corrales y aldeas.
En la aurora de la vida, tan inverosímil resulta la idea de la muerte,
que apenas suscita alguna pasajera cavilación. ¡Quién piensa en
morir cuando siente en su corazón juvenil batir con furia la sangre,
y contempla delante de sí, en la azul lejanía del tiempo, serie
inacabable de lustros de espléndida existencia!
La melancólica convicción del no ser, con todo su cortejo de pavorosos
y formidables enigmas, se apodera de nosotros en la edad madura, en
presencia de la muerte de padres y amigos, y sobre todo cuando penosas
sensaciones internas, inequívocos signos del creciente desgaste de la
máquina vital, nos anuncian, para un plazo más o menos dilatado, el
ineluctable desenlace.
Este temor, tan profundamente humano (más felices que nosotros, los
animales parecen ignorarlo), acreciéntase todavía para el médico o el
biólogo. La ciencia es tan impasible como indiscreta. Por ella sabemos
que nuestra organización es tan sutil y quebradiza, que un invisible
microbio, inesperada ráfaga de viento, débil oscilación térmica,
choque moral violento, pueden en pocos días arruinar la obra maestra
de la creación, que se asemeja, por lo deleznable y compleja, a esos
ingeniosísimos e intrincados relojes que marcan las horas, señalan
los días de la semana, anuncian los meses, las estaciones, los años,
las salidas del sol y de la luna, pero que ¡ay! adolecen tan sólo de
un pequeño defecto: pararse definitivamente a la primera sacudida que
reciben.
Añadamos que la muerte violenta, en plena culminación de la curva
vital, es algo absurdo que desconcierta el candoroso optimismo juvenil.
El joven sólo comprende la caída del fruto maduro. Para preparar el
trágico desenlace y evitar dolorosas sorpresas, la naturaleza procede
en el anciano por suaves gradaciones, que van creando en el ambiente
familiar, y a veces hasta en el enfermo agotado por el sufrimiento,
la convicción de la horrenda tragedia. La muerte misma en su
representación vulgar parece anunciarse discretamente en el esqueleto,
que asoma progresivamente al través de brazos y mejillas. Mas estos
súbitos desplomes en el cenit de la existencia sacuden profundamente
nuestra sensibilidad y turban todas nuestras ideas sobre la armonía del
mundo y de la vida.
Otra de las cosas que más profunda impresión me produjo fué la
expresión de calma beatífica del cadáver, en contradicción flagrante
con los espasmos, luchas y terrores de la agonía. Acostumbrados a
asociar el gesto con un modo particular de sentimiento, nos cuesta
trabajo referir al reposo muscular la expresión plácida del difunto;
antes bien propendemos a enlazar dicha inmutable serenidad con un
equivalente estado de conciencia.
¡Cuán soberanamente trágico aparece ese reposo absoluto, la dócil
entrega de nuestros órganos a todas las disolventes injurias de
las fuerzas cósmicas! ¡Y qué desconsoladora indiferencia la de la
naturaleza al abandonar la obra maestra de la creación, el sublime
espejo cerebral donde se diría que la materia y la fuerza adquieren
conciencia de sí mismas!
[Ilustración]
CAPÍTULO XVI
Vuelta al estudio. -- Matricúlome en dibujo. -- Mis profesores de
Retórica y Psicología. -- Impresión causada por las enseñanzas
filosóficas. -- Una travesura desdichada. -- En busca de aventuras.
Había transcurrido un año de mi vida zapateril cuando mi padre,
satisfecho del experimento educativo, y considerándome curado de
mis delirios idealistas, dispuso mi vuelta a los estudios. Ofrecíle
sinceramente aplicarme, a condición de que me consintiese matricularme
en dibujo, asignatura perfectamente compatible con la cultura clásica,
y sobre todo con el estudio de las ciencias físicas y naturales.
Accedió, por fin, no sin escrúpulo, a mi ruego, y para garantizar mi
quietud y formalidad en lo futuro, asentóme de mancebo en la barbería
de un tal Borruel, situada en la plaza de Santo Domingo. Si mis
recuerdos no mienten, tocóme cursar aquel año Psicología, Historia
sagrada, Latín y Retórica y Poética.
Según adivinará el lector, en cuanto empezaron las clases me entregué
con ardor infatigable al dibujo. Pronto pasé de la pepitoria
fisionómica (ojos, narices, bocas) a las cabezas completas y a las
figuras enteras. Trabajé con tan furiosa actividad, que antes de los
tres meses agoté la colección oficial de modelos litográficos. Mi
profesor, don León Abadías, sorprendido de tan extraño caso de afición
pictórica, puso galantemente a mi disposición sus colecciones privadas
de dibujos, que me consentía llevar por turno a casa para trabajar
durante las veladas invernales. Embeleso y deleite de mis sentidos
resultaba la citada labor, en la cual me pasaba, infatigable, los días
de turbio en turbio, ocupado en copiar fervorosamente las nobles líneas
de los héroes griegos y la expresión beatífica de las espirituales
madonas de Rafael y de Murillo. Aquella embriaguez era la satisfacción
del ciego instinto pictórico, que aspiraba a ser arte verdadero; la
felicidad suprema del amador de lo bello, que sacia por fin su sed de
ideal en las puras corrientes de la belleza clásica.
Con nada se saciaba mi lápiz infatigable. Habiendo don León agotado
sus cartapacios, ascendióme a copiar del yeso y del natural, y por
último, tanteó mis fuerzas en la acuarela. Quedó satisfechísimo de
mis trabajos, considerándome --según declaró más de una vez-- como el
discípulo más brillante de cuantos habían pasado por su Academia.
Tan lisonjero juicio llenóme de noble orgullo. Según era de esperar,
llegados los exámenes, galardonó mi laboriosidad con la nota de
-sobresaliente- y premio. Pero llevado de su altruísmo, mi excelente
maestro hizo más: se tomó la molestia de visitar a mi padre en Ayerbe,
a quien instó encarecidamente para que, sin vacilar un momento, me
consagrara al hermoso arte de Apeles, en el cual me esperaban, en
su sentir, triunfos resonantes. Arrastrado por su fervor, extremó
los elogios al catecúmeno...; pero todo fué en vano. Imposible fué
persuadir al autor de mis días de que en las inclinaciones artísticas
de su retoño había algo más que pasajero dilettantismo.
No obstante mi manía pictórica, estudié también con algún provecho
la Retórica y Poética, asignatura que armonizaba bien con mis gustos
y tendencias. El -retórico- don Cosme Blasco (hermano del ilustre
escritor D. Eusebio), joven maestro de palabra suave y atildada,
bajo la cual ocultaba carácter enérgico y entero, poseía el arte
exquisito de hacer agradable el estudio, y el no menos recomendable de
estimular la aplicación de sus discípulos. Preguntábanos la lección
a todos; tomaba nota diaria de las contestaciones, y con arreglo a
ellas nos ordenaba en los bancos. Yo salía casi siempre airoso de
las conferencias; sin embargo, a despecho de mis buenos deseos, no
conseguí pasar nunca del segundo o del tercer lugar. El puesto de
honor era alcanzado siempre por alguno de esos estudiantes que, a la
aplicación y despejo de los mejores, juntan obstinada retentiva verbal
y saben recitar de coro largos pasajes latinos y castellanos[17]. Ese
don exquisito que los psicólogos modernos llaman -memoria espontánea
u orgánica-; esa capacidad de retener sartas inacabables de voces
inconexas; ese precioso capital orgánico, archivo de la razón,
descanso de la atención y del juicio, es precisamente la cualidad
en que la naturaleza se ha mostrado conmigo más avara. Mi facultad
de retener corresponde casi exclusivamente a la -memoria lógica o
sistemática-, que se nutre con la atención y asociación, y opera
solamente a condición de establecer concatenación natural y lógica
entre las nuevas y las antiguas adquisiciones. Tan desgraciado he sido
bajo este respecto, que jamás pude recitar de coro la plana de un
texto científico o literario. Consigo, es cierto, retener con relativa
facilidad las ideas y hasta el orden lógico de exposición; pero al
evocarlas en la mente, el ropaje verbal se desarregla, cambiando de
forma y de matiz. Compruébase en mí, de exagerada manera, una nota o
propiedad de la reviviscencia de las ideas, bien estudiada por Wundt,
James y otros psicólogos, a saber: que el recuerdo o imagen no es mera
copia de la percepción, sino nuevo acontecimiento mental, resultado
de síntesis especial que entraña elementos preexistentes añadidos.
La conciencia de tan desdichada imperfección no dejó de contribuir a
desanimarme del estudio, y, tiempos adelante, fué causa también de que
me apartara sistemáticamente de las ocasiones de hablar en público,
renunciando a toda pretensión oratoria. ¿Ha sido esto un bien o un mal
para mi carrera?
[17] Nuestro modelo de estudiantes aplicados era Arizón, que
llegó y no pasó de médico militar. Jamás pudimos arrancarle el
número primero de la clase.
Por mal, y gravísimo, lo reputé siempre; pero hoy, mirando las cosas de
más alto, considero mi deficiencia mnemónica verbal como una fortuna.
El talento oratorio --que se nutre, como es sabido, en el terreno de
una gran retentiva de voces y giros retóricos-- como la hermosura,
representan para sus posesores invitación perpetua a la tiranía y a
la holganza. Decía Cánovas, no sin gracejo, que la clásica definición
de orador «-vir bonus dicenti peritus-» debía ser sustituída por
esta otra: «el que es capaz de hablar bien de lo que no entiende». Y
pudo añadir que muchas de nuestras celebridades oratorias, al verse
aplaudidas gracias a su desgaire y desahogo, acaban por encontrar
superfluo el estudio. Por el contrario, cuando no se puede ser
baratamente elocuente, hay mucho camino andado para resultar laborioso.
Con harto menos provecho, por falta de adecuada disposición del ánimo
y por mi repugnancia invencible contra toda clase de dogmatismos,
estudié la Psicología, Lógica y Ética. El profesor de esta asignatura,
D. Vicente Ventura, era maestro docto y celoso, cuya voz ronca y nasal
deslucía un tanto la brillantez de su oratoria. Penetrado de profundo
sentimiento religioso (que le impulsaba a postrarse horas enteras en
la catedral con los brazos en cruz y el alma en éxtasis), sus palabras
traducían la robusta fe del creyente más que la crítica razonada del
filósofo. Era, ante todo, panegirista de la religión y orador pomposo,
de vibrantes apóstrofes rugientes de apostólica indignación contra el
error materialista y la impiedad protestante. Ferviente admirador de
la escolástica, para él no habían existido sino dos grandes genios
filosóficos: Aristóteles y Santo Tomás. De vez en cuando, arrastrado
por su fogosidad tribunicia, se exaltaba, poniendo como chupa de
dómine a Locke, a Condillac, y sobre todo a Rousseau y a Voltaire.
Ignorante yo de la vida y milagros de dichos filósofos, me dije más de
una vez: ¿Qué le habrán hecho estos señores a D. Ventura para que les
censure tan duramente? Y fué lo peor que, a fuerza de execrar de los
racionalistas, casi nos resultaban simpáticos.
Arma dificilísima de esgrimir es la indignación retórica. A poco que
se extremen los adjetivos denigrantes, la verosimilitud abandona al
orador; el crítico se convierte en sectario y el criticado en víctima.
Los vehementes panegiristas de la ortodoxia harían bien en recordar
el -trop de zèle- del diplomático francés y la ley psicológica de
la -inversión de los efectos-, comparable a la fisiológica de la
producción de las imágenes consecutivas negativas. Al oir tan sañudas
diatribas, acababa uno por preguntarse: «¿Qué diablos de doctrinas
habrán propalado esos herejes y con qué argumentos las habrán apoyado?
Me gustaría saberlo». ¡Y en efecto... se llegan a saber!
Fuera largo e impertinente analizar aquí los estados de conciencia,
no siempre suficientemente precisos y luminosos, producidos por
aquella iniciación en la psicología dogmática y metafísica elemental.
Sólo diré que me extrañaron muchas cosas: primera, que mientras en
Geometría, Álgebra y Física toda verdad se apoyaba firmemente sobre el
razonamiento o la experiencia, en Metafísica y Psicología se mirara
con recelo o se concediera secundaria importancia a los referidos
métodos, adoptando con ciega confianza el principio de autoridad y las
alegaciones del sentimiento; segunda, que verdades tan transcendentales
y decisivas como la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, que
debieran constituir, al modo de los axiomas matemáticos, indiscutibles
postulados de la razón, tuvieran que ser sutilmente defendidos con
argucias y recursos de abogado; tercera, que el mismo profesor de
Lógica, que tanto encarecía aplicáramos a los problemas de la vida
común los criterios de la certeza, al tratar después de los problemas
de la Metafísica, se amparase sin recelo en los dictados, no siempre
infalibles, y a veces contradictorios, de la tradición, y en las
afirmaciones dogmáticas de la fe religiosa; finalmente, sorprendióme
sobremanera la pluralidad de las escuelas filosóficas, pluralidad
reveladora, o de que las cabezas humanas funcionan diversamente,
estimando las unas por error lo que las otras diputan por verdad, o que
la esfera de la religión y de la filosofía se substrae casi enteramente
a la aprehensión del entendimiento humano.
Pero dejemos estas digresiones[18], impropias de una autobiografía, y
reanudemos el hilo de la narración.
[18] Omito en la presente edición, por inoportunas, ciertas
reflexiones tocantes a cuestiones psicológicas y metafísicas
(problema crítico, criterios de certeza, fronteras entre el -yo-
y el -no yo-, tipos intelectuales, etc.), que figuraban en la
primera.
Avanzaba el curso del 68 y aproximábanse los exámenes, en los cuales
esperaba salir medianamente airoso, cuando un suceso inesperado malogró
mis esperanzas.
Paseábame cierta tarde por la carretera inmediata a la muralla, no
lejos de la plaza de Santo Domingo. De improviso divisé una tapia
recién revocada y perfectamente blanca. En aquellos heroicos tiempos
de mi grafomanía, una superficie limpia, lisa y virginal, constituía
tentación pictórica irresistible, atrayéndome como atrae la luz a
las mariposas nocturnas. Ver, pues, la pared y mancharla con tiza y
carboncillo, fué cosa de breves instantes. Pero aquel día quiso el
diablo que me propasara a retratar, en tamaño natural, a algunos de
mis profesores, y señaladamente a mi maestro de Psicología y Lógica,
D. Vicente Ventura, cuyos rasgos fisonómicos, sumamente acentuados,
prestábanse admirablemente a la caricatura. Con lápiz nada adulador
--lo confieso-- hice resaltar su ojo tuerto, su nariz algo roma, y
sus anchurosas y rapadas mejillas eclesiásticas, que denunciaban a la
legua, en virtud de esa íntima correlación entre la idea y la forma,
la devoción al tomismo y la lealtad a D. Carlos. Acabado el diseño,
apartéme de la pared para juzgar del efecto. Acertaron a pasar varios
chicuelos y tal cual estudiante, quienes contemplando los monigotes
y reparando en seguida el parecido, prorrumpieron a coro: «¡Mirad
el tuerto Ventura!» Y sin poder evitarlo, apedrearon la caricatura,
acompañando el acto con toda suerte de dicterios.
Dispuso mi mala estrella que precisamente en aquellos momentos
llegara el original del dibujo y sorprendiera la ridícula escena del
fusilamiento en estampa. Sobrecogido de miedo al advertir la endiablada
coincidencia, me escabullí, ocultándome detrás de un árbol.
Acérrimo partidario del principio de autoridad, D. Ventura, al verse
escarnecido en efigie, estalló en santa indignación, enderezó a los
chicos acre reprimenda y les amenazó con denunciarlos a la autoridad
si no delataban al autor de la burla. Supo con pena que el autor de la
caricatura era el chico del médico de Ayerbe, es decir, ¡el hijo de uno
de sus amigos más estimados!...
¡Quién podría contar la exasperación de D. Ventura cuando al siguiente
día, enfrontó conmigo en clase! Perdió su calma habitual y se desató en
un chaparrón de calificativos denigrantes. ¡Jamás vi hombre más fuera
de sí!
Anonadado quedé al escuchar la formidable filípica. Balbuciente de
emoción, no acerté a formular excusa satisfactoria; intenté, empero,
con frase tímida expresarle que no había sido mi ánimo molestarle en
lo más mínimo con aquel desdichado monigote, forjado sin intención y
por mero pasatiempo; y, sobre todo, que no tuve arte ni parte en la
descomunal pedrea. Todo en vano. D. Ventura se mantuvo implacable. La
indignación le ahogaba, y sin paciencia para escuchar mis disculpas,
arrojóme violentamente del aula... Era preciso --según decía-- que la
oveja contumaz no contaminase al resto del rebaño.
Supo mi padre lo ocurrido y escribió a D. Ventura tratando de
aplacarle; mas no logró su intento. A duras penas consiguió se me
admitiese nuevamente en clase, en donde se me relegó, no obstante
mi sincero arrepentimiento, al pelotón de los irredimibles y de los
suspensos por derecho propio.
No me desanimé a pesar de todo. Durante el mes de Mayo entreguéme al
estudio con ahinco, y las eras de Cáscaro, y mis buenos amigos --el hoy
ilustre Salillas, entre otros-- fueron testigos de las largas horas
pasadas hojeando la Psicología de Monlau, y ocupado en extraer el
jugo oculto en los conceptos enrevesados de -substancia y accidente-,
-esencia y existencia-, -transcendencia e inmanencia-.
Muchas eran las nociones que escapaban a mi débil penetración; pero me
propuse aprenderlas de memoria, según costumbre general, a fin de salir
airoso del examen. Logré, de este modo, en los últimos días de Mayo,
tener prontas y a punto de ser quemadas unas cuantas carretillas de
fuegos artificiales, es decir, de castillos de palabras enlazadas como
los cohetes de traca valenciana. Todo consistía en que el examinador
pusiese el cebo en el -principio- del artificio pirotécnico, y en que
la emoción no me mojase la pólvora... Desgraciadamente, la pólvora se
mojó.
Acababa de sentarme en el banquillo de los reos, cuando D. Ventura,
presidente del Tribunal, cuyo enojo no fué mitigado por mi compostura y
aplicación de los últimos meses, irguióse olímpicamente en el estrado y
dirigió al público y compañeros jueces estas o parecidas expresiones:
«Señores: Cediendo a inexcusable deber de conciencia, me abstengo de
examinar al Sr. Ramón. Deseo que en la hora de la justicia nadie pueda
acusarme de apasionado. Entrego, pues, el examinando a la probada
rectitud de mis compañeros, para que, libres de toda sugestión,
califiquen como se merezca al alumno más execrable del curso, al que
en su furor insano no reparó en mofarse pública e insolentemente de
su maestro, exponiendo la honrosa toga del profesorado al escarnio de
truhanes y a la befa del populacho.»
Aterrado quedé al oir tan severas palabras. Quise retirarme del examen,
y así lo signifiqué humildemente al Tribunal, alegando: «He estudiado
atentamente el texto, pero en el estado en que me hallo, ha de faltarme
la serenidad indispensable para contestar. Me abstengo, pues, a mi
vez, siguiendo el ejemplo de D. Ventura, y me retiro. --Hace usted
muy mal --me respondió con agrio gesto uno de los jueces-- desconfiando
de la rectitud del Tribunal, cuya imparcialidad e hidalguía están
muy por encima de sus malévolas insinuaciones. Siéntese usted, y si
positivamente sabe, será usted aprobado, a pesar de todo.»
Tuve la ingenuidad de morder el anzuelo. A todo contesté algo, según el
texto, y a mi ver, bastante más de lo exigido a mis condiscípulos para
obtener el -aprobado-, sobre todo teniendo en cuenta la intensa emoción
que me embargaba; pero los jueces, como obedeciendo a una consigna,
metiéronme en honduras y tiquis miquis metafísicos. Y transcurrida más
de media hora de mortal angustia, acabaron por desconcertarme. Entonces
me despidieron satisfechos.
A qué seguir... Quisieron darme una lección, y en efecto la recibí, la
agradecí y no la olvidé nunca.
¡Mi situación moral era terrible!... ¿Qué decir al llegar a mi casa?
¿Cómo soportar la justa indignación de mis padres? Cediendo al fin a
un sentimiento de vergüenza y desaliento, resolví hacer una calaverada
gorda: marcharme lejos, muy lejos, huyendo de mi familia y de mis
maestros... Deseaba ardientemente vegetar desconocido entre gentes
desconocidas, ser juzgado por mis obras y no por mi historia...
Comuniqué mi designio a varios compañeros de infortunio, y agradóles
el proyecto. Y reunidos por todo capital unos cuantos reales, nos
lanzamos en busca de aventuras. Ya en marcha, varios fueron los
proyectos formados: quiénes pretendían que, arribados a Zaragoza,
sentáramos plaza de soldados; quiénes proponían que nos asentáramos de
aprendices en algún obrador o comercio; cuáles, en fin, aconsejaban
imprudentemente que nos entregáramos, en tanto la casualidad o la
providencia proveían a nuestro sustento, al pillaje y merodeo...
En estas pláticas y disputas llegamos a Vicien. Anochecía, y como
el hambre comenzase a dejarse sentir, cierto compañero llamado
Javierre tuvo la salvadora idea de visitar al maestro del pueblo, tío
suyo, hombre campechano y a carta cabal. Aprobado el plan, entramos
solemnemente en la aldea, que encontramos ardiendo en fiestas, con
baile y algazara en la plaza y -mayos- en las calles. Satisfecho de ver
a su sobrino, así como a la honrada compañía, el buenísimo del maestro
nos dió franca y generosa hospitalidad. Comimos de lo lindo y dormimos
diez horas de un tirón.
Al siguiente día, sosegados los ánimos y las piernas, nuestras ideas
tomaron otro rumbo; y entre los compañeros dominó el prudente propósito
de retornar al abandonado redil. El profundo sueño había disipado los
románticos ensueños; y la excelente digestión de la cena, después del
baile (a que algunos camaradas se entregaron la víspera), había creado
en la cuadrilla sano optimismo propicio al arrepentimiento.
Nada pudieron contra aquellas tornadizas voluntades mis especiosos
sofismas. Como quien oye llover escucharon mis supremos llamamientos al
honor de la palabra empeñada, y la evocación calurosa de las hermosas
perspectivas que una existencia libre, fértil en aventuras, abría ante
nosotros. Todos prefirieron la azotaina cierta a la fortuna quimérica,
el sombrío pasado al glorioso porvenir...
Al fin hube de ceder. Y en el crepúsculo de un día aciago, que debió de
ser el primero de éxodo épico y triunfante, regresé a Huesca, con la
negra melancolía de Don Quijote vencido, con la decepción dolorosa de
Calicrates herido antes de comenzar la gloriosa batalla.
[Ilustración]
CAPÍTULO XVII
Dos inventos que me causaron indecible asombro: el ferrocarril y la
fotografía. -- Mi iniciación en los estudios anatómicos. -- Saqueo
macabro. -- La memoria de las cosas y la de los libros. -- La aurora
del amor.
No deja de ser instructivo conocer la actitud del niño en presencia de
las grandes invenciones de la ciencia. Este choque moral, sobre revelar
tendencias intelectuales congénitas, pone de manifiesto la verdadera
vocación.
Fué el -ferrocarril-, entonces novísimo en España, el primero de mis
asombros. Allá por los años de 1865 a 1866, debía yo trasladarme a
Huesca, desde el pueblo de Sierra de Luna, donde habitaba mi familia.
Acompañábame el abuelo paterno, un montañés rubio, casi gigante, de
setenta y cinco años, admirable por su agilidad y su fuerza, quien,
después de visitar a sus nietos, regresaba a Larrés para incorporarse
al abandonado pegujal. Hasta la primera estación (la de Almudevar) el
trayecto fué recorrido a caballo. (Dicho sea entre paréntesis, yo era
entonces consumado jinete).
Mas para comprender lo que sigue importa exponer un antecedente.
Meses antes ocurrió en la estación de Tardienta, según creo, horrible
descarrilamiento, de que resultaron muchos muertos y heridos[19].
Excusado es decir que el recuerdo de la catástrofe no se apartaba de
mi ánimo, preocupándome seriamente. Y así, cuando apareció el tren,
experimenté sensación de sorpresa mezclada de pavor. De buena gana
hubiera retrocedido al pueblo. A la verdad, el aspecto del formidable
artilugio era poco tranquilizador. Delante de mí avanzaba, imponente
y amenazadora, cierta mole negra, disforme, compuesta de bielas,
palancas, engranajes, ruedas y cilindros. Semejaba a un animal
apocalíptico, especie de ballena colosal forjada con metal y carbón.
Sus pulmones de titán despedían fuego; sus costados proyectaban chorros
de agua hirviente; en su estómago pantagruélico ardían montañas de
hulla; en fin, los poderosos resoplidos y estridores del monstruo
sacudían mis nervios y aturdían mi oído. Al colmo llegó mi penosa
impresión cuando reparé sobre el ténder dos fogoneros, sudorosos,
negros y feos como demonios, ocupados en arrojar combustible al
anchuroso hogar. Miré entonces a la vía y creció todavía mi alarma al
reparar la desproporción entre la masa de la locomotora y los endebles,
roñosos y discontinuos rieles, debilitados además por remaches y
rebabas. Cuando el tren los pisaba parecían gemir dolorosamente,
doblegándose al peso de la mole metálica. El valor me abandonó por
completo...
[19] Este siniestro acaeció precisamente el día que se inauguró
la línea de Tardienta a Huesca.
Paralizado por el terror, dije a mi abuelo: «¡Yo no me embarco!...
Prefiero marchar a pie...» Sin hacerme caso, mi colosal antepasado,
quieras que no, me embutió en un vagón. Entráronme sudores de angustia.
Un vaho de carne desaseada y mal oliente ofendió mis narices.
Encontréme, barajado y como bloqueado, entre maletas, cestas,
gallinas, conejos y zafios labriegos y aldeanas.
Por fortuna, a poco de arrancar el tren, fué disipándose el susto:
la imagen del paisaje sirvió como derivativo a la emoción. Colgado
a la ventanilla, contemplé embebecido la cabalgata interminable de
aldeas grises, de chopos raquíticos, palos del telégrafo, trajinantes
polvorientos y amarillos rastrojos. Y al fin, al ver cómo avanzábamos,
me dí cuenta cabal de las ventajas de aquel singular modo de viajar.
Llegados a Vicien, mi tranquilidad era completa.
En el referido terror al tren, que parecerá acaso un poco extraño,
entraron dos elementos: de una parte, el enervador recuerdo del trágico
descarrilamiento ocurrido meses antes; y de otra, ese miedo instintivo
e irrefrenable -hacia lo desconocido-, cuando se presenta con aspecto
imponente, característico de niños y salvajes. Trátase, según dicen los
psicólogos, de un -instinto humano primario-, modificable, sin embargo,
a impulsos de la razón y de la experiencia.
Más adelante, libre de emociones deprimentes, admiré la admirable
creación de Watt y Stephenson, y percibí toda su enorme transcendencia
social. Repitamos una idea, convertida actualmente en vulgarísimo lugar
común, a saber: que éstas y otras ingeniosas creaciones de la ciencia
(el telégrafo, el teléfono, la telegrafía sin hilos, la aviación,
etc.), encierran la peregrina virtud de concentrar la experiencia,
suprimiendo el espacio y el tiempo, rémoras de nuestra insaciable
curiosidad, y de enriquecer la sensibilidad con series casi infinitas
de nuevas y gratísimas sensaciones. Claro es que entonces no tenía sino
el presentimiento, bastante obscuro, de tan grandiosas perspectivas.
Ante los crecientes milagros de la industria moderna, se me ocurre
hoy esta duda: El pequeño cerebro humano, organizado en vista de una
vida primitiva, sencilla y patriarcal, y adaptado para encerrar escaso
número de imágenes y representaciones, ¿podrá soportar impunemente la
sobreactividad febril a que le fuerzan tantas y tan variadas maneras de
sentir, gozar y conocer?
* * * * *
La impresión producida por la fotografía ocurrió más tarde, creo que
en 1868, en la ciudad de Huesca. Ciertamente, años antes había topado
con tal cual fotógrafo ambulante, de esos que, provistos de tienda
de campaña o barraca de feria, cámara de cajón y objetivo colosal,
practicaban, un poco a la ventura, el primitivo proceder de Daguerre.
Según es sabido, las copias se obtenían sobre láminas de plaqué, y eran
necesarios varios minutos de exposición.
Pero el daguerreotipo se transformó rápidamente en la invención
admirable de la fotografía al colodión húmedo. En este nuevo método,
las materias fotogénicas empleadas eran el -yoduro- y -bromuro de
plata-, extendidos sobre cristal, en delgadísima cutícula. Bastaban
veinte o treinta segundos a la luz difusa brillante, para lograr un
buen -clisé-. El retrato era ya fácilmente abordable. Además, habíase
conseguido la inestimable ventaja de la multiplicación de las pruebas,
ya que de una -negativa- se sacaban en papel cuantas -positivas- se
desearan.
Gracias a un amigo que trataba íntimamente a los fotógrafos, pude
penetrar en el augusto misterio del cuarto obscuro. Ello fué en Huesca.
Los operadores habían habilitado como galería las bóvedas de la ruinosa
iglesia de Santa Teresa, situada cerca de la Estación. Huelga decir
con cuán viva curiosidad seguiría yo las manipulaciones indispensables
a la obtención de la capa fotogénica y la sensibilización del papel
albuminado, destinado a la imagen positiva.
Todas estas operaciones produjéronme indecible asombro. Pero una
de ellas, la -revelación- de la imagen latente, mediante el ácido
pirogálico, causóme verdadera estupefacción. La cosa me parecía
sencillamente absurda. No me explicaba cómo pudo sospecharse que en
la amarilla película de bromuro argéntico, recién impresionada en la
cámara obscura, residiera el germen de maravilloso dibujo, pronto
a aparecer bajo la acción de un reductor. ¡Y luego la exactitud
prodigiosa, la riqueza de detalles del clisé y ese como alarde
analítico con que el sol se complace en reproducir las cosas más
difíciles y complicadas, desde la maraña inextricable del bosque
hasta las más sencillas formas geométricas, sin olvidar hoja, brizna,
guijarro o cabello!...
Y, no obstante, aquellos modestos fotógrafos obraban tamaños milagros
sin la menor emoción, horros y limpios de toda curiosidad intelectual.
De la contestación a mis ansiosas interrogaciones deduje que a ellos
les tenía completamente sin cuidado la teoría de la -imagen latente-.
Lo importante consistía en retratar mucho y cobrar más. Dijéronme
solamente que el prodigio de la revelación advino por casualidad, y que
esta felicísima casualidad sonrió por primera vez al célebre Daguerre.
¡El azar!... ¡Todavía el azar como fuente de conocimiento científico
en pleno siglo XIX!... ¡Pero entonces el mundo está lleno de
enigmas, de cualidades ocultas, de fuerzas desconocidas!... Por
consiguiente, la ciencia, lejos de estar agotada, brinda a todos con
filones inagotables. Puesto que vivimos, por fortuna, en la aurora
del conocimiento de la naturaleza; puesto que nos rodea aún nube
tenebrosa, sólo a trechos rasgada por la humana curiosidad; si, en
fin, el descubrimiento científico se debe tanto al genio como al
azar..., entonces todos podemos ser inventores. Para ello bastará jugar
obstinada e insistentemente a un sólo número de esta lotería... Todo es
cuestión de paciencia y perseverancia...
Al fantasear aquí sobre la fotografía, no puedo menos de estampar una
reflexión melancólica. ¡Lástima grande que hayamos nacido demasiado
temprano! Los que somos ya viejos y añoramos los dorados días de la
niñez y adolescencia, ¿cuánto daríamos hoy por poseer fotografías
de nuestra edad pueril y, sobre todo, las de nuestros queridos
progenitores en plena florescencia de energía y juventud? ¡Qué dicha
sería contemplar ahora la lozana belleza de nuestras madres, de
quienes cuantos pasamos de los sesenta recordamos tan sólo la efigie
desfigurada y marchita por el sublime sacrificio de la maternidad en
complicidad con las injurias del tiempo!...
De cualquier modo, el conocimiento rudimentario adquirido en Huesca del
mecanismo fotográfico fué el -primum movens-, andando el tiempo, de una
pasión, apenas mitigada hoy, cumplidos los sesenta y cinco. Conforme
notaremos más adelante, el cultivo de la cámara obscura, además de
servir de sucedáneo a vehementes y nunca satisfechas apetencias
artísticas, fué en todo tiempo el descanso de mis fatigas, el olvido de
pretericiones e injusticias y, en fin, el remedio soberano de dolencias
físicas y morales.
* * * * *
El verano de 1868 está asociado en mi memoria con mi iniciación en los
estudios anatómicos.
Dejo ya consignado en otro capítulo que mi padre había sido, durante su
carrera, hábil disector y fervoroso cultivador de la anatomía humana.
Solía decir que los éxitos quirúrgicos debíanse, más que a la lectura
de los libros, a la exploración de los cadáveres.
Importa recordar, para comprender lo que sigue, que aquellos tiempos
eran la edad de oro de la cirugía artística, de precisión y escamoteo.
Frescos aún los laureles conquistados en Francia por Velpeau y Nélaton,
y en España, por Argumosa y Toca, los médicos noveles, expertos en
achaques de disección, salían del aula resueltos a emular, con nuevas
audacias operatorias, la gloria de tan altos maestros. Y fuerza es
confesar que la empresa era entonces más ardua que hoy. Antaño los
héroes del bisturí triunfaban solamente cuando se habían tomado
el trabajo de escudriñar el organismo hasta en sus más recónditos
repliegues. Pero hogaño, gracias a las conquistas de la asepsia y de
la anestesia, el cirujano se atreve a todo; porque sabe que si logra
impedir la agresión de los microbios del pus, de la erisipela, el
tétanos y la septicemia, la piadosa naturaleza perdonará los pecados
artísticos y distracciones anatómicas cometidos.
Ocioso es advertir que en aquella época no había nacido la
microbiología. Ni Pasteur ni Koch habían dado a luz sus descubrimientos
inmortales, de que tan bien ha sabido aprovecharse el arte operatoria.
La garantía del éxito dependía, pues, casi enteramente de la pulcritud
y rapidez de la intervención y, sobre todo, del grado de diafanidad
con que en la mente del cirujano aparecía, en el solemne momento de
desflorar la virginidad de los órganos, la complicada máquina viviente.
El operador de buena cepa, educado en el anfiteatro, podía prever la
marcha del bisturí a través del dédalo de músculos, nervios y vasos,
con la misma precisión con que prevé el artillero, al desarrollar sus
ecuaciones, la trayectoria de un proyectil.
Después de lo dicho, hallará natural el lector que mi padre resolviera
aficionarme a la anatomía harto tempranamente. Fundándose, sin duda, en
el aforismo vulgar «quien da primero da dos veces», decidió inculcar
a su hijo, inmediata y vigorosamente, las nociones eminentemente
intuitivas de la osteología humana.
«Pesado y árido te parecerá el estudio de los huesos --me decía--;
pero hallarás en él, por compensación, introducción luminosa al
conocimiento de la medicina. Casi todos los médicos adocenados lo
son por haber flaqueado en los comienzos. El estudiante que aprende
concienzudamente los huesos, toma gusto al estudio de músculos, vasos y
nervios; quien domina la anatomía halla fáciles y llanas la fisiología
y patología; en fin, el que ha profundizado la máquina sana y enferma,
resulta en definitiva médico óptimo y prestigioso cirujano. Y sabe de
cierto que la anatomía es más necesaria al cirujano que al médico.
La patología interna tiene no poco de ciencia contemplativa; al modo
de la astronomía, prevé eclipses que no sabe evitar; mientras que la
patología externa, como ciencia de acción y de dominio, a todo se
arroja, mudando y suspendiendo a capricho el curso de los procesos
orgánicos. Y quisiera persuadirte eficazmente de que tu provecho y
conveniencia se cifran en ser cirujano y no médico; porque has de
notar que las gentes agradecen el trabajo, no en razón del mérito
intrínseco, sino de la evidencia del servicio y de lo cruento y audaz
de la intervención. Para los efectos del premio existirá siempre entre
el cirujano y el médico la misma relación que entre el diplomático y
el caudillo. Quien persuadiendo triunfa, granjea opinión, no libre
de envidia; quien triunfa combatiendo, tiraniza hasta la envidia
misma. Tras éste corre desalada la gloria; aquél suele perseguirla
sin alcanzarla. ¡Triste verdad es que el hombre sólo se humilla ante
la gloria roja! Un poco de sangre realza el esplendor del éxito,
marcándolo con el cuño de la popularidad.»
Por estas razones, que traduzco naturalmente con amplia libertad, fué
demostrada la supremacía científica y social de la cirugía sobre la
medicina, y quedó justificado el empeño de iniciar lo antes posible mi
educación anatómica, comenzando por la osteología, base y fundamento
de todo el edificio médico. Tengo para mí que el futuro -disector- de
Zaragoza, el catedrático de Anatomía de Valencia y el investigador
modesto, pero tenaz y activo que vine a ser andando el tiempo, fueron
el fruto de aquellas primeras lecciones de osteología explicadas en un
granero. A casi todos los hombres les sucede lo mismo. La jerarquía
social, así como la función peculiar desempeñada en la vida colectiva,
dependen, a menudo, de una viva y persistente sugestión producida en
la adolescencia; acción inductora, baladí en sí misma, pero que a
la manera de la aguja del guardafreno, tuvo la virtud de encarrilar
definitivamente nuestra actividad y de marcar rumbo definitivo a
la obra del porvenir. Lo que no logró mi padre, según veremos más
adelante, es que su hijo resultara renombrado cirujano ni siquiera
clínico mediocre.
Quizás interese algo al lector el saber cómo nos procuramos el material
científico de la nueva enseñanza. A riesgo de hacerme pesado, entraré
aquí en algunos pormenores.
Estudiar los huesos en el papel, es decir, teóricamente, hubiera sido
crimen didáctico, de que mi maestro era incapaz. Sabía harto que la
naturaleza sólo se deja comprender por la contemplación directa, sin
velos humanos, y que los libros no son por lo general otra cosa que
índices de nombres y clasificaciones de hechos.
Mas ¿cómo adquirir el precioso material anatómico? Cierta noche
de luna, maestro y discípulo abandonaron sigilosamente el hogar y
asaltaron las tapias del solitario camposanto. En una hondonada del
terreno vieron asomar, en confusión revuelta, medio enterradas en la
hierba, varias osamentas procedentes sin duda de esas exhumaciones o
desahucios en masa que, de vez en cuando, so pretexto de escasez de
espacio, imponen los vivos a los muertos.
¡Grande fué la impresión que me causó el hallazgo y contemplación de
aquellos restos humanos! A la mortecina claror del luminar de la noche,
aquellas calaveras medio envueltas en la grava, y sobre las cuales
trepaban irreverentes cardos y ortigas, me parecieron algo así como
el armazón de un buque náufrago encallado en la playa. Enfrenando la
emoción, y temerosos de ser sorprendidos en la fúnebre tarea, dimos
comienzo a la colecta, escogiendo en aquel banco de humanas conchas los
cráneos, las costillas, las pelvis y fémures más enteros, nacarados y
rozagantes. Preferíamos las calaveras blancas y jóvenes, cuyos huesos,
como las ideas, se habían mantenido elásticos y movibles, a las cabezas
duras y seniles, de coyunturas rígidas y soldadas.
Al escalar, de retorno, la tapia del fosal con la fúnebre carga a la
espalda, el pavor me hizo apretar el paso. Parecíame percibir, en
el entrechocar de las osamentas, protestas e imprecaciones de los
difuntos: a cada momento temía que algún duende o alma en pena nos
atajara el paso, castigando a los audaces profanadores de la muerte.
Pero no pasó nada. La emoción de lo maravilloso, tan grata a mi
enfermiza sensibilidad de poeta, faltó por completo en aquel episodio
macabro, durante el cual, para que todo fuera vulgar, ni siquiera
apareció el cárdeno fulgor de los fuegos fatuos. Pronto comenzó el
inventario y estudio de aquellos fúnebres despojos.
En este éxodo, a través del rocalloso desierto humano, nuestro Moisés
fué el libro monumental de Lacaba, a que se añadió más adelante el
Cruveilhier; pero quien verdaderamente me condujo a la tierra de
promisión fué mi padre. Llevado de celo docente insuperable, consagró
todos sus ocios a hacerme notar los más insignificantes accidentes
de la conformación de los huesos, desarrollando en mí de pasada
una cualidad escasamente cultivada por los maestros, es decir, la
-sensibilidad analítica-, o sea la aptitud de percibir lo diferenciado
y nuevo en lo al parecer corriente y uniforme. Nada esencial quedó
por reparar en la morfología interior y exterior de cada pieza del
esqueleto. Complacíase mi lápiz en animar las inertes conchas del
organismo, dibujando esquemáticamente los músculos que las agitaron y
las venas y arterias que las nutrieron. Adornado del vistoso velamen,
el armazón del barco humano ofrecíase más bello y comprensible. La
carne sobreañadida explicaba el esqueleto, y éste explicaba la carne.
Bien miradas las cosas, mi fervor anatómico constituía una de tantas
manifestaciones de mis sentimientos artísticos; para mi sensibilidad,
la osteología constituía un tema pictórico más. Sediento de cosas
objetivas y concretas, acogía con ansia el pedazo de maciza realidad
que se me entregaba. Áridos y todo, aquellos datos me resultaban
más positivos y patentes que la dialéctica de D. Ventura y las
lucubraciones de la metafísica. Sentía, además, especial delectación
en ir desmontando y rehaciendo, pieza a pieza, el reloj orgánico, y
esperaba entender algún día algo de su intrincado mecanismo.
Gran satisfacción recibió mi padre al reconocer mi aplicación. Vió,
al fin, que su hijo, tan desacreditado por sus maleantes andanzas del
Instituto oscense, era menos gandul y frívolo de lo que le habían
contado. Y en los optimistas vaticinios que todo padre gusta hacer
sobre el porvenir de sus hijos, pensó que su retoño no se vería
reducido a vegetar tristemente en una aldea. ¡Por qué no había de
vestir, andando el tiempo, la honrosa toga del maestro!
Recuerdo todavía cuán grandes eran su placer y orgullo --harto
excusables dada su doble naturaleza de padre y de maestro-- cuando,
en presencia de algún facultativo amigo, invitábame a lucir mis
conocimientos osteológicos, formulando preguntas del tenor siguiente:
¿Qué órganos pasan por la -hendidura esfenoidal- y el agujero -rasgado
posterior-? ¿Con qué huesos se articula la -apófisis orbitaria- del
palatino? ¿En qué punto de la cara es dable, mediante punta de alfiler,
tocar cinco huesos? ¿Cuántos músculos se insertan en la -cresta del
ilíaco- y en la -línea áspera- del fémur? Y otras mil cuestiones
de este jaez, que yo despachaba de carretilla, embobando a los
circunstantes.
Sorprendió, sin duda, al autor de mis días, que un muchacho que pasaba
plaza --y así era la verdad-- de poco memorioso, hubiese logrado
retener, en solos dos meses de trabajo, tantos cientos de nombres
enrevesados y muchísimos detalles descriptivos tocantes a conexiones
de arterias, músculos y nervios. «¡Bah! --solía exclamar con acento
entre severo y acariciador-- tu falta de memoria es la excusa con que
pretendes disculpar tu gandulería.»
En puridad de verdad, ambos teníamos razón. Según dejo apuntado ya, mi
retentiva era mediocre para los nombres sueltos, para el polvo de los
conceptos aislados; empero tal flaqueza mnemotécnica se atenuaba mucho
en cuanto la palabra y la idea quedaban estrechamente vinculadas con
alguna percepción visual clara y vigorosa. Por lo demás, notoria y muy
bien estudiada por los psicólogos y pedagogos es la tenacidad con que
se asocian símbolos verbales y conceptos científicos al recuerdo de un
objeto reiterada y atentamente percibido. Dudosa parece la existencia
de excepciones; y pienso que cuantos se quejan de retentiva infiel
equivocaron el método de aprender. Leyeron en los libros en vez de leer
en las cosas; pretendieron retener sin procurar asimilar y discurrir.
Todavía no he olvidado, después de cerca de cincuenta años, la anatomía
aprendida en Ayerbe. Al escribir estas líneas, las imágenes del
-etmoides-, del -esfenoides-, del -coronal-, etc., danzan en mi caletre
con el colorido y vivacidad de una obsesión. Nada sería más fácil
para mí que trazar un diseño fiel de los referidos objetos. Cuéntase
que Temístocles pedía un arte de olvidar, para descartar recuerdos
importunos y dolorosos. Por motivos diferentes celebraría yo que se
descubriese un narcótico capaz de adormecer y borrar esos recuerdos
cuya utilidad pasó o perdió casi del todo su primitiva importancia.
Tales representaciones álzanse en la mente con la firmeza y perennidad
de construcciones ciclópeas, ocupando en el cerebro un terreno
que desearíamos conservar vacío para registrar y organizar nuevas
adquisiciones. Porque el conocido adagio «el saber no ocupa lugar» es
uno de los mayores desatinos que han podido decirse.
* * * * *
Para que no sea todo referir monótonas aventuras de chicuelo o
discurrir sobre áridos problemas pedagógicos, vamos a decir algo, a
guisa de -intermezzo- sentimental, de lo que, con frase espiritual,
designó el tiernísimo escritor d’Amicis, la -aurora del amor-, es
decir, esa suave e indefinible atracción surgida durante los primeros
años de la mocedad entre jóvenes de sexo diferente.
Tendría yo entonces unos dieciséis años y vivía en Ayerbe. Mis hermanas
Pabla y Jorja tenían la costumbre de coser y bordar durante las largas
noches invernales, junto al hogar, en unión de algunas amigas íntimas.
Una de las más asíduas a nuestra tertulia casera llamábase María.
Frisaba en los catorce años, poseía ojos negros, grandes y soñadores,
mejillas encendidas, cabello castaño claro, y esas suaves ondulaciones
del cuerpo, acaso demasiado acusadas para su edad y prometedoras para
breve plazo de espléndida floración de mujer.
Fué una progresión insensible desde la curiosidad al afecto, pasando
por todos los grados de la amistad. Pronto advertí que su trato me
era necesario; que su conversación me complacía; que sus ausencias me
contrariaban; en fin, que me enojaba seriamente si la veía acompañada
de algún mozo del pueblo. Sus ojos negros, sobre todo, tenían sobre
mí irresistible ascendiente. Érame grato prodigarla mil atenciones y
menudos servicios. Dibujaba para ella letras y adornos, destinados a
ser bordados; regalábala dulces y estampas; prestábala, cuando podía,
algún libro de poesías o novela sentimental, y alababa sus gustos,
defendiendo calurosamente su parecer en las pequeñas diferencias con
sus amigas. Concluída la velada, tenía a gala y orgullo acompañarla
hasta su casa.
Mi estado afectivo, en suma, era un dulce embeleso, cierta beatitud
tranquila e inefable, absolutamente limpia de todo apetito sensual.
Jamás cruzó por mi mente un pensamiento pecaminoso. Verdad es que,
no obstante los dieciséis años, mi sensibilidad sexual hallábase
bastante atrasada, según suele suceder a la mayoría de los jóvenes
fervorosamente entregados a los ejercicios físicos.
Excusado es decir que no llegué jamás a formular una declaración
explícita. Tampoco supe bien si logré interesarla. Miedo y vergüenza
me daba averiguarlo. Sabido es que estas afecciones nacientes,
esencialmente platónicas, se asustan de las palabras. ¡Es cosa tan
fuerte y seria formular un «Te amo»!... Por nada de este mundo
hubiera arriesgado yo tan grave confidencia. La declaración envuelve
además todos los riesgos del brusco desenlace; acaso guarda cruel
desengaño. ¡Preferible es la reserva y la indecisión alimentadoras de
la esperanza!... De este modo la fantasía desatada puede forjar las más
gratas ilusiones.
Pocas veces la aurora del amor se trueca en pleno día pasional, y menos
en pasión satisfecha. Desde la pubertad a la juventud la mujer no es
perturbada por ningún grave acontecimiento; tranquila en su hogar, su
constancia afectiva apenas implica sacrificio; la vida femenil puede,
por tanto, proseguir la misma plácida trayectoria. Bien al contrario
en el joven: el tiempo transcurrido desde los dieciséis a los veintiún
años señálase por honda crisis intelectual y moral. Debe cambiar
radicalmente de ambiente, trasladarse a la ciudad para seguir carrera y
labrarse un porvenir; por consiguiente, ve asediada su sensibilidad por
toda clase de incentivos. ¡Cómo extrañar que distracciones y olvidos
malogren encariñamientos tempranamente comenzados!...
Tal me ocurrió a mí. Y no porque forasteros amores me asaltaran,
sino más bien por los efectos apagadores de la ausencia. Así, pues,
la imagen de la hermosa muchacha fué desvaneciéndose en mi memoria.
Además, volví después pocas veces a Ayerbe. Gustábame siempre verla
y hablarla; pero notaba que se había hecho demasiado mujer. Al fin,
cierto mocetón del pueblo, menos tímido y reservado que yo, habló a sus
padres y se casó con ella. Hoy es madre feliz de muchos hijos y abuela
de muchos nietos.
La ausencia fué, repito, quien heló aquel amor en cierne. Séame
permitido añadir que fué también un poco cómplice mi morboso
romanticismo.
Cuentan los naturalistas que la hembra de la -efémera-, llegada la fase
de mariposa, renuncia a alimentarse (carece de órganos digestivos o los
tiene notablemente atrofiados), entregándose exclusiva y fervorosamente
al amor. Grácil, elegante, aérea, despliega solamente sus poderosas
alas a los efectos del vuelo nupcial; sus ojos grandes y de admirable
arquitectura sírvenle no más para descubrir y contemplar al codiciado
amante. Y ante la sublime empresa de la perpetuación de la especie,
el insecto alado se olvida hasta de la conservación de la propia
existencia.
Algo así pensaba yo en mi empalagoso romanticismo, que debía ser la
mujer ideal: un ser esbeltísimo, vaporoso, alado, sin más preocupación
que el amor, de color quebrada por la inapetencia y el histerismo, con
ojos amoratados por el insomnio y la pasión y, a ser posible, con algo
de anemia y de tuberculosis. ¡Quién lo creyera!... ¡La color sana, las
mejillas turgentes, las formas ligeramente opulentas, el genio alegre,
la perfecta ecuanimidad sentimental de María la perjudicaron a mis
ojos!...
[Ilustración]
CAPÍTULO XVIII
Revolución de Septiembre en Ayerbe. -- Ruptura de las campanas. -- El
odio del pueblo a los guardas rurales. -- Mis profesores de Física,
Matemáticas, etc. -- Ulteriormente, me reconcilio con la Geometría y el
Álgebra, aunque algo tarde. -- Concluyo el bachillerato.
Al final de aquel verano nos sorprendió la famosa revolución de
Septiembre, suceso que tanta importancia había de tener en la vida
moral y política de España. Ayerbe, villa de 600 vecinos y conocida
en todo el Alto Aragón por el liberalismo de sus hijos, no podía
permanecer indiferente ante el alzamiento nacional. Y así, en cuanto
el telégrafo trajo la nueva de la batalla de Alcolea, mis paisanos
se sublevaron también, proclamando el credo progresista y creando, a
imitación de las capitales, la indispensable -Junta revolucionaria-.
Recuerdo que fué cierta hermosa mañana de otoño. Desde las primeras
horas del día la población perdió su aspecto pacífico: una inquietud
extraña pareció apoderarse de los vecinos, que, formando corros en
la plaza, comentaban calurosamente las noticias llegadas de Huesca y
Zaragoza. Leíanse públicamente ardientes proclamas revolucionarias y se
oían vítores entusiastas a Serrano, Topete, y sobre todo a Prim.
Sin comprender la significación de los sucesos, llamóme la atención el
que, contra la costumbre, la Guardia civil permaneciese encuartelada,
sin meterse con los alborotadores, y que la -Guardia rural-, terror
de los campesinos, hubiera desaparecido, abandonando, según dijeron,
equipos y uniformes. Por escotillón y como si obedecieran a una
consigna, surgieron por todas partes labriegos armados con todo linaje
de arreos militares y hasta con hoces y puñales. Ciertos sujetos, que
parecían estar en el secreto de lo ocurrido, improvisaron con dicho
personal un batallón de voluntarios, de cuya fuerza fué segregado
un retén o guardia permanente, que se instaló en el palacio de los
marqueses de Ayerbe. En la ventana del cuerpo de guardia flameaba roja
bandera, sin emblemas ni escudos. Pelotones del pueblo, a los que nos
sumamos los zagalones y muchachos, recorrían la población, marchando a
los acordes de la banda municipal y desahogándonos con los gritos de
«¡Viva la libertad! ¡Abajo los Borbones! ¡Mueran los moderados!» Con
las calientes notas del himno de Riego, incansablemente ejecutado por
la citada banda, alternaban entusiastas aclamaciones a los caudillos
de la revolución. Un grupo de sublevados arrancó de las escuelas el
retrato de Isabel II, quemándolo en la plaza, entre las rechiflas y
denuestos de plebe alborotada.
Luego ocurrió un hecho que jamás he podido comprender. En cumplimiento
de cierto desdichado bando de la Junta revolucionaria provincial, que
ordenaba «que todas las campanas, menos las de los relojes, fueran
descolgadas y enviadas a la Casa Nacional de la Moneda», el Comité
revolucionario de Ayerbe desmontó las hermosas campanas de la iglesia y
las redujo a añicos.
Confieso que, no obstante simpatizar con el movimiento liberal y
complacerme como el que más en aquellas patrióticas bullangas, ese acto
de inútil vandalismo me trajo como una sombra de remordimiento. ¿Qué
positivo beneficio recibía el pueblo con enviar a Madrid sus campanas
para acuñar unos puñados de -cuadernas-? Ninguno.
Me apenaba, sobre todo, la falta de sentido artístico del pueblo. Los
destructores de aquellas campanas, ¿cómo no sintieron que rompían
también algo vivo y muy íntimo, que renunciaban a recuerdos queridos...
que renegaban de fechas inolvidables?...
Ignoro si los pedazos de bronce llegaron a Madrid; pero recuerdo bien
que al poco tiempo hubo que comprar otras campanas.
Algunos días después de los sucesos mentados, el batallón de milicianos
organizóse más seriamente, aprovechando al efecto los pertrechos de
la Guardia rural y bastantes fusiles proporcionados por ardientes
patriotas. Alma de aquella milicia popular fueron Pueyo, Fontana,
Nivela y otros consecuentes y antiguos progresistas, cuyos sentimientos
democráticos les habían valido, en los ominosos tiempos de González
Brabo, deportaciones y persecuciones sin cuento. A estos beneméritos
patricios, tan prudentes como desinteresados, se debió el que durante
la efervescencia y desorden de los primeros días no ocurriera un
solo desmán: los milicianos improvisados desahogaron sus odios a la
reacción, entregándose a vistosos escarceos militares y efectuando
guardias, retenes, revistas y ejercicios.
Naturalmente, a los chicos nos entusiasmaban aquellas paradas y
ejercicios, y muy señaladamente las maniobras de la escuadra de
gastadores, en la cual destacaba, por su marcialidad y gallardía,
cierto carpintero, radical exaltado, apodado -Carretillas-. Antiguo
miliciano nacional, conservaba inmaculados, para lucirlos en las
formaciones, flamante casaca y descomunal morrión. Su aspecto de
veterano y lo flamante del uniforme eran objeto de general admiración
y envidia. Como era de esperar, el morrión de -Carretillas- sugestionó
a los chicos, que decidieron encasquetarse también el venerable símbolo
progresista; y así, al poco tiempo (e ignoro por la iniciativa de
quién) la mayoría de los mozalbetes aparecimos encaperuzados con una
especie de ros alto, sin visera, copa de paño rojo, escarapela lateral
con los colores nacionales y cintas colgantes en las que campeaba el
mote: ¡Viva la libertad!
En Ayerbe, como en todas las poblaciones de España, las escasas
personas ilustradas que dirigieron el movimiento revolucionario
conocían quizás el sentido de éste; pero el pueblo, y singularmente
los proletarios, no se enteraron ni poco ni mucho de su tendencia
y alcance. Casi todos esperaban de la libertad algo que pudiera
traducirse en aumento y mejora de las condiciones materiales de la
vida. Fácil sería recordar sucesos y frases que prueban la existencia
de este anhelo socialista, latente siempre en el corazón de los
desheredados.
Allá va un cantar muy popular entonces en Ayerbe, y cuyos chabacanos
versos son harto significativos:
Ya pensaban los rurales
que nunca s’acabaría
el cobrar los ocho riales
sin saber d’onde salían.
El siguiente dicho que me comunica un amigo de Ayerbe[20] es también
muy elocuente. A uno de los más exaltados patriotas, ronco a fuerza de
gritar: «¡Abajo los Borbones!», le preguntaron:
--Pero, ¿sabes tú quiénes son los -Borbones-?
Y el interrogado contestó con aire de profunda convicción:
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