la enrevesada urdimbre cerebral, sólo paso á paso cabe avanzar, y aun así, para ser afortunado, los zapadores deben llamarse Meynert, Golgi, Edinger, Flechsig, Forel, etc. Pero mi juventud de entonces, harto confiada y acaso algo presuntuosa, ignoraba el saludable miedo al error; y me lancé á la empresa confiado en que en aquella selva temerosa, donde tantos exploradores se habían perdido, seríame permitido cobrar, si no tigres y leones, algunas modestas piezas desdeñadas por los grandes cazadores. He aquí, brevemente, enumerados algunos de mis hallazgos de aquella época: [Ilustración: Fig. 36.--Doble esquema donde mostramos la evolución filogénica y ontogénica de la célula psíquica ó pirámide cerebral. --A, célula piramidal de un batracio; B, de un reptil; C, del conejo; D, del hombre; -a-, -b-, -c-, -d-, fases evolutivas de la célula psíquica en el embrión de mamífero.] 1.º Uno de los hechos mejor apreciados entonces fué la revelación de la existencia constante en la corteza cerebral de batracios, reptiles, aves y mamíferos, del -corpúsculo piramidal-, que osé llamar, con audacia de lenguaje de que hoy me avergüenzo un tanto, la -célula psíquica-[98]. Sus características son: forma alargada, más ó menos cónica ó piramidal; orientación radial; ostentar constantemente un penacho dendrítico extendido por la capa molecular ó tangencial del cerebro, y un axon ó expansión nerviosa dirigido á las regiones profundas, donde constituye vías de asociación intercortical ó córtico-medular. [98] -Cajal-: Estructura de la corteza cerebral de batracios, reptiles y aves. Agosto de 1891. La figura 36 me dispensa de entrar en pormenores acerca de la citada -célula psíquica-, que fué objeto más adelante, por parte de mi hermano, de análisis agotantes en reptiles y batracios, y, por iniciativa de mi discípulo Cl. Sala, de un buen estudio en las aves. [Ilustración: Fig. 37.--Esquema de una sección de la corteza cerebral de un mamífero de pequeña talla (conejo, ratón, etc). En esta figura se han reunido algunos de mis hallazgos de 1890 y 1891. ---a-, células estrelladas pequeñas de la capa plexiforme ó superficial; -b-, corpúsculos fusiformes horizontales; -c-, elemento de axon ascendente arborizado en la zona de las medianas pirámides; -d-, neurona situada en la capa de corpúsculos polimorfos, cuyo axon se arboriza en la capa molecular; -h-, colaterales de la substancia blanca; -f-, ramificación terminal de las fibras sensitivas; -g-, colaterales de los axones de las pirámides destinadas al cuerpo estriado; A, zona plexiforme; B, de las pequeñas pirámides; C, de las medianas pirámides; D, de las pirámides gigantes; E, de los corpúsculos polimorfos; F, substancia blanca; G, cuerpo estriado.] 2.º Encuentro en la capa molecular del cerebro de los mamíferos (donde se suponían existir solamente corpúsculos neuróglicos y fibras nerviosas), de numerosas -neuronas de axon corto-, terminado en el espesor mismo de dicha zona, y clasificables en dos variedades principales (fig. 37, -a-, -b-). 3.º Descripción de -numerosas neuronas fusiformes-, habitantes en todos los estratos de la corteza cerebral y caracterizadas por que su axon, de orientación ascendente, se arboriza en las -zonas de las pequeñas, medianas y grandes pirámides- (fig. 37, -c-, -e-). 4.º Persecución, por vez primera, del curso de las fibras de proyección hasta el cuerpo estriado, y señalamiento de sus colaterales para este cuerpo y para la comisura callosa (fig. 37, -g-). 5.º Descubrimiento de ciertas fibras gruesas llegadas del cuerpo estriado y ramificadas libremente en las zonas de las pirámides (-f-). Tales fibras, confirmadas por Kölliker, que las llamó -fibras de Cajal-, representan probablemente la terminación de la vía sensitiva central. 6.º Demostración de la terminación libre de las colaterales de los axones de las pirámides y de las ramillas nerviosas de los elementos de axon corto (fig. 37, D). 7.º Observación de que las células de Martinotti, ó de axon ascendente ramificado en la capa molecular, no viven sólo cerca de ésta, sino en todas las capas de la corteza (fig. 37, -d-). 8.º Nuevas observaciones sobre la evolución embrionaria de las células piramidales y de los elementos de neuroglia, etc. Algunas de estas observaciones y otras que, en obsequio á la brevedad, no menciono, divulgáronse rápidamente, gracias á mi precaución de publicarlas en francés, aprovechando cierta Revista histológica belga, -La Cellule-[99]. [99] -Cajal-: Sur la structure de l’écorce cerébrale de quelques mammifères. -La Cellule-, tomo VII, 1er fascicule, 1891. Con tres grandes láminas litografiadas. Poco después, Retzius, Kölliker, mi hermano, Edinger, Schäffer, etc., confirmaban y ampliaban en algunos puntos los precedentes resultados. La última de mis pesquisas de 1891 versó sobre la estructura del -gran simpático-. Fué esta indagación, harto más floja que las anteriores, prueba palmaria del enorme influjo de lo moral sobre lo intelectual. Por entonces hallábame preocupado con las oposiciones á la cátedra de Histología de Madrid. La preparación ansiosa de los ejercicios, las suspensiones que éstos sufrieron, el ajetreo de mis repetidos viajes á la Corte, interrumpieron la continuidad de mi esfuerzo analítico, arrebatándome esa tranquilidad de espíritu sin la cual toda obra humana suele resultar pobre, contradictoria y desprovista de elegancia. La citada indagación llegaba, sin embargo, á su hora. Ignorábase por aquel tiempo la verdadera morfología de las neuronas simpáticas. Diversos histólogos (Remak, Ranvier, Kölliker, etc.) habían reconocido en ellas expansiones dicotomizadas; pero reinaba la mayor incertidumbre acerca del carácter y paradero de las mismas. El corpúsculo simpático, cuya naturaleza motriz parecía indudable, ¿poseía, en concordancia con el patrón morfológico común, legítimas dendritas y axon, ó más bien, según sospechaban ciertos neurólogos, todas sus prolongaciones celulares tenían significación nerviosa, arborizándose en las fibras musculares lisas? ¿Ó constaba, más bien, según parecer algo indeciso de Kölliker (1890) de un grupo de axones y de un juego de dendritas? [Ilustración: Fig. 38.--Varias células del gran simpático del perro. El axon único marcado con -c- se distingue por carecer de ramificaciones. A, B, D, F, G, diversos tipos morfológicos de neuronas simpáticas.] Impaciente por llegar á la meta antes que nadie, exploré febrilmente los ganglios simpáticos de los embriones de ave, consiguiendo por lo pronto establecer en sus neuronas la existencia de prolongaciones protoplásmicas genuinas, acabadas libremente en el seno de la trama ganglionar[100]. Pero ofuscado por las apariencias, atribuí á cada célula dos ó más axones (en armonía con una opinión reciente de Kölliker), cuando positivamente sólo emite uno. Poco tiempo después, en trabajo especial recaído en los mamíferos, rectifiqué espontáneamente mi equivocación y formulé la verdadera disposición de los corpúsculos simpáticos[101]. Mas esta rectificación tardía deslució mucho mi labor. Y aunque mi nueva concepción morfológica vió la luz antes de la aparición de las observaciones de van Gehuchten, Luigi Sala, discípulo de Golgi, y de G. Retzius, á quienes había yo sugerido la fórmula metodológica apropiada (proceder de -doble impregnación- al cromato de plata), no pude evitar se me reprocharan, con razón, mis titubeos y contradicciones, y se adjudicara á van Gehuchten el mérito de haber resuelto definitivamente el problema. Algo quedó, naturalmente, en mi activo: la existencia de las -colaterales de las fibras llegadas de la médula espinal- (-fibras motrices de primer orden- de los autores y cordones de unión longitudinal de los ganglios); los -nidos nerviosos pericelulares- de origen dendrítico; la determinación de varias modalidades neuronales, etc. Sírvame la figura 38, reproducción de un grabado anejo al trabajo de 1891, para suplir detalles descriptivos que aquí resultarían inoportunos. [100] -Cajal-: Estructura y conexiones de los ganglios simpáticos (-Pequeñas contribuciones al conocimiento del sistema nervioso-). Agosto de 1891. Con 12 grabados. [101] -Cajal-: Notas preventivas sobre la retina y gran simpático de los mamíferos. -Gaceta Sanitaria de Barcelona-, 10 de Diciembre de 1891. Con 7 grabados. En fin, para cerrar la lista de las publicaciones de 1891, me limitaré á citar brevemente un trabajo en colaboración de mi discípulo Cl. Sala[102], donde se precisa la verdadera forma de los conductos glandulares del páncreas, así como el modo de terminación de los nervios simpáticos; otra breve comunicación en que se describen las terminaciones nerviosas del corazón de los mamíferos[103], probando que en las fibras musculares cardíacas no existe la -placa motriz-, ni la singular disposición referida por Ranvier, sino plexos nerviosos difusos semejantes á los descritos en los músculos de fibra lisa; cierta nota[104] donde, á semejanza de las raíces posteriores de la médula espinal, se reconocen típicas bifurcaciones en los nervios sensitivos, bulbares y craneales (-trigémino-, -nervio vestibular-, -coclear ó acústico-, etc.); un estudio sobre la médula de los reptiles, en que se comprueban muchos detalles hallados anteriormente en la de las aves y mamíferos; y, en fin, una nota descriptiva de la substancia de Rolando de la médula espinal de los mamíferos[105]. [102] -S. R. Cajal- y -Cl. Sala-: Terminaciones de los nervios y tubos glandulares del páncreas de los vertebrados. 28 Diciembre de 1891. Con cinco grabados. [103] Terminaciones nerviosas en el corazón de los mamíferos. -Gaceta Sanitaria de Barcelona.- 10 Abril de 1891. [104] Sobre la existencia de bifurcaciones y colaterales en los nervios sensitivos craneales y substancia blanca del cerebro. -Gaceta Sanitaria de Barcelona.- 10 Abril de 1891. [105] -Cajal-: Estos dos estudios aparecieron con otros varios en un extenso folleto titulado -Pequeñas contribuciones al estudio del sistema nervioso-. Agosto de 1891. Al final de 1891, el conjunto de mi labor práctica y la suma de las inducciones teóricas obtenida habían alcanzado suficiente amplitud y densidad para formar la materia de un libro. Algunos discípulos y médicos de Barcelona que conocían mis ideas, me invitaron á exponerlas ante la -Academia de Ciencias Médicas de Cataluña-. Deferí gustoso á sus ruegos, ejecutando para mis conferencias grandes cuadros murales policromados, representativos, bajo forma esquemática, del plan estructural de los centros nerviosos y órganos sensoriales. Oyóseme con agrado, y algunos discípulos entusiastas tuvieron la amabilidad de recoger mis explicaciones y copiar mis dibujos, publicando en la -Revista de Ciencias Médicas- de dicha ciudad una serie de artículos, atentamente revisados y retocados por mí. Los tales artículos, que vieron la luz en 1892[106], tuvieron un éxito que me llenó de sorpresa, sobrepujando, no sólo mis esperanzas, sino mis ilusiones. Ignoro cómo se enteraron en el extranjero de dichas conferencias; ello fué que en poco tiempo vieron la luz traducciones ó extensas relaciones en varios idiomas. Hasta el gran W. His, profesor de Leipzig, de cuya buena amistad hice mérito en capítulos anteriores, propúsome traducirlas al alemán. La versión tudesca aparecida en 1893[107] corrió á cargo nada menos que del Dr. H. Held, á la sazón ayudante del maestro (á quien sucedió en la cátedra) y actualmente una de las mayores ilustraciones de la Histología alemana. En cuanto á la edición francesa, fué hecha por el Dr. Azoulay, que tradujo á conciencia un texto especialmente revisado y ampliado por mí. El pequeño libro, intitulado -Les nouvelles ideés sur la fine anatomie des centres nerveux- (Reinwald, París), y autorizado con un prólogo afectuoso del ilustre profesor Matías Duval, de París, hizo furor: en menos de tres meses agotáronse dos copiosas ediciones. Tan inesperado favor del público sugirióme el propósito, que acometí años después, de escribir un libro extenso donde se estudiara sistemática y minuciosamente la textura del sistema nervioso de todos los vertebrados y se diera cuenta, con los necesarios desarrollos, de la totalidad de mi obra científica. Acerca de este formidable trabajo de benedictino, en que me ocupé ahincadamente durante diez años, trataré oportunamente. [106] -Cajal-: Nuevo concepto de la histología de los centros nerviosos. -Revista de Ciencias Médicas de Barcelona-, núms. 16, 20, 22 y 23 de 1892, tomo XVIII. La tirada aparte de todos estos artículos data del comienzo de 1893. [107] -Cajal-: Neue Darstellung vom histologischen Bau des Centralnervensystems. Traducción del Dr. H. Held. -Arch. f. Anat. u. Physiol. Anat. Abtheilung-, 1893. Como proemio de esta versión, hace notar el profesor His que la edición alemana ha sido cuidada por él y encargada á su ayudante, experto conocedor del asunto. En Abril de 1892 ocurrió mi traslación á Madrid. Tras ejercicios de oposición que duraron varios meses é interrumpieron numerosos incidentes, tuve la fortuna de ser propuesto unánimemente para la cátedra de Histología normal y Anatomía patológica, vacante por defunción del inolvidable y benemérito Dr. Maestre de San Juan[108]. En el Tribunal, presidido por el Dr. D. Julián Calleja, figuraban jueces tan prestigiosos como el Dr. Alejandro San Martín, Dr. Federico Olóriz, el Marqués del Busto, don Antonio Mendoza y los profesores de la asignatura doctores Cerrada y Gil Saltor. [108] El buenísimo de D. Aureliano, á quien tanto venerábamos sus discípulos, sucumbió de las resultas de un accidente de laboratorio. Una salpicadura de sosa cáustica, producida por la ruptura de un frasco, determinó la pérdida de la vista, á que siguió una pasión de ánimo tan grande, que arrebató en pocos meses al maestro. Fué el Dr. Maestre un excelente profesor, que sabía comunicar sus entusiasmos á quienes le rodeaban. Yo le debo favores inolvidables. Tras haberme apadrinado en la ceremonia de la investidura de doctor, me animó insistentemente durante mis ensayos de investigador, fortaleciendo mi confianza en las propias fuerzas. Las cartas con que acusaba recibo de mis publicaciones, constituían para mí un tónico moral de primer orden. Mi triunfo no fué fácil, pues contendía con rivales de mucho mérito, singularmente uno de ellos, á cuyos talentos y cultura siempre rendí ingenua admiración y cordial estima. Como no he consentido jamás á mi amor propio el menor conato de vanidad ni de engreimiento, declaro ahora que mi victoria, tan sonada por aquellos tiempos entre la clase médica de la Corte, debióse exclusivamente á dos motivos, en cierto modo impersonales y circunstanciales: desde luego, á la eficaz preparación lograda, explicando durante cuatro años consecutivos las asignaturas objeto de la oposición; y, después, al crédito y favor que mis modestos pero numerosos trabajos científicos (pasaban ya entonces de 60) habían granjeado entre los sabios extranjeros. Yo deploré mucho haber debido recurrir, para llegar á la Universidad Central, ideal de todo catedrático de provincias, á la pugna, cruel y enconada siempre, de la oposición. Por cultas y corteses que sean las armas esgrimidas en semejantes lides, dejan siempre en pos rencillas y resquemores lamentables, enfrían amistades cimentadas á veces en afinidades de gustos y tendencias, é impiden colaboraciones que podrían ser provechosas para la ciencia nacional. Porque, para mí, ser catedrático de la Central constituía entonces la única esperanza de satisfacer, con cierta holgura, mis aficiones hacia la investigación y de aumentar mis recursos, harto mermados con los incesantes gastos de laboratorio y de suscripciones á Revistas, amén del sostén de numerosa familia. Ricos y prestigiosos eran mis rivales; cultivaban pingües y bien merecidas clientelas, y podían esperar. Pero yo, enfrascado en mis trabajos, había perdido casi del todo las aptitudes clínicas; estaba, por consiguiente, inhabilitado para la labor profesional, única ocupación que puede conducir al médico al desahogo económico. Sólo en la decorosa industria del libro de texto, tan fructuosa para los catedráticos de la Corte cuanto precaria para los de provincias --industria sandiamente motejada por quienes no conocen sino sus vituperables abusos--, entreveía yo ese modesto pero holgado pasar, capaz de garantizarme, con la preciosa conquista de -mi tiempo-, el bien supremo de la independencia del espíritu. [Ilustración] CAPÍTULO X Mi traslación á la Corte. -- Me domicilio en la calle de Atocha, cerca de San Carlos. -- Semblanzas de algunos de mis amigos y colegas de Facultad, hoy desaparecidos: Calleja, Olóriz, Hernando, Letamendi, San Martín, etc. Cuando, de retorno de las oposiciones, me incorporé á la familia, la encontré aumentada con un hijo más. Ello fué motivo de júbilo, aunque la aparición de un sexto retoño no suela despertar los mismos entusiasmos que el primero. Entre mis comprofesores de Barcelona produjo la noticia de mi triunfo agradable sorpresa, mezclada acaso con algo de contrariedad. Parecióme advertir en algunos colegas cierto descontento por no haber dado oportunamente algún paso encaminado á retenerme indefinidamente en la capital catalana[109]. Estos sentimientos de consideración y estima, tan honrosos para mí, tuvieron expresión amable y entusiasta en cierto banquete de homenaje con que la -Academia de Ciencias Médicas de Cataluña- y mis colegas de claustro obsequiaron al que, durante cerca de cinco años, tuvo el honor de ser su compañero y colaborador. Al acto asistieron también varios profesores de la Facultad de Ciencias y los simpáticos contertulios de la peña del café. [109] Fué acaso mi estimado amigo Batlles y Beltrán de Lis quien mostrose más disgustado con mi traslación á la Corte, pues tenía empeño en crear para mí, en el Laboratorio Municipal, una plaza de micrógrafo, decorosamente remunerada. La caída del partido liberal, en cuyas filas militaba, y el consiguiente trasiego de concejales, dieron al traste con los buenos propósitos de Batlles, á cuyas generosas gestiones viviré siempre agradecido. Con verdadera pena hube de abandonar á tan excelentes amigos, y con ellos á una ciudad donde encontré ambiente singularmente favorable para la ejecución y publicación de mis trabajos científicos. Con no menos tristeza despedíme de aquella tertulia célebre de la -Pajarera-, donde, en compañía de García de la Cruz, Schwarz, Soriano, Villafañé, Castro Pulido, Castell, Odón de Buen, etc., había pasado ratos inolvidables. El eco de mis éxitos de opositor repercutió también en Zaragoza, entusiasmando, según era natural, á mis amigos y paisanos. Allí, en el seno del hogar, donde descansé algunos días camino de la Corte, gocé una de las más puras y nobles satisfacciones que es dable experimentar: la contemplación del gozo y del orgullo de los ancianos padres..., de aquellos padres á quienes tantos disgustos causaran en otro tiempo los devaneos y desobediencias de su hijo... Fué aquella alegría hermosa compensación de sus desvelos y gran consuelo para mí. ¡Cuánto hubiera dado yo porque la vida de mis progenitores se hubiera prolongado hasta 1906, fecha del más sonado de mis triunfos internacionales! Pero la ley de la vida es inexorable, y á pocos padres es dado ser testigos de la culminación de la carrera filial. También mis excelentes profesores de Zaragoza celebraron mi elevación á la Universidad de Madrid. Con alguna excepción, mostráronse ufanos de su antiguo discípulo, y éste se consideró dichoso por haber dado pretexto á la satisfacción de sus maestros. A ruego de aquéllos, y para corresponder á tantos afectuosos plácemes, expuse, en dos largas conferencias, ilustradas con numerosas figuras, los más importantes resultados de mis trabajos de laboratorio. Grande fué la sorpresa de mis maestros de antaño al saber que indiscutibles autoridades científicas del extranjero habían confirmado mis modestos hallazgos y adoptado plenamente mis interpretaciones. Entre los oyentes figuraban algunos condiscípulos y hasta antiguos camaradas de travesuras y algaradas. Estos últimos mostraban su asombro al reconocer hasta qué punto había sentado la cabeza el desaplicado -chico de D. Justo-. Ofreciéronme, naturalmente, el agasajo ya entonces á la moda, es decir, el banquete de honor, con los inevitables brindis, tan impregnados de afecto cuanto de alentadoras y patrióticas esperanzas acerca del porvenir de la naciente ciencia española. Recuerdo que uno de los brindis más cariñosos y efusivos fué el del Dr. Fornés, á quien suponía yo, gratuitamente, algo enfadado conmigo. * * * * * Llegué, por fin, á la capital de la Monarquía en Abril de 1892, á los cuarenta años de edad, ansioso de trabajar y con la cartera repleta de proyectos científicos. Según costumbre mía, instaléme modestamente[110], cual cumple al obrero de la ciencia que siente el -santo horror del déficit-, como diría Echegaray, y sabe que las ideas, á semejanza del nenúfar, florecen solamente en las aguas tranquilas. Pagaba de alquiler dieciséis duros al mes. Semejante modestia, que algunos tachaban de excesiva é impropia de un -príncipe de la toga académica-, según frase de cierto hinchado catedrático, parecíame necesaria mientras tanteaba el terreno y averiguaba los recursos disponibles para alimentar la familia y desarrollar cumplidamente mis trabajos. Porque yo siempre diputé peligrosa y contraproducente la conducta de esos profesores que, recién llegados del rincón provinciano, instálanse en la Corte á lo dentista americano, gastando sus modestos ahorros en costearse coche, habitación y mueblaje, en espera de una clientela opulenta que no se digna comparecer. [110] En el núm. 131, duplicado, de la calle de Atocha. Las costumbres de mis nuevos colegas casaban admirablemente con mi manera de ser. Con íntimo regocijo advertí que en la Facultad de Medicina, como en la Universidad, nadie hacía caso de nadie. «Vivimos sin conocernos y morimos sin amarnos», solía decir D. Félix Guzmán, profesor de Higiene, á quien chocaba mucho ese sistemático apartamiento espiritual entre los colaboradores de una misma obra. Parecidas sentidas lamentaciones oí á D. Federico Olóriz, recién trasladado á Madrid desde el tibio y efusivo hogar granadino. Hay que desengañarse. La Corte no puede ser para el hombre laborioso y modesto que gusta del trato social, la soñada «tierra de amigos» del poeta. Dura y febril es la existencia en las grandes urbes: lo enorme de las distancias y la carestía de la vida imponen, con el trabajo forzado, el avaro aprovechamiento de todos los instantes. Cultivar relaciones resulta un lujo que sólo pueden permitirse los ricos y los ociosos. Pero, repito, esa relativa soledad sentimental que tanto contristaba á Olóriz, fué siempre mi alegría. Frialdades y desvíos parecen enojos, cuando son en realidad libertad y respeto. «Cierto que nadie piensa en mí --me decía al verme al principio perdido y solitario en el piélago de la Corte--; pero, en cambio, yo puedo pensar en lo que quiera.» ¡Y no es flojo privilegio! No obstante lo cual, yo tuve la fortuna de encontrar y cultivar en la Corte algunas valiosas amistades. Prescindiendo, por ahora, de los camaradas ajenos al gremio docente (de ellos trataré en otro lugar), citaré á Olóriz, Hernando, Letamendi, San Martín, Gómez Ocaña, García de la Cruz, etc. Notemos que, á excepción de San Martín, todos estos amigos pertenecieron á la modesta y arrinconada grey de -profesores teóricos-, ajenos de esa devoradora codicia característica de la mayoría de los grandes prestigios clínicos. Puesto que, á excepción de Gómez Ocaña, los mencionados compañeros murieron ya[111], paréceme justo y plausible estampar aquí algunas frases de elogio, á guisa de semblanza breve, de algunos de ellos, y como tributo y recuerdo de un afecto sin eclipses. Á la citada lista agregaré todavía los nombres de D. Julián Calleja y del Marqués del Busto. No tuve la suerte de tratar en la intimidad á estas dos prestigiosas figuras de San Carlos; pero merecen aquí un recuerdo afectuoso, porque les debí apoyos y protecciones oficiales inolvidables. [111] El Dr. Hernando vive aún, por fortuna, en Guadalajara, jubilado y doliente; pero en un estado de postración que casi equivale á la muerte. * * * * * Comencemos por nuestro decano el benemérito D. Julián Calleja. Ocioso fuera insistir en su semblanza. Reciente su fallecimiento, casi todos mis lectores médicos le conocieron, ya que por sus merecimientos indiscutibles, exquisito don de gentes y el imperio de una voluntad sugestionadora, alcanzó los más altos puestos profesionales y algunos cargos políticos importantes. Tenía, naturalmente, sus debilidades, conforme suelen tenerlas cuantos figurando en los partidos de turno y cultivando legítimas ambiciones, resisten difícilmente las caricias de la adulación ó las intromisiones del caciquismo; pero adornábanle también cualidades intelectuales y morales de primer orden. Además de ser excelente y celoso maestro, poseía envidiable talento organizador y, sobre todo, sentía amor grande á nuestra Facultad de Medicina, por cuyas mejoras y progresos se desvelaba. No fué un investigador, ni podía serlo dadas sus aficiones á la política; mas asistió con su estímulo y protección á cuantos veía inclinados á las tareas del laboratorio. Todo su valimiento político lo puso en servicio de San Carlos. Á él se deben, entre otras plausibles iniciativas, los nuevos laboratorios y clínicas de la docta Casa; la construcción de un piso sobre el vetusto edificio; la anexión al Hospital clínico de un ala del Hospital provincial (conseguir esto exigió un pleito laborioso contra la Diputación, dirigido por D. Julián con insuperable habilidad y entereza); la creación de las cátedras de especialidades médicas; la organización de los gabinetes de radiografía, mecanoterapia, etc. Yo debo agradecerle la construcción y organización del Laboratorio de Micrografía, uno de los mejores y, por descontado, el más capaz é importante de San Carlos. La creación de este centro de estudios era apremiante, porque á mi llegada á la Corte encontréme por todo Laboratorio con cierto pasillo angosto y largo, pobrísimo de material é instrumental, sin libros ni biblioteca de Revistas. Quimérico resultaba dar, en tan angosto local, mediana enseñanza práctica á más de doscientos alumnos oficiales, amén de los libres. Requerido por mí, D. Julián tomó sobre sí la reforma, gestionándola con extraordinario interés. Y haciendo gala de su maravillosa actividad, consiguió en pocos meses la consignación en presupuesto de los créditos necesarios y la ejecución de la obra. El nuevo Laboratorio de Histología, capaz para trescientos alumnos, se eleva frontero á la calle de Santa Isabel, encima de la grandiosa sala de disección: encierra gabinete de trabajo para profesores y ayudantes, gran salón de prácticas para los alumnos, departamentos de Bacteriología, de Microfotografía, etc. Conseguido el local, siguiéronse los naturales complementos: la compra de libros y Revistas, adquisición de estufas de esterilización y vegetación, así como de número suficiente de microscopios. Al viejo é imponente Ross, el -cañón- del Laboratorio, menguadamente acompañado de un par de antiguos modelos de Verick y Nachet, añadiéronse, en épocas sucesivas, dos magníficos Zeiss y 40 microscopios y microtomos de Reichert, destinados á los alumnos. ¡Era el ideal codiciado, la suprema aspiración de una vida!... Y todo ello se llevó á cabo por D. Julián espontáneamente, sin halagos ni adulaciones, inspirado en el noble entusiasmo que nuestro decano vitalicio sintió siempre por la función docente. Ignoro si el venerable D. Julián, actuando en funciones de cacique universitario, pecó algo, conforme dieron en decir ciertos adustos censores; pero á todos consta que amó también mucho cosas tan santas como la ciencia y la enseñanza, y que, á causa de pasión tan hermosa, debemos perdonárselo todo. * * * * * Del ilustre Olóriz me ocupé ya en anteriores páginas, con ocasión de relatar comunes andanzas de opositores á cátedras. Séame permitido añadir aquí, en memoria del malogrado compañero, algunas frases encomiásticas. Era D. Federico, como le llamábamos amigos y admiradores, el -maestro- por excelencia. Lo que en muchos es oficio, constituía en él vocación irresistible. Asiduo, formal y concienzudo, cumplía con insuperable celo su ministerio docente. De un exterior algo vulgar, encerraba un espíritu refinadamente aristocrático. Escribía tan maravillosamente como hablaba, y era dueño de palabra fácil, elegante, agilísima, puesta al servicio de clarísimo entendimiento[112]. No se prodigaba, sin embargo. Replegado en su modestia, limpio de todo estímulo vanidoso, rehuyó siempre la popularidad, como desdeñó la política, campo donde sus dotes de formidable polemista hubiéranle traído triunfos resonantes. [112] Recuérdense sus admirables conferencias del Ateneo acerca de las escuelas de Manjón, de Granada; sus primorosos discursos en esta misma Cátedra sobre temas antropológicos; sus castizas y sabias oraciones académicas, etc. En funciones de examinador pasaba Olóriz por riguroso y exigente. Imponía á los discípulos con su severidad; pero los desarmaba con la justicia. Y, terminada la carrera, aun los más desaplicados le agradecían sus rigores, rindiéndole filial afecto. Hacia la época de mi traslación á Madrid vivía el maestro algo retraído, refugiado en la cátedra y en el hogar, consagrando todos sus escasos vagares á los estudios antropológicos, en que llegó á ser autoridad indiscutible. Más adelante, creóse para él en el Ministerio de Gracia y Justicia una cátedra de -Antropología criminal-, donde aplicó por primera vez el sistema de identificación del Dr. Bertillon y asentó las bases de un ingenioso proceder de clasificación y reconocimiento de las impresiones digitales. Su voluminosa obra acerca del -Índice cefálico en España- y diversos folletos antropológicos dan elocuente testimonio del ardor y acierto con que el malogrado maestro emprendió la empresa de diferenciar y clasificar los tipos antropológicos existentes en las diversas provincias españolas. ¡Lástima grande que las acometidas de una dolencia cruel quebrantaran casi en plena juventud sus fuerzas físicas, esterilizando la prosecución y coronamiento de una labor admirable, que había merecido ya galardones y aplausos entre los sabios extranjeros!... Recuerdo que, entre otros premios, recibió el de Fauvelle, de la Academia de Medicina de París. Todos deplorábamos (y de ello se hace eco su amigo del alma, el Dr. D. José Gómez Ocaña, en sentida y elocuente oración académica) que el gran Olóriz no lograra en vida, con el renombre merecido, aquellas ventajas y honores oficiales tan fácilmente alcanzados en nuestro país hasta por el mérito más discutible, cuando sabe hacerse valer y se exhibe aparatosamente[113]. Á sus éxitos sociales se opuso el exceso de sus talentos y virtudes, ó más bien opusiéronse, como dicen los franceses, «los defectos de sus grandes cualidades». Irreprensible en su conducta, jamás pudo soportar la injusticia; austero cumplidor de sus obligaciones, nunca transigió con la holgazanería; lógico y grave en el pensar y el sentir, aborreció la frivolidad y el error; decoroso y selecto en el lenguaje, jamás abatió su palabra hasta la vulgaridad ó la chabacanería. [113] Todos los buenos oficios de sus amigos para llevarle al Consejo de Instrucción pública, donde su acrisolada rectitud y excepcional competencia pedagógica hubiesen rendido ópimos frutos, fracasaron deplorablemente. Olóriz era maestro en todos los momentos de su vida. Dotado de genio dialéctico y de exquisita sensibilidad para percibir hasta las más tenues refracciones con que la pasión ó la palabra desfiguran la verdad, no podía oir un desatino sin corregirlo en el acto. No era acritud de carácter ni deseo de zaherir, sino tendencia innata á corregir y edificar. Era un instinto irresistible que se explayaba lo mismo en familia que en la calle, igual con sus discípulos que con sus compañeros. Una de sus características consistía en el decoro y distinción señoril de su palabra. Jamás acertó á ser vulgar. Aun acerca de las cosas triviales hablaba con tanta corrección y esmero que, al oirle, sentíase uno como avergonzado de tener que contestarle en el pedestre lenguaje de todo el mundo. Quienes no le conocían reputaban acaso pedantería lo que era natural distinción intelectual y deseo de conservar luciente y aguda, en todo caso, el arma poderosa de su palabra. Por desgracia, hay excelencias que no se perdonan. Nos recuerdan demasiado nuestra inferioridad y acaso infunden temor. Por eso á Olóriz se le estimaba más que se le quería, y dejó muchos admiradores y pocos amigos. El caso de Olóriz es muy instructivo. Por de pronto nos consuela algo de nuestra mediocridad. Y demuestra, además, lo peligroso de la probidad demasiado escrupulosa y del talento demasiado grande. Tan nobles y sobresalientes dones sólo son tolerables cuando se atemperan y dulcifican con algunas debilidades profundamente humanas: con la frivolidad y complacencia que desarman la envidia y con la piedad y la alegría que nos preservan de la indignación. * * * * * Otra de las personas con quienes mantuve trato asiduo desde mi llegada á Madrid, fué D. Benito Hernando, catedrático de Terapéutica, pocos años antes trasladado de Granada. Modestia excesiva, austeridad de costumbres, desprecio del dinero y de los vanos honores, devoción y afecto desinteresado hacia los amigos, eran sus más salientes prendas. No valía menos en el orden intelectual. Era Doctor en Ciencias y Medicina, carreras que estudió paralela y concienzudamente. Educado por un tío sacerdote, creía firmemente en Dios; pero creía también en la ciencia. Añoraba las grandezas de nuestro siglo de oro; veneraba á Cisneros y á Cervantes y rendía culto fervoroso á la música y al arte cristianos. El amor á la tradición no le impedía --repetimos-- cultivar las Ciencias naturales. Sabido es que durante cierta época de su vida frecuentó con igual entusiasmo y asiduidad las iglesias que los laboratorios. De aquellos sus tiempos juveniles data su mejor obra titulada: -La lepra en Granada-, concienzuda labor de Anatomía patológica y de Clínica, menos conocida y encomiada de lo merecido. Era D. Benito archivo inagotable de anécdotas y sucedidos, de frases y ocurrencias ingeniosas, que solía traer muy á cuento. Acaso abusaba algo de su extraordinaria retentiva y del gracejo y agudeza de su conversación. Hablaba como quien se huelga hablando y sabe que place á sus oyentes. ¡Es tan difícil, aun á los más discretos, contener y reservar el talento! Conmigo y con mi familia portóse con una generosidad y abnegación que jamás agradeceré bastante. Recién llegados á Madrid, ofrecióme espontáneamente sus buenos oficios; deshízose cerca de otras personas en elogios de mis modestos méritos; presentóme á varios personajes del mundo literario y artístico, entre otros, al sabio D. Facundo Riaño, de cuyo trato agradabilísimo conservo imborrables recuerdos; dióme antecedentes de muchos hombres y sucesos actuales y pretéritos; hízome gustar las bellezas y sublimidades de la arquitectura cristiana, materia en la cual era consumado maestro; en fin, vino á ser para mí el amigo asiduo y constante, más aún, el confidente y consejero íntimo. * * * * * Otro de los compañeros cuya amistad cultivé fué el asombroso Letamendi. Halléle bastante envejecido. No era ya Decano de la Facultad y asistía poco á clase. Por aquella época hallábase atacado de la torturante enfermedad vesical que le obligaba frecuentemente á recluirse y suspender sus recepciones, aquellas famosas tertulias de «secano» como las llamaba él, en que se leían versos, se conversaba deliciosamente y lucía el maestro sus portentosas facultades de -causeur- ingenioso, de músico y de poeta humorístico. De cuando en cuando, recobraba el buen humor y trabajaba; pero sus palabras y escritos irradiaban á menudo esa tristeza filosófica con que se contempla el mundo y los hombres cuando se acerca la trágica despedida. «Escribo á hurtadillas del dolor», decía melancólicamente en un admirable discurso acerca de los juegos higiénicos, leído por Moret en el Ateneo. Su voz era algo nasal y sus frases salían en ritmo pausado, como de quien medita antes de hablar y desea ser bien comprendido. Platicando, resultaba infatigable. Su palabra surgía espontánea, vistosa é irisada, cual surtidor en fontana. Eran aguas profundas y, por tanto, límpidas y calientes; límpidas por lo impecable de la forma, calientes por la emoción que les comunicaba. Todos le oíamos embelesados, sin osar la irreverencia de convertir en diálogo el monólogo. ¿Cómo interrumpir ó desviar, con un comentario vulgar ó inoportuno, aquella catarata de imágenes brillantes, de frases agudas, de pensamientos originalísimos? Durante esos pocos días en que el dolor le olvidaba y podía pasear, holgábame yo de acompañarle por el Retiro, el Prado ó las calles céntricas. Bastaba la visión instantánea de una persona, de un objeto cualquiera, para sugerirle en el acto comparaciones tan ingeniosas como gráficas. Viendo un sujeto muy alto que caminaba torpemente exclamaba: «Ese hombre va mareado de verse tan alto». Topábamos con un modesto industrial ambulante que exhibía un fonógrafo, y decía: «Ahí viene el conejo de Indias parlante» (aludía á la voz chillona y menuda del viejo fonógrafo de Edison). Aproximábase á nosotros una jamona exuberante y esbelta: «¡Cuidado con chocar con estos -jarrones de carne-; á nuestra edad los quebrados seríamos nosotros!» Al pasar una vez por delante del Ministerio de la Gobernación, párase de pronto y dice: «Esta es la única Escuela de Geografía de nuestros gobernadores; aquí saben hacia dónde cae su provincia y aprenden el camino gracias á la dirección del puntapié con que los despide el Ministro.» De pronto, una ráfaga del Guadarrama nos obliga á embozarnos, y Letamendi comenta: «Para estos fríos, el mejor abrigo es la piel de mujer», etc., etc. D. José tenía el don inapreciable de la amenidad. Recuerdo que en cada uno de nuestros paseos discurría sobre tema diferente. Durante su juventud y madurez, había leído mucho y meditado más. Si el hada que presidió á sus destinos le otorgó todas las gracias, él por su parte ofrendó fervorosamente á todas las musas. Ahí están para probar su saber casi universal, y por tanto, su vocación por el trabajo, los admirables libros de Patología general y de Higiene, sus discursos del Ateneo y los académicos sobre temas filosóficos, políticos y sociales, sus obras musicales, hasta sus admirables pinturas. Y con todo eso, el blanco favorito de sus meditaciones fué la filosofía. Lástima grande que escrúpulos disculpables en un enfermo impidieran al maestro la redacción y publicación del fruto de sus reflexiones. ¡Quién sabe si la filosofía española, tan servil y modesta que vivió casi siempre de prestado, marchando á remolque del extranjero, habría tenido al fin su Kant ó su Herbert Spencer! Porque, en mi sentir, Letamendi era, ante todo y sobre todo, un pensador. Aventurado resulta juzgar de intenciones no realizadas, de proyectos agostados en flor por el rigor de adversas circunstancias. Séame lícito, empero, declarar que se equivocaban tanto el candoroso Ceferino González, al afirmar que «la filosofía de Letamendi, no obstante su originalidad, no salía de la corriente cristiana», como quienes, atenidos al cortés exoterismo de los libros y conferencias de D. José, diputábanle católico á macha martillo. Harto sabíamos sus íntimos que, en el fondo, su concepción filosófica era profunda y radicalmente agnóstica. Sin duda que el sistema filosófico de Letamendi no hubiera sido, en principio, más verdadero que los conocidos. ¿Existe, por ventura, alguna interpretación del mundo ó de la vida que sea algo más que noble y ambicioso ensueño? Pero la novela forjada por D. José habría sido un libro primoroso, ingeniosísimo, lleno de sorpresas y sugerente quizás de otros libros igualmente agradables. Con los principios, nociones y categorías de la razón, habría tejido un nuevo manto, singularmente artístico y fastuoso, tendido piadosamente sobre los insondables abismos de la muerte y de lo incognoscible. Y nos habría hecho sentir y pensar... ¿Qué filósofo hizo más? Rémora para la publicación del libro que preparaba con el título de «El positivismo absoluto», fueron sus progresivos achaques y la falta de esas placidez y alegría que sólo da la clara visión de un largo camino delante de sí. En respuesta á mis excitaciones para que publicara lo antes posible su concepción filosófica, exclamaba: «¡Ah, si yo viviera en Francia ó en Inglaterra!... Poco me quiere usted cuando desea verme, en las postrimerías de la vida y atormentado por cruel enfermedad, á vueltas con anatemas y excomuniones episcopales.» Para los trabajadores metódicos y de pan llevar, entre los cuales tengo la humildad de contarme, D. José adolecía de un defecto indisculpable: la manía enciclopédica. Su atención hacía escala en todos los asuntos, sin anclarse definitivamente en ninguno. Harto conocía él su debilidad cuando, reaccionando contra cariñosas reprensiones, disculpaba sus «aficiones rotatorias» satirizando donosamente á los especialistas científicos. Con candor sólo comparable con mi buena intención, intenté yo encauzar aquellas admirables facultades, dirigiéndolas resueltamente hacia la filosofía biológica, para la cual parecíame D. José superiormente dotado[114]. Con destino al Congreso Médico de Roma, escribía éste por entonces cierto estudio sintético sobre el mecanismo de la herencia y las incongruencias del instinto sexual; y deseoso de documentarle, puse á su disposición los libros, entonces recientes, de los hermanos Hertwig sobre la conjugación de las células sexuales, y el de Weissmann sobre la herencia, la naturaleza del plasma germinal y el sentido biológico de la muerte. Días después me devolvió los volúmenes. ¿Los leyó? Lo ignoro. En todo caso, el rico arsenal de datos objetivos en ellos contenido fué poco ó nada aprovechado. [114] En las obras de novísimos filósofos naturalistas, encuéntranse conceptos y teorías que parecen inspirados en los libros de Letamendi. Recordemos, entre otras notables coincidencias de pensamiento, la -fórmula de la vida-, casi en iguales términos expuesta por D. José y por el biólogo francés Le Dantec. Hombres como Letamendi, cuando llegan á la madurez, renuévanse difícilmente. Cerebros en plena efervescencia, desbordantes de ideas, sólo saben producir. Arrastrados por el gusto y el poder de la creación, siguen de mala gana las lucubraciones de los otros. Á la manera de la larva, hilan casi exclusivamente el capullo de la invención con lo asimilado en la primera juventud. Entristece pensar que, á cierta edad, el mecanismo pensante está definitivamente construído. Ya no enseñan ni educan las nuevas lecturas; actúan á lo más como conmutadoras de pensamiento, y sugerentes de temas retóricos. Segregamos sin absorber. Fatigan las descripciones, embaraza la copiosidad de los hechos, molestan los detalles. Y, sin embargo, los hechos son necesarios. Como en el mito de Anteo, sólo recobramos la fuerza al afianzar nuestros pies sobre la tierra. ¡Suerte aciaga la de España! Casi todos sus hijos geniales se malogran ó rinden fruto inferior á sus potencialidades. Fáltales, unas veces, la placidez y serenidad de espíritu, gajes inestimables de la salud física y moral; otras, el valor y la entereza para desafiar sentimientos y prejuicios del ambiente; casi siempre, en fin, el trabajo metódico y disciplinado. * * * * * Con D. Alejandro San Martín, el afamado cirujano, uniéronme estrechos lazos de afecto y de grata intimidad. Nos veíamos casi diariamente en la famosa -peña- del Suizo (de ella hablaré más adelante), cuya presidencia ocupaba por el doble fuero de la antigüedad y del talento. Fué San Martín uno de los hombres más cultos, simpáticos y mejor educados que he conocido. Yo aprendí mucho con su conversación. Acaso por el contraste de nuestros caracteres hicimos siempre buenas migas. Á la ruda franqueza de mis juicios, oponía San Martín la ironía, el eufemismo y los temperamentos diplomáticos. «Me encantan los métodos jesuíticos», decíame una vez -ex abundantia cordis-. En su léxico faltaban vocablos tan corrientes, y á veces tan necesarios, como «ignorante, grosero, pedante, etcétera». Juzgando la picardía política ó la farsa científica, extremaba á veces tanto, acaso irónicamente, el -suaviter in modo...-; ponía en sus comentarios personales tales distingos y atenuaciones, que me impacientaba y casi me irritaba. Pero si en nuestras amistosas discusiones salía yo perdiendo, en el intercambio de ideas y sentimientos ganaba siempre. Merced á sus consejos y sobre todo á la habilidad y discreción de su conducta, conseguí atenuar un tanto esa desagradable é incivil inclinación á decir toda la verdad y á indignarme demasiado contra la injusticia. Confieso que en este punto, y no obstante las lecciones de la experiencia, hállome todavía muy lejos de la perfección. Temperamento reflexivo y laborioso, San Martín fué toda su vida infatigable estudiante. Como decía su condiscípulo el Dr. Cortezo, «D. Alejandro no fué nunca joven». En su lenguaje algo paradójico, lo reconocía él mismo, al decirnos: «Yo tuve la desgracia de ser modelo de alumnos sumisos y aplicados; no puede pedírseme, pues, nada extraordinario.» Adoraba la música, á la que consagraba casi todos sus ocios. Y, como la mayoría de los talentos de tipo auditivo, San Martín era orador, pero orador discursivo, vigoroso, lleno de recursos polémicos y de imágenes felices y pintorescas. Á su verbo afluente sólo perjudicaba cierto ligero titubeo en la pronunciación y algo de esa lentitud expositiva de que adoleció también Letamendi, nacida del empeño en hallar la frase justa y el argumento que, hiriendo á fondo el corazón del asunto, pasa rozando el corazón del adversario. En los -corps à corps-, su palabra tornábase singularmente ágil é intencionada. Acordándose, sin duda, del propio oficio, el escalpelo crítico se le convertía en bisturí. Pero ni aun en los transportes de la pasión olvidaba las buenas formas. Rajaba, inclemente, al adversario, mas adormeciéndole siempre con el cloroformo de la cortesía y del halago. Las vacilaciones del cirujano de San Carlos como filósofo (en el fondo era kantiano y algo escéptico), como político y hasta como científico, fueron objeto de censuras entre compañeros poco dados á estudiar caracteres complejos. Á mí, las fluctuaciones de D. Alejandro me lo hacían particularmente simpático. Revelaban estudio reflexivo y honradez de pensamiento. No duda el que quiere, sino el que puede. Sólo las cabezas sencillas, ó las ayunas de curiosidad filosófica ó científica, gozan del reposo y la fe. Al modo del aire en las cordilleras, en los espíritus elevados el pensamiento está en perpetua inquietud. Sabido es que, cuando se medita demasiado, la acción se vuelve tarda y premiosa; porque, antes de resolver, la razón debe recorrer largas vías asociativas, dar audiencia, según la frase de Bismarck, á numerosos pensamientos. Como Letamendi, y en más recientes tiempos el asombroso Unamuno, D. Alejandro gustaba mucho de la paradoja, una de las características del talento vasco, según Sánchez Moguel. Lejos estoy de censurar esta tendencia de ciertos espíritus selectos. Prescindiendo de su contenido ideal y ciñéndonos á sus efectos inmediatos, la paradoja representa un despertador mental de primer orden. Al choque de lo insólito, de lo inopinado, el sentido crítico, apoltronado por las rutinas de la diaria labor, reacciona vivamente. Y revélase en cada contradictor lo más íntimo, vivo y personal de la máquina nerviosa: la imaginación constructiva. Y el hombre pensante aparece. Porque, en realidad, los hombres sólo se nos revelan plenamente cuando les constreñimos á forjar bien ó mal una idea nueva ó un juicio improvisado; cuando, sorprendidos por la violencia anárquica de la paradoja, se ven desamparados de los andadores del sentido común y del comodín de las opiniones hechas, y deben construir en caliente y sobre la marcha una hipótesis personal. Tal me pareció ser la intención de las paradojas de don Alejandro. Estoy persuadido de que no creía en muchas de las que con tanto calor defendía; constituían, por punto general, ingenioso ardid destinado á prestar viveza y amenidad á los coloquios del café, y nobleza y animación á las controversias académicas. Por lo demás, San Martín fué un catedrático eminente y celoso, que ha dejado aventajados discípulos. De sus admirables dotes de investigador y maestro quedan testimonios elocuentes en numerosas monografías y folletos, amén de varios libros de texto. Entre sus trabajos de laboratorio descuellan, por la elegante originalidad del pensamiento, los experimentos de anastomosis arterio-venosa, encaminados á restaurar la circulación interrumpida en casos de aneurisma, -trombus- ó ateroma. Sentía verdadera pasión por nuestro renacimiento intelectual, y, por encima de todo, vibraba en él un patriotismo ardiente y de bonísima ley. Su conocimiento de varias lenguas europeas, permitíale renovarse de continuo, á cuyo fin, durante las vacaciones, visitaba los grandes focos científicos del extranjero. Por sus aptitudes para la política (figuraba en el partido liberal acaudillado por Moret) y su excelente preparación en materias pedagógicas, D. Alejandro San Martín alcanzó la cartera de Ministro de Instrucción pública. Según referiré más adelante, las circunstancias me permitieron contribuir algo á tan honrosa designación. Si la inestabilidad ministerial no fuera régimen normal de nuestra política, por seguro tengo que nuestro amigo habría desarrollado importantes iniciativas en materias docentes y corregido inveterados abusos. * * * * * Merecen también recuerdo de gratitud en estas páginas otros dos compañeros, con quienes, á causa de la diferencia de edades y de rumbo social, no llegué á tener intimidad. Aludo al caballeroso Marqués del Busto, profesor de Obstetricia, quien, deseando proteger el Laboratorio de Histología de San Carlos, le cedió durante muchos años, y hasta su muerte, sus emolumentos de Director de Clínicas; y al benemérito Dr. Calvo y Martín, catedrático de Operaciones, quien entusiasmado por mis modestos éxitos de investigador, y deseando serme útil, ofrecióme generosamente, con carácter vitalicio, habitación en una de sus casas, honrándome además con otras atenciones. No pude, sin embargo, aceptar el agasajo de mi simpático paisano, á causa de mi deseo de vivir cerca de la Facultad de Medicina (la casa ofrecida estaba en la calle de Isabel la Católica). Tales fueron, en suma, entre los compañeros ya desaparecidos para siempre, los que más influyeron en mí, ora con su apoyo oficial, ora con sus enseñanzas, y siempre con sus consejos y estimación. [Ilustración] CAPÍTULO XI Peligros de Madrid para el hombre de laboratorio. -- Tentaciones del diletantismo científico, literario y artístico. -- Mis oreos espirituales: paseos por los alrededores de Madrid, y la peña del Café Suizo. -- Nuevas investigaciones sobre la estructura del cerebro. -- Comienzo la publicación de mi obra de conjunto sobre la textura del sistema nervioso de los vertebrados. Madrid es ciudad peligrosísima para el provinciano laborioso y ávido de ensanchar los horizontes de su inteligencia. La facilidad y agrado del trato social, la abundancia del talento, el atractivo de las Sociedades, cenáculos y tertulias, donde ofician de continuo los grandes prestigios de la política, de la literatura y del arte; los variados espectáculos teatrales y otras mil distracciones, seducen y cautivan al forastero, que se encuentra de repente como desimantado y aturdido. En su vida hase operado radical metamorfosis: la abeja se ha convertido en mariposa, cuando no en zángano. La filosofía, el arte, la literatura, hasta la política y los deportes, tiran del alma con mil hilos invisibles y tenaces. Al obrero atareado, ha sucedido el ameno sibarita intelectual. Además, el instrumento cerebral forjado durante muchos años de soledad y recogimiento, se -desdiferencia- y embota cual herramienta tocada de orín: la especial mentalidad, traída del rincón provinciano, va poco á poco igualándose con la mentalidad de todo el mundo. Los callos se pierden y las manos se enguantan. Y el tiempo se va en admirar é imitar. En vano pretendemos hacer alto en la pendiente, abandonar resueltamente el camino de Sibaris ó de Atenas, retroceder, en fin, á los severos hábitos de antaño: movidos por el pundonor, llegamos hasta planear hermosos programas de acción. Mas, desgraciadamente, todo se malogra...--No queda tiempo para nada --exclamamos con amargura. Sin embargo, yo me propuse á todo trance cerrar los oidos al cántico de la sirena cortesana, y defender mi tiempo, trabajando tanto como en provincias. Y lo conseguí por fin, no sin provocar frialdades, ni impedir que se me aplicasen los epítetos de -hurón, estrafalario y orgulloso-. --«Pero quién conoce, quién trata, quién puede pedir un favor á Cajal» --exclamaba cierto clínico eminente en un corro de médicos, molesto acaso por no tener confianza bastante para hacerme determinada recomendación. Á mí me asombraba este juicio de los compañeros, y más aún que echaran á mala parte mi sistemático arrinconamiento. Sorprende, en efecto, que personas conocedoras y hasta celebradoras de mis modestos frutos de Laboratorio censurasen precisamente aquellos hábitos y cualidades morales, absolutamente indispensables para el logro de tales frutos. , , 1 , , , 2 , , , , . 3 4 , 5 , ; 6 , 7 , , 8 , 9 . 10 11 , , 12 : 13 14 [ : . . - - 15 . 16 - - , ; , ; , ; 17 , ; - - , - - , - - , - - , 18 . ] 19 20 . 21 , 22 , , - - , 23 , 24 , - - [ ] . : 25 , ; ; 26 27 , 28 , 29 - . 30 31 [ ] - - : , 32 . . 33 34 35 - - , , 36 , , , 37 . , 38 . 39 40 [ : . . - - 41 ( , , ) . 42 . - - - - , 43 ; 44 - - , ; - - , 45 ; - - , 46 , 47 ; - - , 48 ; - - , ; - - , 49 50 ; , ; , ; , 51 ; , ; , 52 ; , ; , . ] 53 54 . 55 ( 56 ) , - - , 57 , 58 ( . , - - , - - ) . 59 60 . - - , 61 62 , , - 63 , - ( . , - - , 64 - - ) . 65 66 . , , 67 , 68 ( . , 69 - - ) . 70 71 . 72 73 ( - - ) . , , 74 - - , 75 . 76 77 . 78 79 ( . , ) . 80 81 . , 82 , 83 , ( . , - - ) . 84 85 . 86 , . 87 88 , 89 , , , 90 , 91 , - - [ ] . 92 93 [ ] - - : 94 . - - , , , . 95 . 96 97 , , , , , , . , 98 . 99 100 101 - - . , 102 , 103 . 104 . 105 , , 106 , 107 , 108 , 109 . 110 111 , , . 112 . 113 ( , , , . ) 114 ; 115 . 116 , , 117 ¿ , , 118 , , , 119 , 120 ? ¿ , , 121 ( ) 122 ? 123 124 [ : . . - - 125 . - - 126 . , , , , , 127 . ] 128 129 , 130 , 131 132 , 133 [ ] . , 134 ( 135 ) , . 136 , , 137 138 [ ] . 139 . 140 , 141 , , . , 142 ( - 143 - ) , , 144 , , 145 . 146 , , : 147 - - ( - 148 - 149 ) ; - - 150 ; 151 , . , 152 , 153 . 154 155 [ ] - - : 156 ( - - ) . 157 . . 158 159 [ ] - - : 160 . - - , 161 . . 162 163 , , 164 165 . 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[ ] . 251 , . . , 252 . , . 253 , , 254 . 255 256 [ ] . , 257 , 258 . , 259 , , 260 , 261 . . , 262 . 263 . 264 , 265 , 266 . 267 , 268 . 269 270 , , 271 , 272 . 273 274 275 , , 276 , 277 , 278 : , , 279 280 ; , , 281 ( ) 282 . 283 284 , 285 , , , 286 , . 287 , 288 , 289 , 290 . 291 292 , , 293 , , 294 , 295 , 296 . 297 ; , 298 . , , 299 ; , , 300 , 301 . 302 , 303 - - 304 - - , 305 , , 306 - - , 307 . 308 309 310 311 312 [ ] 313 314 315 316 317 318 319 . - - , 320 . - - 321 , : , , 322 , , , . 323 324 325 , , , 326 . , 327 328 . 329 330 331 , . 332 333 334 [ ] . 335 , , 336 - 337 - , 338 , 339 . 340 341 . 342 343 [ ] 344 , 345 , , 346 , . 347 , , 348 , 349 , . 350 351 , 352 353 . 354 355 - - , , , , 356 , , , , , . , 357 . 358 359 , 360 , , . , 361 , , 362 363 : 364 . . . , 365 . . . 366 367 . ¡ 368 , 369 ! , 370 . 371 372 373 . , 374 , 375 . , 376 , , 377 , , 378 . 379 380 381 382 383 . 384 . 385 386 - . - . 387 388 , , , 389 , , , 390 391 . 392 . , 393 , , . 394 395 * * * * * 396 397 , , , 398 , 399 . , 400 [ ] , 401 - - , , 402 , , 403 . . 404 , 405 - - , 406 , 407 408 . 409 , 410 , 411 , , 412 , 413 . 414 415 [ ] . , , . 416 417 418 . 419 , , . 420 « » , . 421 , , 422 . 423 . , 424 . 425 426 . 427 , « » 428 . : 429 , 430 , . 431 432 . , , 433 , . 434 , . 435 « - - 436 - - ; , , 437 . » ¡ ! 438 439 , 440 . , , 441 ( ) , 442 , , , , , 443 , . , , 444 - 445 - , 446 . , 447 , [ ] , 448 , 449 , , 450 . 451 . . 452 453 ; , 454 . 455 456 [ ] . , , , 457 ; 458 . 459 460 * * * * * 461 462 . . 463 . , 464 , 465 , 466 , 467 . , , , 468 469 , 470 ; 471 . 472 , 473 , , , 474 . , 475 ; 476 477 . 478 479 . 480 , , 481 ; 482 ; 483 ( 484 , . 485 ) ; ; 486 , , . 487 488 489 , , , 490 . 491 , 492 , 493 , . 494 , , 495 , . 496 497 , . , 498 . 499 , 500 . 501 , , 502 , 503 : 504 , , 505 , , . 506 507 , : 508 , 509 , . 510 , - - , 511 , 512 , , 513 , . 514 ¡ , ! . . . 515 . , 516 , 517 . 518 519 . , 520 , , 521 ; 522 , , , 523 . 524 525 * * * * * 526 527 , 528 . 529 , , 530 . 531 532 . , , 533 - - . , 534 . , , 535 . 536 , . 537 , 538 , , , 539 [ ] . , . 540 , , 541 , , 542 . 543 544 [ ] 545 , ; 546 ; 547 , . 548 549 . 550 ; 551 . , , 552 , . 553 554 555 , , 556 , 557 . , 558 - 559 - , 560 . 561 . 562 - - 563 564 565 566 . 567 568 ¡ 569 , 570 , 571 ! . . . 572 , , , 573 . 574 575 ( , 576 . . , ) 577 , , 578 579 , 580 [ ] . 581 , , 582 , « » . 583 , ; 584 , 585 ; , 586 ; , 587 . 588 589 [ ] 590 , 591 592 , . 593 594 . 595 596 597 , . 598 , 599 . 600 , 601 . 602 603 604 . . 605 , 606 , 607 . 608 609 , , 610 . 611 612 , . 613 . 614 , 615 . 616 617 . 618 . , , 619 . 620 621 : 622 623 . 624 625 * * * * * 626 627 628 , . , , 629 . , 630 , 631 , , 632 . . 633 , 634 . , 635 ; . 636 ; 637 . 638 - - - - 639 . 640 . 641 : - 642 - , 643 , . 644 645 . , 646 , . 647 648 . 649 . ¡ , , 650 ! 651 652 653 . , 654 ; 655 ; 656 , , . 657 , ; 658 ; 659 660 , ; , 661 , , 662 . 663 664 * * * * * 665 666 667 . . 668 . 669 670 , 671 « » , , 672 673 - - , . 674 , ; 675 676 677 . « » , 678 , 679 . 680 681 , 682 . 683 , . , 684 , . 685 , , ; 686 , . 687 , 688 . ¿ , 689 , , 690 , ? 691 692 , 693 , 694 . , 695 , 696 . 697 : « » . 698 , : 699 « » ( 700 ) . 701 : « ¡ - 702 - ; ! » 703 , 704 : « 705 ; 706 707 . » , 708 , : « , 709 » , . , . 710 711 . . 712 . 713 , . 714 , 715 . 716 , , , 717 , 718 , 719 , , . 720 , . 721 722 723 . 724 ¡ , 725 , , 726 ! , , 727 , , . 728 729 , 730 . 731 , , 732 , « , 733 , » , 734 , 735 . , . 736 , , 737 . 738 739 , 740 , . ¿ , , 741 742 ? . 743 , , 744 . 745 , , 746 , , 747 . 748 . . . ¿ ? 749 750 751 « » , 752 753 . 754 , 755 : « ¡ , ! . . . 756 , 757 , 758 . » 759 760 , 761 , . 762 : . 763 , . 764 , 765 , « » 766 . 767 768 , 769 , 770 , . 771 [ ] . , 772 773 ; 774 , , 775 , 776 , , 777 . 778 . ¿ ? . , 779 780 . 781 782 [ ] , 783 784 . , 785 , - - , 786 . 787 . 788 789 , , 790 . , 791 , . 792 , . 793 , 794 . 795 , , 796 . ; 797 , 798 . . , 799 , . , 800 , . , 801 . 802 803 ¡ ! 804 . , 805 , , 806 ; , 807 ; , 808 , . 809 810 * * * * * 811 812 . , , 813 . 814 - - ( ) , 815 . 816 817 , 818 . . 819 . 820 , , 821 . « 822 » , - - . 823 , , 824 « , , , » . 825 , , 826 , - . . . - ; 827 , 828 . 829 830 , 831 . 832 , 833 834 . 835 , 836 , . 837 838 , 839 . . , 840 « . » . , 841 , : « 842 ; , , 843 . » 844 845 , . , 846 , , 847 , , 848 . 849 850 , 851 , 852 , . - 853 - , . 854 , , , 855 . 856 . , , , 857 . 858 859 ( 860 ) , 861 , 862 . , . 863 . 864 . , 865 . , 866 , . 867 , 868 . , , 869 ; , , 870 , , 871 , . 872 873 , , . 874 , 875 , . 876 . 877 , 878 . 879 , , , 880 , . 881 , : 882 . . , 883 , 884 885 ; , 886 , 887 , 888 . 889 890 . 891 892 ; , , 893 , 894 . 895 896 , , 897 . 898 899 , . 900 , 901 , - , 902 903 , - - . 904 , , , 905 . 906 , , , 907 , 908 . 909 910 ( 911 ) 912 , . 913 . , 914 915 . 916 , 917 918 . 919 920 * * * * * 921 922 923 , , 924 , . 925 , , , 926 , 927 , , ; 928 . , , 929 , 930 , , , 931 , 932 . , , 933 , 934 ( ) . 935 936 , , 937 , , , 938 , . 939 940 941 942 943 [ ] 944 945 946 947 948 949 950 . - - 951 , . - - 952 : , 953 . - - 954 . - - 955 . 956 957 958 959 . 960 , , 961 , , 962 , ; 963 , 964 , 965 . : 966 , . , 967 , , , 968 . , 969 . 970 971 , 972 , - - 973 : , 974 , 975 . . 976 . 977 978 , 979 , , , 980 : , 981 . , , 982 . . . - - - - 983 . 984 985 , 986 , , 987 . , , 988 - , 989 - . 990 991 - - « , , 992 » - - , 993 994 . 995 , 996 . , , 997 998 , 999 . 1000