COMEDIA DE EQUIVOCACIONES
William Shakespeare
TRADUCCIÓNDE
JOSÉARNALDOMÁRQUEZ.
Ilustración de -H. Knacksuss-.
Grabados de -Otto Minde-.
PERSONAJES.
SOLINO, duque de Éfeso.
ÆGEÓN, mercader de Siracusa.
} Hermanos gemelos, hijos de Ægeón
ANTÍFOLO de Éfeso. } y de Emilia, pero desconocidos
ANTÍFOLO de Siracusa. } uno de otro.
DROMIO de Éfeso.} Hermanos gemelos y esclavos de los
DROMIO de Siracusa.} dos Antífolo.
BALTASAR, mercader.
ANGELO, platero.
UN COMERCIANTE, amigo de Antífolo de Siracusa.
PINCH, maestro de escuela y mágico.
EMILIA, esposa de Ægeón, abadesa de una comunidad de Éfeso.
ADRIANA, esposa de Antífolo de Éfeso.
LUCIANA, hermana de Adriana.
LUCÍA, doncella de Luciana.
UNA CORTESANA.
UN ALCAIDE.
OFICIALES DE JUSTICIA Y OTROS.
La escena pasa en Éfeso.
[Illustration]
ACTO I.
ESCENA I.
Sala en el palacio del duque.
El DUQUE DE ÉFESO, ÆGEÓN, un ALCAIDE, oficiales y otras gentes del
séquito del duque.
ÆGEÓN.
Continuad, Solino; procurad mi pérdida; y con la sentencia de muerte,
terminad mis desgracias y mi vida.
EL DUQUE.--Mercader de Siracusa, cesa de defender tu causa; yo no soy
bastante parcial para infringir nuestras leyes.--La enemistad y la
discordia, recientemente excitadas por el ultraje bárbaro que vuestro
duque ha hecho á estos mercaderes, honrados compatriotas nuestros,
quienes, por falta de oro para rescatar sus vidas, han sellado con su
sangre sus rigurosos decretos, excluyen toda piedad de nuestra
amenazante actitud; pues desde las querellas intestinas y mortales
levantadas entre tus sediciosos compatriotas y los nuestros, se ha
sancionado en consejos solemnes, tanto por nosotros como por los
siracusanos, no permitir tráfico alguno á las ciudades enemigas
nuestras. Además, si un natural de Éfeso es visto en los mercados y
ferias de Siracusa, ó si un natural de Siracusa viene á la bahía de
Efeso, muere, y sus mercaderías son confiscadas á disposición del duque,
á menos que levante una cantidad de mil marcos para cumplir la pena y
servirle de rescate. Tus géneros, vendidos al más alto precio, no pueden
subir á cien marcos; por consiguiente la ley te condena á morir.
ÆGEÓN.--Bien! Lo que me consuela es que, al realizarse vuestras
palabras, mis males terminarán con el sol poniente.
EL DUQUE.--Vamos, siracusano, dinos brevemente por qué has dejado tu
ciudad natal y qué motivo te ha traído á Éfeso.
ÆGEÓN.--No podía haberse impuesto tarea más penosa que la de intimarme á
decir males indecibles. Sin embargo, á fin de que el mundo sea testigo
de que mi muerte habrá provenido de la naturaleza y no de un crimen
vergonzoso, diré todo lo que el dolor me permita decir.--Nací en
Siracusa y me casé con una mujer que hubiese sido feliz sin mí, y por mí
también sin nuestro mal destino. Vivía contento con ella; nuestra
fortuna se aumentó por los fructuosos viajes que con frecuencia hacía yo
á Epídoro, hasta la muerte de nuestro agente de negocios. Su pérdida,
habiendo dejado en abandono el cuidado de grandes bienes, me obligó á
sustraerme de los tiernos abrazos de mi esposa. Apenas habían pasado
seis meses de ausencia, cuando casi desfallecida bajo la dulce carga que
llevan las mujeres, hizo sus preparativos para seguirme, y llegó con
prontitud y seguridad á los lugares donde me hallaba. Poco tiempo
después de su llegada hízose la feliz madre de dos hermosos niños; y, lo
que hay de extraño, tan parecidos entre sí, que no se podían distinguir
sino por sus nombres. Á la misma hora y en la misma hostería, una pobre
mujer fué desembarazada de una carga semejante, dando al mundo dos
gemelos varones igualmente parecidos. Compré estos dos muchachos á sus
padres, quienes se encontraban en extrema indigencia, y los crié para
servir á mis hijos. Mi mujer, que no estaba poco orgullosa de estos dos
niños, me instaba cada día para volver á nuestra patria. Consentí á
pesar mío ¡ay! demasiado temprano. Nos embarcamos.--Estábamos á una
legua de Epídoro, antes que la mar, siempre dócil á los vientos, nos
hubiese amenazado con algún accidente trágico; pero no conservamos mucho
tiempo la esperanza. La escasa claridad que nos prestaba el cielo no
servía sino para mostrar á nuestras almas aterradas, el mandato dudoso
de una muerte inmediata. En cuanto á mí, yo la habría abrazado con
alegría, si las lágrimas incesantes de mi esposa, que lloraba de
antemano la desgracia que veía venir inevitablemente, y los gemidos
lastimeros de los dos niños que lloraban por imitación, ignorando lo que
era de temer, no me hubiesen forzado á buscar el modo de retardar el
instante fatal para ellos y para mí; y he aquí cuál fué nuestro recurso;
no quedaba otro:--Los marineros buscaron su salvación en nuestro bote, y
nos abandonaron dejándonos el barco ya á punto de hundirse. Mi esposa,
más atenta á velar sobre mi último nacido, lo había ligado al pequeño
mástil de reserva del cual se proveen los marinos para las tempestades;
con él estaba ligado uno de los gemelos esclavos; y yo había tenido que
hacer lo mismo con los otros dos niños. Hecho esto, mi esposa y yo con
las miradas fijas en aquellos en quienes estaban fijos nuestros
corazones, nos atamos á cada uno de los extremos del palo; y flotando en
seguida á voluntad de las olas, fuímos llevados por ellas hacia Corinto,
á lo que nosotros habíamos pensado. Al fin, el sol, mostrándose á la
tierra, disipó los vapores que habían causado nuestros males; bajo la
influencia benéfica de su luz deseada, los mares se calmaron
gradualmente, y descubrimos en lontananza dos barcos que navegaban sobre
nosotros; de Corinto el más lejano, y el otro de Epídoro. Pero antes de
que nos hubiesen alcanzado... ¡Oh! no me obliguéis á decir más;
conjeturad lo que aconteció por lo que acabáis de oir.
EL DUQUE.--Prosigue, anciano: no interrumpas tu relato; podemos al menos
compadecerte si no podemos perdonarte.
ÆGEÓN.--¡Oh! ¡Si los dioses nos hubiesen compadecido, no les llamaría
ahora con tanta justicia desapiadados hacia nosotros! Antes que los dos
barcos hubiesen avanzado á diez leguas de nosotros, dimos contra una
grande roca; é impulsado con violencia sobre este escollo, nuestro
mástil de socorro fué roto por el medio; de tal modo que, en esta
nuestra injusta separación, la fortuna nos dejó á los dos de qué
regocijarnos y de qué afligirnos. La mitad que llevaba á la infeliz y
que parecía cargada de menor peso, aunque no de menor infortunio, fué
impulsada con más velocidad por los vientos: y fueron recogidos los tres
á nuestra vista por pescadores de Corinto, á lo que nos pareció.
Finalmente, otro barco se había apoderado de nosotros; y llegando á
conocer sus tripulantes quiénes eran aquellos que la suerte les había
conducido á salvar, acogieron con benevolencia á sus náufragos: y
hubiesen alcanzado á quitar á los pescadores su presa á no haber sido el
buque tan mal velero. Se vieron, pues, obligados á dirigir su rumbo
hacia la patria.--Habéis oído cómo he sido separado de mi dicha y cómo
mi vida ha sido prolongada por adversidades para haceros el triste
relato de mis desventuras.
EL DUQUE.--Y, en bien de los que lloras, hazme el favor de decir
detalladamente lo que os aconteció á ellos y á ti hasta ahora.
ÆGEÓN.--Mi hijo menor, que es el mayor en mi cuidado, cumplida la edad
de diez y ocho años, se ha mostrado deseoso de buscar á su hermano, y me
ha rogado con importunidad permitirle que su joven esclavo (pues los dos
muchachos habían compartido la misma suerte, y éste, separado de su
hermano, había conservado el nombre) pudiese acompañarle en esta
investigación. Para poder encontrar uno de los objetos de mi atormentada
ternura, yo arriesgaba perder el otro. He recorrido durante cinco
veranos las extremidades más apartadas de la Grecia, errando hasta más
allá de los límites de Asia; y costeando hacia mi pátria, he abordado á
Éfeso sin esperanza de encontrarlos, pero repugnándome pasar por este
lugar ó cualquiera otro donde habitan hombres, sin explorarlo. Es aquí,
en fin, donde debe terminar la historia de mi vida; y sería feliz de
esta muerte oportuna, si todos mis viajes me hubiesen asegurado al menos
que mis hijos viven.
EL DUQUE.--¡Desventurado Ægeón, á quien los hados han marcado para
probar el colmo de la desgracia! Créeme: mi alma abogaría por tu causa
si pudiese hacerlo sin violar nuestras leyes, sin ofender mi corona, mi
juramento y mi dignidad, que los príncipes no pueden anular, aun cuando
lo quisieran. Pero aunque tú seas destinado á la muerte, y que la
sentencia pronunciada no pueda revocarse sin grave daño de nuestro
honor, sin embargo te favoreceré en lo que pueda. Así, mercader, te
concederé este día para buscar tu salvación en un socorro bienhechor:
acude á todos los amigos que tienes en Éfeso, mendiga ó toma prestado
para recoger la suma y vive; si no, tu muerte es inevitable.--Alcaide,
tómalo bajo tu custodia.
ALCAIDE.--Sí, mi señor.
(-El duque sale con su séquito.-)
ÆGEÓN.--Ægeón se retira sin esperanza y sin socorro, y su muerte no es
sino diferida.
(-Salen.-)
ESCENA II.
Plaza pública.
ANTÍFOLO y DROMIO de Siracusa; UN MERCADER.
EL MERCADER.--Tened cuidado de esparcir la voz de que sois de Epídoro,
si no queréis ver todos vuestros bienes confiscados al instante. Hoy
mismo un mercader de Siracusa acaba de ser preso por haber abordado
aquí, y, no encontrándose en estado de rescatar su vida, debe perecer,
según los estatutos de la ciudad, antes que el sol fatigado se ponga al
occidente. He aquí vuestro dinero que tenía en depósito.
ANTÍFOLO.--(-A Dromio.-) Vé á llevarlo al Centauro, donde posamos,
Dromio, y esperarás allí que yo vaya á reunirme contigo. Dentro de una
hora será la comida: hasta entonces voy á echar un vistazo sobre las
costumbres de la ciudad, tratar á los mercaderes, mirar los edificios;
después de lo cual volveré á tomar algún reposo en mi hostería, pues
estoy cansado y adolorido de este largo viaje. Vete.
DROMIO.--Más de un hombre os tomaría la palabra gustosamente, y se iría
en efecto teniendo tan buen medio de partir.
(-Sale Dromio.-)
ANTÍFOLO.--(-Al mercader.-) Es un criado de confianza, señor, que á
menudo, cuando estoy agobiado por la inquietud y la melancolía, alegra
mi humor con sus chanzas. Vamos, ¿queréis pasearos conmigo en la ciudad
y venir en seguida á mi posada á comer conmigo?
EL MERCADER.--Estoy invitado, señor, en casa de ciertos negociantes, de
los cuales espero grandes beneficios. Os ruego me excuséis. Pero mas
tarde, si gustáis, á las cinco, os tomaré en la plaza del mercado, y
desde ese momento os haré compañía hasta la hora de acostarse. Mis
negocios en este instante me obligan á dejaros.
ANTÍFOLO.--Adios, pues, hasta luégo. Yo, voy á perderme errando de aquí
para allí, á fin de ver la ciudad.
EL MERCADER.--Señor, os deseo mucha satisfacción.
(-El mercader sale.-)
ANTÍFOLO.--(-Solo.-) El que me desea la satisfacción, me desea lo que no
puedo obtener: Estoy en el mundo como una gota de agua que busca en el
Océano otra gota; y no pudiendo encontrar allí su compañera, se pierde
ella propia errante é inapercibida. Así yo, desgraciado, para encontrar
una madre y un hermano, me pierdo á mí propio buscándolos.
(-Entra Dromio de Éfeso.-)
ANTÍFOLO.--(-Percibiendo á Dromio.-) He aquí el almanaque de mi
verdadera fecha. ¿Cómo, cómo sucede que estás de vuelta tan pronto?
DROMIO DE ÉFESO.--¿De vuelta tan pronto, decís? Mas bien vengo demasiado
tarde. El capón se quema, el lechón se cae del asador; la campana del
reloj ha dado las doce y mi dueña las juntó en la una sobre mi mejilla.
Ella está tan acalorada porque la carne está fría: la carne está fría
porque no venís á casa; no venís á casa porque no tenéis apetito; no
tenéis apetito porque habéis almorzado: pero nosotros que sabemos lo que
es ayunar y rogar, estamos en penitencia hoy por vuestra culpa.
ANTÍFOLO.--Guardad vuestro resuello, señor, y responded á esto, os lo
ruego: ¿dónde habéis dejado el dinero que os he remitido?
DROMIO.--¡Oh! ¿Qué? ¿Los seis cuartos que tuve el miércoles último para
pagar al sillero la gurupera de mi ama? Es el sillero quien los ha
tenido, señor; yo no los he guardado.
ANTÍFOLO.--No estoy en este momento de humor de chancear: dime y sin
tergiversar ¿dónde está el dinero? Somos extranjeros aquí. ¿Cómo osas
confiar á otros la custodia de una cantidad tan fuerte?
DROMIO.--Os ruego, señor, chancead cuando os sentéis á la mesa para
comer. Corro á todo escape á buscaros de parte de mi ama: si vuelvo sin
vos no tendré escape para que ella no me escriba vuestra culpa en el
hocico. Me parece que vuestro estómago debería, como el mío, hacer veces
de reloj y llamaros al albergue sin necesidad de mensajero.
ANTÍFOLO.--Vamos, vamos, Dromio, estas chanzas están fuera de razón.
Guárdalas para hora más alegre que esta. ¿Dónde está el oro que he
confiado á tu cuidado?
DROMIO.--¿Á mí, señor? ¡Pero si no me habéis dado oro!
ANTÍFOLO.--Vamos, señor bergante, dejad vuestras tonterías y decidme
¿cómo has dispuesto de lo que te confié?
DROMIO.--Todo lo que se me ha confiado es el conduciros del mercado á
casa, al Fénix, para comer: mi ama y su hermana os esperan.
ANTÍFOLO.--Tan verdad como soy cristiano, quieres responderme ¿en qué
lugar de seguridad has puesto mi dinero? Ó voy á romper tu atolondrada
cabeza que se obstina en la broma cuando no estoy dispuesto á ello:
¿dónde están los mil fuertes que has recibido de mí?
DROMIO.--He recibido de vos algunos fuertes en la cabeza, algunos otros
de mi ama sobre las espaldas, pero nunca mil fuertes entre vosotros dos.
Y si los devolviera á vuestra señoría, quizá no los soportaría en
paciencia.
ANTÍFOLO.--¡Los fuertes de tu ama! ¿Y qué ama tienes tú, esclavo?
DROMIO.--La esposa de vuestra señoría, mi ama, que está en el Fénix; la
que ayuna hasta que vengáis á comer, y que os ruega venir lo más pronto
para sentarse á la mesa.
ANTÍFOLO.--¡Cómo! ¿Quieres reirte en mi cara de mí de ese modo después
de habértelo prohibido?... Toma, toma esto, pícaro.
[Illustration]
DROMIO.--Eh! ¿Qué queréis decir, señor? En nombre de Dios, tened
vuestras manos tranquilas; ó si no, voy á pedir socorro á mis piernas.
(-Dromio huye.-)
ANTÍFOLO.--Por vida mía, de una manera ú otra, este pícaro se habrá
dejado escamotear todo mi dinero. Dícese que esta ciudad está llena de
pillos, de escamoteadores listos, que engañan la vista; de hechiceros
que trabajan en las sombras, y cambian el espíritu; de agoreras asesinas
del alma, que deforman el cuerpo; de bribones disfrazados, de
charlatanes y de mil otros criminales autorizados. Si es así, no partiré
sino lo más pronto. Voy á ir al Centauro para buscar á este esclavo:
temo mucho que mi dinero no esté en seguridad.
(-Sale.-)
[Illustration]
ACTO II.
ESCENA I.
Plaza pública.
Entran ADRIANA y LUCIANA.
ADRIANA.
Ni mi marido, ni el esclavo á quien con tanta prisa envié á buscar á su
amo, han vuelto. Luciana, son las dos.
LUCIANA.--Quizás algún comerciante le habrá invitado, y habrá ido del
mercado á comer á alguna parte. Querida hermana, comamos y no os
agitéis. Los hombres son dueños de su libertad. El tiempo es el único
dueño de ellos; y, según ven el tiempo, van ó vienen. Así, tomad
paciencia, mi querida hermana.
ADRIANA.--Eh! ¿Por qué ha de ser su libertad mayor que la nuestra?
LUCIANA.--Porque sus quehaceres están siempre fuera del hogar.
ADRIANA.--Y ved, cuando yo hago lo mismo lo toma á mal.
LUCIANA.--¡Oh! Sabed que él es la brida de vuestra voluntad.
ADRIANA.--No hay sino los asnos que se dejan embridar así.
LUCIANA.--Una libertad obstinada es herida por la desgracia. Nada existe
bajo el cielo, sobre la tierra, en el mar y en el firmamento, que no
tenga sus límites.--Entre los animales, los peces y los pájaros alados,
dominan los machos, y los demás están sujetos á su autoridad; los
hombres, más cercanos de la divinidad, dueños de todas esas criaturas,
soberanos del ancho mundo y de los vastos y turbulentos mares, dotados
de alma y de inteligencia, de un rango más elevado que los peces y los
pájaros, son los dueños de sus esposas y sus señores. Que vuestra
voluntad sea, pues, sometida á sus acuerdos.
[Illustration]
ADRIANA.--¿Es esta esclavitud lo que os impide casaros?
LUCIANA.--No, no es eso, sino los inconvenientes del lecho conyugal.
ADRIANA.--Pero, si fueses casada, sería necesario soportar la autoridad.
LUCIANA.--Antes de aprender á amar, quiero acostumbrarme á obedecer.
ADRIANA.--¿Y si vuestro marido fuese á hacer alguna encartada á otra
parte?
LUCIANA.--Hasta que él hubiese vuelto á mí, yo tendría paciencia.
ADRIANA.--Mientras la paciencia no está perturbada, no es maravilla que
se tenga tranquila. Puede ser dulce quien no tenga otro motivo. Pedimos
á una alma desgraciada, oprimida por la adversidad, que esté tranquila
cuando la oímos gemir. Pero si estuviéramos cargadas con el mismo peso
de dolor, nos quejaríamos nosotros mismos tanto ó más aún. Así, tú que
no tienes un marido duro que te aflija, pretendes consolarme instando
una paciencia que no da ningún socorro; pero si vives suficiente para
verte tratar como á mí, echarás pronto á un lado esta absurda paciencia.
LUCIANA.--Vamos, quiero casarme algún día, aunque no sea sino para hacer
la prueba.--Pero, he aquí á vuestro esclavo que vuelve; vuestro marido
no está lejos. (-Entra Dromio de Éfeso.-)
ADRIANA.--¡Y bien! ¿Tu tardío amo está ya cerca?
DROMIO.--Verdaderamente, está á diez dedos de mí; lo cual pueden
atestiguar mis orejas.
ADRIANA.--Dime ¿le has hablado? ¿Sabes su intención?
DROMIO.--Sí, sí; ha explicado su intención á mi oreja. Maldita sea su
mano. ¡Trabajo he tenido para comprenderla!
LUCIANA.--¿Ha hablado de una manera tan equívoca, que no hayas podido
sentir su pensamiento?
DROMIO.--¡Oh! ha hablado tan claro, que no he sentido sino demasiado
bien sus golpes; y á pesar de esto tan confusamente, que apenas los he
comprendido.
ADRIANA.--Pero, te ruego decirme ¿está en camino para volver aquí?
¡Parece que se cuida bien de agradar á su esposa!
DROMIO.--Ama, mi amo es seguramente del orden del creciente ¿estáis?
ADRIANA.--¡Del orden del creciente, pícaro!
DROMIO.--No quiero decir que sea deshonrado; pero ciertamente, es de
todo punto lunático.--Cuando le he dado priesa de venir á comer, me ha
pedido mil coronas en oro.---Es hora de comer-, le he dicho.---Mi oro-,
ha respondido.---Vuestras viandas se queman-, he dicho.---Mi oro-,
dijo.---¿Váis á venir?- dije.---Mi oro-, replicó, -¿dónde están las mil
coronas que te he dado, malvado?----El lechón-, dije, -está todo
quemado-.---Mi oro-, díjome.---Mi ama, señor-, le dije.---¡Que vaya tu
ama á ahorcarse! ¡Yo no conozco ama! ¡Al diablo tu ama!-
LUCIANA.--¿Quién ha dicho eso?
DROMIO.--Es mi amo quien lo ha dicho. -No conozco-, dijo, -ni casa, ni
esposa, ni ama-. De suerte que os traigo sobre mis espaldas el mensaje
del cual mi lengua debía haber sido encargada; pues, para concluir, me
ha dado golpes sobre ellas.
ADRIANA.--Vuelve hacia él, miserable, y tráele al albergue.
DROMIO.--Sí, vuelve hacia él, para hacerte enviar otra vez al albergue
molido de golpes! ¡En nombre de Dios! Enviad algún otro mensajero.
ADRIANA.--Vuelve á ir, esclavo, ó voy á abrirte la cabeza por en medio.
DROMIO.--Y él bendecirá esta cruz con otros golpes. Entre ambos tendré
una cabeza bien santa.
ADRIANA.--Vete, rústico hablador; conduce tu amo á la casa.
DROMIO.--¿Soy tan movible con vos, como lo sois conmigo, para que me
echéis como una pelota? Vos me arrojáis de aquí y él me arrojará para
acá. Si he de durar en este servicio, haríais bien en aforrarme de
cuero. (-Sale.-)
LUCIANA.--¡Vaya! ¡Cómo rebaja la impaciencia la expresión de vuestro
rostro!
ADRIANA.--¿Es necesario que halague con su compañía á sus favoritas,
mientras que yo languidezco en el albergue y suspiro por una mirada
afectuosa? ¿Ha desaparecido con la fealdad de los años la belleza
seductora de mi pobre rostro? Entonces es él quien lo ha marchitado. ¿Es
fastidiosa mi conversación, estéril mi ingenio? Si ya no tengo una
conversación viva y picante, es su dureza, peor que la del mármol, lo
que la ha embotado. ¿Atraen otras su afecto con brillantes aderezos? No
es culpa mía: él es dueño de mis bienes. ¿Qué estragos hay en mí que no
haya causado él? Sí, es él solo quien ha alterado mis facciones.--Una
mirada suya animadora restauraría bien pronto mi belleza; pero él,
ciervo indomable, salta las empalizadas y corre á buscar pasto lejos de
su albergue. ¡Pobre desventurada! No soy ya para él sino un goce pasado.
LUCIANA.--¡Celos con que te atormentas tú misma! ¡Ea, pues! arrójalos de
ti.
ADRIANA.--Sólo idiotas insensibles pueden prescindir de semejantes
agravios. Sé que sus ojos llevan á otra parte su homenaje; si no ¿qué
causa le impediría estar aquí? Hermana, sabéis que me ha prometido una
cadena.--¡Pluguiera á Dios que esto fuese la sola cosa que me negara! No
desertaría entonces de su lecho legítimo. Veo que la joya mejor
esmaltada ha de perder su hermosura; que si el oro resiste largo tiempo
al frotamiento, al fin se gasta con el roce; del mismo modo no hay
hombre, que tenga un nombre sin que la falsedad y la corrupción lo
degraden. Puesto que mi belleza no tiene encanto á sus ojos, llorando
consumiré lo que me queda de ella, y moriré en el llanto.
LUCIANA.--¡Cuántas amantes insensatas se esclavizan á celos furiosos!
(-Salen.-)
ESCENA II.
Plaza pública.
Entra ANTÍFOLO de Siracusa.
ANTÍFOLO.--El oro que remití á Dromio está colocado con seguridad en el
Centauro, y el solícito esclavo ha ido á vagar por la ciudad en busca
mía..... Según mi cálculo y la relación del hostelero, no ha podido
hablar á Dromio desde que al principio lo envié del mercado..... Pero,
hele aquí que viene. (-Entra Dromio de Siracusa-). ¡Y bien! señor,
¿habéis perdido vuestro buen humor? Ya que os agradan los golpes, no
tenéis sino empezar de nuevo vuestra broma conmigo. ¿No conocéis el
Centauro? ¿No habéis recibido el oro? ¿Vuestra ama os ha enviado á
buscarme para comer? ¿Mi alojamiento era en el Fénix? ¿Has perdido la
razón para darme respuestas tan descabelladas?
DROMIO.--¿Qué respuestas, señor? ¿Cuándo os he hablado así?
ANTÍFOLO.--Hace apenas un momento, aquí mismo; no hace media hora.
DROMIO.--No os he visto desde que me habéis mandado de aquí al Centauro
con el oro que me habíais confiado.
ANTÍFOLO.--Pícaro, me has negado haber recibido este depósito, y me has
hablado de una ama y de una comida, lo que me desagradaba demasiado,
como habrás sentido, lo espero.
DROMIO.--Estoy muy satisfecho de veros en vena de buen humor: pero ¿qué
quiere decir esta broma? Os ruego, mi señor, que os expliquéis.
ANTÍFOLO.--¡Qué! ¿quieres hacerme burla aún y provocarme de frente?
¿Piensas que chanceo? Toma, toma esto y esto.
(-Le golpea-).
DROMIO.--Parad, señor, ¡en nombre de Dios! Ya vuestro juego se vuelve de
veras. ¿Por qué motivo me golpeais así?
ANTÍFOLO.--¡Porque te tomo familiarmente algunas veces por mi bufón, y
converso contigo, tu insolencia se burlará de mi afecto é interrumpirá
libremente mis horas serias! Cuando brilla el sol retocen los moscones;
pero desde que oculta sus rayos escúrranse en los agujeros de las
paredes. Cuando quieras bromear conmigo, estudia mi rostro y conforma
tus modales á mi fisonomía, ó bien haré entrar á golpes este método en
tu cabeza.
DROMIO.--En mi cráneo, decís. Preferiría yo que fuese cabeza, no cráneo
solo, si dejarais de magullarla; pero si seguís con estos golpes, será
necesario procurarme un cráneo para cubrir mi cabeza y ponerla al
abrigo, ó si no tendré que buscar mi entendimiento en mis espaldas.
¿Pero por gracia, señor, por qué me golpeais?
ANTÍFOLO.--¿No lo sabes?
DROMIO.--No sé nada, señor, sino que soy golpeado.
ANTÍFOLO.--¿Quieres que te diga por qué?
DROMIO.--Sí, señor, el por qué. Pues dícese que todo por qué tiene su
por qué.
ANTÍFOLO.--Desde luégo, porque has osado burlarte de mí. ¿Y por qué
todavía? Por haber venido á burlarte una segunda vez.
DROMIO.--¿Se ha golpeado alguna vez á un hombre tan mal á propósito,
cuando en el por qué y en el por qué no hay concordancia ni
razón?--Vamos, señor, os doy gracias.
ANTÍFOLO.--Me das gracias, y á propósito ¿de qué?
DROMIO.--¡Ah! señor, porque me habéis dado algo por nada.
ANTÍFOLO.--Te lo pagaré pronto, dándote nada por algo.--Pero dime, ¿es
la hora de comer?
DROMIO.--No, señor; creo que á la comida le falta de lo que yo tengo.
ANTÍFOLO.--Vamos, ¿de qué?
DROMIO.--De salsa.
ANTÍFOLO.--¡Bien! Entonces estará seca.
DROMIO.--Si es así, señor, os ruego no probarla.
ANTÍFOLO.--¿Y la razón?
DROMIO.--De miedo de que os haga encolerizaros y me valga otra salsa de
palos.
ANTÍFOLO.--Vamos, aprende á chancear á propósito. Cada cosa á su tiempo.
DROMIO.--Habría osado negarlo antes que os hubiéseis puesto tan enojado.
ANTÍFOLO.--¿Según qué regla?
DROMIO.--¡Diablos, señor! Según una regla tan llana como la cabeza calva
del viejo padre Tiempo en persona.
ANTÍFOLO.--Veámosla.
DROMIO.--No hay ocasión de que recobre sus cabellos el hombre que se
pone naturalmente calvo.
ANTÍFOLO.--¿No puede recobrarlos por multa y recobros?
DROMIO.--Sí, pagando multa por llevar peluca, y recobrando de los
cabellos que ha perdido otro hombre.
ANTÍFOLO.--¿Por qué el tiempo escatima tanto los cabellos, puesto que
son una secreción tan abundante?
DROMIO.--Porque es un dón que prodiga á los animales; y lo que quita á
los hombres en cabellos se lo devuelve en cordura.
ANTÍFOLO.--¡Cómo! Si existen hombres que tienen más cabellos que
entendimiento!
DROMIO.--Ninguno de esos hombres tiene el talento de perder los
cabellos.
ANTÍFOLO.--¡Pues qué! has dicho ahora poco que los hombres de abundantes
cabellos son buenas gentes sin ingenio.
DROMIO.--Cuanto más simple es un hombre, tanto más pronto los pierde.
Sin embargo, los pierde con una especie de alegría.
ANTÍFOLO.--¿Por qué razón?
DROMIO.--Por dos razones, y dos buenas.
ANTÍFOLO.--Te ruego no digas -buenas-.
DROMIO.--Entonces por dos razones seguras.
ANTÍFOLO.--No, no seguras, en una cosa falsa.
DROMIO.--Entonces por dos razones ciertas.
ANTÍFOLO.--Preséntalas.
DROMIO.--Una, para economizar el dinero que le costarían sus rizos;
otra, á fin de que en la comida sus cabellos no caigan en la sopa.
ANTÍFOLO.--Deberías haber probado en todo este tiempo que no hay tiempo
para todo.
DROMIO.--Y así lo he hecho, señor, probando que no hay tiempo para
recobrar los cabellos que se han perdido naturalmente.
ANTÍFOLO.--Pero no has dado una razón sólida para probar que no hay
tiempo alguno para recobrarlos.
DROMIO.--Voy á remediarlo de este modo. El Tiempo mismo es calvo; así,
pues, hasta el fin del mundo tendrá un séquito de hombres calvos.
ANTÍFOLO.--Sabía que la conclusión sería calva. Pero despacio, ¿quién
nos hace señas allá abajo?
(-Entran Adriana y Luciana.-)
ADRIANA.--Sí, sí, Antífolo; tienes una expresión extraña y adusta:
guardas tus dulces miradas para alguna otra querida: no soy más tu
Adriana, tu esposa. Hubo un tiempo en que sin exigírtelo jurabas que
ninguna habla era una música á tu oído sino el sonido de mi voz; ningún
objeto tan encantador á tus ojos como mis miradas; ningún tacto más
lisonjero para tu mano que el de la mía; ningún manjar delicioso que te
agradase sino los que yo te servía. Cómo sucede hoy, esposo mío, ¡oh!
cómo sucede que te hayas alejado tanto de ti mismo? Sí; digo alejado de
ti mismo, porque lo estás de mí; que, siendo incorporada á ti,
inseparable de ti, soy más que la mejor y más amada parte de ti mismo.
¡Ah! no te arranques de mi lado; pues créeme, mi bien amado, que te
sería tan fácil dejar caer una gota de agua en el Océano y recogerla en
seguida sin mezcla, sin adición, ni disminución alguna, como separarte
de mí sin arrastrarme contigo también. ¡Oh! ¿cómo heriría tu corazón en
lo más vivo, si oyeras solamente decir que soy infiel, y que este
cuerpo, consagrado á ti, es manchado por una grosera voluptuosidad? ¿No
me escupirías el rostro? ¿No me arrojarías? ¿No me echarías en cara el
nombre de marido? ¿No desgarrarías la piel teñida de mi frente de
cortesana? ¿No arrancarías el anillo nupcial de mi mano pérfida? ¿Y no
le destrozarías con el juramento del divorcio? Sé que no lo puedes: ¡y
bien! hazlo desde este momento..... Estoy cubierta con una mancha
adúltera; mi sangre está manchada con el crimen de la prostitución; pues
si los dos no formamos sino una sola carne y tú eres infiel, recibo el
veneno mezclado en tus venas y quedo prostituída por tu contagio.--Sé,
pues, constante y fiel á tu lecho legítimo. Entonces viviremos yo sin
mancha y tú sin deshonor.
ANTÍFOLO.--¿Es á mí á quien persuadís, bella dama? No os conozco. No ha
sino dos horas que estoy en Éfeso, tan extranjero á vuestra ciudad como
á vuestros discursos: y aunque tengo que emplear toda mi atención para
estudiar cada una de vuestras palabras, no puedo comprender una sola de
lo que decís.
LUCIANA.--¡Vaya, hermano, cómo ha cambiado el mundo para vos! ¿Cuándo
habéis tratado así á mi
[Illustration:---¿Es á mí á quien persuadís, bella dama?-]
hermana? Ella os ha enviado á buscar por Dromio para comer.
ANTÍFOLO.--¿Por Dromio?
DROMIO.--¿Por mí?
ADRIANA.--Por ti. Y he aquí la respuesta que me has traído: que él te
había abofeteado, y que al hacerlo había renegado mi casa por suya y á
mí por su esposa.
ANTÍFOLO.--¿Habéis hablado á esta dama? ¿Cuál es, pues, el giro y el fin
de vuestra intriga?
DROMIO.--Yo, señor, no la he visto jamás hasta este momento.
ANTÍFOLO.--Mientes, bellaco; pues me has repetido en la plaza las
propias palabras que acabas de decir.
DROMIO.--Jamás en mi vida le he hablado.
ANTÍFOLO.--¿Cómo sucede, pues, que nos llama por nuestros nombres, á
menos que no sea por inspiración?
ADRIANA.--¡Qué mal sienta á vuestra gravedad fingir tan groseramente, de
acuerdo con vuestro esclavo, y excitarlo á que me contraríe! Sea mía la
culpa y que de ella no os toque parte alguna; pero no os hagáis culpable
hacia esa culpa añadiendo todavía mayor desprecio. Vamos, voy á coger tu
brazo: tú eres el olmo, esposo mío, y yo soy la vid, cuya debilidad
unida á tu fuerza me da algo de tu vigor; si algún objeto te desliga de
mí, no puede ser sino una vil planta, una yedra usurpadora ó un musgo
inútil que, creciendo sin cultivo, penetra en tu savia, la infecta y
vive á expensas de tu honor.
ANTÍFOLO.--¡Es á mí á quien habla! Me toma por tema de sus discursos.
¡Qué! ¿La habré desposado en sueños, ó estoy dormido en este momento y
me imagino oir todo esto? ¿Qué error engaña nuestros oídos y nuestros
ojos? Hasta que haya aclarado esta incertidumbre quiero entretener el
error que se me ofrece.
LUCIANA.--Dromio, vé á decir á los criados que sirvan la comida.
DROMIO.--¡Oh! ¡Si yo tuviese mi rosario! Me santiguo como pecador. Este
es el país de las hadas. ¡Oh enigma de los enigmas! Hablamos á
fantasmas, á buhos, á espíritus fantásticos. Si no les obedecemos, he
aquí lo que sucederá: nos chuparán la sangre ó nos pellizcarán hasta
ponernos azules y negros.
LUCIANA.--¿Qué refunfuñas ahí á tus solas en lugar de responder? Dromio,
zángano, caracol, holgazán, imbécil.
DROMIO.--Estoy metamorfoseado, amo; ¿no es verdad?
ANTÍFOLO.--Creo que lo estás en tu alma, y que yo también lo estoy.
DROMIO.--Todo, á fe, amo mío, alma y cuerpo.
ANTÍFOLO.--Tú conservas tu propia forma.
DROMIO.--No: soy un mono.
LUCIANA.--Si en algo te has convertido, es en asno.
DROMIO.--Eso es verdad: yo la llevo á cuestas y estoy ansioso de pacer.
No hay duda; soy un asno. ¿De qué otro modo podría ser que la conociese
yo tan bien como ella me conoce?
ADRIANA.--Vamos, vamos, no quiero ser tan necia que me ponga el dedo en
el ojo y llore, mientras que el criado y el amo ríen y se burlan de mis
males. Vamos, señor, venid á comer: Dromio, cuida la puerta. Esposo mío,
hoy comeré arriba con vos y os obligaré á hacer confesión de mil
travesuras. Oye, bellaco; si alguien viniere á preguntar por tu amo,
dirás que come fuera y no dejarás entrar alma viviente. Venid, hermana.
Dromio, haz bien tu papel de portero.
ANTÍFOLO.--¿Estoy en la tierra, en el cielo ó en el infierno? ¿Estoy
dormido ó despierto, loco ó en mi buen sentido? Conocido de éstas y
disfrazado para mí mismo. Diré lo que digan ellas, lo sostendré con
perseverancia y en esta niebla me dejaré llevar á todas las aventuras.
DROMIO.--Amo, ¿serviré de portero?
ANTÍFOLO.--Sí; no dejes entrar á nadie, si no quieres que te rompa la
cabeza.
LUCIANA.--Vamos, venid, Antífolo. Comemos demasiado tarde.
(-Salen.-)
[Illustration]
[Illustration]
ACTO III.
ESCENA I.
Se ve la calle que pasa delante de la casa de Antífolo de Éfeso.
ANTÍFOLO de Éfeso, DROMIO de Éfeso, ANGELO y BALTASAR.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.
Mi buen señor Angelo, es necesario que nos excuséis á todos: mi mujer se
pone de mal humor, cuando no llego á tiempo. Decid que me entretuve en
vuestra tienda viendo trabajar en su cadena, y que mañana la llevaréis á
la casa. Pero he aquí un canalla que quiere sostener en mi presencia que
me ha alcanzado en la plaza, que le he golpeado, que le he confiado mil
marcos en oro, y que he renegado de mi casa y mi esposa.--¿Qué quisiste
decirme con esto, grandísimo borracho?
DROMIO DE ÉFESO.--Decid lo que queráis, señor; pero yo sé lo que sé.
Guardo todavía las señales de vuestra mano para probar que me habéis
golpeado en la plaza. Si mi piel fuese un pergamino y vuestros golpes
tinta, vuestra propia escritura atestiguaría lo que digo.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Yo, digo que eres un asno.
DROMIO DE ÉFESO.--Por cierto que así parece por los malos tratos que
recibo y por los golpes que sufro. Debería responder á un puntapié con
una coz, y entonces os guardaríais de mis cascos y tendríais cuidado con
el asno.
ANTÍFOLO.--Estáis triste, señor Baltasar. Ruego á Dios que nuestro
banquete responda á mi buena voluntad y á la buena acogida que
recibiréis aquí.
BALTASAR.--Doy poco valor á vuestro banquete, señor, al lado del alto
valor de vuestra buena acogida.
ANTÍFOLO.--¡Oh! señor Baltasar, sea carne ó pescado, una mesa llena de
buena acogida hace parecer pobre el plato más exquisito.
BALTASAR.--La buena vianda es común, señor; se encuentra hasta en la
mesa de todos los rústicos.
ANTÍFOLO.--Y una buena acogida es aún más común; porque no es nada sino
palabras.
BALTASAR.--Mesa parca y buena acogida hacen una alegre fiesta.
ANTÍFOLO.--Sí, para un huésped avaro y un convidado aún más mezquino.
Pero, aunque mis provisiones sean exiguas, aceptadlas de buena gracia:
podéis encontrar mejor festín, pero no ofrecido más de corazón.--Pero
despacio, mi puerta está cerrada. (-Á Dromio.-) Vé á decir que se nos
abra.
DROMIO.--(-Llamando.-) Hola, Magdalena, Brígida, Mariana, Cecilia,
Giulieta, Juana.
DROMIO DE SIRACUSA.--(-Dentro.-) Silencio, caballo de noria, capón,
gañán, idiota! Aléjate de la puerta ó siéntate en el umbral. ¿Andas
reclutando mozas que así llamas tal surtido de ellas, cuando con una
sola hay ya una de más? Vamos, vete de esta puerta.
DROMIO DE ÉFESO.--¿Qué belitre nos han dado de portero?--Mi amo espera
en la calle.
DROMIO DE SIRACUSA.--Que se marche por donde vino, no sea que coja frío
en los piés.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--¿Quién habla ahí dentro? ¡Hola! abrid la puerta.
DROMIO DE SIRACUSA.--Bien, señor; os diré el cuándo si me decís para
qué!
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--¿Para qué? Para sentarme á comer; no he comido hoy.
DROMIO DE SIRACUSA.--Ni comeréis hoy aquí; volved cuando podáis.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--¿Quién eres para cerrarme la puerta de mi casa?
DROMIO DE SIRACUSA.--Soy portero por el momento, señor, y mi nombre es
Dromio.
DROMIO DE ÉFESO.--¡Ah! bandido! me has robado á la vez mi empleo y mi
nombre. El uno no me ha dado jamás honra y el otro me ha traído amargos
reproches. Si hubieses sido Dromio hoy y hubieses estado en mi lugar,
habrías cambiado con gusto tu facha por un nombre, ó tu nombre por un
asno.
LUCÍA.--(-Del interior de la casa.-) ¿Qué barullo es ese? ¿Dromio, qué
gente es esa que está en la puerta?
DROMIO DE ÉFESO.--Lucía, haz entrar á mi amo.
LUCÍA.--No, ciertamente: viene demasiado tarde; puedes decírselo á tu
amo.
DROMIO DE ÉFESO.--¡Santo Dios! Es necesario que ría.--Á vos el
proverbio. ¿Debo colocar mi bastón?
LUCÍA.--Y á vos este otro; quiere decir ¿cuándo? ¿Podéis decirlo?
DROMIO DE SIRACUSA.--Si tu nombre es Lucía, Lucía le has respondido
bien.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--¿Oyes, tontuela? ¿Espero que nos dejarás entrar?
LUCÍA.--Pensaba habéroslo preguntado.
DROMIO DE SIRACUSA.--Y habéis dicho que no.
DROMIO DE ÉFESO.--Vamos, bien, bien contestado; es golpe por golpe.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Ea! maula, déjame entrar.
LUCÍA.--¿Podríais decir para agradar á quién?
DROMIO DE ÉFESO.--Señor, golpead fuerte en la puerta.
[Illustration]
LUCÍA.--Que golpee, hasta que le duela á la puerta.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Te lo haré pagar caro, aunque tenga que echar abajo
la puerta.
LUCÍA.--¿Quién se antoja de eso y de un cepo de piés en la ciudad?
ADRIANA.--(-En el interior de la casa.-) ¿Quién hace tanto ruido en la
puerta?
DROMIO DE SIRACUSA.--Bajo mi palabra, que vuestra ciudad está
embarullada por mozos turbulentos.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--¿Estáis ahí, esposa mía? Podíais haber venido un
poco más pronto.
ADRIANA.--¿Vuestra esposa, señor bribón? Ea! Marchaos de esta puerta.
DROMIO DE ÉFESO.--Si tenéis que sufrir, señor, ese bribón no quedará
bueno y sano.
ANGELO.--(-Á Antífolo de Éfeso.-) Aquí no hay ni mesa puesta, ni buena
acogida; ya quisiéramos tener una ú otra.
BALTASAR.--Discutiendo lo que se debe hacer, no perderemos una ni otra.
DROMIO DE ÉFESO.--(-Á Antífolo.-) Estos señores están en la puerta, mi
amo; decidles pues, que entren.
ANTÍFOLO.--Algo de sospechoso sucede cuando no podemos entrar.
DROMIO DE ÉFESO.--Vuestra sopa está caliente, adentro; y vos quedáis
aquí expuesto al frío. Hay para poner á un hombre furioso como un gamo,
cuando es engañado y burlado de este modo.
ANTÍFOLO.--Vé á traer alguna cosa para derribar la puerta.
DROMIO DE SIRACUSA.--Romped alguna cosa aquí, y yo romperé vuestra
cabeza de bribón.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Vamos, quiero entrar por fuerza; vé á traer una
grúa.
DROMIO DE ÉFESO.--¿Una grúa sin plumas, señor, es lo que queréis decir?
Para un pez sin nadaderas, hé aquí un pájaro sin plumas; si un pájaro
puede hacernos entrar, tunante, desplumaremos un cuervo.
ANTÍFOLO.--Vé pronto á buscarme una grúa de hierro.
BALTASAR.--Tened paciencia, señor. ¡Oh! No lleguéis á tal extremidad.
Hacéis mal á vuestra reputación y vais á poner al alcance de las
sospechas el honor inmaculado de vuestra esposa. Una palabra más.
Vuestra larga experiencia de su sensatez, de su casta virtud, de sus
años y de su modestia alegan en su favor alguna razón que os es
desconocida; no dudéis, señor; ella os explicará por qué se encuentran
hoy cerradas para vos las puertas; dejaos guiar por mí, apartaos de este
lugar con paciencia y vamos á comer juntos á la hostería del Tigre, y al
caer la tarde volved solo para saber la razón de esta extraña sorpresa.
Si queréis entrar por fuerza en medio del movimiento del día, se
suscitarán sobre esto los comentarios del vulgo. Las suposiciones
injuriosas á vuestra reputación, sin mancha aún, se deslizarán hasta
vuestra tumba y se albergarán sobre ella cuando ya no existáis. La
calumnia vive de herencias y se establece para siempre allí donde
penetra una vez.
ANTÍFOLO DE ÉFESO.--Habéis prevalecido. Voy á retirarme tranquilamente,
y á despecho de la alegría, pretenderé estar alegre. Conozco una moza de
humor encantador, bonita y espiritual, un poco extravagante, y, sin
embargo, benigna. Comeremos allí; mi esposa me ha movido querella muy á
menudo por ese motivo, pero inmerecidamente lo protesto. Iremos á comer
donde ella. Volved á vuestra casa y traed la cadena. Sé que ha de estar
terminada á esta hora. Llevadla, os lo ruego, al Puerco-espín, que es la
casa. Voy á regalar esta cadena á mi hostelera, aunque no sea sino para
hacer rabiar á mi esposa; querido amigo, daos prisa; puesto que mi
esposa me cierra las puertas, iré á llamar á otra parte y veremos si me
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