CIUDADANO 1.º--Nunca, jamás. Salgamos, salgamos; quememos sus restos en
el lugar sagrado, y con los tizones incendiemos las casas de los
traidores! Levantemos el cuerpo.
CIUDADANO 2.º--Id á traer fuego.
CIUDADANO 3.º--Derribad los bancos.
CIUDADANO 4.º--Derribad las molduras, las ventanas, lo que sea. (-Salen
los ciudadanos con el cuerpo.-)
ANTONIO.--Y ahora, siga adelante la obra.--Ya estás en marcha ¡oh
revuelta! Toma el camino que quieras.--¿Qué hay ahora, mozo? (-Entra un
criado.-)
CRIADO.--Señor. Octavio ha llegado ya á Roma.
ANTONIO.--¿Y en dónde está?
CRIADO.--Él y Lépido están en casa de César.
ANTONIO.--Y allí voy inmediatamente á visitarlo. Viene como traído al
intento. La fortuna está alegre, y en su buen humor nos dará no importa
qué.
CRIADO.--Les oí decir que Bruto y Casio escapan como locos furiosos
fuera de las puertas de Roma.
ANTONIO.--Es probable que tuviesen alguna noticia del pueblo y de cómo
yo lo había movido.--Condúceme donde Octavio.
ESCENA III.
La misma.--Una calle.
Entra CINNA, el poeta.
CINNA.--Soñé esta noche que estaba en un banquete con César, y las cosas
impresionan mi fantasía de un modo desafortunado. No tengo deseo de
andar por las calles, y, sin embargo, algo me impele á hacerlo.
(-Entran ciudadanos.-)
CIUDADANO 1.º--¿Cómo os llamáis?
CIUDADANO 2.º--¿Á dónde váis?
CIUDADANO 3.º--¿Dónde residís?
CIUDADANO 4.º--¿Sois casado ó soltero?
CIUDADANO 2.º--Responded á cada uno terminantemente.
CIUDADANO 1.º--Sí; y en pocas palabras.
CIUDADANO 4.º--Sí; y discretamente.
CIUDADANO 3.º--Sí; y con veracidad. Será mejor para vos.
CINNA.--¿Cómo me llamo? ¿Á dónde voy? ¿Dónde resido? ¿Soy casado ó
soltero? Pues para responder á cada uno terminantemente, en pocas
palabras, discretamente y con veracidad, digo discretamente: soy
soltero.
CIUDADANO 2.º--Eso quiere decir que los que se casan son unos necios. Me
temo que esto os costará que os dé un golpe. Continuad: terminantemente.
CINNA.--Terminantemente, voy al funeral de César.
CIUDADANO 1.º--¿Como amigo ó enemigo?
CINNA.--Como amigo.
CIUDADANO 2.º--Ese punto está respondido terminantemente.
CIUDADANO 4.º--¿Vuestra residencia? En pocas palabras.
CINNA.--En pocas palabras, resido junto al Capitolio.
CIUDADANO 3.º--¿Vuestro nombre, señor? Con veracidad.
CINNA.--Con veracidad, mi nombre es Cinna.
CIUDADANO 1.º--Hacedle pedazos. Es un conspirador.
CINNA.--Soy Cinna el poeta, soy Cinna el poeta.
CIUDADANO 4.º--Despedazadle por sus malos versos. Despedazadle por sus
malos versos.
CIUDADANO 2.º--No importa. Su nombre es Cinna. Arrancad solamente ese
nombre de su corazón, y hacedle que retroceda.
CIUDADANO 3.º--¡Despedazadle, despedazadle! ¡Y ahora á las teas! ¡Á casa
de Bruto! ¡Á casa de Casio! Incendiémoslo todo. ¡Que vayan unos á casa
de Decio, otros á la de Casca, otros á la de Ligario! (-Salen.-)
[Illustration]
[Illustration]
ACTO IV.
ESCENA I.
En Roma. Cuarto en casa de Antonio.
ANTONIO, OCTAVIO Y LÉPIDO sentados alrededor de una mesa.
ANTONIO.
Todos estos, pues, tienen que morir. Sus nombres están marcados.
OCTAVIO.--Vuestro hermano debe morir también. ¿Consentís, Lépido?
LÉPIDO.--Consiento.
OCTAVIO.--Marcadlo, Antonio.
LÉPIDO.--Á condición de que no vivirá Publio, que es hijo de vuestra
hermana, Marco-Antonio.
ANTONIO.--No vivirá. Mirad: le condeno con esta señal. Pero id, Lépido,
á casa de César; traed el testamento y arreglaremos el modo de suprimir
alguna parte de los legados.
LÉPIDO.--¡Qué! ¿Os hallaré aquí?
-Octavio-.--Aquí ó en el Capitolio. (-Sale Lépido.-)
-Antonio-.--Este es un pobre hombre sin mérito que sólo está bueno para
hacer mandados. ¿Es conveniente que, dividido el mundo en tres partes,
venga él á ser uno de los tres que lo dominen?
-Octavio-.--Así lo pensabais y consultasteis su voto sobre quiénes
debían ser marcados para morir en nuestra sentencia de muerte y
proscripción.
[Illustration]
ANTONIO.--Octavio, he vivido más días que vos, y aunque prodigamos estos
honores en este hombre para libertarnos del peso de algunas calumnias,
él no los llevará sino como lleva el asno el oro, para trabajar y sudar
en la faena, ya sea que al señalar el camino sea guiado ó sea arreado. Y
cuando hemos traído nuestro tesoro adonde queremos, le quitamos la carga
y le hacemos irse, como el asno descargado, á sacudir las orejas y pacer
en el campo.
OCTAVIO.--Haced como queráis; pero es un bravo y experto soldado.
ANTONIO.--También lo es mi caballo, Octavio, y por tanto le proveo con
un depósito de heno. Es una criatura á la cual he enseñado á lidiar, á
partir, á detenerse, á correr de frente, gobernados siempre por mi
espíritu los movimientos de su cuerpo. En cierto modo, Lépido no es más
que esto. Tiene que ser enseñado, disciplinado, estimulado á ir
adelante.--Es un espíritu estéril que se alimenta con objetos, artes é
imitaciones, manoseadas por otros hombres y caídas en desuso, pero que
para él son moda nueva. No habléis de él sino como de una propiedad. Y
ahora, Octavio, escuchad grandes cosas. Bruto y Casio están reclutando
fuerzas. Nosotros debemos ir adelante sin vacilar. Combinemos, pues,
nuestra alianza, aseguremos á nuestros más fieles amigos y ensanchemos
nuestros mejores recursos. Reunámonos inmediatamente en consejo para
descubrir mejor las cosas encubiertas y hacer frente á los peligros
visibles.
OCTAVIO.--Hagámoslo; porque estamos en juego, circundados por muchos
enemigos, y me temo que algunos de los que nos sonríen, tienen en su
corazón abismos de maldad.
(-Salen.-)
ESCENA II.
Delante de la tienda de Bruto, en el campo cerca de Sardis.
Tambor.--Entran BRUTO, LUCILIO, LUCIO y SOLDADOS. TICINIO Y PÍNDARO se
encuentran con ellos.
BRUTO.--¡Alto aquí!
LUCILIO.--Dad la voz y haced alto.
BRUTO.--¿Qué hay, Lucilio? ¿Está Casio cerca?
LUCILIO.--Va á llegar, y Píndaro ha venido á saludaros en nombre de su
señor.
(-Píndaro da una carta á Bruto-).
BRUTO.--Me saluda bien. Vuestro señor, Píndaro, por mudanza en él, ó por
malos oficiales, me ha dado algún motivo para desear que cosas que
habían sido hechas se deshicieran; pero si está tan próximo, quedaré
satisfecho.
PÍNDARO.--No dudo que mi noble dueño aparecerá tal como es, lleno de
delicadeza y honor.
BRUTO.--No se duda de él. Una palabra, Lucilio. Quiero saber con certeza
de qué modo os recibió.
LUCILIO.--Cortésmente y con bastante respeto; pero no con las mismas
formas familiares, ni con el libre y amistoso trato que acostumbraba en
tiempos anteriores.
BRUTO.--En ello habéis descrito á un caluroso amigo que se enfría.
Advertid, Lucilio, que cuando el amor principia á debilitarse y decaer,
usa siempre una ceremonia forzada. La fe honesta y sencilla no conoce
disfraces.--Pero los hombres frívolos, como ciertos caballos fogosos al
principio, hacen ostentación y alarde de su firmeza; pero luégo que
sienten las sangrientas espuelas, agachan la cabeza como rocines mañosos
y sucumben en la prueba. ¿Avanza su ejército?
LUCILIO.--Propónense acampar esta noche en Sardis. La mayor parte, las
tropas de á caballo, han venido con Casio.
BRUTO.--¿Oyes? Ha llegado. Vé pausadamente á encontrarlo.
(-Entran Casio y soldados.-)
CASIO.--¡Alto!
BRUTO.--¡Alto! Pasad la voz.
DENTRO.--¡Alto!
DENTRO.--¡Alto!
DENTRO.--¡Alto!
CASIO.--Muy noble hermano. Habéis sido injusto hacia mí.
BRUTO.--Juzgadme ¡oh dioses! ¿Hago injusticia á mis enemigos? Pues si no
la hago ¿cómo podría hacerla á un hermano?
CASIO.--Bruto, esta sobria apariencia vuestra encubre injusticias; y
cuando las hacéis....
BRUTO.--Conteneos, Casio. Exponed vuestros agravios tranquilamente. Os
conozco bien. Aquí bajo las miradas de nuestros dos ejércitos, que no
deben ver entre nosotros sino buen afecto, no disputemos. Haced que se
retiren y luégo en mi tienda, Casio, os espaciaréis sobre vuestras
quejas y os daré audiencia.
CASIO.--Píndaro, pedid á los jefes que retiren un poco de este lugar sus
tropas.
BRUTO.--Hacedlo también, Lucilio; y que nadie venga á nuestra tienda
hasta que haya terminado nuestra conferencia. Que Lucio y Ticinio
guarden la puerta.
(-Salen.-)
ESCENA III.
En la tienda de Bruto.
LUCIO y TICINIO á alguna distancia de ella.
CASIO.--Que me habéis tratado injustamente, se ve en que habéis
condenado y marcado á Lucio Pella por haber recibido aquí sobornos de
los sardios; al paso que mis cartas implorando en su favor, porque
conozco al hombre, han sido despreciadas.
BRUTO.--Os hicisteis injusticia vos mismo, escribiendo en semejante
caso.
CASIO.--En tiempos como el presente, no es oportuno que una pequeña
falta sea tan notada.
BRUTO.--Dejadme deciros, Casio, que vos, vos mismo, tenéis la mala
reputación de la codicia; de vender y traficar por oro nuestros empleos
á personas indignas.
CASIO.--¿Codicia, yo? Bien sabéis, Bruto, que á no ser vos quien habla
¡por los dioses! estas serían vuestras últimas palabras.
BRUTO.--Y á no estar esta corrupción amparada bajo el nombre de Casio,
no tardaría en aparecer el castigo.
CASIO.--¡Castigo!
BRUTO.--¡Acordaos de Marzo, de los ídus de Marzo! ¿No fué por la
justicia que corrió la sangre del gran Julio? ¿Qué villano tocó su
cuerpo y lo hirió, y no por justicia? ¡Qué! ¿Habrá de haber uno de
nosotros, los que pusimos la mano sobre el primer hombre del mundo, sólo
porque protegía á los expoliadores, que manche ahora sus manos con bajos
cohechos? ¿Y venda la alta región de nuestros grandes honores, por la
vil basura que así se pueda recoger?--Antes que ser un romano semejante,
prefiriera ser un perro hambriento.
CASIO.--No me provoquéis, Bruto. No he de sufrirlo. Os olvidáis de vos
mismo al acusarme. Soldado soy, soldado más antiguo y experimentado, más
hábil que vos para dictar condiciones.
BRUTO.--Apartaos. No sois Casio.
CASIO.--Casio soy.
BRUTO.--Digo que no.
CASIO.--Conteneos ó lo olvidaré todo. Mirad por vos mismo. No me tentéis
más.
BRUTO.--¡Fuera! ¡Pobre diablo!
CASIO.--¿Es posible esto?
BRUTO.--Oíd, porque tengo que hablar. ¿Debo yo ceder y abrir campo á
vuestra temeraria cólera? ¿Me asustaré de que me mire un loco?
CASIO.--¡Oh dioses! ¡Oh dioses! ¿Y debo soportar todo esto?
BRUTO.--¿Todo esto? Sí, y más. Enfureceos hasta que estalle vuestro
orgulloso corazón. Id, mostrad á vuestros esclavos cuán iracundo sois, y
que tiemblen vuestros siervos. ¿He de alterarme? ¿He de guardaros
consideración? ¿He de humillarme ante vuestro mal humor? ¡Por los
dioses! que habéis de digerir el veneno de vuestro fastidio, aunque os
haga reventar; porque de hoy en adelante haré de vos mi diversión, sí,
mi hazme-reir, cuando estéis rabioso.
CASIO.--¿Y á esto hemos llegado?
BRUTO.--Decís que sois mejor soldado. Pues mostradlo. Que vuestra
jactancia se convierta en hechos y quedaré muy contento. Por lo que á mí
toca, me alegraría recibir lecciones de hombres nobles.
CASIO.--Me hacéis injusticia en todo. Dije que soy soldado más antiguo,
no mejor.--¿Dije que soy mejor?
BRUTO.--Si lo dijisteis, no me importa.
CASIO.--Cuando César vivía no se atrevió á provocarme así.
BRUTO.--Poco á poco. No os atrevisteis á tentarlo así!
CASIO.--¿No me atreví?
BRUTO.--No.
CASIO.--¡Qué! ¿No atreverme á tentarlo?
BRUTO.--Por vida vuestra, que no.
CASIO.--No contéis demasiado sobre mi afecto.--Podría hacer algo que me
pesara después.
BRUTO.--Ya habéis hecho algo que os debería pesar. Nada hay, Casio, en
vuestras amenazas, que pueda inquietarme; porque estoy tan poderosamente
armado de honradez, que pasan junto á mí como el aire juguetón del que
no puedo hacer caso. Envié á pediros ciertas sumas de oro, que habéis
rehusado; porque yo no sé levantar dinero por medios viles, y antes de
arrancar por fraude de las endurecidas manos de los campesinos su
mezquina ganancia ¡por los cielos! ¡preferiría hacer acuñar mi corazón y
destilar mi sangre por dracmas! Envié donde vos por oro para pagar mis
legiones, y lo negasteis. ¿Fué ese proceder digno de Casio? ¿Habría yo
respondido así á Cayo Casio? Cuando Marco-Bruto llegue á ser tan avaro
que encierre de sus amigos esas miserables monedas, ¡aprontad, oh
dioses, todos vuestros rayos para despedazarle!
CASIO.--No os negué!
BRUTO.--Negasteis.
CASIO.--No negué. El que os trajo mi respuesta fué un imbécil. Bruto ha
desgarrado mi corazón. Un amigo debería soportar los defectos de sus
amigos; pero Bruto exagera los míos.
BRUTO.--No lo hago, sino cuando me hacéis sufrir por ellos.
CASIO.--No me tenéis afecto.
BRUTO.--No me gustan vuestras faltas.
CASIO.--El ojo de un amigo nunca podría ver tales faltas.
BRUTO.--No las vería un adulador, aunque son tan grandes como el monte
Olimpo.
CASIO.--¡Venid, Antonio y joven Octavio, venid y vengaos sólo de Casio!
Porque Casio está cansado del mundo; odiado por aquel á quien ama;
retado por su hermano; oprimido como un siervo; observadas todas sus
faltas y anotadas en el libro y divulgadas y aprendidas de memoria para
arrojárselas al rostro. ¡Oh! ¡Podría llorar el alma por los ojos! Aquí
está mi puñal: he aquí mi pecho desnudo. Dentro hay un corazón más
valioso que la mina de Pluto, más rico que el oro. Si es verdad que eres
un romano, tómale. Yo que te he negado oro, te entrego mi corazón. Hiere
como hiciste con César; yo sé que cuando más lo aborreciste, lo amabas
aún más que lo que nunca amaste á Casio.
BRUTO.--Envainad vuestro puñal. Montad en cólera cuanta os plazca: ya
tendrá libre campo. Haced lo que os plazca: el deshonor será mal humor.
¡Oh Casio! Estáis uncido con un cordero que soporta la cólera como el
pedernal soporta el fuego; y que sólo cuando se le fuerza mucho, despide
una chispa rápida y se enfría al momento.
CASIO.--¿Ha vivido Casio solamente para servir de diversión y risa á su
Bruto, cuando el pesar y la sangre enardecida le irritaban?
BRUTO.--También estaba yo irritado cuando hablé así.
CASIO.--¿Confesáis esto? Dadme vuestra mano.
BRUTO.--Y mi corazón también.
CASIO.--¡Oh Bruto!
BRUTO.--¿Qué hay ahora?
CASIO.--¿No tenéis por mí bastante afecto para tolerarme, cuando ese
violento humor que me dió mi madre, me hace olvidarlo todo?
BRUTO.--Sí, Casio. Y en adelante, cuando seáis demasiado exaltado con
vuestro Bruto, él pensará que es vuestra madre quien regaña y os dejará
así. (-Ruido dentro.-)
POETA.--(-Adentro.-) Dejadme entrar á ver á los generales.--Hay un
resentimiento entre ellos.--No está bien dejarlos solos.
LUCILIO.--(-Adentro.-)--No tendréis entrada.
POETA.--Nada me detendrá sino la muerte. (-Entra el poeta.-)
CASIO.--¿Qué hay ahora? ¿qué sucede?
POETA.--En nombre de la vergüenza, generales, ¿qué intentáis? Amaos y
sed amigos cual cumple á dos hombres como vosotros. Porque estoy cierto
de haber vivido más años que vosotros.
CASIO.--¡Ha! ¡ha! ¡Qué detestablemente rima este cínico!
BRUTO.--¡Fuera de aquí, villano! ¡Mozo impudente, fuera!
CASIO.--Tened paciencia con él, Bruto. Es su manera.
BRUTO.--Yo sabré soportar su genialidad, cuando él sepa escoger la
ocasión.--¿Qué tiene que hacer la guerra con estos necios
danzantes?--¡Camarada, fuera!
CASIO.--¡Fuera! ¡fuera! Marchaos. (-Sale el poeta.-)
(-Entran Lucilio y Ticinio.-)
BRUTO.--Lucilio y Ticinio, encargad á los jefes que se preparen á alojar
sus tropas.
CASIO.--Y regresad inmediatamente trayéndonos á Messala. (-Salen Lucilio
y Ticinio.-)
BRUTO.--Lucio. Una taza de vino.
CASIO.--No pensé que podíais haber estado tan encolerizado.
BRUTO.--¡Oh Casio! Me tienen enfermo muchos pesares.
CASIO.--No usáis de vuestra filosofía, si dáis importancia á males
accidentales.
BRUTO.--Ningún hombre soporta mejor la aflicción.--Porcia ha muerto.
CASIO.--¡Ah! ¡Porcia!
BRUTO.--Es muerta.
CASIO.--¡Y habéis podido no matarme cuando os contrarié tanto! ¡Oh!
pérdida conmovedora é insoportable! ¿De qué dolencia?
BRUTO.--Impaciente por mi ausencia, y pesarosa de que el joven Octavio y
Marco Antonio se hayan hecho tan fuertes (pues con su muerte llegó esa
nueva), perdió la razon, y en ausencia de sus servidores, tragó fuego.
CASIO.--¿Y murió así?
BRUTO.--Así.
CASIO.--¡Oh dioses inmortales!
(-Entra Lucio con vino y bujías.-)
BRUTO.--No hableis más de ella. Dadme una taza de vino. En esto sepulto
todo resentimiento, Casio. (-Bebe.-)
CASIO.--Sediento está mi corazon de esa noble promesa. Llena, Lucio,
llena hasta que se derrame la taza. Nunca beberé demasiado del afecto
de Bruto. (-Bebe.-)
(-Vuelven á entrar Ticinio y Messala.-)
BRUTO.--Entrad, Ticinio. Bienvenido, buen Messala. Sentémonos ahora bien
junto á esta luz y examinemos nuestras necesidades.
CASIO.--¡Porcia! ¿Y eres ida?
BRUTO.--Basta. Os lo ruego. Messala, he recibido aquí cartas anunciando
que el joven Octavio y Marco Antonio avanzan sobre nosotros con fuerzas
poderosas, y que dirigen su marcha hacia Filipi.
[Illustration]
MESSALA.--También tengo cartas del mismo tenor.
BRUTO.--¿Con qué adición?
MESSALA.--Que por proscripciones y mandando poner fuera de la ley,
Octavio, Antonio y Lépido han hecho matar cien senadores.
BRUTO.--No están acordes nuestras cartas en ese punto. Las mías hablan
de setenta senadores muertos por sus proscripciones, siendo Cicerón uno
de ellos.
CASIO.--Cicerón?
MESSALA.--Sí. Cicerón ha muerto por esa orden de proscripción. ¿Son de
vuestra esposa esas cartas, mi señor?
BRUTO.--No, Messala.
MESSALA.--¿Ni cosa alguna escrita en esas cartas acerca de ella?
BRUTO.--Nada, Messala.
MESSALA.--Paréceme extraña cosa.
BRUTO.--¿Por qué lo preguntáis? ¿Habéis sabido algo de ella en vuestras
cartas?
MESSALA.--No, mi señor.
BRUTO.--Pues sois romano, decid la verdad.
MESSALA.--Pues bien: sobrellevad como romano la verdad que digo. Muerta
es en verdad y de extraña manera.
BRUTO.--Adios, pues, Porcia. Tenemos que morir, Messala; y reflexionando
en que ella había de morir un día, encuentro paciencia para sufrir esto
ahora.
MESSALA.--Así es como los grandes hombres deben sobrellevar las grandes
pérdidas.
CASIO.--Tengo tanto de ello en teoría como vos; pero mi naturaleza no
podría sufrirlo así.
BRUTO.--Bien. Á nuestra obra viva. ¿Qué pensáis de marchar
inmediatamente á Filipi?
CASIO.--No me parece bien.
BRUTO.--¿Qué razón tenéis?
CASIO.--Esta. Es mejor que el enemigo nos busque. Así gastará sus
recursos y cansará á sus soldados, dañándose á sí propio; mientras que
nosotros permaneciendo inmóviles estamos descansados, fuertes para la
defensa y activos.
BRUTO.--Las buenas razones han de ceder, es claro, ante las mejores. El
pueblo entre Filipi y este campo permanece en una adhesión forzada, pues
nos ha dado de mala gana la contribución. El enemigo, marchando entre
ellos, llenará con ellos sus filas y vendrá refrescado, acrecido y más
animoso.--Le quitaremos esta ventaja si vamos á Filipi á hacerle frente,
dejando este pueblo á nuestra espalda.
CASIO.--Escuchadme, buen hermano.
BRUTO.--Con vuestro permiso. Debéis advertir, además, que hemos
procurado obtener de nuestros amigos lo más que era posible. Nuestras
legiones están del todo completas y nuestra causa ha llegado á su
madurez. El enemigo aumenta cada día. Nosotros, que nos hallamos en la
cima, estamos expuestos á declinar.--Hay en los negocios humanos una
marea que, tomada cuando está llena, conduce á la fortuna; y omitida,
hace que el viaje de la vida esté circundado de bajíos y
miserias.--Flotando estamos ahora en ese mar, y tenemos que aprovechar
la corriente cuando es favorable, ó perder nuestras probabilidades.
CASIO.--Así, pues, como lo deseáis, seguid adelante. Nosotros nos
pondremos en marcha y los encontraremos en Filipi.
BRUTO.--La alta noche ha avanzado mientras hablábamos. La naturaleza
tiene que obedecer á la necesidad, y la satisfaremos, aunque
mezquinamente, con un breve descanso. ¿No hay más que hablar?
CASIO.--No más. Buenas noches. Madrugaremos mañana, y en camino.
BRUTO.--Lucio, mi túnica. (-Sale Lucio.-)--Adios, buen Messala. Buenas
noches, Ticinio. Buenas noches y buen reposo, noble Casio.
CASIO.--¡Oh querido hermano! Esta noche ha tenido un mal principio. Que
jamás semejante disensión surja entre nuestras almas! No dejéis que
suceda, Bruto.
BRUTO.--Ya está bien todo.
CASIO.--Buenas noches, mi señor.
BRUTO.--Buenas noches, buen hermano.
TICINIO.--Buenas noches, Bruto, mi señor.
BRUTO.--Adios á cada uno. (-Salen Casio, Ticinio y Messala.--Vuelve á
entrar Lucio con la túnica.-)--Dame mi túnica. ¿Dónde está tu
instrumento?
LUCIO.--Aquí en la tienda.
BRUTO.--¡Qué! ¿Hablas medio dormido? Pobre bellaco, no te culpo: has
vigilado con exceso.--Llama á Claudio y algunos otros de mis hombres.
Los haré dormir en mi tienda sobre almohadones.
LUCIO.--¡Varro y Claudio! (-Entran Varro y Claudio.-)
VARRO.--¿Llamáis, señor?
BRUTO.--Os ruego, señores, acostaros en mi tienda y dormir. Acaso os
despierte más tarde para asuntos con mi hermano Casio.
VARRO.--Con vuestro permiso quedaremos en pié esperando vuestras
órdenes.
BRUTO.--No lo consentiré. Acostaos, buenos señores. Quizás podré variar
de pensamiento. Mira, Lucio, aquí está el libro que busqué tanto. Le
puse en el bolsillo de la túnica.
(-Se acuestan los sirvientes.-)
-Lucio-.--Estaba seguro de que su señoría no me lo había dado.
BRUTO.--Ten paciencia conmigo, buen muchacho; soy muy olvidadizo.
¿Quieres abrir por un rato tus ojos soñolientos y tocar uno ó dos trozos
en tu instrumento?
LUCIO.--Sí, mi señor, si os place.
BRUTO.--Me place, muchacho. Te fatigo demasiado, pero tienes buena
voluntad.
LUCIO.--Es mi deber, señor.
BRUTO.--Yo no exigiría tu deber más allá de tus fuerzas. Sé que las
sangres jóvenes anhelan la hora del descanso.
LUCIO.--He dormido ya, mi señor.
BRUTO.--Has hecho bien; y volverás á dormir. No te retendré mucho rato.
Si vivo, seré bueno para ti. (-Música y un canto.-)--Es un tono
soñoliento. ¡Maldito
[Illustration: -El espectro de César.-]
sueño! ¿Has dejado caer tu maza de plomo sobre mí, muchacho, que así
hace música para ti? Buenas noches, gentil siervo. No te haré el daño de
despertarte. Si cabeceas romperás tu instrumento. Te lo tomaré, y, buen
muchacho, buenas noches. Vamos. ¿No está doblada la hoja donde dejé la
lectura?--Paréceme que es esta. (-Se sienta.--Entra el espectro de
César.-) ¡Qué mal arde esta bujía! ¡Ah! ¿Quién viene aquí? Pienso que la
debilidad de mis ojos da forma á esta monstruosa aparición. Viene hacia
mí. ¿Eres algo? ¿Eres algún dios, ángel ó demonio, que haces helarse mi
sangre y erizarse mis cabellos? Dime lo que eres.
ESPECTRO.--Tu mal genio, Bruto.
BRUTO.--¿Por qué vienes?
ESPECTRO.--Á decirte que me verás en Filipi.
BRUTO.--Bien. ¿Entonces he de verte otra vez?
ESPECTRO.--Sí: en Filipi. (-Se desvanece el espectro.-)
BRUTO.--Pues bien: te veré entonces en Filipi. Ahora que he recobrado mi
serenidad te desvaneces. Mal espíritu, querría hablar más contigo.
Muchacho! Lucio! Varro! Claudio! Despertad! Claudio!
LUCIO.--Las cuerdas, mi señor, están destempladas.
BRUTO.--Piensa que todavía se ocupa de su instrumento. Lucio, despierta!
LUCIO.--¿Mi señor?
BRUTO.--¿Estabas soñando, Lucio, para haber gritado así?
LUCIO.--Mi señor, no sabía que hubiese gritado.
BRUTO.--Sí, por cierto. ¿Viste algo?
LUCIO.--Nada, mi señor.
BRUTO.--Vuelve á dormir, Lucio. Siervo Claudio! Mozo, despierta!
VARRO.--¿Mi señor?
CLAUDIO.--¿Mi señor?
BRUTO.--¿Por qué habéis gritado, señores, en vuestro sueño?
VARRO Y CLAUDIO.--¿Hemos gritado, señor?
BRUTO.--Sí. ¿Visteis alguna cosa?
VARRO.--No, mi señor, nada he visto.
CLAUDIO.--Ni yo, mi señor.
BRUTO.--Id y saludad por mí á mi hermano Casio. Decidle que ponga en
movimiento sus fuerzas con anticipación, y nosotros seguiremos.
VARRO Y CLAUDIO.--Se hará así, mi señor. (-Salen.-)
[Illustration]
[Illustration]
ACTO V.
ESCENA I.
Los llanos de Filipi.
Entran OCTAVIO, ANTONIO y su ejército.
OCTAVIO.
Ahora se realizan, Antonio, nuestras esperanzas. Dijisteis que no
bajaría el enemigo, sino que se mantendría en las colinas y tierras
altas. Resulta no ser así; el grueso de sus fuerzas está muy próximo, y
su intento es anticipársenos aquí en Filipi, buscándonos antes de ser
buscados.
ANTONIO.--Bah! Penetro bien su ánimo, y sé por qué lo hacen. Ya se
contentarían con ir á otros lugares; y si descienden con arrogante
intrepidez, sólo es para inspirarnos por medio de tal apariencia la idea
de que tienen valor. Pero no es verdad. (-Entra un mensajero.-)
MENSAJERO.--Generales, preparaos! El enemigo viene en bizarro orden
marcial. Está levantado su sangriento estandarte y hay que tomar alguna
medida inmediatamente.
ANTONIO.--Octavio, haced avanzar vuestras fuerzas sin precipitación
sobre la izquierda del terreno llano.
OCTAVIO.--Yo iré á la derecha: conservad vos la izquierda.
ANTONIO.--¿Por qué me contrariáis en este trance?
OCTAVIO.--No os contrarío; pero haré como he dicho. (-Marcha.--Tambor.
Entran Bruto, Casio y su ejército. Lucilio, Messala y otros.-)
BRUTO.--Hacen alto, y quieren parlamentar.
CASIO.--Manteneos firmes, Ticinio. Nosotros tenemos que ir y hablar.
OCTAVIO.--Marco Antonio, ¿daremos la señal de la batalla?
ANTONIO.--No, César. Responderemos á su ataque. Avanzad. Los generales
querrían decir algo.
OCTAVIO.--No os mováis hasta que se dé la señal.
BRUTO.--Antes las palabras que los golpes. ¿No es así, compatriotas?
OCTAVIO.--No porque nos agraden más las palabras, como á vosotros.
BRUTO.--Buenas palabras son mejores que malos golpes, Octavio.
ANTONIO.--En vuestros malos golpes, dáis buenas palabras, Bruto. Dígalo,
si no, el agujero que hicisteis en el corazón de César, gritando:
«Salve, viva César!»
CASIO.--Antonio: de cómo dáis golpes, nada se sabe todavía; pero en
cuanto á vuestras palabras, parecen haber quitado á las abejas toda su
miel.
ANTONIO.--Y su aguijón también.
BRUTO.--¡Oh, sí! y su zumbido; porque hacéis ruido como ellas y muy
discretamente amenazáis antes de punzar.
ANTONIO.--No lo hicisteis vosotros ¡villanos! cuando vuestros viles
puñales tropezaban uno con otro en los costados de César! Mostrabais
los dientes como monos, y hacíais fiestas como perros, y os inclinabais
como siervos para besar los piés de César, mientras que el infernal
Casca, como un miserable hería por la espalda el cuello de César! ¡Oh
aduladores!
CASIO.--¡Aduladores! Agradecedlo á vos mismo, Bruto, que, á haber
dominado Casio, esa lengua no habría ofendido hoy así.
OCTAVIO.--Venid, venid á la causa. Si la discusión trae gotas de sudor,
la prueba de ella las traerá más coloridas. Mirad. Desnudo la espada
contra conspiradores: ¿cuándo pensáis que volverá á la vaina? Nunca,
mientras no queden bien vengadas las veintitres heridas de César, ó
hasta que otro César se añada á la carnicería hecha por la espada de los
traidores.
BRUTO.--César, no morirás por manos de traidores, á menos que los
traigas contigo.
OCTAVIO.--Así lo espero. No nací para morir por la espada de Bruto.
BRUTO.--¡Oh! Si fueras el más noble de tu raza, no podrías, joven,
recibir más honrosa muerte.
CASIO.--Un impertinente muchacho de escuela, indigno de tal honor, unido
á un jaranista enmascarado.
ANTONIO.--¡Silencio, viejo Casio!
OCTAVIO.--Venid, Antonio. Fuera! Os lanzamos el reto al rostro,
traidores! Si os atrevéis á combatir hoy, venid al campo. Si no, cuando
hagáis el ánimo.
(-Salen Octavio, Antonio y su ejército.-)
CASIO.--Pues bien: ahora, sopla ¡oh viento! Hínchate, ola; boga, barca;
que está encima la tormenta, y todo está en manos del acaso.
BRUTO.--Ea! Lucilio. Tengo que deciros una palabra.
CASIO.--Messala?
MESSALA.--¿Qué decís, mi general?
CASIO.--Messala, hoy es mi cumpleaños; pues Casio nació en este mismo
día. Dame tu mano y sé testigo de que contra mi voluntad, como sucedió
en Pompeya, me veo forzado á aventurar en el éxito de una batalla todas
nuestras libertades. Sabéis que tuve en grande estima á Epicuro y su
doctrina. Ahora, pienso de otro modo, y en parte creo en cosas que son
presagios. Viniendo de Sardis, cayeron sobre la enseña de nuestra
vanguardia dos vigorosas águilas y en ella se posaban, y se alimentaban
de manos de nuestros soldados que nos acompañaron aquí á Filipi.--Esta
mañana volaron y se fueron, y en su lugar vuelan sobre nuestras cabezas
cuervos, milanos y buitres que miran hacia nosotros abajo, como si
fuéramos una presa moribunda.--Sus sombras parecían el más funesto
pabellón extendido sobre nuestro ejército próximo á perecer.
MESSALA.--No creáis tal cosa.
CASIO.--No lo creo sino en parte; porque tengo el espíritu despejado, y
resuelto á afrontar los peligros con toda constancia.
BRUTO.--Lucilio también.
CASIO.--Ahora, muy noble Bruto, los dioses nos son favorables, para que
amándonos en paz, dejemos correr los días hasta la vejez. Pero desde que
son siempre tan inciertas las cosas humanas, discurramos sobre lo que
puede acontecer de peor. Si perdemos esta batalla, seguramente es esta
la última ocasión en que hablaremos juntos.--En tal caso ¿qué contáis
hacer?
BRUTO.--Seguiré la norma de aquella filosofía en cuyo nombre censuré á
Catón por haberse dado la muerte. No sé por qué, pero encuentro que es
cobardía y vileza anticipar el término de la vida, por temor á lo que
pueda acontecer. Me armaré de paciencia para sobrellevar los decretos de
los altos poderes que gobiernan las cosas de aquí abajo.
CASIO.--¿Es decir que si perdemos esta batalla, estaréis contento con
ser llevado como trofeo del vencedor por las calles de Roma?
BRUTO.--No, Casio, no. Ni pienses tú, noble romano, que Bruto se dejaría
llevar cautivo á Roma. Tiene el alma sobrado grande. Pero este mismo día
debe concluir la obra principiada en los idus de Marzo, y no sé si
volveremos á encontrarnos. Recibid por tanto un último adios. Adios,
Casio, por siempre jamás! Si volvemos á encontrarnos ¡bien! será con una
sonrisa. Si no, habremos hecho bien de despedirnos ahora.
CASIO.--¡Por siempre jamás, adios, Bruto! Si volvemos á encontrarnos,
ciertamente que sonreiremos. Si no, en verdad, que esta despedida habrá
sido oportuna.
(-Salen.-)
ESCENA II.
La misma.--El campo de batalla.
BRUTO.--Corre á toda brida, Messala, corre, corre, y da estas órdenes á
las legiones en el otro lado. Que avancen al instante porque percibo
tibieza en el ala de Octavio, y un ataque repentino los derrotará.
Corre, corre, Messala. Que vengan todos.
(-Salen.-)
ESCENA III.
La misma.--Otra parte del campo.
Toque de alarma.--Entran CASIO y TICINIO.
CASIO.--¡Oh, mirad, Ticinio! Mirad! Los cobardes! Huyen! Yo mismo he
debido volverme enemigo de los míos. Ví que retrocedía mi enseña. Maté
al cobarde y la tomé de sus manos.
TICINIO.--¡Oh Casio! Bruto dió la señal demasiado pronto. Había
alcanzado alguna ventaja sobre Octavio, y la asió con demasiada
precipitación. Sus soldados se dieron á buscar botín, mientras que
nosotros estamos rodeados por todas partes por Antonio.
(-Entra Píndaro.-)
PÍNDARO.--¡Huíd á más distancia, mi señor, huíd á más distancia! Marco
Antonio está en vuestras tiendas. ¡Huíd, noble Casio, más lejos!
[Illustration]
CASIO.--Esta colina está bastante lejos. Mira, mira, Ticinio. ¿Son mis
tiendas aquellas donde diviso un incendio?
TICINIO.--Ellas son, mi señor.
CASIO.--Ticinio, si me amas, monta en mi caballo y sepulta tus espuelas
en sus ijares, hasta que hayas llegado á aquellas tropas, allá arriba, y
estés de regreso aquí, á fin de que pueda yo estar seguro de si son
nuestras ó del enemigo.
-Ticinio-.--Estaré de vuelta en un abrir y cerrar de ojos.
(-Sale.-)
CASIO.--Píndaro, sube más arriba, á aquella colina. Mi vista fué siempre
débil. Mira bien, Ticinio, y dime lo que observes en el campo. (-Sale
Píndaro.-)--En este día exhalé mi primer aliento. El tiempo se acerca, y
donde principié tengo que acabar. Está llena la medida de mi vida.--¿Qué
noticias?
PÍNDARO.--¡Oh, mi señor!
CASIO.--¿Qué noticias?
PÍNDARO.--Ticinio está cercado de jinetes que avanzan sobre él á escape
tendido, pero él sigue adelante. Ya están á su alcance. Ahora se apean
algunos. ¡Oh! Él se apea también. Le han cogido. (-Aclamación.-) Y ¡oíd!
Dan vítores de alegría!
CASIO.--Baja: no mires más. ¡Oh cobarde de mí, que vivo hasta haber
visto á mi mejor amigo apresado en mi presencia! (-Entra Píndaro.-)--Ven
acá, siervo. En Parcia te hice prisionero, y me juraste como precio de
tu vida, que siempre tratarías de hacer lo que yo te mandase. Pues bien:
cumple tu juramento! Sé ahora un hombre libre; y con esta buena espada
que atravesó las entrañas de César, busca mi seno. No te detengas á
replicar. Ea! Toma la empuñadura, y cuando haya cubierto mi rostro, como
ves que ya lo está, hiere! ¡César, estás vengado con la misma espada con
que te dí muerte!
(-Muere.-)
PÍNDARO.--Así, soy libre. No lo habría sido de este modo, si me hubiese
atrevido á hacer mi voluntad. ¡Oh Casio! Píndaro huirá lejos de este
país, adonde ningún romano se pueda acordar de él. (-Sale.--Vuelven á
entrar Ticinio y Messala.-)
MESSALA.--No es más que un cambio, Ticinio, porque Octavio está
derrotado por el ejército del noble Bruto, como las legiones de Casio lo
están por Antonio.
TICINIO.--Estas nuevas darán no poca satisfacción á Casio.
MESSALA.--¿Dónde le dejasteis?
TICINIO.--Quedó lleno de desconsuelo en esta colina con Píndaro su
siervo.
MESSALA.--¿No es él quien yace allí en tierra?
TICINIO.--No yace como los que viven. ¡Oh dolor!
MESSALA.--¿No es él?
TICINIO.--No: éste era él, Messala; pero Casio ya no existe. ¡Oh sol
poniente! Como tú envuelto en tus rojos rayos te sepultas en la noche,
así Casio está envuelto en su roja sangre! Se ha puesto el sol de Roma!
Se ha acabado nuestro día! Venid, nubes, lluvias y peligros. Nuestros
hechos están consumados, y de este fué causa la desconfianza de que yo
alcanzara buen éxito.
MESSALA.--La desconfianza del éxito ha causado este hecho! ¡Oh odioso
error, engendro de la melancolía! ¿Por qué presentas á la mente de los
hombres cosas que no son? ¡Oh error! Prontamente concebido, jamás
alcanzas un nacimiento feliz; sino que matas á la madre que te concibió!
TICINIO.--¡Hola, Píndaro! ¿Dónde está Píndaro?
MESSALA.--Búscalo, Ticinio, mientras voy á encontrar al noble Bruto y á
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