Fuera de las citadas novelas, mis lecturas recreativas habíanse reducido hasta entonces a algunas poesías de Espronceda, de quien era yo ardiente admirador, y a cierta colección de romances clásicos e historias de caballería andante, que por aquellos tiempos vendían a cuatro cuartos los ciegos y los tenderos de estampas, aleluyas y objetos de escritorio. Tan mezquino pasto intelectual no bastaba a mi ansia de lances arriesgados y narraciones maravillosas. Imaginaba, además, que debía haber algo más artístico y primoroso; porque, oyendo a las personas mayores, advertí que celebraban las amenas y entretenidas novelas de Dumas (padre), de Eugenio Sué (entonces en predicamento), de Víctor Hugo y de nuestro romántico Fernández y González. Naturalmente, ardía en deseos de saborear estos prodigios de la imaginación humana; por desgracia, las personas graves del pueblo, dueñas de tan valiosos tesoros, se hubieran guardado bien de prestarlos a un travieso rapazuelo. Veíame, pues, condenado a ignorar, quién sabe hasta cuándo, las más altas y sublimes creaciones de la fantasía novelesca. Mas el azar se hace muchas veces cómplice de nuestros malos deseos. Un día, explorando a la ventura mis resbaladizos dominios de tejas arriba, me asomé a la ventana de cierto desván perteneciente al vecino confitero[7] y contemplé ¡oh gratísima sorpresa! al lado de trastos viejos y de algunos cañizos cubiertos con dulces y frutas secas, copiosa y variadísima colección de novelas, versos, historias, poesías y libros de viajes. Allí se mostraban, tentando mi ardiente curiosidad, el tan celebrado -Conde de Montecristo- y -Los tres Mosqueteros-, de Dumas (padre); -María o la hija de un jornalero-, de E. Sué; -Men Rodríguez de Sanabria-, de Fernández y González; -Los mártires-, -Atala y Chactas- y el -René- de Chateaubriand; -Graziella-, de Lamartine; -Nuestra Señora de París- y -Noventa y tres-, de Víctor Hugo; -Gil Blas de Santillana-, de Le Sage; -Historia de España-, por Mariana; -Las comedias de Calderón-, varios libros y poesías de Quevedo, -Los viajes del capitán Cook-, el -Robinsón Crusoe-, el -Quijote- e infinidad de libros de menor cuantía de que no guardo recuerdo puntual. Bien se echaba de ver que el confitero era hombre de gusto y que no cifraba solamente su ventura en fabricar caramelos y pasteles. [7] Llamábase R. Cuiduras y era persona culta, que educó perfectamente a sus hijos, con quienes mantuve siempre excelentes relaciones. Ante tan fausto acontecimiento, la emoción me embargó durante algunos minutos. Repuesto de la sorpresa y decidido a aprovecharme de la buena fortuna, me dí a imaginar el proyecto más adecuado de explotación de aquel inestimable tesoro, evitando al mismo tiempo las sospechas del dueño y las huellas de mis pasos por el desván. La más elemental prudencia me obligó a respetar, por el momento, los exquisitos y apetecibles dulces del cañizo, persuadido de que, si el pastelero echaba de menos sus peras y ciruelas confitadas, cerraría o enrejaría la ventana, dejándome a la luna de Valencia. Tras madura reflexión, decidí dar el primer golpe por la mañana temprano, durante el sueño de los inquilinos, y coger los libros codiciados de uno en uno, reponiendo cada volumen en el mismo lugar de la anaquelería. Gracias a tales precauciones, a mi serenidad y buena estrella, saboreé, libre de sobresaltos, las obras más interesantes de la biblioteca, sin que el bueno del repostero se percatara del abuso, y sin que mis padres sorprendieran mis ausencias del palomar. ¡Quién sería capaz de encarecer lo que yo me deleité con aquellas sabrosísimas lecturas! Tan grandes fueron mi entusiasmo y alegría que me olvidaba de todos los vulgares menesteres de la vida material. ¡Cuántas exquisitas sensaciones de arte me trajeron aquellas admirables novelas! ¡Qué de interesantes y novísimos tipos humanos me revelaron! Las descripciones brillantes de los bosques vírgenes de América, donde la vida vegetal desbordante, parece ahogar la insignificancia del hombre, en -Atala-; los tiernísimos y castos amores de Cimodocea, en -Los Mártires-; la gentil y angelical figura de -Graziella-; la pasión exaltada y casi monstruosa de Cuasimodo en -Nuestra Señora de París-; la nobleza, magnanimidad y valor puntilloso de los incomensurables -Artagnan-, -Porthos- y -Aramis-, en -Los tres Mosqueteros-, y en fin, la fría, inexorable y meditada venganza del protagonista del -Conde de Montecristo-, cautiváronme y conmoviéronme de modo extraordinario. Al fin, aunque por medios incorrectos, trabé conocimiento con los épicos entes de la fantasía; seres soberbios y magníficos, todo voluntad y energía, de corazón hipertrófico sacudido por pasiones más que humanas. Verdad es que casi todas las novelas devoradas por entonces pertenecían a la escuela romántica, a la sazón en boga, cuyos héroes parecen forjados expresamente para subyugar a la juventud, siempre sedienta de lances extraordinarios y de aventuras maravillosas. Y llevando mi atención a otro aspecto de la inspiración artística, me asombré del poder casi divino del poeta y del novelista, que desdeñando toda representación plástica de los personajes y del ambiente físico en que se agitan, sin más recursos que la palabra escrita, evocan en la mente del lector representaciones de tal modo vivas, coloreadas y conmovedoras, que en su comparación la realidad misma parece pálida y borrosa imagen, indigna casi de nuestra atención. Difícil me sería señalar hoy, pasados tantos años, cuáles fueron los libros que me impresionaron más hondamente. Creo, empero, no apartarme mucho de la verdad declarando que hirieron con más viveza mi imaginación que ningunas otras las amenísimas y caballerescas creaciones de Dumas (padre) y las ultra-románticas de Víctor Hugo, que diputé entonces superiores al -Fausto-, al -Gil Blas de Santillana- y hasta --rubor me da confesarlo-- al asombroso -Don Quijote-. Hay cierta psicología de la niñez y mocedad, acaso insuficientemente estudiada por los especialistas[8]. Si se conociera bien, nos extrañarían menos ciertas aberraciones del gusto de la gente joven, de la cual se ha dicho con razón que es extremosa en todo. El adolescente adora lo hipérbole; cuando pinta, exagera el color; si narra, amplifica y diluye; admira en los escritores el estilo enfático, vehemente y declamatorio, y en los políticos las tesis audaces y radicales. Prefiere lo particular a lo general, lo ideal a lo real, la acción a la palabra. Sedúcenle las cadencias y sonoridades del verso, la pompa de las imágenes y el ruido de los epítetos explosivos y altisonantes. Y del mismo modo que en el orden científico antepone las ciencias objetivas a las llamadas disciplinas abstractas, en la esfera del arte abomina de reflexiones y moralejas y déjanle frío los análisis sentimentales del psicologismo. Como si contemplara el mundo al través de una lente de aumento, todo lo ve amplificado y nimbado de irisaciones; al revés de la vejez, que parece ver las cosas al través de una lente divergente que todo lo achica y envilece. [8] Cuando se escribía esto, mi cultura psicológica era bastante deficiente. Datos valiosos, aunque no siempre coherentes acerca de este interesante punto, se encuentran en los estudios de Stanley Hall, Ribot, Ferrier, Dewey, James, Hutchinson, etc. Pero, antes de terminar este capítulo, quisiera decir algo de la impresión que me causaran el -Robinsón- y -Don Quijote-. El -Robinsón Crusoe- (que volví a leer más adelante con verdadera delectación) revelóme el soberano poder del hombre enfrente de la naturaleza. Pero lo que me impresionó en grado máximo fué el noble orgullo de quien, en virtud del propio esfuerzo, descubre una isla salvaje llena de asechanzas y peligros, susceptible de transformarse, gracias a los milagros de la voluntad y del trabajo inteligente, en deleitoso paraíso. «¡Qué soberano triunfo debe ser --pensaba-- explorar una tierra virgen, contemplar paisajes inéditos adornados de fauna y flora originales, que parecen creados expresamente para el descubridor como preciado galardón de su heroísmo!» En mi entusiasmo infantil por el bárbaro individualismo, casi sentía que mi héroe hubiera logrado evadirse del islote para retornar a su amada patria. Hubiera preferido que la muerte le hubiera sorprendido en su misterioso retiro. «¡Ahí es nada tener por sepulcro isla perdida en las brumas del Océano; por epitafio, un nombre repetido eternamente por los vocingleros papagayos; por panegírico, la obra del espíritu patente en la transformación de plantas y animales, y en la destrucción de fieras y alimañas!» ¡Qué desvaríos!... Aunque no estaba todavía preparado para apreciar en todo su altísimo valor la inestimable joya de Cervantes, mucho me solacé también con las épicas aventuras de Don Quijote y con los sabrosos coloquios de caballero y escudero. Mas, a fuer de ingenuo, debo declarar que me desagradó la filosofía que se desprende de la genial novela. ¡Cómo había de gustarme su sentido hondamente realista si venía a contrariar mi incorregible idealismo! Yo tomaba por lo serio el papel de Don Quijote; y, así, llegábame al alma lo malparado que el esforzado caballero quedaba en casi todos sus lances y aventuras. Además --¿por qué no decirlo?-- aquella melancólica derrota de Barcelona a manos del prosaico y ramplón Sansón Carrasco prodújome viva decepción. «¡Eso no!... --exclamaba en mis arrebatos románticos--; el héroe manchego no mereció ser vencido. Bueno que en el mundo real triunfen los vulgares campeones del sentido común; pero en la obra de arte destinada a levantar el corazón y sublimar la virtud, el protagonista debe flotar sobre las ruindades del ambiente moral y alcanzar gloriosa apoteosis.» Pero mi desconsuelo llegaba al paroxismo al ver cómo el loco sublime terminaba en cuerdo. A mis ojos aquel trivial arrepentimiento le degradaba, desautorizando lastimosamente su obra casi divina de paladín de la virtud. ¡Qué desencanto!... Claro está que, a mi escasa sindéresis, escapaba la idea central de la grandiosa concepción cervantina: desterrar las locuras y disparates de las novelas caballerescas para fundar la obra artística sobre los sólidos cimientos de la experiencia; que, al fin y al cabo, sólo las narraciones de sucesos verosímiles, ingeniosamente tejidas con elementos de la vida real, alcanzan la suprema virtud de enseñar, edificar y deleitar. Por las antecedentes frases, que traducen harto libremente mis emociones de la adolescencia y juventud, comprenderá el lector que el sano y fuerte realismo del Quijote no me hizo gracia. Sólo más tarde, curado o por lo menos aliviado (porque restablecido no creo haber estado nunca) del empalagoso romanticismo que padecía, aprendí a gustar del espíritu del libro, a recrearme con la riqueza, donosura y elegancia del estilo, y a apreciar en su valor exacto la maravillosa armonía resultante del contraste entre los soberbios tipos de Don Quijote y Sancho; personajes que --según se ha dicho muchas veces-- con ser altamente ideales, vienen a ser los más reales y universales concebibles, porque simbolizan y encarnan los dos modos antípodas del sentir y del pensar humano. Pero dejemos de reflexiones ociosas y reanudemos el hilo de la narración. [Ilustración] CAPÍTULO XIV En crescendo mis distracciones y calaveradas, mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería. -- Mi hermano Pedro. -- El Sr. Acisclo. -- Majos y conspiradores. -- Las pedreas. -- Escaramuza con la fuerza pública. -- El placer de los dioses. -- Alarma del público con ocasión de las pedreas. Hay en el cinematógrafo de la memoria imágenes borrosas, y aun verdaderas lagunas, correspondientes a épocas durante las cuales la atención, como la fotografía instantánea en día nublado, no dispuso de energía bastante para impresionar la película cerebral. Y si, mediante enérgica evocación, surge algún suceso en el negro fondo del inconsciente, muéstrase aislado, a modo de estrella que brilla solitaria en cielo encapotado: el hecho emergido suele situarse bien en el espacio, pero difícilmente en el tiempo; cabe referirlo más o menos vagamente a una época, mas no a página determinada del almanaque. A esta categoría de remembranzas discontinuas y borrosas pertenecen mis recuerdos de los años 65 y 66. Tengo, empero, seguridad de que el 65 interrumpí los estudios por estimar el autor de mis días que su hijo carecía de madurez para el cultivo de la ciencia; y estimo probable que los principales, si no todos los sucesos de que vamos a ocuparnos en este capítulo, acaecieron el año 66, o sea durante mi tercer curso de bachillerato, que abrazaba entonces la historia general y particular de España, el álgebra, la trigonometría y el griego, que se introdujo en la segunda enseñanza en virtud de una disposición transitoria. De lo que tengo más seguridad es de que el referido tercer curso marcó el período más agitado y azaroso de mi vida estudiantil. Recuerdo también que por entonces acompañóme al Instituto oscense mi hermano, que debía comenzar sus estudios. Era Pedro muchacho tan dócil y atento como aplicado y pundonoroso. Poseía, sin duda, inclinaciones artísticas y pasión por los juegos guerreros; pero estos gustos no fueron poderosos a extraviarle del buen camino ni a apartarle seriamente del estudio. Mi padre, que cifraba grandes esperanzas en su formalidad y obediencia, temió sin duda el contagio de mi rebeldía, y, obrando con previsión, separó a los hermanos, instalándonos aparte: Pedro fué alojado decorosamente en apacible casa de huéspedes; yo, por castigo de mis distracciones, debí acomodarme de mancebo en una barbería. Al adoptar respecto de mí tan enérgica decisión, perseguía mi padre dos fines: desde luego atarme corto, privándome el vagar necesario para correrías y algaradas, y además enseñarme un oficio con que pudiera algún día ganarme el sustento, en caso de ineptitud irremediable o de orfandad prematura. No me pesa hoy de la resolución de mi padre, que reiteró después en Zaragoza, según se verá en el curso de esta historia. Ella me puso en contacto con el alma del pueblo, a quien aprendí a conocer y a estimar; y domando el nativo orgullo, desenvolvió en mí ese sentimiento de digna modestia anejo a la pobreza laboriosa. Pero entonces sentí mi esclavitud como un castigo excesivo. ¡Y en qué ocasión!... ¡Precisamente cuando vibraba todavía mi alma con la honda sacudida del choque romántico!... ¡Yo que soñaba entonces con los excelsos protagonistas de Dumas, Chateaubriand y Víctor Hugo...; que, persuadido de mis talentos artísticos, creíame capaz de emular las glorias del Ticiano, de Rafael o de Velázquez..., verme forzado a empuñar la sucia y jabonosa brocha barberil!... ¡Era para morirse de vergüenza! Pero ¿qué remedio? Tuve, pues, que devorar en silencio lo que en mi necia vanidad consideraba humillación y rebajamiento intolerables. Afortunadamente, a los catorce años la máquina humana es tan plástica, que a todo se acomoda prontamente. No era, sin embargo, un ogro el Sr. Acisclo[9] --que así se llamaba el amo-- a pesar de su fama de gruñón y de la severidad y acritud que prometían sus facciones duras y su color bilioso; antes bien, estuvo conmigo considerado y afable. Condolido al ver mi cara de cuaresma, trató de consolarme con estas o semejantes palabras: «¡Ánimo muchacho! Duros son todos los principios, pero te irás haciendo. Déjate de orgullos y aplícate a remojar barbas, que si, como presumo, te vas haciendo al oficio, dentro de poco ascenderás a oficial y gozarás el momio de tres duros al mes, amén de las propinas». [9] Fallecido mi patrón hace muchos años, no tengo por qué disfrazar su nombre. Su establecimiento, desaparecido hoy, estaba en la calle de la Correría, no lejos de la Plaza de la Catedral. ¡Bonito porvenir! Sobrábale razón al Sr. Acisclo. Acabé por acomodarme a aquel nuevo género de vida, y llegué hasta encontrar simpáticos a los amos y tolerable mi sujeción. Además, pocas semanas después intimé con el oficial, mozo sanguíneo y bonachón, gran tocador de guitarra y alegre requebrador de criadas y modistas, el cual, en ausencia del amo, me dispensaba de las prosaicas obligaciones anejas a mi cargo, consintiéndome garrapatear papeles y dibujar monigotes. Cobróme afición porque le servía de amanuense, escribiendo en su nombre a cierta maritornes esquelas almibaradas y versos cursis. Y correspondiendo a mis finezas, quiso enseñarme a tocar la guitarra; mas yo, que jamás tuve pasión por la música, no pasé de tañer medianamente la jota y de pespuntear sin gracia un par de polkas elementales. Harto conocida es la psicología del barbero para que yo caiga en la tentación de descubrirla a mis lectores. Nadie ignora que los legítimos rapabarbas son parlanchines, entrometidos, aficionados a toros, tañedores de guitarra o de bandurria; pero no es tan notorio que en su mayoría profesan ideas republicanas y aun socialistas. Sin embargo, en mi amo quebraba la regla, pues ni tocaba la guitarra ni era dicharachero; en cambio, entraba en la grey común por sus radicalismos políticos y sus alardes revolucionarios. Adornábale otra flor, no frecuente entre la gente del oficio; profesaba la religión de la -guapeza-. Cuando acudían a afeitarse sus camaradas de juergas y de rondas, no se hablaba en la tienda sino de riñas, broncas, punzadas, jabeques y madrugones. Más de uno de aquellos parroquianos había visitado la cárcel y ostentaba en el pecho honrosas cicatrices de cuchilladas recibidas cara a cara. Sin ser mi amo jactancioso ni hablador, cuando venía a cuento y estaba en vena de confidencias, refería grave y complacientemente las trifulcas y jaranas de que había sido protagonista, y en las cuales, obrando en defensa propia y siempre en buena lid, había dado buena cuenta de sí. Lo que él decía: «O ponerse o no ponerse; no soy pendenciero, pero el que me busca me encuentra siempre». Sus compadres aprobaban sus máximas y confirmaban sus bravatas. Por las muestras de veneración y respeto que le rendían, vine a conocer que el Sr. Acisclo tenía malas pulgas. Era además entre aquellas gentes autorizado definidor de agravios y juez inapelable en asuntos de honra y caballerosidad callejera. La conversación entre maestro y parroquianos giraba a menudo sobre política. En ocasiones, hablaban quedo, comunicándose no se qué noticiones. Nuestra curiosidad, empero, atajaba todo disimulo. Así tuvimos noticia de las conspiraciones de Prim, Moriones y Pierrad, generales desterrados que, al decir de nuestros contertulios, estaban a punto de cruzar la frontera al frente de nutrida tropa de carabineros y de bravos montañeses de Jaca, Hecho y Ansó, a fin de proclamar la revolución y derrocar las en aquellos tiempos llamadas -ominosas- Instituciones. Aquellos inofensivos -ojalateros- frotábanse las manos de gusto, saboreando de antemano el triunfo irremisible de la soberanía nacional y la vergonzosa derrota de serviles y moderados. Mientras tanto, la infeliz esposa del barbero, que no compartía las esperanzas de los conspiradores, antes bien, recelaba alguna vil delación, vivía en perpetua alarma; temía que cualquiera noche, según ocurría a menudo en aquellos tiempos, registrara la policía la casa y se llevaran al marido desterrado a Fernando Póo. A la verdad, yo no entendía jota de política, pero me seducían zaragatas, jaranas y marimorenas. Diera entonces cualquier cosa por presenciar un motín o asistir a la construcción y defensa de una barricada. Además, por instinto atraíame el llamado credo democrático, que casaba admirablemente con mi exagerado individualismo y mi ingénita antipatía hacia el principio de autoridad. Como en el cuento del fraile, me cargaba el prior sólo por ser prior. Para halagar a mi patrón y demostrarle al mismo tiempo mis sentimientos liberales, dí en copiar el busto de los caudillos militares de las revueltas de entonces, singularmente los de Prim y de Pierrad. Por cierto que, aparte mi ingenua devoción hacia el guerrero, lo que más me sedujo en este último héroe fueron sus líneas de busto clásico y la hermosa barba patriarcal. Con ser las citadas estampas harto chapuceras e infieles, merecí calurosos elogios, a que contribuyó también tal cual décima chavacana dedicada a la libertad, escrita al pie de los dibujos. En todo ello había por mi parte algo de cálculo. Porque mi patrón, encantado de los sentimientos precozmente revolucionarios y de los primores pictóricos de su aprendiz, dióle de cada día mejor trato. Hízole merced, no sólo de las horas reglamentarias de clase, sino de casi todas las tardes de poco trabajo. Por donde vino a frustrarse enteramente el plan del autor de mis días. El encuentro casual de un pequeño -tesoro-, hecho por ambos hermanos, agravó todavía mis aficiones guerreras. Paseando un día por las inmediaciones de la Ermita de los Mártires, mi hermano Pedro divisó en un basurero cierta cosa brillante; nos aproximamos a ella, la cogimos y, después de frotarla para quitarle la suciedad, resultó ser, ¡oh felicísima sorpresa!, una moneda de oro de 5 duros. Entonces corrían, por fortuna, todavía las -onzas-, aquellas famosas -peluconas-, convertidas hoy, desgraciadamente, en raras medallas de museo. Para asegurarnos de la buena ley del doblón lo cambiamos en cierta tienda, y en posesión de tan respetable suma, para nosotros inverosímil, acordamos por unanimidad invertirla en la compra de cierto pistolón imponente, que desde hacía tiempo tentaba diariamente nuestra codicia en el escaparate de vieja armería. Hecha provisión de pólvora, balas y perdigones, comenzamos a ejercitarnos en el manejo del arma, que resultó bastante caprichosa. A fuerza de práctica, llegamos, sin embargo, a afinar algo la puntería y hacer algunos blancos. Al proveernos de armamento tan impropio de muchachos, era nuestra intención, además de darnos aire de terribles revolucionarios, fomentar antiguas e irresistibles aficiones cinegéticas, saliendo a caza de tordos, perdices y conejos. Mas conforme ocurrió con el formidable mosquete de marras, nunca cobramos pieza importante; sólo algún gorrión, recién salido del nido e inexperto en el vuelo, cayó en nuestras manos. Creo que fué por aquel año de 1866 cuando me hice temible entre los condiscípulos por mis progresos en el manejo de la honda. Recuerdo que, entre otras pruebas de mi habilidad, podía atravesar a 20 pasos de distancia un sombrero arrojado al aire. No me contenté sólo con el tino; cultivé también el alcance, y señaladamente la celeridad del disparo, en la cual aventajé notablemente a mis rivales: mientras éstos disparaban una piedra, lanzaba yo cuatro o cinco. Fué ésta la época de la sumisión del insolente Azcón y del general reconocimiento de mi supremacía en los juegos guerreros. Como es natural, fuéme espontáneamente ofrecida la jefatura de los bandos en pugna. Yo acepté, según era de presumir, la dirección del bando democrático, pues ya entonces los muchachos jugábamos a reaccionarios y liberales. Mi prestigio no se fundaba en la mera habilidad y en el ciego arrojo de quien desconoce el peligro y se enardece en el fragor del combate. Séame lícito confesar, aunque padezca mi fama de bravucón, que en mi denuedo había mucho de teatral y algo de cálculo y observación de la psicología infantil. Durante mi larga experiencia de las trapatiestas estudiantiles, había reparado que la audacia y el furor guerreros, cuando se fingen a la perfección, provocan casi indefectiblemente el pánico del enemigo. No es cosa de analizar aquí el mecanismo sugestivo en cuya virtud el gesto leonino y la osadía temeraria, hábilmente fingidos, provocan el pavor en nuestros adversarios. Hay algo atávico en esta fanfarronería histriónica, por lo demás ya practicada, según es sabido, por los salvajes y hasta por los héroes de la Iliada. Sobre ello discurren muy doctamente los psicólogos modernos[10], los cuales advierten cuánto importa para comprender y reproducir en lo posible un estado afectivo, la imitación fidelísima de los gestos y actitudes características de su expresión natural. Ignoro si la reproducción fingida y como instintiva de los ademanes del valor temerario creaban en mí, por una suerte de autosugestión, el estado pasional correspondiente; declaro solamente que, en cuanto ponía cara -feroche- y avanzaba impertérrito hacia los adversarios, éstos solían emprender la fuga. [10] Recuérdese el ejemplo clásico de Campanella, citado por James, «para conocer el estado mental de alguno, remedaba sus gestos». Corro riesgo de hacerme pesado, deteniéndome excesivamente en estas frívolas riñas de muchachos. En ellas hay, sin embargo, prescindiendo de su significación antropológica, sobre la cual tan buenas cosas han dicho los psicólogos ingleses, lecciones útiles para los hombres. La ingenuidad del alma infantil transparenta admirablemente los resortes y fines, a menudo inaccesibles, de las luchas de los hombres y de los pueblos. Aparte su carácter instintivo, que parece reproducir estados ancestrales, las contiendas de los muchachos implican un sentimiento loable: el amor a la gloria, es decir, el anhelo de la aprobación y admiración de los iguales; nunca --y esto sólo bastaría para hacer simpáticos a los niños-- el sórdido interés. Otra enseñanza arrojan las luchas infantiles. Revélase asimismo en ellas, mejor aún que en las competiciones de los hombres, cuán principal y decisiva parte tienen en el éxito lisonjero la voluntad enérgica y decisión inquebrantable de vencer. El que toma las cosas a broma es siempre superado por quien las toma en serio; el mero aficionado cede al profesional; quien no lleva al palenque sino fútiles satisfacciones de vanidad, se ve constantemente arrollado por el que pone el alma entera en la empresa y de antemano se preparó vigorizando sus brazos y templando sus armas. Gracias a mi formalidad, yo acabé por ser técnico refinadísimo en el manejo de la honda. Mis observaciones me llevaron a perfeccionarla; fabriqué sus cuerdas de seda y de cordobán la navécula, y escogí como proyectiles guijarros esféricos y pesados. Hasta llegué a redactar, para uso de mis amigos, cierto cuaderno con estampas, pretenciosamente titulado -Estrategia lapidaria-, donde se contenían reglas prácticas para hurtar metódicamente el cuerpo cuando era amenazado por varios proyectiles. Sin esfuerzo imaginará el lector que, antes de alcanzar tanta maestría, habríanme descalabrado muchas veces; y así era la verdad, tanto que mi cabeza está sembrada de viejas cicatrices. Alguna vez, al salir de clase y encasquetarme el sombrero, me encontraba con que éste no encajaba bien, porque el chichón, casi imperceptible antes de entrar en el aula, había crecido durante la lección, libre del freno de la montera. Pero no insistamos demasiado sobre un tema varias veces tratado. Rindamos, en lo posible, culto al consabido -non bis in idem- de los latinos. Permítasenos solamente, antes de abandonar definitivamente la pesada narración de pedreas, contar dos episodios relativamente interesantes. Del primer lance, más cómico que dramático, fué el héroe mi hermano. Peleábamos tranquilamente en cierto callejón próximo al Instituto, ordinario palenque de nuestras trifulcas, cuando, apenas cruzados los primeros proyectiles, noté con extrañeza que los adversarios habían levantado precipitadamente el campo. Recelando una celada, acaso el temido ataque por retaguardia, destaqué dos números, para que, dando un rodeo, explorasen el terreno y me informaran de lo ocurrido. Mas antes de regresar los emisarios, aclaróse súbitamente el misterio: en el otro extremo de la calleja, momentos antes ocupado por los adversarios, aparecieron cuatro municipales sable en mano, y al grito de «¡esperad, canallas!», avanzaron amenazadores. Presumí entonces lo acontecido: la hueste enemiga, sorprendida por la fuerza pública, había huído a la desbandada, y perseguida quizá por los -guindillas-, había sufrido de manos de éstos los consabidos cintarazos. La situación era crítica. Harto sabíamos que nuestro destino era apelar a la fuga; mas, al objeto de ganar tiempo y detener un poco a los guardias, dí el alto a mi gente y ordené que, antes de tocar retirada, se hiciese una descarga general. La osadía sirviónos una vez más. Los -guindillas-, que venían desalados sobre nosotros, pararon en firme y uno de ellos cayó en tierra, lanzándonos soeces insultos. ¿Qué había pasado? Mi piedra, extraída del zurrón de -las infalibles-, dió violentamente en el muslo de uno de los persecutores, quien, transido de dolor, dobló la rodilla en tierra; otro guijarro hizo blanco en el hombro del segundo municipal; mientras que el proyectil de mi hermano, lanzado con gran impulso, acertó, por peregrina casualidad, en la hoja del sable del tercer guardia, rompiendo el acero al ras del puño. El buen hombre quedó en la facha más grotesca imaginable; es decir, esgrimiendo amenazador un mango de latón mondo y lirondo. Sólo un adversario se libró de los proyectiles. Siguióse, como decíamos, un instante de estupor, del cual nos aprovechamos hábilmente para poner pies en polvorosa. Cuando los coléricos -guindillas- invadieron nuestros reales, era ya tarde para el alcance; habíamos ganado las eras de Cáscaro, salvado el viejo muro, descendido por entre sus sillares y traspuesto, finalmente, el río y la alameda. Cara pudo costarnos la aventura. Uno de los guardias guardó cama varios días, según contaron; se nos buscó insistentemente por todas partes; afortunadamente ningún compañero nos delató. Y aunque la Policía quiso hacer un escarmiento ejemplar en las presumibles cabezas del atentado contra la -autoridad-, no lo consiguió, al menos en lo que a mí respecta; porque mi amo, sabedor del lance y acérrimo enemigo de los -guindillas-, con quienes tenía alguna cuenta pendiente, me ocultó por unos días en casa de un correligionario. * * * * * La otra peripecia dramática ha quedado rotulada en mi memoria con el nombre de -paliza del montañés-. Batíame solo, desde un campo próximo a la carretera, contra ocho o diez estudiantes parapetados en lo alto de la muralla, posición ventajosa a que les obligaba, para igualar las condiciones, mi maravillosa puntería con la honda. En lo más recio del zafarrancho, y cuando acababa de hacer blanco en un sombrero enemigo, veo avanzar hacia mí, con aire nada tranquilizador y enarbolando formidable garrote, a un arriero montañés, que momentos antes cruzaba pacíficamente la carretera al frente de su recua. Esperábale yo entre confiado y escamón, sin saber qué partido tomar, hasta que por sus primeras palabras adiviné lo sucedido: era que de lo alto de la muralla le habían arrojado un cantazo, y oyendo el restallido de mi honda y sorprendiendo mi actitud ofensiva, creyóme autor de la agresión. En vano alegué mi inocencia señalándole la posición de mis adversarios, eclipsados por mi mala ventura en aquellos graves momentos. Sin atender a razones, agarróme del cuello y me sacudió monumental paliza. Desahogado su rencor, incorporóse a la recua y quedé molido y maltrecho. Pero yo hervía en ira y juré vengarme del atropello, para lo cual la disposición del terreno otorgábame inestimables ventajas. Renqueando por el dolor escalé, como Dios me dió a entender, el cercano muro; me remonté a las eras de Cáscaro y me deslicé a lo largo de las derruídas almenas hasta ponerme enfrente del rencoroso montañés, que caminaba tranquilamente por la carretera, bien ajeno a la borrasca que le esperaba. En un santiamén reuní diez o doce gruesos guijarros y los arrojé sobre el ansotano con vertiginosa rapidez. Espantóse la recua, corriendo a la desbandada. ¡Quién podría contar la corajina del atlético gañán al verse alcanzado por tres o cuatro proyectiles de grueso calibre! El infeliz, que ni podía escalar la muralla, ni abandonar las caballerías, ni esquivar el cuerpo tras de ningún obstáculo, juraba y pateaba como un condenado. En cuanto llegó a la posada, denunció el hecho al Alcalde; pero las Autoridades no lograron averiguar el nombre del agresor y el lance no tuvo las desagradables consecuencias que eran de temer. Mi mala fama había cundido de tal modo en el barrio, que hasta las niñas, cuando salían del Colegio, se escondían al verme, temerosas de alguna furtiva pedrada. Por cierto que, entre las muchachas que me cobraron más horror, recuerdo a cierta rubita grácil, de grandes ojos verde-mar, mejillas y labios de geranio, y largas trenzas color de miel. Su tío y padre, a quienes nuestros diarios alborotos impedían dormir la siesta, habíanle dicho pestes de -Santiagué-, el chico del médico de Ayerbe, y la pobrecilla, en cuanto topaba conmigo, echaba a correr desalada, hasta meterse en su casa de la calle del Hospital. ¡Caprichos del azar!... ¡Aquella niña asustadiza, en que apenas reparé por entonces, resultó, andando el tiempo, la madre de mis hijos!... [Ilustración] CAPÍTULO XV Inquina de mi catedrático de griego. -- Decide mi padre escarmentarme convirtiéndome en aprendiz de zapatero. -- Mis proezas en obra prima. -- El ataque de Linás. -- Consideraciones en torno de la muerte. Después de lo expuesto, huelga decir que mi instrucción científica y literaria progresó muy poco durante el curso de 1886. El latín y griego me aburrieron soberanamente, y la Historia universal y de España, que consistían en retahila insoportable de fechas y abrumadora letanía de nombres de reyes y de batallas ganadas o perdidas, según el favor o el enojo de la Providencia, no tuvo para mí ningún atractivo[11]. [11] Sin embargo, las obras históricas ojeadas en la biblioteca del confitero y algunos libros que pude proporcionarme después, despertaron mi afición a este orden de estudios, que sólo interesan a los jóvenes a condición de introducir en la narración pormenores descriptivos de batallas y elementos dramáticos y anecdóticos. Yo era entonces --lo he dicho ya-- fervoroso patriota; por tanto, no extrañará que ciertos episodios de nuestra historia me pusieran de mal humor. Iniciativas que hoy disculparía teniendo en cuenta el ambiente moral de la época, el concepto patriarcal de la realeza y la pobre mentalidad de políticos y generales, causáronme entonces graves enojos. Cierto que yo me entusiasmé con la epopeya --un poco lenta-- de la Reconquista, la patriótica unión de los reinos peninsulares y el estupendo descubrimiento y conquista de América, donde tanto brillaron las épicas hazañas de Cortés, Pizarro, Almagro y Vasco Núñez de Balboa; pero me sacaban de quicio, exasperándome hasta lo indecible, las alteraciones y rebeldías constantes de prelados, nobles y municipios, y sobre todo la lenta y sistemática -despañolización- de la política de España con el advenimiento de los Austrias y su séquito de flamencos y alemanes. Yo, que no pude perdonar al habilísimo Fernando el Católico, tan alabado por Maquiavelo, su incomprensible desconfianza hacia el -Gran Capitán- (el único caudillo genial que tuvo España por entonces), menos había de perdonar al sombrío burócrata Felipe II, su manía de regir el mundo desde su butaca (en una época en que todos los reyes batían el cobre en el campo de batalla) y su imprevisión y ligereza al encargar el mando de la -Invencible- a un general de salón, sabiendo que tenía que habérselas con ingleses y holandeses, los mejores marinos del mundo. Mi fibra patriótica vibraba de indignación al advertir cómo nuestros reyes, haciendo gala de menosprecio o desconfianza hacia el talento hispano, confiaban casi siempre el mando de ejércitos y escuadras a caudillos extranjeros (marqués de Pescara, Alejandro Farnesio y Filiberto de Saboya), y nombraban al portugués Magallanes jefe de la gloriosa expedición que dió la vuelta al mundo. ¡Qué de glorias perdidas --pensaba yo-- a consecuencia de esta incomprensible conducta!... Con todo eso, el curso habríase salvado sin contratiempo, si el catedrático de griego, un buen señor tan desabrido como suspicaz, no me hubiera convertido en desfogadero de su mal humor. Cierto que no extremaba mi celo y puntualidad ni me entusiasmaban grandemente sus lecciones pronunciadas con acento crudamente catalán y premiosa y sibilitante palabra; mas de su ojeriza no fueron mis distracciones la causa principal, sino cierto defecto fisiológico de que nunca he logrado corregirme. A la manera de los salvajes y de las mujeres, he adolecido siempre de lamentable facilidad para soltar la risa: una observación chocante, un gesto inesperado, cualquiera chirigota, bastaban para excitar mi ruidosa hilaridad, sin que fueran parte a refrenarme lo grave del lugar y lo solemne de la ocasión. En mi huesoso y movedizo semblante estallaba la carcajada como el oleaje en el mar azotado por la brisa. Y era lo malo que, en virtud de cierto aspecto mefistofélico del rostro, mi espontánea sonrisa de bobalicón asombrado adquiría, a los ojos de algunos, un no se qué de sarcástico, irritante y provocativo. En vano me esforzaba para dominar mis nervios y evitar que mi inocente alegría sacara de quicio al profesor: el aparato inhibidor de mis risores no fué jamás poderoso a imponerles el reposado continente, ni a mis ojos el aire grave y formal adecuados a la contemplación serena de la ciencia. Pero el bueno del maestro, que ignoraba el dicho de Dumas «sólo los bribones no se ríen», montaba en cólera cada vez que sorprendía mi jovialidad, en la que veía, por exceso de suspicacia, intención satírica y aviesa. Ni me valió para desarmar su enojo asegurarle que no me reía de él, a quien sinceramente respetaba, sino de las bromas y salidas de algunos compañeros parlanchines. Y creciendo progresivamente su irritación, dió en la manía de mortificarme diariamente con vulgares comparaciones zoológicas y comentarios burlescos. Complacíase también en citarme como caso representativo de torpeza y de pigricia. Cuando alguno enredaba en clase solía decir: «usted es casi tan pigre como Ramón»; «de no enmendarse, parará usted sin remedio en lo que Ramón»; y otras frases molestas de este jaez. Dicho sea entre paréntesis, al proceder de esta suerte mis maestros erraban de medio a medio la terapéutica. En el fondo era yo un infeliz, de buenos sentimientos, aunque víctima de tendencias intelectuales y sensitivas irrefrenables. Tanto mi padre como mis profesores hubieran sacado mejor partido de mí usando los métodos del halago y de la bondad, en lugar de infligirme correcciones acaso excesivas y siempre exasperantes. Pero volviendo a mi adusto profesor de griego, diré que aquel régimen de pullas y alfilerazos, que yo estimaba injusto, agotó mi paciencia. Y considerándome perdido, resolví tomar represalias. Decidí, pues, atormentar al pobre señor con toda suerte de pesadas bromas, y con ellas traspasé los límites de la insolencia. Para herirle en lo más vivo, que eran sus profundas convicciones ultramontanas, hacía pasar de mano en mano grotescas caricaturas en que aparecía, ya con traje de miliciano nacional, colgante de sus labios letrero que decía: «¡Viva la Constitución!», ya andando en cuatro patas, tocada la testa con boína descomunal --y ésta era la más negra-- y cabalgado por Espartero, que parecía cantarle el -trágala- al oído. Tan grotescos monigotes regocijaban y desasosegaban a los chicos, que oían al iracundo pedagogo como quien oye llover. Con estas y otras pesadas payasadas fué tal el odio que me cobró, que, a punto de trasladarse a Cataluña, de donde era natural, aprovechó la ocasión de la plática de despedida para deplorar amargamente el ausentarse sin haber tenido el gusto de castigar mis insolencias. «A bien que mis rectos comprofesores sabrán vengarme», añadió. Yo estuve por contestarle «¡buen viaje!», pero me contuve por no empeorar mi ya desesperada situación. * * * * * Graves fueron de todos modos las consecuencias de mis imprudencias. Desalentado por la citada conminación, recibida precisamente en el mes de Mayo, dí por seguro el fracaso, y no me atreví a presentarme a examen. Con lo cual, y con haber obtenido solamente notas de mediano en las demás asignaturas, púsose furioso mi padre, amenazándome con ejemplar y radical escarmiento. Resuelto a arrancar de cuajo mis chifladuras artísticas, meditó y puso por obra cierto plan terapéutico no exento de ingenio y eficacia, que consistía en la aplicación del sabido principio médico: -Contraria contrariis-. «¿Qué es --debió preguntarse mi progenitor-- lo más diametralmente opuesto, en el orden profesional y sentimental, a la dulce poesía y a las emociones y bellezas del arte pictórico? Pues los bajos oficios de soguero, deshollinador o zapatero remendón.» Esta última profesión, sobre todo, parecióle pintiparada para abatir mis pujos románticos y corregir definitivamente mis rebeldías. Pensé al principio que todo pararía en amenazas, pero me engañé de medio a medio. Antes de terminar el mes de Junio --habitábamos entonces en Gurrea de Gállego--[12] puso por obra su proyecto, asentándome de aprendiz con cierto zapatero, hombre de pocas palabras, rústico y mal encarado, el cual, en connivencia con mi padre, hízome pasar las de Caín. Obligóme a comer un mal cocido, a dormir en obscuro y destartalado desván lleno de ratones y telarañas, y encargóme además de los más bajos y sucios menesteres de la tienda. Quitáronme lápices y papel, y se me prohibió hasta emborronar con carbón las paredes del granero. Privada la fantasía de todo instrumento expresivo, vivió de sí misma y alzó en la mente las más brillantes y risueñas construcciones. Jamás viví vida más prosaica ni soñé cosas más bellas, altas y consoladoras. En cuanto acababa de cenar, asaltaba ansiosamente mi cuchitril, y antes de que el sueño me rindiera, ocupábame en dar forma y vida al caos de manchas de la pared y a las telarañas del techo, que se transformaban, a impulsos del pensamiento, en los bastidores de mágico escenario por donde desfilaba la excelsa cabalgata de mis quimeras. [12] Allá a fines de 1865, por disgustos habidos con el Ayuntamiento, dejó mi padre el partido de Ayerbe, trasladándose primero a Sierra de Luna y luego a Gurrea de Gállego. Transcurridos dos años, y hechas al fin las paces con el cabildo ayerbense, retornó al antiguo partido, al cual le ligaban un crédito profesional bien cimentado y hasta algunos bienes raíces. Aquel régimen de aislamiento moral y de austera alimentación hubiera acabado por convertirme en místico exaltado --como a un amante del yermo-- si mi madre, temerosa de los efectos depauperantes de las berzas y del cocido incoloro, no me hubiera mandado furtivamente sabrosas tortas y suculentas tajadas. Al final de aquel verano, conseguí también lápiz y papel, comprados gracias a la generosa propina recibida de la hija de los condes de Parcent, gentil señorita de catorce abriles que se dignó un día visitar la tienda y confiar al zafio aprendiz el arreglo de elegante y diminuta botina, descosida durante el trajín de reciente cacería[13]. [13] Los condes de Parcent solían pasar entonces los veranos en Gurrea, centro de sus vastas posesiones señoriales, donde tenían magnífico palacio. Recuerdo todavía con placer las soberbias cacerías (con acompañamiento de bocinas, tiendas de campaña, lujosos trajes de caza, etc.) efectuadas en los bosques próximos, y a las cuales era mi padre graciosamente invitado a título de primera escopeta de la comarca. Por cierto que el hermano del conde pintaba al óleo bastante bien. Aún debe conservarse en mi casa cierto retrato de mi padre, con robusto y bien entonado colorido, regalo del aristócrata aficionado. Trasladada nuevamente mi familia a Ayerbe, cambié de dueño, entrando a servir a un tal -Pedrín-, de la familia de los Coarasas de Loarre, zapatero campechano y chistoso, pero severo y duro con los aprendices. Tenía yo entonces rarezas alimenticias extremadas (tales como repugnancia invencible hacia el cocido, la calabaza, el tomate, la cebolla, etc.), que desazonaban sobremanera a mis padres. Y así, el autor de mis días puso empeño en que Pedrín curara radicalmente tan enfadosos antojos, amén de tratarme en lo demás sin ningún miramiento y a -cara de perro-, según el dicho vulgar. Lo mismo que en Gurrea, debían correr a mi cargo las más antiestéticas faenas. Y, en efecto, se me adjudicaron las poco pulcras ocupaciones de limpiar herramientas, fabricar cabos untados de pez, coser remiendos (que por cierto me llenaban las manos de callos y costurones), echar medias suelas y preparar el engrudo. Encantado estaba el Sr. Pedrín (quien no obstante la fama de mal genio, era excelente persona y buen amigo de mi familia) de mis progresos, así como de la paciente humildad con que soportaba lo mismo las vilezas y prosaísmos del oficio que las deliberadas modificaciones del -menú-. Un día díjole a mi padre: --D. Justo, su chico de usted es una alhaja; es mañoso, todo lo hace bien. De seguir así, voy a ponerle pronto a coser botinas nuevas. --Y ¿qué tal la comida? --Traga hasta las piedras: calabaza, tomate, nabos, cocido... Todo lo devora sin hacer un visaje. --Lo dudo...; fíjese bien, no sea que el chico, que es muy marrullero, se la pegue a usted. Algo escamado el maestro, observóme disimuladamente durante la cena, y no tardó en sorprender mis trazas y ardides. Cuando el plato no era de mi gusto, solapadamente escondía yo las tajadas, ya en el bolsillo del pantalón, encerado a este propósito, ya sobre un pañuelo oculto entre mis rodillas. Afeóme ásperamente la desobediencia y consideró cuestión personal democratizarme el estómago y -empapuzarme- (empapujar) hasta de las más viles bazofias; no lo consiguió sin embargo. Sus bien intencionadas porfías sólo sirvieron para enflaquecerme y convertirme por inevitable compensación alimenticia, en famélico comedor de pan[14]. [14] El Sr. Pedrín vive aún, y dirige un acreditado taller de zapatería en Huesca, donde es muy estimado. Hace algunos años, y poco después de haberse hecho público cierto afortunado triunfo mío, salióme a recibir a la estación oscense, y sin poder contener las lágrimas, abrazóme emocionado, exclamando: «¡Y yo que pensaba que tenías aptitudes excepcionales para el oficio!» Extendidas por el pueblo nuevas de mis rápidos avances zapateriles, un tal Fenollo, maestro de obra prima y dueño de la mejor tienda de la población, propuso contratarme por cierto número de años, a condición de que si antes de la primera añada abandonaba el oficio, debía mi padre indemnizarle -a posteriori- con dos reales diarios. Cerrado el trato e instalado en el nuevo obrador (más alegre y capaz que el de Pedrín, y emplazado en la hermosa Plaza Baja), puse a mal tiempo buena cara. Poco tardé en intimar con el hijo del patrón, simpático muchacho de mi edad y gustos, y díme tal garbo en el manejo de la lezna, que a los pocos meses cosía a todo ruedo, haciendo zapatos nuevos de los llamados entonces -abotinados-, recortando coquetones tacones y dominando los calados y demás arrequives de las punteras y todas las sublimes filigranas del oficio. Mis progresos fueron muy alabados por el nuevo amo, que me prometió, de continuar en la misma tesitura, abonarme un jornal de dos reales diarios, amén de la ropa y comida. Entretanto, para honrar y enaltecer mi habilidad, confiábame las botinas de las señoritas más remilgadas y presumidas; botinas en cuyos altos y esbeltos tacones labraba primores de ornamentación. ¡Qué diablos! ¡De algo habían de servirme el -Arte poética- de Horacio y mis aficiones artísticas! Por aquel año (1867) acaeció la famosa intentona revolucionaria de Moriones y Pierrad, que tuvo sangriento epílogo en el choque de Linás de Marcuello. General era el descontento contra el Gobierno. El odio a los moderados, a causa de las deportaciones y fusilamientos de liberales, había ganado hasta las aldeas más apartadas. Todo hacía presagiar próxima tormenta, de la cual el citado choque de Linás fué el primer relámpago amenazador. Con júbilo casi general fué en Ayerbe sabida la sublevación de los generales, cuyo triunfo creíase inminente. Muchos se aprestaban a alistarse en las filas rebeldes; sólo en nuestro pueblo y Bolea había --al decir de la gente-- sobre 500 hombres comprometidos, que esperaban no más, para incorporarse a las filas revolucionarias, recibir armas y equipos. Cundió, por fin, la noticia de que las huestes liberales, formadas por carabineros y montañeses del Alto Aragón, habían pernoctado en Murillo, Lapeña y Riglos, desde cuyos pueblos movilizábanse hacia Linás de Marcuello, aldea situada al pie de la vecina sierra de Gratal. Intensa emoción reinaba en Ayerbe; muchos juzgaban inevitable la entrada triunfal de los insurrectos. De improviso apareció en la Plaza baja la columna del general Manso de Zúñiga, compuesta de algunas fuerzas de infantería y de 50 soberbios y vistosos coraceros que entusiasmaron a los muchachos con su aire marcial y brillantes armaduras. No me saciaba de admirar las bruñidas corazas y empenachados yelmos, defensas evocadoras del recio arnés de los antiguos guerreros y de las épicas luchas de la reconquista. Subyugóme, sobre todo, el admirable golpe de vista ofrecido por los escuadrones en correcta formación. Al moverse los caballos, toda aquella masa de metal pulido rielaba al sol como oleaje de un mar rizado por la brisa: de las desnudas espadas brotaban deslumbrantes relámpagos, y el polvo alzado por el piafar de los alazanes parecía como dibujar en torno de cada guerrero glorioso nimbo de luz. Impaciente por combatir, el general ordenó al alcalde la inmediata traída de bagajes, y sin detenerse más que lo estrictamente necesario para racionar a los soldados, partió en dirección de Linás, adonde debió llegar en las primeras horas de la tarde. No transcurrió mucho tiempo sin que oyéramos el lejano y sordo estampido de las descargas, repercutido por las vecinas montañas. Formáronse corrillos en las plazas, a los que nos agregábamos los chicos, presa de viva curiosidad. Y entre los hombres cambiábanse en voz baja comentarios acerca de la batalla librada en aquellos angustiosos momentos entre la libertad y la reacción. Entretanto, buen golpe de vecinos comprometidos en la asonada habían huído hacia la sierra, para esperar el desenlace y evitar posibles represalias. Ardíamos todos en curiosidad e impaciencia por conocer lo ocurrido. Nuestra comezón por saber algo fué tan grande, que varios chicos nos escapamos al campo de batalla, caminando a campo traviesa; y llegados a la cúspide de una colina, que por el Sur domina la aldea de Linás, presenciamos escena lastimosa y conmovedora. Las fuerzas leales replegábanse en aquel instante, con visibles muestras de desaliento, hacia Ayerbe; mientras los insurrectos, que conservaban excelentes posiciones en las casas del pueblo y cercados inmediatos, comenzaban a correrse por el pie de la sierra, desdeñando perseguir al enemigo, acaso por no derramar estérilmente sangre española. Nos desviamos entonces a cierto alcor próximo al camino por donde la tropa caminaba. Grande fué nuestra sorpresa al advertir que aquellos coraceros, horas antes tan gallardos e imponentes, marchaban ahora desordenados y silenciosos, abollados los cascos y sangrientos los uniformes. Algunos, perdido el caballo en la refriega, caminaban a pie, macilentos y tristes. Montados, o mas bien sujetos, en caballerías y escoltados por bagajeros y soldados, venían numerosos heridos, cuyos lastimeros ayes, arrancados a cada trompicón del áspero camino, desgarraban el alma. Y en medio de aquel melancólico desfile surgió cual trágica aparición la pálida figura del general Manso de Zúñiga, agonizante o muerto, mantenido a caballo gracias a los piadosos brazos de un ayudante. Profunda impresión sentí al contemplar el uniforme manchado de polvo y sangre, los abatidos y pálidos rostros de la fúnebre comitiva, y, sobre todo, la faz intensamente blanca del infortunado caudillo, horas antes rebosante de energía y altiva resolución. Confieso que aquella imagen brutalmente realista de la guerra enfrió bastante mis bélicos entusiasmos. En ningún libro había leído que las heridas de fusil fueran tan acerbamente dolorosas, ni que los lisiados se quejaran con acentos tan lastimeros. Está visto que, o los historiadores no han presenciado batallas, u omiten deliberadamente cosa tan grave y seria como la tortura física y moral de las víctimas. Al llegar al pueblo, contaron los soldados pormenores del encuentro. Noticiosos los insurrectos (en número de 1.600 hombres) de la escasez de las fuerzas del general Manso, aguardáronle apostados en excelentes posiciones que se extendían por las colinas inmediatas a Linás. En cuanto avistaron al enemigo, las fuerzas leales hiciéronse fuertes en los altozanos linderos con la aldea y cruzáronse los primeros disparos. Impaciente el caudillo isabelino por la inesperada resistencia de fuerzas, que supuso indisciplinadas, ordenó el avance de sus tropas, que fueron recibidas con nutridas descargas. Debió ocurrir un movimiento de vacilación motivado quizá por el desorden de la caballería, incapaz de maniobrar dado lo angosto y quebrado del terreno; y entonces el jefe, dando ejemplo a los suyos y arrastrado por su bravura, espoleó reciamente el caballo y se adelantó gran trecho hacia el enemigo. Cobraron ánimo los leales, corriendo a paso de carga para alcanzar al bizarro general; pero, desgraciadamente, antes que llegaran a socorrerle, una descarga derribóle mortalmente herido. Cuentan que, en aquel momento trágico, cierto colosal ansotano, mozo de 7 pies de estatura y de diecinueve años apenas, abalanzóse temerariamente hacia el caído, al objeto de desarmarlo y hacerlo prisionero; pero frustróse su intento, porque certera bala le hirió en el corazón, desplomándolo junto al caudillo. Perdido el general e insuficientes las fuerzas isabelinas para proseguir el ataque, retiráronse al cabo, después de recoger los numerosos heridos, que fueron asistidos y curados en el hospital de Ayerbe[15]. [15] No respondemos de la fidelidad absoluta del precedente relato. Trasladamos aquí exclusivamente nuestros recuerdos personales, así como la versión, descartada de anécdotas y de suposiciones inverosímiles, que por aquellos tiempos corría en Ayerbe. Según era de presumir, tocóle a mi padre aquellos días no poco que hacer con la diaria curación de los soldados heridos en la refriega, así como con el cuidado de otros pertenecientes a las fuerzas insurrectas, los cuales se habían ocultado en diversas aldeas, hasta en lo más fragoso de la vecina sierra de Gratal. La contemplación al siguiente día, en los campos de Linás, de los infelices que cayeron con ocasión del sangriento combate, y el examen poco tiempo después de las víctimas de otra acción inesperada librada cerca de Ayerbe[16] entre carabineros y contrabandistas, trajeron por primera vez a mi espíritu la terrible enseñanza de la muerte, la más profunda, filosófica y revolucionaria de todas las realidades de la vida. Ciertamente, antes de los citados sucesos, había visto muertos y presenciado el desgarrador espectáculo de la agonía; pero mi emoción harto débil, habíase disipado como espuma en la onda. [16] Ocurrió este choque cerca de Plasencia, carretera de Ayerbe a Huesca. Cierta cuadrilla de contrabandistas, a quienes, al cruzar el Pirineo, había sido arrebatado, con muerte de algún paquetero prestigioso, valiosísimo contrabando, deseando vengarse y recobrar el botín, siguió a corta distancia a los carros portadores del apresado cargamento, recatándose en lo posible de la escolta de carabineros y fuerzas de infantería que lo custodiaban. Llegados más allá de Ayerbe, aprovecharon un momento durante el cual, demasiado adelantada la escolta de infantería, no quedaba junto a los carros sino una docena de carabineros; entonces sorprendieron a éstos, que marchaban descuidados; mataron seis o siete infelices; dispersaron los demás, y cargaron rápidamente el contrabando en sus recuas. Cuando la compañía de infantería, que iba a la cabeza del convoy, tuvo noticia de la audaz y sangrienta acometida, fué ya imposible alcanzar a los contrabandistas, que tomaron, por veredas de ellos solamente conocidas, la vuelta de Zaragoza. A cargo de mi padre corrió la autopsia de los cadáveres, y yo, llevado de mi curiosidad, le acompañé ayudándole en la fúnebre tarea. Según supe más adelante (en 1910) precisamente por el jefe de la partida (en Ansó), los ansotanos tuvieron también algunos heridos, que escondieron en , 1 , 2 , 3 , 4 , 5 . 6 7 8 . , , 9 ; , 10 , 11 ( ) , ( ) , 12 . , 13 ; 14 , , 15 , 16 . , , , , 17 . 18 19 . 20 , 21 , 22 [ ] ¡ ! 23 , 24 , , , 25 . , , 26 - - - - , 27 ( ) ; - - , . ; - 28 - , ; - - , - 29 - - - ; - - , ; 30 - - - - , ; - 31 - , ; - - , ; - 32 - , , - 33 - , - - , - - 34 . 35 36 . 37 38 [ ] . , 39 , 40 . 41 42 , 43 . 44 , 45 , 46 . 47 , , 48 , , 49 , 50 , . , 51 , 52 , , 53 . 54 55 , , , 56 , , 57 , 58 . 59 60 ¡ 61 ! 62 . 63 64 ¡ 65 ! ¡ ! 66 , 67 , 68 , - - ; , 69 - - ; - - ; 70 - - ; 71 , 72 - - , - - - - , - - , , 73 , - 74 - , . 75 76 , , 77 ; , 78 , 79 . 80 , , 81 , 82 . 83 84 , 85 , 86 87 , , 88 , 89 , 90 , . 91 92 , , 93 . , , 94 95 96 ( ) - , 97 - - , - - 98 - - - - - - . 99 100 , 101 [ ] . , 102 , 103 . 104 ; , ; , 105 ; , 106 , . 107 , , 108 . , 109 . 110 111 , 112 113 . 114 , 115 ; , 116 . 117 118 [ ] , 119 . , 120 , 121 , , , , , , . 122 123 , , 124 - - - - . 125 126 - - ( 127 ) 128 . 129 , , 130 , , 131 , 132 . « ¡ - - - - 133 , 134 , 135 ! » 136 137 , 138 139 . 140 . « ¡ 141 ; , 142 ; , 143 , 144 ! » ¡ ! . . . 145 146 147 , 148 149 . , , 150 . ¡ 151 152 ! 153 ; , , 154 . 155 156 - - ¿ ? - - 157 158 . « ¡ ! . . . - - - - ; 159 . 160 ; 161 , 162 163 . » 164 165 166 . 167 , 168 . ¡ ! . . . 169 170 , , 171 : 172 173 ; , , 174 , 175 , , 176 . 177 178 , 179 , 180 . 181 , ( 182 ) , 183 , , 184 , 185 186 ; - - - - 187 , 188 , 189 . 190 191 192 . 193 194 195 196 197 [ ] 198 199 200 201 202 203 204 , 205 . - - . - - . . - - 206 . - - . - - 207 . - - . - - 208 . 209 210 211 , 212 , 213 , , 214 . , 215 , 216 , , 217 : 218 , ; 219 , . 220 221 222 . , , 223 224 ; 225 , 226 , , 227 , 228 , , , 229 . 230 231 232 . 233 , 234 . 235 . , , 236 ; 237 238 . 239 240 , , 241 , , , 242 , : 243 ; , 244 , . 245 , : 246 , 247 , 248 , 249 . 250 251 , 252 , . 253 , ; 254 , 255 . 256 257 . ¡ 258 ! . . . ¡ 259 ! . . . ¡ 260 , . . . ; 261 , , 262 , . . . , 263 ! . . . ¡ 264 ! 265 266 ¿ ? , , 267 . 268 , , 269 . 270 271 , , . 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