Fuera de las citadas novelas, mis lecturas recreativas habíanse
reducido hasta entonces a algunas poesías de Espronceda, de quien
era yo ardiente admirador, y a cierta colección de romances clásicos
e historias de caballería andante, que por aquellos tiempos vendían
a cuatro cuartos los ciegos y los tenderos de estampas, aleluyas y
objetos de escritorio.
Tan mezquino pasto intelectual no bastaba a mi ansia de lances
arriesgados y narraciones maravillosas. Imaginaba, además, que debía
haber algo más artístico y primoroso; porque, oyendo a las personas
mayores, advertí que celebraban las amenas y entretenidas novelas de
Dumas (padre), de Eugenio Sué (entonces en predicamento), de Víctor
Hugo y de nuestro romántico Fernández y González. Naturalmente, ardía
en deseos de saborear estos prodigios de la imaginación humana; por
desgracia, las personas graves del pueblo, dueñas de tan valiosos
tesoros, se hubieran guardado bien de prestarlos a un travieso
rapazuelo. Veíame, pues, condenado a ignorar, quién sabe hasta cuándo,
las más altas y sublimes creaciones de la fantasía novelesca.
Mas el azar se hace muchas veces cómplice de nuestros malos deseos.
Un día, explorando a la ventura mis resbaladizos dominios de tejas
arriba, me asomé a la ventana de cierto desván perteneciente al vecino
confitero[7] y contemplé ¡oh gratísima sorpresa! al lado de trastos
viejos y de algunos cañizos cubiertos con dulces y frutas secas,
copiosa y variadísima colección de novelas, versos, historias, poesías
y libros de viajes. Allí se mostraban, tentando mi ardiente curiosidad,
el tan celebrado -Conde de Montecristo- y -Los tres Mosqueteros-, de
Dumas (padre); -María o la hija de un jornalero-, de E. Sué; -Men
Rodríguez de Sanabria-, de Fernández y González; -Los mártires-, -Atala
y Chactas- y el -René- de Chateaubriand; -Graziella-, de Lamartine;
-Nuestra Señora de París- y -Noventa y tres-, de Víctor Hugo; -Gil Blas
de Santillana-, de Le Sage; -Historia de España-, por Mariana; -Las
comedias de Calderón-, varios libros y poesías de Quevedo, -Los viajes
del capitán Cook-, el -Robinsón Crusoe-, el -Quijote- e infinidad de
libros de menor cuantía de que no guardo recuerdo puntual. Bien se
echaba de ver que el confitero era hombre de gusto y que no cifraba
solamente su ventura en fabricar caramelos y pasteles.
[7] Llamábase R. Cuiduras y era persona culta, que educó
perfectamente a sus hijos, con quienes mantuve siempre excelentes
relaciones.
Ante tan fausto acontecimiento, la emoción me embargó durante algunos
minutos. Repuesto de la sorpresa y decidido a aprovecharme de la buena
fortuna, me dí a imaginar el proyecto más adecuado de explotación
de aquel inestimable tesoro, evitando al mismo tiempo las sospechas
del dueño y las huellas de mis pasos por el desván. La más elemental
prudencia me obligó a respetar, por el momento, los exquisitos y
apetecibles dulces del cañizo, persuadido de que, si el pastelero
echaba de menos sus peras y ciruelas confitadas, cerraría o enrejaría
la ventana, dejándome a la luna de Valencia. Tras madura reflexión,
decidí dar el primer golpe por la mañana temprano, durante el sueño de
los inquilinos, y coger los libros codiciados de uno en uno, reponiendo
cada volumen en el mismo lugar de la anaquelería.
Gracias a tales precauciones, a mi serenidad y buena estrella, saboreé,
libre de sobresaltos, las obras más interesantes de la biblioteca,
sin que el bueno del repostero se percatara del abuso, y sin que mis
padres sorprendieran mis ausencias del palomar.
¡Quién sería capaz de encarecer lo que yo me deleité con aquellas
sabrosísimas lecturas! Tan grandes fueron mi entusiasmo y alegría que
me olvidaba de todos los vulgares menesteres de la vida material.
¡Cuántas exquisitas sensaciones de arte me trajeron aquellas admirables
novelas! ¡Qué de interesantes y novísimos tipos humanos me revelaron!
Las descripciones brillantes de los bosques vírgenes de América, donde
la vida vegetal desbordante, parece ahogar la insignificancia del
hombre, en -Atala-; los tiernísimos y castos amores de Cimodocea, en
-Los Mártires-; la gentil y angelical figura de -Graziella-; la pasión
exaltada y casi monstruosa de Cuasimodo en -Nuestra Señora de París-;
la nobleza, magnanimidad y valor puntilloso de los incomensurables
-Artagnan-, -Porthos- y -Aramis-, en -Los tres Mosqueteros-, y en fin,
la fría, inexorable y meditada venganza del protagonista del -Conde de
Montecristo-, cautiváronme y conmoviéronme de modo extraordinario.
Al fin, aunque por medios incorrectos, trabé conocimiento con los
épicos entes de la fantasía; seres soberbios y magníficos, todo
voluntad y energía, de corazón hipertrófico sacudido por pasiones
más que humanas. Verdad es que casi todas las novelas devoradas por
entonces pertenecían a la escuela romántica, a la sazón en boga, cuyos
héroes parecen forjados expresamente para subyugar a la juventud,
siempre sedienta de lances extraordinarios y de aventuras maravillosas.
Y llevando mi atención a otro aspecto de la inspiración artística, me
asombré del poder casi divino del poeta y del novelista, que desdeñando
toda representación plástica de los personajes y del ambiente físico
en que se agitan, sin más recursos que la palabra escrita, evocan en
la mente del lector representaciones de tal modo vivas, coloreadas y
conmovedoras, que en su comparación la realidad misma parece pálida y
borrosa imagen, indigna casi de nuestra atención.
Difícil me sería señalar hoy, pasados tantos años, cuáles fueron
los libros que me impresionaron más hondamente. Creo, empero, no
apartarme mucho de la verdad declarando que hirieron con más viveza
mi imaginación que ningunas otras las amenísimas y caballerescas
creaciones de Dumas (padre) y las ultra-románticas de Víctor Hugo, que
diputé entonces superiores al -Fausto-, al -Gil Blas de Santillana- y
hasta --rubor me da confesarlo-- al asombroso -Don Quijote-.
Hay cierta psicología de la niñez y mocedad, acaso insuficientemente
estudiada por los especialistas[8]. Si se conociera bien, nos
extrañarían menos ciertas aberraciones del gusto de la gente joven, de
la cual se ha dicho con razón que es extremosa en todo. El adolescente
adora lo hipérbole; cuando pinta, exagera el color; si narra, amplifica
y diluye; admira en los escritores el estilo enfático, vehemente
y declamatorio, y en los políticos las tesis audaces y radicales.
Prefiere lo particular a lo general, lo ideal a lo real, la acción a
la palabra. Sedúcenle las cadencias y sonoridades del verso, la pompa
de las imágenes y el ruido de los epítetos explosivos y altisonantes.
Y del mismo modo que en el orden científico antepone las ciencias
objetivas a las llamadas disciplinas abstractas, en la esfera del
arte abomina de reflexiones y moralejas y déjanle frío los análisis
sentimentales del psicologismo. Como si contemplara el mundo al
través de una lente de aumento, todo lo ve amplificado y nimbado de
irisaciones; al revés de la vejez, que parece ver las cosas al través
de una lente divergente que todo lo achica y envilece.
[8] Cuando se escribía esto, mi cultura psicológica era bastante
deficiente. Datos valiosos, aunque no siempre coherentes acerca
de este interesante punto, se encuentran en los estudios de
Stanley Hall, Ribot, Ferrier, Dewey, James, Hutchinson, etc.
Pero, antes de terminar este capítulo, quisiera decir algo de la
impresión que me causaran el -Robinsón- y -Don Quijote-.
El -Robinsón Crusoe- (que volví a leer más adelante con verdadera
delectación) revelóme el soberano poder del hombre enfrente de la
naturaleza. Pero lo que me impresionó en grado máximo fué el noble
orgullo de quien, en virtud del propio esfuerzo, descubre una isla
salvaje llena de asechanzas y peligros, susceptible de transformarse,
gracias a los milagros de la voluntad y del trabajo inteligente, en
deleitoso paraíso. «¡Qué soberano triunfo debe ser --pensaba-- explorar
una tierra virgen, contemplar paisajes inéditos adornados de fauna y
flora originales, que parecen creados expresamente para el descubridor
como preciado galardón de su heroísmo!»
En mi entusiasmo infantil por el bárbaro individualismo, casi sentía
que mi héroe hubiera logrado evadirse del islote para retornar a su
amada patria. Hubiera preferido que la muerte le hubiera sorprendido en
su misterioso retiro. «¡Ahí es nada tener por sepulcro isla perdida en
las brumas del Océano; por epitafio, un nombre repetido eternamente por
los vocingleros papagayos; por panegírico, la obra del espíritu patente
en la transformación de plantas y animales, y en la destrucción de
fieras y alimañas!» ¡Qué desvaríos!...
Aunque no estaba todavía preparado para apreciar en todo su altísimo
valor la inestimable joya de Cervantes, mucho me solacé también con
las épicas aventuras de Don Quijote y con los sabrosos coloquios de
caballero y escudero. Mas, a fuer de ingenuo, debo declarar que me
desagradó la filosofía que se desprende de la genial novela. ¡Cómo
había de gustarme su sentido hondamente realista si venía a contrariar
mi incorregible idealismo! Yo tomaba por lo serio el papel de Don
Quijote; y, así, llegábame al alma lo malparado que el esforzado
caballero quedaba en casi todos sus lances y aventuras.
Además --¿por qué no decirlo?-- aquella melancólica derrota de
Barcelona a manos del prosaico y ramplón Sansón Carrasco prodújome viva
decepción. «¡Eso no!... --exclamaba en mis arrebatos románticos--;
el héroe manchego no mereció ser vencido. Bueno que en el mundo real
triunfen los vulgares campeones del sentido común; pero en la obra
de arte destinada a levantar el corazón y sublimar la virtud, el
protagonista debe flotar sobre las ruindades del ambiente moral y
alcanzar gloriosa apoteosis.»
Pero mi desconsuelo llegaba al paroxismo al ver cómo el loco sublime
terminaba en cuerdo. A mis ojos aquel trivial arrepentimiento le
degradaba, desautorizando lastimosamente su obra casi divina de paladín
de la virtud. ¡Qué desencanto!...
Claro está que, a mi escasa sindéresis, escapaba la idea central de la
grandiosa concepción cervantina: desterrar las locuras y disparates
de las novelas caballerescas para fundar la obra artística sobre los
sólidos cimientos de la experiencia; que, al fin y al cabo, sólo
las narraciones de sucesos verosímiles, ingeniosamente tejidas con
elementos de la vida real, alcanzan la suprema virtud de enseñar,
edificar y deleitar.
Por las antecedentes frases, que traducen harto libremente mis
emociones de la adolescencia y juventud, comprenderá el lector que
el sano y fuerte realismo del Quijote no me hizo gracia. Sólo más
tarde, curado o por lo menos aliviado (porque restablecido no creo
haber estado nunca) del empalagoso romanticismo que padecía, aprendí a
gustar del espíritu del libro, a recrearme con la riqueza, donosura y
elegancia del estilo, y a apreciar en su valor exacto la maravillosa
armonía resultante del contraste entre los soberbios tipos de Don
Quijote y Sancho; personajes que --según se ha dicho muchas veces--
con ser altamente ideales, vienen a ser los más reales y universales
concebibles, porque simbolizan y encarnan los dos modos antípodas del
sentir y del pensar humano.
Pero dejemos de reflexiones ociosas y reanudemos el hilo de la
narración.
[Ilustración]
CAPÍTULO XIV
En crescendo mis distracciones y calaveradas, mi padre me acomoda de
aprendiz en una barbería. -- Mi hermano Pedro. -- El Sr. Acisclo. --
Majos y conspiradores. -- Las pedreas. -- Escaramuza con la fuerza
pública. -- El placer de los dioses. -- Alarma del público con ocasión
de las pedreas.
Hay en el cinematógrafo de la memoria imágenes borrosas, y aun
verdaderas lagunas, correspondientes a épocas durante las cuales la
atención, como la fotografía instantánea en día nublado, no dispuso
de energía bastante para impresionar la película cerebral. Y si,
mediante enérgica evocación, surge algún suceso en el negro fondo
del inconsciente, muéstrase aislado, a modo de estrella que brilla
solitaria en cielo encapotado: el hecho emergido suele situarse bien en
el espacio, pero difícilmente en el tiempo; cabe referirlo más o menos
vagamente a una época, mas no a página determinada del almanaque.
A esta categoría de remembranzas discontinuas y borrosas pertenecen mis
recuerdos de los años 65 y 66. Tengo, empero, seguridad de que el 65
interrumpí los estudios por estimar el autor de mis días que su hijo
carecía de madurez para el cultivo de la ciencia; y estimo probable que
los principales, si no todos los sucesos de que vamos a ocuparnos en
este capítulo, acaecieron el año 66, o sea durante mi tercer curso de
bachillerato, que abrazaba entonces la historia general y particular de
España, el álgebra, la trigonometría y el griego, que se introdujo en
la segunda enseñanza en virtud de una disposición transitoria.
De lo que tengo más seguridad es de que el referido tercer curso marcó
el período más agitado y azaroso de mi vida estudiantil. Recuerdo
también que por entonces acompañóme al Instituto oscense mi hermano,
que debía comenzar sus estudios. Era Pedro muchacho tan dócil y atento
como aplicado y pundonoroso. Poseía, sin duda, inclinaciones artísticas
y pasión por los juegos guerreros; pero estos gustos no fueron
poderosos a extraviarle del buen camino ni a apartarle seriamente del
estudio.
Mi padre, que cifraba grandes esperanzas en su formalidad y obediencia,
temió sin duda el contagio de mi rebeldía, y, obrando con previsión,
separó a los hermanos, instalándonos aparte: Pedro fué alojado
decorosamente en apacible casa de huéspedes; yo, por castigo de mis
distracciones, debí acomodarme de mancebo en una barbería. Al adoptar
respecto de mí tan enérgica decisión, perseguía mi padre dos fines:
desde luego atarme corto, privándome el vagar necesario para correrías
y algaradas, y además enseñarme un oficio con que pudiera algún día
ganarme el sustento, en caso de ineptitud irremediable o de orfandad
prematura.
No me pesa hoy de la resolución de mi padre, que reiteró después en
Zaragoza, según se verá en el curso de esta historia. Ella me puso en
contacto con el alma del pueblo, a quien aprendí a conocer y a estimar;
y domando el nativo orgullo, desenvolvió en mí ese sentimiento de digna
modestia anejo a la pobreza laboriosa.
Pero entonces sentí mi esclavitud como un castigo excesivo. ¡Y en
qué ocasión!... ¡Precisamente cuando vibraba todavía mi alma con la
honda sacudida del choque romántico!... ¡Yo que soñaba entonces con
los excelsos protagonistas de Dumas, Chateaubriand y Víctor Hugo...;
que, persuadido de mis talentos artísticos, creíame capaz de emular
las glorias del Ticiano, de Rafael o de Velázquez..., verme forzado a
empuñar la sucia y jabonosa brocha barberil!... ¡Era para morirse de
vergüenza!
Pero ¿qué remedio? Tuve, pues, que devorar en silencio lo que en mi
necia vanidad consideraba humillación y rebajamiento intolerables.
Afortunadamente, a los catorce años la máquina humana es tan plástica,
que a todo se acomoda prontamente.
No era, sin embargo, un ogro el Sr. Acisclo[9] --que así se llamaba
el amo-- a pesar de su fama de gruñón y de la severidad y acritud que
prometían sus facciones duras y su color bilioso; antes bien, estuvo
conmigo considerado y afable. Condolido al ver mi cara de cuaresma,
trató de consolarme con estas o semejantes palabras: «¡Ánimo muchacho!
Duros son todos los principios, pero te irás haciendo. Déjate de
orgullos y aplícate a remojar barbas, que si, como presumo, te vas
haciendo al oficio, dentro de poco ascenderás a oficial y gozarás el
momio de tres duros al mes, amén de las propinas».
[9] Fallecido mi patrón hace muchos años, no tengo por qué
disfrazar su nombre. Su establecimiento, desaparecido hoy, estaba
en la calle de la Correría, no lejos de la Plaza de la Catedral.
¡Bonito porvenir!
Sobrábale razón al Sr. Acisclo. Acabé por acomodarme a aquel nuevo
género de vida, y llegué hasta encontrar simpáticos a los amos y
tolerable mi sujeción. Además, pocas semanas después intimé con
el oficial, mozo sanguíneo y bonachón, gran tocador de guitarra y
alegre requebrador de criadas y modistas, el cual, en ausencia del
amo, me dispensaba de las prosaicas obligaciones anejas a mi cargo,
consintiéndome garrapatear papeles y dibujar monigotes. Cobróme afición
porque le servía de amanuense, escribiendo en su nombre a cierta
maritornes esquelas almibaradas y versos cursis. Y correspondiendo a
mis finezas, quiso enseñarme a tocar la guitarra; mas yo, que jamás
tuve pasión por la música, no pasé de tañer medianamente la jota y de
pespuntear sin gracia un par de polkas elementales.
Harto conocida es la psicología del barbero para que yo caiga en
la tentación de descubrirla a mis lectores. Nadie ignora que los
legítimos rapabarbas son parlanchines, entrometidos, aficionados a
toros, tañedores de guitarra o de bandurria; pero no es tan notorio
que en su mayoría profesan ideas republicanas y aun socialistas. Sin
embargo, en mi amo quebraba la regla, pues ni tocaba la guitarra
ni era dicharachero; en cambio, entraba en la grey común por sus
radicalismos políticos y sus alardes revolucionarios. Adornábale otra
flor, no frecuente entre la gente del oficio; profesaba la religión
de la -guapeza-. Cuando acudían a afeitarse sus camaradas de juergas
y de rondas, no se hablaba en la tienda sino de riñas, broncas,
punzadas, jabeques y madrugones. Más de uno de aquellos parroquianos
había visitado la cárcel y ostentaba en el pecho honrosas cicatrices
de cuchilladas recibidas cara a cara. Sin ser mi amo jactancioso ni
hablador, cuando venía a cuento y estaba en vena de confidencias,
refería grave y complacientemente las trifulcas y jaranas de que
había sido protagonista, y en las cuales, obrando en defensa propia y
siempre en buena lid, había dado buena cuenta de sí. Lo que él decía:
«O ponerse o no ponerse; no soy pendenciero, pero el que me busca me
encuentra siempre».
Sus compadres aprobaban sus máximas y confirmaban sus bravatas. Por las
muestras de veneración y respeto que le rendían, vine a conocer que
el Sr. Acisclo tenía malas pulgas. Era además entre aquellas gentes
autorizado definidor de agravios y juez inapelable en asuntos de honra
y caballerosidad callejera.
La conversación entre maestro y parroquianos giraba a menudo sobre
política. En ocasiones, hablaban quedo, comunicándose no se qué
noticiones. Nuestra curiosidad, empero, atajaba todo disimulo. Así
tuvimos noticia de las conspiraciones de Prim, Moriones y Pierrad,
generales desterrados que, al decir de nuestros contertulios, estaban a
punto de cruzar la frontera al frente de nutrida tropa de carabineros
y de bravos montañeses de Jaca, Hecho y Ansó, a fin de proclamar la
revolución y derrocar las en aquellos tiempos llamadas -ominosas-
Instituciones.
Aquellos inofensivos -ojalateros- frotábanse las manos de gusto,
saboreando de antemano el triunfo irremisible de la soberanía nacional
y la vergonzosa derrota de serviles y moderados.
Mientras tanto, la infeliz esposa del barbero, que no compartía las
esperanzas de los conspiradores, antes bien, recelaba alguna vil
delación, vivía en perpetua alarma; temía que cualquiera noche, según
ocurría a menudo en aquellos tiempos, registrara la policía la casa y
se llevaran al marido desterrado a Fernando Póo.
A la verdad, yo no entendía jota de política, pero me seducían
zaragatas, jaranas y marimorenas. Diera entonces cualquier cosa por
presenciar un motín o asistir a la construcción y defensa de una
barricada. Además, por instinto atraíame el llamado credo democrático,
que casaba admirablemente con mi exagerado individualismo y mi
ingénita antipatía hacia el principio de autoridad. Como en el cuento
del fraile, me cargaba el prior sólo por ser prior.
Para halagar a mi patrón y demostrarle al mismo tiempo mis sentimientos
liberales, dí en copiar el busto de los caudillos militares de las
revueltas de entonces, singularmente los de Prim y de Pierrad. Por
cierto que, aparte mi ingenua devoción hacia el guerrero, lo que más
me sedujo en este último héroe fueron sus líneas de busto clásico y la
hermosa barba patriarcal.
Con ser las citadas estampas harto chapuceras e infieles, merecí
calurosos elogios, a que contribuyó también tal cual décima chavacana
dedicada a la libertad, escrita al pie de los dibujos. En todo ello
había por mi parte algo de cálculo. Porque mi patrón, encantado de los
sentimientos precozmente revolucionarios y de los primores pictóricos
de su aprendiz, dióle de cada día mejor trato. Hízole merced, no sólo
de las horas reglamentarias de clase, sino de casi todas las tardes de
poco trabajo. Por donde vino a frustrarse enteramente el plan del autor
de mis días.
El encuentro casual de un pequeño -tesoro-, hecho por ambos hermanos,
agravó todavía mis aficiones guerreras. Paseando un día por las
inmediaciones de la Ermita de los Mártires, mi hermano Pedro divisó en
un basurero cierta cosa brillante; nos aproximamos a ella, la cogimos
y, después de frotarla para quitarle la suciedad, resultó ser, ¡oh
felicísima sorpresa!, una moneda de oro de 5 duros. Entonces corrían,
por fortuna, todavía las -onzas-, aquellas famosas -peluconas-,
convertidas hoy, desgraciadamente, en raras medallas de museo. Para
asegurarnos de la buena ley del doblón lo cambiamos en cierta tienda,
y en posesión de tan respetable suma, para nosotros inverosímil,
acordamos por unanimidad invertirla en la compra de cierto pistolón
imponente, que desde hacía tiempo tentaba diariamente nuestra codicia
en el escaparate de vieja armería. Hecha provisión de pólvora, balas
y perdigones, comenzamos a ejercitarnos en el manejo del arma, que
resultó bastante caprichosa. A fuerza de práctica, llegamos, sin
embargo, a afinar algo la puntería y hacer algunos blancos.
Al proveernos de armamento tan impropio de muchachos, era nuestra
intención, además de darnos aire de terribles revolucionarios, fomentar
antiguas e irresistibles aficiones cinegéticas, saliendo a caza de
tordos, perdices y conejos. Mas conforme ocurrió con el formidable
mosquete de marras, nunca cobramos pieza importante; sólo algún
gorrión, recién salido del nido e inexperto en el vuelo, cayó en
nuestras manos.
Creo que fué por aquel año de 1866 cuando me hice temible entre los
condiscípulos por mis progresos en el manejo de la honda. Recuerdo
que, entre otras pruebas de mi habilidad, podía atravesar a 20 pasos
de distancia un sombrero arrojado al aire. No me contenté sólo con el
tino; cultivé también el alcance, y señaladamente la celeridad del
disparo, en la cual aventajé notablemente a mis rivales: mientras
éstos disparaban una piedra, lanzaba yo cuatro o cinco. Fué ésta la
época de la sumisión del insolente Azcón y del general reconocimiento
de mi supremacía en los juegos guerreros. Como es natural, fuéme
espontáneamente ofrecida la jefatura de los bandos en pugna. Yo acepté,
según era de presumir, la dirección del bando democrático, pues ya
entonces los muchachos jugábamos a reaccionarios y liberales.
Mi prestigio no se fundaba en la mera habilidad y en el ciego arrojo
de quien desconoce el peligro y se enardece en el fragor del combate.
Séame lícito confesar, aunque padezca mi fama de bravucón, que en mi
denuedo había mucho de teatral y algo de cálculo y observación de la
psicología infantil.
Durante mi larga experiencia de las trapatiestas estudiantiles, había
reparado que la audacia y el furor guerreros, cuando se fingen a la
perfección, provocan casi indefectiblemente el pánico del enemigo.
No es cosa de analizar aquí el mecanismo sugestivo en cuya virtud el
gesto leonino y la osadía temeraria, hábilmente fingidos, provocan el
pavor en nuestros adversarios. Hay algo atávico en esta fanfarronería
histriónica, por lo demás ya practicada, según es sabido, por los
salvajes y hasta por los héroes de la Iliada. Sobre ello discurren muy
doctamente los psicólogos modernos[10], los cuales advierten cuánto
importa para comprender y reproducir en lo posible un estado afectivo,
la imitación fidelísima de los gestos y actitudes características de su
expresión natural. Ignoro si la reproducción fingida y como instintiva
de los ademanes del valor temerario creaban en mí, por una suerte de
autosugestión, el estado pasional correspondiente; declaro solamente
que, en cuanto ponía cara -feroche- y avanzaba impertérrito hacia los
adversarios, éstos solían emprender la fuga.
[10] Recuérdese el ejemplo clásico de Campanella, citado por
James, «para conocer el estado mental de alguno, remedaba sus
gestos».
Corro riesgo de hacerme pesado, deteniéndome excesivamente en estas
frívolas riñas de muchachos. En ellas hay, sin embargo, prescindiendo
de su significación antropológica, sobre la cual tan buenas cosas han
dicho los psicólogos ingleses, lecciones útiles para los hombres. La
ingenuidad del alma infantil transparenta admirablemente los resortes
y fines, a menudo inaccesibles, de las luchas de los hombres y de los
pueblos. Aparte su carácter instintivo, que parece reproducir estados
ancestrales, las contiendas de los muchachos implican un sentimiento
loable: el amor a la gloria, es decir, el anhelo de la aprobación y
admiración de los iguales; nunca --y esto sólo bastaría para hacer
simpáticos a los niños-- el sórdido interés.
Otra enseñanza arrojan las luchas infantiles. Revélase asimismo
en ellas, mejor aún que en las competiciones de los hombres, cuán
principal y decisiva parte tienen en el éxito lisonjero la voluntad
enérgica y decisión inquebrantable de vencer. El que toma las cosas
a broma es siempre superado por quien las toma en serio; el mero
aficionado cede al profesional; quien no lleva al palenque sino fútiles
satisfacciones de vanidad, se ve constantemente arrollado por el que
pone el alma entera en la empresa y de antemano se preparó vigorizando
sus brazos y templando sus armas.
Gracias a mi formalidad, yo acabé por ser técnico refinadísimo en el
manejo de la honda. Mis observaciones me llevaron a perfeccionarla;
fabriqué sus cuerdas de seda y de cordobán la navécula, y escogí como
proyectiles guijarros esféricos y pesados. Hasta llegué a redactar,
para uso de mis amigos, cierto cuaderno con estampas, pretenciosamente
titulado -Estrategia lapidaria-, donde se contenían reglas prácticas
para hurtar metódicamente el cuerpo cuando era amenazado por varios
proyectiles.
Sin esfuerzo imaginará el lector que, antes de alcanzar tanta maestría,
habríanme descalabrado muchas veces; y así era la verdad, tanto que
mi cabeza está sembrada de viejas cicatrices. Alguna vez, al salir
de clase y encasquetarme el sombrero, me encontraba con que éste no
encajaba bien, porque el chichón, casi imperceptible antes de entrar
en el aula, había crecido durante la lección, libre del freno de la
montera.
Pero no insistamos demasiado sobre un tema varias veces tratado.
Rindamos, en lo posible, culto al consabido -non bis in idem- de los
latinos. Permítasenos solamente, antes de abandonar definitivamente
la pesada narración de pedreas, contar dos episodios relativamente
interesantes.
Del primer lance, más cómico que dramático, fué el héroe mi hermano.
Peleábamos tranquilamente en cierto callejón próximo al Instituto,
ordinario palenque de nuestras trifulcas, cuando, apenas cruzados los
primeros proyectiles, noté con extrañeza que los adversarios habían
levantado precipitadamente el campo. Recelando una celada, acaso el
temido ataque por retaguardia, destaqué dos números, para que, dando un
rodeo, explorasen el terreno y me informaran de lo ocurrido. Mas antes
de regresar los emisarios, aclaróse súbitamente el misterio: en el otro
extremo de la calleja, momentos antes ocupado por los adversarios,
aparecieron cuatro municipales sable en mano, y al grito de «¡esperad,
canallas!», avanzaron amenazadores. Presumí entonces lo acontecido: la
hueste enemiga, sorprendida por la fuerza pública, había huído a la
desbandada, y perseguida quizá por los -guindillas-, había sufrido de
manos de éstos los consabidos cintarazos.
La situación era crítica. Harto sabíamos que nuestro destino era apelar
a la fuga; mas, al objeto de ganar tiempo y detener un poco a los
guardias, dí el alto a mi gente y ordené que, antes de tocar retirada,
se hiciese una descarga general. La osadía sirviónos una vez más. Los
-guindillas-, que venían desalados sobre nosotros, pararon en firme y
uno de ellos cayó en tierra, lanzándonos soeces insultos.
¿Qué había pasado? Mi piedra, extraída del zurrón de -las infalibles-,
dió violentamente en el muslo de uno de los persecutores, quien,
transido de dolor, dobló la rodilla en tierra; otro guijarro hizo
blanco en el hombro del segundo municipal; mientras que el proyectil de
mi hermano, lanzado con gran impulso, acertó, por peregrina casualidad,
en la hoja del sable del tercer guardia, rompiendo el acero al ras del
puño. El buen hombre quedó en la facha más grotesca imaginable; es
decir, esgrimiendo amenazador un mango de latón mondo y lirondo. Sólo
un adversario se libró de los proyectiles. Siguióse, como decíamos,
un instante de estupor, del cual nos aprovechamos hábilmente para
poner pies en polvorosa. Cuando los coléricos -guindillas- invadieron
nuestros reales, era ya tarde para el alcance; habíamos ganado las eras
de Cáscaro, salvado el viejo muro, descendido por entre sus sillares y
traspuesto, finalmente, el río y la alameda.
Cara pudo costarnos la aventura. Uno de los guardias guardó cama varios
días, según contaron; se nos buscó insistentemente por todas partes;
afortunadamente ningún compañero nos delató. Y aunque la Policía quiso
hacer un escarmiento ejemplar en las presumibles cabezas del atentado
contra la -autoridad-, no lo consiguió, al menos en lo que a mí
respecta; porque mi amo, sabedor del lance y acérrimo enemigo de los
-guindillas-, con quienes tenía alguna cuenta pendiente, me ocultó por
unos días en casa de un correligionario.
* * * * *
La otra peripecia dramática ha quedado rotulada en mi memoria con el
nombre de -paliza del montañés-. Batíame solo, desde un campo próximo
a la carretera, contra ocho o diez estudiantes parapetados en lo alto
de la muralla, posición ventajosa a que les obligaba, para igualar las
condiciones, mi maravillosa puntería con la honda. En lo más recio del
zafarrancho, y cuando acababa de hacer blanco en un sombrero enemigo,
veo avanzar hacia mí, con aire nada tranquilizador y enarbolando
formidable garrote, a un arriero montañés, que momentos antes cruzaba
pacíficamente la carretera al frente de su recua. Esperábale yo entre
confiado y escamón, sin saber qué partido tomar, hasta que por sus
primeras palabras adiviné lo sucedido: era que de lo alto de la muralla
le habían arrojado un cantazo, y oyendo el restallido de mi honda y
sorprendiendo mi actitud ofensiva, creyóme autor de la agresión. En
vano alegué mi inocencia señalándole la posición de mis adversarios,
eclipsados por mi mala ventura en aquellos graves momentos. Sin
atender a razones, agarróme del cuello y me sacudió monumental paliza.
Desahogado su rencor, incorporóse a la recua y quedé molido y maltrecho.
Pero yo hervía en ira y juré vengarme del atropello, para lo cual la
disposición del terreno otorgábame inestimables ventajas. Renqueando
por el dolor escalé, como Dios me dió a entender, el cercano muro;
me remonté a las eras de Cáscaro y me deslicé a lo largo de las
derruídas almenas hasta ponerme enfrente del rencoroso montañés, que
caminaba tranquilamente por la carretera, bien ajeno a la borrasca
que le esperaba. En un santiamén reuní diez o doce gruesos guijarros
y los arrojé sobre el ansotano con vertiginosa rapidez. Espantóse la
recua, corriendo a la desbandada. ¡Quién podría contar la corajina
del atlético gañán al verse alcanzado por tres o cuatro proyectiles
de grueso calibre! El infeliz, que ni podía escalar la muralla, ni
abandonar las caballerías, ni esquivar el cuerpo tras de ningún
obstáculo, juraba y pateaba como un condenado.
En cuanto llegó a la posada, denunció el hecho al Alcalde; pero las
Autoridades no lograron averiguar el nombre del agresor y el lance no
tuvo las desagradables consecuencias que eran de temer.
Mi mala fama había cundido de tal modo en el barrio, que hasta las
niñas, cuando salían del Colegio, se escondían al verme, temerosas de
alguna furtiva pedrada. Por cierto que, entre las muchachas que me
cobraron más horror, recuerdo a cierta rubita grácil, de grandes ojos
verde-mar, mejillas y labios de geranio, y largas trenzas color de
miel. Su tío y padre, a quienes nuestros diarios alborotos impedían
dormir la siesta, habíanle dicho pestes de -Santiagué-, el chico del
médico de Ayerbe, y la pobrecilla, en cuanto topaba conmigo, echaba a
correr desalada, hasta meterse en su casa de la calle del Hospital.
¡Caprichos del azar!... ¡Aquella niña asustadiza, en que apenas reparé
por entonces, resultó, andando el tiempo, la madre de mis hijos!...
[Ilustración]
CAPÍTULO XV
Inquina de mi catedrático de griego. -- Decide mi padre escarmentarme
convirtiéndome en aprendiz de zapatero. -- Mis proezas en obra prima.
-- El ataque de Linás. -- Consideraciones en torno de la muerte.
Después de lo expuesto, huelga decir que mi instrucción científica y
literaria progresó muy poco durante el curso de 1886. El latín y griego
me aburrieron soberanamente, y la Historia universal y de España, que
consistían en retahila insoportable de fechas y abrumadora letanía de
nombres de reyes y de batallas ganadas o perdidas, según el favor o el
enojo de la Providencia, no tuvo para mí ningún atractivo[11].
[11] Sin embargo, las obras históricas ojeadas en la biblioteca
del confitero y algunos libros que pude proporcionarme después,
despertaron mi afición a este orden de estudios, que sólo
interesan a los jóvenes a condición de introducir en la narración
pormenores descriptivos de batallas y elementos dramáticos
y anecdóticos. Yo era entonces --lo he dicho ya-- fervoroso
patriota; por tanto, no extrañará que ciertos episodios de
nuestra historia me pusieran de mal humor. Iniciativas que hoy
disculparía teniendo en cuenta el ambiente moral de la época,
el concepto patriarcal de la realeza y la pobre mentalidad de
políticos y generales, causáronme entonces graves enojos.
Cierto que yo me entusiasmé con la epopeya --un poco lenta-- de
la Reconquista, la patriótica unión de los reinos peninsulares
y el estupendo descubrimiento y conquista de América, donde
tanto brillaron las épicas hazañas de Cortés, Pizarro,
Almagro y Vasco Núñez de Balboa; pero me sacaban de quicio,
exasperándome hasta lo indecible, las alteraciones y rebeldías
constantes de prelados, nobles y municipios, y sobre todo la
lenta y sistemática -despañolización- de la política de España
con el advenimiento de los Austrias y su séquito de flamencos
y alemanes. Yo, que no pude perdonar al habilísimo Fernando
el Católico, tan alabado por Maquiavelo, su incomprensible
desconfianza hacia el -Gran Capitán- (el único caudillo genial
que tuvo España por entonces), menos había de perdonar al sombrío
burócrata Felipe II, su manía de regir el mundo desde su butaca
(en una época en que todos los reyes batían el cobre en el campo
de batalla) y su imprevisión y ligereza al encargar el mando de
la -Invencible- a un general de salón, sabiendo que tenía que
habérselas con ingleses y holandeses, los mejores marinos del
mundo. Mi fibra patriótica vibraba de indignación al advertir
cómo nuestros reyes, haciendo gala de menosprecio o desconfianza
hacia el talento hispano, confiaban casi siempre el mando de
ejércitos y escuadras a caudillos extranjeros (marqués de
Pescara, Alejandro Farnesio y Filiberto de Saboya), y nombraban
al portugués Magallanes jefe de la gloriosa expedición que dió la
vuelta al mundo.
¡Qué de glorias perdidas --pensaba yo-- a consecuencia de esta
incomprensible conducta!...
Con todo eso, el curso habríase salvado sin contratiempo, si el
catedrático de griego, un buen señor tan desabrido como suspicaz, no
me hubiera convertido en desfogadero de su mal humor. Cierto que no
extremaba mi celo y puntualidad ni me entusiasmaban grandemente sus
lecciones pronunciadas con acento crudamente catalán y premiosa y
sibilitante palabra; mas de su ojeriza no fueron mis distracciones
la causa principal, sino cierto defecto fisiológico de que nunca he
logrado corregirme.
A la manera de los salvajes y de las mujeres, he adolecido siempre de
lamentable facilidad para soltar la risa: una observación chocante,
un gesto inesperado, cualquiera chirigota, bastaban para excitar mi
ruidosa hilaridad, sin que fueran parte a refrenarme lo grave del
lugar y lo solemne de la ocasión. En mi huesoso y movedizo semblante
estallaba la carcajada como el oleaje en el mar azotado por la brisa. Y
era lo malo que, en virtud de cierto aspecto mefistofélico del rostro,
mi espontánea sonrisa de bobalicón asombrado adquiría, a los ojos de
algunos, un no se qué de sarcástico, irritante y provocativo. En vano
me esforzaba para dominar mis nervios y evitar que mi inocente alegría
sacara de quicio al profesor: el aparato inhibidor de mis risores
no fué jamás poderoso a imponerles el reposado continente, ni a mis
ojos el aire grave y formal adecuados a la contemplación serena de la
ciencia.
Pero el bueno del maestro, que ignoraba el dicho de Dumas «sólo los
bribones no se ríen», montaba en cólera cada vez que sorprendía mi
jovialidad, en la que veía, por exceso de suspicacia, intención
satírica y aviesa. Ni me valió para desarmar su enojo asegurarle que
no me reía de él, a quien sinceramente respetaba, sino de las bromas y
salidas de algunos compañeros parlanchines. Y creciendo progresivamente
su irritación, dió en la manía de mortificarme diariamente con vulgares
comparaciones zoológicas y comentarios burlescos. Complacíase también
en citarme como caso representativo de torpeza y de pigricia. Cuando
alguno enredaba en clase solía decir: «usted es casi tan pigre como
Ramón»; «de no enmendarse, parará usted sin remedio en lo que Ramón»; y
otras frases molestas de este jaez.
Dicho sea entre paréntesis, al proceder de esta suerte mis maestros
erraban de medio a medio la terapéutica. En el fondo era yo un infeliz,
de buenos sentimientos, aunque víctima de tendencias intelectuales y
sensitivas irrefrenables. Tanto mi padre como mis profesores hubieran
sacado mejor partido de mí usando los métodos del halago y de la
bondad, en lugar de infligirme correcciones acaso excesivas y siempre
exasperantes.
Pero volviendo a mi adusto profesor de griego, diré que aquel régimen
de pullas y alfilerazos, que yo estimaba injusto, agotó mi paciencia.
Y considerándome perdido, resolví tomar represalias. Decidí, pues,
atormentar al pobre señor con toda suerte de pesadas bromas, y con
ellas traspasé los límites de la insolencia. Para herirle en lo más
vivo, que eran sus profundas convicciones ultramontanas, hacía pasar
de mano en mano grotescas caricaturas en que aparecía, ya con traje de
miliciano nacional, colgante de sus labios letrero que decía: «¡Viva
la Constitución!», ya andando en cuatro patas, tocada la testa con
boína descomunal --y ésta era la más negra-- y cabalgado por Espartero,
que parecía cantarle el -trágala- al oído. Tan grotescos monigotes
regocijaban y desasosegaban a los chicos, que oían al iracundo pedagogo
como quien oye llover.
Con estas y otras pesadas payasadas fué tal el odio que me cobró, que,
a punto de trasladarse a Cataluña, de donde era natural, aprovechó
la ocasión de la plática de despedida para deplorar amargamente el
ausentarse sin haber tenido el gusto de castigar mis insolencias. «A
bien que mis rectos comprofesores sabrán vengarme», añadió. Yo estuve
por contestarle «¡buen viaje!», pero me contuve por no empeorar mi ya
desesperada situación.
* * * * *
Graves fueron de todos modos las consecuencias de mis imprudencias.
Desalentado por la citada conminación, recibida precisamente en el
mes de Mayo, dí por seguro el fracaso, y no me atreví a presentarme a
examen.
Con lo cual, y con haber obtenido solamente notas de mediano en las
demás asignaturas, púsose furioso mi padre, amenazándome con ejemplar
y radical escarmiento. Resuelto a arrancar de cuajo mis chifladuras
artísticas, meditó y puso por obra cierto plan terapéutico no exento
de ingenio y eficacia, que consistía en la aplicación del sabido
principio médico: -Contraria contrariis-. «¿Qué es --debió preguntarse
mi progenitor-- lo más diametralmente opuesto, en el orden profesional
y sentimental, a la dulce poesía y a las emociones y bellezas del arte
pictórico? Pues los bajos oficios de soguero, deshollinador o zapatero
remendón.» Esta última profesión, sobre todo, parecióle pintiparada
para abatir mis pujos románticos y corregir definitivamente mis
rebeldías.
Pensé al principio que todo pararía en amenazas, pero me engañé de
medio a medio. Antes de terminar el mes de Junio --habitábamos entonces
en Gurrea de Gállego--[12] puso por obra su proyecto, asentándome
de aprendiz con cierto zapatero, hombre de pocas palabras, rústico
y mal encarado, el cual, en connivencia con mi padre, hízome pasar
las de Caín. Obligóme a comer un mal cocido, a dormir en obscuro y
destartalado desván lleno de ratones y telarañas, y encargóme además
de los más bajos y sucios menesteres de la tienda. Quitáronme lápices
y papel, y se me prohibió hasta emborronar con carbón las paredes del
granero. Privada la fantasía de todo instrumento expresivo, vivió de sí
misma y alzó en la mente las más brillantes y risueñas construcciones.
Jamás viví vida más prosaica ni soñé cosas más bellas, altas y
consoladoras. En cuanto acababa de cenar, asaltaba ansiosamente mi
cuchitril, y antes de que el sueño me rindiera, ocupábame en dar forma
y vida al caos de manchas de la pared y a las telarañas del techo,
que se transformaban, a impulsos del pensamiento, en los bastidores
de mágico escenario por donde desfilaba la excelsa cabalgata de mis
quimeras.
[12] Allá a fines de 1865, por disgustos habidos con el
Ayuntamiento, dejó mi padre el partido de Ayerbe, trasladándose
primero a Sierra de Luna y luego a Gurrea de Gállego.
Transcurridos dos años, y hechas al fin las paces con el cabildo
ayerbense, retornó al antiguo partido, al cual le ligaban un
crédito profesional bien cimentado y hasta algunos bienes raíces.
Aquel régimen de aislamiento moral y de austera alimentación hubiera
acabado por convertirme en místico exaltado --como a un amante del
yermo-- si mi madre, temerosa de los efectos depauperantes de las
berzas y del cocido incoloro, no me hubiera mandado furtivamente
sabrosas tortas y suculentas tajadas. Al final de aquel verano,
conseguí también lápiz y papel, comprados gracias a la generosa
propina recibida de la hija de los condes de Parcent, gentil señorita
de catorce abriles que se dignó un día visitar la tienda y confiar al
zafio aprendiz el arreglo de elegante y diminuta botina, descosida
durante el trajín de reciente cacería[13].
[13] Los condes de Parcent solían pasar entonces los veranos en
Gurrea, centro de sus vastas posesiones señoriales, donde tenían
magnífico palacio. Recuerdo todavía con placer las soberbias
cacerías (con acompañamiento de bocinas, tiendas de campaña,
lujosos trajes de caza, etc.) efectuadas en los bosques próximos,
y a las cuales era mi padre graciosamente invitado a título de
primera escopeta de la comarca. Por cierto que el hermano del
conde pintaba al óleo bastante bien. Aún debe conservarse en mi
casa cierto retrato de mi padre, con robusto y bien entonado
colorido, regalo del aristócrata aficionado.
Trasladada nuevamente mi familia a Ayerbe, cambié de dueño, entrando
a servir a un tal -Pedrín-, de la familia de los Coarasas de Loarre,
zapatero campechano y chistoso, pero severo y duro con los aprendices.
Tenía yo entonces rarezas alimenticias extremadas (tales como
repugnancia invencible hacia el cocido, la calabaza, el tomate, la
cebolla, etc.), que desazonaban sobremanera a mis padres. Y así, el
autor de mis días puso empeño en que Pedrín curara radicalmente tan
enfadosos antojos, amén de tratarme en lo demás sin ningún miramiento
y a -cara de perro-, según el dicho vulgar. Lo mismo que en Gurrea,
debían correr a mi cargo las más antiestéticas faenas. Y, en efecto, se
me adjudicaron las poco pulcras ocupaciones de limpiar herramientas,
fabricar cabos untados de pez, coser remiendos (que por cierto me
llenaban las manos de callos y costurones), echar medias suelas y
preparar el engrudo.
Encantado estaba el Sr. Pedrín (quien no obstante la fama de mal genio,
era excelente persona y buen amigo de mi familia) de mis progresos, así
como de la paciente humildad con que soportaba lo mismo las vilezas y
prosaísmos del oficio que las deliberadas modificaciones del -menú-.
Un día díjole a mi padre:
--D. Justo, su chico de usted es una alhaja; es mañoso, todo lo hace
bien. De seguir así, voy a ponerle pronto a coser botinas nuevas.
--Y ¿qué tal la comida?
--Traga hasta las piedras: calabaza, tomate, nabos, cocido... Todo lo
devora sin hacer un visaje.
--Lo dudo...; fíjese bien, no sea que el chico, que es muy marrullero,
se la pegue a usted.
Algo escamado el maestro, observóme disimuladamente durante la cena, y
no tardó en sorprender mis trazas y ardides. Cuando el plato no era de
mi gusto, solapadamente escondía yo las tajadas, ya en el bolsillo del
pantalón, encerado a este propósito, ya sobre un pañuelo oculto entre
mis rodillas. Afeóme ásperamente la desobediencia y consideró cuestión
personal democratizarme el estómago y -empapuzarme- (empapujar) hasta
de las más viles bazofias; no lo consiguió sin embargo. Sus bien
intencionadas porfías sólo sirvieron para enflaquecerme y convertirme
por inevitable compensación alimenticia, en famélico comedor de pan[14].
[14] El Sr. Pedrín vive aún, y dirige un acreditado taller de
zapatería en Huesca, donde es muy estimado. Hace algunos años, y
poco después de haberse hecho público cierto afortunado triunfo
mío, salióme a recibir a la estación oscense, y sin poder
contener las lágrimas, abrazóme emocionado, exclamando: «¡Y yo
que pensaba que tenías aptitudes excepcionales para el oficio!»
Extendidas por el pueblo nuevas de mis rápidos avances zapateriles, un
tal Fenollo, maestro de obra prima y dueño de la mejor tienda de la
población, propuso contratarme por cierto número de años, a condición
de que si antes de la primera añada abandonaba el oficio, debía mi
padre indemnizarle -a posteriori- con dos reales diarios. Cerrado el
trato e instalado en el nuevo obrador (más alegre y capaz que el de
Pedrín, y emplazado en la hermosa Plaza Baja), puse a mal tiempo buena
cara.
Poco tardé en intimar con el hijo del patrón, simpático muchacho de mi
edad y gustos, y díme tal garbo en el manejo de la lezna, que a los
pocos meses cosía a todo ruedo, haciendo zapatos nuevos de los llamados
entonces -abotinados-, recortando coquetones tacones y dominando
los calados y demás arrequives de las punteras y todas las sublimes
filigranas del oficio. Mis progresos fueron muy alabados por el nuevo
amo, que me prometió, de continuar en la misma tesitura, abonarme un
jornal de dos reales diarios, amén de la ropa y comida. Entretanto,
para honrar y enaltecer mi habilidad, confiábame las botinas de las
señoritas más remilgadas y presumidas; botinas en cuyos altos y
esbeltos tacones labraba primores de ornamentación. ¡Qué diablos! ¡De
algo habían de servirme el -Arte poética- de Horacio y mis aficiones
artísticas!
Por aquel año (1867) acaeció la famosa intentona revolucionaria de
Moriones y Pierrad, que tuvo sangriento epílogo en el choque de Linás
de Marcuello. General era el descontento contra el Gobierno. El odio
a los moderados, a causa de las deportaciones y fusilamientos de
liberales, había ganado hasta las aldeas más apartadas. Todo hacía
presagiar próxima tormenta, de la cual el citado choque de Linás fué el
primer relámpago amenazador.
Con júbilo casi general fué en Ayerbe sabida la sublevación de los
generales, cuyo triunfo creíase inminente. Muchos se aprestaban a
alistarse en las filas rebeldes; sólo en nuestro pueblo y Bolea
había --al decir de la gente-- sobre 500 hombres comprometidos, que
esperaban no más, para incorporarse a las filas revolucionarias,
recibir armas y equipos. Cundió, por fin, la noticia de que las huestes
liberales, formadas por carabineros y montañeses del Alto Aragón,
habían pernoctado en Murillo, Lapeña y Riglos, desde cuyos pueblos
movilizábanse hacia Linás de Marcuello, aldea situada al pie de la
vecina sierra de Gratal. Intensa emoción reinaba en Ayerbe; muchos
juzgaban inevitable la entrada triunfal de los insurrectos.
De improviso apareció en la Plaza baja la columna del general Manso de
Zúñiga, compuesta de algunas fuerzas de infantería y de 50 soberbios
y vistosos coraceros que entusiasmaron a los muchachos con su aire
marcial y brillantes armaduras. No me saciaba de admirar las bruñidas
corazas y empenachados yelmos, defensas evocadoras del recio arnés
de los antiguos guerreros y de las épicas luchas de la reconquista.
Subyugóme, sobre todo, el admirable golpe de vista ofrecido por los
escuadrones en correcta formación. Al moverse los caballos, toda
aquella masa de metal pulido rielaba al sol como oleaje de un mar
rizado por la brisa: de las desnudas espadas brotaban deslumbrantes
relámpagos, y el polvo alzado por el piafar de los alazanes parecía
como dibujar en torno de cada guerrero glorioso nimbo de luz.
Impaciente por combatir, el general ordenó al alcalde la inmediata
traída de bagajes, y sin detenerse más que lo estrictamente necesario
para racionar a los soldados, partió en dirección de Linás, adonde
debió llegar en las primeras horas de la tarde. No transcurrió mucho
tiempo sin que oyéramos el lejano y sordo estampido de las descargas,
repercutido por las vecinas montañas.
Formáronse corrillos en las plazas, a los que nos agregábamos los
chicos, presa de viva curiosidad. Y entre los hombres cambiábanse
en voz baja comentarios acerca de la batalla librada en aquellos
angustiosos momentos entre la libertad y la reacción. Entretanto,
buen golpe de vecinos comprometidos en la asonada habían huído hacia
la sierra, para esperar el desenlace y evitar posibles represalias.
Ardíamos todos en curiosidad e impaciencia por conocer lo ocurrido.
Nuestra comezón por saber algo fué tan grande, que varios chicos nos
escapamos al campo de batalla, caminando a campo traviesa; y llegados
a la cúspide de una colina, que por el Sur domina la aldea de Linás,
presenciamos escena lastimosa y conmovedora. Las fuerzas leales
replegábanse en aquel instante, con visibles muestras de desaliento,
hacia Ayerbe; mientras los insurrectos, que conservaban excelentes
posiciones en las casas del pueblo y cercados inmediatos, comenzaban
a correrse por el pie de la sierra, desdeñando perseguir al enemigo,
acaso por no derramar estérilmente sangre española.
Nos desviamos entonces a cierto alcor próximo al camino por donde la
tropa caminaba. Grande fué nuestra sorpresa al advertir que aquellos
coraceros, horas antes tan gallardos e imponentes, marchaban ahora
desordenados y silenciosos, abollados los cascos y sangrientos los
uniformes. Algunos, perdido el caballo en la refriega, caminaban a pie,
macilentos y tristes. Montados, o mas bien sujetos, en caballerías
y escoltados por bagajeros y soldados, venían numerosos heridos,
cuyos lastimeros ayes, arrancados a cada trompicón del áspero camino,
desgarraban el alma. Y en medio de aquel melancólico desfile surgió
cual trágica aparición la pálida figura del general Manso de Zúñiga,
agonizante o muerto, mantenido a caballo gracias a los piadosos
brazos de un ayudante. Profunda impresión sentí al contemplar el
uniforme manchado de polvo y sangre, los abatidos y pálidos rostros
de la fúnebre comitiva, y, sobre todo, la faz intensamente blanca
del infortunado caudillo, horas antes rebosante de energía y altiva
resolución.
Confieso que aquella imagen brutalmente realista de la guerra enfrió
bastante mis bélicos entusiasmos. En ningún libro había leído que
las heridas de fusil fueran tan acerbamente dolorosas, ni que los
lisiados se quejaran con acentos tan lastimeros. Está visto que, o los
historiadores no han presenciado batallas, u omiten deliberadamente
cosa tan grave y seria como la tortura física y moral de las víctimas.
Al llegar al pueblo, contaron los soldados pormenores del encuentro.
Noticiosos los insurrectos (en número de 1.600 hombres) de la
escasez de las fuerzas del general Manso, aguardáronle apostados en
excelentes posiciones que se extendían por las colinas inmediatas a
Linás. En cuanto avistaron al enemigo, las fuerzas leales hiciéronse
fuertes en los altozanos linderos con la aldea y cruzáronse los
primeros disparos. Impaciente el caudillo isabelino por la inesperada
resistencia de fuerzas, que supuso indisciplinadas, ordenó el avance
de sus tropas, que fueron recibidas con nutridas descargas. Debió
ocurrir un movimiento de vacilación motivado quizá por el desorden de
la caballería, incapaz de maniobrar dado lo angosto y quebrado del
terreno; y entonces el jefe, dando ejemplo a los suyos y arrastrado
por su bravura, espoleó reciamente el caballo y se adelantó gran
trecho hacia el enemigo. Cobraron ánimo los leales, corriendo a paso
de carga para alcanzar al bizarro general; pero, desgraciadamente,
antes que llegaran a socorrerle, una descarga derribóle mortalmente
herido. Cuentan que, en aquel momento trágico, cierto colosal ansotano,
mozo de 7 pies de estatura y de diecinueve años apenas, abalanzóse
temerariamente hacia el caído, al objeto de desarmarlo y hacerlo
prisionero; pero frustróse su intento, porque certera bala le hirió
en el corazón, desplomándolo junto al caudillo. Perdido el general
e insuficientes las fuerzas isabelinas para proseguir el ataque,
retiráronse al cabo, después de recoger los numerosos heridos, que
fueron asistidos y curados en el hospital de Ayerbe[15].
[15] No respondemos de la fidelidad absoluta del precedente
relato. Trasladamos aquí exclusivamente nuestros recuerdos
personales, así como la versión, descartada de anécdotas y de
suposiciones inverosímiles, que por aquellos tiempos corría en
Ayerbe.
Según era de presumir, tocóle a mi padre aquellos días no poco que
hacer con la diaria curación de los soldados heridos en la refriega,
así como con el cuidado de otros pertenecientes a las fuerzas
insurrectas, los cuales se habían ocultado en diversas aldeas, hasta en
lo más fragoso de la vecina sierra de Gratal.
La contemplación al siguiente día, en los campos de Linás, de los
infelices que cayeron con ocasión del sangriento combate, y el examen
poco tiempo después de las víctimas de otra acción inesperada librada
cerca de Ayerbe[16] entre carabineros y contrabandistas, trajeron por
primera vez a mi espíritu la terrible enseñanza de la muerte, la más
profunda, filosófica y revolucionaria de todas las realidades de la
vida. Ciertamente, antes de los citados sucesos, había visto muertos y
presenciado el desgarrador espectáculo de la agonía; pero mi emoción
harto débil, habíase disipado como espuma en la onda.
[16] Ocurrió este choque cerca de Plasencia, carretera de Ayerbe
a Huesca. Cierta cuadrilla de contrabandistas, a quienes, al
cruzar el Pirineo, había sido arrebatado, con muerte de algún
paquetero prestigioso, valiosísimo contrabando, deseando vengarse
y recobrar el botín, siguió a corta distancia a los carros
portadores del apresado cargamento, recatándose en lo posible
de la escolta de carabineros y fuerzas de infantería que lo
custodiaban. Llegados más allá de Ayerbe, aprovecharon un momento
durante el cual, demasiado adelantada la escolta de infantería,
no quedaba junto a los carros sino una docena de carabineros;
entonces sorprendieron a éstos, que marchaban descuidados;
mataron seis o siete infelices; dispersaron los demás, y cargaron
rápidamente el contrabando en sus recuas. Cuando la compañía de
infantería, que iba a la cabeza del convoy, tuvo noticia de la
audaz y sangrienta acometida, fué ya imposible alcanzar a los
contrabandistas, que tomaron, por veredas de ellos solamente
conocidas, la vuelta de Zaragoza. A cargo de mi padre corrió la
autopsia de los cadáveres, y yo, llevado de mi curiosidad, le
acompañé ayudándole en la fúnebre tarea. Según supe más adelante
(en 1910) precisamente por el jefe de la partida (en Ansó), los
ansotanos tuvieron también algunos heridos, que escondieron en
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