corrales y aldeas. En la aurora de la vida, tan inverosímil resulta la idea de la muerte, que apenas suscita alguna pasajera cavilación. ¡Quién piensa en morir cuando siente en su corazón juvenil batir con furia la sangre, y contempla delante de sí, en la azul lejanía del tiempo, serie inacabable de lustros de espléndida existencia! La melancólica convicción del no ser, con todo su cortejo de pavorosos y formidables enigmas, se apodera de nosotros en la edad madura, en presencia de la muerte de padres y amigos, y sobre todo cuando penosas sensaciones internas, inequívocos signos del creciente desgaste de la máquina vital, nos anuncian, para un plazo más o menos dilatado, el ineluctable desenlace. Este temor, tan profundamente humano (más felices que nosotros, los animales parecen ignorarlo), acreciéntase todavía para el médico o el biólogo. La ciencia es tan impasible como indiscreta. Por ella sabemos que nuestra organización es tan sutil y quebradiza, que un invisible microbio, inesperada ráfaga de viento, débil oscilación térmica, choque moral violento, pueden en pocos días arruinar la obra maestra de la creación, que se asemeja, por lo deleznable y compleja, a esos ingeniosísimos e intrincados relojes que marcan las horas, señalan los días de la semana, anuncian los meses, las estaciones, los años, las salidas del sol y de la luna, pero que ¡ay! adolecen tan sólo de un pequeño defecto: pararse definitivamente a la primera sacudida que reciben. Añadamos que la muerte violenta, en plena culminación de la curva vital, es algo absurdo que desconcierta el candoroso optimismo juvenil. El joven sólo comprende la caída del fruto maduro. Para preparar el trágico desenlace y evitar dolorosas sorpresas, la naturaleza procede en el anciano por suaves gradaciones, que van creando en el ambiente familiar, y a veces hasta en el enfermo agotado por el sufrimiento, la convicción de la horrenda tragedia. La muerte misma en su representación vulgar parece anunciarse discretamente en el esqueleto, que asoma progresivamente al través de brazos y mejillas. Mas estos súbitos desplomes en el cenit de la existencia sacuden profundamente nuestra sensibilidad y turban todas nuestras ideas sobre la armonía del mundo y de la vida. Otra de las cosas que más profunda impresión me produjo fué la expresión de calma beatífica del cadáver, en contradicción flagrante con los espasmos, luchas y terrores de la agonía. Acostumbrados a asociar el gesto con un modo particular de sentimiento, nos cuesta trabajo referir al reposo muscular la expresión plácida del difunto; antes bien propendemos a enlazar dicha inmutable serenidad con un equivalente estado de conciencia. ¡Cuán soberanamente trágico aparece ese reposo absoluto, la dócil entrega de nuestros órganos a todas las disolventes injurias de las fuerzas cósmicas! ¡Y qué desconsoladora indiferencia la de la naturaleza al abandonar la obra maestra de la creación, el sublime espejo cerebral donde se diría que la materia y la fuerza adquieren conciencia de sí mismas! [Ilustración] CAPÍTULO XVI Vuelta al estudio. -- Matricúlome en dibujo. -- Mis profesores de Retórica y Psicología. -- Impresión causada por las enseñanzas filosóficas. -- Una travesura desdichada. -- En busca de aventuras. Había transcurrido un año de mi vida zapateril cuando mi padre, satisfecho del experimento educativo, y considerándome curado de mis delirios idealistas, dispuso mi vuelta a los estudios. Ofrecíle sinceramente aplicarme, a condición de que me consintiese matricularme en dibujo, asignatura perfectamente compatible con la cultura clásica, y sobre todo con el estudio de las ciencias físicas y naturales. Accedió, por fin, no sin escrúpulo, a mi ruego, y para garantizar mi quietud y formalidad en lo futuro, asentóme de mancebo en la barbería de un tal Borruel, situada en la plaza de Santo Domingo. Si mis recuerdos no mienten, tocóme cursar aquel año Psicología, Historia sagrada, Latín y Retórica y Poética. Según adivinará el lector, en cuanto empezaron las clases me entregué con ardor infatigable al dibujo. Pronto pasé de la pepitoria fisionómica (ojos, narices, bocas) a las cabezas completas y a las figuras enteras. Trabajé con tan furiosa actividad, que antes de los tres meses agoté la colección oficial de modelos litográficos. Mi profesor, don León Abadías, sorprendido de tan extraño caso de afición pictórica, puso galantemente a mi disposición sus colecciones privadas de dibujos, que me consentía llevar por turno a casa para trabajar durante las veladas invernales. Embeleso y deleite de mis sentidos resultaba la citada labor, en la cual me pasaba, infatigable, los días de turbio en turbio, ocupado en copiar fervorosamente las nobles líneas de los héroes griegos y la expresión beatífica de las espirituales madonas de Rafael y de Murillo. Aquella embriaguez era la satisfacción del ciego instinto pictórico, que aspiraba a ser arte verdadero; la felicidad suprema del amador de lo bello, que sacia por fin su sed de ideal en las puras corrientes de la belleza clásica. Con nada se saciaba mi lápiz infatigable. Habiendo don León agotado sus cartapacios, ascendióme a copiar del yeso y del natural, y por último, tanteó mis fuerzas en la acuarela. Quedó satisfechísimo de mis trabajos, considerándome --según declaró más de una vez-- como el discípulo más brillante de cuantos habían pasado por su Academia. Tan lisonjero juicio llenóme de noble orgullo. Según era de esperar, llegados los exámenes, galardonó mi laboriosidad con la nota de -sobresaliente- y premio. Pero llevado de su altruísmo, mi excelente maestro hizo más: se tomó la molestia de visitar a mi padre en Ayerbe, a quien instó encarecidamente para que, sin vacilar un momento, me consagrara al hermoso arte de Apeles, en el cual me esperaban, en su sentir, triunfos resonantes. Arrastrado por su fervor, extremó los elogios al catecúmeno...; pero todo fué en vano. Imposible fué persuadir al autor de mis días de que en las inclinaciones artísticas de su retoño había algo más que pasajero dilettantismo. No obstante mi manía pictórica, estudié también con algún provecho la Retórica y Poética, asignatura que armonizaba bien con mis gustos y tendencias. El -retórico- don Cosme Blasco (hermano del ilustre escritor D. Eusebio), joven maestro de palabra suave y atildada, bajo la cual ocultaba carácter enérgico y entero, poseía el arte exquisito de hacer agradable el estudio, y el no menos recomendable de estimular la aplicación de sus discípulos. Preguntábanos la lección a todos; tomaba nota diaria de las contestaciones, y con arreglo a ellas nos ordenaba en los bancos. Yo salía casi siempre airoso de las conferencias; sin embargo, a despecho de mis buenos deseos, no conseguí pasar nunca del segundo o del tercer lugar. El puesto de honor era alcanzado siempre por alguno de esos estudiantes que, a la aplicación y despejo de los mejores, juntan obstinada retentiva verbal y saben recitar de coro largos pasajes latinos y castellanos[17]. Ese don exquisito que los psicólogos modernos llaman -memoria espontánea u orgánica-; esa capacidad de retener sartas inacabables de voces inconexas; ese precioso capital orgánico, archivo de la razón, descanso de la atención y del juicio, es precisamente la cualidad en que la naturaleza se ha mostrado conmigo más avara. Mi facultad de retener corresponde casi exclusivamente a la -memoria lógica o sistemática-, que se nutre con la atención y asociación, y opera solamente a condición de establecer concatenación natural y lógica entre las nuevas y las antiguas adquisiciones. Tan desgraciado he sido bajo este respecto, que jamás pude recitar de coro la plana de un texto científico o literario. Consigo, es cierto, retener con relativa facilidad las ideas y hasta el orden lógico de exposición; pero al evocarlas en la mente, el ropaje verbal se desarregla, cambiando de forma y de matiz. Compruébase en mí, de exagerada manera, una nota o propiedad de la reviviscencia de las ideas, bien estudiada por Wundt, James y otros psicólogos, a saber: que el recuerdo o imagen no es mera copia de la percepción, sino nuevo acontecimiento mental, resultado de síntesis especial que entraña elementos preexistentes añadidos. La conciencia de tan desdichada imperfección no dejó de contribuir a desanimarme del estudio, y, tiempos adelante, fué causa también de que me apartara sistemáticamente de las ocasiones de hablar en público, renunciando a toda pretensión oratoria. ¿Ha sido esto un bien o un mal para mi carrera? [17] Nuestro modelo de estudiantes aplicados era Arizón, que llegó y no pasó de médico militar. Jamás pudimos arrancarle el número primero de la clase. Por mal, y gravísimo, lo reputé siempre; pero hoy, mirando las cosas de más alto, considero mi deficiencia mnemónica verbal como una fortuna. El talento oratorio --que se nutre, como es sabido, en el terreno de una gran retentiva de voces y giros retóricos-- como la hermosura, representan para sus posesores invitación perpetua a la tiranía y a la holganza. Decía Cánovas, no sin gracejo, que la clásica definición de orador «-vir bonus dicenti peritus-» debía ser sustituída por esta otra: «el que es capaz de hablar bien de lo que no entiende». Y pudo añadir que muchas de nuestras celebridades oratorias, al verse aplaudidas gracias a su desgaire y desahogo, acaban por encontrar superfluo el estudio. Por el contrario, cuando no se puede ser baratamente elocuente, hay mucho camino andado para resultar laborioso. Con harto menos provecho, por falta de adecuada disposición del ánimo y por mi repugnancia invencible contra toda clase de dogmatismos, estudié la Psicología, Lógica y Ética. El profesor de esta asignatura, D. Vicente Ventura, era maestro docto y celoso, cuya voz ronca y nasal deslucía un tanto la brillantez de su oratoria. Penetrado de profundo sentimiento religioso (que le impulsaba a postrarse horas enteras en la catedral con los brazos en cruz y el alma en éxtasis), sus palabras traducían la robusta fe del creyente más que la crítica razonada del filósofo. Era, ante todo, panegirista de la religión y orador pomposo, de vibrantes apóstrofes rugientes de apostólica indignación contra el error materialista y la impiedad protestante. Ferviente admirador de la escolástica, para él no habían existido sino dos grandes genios filosóficos: Aristóteles y Santo Tomás. De vez en cuando, arrastrado por su fogosidad tribunicia, se exaltaba, poniendo como chupa de dómine a Locke, a Condillac, y sobre todo a Rousseau y a Voltaire. Ignorante yo de la vida y milagros de dichos filósofos, me dije más de una vez: ¿Qué le habrán hecho estos señores a D. Ventura para que les censure tan duramente? Y fué lo peor que, a fuerza de execrar de los racionalistas, casi nos resultaban simpáticos. Arma dificilísima de esgrimir es la indignación retórica. A poco que se extremen los adjetivos denigrantes, la verosimilitud abandona al orador; el crítico se convierte en sectario y el criticado en víctima. Los vehementes panegiristas de la ortodoxia harían bien en recordar el -trop de zèle- del diplomático francés y la ley psicológica de la -inversión de los efectos-, comparable a la fisiológica de la producción de las imágenes consecutivas negativas. Al oir tan sañudas diatribas, acababa uno por preguntarse: «¿Qué diablos de doctrinas habrán propalado esos herejes y con qué argumentos las habrán apoyado? Me gustaría saberlo». ¡Y en efecto... se llegan a saber! Fuera largo e impertinente analizar aquí los estados de conciencia, no siempre suficientemente precisos y luminosos, producidos por aquella iniciación en la psicología dogmática y metafísica elemental. Sólo diré que me extrañaron muchas cosas: primera, que mientras en Geometría, Álgebra y Física toda verdad se apoyaba firmemente sobre el razonamiento o la experiencia, en Metafísica y Psicología se mirara con recelo o se concediera secundaria importancia a los referidos métodos, adoptando con ciega confianza el principio de autoridad y las alegaciones del sentimiento; segunda, que verdades tan transcendentales y decisivas como la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, que debieran constituir, al modo de los axiomas matemáticos, indiscutibles postulados de la razón, tuvieran que ser sutilmente defendidos con argucias y recursos de abogado; tercera, que el mismo profesor de Lógica, que tanto encarecía aplicáramos a los problemas de la vida común los criterios de la certeza, al tratar después de los problemas de la Metafísica, se amparase sin recelo en los dictados, no siempre infalibles, y a veces contradictorios, de la tradición, y en las afirmaciones dogmáticas de la fe religiosa; finalmente, sorprendióme sobremanera la pluralidad de las escuelas filosóficas, pluralidad reveladora, o de que las cabezas humanas funcionan diversamente, estimando las unas por error lo que las otras diputan por verdad, o que la esfera de la religión y de la filosofía se substrae casi enteramente a la aprehensión del entendimiento humano. Pero dejemos estas digresiones[18], impropias de una autobiografía, y reanudemos el hilo de la narración. [18] Omito en la presente edición, por inoportunas, ciertas reflexiones tocantes a cuestiones psicológicas y metafísicas (problema crítico, criterios de certeza, fronteras entre el -yo- y el -no yo-, tipos intelectuales, etc.), que figuraban en la primera. Avanzaba el curso del 68 y aproximábanse los exámenes, en los cuales esperaba salir medianamente airoso, cuando un suceso inesperado malogró mis esperanzas. Paseábame cierta tarde por la carretera inmediata a la muralla, no lejos de la plaza de Santo Domingo. De improviso divisé una tapia recién revocada y perfectamente blanca. En aquellos heroicos tiempos de mi grafomanía, una superficie limpia, lisa y virginal, constituía tentación pictórica irresistible, atrayéndome como atrae la luz a las mariposas nocturnas. Ver, pues, la pared y mancharla con tiza y carboncillo, fué cosa de breves instantes. Pero aquel día quiso el diablo que me propasara a retratar, en tamaño natural, a algunos de mis profesores, y señaladamente a mi maestro de Psicología y Lógica, D. Vicente Ventura, cuyos rasgos fisonómicos, sumamente acentuados, prestábanse admirablemente a la caricatura. Con lápiz nada adulador --lo confieso-- hice resaltar su ojo tuerto, su nariz algo roma, y sus anchurosas y rapadas mejillas eclesiásticas, que denunciaban a la legua, en virtud de esa íntima correlación entre la idea y la forma, la devoción al tomismo y la lealtad a D. Carlos. Acabado el diseño, apartéme de la pared para juzgar del efecto. Acertaron a pasar varios chicuelos y tal cual estudiante, quienes contemplando los monigotes y reparando en seguida el parecido, prorrumpieron a coro: «¡Mirad el tuerto Ventura!» Y sin poder evitarlo, apedrearon la caricatura, acompañando el acto con toda suerte de dicterios. Dispuso mi mala estrella que precisamente en aquellos momentos llegara el original del dibujo y sorprendiera la ridícula escena del fusilamiento en estampa. Sobrecogido de miedo al advertir la endiablada coincidencia, me escabullí, ocultándome detrás de un árbol. Acérrimo partidario del principio de autoridad, D. Ventura, al verse escarnecido en efigie, estalló en santa indignación, enderezó a los chicos acre reprimenda y les amenazó con denunciarlos a la autoridad si no delataban al autor de la burla. Supo con pena que el autor de la caricatura era el chico del médico de Ayerbe, es decir, ¡el hijo de uno de sus amigos más estimados!... ¡Quién podría contar la exasperación de D. Ventura cuando al siguiente día, enfrontó conmigo en clase! Perdió su calma habitual y se desató en un chaparrón de calificativos denigrantes. ¡Jamás vi hombre más fuera de sí! Anonadado quedé al escuchar la formidable filípica. Balbuciente de emoción, no acerté a formular excusa satisfactoria; intenté, empero, con frase tímida expresarle que no había sido mi ánimo molestarle en lo más mínimo con aquel desdichado monigote, forjado sin intención y por mero pasatiempo; y, sobre todo, que no tuve arte ni parte en la descomunal pedrea. Todo en vano. D. Ventura se mantuvo implacable. La indignación le ahogaba, y sin paciencia para escuchar mis disculpas, arrojóme violentamente del aula... Era preciso --según decía-- que la oveja contumaz no contaminase al resto del rebaño. Supo mi padre lo ocurrido y escribió a D. Ventura tratando de aplacarle; mas no logró su intento. A duras penas consiguió se me admitiese nuevamente en clase, en donde se me relegó, no obstante mi sincero arrepentimiento, al pelotón de los irredimibles y de los suspensos por derecho propio. No me desanimé a pesar de todo. Durante el mes de Mayo entreguéme al estudio con ahinco, y las eras de Cáscaro, y mis buenos amigos --el hoy ilustre Salillas, entre otros-- fueron testigos de las largas horas pasadas hojeando la Psicología de Monlau, y ocupado en extraer el jugo oculto en los conceptos enrevesados de -substancia y accidente-, -esencia y existencia-, -transcendencia e inmanencia-. Muchas eran las nociones que escapaban a mi débil penetración; pero me propuse aprenderlas de memoria, según costumbre general, a fin de salir airoso del examen. Logré, de este modo, en los últimos días de Mayo, tener prontas y a punto de ser quemadas unas cuantas carretillas de fuegos artificiales, es decir, de castillos de palabras enlazadas como los cohetes de traca valenciana. Todo consistía en que el examinador pusiese el cebo en el -principio- del artificio pirotécnico, y en que la emoción no me mojase la pólvora... Desgraciadamente, la pólvora se mojó. Acababa de sentarme en el banquillo de los reos, cuando D. Ventura, presidente del Tribunal, cuyo enojo no fué mitigado por mi compostura y aplicación de los últimos meses, irguióse olímpicamente en el estrado y dirigió al público y compañeros jueces estas o parecidas expresiones: «Señores: Cediendo a inexcusable deber de conciencia, me abstengo de examinar al Sr. Ramón. Deseo que en la hora de la justicia nadie pueda acusarme de apasionado. Entrego, pues, el examinando a la probada rectitud de mis compañeros, para que, libres de toda sugestión, califiquen como se merezca al alumno más execrable del curso, al que en su furor insano no reparó en mofarse pública e insolentemente de su maestro, exponiendo la honrosa toga del profesorado al escarnio de truhanes y a la befa del populacho.» Aterrado quedé al oir tan severas palabras. Quise retirarme del examen, y así lo signifiqué humildemente al Tribunal, alegando: «He estudiado atentamente el texto, pero en el estado en que me hallo, ha de faltarme la serenidad indispensable para contestar. Me abstengo, pues, a mi vez, siguiendo el ejemplo de D. Ventura, y me retiro. --Hace usted muy mal --me respondió con agrio gesto uno de los jueces-- desconfiando de la rectitud del Tribunal, cuya imparcialidad e hidalguía están muy por encima de sus malévolas insinuaciones. Siéntese usted, y si positivamente sabe, será usted aprobado, a pesar de todo.» Tuve la ingenuidad de morder el anzuelo. A todo contesté algo, según el texto, y a mi ver, bastante más de lo exigido a mis condiscípulos para obtener el -aprobado-, sobre todo teniendo en cuenta la intensa emoción que me embargaba; pero los jueces, como obedeciendo a una consigna, metiéronme en honduras y tiquis miquis metafísicos. Y transcurrida más de media hora de mortal angustia, acabaron por desconcertarme. Entonces me despidieron satisfechos. A qué seguir... Quisieron darme una lección, y en efecto la recibí, la agradecí y no la olvidé nunca. ¡Mi situación moral era terrible!... ¿Qué decir al llegar a mi casa? ¿Cómo soportar la justa indignación de mis padres? Cediendo al fin a un sentimiento de vergüenza y desaliento, resolví hacer una calaverada gorda: marcharme lejos, muy lejos, huyendo de mi familia y de mis maestros... Deseaba ardientemente vegetar desconocido entre gentes desconocidas, ser juzgado por mis obras y no por mi historia... Comuniqué mi designio a varios compañeros de infortunio, y agradóles el proyecto. Y reunidos por todo capital unos cuantos reales, nos lanzamos en busca de aventuras. Ya en marcha, varios fueron los proyectos formados: quiénes pretendían que, arribados a Zaragoza, sentáramos plaza de soldados; quiénes proponían que nos asentáramos de aprendices en algún obrador o comercio; cuáles, en fin, aconsejaban imprudentemente que nos entregáramos, en tanto la casualidad o la providencia proveían a nuestro sustento, al pillaje y merodeo... En estas pláticas y disputas llegamos a Vicien. Anochecía, y como el hambre comenzase a dejarse sentir, cierto compañero llamado Javierre tuvo la salvadora idea de visitar al maestro del pueblo, tío suyo, hombre campechano y a carta cabal. Aprobado el plan, entramos solemnemente en la aldea, que encontramos ardiendo en fiestas, con baile y algazara en la plaza y -mayos- en las calles. Satisfecho de ver a su sobrino, así como a la honrada compañía, el buenísimo del maestro nos dió franca y generosa hospitalidad. Comimos de lo lindo y dormimos diez horas de un tirón. Al siguiente día, sosegados los ánimos y las piernas, nuestras ideas tomaron otro rumbo; y entre los compañeros dominó el prudente propósito de retornar al abandonado redil. El profundo sueño había disipado los románticos ensueños; y la excelente digestión de la cena, después del baile (a que algunos camaradas se entregaron la víspera), había creado en la cuadrilla sano optimismo propicio al arrepentimiento. Nada pudieron contra aquellas tornadizas voluntades mis especiosos sofismas. Como quien oye llover escucharon mis supremos llamamientos al honor de la palabra empeñada, y la evocación calurosa de las hermosas perspectivas que una existencia libre, fértil en aventuras, abría ante nosotros. Todos prefirieron la azotaina cierta a la fortuna quimérica, el sombrío pasado al glorioso porvenir... Al fin hube de ceder. Y en el crepúsculo de un día aciago, que debió de ser el primero de éxodo épico y triunfante, regresé a Huesca, con la negra melancolía de Don Quijote vencido, con la decepción dolorosa de Calicrates herido antes de comenzar la gloriosa batalla. [Ilustración] CAPÍTULO XVII Dos inventos que me causaron indecible asombro: el ferrocarril y la fotografía. -- Mi iniciación en los estudios anatómicos. -- Saqueo macabro. -- La memoria de las cosas y la de los libros. -- La aurora del amor. No deja de ser instructivo conocer la actitud del niño en presencia de las grandes invenciones de la ciencia. Este choque moral, sobre revelar tendencias intelectuales congénitas, pone de manifiesto la verdadera vocación. Fué el -ferrocarril-, entonces novísimo en España, el primero de mis asombros. Allá por los años de 1865 a 1866, debía yo trasladarme a Huesca, desde el pueblo de Sierra de Luna, donde habitaba mi familia. Acompañábame el abuelo paterno, un montañés rubio, casi gigante, de setenta y cinco años, admirable por su agilidad y su fuerza, quien, después de visitar a sus nietos, regresaba a Larrés para incorporarse al abandonado pegujal. Hasta la primera estación (la de Almudevar) el trayecto fué recorrido a caballo. (Dicho sea entre paréntesis, yo era entonces consumado jinete). Mas para comprender lo que sigue importa exponer un antecedente. Meses antes ocurrió en la estación de Tardienta, según creo, horrible descarrilamiento, de que resultaron muchos muertos y heridos[19]. Excusado es decir que el recuerdo de la catástrofe no se apartaba de mi ánimo, preocupándome seriamente. Y así, cuando apareció el tren, experimenté sensación de sorpresa mezclada de pavor. De buena gana hubiera retrocedido al pueblo. A la verdad, el aspecto del formidable artilugio era poco tranquilizador. Delante de mí avanzaba, imponente y amenazadora, cierta mole negra, disforme, compuesta de bielas, palancas, engranajes, ruedas y cilindros. Semejaba a un animal apocalíptico, especie de ballena colosal forjada con metal y carbón. Sus pulmones de titán despedían fuego; sus costados proyectaban chorros de agua hirviente; en su estómago pantagruélico ardían montañas de hulla; en fin, los poderosos resoplidos y estridores del monstruo sacudían mis nervios y aturdían mi oído. Al colmo llegó mi penosa impresión cuando reparé sobre el ténder dos fogoneros, sudorosos, negros y feos como demonios, ocupados en arrojar combustible al anchuroso hogar. Miré entonces a la vía y creció todavía mi alarma al reparar la desproporción entre la masa de la locomotora y los endebles, roñosos y discontinuos rieles, debilitados además por remaches y rebabas. Cuando el tren los pisaba parecían gemir dolorosamente, doblegándose al peso de la mole metálica. El valor me abandonó por completo... [19] Este siniestro acaeció precisamente el día que se inauguró la línea de Tardienta a Huesca. Paralizado por el terror, dije a mi abuelo: «¡Yo no me embarco!... Prefiero marchar a pie...» Sin hacerme caso, mi colosal antepasado, quieras que no, me embutió en un vagón. Entráronme sudores de angustia. Un vaho de carne desaseada y mal oliente ofendió mis narices. Encontréme, barajado y como bloqueado, entre maletas, cestas, gallinas, conejos y zafios labriegos y aldeanas. Por fortuna, a poco de arrancar el tren, fué disipándose el susto: la imagen del paisaje sirvió como derivativo a la emoción. Colgado a la ventanilla, contemplé embebecido la cabalgata interminable de aldeas grises, de chopos raquíticos, palos del telégrafo, trajinantes polvorientos y amarillos rastrojos. Y al fin, al ver cómo avanzábamos, me dí cuenta cabal de las ventajas de aquel singular modo de viajar. Llegados a Vicien, mi tranquilidad era completa. En el referido terror al tren, que parecerá acaso un poco extraño, entraron dos elementos: de una parte, el enervador recuerdo del trágico descarrilamiento ocurrido meses antes; y de otra, ese miedo instintivo e irrefrenable -hacia lo desconocido-, cuando se presenta con aspecto imponente, característico de niños y salvajes. Trátase, según dicen los psicólogos, de un -instinto humano primario-, modificable, sin embargo, a impulsos de la razón y de la experiencia. Más adelante, libre de emociones deprimentes, admiré la admirable creación de Watt y Stephenson, y percibí toda su enorme transcendencia social. Repitamos una idea, convertida actualmente en vulgarísimo lugar común, a saber: que éstas y otras ingeniosas creaciones de la ciencia (el telégrafo, el teléfono, la telegrafía sin hilos, la aviación, etc.), encierran la peregrina virtud de concentrar la experiencia, suprimiendo el espacio y el tiempo, rémoras de nuestra insaciable curiosidad, y de enriquecer la sensibilidad con series casi infinitas de nuevas y gratísimas sensaciones. Claro es que entonces no tenía sino el presentimiento, bastante obscuro, de tan grandiosas perspectivas. Ante los crecientes milagros de la industria moderna, se me ocurre hoy esta duda: El pequeño cerebro humano, organizado en vista de una vida primitiva, sencilla y patriarcal, y adaptado para encerrar escaso número de imágenes y representaciones, ¿podrá soportar impunemente la sobreactividad febril a que le fuerzan tantas y tan variadas maneras de sentir, gozar y conocer? * * * * * La impresión producida por la fotografía ocurrió más tarde, creo que en 1868, en la ciudad de Huesca. Ciertamente, años antes había topado con tal cual fotógrafo ambulante, de esos que, provistos de tienda de campaña o barraca de feria, cámara de cajón y objetivo colosal, practicaban, un poco a la ventura, el primitivo proceder de Daguerre. Según es sabido, las copias se obtenían sobre láminas de plaqué, y eran necesarios varios minutos de exposición. Pero el daguerreotipo se transformó rápidamente en la invención admirable de la fotografía al colodión húmedo. En este nuevo método, las materias fotogénicas empleadas eran el -yoduro- y -bromuro de plata-, extendidos sobre cristal, en delgadísima cutícula. Bastaban veinte o treinta segundos a la luz difusa brillante, para lograr un buen -clisé-. El retrato era ya fácilmente abordable. Además, habíase conseguido la inestimable ventaja de la multiplicación de las pruebas, ya que de una -negativa- se sacaban en papel cuantas -positivas- se desearan. Gracias a un amigo que trataba íntimamente a los fotógrafos, pude penetrar en el augusto misterio del cuarto obscuro. Ello fué en Huesca. Los operadores habían habilitado como galería las bóvedas de la ruinosa iglesia de Santa Teresa, situada cerca de la Estación. Huelga decir con cuán viva curiosidad seguiría yo las manipulaciones indispensables a la obtención de la capa fotogénica y la sensibilización del papel albuminado, destinado a la imagen positiva. Todas estas operaciones produjéronme indecible asombro. Pero una de ellas, la -revelación- de la imagen latente, mediante el ácido pirogálico, causóme verdadera estupefacción. La cosa me parecía sencillamente absurda. No me explicaba cómo pudo sospecharse que en la amarilla película de bromuro argéntico, recién impresionada en la cámara obscura, residiera el germen de maravilloso dibujo, pronto a aparecer bajo la acción de un reductor. ¡Y luego la exactitud prodigiosa, la riqueza de detalles del clisé y ese como alarde analítico con que el sol se complace en reproducir las cosas más difíciles y complicadas, desde la maraña inextricable del bosque hasta las más sencillas formas geométricas, sin olvidar hoja, brizna, guijarro o cabello!... Y, no obstante, aquellos modestos fotógrafos obraban tamaños milagros sin la menor emoción, horros y limpios de toda curiosidad intelectual. De la contestación a mis ansiosas interrogaciones deduje que a ellos les tenía completamente sin cuidado la teoría de la -imagen latente-. Lo importante consistía en retratar mucho y cobrar más. Dijéronme solamente que el prodigio de la revelación advino por casualidad, y que esta felicísima casualidad sonrió por primera vez al célebre Daguerre. ¡El azar!... ¡Todavía el azar como fuente de conocimiento científico en pleno siglo XIX!... ¡Pero entonces el mundo está lleno de enigmas, de cualidades ocultas, de fuerzas desconocidas!... Por consiguiente, la ciencia, lejos de estar agotada, brinda a todos con filones inagotables. Puesto que vivimos, por fortuna, en la aurora del conocimiento de la naturaleza; puesto que nos rodea aún nube tenebrosa, sólo a trechos rasgada por la humana curiosidad; si, en fin, el descubrimiento científico se debe tanto al genio como al azar..., entonces todos podemos ser inventores. Para ello bastará jugar obstinada e insistentemente a un sólo número de esta lotería... Todo es cuestión de paciencia y perseverancia... Al fantasear aquí sobre la fotografía, no puedo menos de estampar una reflexión melancólica. ¡Lástima grande que hayamos nacido demasiado temprano! Los que somos ya viejos y añoramos los dorados días de la niñez y adolescencia, ¿cuánto daríamos hoy por poseer fotografías de nuestra edad pueril y, sobre todo, las de nuestros queridos progenitores en plena florescencia de energía y juventud? ¡Qué dicha sería contemplar ahora la lozana belleza de nuestras madres, de quienes cuantos pasamos de los sesenta recordamos tan sólo la efigie desfigurada y marchita por el sublime sacrificio de la maternidad en complicidad con las injurias del tiempo!... De cualquier modo, el conocimiento rudimentario adquirido en Huesca del mecanismo fotográfico fué el -primum movens-, andando el tiempo, de una pasión, apenas mitigada hoy, cumplidos los sesenta y cinco. Conforme notaremos más adelante, el cultivo de la cámara obscura, además de servir de sucedáneo a vehementes y nunca satisfechas apetencias artísticas, fué en todo tiempo el descanso de mis fatigas, el olvido de pretericiones e injusticias y, en fin, el remedio soberano de dolencias físicas y morales. * * * * * El verano de 1868 está asociado en mi memoria con mi iniciación en los estudios anatómicos. Dejo ya consignado en otro capítulo que mi padre había sido, durante su carrera, hábil disector y fervoroso cultivador de la anatomía humana. Solía decir que los éxitos quirúrgicos debíanse, más que a la lectura de los libros, a la exploración de los cadáveres. Importa recordar, para comprender lo que sigue, que aquellos tiempos eran la edad de oro de la cirugía artística, de precisión y escamoteo. Frescos aún los laureles conquistados en Francia por Velpeau y Nélaton, y en España, por Argumosa y Toca, los médicos noveles, expertos en achaques de disección, salían del aula resueltos a emular, con nuevas audacias operatorias, la gloria de tan altos maestros. Y fuerza es confesar que la empresa era entonces más ardua que hoy. Antaño los héroes del bisturí triunfaban solamente cuando se habían tomado el trabajo de escudriñar el organismo hasta en sus más recónditos repliegues. Pero hogaño, gracias a las conquistas de la asepsia y de la anestesia, el cirujano se atreve a todo; porque sabe que si logra impedir la agresión de los microbios del pus, de la erisipela, el tétanos y la septicemia, la piadosa naturaleza perdonará los pecados artísticos y distracciones anatómicas cometidos. Ocioso es advertir que en aquella época no había nacido la microbiología. Ni Pasteur ni Koch habían dado a luz sus descubrimientos inmortales, de que tan bien ha sabido aprovecharse el arte operatoria. La garantía del éxito dependía, pues, casi enteramente de la pulcritud y rapidez de la intervención y, sobre todo, del grado de diafanidad con que en la mente del cirujano aparecía, en el solemne momento de desflorar la virginidad de los órganos, la complicada máquina viviente. El operador de buena cepa, educado en el anfiteatro, podía prever la marcha del bisturí a través del dédalo de músculos, nervios y vasos, con la misma precisión con que prevé el artillero, al desarrollar sus ecuaciones, la trayectoria de un proyectil. Después de lo dicho, hallará natural el lector que mi padre resolviera aficionarme a la anatomía harto tempranamente. Fundándose, sin duda, en el aforismo vulgar «quien da primero da dos veces», decidió inculcar a su hijo, inmediata y vigorosamente, las nociones eminentemente intuitivas de la osteología humana. «Pesado y árido te parecerá el estudio de los huesos --me decía--; pero hallarás en él, por compensación, introducción luminosa al conocimiento de la medicina. Casi todos los médicos adocenados lo son por haber flaqueado en los comienzos. El estudiante que aprende concienzudamente los huesos, toma gusto al estudio de músculos, vasos y nervios; quien domina la anatomía halla fáciles y llanas la fisiología y patología; en fin, el que ha profundizado la máquina sana y enferma, resulta en definitiva médico óptimo y prestigioso cirujano. Y sabe de cierto que la anatomía es más necesaria al cirujano que al médico. La patología interna tiene no poco de ciencia contemplativa; al modo de la astronomía, prevé eclipses que no sabe evitar; mientras que la patología externa, como ciencia de acción y de dominio, a todo se arroja, mudando y suspendiendo a capricho el curso de los procesos orgánicos. Y quisiera persuadirte eficazmente de que tu provecho y conveniencia se cifran en ser cirujano y no médico; porque has de notar que las gentes agradecen el trabajo, no en razón del mérito intrínseco, sino de la evidencia del servicio y de lo cruento y audaz de la intervención. Para los efectos del premio existirá siempre entre el cirujano y el médico la misma relación que entre el diplomático y el caudillo. Quien persuadiendo triunfa, granjea opinión, no libre de envidia; quien triunfa combatiendo, tiraniza hasta la envidia misma. Tras éste corre desalada la gloria; aquél suele perseguirla sin alcanzarla. ¡Triste verdad es que el hombre sólo se humilla ante la gloria roja! Un poco de sangre realza el esplendor del éxito, marcándolo con el cuño de la popularidad.» Por estas razones, que traduzco naturalmente con amplia libertad, fué demostrada la supremacía científica y social de la cirugía sobre la medicina, y quedó justificado el empeño de iniciar lo antes posible mi educación anatómica, comenzando por la osteología, base y fundamento de todo el edificio médico. Tengo para mí que el futuro -disector- de Zaragoza, el catedrático de Anatomía de Valencia y el investigador modesto, pero tenaz y activo que vine a ser andando el tiempo, fueron el fruto de aquellas primeras lecciones de osteología explicadas en un granero. A casi todos los hombres les sucede lo mismo. La jerarquía social, así como la función peculiar desempeñada en la vida colectiva, dependen, a menudo, de una viva y persistente sugestión producida en la adolescencia; acción inductora, baladí en sí misma, pero que a la manera de la aguja del guardafreno, tuvo la virtud de encarrilar definitivamente nuestra actividad y de marcar rumbo definitivo a la obra del porvenir. Lo que no logró mi padre, según veremos más adelante, es que su hijo resultara renombrado cirujano ni siquiera clínico mediocre. Quizás interese algo al lector el saber cómo nos procuramos el material científico de la nueva enseñanza. A riesgo de hacerme pesado, entraré aquí en algunos pormenores. Estudiar los huesos en el papel, es decir, teóricamente, hubiera sido crimen didáctico, de que mi maestro era incapaz. Sabía harto que la naturaleza sólo se deja comprender por la contemplación directa, sin velos humanos, y que los libros no son por lo general otra cosa que índices de nombres y clasificaciones de hechos. Mas ¿cómo adquirir el precioso material anatómico? Cierta noche de luna, maestro y discípulo abandonaron sigilosamente el hogar y asaltaron las tapias del solitario camposanto. En una hondonada del terreno vieron asomar, en confusión revuelta, medio enterradas en la hierba, varias osamentas procedentes sin duda de esas exhumaciones o desahucios en masa que, de vez en cuando, so pretexto de escasez de espacio, imponen los vivos a los muertos. ¡Grande fué la impresión que me causó el hallazgo y contemplación de aquellos restos humanos! A la mortecina claror del luminar de la noche, aquellas calaveras medio envueltas en la grava, y sobre las cuales trepaban irreverentes cardos y ortigas, me parecieron algo así como el armazón de un buque náufrago encallado en la playa. Enfrenando la emoción, y temerosos de ser sorprendidos en la fúnebre tarea, dimos comienzo a la colecta, escogiendo en aquel banco de humanas conchas los cráneos, las costillas, las pelvis y fémures más enteros, nacarados y rozagantes. Preferíamos las calaveras blancas y jóvenes, cuyos huesos, como las ideas, se habían mantenido elásticos y movibles, a las cabezas duras y seniles, de coyunturas rígidas y soldadas. Al escalar, de retorno, la tapia del fosal con la fúnebre carga a la espalda, el pavor me hizo apretar el paso. Parecíame percibir, en el entrechocar de las osamentas, protestas e imprecaciones de los difuntos: a cada momento temía que algún duende o alma en pena nos atajara el paso, castigando a los audaces profanadores de la muerte. Pero no pasó nada. La emoción de lo maravilloso, tan grata a mi enfermiza sensibilidad de poeta, faltó por completo en aquel episodio macabro, durante el cual, para que todo fuera vulgar, ni siquiera apareció el cárdeno fulgor de los fuegos fatuos. Pronto comenzó el inventario y estudio de aquellos fúnebres despojos. En este éxodo, a través del rocalloso desierto humano, nuestro Moisés fué el libro monumental de Lacaba, a que se añadió más adelante el Cruveilhier; pero quien verdaderamente me condujo a la tierra de promisión fué mi padre. Llevado de celo docente insuperable, consagró todos sus ocios a hacerme notar los más insignificantes accidentes de la conformación de los huesos, desarrollando en mí de pasada una cualidad escasamente cultivada por los maestros, es decir, la -sensibilidad analítica-, o sea la aptitud de percibir lo diferenciado y nuevo en lo al parecer corriente y uniforme. Nada esencial quedó por reparar en la morfología interior y exterior de cada pieza del esqueleto. Complacíase mi lápiz en animar las inertes conchas del organismo, dibujando esquemáticamente los músculos que las agitaron y las venas y arterias que las nutrieron. Adornado del vistoso velamen, el armazón del barco humano ofrecíase más bello y comprensible. La carne sobreañadida explicaba el esqueleto, y éste explicaba la carne. Bien miradas las cosas, mi fervor anatómico constituía una de tantas manifestaciones de mis sentimientos artísticos; para mi sensibilidad, la osteología constituía un tema pictórico más. Sediento de cosas objetivas y concretas, acogía con ansia el pedazo de maciza realidad que se me entregaba. Áridos y todo, aquellos datos me resultaban más positivos y patentes que la dialéctica de D. Ventura y las lucubraciones de la metafísica. Sentía, además, especial delectación en ir desmontando y rehaciendo, pieza a pieza, el reloj orgánico, y esperaba entender algún día algo de su intrincado mecanismo. Gran satisfacción recibió mi padre al reconocer mi aplicación. Vió, al fin, que su hijo, tan desacreditado por sus maleantes andanzas del Instituto oscense, era menos gandul y frívolo de lo que le habían contado. Y en los optimistas vaticinios que todo padre gusta hacer sobre el porvenir de sus hijos, pensó que su retoño no se vería reducido a vegetar tristemente en una aldea. ¡Por qué no había de vestir, andando el tiempo, la honrosa toga del maestro! Recuerdo todavía cuán grandes eran su placer y orgullo --harto excusables dada su doble naturaleza de padre y de maestro-- cuando, en presencia de algún facultativo amigo, invitábame a lucir mis conocimientos osteológicos, formulando preguntas del tenor siguiente: ¿Qué órganos pasan por la -hendidura esfenoidal- y el agujero -rasgado posterior-? ¿Con qué huesos se articula la -apófisis orbitaria- del palatino? ¿En qué punto de la cara es dable, mediante punta de alfiler, tocar cinco huesos? ¿Cuántos músculos se insertan en la -cresta del ilíaco- y en la -línea áspera- del fémur? Y otras mil cuestiones de este jaez, que yo despachaba de carretilla, embobando a los circunstantes. Sorprendió, sin duda, al autor de mis días, que un muchacho que pasaba plaza --y así era la verdad-- de poco memorioso, hubiese logrado retener, en solos dos meses de trabajo, tantos cientos de nombres enrevesados y muchísimos detalles descriptivos tocantes a conexiones de arterias, músculos y nervios. «¡Bah! --solía exclamar con acento entre severo y acariciador-- tu falta de memoria es la excusa con que pretendes disculpar tu gandulería.» En puridad de verdad, ambos teníamos razón. Según dejo apuntado ya, mi retentiva era mediocre para los nombres sueltos, para el polvo de los conceptos aislados; empero tal flaqueza mnemotécnica se atenuaba mucho en cuanto la palabra y la idea quedaban estrechamente vinculadas con alguna percepción visual clara y vigorosa. Por lo demás, notoria y muy bien estudiada por los psicólogos y pedagogos es la tenacidad con que se asocian símbolos verbales y conceptos científicos al recuerdo de un objeto reiterada y atentamente percibido. Dudosa parece la existencia de excepciones; y pienso que cuantos se quejan de retentiva infiel equivocaron el método de aprender. Leyeron en los libros en vez de leer en las cosas; pretendieron retener sin procurar asimilar y discurrir. Todavía no he olvidado, después de cerca de cincuenta años, la anatomía aprendida en Ayerbe. Al escribir estas líneas, las imágenes del -etmoides-, del -esfenoides-, del -coronal-, etc., danzan en mi caletre con el colorido y vivacidad de una obsesión. Nada sería más fácil para mí que trazar un diseño fiel de los referidos objetos. Cuéntase que Temístocles pedía un arte de olvidar, para descartar recuerdos importunos y dolorosos. Por motivos diferentes celebraría yo que se descubriese un narcótico capaz de adormecer y borrar esos recuerdos cuya utilidad pasó o perdió casi del todo su primitiva importancia. Tales representaciones álzanse en la mente con la firmeza y perennidad de construcciones ciclópeas, ocupando en el cerebro un terreno que desearíamos conservar vacío para registrar y organizar nuevas adquisiciones. Porque el conocido adagio «el saber no ocupa lugar» es uno de los mayores desatinos que han podido decirse. * * * * * Para que no sea todo referir monótonas aventuras de chicuelo o discurrir sobre áridos problemas pedagógicos, vamos a decir algo, a guisa de -intermezzo- sentimental, de lo que, con frase espiritual, designó el tiernísimo escritor d’Amicis, la -aurora del amor-, es decir, esa suave e indefinible atracción surgida durante los primeros años de la mocedad entre jóvenes de sexo diferente. Tendría yo entonces unos dieciséis años y vivía en Ayerbe. Mis hermanas Pabla y Jorja tenían la costumbre de coser y bordar durante las largas noches invernales, junto al hogar, en unión de algunas amigas íntimas. Una de las más asíduas a nuestra tertulia casera llamábase María. Frisaba en los catorce años, poseía ojos negros, grandes y soñadores, mejillas encendidas, cabello castaño claro, y esas suaves ondulaciones del cuerpo, acaso demasiado acusadas para su edad y prometedoras para breve plazo de espléndida floración de mujer. Fué una progresión insensible desde la curiosidad al afecto, pasando por todos los grados de la amistad. Pronto advertí que su trato me era necesario; que su conversación me complacía; que sus ausencias me contrariaban; en fin, que me enojaba seriamente si la veía acompañada de algún mozo del pueblo. Sus ojos negros, sobre todo, tenían sobre mí irresistible ascendiente. Érame grato prodigarla mil atenciones y menudos servicios. Dibujaba para ella letras y adornos, destinados a ser bordados; regalábala dulces y estampas; prestábala, cuando podía, algún libro de poesías o novela sentimental, y alababa sus gustos, defendiendo calurosamente su parecer en las pequeñas diferencias con sus amigas. Concluída la velada, tenía a gala y orgullo acompañarla hasta su casa. Mi estado afectivo, en suma, era un dulce embeleso, cierta beatitud tranquila e inefable, absolutamente limpia de todo apetito sensual. Jamás cruzó por mi mente un pensamiento pecaminoso. Verdad es que, no obstante los dieciséis años, mi sensibilidad sexual hallábase bastante atrasada, según suele suceder a la mayoría de los jóvenes fervorosamente entregados a los ejercicios físicos. Excusado es decir que no llegué jamás a formular una declaración explícita. Tampoco supe bien si logré interesarla. Miedo y vergüenza me daba averiguarlo. Sabido es que estas afecciones nacientes, esencialmente platónicas, se asustan de las palabras. ¡Es cosa tan fuerte y seria formular un «Te amo»!... Por nada de este mundo hubiera arriesgado yo tan grave confidencia. La declaración envuelve además todos los riesgos del brusco desenlace; acaso guarda cruel desengaño. ¡Preferible es la reserva y la indecisión alimentadoras de la esperanza!... De este modo la fantasía desatada puede forjar las más gratas ilusiones. Pocas veces la aurora del amor se trueca en pleno día pasional, y menos en pasión satisfecha. Desde la pubertad a la juventud la mujer no es perturbada por ningún grave acontecimiento; tranquila en su hogar, su constancia afectiva apenas implica sacrificio; la vida femenil puede, por tanto, proseguir la misma plácida trayectoria. Bien al contrario en el joven: el tiempo transcurrido desde los dieciséis a los veintiún años señálase por honda crisis intelectual y moral. Debe cambiar radicalmente de ambiente, trasladarse a la ciudad para seguir carrera y labrarse un porvenir; por consiguiente, ve asediada su sensibilidad por toda clase de incentivos. ¡Cómo extrañar que distracciones y olvidos malogren encariñamientos tempranamente comenzados!... Tal me ocurrió a mí. Y no porque forasteros amores me asaltaran, sino más bien por los efectos apagadores de la ausencia. Así, pues, la imagen de la hermosa muchacha fué desvaneciéndose en mi memoria. Además, volví después pocas veces a Ayerbe. Gustábame siempre verla y hablarla; pero notaba que se había hecho demasiado mujer. Al fin, cierto mocetón del pueblo, menos tímido y reservado que yo, habló a sus padres y se casó con ella. Hoy es madre feliz de muchos hijos y abuela de muchos nietos. La ausencia fué, repito, quien heló aquel amor en cierne. Séame permitido añadir que fué también un poco cómplice mi morboso romanticismo. Cuentan los naturalistas que la hembra de la -efémera-, llegada la fase de mariposa, renuncia a alimentarse (carece de órganos digestivos o los tiene notablemente atrofiados), entregándose exclusiva y fervorosamente al amor. Grácil, elegante, aérea, despliega solamente sus poderosas alas a los efectos del vuelo nupcial; sus ojos grandes y de admirable arquitectura sírvenle no más para descubrir y contemplar al codiciado amante. Y ante la sublime empresa de la perpetuación de la especie, el insecto alado se olvida hasta de la conservación de la propia existencia. Algo así pensaba yo en mi empalagoso romanticismo, que debía ser la mujer ideal: un ser esbeltísimo, vaporoso, alado, sin más preocupación que el amor, de color quebrada por la inapetencia y el histerismo, con ojos amoratados por el insomnio y la pasión y, a ser posible, con algo de anemia y de tuberculosis. ¡Quién lo creyera!... ¡La color sana, las mejillas turgentes, las formas ligeramente opulentas, el genio alegre, la perfecta ecuanimidad sentimental de María la perjudicaron a mis ojos!... [Ilustración] CAPÍTULO XVIII Revolución de Septiembre en Ayerbe. -- Ruptura de las campanas. -- El odio del pueblo a los guardas rurales. -- Mis profesores de Física, Matemáticas, etc. -- Ulteriormente, me reconcilio con la Geometría y el Álgebra, aunque algo tarde. -- Concluyo el bachillerato. Al final de aquel verano nos sorprendió la famosa revolución de Septiembre, suceso que tanta importancia había de tener en la vida moral y política de España. Ayerbe, villa de 600 vecinos y conocida en todo el Alto Aragón por el liberalismo de sus hijos, no podía permanecer indiferente ante el alzamiento nacional. Y así, en cuanto el telégrafo trajo la nueva de la batalla de Alcolea, mis paisanos se sublevaron también, proclamando el credo progresista y creando, a imitación de las capitales, la indispensable -Junta revolucionaria-. Recuerdo que fué cierta hermosa mañana de otoño. Desde las primeras horas del día la población perdió su aspecto pacífico: una inquietud extraña pareció apoderarse de los vecinos, que, formando corros en la plaza, comentaban calurosamente las noticias llegadas de Huesca y Zaragoza. Leíanse públicamente ardientes proclamas revolucionarias y se oían vítores entusiastas a Serrano, Topete, y sobre todo a Prim. Sin comprender la significación de los sucesos, llamóme la atención el que, contra la costumbre, la Guardia civil permaneciese encuartelada, sin meterse con los alborotadores, y que la -Guardia rural-, terror de los campesinos, hubiera desaparecido, abandonando, según dijeron, equipos y uniformes. Por escotillón y como si obedecieran a una consigna, surgieron por todas partes labriegos armados con todo linaje de arreos militares y hasta con hoces y puñales. Ciertos sujetos, que parecían estar en el secreto de lo ocurrido, improvisaron con dicho personal un batallón de voluntarios, de cuya fuerza fué segregado un retén o guardia permanente, que se instaló en el palacio de los marqueses de Ayerbe. En la ventana del cuerpo de guardia flameaba roja bandera, sin emblemas ni escudos. Pelotones del pueblo, a los que nos sumamos los zagalones y muchachos, recorrían la población, marchando a los acordes de la banda municipal y desahogándonos con los gritos de «¡Viva la libertad! ¡Abajo los Borbones! ¡Mueran los moderados!» Con las calientes notas del himno de Riego, incansablemente ejecutado por la citada banda, alternaban entusiastas aclamaciones a los caudillos de la revolución. Un grupo de sublevados arrancó de las escuelas el retrato de Isabel II, quemándolo en la plaza, entre las rechiflas y denuestos de plebe alborotada. Luego ocurrió un hecho que jamás he podido comprender. En cumplimiento de cierto desdichado bando de la Junta revolucionaria provincial, que ordenaba «que todas las campanas, menos las de los relojes, fueran descolgadas y enviadas a la Casa Nacional de la Moneda», el Comité revolucionario de Ayerbe desmontó las hermosas campanas de la iglesia y las redujo a añicos. Confieso que, no obstante simpatizar con el movimiento liberal y complacerme como el que más en aquellas patrióticas bullangas, ese acto de inútil vandalismo me trajo como una sombra de remordimiento. ¿Qué positivo beneficio recibía el pueblo con enviar a Madrid sus campanas para acuñar unos puñados de -cuadernas-? Ninguno. Me apenaba, sobre todo, la falta de sentido artístico del pueblo. Los destructores de aquellas campanas, ¿cómo no sintieron que rompían también algo vivo y muy íntimo, que renunciaban a recuerdos queridos... que renegaban de fechas inolvidables?... Ignoro si los pedazos de bronce llegaron a Madrid; pero recuerdo bien que al poco tiempo hubo que comprar otras campanas. Algunos días después de los sucesos mentados, el batallón de milicianos organizóse más seriamente, aprovechando al efecto los pertrechos de la Guardia rural y bastantes fusiles proporcionados por ardientes patriotas. Alma de aquella milicia popular fueron Pueyo, Fontana, Nivela y otros consecuentes y antiguos progresistas, cuyos sentimientos democráticos les habían valido, en los ominosos tiempos de González Brabo, deportaciones y persecuciones sin cuento. A estos beneméritos patricios, tan prudentes como desinteresados, se debió el que durante la efervescencia y desorden de los primeros días no ocurriera un solo desmán: los milicianos improvisados desahogaron sus odios a la reacción, entregándose a vistosos escarceos militares y efectuando guardias, retenes, revistas y ejercicios. Naturalmente, a los chicos nos entusiasmaban aquellas paradas y ejercicios, y muy señaladamente las maniobras de la escuadra de gastadores, en la cual destacaba, por su marcialidad y gallardía, cierto carpintero, radical exaltado, apodado -Carretillas-. Antiguo miliciano nacional, conservaba inmaculados, para lucirlos en las formaciones, flamante casaca y descomunal morrión. Su aspecto de veterano y lo flamante del uniforme eran objeto de general admiración y envidia. Como era de esperar, el morrión de -Carretillas- sugestionó a los chicos, que decidieron encasquetarse también el venerable símbolo progresista; y así, al poco tiempo (e ignoro por la iniciativa de quién) la mayoría de los mozalbetes aparecimos encaperuzados con una especie de ros alto, sin visera, copa de paño rojo, escarapela lateral con los colores nacionales y cintas colgantes en las que campeaba el mote: ¡Viva la libertad! En Ayerbe, como en todas las poblaciones de España, las escasas personas ilustradas que dirigieron el movimiento revolucionario conocían quizás el sentido de éste; pero el pueblo, y singularmente los proletarios, no se enteraron ni poco ni mucho de su tendencia y alcance. Casi todos esperaban de la libertad algo que pudiera traducirse en aumento y mejora de las condiciones materiales de la vida. Fácil sería recordar sucesos y frases que prueban la existencia de este anhelo socialista, latente siempre en el corazón de los desheredados. Allá va un cantar muy popular entonces en Ayerbe, y cuyos chabacanos versos son harto significativos: Ya pensaban los rurales que nunca s’acabaría el cobrar los ocho riales sin saber d’onde salían. El siguiente dicho que me comunica un amigo de Ayerbe[20] es también muy elocuente. A uno de los más exaltados patriotas, ronco a fuerza de gritar: «¡Abajo los Borbones!», le preguntaron: --Pero, ¿sabes tú quiénes son los -Borbones-? Y el interrogado contestó con aire de profunda convicción: . 1 2 , , 3 . ¡ 4 , 5 , , 6 ! 7 8 , 9 , , 10 , 11 , 12 , , , 13 . 14 15 , ( , 16 ) , 17 . . 18 , 19 , , , 20 , 21 , , , 22 , 23 , , , , 24 , ¡ ! 25 : 26 . 27 28 , 29 , . 30 . 31 , 32 , 33 , , 34 . 35 , 36 . 37 38 39 . 40 41 42 , 43 , . 44 , 45 ; 46 47 . 48 49 ¡ , 50 51 ! ¡ 52 , 53 54 ! 55 56 57 58 59 [ ] 60 61 62 63 64 65 66 . - - . - - 67 . - - 68 . - - . - - . 69 70 71 , 72 , 73 , . 74 , 75 , , 76 . 77 , , , , 78 , 79 , . 80 , , 81 , . 82 83 , 84 . 85 ( , , ) 86 . , 87 . 88 , , 89 , 90 , 91 . 92 , , , 93 , 94 95 . 96 , ; 97 , 98 . 99 100 . 101 , , 102 , . 103 , - - - - 104 . 105 . , 106 , 107 - - . , 108 : , 109 , , 110 , , 111 , . , 112 . . . ; . 113 114 . 115 116 , 117 , 118 . - - ( 119 . ) , , 120 , 121 , 122 . 123 ; , 124 . 125 ; , , 126 . 127 , 128 , 129 [ ] . 130 - 131 - ; 132 ; , , 133 , 134 . 135 - 136 - , , 137 138 . 139 , 140 . , , 141 ; 142 , , 143 . , , 144 , , 145 , : 146 , , 147 . 148 149 , , , 150 , 151 . ¿ 152 ? 153 154 [ ] , 155 . 156 . 157 158 , , ; , 159 , . 160 - - , , 161 - - , 162 163 . , , 164 « - - » 165 : « » . 166 , 167 , 168 . , 169 , . 170 171 , 172 , 173 , . , 174 . , , 175 . 176 ( 177 ) , 178 179 . , , , 180 181 . 182 , 183 : . , 184 , , 185 , , . 186 , 187 : ¿ . 188 ? , 189 , . 190 191 . 192 , 193 ; . 194 195 - - 196 - - , 197 . 198 , : « ¿ 199 ? 200 » . ¡ . . . ! 201 202 , 203 , 204 . 205 : , 206 , 207 , 208 209 , 210 ; , 211 , 212 , , 213 , 214 ; , 215 , 216 , 217 , , 218 , , , 219 ; , 220 , 221 , , 222 , 223 224 . 225 226 [ ] , , 227 . 228 229 [ ] , , 230 231 ( , , - - 232 - - , , . ) , 233 . 234 235 , 236 , 237 . 238 239 , 240 . 241 . 242 , , , 243 , 244 . , , 245 , . 246 , , 247 , , 248 . , , , 249 . 250 - - - - , , 251 , 252 , , 253 . . , 254 . 255 , 256 , : « ¡ 257 ! » , , 258 . 259 260 261 262 . 263 , , . 264 265 , . , 266 , , 267 268 . 269 , , ¡ 270 ! . . . 271 272 ¡ . 273 , ! 274 . ¡ 275 ! 276 277 . 278 , ; , , 279 280 , 281 ; , , 282 . . . . 283 , , 284 . . . - - - - 285 . 286 287 . 288 ; . 289 , , 290 , 291 . 292 293 . 294 , , - - 295 , - - 296 , 297 - - , 298 - - , - - . 299 300 ; 301 , , 302 . , , , 303 304 , , 305 . 306 - - , 307 . . . , 308 . 309 310 , . , 311 , 312 , 313 : 314 315 « : , 316 . . 317 . , , 318 , , , 319 , 320 321 , 322 . » 323 324 . , 325 , : « 326 , , 327 . , , 328 , . , . - - 329 - - - - 330 , 331 . , 332 , , . » 333 334 . , 335 , , 336 - - , 337 ; , , 338 . 339 , . 340 . 341 342 . . . , , 343 . 344 345 ¡ ! . . . ¿ ? 346 ¿ ? 347 , 348 : , , 349 . . . 350 , . . . 351 352 , 353 . , 354 . , 355 : , , 356 ; 357 ; , , 358 , 359 , . . . 360 361 . , 362 , 363 , 364 , . , 365 , , 366 - - . 367 , , 368 . 369 . 370 371 , , 372 ; 373 . 374 ; , 375 ( ) , 376 . 377 378 379 . 380 , 381 , , 382 . , 383 . . . 384 385 . , 386 , , 387 , 388 . 389 390 391 392 393 [ ] 394 395 396 397 398 399 400 : 401 . - - . - - 402 . - - . - - 403 . 404 405 406 407 . , 408 , 409 . 410 411 - - , , 412 . , 413 , , . 414 , , , 415 , , , 416 , 417 . 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