadme lo que debo pensar, lo
que debo decir. Manifestad á mi inteligencia grosera, terrena, ahogada
por los errores, débil, ligera y superficial, el sentido del enigma
oculto en el disfraz de vuestras palabras. ¿Por qué trabajáis contra la
sencilla rectitud de mi alma para hacerla vagar por un campo
desconocido? ¿Sois un dios? ¿Querríais crearme de nuevo? Transformadme,
pues, y cederé á vuestro poder. Pero si soy yo mismo, sé bien entonces
que vuestra llorosa hermana no es mi esposa ni debo homenaje alguno á su
lecho. Mucho más, mucho más arrastrado me siento hacia vos. ¡Ah! No me
atraigas con tus cantos, dulce sirena, para ahogarme en la corriente de
las lágrimas de tu hermana. Canta, sirena, para ti misma y te adoraré;
extiende sobre la onda plateada tus dorados cabellos y serás el lecho
donde me recline. Si tal gloria fuese posible, ¡dichoso aquel que
muriera teniendo semejante modo de morir! Que el amor, este sér ligero,
se ahogue, si se hunde bajo las aguas.
LUCIANA.--¡Qué! ¿Estáis loco para discurrir de esta manera?
ANTÍFOLO.--No, no estoy loco; estoy subyugado, no sé cómo.
LUCIANA.--Es una ilusión de vuestros ojos.
ANTÍFOLO.--Por haber visto de cerca vuestros rayos, brillante sol.
LUCIANA.--No veáis sino lo que debéis ver, y vuestra vista se
despejará.
ANTÍFOLO.--Tanto vale cerrar los ojos, dulce amor, como abrirlos en la
oscuridad.
LUCIANA.--¡Qué! ¿Me llamáis amor? Dad ese nombre á mi hermana.
ANTÍFOLO.--Á la hermana de vuestra hermana.
LUCIANA.--Queréis decir mi hermana.
ANTÍFOLO.--No: sino tú misma; tú, la mejor mitad de mi sér; la pura luz
de mis pupilas; el caro corazón de mi corazón; mi alimento, mi fortuna y
el único anhelo de mi tierna esperanza; tú, mi cielo en la tierra, toda
mi ambición en el cielo.
[Illustration]
LUCIANA.--Mi hermana es todo esto, ó al menos, debería serlo.
ANTÍFOLO.--Toma tú misma el nombre de hermana, mi bien amada, pues es á
ti á quien aspiro: es á ti á quien quiero amar; es contigo con quien
quiero pasar mi vida. No tienes esposo aún, ni yo tengo aún esposa. Dame
tu mano.
LUCIANA.--¡Oh! Poco á poco, señor: esperad, voy á traer á mi hermana
para pedirle su consentimiento.
(-Sale Luciana.--Entra Dromio de Siracusa.-)
ANTÍFOLO DE SIRACUSA.--¡Y bien! ¿Qué ocurre, Dromio? ¿Á dónde corres tan
aprisa?
DROMIO.--¿Me conocéis, señor? ¿Soy Dromio? ¿Soy vuestro criado? ¿Soy yo,
yo mismo?
ANTÍFOLO.--Eres Dromio, eres mi criado, eres tú mismo.
DROMIO.--Soy un asno, soy el hombre de una mujer, y todo esto sin ser yo
parte en ello.
ANTÍFOLO.--¡Cómo! ¿El hombre de qué mujer? ¿Y cómo sin que seas parte en
ello?
DROMIO.--Á fe mía, señor, que sin saber cómo pertenezco á una mujer; á
una mujer que me reivindica; á una mujer que me persigue; á una mujer
que está resuelta á tenerme.
ANTÍFOLO.--¿Qué derechos alega sobre ti?
DROMIO.--¡Ah! señor, el derecho que alegaríais sobre vuestro cabello;
pretende poseerme como á una bestia de carga: no que quiera tenerme por
ser yo una bestia, sino que siendo ella una criatura enteramente
bestial, quiere tener derechos sobre mí.
ANTÍFOLO.--¿Quién es ella?
DROMIO.--Un cuerpo muy venerable: sí, uno del cual un hombre no puede
hablar sin decir: «Muy reverendo señor.» Bien flaca suerte me cabría en
esta unión, y sin embargo, es un casamiento maravillosamente gordo.
ANTÍFOLO.--¿Qué quieres decir por un casamiento maravillosamente gordo?
DROMIO.--¡Oh! sí, señor: es la moza de cocina, y con más grasa que piel.
Ni se me ocurre lo que podré hacer con ella, á menos que sea hacerla
arder como una lámpara para escaparme lejos á favor de su propia
claridad. Garantizo que los andrajos con que se viste y el sebo de que
están impregnados calentarían el invierno de Polonia: y si viviese hasta
el juicio final, podría arder una semana más que el mundo entero.
ANTÍFOLO.--¿Cuál es el color de su rostro?
DROMIO.--Prieto como el cuero de mis zapatos, pero está lejos de tener
la cara como ellos. ¿Por qué? Porque suda de modo que un hombre tendría
que calzar zuecos para andar sobre esa mugre.
ANTÍFOLO.--Esa es una falta que el agua puede corregir.
DROMIO.--No, señor, está dentro de la piel: el diluvio de Noé no
llegaría á limpiarla.
ANTÍFOLO.--¿Cuál es su nombre?
DROMIO.--Ana, señor; pero su nombre y tres cuartos, quiero decir, una
ana y tres cuartos no bastarían para medirla de un cuadril al otro.
ANTÍFOLO.--¿Mide, pues, algún ancho?
DROMIO.--No es más larga de la cabeza á los piés que ancha de un cuadril
á otro. Es esférica como un globo; podría marcar los paises sobre ella.
ANTÍFOLO.--¿En qué parte de su cuerpo está la Irlanda?
DROMIO.--Á fe mía, señor, en las nalgas: lo he reconocido por las aguas
cenagosas.
ANTÍFOLO.--¿En dónde la Escocia?
DROMIO.--Lo he reconocido por lo ávida: está en la palma de la mano.
ANTÍFOLO.--¿Y la Francia?
DROMIO.--Sobre su frente, armada y volteada, y en guerra con sus
cabellos.
ANTÍFOLO.--¿Y la Inglaterra?
DROMIO.--He buscado las rocas de yeso: pero no he podido reconocer en
ellas ninguna blancura; conjeturo que podrá hallarse sobre la barba,
según el flujo salobre que corría entre ella y la Francia.
ANTÍFOLO.--¿Y la España?
DROMIO.--Á fe mía que no la he visto; pero la he sentido en el calor de
su aliento.
ANTÍFOLO.--¿Dónde están las Américas y las Indias?
DROMIO.--¡Oh! señor, en su nariz; completamente adornada de rubíes,
escarbunclos y zafiros, é inclinando su rico aspecto hacia el cálido
aliento de la España que enviaba flotas enteras á cargar lastre en su
nariz.
ANTÍFOLO.--¿Dónde estaban la Bélgica y los Paises Bajos?
DROMIO.--¡Oh! señor; no he estado á ver tan abajo. Para concluir: este
limpión ó bruja ha reclamado sus derechos sobre mí, me ha llamado
Dromio, ha jurado que estaba comprometido con ella, me ha dicho las
señales particulares que tenía en el cuerpo, por ejemplo, la mancha que
tengo en la espalda, el lunar que hay en mi cuello, la gran berruga que
tengo en el brazo izquierdo; de modo que, absorto y confundido, he huído
lejos de ella, como de una bruja. Y creo que si mi pecho no hubiese
estado tan lleno de fe y mi corazón tan templado como el acero, me
habría metamorfoseado en perro rabón ó me habría hecho dar vueltas al
asador.
ANTÍFOLO.--Vete, márchate en seguida; corre al gran camino: si el viento
sopla de cualquier modo de la playa, por poco que sea, no quiero pasar
la noche en esta ciudad. Si hay alguna barca lista á darse á la vela,
vuelve al mercado donde me estaré paseando hasta que vuelvas. Si todo el
mundo nos conoce, no conociendo nosotros á nadie, paréceme que es tiempo
de alistar el equipaje y partir.
DROMIO.--Como huiría un hombre para salvar de las garras de un oso su
vida, así huyo yo de esa que pretende ser mi esposa.
ANTÍFOLO.--En este país no habitan sino brujas, y por consiguiente debía
ya haberme ido. Mi corazón aborrece la que me llama su marido; pero su
encantadora hermana posee gracias maravillosas y soberanas; su aire y
sus discursos son tan encantadores que casi me he hecho traición á mí
mismo. Y para no causar yo mi propio daño, taparé mis oídos ante los
cantos de la sirena.
(-Entra Angelo-).
ANGELO.--¿Señor Antífolo?
ANTÍFOLO.--Sí, ese es mi nombre.
ANGELO.--Lo sé bien, señor. Tomad, he aquí vuestra cadena. Creía
encontraros en el «Puerco-espín: la cadena no estaba terminada aún; es
lo que me ha retardado tanto tiempo.
ANTÍFOLO.--¿Qué queréis que haga de esto?
ANGELO.--Lo que gustéis, señor; la he hecho para vos.
ANTÍFOLO.--¡Hecha para mí, señor!--No os la he ordenado.
ANGELO.--No una vez, no dos veces, sino veinte veces. Id á vuestro
alojamiento y haced la corte á vuestra esposa con este regalo; y luégo,
á la hora de cena, volveré á veros y á recibir el importe de mi cadena.
ANTÍFOLO.--Os ruego, señor, que recibáis el dinero al instante, no sea
que no volváis á ver ni cadena ni dinero.
ANGELO.--Sois jovial, señor; adios, hasta luégo.
(-Sale.-)
ANTÍFOLO.--Me sería imposible decir lo que debo pensar de todo esto;
pero lo que sé muy bien, al menos, es que no existe hombre tan tonto
para despreciar, cuando se le ofrece, una cadena tan hermosa. Veo que
aquí un hombre no necesita atormentarse para vivir, puesto que se hacen
en las calles tan ricos presentes. Voy á ir á la plaza del mercado á
esperar allí á Dromio; si algún buque se hace á la vela, parto en
seguida.
[Illustration]
ACTO IV.
ESCENA I.
La escena pasa en la calle.
UN MERCADER, ANGELO, UN OFICIAL DE JUSTICIA.
EL MERCADER.--(-A Angelo.-)
Sabéis que se debe la cantidad desde Pentecostés, y que desde ese tiempo
no os he importunado mucho; ni lo haría aun hoy mismo si no partiese
para Persia y no tuviese necesidad de guilder para mi viaje; así
satisfacedme inmediatamente, ú os hago prender por este oficial.
ANGELO.--Exactamente la misma cantidad de que os soy deudor, me es
debida por Antífolo; y en el instante en que os he encontrado, acababa
de entregarle una cadena. Á las cinco recibiré su precio: hacedme el
placer de venir conmigo hasta su casa, donde os pagaré mi obligación, y
os daré las gracias.
(-Entran Antífolo de Éfeso y Dromio de Éfeso.-)
EL OFICIAL.--(-Apercibiéndoles, á Angelo.-) Podéis evitaros la molestia:
mirad, he aquí que llega.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Mientras voy á casa del platero, vé, tú, á comprar
un pedazo de cuerda; quiero servirme de ella para mi esposa y sus
cómplices, por haberme cerrado la puerta en pleno día.--¡Pero despacio!
Veo al platero.--Véte; compra una soga y tráemela á casa.
(-Sale.-)
DROMIO DE ÉFESO.--¡Ah! ¡Voy á comprar una soga!
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--¡Muy lucido queda un hombre cuando cuenta con vos!
Había prometido vuestra visita y la cadena; pero no he visto ni cadena
ni platero. Probablemente pensasteis que mi amor á mi esposa duraría
demasiado tiempo si lo encadenabais; y por tanto, no habéis venido.
ANGELO.--Con permiso de vuestro jovial humor, he aquí la cuenta del peso
de vuestra cadena, hasta el último quilate, la ley del oro y el precio
de la hechura: todo lo cual importa tres ducados más que lo que debo á
este señor.--Os ruego, me hagáis el favor de cancelarme con él desde
luégo, pues está próximo á embarcarse y no espera sino esto para partir.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--No traigo conmigo la cantidad necesaria; por otra
parte, tengo algunos negocios en la ciudad.--Conducid á este extranjero
á mi casa; llevad con vos la cadena, y al entregarla á mi esposa,
decidle que salde la suma; quizás estaré allí al mismo tiempo que vos.
ANGELO.--¿Entonces llevaréis la cadena vos mismo?
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--No; tomadla con vos; no sea que yo llegue tarde.
ANGELO.--Vamos, señor, está bien. ¿La tenéis con vos?
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Si no la tengo, es porque vos la tenéis; sin lo
cual, podríais volveros sin vuestro dinero.
ANGELO.--Vamos, señor, os ruego que me déis la cadena. El viento y la
marea esperan á este caballero y tengo que reprocharme el haberle
retenido aquí tanto tiempo.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Señor mío, os valéis de este pretexto para excusar
vuestra falta de palabra, al no haberla llevado al Puerco-Espín; es á mí
á quien toca regañaros por esto. Pero, á fuer de astuto, principiáis por
ser el primero en querellarse.
EL MERCADER.--La hora avanza. Señor, os ruego que os déis prisa.
ANGELO.--¿Véis cómo me importuna...? Pronto, la cadena.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--¡Y bien! Llevadla á mi esposa, y recibid vuestro
dinero.
ANGELO.--Vamos, vamos; sabéis que os la he dado hace un momento. Enviad
la cadena, ó entregadme alguna prenda.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Veo que lleváis la broma hasta el exceso. Veamos,
¿dónde está la cadena? Dejadme verla.
EL MERCADER.--Mis asuntos no permiten estas tardanzas; caro señor,
decidme si queréis satisfacerme ó no; si no queréis, voy á dejar á este
señor entre las manos del oficial.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--¿Yo, satisfaceros? ¿Y con qué satisfaceros?
ANGELO.--Dando el dinero que me debéis por la cadena.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--No os debo nada, mientras no la haya recibido.
ANGELO.--¡Ah! Sabéis que os la he entregado hace media hora.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--No me habéis dado ninguna cadena: mucho me ofendéis
diciéndome esto.
ANGELO.--Vos, señor, me ofendéis mucho más negándolo. Considerad cuánto
interesa esto á mi crédito.
EL MERCADER.--Vamos, oficial, prendedlo sobre mi demanda.
EL OFICIAL (-á Angelo.-)--Os prendo y os intimo obedecer en nombre del
duque.
ANGELO.--Esto compromete mi reputación. (-Á Antífolo.-) Ó consentís en
pagar la suma á mi saldo, ú os hago prender por este mismo oficial.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--¡Consentir en pagar una cosa que no he recibido,
jamás! Préndeme, loco, si te atreves.
[Illustration]
ANGELO.--He aquí los gastos. Prendedle, señor oficial... No perdonaría á
mi hermano en semejante caso, si me insultaba con tanto desprecio.
EL OFICIAL.--Os prendo, señor; oís la requisición.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Te obedezco, hasta que te dé caución. (-A Angelo.-)
Bribón, me pagarás esta broma con todo el oro que puede haber en tu
tienda.
ANGELO.--Señor, no dudo que obtendré justicia en Éfeso, para vergüenza
vuestra.
(-Entra Dromio de Siracusa.-)
DROMIO.--Señor, hay una barca de Epidauro que no espera sino que llegue
á bordo el armador, y se dará á la vela en seguida. He embarcado nuestro
equipaje; he comprado aceite, bálsamo y aguardiente. El navío está
aparejado; un buen viento sopla alegremente de tierra y no se espera
sino al armador y á vos, señor.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--¡Qué! ¿Te has vuelto loco? ¿Qué quieres decir,
imbécil? ¿Qué barco de Epidamno me espera á mí, pícaro?
DROMIO.--El barco al cual me habéis enviado para tomar nuestro pasaje.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Esclavo ebrio, te he enviado á buscar una soga, y te
he dicho para qué y lo qué quería hacer con ella.
DROMIO.--Es como si dijerais que me habíais enviado á ahorcarme. Me
habéis enviado á la bahía, señor, á buscar un buque.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Examinaré este asunto más despacio y enseñaré á tus
orejas á escucharme con más atención. Vé, pues, derecho á casa de
Adriana, pillo, dale esta llave y dile que en el pupitre que está
cubierto con una alfombra de Turquía, hay una bolsa llena de ducados;
que me la mande; dile que me han prendido en la calle y que este dinero
será una caución: corre pronto, esclavo: parte. Vamos, oficial, os sigo
á la cárcel, hasta que vuelva el criado. (-Salen.-)
DROMIO (-solo-).--¡Á casa de Adriana! Quiere decir á casa de aquella
donde hemos comido, donde Dulcebella me ha reclamado por marido: es
demasiado gorda para que yo alcance á abrazarla; pero es preciso que
vaya, aunque contra mi voluntad: pues es necesario que los criados
ejecuten las órdenes de sus amos.
(-Sale.-)
ESCENA II.
La escena pasa en la casa de Antífolo de Éfeso.
ADRIANA y LUCIANA.
ADRIANA.--¿Cómo, Luciana, te ha tentado hasta este punto? ¿Has podido
leer cuidadosamente en sus ojos si sus exigencias eran serias ó no?
¿Estaba colorado ó pálido, triste ó alegre? ¿Qué observaciones has hecho
en ese instante sobre los meteoros de su corazón que chispeaban en su
rostro?
LUCIANA.--Desde luégo, ha negado que tuviéseis derecho alguno sobre él.
ADRIANA.--Quería decir que él obraba como si yo no tuviera ninguno. Por
esto mismo estoy aún más indignada.
LUCIANA.--En seguida me ha jurado que era extranjero aquí.
ADRIANA.--Y ha jurado la verdad, pues ha perjurado de su hogar.
LUCIANA.--Entonces he intercedido por vos.
ADRIANA.--¡Y bien! ¿Qué ha dicho él?
LUCIANA.--El amor que yo reclamaba para vos, lo ha implorado de mí para
él.
ADRIANA.--¿Con qué persuasiones ha solicitado tu ternura?
LUCIANA.--En términos que hubiesen podido conmover, tratándose de una
pretensión honrada. Primero ha elogiado mi belleza, en seguida mi
inteligencia.
ADRIANA.--¿Le has respondido como debías?
LUCIANA.--Tened paciencia, os conjuro.
ADRIANA.--No puedo, ni quiero tenerme tranquila. Es necesario que se
satisfaga mi lengua, si no mi corazón. Es deforme, contrahecho, viejo y
marchito, feo de cara, peor configurado de cuerpo, de todo punto
deforme; vicioso, rudo, extravagante, tonto y bruto; detestable en los
hechos, y más detestable aún en los propósitos.
LUCIANA.--¿Y quién podría estar celosa de semejante hombre? Nunca se
llora un mal perdido.
ADRIANA.--¡Ah! Pero pienso mejor de él que lo que hablo. Y, no obstante,
quisiera que fuese aún más deforme á los ojos de los otros. El Avefría
grita lejos de su nido, para que se alejen de él. Mientras mi lengua le
maldice, mi corazón ruega por él.
(-Entra Dromio.-)
DROMIO.--Ea! venid. El pupitre, la bolsa: mis caras señoras, apresuraos.
LUCIANA.--¿Por qué estás tan fuera de aliento?
DROMIO.--Á fuerza de correr.
ADRIANA.--¿Dónde está tu amo, Dromio? ¿Está bien?
DROMIO.--No; está en los limbos del Tártaro, peor que en el infierno; un
diablo de eterno uniforme lo ha cogido; un diablo cuyo corazón está
revestido de acero, un malvado, un genio brutal é implacable; un lobo,
peor que lobo, un mozo vestido de piel de búfalo, un enemigo secreto que
os pone la mano sobre la espalda, y que os cierra el paso de avenidas,
esquinas y calles; en fin, alguien que arrastra las pobres almas al
infierno antes del juicio.
ADRIANA.--¡Hombre de Dios! ¿De qué se trata?
DROMIO.--No sé de qué se trata; pero le han prendido.
ADRIANA.--¡Qué! ¿Está preso? ¿Y por demanda de quién?
DROMIO.--No sé bien por demanda de quién está preso; todo lo que puedo
decir, es que el que lo ha prendido está vestido con uniforme de piel de
búfalo. ¿Queréis, señora, mandarle para rescatarse, el dinero que está
en el pupitre?
ADRIANA.--Vé á buscarlo, hermana mía. (-Luciana sale.-) Me extraña que
tenga deudas que yo ignore. Dime ¿le han prendido por un pagaré?
DROMIO.--No por un pagaré, sino á propósito de algo mas fuerte; una
cadena, una cadena: ¿no oís sonar?
ADRIANA.--¡Qué! ¿La cadena?
DROMIO.--No, no; la campana. Ya debía haberme marchado; eran las dos
cuando me separé de él; y he aquí que el reloj da la una.
ADRIANA.--¿Las horas retroceden pues? Jamás he oído tal cosa.
DROMIO.--¡Oh! sí, verdaderamente; cuando una de las dos horas encuentra
á un sargento, retrocede de miedo.
ADRIANA.--¡Como si el tiempo tuviera deudas! Razonas como un loco
rematado.
DROMIO.--El tiempo es un verdadero quebrado, y debe á la estación más de
lo que él vale. Y es un ladrón también; ¿no habéis oído decir que el
tiempo adelanta á paso de lobo, como un ladrón? Si el tiempo está
adeudado y es ladrón, y encuentra en el camino á un sargento, ¿no tiene
razón de retroceder una hora en un día?
ADRIANA.--Corre, Dromio, he aquí el dinero (-Luciana vuelve con la
bolsa-); llévalo pronto y trae á tu amo á casa inmediatamente. Venid,
hermana mía, estoy abatida por mis conjeturas que ya me animan, ya me
desalientan.
(-Salen.-)
ESCENA III.
Una calle de Éfeso.
ANTÍFOLO de Siracusa solo.
No encuentro un solo hombre que no me salude, como si fuese un amigo
familiar, y todos me llaman por mi nombre. Unos me ofrecen dinero,
otros me invitan á comer; estos me dan las gracias por servicios que les
he hecho; aquellos me ofrecen mercaderías en venta. Hace un momento un
sastre me ha llamado á su tienda y me ha mostrado sederías que había
comprado para mí; y á renglón seguido ha tomado la medida de mi cuerpo.
Seguramente que todo esto no es sino encanto, ilusiones, y los
hechiceros de Laponia habitan aquí.
(-Entra una cortesana.-)
DROMIO.--Amo, he aquí el oro que me enviásteis á buscar..... ¡Qué!
¿Habéis hecho vestir de nuevo el retrato del viejo Adam?
ANTÍFOLO.--¿Qué oro es ese? ¿De qué Adam quieres hablar?
DROMIO.--No del Adam que habitaba el paraíso, sino del Adam que mora en
la cárcel; de aquel que anda uniformado con piel del ternero muerto para
el hijo pródigo; aquel que vino tras de vos, señor, como un ángel malo,
y que os ha ordenado renunciar á vuestra libertad.
ANTÍFOLO.--No te entiendo.
DROMIO.--¿No? Y, no obstante, es una cosa bien sencilla: este hombre que
andaba como un violón en un estuche de cuero; el hombre, señor, que,
cuando los caballeros están cansados, les da un chasco y los arresta;
aquel que tiene piedad de los hombres arruinados, y les da un vestido de
cárcel; aquel que tiene la pretensión de hacer más hazañas con su maza
que una lanza morisca.
ANTÍFOLO.--¡Qué! ¿Quieres decir un sargento?
DROMIO.--Sí, señor, el sargento de las obligaciones: aquel que obliga á
cada individuo que falta á sus compromisos, á responder de ellos; hombre
que cree que uno está siempre á punto de acostarse y dice: «¡Dios os dé
buen descanso!»
ANTÍFOLO.--Vamos, amigo, dejémonos de locuras. ¿Hay algún barco que
salga esta noche? ¿Podemos partir?
DROMIO.--Sí, señor; he venido á daros la respuesta hace una hora; la
barca -Expedición- partirá esta noche; pero estabais impedido por el
sargento y obligado á retardaros más allá del tiempo fijado. He aquí los
dineros que me habéis mandado á buscar para libertaros.
ANTÍFOLO.--Este mozo está loco y yo también; no hacemos sino errar de
ilusiones en ilusiones. ¡Que alguna santa protección nos saque de aquí!
LA CORTESANA.--¡Ah! ¡Cuánto me alegro de encontraros, señor Antífolo!
Veo que habéis, en fin, hallado al platero: ¿es esa la cadena que me
prometísteis hoy?
ANTÍFOLO.--¡Atrás, Satanás! Te prohibo tentarme.
DROMIO.--Señor, ¿es esta la señora de Satanás?
ANTÍFOLO.--Es el demonio.
DROMIO.--Es aún peor, es la señora del demonio; y viene aquí bajo la
forma de una moza ligera de cascos; y por esto las muchachas dicen:
¡Dios me condene! lo cual significa: ¡Dios me haga una moza de la vida
airada! Está escrito que se aparecen á los hombres como ángeles de luz.
La luz es un efecto del fuego y el fuego quema. -Ergo-, las mozas de
placer quemarán; no os aproximéis á ella.
LA CORTESANA.--¡Vuestro criado y vos, señor, estáis de un humor
maravilloso. ¿Queréis venir conmigo? Recobraremos aquí la comida que no
hemos podido tomar en casa.
DROMIO.--Amo, si debéis probar la sopa, pedid de antemano una cuchara
larga.
ANTÍFOLO.--¿Pues para qué, Dromio?
DROMIO.--Verdaderamente, es menester una cuchara larga al hombre que
debe comer con el diablo.
ANTÍFOLO.--(-A la cortesana.-) ¡Atrás, pues, demonio! ¿Á qué vienes á
hablarme de cena? Eres como todas las demás, una bruja. Conjúrote á que
me dejes y te vayas.
LA CORTESANA.--Dadme el anillo que me habéis tomado en la comida; ó en
cambio de mi diamante, la cadena que me habéis prometido; y entonces me
iré, señor, y no os importunaré más.
DROMIO.--Hay diablos que no piden sino el recorte de una uña, un junco,
un cabello, una gota de sangre, un alfiler, una nuez, una semilla de
cereza; pero esta, más codiciosa, quisiera tener una cadena. Amo, tened
cuidado: si le dáis la cadena, la diabla la sacudirá y nos espantará con
ella.
LA CORTESANA.--Os ruego, señor, que me déis mi sortija ó mi cadena.
Espero que no tenéis intención de defraudarme de este modo.
ANTÍFOLO.--¡Fuera de aquí, gitana! Vamos, Dromio, partamos.
DROMIO.---Huye del orgullo-, dice el pavo; ¿sabéis eso, señora?
(-Salen Antífolo y Dromio.-)
LA CORTESANA.--Ahora está fuera de duda que Antífolo está loco; de otro
modo jamás se habría conducido tan mal. Me tiene una sortija que vale
cuarenta ducados y me había prometido en cambio una cadena de oro: y
ahora me niega la una y la otra, lo que me obliga á concluir que se ha
vuelto loco. Además de esta actual prueba de su demencia, me acuerdo de
los cuentos extravagantes que me ha endilgado hoy en la comida, como el
de no haber podido entrar en su casa, porque le habían cerrado la
puerta. Probablemente su esposa, que conoce sus accesos de locura, le ha
cerrado, en efecto, la puerta intencionalmente. Lo que tengo que hacer
ahora, es llegar pronto á su casa, y decir á su esposa, que en un acceso
de locura ha entrado bruscamente en mi casa, y me ha quitado de viva
fuerza una sortija que se ha llevado. He aquí el partido que me parece
mejor escoger, pues cuarenta ducados son demasiado para perderlos.
ESCENA IV.
La escena pasa en la calle.
ANTÍFOLO DE ÉFESO y UN SARGENTO.
ANTÍFOLO.--No tengáis ninguna inquietud; no me escaparé; te daré como
caución, antes de dejarte, la cantidad por la cual estoy preso. Mi
esposa está hoy de mal humor, y no querrá fiarse ligeramente al
mensajero, ni creer que haya podido yo ser prendido en Éfeso; dígote que
esta nueva sonará en sus oídos de una manera extraña. (-Entra Dromio de
Éfeso, con un pedazo de soga en la mano.-)
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--He aquí á mi criado, creo que traerá el dinero. ¡Y
bien! Dromio, ¿traes lo que te he mandado á buscar?
DROMIO DE ÉFESO.--He aquí, os lo garantizo, con qué pagar á todos.
ANTÍFOLO.--Pero el dinero ¿dónde está?
DROMIO.--Por supuesto, he dado el dinero por el cordel.
ANTÍFOLO.--¿Quinientos ducados, tunante, por un pedazo de soga?
DROMIO.--Yo os daría quinientas, señor, por ese precio.
ANTÍFOLO.--¿Pues para qué te mandé correr á toda prisa al alojamiento?
DROMIO.--Para traeros un pedazo de soga, señor; y con este he vuelto.
ANTÍFOLO.--Y con este fin, voy á recibirte como mereces.
(-Le golpea.-)
EL OFICIAL.--Paciencia, señor.
DROMIO.--Verdaderamente yo soy quien debe ser paciente: me acosa la
adversidad.
EL OFICIAL.--(-A Dromio.-) Es bastante: cállate ahora.
DROMIO.--Persuadidle más bien para que haga callar sus manos.
ANTÍFOLO.--¡Bastardo! ¡Bribón insensible!
DROMIO.--Quisiera ser insensible, señor, para no sentir vuestros golpes.
ANTÍFOLO.--No eres sensible sino á los golpes, como los asnos.
DROMIO.--En efecto, soy un asno; podéis probarlo por mis grandes orejas.
Le he servido desde la hora de mi nacimiento hasta este instante, y
jamás he recibido de él por mis servicios, sino golpes. Cuando tengo
frío, me calienta con golpes; cuando tengo calor me refresca con golpes;
con golpes me despierta cuando estoy dormido; con ellos me hace levantar
si estoy sentado; con golpes me despide cuando salgo de la casa, y con
golpes me acoge cuando estoy de vuelta. En fin, llevo sus golpes en las
espaldas como un mendigo tiene que llevar su pequeñuelo; y creo que
cuando me haya invalidado, me será preciso ir á mendigar con ello de
puerta en puerta. (-Entran Adriana, Luciana, la cortesana, Pinch y
otros.-)
ANTÍFOLO.--Vamos, seguidme, he allí á mi esposa que llega.
DROMIO.--Ama, -respice finem-, respetad vuestro fin; ó más bien la
profecía, como el loro, «¡cuidado con la soga!»
-Antífolo-.--(-Golpeando á Dromio.-) ¿Y hablarás todavía?
LA CORTESANA.--(-A Adriana.-) ¡Y bien! ¿qué pensais ahora? ¿Está loco
vuestro marido?
ADRIANA.--Su incivilidad no prueba menos. Buen doctor Pinch, vos que
sabéis exorcisar, restablecedle en su buen sentido, y os daré cuanto
pidiéreis.
LUCIANA.--¡Ay! ¡Qué chispeantes y furiosas son sus miradas!
LA CORTESANA.--¡Ved cómo tiembla en su enagenación!
PINCH.--Dadme vuestra mano; dejadme sentir vuestro pulso.
ANTÍFOLO.--Tomad, he aquí mi mano, y que la sienta vuestra oreja.
PINCH.--Te adjuro, Satanás, ya que habitas dentro de este hombre, ceder
la posesión á mis santas oraciones y hundirte al instante en tus
dominios tenebrosos; te adjuro por todos los santos del cielo.
ANTÍFOLO.--Silencio, brujo chocho; silencio; no estoy loco.
ADRIANA.--¡Oh! ¡Pluguiese á Dios que no lo estuvieses, alma
desventurada!
ANTÍFOLO.--(-A su esposa.-) Y vos, favorita, ¿son estos vuestros
compinches? ¿Es este compañero, cara de azafrán, quien estaba de gala y
fiesta hoy en mi casa, mientras que las puertas estaban criminalmente
cerradas, y que se me rehusaba la entrada?
ADRIANA.--¡Oh! esposo mío, Dios sabe que habéis comido en casa; ¡y ojalá
hubiéseis permanecido hasta ahora al abrigo de esta difamación y de este
público oprobio!
ANTÍFOLO.--¿He comido en casa? Tú, tunante, qué dices tú?
DROMIO.--Para decir la verdad, señor, no habéis comido en el
alojamiento.
ANTÍFOLO.--¿Mis puertas no estaban cerradas y yo fuera?
DROMIO.--¡Por Dios! Vuestra puerta estaba cerrada y vos fuera.
ANTÍFOLO.--¿Y ella misma no me ha colmado de injurias?
[Illustration:---Te adjuro, Satanás, ya que habitas dentro de este
hombre...-]
DROMIO.--Sin mentir, os ha dicho injurias ella misma.
ANTÍFOLO.--¿Su cocinera no me ha insultado, zaherido, despreciado?
DROMIO.--Cierto, lo ha hecho: la vestal de la cocina os ha rechazado
injuriosamente.
ANTÍFOLO.--¿Y no me he ido todo enagenado de ira?
DROMIO.--En verdad, nada más cierto: mis huesos son testigos de ello,
que han sentido desde entonces toda la fuerza de esta rabia.
ADRIANA.--(-A Dromio.-) ¿Es bueno darle razón en sus contradicciones?
PINCH.--No hay mal en eso: este mozo conoce su humor y cediendo le
lisonjea en su frenesí.
ANTÍFOLO.--Has conquistado al platero para hacerme prender.
ADRIANA.--¡Ay! al contrario: os he mandado dinero para rescataros, por
mano de Dromio que, vedle aquí, había corrido á buscarle.
DROMIO.--¿Dinero? ¿Por mi mano? Buen corazón y buena voluntad, podría
ser; pero ciertamente, mi amo, ni una partícula de dinero.
ANTÍFOLO.--¿No has ido á encontrarla para pedirle una bolsa de ducados?
ADRIANA.--Ha venido y se la he entregado.
LUCIANA.--Y yo soy testigo de que se la entregó.
DROMIO.--Dios y el cordelero me son testigos de que no se me ha mandado
á buscar otra cosa que un pedazo de soga.
PINCH.--Señora, el amo y el criado están poseídos ambos. Lo veo en sus
semblantes pálidos y cadavéricos. Es necesario atarlos y ponerlos en
algún cuarto oscuro.
ANTÍFOLO.--Responded; ¿por qué me habéis cerrado la puerta hoy? Y tú,
(-á Dromio-) ¿por qué niegas la bolsa de oro que te han dado?
ADRIANA.--Mi buen esposo, no os he cerrado la puerta.
DROMIO.--Y yo, querido amo, no he recibido oro; pero confieso, señor,
que sí os han cerrado la puerta.
ADRIANA.--¡Hipócrita villano, dices una doble mentira!
ANTÍFOLO.--Prostituta hipócrita, mientes en todo; y has hecho liga con
una banda de forajidos para llenarme de afrentas y desprecio; pero, con
estas uñas arrancaré tus pérfidos ojos, que se complacen en verme en tal
ignominia. (-Pinch y su gente amarran á Antífolo y Dromio de Éfeso.-)
ADRIANA.--¡Oh! ¡Amarradle, amarradle; que no se acerque á mí!
PINCH.--¡Más gente! El demonio que lo posee es fuerte.
LUCIANA.--¡Ay! ¡Qué pálido y desfigurado está el pobre hombre!
ANTÍFOLO.--¡Qué! ¿Queréis asesinarme? Tú, carcelero, yo soy tu
prisionero; ¿sufrirás que me arranquen de tus manos?
EL OFICIAL.--Señores, dejadle; es mi preso y vosotros no lo tendréis.
PINCH.--Vamos, que se amarre á este hombre, pues es frenético también.
ADRIANA.--¿Qué quieres decir, rencoroso sargento? ¿Tienes gusto de ver á
un infortunado hacerse mal y daño á sí mismo?
EL OFICIAL.--Es mi preso; si le dejo ir, me exigirán la suma que debe.
ADRIANA.--Te eximiré de ello antes de dejarte; condúceme al instante
donde su acreedor. Cuando sepa la naturaleza de esta deuda, la pagaré.
Mi buen doctor, ved que sea conducido en seguridad hasta mi casa. ¡Oh
desventurado día!
ANTÍFOLO.--¡Oh, miserable prostituída!
DROMIO.--Amo, heme aquí apresado por causa de vos.
ANTÍFOLO.--¡Enhoramala para ti, bandido! ¿Por qué me haces encolerizar?
DROMIO.--¿Queréis, pues, que os amarren por nada? Sed loco, amo; gritad,
el diablo...
LUCIANA.--¡Dios les asista, pobres almas! ¡Cómo desvarían!
ADRIANA.--Vamos, sacadle de aquí. Venid conmigo, hermana. (-Salen Pinch,
Antífolo, Dromio, etc.--Al oficial.-) Decidme, ahora, ¿á requisición de
quién está preso?
EL OFICIAL.--Sobre la demanda de un tal Angelo, un platero. ¿Le
conocéis?
ADRIANA.--Le conozco. ¿Qué cantidad le debe?
EL OFICIAL.--Doscientos ducados.
ADRIANA.--¿Y por qué se los debe?
EL OFICIAL.--Es el valor de una cadena que vuestro esposo ha recibido de
él.
ADRIANA.--Había encargado una cadena para mí, pero no se le ha
entregado.
LA CORTESANA.--Cuando vuestro esposo, todo enfurecido, vino hoy á mi
casa, se llevó mi sortija, que he visto en su dedo, hace poco, y
momentos después le he encontrado con mi cadena.
ADRIANA.--Eso puede muy bien ser; pero no la he visto nunca. Venid,
alcaide, conducidme á casa del platero. Estoy impaciente por saber la
verdad de esto con todos sus detalles. (-Entran Antífolo de Siracusa con
la espada desnuda y Dromio de Siracusa.-)
LUCIANA.--¡Oh Dios, tened piedad de nosotros! ¡Heles aquí de nuevo en
libertad!
ADRIANA.--¡Y vienen con la espada desnuda! ¡Pidamos socorro, para
hacerlos amarrar de nuevo!
EL OFICIAL.--Escapémonos; nos matarían.
(-Huyen.-)
ANTÍFOLO.--Veo que estas brujas tienen miedo de las espadas.
DROMIO.--La que quería ser vuestra esposa ahora poco, os huye ahora.
ANTÍFOLO.--Vamos al Centauro. Saquemos nuestros equipajes; no veo la
hora de estar sano y salvo á bordo.
[Illustration]
DROMIO.--No, quedaos aquí esta noche; seguramente no se nos hará mal
alguno. Véis que se nos habla amistosamente, que se nos ha dado oro; me
parece que son unas buenas gentes; y sin esta montaña de carne loca, que
me reclama para el matrimonio, me sentiría con bastante ganas de
quedarme aquí siempre, y de hacerme brujo.
ANTÍFOLO.--No me quedaría esta noche ni por el valor de la ciudad
entera: vámonos á hacer llevar nuestro equipaje á bordo. (-Salen.-)
[Illustration]
[Illustration]
ACTO V.
ESCENA I.
La misma.
Entran EL MERCADER y ANGELO.
ANGELO.
Siento mucho, señor, haber retardado vuestra partida. Pero os protesto
que la cadena le ha sido entregada por mí, aunque tenga la deshonra
inconcebible de negarlo.
EL MERCADER.--¿Cómo está considerado este hombre en la ciudad?
ANGELO.--Goza de una reputación respetable, de un crédito sin límites;
es muy querido; ningún ciudadano de esta ciudad es superior á él: su
palabra, cuando él lo quisiera, respondería de toda mi fortuna.
EL MERCADER.--Hablad bajo: creo que es él quien se pasea allí. (-Entra
Antífolo de Siracusa.-)
ANGELO.--Sí, es él: y lleva en su cuello esta misma cadena que por
perjurio monstruoso ha jurado no haber recibido. Acercaos, señor, voy á
hablarle.--(Á -Antífolo-.) Señor Antífolo, me asombra sobremanera que
me hayáis causado esta vergüenza y este embarazo, no sin daño de vuestra
propia reputación. ¡Negarme tan decididamente y con juramentos haber
recibido esta cadena que lleváis ahora á la vista de todos! Además de la
acusación, la vergüenza y el arresto, habéis perjudicado también á este
honrado amigo, que á no haber tenido que aguardar el fallo de nuestro
debate, se habría dado á la vela, y estaría actualmente en el mar.
¡Habéis recibido esta cadena de mí! ¡Habéis recibido esta cadena de mí!
¿Podéis negarlo?
ANTÍFOLO.--Creo que la he recibido de vos; no lo he negado jamás, señor.
ANGELO.--¡Oh! lo habéis negado, señor, y aun habéis perjurado.
ANTÍFOLO.--¿Quién me ha oído negar y jurar lo contrario?
EL MERCADER.--Yo, á quien conocéis, lo he oído con mis propias orejas.
¡Bah! ¡Miserable! Es una vergüenza que te sea permitido pasearte allí
donde concurre la gente honrada.
ANTÍFOLO.--Eres un villano en insultarme así. Probaré mi honor y
probidad contra vos dentro de un momento, si te atreves á hacerme
frente.
EL MERCADER.--Me atrevo, y te desafío como al vil que eres. (-Sacan las
espadas para batirse. Entran Adriana, Luciana, la cortesana y otros.-)
ADRIANA.--(-Corriendo.-) Parad, no le hiráis; por el amor de Dios! Está
loco. Que alguien se apodere de él; quitadle la espada. Atad á Dromio
también, y conducidles á mi casa.
DROMIO.--Huyamos, amo mío, huyamos; en nombre de Dios, entrad en alguna
casa. He aquí una especie de convento: entremos, ó estamos perdidos.
(-Antífolo de Siracusa y Dromio entran en el convento: se presenta la
abadesa.-)
LA ABADESA.--Silencio, buenas gentes: ¿por qué os agrupáis aquí?
ADRIANA.--Vengo á llevar de aquí á mi pobre esposo que está loco.
Entremos á fin de que podamos atarle con firmeza y conducirle á casa
para que se cure.
ANGELO.--Bien veía yo que no estaba en su entero juicio.
EL MERCADER.--Me pesa ahora haber sacado la espada contra él.
LA ABADESA.--¿Desde cuándo está así poseído?
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