de melancolía, al acusar amablemente recibo de mi obra en dos
volúmenes, -Degeneración y regeneración del sistema nervioso-.
Añadamos aún que autoridades tan prestigiosas como Retzius, v.
Lenhossék, Schiefferdecker, Edinger, Heidenhain, Verworn, Harrison,
etc., que asistieron de lejos, aunque con simpática atención, á los
incidentes del debate, adoptaron explícita ó implícitamente en sus
escritos la doctrina monogenista ó de la continuidad.
Huelga decir que la maltratada -concepción neuronal- salió de la
prueba fortalecida y subyugante. Lejos de hallar, según esperaban
sus adversarios, en el tema de la regeneración nerviosa insuperables
dificultades, encontró, por el contrario, nuevos argumentos, á cuya
luz no pocos fenómenos enigmáticos de la estructura y mecanismo
vegetativo del protoplasma nervioso recibieron inesperados
esclarecimientos.
[Ilustración: Fig. 124.--Corte de la médula espinal, ganglio raquídeo
y raíz anterior de un embrión de pollo de tres días. Adviértase que
todos los axones son continuos, partiendo de sendos neuroblastos.--
A, raíz anterior; B, ganglio raquídeo; -b-, -c-, neuroblastos
jóvenes.]
* * * * *
El otro trabajo aludido al principio del presente capítulo versó
sobre la -Génesis de los nervios y expansiones neuronales en el
embrión-[240]. Según era de presumir, conseguí corroborar, con ayuda
del nuevo método, todas las interesantes revelaciones hechas de 1890
con auxilio de la reacción cromo-argéntica. Y después de señalar é
impugnar errores de interpretación en que, engañados por técnicas
imperfectas, cayeron Balfour, Beard, Dorhn, Paton, Capobianco,
Fragnito, Besta, Pighini, O. Schültze, etc., logré sentar las
siguientes conclusiones:
[240] -Cajal-: Génesis de las fibras nerviosas del embrión y
observaciones contrarias á la teoría catenaria. -Trab. del Lab.
de Invest. biol.-, tomo IV, 1906.
-a-) Que el -axon- representa constantemente una prolongación
primaria del -neuroblasto- ó célula nerviosa embrionaria, según
descubrió His y confirmamos nosotros, Lenhossék, Kölliker,
Harrison, etc. (fig. 124, A, -a-).
-b-) Que todas las vías nerviosas primeramente aparecidas,
desde el tercer día de la incubación en el pollo, en el eje
cerebro-raquídeo, constan exclusivamente de axones continuos sin
el menor rastro de núcleos ni de cadenas celulares.
-c-) Que asimismo faltan dichas cadenas celulares en los nervios
ó vías nerviosas extracentrales, siendo escasísimos al principio
los núcleos de origen mesodérmico (del tercero al cuarto día de
la incubación) intercalados en ellas.
-d-) Que el nervio óptico carece al principio de todo núcleo
intercalar.
-e-) Que las dendritas se forman posteriormente al axon,
resultando del estiramiento en direcciones múltiples del
protoplasma neuroblástico, y no por aposición de materia
indiferenciada ni por fusión de series celulares.
-f-) Que las -neurofibrillas- se diferencian primeramente en la
porción del neuroblasto donde surge el -cono de crecimiento-,
extendiéndose después á lo largo del axon rudimentario y
modelando dentro del cono mismo una especie de pincel ó paquete
fusiforme.
-g-) Que algunos axones, durante su marcha al través de los
tejidos, exhiben una -maza terminal- ó hinchazón olivar libre,
semejante á la peculiar de las fibras nerviosas en vías de
regeneración (más adelante interpretamos estas tumefacciones
finales como -conos de crecimiento- de axones extraviados é
hinchados por detención en su marcha) (fig. 125, -a-).
Omitimos aquí la enumeración de muchos datos referentes á las
metamorfosis del armazón neurofibrillar de las neuronas, al
crecimiento y complicación estructural de los nervios, á la
aparición de las terminaciones nerviosas sensoriales (retina y
aparato acústico), á la diferenciación de las neuronas de los
ganglios raquídeos, etc., etc.
Un resumen de estas investigaciones (confirmadas en principio por
Held, según veremos más adelante) fué comunicado á la -Sección
anatómica del Congreso internacional de Medicina- celebrado en Lisboa
en Abril de 1906.
Ardía yo en deseos de ensayar la nueva fórmula en el análisis de
las -degeneraciones y regeneraciones de las vías centrales-, tema
sobre el cual habíanse publicado infinidad de monografías (Eichorst,
Stroebe, Schiefferdecker, Kahler, Homen, Lowenthal, Ziegler, Coën,
Barbacci, Lugaro, Nageotte, etc.).
[Ilustración: Fig. 125.--Fibras nerviosas del trigémino marchando
libremente al través del mesodermo. Repárese en la ausencia de
cadenas celulares.-- -a-, botón de crecimiento; -b-, bifurcación.
(Embrión de pollo á los tres días y medio de la incubación.)]
Aunque con algunas variantes de apreciación, casi todos los autores
convenían en que es imposible la regeneración de la -substancia
blanca- de la médula espinal, cerebro, cerebelo, etc., acaso por
ausencia de elementos orientadores ó -células de Schwann-. Mis
observaciones, recaídas en el -nervio óptico y médula espinal-,
confirmaron en principio la precedente conclusión; pero demostraron
también que la irregenerabilidad no es ley fatal é ineluctable, sino
resultado secundario de ambiente químico desfavorable al crecimiento
de los retoños. En el cabo central de los axones cortados prodúcense
también -mazas- y -botones de crecimiento- que penetran en la
cicatriz; de estos conos emanan á veces proyecciones secundarias
prolijamente subdivididas. Mas, en virtud de causas desconocidas,
días después de la lesión, los brotes axónicos recién formados se
marchitan sin cruzar la cicatriz, acabando por reabsorberse.
Durante el año de 1907 dí también á la estampa otras monografías,
sobre cuyo contenido no puedo insistir aquí. Citemos un trabajo
efectuado con la colaboración de Rodríguez Illera[241] sobre la
-estructura comparada del cerebelo-; otro concerniente al -aparato
reticular interno de Golgi-Holmgren-[242], teñido mediante cierta
variante especial del método del nitrato de plata reducido;
algunas -notas microfotográficas-[243] con la descripción de
aparatos destinados á la proyección cinematográfica de copias de
preparaciones espesas ó de planos múltiples; cierta exploración
sobre la -regeneración y degeneración- de las fibras del cerebro y
cerebelo[244] (descubrimiento de la llamada -bola de retracción-
del cabo central del axon y de otros curiosos fenómenos); algunas
-nuevas fórmulas de fijación-[245] -destinadas á la técnica de las
impregnaciones argénticas-; y, en fin, dos artículos de carácter
polémico publicados en el -Anatomischer Anzeiger-.
[241] -S. R. Cajal- y -R. Illera-: Quelques nouveaux details sur
la structure de l’écorce cérébelleuse. (Avec 9 gravures). -Trab.
del Lab. de Invest. biol.-, tomo V, 1907.
[242] -Cajal-: L’appareil réticulaire de Golgi-Holmgren coloré
par le nitrate d’argent. -Trab. del Lab. de Invest. biol.-, tomo
V, 1907.
[243] -Idem-: Notes microphotographiques. (Avec 6 gravures).
-Trab. del Lab. de Invest. biol.-, tomo V, 1907.
[244] -Idem-: Note sur la dégénérescence traumatique des fibres
nerveuses du cervelet et du cerveau. (Avec 4 gravures). -Trab.
del Lab. de Invest. biol.-, tomo V, 1907.
[245] -Idem-: Quelques formules de fixation destinées à la
méthode du nitrate d’argent. -Trab. del Lab. de Invest. biol.-,
tomo V, 1907.
Constituye el primero[246] ardoroso y razonado alegato en favor de
la concepción neuronal de His y Forel, apoyado sobre imponente masa
de pruebas concordantes deducidas del proceso de la neurogénesis
y del mecanismo de la regeneración de los nervios. En el segundo
artículo[247], publicado simultáneamente en Alemania y España, se
responde á cierta crítica gratuita de H. Held, defensor de la vieja
y abandonada teoría de Hensen, y se comunican significativas y
convincentes observaciones sobre la -evolución de los neuroblastos-
y la -diferenciación neurofibrillar-. Acerca de este último trabajo,
bastante rico en hechos originales, diremos algo más adelante.
[246] -Cajal-: Die histogenetischen Beweise der Neuronentheorie
von His und Forel. Mit. 24 Abbild. -Anat. Anzeiger.- Bd. XXX,
1907.
[247] -Idem-: Nouvelles observations sur l’évolution des
neuroblastes avec quelques remarques sur l’hipothèse
neurogénétique de Hensen-Held. (Avec 16 gravures). -Trab. del
Lab. de Invest. biol.-, tomo V, 1907, y -Anat. Anzeiger.- Bd. 37,
1908.
[Ilustración]
CAPÍTULO XX
Durante el bienio de 1905-1906, soy favorecido por honores y
recompensas extraordinarios. -- La medalla de oro de Helmholtz
y el premio Nobel. -- Felicitaciones y agasajos a granel. --
Inconvenientes de la celebridad. -- Mi viaje á Estocolmo:
ceremonias, festejos y discursos. -- Miseria de nuestra
representación diplomática. -- Moret, que tuvo siempre para
mí benevolencias inmerecidas, pretende hacerme ministro. --
Asombro de los vividores de la política al saber que rechazaba
tan codiciado honor. -- Tras del Domingo de Ramos, vino, según
temía, mi semana de pasión. -- Mordeduras de la emulación y del
despecho: mis polémicas con Apáthy y Held.
En Febrero de 1905 recibí gratísima nueva. En recompensa de mis
modestos trabajos científicos, una de las Corporaciones científicas
más prestigiosas del mundo, la -Real Academia de Ciencias- de Berlín,
por acuerdo tomado á fines de 1904, tuvo la bondad de adjudicarme
la -medalla de oro de Helmholtz-. Llegóme tan lisonjera noticia por
atento oficio del Ministro de Estado, acompañado de la comunicación
oficial de la Embajada alemana en Madrid[248]. Pocos días después
transmitíame esta Embajada, además del Reglamento de la Institución
del premio Helmholtz, dos enormes medallas: una de oro, de peso de
620 gramos, y otra de cobre, copia de la anterior. Según muestra el
grabado adjunto, en el anverso aparece la efigie del genial físico
alemán, y en el reverso la inscripción: -Ramón y Cajal. Año de 1904-.
[248] La comunicación oficial de la Academia lleva la fecha de 26
de Enero de 1905.
Al pronto no me dí cuenta cabal de la importancia y alcance de tan
honorífica distinción. Adquiridos antecedentes por la lectura del
citado Reglamento, quedé pasmado al saber que la susodicha medalla
se otorgaba cada dos años al autor que hubiere dado cima á más
importantes descubrimientos en cualquiera rama del saber humano. Con
asombro y rubor leí la lista de los laureados.
Instituída la medalla en 1892, en vida del ilustre físico alemán, fué
adjudicada nada menos que á E. du Bois Reimond, Weierstrass, Robert
Bunsen y Lord Kelvin. Y fallecido Helmholtz, siguió otorgándose á
sabios del siguiente calibre: en 1898, á R. Virchow; en 1900, á Sir
C. G. Stockes; en 1906, á H. Becquerel; en 1908, á E. Fischer; en
1910, á J. H. van Hoff; en 1912, á Schevendener...; todos lumbreras
de la ciencia, investigadores y creadores geniales. Avergonzado
estaba de verme intercalado en esta serie de gloriosos iniciadores
científicos con la medalla de 1904.
Sin extremar la modestia hasta considerarme exento de merecimientos
--lo que constituiría agravio para la doctísima Academia berlinesa--
séame lícito sospechar que en la propuesta de 1904 entró por mucho
el cordial afecto y sincera estimación de mi ilustre amigo el Dr.
Waldeyer, firmante, á título de -Secretario de la Presidencia-, de la
mencionada comunicación académica.
[Ilustración: Fig. 126.--Anverso de la gran medalla de Helmholtz.]
[Ilustración: Fig. 127.--Reverso con el nombre del recipiendario.]
Divulgada la noticia por la Prensa, que la aderezó con generosos y
espirituales elogios, tuve que hacer frente al inevitable alud de
felicitaciones y mensajes congratulatorios, desde el enviado en
nombre de S. M. el Rey por su Secretario Sr. Merry del Val, hasta los
recibidos de las más humildes Corporaciones populares. Todos fueron
cordialmente agradecidos[249].
[249] Mención especial merecen, entre otros obsequios, la
artística -placa conmemorativa-, ofrendada por los alumnos de
la Facultad de Medicina de Madrid (26 de Enero de 1905), adorno
que vino á hacer -pendant- en mi despacho á otra preciosa joya
de la orfebrería catalana con que me agasajó en 1904 la Academia
Médico-farmacéutica de Barcelona.
Transcurridos algunos meses, y cuando el ánimo reposado y tranquilo
volvía á saborear las dulzuras y sorpresas del trabajo concentrado y
silencioso, cierta mañana de Octubre de 1906 sorprendióme, casi de
noche, cierto lacónico telegrama expedido en Estocolmo y redactado en
alemán. El texto decía solamente:
-Carolinische Institut verliehen Sie Nobelpreiss.-
Firmaba mi simpático colega Emilio Holmgren, Profesor de la Facultad
de Medicina. Poco después llegó otro telegrama de felicitación de
mi entrañable amigo el profesor G. Retzius. En fin, transcurridos
algunos días, obraba en mi poder la comunicación oficial[250] del
-Real Instituto Carolino- de Estocolmo, Corporación á cuyo cargo
corría la adjudicación del premio Nobel para la -Sección de
Fisiología y Medicina-. Aparte la honra inestimable que se me hacía,
el citado premio tenía expresión económica nada despreciable. Al
cambio de entonces, equivalía en especies sonantes á unos 23.000
duros. La otra mitad fué muy justamente adjudicada al ilustre
Profesor de Pavía Camilo Golgi, creador del método con el cual dí yo
cima á mis descubrimientos más resonantes.
[250] He aquí el texto del documento, redactado, por cierto
en limpio castellano: «El -Instituto Carolino de Medicina y
Cirugía-, que en virtud del testamento otorgado el día 27 de
Noviembre de 1894 por D. Alfredo Nobel, está facultado para
recompensar, con el premio fundado por el citado señor, el
descubrimiento científico más importante que durante los últimos
tiempos haya venido á enriquecer la Fisiología y la Medicina, ha
acordado el día de la fecha conceder á D. Santiago Ramón y Cajal
la mitad del premio correspondiente al año de 1906, en atención á
sus meritorios trabajos sobre la estructura del sistema nervioso.
Estocolmo, 25 de Octubre de 1906. El Claustro de Profesores del
-Instituto Carolino de Medicina y Cirugía-.»
Si la -medalla de Helmholtz-, galardón puramente honorífico, causóme
halagüeña impresión, el famoso premio Nobel, tan universalmente
conocido como generalmente codiciado, prodújome sorpresa mezclada
con pavor. Interpretando á la letra el Reglamento de la -Institución
Nobel-, parecía imposible otorgar el premio por la Sección de
Medicina y Fisiología á los histólogos, embriólogos y naturalistas.
Además, hasta entonces habíase solamente adjudicado á bacteriólogos,
patólogos y fisiólogos.
Ante la perspectiva de felicitaciones, mensajes, homenajes, banquetes
y demás -sobaduras- tan honrosas como molestas, hice los primeros
días heroicos esfuerzos por ocultar el suceso. Vanas fueron mis
cautelas. Poco después, la Prensa vocinglera lo divulgó á los cuatro
vientos. Y no hubo más remedio que subirse en peana y convertirse
en foco de las miradas de todos. ¡Cuánto hubiera dado yo por poseer
uno de esos secretos burladeros que, con el nombre de -vedados ó
fincas de caza- (desperdigados por los breñales de Torrelodones ó El
Escorial), constituyen recurso supremo de nuestros políticos ante los
asaltos de la pública curiosidad! Por desgracia, careciendo de las
aficiones cinegéticas de D. Antonio Maura ó del Conde de Romanones,
tuve que entregarme indefenso á los homenajes más ó menos sinceros y
protocolarios de Corporaciones é individuos.
[Ilustración: Fig. 128.--Una de las hojas artísticamente miniadas
del diploma del premio Nobel, con las firmas de los profesores del
Instituto Carolino.]
Metódica é inexorablemente se desarrolló el temido programa
de agasajos: Telegramas de felicitación; cartas y mensajes
congratulatorios; homenajes de alumnos y profesores; diplomas
conmemorativos; nombramientos honoríficos de Corporaciones
científicas y literarias; calles bautizadas con mi nombre en ciudades
y hasta en villorrios; chocolates, anisetes y otras pócimas,
dudosamente higiénicas, rotuladas con mi apellido; ofertas de
pingüe participación en empresas arriesgadas ó quiméricas; demanda
apremiante de pensamientos para álbums y colecciones de autógrafos;
petición de destinos y sinecuras...; de todo hubo y á todo debí
resignarme, agradeciéndolo y deplorándolo á un tiempo, con la sonrisa
en los labios y la tristeza en el alma[251]. En resolución, cuatro
largos meses gastados en contestar á felicitaciones, apretar manos
amigas ó indiferentes, hilvanar brindis vulgares, convalecer de
indigestiones y hacer muecas de fatigada satisfacción. ¡Y pensar
que yo, para garantizar la paz del espíritu y huir de toda posible
popularidad, escogí deliberadamente la más obscura, recóndita y
antipopular de las ciencias!...
[251] No todos los agasajos se redujeron á corteses enhorabuenas
y á efímeras efusiones de banquetes conmemorativos. Algunos
homenajes tuvieron valor material positivo, aparte su alta
significación espiritual. Recordemos la gran -medalla de oro-,
esculpida por el genial artista Mariano Benlliure, costeada
por suscripción entre los alumnos, profesores de San Carlos y
muchos médicos de Madrid; el -magnífico Álbum-, verdadera joya
de arte, avalorado con primorosas acuarelas, ofrecido por todas
las Corporaciones y fuerzas vivas de la cultísima Valencia; el
-diploma honorífico-, admirablemente decorado, remitido por los
médicos españoles de Buenos Aires, los cuales, deseosos además
de colaborar materialmente en alguna de mis investigaciones
científicas, abrieron suscripción pública para costear la
publicación de uno de mis libros (de esta obra, publicada en
1910, trataremos más adelante), etc.
Excusado es decir cuán vivo agradecimiento guardo de todos esos
y otros generosos regalos, que conservo orgulloso, no sólo como
testigos de mi buena estrella, sino del fervoroso patriotismo
de muchos excelentes españoles de aquende y allende el mar, los
cuales, inspirados en nobilísima solidaridad espiritual, estiman
como propia toda honra rendida por el extranjero á uno de sus
hermanos.
[Ilustración: Fig. 129.--Anverso de la medalla Nobel.]
[Ilustración: Fig. 130.--Reverso con una alegoría de la Medicina.]
No incurramos, sin embargo, en exageraciones que en el caso actual
pudieran sonar á ingratitudes. Ni es lícito extremar los fueros
del egoísmo. Fuerza es reconocer que los honores rendidos á los
hombres que, por algún concepto persiguieron el enaltecimiento de
su patria, son éticamente bellos y eficazmente ejemplares: brotan
de sentimientos de solidaridad y gratitud harto nobles para ser
vituperables. Toda alma bien nacida debe agradecerlos y rememorarlos.
Pero las gentes latinas somos extremosas en todo. En contraste con la
moderación y frialdad de los pueblos del Norte, carecemos del sentido
de la medida. Y lo que comenzó por ser ofrenda acariciadora, acaba
por resultar importunidad mortificante. En España --y díganlo si no
los Echegaray, los Galdós, los Benavente, los Cávia y otros muchos
justamente homenajeados--, para salir con bien de los obsequios y
agasajos de amigos y admiradores, hay que tener corazón de acero,
piel de elefante y estómago de buitre. Al dulzor de los primeros
momentos síguese cierta apacible amargura. Al modo de la amistad
vehemente y ruda, entre nosotros la fama estruja al acariciar: besa,
pero oprime. Nos arrebata las suavidades del hábito; turba la paz
del espíritu; coarta el sacrosanto albedrío, convirtiéndonos en
blanco de impertinentes curiosidades; hiere la humildad, obligándonos
de continuo á pensar y hablar de nosotros; y, en fin, altera la
trayectoria de nuestra vida, torciéndola en caprichosos é inútiles
meandros.
Á fuer de sincero, debo confesar algo que acaso haga sonreir
irónicamente al lector. Como insinué hace poco, el premio Nobel
prodújome más miedo que alegría. Medallas, títulos, condecoraciones,
son distinciones relativamente toleradas por émulos y adversarios.
Pero ¡un gran premio pecuniario!... La honra opulenta es algo
irritante y difícilmente soportable.
Hay, por otra parte, un gran fondo de verdad en el dicho vulgarísimo
de que la adversidad sigue á la ventura como la sombra al cuerpo.
Ambas parecen, en efecto, constituir fases alternativas de la
irremediable oscilación del humano destino. Y no por la influencia
de los quiméricos hados, sino porque la fortuna excesiva tiene la
nefasta virtud de cambiar los sentimientos de los hombres. Ya lo
dijo Séneca --y perdóneseme la pedantería-- en forma insuperable:
«Conforme crece el número de los que admiran, crece el de los
que envidian. Puse todo mi empeño en levantarme sobre el vulgo,
haciéndome notable por alguna particular cualidad, y no conseguí sino
exponerme á los tiros de la envidia y descubrir al odio la parte en
que podía morderme.»
¿Cómo tomarán --me decía-- mis contradictores extranjeros los dones
de mi buena estrella? ¿Qué dirán de mí todos esos sabios cuyos
errores tuve la desgracia de poner en evidencia? ¿Cómo justificar
á los ojos de tantos preclaros investigadores preteridos, cuyos
superiores merecimientos me complazco en reconocer, las preferencias
del Instituto Carolino? En fin, y volviendo los ojos á nuestra
querida España, ¿qué haría yo para consolar á ciertos profesores
--algunos paisanos míos--, para quienes fuí siempre una medianía
pretenciosa, cuando no un mentecato trabajador? Porque --¡doloroso
es reconocerlo!-- los mayores enemigos de los españoles, son los
españoles mismos.
Luego veremos que mis recelos estaban justificados y que los
disgustos comenzaron ya durante mi estancia en la capital de Suecia.
Y no ciertamente á causa de los sabios suecos, modelo de cortesía y
buen sentido, sino del extraño carácter del copartícipe del premio,
una de las personas más engreídas y endiosadas que he conocido.
Pero, descartando comentarios prematuros, digamos algo de mi viaje.
Ordenan los Estatutos de la -Institución Nobel- que los laureados
concurran personalmente á la solemne ceremonia del reparto de
los premios, que se celebra todos los años el 10 de Diciembre,
aniversario de la muerte de Alfredo Nobel, y que, además, expliquen
y demuestren, en conferencia pública, lo más esencial de sus
descubrimientos científicos. Si á nuestro ilustre Echegaray y al
altísimo poeta italiano Carducci, fuéles dispensado el viaje, en
atención á su avanzada edad, yo no pude ni debí sustraerme á la
costumbre, que significa además obligado y cortés testimonio de
gratitud al Patronato de la Institución Nobel y á la generosidad del
pueblo escandinavo.
Púseme, pues, en marcha, y llegué á Estocolmo el 6 de Diciembre, días
antes del comienzo de las fiestas. Después de abrazar efusivamente
á mis buenísimos amigos y colegas del -Instituto Carolino-, Dr.
Retzius, G. Holmgren y H. Henschen, fuí presentado al célebre C.
Golgi, mi compañero de premio, y á los demás profesores laureados
llegados de Francia é Inglaterra. Eran éstos J. G. Thomson, á
quien se adjudicó el -premio de Física-, por sus penetrantes
investigaciones acerca de la naturaleza de la electricidad, y H.
Moissan, que recibió el -premio de Química-, en consideración á su
invención del horno eléctrico y á sus trabajos sobre el fluor. Dejo
apuntado ya que el famoso G. Carducci, recipiendario del -premio de
la Poesía-, excusó su ausencia por enfermo. En fin, el -premio de la
Paz- fué otorgado al americano Teodoro Roosevelt. Importa consignar,
en descargo del circunspecto pueblo sueco, que tan extraña decisión
fué tomada por el -Storthing- noruego, á quien, según cláusula
del testamento Nobel, incumbe conferir el -premio de la Paz-. ¿No
es el colmo de la ironía y del buen humor convertir en campeón
del pacifismo al temperamento más impetuosamente guerrero y más
irreductiblemente imperialista que ha producido la raza yanqui?
La ceremonia de la adjudicación de los premios fué una fiesta pomposa
y de altísima idealidad. Celebróse, según costumbre, en el gran salón
de la -Real Academia de Música-, adornado al efecto con el busto de
Nobel, rodeado de flores. Sobre el estrado presidencial veíanse las
banderas y emblemas de Suecia y de las naciones á que pertenecían
los laureados. Presidió S. M. el Rey, acompañado de los Príncipes y
Princesas, con su brillante séquito, y asistieron el Gobierno, el
Cuerpo diplomático, los descendientes de la familia Nobel, altos
funcionarios palatinos y militares, representación de las Cámaras
suecas y del Ayuntamiento de la ciudad, profesores y alumnos de la
Universidad y, en fin, numerosas y elegantísimas damas.
Inició la fiesta el profesor Törnebladh, miembro del -Patronato
Nobel-, con un noble discurso, en el cual, después de trazar la
historia de la fundación del premio, hizo un elogio caluroso de
la ciencia, que coronó repitiendo la conocida máxima de Pasteur:
«-La ignorancia separa á los hombres, mientras que la ciencia los
aproxima-.»
Los diplomas y medallas fueron entregados personalmente por S. M.
el Rey, que proclamó los candidatos. En cada caso, el Presidente
de la Academia promotora de la propuesta elogió en breve y sentida
oración los méritos del recipiendario. Según era de presumir, el
discurso encomiástico de los laureados de -Fisiología y Medicina-
corrió á cargo del ilustre Conde de Mörner, Presidente del -Instituto
Carolino-.
Días después, comenzaron las conferencias de los candidatos
premiados. En el día prefijado para la mía, y ante público selecto
é imponente, expuse lo más esencial de mi labor de investigador,
ateniéndome estrictamente á los hechos y á las inducciones
naturalmente surgidas de los mismos. Conforme á mi costumbre, y á fin
de hacerme entender hasta de los profanos, hice uso de gran número de
cuadros policromados de grandes dimensiones. Mi lección fué, según
creo, del agrado del público. En todo caso, mereció benévolos elogios
de los periódicos de la localidad.
De acuerdo con los precedentes, el texto de todas las conferencias
fué publicado semanas después en lujosísimo volumen, adornado con
bellísimos emblemas en colores, con la copia de las medallas, los
retratos de los laureados, y enriquecido además con los sendos
discursos de presentación de los padrinos y del representante oficial
del -Patronato Nobel-[252].
[252] Este elegante libro se titula: -Les prix Nobel en 1906-.
Una tirada aparte de mi discurso, con magníficas copias de los
cuadros murales, fuéme regalada por el Patronato Nobel. Diversas
Revistas científicas la insertaron, singularmente los -Archivio
di Fisiologia-, del Dr. G. Fano, vol. V, fasc. 1, Firenze, 1908.
Impórtame hacer constar que en la susodicha conferencia hice de
mi compañero el profesor C. Golgi el elogio cordial imperiosamente
exigido por la justicia y la cortesía. No procedió con igual
hidalguía el sabio italiano al pronunciar su lección sobre -La
doctrine des neurones-. Contra lo que todos esperábamos, trató en
ella, más que de puntualizar los valiosos hechos descubiertos por él,
de sacar á flote su casi olvidada -teoría de las redes intersticiales
nerviosas-.
Estaba en su derecho al escoger el tema de su lección. Lo malo fué
que al defender su estrafalaria lucubración --que pudo disculparse
en 1886, cuando los datos básicos de la conexión interneuronal no
habían sido señalados--, hizo gala de un orgullo é injusticia tan
inmoderados, que produjeron deplorable efecto en la concurrencia.
Ni por incidencia siquiera aludió á los casi innumerables trabajos
neurológicos aparecidos fuera de Italia, y aun en Italia misma,
desde la remota fecha de su obra magna sobre la -fina estructura del
sistema nervioso-. Para el anatómico de Pavía, ni Forel, ni His,
ni yo, ni Retzius, ni Waldeyer, ni Kölliker, ni van Gehuchten, ni
v. Lenhossék, ni Edinger, ni mi hermano, ni Tello, ni Athias, ni
siquiera su compatriota Lugaro, habíamos añadido nada interesante
á sus hallazgos de antaño. Por lo mismo, se creyó dispensado de
rectificar ninguno de sus viejos errores teóricos. La ciencia
había sido definitivamente fijada, gracias á la infalibilidad
del sabio italiano, en el año de gracia de 1886, época dichosa
en que se definió y divulgó el dogma intangible de la moderna
neurología. Huelga decir que en sus dibujos y descripciones del
cerebro, cerebelo, médula, asta de Ammon, etc., no aparecía ninguna
de las disposiciones señaladas por mí y confirmadas por todos
los autores; y cuando se columbraba alguna era artificiosamente
disfrazada y falseada, á fin de adaptarla, -velis nolis-, á sus
caprichosas concepciones. El noble y discretísimo Retzius estaba
consternado; Holmgren, Henschen y todos los neurólogos é histólogos
suecos contemplaban al orador con estupefacción. Y yo temblaba de
impaciencia al ver que el más elemental respeto á las conveniencias
me impedía poner oportuna y rotunda corrección á tantos vitandos
errores y á tantos intencionados olvidos.
No he comprendido jamás á esos extraños temperamentos mentales,
consagrados de por vida al culto del propio -yo-, herméticos á
toda novación é impermeables á los incesantes cambios sobrevenidos
en el medio intelectual. Para que, dentro de lo humano, semejante
actitud fuera conciliable con el criterio del interés personal, sería
preciso que el progreso se paralizara, que los sabios renunciaran al
privilegio de la crítica y que el nivel mental de los investigadores
descendiera tan bajo, que el talento ensoberbecido, en virtud de
sugestión irresistible, impusiera dogmáticamente á todo el mundo sus
visiones personales. Mas como imaginar todo esto es desposarse con
el absurdo, no concibo, repito, á menos de apelar a la psiquiatría
en busca de expresiones adecuadas, la psicología de los susodichos
temperamentos.
Por lo demás, harto prevista tenía yo la referida contrariedad,
desde el punto y hora en que supe cuál era mi compañero de premio. Y
ello contribuyó no poco á que la noticia me causara más amargura que
satisfacción. Porque si hay un histólogo en Italia de quien jamás
haya recibido un franco testimonio de estimación ó de justicia, es el
sabio de Pavía[253]. ¡Cruel ironía de la suerte, emparejar, al modo
de hermanos siameses unidos por la espalda, á adversarios científicos
de tan antitético carácter!
[253] Este juicio, que acaso parezca harto severo, palidece al
lado del de varios anatomo-patólogos é histólogos italianos, á
quienes he oído cosas peregrinas sobre la dictadura universitaria
ejercida por el sabio lombardo y sobre las amarguras de los
candidatos al profesorado, poco dispuestos á aceptar sin crítica
los dogmas del maestro.
La misma olímpica altivez y pretencioso empaque mostró mi compañero
en su brindis del banquete oficial. Esta fiesta solemne fué ofrecida
por los miembros de la Institución Nobel, y á ella asistieron
los Príncipes y magnates, el Cuerpo diplomático y distinguidas
representaciones de las Corporaciones populares y académicas. (Por
cierto que S. M., muy amable conmigo, me recordó sus viajes por
Andalucía, é hizo gentiles elogios de las bellezas de España y del
carácter de sus naturales).
Á la hora de los brindis, hablaron muy discreta y elocuentemente
algunos Ministros, los ilustres Presidentes de las -Academias- y
de la -Institución Nobel- y los representantes de los países á que
pertenecían los pensionados (menos el encargado de la Legación de
España, que excusó su asistencia). En mi honor el profesor Sundberg
pronunció en francés un -toast- amabilísimo. Y después, en sendos
discursos de gracias, brindamos cortésmente todos los laureados.
Creo que no desentoné en aquel concierto de afable cortesanía y
gentil confraternidad. En mi breve discurso, pronunciado en francés,
puse especial empeño en consagrar sentido recuerdo á investigadores
preclaros, tan merecedores ó más que Golgi y yo del honroso galardón.
He aquí el texto, que reproduzco para los aficionados á la oratoria
oficial, por necesidad ceremoniosa y ritualista.
Mesdames et Messieurs: Ces moments de profonde émotion ne
sont pas les plus favorables pour extérioriser les sentiments
que j’éprouve devant une aussi brillante assemblée et dans
une aussi solennelle occasion. Je me bornerai donc tout
simplement à exprimer à l’-Institut Carolin-, ma profonde
gratitude pour l’honneur extraordinaire qu’il m’a fait en me
décernant, conjointement avec l’illustre Golgi, le -prix Nobel
de Physiologie et de Médecine-. Je dois aussi remercier de tout
mon cœur les bienveillantes et généreuses paroles que le savant
president de cette Corporation vient de m’adresser en son très
eloquent toast.
Les découvertes scientifiques sont presque toujours le résultat
de l’ambiance intelectuelle. C’est un labeur collectif dans
lequel il est souvent difficile d’attribuer le mérite à un savant
déterminé. L’-Institut Carolin-, s’inspirant d’un grand sentiment
de justice et d’équité, a bien voulu qu’un des copartageants du
prix Nobel pour la Physiologie et la Médecine soit l’illustre
Golgi, le prestigieux maître italien, qui, par l’invention
de très importantes méthodes de recherche et par l’esprit
d’observation scrupuleuse et exacte, a le plus contribué à la
connaissance de la fine structure et du mécanisme fonctionnel des
centres nerveux. Néanmoins, d’autres savants ont aussi collaboré
très activement à l’œuvre commune, et si vous trouvez dans le
réglement de l’Institution Nobel une borne infranchissable à
votre générosité et à vos sentiments d’équité, je croirais,
moi, commettre une grave injustice si je ne rappellais pas à
cette heure, les noms glorieux de His, le génial et regretté
embryologue de Leipzig; de Forel, le savant naturaliste et
neurologue suisse; de v. Kölliker, le vénérable maître, le Nestor
de la micrographie à qui la mort seule pût faire cesser le combat
qu’il livrait à la nature vivante à la quelle il a arraché tant
de secrets; de Ehrlich, Marchi et de Weigert, createurs des
importantes méthodes de recherches neurologiques. Je n’oublie pas
non plus la légion de jeunes et brillants professeurs tels que v.
Lenhossék, Dogiel, Lugaro, v. Gehuchten, Held, Edinger, Fusari,
L. Sala, Holmgren, etc., etc.; enfin, l’un de vos chercheurs
des plus feconds et infatigables, l’illustre anthropologue,
histologue et embryologue, auquel l’anatomie comparée du système
nerveux est redevable de grandes et positives conquêtes: j’ai
nommé --vous l’avez tous deviné sans doute-- le Professeur de
Stockholm, G. Retzius.
Tous ces savants, méritent également le grand honneur que je suis
heureux de partager aujourd’hui avec le maître de Pavie, parce
que, outre leurs recherches originales, tous ont contribué à
suggérér, préparer et developper plusieurs points importants de
mes modestes découvertes.
Je finis en levant mon verre pour proposer un toast à la
confraternité des hommes de science, en faisant des vœux pour
qu’en dépit des préjugés de nationalité ou d’école, et en
s’inspirant tous du haut et généreux exemple du grand savant
Nobel, gloire du pays scandinave, ils se reconnaissent comme
des fidèles compagnons voués à une œuvre commune, qui ne peut
s’affirmer et progrésser que dans un esprit collectif de justice
et d’affection réciproque.
Aparte las magníficas fiestas oficiales, debemos mencionar todavía,
para ser completos, otras atenciones y finezas con que algunos
sabios insignes y, en general, el cultísimo y hospitalario pueblo
sueco, procuró amenizar nuestra estada en Estocolmo. Recordemos el
banquete ofrecido á los laureados por el Conde de Mörner, Presidente
del -Instituto Carolino-, y cuya esposa é hijas, prototipos de la
espléndida belleza escandinava, hicieron á maravilla los honores de
la casa; la comida íntima con que me obsequió el Dr. Retzius, en
cuyo hotel tuve ocasión de conversar con su admirable compañera y de
conocer la suave y elegante comodidad del hogar sueco; la función de
gala ofrecida á los forasteros en el Teatro de la Opera; la gira á la
antiquísima Universidad de Upsala --el Oxford de Suecia--; la visita
al -Skating-Ring-, donde se cultiva el favorito deporte de los países
hiperbóreos; el paseo por la bahía, y, en fin, la gira al interesante
Parque zoológico, donde, entre otras curiosidades, se admira cierta
colección de viviendas rústicas, con las ingeniosas labores caseras á
que, durante los larguísimos inviernos suecos, se entrega la familia
del campesino.
Para terminar el relato de mi viaje á Suecia, de cuyos habitantes
guardo recuerdos gratísimos, referiré una anécdota y una observación.
Reciente la separación de Noruega, osé manifestar á un alto
dignatario, á quien tuve el honor de ser presentado, la extrañeza
con que habíamos sabido en España la impasibilidad de Suecia ante
el desgarramiento de la patria común. Y el amable interlocutor, en
vez de deplorar amargamente el hecho, según yo presumía, limitóse
á contestarme, con la sonrisa en los labios: «Tontos de remate
hubiéramos sido si, por mantener por la fuerza nuestra unión con
el vecino país, hubiéramos desnivelado nuestro presupuesto en
-superávit-, y suspendido la triunfadora campaña emprendida en pro de
la cultura general y en contra del alcoholismo.»
La observación concierne á la sórdida miseria con que España costea
los gastos de su representación en el extranjero. Mientras el
Ministro de Suecia en Madrid y los representantes diplomáticos de
Francia, Inglaterra, Italia, etc., en Estocolmo viven en magníficos
hoteles, con el decoro correspondiente á su rango, el encargado de
Negocios de España en dicha nación vegeta precariamente en un piso
segundo de modestísima casa de vecindad. Tan bochornoso contraste
trajo consigo cierta omisión, notada por muchos y poco halagadora
para nuestra patria. Rindiendo culto á la cortesía y á la costumbre,
cada Ministro extranjero acreditado en la corte sueca, festeja al
compatriota laureado con un banquete íntimo, al cual asiste lo más
escogido de la colonia de la nación correspondiente. Todos rindieron
esta prueba de consideración al paisano honrado con el premio Nobel,
todos..., menos nuestro Ministro, que deplorando sin duda la falta de
local decoroso y de recursos, soslayó el consabido acto de cortesía.
Á bien que la falta fué gentil y gallardamente compensada --no
obstante la modestia de sus medios-- por el cultísimo Secretario de
la Legación, Sr. R. Mitjana, quien, dicho sea de pasada, me acompañó
amablemente en mis paseos por la ciudad y en mi visita á Upsala
(hablaba el sueco) y se condujo conmigo como el más campechano y
fraternal de los amigos.
Y el citado caso no es único, por desgracia. En todas las capitales
visitadas por mí (salvo París) he observado con pena que la Legación
española es la más lamentable y mezquina. Por decoro nacional, ¿no
habría manera de remediar algo tan desairada situación?
* * * * *
El tercer suceso próspero --ó que pudo serlo para mí--, anunciado en
el sumario del presente capítulo, fué el empeño del ilustre Moret, á
la sazón jefe del partido liberal, en hacerme Ministro de Instrucción
pública. Ya en 1905, honrándome en el Ateneo con sus amables
pláticas, me anunció sus deseos. Yo me limité á darle las gracias,
contestándole con evasivas corteses. La verdad es que ni yo me sentía
político, ni estaba preparado para el arduo oficio de Ministro, ni
acertaba á descubrir en mí, al hacer examen de conciencia, las dotes
en nuestro país indispensables para regir dignamente una cartera.
Recordará el lector que, cuando en 1905, D. Antonio Maura derribó
la situación conservadora dirigida por Villaverde, subió al poder
el partido liberal, bajo la presidencia de D. Eugenio Montero Ríos.
Desgraciadamente, la poderosa fuerza política acaudillada antaño por
Sagasta, había perdido su cohesión, dividida en grupos atómicos. Y
á la cabeza de cada fracción figuraba un prohombre aspirante á la
suprema jefatura.
Mientras tanto, ocurrían los vergonzosos sucesos de Barcelona
(procacidad de los catalanistas del -Cut-cut- é indignación
patriótica, aunque inoportuna, del ejército). Montero Ríos hubo
de dimitir, y la jefatura fué transferida á D. Segismundo Moret,
-leader- de la más importante agrupación liberal. Preciso es
reconocer que, no obstante sus altos prestigios, el ilustre orador
demócrata no dispuso nunca de una mayoría disciplinada. Resuelto á
restaurar á todo trance la unidad del partido, concibió el plan,
una vez terminadas las fiestas de la boda real, de disolver los
Cuerpos colegisladores y convocar nuevas elecciones. Deseaba acometer
resueltamente la reforma constitucional y votar leyes de tendencia
francamente democrática.
Fué por Marzo de 1906 cuando, en una conferencia celebrada en su
casa, me comunicó el insigne político su pensamiento y me expresó
el deseo de que le prestara mi insignificante concurso. Excuséme,
como otras veces, escudado en mi inexperiencia parlamentaria. Pero
la elocuencia de D. Segismundo era terrible. Con frase inflamada
en sincero patriotismo, expuso las grandes reformas de que estaba
necesitada la enseñanza, encareciendo el honor reservado al Ministro
que las convirtiera en leyes; añadió que también los hombres de
ciencia se deben á la política de su país, en aras del cual es
fuerza sacrificar la paz del hogar, cuanto más las satisfacciones
egoístas del laboratorio; y citóme, en fin, para acabar de seducirme,
el ejemplo de M. Berthelot y de otros grandes sabios, que no se
desdeñaron para elevar el nivel cultural de su país, en formar parte
de un gobierno.
Sus cálidas exhortaciones hicieron mella en mi flaca voluntad. Y
excitado á mi vez por aquel verbo cautivador, tuve la debilidad de
apuntarle algunas reformas encaminadas á sacudir la Universidad
española de su secular letargo: la contrata, por varios años, de
eminentes investigadores extranjeros; el pensionado, en los grandes
focos científicos de Europa, de lo más brillante de nuestra juventud
intelectual, al objeto de formar el vivero del futuro magisterio;
la creación de grandes Colegios, adscriptos á Institutos y
Universidades, con decoroso internado, juegos higiénicos, celosos
instructores y demás excelencias de los similares establecimientos
ingleses; la fundación, en pequeño y por vía de ensayo, de una
especie de -Colegio de Francia-, ó centro de alta investigación,
donde trabajara holgadamente lo más eminente de nuestro profesorado
y lo más aventajado de los pensionados regresados del extranjero; la
creación de premios pecuniarios en favor de los catedráticos celosos
de la enseñanza ó autores de importantes descubrimientos científicos,
á fin de contrarrestar los efectos sedantes y desalentadores del
escalafón, etc.
Y cuando esperaba yo que Moret se mostrara asustado ante un plan
de reformas que implicaba la demanda á las Cortes de créditos
cuantiosos, contestóme jubiloso: --Estamos perfectamente de acuerdo.
En cuanto se plantee la próxima crisis, usted será mi Ministro de
Instrucción pública--. Y embobado por la magia de su palabra y por el
ascendiente de su talento me abstuve de contradecirle.
Semanas después (Abril de 1906) asistí al -Congreso médico
internacional- de Lisboa. Allí, lejos de la peligrosa sirena
presidencial, recapacité seriamente acerca del arduo compromiso
en que me había metido. Y acabé por advertir que, desorganizado
el partido liberal, era quimera esperar el logro del decreto de
disolución é imposible, por tanto, acometer la magna obra de nuestra
elevación pedagógica y cultural. Ante mis compañeros de profesión, y,
sobre todo, á los ojos de los políticos de oficio, iba yo á resultar,
no un hombre de buena voluntad vencido por las circunstancias,
sino un vulgar ambicioso más. Y esto repugnaba á mi conciencia de
ciudadano y de patriota.
Y, bajo el peso de tales reflexiones, escribí á Moret retirándole
mi promesa y excusando mi informalidad. El Presidente se enfadó
mucho conmigo. Tuvo, sin embargo, la magnanimidad de perdonar
mis veleidades; y meses después llevó su benevolencia hasta el
punto de elevar al Gobierno á uno de mis amigos, D. Alejandro San
Martín. El cultísimo profesor de San Carlos, con quien había yo
cambiado impresiones acerca de las reformas universitarias más
urgentes, asumió el delicado encargo de defenderlas, sin abandonar,
naturalmente, personales iniciativas, algunas acaso demasiado
atrevidas (aludo, sobre todo, á la supresión indirecta de la
bochornosa enseñanza libre, desconocida en el extranjero).
Mis fáciles vaticinios cumpliéronse de todo en todo. La discordia
que minaba al partido esterilizó los patrióticos anhelos de Moret,
quien no obtuvo el ansiado decreto de disolución. Y conforme era de
esperar, el Ministerio de que yo debía formar parte (crisis de Junio
de 1906), vivió angustiosa y precariamente, entre intrigas menudas y
luchas intestinas. En fin, dos meses después cayó D. Segismundo con
la amargura de no haber logrado la unión del partido ni dado cima á
ninguna de las grandes reformas democráticas que meditaba.
* * * * *
Decía más atrás que el -premio Nobel- concedido por primera vez
en 1906 á histólogos, causóme más miedo que satisfacción. ¿Cómo
reaccionarán --pensaba-- aquellos pocos sabios, no exentos de mérito,
cuyos errores teóricos tuve la desgracia de poner en evidencia?
Poco tardaron en darme una respuesta. En significativo contraste
con las grandes figuras de la neurología que, inspiradas en noble
generosidad, se apresuraron á felicitarme, algunos histólogos
y naturalistas que me distinguieron siempre con su hostilidad
se exaltaron desaforadamente contra mi modesta persona. Era ya
tiempo, según mis piadosos cofrades, de aplastar definitivamente
el -neuronismo-, soterrando de paso á su más fervoroso mantenedor.
Y en sus invectivas había tanta injusticia, se acompañaban de tan
virulentas personalidades, resultaban, en fin, tan desproporcionadas
con la insignificancia de mis corteses reparos de otro tiempo, que
fuera candoroso excluir cierto vínculo etiológico entre ellas y mi
inesperada ventura.
No deja, en efecto, de ser significativo el que mi antiguo amigo H.
Held, uno de los detractores de entonces, á quien por cierto había
yo tratado siempre con la consideración debida á su incansable
laboriosidad y positivos méritos, (había sido fervoroso adepto
del neuronismo y hasta traductor en 1894 de un libro mío)[254],
se indignara precisamente en 1907[255], á pretexto de que en
cierta comunicación de mi cosecha, relativa á la -génesis de las
neurofibrillas-, no estimé pertinente discutir ni aceptar la vetusta
teoría neurogenética de Hensen, concepción definitivamente rechazada,
hacía la friolera de diecisiete años, por eminencias neurológicas
del fuste de Kupffer, Ranvier, His, Golgi, Kölliker, Lenhossék,
Retzius, Lugaro, Athias, etcétera. En cuanto á S. Apáthy, el fogoso
naturalista de Klausenburg, esperó también hasta dicho año de
1907, para sentirse agraviado por las objeciones que, de pasada,
me sugiriera en 1903 su aventuradísima lucubración acerca de la
continuidad de las neurofibrillas en los vermes[256].
[254] -H. Held-: Kritische Bemerkungen zu der Verteidigung
der Neuroblasten und der Neurontheorie durch R. Cajal. -Anat.
Anzeiger.- Bd. XXX, 1907.
[255] -S. Apáthy-: Bemerkungen zu den Ergebnissen R. y Cajals
hinsichtlich der feineren Beschaffenheit des Nervensystems.
-Anat. Anzeiger.- Bd. XXXI, 1907.
[256] -Cajal-: Un sencillo método de coloración selectiva del
retículo protoplásmico, etc. -Trab. del Lab. de Invest. biol.-,
tomo II, 1913.
Penetrado harto bien de la psicología de ciertos sabios y de la
intención de la nueva campaña, procuré conducirme en mis réplicas
con perfecta ecuanimidad y justicia, persuadido de que, en esta
clase de lides, pasión y razón suelen estar siempre en proporción
inversa. Desentendíme, pues, de todos los ataques personales y fuíme
derechamente al terreno de la observación.
La tesis central de H. Held --simple modificación, por otra parte,
de la vieja concepción de Hensen-- consistía en admitir que el
cono de crecimiento de los axones embrionarios no crece libremente
hacia su destino por entre los elementos extraños, según creíamos
haber demostrado His, Kölliker, Lenhossék, yo, Harrison, etc.,
sino que corre encauzado por el interior de un sistema de tubos
comunicantes preestablecidos. En la -médula primordial-, tales
conductos orientadores hallaríanse representados por las -células
ependimales- ó epitélicas; fuera de la médula, es decir, para los
conos y axones aventurados en pleno -mesodermo-, los citados estuches
estarían constituídos por cadenas radiadas de corpúsculos conectivos
primordiales. Notemos que, en su nueva investigación, Held hizo uso
de mi proceder del nitrato de plata reducido, salvo que en lugar de
fijar las piezas en alcohol, según hacía yo, aplicó de preferencia la
-piridina-, el fijador del método de Donaggio.
Fácil fué para mí, después de estudiar nueva y esmeradamente el tema,
demostrar en preparaciones irreprochables la sinrazón de mi colega de
Leipzig[257]. Entre otras observaciones incontestables, resueltamente
favorables á la concepción de His, expuse las siguientes:
[257] -Cajal-: Nouvelles observations sur l’évolution
des neuroblastes avec quelques remarques sur l’hypothèse
neurogénétique de Hensen-Held. Avec 18 figures. -Anat. Anzeiger.-
Bd. XXXII, 1908.
-a-) Los -conos de crecimiento- recién formados (embrión de pollo
de dos días) crecen y marchan en la médula primitiva, no por
dentro de las -células epiteliales- (que forman, según es sabido,
un sistema de fibras radiadas á partir del epéndimo), sino entre
dichas células, conforme lo persuade perentoriamente tanto la
absoluta falta de forro exógeno en los axones cortados de través,
como los frecuentes retrocesos, revueltas y extravíos de los
mismos antes de encontrar su camino (fig. 131, -a-, -b-, -d-).
[Ilustración: Fig. 131.--Trozo de médula espinal primitiva (A) y de
tejido mesodérmico vecino, tomado de un embrión de pato de tres días.
Nótese cómo en los neuroblastos más jóvenes los conos de crecimiento
marchan siempre entre las células, tanto dentro como fuera de la
médula.-- E, F, conos que cruzan libremente el espacio perimedular;
D, -f-, conos cuya posición libre en el mesodermo es evidente.]
-b-) Los conos cruzan el espacio plasmático perimedular sin ayuda
de ningún corpúsculo orientador (fig. 131, -e-, F).
-c-) En el seno del -mesodermo- resulta facilísimo reconocer
axones absolutamente libres, es decir, alejados de toda célula
conjuntiva embrionaria, los cuales se orientan perfectamente al
través de las lagunas intercelulares (fig. 131, D, -f-).
-d-) En ocasiones descúbrense en el bulbo conos de crecimiento
caídos por azar en el líquido ventricular, los cuales después
de una revuelta vuelven á la substancia gris, orientándose
definitivamente (fig. 132, A, E), sin ayuda de estuches celulares.
-e-) Con frecuencia se descubren en muchos nervios, tales como el
patético, etc., revueltas iniciales incongruentes, denotadoras de
extravíos que al fin son rectificados.
[Ilustración: Fig. 132.--Trozo de un corte del bulbo de un embrión
de pollo de cuatro días. Adviértase cómo fibras nerviosas caídas por
accidente en el ventrículo (A, E, C) aparecen libres, orientándose en
él para dirigirse á su destino al través de toda la trama nerviosa.]
-f-) La sección transversal de las raíces nerviosas en sus más
tempranas fases no revelan ningún forro celular, ni siquiera la
presencia de núcleos marginales.
-g-) Los neuroblastos simpáticos y muchos elementos nerviosos de
los centros emigran, en el curso del desarrollo, de su yacimiento
originario, circulando libremente por entre otros corpúsculos
hasta alcanzar su destino. Fuera absurdo suponer que un robusto
neuroblasto simpático es capaz de alojarse y correr por dentro
de un corpúsculo mesodérmico, mucho más delgado que él.
-h-) En la regeneración patológica es comunísimo sorprender
axones que caminan y se orientan al través de exudados serosos y
hasta de coágulos sanguíneos, lejos, por tanto, del concurso de
las supuestas -Leitzellen- de Held.
-i-) Los experimentos de Tello demostraron que, cuando se
secciona el nervio óptico, una parte de los brotes siguen
dirección retrógrada, invaden la retina y, á impulsos de su
potencia de crecimiento, barrenan las capas de esta membrana sin
necesitar para ello de la preformación de estuches orientadores
(fig. 134, A).
[Ilustración: Fig. 133.--Corte de la retina del embrión de pollo de
cuatro días. Se demuestra en esta figura que la primera forma del
neuroblasto es bipolar (C, B) y no monopolar.-- -a-, -b-, conos de
crecimiento cuya posición intercelular es indiscutible.]
-j-) En fin, los experimentos de cultivo artificial de los
nervios embrionarios (experimentos de Harrison y de los sabios
de su escuela efectuados en larvas de batracio) demuestran
perentoriamente que los axones y conos de crecimiento son
susceptibles de crecer y marchar al través del plasma nutritivo,
y cuando por azar tropiezan en hilos de fibrina ó con elementos
mesodérmicos, se deslizan sobre ellos como una planta joven sobre
su tutor (-estereotropismo- de Loeb y Harrison, etc.).
Aparte los datos de alcance polémico, el citado trabajo encierra
también algunos hechos nuevos, en cuya reseña detallada es
imposible entrar aquí. Mencionemos solamente un estudio sobre
la evolución de las células nerviosas de la retina; otro sobre
la marcha de los neuroblastos en la médula espinal primitiva; y
otro, en fin, sobre la génesis del gran simpático.
[Ilustración: Fig. 134.--Corte de la retina del conejo adulto,
cuyo nervio óptico fué cortado. Nótese un robusto retoño (A) que,
extraviado, atraviesa por propio impulso y sin vainas celulares, todo
el espesor de la membrana, desde la capa de las fibras del nervio
óptico.]
Particularmente interesantes son, con relación á la retina y á la
médula espinal estos dos hechos: -a-, que el neuroblasto unipolar de
His va precedido, según señalé ya en 1890 (el hecho fué negado por
His y otros), de una -fase bipolar- (fig. 133, C, D, B), y -b-, que
los conos trazan á menudo revueltas antes de orientarse, chocando con
la basal (fig. 133, -a-, -b-), por entre cuyos pilares se deslizan.
El escrito, ó más bien diatriba de Apáthy, virulenta en el fondo
y groseramente descortés en la forma, y reveladora, además,
de una ignorancia casi absoluta de toda mi obra científica,
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