YAGO.
¿Visteis el pañuelo?
OTELO.
¡Era el mio!
YAGO.
El mismo. Y ya vereis qué amor tiene á vuestra insensata mujer. Ella le
regala su pañuelo, y él se le da á su querida.
OTELO.
Nueve años seguidos quisiera estarla matando. ¡Oh, qué divina y
admirable mujer!
YAGO.
No os acordeis de eso.
OTELO.
Esta noche ha de bajar al infierno. No quiero que viva ni un dia más.
Mi corazon es de piedra: al herirle me hiero la mano. ¡Oh, qué hermosa
mujer! No la hay igual en el mundo. Merecia ser esposa de un emperador
que la obedeciese como siervo.
YAGO.
No os acordeis de eso.
OTELO.
¡Maldicion sobre ella! Pero ¿quién negará su hermosura? ¡Y qué manos
tan hábiles para la labor! ¡Qué voz para el canto! Es capaz de amansar
las fieras. ¡Qué gracia, qué ingenio!
YAGO.
Eso la hace mil veces peor.
OTELO.
Sí, ¡mil veces peor! Y es, ademas, tan dulce, tan sumisa.
YAGO.
Demasiado blanda de condicion.
OTELO.
Dices verdad. Pero, á pesar de todo, amigo Yago, ¡qué dolor, qué dolor!
YAGO.
Si tan enamorado estais de ella, á pesar de su alevosía, dejadla pecar
á rienda suelta. Para vos es el mal: si os dais por contento, ¿á los
demas qué nos importa?
OTELO.
Pedazos quiero hacerla. ¡Engañarme á mí!
YAGO.
¡Oh, perversa mujer!
OTELO.
¡Enamorarse de mi teniente!
YAGO.
Eso es todavía peor.
OTELO.
Búscame un veneno, Yago, para esta misma noche. No quiero hablarla,
no quiero que se disculpe, porque me vencerán sus hechizos. Para esta
misma noche, Yago.
YAGO.
No estoy por el veneno. Mejor es que la ahogueis sobre el mismo lecho
que ha profanado.
OTELO.
¡Admirable justicia! Lo encuentro muy bien.
YAGO.
De Casio yo me encargo. Allá á las doce de la noche sabreis lo demas.
OTELO.
¡Admirable plan! ¿Pero qué trompeta es la que suena?
YAGO.
Alguna embajada de Venecia, enviada por el Dux. Allí veo á Ludovico
acompañado de vuestra mujer.
(-Salen Ludovico, Desdémona, etc.-)
LUDOVICO.
General, os saludo respetuosamente.
OTELO.
Bien venido seais.
LUDOVICO.
Os saludan el Dux y Senadores de Venecia. (-Le da una carta.-)
OTELO.
Beso la letra, expresion de su voluntad. (-Besa la carta.-)
DESDÉMONA.
¿Qué pasa por Venecia, primo mio Ludovico?
YAGO.
Caballero, mucho me alegro de veros en Chipre.
LUDOVICO.
Gracias, hidalgo, ¿y dónde está el teniente Casio?
YAGO.
Vivo y sano.
DESDÉMONA.
Entre él y mi marido ha habido ciertas disensiones, pero vos los
pondreis en paz, de seguro.
OTELO.
¿Así lo crees?
DESDÉMONA.
¿Qué dices, esposo mio?
OTELO.
(-Leyendo.-) «Es preciso cumplirlo sin demora.»
LUDOVICO.
No os oye: está ocupado en la lectura: ¿Con que, han reñido él y Casio?
DESDÉMONA.
Sí, y no sé cuánto hubiera yo dado por hacer las paces entre ellos,
porque tengo buena voluntad á Casio.
OTELO.
¡Rayos y centellas!
DESDÉMONA.
¡Esposo mio!
OTELO.
¿Piensas lo que estás diciendo?
DESDÉMONA.
¿Cómo? ¿Está furioso?
LUDOVICO.
Puede ser que le haya hecho mal efecto la carta, porque (si no me
equivoco) se le manda en ella volver á Venecia, dejando en el gobierno
á Casio.
DESDÉMONA.
Mucho me alegro.
OTELO.
¿Te alegras?
DESDÉMONA.
¡Esposo mio!
OTELO.
Pláceme verte loca.
DESDÉMONA.
¿Qué dices, esposo?
OTELO.
¡Aparta, demonio!
DESDÉMONA.
¿Tal he merecido?
LUDOVICO.
Ni con juramento lo creeria nadie en Venecia. ¡Qué ultraje tan brutal!
¿No veis cómo está llorando?
OTELO.
¡Víbora! Si el llanto de las mujeres pudiera fecundar la tierra, de
cada gota naceria un cocodrilo. ¡Lejos, lejos de aquí!
DESDÉMONA.
Me iré por no verte enojado.
LUDOVICO.
¡Qué humildad y modestia! Compadeceos de ella, señor gobernador.
Volvedla á llamar.
OTELO.
Venid aquí, señora.
DESDÉMONA.
¿Qué me quereis, esposo mio?
OTELO.
¿Qué la quereis vos?
LUDOVICO.
Nada, señor.
OTELO.
Sí. ¿Qué la quereis? ¿No me deciais que la llamase? Sí, sí, ella
volverá y llorará, porque sabe llorar, caballero, sabe llorar, y es muy
humilde, muy sumisa, como antes deciais. Llora, llora más.--Esta carta
me manda volver... ¡Oh perfidia astuta!--Me mandan volver.--Retírate.
Luego nos veremos.--Obedezco. Volveré á Venecia. ¡Lejos, lejos de aquí,
Desdémona!
(-Se va Desdémona.-)
Casio me ha de suceder. Esta noche venid á cenar conmigo. Bien venido
seais á Chipre. (-Aparte.-) ¡Monos lascivos, esposos sufridos!
(-Se va.-)
LUDOVICO.
¿Y este es aquel moro, de quien tantas ponderaciones oí en el Senado?
¿Este el de alma severa, firme é imperturbable contra los golpes de la
suerte ó los furores de la pasion?
YAGO.
Parece otro.
LUDOVICO.
¿Estará sano? ¿Habrá perdido la cabeza?
YAGO.
Es lo que es. No está bien que yo os diga más. ¡Ojalá que volviera á
ser lo que ha sido!
LUDOVICO.
¿Cómo podrá haberse arrebatado hasta el extremo de golpear á su mujer?
YAGO.
Mal ha hecho, pero ojalá sea el último ese golpe.
LUDOVICO.
¿Es costumbre suya, ó efecto de la lectura de la carta?
YAGO.
¡Cuánto lo deploro! Pero estaria mal en mí el descubriros lo que sé.
Vos mismo lo ireis viendo, y en sus actos lo descubrireis, de tal modo
que nada os quede que saber ni que preguntarme.
LUDOVICO.
Yo le creia de muy diverso carácter. ¡Qué lástima!
ESCENA II.
=Sala del castillo.=
OTELO y EMILIA.
OTELO.
¿Nada has visto?
EMILIA.
Ni oido ni sospechado.
OTELO.
Pero á Casio y á ella los has visto juntos.
EMILIA.
Pero nada sospechoso he advertido entre ellos, y eso que ni una sola de
sus palabras se me ha escapado.
OTELO.
¿Nunca han hablado en secreto?
EMILIA.
Jamas, señor.
OTELO.
¿Nunca te mandaron salir?
EMILIA.
Nunca.
OTELO.
¿Nunca te han enviado á buscar los guantes ó el velo ó cualquier otra
cosa?
EMILIA.
Jamas.
OTELO.
Rara cosa.
EMILIA.
Me atreveria á jurar que es fiel y casta. Desterrad de vuestro ánimo
toda sospecha contra ella. Maldito sea el infame que os la haya
infundido. Caiga sobre él el anatema de la serpiente. Si ella no es
mujer de bien, imposible es que haya mujer honrada ni esposo feliz.
OTELO.
Llámala. Dile que venga pronto.
(-Vase Emilia.-)
Ella habla claro, pero si fuera confidente de sus amores, ¿no diria
lo mismo? Es moza ladina y quizá oculta mil horribles secretos. Y sin
embargo, yo la he visto arrodillada y rezando.
(-Salen Desdémona y Emilia.-)
DESDÉMONA.
¿Qué mandais, señor?
OTELO.
Ven, amada mia.
DESDÉMONA.
¿Qué me quieres?
OTELO.
Verte los ojos. Mírame á la cara.
DESDÉMONA.
¿Qué horrible sospecha?...
OTELO.
(-A Emilia.-) Aléjate, déjanos solos, y cierra la puerta. Si álguien se
acerca, haznos señal tosiendo. Mucha cautela. Véte.
(-Se va Emilia.-)
[Ilustración]
DESDÉMONA.
Te lo suplico de rodillas. ¿Qué pensamientos son los tuyos? No te
entiendo, pero pareces loco furioso.
OTELO.
¿Y tú qué eres?
DESDÉMONA.
Tu fiel esposa.
OTELO.
Si lo juras, te condenas eternamente, aunque puede que el demonio,
al ver tu rostro de ángel, dude en apoderarse de tí. Vuelve, vuelve á
condenarte: júrame que eres mujer de bien.
DESDÉMONA.
Dios lo sabe.
OTELO.
Dios sabe que eres tan falsa como el infierno.
DESDÉMONA.
¿Falsa yo? ¿con quién? ¿Por qué, esposo mio? ¿Yo falsa?
OTELO.
¡Lejos, lejos de aquí, Desdémona!
DESDÉMONA.
¡Dia infausto! ¿Por qué lloras, amado mio? ¿Soy yo la causa de tus
lágrimas? No me eches la culpa de haber perdido tu empleo, quizá por
odio de mi padre. Lo que tú pierdes, lo pierdo yo tambien.
OTELO.
¡Ojalá que el cielo agotara sobre mi fortaleza todas las calamidades!
¡Ojalá que vertiese sobre mi frente dolores y vergüenzas sin número, y
me sepultara en el abismo de toda miseria, ó me encerrara en cautiverio
fierísimo y sin esperanza! Todavía encontraria yo en algun rincon de
mi alma una gota de paciencia. ¡Pero convertirme en espantajo vil,
para que el vulgo se mofe de mí y me señale con el dedo! ¡Y aún esto
podria yo sufrirlo! Pero encontrar cegada y seca para siempre la que
juzgué fuente inagotable de vida y de afectos, ó verla convertida en
sucio pantano, morada de viles renacuajos, en nido de infectos amores,
¿quién lo resistirá? ¡Angel de labios rojos! ¿por qué me muestras
ceñudo como el infierno tu rostro?
DESDÉMONA.
Creo que me tiene por fiel y honrada mi esposo.
OTELO.
Fiel como las moscas que en verano revolotean por una carnicería.
¡Ojalá nunca hubieras brotado, planta hermosísima, y envenenadora del
sentido!
DESDÉMONA.
¿Pero qué delito es el mio?
OTELO.
¿Por qué en tan bello libro, en tan blancas hojas, sólo se puede leer
esta palabra: «ramera»? ¿Qué delito es el tuyo, me preguntas? Infame
cortesana, si yo me atreviera á contar tus lascivas hazañas, el rubor
subiria á mis mejillas, y volaria en cenizas mi modestia. ¿Qué delito
es el tuyo? El mismo sol, la misma luna se escandalizan de él, y hasta
el viento que besa cuanto toca, se esconde en los más profundos senos
de la tierra, por no oirlo. ¿Cuál es tu delito? ¡Infame meretriz!
DESDÉMONA.
¿Por qué me ofende así?
OTELO.
Pues qué, ¿no eres mujer ramera?
DESDÉMONA.
No: te lo juro como soy cristiana. Yo me he conservado tan pura é
intacta como el vaso que sólo tocan los labios del dueño.
OTELO.
¿No eres infiel?
DESDÉMONA.
No: así Dios me salve.
OTELO.
¿De veras lo dices?
DESDÉMONA.
¡Piedad, Dios mio!
OTELO.
Perdonadme, señora: os confundí con aquella astuta veneciana que fué
esposa de Otelo. (-Levantando la voz.-) Tú que enfrente de san Pedro
guardas la puerta del infierno...
(-Sale Emilia.-)
Contigo hablaba. Ya está arreglado todo. Recoge tu dinero: cierra la
puerta, y nada digas.
(-Se va Otelo.-)
EMILIA.
¿Qué sospecha atormenta á vuestro marido? ¿Qué os sucede, señora?
DESDÉMONA.
Me parece que estoy soñando.
EMILIA.
Señora, ¿qué le sucede á mi señor? decídmelo.
DESDÉMONA.
¿Y quién es tu señor?
EMILIA.
El vuestro, el moro.
DESDÉMONA.
Ya no lo es, Emilia, no hablemos más. No puedo llorar, ni hablar sin
llorar. Esta noche ataviarás mi lecho con las galas nupciales. Dí á
Yago que venga.
EMILIA.
¡Qué alteracion es esta!
(-Se va.-)
DESDÉMONA.
¿Será justo lo que hace conmigo? ¿Habré andado alguna vez poco
recatada, dando ocasion á sus sospechas?
(-Salen Emilia y Yago.-)
YAGO.
¿Me llamabais? ¿Estais sola, señora?
DESDÉMONA.
No lo sé. El que reprende á un niño debe hacerlo con halago y apacible
manera, y yo soy como un niño.
YAGO.
¿Pues qué ha sido, señora mia?
EMILIA.
¡Ay, Yago! El moro la ha insultado, llamándola ramera y otros vocablos
groseros y viles, intolerables para todo pecho bien nacido.
DESDÉMONA.
¿Y yo merecia eso?
YAGO.
¿Qué, señora mia?
DESDÉMONA.
Lo que él me ha dicho.
YAGO.
¡Llamarla ramera! No dijera tal un pícaro en la taberna, hablando de su
querida.
EMILIA.
¿Y todo por qué?
DESDÉMONA.
Lo ignoro. Pero yo no soy lo que él ha dicho.
YAGO.
Serenaos, por Dios. No lloreis. ¡Dia infeliz!
EMILIA.
¡Para eso ha dejado su patria y á su padre y á tantos ventajosos
casamientos! ¡Para que la llamen «ramera»! Ira me da el pensarlo.
DESDÉMONA.
Esa es mi desdicha.
YAGO.
¡Ira de Dios caiga sobre él! ¿Quién le habrá infundido tan necios
recelos?
DESDÉMONA.
Dios lo sabe, Yago.
EMILIA.
Maldita sea yo, si no es algun malsin calumniador, algun vil lisonjero
quien ha tramado esta maraña, para conseguir de él algun empleo.
Ahorcada me vea yo, si no acierto.
YAGO.
No hay hombre tan malvado. Dices un absurdo. Cállate.
DESDÉMONA.
Y si le hay, Dios le perdone.
EMILIA.
¡Perdónele la cuchilla del verdugo! ¡Roa Satanás sus huesos! ¡Llamarla
ramera! ¿Con qué gentes ha tratado? ¿Qué sospecha, áun la más leve, ha
dado? ¿Quién será el traidor bellaco que ha engañado al moro? ¡Dios
mio! ¿por qué no arrancas la máscara á tanto infame? ¿Por qué no pones
un látigo en la mano de cada hombre honrado, para que á pencazos
batanee las desnudas espaldas de esa gavilla sin ley, y los persiga
hasta los confines del orbe?
YAGO.
No grites tanto.
EMILIA.
¡Infames! De esa laya seria el que una vez te dió celos, fingiendo que
yo tenia amores con el moro.
YAGO.
¿Estás en tu juicio? Cállate.
DESDÉMONA.
Yago, amigo Yago, ¿qué haré para templar la indignacion de Otelo?
Dímelo tú. Te juro por el sol que nos alumbra que nunca ofendí á mi
marido, ni áun de pensamiento. De rodillas te lo digo: huya de mi todo
consuelo y alegría, si alguna vez le he faltado en idea, palabra ú
obra; si mis sentidos han encontrado placer en algo que no fuera Otelo:
si no le he querido siempre como ahora le quiero, como le seguiré
queriendo, aunque con ingratitud me arroje lejos de sí. Ni la pérdida
de su amor aunque baste á quitarme la vida, bastará á despojarme del
afecto que le tengo. Hasta la palabra «adúltera» me causa horror, y ni
por todos los tesoros y grandezas del mundo cometeria yo tal pecado.
YAGO.
Calma, señora; el moro es de carácter violento, y ademas está agriado
por los negocios políticos, y descarga en vos el peso de sus iras.
DESDÉMONA.
¡Ojalá que así fuera! Pero mi temor es...
YAGO.
Pues la causa no es otra que la que os he dicho. Podeis creerlo.
(-Tocan las trompetas.-) ¿Ois? Ha llegado la hora del festin. Ya
estarán aguardando los enviados de Venecia. No os presenteis llorando,
que todo se remediará.
(-Vanse Emilia y Desdémona.-)
(-Sale Rodrigo.-)
¿Qué pasa, Rodrigo?
RODRIGO.
Pienso que no procedes de buena fe conmigo.
YAGO.
¿Y por qué?
RODRIGO.
No hay dia que no me engañes, y más parece que dificultas el éxito
de mis planes, que no que le allanas; y á fe mia, que ya no tengo
paciencia ni sufriré más, porque fuera ser necio.
YAGO.
¿Me oyes, Rodrigo?
RODRIGO.
Demasiado te he oido, porque tienes tan buenas palabras como malas
obras.
YAGO.
Ese cargo es muy injusto.
RODRIGO.
Razon me sobra. He gastado cuanto tenia. Con las joyas que he regalado
á Desdémona, bastaba para haber conquistado á una sacerdotisa de Vesta.
Tú me has dicho que las ha recibido de buen talante: tú me has dado
todo género de esperanzas, prometiéndome su amor muy en breve. Todo
inútil.
YAGO.
Bien está, muy bien; prosigue.
RODRIGO.
¡Qué está muy bien, dices! Pues no quiero proseguir. Nada está bien,
sino todo malditamente, y empiezo á conocer que he sido un insensato y
un majadero.
YAGO.
Está bien.
RODRIGO.
Repito que está muy mal. Voy á ver por mí mismo á Desdémona, y con
tal que me vuelva mis joyas, renunciaré á todo amor y á toda loca
esperanza. Y si no me las vuelve, me vengaré en tí.
YAGO.
¿Y eso es todo lo que se te ocurre?
RODRIGO.
Sí, y todas mis palabras las haré buenas con mis obras.
YAGO.
Veo que eres valiente, y desde ahora te estimo más que antes. Dame la
mano, Rodrigo. Aunque no me agradan tus sospechas, algun fundamento
tienen, pero yo soy inocente del todo.
RODRIGO.
Pues no lo pareces.
YAGO.
Así es en efecto, y lo que has pensado no deja de tener agudeza y
discrecion. Pero si tienes, como has dicho ahora, y ya lo voy creyendo,
corazon y brios y mano fuerte, esta noche puedes probarlo, y si mañana
no logras la posesion de Desdémona, consentiré que me mates, aunque sea
á traicion.
RODRIGO.
¿Lo que me propones es fácil, ó á lo menos posible?
YAGO.
Esta noche se han recibido órdenes del Senado, para que Otelo deje el
gobierno, sustituyéndole Casio.
RODRIGO.
Entonces Otelo y Desdémona se irán juntos á Venecia.
YAGO.
No: él se irá á Levante, llevando consigo á su mujer, si algun
acontecimiento imprevisto no lo impide, es decir si Casio no desaparece
de la escena.
RODRIGO.
¿Qué quieres decir con eso?
YAGO.
Que convendria quitarle de en medio.
RODRIGO.
¿Y he de ser yo quien le mate?
YAGO.
Tú debes de ser, si quieres conseguir tu objeto, y satisfacer tu
venganza. Casio cena esta noche con su querida y conmigo. Todavía no
sabe nada de su nombramiento. Espérale á la puerta: yo haré que salga
á eso de las doce de la noche, y te ayudaré á matarle. Sígueme: no te
quedes embobado. Yo te probaré clarísimamente la necesidad de matarle.
Ya es hora de cenar. No te descuides.
RODRIGO.
Dame alguna razon más que me convenza.
YAGO.
Ya te la daré.
(-Vanse.-)
ESCENA III.
=Sala del castillo.=
OTELO, LUDOVICO, DESDÉMONA, EMILIA.
LUDOVICO.
Señor: no os molesteis en acompañarme.
OTELO.
No: me place andar en vuestra compañía.
LUDOVICO.
Adios, señora. Os doy muy cumplidas gracias.
OTELO.
Y yo me felicito de vuestra venida.
LUDOVICO.
¿Vamos, caballero? ¡Oh! aquí está Desdémona.
DESDÉMONA.
¡Esposo mio!
OTELO.
Retírate pronto á acostar. No tardaré en volver. Despide á la criada, y
obedéceme.
DESDÉMONA.
Así lo haré, esposo mio.
(-Vanse todos menos Emilia y Desdémona.-)
EMILIA.
¿Qué tal? ¿Se ha amansado en algo el mal humor de tu marido?
DESDÉMONA.
Me prometió volver pronto, y me mandó que me acostase, despidiéndose en
seguida.
EMILIA.
¿Y por qué dejarte sola?
DESDÉMONA.
Él lo mandó y sólo me toca obedecer, y no resistirme en nada. Dame la
ropa de noche, y aléjate.
EMILIA.
¡Ojalá no le hubieras conocido nunca!
DESDÉMONA.
Nunca diré yo eso. Le amo con tal extremo que hasta sus celos y sus
furores me encantan. Desátame las cintas.
EMILIA.
Ya está; ¿adorno vuestro lecho con las ropas nupciales como me
dijisteis?
DESDÉMONA.
Lo mismo da. ¡Qué fáciles somos en cambiar de pensamientos! Si muero
antes que tú, amortájame con esas ropas.
EMILIA.
¡Pensar ahora en morirte! ¡Qué absurdo!
DESDÉMONA.
Bárbara se llamaba una doncella de mi madre. Su amante la abandonó,
y ella solia entonar una vieja cancion del sauce, que expresaba muy
bien su desconsuelo. Todavía la cantaba al tiempo de morir. Esta noche
me persigue tenazmente el recuerdo de aquella cancion, y al repetirla
siento la misma tristeza que Bárbara sentia. No te detengas... ¡Es
agradable Ludovico!
EMILIA.
Mozo gallardo.
DESDÉMONA.
Y muy discreto en sus palabras.
EMILIA.
Dama veneciana hay, que iria de buen grado en romería á Tierra Santa
sólo por conquistar un beso de Ludovico.
DESDÉMONA (-canta-).
«Llora la niña al pié del sicomoro. Cantad el sauce: cantad su verdor.
Con la cabeza en la rodilla y la mano en el pecho, llora la infeliz.
Cantad el fúnebre y lloroso sauce. La fuente corria repitiendo sus
quejas. Cantad el sauce y su verdor. Hasta las piedras se movian á
compasion de oirla.»
Recoge esto.
«Cantad el sauce, cantad su verdor.»
Véte, que él volverá muy pronto. (-Canta.-)
«Tejed una guirnalda de verde sauce. No os quejeis de él, pues su
desden fué justo.»
No, no es así el cantar. Alguien llama.
EMILIA.
Es el viento.
DESDÉMONA.
(-Canta.-) «Yo me quejé de su inconstancia, y él ¿qué me respondió?
Cantad el sauce, cantad su verdor. Si yo me miro en la luz de otros
ojos, busca tú otro amante.»
Buenas noches. Los ojos me pican. ¿Será anuncio de lágrimas?
EMILIA.
No es anuncio de nada.
DESDÉMONA.
Siempre lo he oido decir. ¡Qué hombres! ¿Crees, Emilia, que existen
mujeres que engañen á sus maridos de tan ruin manera?
EMILIA.
Ya lo creo que existen.
DESDÉMONA.
¿Lo harias tú, Emilia, aunque te diesen todos los tesoros del mundo?
EMILIA.
¿Y tú qué harias?
DESDÉMONA.
Nunca lo haria, te lo juro por esa luz.
EMILIA.
Yo no lo haria por esa luz, pero quizá lo haria á oscuras.
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