aborrecer las armas de fuego; antes bien, sobreexcitó mi inclinación a la balística. El solo fruto logrado fué ser más cauteloso en ulteriores fechorías. Se fabricó otro cañón que disparamos contra una terrera; pero esta vez, cargada el arma hasta la boca, reventó como un barreno, sembrando el aire de astillas. En fin, si no temiera aburrir soberanamente al lector, contaría detalladamente un lance de que nos salvamos milagrosamente. Para este nuevo experimento empleóse larga espita de bronce cargada hasta la boca. Mas en vez de salir el tiro por la boca, estalló el cañón en mil fragmentos; y, a pesar de las precauciones tomadas, ambos hermanos fuimos heridos levemente. Ignoro cómo no perdí la vista, pues una partícula metálica penetró en un ojo, produjo seria inflamación y dejó en el iris señal indeleble. Pero nuestro gozo mayor era salir al campo armados de escopeta, que disparábamos contra los pájaros, y cuando no los había, sobre piedras y troncos de árboles. Claro es que mi padre tenía encerrada su magnífica escopeta de caza, amén de las municiones; pero nuestra industria lo suplía todo. He aquí cómo nos procuramos el arma codiciada. Corrían tiempos de represión política. Un Gobierno suspicaz y receloso, que veía conspiradores por todas partes, perseguía y encarcelaba a cuantos tenían fama de liberales o eran sospechosos de mantener inteligencias con los generales desterrados. Era operación frecuente la recogida de armas y la requisa de caballos. Escarmentado mi padre por la incautación abusiva de cierta magnífica escopeta, cándidamente entregada a la Guardia civil, se proporcionó un escopetón enorme, roñoso, que debió de ser de chispa, pero desprovisto de porta-pedernal y por consiguiente inútil. Tal era el arma que mi padre conservaba para las requisas. No hay que decir cuán fielmente le era siempre devuelto el inofensivo mosquete, pasadas las jaranas. Tal era el fusil que me propuse utilizar en excursiones y cacerías. Púsele una especie de llave de latón, portadora de yesca encendida; arreglé la cazoleta, limpié el cañón y el oído, fabriqué la pólvora necesaria, hice balines y perdigones con trozos de plomo; y, una vez listos todos los preparativos, nos lanzamos, mi hermano y yo, al cobro de pájaros, perdices y conejos. Orgullosos estábamos con nuestra arcaica carabina, que no hubiéramos cambiado por la mejor escopeta del mundo; imaginábamos, además, en nuestro infantil candor, que aquella arma formidable nos daba aspecto terrible. Recuerdo que una vez, en las afueras, cierto grandullón me amenazó con una tercerola; pero yo, lejos de intimidarme, le encañoné con mi imponente trabuco. El efecto fué instantáneo; a la vista de la anchurosa boca del arma, que amenazaba vomitar una nube de metralla, nuestro bravo se escurrió prudentemente. Si mi contrario dispara, apurado me hubiera visto para contestar. Mi impresionante mosquete se asemejaba a ciertos caudillos que desde la tribuna parecen cañones arrolladores y resultan luego en la acción menos que cachorrillos. El mío no pasaba de inofensivo cohete, como vamos a ver. Nada más cómico que nuestro talante, cuando nos descolgábamos por las bardas del huerto uncidos a nuestro pesadísimo escopetón y emprendíamos la caminata en busca de aventuras. En cuanto columbrábamos un pájaro, hacíamos alto; encendía yo la mecha; enfilaba el armatoste hacia el ave; bajaba gravemente el gatillo, es decir, la porción inferior del porta-mechas: comenzaba entonces en la cazoleta cierto chisporroteo de pólvora mojada, y, finalmente, transcurrido medio minuto o más, y cuando ya el pájaro había volado, producíase la espantable detonación, que nos llenaba de admiración y de orgullo. ¡Hermosa candidez de la infancia! ¡Qué felices nos sentíamos con aquel escopetón inofensivo! Jamás matamos nada, y, sin embargo, habíamos puesto en él las más lisonjeras esperanzas y el más ferviente entusiasmo. Verdad es que, en la edad adulta, ocurre casi lo mismo. Como declara cierta filosofía barata y vulgar, muchas cosas atraen por su brillo y apariencia, y al lograrlas vemos que no son sino bambolla y embeleco. En el fondo de mi afición a las armas de fuego latía, aparte el ansia de emoción, admiración sincera por la ciencia y curiosidad insaciable por el conocimiento de las fuerzas naturales. La energía misteriosa de la pólvora causábame indefinible sorpresa. Cada estallido de un cohete, cada disparo de un arma de fuego, eran para mí estupendos milagros. Falto de dinero para comprar pólvora, procuré averiguar cómo se fabricaba. Y, al fin, a fuerza de probaturas, salí con mi empeño. Proporcionábame el azufre en la tienda, el nitro en la cueva de la casa y el carbón en las maderas ligeras chamuscadas. Obtenida la mezcla, graneábala con exquisito cuidado y la secaba al sol; menos una vez que, impacientándome la excesiva humedad de la atmósfera, puse el cacharro con los ingredientes en baño maría; y quiso el diablo que una chispa prendiera en la mezcla, encendiendo grande llamarada. Fué suerte que todas estas operaciones de alquimia las hiciera yo en el tejado de la casa, a fin de evitar indiscreciones; de ser ejecutadas en las habitaciones, ¡Dios sabe lo que hubiera podido ocurrir! [Ilustración] CAPÍTULO XI Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios. -- Exploración de la ciudad. -- La catedral, San Pedro, San Jorge y Monte-Aragón. -- Nuestros profesores. Fué por Enero o Febrero de 1864 cuando mi padre, desengañado del método de enseñanza de los frailes, resolvió, por fin, trasladar mi matrícula al Instituto de Huesca, contrariando así íntimos anhelos míos, ya que el autor de mis días creía --y acaso con razón-- que su hijo, alejado de los Escolapios, no dominaría jamás el latín. Muy acertadamente nota Goethe que todo padre desea para sus hijos aquello que no le fué dado alcanzar a él. El mío, que no tuvo ocasión durante su adolescencia de estudiar la lengua del Lacio, deseaba vivamente que su primogénito saliera gran latino y consumado humanista. Tales aspiraciones sólo aparentemente contradecían sus principios severamente utilitarios. Larga experiencia de la vida le había enseñado que la autoridad y prestigio social del doctor proceden, antes que de su ciencia, de su trato social, de sus modales y, sobre todo, de su cultura general. La frecuente razón inversa de la aptitud clínica y del buen carácter, del sólido saber y de la vacua pedantería, del juicio reflexivo y de la insubstancial verbosidad, pasa inadvertida del vulgo, que se atiene siempre en sus apreciaciones a la primera impresión. Seamos, empero, indulgentes con la clientela. ¡Qué va a hacer el gran público sino juzgar a los hombres de ciencia por el único lado accesible a su comprensión!... Yo debía resultar, conforme demostrará patentemente mi vida de hombre, la contraposición ideal o, mejor dicho, el complemento psicológico del autor de mis días. Y no ciertamente en el terreno de las humanidades, y menos aún en el de la gramática parda y arte de vivir, sino en lo atinente al cultivo del arte por el arte, en la afición a la ciencia teórica, precisamente por ser teórica, y en la pasión decidida por la filosofía, la más superflua, cuando no la más perjudicial, de las disciplinas humanas. Pero de ello tendremos ocasión de hablar a su tiempo; y entonces verá el lector cómo, en ocasiones, las aficiones más radicalmente antifinancieras dan de vivir, y hasta con holgura, contra todos los desanimadores vaticinios de los hombres prácticos. Cediendo, pues, según dejo apuntado, a mis deseos, el autor de mis días, gestionó la traslación de la matrícula al Instituto de Huesca. Poco después me acompañó a la antigua capital del reino de Aragón, donde me instaló en modesta casa de huéspedes, sosegada y quieta, albergue y paradero habitual de sacerdotes y seminaristas. Estaba situada cerca de la catedral, en el llamado -arco del Obispo-; y su gobierno corría a cargo de patrona viuda muy religiosa y de excelentes sentimientos. [Ilustración: Lám. X, Fig. 16.--Fachada del Instituto de Huesca.] [Ilustración: Lám. X, Fig. 17.--Puerta principal de la catedral de Huesca. Fotografías del autor.] Pronto intimé con los compañeros de pupilaje, entre los cuales hallé amigos afectuosos. Lo fueron, sobre todo, el hijo del ama de casa, excelente muchacho que seguía con provecho la carrera eclesiástica, y D. Leandro Castro, natural de Ayerbe, rebotado de cura, pero listo y consumado latinista. A este último, muy amigo nuestro, confió mi padre el delicado cometido de tomarme diariamente las lecciones y de no dejarme de la mano hasta dominar todas las dificultades de la hermosa lengua de Horacio y de Virgilio. No hay que decir con cuánta alegría y satisfacción hice mi entrada en la famosa y antiquísima -Osca-, ilustrada por las hazañas de Sertorio. Contribuyó poderosamente a mi alborozo la descripción encomiástica que unos estudiantes de Ayerbe me hicieron del Instituto y de la ciudad. Por ellos supe que los profesores de latín no se ocupaban en pegar a sus discípulos, así soltasen las mayores enormidades, y que los alrededores de la ciudad eran sumamente pintorescos y a propósito para alegres correrías. Mucho me complació comprobar personalmente las encomiásticas narraciones de mis camaradas. Dados mis gustos, mis primeras visitas fueron, naturalmente, para las famosas eras de Cáscaro, ejido de la ciudad, y habitual palenque de juegos, luchas y algaradas estudiantiles; las frondosas alamedas y sotos del Isuela, poblados por muchedumbre de pájaros, entre los cuales brillaba la elegante oropéndola, y las vetustas y carcomidas murallas, teatro habitual de las expansiones guerreras de granujas y estudiantes de la ciudad. En cuanto regresó mi padre y quedé dueño absoluto de mi voluntad y de unos cuantos reales, fué mi primera providencia comprar papel y caja de colores, a fin de traducir mis novísimas impresiones artísticas. A los doce años, la brusca inmersión en la vida ciudadana constituye revolucionaria lección de cosas y fermento generador de nuevos sentimientos. Todo es diferente, cualitativa y cuantitativamente, entre la aldea y la urbe: las calles se alargan y asean; las casas se elevan y adornan; el comercio se especializa, tentando con mil deliciosas chucherías al candoroso lugareño; las sobrias iglesias románicas se transforman en suntuosas catedrales; en fin, por primera vez, las librerías aparecen: con ellas se abre una ventana hacia el Universo ignorado y prohibido. Ante el nuevo y variado espectáculo, enriquécense, a la par, la sensibilidad y el entendimiento. A los tipos vulgares del campesino, del cura y del maestro --las solas formas posibles de humanidad en la aldea--, añádense ahora infinidad de especies y variedades profesionales, antes ignoradas. En suma, el horizonte intelectual del niño se dilata en el espacio como en el tiempo: en el espacio, porque reclama su atención muchedumbre de novísimas realidades; en el tiempo, porque toda ciudad constituye, según es notorio, archivo de recuerdos históricos. Que si el pueblo es la concha donde vegeta el protoplasma de la raza, sólo en la ciudad anida el espíritu. Ante el torrente abrumador de las nuevas impresiones necesita el jovenzuelo habilitar territorios cerebrales poco antes en barbecho. Signo revelador de la gran crisis mental, de esta lucha funcional librada en la mente entre las viejas y las nuevas adquisiciones, es el aturdimiento que nos embarga en los primeros días de la exploración de una ciudad. Pero, al fin, el orden se establece. Acabada la acomodación plástica, la organización cerebral se refina; se sabe más y se juzga mejor. Por donde se ve que se acercan mucho a la verdad quienes relacionan la capacidad intelectual de un hombre con la dimensión de la ciudad donde transcurrieron su niñez y mocedad. [Ilustración: Lám. XII, Fig. 20.--Huesca. Retablo de mármol de la Catedral.] Si la aldea aparece como fijada en el presente y estrictamente atenida a las duras necesidades de la vida, la ciudad --lo hemos dicho ya-- sintetiza el presente y el pasado. Allí moran las cabezas directoras de la comunidad; es decir, los hombres selectos que piensan y recuerdan; los que mal o bien encarnan el espíritu de la raza. Desconocedor de su propia historia, el pobre aldeano vive condenado a marchar siempre a remolque de la ciudad, de donde, si recibe el beneficio del maestro, del médico y del cura, recibe también las plagas del cacique, del reclutador y del comisionado de apremios. Muy lejos estaba yo entonces de hacerme las precedentes reflexiones. Mi sensibilidad sobreexcitada me arrastraba irresistiblemente a curiosear las cosas más que los hombres. Y guiado por mi nativa inclinación romántica, comencé mis exploraciones por los monumentos de la vieja ciudad, para cuyo estudio sirvióme de mucho la hermosa obra de Quadrado, -Recuerdos y bellezas de España-, infolio que figuraba en la biblioteca del Instituto, y cuyas preciosas descripciones y artísticas litografías me tenían cautivado. Difícil fuera hoy reproducir puntualmente los estados de alma causados por la contemplación de las antigüedades de la histórica ciudad del Isuela. Recuerdo bien, sin embargo, que de cuantos monumentos visité ninguno me emocionó más profundamente que la catedral, el primer ejemplar grandioso de arquitectura gótica que se ofrecía a mis ojos. Sin llegar a la soberana majestad de los templos góticos de Burgos, Salamanca, León y Toledo, la catedral oscense es admirable creación del arte ojival, digna de atraer la mirada del artista. La elevada torre del reloj, que franquea la hermosa fachada labrada en el siglo XIV por el vizcaíno Juan de Olótzaga; la majestuosa puerta gótica, guarnecida por siete ojivas de amplitud decreciente y decoradas con esculturas de apóstoles, profetas y mártires, separadas por floridos doseles y pedestales; el frontón triangular, adornado por colosal rosetón que semeja filigrana de piedra; la elevación inusitada de la nave central y del crucero; lo esbelto y atrevido de las columnas, cuyos capiteles se descomponen hacia la bóveda en nerviaduras caprichosamente entrelazadas; los arabescos y calados primorosos de los capiteles y rosetones; y, sobre todo, la insuperable creación del escultor Forment, o sea el maravilloso retablo de alabastro, que se diría encaje sutil fabricado por hadas, llenóme de ingenua y profunda admiración. Impresión bien diferente prodújome la visita a la iglesia de -San Pedro el viejo-, la más antigua quizá de todas las oscenses. Es tradición que sirvió de capilla a los mozárabes durante los luctuosos tiempos de la conquista musulmana. Trátase de antiquísima fábrica bizantina, sobria de adornos y baja de bóvedas; pero firme y robusta cual la fe de sus fundadores. No sin cierto religioso recogimiento me aventuré por sus lóbregos y misteriosos claustros, carcomidos por la humedad y medio enterrados por los escombros. A la mortecina luz de una lámpara contemplé los sarcófagos donde duermen su sueño eterno algunos reyes e infantes de Aragón, entre ellos el rey monje, sombrío protagonista de la leyenda de la famosa campana. Allí, en medio de aquellas ruinas emocionantes, al reparar en lo borroso de las inscripciones, en el desgaste y desmoronamiento de las marmóreas lápidas, hirió, quizá por primera vez, mi espíritu el pensamiento desconsolador de lo efímero y vacío de toda pompa y grandeza. Allí sorprendí de cerca ese perpetuo combate entre el espíritu que aspira a la eternidad y los impulsos ciegos y destructores de los agentes naturales. [Ilustración: Lám. XI, Figs. 18 y 19.--La primera, presenta, según fotografía reciente, la escalera de descenso a la célebre -Campana de Huesca-; mientras que la segunda copia el precioso claustro románico de San Pedro el viejo.] En pos del examen de los monumentos importantes, vino la exploración de otros edificios henchidos de recuerdos históricos: las antiguas murallas, carcomidas por la humedad y engalanadas de céspedes, ortigas e higueras salvajes, y desde cuyos baluartes, conservados en parte, es tradición que partió la agarena flecha que hirió mortalmente a Sancho Ramírez durante el asedio de la ciudad; el alcázar de los antiguos reyes aragoneses, convertido en Universidad por Pedro IV y hoy transformado en Instituto provincial, y en cuyos lóbregos sótanos se conserva todavía la famosa campana, donde, según la leyenda, ordenó el rey monje el sacrificio de la levantisca nobleza aragonesa; las Casas Consistoriales, coronadas de altos torreones, y en cuyas estancias dictaba antaño sus fallos el -Justicia- de la ciudad; la románica iglesia de San Miguel, que se levanta en la margen derecha del Isuela, y en cuyo soportal administraban justicia, en no muy alejados tiempos, los jurados; la histórica ermita de San Jorge, emplazada en el campo de batalla de Alcaraz, conmemorativa del triunfo logrado por los cristianos sobre los agarenos; la barroca y grandiosa iglesia de San Lorenzo, erigida en honor de los santos mártires; el modesto santuario de Cillas, situado no lejos de la fuente de la Salud, preferente lugar de esparcimiento de los oscenses; y, en fin, el imponente castillo de Monte-Aragón, frontera y baluarte avanzado contra la morisma en los primeros años de la reconquista, y cuyos rojizos y arruinados muros, rasgados por grandes ventanales, parecen conservar todavía el calor del terrible incendio que dió en tierra con la grandiosa fábrica. Pero dado de mano a estas vulgares noticias y recuerdos históricos, es ya ocasión de que hable algo de mis profesores y camaradas. D. Antonio Aquilué, maestro profesor de latín, era todo lo contrario del terrible padre Jacinto. Celoso, pero muy anciano, bondadoso y casi ciego, carecía de la indispensable entereza para luchar con aquellos diablillos de doce años. Allí se alborotaba, se hacían monos, se leían novelas y aleluyas, se fumaba, se disparaban papelitos, se jugaba a la baraja... en fin, se hacía todo menos prestar atención a la docta y pausada disertación del maestro, que se desgañitaba para dejarse oir en medio de aquella algarabía. Alentados con la impunidad, pues la ceguera y sordera de aquel santo varón le impedían reconocer y castigar a los autores de tantas insolencias, oíamos sus severas reprimendas con la misma edificación con que debe oir una tribu de salvajes al heroico misionero a quien esperan merendarse. Referir menudamente las diabluras que allí se ejecutaban sería cuento de nunca acabar, y repetir además cosas harto sabidas y vulgares. Como muestra, referiré la pesada broma de cierto alumno, que soltó en clase una caja llena de ratones, cuyas corridas desesperadas sembraron el desorden en el aula. Llegado el buen tiempo, surcaban el aire, arrojados por manos invisibles, pájaros y hasta murciélagos. Otras veces, la emprendíamos con las antiparras o la chistera del dómine, las cuales, prendidas al hilo que sostenía un pillete, abandonaban suavemente la plataforma, pareciendo asentir, según el capricho de maese Pedro que tiraba de la cuerda, a las razones del profesor. Impelidas por arcos de goma volaban hacia la plataforma bolitas de papel, que rebotaban a menudo, ya en el birrete, ya en la calva del venerable anciano, quien más de una vez, indignado y furioso por tanta osadía y desconsideración, echábanos con cajas destempladas a la calle... Distaba yo mucho de ser impecable, pero no figuraba entre los más audaces e insolentes. Cierta compasión hidalga hacia aquel santo varón, todo bondad y candidez, enfrenaban mis maleantes iniciativas. Con todo eso, debí purgar más de una vez, en unión de camaradas más desvergonzados, faltas colectivas en cierta cárcel escolar, especie de cuadra aislada, habilitada desde hacía tiempo para encerrar durante veinticuatro horas a los revoltosos más contumaces. Cuando esto ocurría, lejos de aburrirme servíame el encierro para dar rienda suelta a mis delirios pictóricos, dibujando con tiza y carbón en las paredes batallas campales entre bedeles y alumnos, en las cuales llevaban los primeros, según es de presumir, la peor parte. Por notable e instructivo contraste, en la cátedra del profesor de Geografía no chistaba nadie. Era este un señor rubio, joven, de complexión recia, vivo y perspicaz de sentidos, austero y grave en sus palabras y severísimo y justiciero en los exámenes. Inspirábanos respeto y temor. El alumno que enredaba o se distraía cuchicheando con sus camaradas, era arrojado inmediatamente del aula. Sabíamos además que las faltas de atención eran registradas cuidadosamente y que, a menudo, costaban un suspenso. Explicaba con llaneza, claridad y método, y sus lecciones acabaron por interesarnos. Aunque llegaba yo preparado por las enseñanzas paternas, saqué mucho partido de las explicaciones del -geógrafo-; para lo cual favorecióme sobremanera mi afición al dibujo, pues el profesor, excelente pedagogo, nos hacía copiar del -Atlas- señalado de texto, islas y continentes, ríos, lagos y cordilleras. De este modo se avivaba nuestra atención y se fortalecía la representación mental de los objetos. Tan de mi gusto resultó este método de enseñanza y tales progresos hice, que en un santiamén cubría un papel con el mapa de Europa, trazando de memoria el contorno de todas las naciones con sus provincias, sin atascarme siquiera en la complicada geografía de la confederación germánica ni en la enrevesada de las Repúblicas hispanoamericanas. El diverso comportamiento de los escolares en las dos citadas asignaturas me reveló dos hechos, que posteriores observaciones han confirmado plenamente: Es el primero, que el instructor de alumnos de diez a catorce años debe ser forzosamente joven, enérgico y expedito de sentidos; los ancianos, por sabios que sean, resultan lastimosas víctimas de la desconsideración e insolencia de mozalbetes, para quienes la quietud y la compostura constituyen verdadero suplicio. Es el segundo, que los educandos demasiado jóvenes muéstranse incapaces, salvo honrosas excepciones, de gustar del estudio de las lenguas y de comprender la utilidad de las matemáticas. Sólo el temor al castigo puede obligar a galopines que están todavía en la -época muscular- y -sensorial- de la existencia a soportar a pie firme largas tiradas de verbos latinos irregulares y sartas inacabables de binomios y polinomios. Todo esto interesará, al fin, pero más adelante, desde los catorce o quince años. Acredita la experiencia que, salvo precocidades excepcionales, el muchacho recién entrado en la segunda enseñanza estudia con placer solamente aquellas ciencias capaces de ampliar la rudimentaria exploración objetiva del mundo, iniciada en el hogar, tales como: la -Cosmografía-, la -Geografía- y algunos rudimentos de -Aritmética-, -Física- y de -Historia natural-. Las -Lenguas- muertas, la -Gramática-, la -Psicología-, la -Lógica-, el -Álgebra-, la -Trigonometría- y la -Física- con fórmulas, debieran reservarse para los últimos cursos, es decir, para la época mediante entre los catorce y los diecisiete años, que es cuando comienza verdaderamente la fase reflexiva de la evolución mental. Pero a este error pedagógico sancionado por la ley, añádense todavía los inconvenientes gravísimos de la forma, por lo común seca y excesivamente abstracta en que se expone la ciencia. Preocupado con el rigor lógico de las definiciones y corolarios, el maestro olvida a menudo una cosa importantísima: excitar la curiosidad de las tiernas inteligencias, ganando para la obra docente, el corazón y el intelecto del alumno; pero de este punto, de capital transcendencia para la función educadora, diré algo más adelante. [Ilustración] CAPÍTULO XII Mis nuevos compañeros de algaradas. -- Reyertas estudiantiles. -- Graves consecuencias de llevar gabán largo. -- Accidente en un estanque. -- La religión del color y diccionario cromático. -- No hay rosas sin espinas. A pesar de los mejores propósitos, mis aficiones artísticas, así como el afán de acción incesante y de emociones dramáticas, siguieron en -crescendo-, pues hallé en Huesca muchos camaradas que compartían mis gustos y me secundaban en las más descabelladas travesuras. El sentimentalismo soñador, cierto carácter puntilloso, que no toleraba fácilmente agravios ni humillaciones, fueron causa de varios percances y aun de verdaderos peligros, de que sólo mi robusta naturaleza pudo librarme. Omito referir los más de los episodios lastimosos de aquel año; si tal hiciera, mi relato resultaría interminable. Para no poner demasiado a prueba la paciencia del lector y permanecer fiel al plan adoptado, me limitaré a contar algunos de los lances y peripecias que dejaron más honda huella en mi memoria. Por suerte, en el Instituto de Huesca no se estilaban -novatadas-; pero en cambio había algo tan deplorable: el abuso irritante del fuerte contra el débil, y el matonismo a todo ruedo, regulando los juegos y relaciones entre mozalbetes. Todo recién llegado que, por su facha, indumentaria o carácter, desagradaba a los -gallitos- de los últimos cursos, se veía obligado, para librar con bien, o a recogerse prudentemente en casita durante las horas de asueto o a implorar el amparo de algún otro grandullón capaz de hacer frente a los insolentes perdonavidas. Yo tuve la desdicha de resultar antipático a los susodichos caciques, puesto que sin causa justificada, y desde mi aparición en los patios del Instituto, me maltrataron de palabra y obra, obligándome a meterme en trapatiestas y jollines, de que salía casi siempre mal librado. Entre los que más abusaban de sus fuerzas para conmigo, recuerdo a un tal Azcón, natural de Alcalá de Gállego, pigre crónico que había interrumpido varias veces sus estudios. Frisaría en los dieciocho o diecinueve años; su torso cuadrado y fornido, su recio y tostado pescuezo, y sus morenos y vigorosos brazos, denunciaban a la legua al gañán que ha endurecido sus músculos guiando el arado y empuñando la azada. Este salvaje conoció bien pronto el flaco de mi carácter, y dispuesto siempre a armar camorra y divertirse a mi costa, cuantas veces topaba conmigo en los alrededores del Instituto, llenábame de improperios. Entre otros motes que yo, en mi candidez, estimaba mortificantes, púsome los de -italiano- y -carne de cabra-. (Este último remoquete dábase entonces por burla a todos los ayerbenses). En cuanto al apodo de -italiano-, exige una explicación. Mi buena madre, extraordinariamente hacendosa y económica, me hizo con el paño de cierto antiguo sobretodo del autor de mis días amplio gabán de abrigo. Lo malo fué que, preocupada con mi rápido crecimiento y anticipándose un tanto a los sucesos, dejó los faldones del gambeto algo más largos de lo prescrito por la moda de entonces. ¡Forzoso es reconocerlo!... Mi facha recordaba bastante a la de esos errabundos saboyanos que por aquellos tiempos recorrían la Península tañendo el arpa o haciendo bailar al son del tambor osos y monas. Entre aquellos señoritos vestidos -à la dernière-, la súbita aparición de mi extraño gabán produjo regocijada sorpresa. Y una voz recia y dominante --la del referido Azcón-- tradujo de repente la idea imprecisa que bullía en aquel coro de zumbones. --¡Mirad al italiano, al saboyano!... --Es verdad --repitieron sus alegres compinches. --Sólo le falta el arpa --decía uno. --¿Dónde has dejado el mico? --exclamaba otro. Y en -crescendo- siguieran pullas y chirigotas, si la cólera y el despecho, a duras penas reprimidos hasta entonces, no me hubieran obligado a volver por los fueros de la que yo creía dignidad ultrajada. Y, sin replicar palabra, lancéme como un tigre sobre Azcón y sus insolentes amigos, repartiendo a diestro y siniestro puñetazos y puntapiés. Otro muchacho más prudente y cuerdo habría adoptado la discreta actitud propia de estos casos: callarse o tomar las cosas a broma. De este modo el mote habría sido pronto olvidado; pero yo, que ignoraba el conocido consejo: «para que no se burlen de tus defectos, sé el primero en burlarte de ellos», tomé el asunto por lo trágico. Y el resultado fué que, repuestos de su sorpresa, los agredidos devolviéronme con creces la agresión, propinándome monumental paliza. ¡Bien se cobraron los indinos!..., porque, además de molerme a patadas, me arrojaron al suelo y culebrearon buen rato sobre mis espaldas, con riesgo de asfixiarme. Cuando se cansaron de golpearme, levantéme como pude; recogí los restos de mis libros; limpiéme el sudor y el polvo y, desencuadernado y cojeando, retiréme a casa jurando vengarme del atropello. Creerá acaso el lector que, tras escarmiento tan contundente, mi bilis quedaría apaciguada, adoptando para lo sucesivo temperamentos de tolerancia y mansedumbre. Todo lo contrario. Pocos días después, al salir de clase, enfronté con el mismo corro de zumbones, que, prevalidos de la presencia de Azcón, lanzáronme cobardemente al rostro el consabido apodo. Presa de ciego furor, acometí temerariamente a los insolentes, que cerraron sobre mí con las mismas deplorables consecuencias de la pasada vez... Y así sucesivamente, durante dos o tres meses... Mis camaradas no sabían qué admirar más, si la crueldad de Azcón y sus acólitos o la impasibilidad y constancia con que yo provocaba sus atropellos. Cuántas veces, al recogerme en casa mohino y cabizbajo, abollado el sombrero, anhelante el pecho por la emoción y rojos y húmedos los ojos de corajina y despecho, me decía filosóficamente: «¡Y pensar que todo esto me pasa por cuatro dedos de tela que pudieron cortarse a tiempo!» Al hacerme tan triste reflexión me equivocaba de medio a medio. Lo que a mí me sucedía les pasaba también, aunque en menor escala --gracias a su prudencia--, a otros pipiolos de los primeros años, no obstante vestir a la última moda. El pretexto no faltaba nunca. Precisamente concurrían en mí dos circunstancias que, más temprano o más tarde, me habrían señalado a la animadversión de aquellos salvajes: la bien ganada fama de audaz y arriscado traída de Ayerbe, patria de calaveras y solar fecundo de guapos y matones; y la indignación que me han producido siempre la injusticia y el abuso. Todos estos conflictos infantiles, que a muchos parecerán puras chiquilladas, tienen decisiva importancia, no sólo para la formación del carácter, sino hasta para la conducta ulterior durante la edad viril. El estudiante más formal y pacífico, obligado a sufrir agresiones inicuas, acaba por adoptar, según su temperamento, una de estas tres actitudes: el halago y la lisonja hacia los atropelladores, la invocación a la autoridad de los superiores o, en fin, el ejercicio supraintensivo de los músculos, combinado con la astucia. Éste fué el partido escogido por mí. Los dos primeros teníalos por deshonrosos. «Para tener a raya a los fuertes --pensaba-- es preciso sobrepujarles o, por lo menos, igualarles en fortaleza.» Pero ¿cómo alcanzar esa superioridad, y sobre todo alcanzarla luego? Mis insolentes adversarios se permitían tener más años que yo. Y además ellos eran muchos y yo estaba solo. «¡Bah! --me decía--, si yo logro triunfar de Azcón, todos serán aliados míos.» Y esto ocurrió, precisamente. Afortunadamente, conocía yo bien los efectos eminentemente tónicos de la gimnasia y del trabajo forzado. Había observado cuánta ventaja llevan siempre en las riñas, pedreas, saltos y carreras los muchachos recios y trigueños recién llegados de la aldea y acostumbrados al peso de la azada, a los señoritos altos y pálidos, de tórax angosto, zancas largas y delgadas, criados en las angostas calles de la ciudad y al suave calor del halda maternal. En consecuencia, resolví entregarme sistemáticamente a los ejercicios físicos, a cuyo fin me pasaba solitario horas y horas en los sotos y arboledas del Isuela, ocupado en trepar a los árboles, saltar acequias, levantar a pulso pesados guijarros, ejecutando, en fin, cuantos actos creía conducentes a precipitar mi desarrollo muscular, elevándolo a la máxima potencia, compatible con mis pocos años. Esperaba yo que, al cabo de algunos meses, lo más largo en el próximo curso, las cosas cambiarían radicalmente, y que hasta los perdonavidas más soberbios me habrían de mirar con respeto. Esta consoladora esperanza --a primera vista tan ilusoria-- se realizó en gran parte en los cursos próximos. Según verá el lector más adelante, la gimnasia forzada y mi pundonor exasperado hicieron milagros. Porque en medio de mis graves defectos, fuí siempre dócil a las enseñanzas de la experiencia, la cual, con relación a éste y a otros semejantes casos, se encierra en una máxima tan vulgar como poco practicada. «Si quieres triunfar en las arduas empresas acomételas con toda tu voluntad, preparándote de antemano con más tiempo y trabajo de los manifiestamente necesarios». Que, al fin y al cabo, el sobrante de esfuerzo jamás daña, antes bien, halla adecuado empleo en otra ocasión; mientras la insuficiencia, aún exigua, expone a lamentables fracasos. El fruto de mi -entrenamiento-, como ahora se dice, fué soberbio. Desde el tercer curso, mis puños y mi habilidad en el manejo de la honda y del palo infundieron respeto a los matones de los últimos años, y hasta el atlético Azcón tuvo que capitular, acabando por hacerse amigo mío. Verdad es que habíale anunciado que, en cuanto se insolentase conmigo, le incrustaría en la cabeza una peladilla de arroyo. Y mi amenaza no le sonó a necia baladronada; porque al presenciar diariamente mis proezas de hondero, quedó persuadido de que podría ser cumplida la oferta. Huelga decir que el alias humillante cayó en olvido. Un suceso de muy distinto género de los referidos me proporcionó amarga enseñanza acerca del egoísmo de los niños y del miedo, como innato, que en España se siente a la justicia. Cierto día del mes de Enero nos divertíamos varios amigos retozando y patinando en la balsa de un molino. El frío era glacial y la capa de hielo del estanque tan espesa, que soportaba perfectamente nuestros cuerpos. A poca distancia de la orilla, unos galopines se divertían arrojando grandes piedras al hielo, con que abrieron anchuroso agujero, por donde rezumaba el agua, denunciadora por su matiz verde obscuro de la gran profundidad del fondo. Fiado en mi agilidad, y tentado por el diablo, propuse a mis camaradas brincar por encima del amplio boquete, y para animarlos salté yo primeramente. Dispuso mi mala estrella que, en uno de mis brincos, resbalase en un témpano movedizo y, cayendo de espaldas, me hundiese en el agua. Mi angustia fué grande, pues aunque sabía nadar, hallábame bajo recia costra de hielo y no podía atinar con el boquete ni, por tanto, respirar. Forcejeando ansiosamente, acerté con la brecha; agarréme a los quebrantados carámbanos de los bordes, que cedían en parte a la presión de mis manos, y, en fin, en virtud de supremo esfuerzo conseguí sacar la cabeza y resollar. Vi entonces con estupor que mis camaradas, creyéndome, sin duda, ahogado, habían huído. En aquella incómoda postura, aterido y como paralizado por el frío, no podía incorporarme; para ello hubiera sido necesario ejecutar lo que en el -argot- de los gimnastas se llama la -dominación doble-; además, el suelo estaba demasiado hondo para afianzar los pies. Por fortuna, pataleando y tanteando en todas direcciones, topé con una estaca que me prestó el ansiado apoyo y, sacando, por fin, el tronco del agujero, libréme de una muerte cierta. Calado hasta los huesos y sintiendo frío glacial, púseme en marcha; pero advertí que el agua del pantalón comenzó a congelarse, impidiéndome andar. Temeroso de helarme, desnudéme enteramente; escurrí lo posible el agua de la ropa, que tendí a secar en la margen de un campo resguardado del cierzo. Mientras tanto, cobijéme encogido y tiritando en cierto pajar, bañado por los rayos del sol poniente, que apenas tuvieron calor suficiente para enjugar mi aterida piel. Para entrar en calor, eché a correr vertiginosamente por el vecino barbecho durante cerca de una hora, que fué el tiempo que tardó en secarse algo la camisa. Poco después (serían las cinco de la tarde) acabé de vestirme; fuíme corriendo a casa; sustituí la ropa, todavía húmeda, por otra, y reaccioné franca y saludablemente. El lector que haya seguido el relato precedente, imaginará, sin duda, que la citada aventura polar tuvo graves consecuencias para mi salud, provocando alguna de las muchas inflamaciones -a frigore- catalogadas y descritas minuciosamente en los libros de Patología. ¡Pues ni siquiera me constipé!... No hay torpeza de la cual no quepa extraer alguna útil enseñanza; y yo, del tremendo remojón, saqué dos apotegmas, uno fisiológico y otro moral: 1.º Digan lo que quieran los patólogos, el frío, obrando como condición exclusiva, no constipa ni causa pulmonías. 2.º Los sentimientos de filantropía y compasión en los jóvenes son tan frágiles, que no resisten al riesgo de mojarse un poco los puños de la camisa ni a la molestia de tener que declarar ante el juez, en caso de desgracia. * * * * * La necesidad de fortalecerme para repeler las continuas agresiones de los chicos, no fué poderosa a hacerme olvidar el culto de lo bello; antes bien, mis inclinaciones pictóricas hallaron pábulo e incentivo en el nuevo género de vida. Antes de la que podríamos llamar -era muscular- de mi existencia, mis ensueños artísticos tenían por tema el hombre en acción. Pero ahora, con ocasión de mis paseos solitarios por los sotos y verjeles del Isuela, comencé a admirar la soberana hermosura del reino de las plantas y de los insectos y a atender los sordos rumores de la vida animal en perpetua renovación. Verdad vulgar es que el hombre copia lo que ama. Y en el mundo de la vida, como en el del espíritu, amar es reproducir. Carece de fervor quien, por un acto de abstracción, no descarta o empalidece en su mente las imágenes vulgares o indiferentes, para hacer destacar vigorosamente la representación favorita; quien no anhela a todas horas detenerse morosamente en la contemplación de la misma, donde además se nos ofrece la realidad interpretada, simplificada y embellecida. Como que es algo nuestro, puesto que le hemos comunicado lo mejor de nuestra sensibilidad y de nuestra fantasía constructiva. Fiel a la citada ley psicológica, pinté yo cuanto embelesaba mis ojos. Las páginas del álbum llenáronse de diseños de rocas y árboles, de ramilletes de flores silvestres, de mariposas de vistosas libreas, de arroyos deslizados entre juncos y nenúfares. Mis dibujos, empero, distaban mucho de satisfacerme desde el punto de vista técnico. La forma y el claro-obscuro dejábanse captar con relativa facilidad, pero el color se me resistía. La crudeza cromática de mis copias corría parejas con la falta de perspectiva aérea. Agobiábame, sobre todo, la riqueza inagotable de los matices de tierras, follajes, flores y encarnaciones humanas. Al modo de la mayoría de los aficionados neófitos, discernía bien la nota fundamental; pero desconocía el difícil manejo del gris e ignoraba que la naturaleza apenas ofrece un color absolutamente simple. Sabido es que en la sensación cromática del paisaje, como en la acústica, sólo hay acordes variados; al color se mezcla siempre, en varias proporciones, el blanco y el negro, que son algo así como el silencio y el ruido de la percepción sonora. En el niño, tales deficiencias de apreciación son inevitables. Sin apercibirse de ello, simplifica y esquematiza el color. A la manera del músico de oído, que sólo traduce la melodía, desentendiéndose de la armonía, el pintor en cierne copia exclusivamente la tonalidad dominante. ¿Quién no recuerda las coloraciones rabiosas de los dibujantes de plazuela? Y en presencia de una exposición de cuadros, ¿quién no descubre a la primera ojeada, por lo chillón del colorido, la obra infeliz del chapucero o del pretencioso modernista, que por -snobismo- rinde culto al género -criard-, regresando inconscientemente a la fase infantil del arte? Yo incurría, pues, por inexperiencia, en todos los citados deplorables defectos. Algo me corregí, sin embargo, en el curso de mis ensayos, y acabé por discriminar, en parte, los tonos armónicos. Por ejemplo: en la escala de los verdes, que yo primitivamente reducía al verde franco del césped, conseguí al fin diferenciar el verde azul del olivo, el verde amarillo del boj, el verde gris de la encina y del pino y el verde negro del ciprés. Estos modestos progresos condujéronme a refinar la observación de los objetos naturales y a desconfiar de la memoria, que tiende, indefectiblemente, a simplificar formas y tonalidades. Por cierto que, con ocasión de los referidos estudios de color, concebí un proyecto pueril, en que trabajé ahincadamente algún tiempo. Para ejercitarme, me propuse reproducir en grueso álbum todos los matices variadísimos ofrecidos por los objetos naturales, ejecutando una especie de diccionario pictórico, donde, a falta de nombre, cada color complejo, figuraba con número de orden. A guisa de ejemplo añadíale la imagen del objeto correspondiente. Era algo así como la conocida gama cromática de Chevreuil (que yo ignoraba entonces), pero más completa, puesto que contenía, aparte los tonos simples más o menos saturados, el producto de la mezcla de todos los colores, incluyendo naturalmente el blanco y negro. La ejecución del citado álbum salió a pedir de boca, mientras escogí para la reproducción rocas, insectos y flores silvestres; mas en cuanto abordé las flores cultivadas, choqué con imprevistos inconvenientes. Los claveles, rosas, jacintos, pensamientos, alhelíes, etc., no eran libres; tenían dueño, y a falta de dinero, había que arrancarlos a viva fuerza de macetas y pensiles. Y, según era de esperar, ocurriéronme algunos lances desagradables. Citaré sólo dos, asociados, por ironía de la suerte, a la redacción del capítulo de las rosas. Cierto camarada, confidente de mis gustos y empresas, como me viese contrariado por carecer de ejemplares de una hermosa rosa llamada en Huesca -de Alejandría-, flor tan notable por su color como por su fragancia, propúsome el asalto de cierto jardín donde abundaban esa y otras flores admirables. Acepté gustoso la proposición, que tenía para mí además el atractivo de peligrosa aventura y acordamos dar el golpe a las nueve de la noche del siguiente día. Llegada la hora, acudió puntualmente mi amigo, con dos compañeros seducidos igualmente por la codicia del inocente botín; nos aproximamos cautelosamente a las tapias del huerto, por encima de las cuales descollaba alto emparrado y brillaban a trechos guirnaldas de magníficos rosales trepadores. Preciso era, antes de lanzarnos al escalo, averiguar si los dueños, o acaso el hortelano, habitaban la casa de campo. Para salir de dudas, recurrimos al candoroso ardid de disparar dos o tres piedras al tejado. Nadie reaccionó al estrépito: ni una voz, ni un rumor. Animados por el silencio, nos acercamos a un punto accesible de la pared, trepamos a lo alto, salvamos las varillas del emparrado y saltamos, no sin emoción, sobre el paseo que circundaba el jardín. Apenas habíamos cogido algunas de las codiciadas rosas, cuando salieron de la casa dos gañanes que, armados de sendas trancas, vinieron furiosos hacia nosotros. Repuestos de la desagradable sorpresa, emprendimos vertiginosa carrera por las calles del jardín. Mas ¿cómo escapar? Cerradas las puertas y altísimas las bardas del cercado, resultaba imposible encaramarse antes de que los coléricos hortelanos nos alcanzaran con sus amenazadoras estacas. En tan angustioso trance, el instinto nos impuso la estrategia de correr desalentados alrededor del huerto, a fin de cansar a los gañanes, o al menos de ganarles en la carrera tal ventaja que nos fuera dable disponer de los pocos segundos indispensables al asalto de la pared. Pero ¡ay, todo esto eran cuentas galanas!... A decir verdad, durante el primer cuarto de hora las cosas no marcharon mal del todo: la costumbre de correr y el acicate del miedo nos permitieron conservar sobre nuestros enemigos una ventaja de más de 20 metros. Pero transcurridos veinte minutos la distancia disminuía progresivamente; a los veinticinco minutos, poco más o menos, era de 15; y a la media hora de menos de 10. La angustia nos devoraba. No desmayábamos, sin embargo, en aquella suprema lucha por el espacio y por el tiempo. En tan supremo trance el alma entera se había pasado a los músculos, y el corazón, otro músculo también, trabajaba a toda presión, prefiriendo estallar a rendirse... Pero, ¡oh dolor!, la recia musculatura de nuestros rudos persecutores no se fatigaba todavía; y, en cambio, nuestras piernas comenzaban a flaquear; el corazón palpitaba vertiginosamente; las fauces secas por el potente resoplido pulmonar demandaban refrigerio imposible; en fin, sudores de angustia invadían nuestro ser. ¡Y a todo esto la distancia disminuía terriblemente! Las trancas de nuestros enemigos volaban por el aire y golpeaban furiosamente nuestras piernas, anunciándonos la proximidad del temido desenlace. Oíase cercano el vibrar de los puños y el resuello de los pulmones. Paralizado por el cansancio, cae uno de los camaradas; sus ayes y alaridos llegan a nosotros, sirviéndonos de supremo acicate. La rendición del compañero sirviónos de tregua, permitiéndonos respirar y cobrar alguna ventaja. Renació la esperanza; pero, ¡ah!, para desvanecerse pronto, porque nuestros enemigos, indignados por tanta obstinación y deseosos de atraparnos a ultranza, dividieron sus fuerzas: uno de ellos continuó corriendo en línea recta; el otro marchó en dirección contraria. ¡Íbamos a ser cogidos entre dos fuegos!... No había tiempo que perder. Tenía yo mi plan, madurado en los cortos instantes en que, al doblar las esquinas, perdía de vista a los persecutores y podía explorar a mi sabor las tapias y árboles del paseo. Aprovechando, pues, una de esas pausas, en un supremo esfuerzo, salté a las ramas de un manzano, desde el cual gané la tapia y me puse en franquía. Gran oportunidad, porque segundos después sonaban gemidos desgarradores. Eran mis pobres compañeros de infortunio que, agarrados por los feroces guardianes, mordían el polvo bajo lluvia de golpes. Indignado por el abuso de que juzgaba víctimas a mis amigos, tuve todavía la desfachatez de encaramarme en la tapia y de disparar cuatro o cinco gruesos guijarros sobre los sañudos vapuleadores, en los cuales debí hacer blanco, porque se volvieron airados hacia mí. Tuve, naturalmente, la prudencia de no esperarlos. Así acabó aquella famosa aventura de las -rosas de Alejandría-. El molimiento fué tal, que mis compañeros faltaron a clase varios días: una de las víctimas, si mal no recuerdo, cayó enferma de cuidado. A la verdad, la paliza fué formidable, y aun yo, que salí relativamente bien librado del lance, me resentí por mucho tiempo de las contusiones causadas en mis espaldas por las estacas volantes. * * * * * Más sabor cómico que dramático tuvo otro episodio desarrollado en los jardines de la estación del ferrocarril. Cultivábanse allí unas preciosas rosas de té, cuyas elegantes formas y suavísima fragancia excitaban diariamente mi codicia. No pudiendo resistir la tentación de completar mi colección de dibujos con la reproducción de tan exquisitos ejemplares, cierta tarde, aprovechando la ausencia del guarda, salté el vallado y apoderéme de las rosas. Quiso mi mala estrella que, traspasada ya la empalizada, me sorprendiese el guardafreno, quien, escopeta en mano y en actitud resuelta, echó a correr en pos de mí. En vano dióme el alto, ordenándome me rindiera a discreción para evitar una perdigonada. No le hice caso y continué mi carrera a campo traviesa, sin cuidarme de mirar atrás. Pocos minutos después me creía salvado, cuando quiso mi mala estrella que, al saltar una ancha acequia bordeada por bancos de cieno, cuya desecación superficial fingía a la vista sólida margen, cayese en la opuesta orilla y me hundiese en el légamo hasta medio cuerpo. Forcejeé ansiosamente por salir del atasco; mas cada contorsión contribuía a clavarme más en el barro, donde quedé cogido como pájaro en liga. Por fortuna, unas pobres mujeres que lavaban no lejos de allí, acudieron en mi ayuda. Sacáronme del lodazal hecho una lástima. Estaba absolutamente impresentable. Desnudeme, pues, para lavarme la ropa; mas no lo consintieron mis caritativas salvadoras, que, apoderándose de mis prendas, limpiáronlas cuidadosamente. Durante esta operación tuve que permanecer escondido, acurrucado y en camisa bajo una mata de mimbres. Se me olvidaba decir que antes de esto llegó el furioso guarda, quien, al verme de aquel talante y no sabiendo por donde asirme sin detrimento de su limpio uniforme, acabó por soltar el trapo. En realidad, mi coraza de pestilente légamo hacíame invulnerable. Los citados episodios, y otros que no cuento por no ser demasiado difuso, parecerán inverosímiles en los actuales tiempos. ¿Qué mozalbete o señorito expondría hoy el pellejo por el placer de contemplar una rosa y de enriquecer un álbum? [Ilustración] CAPÍTULO XIII Las vacaciones. -- Pinturas fúnebres. -- Descubrimiento de una biblioteca de novelas. -- Se recrudece mi furor romántico. -- El Robinsón y el Quijote. Se ha dicho hartas veces que la felicidad y la monotonía son cosas incompatibles; la dicha, aun relativa, exige cierto ritmo de percepciones y emociones antagonistas o al menos ligeramente diferentes. La ley del contraste o de los colores complementarios, que tanto contribuye al deleite artístico, impera igualmente en la esfera intelectual. Porque el reposo (que es el cero en la escala de la sensibilidad) no constituye verdadero placer. Gozar es sentir correr libremente nuestros impulsos y ejercitar sin cortapisas nuestras capacidades psicológicas y fisiológicas dominantes; y del mismo modo que el horizonte limitado del valle nos hace desear las amplitudes del llano o del mar, la tensión excesiva del estudio, invita a expandir sin trabas las actividades del espíritu. Esta conocida ley de los contrastes da cuenta del placer delirante de las vacaciones estudiantiles, tras la tiranía del horario escolar. Ocúrrenseme las precedentes reflexiones, al recordar el jovial y bullicioso entusiasmo con que solemnicé el verano de 1864, después de los exámenes de Junio en los que, si no merecí honrosos diplomas, tampoco tropecé con las temidas calabazas. A mi llegada a Ayerbe, mi primer cuidado fué ponerme al habla con mis viejos camaradas, a quienes referí con vanagloria mis aventuras y mostré mis dibujos y monigotes. Calmada mi sed de efusiones cordiales y de alocadas correrías por el lugar, llamóme mi padre a capítulo y me comunicó su resolución de que, dejándome de fútiles pasatiempos y de ridículos desvaríos artísticos, consagrase toda la canícula al estudio, repasando desde luego las asignaturas recientemente aprobadas, pero medianamente aprendidas, para acometer en seguida los textos del futuro curso. En su concepto, este anticipado ejercicio facilitaría notablemente las tareas del año siguiente. Semejante decisión fué un jarro de agua fría arrojado sobre mi cabeza, enardecida por el ansia de dar rienda suelta a mis instintos. No tuve más remedio que allanarme al consejo paterno y aun creo que me propuse sinceramente cumplirlo; pero, el demonio nunca domado de la indisciplina y mis tenaces y empalagosas inclinaciones artísticas, dieron al traste con tan razonables propósitos. Ocurre muy a menudo a los muchachos desobedientes, aunque buenos en el fondo que, deseosos de ahorrar disgustos a los padres, transfórmanse en redomados hipócritas. A pretexto de que mis asíduas lecturas exigían silencio y recogimiento absolutos, imposibles en el gabinete de estudio, solicité y obtuve del autor de mis días el permiso de habilitar como cuarto de trabajo el palomar, habitación situada junto al granero, una de cuyas ventanas daba al tejado de vecina casa, y desde cuya puerta podía yo atisbar cómodamente a las personas que pretendiesen vigilar mi conducta. El ardid salió a pedir de boca conforme vamos a ver. Así y todo no me consideraba completamente seguro. Por refinamiento de cautela, sobre el tejado vecino, junto a una chimenea al abrigo de las miradas indiscretas, fabriqué con tablazón, palitroques y broza, una especie de confesionario u hornacina bajo cuyo asiento escondía el contrabando de papel, lápices, colores y novelas. De vez en cuando y con el fin de disimular, retornaba al palomar (sobre todo cuando oía ruido de pasos) y poníame muy seriamente a traducir el Cornelio Nepote o a estudiar la psicología de Monlau y el álgebra de Vallín y Bustillo. Fuera de estos breves instantes, mi retiro era la jaula del tejado, donde me entregaba al dibujo, mi distracción favorita. No recuerdo detalladamente los temas profanados por mi pincel durante aquel verano; sólo sé que por aquellos tiempos cultivé de preferencia el registro lúgubre y melancólico. Notorio es que, en las volubles aficiones de los chicos, desempeñan papel importante la sugestión y la imitación. No sé quién (creo que fué en Huesca) habíame prestado cierto cuaderno de composiciones funerarias y elegiacas, entre las cuales recuerdo los manoseados y chabacanos versos atribuídos gratuitamente a Espronceda, titulados -La desesperación-, y las famosas -Noches lúgubres-, de Cadalso. Inducido por tan desesperadas lecturas, creí inexcusable deber mío ponerme a tono con el sombrío humor de los protagonistas, afectando en mis palabras y en mis dibujos la más negra melancolía. Y así, mi pincel, que marcaba las oscilaciones de mi enfermiza sensibilidad como la aguja del galvanómetro señala la dirección de las corrientes eléctricas, se complacía morosamente en los paisajes grises, en los desiertos desolados, en las angustias de los náufragos y en las macabras escenas de cementerio. Acude a mi memoria, entre otros diseños de menos pretensiones, una acuarela donde aparecía valle rocoso cercado de abruptas y peladas montañas, semejantes a bordes de cráteres lunares; sus cimas pardas, como calcinadas por la erupción de un volcán, destacaban por claro en el fondo cárdeno del cielo, al cual prestaba carácter acentuadamente melancólico, enorme luna verdosa, medio velada por densos nubarrones; sobre las rocas del primer término, veíanse algunos buhos y lechuzas, que juzgué inexcusables para extremar el tinte lúgubre de la estrafalaria composición. * * * * * Si mi memoria no me traiciona, al final de aquel verano ocurrió un suceso que tuvo decisiva influencia en la orientación de mis futuros gustos literarios y artísticos. Dejo consignado ya que en mi casa no se consentían libros de recreo. Ciertamente mi padre poseía algunas obras de entretenimiento; pero recatábalas, como mortal veneno, de nuestra insana curiosidad; pues en su sentir, durante el período educativo, no debían los jóvenes distraer la imaginación con lecturas frívolas. A pesar de la prohibición, mi madre, a hurtadillas de la autoridad del jefe del hogar, y a guisa de premio de nuestra aplicación y docilidad, nos consentía leer alguna novelilla romántica que guardaba en el fondo del baúl desde sus tiempos de soltera. Eran, lo recuerdo bien: -El solitario del monte salvaje-, -La extranjera-, -La caña de Balzac-, -Catalina Howard-, -Genoveva de Brabante- y algunas otras, cuyos títulos y autores se han borrado de mi memoria. Ocioso es decir que tanto mis hermanos como yo, las leíamos entusiasmados, de un tirón, a hurtadillas de la vigilancia paterna. ; , 1 . 2 . ; 3 , , , 4 . 5 6 , , 7 . 8 9 . , 10 ; , , 11 . , 12 , 13 . 14 15 , 16 , , 17 . 18 , ; 19 . . 20 21 . , 22 , 23 24 . 25 . 26 27 28 , , 29 , , , 30 - . 31 . 32 , . 33 34 . 35 , ; 36 , , 37 , ; , 38 , , , 39 , . 40 41 , 42 ; , , 43 , 44 . , , 45 ; , , 46 . ; 47 , , 48 . , 49 . 50 51 . 52 , . 53 54 , 55 56 . 57 58 , ; ; 59 ; , 60 , - : 61 , , , 62 , , 63 , 64 . 65 66 ¡ ! ¡ 67 ! , , , 68 69 . , , . 70 , 71 , 72 . 73 74 , 75 , 76 . 77 . 78 , , 79 . 80 81 , 82 . , , , . 83 , 84 . , 85 ; , 86 , 87 ; 88 , . 89 90 , ; 91 , ¡ ! 92 93 94 95 96 [ ] 97 98 99 100 101 102 103 . - - 104 . - - , , 105 - . - - . 106 107 108 , 109 , , , 110 , , 111 - - - - , 112 , . 113 114 115 . , 116 , 117 . 118 119 . 120 , 121 , , , , 122 . 123 , , 124 , 125 , 126 . , , . ¡ 127 128 ! . . . 129 130 , , 131 , , 132 . , 133 , 134 , 135 , , 136 , , , 137 . 138 139 ; 140 , , 141 , , 142 . 143 144 , , , , 145 , . 146 , 147 , , 148 . 149 , - - ; 150 151 . 152 153 [ : . , . . - - . ] 154 155 [ : . , . . - - 156 . . ] 157 158 , 159 . , , , 160 , 161 . , , , 162 . , , 163 164 165 . 166 167 168 - - , . 169 170 171 . 172 , , 173 174 . 175 . , 176 , , 177 , , , 178 ; , 179 , 180 , , 181 182 . 183 184 185 , 186 , . 187 188 , 189 190 . , , 191 : ; 192 ; , 193 ; 194 ; , , 195 : 196 . 197 198 , , , 199 . , 200 - - 201 - - , 202 , . , 203 : , 204 ; , 205 , , 206 . 207 , . 208 209 210 . 211 , 212 , 213 214 . , , . 215 , ; 216 . 217 218 . 219 220 [ : . , . . - - . 221 . ] 222 223 224 , - - 225 - - . 226 ; , 227 ; 228 . , 229 , , 230 , , 231 , . 232 233 . 234 235 . 236 , 237 , 238 , - - , 239 , 240 . 241 242 243 244 . , , 245 , 246 . 247 248 , 249 , , 250 , . 251 , 252 ; , 253 254 , , 255 ; , 256 ; 257 ; , 258 259 ; 260 ; , , , 261 , 262 , . 263 264 - 265 - , . 266 267 . , 268 ; 269 . 270 271 272 , 273 . 274 275 , , 276 . 277 278 , , 279 , 280 , , , 281 282 . 283 284 . 285 286 [ : . , . . - - , , 287 , - 288 - ; 289 . ] 290 291 , 292 : 293 , , 294 , , , 295 296 ; 297 , 298 , 299 , , , 300 ; 301 , , 302 - - ; 303 , , 304 , , 305 ; , 306 , 307 ; 308 , ; 309 , , 310 ; , , 311 - , 312 , , 313 , 314 . 315 316 , 317 . 318 319 . , , 320 . , , 321 , 322 . , , 323 , , , 324 . . . , 325 , 326 . , 327 328 , 329 330 . 331 332 333 , . 334 , , 335 , 336 . , , 337 , . 338 , , 339 , , 340 , , 341 , . 342 343 , , , 344 , , 345 , 346 . . . 347 348 , 349 . 350 , , . 351 , , 352 , , 353 , 354 . 355 , 356 , 357 , 358 , , . 359 360 , 361 . , , 362 , , 363 . 364 . 365 , . 366 , 367 , . , , 368 . 369 370 , 371 - - ; 372 , , , 373 - - , , 374 , . 375 . 376 , 377 , 378 , 379 380 . 381 382 383 , 384 : , 385 , 386 ; , , 387 , 388 . 389 , , 390 , 391 . 392 - - 393 - - 394 395 . , , , 396 . 397 398 , , 399 400 401 , , : 402 - - , - - - - , 403 - - - - . 404 405 - - , - - , - - , - - , 406 - - , - - - - , 407 , , 408 , 409 . 410 411 , 412 , 413 . 414 , 415 : 416 , , 417 ; , 418 , . 419 420 421 422 423 [ ] 424 425 426 427 428 429 430 . - - . - - 431 . - - 432 . - - . - - 433 . 434 435 436 , , 437 , 438 - - , 439 . 440 , , 441 , 442 , 443 . 444 445 ; 446 , . 447 , 448 449 . 450 451 , - - ; 452 : 453 , , 454 . 455 456 , , , 457 - - , , 458 , 459 460 . 461 462 , 463 , 464 , , 465 , . 466 , 467 , , 468 . 469 ; , 470 , , 471 472 . 473 474 , 475 , 476 , . 477 478 , , , 479 - - - - . 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