locura tan general que hasta los azotadores andan enamorados.--No
obstante, estoy seguro de curarla con mis consejos.
ORLANDO.--¿Habéis curado así á alguien?
ROSALINDA.--Sí, á uno. Convenimos en que se imaginaría que yo era su
amante, su Dulcinea, y le puse á hacerme la corte cada día; en cuya
ocasión, yo, que era un chiquillo caprichoso, aparecía triste,
afeminado, antojadizo, soberbio, fantástico, de mal humor, frívolo,
inconstante, ya lleno de sonrisas, ya de lágrimas; dando algo para cada
pasión, y verdaderamente todo para la carencia de pasión,--como que
muchachos y mujeres son á este respecto ganado de la misma pinta; tan
pronto gustaba de él como le aborrecía; ya buscaba su conversación, ya
huía de su compañía; ora lloraba por él, ora le ultrajaba; de manera que
lo hice pasar de su furiosa locura de enamorado, á una locura mansa,
cual fué la de alejarse del torrente mundano para refugiarse en el
arroyuelo monástico.--Así lo curé; y así me comprometo á curaros,
dejando vuestro corazón más limpio que el de un borrego sano, sin que
quede en él ni la más pequeña mancha de amor.
ORLANDO.--No querría ser curado, mancebo.
ROSALINDA.--Pues os curaré, si solamente consentís en llamarme
Rosalinda, y en venir todos los días á mi ejido á hacerme la corte.
ORLANDO.--Bien. Á fe de mi amor, que lo haré. Decidme á dónde es.
ROSALINDA.--Venid conmigo y os le mostraré. Mientras caminamos, me
diréis en qué parte del bosque vivís. ¿Queréis venir?
ORLANDO.--Con todo mi corazón, joven amigo.
ROSALINDA.--No. Tenéis que llamarme Rosalinda. ¡Ea! ¡Hermana! ¿Quieres
venir? (-Salen.-)
ESCENA III.
(Entran PIEDRA-DE-TOQUE y TOMASA.--Jaques los observa desde alguna
distancia.)
PIEDRA-DE-TOQUE.--Vamos, apúrate, buena Tomasa, yo te traeré las cabras.
¿Y qué tal, Tomasa? ¿Soy todavía el que te conviene? ¿Quedas contenta
con esta simple fisonomía?
TOMASA.--¡Fisonomía! ¡Dios nos asista! ¿Qué es fisonomía?
PIEDRA.--Contigo y tus cabras estoy aquí ni más ni menos que aquel
caprichoso poeta, el honrado Ovidio, entre los godos.
JAQUES. (-Aparte.-)--¡Oh erudición mal colocada! ¡Peor que Júpiter bajo
tejado!
PIEDRA.--Cuando los versos de un hombre no pueden ser comprendidos, ni
secundado su ingenio por el entendimiento, se le mata más pronto que si
se le cobraran por el alquiler de un cuartito las cuentas del gran
capitán.--Verdaderamente me habría alegrado de que los dioses te
hubiesen hecho poética.
TOMASA.--No sé qué quiere decir poética. ¿Es algo de honrado en la
acción y en la palabra? ¿Es cosa de buena ley?
PIEDRA.--En cuanto á eso, no; porque la mejor poesía es la que finge
mejor. Los enamorados son muy dados á poesías; y lo que en ellas juran,
se puede decir que, como amantes, lo fingen.
TOMASA.--¡Y así queréis que los dioses me hubiesen hecho poética!
PIEDRA.--Por cierto que sí; porque me juraste que eres honrada: y si
fueras poetisa, me quedaría alguna esperanza de que me engañabas.
TOMASA.--¡Qué! ¿No me querríais honrada?
PIEDRA.--Es claro que no; á menos que fueses muy fea; porque añadir la
honradez á la belleza, es como endulzar el azúcar añadiéndole miel.
JAQUES.--(-Aparte.-)--¡Un idiota consumado!
TOMASA.--Bien. No soy hermosa, y por lo mismo ruego á los dioses que me
conserven honrada.
PIEDRA.--En verdad, prodigar la honradez en una fregona pestífera, sería
poner un manjar sabroso en un plato sucio.
TOMASA.--Aunque fea, no soy, á Dios gracias, una mujer de esa clase.
PIEDRA.--Bueno: demos gracias á Dios por tu fealdad. Lo demás vendrá con
el tiempo. Pero sea de ello lo que fuere, me casaré contigo; y con tal
fin me he visto con D. Oliverio Dañatextos, cura de la aldea vecina.--Me
ha prometido venir á este sitio del bosque y unirnos.
JAQUES. (-Aparte.-)--Ya querría yo ver esta entrevista.
TOMASA.--Bien, y que los dioses nos dén regocijo.
PIEDRA.--Amen. Un hombre de corazón apocado vacilaría antes de acometer
la empresa; porque aquí no tenemos más templo que el bosque, ni más
congregación que los animales de cuernos. Pero ¿y qué? ¡Valor! Por
odiosos que sean, los cuernos son necesarios. Suele decirse que muchos
ricos no saben todo lo que tienen.--Exacto.--Y muchos hombres tienen
buenos cuernos y nunca sabrán cuántos, ni cuáles serán los últimos.
Bien: es la dote que le da la mujer; no es cosa que él mismo ha traído
al matrimonio. ¿Cuernos? Ni más ni menos. ¿Y sólo para los pobres? No:
no. El más noble ciervo los tiene tan desmesurados como el plebeyo. ¿Es
acaso feliz por eso el soltero? No: pues así como vale más una ciudad
amurallada que una aldea, así la frente del marido es más honorable que
la frente desnuda del soltero; y así como es más valiosa la defensa que
la impericia, así es también más precioso en igual grado tener un buen
cuerno que necesitarlo. (-Entra Oliverio Dañatextos.-) Aquí viene el
señor Oliverio Dañatextos. Mucho me alegro de veros, señor. ¿Queréis
despacharnos aquí, á la sombra de este árbol, ó deberemos ir con vos á
vuestra capilla?
OLIVERIO.--¿No hay alguien aquí para servir de padrino á la novia y
entregarla?
PIEDRA.--No la tomara yo como dádiva de hombre alguno.
OLIVERIO.--Pero si no es dada la novia, el matrimonio no es legítimo.
JAQUES. (-Presentándose.-).--Continuad: yo la daré.
PIEDRA.--Buenas tardes, señor de....... Cómo os llamáis? ¿Qué tal os va?
Me alegro mucho de encontraros. Dios os premie por vuestra última
visita. Tengo sumo placer en veros. ¿Tenéis aún esa friolera en la mano?
Vamos, cubríos, os ruego.
JAQUES.--¿Os queréis casar, bufón?
PIEDRA.--Como tienen el buey su yugo, el caballo su brida y el halcón
sus cascabeles, así tiene el hombre sus deseos; y como se arrullan las
palomitas, así quiere el matrimonio andar picoteando.
JAQUES.--¿Y es posible que un hombre de vuestra condición se case á
escondidas como un pordiosero? Id al templo y tomad un buen sacerdote
que os pueda decir lo que es el matrimonio: este mozo no hará más que
juntaros como dos piezas de ensambladura; y luego uno de vosotros
empezará á encogerse, como madera verde, y al fin todo quedará torcido.
PIEDRA.--(-Aparte.-)--Pues me inclino más á que me case este que otro;
porque no tiene trazas de casarme en regla; y no siendo en regla el
casamiento, ya tendré más tarde una buena excusa para dejar plantada á
mi mujer.
JAQUES.--Venid conmigo, y dejad que os aconseje.
PIEDRA.--Ven, dulce Tomasa. Hemos de casarnos, ó viviremos á salto de
mata.
No: ¡Oh digno Oliverio!
¡Oh bravo Oliverio!
No me dejes atrás!
Pero; Velas y buen viento
Márchate al momento.
No me cases jamás.
(-Salen Jaques, Piedra y Tomasa.-)
OLIVERIO.--No importa.--Nunca me desviará de mi vocación ninguno de
estos antojadizos bellacos.
(-Sale.-)
ESCENA IV.
La misma. Delante de una casa de campo.
Entran ROSALINDA y CELIA.
ROSALINDA.--No me digas palabra; romperé en llanto.
CELIA.--Hazlo, te ruego; pero ten la bondad de considerar que no sientan
bien las lágrimas á un hombre.
ROSALINDA.--¿Pero no tengo motivo para llorar?
CELIA.--Tanto como se puede desear.--Así, pues, llora.
ROSALINDA.--Hasta su cabello es del color de la falsedad.
CELIA.--Un poco más oscuro que el de Judas; y á fe que sus besos son
nietos legítimos de los de éste.
ROSALINDA.--Por cierto, tiene el cabello de bonito color.
CELIA.--Excelente.--No hay color como tu castaño.
ROSALINDA.--Y tiene un modo de besar tan casto, como el contacto del pan
bendito.
CELIA.--Ha comprado un par de labios fundidos en el molde de los de
Diana.--Una monja de la hermandad del invierno no pondría en sus besos
compunción más edificante.--Hay en ellos una castidad de hielo.
ROSALINDA.--Pero ¿por qué juró venir esta mañana y no viene?
CELIA.--Lo cierto es que no hay verdad en él.
ROSALINDA.--¿Te parece?
CELIA.--Sí: no le tengo por un ratero ni por un ladrón de caballos: pero
en cuanto á su sinceridad en amor, la juzgo tan hueca como un cubilete ó
como una nuez carcomida.
ROSALINDA.--¿Falso en amor?
CELIA.--Sincero, cuando está enamorado; pero creo que no lo está.
ROSALINDA.--Le habéis oído jurar que sí lo está.
CELIA.--«Estaba», es una cosa, y «está» es otra. Fuera de esto, los
juramentos en los enamorados no tienen más fuerza que las palabras de
los taberneros: sólo sirven para confirmar cuentas mentirosas. Él se
halla aquí en el bosque al servicio del duque vuestro padre.
ROSALINDA.--Ayer encontré al duque y tuve larga conversación con él.
Preguntóme de qué familia desciendo, y le dije que de una tan buena como
él; lo cual hizo que se riera y me dejara ir. Pero ¿á qué hablamos de
padres, habiendo un hombre como Orlando?
CELIA.--¡Oh, es un gallardo sujeto! Escribe gallardos versos, dice
gallardas palabras, hace gallardos juramentos y gallardamente los
quebranta, como de través, en el corazón de su amante; como el justador
novicio que espolea su caballo por un solo lado, y rompe su lanza como
un gallardo majadero. Pero donde impera la juventud y guía el paso la
locura, todo es gallardo! ¿Quién viene ahí? (-Entra Corino.-)
CORINO.--Señor, y amo mío, habéis indagado más de una vez acerca de
aquel pastor que se quejaba de amores, á quien visteis sentado junto á
mí en el césped alabando á la altiva y desdeñosa zagala que fué su
amante.
CELIA.--Y bien: ¿qué es de él?
CORINO.--Si deseáis ver representar un verdadero espectáculo, entre el
pálido aspecto del verdadero amor, y el encendido color del altivo
desdén y del desprecio, caminad un breve espacio y os conduciré.
CELIA.--Ea! vamos. La vista de unos enamorados alimenta á los otros.
Déjanos contemplar esa vista, y podrás decir que también he desempeñado
un activo papel en su comedia.
(-Salen.-)
ESCENA V.
Otra parte del bosque.
Entran SILVIO y FEBE.
SILVIO.--No me desprecies, dulce Febe, no. Dí que no me amas, pero no lo
digas con encono. El verdugo, cuyo corazón está endurecido por el hábito
de ver la muerte, no deja caer el hacha sobre la cerviz inclinada sin
pedir perdón primero. ¿Quieres ser más dura que aquel que por oficio
pasa toda su vida entre la sangre?
(-Entran Rosalinda, Celia y Corino á cierta distancia.-)
FEBE.--No querría ser tu verdugo, y huyo de ti porque no deseo hacerte
mal. Me dices que mis ojos despiden la muerte; pero se me antoja que es
cosa muy probable el que los ojos--la parte más débil y suave, la que se
cierra hasta por temor á un grano de polvo--no puedan ser llamados
tiranos, carniceros, asesinos! Pues bien: ahora te miro con el mas
entrañable enojo, y que mis ojos te maten en este momento, si son
capaces de herir. Finge que te desmayas, ea! Déjate caer por tierra; ó
si no puedes, al menos por vergüenza no digas que mis ojos son asesinos.
Muéstrame la herida que te han hecho. Púnzate, aunque sólo sea con un
alfiler, y te quedará alguna señal: apóyate, aunque sólo sea sobre un
junco, y la mano conservará siquiera por unos instantes la huella de la
presión. Pero mis ojos ahora que se han clavado ceñudos en ti, no te
lastiman; y, estoy segura de ello, ningunos ojos tienen fuerza para
hacerlo.
SILVIO.--¡Oh amada Febe! Si alguna vez (y acaso se halle próxima)
encuentras en alguna fresca mejilla el poder de la fantasía, entonces
sabrás qué invisibles heridas hacen las agudas flechas del amor.
FEBE.--Pues hasta entonces no te me acerques; y cuando suceda,
persígueme con tus burlas y no me compadezcas, así como yo no he de
compadecerte hasta entonces.
ROSALINDA. (-Avanzando.-)--¿Y sabréis decirme por qué? ¿De qué madre
habéis nacido que así insultáis y desdeñáis y abrumáis á un desdichado?
Pues aunque tuviérais más belleza (y, á fe mía, no veo que tenéis más
que la necesaria para acostaros á oscuras) ¿habríais de ser por eso
orgullosa é implacable? ¿Por qué me miráis así? No veo en vos más que
una de tantas obras vulgares de la naturaleza. ¡Por vida mía! ¡Pienso
[Illustration:---¡Por amor de Dios, no os vayáis á enamorar de mí: no me
gustáis!-]
que quiere también confundir mis ojos! No, por cierto, soberbia dama, no
esperéis tal. No son vuestras cejas color de tinta, vuestro cabello de
seda negra, vuestros ojos de abalorio, ni vuestra mejilla de natas, lo
que podría subyugar mi ánimo á vuestra adoración. Necio pastor: ¿por qué
la seguís como el brumoso viento del Sur, lleno de ráfagas y lluvia?
Sois mil veces mejor como hombre que ella como mujer; y son los necios,
como vos, quienes llenan el mundo de hijos desgraciados. Sois vos y no
su espejo quien la adula; y á causa de vos, se ve ella mucho mejor que
lo que pueden mostrarla sus propias facciones. Pero, señora, conoceos
bien, poneos de rodillas, y dad gracias al cielo, con el ayuno, por el
amor de un hombre honrado. Y tengo que deciros una verdad al oído:
Vended cuando podáis; no sois artículo que tendría salida en cualquier
mercado. Pedid perdón al hombre; amadle; aceptad su oferta. Es
doblemente fea la que añade á la fealdad el desprecio. Tómala, pues,
pastor, y quedad con Dios.
FEBE.--Hermoso joven, regañadme un año entero. Prefiero vuestras
reconvenciones á requiebros de este hombre.
ROSALINDA.--Él se ha enamorado de la fealdad de ella, y ella acabará por
enamorarse de mi enojo. Si es así, cuanto más airada se muestre contigo,
más la atormentaré con palabras amargas. ¿Por qué me miráis así?
FEBE.--No por mala voluntad.
ROSALINDA.--Por amor de Dios, no os vayáis á enamorar de mí, porque soy
más falso que juramento de borracho. Fuera de esto, no me gustáis.--Si
queréis saber dónde vivo, es á un paso de aquí, en el olivar. ¿Quieres
que nos vayamos, hermana? Pastor, acosadla. Ven, hermana. Pastora,
miradle con mejores ojos, y no seáis soberbia. Nadie en el mundo entero
sería tan engañado por sus ojos como él. Vamos, á nuestro ejido.
(-Salen Rosalinda, Celia y Corino.-)
FEBE.--¡Insensible pastor! Ahora siento la fuerza de esta verdad;
«¿quién que amó, no amó á primera vista?»
SILVIO.--Adorable Febe...
FEBE.--¡Ah! ¿decíais algo, Silvio?
SILVIO.--Adorable Febe; compadécete de mí.
FEBE.--En verdad, siento veros así, amable Silvio.
SILVIO.--Adonde está el pesar, debería hallarse el consuelo. Si mi
amorosa pesadumbre os entristece, vuestra tristeza y mi pesar
desaparecerían con un poco de amor.
FEBE.--Tienes mi afecto. ¿No es casi lo mismo?
SILVIO.--Querría poseerte.
FEBE.--Eso sería codicia. Silvio, ha pasado el tiempo en que te
aborrecía; y, sin embargo, no es que sienta amor por ti; pero desde que
te muestras tan capaz de hablar bien de amor toleraré tu sociedad, que
me era fastidiosa y aun te ocuparé; mas no esperes otra recompensa que
tu propia satisfacción en verte ocupado por mí.
SILVIO.--Tan puro y santo es mi amor y tan pobre me encuentro de
mercedes, que será para mí abundante cosecha el ir recogiendo las
espigas olvidadas por aquel que recogió la cosecha principal. Dame de
vez en cuando una sonrisa perdida y ella me hará vivir.
FEBE.--¿Conoces al joven que me habló hace poco?
SILVIO.--No mucho, pero le he encontrado muchas veces; y ha comprado la
casa y los ganados que pertenecían al viejo huraño.
FEBE.--No pienses que le ame aunque pregunte por él. No es más que un
muchacho petulante. Sin embargo, habla bien. ¿Pero acaso me cuido yo de
palabras? Las palabras, no obstante, vienen bien, cuando el que las
dice es visto con agrado por el que las oye. Es un bonito joven--no
demasiado bonito--pero sin duda alguna es orgulloso. Tiene un orgullo
que no le sienta mal. Llegará á ser un hombre en regla. Lo mejor de él
es su temperamento; y antes que sus palabras acabasen de hacer una
herida, sus ojos la habían ya cicatrizado. No es de alta estatura,
aunque sí lo bastante para su edad. La pierna es así, así, pero no está
mal. Tienen sus labios un lindo color rosado; un encarnado algo más
maduro y lozano que el que colora sus mejillas: la misma diferencia que
entre una encendida rosa de Damasco y otra de color mezclado. Mujeres
hay, Silvio, que á haberlo examinado minuciosamente, como lo hice, casi
se habrían enamorado de él; pero en cuanto á mí, ni le amo ni le
aborrezco. Y, sin embargo, más motivo tendría para aborrecerle que para
amarle; porque ¿quién le autorizaba á dirigirme reproches? Dijo que mis
ojos y mis cabellos son negros; y ahora recuerdo que me trató con
desprecio. Me admira el no haberle replicado. Pero en fin de cuentas es
lo mismo, ya que cuenta olvidada no es cuenta saldada. Le escribiré una
carta que le escueza de veras y tú se la llevarás. ¿Apruebas, Silvio?
SILVIO.--Con todo mi corazón, Febe.
FEBE.--Pues la escribiré en seguida. Lo que he de decirle está en mi
cabeza y en mi corazón. Seré con él lacónica y severa. Ven conmigo,
Silvio.
(-Salen.-)
[Illustration]
ACTO IV.
ESCENA I.
La misma.
Entran ROSALINDA, CELIA y JAQUES.
JAQUES.
Ruégote, bello joven, que me hagas conocerte mejor.
ROSALINDA.--Dicen que sois dado á la melancolía.
JAQUES.--Así soy. Me gusta más que la risa.
ROSALINDA.--Los que pecan por uno ú otro de ambos extremos son gentes
abominables y se exponen más á la moderna crítica que si cayeran en la
embriaguez.
JAQUES.--Pues paréceme bien que quien está triste guarde silencio.
ROSALINDA.--Pues entonces me parece bien ser un poste.
JAQUES.--No tengo la melancolía del erudito, que es emulación; ni la del
músico, que es fantástica; ni la del cortesano, que es altiva; ni la del
soldado, que es ambiciosa; ni la del abogado, que es política; ni la de
la dama, que es agraciada; ni la del enamorado, que es todo esto á la
vez. La mía es una melancolía peculiar de mí mismo, un compuesto de
muchos simples, extraído de muchos objetos; y en verdad, la
contemplación de mis viajes, que á menudo absorbe mis meditaciones, es
una tristeza en extremo caprichosa.
ROSALINDA.--¡Viajero! Pues á fe mía que os sobra motivo para estar
triste. Me temo que hayáis vendido vuestras tierras por ir á ver las
agenas. Y luégo, haber visto mucho y no tener nada, es tener ojos ricos
y manos pobres.
JAQUES.--Sí; he ganado experiencia.
(-Entra Orlando.-)
ROSALINDA.--Y vuestra experiencia os entristece. Yo preferiría tener un
bufón que me pusiera alegre, y no una experiencia que me pusiera triste.
¡Y todavía viajar por ella!
ORLANDO.--Buenos días y ventura, amada Rosalinda.
JAQUES.--Pues nada; Dios os asista, que estáis hablando en verso suelto.
ROSALINDA.--Adios, señor viajero. Parad mientes. Mientras no habléis
pronunciando con afectación, os vistáis con extraños trajes, echéis á
perder los beneficios de vuestro propio país, reneguéis del amor á
vuestra nacionalidad y aun echéis en cara á Dios el haberos dado la
forma que tenéis, me costará mucho trabajo creer que habéis navegado ni
siquiera en una góndola. (-Sale Jaques.-) ¿Qué significa esto, Orlando?
¿A dónde habéis estado todo este tiempo? ¿Y sois un amante? Si os
acontece hacerme otra partida como esta, no os volváis á presentar á mi
vista.
ORLANDO.--Amada Rosalinda, no ha pasado una hora desde el momento de
veros, según mi promesa.
ROSALINDA.--¡Faltar una hora entera á una promesa amorosa! En materia de
amor, aquel que divida un minuto en mil partes y falte en fracción
alguna á la milésima parte del minuto, está, como si se dijera, en manos
de la policía del amor; pero yo garantizo que está sano de corazón.
ORLANDO.--Perdonadme, amada Rosalinda.
ROSALINDA.--No. Si habéis de ser tan lento, no volváis á verme. Tanto me
valdría tener por pretendiente á un caracol.
ORLANDO.--¿Un caracol?
ROSALINDA.--Sí; pues aunque camina despacio, lleva su casa en la cabeza;
mejor dote que la que podéis hacer á mujer alguna. Fuera de esto, lleva
consigo su destino.
ORLANDO.--¿Qué es eso?
ROSALINDA.--Los cuernos con los cuales se presume que deben aparecer á
mérito de sus esposas aquellos que se os parecen; mientras que él tiene
la suerte de venir armado sin que por ello se pueda difamar á su esposa.
ORLANDO.--La virtud no es fabricante de cuernos; y mi Rosalinda es
virtuosa.
ROSALINDA.--Y yo soy vuestra Rosalinda.
CELIA.--Le agrada daros ese nombre; pero él tiene una Rosalinda de mejor
aspecto que vos.
ROSALINDA.--Vamos, galanteadme, galanteadme, que estoy de humor de
fiesta, y es bastante probable que consienta. ¿Qué me diríais ahora si
yo fuera vuestra Rosalinda en alma y cuerpo?
ORLANDO.--Principiaría por un beso antes de decir nada.
ROSALINDA.--No; mejor sería hablar primero, y cuando os viérais
embarazado por falta de asunto, podríais aprovechar la oportunidad para
los besos. Hay muy buenos oradores que cuando pierden el hilo del
discurso se limpian el pecho, y entre los amantes, cuando viene á faltar
asunto (lo que Dios no permita en nuestro caso) el mejor método de
limpiar el pecho es besarse.
ORLANDO.--¿Y cuando se niega el beso?
ROSALINDA.--Entonces se os obliga á suplicar, y he ahí nuevo asunto.
ORLANDO.--Pero ¿á quién se le perdería el discurso estando en presencia
de la dama que adora?
ROSALINDA.--Á vos, por cierto, si fuese yo la dama; ó pensaría que mi
honradez no valía tanto como mi discreción. ¿No soy vuestra Rosalinda?
ORLANDO.--Algún placer encuentro en decir que lo sois, pues así puedo
hablar de ella.
ROSALINDA.--Pues en nombre de ella os digo que no quiero teneros.
ORLANDO.--Pues en mi propio nombre os digo que me muero.
ROSALINDA.--No, á fe mía; morid por poderes. Este bendito mundo lleva ya
cosa de seis mil años de vida, y en todo ese tiempo jamás ha habido
varón que haya muerto en persona por enfermedad de amor. Froilo, que es
uno de los modelos de amante, tuvo aplastados los sesos por una maza
griega; pero hizo cuanto pudo para morir antes. Á no haber sido por una
calurosa noche de la canícula, Leandro habría vivido muchos buenos años,
por mas que Hero se hubiese metido á monja; pues habéis de saber, buen
joven, que no fué al Helesponto mas que por darse una lavada; pero le
sobrevino un calambre y se ahogó. Por esto los necios cronistas de aquel
tiempo echaron la culpa á Hero de Sestos. Pero todas estas son mentiras.
Los hombres se mueren alguna vez y los gusanos se los comen, pero no por
amor.
ORLANDO.--No desearía que mi verdadera Rosalinda fuese de ese modo de
pensar; pues protesto que su enojo podría matarme.
ROSALINDA.--Por esta mano protesto que no podría matar un mosquito.
Pero vamos; seré vuestra Rosalinda en más accesible temperamento y
pedidme lo que queráis que os lo concederé.
ORLANDO.--Pues amadme, Rosalinda.
ROSALINDA.--Sí, á fe mía que sí, los viernes y los sábados y todo lo
demás.
[Illustration]
ORLANDO.--¿Y quieres que sea tuyo?
ROSALINDA.--Por cierto, y veinte por el estilo.
ORLANDO.--¿Qué dices?
ROSALINDA.--¿No eres bueno?
ORLANDO.--Deseo serlo.
ROSALINDA.--Pues entonces, ¿no se puede desear de lo bueno lo más? Ea!
hermana! Vos seréis el sacerdote y nos casaréis. Orlando, dadme vuestra
mano. ¿Qué decís, hermana?
ORLANDO.--Casadnos, os ruego.
CELIA.--No puedo decir las palabras.
ORLANDO.--Debéis principiar así: «¿Queréis, Orlando.....
CELIA.--Ya estoy. «¿Queréis, Orlando, tomar por esposa á Rosalinda?
ORLANDO.--Sí, quiero.
ROSALINDA.--Sí, pero ¿cuándo?
ORLANDO.--Por supuesto, ahora mismo, y tan aprisa como pueda ella
casarnos.
ROSALINDA.--Entonces debéis decir: «Rosalinda, te tomo por esposa.»
ORLANDO.--Rosalinda, te tomo por esposa.
ROSALINDA.--Podría yo pediros que me mostréis vuestra credencial; pero,
«Orlando, te tomo por esposo.» He aquí una jovencita que se anticipa al
sacerdote: y ciertamente, el pensamiento de la mujer se anticipa á sus
actos.
ORLANDO.--Así es con todo pensamiento; tienen alas.
ROSALINDA.--Decidme ahora, ¿cuánto tiempo querréis guardarla después de
haberla poseído?
ORLANDO.--Para siempre y un día más.
ROSALINDA.--Decid un día sin el siempre. No, no, Orlando. Los hombres
son Abril cuando pretenden y Diciembre cuando se casan. Las doncellas
son Mayo cuando solteras, pero casadas, cambia la atmósfera. Tendré más
celos de ti, que un palomo berberisco de su paloma; seré más bullanguera
que un loro cuando asoma la lluvia; más antojadiza que una mona; más
voluble en mis deseos, que un mico. Romperé en llanto por nada, como
Diana en la fuente, y he de hacerlo cuando estés dispuesto á la alegría;
y me reiré como una hiena, y esto cuando te sientas más inclinado á
dormir.
ORLANDO.--Pero ¿haría tal mi Rosalinda?
ROSALINDA.--Por vida mía, que hará lo mismo que yo.
ORLANDO.--¡Oh! Pero ella es sensata.
ROSALINDA.--Y de no serlo le faltaría el talento de hacer esto; pues
cuanto más sensata, más excéntrica. Cerrad las puertas al ingenio de la
mujer y se saldrá por la ventana, cerrad ésta y se escapará por el ojo
de la cerradura; obstruíd este agujero y volará con el humo por la
chimenea.
ORLANDO.--El hombre que tenga una mujer de tal ingenio, podrá decir:
«Ingenio, ¿adónde te quieres ir?»
ROSALINDA.--No podéis usar de este freno para con él, hasta que lo
encontréis llevando á vuestra mujer al lecho de vuestro vecino.
ORLANDO.--¿Y de dónde sacaría ese talento el talento de disculpar eso?
ROSALINDA.--Nada más fácil, iba allí en busca vuestra. Jamás podréis
tomar á la mujer sin la réplica, á menos que la toméis sin su lengua.
¡Oh! La que no pueda echar siempre á su marido la culpa de cuanto malo
ella hace, que no amamante jamás á su hijo, porque lo criará como un
idiota!
ORLANDO.--Rosalinda, me separo de ti por dos horas.
ROSALINDA.--¡Ay, amor mío! No puedo pasar dos horas sin ti.
ORLANDO.--He de asistir al duque en la mesa. Á las dos estaré otra vez
contigo.
ROSALINDA.--Bien está, idos, idos. Ya me lo había yo presumido. Me lo
habían dicho mis amigos y yo no pensaba menos que ellos. Me habéis
alucinado con vuestras zalamerías. Todo se reduce á que haya una mujer
echada en olvido. Quisiera morir ahora. ¿Vuestra hora es las dos?
ORLANDO.--Sí, amada Rosalinda.
ROSALINDA.--Por mi palabra y de todas veras, así Dios me valga, y por
todos los juramentos que no sean ruines ni peligrosos, si faltáis en una
tilde á vuestra promesa, si venís un solo minuto después de la hora, os
tendré en concepto del más patético embustero y del amante más
superficial y del más indigno de la que llamáis Rosalinda, aun
escogiendo entre la vasta caterva de desleales. Por tanto, tened cuidado
de mi reprimenda y cumplid vuestra promesa.
ORLANDO.--No menos religiosamente que si fuéseis Rosalinda en persona.
Así, hasta luégo.
ROSALINDA.--Bueno. El tiempo es el viejo juez que examina á tales
delincuentes. Dejemos que el tiempo juzgue. Adios.
(-Sale Orlando.-)
CELIA.--En tu charla amorosa, no has hecho más que maltratar nuestro
sexo. Es menester que te pongamos sobre la cabeza tus calzas y tu
chaqueta, y hagamos ver al mundo lo que ha hecho el ave á su propio
nido.
ROSALINDA.--¡Oh, prima, prima hermosa, primita mía, si supieras á
cuántos brazos de profundidad estoy sumergida en el amor! Pero es
imposible sondear esto. Mi afecto, como la bahía de Portugal, tiene un
fondo desconocido.
CELIA.--Ó más bien, no tiene fondo; pues cuanto más afecto derramas
sobre él, más se sale.
ROSALINDA.--Que juzgue cuán profundamente enamorada estoy el mismo
bastardo maligno de Venus, engendrado por el pensamiento, concebido por
la hipocondria y nacido de la locura; aquel bellaco ceguezuelo que
engaña los ojos de cada cual, porque él no tiene los suyos propios. Te
aseguro, Aliena, que no puedo estar sin Orlando ante mis ojos. Voy á
buscar la sombra y á suspirar hasta que él vuelva.
ESCENA II.
Otra parte del bosque.
Entran JAQUES y señores en traje de monteros.
JAQUES.--¿Quién mató al ciervo?
LORD 1.º--Yo, señor.
JAQUES.--Presentémosle al duque como un conquistador romano; y no
vendría mal el ponerle los cuernos del ciervo sobre la cabeza, como
lauro de victoria. ¿No tenéis, montero, alguna canción adecuada al
asunto?
LORD 2.º--Sí, señor.
JAQUES.--Cantadla, y no importa que desafinéis, con tal que metáis
bastante ruido.
CANCIÓN.
¿Qué dar al montero
que mató al venado?
Brindémosle el cuero;
los cuernos también,
para que con estos
adorne su sién,
y llevémosle en triunfo á su casa
y entonémosle así el parabién.
CORO.
No te avergüence llevar un cuerno:
naciste mucho más tarde que él.
De padre en hijo fué adorno eterno;
de suegro en yerno,
no hay más segura luna de miel.
¡Pues viva el cuerno!
¡Fuerte y lozano!
No lo desprecies,
llévalo, hermano!
(-Salen.-)
ESCENA III.
El bosque.
Entran ROSALINDA y CELIA.
ROSALINDA.--Y ahora ¿qué decís? ¿No han dado ya las dos? Pues de
Orlando, nada.
CELIA.--Te aseguro que, convertido todo él en amor y turbado el cerebro,
ha tomado su arco y sus flechas y se ha ido á dormir. Pero mira quien
viene.
(-Entra Silvio.-)
SILVIO.--Hermoso joven, para vos es mi recado. Mi gentil Febe me pidió
entregaros esto. (-Dándole una carta.-) Ignoro su contenido; pero á lo
que presumo por el adusto ceño y vehemente acción que mostraba al
escribirla, debe ser de tenor colérico. Perdonadme: no soy más que
mensajero sin culpa.
ROSALINDA.--La paciencia misma se violentaría y saldría de juicio con
esta carta. Soportad esto, y lo soportaréis todo. Dice que no tengo ni
gallardía ni buenos modales; me llama orgulloso y asegura que no me
amaría así fueran los hombres tan raros como el fénix. Pues tan singular
es mi voluntad, que no es el amor de ella el blanco de mis tiros. ¿De
qué le viene el escribirme tales cosas? Vamos, pastor, vamos: eres tú
quien le ha sugerido esta carta.
SILVIO.--No, no. Protesto ignorar el contenido. Es Febe quien la
escribió.
ROSALINDA.--Vamos, sois un tonto y enamorado de remate. Ví su mano, una
mano de cuero, color de piedra, que me hizo pensar realmente que se
había puesto sus guantes viejos. Pero no, eran sus propias manos: tiene
manos de fregona. Mas no importa. Digo que ella jamás ha inventado tal
carta. Esto es invención y escritura de hombre.
SILVIO.--De seguro es de ella.
ROSALINDA.--Cómo! Este es un estilo fanfarrón y cruel, estilo de
perdonavidas. ¿Pues no me desafía, como un moro á un cristiano? El
benigno cerebro de la mujer no podría destilar una invención tan
enormemente grosera, ni tales palabras etiopes, más negras en su alcance
que en su apariencia. ¿Queréis oir la carta?
SILVIO.--Si lo tenéis á bien; pues nunca la he oído, aunque sí he oído
mucho de la crueldad de Febe.
ROSALINDA.--Hace de las suyas conmigo. Fijaos en el modo como escribe la
tirana.
(-Leyendo.-) «¿Eres algún dios convertido en pastor, que así has
abrasado el corazón de una doncella?»
¿Puede una mujer regañar así?
SILVIO.--¿Llamáis á eso regañar?
ROSALINDA.--«¿Por qué, olvidando lo que tienes de divino, te ensañas
contra el corazón de una mujer?»
¿Habéis oído nunca semejante regaño?
«Muchas veces la mirada suplicante del hombre me habló de un amor que no
podía conmoverme.»
Lo cual quiere decir que soy una bestia.
«Si el desdén de tus ojos basta para encender tanto amor en los míos,
¡ay! ¿qué no me harían sentir si me miraran cariñosos? Os amé mientras
me ofendíais. ¿Á que no me moverían, pues, vuestros ruegos? El mensajero
de esta queja amorosa, no sospecha que tal amor existe en mí. Confíale
tu respuesta en pliego sellado, y dime en ella si tu juventud y tu
condición aceptarán la leal oferta de mi persona y de cuanto soy y
valgo; ó desecha mi amor y buscaré el modo de morir.»
SILVIO.--¿Y esto también es regaño?
CELIA.--¡Ay, pobre pastor!
ROSALINDA.--¿Le compadecéis? No, no merece compasión. ¿Amarás á
semejante mujer? ¡Qué! Servirse de ti como de un instrumento para
burlarte mejor! Eso es intolerable. Bien: torna á su lado, pues veo que
el amor te ha convertido en una serpiente mansa, y dile esto: que si
ella me ama, le exijo que te ame; y si no, no la tomaré nunca, á menos
que tú mismo ruegues por ella. Si sois un verdadero amante, id y no
repliquéis palabra, porque viene gente.
(-Sale Silvio.-)
OLIVERIO.--Salud, hermosas. ¿Podéis decirme, os ruego, en qué parte del
circuíto de este bosque se encuentra un ejido circundado de olivos?
CELIA.--Al oeste de este sitio, en la hondonada vecina, dejando á
vuestra derecha la fila de mimbreras que está á orillas del arroyo, os
encontraréis en el redil. Mas en este momento no hay persona alguna en
la casa, ni aun para cuidar de ella.
OLIVERIO.--Si puede el ojo aprovechar de la lengua, debería yo conoceros
por descripción. Tales trajes y tal edad. «El joven es de complexión
clara, femenil de aspecto, y se presenta como una hermana experta; pero
la joven es de baja estatura y más morena, que su hermano.» ¿No sois
dueño de la casa por la cual preguntaba?
CELIA.--Pues lo preguntáis, no es jactancia deciros que es nuestra.
OLIVERIO.--Orlando me encarga saludaros á una y otro, y envía al joven á
quien llama su Rosalinda, esta servilleta ensangrentada. ¿Sois acaso
vos?
ROSALINDA.--Sí; pero ¿qué significa esto?
OLIVERIO.--Algo de lo que me avergüenza, si queréis saber qué hombre
soy, y cómo y por qué y cuándo fué manchado de sangre este pañuelo.
CELIA.--Referidlo, os ruego.
OLIVERIO.--Cuando el joven Orlando se alejó de vos, hace poco, empeñó su
palabra de volver dentro de una hora; y caminaba por el bosque,
engolfada su fantasía en visiones ya tristes, ya risueñas, cuando
¡extraño suceso! al mirar á un lado observó ¿qué diréis? Un infeliz
hombre cubierto de harapos, que yacía de espaldas dormido bajo un roble
cuyo ramaje musgoso y encumbrada copa desnuda, dan testimonio de su
antigüedad. Una sierpe color verde y oro se había enroscado á su cuello,
y acercaba á sus labios entreabiertos la presta y amenazadora cabeza;
pero de súbito al ver á Orlando se desenrolló y se deslizó sinuosamente
á un matorral, á cuya sombra yacía agazapada con la cabeza en el suelo y
en acecho como un gato, una leona con las ubres secas, aguardando que el
hombre dormido se moviese. Porque es regio instinto de este animal no
hacer presa en lo que parece muerto. Al ver esto, Orlando se acercó al
hombre y halló que era su hermano, su hermano mayor.
[Illustration]
CELIA.--Le he oído hablar de ese mismo hermano, y lo describía como al
más desnaturalizado que había entre los hombres.
OLIVERIO.--Y con justicia podía decirlo, porque bien sé que era
desnaturalizado.
ROSALINDA.--Pero Orlando, ¿lo dejó allí para ser devorado por la
exhausta y hambrienta leona?
OLIVERIO.--Dos veces volvió la espalda con ese propósito; pero la
bondad, más noble que la venganza, y la naturaleza más fuerte que la
ocasión oportuna, le hicieron luchar contra la leona, que no tardó en
sucumbir. El ruido de la lucha me despertó de mi miserable sueño.
CELIA.--¿Sois su hermano?
ROSALINDA.--¿Sois aquel á quien salvó?
CELIA.--¿Sois el que tantas veces atentó contra su vida?
OLIVERIO.--Era yo tal como fuí, no como soy. No me avergüenza confesaros
lo que he sido, desde que la conversión es tan dulce para mí, siendo el
infeliz que soy.
ROSALINDA.--¿Pero qué del pañuelo ensangrentado?
OLIVERIO.--En un momento. Cuando las lágrimas de uno y otro hubieron
corrido por la narración de todo lo que había pasado, hasta decir la
manera como vine á este desierto; llevóme donde el buen duque, quien me
dió vestidos y asistencia y me encomendó al afecto de mi hermano, que me
condujo al punto á su cueva. Allí se desnudó y en esta parte del brazo
la leona había desgarrado algo de la carne, que desde entonces había
estado desangrando todo el tiempo; al fin se desmayó, y al desmayarse
llamó á Rosalinda. En una palabra: le hice volver en sí, vendé su
herida, y recobradas á poco rato sus fuerzas, me envió aquí, á pesar de
ser yo extraño, á referiros el suceso para que podáis disculparlo de no
haber cumplido su promesa, y á entregar el pañuelo mojado con su sangre
al joven zagal á quien por juego llama su Rosalinda.
CELIA.--¡Ay! ¿Qué tienes, Ganimedes? ¡Ganimedes mío! (-Rosalinda se
desmaya.-)
OLIVERIO.--Muchos hay á quienes la vista de la sangre ocasiona un
vértigo.
CELIA.--Algo más hay en esto.--¡Primo! ¡Ganimedes!
OLIVERIO.--Ya lo véis; vuelve en sí.
ROSALINDA.--Quisiera estar en casa.
CELIA.--Te conduciremos allí.--¿Queréis, os lo suplico, sostenerlo por
un brazo?
OLIVERIO.--¡Ea! ánimo, jovencito.--¿Y sois un hombre?--No tenéis varonil
el corazón.
ROSALINDA.--Es verdad: lo confieso. ¡Ah, señor! cualquiera pensaría que
esto estuvo bien fingido. Os ruego decir á vuestro hermano lo bien que
lo fingí.
OLIVERIO.--Esto no ha sido ficción. Demasiado testimonio da vuestro
aspecto de que ello era un acceso verdadero.
ROSALINDA.--Os aseguro que fué imitación.
OLIVERIO.--Pues bien, entonces cobrad ánimo y tratad de pasar por
hombre.
ROSALINDA.--Es lo que hago; pero por cierto que debería haber sido
mujer.
CELIA.--Vamos, palideces cada vez más.--Os ruego que os pongáis en
camino.--Buen hidalgo, acompañadnos.
OLIVERIO.--Así lo haré, pues debo volver llevando á mi hermano la
respuesta sobre el modo cómo disculpáis á mi hermano, Rosalinda.
ROSALINDA.--Ya discurriré algo. Pero os suplico que le hagáis presente
mi pantomima. ¿Queréis venir?
(-Salen.-)
[Illustration]
ACTO V.
ESCENA I.
La misma.
Entran PIEDRA-DE-TOQUE y TOMASA.
PIEDRA.
YA encontraremos ocasión, Tomasa: paciencia, gentil Tomasa.
TOMASA.--Por vida! que el clérigo era harto bueno, á pesar de cuanto
decía el caballero viejo.
PIEDRA.--Un perverso don Oliverio, Tomasa; un vil Dañatextos. Pero,
Tomasa, aquí en el bosque hay un mancebo que te reclama.
TOMASA.--Sí, ya sé quién es. No tiene en mí ni el menor interés del
mundo. Aquí viene el que decís.
(-Entra Guillermo.-)
PIEDRA.--La vista de un patán es cosa que me llena y satisface más que
un banquete. Á fe mía que los hombres de ingenio tenemos mucho de qué
responder. Siempre hemos de hacer burla: no podemos evitarlo.
GUILLERMO.--Buenas tardes, Tomasa.
TOMASA.--Buenas os las dé Dios, Guillermo.
GUILLERMO.--Y buenas tardes á vos, caballero.
PIEDRA.--Buenas tardes, buen amigo. Cubre tu cabeza, cubre tu cabeza: te
ruego que la cubras. ¿Qué edad tienes, amigo?
GUILLERMO.--Veinticinco, señor.
PIEDRA.--Madura edad. ¿Es Guillermo tu nombre?
GUILLERMO.--Guillermo, señor.
PIEDRA.--Bonito nombre. ¿Es este bosque el lugar de tu nacimiento?
GUILLERMO.--Sí, señor, á Dios gracias.
.
-
-
1
,
.
2
3
.
-
-
¿
?
4
5
.
-
-
,
.
6
,
,
;
7
,
,
,
,
8
,
,
,
,
,
,
9
,
,
;
10
,
,
-
-
11
;
12
;
,
13
;
,
;
14
,
,
15
16
.
-
-
;
,
17
,
18
.
19
20
.
-
-
,
.
21
22
.
-
-
,
23
,
.
24
25
.
-
-
.
,
.
.
26
27
.
-
-
.
,
28
.
¿
?
29
30
.
-
-
,
.
31
32
.
-
-
.
.
¡
!
¡
!
¿
33
?
(
-
.
-
)
34
35
36
.
37
38
(
-
-
.
-
-
39
.
)
40
41
-
-
.
-
-
,
,
,
.
42
¿
,
?
¿
?
¿
43
?
44
45
.
-
-
¡
!
¡
!
¿
?
46
47
.
-
-
48
,
,
.
49
50
.
(
-
.
-
)
-
-
¡
!
¡
51
!
52
53
.
-
-
,
54
,
55
56
.
-
-
57
.
58
59
.
-
-
.
¿
60
?
¿
?
61
62
.
-
-
,
;
63
.
;
,
64
,
,
.
65
66
.
-
-
¡
!
67
68
.
-
-
;
:
69
,
.
70
71
.
-
-
¡
!
¿
?
72
73
.
-
-
;
;
74
,
.
75
76
.
-
-
(
-
.
-
)
-
-
¡
!
77
78
.
-
-
.
,
79
.
80
81
.
-
-
,
,
82
.
83
84
.
-
-
,
,
,
.
85
86
.
-
-
:
.
87
.
,
;
88
.
,
.
-
-
89
.
90
91
.
(
-
.
-
)
-
-
.
92
93
.
-
-
,
.
94
95
.
-
-
.
96
;
,
97
.
¿
?
¡
!
98
,
.
99
.
-
-
.
-
-
100
,
.
101
:
;
102
.
¿
?
.
¿
?
:
103
.
.
¿
104
?
:
105
,
106
;
107
,
108
.
(
-
.
-
)
109
.
,
.
¿
110
,
,
111
?
112
113
.
-
-
¿
114
?
115
116
.
-
-
.
117
118
.
-
-
,
.
119
120
.
(
-
.
-
)
.
-
-
:
.
121
122
.
-
-
,
.
.
.
.
.
.
.
?
¿
?
123
.
124
.
.
¿
?
125
,
,
.
126
127
.
-
-
¿
,
?
128
129
.
-
-
,
130
,
;
131
,
.
132
133
.
-
-
¿
134
?
135
:
136
;
137
,
,
.
138
139
.
-
-
(
-
.
-
)
-
-
;
140
;
141
,
142
.
143
144
.
-
-
,
.
145
146
.
-
-
,
.
,
147
.
148
149
:
¡
!
150
¡
!
151
!
152
;
153
.
154
.
155
156
(
-
,
.
-
)
157
158
.
-
-
.
-
-
159
.
160
161
(
-
.
-
)
162
163
164
.
165
166
.
.
167
168
.
169
170
.
-
-
;
.
171
172
.
-
-
,
;
173
.
174
175
.
-
-
¿
?
176
177
.
-
-
.
-
-
,
,
.
178
179
.
-
-
.
180
181
.
-
-
;
182
.
183
184
.
-
-
,
.
185
186
.
-
-
.
-
-
.
187
188
.
-
-
,
189
.
190
191
.
-
-
192
.
-
-
193
.
-
-
.
194
195
.
-
-
¿
?
196
197
.
-
-
.
198
199
.
-
-
¿
?
200
201
.
-
-
:
:
202
,
203
.
204
205
.
-
-
¿
?
206
207
.
-
-
,
;
.
208
209
.
-
-
.
210
211
.
-
-
«
»
,
,
«
»
.
,
212
213
:
.
214
.
215
216
.
-
-
.
217
,
218
;
.
¿
219
,
?
220
221
.
-
-
¡
,
!
,
222
,
223
,
,
;
224
,
225
.
226
,
!
¿
?
(
-
.
-
)
227
228
.
-
-
,
,
229
,
230
231
.
232
233
.
-
-
:
¿
?
234
235
.
-
-
,
236
,
237
,
.
238
239
.
-
-
!
.
.
240
,
241
.
242
243
(
-
.
-
)
244
245
246
.
247
248
.
249
250
.
251
252
.
-
-
,
,
.
,
253
.
,
254
,
255
.
¿
256
?
257
258
(
-
,
.
-
)
259
260
.
-
-
,
261
.
;
262
-
-
,
263
-
-
264
,
,
!
:
265
,
,
266
.
,
!
;
267
,
.
268
.
,
269
,
:
,
270
,
271
.
,
272
;
,
,
273
.
274
275
.
-
-
¡
!
(
)
276
,
277
.
278
279
.
-
-
;
,
280
,
281
.
282
283
.
(
-
.
-
)
-
-
¿
?
¿
284
?
285
(
,
,
286
)
¿
287
?
¿
?
288
.
¡
!
¡
289
290
[
:
-
-
-
¡
,
:
291
!
-
]
292
293
!
,
,
,
294
.
,
295
,
,
,
296
.
:
¿
297
,
?
298
;
,
299
,
.
300
;
,
301
.
,
,
302
,
,
,
,
303
.
:
304
;
305
.
;
;
.
306
.
,
,
307
,
.
308
309
.
-
-
,
.
310
.
311
312
.
-
-
,
313
.
,
,
314
.
¿
?
315
316
.
-
-
.
317
318
.
-
-
,
,
319
.
,
.
-
-
320
,
,
.
¿
321
,
?
,
.
,
.
,
322
,
.
323
.
,
.
324
(
-
,
.
-
)
325
326
.
-
-
¡
!
;
327
«
¿
,
?
»
328
329
.
-
-
.
.
.
330
331
.
-
-
¡
!
¿
,
?
332
333
.
-
-
;
.
334
335
.
-
-
,
,
.
336
337
.
-
-
,
.
338
,
339
.
340
341
.
-
-
.
¿
?
342
343
.
-
-
.
344
345
.
-
-
.
,
346
;
,
,
;
347
,
348
;
349
.
350
351
.
-
-
352
,
353
.
354
.
355
356
.
-
-
¿
?
357
358
.
-
-
,
;
359
.
360
361
.
-
-
.
362
.
,
.
¿
363
?
,
,
,
364
.
-
-
365
-
-
.
366
.
.
367
;
368
,
.
,
369
.
,
,
370
.
;
371
:
372
.
373
,
,
,
,
374
;
,
375
.
,
,
376
;
¿
?
377
;
378
.
.
379
,
.
380
.
¿
,
?
381
382
.
-
-
,
.
383
384
.
-
-
.
385
.
.
,
386
.
387
388
(
-
.
-
)
389
390
391
392
393
[
]
394
395
396
397
398
.
399
400
401
.
402
403
.
404
405
,
.
406
407
.
408
409
,
,
.
410
411
.
-
-
.
412
413
.
-
-
.
.
414
415
.
-
-
416
417
.
418
419
.
-
-
.
420
421
.
-
-
.
422
423
.
-
-
,
;
424
,
;
,
;
425
,
;
,
;
426
,
;
,
427
.
,
428
,
;
,
429
,
,
430
.
431
432
.
-
-
¡
!
433
.
434
.
,
,
435
.
436
437
.
-
-
;
.
438
439
(
-
.
-
)
440
441
.
-
-
.
442
,
.
443
¡
!
444
445
.
-
-
,
.
446
447
.
-
-
;
,
.
448
449
.
-
-
,
.
.
450
,
,
451
,
452
453
,
454
.
(
-
.
-
)
¿
,
?
455
¿
?
¿
?
456
,
457
.
458
459
.
-
-
,
460
,
.
461
462
.
-
-
¡
!
463
,
464
,
,
,
465
;
.
466
467
.
-
-
,
.
468
469
.
-
-
.
,
.
470
.
471
472
.
-
-
¿
?
473
474
.
-
-
;
,
;
475
.
,
476
.
477
478
.
-
-
¿
?
479
480
.
-
-
481
;
482
.
483
484
.
-
-
;
485
.
486
487
.
-
-
.
488
489
.
-
-
;
490
.
491
492
.
-
-
,
,
,
493
,
.
¿
494
?
495
496
.
-
-
.
497
498
.
-
-
;
,
499
,
500
.
501
,
,
502
(
)
503
.
504
505
.
-
-
¿
?
506
507
.
-
-
,
.
508
509
.
-
-
¿
510
?
511
512
.
-
-
,
,
;
513
.
¿
?
514
515
.
-
-
,
516
.
517
518
.
-
-
.
519
520
.
-
-
.
521
522
.
-
-
,
;
.
523
,
524
.
,
525
,
526
;
.
527
,
,
528
;
,
529
,
;
530
.
531
.
.
532
,
533
.
534
535
.
-
-
536
;
.
537
538
.
-
-
.
539
;
540
.
541
542
.
-
-
,
.
543
544
.
-
-
,
,
545
.
546
547
[
]
548
549
.
-
-
¿
?
550
551
.
-
-
,
.
552
553
.
-
-
¿
?
554
555
.
-
-
¿
?
556
557
.
-
-
.
558
559
.
-
-
,
¿
?
!
560
!
.
,
561
.
¿
,
?
562
563
.
-
-
,
.
564
565
.
-
-
.
566
567
.
-
-
:
«
¿
,
.
.
.
.
.
568
569
.
-
-
.
«
¿
,
,
?
570
571
.
-
-
,
.
572
573
.
-
-
,
¿
?
574
575
.
-
-
,
,
576
.
577
578
.
-
-
:
«
,
.
»
579
580
.
-
-
,
.
581
582
.
-
-
;
,
583
«
,
.
»
584
:
,
585
.
586
587
.
-
-
;
.
588
589
.
-
-
,
¿
590
?
591
592
.
-
-
.
593
594
.
-
-
.
,
,
.
595
.
596
,
,
.
597
,
;
598
;
;
599
,
.
,
600
,
;
601
,
602
.
603
604
.
-
-
¿
?
605
606
.
-
-
,
.
607
608
.
-
-
¡
!
.
609
610
.
-
-
;
611
,
.
612
,
613
;
614
.
615
616
.
-
-
,
:
617
«
,
¿
?
»
618
619
.
-
-
,
620
.
621
622
.
-
-
¿
?
623
624
.
-
-
,
.
625
,
.
626
¡
!
627
,
,
628
!
629
630
.
-
-
,
.
631
632
.
-
-
¡
,
!
.
633
634
.
-
-
.
635
.
636
637
.
-
-
,
,
.
.
638
.
639
.
640
.
.
¿
?
641
642
.
-
-
,
.
643
644
.
-
-
,
,
645
,
646
,
,
647
648
,
649
.
,
650
.
651
652
.
-
-
.
653
,
.
654
655
.
-
-
.
656
.
.
.
657
658
(
-
.
-
)
659
660
.
-
-
,
661
.
662
,
663
.
664
665
.
-
-
¡
,
,
,
,
666
!
667
.
,
,
668
.
669
670
.
-
-
,
;
671
,
.
672
673
.
-
-
674
,
,
675
;
676
,
.
677
,
,
.
678
.
679
680
681
.
682
683
.
684
685
.
686
687
.
-
-
¿
?
688
689
.
-
-
,
.
690
691
.
-
-
;
692
,
693
.
¿
,
,
694
?
695
696
.
-
-
,
.
697
698
.
-
-
,
,
699
.
700
701
.
702
703
¿
704
?
705
;
706
,
707
708
,
709
710
.
711
712
.
713
714
:
715
.
716
;
717
,
718
.
719
¡
!
720
¡
!
721
,
722
,
!
723
724
(
-
.
-
)
725
726
727
.
728
729
.
730
731
.
732
733
.
-
-
¿
?
¿
?
734
,
.
735
736
.
-
-
,
,
737
.
738
.
739
740
(
-
.
-
)
741
742
.
-
-
,
.
743
.
(
-
.
-
)
;
744
745
,
.
:
746
.
747
748
.
-
-
749
.
,
.
750
;
751
.
752
,
.
¿
753
?
,
,
:
754
.
755
756
.
-
-
,
.
.
757
.
758
759
.
-
-
,
.
,
760
,
,
761
.
,
:
762
.
.
763
.
.
764
765
.
-
-
.
766
767
.
-
-
!
,
768
.
¿
,
?
769
770
,
,
771
.
¿
?
772
773
.
-
-
;
,
774
.
775
776
.
-
-
.
777
.
778
779
(
-
.
-
)
«
¿
,
780
?
»
781
782
¿
?
783
784
.
-
-
¿
?
785
786
.
-
-
«
¿
,
,
787
?
»
788
789
¿
?
790
791
«
792
.
»
793
794
.
795
796
«
,
797
¡
!
¿
?
798
.
¿
,
,
?
799
,
.
800
,
801
802
;
.
»
803
804
.
-
-
¿
?
805
806
.
-
-
¡
,
!
807
808
.
-
-
¿
?
,
.
¿
809
?
¡
!
810
!
.
:
,
811
,
:
812
,
;
,
,
813
.
,
814
,
.
815
816
(
-
.
-
)
817
818
.
-
-
,
.
¿
,
,
819
?
820
821
.
-
-
,
,
822
,
823
.
824
,
.
825
826
.
-
-
,
827
.
.
«
828
,
,
;
829
,
.
»
¿
830
?
831
832
.
-
-
,
.
833
834
.
-
-
,
835
,
.
¿
836
?
837
838
.
-
-
;
¿
?
839
840
.
-
-
,
841
,
.
842
843
.
-
-
,
.
844
845
.
-
-
,
,
846
;
,
847
,
,
848
¡
!
¿
?
849
,
850
,
851
.
,
852
;
853
854
,
855
,
,
856
.
857
.
,
858
,
.
859
860
[
]
861
862
.
-
-
,
863
.
864
865
.
-
-
,
866
.
867
868
.
-
-
,
¿
869
?
870
871
.
-
-
;
872
,
,
873
,
,
874
.
.
875
876
.
-
-
¿
?
877
878
.
-
-
¿
?
879
880
.
-
-
¿
?
881
882
.
-
-
,
.
883
,
,
884
.
885
886
.
-
-
¿
?
887
888
.
-
-
.
889
,
890
;
,
891
,
892
.
893
,
894
;
,
895
.
:
,
896
,
,
,
897
,
898
,
899
.
900
901
.
-
-
¡
!
¿
,
?
¡
!
(
-
902
.
-
)
903
904
.
-
-
905
.
906
907
.
-
-
.
-
-
¡
!
¡
!
908
909
.
-
-
;
.
910
911
.
-
-
.
912
913
.
-
-
.
-
-
¿
,
,
914
?
915
916
.
-
-
¡
!
,
.
-
-
¿
?
-
-
917
.
918
919
.
-
-
:
.
¡
,
!
920
.
921
.
922
923
.
-
-
.
924
.
925
926
.
-
-
.
927
928
.
-
-
,
929
.
930
931
.
-
-
;
932
.
933
934
.
-
-
,
.
-
-
935
.
-
-
,
.
936
937
.
-
-
,
938
,
.
939
940
.
-
-
.
941
.
¿
?
942
943
(
-
.
-
)
944
945
946
947
948
[
]
949
950
951
952
953
.
954
955
956
.
957
958
.
959
960
-
-
.
961
962
.
963
964
,
:
,
.
965
966
.
-
-
!
,
967
.
968
969
.
-
-
,
;
.
,
970
,
.
971
972
.
-
-
,
.
973
.
.
974
975
(
-
.
-
)
976
977
.
-
-
978
.
979
.
:
.
980
981
.
-
-
,
.
982
983
.
-
-
,
.
984
985
.
-
-
,
.
986
987
.
-
-
,
.
,
:
988
.
¿
,
?
989
990
.
-
-
,
.
991
992
.
-
-
.
¿
?
993
994
.
-
-
,
.
995
996
.
-
-
.
¿
?
997
998
.
-
-
,
,
.
999
1000