COMO GUSTÉIS
William Shakespeare
TRADUCCIÓNDE
JOSÉARNALDOMÁRQUEZ.
Ilustración de -E. Klimsch-.
Grabado de -Fernando Tegetmeyer-.
PERSONAJES
EL DUQUE, que vive en el destierro.
FEDERICO, hermano del duque y usurpador de sus dominios.
AMIENS } Lores que asisten al duque en su destierro.
JACQUES }
LE BEAU, cortesano al servicio de Federico.
CARLOS, luchador de Federico.
OLIVERIO }
SANTIAGO } Hijos de sir Rowland de Bois.
ORLANDO}
ADAM }
DIONISIO } Criados de Oliverio.
PIEDRA-DE-TOQUE, Payaso.
DON OLIVERIO DAÑATEXTO, vicario.
CORÍN }
SILVIO} Pastores.
GUILLERMO, campesino, enamorado de Andréy.
UNA PERSONA QUE REPRESENTA Á HIMENEO.
ROSALINDA, hija del duque desterrado.
CELIA, hija de Federico.
FEBE, pastora.
TOMASA, campesina.
LORES DEL SÉQUITO DE LOS DUQUES, PAJES, MONTEROS Y OTROS CRIADOS.
[Illustration]
ACTO I.
ESCENA I.
Huerto cerca de la casa de Oliverio.
Entran ORLANDO y ADAM.
ORLANDO.
Por lo que recuerdo, Adam, me fué legado de este modo: por testamento,
sólo unas miserables mil coronas; y, como dices, encargó á mi hermano,
sobre su bendición, el cuidarme bien. Y en esto principia mi
desconsuelo. Tiene en la escuela á mi hermano Santiago, de quien se
cuenta con gran elogio el aprovechamiento. En cuanto á mí, me mantiene
en casa groseramente; ó para hablar con más propiedad, me detiene aquí
sin mantenerme; porque ¿llamáis manutención para un caballero de mi
nacimiento, la que no difiere del modo de mantener á un buey en el
establo? Mejor criados están sus caballos; pues aparte de lo lozanos que
se ven con su alimento, se les enseña y adiestra, teniendo para ello
picadores pagados á alto precio.--Pero yo, hermano suyo, nada gano bajo
su poder, sino la talla; por lo cual tan obligados deben estarle sus
animales en sus estercoleros como yo. Fuera de esta nada que tan
liberalmente me da, su conducta parece quitarme lo poco que me dió la
naturaleza. Me hace alimentar entre sus criados, me priva del lugar que
corresponde á un hermano, y hace cuanto puede para que la educación mine
mi buen natural. Esto es, Adam, lo que me aflige; y el espíritu de mi
padre, que pienso está dentro de mí, principia á sublevarse contra esta
servidumbre. No la soportaré más tiempo, aunque no conozco todavía
remedio eficaz para evitarla. (-Entra Oliverio.-)
ADAM.--Ahí viene mi señor, vuestro hermano.
ORLANDO.--Retírate á un lado, Adam, y oirás cómo ha de atormentarme.
OLIVERIO.--¡Hola, señor mío! ¿Qué hacéis aquí?
ORLANDO.--Nada. No se me enseña á hacer cosa alguna.
OLIVERIO.--¿Pues qué dañáis, entonces, señor mío?
ORLANDO.--Por cierto, señor, os estoy ayudando á estropear por la
ociosidad una de las obras de Dios: un pobre é indigno hermano vuestro.
OLIVERIO.--Por cierto, empleaos mejor, y callad algún tanto.
ORLANDO.--¿Cuidaré vuestros cerdos, y comeré bellotas con ellos? ¿Qué
herencia de hijo pródigo he consumido para tener que venir á semejante
miseria?
OLIVERIO.--¿Sabéis, señor mío, dónde estáis?
ORLANDO.--¡Oh! Perfectamente. Aquí, en vuestro huerto.
OLIVERIO.--¿Y sabéis en presencia de quién?
ORLANDO.--Sí; y mejor que lo que sabe de mí aquel en cuya presencia
estoy. Sé que sois mi hermano mayor, y del mismo modo la consideración
de una sangre generosa debería hacerme conocer de vos. Os permite
preferencia sobre mí la etiqueta que rige en las naciones, por cuanto
nacisteis primero; pero la misma tradición no me despoja de mi sangre,
aun cuando hubieran veinte hermanos entre vos y yo. Tengo en mí tanto de
mi padre como vos, aunque confieso que el nacer antes que yo os acerca
más á su respeto.
OLIVERIO.--¡Qué! ¡Muchacho!
ORLANDO.--Vamos, vamos, hermano mayor, en esto sois demasiado joven.
OLIVERIO.--¿Y pondrás tus manos en mí, villano?
ORLANDO.--No soy villano. Soy el hijo menor de sir Rowland de Bois. Él
fué mi padre; y es tres veces villano quien dice que semejante padre
engendró villanos.--Si no fueras mi hermano, no apartaría esta mano de
tu garganta hasta haber arrancado con la otra la lengua que tal dijo. Te
has injuriado á ti mismo.
ADAM.--(-Avanzando.-) Apaciguaos, mis gentiles señores. En nombre de la
memoria de vuestro padre, tened armonía.
OLIVERIO.--Suéltame, te digo.
ORLANDO.--No lo haré hasta que me plazca. Tenéis que oirme. Mi padre os
encargó en su testamento darme buena educación. Me habéis educado como á
un gañán, oscureciendo y ocultando de mí todas las cualidades propias de
un caballero. El espíritu de mi padre cobra fuerza en mí, y no sufriré
eso más tiempo. Por consiguiente, permitidme los ejercicios que cumplen
á un caballero, ó dadme la escasa suma que me fué legada en su
testamento. Yo trataré de probar con ella fortuna.
OLIVERIO.--¿Y qué irás á hacer? ¿Mendigar cuando la hayas gastado? Bien,
señor mío, no me molestaré por vos mucho tiempo más: tendréis alguna
parte de lo que deseáis. Os ruego que me dejéis.
ORLANDO.--No deseo molestaros más de lo que exige en conciencia mi
propio bien.
OLIVERIO.--Márchate con él, perro viejo.
ADAM.--¿Y es mi recompensa que me llaméis «perro viejo»? Mucha verdad es
que he perdido los dientes en vuestro servicio. ¡Bendiga Dios á mi
antiguo amo! ¡Jamás habría dicho él semejante palabra! (-Salen Orlando y
Adam.-)
OLIVERIO.--¿Con que á esto hemos llegado? ¿Principiáis á imponerme? Yo
os curaré de vuestra petulancia y no por eso daré tampoco las mil
coronas. ¡Hola! Dionisio! (-Entra Dionisio.-)
DIONISIO.--¿Llama vuesamerced?
OLIVERIO.--¿No había venido Carlos, el luchador del duque, á hablar
conmigo?
DIONISIO.--Si os place, está á la puerta y solicita llegar hasta vos.
OLIVERIO.--Hazle entrar. (-Sale Dionisio.-) Será buen medio y la lucha
es mañana. (-Entra Carlos.-)
CARLOS.--Buenos días á vuestra señoría.
OLIVERIO.--Mi buen monsieur Carlos, ¿qué noticias en la Corte?
CARLOS.--No hay en la Corte, señor, mas noticias que las antiguas, esto
es, que el antiguo duque está desterrado por su hermano menor el nuevo
duque; y tres ó cuatro lores, por amor á él, se han impuesto un
destierro voluntario para acompañarle; y como sus tierras y sus rentas
enriquecen al nuevo duque, este les concede de buena gana permiso para
que peregrinen.
OLIVERIO.--¿Podéis decir si Rosalinda, la hija del duque, es desterrada
con su padre?
CARLOS.--¡Oh, no! porque su prima, la hija del duque, que se ha criado
junto con ella desde la cuna, la ama tanto, que la habría seguido al
destierro ó habría muerto si hubiera quedado separada de ella. Está en
la Corte tan amada del duque como su propia hija, y jamás dos señoras se
amaron tanto.
OLIVERIO.--¿Dónde vivirá el antiguo duque?
CARLOS.--Dicen que se encuentra ya en el bosque de Ardenas y buen número
de hombres alegres con él, y que allí viven sin temor á rey ni Roque,
como el antiguo Robin Hood de Inglaterra. Dicen que muchos caballeros
jóvenes acuden á él de día en día y dejan correr alegremente el tiempo
como allá en la edad de oro.
OLIVERIO.--¿Y váis á luchar mañana en presencia del nuevo duque?
CARLOS.--Sí, señor. Y vine á haceros saber un asunto. Se me ha dado á
comprender embozadamente que vuestro hermano menor Orlando está algo
dispuesto á venir disfrazado para probar contra mí sus fuerzas. Mañana,
señor, lucharé por mi reputación, y el adversario mío que no saque un
miembro roto, quedará bien librado. Vuestro hermano es joven y delicado,
y, por el afecto que os tengo, se me haría penoso el causarle daño, como
tendría que hacerlo por honor mío, si se presentara. Así, por el afecto
que os profeso, he venido á haceros saber esto para que le apartéis de
su intento ó para que soporte sin encono el daño á que él mismo se
lanza, por cuanto es él quien lo busca y lo hace de todo punto contra mi
voluntad.
OLIVERIO.--Gracias, Carlos, por tu afecto hacia mí, que verás cuán
benévolamente he de recompensar. Ya tenía yo noticia del intento de mi
hermano y me he esforzado secretamente para disuadirle, pero él está
resuelto. Te diré, Carlos, que es el mozo más testarudo que hay en
Francia; lleno de ambición, émulo envidioso de cuanto sobresale en cada
hombre, y oculto y villano conspirador contra mí, que soy su natural
hermano. Así, pues, procede como quieras: tanto me importa que le rompas
la crisma, como que le rompas un dedo; y mejor sería que cuidaras de
hacerlo, porque si sólo le infieres un daño leve, ó si él no alcanza á
brillar grandemente á costa tuya, te suministrará un veneno, te
atrapará en algún lazo traidor y te perseguirá hasta arrancarte la vida
por cualquiera suerte de medios indirectos. Te aseguro, y hablo así casi
con lágrimas en los ojos, que no hay entre los vivos uno que sea á la
vez tan joven y tan vil. Hablo solamente como hermano; pues si me
pusiera á analizarlo á tus ojos, tal como es en sí, tendría yo que
ruborizarme y llorar, y tú quedarías pálido y atónito.
CARLOS.--Con todo mi corazón me alegro de haberme dirigido á vos. Si
viene mañana, ya le daré su merecido; pues si vuelve á andar por sus
piés, jamás volverá á luchar por premio. Y con esto guarde Dios á
vuestra merced.
(-Sale.-)
OLIVERIO.--Adios, buen Carlos. Y ahora á excitar á ese tunante. Espero
que he de verle llegar á su fin; pues sin saber por qué, no hay cosa que
mi alma deteste más que á él. Sin embargo, es manso, instruído sin haber
tenido escuela, lleno de noble aspiración y ciertamente tan amado de
todos, y en especial de mi propio pueblo, que es quien mejor le conoce,
que yo soy enteramente tenido en menos. Pero esto no ha de durar; este
luchador lo allanará todo. Sólo falta enardecer al muchacho para que
acuda allí, y voy al instante á ocuparme de ello.
(-Sale.-)
ESCENA II.
Esplanada delante del palacio del duque.
Entran ROSALINDA y CELIA.
CELIA.--Te suplico, mi dulce prima, que estés alegre.
ROSALINDA.--Más alegría demuestro, querida Celia, que la que hay en
mí.--¿Y querríais verme más alegre aún? Á menos que me enseñéis á
olvidar á un padre desterrado, no debéis enseñarme á recordar ningún
placer extraordinario.
CELIA.--En esto veo que no me amas con tanta consagración como yo á ti.
Si mi tío, tu desterrado padre, hubiese desterrado á tu tío, el duque mi
padre, con tal de que hubieses permanecido á mi lado, yo habría podido
enseñar á mi afecto á tomar á tu padre por mío; y así lo harías si la
realidad de tu amor hacia mí fuera tan bien templada como la de mi amor
por ti.
ROSALINDA.--Bien. Olvidaré las circunstancias de mi posición, para
regocijarme en la tuya.
CELIA.--Sabes que mi padre no ha tenido ni es probable que tenga otros
hijos que yo; y ciertamente, á su muerte, serás su heredera; porque lo
que él tomó de tu padre por fuerza, te lo devolveré por afecto.--Te
prometo por mi honor que lo haré, y sea yo convertida en un monstruo si
quebranto mi juramento. Así, pues, mi dulce Rosalinda, mi querida
Rosalinda, alégrate!
ROSALINDA.--Lo haré en adelante, prima, é idearé pasatiempos. Veamos
¿qué pensaríais de improvisar unos amores?
CELIA.--Excelente, y te ruego lo hagas para divertirte; pero no ames con
todas veras á hombre alguno, ni te dejes llevar de ese juego tan allá
que no puedas salir de él libre y con honra á costa de un honesto
sonrojo.
ROSALINDA.--Pues entonces ¿cuál ha de ser nuestro pasatiempo?
CELIA.--Sentémonos, y con nuestras burlas echemos de su rueda á la buena
matrona Fortuna, para que en adelante sus dones sean igualmente
repartidos.
ROSALINDA.--Desearía que así pudiera ser; porque sus favores están harto
mal colocados; y la pródiga ciega se equivoca más á menudo en sus
dádivas á mujeres.
CELIA.--Es verdad; porque rara vez da la honestidad á aquellas á quienes
dota con la hermosura; y da muy pobre apariencia á aquellas á quienes
hace honestas.
ROSALINDA.--No. En esto equivocas la tarea de la Fortuna con la de la
naturaleza. La Fortuna impera en los dones del mundo, no en los rasgos
de la naturaleza.
(-Entra Piedra-de-toque.-)
CELIA.--¿No? ¿Pues no puede la Fortuna hacer que caiga en el fuego una
criatura á quien ha hecho hermosa la naturaleza?--Y aunque esta nos ha
dado ingenio para burlarnos de la Fortuna: ¿no es esta quien envía á
este necio para dar al traste con el argumento?
ROSALINDA.--En verdad que es la Fortuna demasiado dura para con la
naturaleza, cuando se sirve de un natural idiota para imponer silencio
al natural ingenio.
CELIA.--Quizás tampoco sea esto obra de la Fortuna, sino de la
naturaleza; la cual advirtiendo que nuestro ingenio es demasiado obtuso
para discurrir sobre semejante diosa, ha enviado á este idiota para
estimularnos; ya que siempre la estupidez del necio es aguijón del
discreto. Hola! Prodigio ¿adónde bueno?
PIEDRA.--Señora: debéis venir á donde vuestro padre.
CELIA.--¿Os tomó de mensajero?
PIEDRA.--No, por mi honor; pero se me encargó llamaros.
CELIA.--¿Dónde aprendiste ese juramento, bufón?
PIEDRA.--De cierto caballero que juró por su honor ser buenas las tortas
y juró por su honor ser mala la mostaza. Ahora bien; yo sostengo que
eran malas las tortas y buena la mostaza; y, sin embargo, el caballero
no perjuró.
CELIA.--¿Y cómo lo pruebas, lumbrera de ciencia?
ROSALINDA.--Sí, sí. Quita el bozal á tu ingenio.
PIEDRA.--Adelantad ahora las dos: tocaos las caras y jurad por vuestras
barbas que soy un bribón.
CELIA.--Sí que lo sois, por nuestras barbas si las tuviéramos.
[Illustration]
PIEDRA.--Sí, que lo soy, por mi bribonada si la tuviera. Pero si juráis
por lo que no tenéis, no perjuráis; ni más perjuró ese caballero jurando
por su honor, pues jamás lo tuvo; ó si lo tuvo lo había perdido á fuerza
de jurar antes de haber visto nunca aquella mostaza, ni aquellas tortas.
CELIA.--¿Y te dignarás decirme á quién aludes?
PIEDRA.--Á uno á quien ama el viejo Federico, vuestro padre.
CELIA.--Para honrarle basta el amor de mi padre. Silencio! no hables
más de él. No tardará mucho el que te azoten por maldiciente.
PIEDRA.--Tanto más lastimoso, que los necios no hablen discretamente de
las necedades de los discretos.
CELIA.--Á fe que dices verdad: porque al haberse impuesto silencio al
poco ingenio que tienen los necios, la poca necedad que tienen los
discretos ha tomado mucho vuelo.--Aquí viene Monsieur Le Beau.
(-Entra Le Beau.-)
ROSALINDA.--Con la boca llena de noticias.
CELIA.--Que nos administrará como las palomas dan el sustento á sus
pequeñuelos.
ROSALINDA.--Así quedaremos cebadas con noticias.
CELIA.--Tanto mejor: seremos más negociables.--Buenos días, monsieur Le
Beau, ¿qué nuevas?
LE BEAU.--Hermosa princesa, habéis perdido muchos juegos interesantes.
CELIA.--¿Juegos? ¿De qué color?
LE BEAU.--¿De qué color, señora? ¿Cómo habré de responderos?
ROSALINDA.--Como lo quieren el ingenio y la fortuna.
PIEDRA.--Ó como lo mande el destino.
CELIA.--Bien dicho. Eso se ha aplicado con llana.
PIEDRA.--Y aún más. Si no mantengo mi rango....
ROSALINDA.--Estás perdiendo tu antiguo olfato.
LE BEAU.--Me admiráis, señoras. Habría querido contaros una buena lucha,
cuyo espectáculo habéis perdido.
ROSALINDA.--Con todo, decidnos cómo fué.
LE BEAU.--Os contaré el principio, y si os place, podréis ver vosotras
mismas el fin, porque aún falta lo mejor; y vienen aquí, donde os
halláis, para ejecutarlo.
CELIA.--Bien. Sepamos el principio, que ya está muerto y sepultado.
LE BEAU.--Ahí viene un anciano con sus tres hijos.
CELIA.--Yo podría referir un cuento añejo que principia de ese modo.
LE BEAU.--Tres jóvenes apuestos, de excelente vigor y presencia.
ROSALINDA.--Con carteles en el pescuezo: «Sepan cuantos las presentes
vieren.»
LE BEAU.--El hermano mayor luchó con Carlos, el luchador del duque, y en
un momento fué aquel derribado y sacó tres costillas rotas, con lo cual
pocas esperanzas le quedan de vida. Y otro tanto hizo con el segundo y
con el tercero. Allí yacen, y el pobre anciano su padre se lamenta de
tan lastimosa manera, que cuantos le ven simpatizan sollozando con él.
ROSALINDA.--¡Ay, desdichado!
PIEDRA.--Pero, señor, ¿cuál es la diversión que han perdido las señoras?
LE BEAU.--Pues es claro; la que acabo de decir.
PIEDRA.--De este modo los hombres podrán crecer en sensatez de día en
día. Es la primera vez que oigo decir que romper costillas es una
diversión propia de señoras.
CELIA.--Como que sí; te lo aseguro.
ROSALINDA.--¿Pero hay alguien más que tenga comezón porque le apliquen
ese solfeo en los costados? ¿Hay algún otro tan apasionado al
rompe-costillas? ¿Veremos esta lucha, prima?
LE BEAU.--Tendréis que verla si os quedáis; porque, he ahí el sitio
destinado para la lucha, y ya están prontos los que deben tomar parte en
ella.
CELIA.--Allí vienen, por cierto. Quedémosnos y veámosla. (-Preludio.
Entran el duque Federico, Lores, Orlando, Carlos y séquito.-)
DUQUE.--Venid. Pues el mancebo no da oído á súplicas, que su audacia
responda de su peligro.
ROSALINDA.--¿Es aquél el antagonista?
LE BEAU.--Él mismo, señora.
CELIA.--¡Ay, qué joven es! Sin embargo, parece como si hubiera de
vencer.
DUQUE.--¿Qué es esto, hija y sobrina? ¿Os habéis escurrido hasta aquí
para ver la lucha?
ROSALINDA.--Sí, mi señor, si os place darnos permiso.
DUQUE.--Poca diversión tendréis en ella, os lo aseguro, siendo tan
desiguales los luchadores. Por compasión á la temprana edad del joven,
intentaría disuadirle, pero no quiere oir consejo. Habládle, niñas; ved
si podéis influir sobre él.
CELIA.--Hacedle venir, monsieur Le Beau.
DUQUE.--Hacedlo. Yo me apartaré. (-El duque se va á un lado.-)
LE BEAU.--Señor desafiador: las princesas quieren hablaros.
ORLANDO.--Estoy á sus órdenes con todo respeto y humildad.
ROSALINDA.--Mancebo, ¿habéis desafiado á Carlos el luchador?
ORLANDO.--No, hermosa princesa. Es él quien hace un reto general. Yo no
vengo sino como uno de tantos, para probar en él la fuerza de mi
juventud.
CELIA.--Vuestro valor ¡oh joven! sobrepuja con exceso á vuestros años.
Crueles pruebas habéis visto del vigor de ese hombre. Si pudiérais veros
con nuestros ojos, ó juzgaros con nuestro discernimiento, el recelo de
vuestra aventura os aconsejaría una empresa más proporcionada. Os
rogamos, por vuestro bien, que penséis en vuestra seguridad y abandonéis
esta tentativa.
ROSALINDA.--Hacedlo, buen joven; que no por ello será rebajada vuestra
reputación. Solicitaremos del duque que haga suspender la lucha.
ORLANDO.--Os suplico no me impongáis el castigo de pensar mal de mí,
aunque me reconozco culpable de negar cosa alguna á tan bellas y
eminentes señoras. Pero acompáñenme en la lucha vuestras hermosas
miradas y benévolos deseos; que si he de ser vencido, no tendrá que
avergonzarse sino uno que jamás fué favorecido; y si recibo la muerte,
sólo sucumbirá uno que ya sobrado la desea. Ni causaré pesadumbre á mis
amigos, desde que no tengo uno para deplorarme; ni mal alguno al mundo,
en el cual nada poseo; y el lugar que en él ocupo, será ocupado mejor
cuando yo lo deje vacío.
ROSALINDA.--Quisiera añadir á vuestra fuerza la muy poca que hay en mí.
CELIA.--Y yo la mía para aumentar la suya.
ROSALINDA.--Adios. Ruego al cielo estar equivocada en cuanto á vos.
CELIA.--¡Ojalá se cumplan vuestros deseos!
CARLOS.--¡Ea! ¿Dónde está ese valeroso joven que tanto afán tiene por
yacer en su madre tierra?
ORLANDO.--Presto, señor; pero sus deseos son más modestos.
DUQUE.--Sólo probaréis una suerte.
CARLOS.--Aseguro á vuestra alteza que no tendrá ocasión de rogarle para
la segunda, después de haber intentado con tanto empeño disuadirle de la
primera.
ORLANDO.--Pensáis burlaros de mí después. No deberíais burlaros antes.
Pero probad como gustéis.
ROSALINDA.--Que Hércules os asista, ¡oh joven!
CELIA.--Quisiera ser invisible para atrapar por una pierna á aquel
hombronazo. (-Carlos y Orlando luchan-).
ROSALINDA.--¡Oh extraordinario joven!
CELIA.--Si pudiera lanzar de mis ojos un rayo, ya sé quién había de
caer.
(-Carlos es derribado.--Aclamación-).
DUQUE.--Basta, basta.
ORLANDO.--Suplico á Vuestra Alteza que nos deje continuar. Aún no estoy
bastante alentado.
DUQUE.--¿Cómo te encuentras, Carlos?
LE BEAU.--Ha quedado sin habla, señor.
DUQUE.--Llevadlo fuera. (-Llevan á Carlos-).--¿Cómo te llamas, mancebo?
ORLANDO.--Orlando, señor, el hijo menor de sir Rowland de Bois.
DUQUE.--Habría preferido que fueses hijo de otro. Las gentes tenían á tu
padre por honorable; pero, sin embargo, encontré en él un enemigo. Más
me habría agradado tu proeza si hubieses descendido de otro linaje. Pero
Dios te guarde. Eres un mancebo valiente. Me habría alegrado de que
hubieses mencionado otro padre. (-Salen el Duque, Federico, el séquito y
Le Beau-).
CELIA.--Á estar yo en lugar de mi padre, ¿haría esto, prima?
ORLANDO.--Á orgullo tengo ser hijo de sir Rowland, siquiera su hijo
menor, y no cambiaría de condición así me adoptara el duque por heredero
suyo.
ROSALINDA.--Mi padre amaba con toda su alma á sir Rowland, y todo el
mundo era del mismo modo de sentir. Si hubiese yo conocido antes á este
joven, hijo suyo, le habría suplicado con lágrimas que no se aventurase
de ese modo.
CELIA.--Vamos, querida prima, á darle las gracias y á animarlo. La
índole áspera y envidiosa de mi padre me lastima el corazón. Sois digno
de aplauso, joven. Si tan bien cumplís vuestras promesas de amor, como
la que ahora habéis excedido, vuestra amante deberá ser muy feliz.
ROSALINDA. (-Dándole una cadena de su cuello-).--Caballero, llevad esto
en recuerdo mío; que por contraria fortuna no tengo en la mano los
medios de ofrecer todo lo que quisiera. ¿Nos iremos, prima?
CELIA.--Sí. Adios, gentil caballero.
[Illustration:---Caballero, llevad esto en recuerdo mío.-]
ORLANDO.--¿No puedo daros las gracias? Me habéis abrumado en lo que hay
de mejor en mí, y sólo quedo en vuestra presencia como un poste, como un
mármol inerte.
ROSALINDA.--Nos llama. Mi orgullo ha desaparecido junto con mi
prosperidad. Le preguntaré lo que desea. ¿Nos llamasteis, caballero?
Habéis luchado bien, y vencido aún más que á vuestros adversarios.
CELIA.--¿Nos vamos, prima?
ROSALINDA.--Soy con vos. Quedad con Dios.
(-Salen Rosalinda y Celia-).
ORLANDO.--¿Qué pasión me ata la lengua? Ha querido que le hable y no he
podido hablar.--(-Vuelve á entrar Le Beau-).--¡Oh pobre Orlando! Estás
derribado. No Carlos, algo más débil te domina.
LE BEAU.--Amistosamente os aconsejo, buen señor, que abandonéis este
lugar. Aunque habéis merecido altos elogios, aplausos y afecto, la
índole del duque es tal que da mal sentido á cuanto habéis hecho. El
duque es caprichoso; y lo que es él en toda verdad sería mejor que lo
presumiéseis vos que el que yo os lo dijera.
ORLANDO.--Os doy las gracias, señor. Dignaos decirme ¿cuál de las dos
damas que presenciaron la lucha es la hija del duque?
LE BEAU.--Ninguna, á juzgar por los modales; pero en realidad es su hija
la menor en estatura. La otra es hija del duque desterrado, y la detiene
aquí su tío el usurpador para que acompañe á su hija; y las liga un
afecto más estrecho que el natural vínculo de las hermanas. Pero puedo
aseguraros que de poco tiempo acá el duque ve con desagrado á su gentil
sobrina, sin más motivo que el de alabar el pueblo las virtudes de ésta
y compadecerla por amor á su buen padre. Y á fe mía, la mala voluntad
del duque hacia ella estallará de repente. Quedad con Dios, señor.
Desearía conoceros mejor y gozar de vuestro afecto en el porvenir en un
mundo mejor que este.
ORLANDO.--Os quedo sumamente agradecido.--(-Sale Le Beau-).--¿Es decir
que tengo que salir de las brasas para caer en las llamas? Del duque
tirano al hermano tirano. ¡Pero, divina Rosalinda!
(-Sale-).
ESCENA III.
Un cuarto en el palacio.
Entran CELIA y ROSALINDA.
CELIA.--¿Es posible, prima? ¿Es posible, Rosalinda? ¡Ten piedad, Cupido!
¿Ni una palabra?
ROSALINDA.--Ni una para echarla á un perro.
CELIA.--No, tus palabras tienen demasiado valor para desperdiciarlas en
perros; echa algunas para mí. ¡Ea! Póstrame con razones.
ROSALINDA.--Pues así habría dos primas postradas: la una á causa de las
razones, y la otra por haber enloquecido sin ninguna.
CELIA.--¿Pero es todo esto por tu padre?
ROSALINDA.--No. Alguna parte de ello es por la hija de mi padre. ¡Oh,
qué lleno de espinas es este fatigoso mundo!
CELIA.--No son sino cardillos arrojados sobre ti, en festivo retozo. Si
no caminas por las sendas trilladas, hasta tus faldas los atraparán.
ROSALINDA.--Podría sacudirlos de mi ropa. Pero estos están en mi
corazón.
CELIA.--Tóselos y saldrán.
ROSALINDA.--Probaría; si llorando de tos, pudiera tenerlo.
CELIA.--Vamos, vamos, lucha con tus afectos.
ROSALINDA.--¡Ah! Se ponen del lado de un luchador más fuerte que yo.
CELIA.--¡Válgate mi buen deseo! Ya harás la prueba á su tiempo, á riesgo
de una caída. Pero dejando á un lado estas chanzas, hablemos con
seriedad. ¿Es posible que tan de súbito hayas sentido esta vehemente
inclinación por el hijo menor de sir Rowland?
[Illustration]
ROSALINDA.--El duque, mi padre, amaba á éste de todo corazón.
CELIA.--¿Y se sigue de ello que has de amar de todo corazón á su hijo?
Por ese camino llegaremos á que yo debiera odiarle, porque mi padre odió
cordialmente al suyo; y sin embargo, no aborrezco á Orlando.
ROSALINDA.--¡Por Dios! no le odies, por amor á mí.
CELIA.--¿Y por qué lo odiaría? ¿No merece aprecio?
ROSALINDA.--Deja que por ello le ame; y ámalo tú porque yo lo hago.
Mira: ahí viene el duque. (-Entran el duque Federico y Lores.-)
DUQUE.--Señorita, disponeos á toda prisa y alejaos de nuestra corte.
ROSALINDA.--¿Yo, tío?
DUQUE.--Vos, sobrina. Si pasados estos diez días se te encuentra á
veinte millas de mi corte, mueres.
ROSALINDA.--Ruego á Vuestra Alteza que me haga saber en qué he faltado.
Si tengo conciencia de mi misma, ó si conozco mis deseos; si no sueño ó
no estoy delirando (y confío en que no lo estoy), entonces, querido tío,
jamás he ofendido á Vuestra Alteza ni con la sombra de un pensamiento.
DUQUE.--Así proceden todos los traidores. Si su purificación consistiera
en palabras, serían todos tan inocentes como la gracia misma de
Dios.--Baste el que sepas que no confío en tí.
ROSALINDA.--Vuestra desconfianza no puede hacer que mi traición exista.
Decidme en qué se funda la sospecha.
DUQUE.--Eres hija de tu padre; basta con eso.
ROSALINDA.--También lo era cuando Vuestra Alteza se apoderó de su
ducado. También lo era cuando Vuestra Alteza lo desterró. No se hereda
la traición, señor. Ó si la tenemos por contagio de nuestros amigos ¿en
qué me afectaría eso? Mi padre no fué traidor. No me equivoquéis, pues,
mi buen señor, á tal punto que juzguéis traidora mi pobreza.
CELIA.--Escuchadme, querido soberano.
DUQUE.--Sólo por causa vuestra, Celia, la hemos tenido aquí. Á no ser
por eso, habría corrido la suerte de su padre.
CELIA.--Yo no pedí entonces que se quedara, sino que así lo quisieron
vuestro deseo y vuestro propio remordimiento. Era yo entonces demasiado
niña para conocerla en todo su valor. Pero ahora la conozco. Si es
culpable de traición, también lo soy yo misma. Hasta ahora hemos dormido
juntas, y juntas nos hemos levantado, estudiado, jugado y sentado á la
mesa. Y como los cisnes de Juno, jamás fuímos á lugar alguno sino como
una pareja inseparable.
DUQUE.--Es demasiado astuta para ti, y su suavidad, su silencio mismo y
su paciencia, hablan al pueblo, y éste la compadece. Eres una simple.
Ella te defrauda de tu reputación; y tú aparecerás más inteligente y más
virtuosa, cuando ella se haya ido. No repliques, pues. La sentencia que
he dado contra ella es firme é irrevocable: está desterrada.
CELIA.--Pronunciad entonces, señor, esa sentencia contra mí. Yo no puedo
vivir sino á su lado.
DUQUE.--Eres una loca. Disponeos á partir, sobrina. Si os excedéis del
plazo, por mi honor y lo sagrado de mi palabra, que os costará la vida.
(-Salen el duque Federico y séquito.-)
CELIA.--¡Oh pobre Rosalinda mía! ¿Á donde irás? ¿Quieres cambiar de
padres? Te daré el mío. Te aseguro que no estás más desolada que yo.
ROSALINDA.--Tengo mayor motivo.
CELIA.--No es así, prima. Te ruego que te animes. ¿No comprendes que el
duque me ha desterrado, á mí, su hija?
ROSALINDA.--No, no lo ha hecho.
CELIA.--¿Que no? Te falta, pues, Rosalinda, el amor que te enseña que tú
y yo somos una? ¿Habremos de ser separadas? ¿Habremos de decirnos adios,
dulce prenda mía? No. Busque mi padre otro heredero. Discurre conmigo
el modo de que huyamos, á dónde iremos y lo que habremos de llevar. Y no
intentes soportar tú sola tus pesares, prescindiendo de mí; porque tomo
por testigo al cielo, que palidece á la vista de nuestras penas, de que
á pesar de cuanto digas, me marcharé contigo.
ROSALINDA.--Pero ¿á dónde ir?
CELIA.--Á buscar á mi tío.
ROSALINDA.--¡Ah! ¡Qué peligro para nosotras, doncellas, viajar á tanta
distancia! Más pronto provoca á los malvados la belleza que el oro.
CELIA.--Me cubriré de pobres y mezquinas vestiduras, y me embadurnaré la
cara con una especie de barniz oscuro. Haréis lo mismo, y así seguiremos
nuestro camino sin provocar asaltos.
ROSALINDA.--¿No sería mejor, ya que soy de una estatura más alta que la
general, que me disfrazara de hombre? Con una buena daga al cinto y un
venablo en la mano (aunque en mi corazón se anide oculto todo el miedo
de la mujer), tendré un exterior marcial é imponente. Y en ello seré
como muchos hombrezuelos cobardes que con la apariencia ocultan su
cobardía.
CELIA.--¿Qué nombre te he de dar cuando seas hombre?
ROSALINDA.--No quiero tener un nombre que valga menos que el del mismo
paje de Júpiter. Así, me llamarás Ganimedes. ¿Y qué nombre tomarás tú?
CELIA.--Uno que de algún modo se refiera á mi situación. Ya no me
llamaré Celia, sino Aliena.
ROSALINDA.--¿Y qué te parecería, prima, si ensayáramos robarnos á aquel
necio de bufón de la corte de vuestro padre? ¿No nos serviría de solaz
durante el viaje?
CELIA.--Me seguiría de extremo á extremo del mundo. Deja á mi cuidado el
ganarlo. Vámonos. Juntemos nuestras joyas y nuestro caudal, y discurre
tú el tiempo más oportuno y el camino más seguro para sustraernos á la
persecución que se nos ha de hacer después de mi fuga. Ahora iremos
contentas, no al destierro, sino á la libertad.
[Illustration]
[Illustration]
ACTO II.
ESCENA I.
El bosque de Ardenas.
Entran el antiguo DUQUE, AMIENS y otros lores en traje de monteros.
DUQUE.
Y bien, compañeros y hermanos de destierro, ¿no hace la costumbre que
sea más dulce esta vida que la de las vanas pompas? ¿No están más
exentas de peligro estas selvas que la envidiosa corte? Aquí no tenemos
otro padecimiento que el de Adán; la diversidad de la estación; el rudo
zumbido y el diente helado del viento del invierno. Y cuando sopla sobre
mi cuerpo y lo muerde y lo hace encogerse de frío, me digo sonriendo:
«Esto no es adulación; estos son consejeros que con toda sinceridad me
convencen de lo que soy.» Dulces son los frutos de la adversidad que,
semejante al feo y venenoso sapo, lleva en la cabeza una preciosa
joya.--Y esta nuestra vida retirada del bullicio público, descubre
idiomas en los árboles, libros en los arroyos, sermones en las piedras,
y el bien en todas las cosas.
AMIENS.--No querría cambiarla. ¡Dichoso sois, Alteza, que podéis tornar
la obstinación de la fortuna en un modo de ser tan dulce y apacible!
DUQUE.--Venid. ¿Iremos á matar venados? Y sin embargo me contrista el
que estos pobrecillos abigarrados, naturales moradores de esta soledad,
sientan que en sus propios confines un venablo de doble filo les
atraviese los costados.
LORD 1.º--Por cierto, mi señor, que el melancólico Santiago se aflige de
ello; y en ese sentido jura que sois más usurpador que el hermano que os
ha desterrado. Milord Amiens y yo nos deslizamos hoy ocultamente hasta
donde yacía aquel, declinado bajo un roble cuyas viejas raices asoman
sobre el arroyo que susurra á lo largo de este bosque.--Vino á
desfallecer allí un pobre ciervo fugitivo herido por el arma de algún
cazador; y en verdad, señor, que el desventurado animal exhalaba tan
hondos quejidos, que su piel se dilataba por el esfuerzo como si hubiera
ido á rasgarse, y gruesas lágrimas corrían de sus ojos una tras otra en
lastimera sucesión. Así, la pobre alimaña, permaneció en el borde mismo
del rápido arroyo que recibía sus lágrimas, mientras la observaba
atentamente el melancólico Santiago.
DUQUE.--Pero ¿qué dijo éste? ¿No moralizó sobre ese espectáculo?
LORD 1.º--¡Oh, sí, por mil símiles! En primer lugar porque vertía sus
lágrimas en el arroyo que no necesitaba de ellas, exclamó: «¡Pobre
venado! Haces testamento como las gentes mundanas, dando lo más que
tienes á quien ya tiene demasiado.» En seguida por hallarse solo y
abandonado por sus amigos de piel aterciopelada, dijo: «Es justo: esta
desgracia ahuyenta la afluencia de compañeros.» Al mismo tiempo un hato
harto de pacer pasa saltando á su lado sin cuidarse de él. «Sí, seguid
adelante, gordos y lustrosos ciudadanos. Es la moda. ¿Á qué mirar á ese
quebrado, pobre y arruinado?»--Así con gran vehemencia destrozó la
estructura del país, corte y ciudad, y aun nuestro presente género de
vida; jurando que no somos más que usurpadores, tiranos y todo lo que
hay de peor, en espantar á estos animales y matarlos en su propio y
nativo albergue.
DUQUE.--¿Y estaba en tal meditación cuando le dejasteis?
LORD 2.º--Sí, mi señor; llorando y comentando sobre el quejumbroso
ciervo.
DUQUE.--Mostradme el sitio. Pláceme escucharle en estos arranques
repentinos, porque entonces está lleno de lucidez.
LORD 2.º--Os conduciré directamente hacia él.
(-Salen.-)
ESCENA II.
Cuarto en el palacio.
Entran el DUQUE FEDERICO, LORES y SÉQUITO.
DUQUE FEDERICO.--¿Cómo es posible que ningún hombre las haya visto? No
puede ser. Sin duda hay en mi corte algunos villanos que han consentido
y cooperado en ello.
LORD 1.º--No puedo saber de persona alguna que la haya visto. Las
señoras camareras suyas, la vieron acostarse en su lecho, y temprano en
la mañana hallaron que faltaba de él el tesoro de su dueño.
LORD 2.º--Señor, también se echa de menos al bufón que tantas veces hizo
reir á Vuestra Alteza. Hesperia, la dama de honor de la princesa,
confiesa haber oído secretamente á vuestra hija y á su prima elogiar en
extremo las cualidades y atractivos del luchador que poco há venció al
robusto Carlos; y cree que adonde quiera que hayan ido, seguramente ese
joven las acompaña.
DUQUE FEDERICO.--Enviad adonde su hermano, y traed aquí á ese valiente.
Si se ha ausentado, traedme á su hermano. Yo haré que lo encuentre.
Haced esto al instante, y no haya tregua en la investigación y
diligencia para hacer regresar á esas locas fugitivas.
(-Salen.-)
ESCENA III.
Delante de la casa de Oliverio.
Entran ORLANDO y ADAM, que se encuentran.
ORLANDO.--¿Quién está ahí?
ADAM.--¡Cómo! ¿mi joven señor? ¡Oh mi buen y amado señor! ¡Oh vos,
memoria viva de sir Rowland! ¡Cómo! ¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué sois
virtuoso? ¿Por qué os aman las gentes? ¿Y por qué sois gentil, fuerte y
valeroso? ¿Por qué tomaríais tan á deseo el vencer al membrudo luchador
del caprichoso duque? Demasiado aprisa ha llegado aquí antes que vos
vuestra alabanza. ¿No sabéis, señor, que para cierta clase de hombres
sus buenas prendas les sirven sólo de enemigos? Así os sirven las
vuestras. Vuestras virtudes, mi gentil señor, son para vos santificados
traidores. ¡Oh! ¡qué mundo éste en el cual la nobleza de alma atrae el
veneno al que la posee!
ORLANDO.--¿Pero qué acontece?
ADAM.--¡Oh desdichado joven! No paséis por estas puertas. Bajo este
techo vive el enemigo de todas vuestras virtudes. Vuestro hermano (no,
no hermano, y sin embargo es hijo--pero no, no es hijo--no quiero
llamarlo hijo--de aquel á quien iba á llamar su padre) ha oído vuestras
alabanzas, y se propone incendiar esta noche el alojamiento en que
acostumbráis dormir, cuando estéis en él. Si no lo consigue así, echará
mano de otros medios para deshacerse de vos. Pude oir lo que él y los
suyos decían. Este no es un hogar: esta casa no es más que un matadero.
¡Abominadla, temedla, no entréis en ella!
[Illustration]
ORLANDO.--¿Pues á dónde querrías entonces que fuese, Adam?
ADAM.--No importa á dónde, con tal de que no vengáis aquí.
ORLANDO.--¡Pues qué! ¿Querrías verme ir á mendigar mi alimento? ¿Ó con
una espada vil y turbulenta arrancar por fuerza en el camino público
una subsistencia furtiva? Tendría que hacer esto, ó no sabría qué
hacer. Y esto no lo haré jamás, suceda lo que quiera. Antes me someteré
á la malignidad de una sangre degenerada, y de un sanguinario hermano.
ADAM.--Pero no hagáis tal. Tengo quinientas coronas, el salario
economizado bajo vuestro padre, que atesoré para que me alimentara
cuando mis miembros envejecidos no pudieran ya hacer el servicio y
estuviera mi vejez abandonada en un rincón. Tomadlas; y aquel que
alimenta al cuervo y provee de sustento al gorrioncillo, será el báculo
de mi vejez. He aquí el oro: os le doy por entero. Permitidme ser
vuestro criado. Aun cuando parezco anciano, soy vigoroso y activo;
porque jamás en mi juventud vicié mi sangre con licores ardientes y
perturbadores; ni con desvergonzada frente atraje sobre mí la
extenuación y el agotamiento. Así mi edad es como un invierno helado
pero saludable. Dejad que os acompañe y os prestaré en todas vuestras
ocupaciones y necesidades los servicios de un hombre más joven.
ORLANDO.--¡Oh buen anciano! ¡Qué bien se muestra en ti el fiel servicio
del mundo antiguo en el cual el servidor derramaba su sudor por el
deber, no por la recompensa! No eres tú semejante á los de este tiempo,
en que ninguno trabaja sino por medrar, y una vez conseguido esto,
entorpece el servicio aun con la ganancia. No es así contigo, pobre
anciano, que cultivas un árbol carcomido que no puede producir ni
siquiera una flor en cambio de todas tus fatigas y cuidados. Pero haz
como quieres: iremos juntos, y antes de consumir los salarios de tu
mocedad, encontraremos algún modesto modo de vivir.
ADAM.--Poneos en camino, señor; que yo os seguiré hasta el último
aliento, con sincera lealtad. Desde que tuve diez y siete años hasta
ahora que cuento cerca de ochenta, he vivido aquí; pero ya aquí no vivo
más. Muchos prueban fortuna á los diez y siete años; pero á los ochenta
es demasiado tarde. Sin embargo, la fortuna no puede darme mejor premio
que el morir bien, habiendo cumplido mi deber con el amo.
(-Salen.-)
ESCENA IV.
El bosque de Ardenas.
Entran ROSALINDA en traje de mancebo. CELIA vestida de pastora y
PIEDRA-DE-TOQUE.
ROSALINDA.--¡Oh Júpiter! ¡Qué fatigado está mi ánimo!
PIEDRA.--Poco me importaría el ánimo, si no tuviera cansadas las
piernas.
ROSALINDA.--Si me dejara llevar de mi corazón, deshonraría mi traje de
hombre llorando como una mujer. Pero debo animar á la parte más débil;
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