éste llevó un paraguas, esotro una maleta, aquél un bastón y el de más
allá creyó recibir la orden de cargar con el baúl, adelantándosele un
compañero... Poco menos que a trompadas tuve que sosegar a aquella
chusma, amén de repartir buen puñado de pesetas; y eso ante las barbas
de los representantes de la autoridad, que lo tomaban todo a chacota.
Llegado el siguiente día, visité algunos comercios. Sorprendióme el
escandaloso precio de las prendas de uso común: por un sombrero que
en Madrid costaba veinticuatro reales, pedíanme en todas las tiendas
cincuenta. Un compañero más avisado que yo me aclaró el enigma,
informándome que los marchantes gaditanos estaban confabulados para
saquear metódica y despiadadamente al forastero, singularmente al
-indiano-, encareciendo hasta el doble el costo de las ropas, sombreros
y artículos de viaje[40]. En las calles, resultaba vejatorio preguntar
a un mirón o a un mozo de cuerda, porque a seguida alargaba la mano
para cobrarse el servicio. Tan en las entrañas de aquella gente estaba
la explotación inconsiderada del extraño, que hasta los mozos del hotel
cobraban un tanto por ciento por cada viajero conducido a tiendas,
cafés o casas de recreo.
[40] Si no recuerdo mal, en la jerga de la ciudad llamaban a los
comerciantes confabulados la -sociedad de los guiris-. Excusado
es decir que de sus redes escapaban los vecinos de la ciudad.
Para terminar con estas enfadosas sacaliñas, referiré lo que me ocurrió
al embarcarme. Ajusté un bote en el puerto para abordar el vapor, y
hacia el comedio de la travesía, se me plantó el patrón. Y dejando los
remos, me advierte «que por reinar furioso levante debía yo, según
tarifa, abonarle el doble y por adelantado». A todo esto faltaba media
hora escasa para la salida del trasatlántico. Exasperado por el cinismo
del patrón y harto de sonsacas y burlas, fuíme derecho al -truchimán-,
y agarrándole por el cuello le grité con voz colérica: «¡O rema usted
con toda su alma, o le rompo ahora mismo el bautismo!...» Por fortuna,
al sentir las rudas caricias de mis puños, amansóse el granuja,
tornando con ardor a la faena y murmurando «que todo había sido pura
broma». El terrible -levante- se había desvanecido en un santiamén.
Supongo que, desde tan remota fecha, las cosas habrán cambiado mucho,
y que las autoridades locales, celosas del buen nombre de la ciudad y
atentas a la salvaguarda de sagrados intereses económicos, se habrán
dado maña para desterrar tamaños excesos. Porque estas cosas, que
parecen pequeñas, tienen suma trascendencia para la prosperidad de un
emporio comercial. En cuanto a mí, quedé tan escarmentado, que jamás,
ni aun habiendo pasado después varias veces en mis jiras andaluzas
cerca de la patria de Columela, he sentido tentación de visitarla. Hay
abusos que no se olvidan jamás.
Y cuando me dijeron después que toda la actividad comercial y marítima
de Cádiz había sido absorbida por Barcelona, siendo poquísimos los
barcos nacionales y extranjeros que hacían escala en aquella ciudad,
encontré semejante resultado la cosa más natural del mundo.
[Ilustración]
CAPÍTULO XXIII
Llegada a la Habana. -- Soy destinado al hospital de campaña de «Vista
Hermosa». -- Enfermo, al poco tiempo, de paludismo. -- Aprovecho mi
forzada quietud para aprender el inglés. -- Mi dolencia se agrava y se
me concede licencia para convalecer en Puerto Príncipe. -- Iniciada mi
mejoría, soy destinado a la enfermería de San Isidro en la «Trocha del
Este». -- La vida en la Trocha. -- Música a la luz de la luna. -- Mis
cándidos quijotismos me impulsan a corregir abusos administrativos, y
sólo consigo que me empapele el jefe de la fuerza.
La travesía hasta -Puerto Rico- y -Cuba- hízose con mar bella y
excelente humor. Por entonces la -Compañía Trasatlántica- de Comillas
daba buen trato, y no faltaban a bordo distracciones, sin contar la
murmuración, socorrido recurso de todos los pasajes. Pero a mí me han
interesado siempre muy poco las chinchorrerías y comadreos. De día
concentraba mi atención en el magnífico espectáculo del mar: el vuelo
de las gaviotas, la persecución de los tiburones, el salto de los peces
voladores y esas como flores flotantes, de aspecto gelatinoso y sutil,
que se llaman -medusas-, -sifonóforos-, etc., etc. Llegada la noche,
me abismaba en la contemplación de aquel cielo, cuyas constelaciones
se renovaban conforme nos aproximábamos al ecuador. Hasta en el negro
oleaje encontraba sorpresas cautivadoras. En noches de calma no se
limitaba a copiar pasivamente las luces del firmamento, sino que
irradiaba profundos y misteriosos fulgores. Y mi curiosidad infantil se
embelesaba persiguiendo la estela fosforescente dejada por enjambres de
-noctilucos-, excitados por la formidable sacudida de la hélice. Como
se ve, mi afán de nuevas impresiones íbase satisfaciendo.
Hacia el día décimosexto de la navegación surgió muy de mañana la
ciudad de San Juan de Puerto Rico, con su imponente fortaleza militar y
su blanco caserío, dispuesto en pintorescas graderías. Impaciente por
pisar la tierra descubierta por Colón, aproveché el alto del vapor para
corretear la ciudad y la campiña inmediata, donde observé sorprendido
algunas muestras de la flora tropical. En fin, reanudado el viaje, dos
días después arribamos a la Habana.
Maravilloso e inolvidable es el panorama de la populosa capital cubana
vista desde lejos. A la izquierda, conforme se entra en la bahía, se
impone, con su mole formidable, el castillo del Morro, erizado de
cañones y comparable por su figura y posición al de Monjuich; y, a la
derecha, dilátanse, en serie interminable, casas, palacios y quintas
entrecortados por bellísimos jardines donde descuellan elegantes
palmeras. En fin, ya dentro de la bahía, especie de hoz recortada por
innumerables calas y promontorios, se descubre el puerto, frontero del
barrio comercial; mientras que hacia el fondo álzanse varias colinas
verdes cuyas faldas salpican pintorescos arrabales.
Fuera inoportuno detenerme a describir las harto conocidas bellezas
de la Habana y de su fértil campiña. Tampoco entra en mis cálculos
referir menudamente mis impresiones de viajero. Me concretaré solamente
a declarar que la primera gran ciudad americana visitada por mí
parecióme mera continuación de Andalucía. En efecto, -andaluza- es el
habla, dulzona y matizada con graciosos ceceos; -andaluzas- las casas
(formadas de planta baja y principal), con sus encantadores patios
y jardines, y -andaluz- el espíritu fino y soñador, pero lánguido y
perezoso, del criollo.
Quizás fué grave mal para la prosperidad económica de la América
española el no haber, desde el principio, aprovechado preferentemente
para la empresa colonizadora nuestras fuertes razas del Norte,
laboriosas, económicas y desbordantes de natalidad, en lugar de
recurrir predilectamente a la gente andaluza y extremeña, inteligente,
generosa y capaz de todos los heroísmos, según acredita la historia,
pero de inferior aptitud para las fecundas luchas del comercio y de la
industria.
Acerca de mis emociones de turista en la capital de las Antillas,
concretaréme a decir que todo atraía mi curiosidad y en todo hallaba
ocasión de asombro y enseñanza. La extraña mezcla de razas circulantes
por las calles; la suntuosidad de los parques, donde además de flores
peregrinas y de pitas gigantescas, crecía la altísima palmera real;
los sabrosos frutos del país, como el plátano, el coco, el mango y
la piña; los árboles frondosísimos de hoja perenne, entretejidos de
bejucos o lianas trepadoras; un cielo tan pronto azul como gris, pronto
a desatarse en furiosas tormentas; y por encima de aquella naturaleza
desbordante, que parecía entonar un cántico a la vida, el padre sol
cayendo a plomo, y como plomo derretido, sobre nuestras cabezas...
Cuando se codicia ardientemente algo, la realidad suele burlar la
esperanza. Pero a mí no me defraudó el deseo: ante la realidad
palpitante, las imágenes de los libros conservaron sus prestigios.
Por donde vivía como soñando o como sumergido en una especie de
encantamiento.
En algunas cosas, no obstante, sufrí decepción; por ejemplo: en las
famosas -selvas vírgenes-, tan celebradas por los poetas románticos.
Ante mis interrogaciones reiteradas, las gentes del país me señalaron
la -manigua-. Pero la impresión causada por ésta fué insignificante. En
vez del bosque milenario, no profanado por planta humana, me encontré
con vulgar matorral sembrado de arbustos y pequeños cedros y caobos
creciendo en desorden. Consoléme hasta cierto punto, considerando que
las necesidades de la colonización habían impuesto el descuaje de
la primitiva selva. Ni era cosa de establecer cercados de bosque, a
guisa de vedados de caza, para deleite de los futuros amantes de la
naturaleza. ¡Lástima no haber arribado cuatro siglos antes, cuando los
compañeros de Colón hollaron tantas excelsas virginidades!...
De la fauna quedé también mediocremente satisfecho. Escaseaban los
animales indígenas, y los que veía resultaban poco imponentes. Ni
un jaguar, ¡ni siquiera una triste serpiente de cascabel!... En mis
correrías por los alrededores de la ciudad, sólo pude sorprender el
vulgarísimo -gorrión- cosmopolita, pájaro importado de España; algunos
-cuervos- y -tordos-, y cierta avecilla menuda y nada vistosa, llamada
por los guajiros -vigirita-. (Aludiendo sin duda a la flojedad y
delicadeza de este pajarillo, nuestros soldados designaban -vigiritas-
a los criollos, y particularmente a los -mambises- o insurrectos; en
cambio, los peninsulares éramos llamados -gorriones- y -patones-).
Solamente enjaulados, admiré al polícromo -papagayo- de las Antillas y
algunos preciosos ejemplares de -colibrís- del Perú.
Contrarióme asimismo la total extinción de la raza indígena. En su
lugar, y entregada a las más rudas faenas, se mostraba la raza negra y
sus variados mestizajes, de que los cargadores del muelle constituían
arrogantes ejemplares. En cuanto al criollo, me hizo la impresión de
pálida planta de estufa, vegetando muelle y parásitamente a expensas de
la savia del africano o del mulato. Alguna vez, sin embargo, encontré
entre los criollos tipos activos y robustos; mas por lo común, y
salvadas algunas excepcionales complexiones, la raza blanca parecióme
incapaz de resistir los ardores y peligros del clima tropical. El
blanco degenera allí rápidamente. Aludo, naturalmente, al europeo
ocupado en las faenas agrícolas y expuesto, por tanto, a muchedumbre de
parásitos, de que son, a menudo, portadores los mosquitos (paludismo,
fiebre amarilla, etc.). Claro es que el cubano, confinado en las urbes,
entregado al comercio o a profesiones ajenas al esfuerzo muscular y
al rigor del aire libre, resiste mucho mejor los efectos enervadores
del clima; así y todo, su vigor sólo se mantiene a costa de reiteradas
inoculaciones de sangre europea.
En virtud de esta exquisita acomodación a la vida sedentaria, la mujer
cubana no sólo ha conservado mejor que el hombre el tipo de la raza,
sino que ha afinado su delicada feminidad, adquiriendo, así en lo
espiritual como en lo físico, dulzuras y suavidades excepcionales o
desconocidas en las bellezas de Europa. Esto explica por qué la mayoría
de nuestros jefes y generales ultramarinos cayeron en las redes de
aquellas lánguidas e irresistibles hermosuras.
En estas exploraciones y novelerías transcurrió cerca de un mes.
Terminado el período de aclimatación, hízose necesario distribuir el
personal médico recién venido de la Península. A tal propósito, fuimos
cierto día convocados los candidatos en la Inspección de Sanidad;
allí se nos informó de las plazas vacantes. Las había de médicos de
regimiento en las columnas de operaciones; de profesores de guardia
en los hospitales urbanos y, en fin, de directores de enfermerías de
campaña.
Si el lector tiene presente el carácter sandiamente quijotesco del
autor de este libro, deducirá fácilmente que me sería adjudicado
uno de los peores destinos. Y así fué, en efecto. Inspirado en
sentimientos de equidad y abnegación, por nadie agradecidos, me abstuve
de presentar las cartas de recomendación. Quise correr mi suerte o,
mejor dicho, la suerte que no quisieran correr mis compañeros; los
cuales, harto más prácticos y ajenos a mis escrúpulos, removieron
cielo y tierra para asegurarse las plazas de hospital, verdaderas
sinecuras, o, en su defecto, las de médico de batallón. Para los tontos
o desvalidos quedaron reservadas las enfermerías de la manigua y de
las trochas, estaciones aisladas, de difícil aprovisionamiento, y
extraordinariamente insalubres.
Claro es que también el médico de batallón en campaña corría serios
peligros; pero tenía al menos la ventaja de cobrar puntualmente. Sabía,
además, que, tras algunos días de excursión por la manigua, podría
regresar a la capital del distrito para restaurar fuerzas, remendar
alifafes y participar de las satisfacciones de la vida social.
Por cierto que la enfermería que yo debía regentar era de las más
peligrosas e incomunicadas: la de -Vista Hermosa-, perdida en plena
manigua, dentro del distrito de Puerto Príncipe, en medio de un país
asolado y despoblado por la guerra.
Días después del reparto de plazas, zarpó el vapor que debía
conducirnos a Nuevitas; en él nos embarcamos algunos médicos destinados
al Departamento central, con buen golpe de tropas de refresco para
cubrir bajas. Un tren blindado nos trasladó en pocas horas desde
Nuevitas, al través del manigual desierto, a la capital del Camagüey.
Alojéme en la famosa -Fonda del Caballo Blanco-, donde se hospedaron
también mis camaradas Vela y Sánchez Herrero. En fin, transcurridos
algunos días de descanso, incorporéme a mi destino, aprovechando
la marcha de una columna volante, encargada de racionar la citada
enfermería de Vista Hermosa.
Por cierto que ya en marcha, durante un alto de la columna, y bajo el
techo de estancia abandonada, tuve por primera vez noticia del próximo
advenimiento de la restauración monárquica. Invitado a tomar café con
algunos jefes y oficiales, cierto comandante aragonés sorprendióme con
esta pregunta, disparada a quemarropa:
--Usted, que acaba de llegar de España, ¿qué me cuenta de la
conspiración que debe proclamar a D. Alfonso?
--Creo --murmuré-- que la República conservadora merece la confianza del
Ejército.
--Bien veo, paisano, que vive usted en el limbo. ¡Cómo!... ¿Ignora
usted que todo el Ejército, sin excepción, es alfonsino, y que
cualquier día, pese a la resistencia de los politiquillos, caerá la
República?...
Lleno de estupor, dirijo una mirada interrogativa al coronel, jefe de
la fuerza, para leer en sus gestos alguna señal de reprobación, o al
menos de contrariedad... Todo lo contrario. Pronto comprendí que lo
expresado por mi paisano era diaria comidilla de la oficialidad, y que
el Ejército de Cuba, como el de la Península, se había pasado en masa
al campo alfonsino.
En vano Castelar, con su prudencia política y espíritu oportunamente
conservador, trabajaba por consolidar definitivamente la República,
ideal de la Revolución: el recuerdo de la indisciplina militar y de las
vergonzosas escenas de Cartagena, la habían matado definitivamente en
el corazón del Ejército y en el pensamiento de las clases directoras
del país. El golpe de Estado de Pavía era indeclinable.
Entonces acudieron a mi memoria ciertos hechos presenciados en
Cataluña, acerca de cuya significación no había parado mientes. Cuando
nuestra columna pernoctaba en alguna villa importante, los oficiales
tertulianos del café o del casino se escindían en dos grupos: la
masa principal, con el coronel a la cabeza, agrupábase en una o
varias mesas próximas, cuchicheando de política; mientras que cierto
pequeño contingente, constituído por oficiales o jefes de procedencia
republicana, formaba rancho aparte. Dábase, pues, el caso singular
de que, en plena República, los oficiales republicanos (cuyo número
disminuía incesantemente) vivían como avergonzados de su origen, y
eran tratados desconfiadamente y casi con hostilidad por sus camaradas
monárquicos.
Los sucesos hicieron pronto buenas las profecías del comandante. Sabido
es que poco después (29 de Diciembre de 1874) sobrevino la sublevación
de Sagunto y la proclamación de D. Alfonso XII.
El pueblo de -Vista Hermosa- constituía un pequeño poblado extendido
por las faldas de suave altozano, rodeado de extensos maniguales. En la
eminencia más culminante alzábase sólido fortín cuadrado, construído
con gruesos troncos de árbol y surcado de aspilleras. En él se alojaba
una compañía (harto mermada por las enfermedades) a las órdenes de
un capitán. A corta distancia estaba emplazado el hospital, enorme
barracón de madera, con techo de palma y capaz para unas 300 camas. En
los ángulos periféricos orientados hacia la manigua, destacábanse dos
robustos torreones, reforzados por parapeto de troncos. Al abrigo del
fuerte y de la enfermería, únicos edificios de alguna importancia,
extendíanse los almacenes y algunas pobres rancherías de chinos y
negros. En los alrededores veíase un descampado, limpio de bosque, cuya
maleza exuberante había que segar con frecuencia, para que no invadiera
los barracones con su pujante crecimiento, ni facilitara, por tanto,
las sorpresas del vigilante enemigo.
Cada mes nos enviaban desde Puerto Príncipe las raciones necesarias
para el hospital y guarnición, aprovechando al efecto el tránsito de
columnas de operaciones. En el intervalo, quedábamos absolutamente
incomunicados con el mundo, siendo peligrosísimo aventurarse en la
manigua más de un kilómetro, pues los mambises nos espiaban; casi todos
los días había tiroteo entre ellos y los centinelas.
Por aquella época, la enfermería puesta a mi cuidado albergaba más de
200 enfermos, casi todos palúdicos o disentéricos, procedentes de las
columnas volantes de operaciones en el Camagüey.
Dormía yo junto a mis pacientes, dentro de la gran barraca, en un
cuartito separado del resto por tabique de tablas. Además de cama y
mesa, contenía mi departamento, en pintoresca mescolanza, fusiles de
los soldados muertos, cartucheras y fornituras de todas clases, cajas
de galletas y azúcar, botes de medicamentos, singularmente del sulfato
de quinina, la providencia del palúdico en los países tropicales.
Con cajones y latas vacías, dispuse en un rinconcito un laboratorio
fotográfico y construí el estante destinado a mi exigua biblioteca.
Al principio, no obstante la fatiga y las emociones inherentes al
cuidado de tantos enfermos, lo pasé bastante bien, amenizando mis ocios
con la lectura, el dibujo y la fotografía. Por fortuna, como ya sabe
el lector, la ausencia de vida social la he soportado siempre bien,
gracias al noble vicio pictórico y a mi incansable afición por la
lectura.
Pero contra los microbios nada valen las seducciones del arte ni las
expansiones de la imaginación. El espíritu se mantenía bien, pero
entretanto el cuerpo decaía. Ni la ración alimenticia, compuesta de
pan, galletas, arroz y café, era la más adecuada para criar buena
sangre. En vano pretendía entonar el organismo agregando al -menú-, de
tarde en tarde, tal cual plátano o coco, arrebatados eventualmente por
algún negro merodeador de ingenios abandonados.
Al fin flaqueó mi resistencia y caí enfermo de paludismo. Nubes de
mosquitos nos rodeaban: además del -Anopheles claviger-, ordinario
portador del protozoario de la -malaria-, nos mortificaban el casi
invisible -gegén-, amén de ejército innumerable de pulgas, cucarachas y
hormigas. La ola de la vida parásita nos envolvía por todas partes.
¡Qué cosa más triste es la ignorancia! Si, por aquella época,
hubiéramos sabido que el vehículo exclusivo del paludismo es el
mosquito, España habría salvado miles de infelices soldados,
arrebatados por la caquexia palúdica en Cuba o en la Península... Para
evitar o limitar notablemente la hecatombe, habría bastado proteger
nuestros lechos con simples mosquiteros o limpiar de larvas de
-Anopheles- las vecinas charcas.
Nada remediaba el tomar dosis heroicas de sulfato de quinina. Por
de pronto se mejoraba; mas, transcurridos algunos días, volvía
la accesión. Ésta vino a ser en mí diaria, a causa, sin duda, de
reinoculaciones muy próximas del -plasmodium-. Entretanto, había
perdido el apetito y las fuerzas; el bazo se hipertrofiaba; la color
hízose terrosa; andaba premiosamente, y la anemia, ¡la terrible -anemia
palúdica-!, se iniciaba con todo su cortejo de síntomas alarmantes.
Al fin quedé postrado, siéndome imposible atender a los enfermos. Un
practicante estulto me suplía; todo iba manga por hombro. Para colmo de
desdicha, ¡al paludismo se agregó la disentería!...
¡Oh el admirable optimismo de la juventud!... Mi vida estaba tan
seriamente amenazada como la de los infelices soldados disentéricos,
tuberculosos y palúdicos que morían en torno mío; y, con todo eso,
abrigaba tal confianza en la fortaleza de mi constitución, que, en
cuanto abonanzaban los síntomas, aprovechaba mi forzoso reposo en
aprender el inglés, a cuyo efecto habíame procurado en la Habana
buen golpe de libros e ilustraciones yanquis, amén del indispensable
Ollendorff. Creía firmemente que, en cuanto pudiera sustraerme a la
influencia de aquellos miasmas (entonces se creía en los -miasmas- de
los pantanos como causa de paludismo), recobraría rápidamente la salud.
Tengo por seguro que mi profunda confianza en la -vis medicatrix- me
salvó.
Por aquellos meses hubo en Vista Hermosa cierta alarma que nos reveló
la entereza y decisión de mis enfermos. Sería la del alba cuando
nos sorprendió tumulto de voces y descargas. Arrojéme de la cama,
vestíme sumariamente, y me informaron de que cierta partida enemiga,
emboscada en la vecina manigua, trataba de sorprendernos. En efecto,
vislumbrábase entre los árboles agitación de jinetes y peones, la
mayoría negros y mulatos. Apercibido a tiempo el jefe de nuestro
poblado, tomó rápidamente medidas defensivas, y, lleno de interés hacia
mí, me ofreció amparo en la fortaleza.
--No tenga usted cuidado --le dije--. Si los mambises atacan el
hospital, sabremos defendernos; en todo caso, mi deber es permanecer al
lado de los enfermos.
Todo esto ocurrió en un santiamén. Habíame acometido la accesión
febril, y hallábame en un estado de exaltación casi delirante. No
obstante, empuñé un fusil, me proveí de cartuchos y recorrí las camas,
invitando a los enfermos menos graves a la común defensa. La mayoría de
ellos, aun los postrados por la calentura, incorporáronse en el lecho y
descolgaron el Remington. Los que podían tenerse de pie se concentraron
en los bastiones del barracón; los imposibilitados arrodilláronse en la
cama, y desde ella y sacando el fusil por las ventanas, apuntaban al
enemigo. Una descarga respondió al tiroteo de los mambises.
Mas los insurrectos, al encontrarnos tan apercibidos, retiráronse sin
intentar repetir la hazaña de Cascorro, otro poblado como el nuestro,
donde semanas antes habían sorprendido y macheteado a la guarnición y a
los enfermos.
Una vez más se frustraba, por fortuna, mi loco anhelo de bélicas
contiendas. En mi entusiasmo olvidaba a menudo que mi cometido no era
batirme, sino curar enfermos. Como se ve, el ansia de notoriedad, de
vanagloria, me perseguía hasta en el lecho del dolor...
Mi enfermedad, como dejo apuntado, marchaba de mal en peor. En vista
de lo cual, solicité del inspector de Sanidad de Puerto Príncipe un
mes de licencia. Aunque con dificultades y regateos de tiempo (faltaba
personal para reemplazarme), se me otorgó al fin. Arribado a la capital
del Camagüey, un tratamiento racional, y más que nada la cesación de
nuevas infecciones, me aliviaron mucho. La fotografía aquí reproducida
no da suficiente idea del aspecto chupado y anguloso de mi rostro,
aun en la época de máxima reparación. En realidad, había caído en ese
estado de decadencia orgánica conocido con el nombre de -caquexia
palúdica-, que debía prolongarse muchos años, y de cuyas lejanas
repercusiones morbosas soy todavía víctima.
[Ilustración: Lám. XVI, Fig. 25.--Fotografía hecha en Puerto Príncipe,
después de convalecer del paludismo contraído en Vista Hermosa.]
[Ilustración: Lám. XVI, Fig. 26.--Otra fotografía donde aparecen dos
amigos hospedados en la fonda -El Caballo Blanco-. (Puerto Príncipe).]
En vista de mi relativa convalecencia, el jefe de Sanidad, Dr. Grau,
agregóme al Cuerpo de médicos de guardia del Hospital Militar de Puerto
Príncipe, donde alterné con algunos amigos de la Península, y tuve el
gusto de conocer al Dr. Ledesma[41], que sobresalía ya como operador
habilísimo.
[41] El Dr. Ledesma, hoy jefe prestigioso del Cuerpo de Sanidad
Militar, llegó, como es sabido, por sus méritos profesionales, a
médico de la Real Cámara.
Mes y medio permanecí en la ciudad. Fué la época más agradable de mi
estancia en Cuba. Todas las tardes concurrían al -Café del Caballo
Blanco-, entre otros camaradas, Joaquín Vela y Martín Visié, excelente
amigo y condiscípulo. No obstante mis andanzas por cafés, casinos y
tertulias caseras, tuve la entereza de resistir a los tres grandes
vicios de nuestra oficialidad: el tabaco, la ginebra y el juego. Verdad
que no estaba yo para trotes.
El alcoholismo, sobre todo, hacía estragos en el ejército. Del coñac
y de la ginebra, mejor aún que del vómito, podía decirse que eran
los mejores aliados del mambís. Fumando de lo más caro, y bebiendo
ginebra y ron a todo pasto, no era extraño que muchos jefes y oficiales
decayeran física y moralmente. Además, retenidas las pagas, pasaban
apuros económicos.
También yo luché con dificultades de este género, aunque por causas
independientes de mi voluntad. Durante mis cuatro meses de permanencia
en la isla no había recibido sino la primera paga de capitán (125 pesos
oro). En vano remitía mensualmente a la Habana los justificantes de
haberes. La penuria económica de los médicos de enfermerías no obedecía
sólo al clásico desbarajuste de la administración española; debióse
también al desfalco de un tal Villaluenga, farmacéutico del Hospital
Militar de la Habana y habilitado general del Cuerpo de Sanidad, el
cual se fugó a los Estados Unidos en compañía de 90.000 pesos y de una
pelandusca.
En esto del cobro de las pagas reinaba desigualdad irritante. Los
médicos militares de servicio en las capitales percibían puntualmente
sus haberes; para los médicos de batallón solían retrasarse algo,
si bien disponían del recurso de percibir anticipos de la caja del
regimiento o de empeñar pagas devengadas en casas de comercio; pero
los pobretes que prestábamos servicios en trochas o en enfermerías de
campaña, dependíamos en lo económico de la Habilitación general de la
Habana, y, sin relaciones de amistad con el comercio de las ciudades,
quedábamos frecuentemente desamparados.
Tal me ocurrió a mí. Habiendo expuesto al Dr. Grau mi precaria
situación, tuvo la bondad de gestionar entre los compañeros un préstamo
(125 pesos) a reintegrar, como era justo, de mis haberes atrasados. En
aquellas azarosas circunstancias, mi demanda era inexcusable. Supe, sin
embargo, con sorpresa, gracias al amigo Visié, que aquel -guante- en
favor de un compañero había desagradado profundamente. «¿Qué hombre es
éste --decían-- que, a poco de estar en la isla, demanda una limosna
para vivir?... Apele, como los demás, al crédito; que se espabile y
sacuda su cortedad de genio»[42].
[42] Los había tan -largos y vivos- que cobraban tres o cuatro
veces una misma paga en diversos comercios. Pero más vale
no hablar de ciertas combinaciones financieras... Justo es
recordar, en disculpa de los -hábiles-, que el desorden de la
administración llegó por entonces al colmo, justificando en
cierto modo incorrecciones que en época normal habrían parecido
intolerables.
Para que se forme idea de cómo se generalizaba la corrupción
administrativa, transcribimos estas palabras del informe del
general Jovellar al Ministro de Ultramar (13 de Enero de 1874):
«La inmoralidad en todos los ramos de la Administración, sin
exceptuar la de Justicia, es la más corrompida del mundo... Sería
necesario separar las tres cuartas partes, por lo menos, de los
magistrados, jueces y empleados de la Administración civil y
militar concusionarios».
En efecto; yo fuí siempre poco -espabilado-; pero en aquella ocasión
mis compañeros deslucieron una buena acción con una injusticia. ¡No
se hacían cargo de que había pasado cuatro meses en un desierto, y de
ellos tres gravemente enfermo!... ¡Mi crédito!... ¿Pero qué mercader de
Puerto Príncipe se hubiera arriesgado a prestar su dinero a un pobre
diablo desconocido, de figura espectral, y condenado, verosímilmente, a
extinguirse en breve plazo en cualquier rincón de las trochas?
El fallecimiento del médico director de la enfermería de San Isidro
en la -Trocha del Este-, puso fin a mi situación provisional de
-profesor de guardia- en Puerto Príncipe. Sin considerar que había
en disponibilidad otros ayudantes médicos más modernos que yo, ni
fijarse en que mi salud distaba mucho de estar consolidada, el Dr.
Grau designóme para reemplazar al compañero fallecido, quien, por
cierto, había sustituído a su vez a otro médico caído también en el
cumplimiento del deber. Acepté dócilmente el nuevo cargo, aunque, a la
verdad, hízome poca gracia entrar en fila macabra con mis desdichados
antecesores.
La -enfermería de San Isidro- era uno de los varios hospitales de
campaña anejos a la -trocha militar del Este-, la cual comenzaba en
Bagá, pequeña población de la amplia bahía de Nuevitas. Emplazada
en terreno bajo y pantanoso, ofrecía, si cabe, mayor insalubridad
que Vista Hermosa, a la que llevaba solamente la ventaja de superior
facilidad en comunicaciones y aprovisionamientos. Porque entre San
Isidro y San Miguel de Nuevitas, la principal ciudad de la trocha,
no lejos de Bagá, circulaba diariamente cierto tren militar o
-plataforma-, como nosotros lo llamábamos. Para proteger el hospital
de campaña, vasto cobertizo capaz para 300 enfermos, alzábase recio
fortín, cuadrado, destinado a la guarnición. Algunos pobres bohíos,
habitados por lavanderas y obreros negros de la trocha, completaban
el exiguo poblado, que dependía en absoluto de San Miguel, para los
suministros de víveres y demás operaciones comerciales.
Mala suerte tuve al adjudicárseme aquel destino. De las deficiencias
higiénicas de San Isidro certificaban, de una parte, la guarnición,
casi siempre enferma en sus dos tercios; y, de otra, el hecho singular
de haber sido escogido dicho paraje --vasta sabana cruzada por
ciénagas-- como lugar de corrección de oficiales borrachos y calaveras.
Uno o dos meses de destierro en San Isidro considerábase como recurso
heroico capaz de domar las más enconadas rebeldías. Se decía, y no a
humo de pajas, que, acabada la suave condena, los oficiales levantiscos
mostraban la más dulce de las tranquilidades: los unos, por la sencilla
razón de haberse muerto; los otros, por yacer impotentes en el lecho
del dolor...
A poco de mi llegada pude ya comprobar las excelencias de aquel
lugar de expiación. Acababa precisamente de fallecer cierto capitán
borracho y pendenciero, y se preparaban a embarcar en la -plataforma-
liberadora, con paso débil y mirada desfalleciente, dos oficiales
recién cumplidos. Para reemplazarlos, llegaron, a los pocos días,
cierto capitán de Administración Militar medio loco, pero muy listo,
y con quien por cierto mantuve ruidosas polémicas filosóficas, y tres
oficiales de diversas Armas, acusados de promover escándalos y
cometer muchos excesos en los cafés y demás centros de recreo. Eran
gente alegre y dicharachera. Oyendo sus proezas, pasaba muy buenos
ratos. ¡Qué de novelescas conquistas amorosas!... ¡Cuántos ingeniosos
recursos para burlar la antipática vigilancia de maridos y papás! ¡Qué
de infalibles ardides contra la bolsa de los usureros!...
[Ilustración: Lám. XVII, Fig. 23.--Un fortín de la enfermería de
San Isidro, en la Trocha del Este. La fotografía, tomada por mí al
colodión, presenta en primer término la locomotora de tipo americano,
con enorme chimenea de embudo.]
Lo malo fué que tan amenas pláticas se acabaron pronto. Una o dos
semanas después casi todos aquellos arrogantes Lovelaces cayeron en
cama con calentura. Y cuando sonó la hora de la ansiada emancipación,
arrojáronse del lecho, resueltos a no permanecer en San Isidro ni un
minuto más. Dos de ellos fueron transportados al tren en camilla.
Recuerdo que, al decirme adiós, miráronme con esa conmiseración con que
el rescatado de Argel debía contemplar al cautivo sin esperanza.
Tal fué el idílico y apacible retiro con que me obsequió el Dr. Grau,
en cumplimiento de atribuciones y deberes indiscutibles. No me quejé
y no me quejo hoy. Al fin y al cabo, alguno había de cargar con el
mochuelo.
* * * * *
No estará demás informar brevemente al lector de la significación del
sistema defensivo de las -Trochas militares-.
Las -trochas- de Cuba eran caminos bordeados por fuerte empalizada,
con o sin alambradas de refuerzo, y amparados cada 500 metros por
-blockhaus-, donde vigilaban pequeños destacamentos de soldados. Cada
1.000 o más metros alzábase un fortín de madera, guarnecido por una
compañía o fracción de ella. De distancia en distancia, levantábanse
algunos poblados; en ellos la línea militar era defendida mediante
puestos militares de cierta importancia, a cuya sombra protectora se
amparaban enfermerías y almacenes.
La llamada -Trocha del Este o del Bagá-, aunque no terminada,
extendíase de Norte a Sur unos 52 kilómetros, comprendía tres o cuatro
hospitales de campaña, y secuestraba, en una inmovilidad enervante,
varios miles de soldados. La -trocha de Júcaro a Morón-, mucho más
larga, inmovilizaba ocho o diez mil, que había que renovar cada tres o
cuatro meses. Épocas hubo en San Isidro, durante las cuales las tres
cuartas partes de las guarniciones de la línea militar eran baja en las
enfermerías; por donde quedaban -blockhaus- y fortines casi abandonados
y a merced del enemigo.
En teoría, el plan --un tanto pueril-- parecía bien pergeñado. Nuestros
técnicos militares debieron quizá discurrir así: Afecta la gran Antilla
figura de salchicha, con dos estrangulaciones centrales divisoras del
territorio en tres principales departamentos: el de -las Villas y
Occidental-, rico y floreciente, y cuya tranquilidad importaba mucho
asegurar; el -Central o del Camagüey-, donde la insurrección tuvo
siempre tenaces partidarios, y, en fin, -el oriental- (Bayamo, Holguín,
Santiago, etc.), donde la rebelión alcanzaba todo su auge. «Si cortamos
la isla de Norte a Sur --debieron pensar nuestros estrategas-- por las
susodichas escotaduras, mediante empalizadas y series de fortines,
quedarán convertidas aquellas regiones en perfectos compartimentos
estancos. Y una vez acabadas, las trochas serán eficaces desde luego
para preservar del contagio revolucionario al próspero departamento de
las Villas, fuente de valiosos recursos; y además para que un ejército
relativamente pequeño vaya limpiando, sucesiva y metódicamente, de
insurrectos cada compartimento estanco.»
Los repetidos reveses de la campaña probaron, sin embargo, que las
trochas constituyeron grave error militar. Acaso la de Júcaro a Morón
prestó al principio, cuando las partidas revolucionarias alcanzaban
exiguos contingentes o constaban de soldados poco aguerridos, servicios
positivos; pero ulteriormente, los inconvenientes superaron con mucho a
los harto discutibles beneficios. Todo el mundo pudo ver, y ello consta
en las manifestaciones del general Portillo y en las representaciones
al Gobierno del Capitán general Concha, que aquellas inexpugnables
murallas de la China eran tácticamente ineficaces. Atravesábanlas
impunemente los insurrectos (recuérdese, entre otros cruces célebres,
el de la trocha del Júcaro realizado por Máximo Gómez en 1874, para
propagar el fuego de la rebelión a las Villas); inmovilizaban sin
fruto copioso ejército que habría sido eficacísimo en operaciones de
persecución activa; aumentaban en grado indecible, particularmente
durante la época de las lluvias, las bajas por enfermedad (¡muchos
fortines se alzaban en marismas y pantanos!...); y, en fin, consumieron
en trabajos de explanación, fortalezas, construcción de estacadas,
entretenimiento de hospitales y depósitos de víveres y medicamentos,
sumas fabulosas. Y esto precisamente cuando los apuros económicos de
la metrópoli, casi huérfana de crédito y desangrada por dos tremendas
guerras peninsulares, eran abrumadores.
Cuando más tarde, aleccionados por dolorosa experiencia, abandonamos
las trochas, éstas habían causado más de 20.000 víctimas[43].
[43] De las estadísticas, harto incompletas, publicadas acerca
de aquella campaña, se deduce que sólo por enfermedad murieron
cerca de 58.000 soldados y oficiales. Juntando a esta cifra la de
16.000, a que ascendieron los soldados devueltos a la Península
por inutilizados en campaña (y de los cuales buena parte sucumbió
en sus pueblos o en los hospitales de la Península), se obtiene
la suma de 74.000 bajas por enfermedad, muertos casi todos.
Y no contamos aquí los caídos en el campo de batalla ni los
prisioneros y extraviados.
¡Asombra e indigna reconocer la ofuscación y terquedad de nuestros
generales y gobernantes, y la increíble insensibilidad con que en todas
épocas se ha derrochado la sangre del pueblo!
Al referir aquellos sucesos, después de ocurrida la catástrofe
colonial, es difícil resistir a la tentación de indagar las causas
de tantos reveses y de recordar los grandes desaciertos de nuestra
política ultramarina. Es triste reconocer que la característica de
los estadistas españoles consistió siempre en rechazar obstinadamente
las lecciones de la historia. Nuestros políticos vivieron siempre al
día, atentos al conflicto presente, sin preocuparse lo más mínimo
del porvenir. Ni los episodios desdichados de la emancipación de
América, ni dos agotadoras campañas en Cuba, ni el consejo de los pocos
políticos clarividentes que hemos tenido, como Aranda, Prim y Pí y
Margall, hicieron mella en el cerril egoísmo de nuestras oligarquías
turnantes.
Con una falta de cordura incomprensible en preclaros talentos, hombres
como Castelar y Cánovas pensaban que Cuba --esa Cuba que nos aborrecía y
cuya independencia, deseada por América entera, era inevitable-- valía
la pena de sacrificarle España. La frase efectista del célebre
estadista conservador «-hasta el último hombre y la última peseta-», ha
pasado a la historia cual testimonio elocuente de cómo en España puede
llegarse al pináculo del Poder sin la prudencia y previsión necesarias
para salvaguardar los primordiales intereses de una raza. Harto más
hábiles fueron, en conflictos semejantes, otras naciones. Recuérdese a
Portugal y Holanda conservando sus colonias, no obstante las codicias
de las naciones más poderosas. ¡Qué pena pensar que la rectificación
a tiempo de nuestro criterio político, en orden al régimen de las
posesiones de Asia y América, hubiera conservado sin mermas el
glorioso patrimonio de nuestros mayores!...
Al rectificar nuestra conducta, nada teníamos que inventar. Bastaba
con imitar a Inglaterra, la maestra insuperable en las artes de la
política, siempre atenta a las enseñanzas de la realidad. De la
guerra separatista de los Estados Unidos sacó el gran principio de la
autonomía, gracias a cuya leal y generosa aplicación cesó el movimiento
emancipador de sus colonias, que, diversificadas en lo político, vemos
hoy de cada vez más compenetradas en espíritu y sentimiento con la
metrópoli[44]. Mientras tanto, nuestra evolución política en punto al
gobierno colonial, consistió en pasar del régimen tutorial al régimen
asimilista. Y cuando, apremiados por las circunstancias, pensamos
en dictar reformas para Cuba, sólo se nos ocurrió planear incoloro
simulacro de autonomía administrativa y política, es decir, una de esas
-medias medidas-, exentas de generosidad, por igual aborrecibles a
criollos y peninsulares, y que los temperamentos resueltos, en su odio
a la metrópoli, rechazan siempre como burlas intolerables.
[44] Mientras escribimos estas líneas, el Canadá, la India, la
Australia, el África del Sur, etc., sienten como suya la guerra
entre Inglaterra y Alemania, y, alardeando de un admirable
patriotismo de raza, envían contingentes militares al teatro de
la lucha. ¡He aquí el fruto de la generosidad política, que no
es, en suma, sino altísima y clarividente habilidad!...
Si al menos, al terminar la primera guerra de Cuba, --que, como todas
las contiendas civiles, acabó necesariamente en pacto-- hubiéramos
cumplido lealmente solemnes compromisos; si en vez de llevar a las
Cortes fórmulas hábiles hubieran nuestros Gobiernos convertido en ley,
como ofreció Martínez Campos, las condiciones de la -paz del Zanjón-,
habríamos quizás evitado la segunda guerra separatista, y con ella
el desastroso choque con los Estados Unidos... Hemos caído porque no
supimos nunca ser generosos ni justos.
* * * * *
Pero con estas dolorosas digresiones pierdo de vista el asunto y falto
además a formales promesas. Volvamos, pues, a San Isidro.
Mi labor médica en San Isidro era abrumadora, pues pasaban de 300
los enfermos. Por suerte, la patología resultaba poco variada y
difícil: viruela (que hacía estragos en los negros), úlceras crónicas,
disentería y paludismo. A cada una de tales dolencias aplicábase un
tratamiento ritual.
Pero si el servicio profesional, aunque pesado, no ocasionaba graves
quebraderos de cabeza, en cambio los daba, y grandes, el saneamiento
administrativo del hospital. En San Isidro[45] buena parte de los
empleados estafaban al Estado, desde el jefe de la guarnición hasta los
practicantes y cocineros. Conforme era de presumir, el Quijote que yo
llevaba en el cuerpo se me alborotó al tener noticia de tan innobles
abusos, y me lancé resuelto a la pelea, precisamente cuando mi salud
volvió a quebrantarse seriamente.
[45] Tengo motivos para pensar que ocurría lo mismo en otros
muchos hospitales, y que a ello no se daba ninguna importancia.
He aquí la -técnica- empleada por los defraudadores para vivir
parásitamente a expensas de la administración.
En dos o tres ocasiones habíanseme quejado los enfermos sujetos a
ración de gallina de la insipidez y aspecto estropajoso de las raciones
servidas. Extrañado de la queja, me propuse averiguar a todo trance por
qué las aves de corral habían perdido de pronto su exquisito sabor.
El azar llevóme cierto día a pasear por los alrededores del poblado,
donde sorprendí un bien repuesto gallinero, perteneciente al cocinero
del hospital. Fué tal encuentro para mí rayo de luz en las tinieblas.
Y enlazando los hechos y olfateando las pistas, vine a resolver al
fin el problema, amén de averiguar otros muchos abusos cometidos, con
la complicidad del cocinero y practicantes, a beneficio del jefe y
oficiales de la guarnición.
El escamoteo de las gallinas verificábase de dos maneras: 1.ª De
acuerdo con el cocinero, recibían los enfermos como buenas raciones de
gallina trozos de ésta de que se había extraído precisamente el caldo,
y exentos, por tanto, de substancia. 2.ª Los practicantes cargaban
en la libreta de prescripciones y régimen, firmada diariamente por
mí, cierto número suplementario de raciones. Merced a tan ingeniosa
invención, practicantes y oficiales comían pollo a todo pasto y aún
quedaba algo para poblar el corral del cocinero, un negrazo tan bellaco
como insolente.
La confrontación, hecha de memoria para no inspirar recelos, de las
libretas del régimen, antes y después de ser enviadas a San Miguel
por el practicante, me confirmó la realidad del abuso y me reveló,
además, que, apelando al socorrido procedimiento de las adiciones, casi
toda la carne, huevos, Jerez y cerveza consumidos por los oficiales y
practicantes, salía del presupuesto del hospital.
Al encararme, indignado, con el cocinero y practicantes, autores
materiales de la defraudación, se desarrolló la escena consiguiente,
que ellos afrontaron con sorprendente cinismo, como quien tiene
bien guardadas las espaldas. Ante mis interrogaciones apremiantes,
declararon que el chanchullo, si así podía llamarse tan -venial-
irregularidad, constituía régimen consuetudinario de la enfermería;
que, gracias a su prudente tolerancia, consiguió mi antecesor vivir en
paz con los oficiales, amén de economizar casi enteramente su sueldo;
y, en fin, que yo debía dejarme de chismes y tonterías y allanarme
a las clásicas prácticas administrativas. ¡Y esto sucedía cuando
yo, atacado nuevamente de paludismo, para no acudir a la cocina del
hospital, gastaba parsimoniosamente mis últimos centavos y entablaba
tratos con cierto almacenista de San Miguel para pignorar una paga
atrasada!
Todavía si la mencionada -distracción- hubiera obedecido a la
necesidad, habría acallado mis escrúpulos; mas constábame, al
contrario, que jefes y oficiales cobraban puntualmente sus haberes. En
cuanto al cocinero y practicantes, hacían con lo defraudado tráfico
vituperable.
De este modo resultó inevitable el choque con el comandante. En
conferencia reservada censuré su proceder incorrecto; le expresé la
imposibilidad moral en que me veía de tolerar tales irregularidades,
ya que pesaba sobre mí la responsabilidad administrativa del hospital;
añadí, en fin, que estaba dispuesto a corregir radicalmente los abusos.
Mi interlocutor se enojó mucho, reprochándome y hasta burlándose de
lo que él llamaba -chinchorrerías-; pero no echó las cosas a barato.
Acaso me creyera incapaz de sanear administrativamente el hospital.
Sin embargo, cuando días después se encontraron jefes y oficiales sin
víveres de -guagua- y advirtieron que las libretas de pedidos para la
enfermería se comprobaban a diario, reaccionaron vivamente. Comenzó
entonces contra mí una guerra de alfilerazos y de pequeñas insidias;
se me condenó al aislamiento; se hizo lo posible, en suma, para agotar
las fuerzas morales de un enfermo... Excusado es decir que cocinero
y practicantes veían, no sin regocijo, cómo la enfermedad minaba
rápidamente mi organismo. Otra persona más cavilosa que yo habría
temido un envenenamiento. Afortunadamente, conservaba incurable
optimismo.
Entre las malevolencias con que el comandante trató de molestarme,
hubo una que estuvo a punto de provocar grave cuestión personal. En
las noches de alarma (no raras en San Isidro), el comandante pretendía
encerrar dos caballos suyos en el hospital, al lado de los enfermos,
a fin de protegerlos contra los merodeadores; en justificación del
capricho, alegaba que no cabían en el fortín de su residencia y que
la enfermería era el sitio más seguro para guardarlos. Yo me opuse
siempre a tan antihigiénica pretensión, varias veces renovada, y el
jefe, aunque refunfuñando, acababa por desistir. Perdida ahora la
cordialidad, pensó, sin duda, que no debía respetar mis escrúpulos.
Y cierta noche, en que yo me hallaba acostado con fiebre alta, oí
que traían los caballos a la sala, percibiéndose olor de cuadra
insoportable. Vestíme de prisa y salí casi tambaleándome al encuentro
de los palafreneros, a quienes rechacé a empellones, obligándoles a
retirar el ganado. Noticioso, entretanto, el jefe de lo ocurrido, vino
furioso hacia mí, exclamando con voz alterada por la cólera:
--¿Quién es usted para desobedecerme? ¡Aquí represento la suprema
autoridad y usted tiene el deber de acatar ciegamente mis órdenes!...
--Dispense usted --repliqué--; dentro de este recinto no hay más
autoridad que la mía. Pesa sobre mí la responsabilidad del cuidado de
los enfermos, y en conciencia, no puedo consentir que por capricho de
usted se convierta la sala en cuadra inmunda...
Ciego por la ira, y sin reparar en que estaba delante de un enfermo, se
abalanzó en ademán de agredirme. Yo me puse a la defensiva, dispuesto
a devolver golpe por golpe. La fiebre abrasaba mi cabeza, y hubo un
momento en que todo lo vi rojo. Afortunadamente, los oficiales,
harto más discretos que el comandante, comprendieron lo absurdo de la
situación y nos separaron y apaciguaron.
Conforme era de esperar, el jefe me instruyó sumaria por
insubordinación y amenazas a la autoridad. Comenzaron, pues, las
actuaciones. La causa crecía como la espuma. Mi superior jerárquico
propagó la especie de que no había de parar hasta mandarme a presidio.
Para hacer buenas sus amenazas, confiaba mucho en cierto tío suyo,
el brigadier X., habitante a la sazón en Santiago y personaje muy
influyente en la Capitanía general. Mas al fin ocurrió lo que era de
esperar. En cuanto, por mis declaraciones y denuncias, conocieron las
autoridades de Puerto Príncipe las escandalosas filtraciones y los
abusos de autoridad consentidos o cometidos por el jefe militar de
San Isidro, todos, incluso el famoso general de quien tanto fiaba su
sobrino, apresuráronse a echar tierra al asunto. De mi proceso, pues,
nadie volvió a acordarse. Y un oportuno relevo del comandante, fundado
en motivos de salud --allí todos estábamos más o menos enfermos--,
restableció definitivamente la paz en San Isidro.
[Ilustración]
CAPÍTULO XXIV
Mis distracciones en San Isidro. -- La danza de negros y el arpa del
saboyano. -- Se agrava mi enfermedad y se deniega mi solicitud de
abandonar temporalmente la Trocha. -- Pido mi licencia absoluta. --
Gracias a la supresión de la Trocha, logro abandonar mi destino. -- Un
mes en el hospital de San Miguel.
La temporada transcurrida en San Isidro, aparéceseme hoy borrosa y
gris como mirada al través de espesa niebla. Mi situación era por cada
día más lastimosa. La mayoría de mis horas consumíanse en el lecho,
sin más consuelo y asistencia --vamos al decir-- que los prodigados por
un practicante (el de los chanchullos) que me detestaba cordialmente.
No obstante la quinina, el tanino y opio (para la disentería), mis
alivios eran fugaces, episódicos; la ansiada mejoría parecía alejarse
indefinidamente, burlando mis esperanzas. Por primera vez comencé
a dudar de los recursos defensivos de mi organismo. En las horas
melancólicas en que, arrastrándome del lecho, podía respirar el aire
libre y presenciar el ajetreo de las gentes, ¡con cuánta envidia
miraba la robusta salud de los negros, los inconscientes obreros de
la Trocha!... A ratos, aquella ola de vida y alegría desbordantes
parecíame algo así como una insolencia...
Aquellos africanos traídos a Cuba por buques negreros, nos daban
lección de paciencia y resignación. Lejos de sentir nostalgias por la
patria lejana, celebraban regocijadamente sus fiestas, entregándose a
zambras alegres y cánticos salvajes.
Era la danza de las negradas espectáculo singular y atrayente. Mientras
ciertas parejas, medio desnudas, bailaban incesantemente bajo un
sol de fuego, otros cimarrones marcaban el compás, golpeando sobre
largos tambores labrados en troncos de árbol. De vez en cuando, una
voz chillona y selvática entonaba sencillo estribillo, traducción
acaso de algún viejo canto aprendido en los bosques africanos. Por su
repetición, grabóse indeleblemente en mi memoria el siguiente:
«Yo fuí quien maté el caimán,
Caimán...
Caimán...
Yo fuí quien maté el caimán.»
Y así sucesivamente durante ocho o diez horas. Un coro de gritos
salvajes saludaban al cantante al terminar cada estrofa.
Aquellos danzantes bárbaros poseían músculos de acero. El sudor corría
a raudales por su piel de ébano y el sol arrancaba a sus relieves
musculares reflejos metálicos. Lejos de amansar su fogosidad, tan
formidable ajetreo parecía estimularles. En algunas parejas, el
-crescendo- de piruetas, contorsiones y gestos eróticos llegaba al
frenesí. De seguro que ningún europeo habría resistido la mitad de
aquel violentísimo ejercicio.
Entre nuestras distracciones de San Isidro figuraban también conciertos
de arpa. Mas esto exige volver atrás, consignando un antecedente.
Por aquella época, la Isla de Cuba era sima de soldados. Y como la
recluta voluntaria para Ultramar resultaba de cada vez más premiosa,
apelaron los banderines de enganche de la Península a todo linaje
de ardides, aun los más abusivos y vituperables. A tal propósito,
agentes reclutadores sin escrúpulos frecuentaban garitos y tabernas,
y comprometían, previa la correspondiente borrachera, a cuantos
extranjeros jóvenes caían en sus redes. Así fueron a Cuba muchos mozos
saboyanos, infelices artistas, que por la citada época recorrían España
cantando, al son del arpa, el himno de Garibaldi.
Uno de estos desventurados italianos dió con sus huesos en la
enfermería de San Isidro. Padecía de hepatitis e hidropesía, y en su
rostro ictérico mostrábase además el sello del paludismo crónico.
Ignoro cómo, durante su azarosa peregrinación al través de la Isla,
había logrado conservar el precioso instrumento musical, junto al cual
solía dormir en la enfermería, receloso de que se lo arrebataran. Este
soldado músico era mozo servicial y amable, y cuando le dejaba la
fiebre, nos obsequiaba con conciertos al aire libre. Al complacernos,
además de nuestra gratitud granjeaba algunos pesos que economizaba para
el ansiado día de la repatriación.
Aún parece que le veo a la luz de la luna, amarilla la faz, abatida
y triste la mirada, con el vientre hidrópico, rasgo morboso que le
daba aspecto trágicamente grotesco. Puesto en el centro del corro,
y apoyando su debilidad en el tronco de un árbol, lanzaba al aire
con gusto y sentimiento, que nuestra hambre musical convertía en
exquisitos, romanzas de Rossini y Donizetti, canciones napolitanas
y aires saboyanos impregnados de penetrante melancolía. Más de una
vez, gracias al humilde aventurero, olvidaba yo las tristezas de mi
situación y confortaba el ánimo con las gratas emociones del arte.
Dejo apuntado más atrás, que mi dolencia tendía a empeorar. En los seis
o siete meses pasados en San Isidro gocé solamente fugacísimos alivios.
El hígado y el bazo mostraban tumefacción alarmante, y la temible
hidropesía se iniciaba. En vano suplicaba a mi jefe técnico el doctor
Grau una licencia temporal. «Carezco de personal, contestaba siempre.
Resista usted cuanto pueda; cuando disponga de gente de refresco, haré
un esfuerzo por reemplazarle.»
Mis esperanzas empezaban a nublarse ante aquella actitud de resistencia
que tenía todo el aspecto de abandono despiadado. Y acabé por pensar
que para salvarme era de todo punto preciso sustraerme lo antes posible
a los efectos de aquella atmósfera deletérea.
Pero ¿cómo?... En mi situación desesperada, sólo percibí un remedio:
pedir la licencia absoluta por enfermo, es decir, renunciar a la
carrera militar y reintegrarme a la Península. Elevé, pues, una
instancia al Capitán general, por conducto de las autoridades
sanitarias de Puerto Príncipe; y cuando esperaba ansiosamente el
resultado, informóme un amigo de que en la capital del Camagüey se
negaban a tramitar mi solicitud. Mi piadoso jefe el doctor Grau creyó,
sin duda, que mi decaído organismo podría tirar unos meses más...
Debo la vida a cierto caballeroso brigadier, de cuyo nombre, ¡oh
ingratitud!, no puedo hacer memoria. Dejo expuesto ya que las trochas
como recurso defensivo habían caído en descrédito, si bien nadie
quería cargar con la responsabilidad de suprimirlas. Por iniciativa
del Capitán general, efectuóse al fin una jira de inspección a dichas
líneas militares. Y el citado brigadier, a quien tocó visitar la del
-Bagá- o del -Este-, donde yo me encontraba, impresionóse tan vivamente
al reconocer el mal estado de los soldados y la muchedumbre de enfermos
inútiles, que ordenó destruir inmediatamente los fortines y retirar
las guarniciones. Compadecido de mi estado, y noticioso de que mi
solicitud de licencia habíase atascado, quizás intencionadamente,
en la capital del distrito, tomó sobre sí el encargo de cursarla
personalmente, prometiéndome además acelerar todo lo posible la
resolución del Capitán general.
Disuelta la trocha del Bagá, fueron los enfermos concentrados en
diversos hospitales, singularmente en el de San Miguel, adonde fuí yo
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