aborrecer las armas de fuego; antes bien, sobreexcitó mi inclinación a
la balística. El solo fruto logrado fué ser más cauteloso en ulteriores
fechorías. Se fabricó otro cañón que disparamos contra una terrera;
pero esta vez, cargada el arma hasta la boca, reventó como un barreno,
sembrando el aire de astillas.
En fin, si no temiera aburrir soberanamente al lector, contaría
detalladamente un lance de que nos salvamos milagrosamente. Para este
nuevo experimento empleóse larga espita de bronce cargada hasta la
boca. Mas en vez de salir el tiro por la boca, estalló el cañón en mil
fragmentos; y, a pesar de las precauciones tomadas, ambos hermanos
fuimos heridos levemente. Ignoro cómo no perdí la vista, pues una
partícula metálica penetró en un ojo, produjo seria inflamación y dejó
en el iris señal indeleble.
Pero nuestro gozo mayor era salir al campo armados de escopeta, que
disparábamos contra los pájaros, y cuando no los había, sobre piedras y
troncos de árboles. Claro es que mi padre tenía encerrada su magnífica
escopeta de caza, amén de las municiones; pero nuestra industria lo
suplía todo. He aquí cómo nos procuramos el arma codiciada.
Corrían tiempos de represión política. Un Gobierno suspicaz y receloso,
que veía conspiradores por todas partes, perseguía y encarcelaba
a cuantos tenían fama de liberales o eran sospechosos de mantener
inteligencias con los generales desterrados. Era operación frecuente la
recogida de armas y la requisa de caballos.
Escarmentado mi padre por la incautación abusiva de cierta magnífica
escopeta, cándidamente entregada a la Guardia civil, se proporcionó un
escopetón enorme, roñoso, que debió de ser de chispa, pero desprovisto
de porta-pedernal y por consiguiente inútil. Tal era el arma que mi
padre conservaba para las requisas. No hay que decir cuán fielmente le
era siempre devuelto el inofensivo mosquete, pasadas las jaranas.
Tal era el fusil que me propuse utilizar en excursiones y cacerías.
Púsele una especie de llave de latón, portadora de yesca encendida;
arreglé la cazoleta, limpié el cañón y el oído, fabriqué la pólvora
necesaria, hice balines y perdigones con trozos de plomo; y, una vez
listos todos los preparativos, nos lanzamos, mi hermano y yo, al cobro
de pájaros, perdices y conejos.
Orgullosos estábamos con nuestra arcaica carabina, que no hubiéramos
cambiado por la mejor escopeta del mundo; imaginábamos, además, en
nuestro infantil candor, que aquella arma formidable nos daba aspecto
terrible. Recuerdo que una vez, en las afueras, cierto grandullón me
amenazó con una tercerola; pero yo, lejos de intimidarme, le encañoné
con mi imponente trabuco. El efecto fué instantáneo; a la vista de la
anchurosa boca del arma, que amenazaba vomitar una nube de metralla,
nuestro bravo se escurrió prudentemente. Si mi contrario dispara,
apurado me hubiera visto para contestar. Mi impresionante mosquete se
asemejaba a ciertos caudillos que desde la tribuna parecen cañones
arrolladores y resultan luego en la acción menos que cachorrillos. El
mío no pasaba de inofensivo cohete, como vamos a ver.
Nada más cómico que nuestro talante, cuando nos descolgábamos por las
bardas del huerto uncidos a nuestro pesadísimo escopetón y emprendíamos
la caminata en busca de aventuras.
En cuanto columbrábamos un pájaro, hacíamos alto; encendía yo la mecha;
enfilaba el armatoste hacia el ave; bajaba gravemente el gatillo, es
decir, la porción inferior del porta-mechas: comenzaba entonces en
la cazoleta cierto chisporroteo de pólvora mojada, y, finalmente,
transcurrido medio minuto o más, y cuando ya el pájaro había volado,
producíase la espantable detonación, que nos llenaba de admiración y de
orgullo.
¡Hermosa candidez de la infancia! ¡Qué felices nos sentíamos con
aquel escopetón inofensivo! Jamás matamos nada, y, sin embargo,
habíamos puesto en él las más lisonjeras esperanzas y el más ferviente
entusiasmo. Verdad es que, en la edad adulta, ocurre casi lo mismo.
Como declara cierta filosofía barata y vulgar, muchas cosas atraen por
su brillo y apariencia, y al lograrlas vemos que no son sino bambolla y
embeleco.
En el fondo de mi afición a las armas de fuego latía, aparte el ansia
de emoción, admiración sincera por la ciencia y curiosidad insaciable
por el conocimiento de las fuerzas naturales. La energía misteriosa
de la pólvora causábame indefinible sorpresa. Cada estallido de un
cohete, cada disparo de un arma de fuego, eran para mí estupendos
milagros.
Falto de dinero para comprar pólvora, procuré averiguar cómo se
fabricaba. Y, al fin, a fuerza de probaturas, salí con mi empeño.
Proporcionábame el azufre en la tienda, el nitro en la cueva de la casa
y el carbón en las maderas ligeras chamuscadas. Obtenida la mezcla,
graneábala con exquisito cuidado y la secaba al sol; menos una vez que,
impacientándome la excesiva humedad de la atmósfera, puse el cacharro
con los ingredientes en baño maría; y quiso el diablo que una chispa
prendiera en la mezcla, encendiendo grande llamarada. Fué suerte que
todas estas operaciones de alquimia las hiciera yo en el tejado de
la casa, a fin de evitar indiscreciones; de ser ejecutadas en las
habitaciones, ¡Dios sabe lo que hubiera podido ocurrir!
[Ilustración]
CAPÍTULO XI
Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios. --
Exploración de la ciudad. -- La catedral, San Pedro, San Jorge y
Monte-Aragón. -- Nuestros profesores.
Fué por Enero o Febrero de 1864 cuando mi padre, desengañado del método
de enseñanza de los frailes, resolvió, por fin, trasladar mi matrícula
al Instituto de Huesca, contrariando así íntimos anhelos míos, ya que
el autor de mis días creía --y acaso con razón-- que su hijo, alejado de
los Escolapios, no dominaría jamás el latín.
Muy acertadamente nota Goethe que todo padre desea para sus hijos
aquello que no le fué dado alcanzar a él. El mío, que no tuvo ocasión
durante su adolescencia de estudiar la lengua del Lacio, deseaba
vivamente que su primogénito saliera gran latino y consumado humanista.
Tales aspiraciones sólo aparentemente contradecían sus principios
severamente utilitarios. Larga experiencia de la vida le había enseñado
que la autoridad y prestigio social del doctor proceden, antes que
de su ciencia, de su trato social, de sus modales y, sobre todo, de
su cultura general. La frecuente razón inversa de la aptitud clínica
y del buen carácter, del sólido saber y de la vacua pedantería, del
juicio reflexivo y de la insubstancial verbosidad, pasa inadvertida
del vulgo, que se atiene siempre en sus apreciaciones a la primera
impresión. Seamos, empero, indulgentes con la clientela. ¡Qué va a
hacer el gran público sino juzgar a los hombres de ciencia por el único
lado accesible a su comprensión!...
Yo debía resultar, conforme demostrará patentemente mi vida de hombre,
la contraposición ideal o, mejor dicho, el complemento psicológico del
autor de mis días. Y no ciertamente en el terreno de las humanidades,
y menos aún en el de la gramática parda y arte de vivir, sino en lo
atinente al cultivo del arte por el arte, en la afición a la ciencia
teórica, precisamente por ser teórica, y en la pasión decidida por
la filosofía, la más superflua, cuando no la más perjudicial, de las
disciplinas humanas.
Pero de ello tendremos ocasión de hablar a su tiempo; y entonces
verá el lector cómo, en ocasiones, las aficiones más radicalmente
antifinancieras dan de vivir, y hasta con holgura, contra todos los
desanimadores vaticinios de los hombres prácticos.
Cediendo, pues, según dejo apuntado, a mis deseos, el autor de mis
días, gestionó la traslación de la matrícula al Instituto de Huesca.
Poco después me acompañó a la antigua capital del reino de Aragón,
donde me instaló en modesta casa de huéspedes, sosegada y quieta,
albergue y paradero habitual de sacerdotes y seminaristas. Estaba
situada cerca de la catedral, en el llamado -arco del Obispo-; y su
gobierno corría a cargo de patrona viuda muy religiosa y de excelentes
sentimientos.
[Ilustración: Lám. X, Fig. 16.--Fachada del Instituto de Huesca.]
[Ilustración: Lám. X, Fig. 17.--Puerta principal de la catedral de
Huesca. Fotografías del autor.]
Pronto intimé con los compañeros de pupilaje, entre los cuales hallé
amigos afectuosos. Lo fueron, sobre todo, el hijo del ama de casa,
excelente muchacho que seguía con provecho la carrera eclesiástica, y
D. Leandro Castro, natural de Ayerbe, rebotado de cura, pero listo y
consumado latinista. A este último, muy amigo nuestro, confió mi
padre el delicado cometido de tomarme diariamente las lecciones y de no
dejarme de la mano hasta dominar todas las dificultades de la hermosa
lengua de Horacio y de Virgilio.
No hay que decir con cuánta alegría y satisfacción hice mi entrada en
la famosa y antiquísima -Osca-, ilustrada por las hazañas de Sertorio.
Contribuyó poderosamente a mi alborozo la descripción encomiástica
que unos estudiantes de Ayerbe me hicieron del Instituto y de la
ciudad. Por ellos supe que los profesores de latín no se ocupaban en
pegar a sus discípulos, así soltasen las mayores enormidades, y que
los alrededores de la ciudad eran sumamente pintorescos y a propósito
para alegres correrías. Mucho me complació comprobar personalmente
las encomiásticas narraciones de mis camaradas. Dados mis gustos,
mis primeras visitas fueron, naturalmente, para las famosas eras de
Cáscaro, ejido de la ciudad, y habitual palenque de juegos, luchas y
algaradas estudiantiles; las frondosas alamedas y sotos del Isuela,
poblados por muchedumbre de pájaros, entre los cuales brillaba la
elegante oropéndola, y las vetustas y carcomidas murallas, teatro
habitual de las expansiones guerreras de granujas y estudiantes de la
ciudad.
En cuanto regresó mi padre y quedé dueño absoluto de mi voluntad y de
unos cuantos reales, fué mi primera providencia comprar papel y caja de
colores, a fin de traducir mis novísimas impresiones artísticas.
A los doce años, la brusca inmersión en la vida ciudadana constituye
revolucionaria lección de cosas y fermento generador de nuevos
sentimientos. Todo es diferente, cualitativa y cuantitativamente, entre
la aldea y la urbe: las calles se alargan y asean; las casas se elevan
y adornan; el comercio se especializa, tentando con mil deliciosas
chucherías al candoroso lugareño; las sobrias iglesias románicas se
transforman en suntuosas catedrales; en fin, por primera vez, las
librerías aparecen: con ellas se abre una ventana hacia el Universo
ignorado y prohibido.
Ante el nuevo y variado espectáculo, enriquécense, a la par, la
sensibilidad y el entendimiento. A los tipos vulgares del campesino,
del cura y del maestro --las solas formas posibles de humanidad
en la aldea--, añádense ahora infinidad de especies y variedades
profesionales, antes ignoradas. En suma, el horizonte intelectual del
niño se dilata en el espacio como en el tiempo: en el espacio, porque
reclama su atención muchedumbre de novísimas realidades; en el tiempo,
porque toda ciudad constituye, según es notorio, archivo de recuerdos
históricos. Que si el pueblo es la concha donde vegeta el protoplasma
de la raza, sólo en la ciudad anida el espíritu.
Ante el torrente abrumador de las nuevas impresiones necesita el
jovenzuelo habilitar territorios cerebrales poco antes en barbecho.
Signo revelador de la gran crisis mental, de esta lucha funcional
librada en la mente entre las viejas y las nuevas adquisiciones, es el
aturdimiento que nos embarga en los primeros días de la exploración de
una ciudad. Pero, al fin, el orden se establece. Acabada la acomodación
plástica, la organización cerebral se refina; se sabe más y se juzga
mejor. Por donde se ve que se acercan mucho a la verdad quienes
relacionan la capacidad intelectual de un hombre con la dimensión de la
ciudad donde transcurrieron su niñez y mocedad.
[Ilustración: Lám. XII, Fig. 20.--Huesca. Retablo de mármol de la
Catedral.]
Si la aldea aparece como fijada en el presente y estrictamente
atenida a las duras necesidades de la vida, la ciudad --lo hemos
dicho ya-- sintetiza el presente y el pasado. Allí moran las cabezas
directoras de la comunidad; es decir, los hombres selectos que
piensan y recuerdan; los que mal o bien encarnan el espíritu de la
raza. Desconocedor de su propia historia, el pobre aldeano vive
condenado a marchar siempre a remolque de la ciudad, de donde, si
recibe el beneficio del maestro, del médico y del cura, recibe también
las plagas del cacique, del reclutador y del comisionado de apremios.
Muy lejos estaba yo entonces de hacerme las precedentes reflexiones. Mi
sensibilidad sobreexcitada me arrastraba irresistiblemente a curiosear
las cosas más que los hombres. Y guiado por mi nativa inclinación
romántica, comencé mis exploraciones por los monumentos de la vieja
ciudad, para cuyo estudio sirvióme de mucho la hermosa obra de
Quadrado, -Recuerdos y bellezas de España-, infolio que figuraba en la
biblioteca del Instituto, y cuyas preciosas descripciones y artísticas
litografías me tenían cautivado.
Difícil fuera hoy reproducir puntualmente los estados de alma causados
por la contemplación de las antigüedades de la histórica ciudad del
Isuela. Recuerdo bien, sin embargo, que de cuantos monumentos visité
ninguno me emocionó más profundamente que la catedral, el primer
ejemplar grandioso de arquitectura gótica que se ofrecía a mis ojos.
Sin llegar a la soberana majestad de los templos góticos de Burgos,
Salamanca, León y Toledo, la catedral oscense es admirable creación del
arte ojival, digna de atraer la mirada del artista. La elevada torre
del reloj, que franquea la hermosa fachada labrada en el siglo XIV por
el vizcaíno Juan de Olótzaga; la majestuosa puerta gótica, guarnecida
por siete ojivas de amplitud decreciente y decoradas con esculturas
de apóstoles, profetas y mártires, separadas por floridos doseles
y pedestales; el frontón triangular, adornado por colosal rosetón
que semeja filigrana de piedra; la elevación inusitada de la nave
central y del crucero; lo esbelto y atrevido de las columnas, cuyos
capiteles se descomponen hacia la bóveda en nerviaduras caprichosamente
entrelazadas; los arabescos y calados primorosos de los capiteles y
rosetones; y, sobre todo, la insuperable creación del escultor Forment,
o sea el maravilloso retablo de alabastro, que se diría encaje sutil
fabricado por hadas, llenóme de ingenua y profunda admiración.
Impresión bien diferente prodújome la visita a la iglesia de -San Pedro
el viejo-, la más antigua quizá de todas las oscenses. Es tradición que
sirvió de capilla a los mozárabes durante los luctuosos tiempos de la
conquista musulmana. Trátase de antiquísima fábrica bizantina, sobria
de adornos y baja de bóvedas; pero firme y robusta cual la fe de sus
fundadores.
No sin cierto religioso recogimiento me aventuré por sus lóbregos y
misteriosos claustros, carcomidos por la humedad y medio enterrados
por los escombros. A la mortecina luz de una lámpara contemplé los
sarcófagos donde duermen su sueño eterno algunos reyes e infantes de
Aragón, entre ellos el rey monje, sombrío protagonista de la leyenda de
la famosa campana.
Allí, en medio de aquellas ruinas emocionantes, al reparar en lo
borroso de las inscripciones, en el desgaste y desmoronamiento de
las marmóreas lápidas, hirió, quizá por primera vez, mi espíritu
el pensamiento desconsolador de lo efímero y vacío de toda pompa
y grandeza. Allí sorprendí de cerca ese perpetuo combate entre el
espíritu que aspira a la eternidad y los impulsos ciegos y destructores
de los agentes naturales.
[Ilustración: Lám. XI, Figs. 18 y 19.--La primera, presenta, según
fotografía reciente, la escalera de descenso a la célebre -Campana de
Huesca-; mientras que la segunda copia el precioso claustro románico de
San Pedro el viejo.]
En pos del examen de los monumentos importantes, vino la exploración
de otros edificios henchidos de recuerdos históricos: las antiguas
murallas, carcomidas por la humedad y engalanadas de céspedes, ortigas
e higueras salvajes, y desde cuyos baluartes, conservados en parte,
es tradición que partió la agarena flecha que hirió mortalmente a
Sancho Ramírez durante el asedio de la ciudad; el alcázar de los
antiguos reyes aragoneses, convertido en Universidad por Pedro IV y hoy
transformado en Instituto provincial, y en cuyos lóbregos sótanos se
conserva todavía la famosa campana, donde, según la leyenda, ordenó el
rey monje el sacrificio de la levantisca nobleza aragonesa; las Casas
Consistoriales, coronadas de altos torreones, y en cuyas estancias
dictaba antaño sus fallos el -Justicia- de la ciudad; la románica
iglesia de San Miguel, que se levanta en la margen derecha del Isuela,
y en cuyo soportal administraban justicia, en no muy alejados tiempos,
los jurados; la histórica ermita de San Jorge, emplazada en el campo
de batalla de Alcaraz, conmemorativa del triunfo logrado por los
cristianos sobre los agarenos; la barroca y grandiosa iglesia de San
Lorenzo, erigida en honor de los santos mártires; el modesto santuario
de Cillas, situado no lejos de la fuente de la Salud, preferente lugar
de esparcimiento de los oscenses; y, en fin, el imponente castillo de
Monte-Aragón, frontera y baluarte avanzado contra la morisma en los
primeros años de la reconquista, y cuyos rojizos y arruinados muros,
rasgados por grandes ventanales, parecen conservar todavía el calor del
terrible incendio que dió en tierra con la grandiosa fábrica.
Pero dado de mano a estas vulgares noticias y recuerdos históricos, es
ya ocasión de que hable algo de mis profesores y camaradas.
D. Antonio Aquilué, maestro profesor de latín, era todo lo contrario
del terrible padre Jacinto. Celoso, pero muy anciano, bondadoso y casi
ciego, carecía de la indispensable entereza para luchar con aquellos
diablillos de doce años. Allí se alborotaba, se hacían monos, se leían
novelas y aleluyas, se fumaba, se disparaban papelitos, se jugaba a la
baraja... en fin, se hacía todo menos prestar atención a la docta y
pausada disertación del maestro, que se desgañitaba para dejarse oir en
medio de aquella algarabía. Alentados con la impunidad, pues la ceguera
y sordera de aquel santo varón le impedían reconocer y castigar a los
autores de tantas insolencias, oíamos sus severas reprimendas con la
misma edificación con que debe oir una tribu de salvajes al heroico
misionero a quien esperan merendarse.
Referir menudamente las diabluras que allí se ejecutaban sería cuento
de nunca acabar, y repetir además cosas harto sabidas y vulgares.
Como muestra, referiré la pesada broma de cierto alumno, que soltó en
clase una caja llena de ratones, cuyas corridas desesperadas sembraron
el desorden en el aula. Llegado el buen tiempo, surcaban el aire,
arrojados por manos invisibles, pájaros y hasta murciélagos. Otras
veces, la emprendíamos con las antiparras o la chistera del dómine,
las cuales, prendidas al hilo que sostenía un pillete, abandonaban
suavemente la plataforma, pareciendo asentir, según el capricho de
maese Pedro que tiraba de la cuerda, a las razones del profesor.
Impelidas por arcos de goma volaban hacia la plataforma bolitas de
papel, que rebotaban a menudo, ya en el birrete, ya en la calva del
venerable anciano, quien más de una vez, indignado y furioso por tanta
osadía y desconsideración, echábanos con cajas destempladas a la
calle...
Distaba yo mucho de ser impecable, pero no figuraba entre los más
audaces e insolentes. Cierta compasión hidalga hacia aquel santo
varón, todo bondad y candidez, enfrenaban mis maleantes iniciativas.
Con todo eso, debí purgar más de una vez, en unión de camaradas más
desvergonzados, faltas colectivas en cierta cárcel escolar, especie de
cuadra aislada, habilitada desde hacía tiempo para encerrar durante
veinticuatro horas a los revoltosos más contumaces. Cuando esto
ocurría, lejos de aburrirme servíame el encierro para dar rienda suelta
a mis delirios pictóricos, dibujando con tiza y carbón en las paredes
batallas campales entre bedeles y alumnos, en las cuales llevaban los
primeros, según es de presumir, la peor parte.
Por notable e instructivo contraste, en la cátedra del profesor de
Geografía no chistaba nadie. Era este un señor rubio, joven, de
complexión recia, vivo y perspicaz de sentidos, austero y grave en
sus palabras y severísimo y justiciero en los exámenes. Inspirábanos
respeto y temor. El alumno que enredaba o se distraía cuchicheando con
sus camaradas, era arrojado inmediatamente del aula. Sabíamos además
que las faltas de atención eran registradas cuidadosamente y que, a
menudo, costaban un suspenso. Explicaba con llaneza, claridad y método,
y sus lecciones acabaron por interesarnos.
Aunque llegaba yo preparado por las enseñanzas paternas, saqué mucho
partido de las explicaciones del -geógrafo-; para lo cual favorecióme
sobremanera mi afición al dibujo, pues el profesor, excelente pedagogo,
nos hacía copiar del -Atlas- señalado de texto, islas y continentes,
ríos, lagos y cordilleras. De este modo se avivaba nuestra atención y
se fortalecía la representación mental de los objetos. Tan de mi gusto
resultó este método de enseñanza y tales progresos hice, que en un
santiamén cubría un papel con el mapa de Europa, trazando de memoria
el contorno de todas las naciones con sus provincias, sin atascarme
siquiera en la complicada geografía de la confederación germánica ni en
la enrevesada de las Repúblicas hispanoamericanas.
El diverso comportamiento de los escolares en las dos citadas
asignaturas me reveló dos hechos, que posteriores observaciones han
confirmado plenamente: Es el primero, que el instructor de alumnos de
diez a catorce años debe ser forzosamente joven, enérgico y expedito
de sentidos; los ancianos, por sabios que sean, resultan lastimosas
víctimas de la desconsideración e insolencia de mozalbetes, para
quienes la quietud y la compostura constituyen verdadero suplicio. Es
el segundo, que los educandos demasiado jóvenes muéstranse incapaces,
salvo honrosas excepciones, de gustar del estudio de las lenguas y de
comprender la utilidad de las matemáticas. Sólo el temor al castigo
puede obligar a galopines que están todavía en la -época muscular- y
-sensorial- de la existencia a soportar a pie firme largas tiradas
de verbos latinos irregulares y sartas inacabables de binomios y
polinomios. Todo esto interesará, al fin, pero más adelante, desde los
catorce o quince años.
Acredita la experiencia que, salvo precocidades excepcionales, el
muchacho recién entrado en la segunda enseñanza estudia con placer
solamente aquellas ciencias capaces de ampliar la rudimentaria
exploración objetiva del mundo, iniciada en el hogar, tales como: la
-Cosmografía-, la -Geografía- y algunos rudimentos de -Aritmética-,
-Física- y de -Historia natural-.
Las -Lenguas- muertas, la -Gramática-, la -Psicología-, la -Lógica-,
el -Álgebra-, la -Trigonometría- y la -Física- con fórmulas, debieran
reservarse para los últimos cursos, es decir, para la época mediante
entre los catorce y los diecisiete años, que es cuando comienza
verdaderamente la fase reflexiva de la evolución mental.
Pero a este error pedagógico sancionado por la ley, añádense todavía
los inconvenientes gravísimos de la forma, por lo común seca y
excesivamente abstracta en que se expone la ciencia. Preocupado con
el rigor lógico de las definiciones y corolarios, el maestro olvida a
menudo una cosa importantísima: excitar la curiosidad de las tiernas
inteligencias, ganando para la obra docente, el corazón y el intelecto
del alumno; pero de este punto, de capital transcendencia para la
función educadora, diré algo más adelante.
[Ilustración]
CAPÍTULO XII
Mis nuevos compañeros de algaradas. -- Reyertas estudiantiles. --
Graves consecuencias de llevar gabán largo. -- Accidente en un
estanque. -- La religión del color y diccionario cromático. -- No hay
rosas sin espinas.
A pesar de los mejores propósitos, mis aficiones artísticas, así como
el afán de acción incesante y de emociones dramáticas, siguieron en
-crescendo-, pues hallé en Huesca muchos camaradas que compartían
mis gustos y me secundaban en las más descabelladas travesuras. El
sentimentalismo soñador, cierto carácter puntilloso, que no toleraba
fácilmente agravios ni humillaciones, fueron causa de varios percances
y aun de verdaderos peligros, de que sólo mi robusta naturaleza pudo
librarme.
Omito referir los más de los episodios lastimosos de aquel año; si tal
hiciera, mi relato resultaría interminable. Para no poner demasiado a
prueba la paciencia del lector y permanecer fiel al plan adoptado, me
limitaré a contar algunos de los lances y peripecias que dejaron más
honda huella en mi memoria.
Por suerte, en el Instituto de Huesca no se estilaban -novatadas-; pero
en cambio había algo tan deplorable: el abuso irritante del fuerte
contra el débil, y el matonismo a todo ruedo, regulando los juegos y
relaciones entre mozalbetes.
Todo recién llegado que, por su facha, indumentaria o carácter,
desagradaba a los -gallitos- de los últimos cursos, se veía obligado,
para librar con bien, o a recogerse prudentemente en casita durante las
horas de asueto o a implorar el amparo de algún otro grandullón capaz
de hacer frente a los insolentes perdonavidas.
Yo tuve la desdicha de resultar antipático a los susodichos caciques,
puesto que sin causa justificada, y desde mi aparición en los patios
del Instituto, me maltrataron de palabra y obra, obligándome a meterme
en trapatiestas y jollines, de que salía casi siempre mal librado.
Entre los que más abusaban de sus fuerzas para conmigo, recuerdo a
un tal Azcón, natural de Alcalá de Gállego, pigre crónico que había
interrumpido varias veces sus estudios. Frisaría en los dieciocho
o diecinueve años; su torso cuadrado y fornido, su recio y tostado
pescuezo, y sus morenos y vigorosos brazos, denunciaban a la legua al
gañán que ha endurecido sus músculos guiando el arado y empuñando la
azada.
Este salvaje conoció bien pronto el flaco de mi carácter, y dispuesto
siempre a armar camorra y divertirse a mi costa, cuantas veces topaba
conmigo en los alrededores del Instituto, llenábame de improperios.
Entre otros motes que yo, en mi candidez, estimaba mortificantes,
púsome los de -italiano- y -carne de cabra-. (Este último remoquete
dábase entonces por burla a todos los ayerbenses).
En cuanto al apodo de -italiano-, exige una explicación. Mi buena
madre, extraordinariamente hacendosa y económica, me hizo con el
paño de cierto antiguo sobretodo del autor de mis días amplio gabán
de abrigo. Lo malo fué que, preocupada con mi rápido crecimiento y
anticipándose un tanto a los sucesos, dejó los faldones del gambeto
algo más largos de lo prescrito por la moda de entonces. ¡Forzoso es
reconocerlo!... Mi facha recordaba bastante a la de esos errabundos
saboyanos que por aquellos tiempos recorrían la Península tañendo el
arpa o haciendo bailar al son del tambor osos y monas.
Entre aquellos señoritos vestidos -à la dernière-, la súbita aparición
de mi extraño gabán produjo regocijada sorpresa. Y una voz recia
y dominante --la del referido Azcón-- tradujo de repente la idea
imprecisa que bullía en aquel coro de zumbones.
--¡Mirad al italiano, al saboyano!...
--Es verdad --repitieron sus alegres compinches.
--Sólo le falta el arpa --decía uno.
--¿Dónde has dejado el mico? --exclamaba otro.
Y en -crescendo- siguieran pullas y chirigotas, si la cólera y el
despecho, a duras penas reprimidos hasta entonces, no me hubieran
obligado a volver por los fueros de la que yo creía dignidad ultrajada.
Y, sin replicar palabra, lancéme como un tigre sobre Azcón y sus
insolentes amigos, repartiendo a diestro y siniestro puñetazos y
puntapiés.
Otro muchacho más prudente y cuerdo habría adoptado la discreta actitud
propia de estos casos: callarse o tomar las cosas a broma. De este modo
el mote habría sido pronto olvidado; pero yo, que ignoraba el conocido
consejo: «para que no se burlen de tus defectos, sé el primero en
burlarte de ellos», tomé el asunto por lo trágico. Y el resultado fué
que, repuestos de su sorpresa, los agredidos devolviéronme con creces
la agresión, propinándome monumental paliza. ¡Bien se cobraron los
indinos!..., porque, además de molerme a patadas, me arrojaron al suelo
y culebrearon buen rato sobre mis espaldas, con riesgo de asfixiarme.
Cuando se cansaron de golpearme, levantéme como pude; recogí los restos
de mis libros; limpiéme el sudor y el polvo y, desencuadernado y
cojeando, retiréme a casa jurando vengarme del atropello.
Creerá acaso el lector que, tras escarmiento tan contundente, mi
bilis quedaría apaciguada, adoptando para lo sucesivo temperamentos
de tolerancia y mansedumbre. Todo lo contrario. Pocos días después,
al salir de clase, enfronté con el mismo corro de zumbones, que,
prevalidos de la presencia de Azcón, lanzáronme cobardemente al rostro
el consabido apodo. Presa de ciego furor, acometí temerariamente a
los insolentes, que cerraron sobre mí con las mismas deplorables
consecuencias de la pasada vez... Y así sucesivamente, durante dos o
tres meses... Mis camaradas no sabían qué admirar más, si la crueldad
de Azcón y sus acólitos o la impasibilidad y constancia con que yo
provocaba sus atropellos.
Cuántas veces, al recogerme en casa mohino y cabizbajo, abollado el
sombrero, anhelante el pecho por la emoción y rojos y húmedos los ojos
de corajina y despecho, me decía filosóficamente: «¡Y pensar que todo
esto me pasa por cuatro dedos de tela que pudieron cortarse a tiempo!»
Al hacerme tan triste reflexión me equivocaba de medio a medio. Lo que
a mí me sucedía les pasaba también, aunque en menor escala --gracias
a su prudencia--, a otros pipiolos de los primeros años, no obstante
vestir a la última moda. El pretexto no faltaba nunca. Precisamente
concurrían en mí dos circunstancias que, más temprano o más tarde,
me habrían señalado a la animadversión de aquellos salvajes: la bien
ganada fama de audaz y arriscado traída de Ayerbe, patria de calaveras
y solar fecundo de guapos y matones; y la indignación que me han
producido siempre la injusticia y el abuso.
Todos estos conflictos infantiles, que a muchos parecerán puras
chiquilladas, tienen decisiva importancia, no sólo para la formación
del carácter, sino hasta para la conducta ulterior durante la edad
viril. El estudiante más formal y pacífico, obligado a sufrir
agresiones inicuas, acaba por adoptar, según su temperamento, una de
estas tres actitudes: el halago y la lisonja hacia los atropelladores,
la invocación a la autoridad de los superiores o, en fin, el ejercicio
supraintensivo de los músculos, combinado con la astucia.
Éste fué el partido escogido por mí. Los dos primeros teníalos por
deshonrosos. «Para tener a raya a los fuertes --pensaba-- es preciso
sobrepujarles o, por lo menos, igualarles en fortaleza.»
Pero ¿cómo alcanzar esa superioridad, y sobre todo alcanzarla luego?
Mis insolentes adversarios se permitían tener más años que yo. Y
además ellos eran muchos y yo estaba solo. «¡Bah! --me decía--, si yo
logro triunfar de Azcón, todos serán aliados míos.» Y esto ocurrió,
precisamente.
Afortunadamente, conocía yo bien los efectos eminentemente tónicos
de la gimnasia y del trabajo forzado. Había observado cuánta ventaja
llevan siempre en las riñas, pedreas, saltos y carreras los muchachos
recios y trigueños recién llegados de la aldea y acostumbrados al peso
de la azada, a los señoritos altos y pálidos, de tórax angosto, zancas
largas y delgadas, criados en las angostas calles de la ciudad y al
suave calor del halda maternal.
En consecuencia, resolví entregarme sistemáticamente a los ejercicios
físicos, a cuyo fin me pasaba solitario horas y horas en los sotos y
arboledas del Isuela, ocupado en trepar a los árboles, saltar acequias,
levantar a pulso pesados guijarros, ejecutando, en fin, cuantos actos
creía conducentes a precipitar mi desarrollo muscular, elevándolo a
la máxima potencia, compatible con mis pocos años. Esperaba yo que,
al cabo de algunos meses, lo más largo en el próximo curso, las cosas
cambiarían radicalmente, y que hasta los perdonavidas más soberbios me
habrían de mirar con respeto.
Esta consoladora esperanza --a primera vista tan ilusoria-- se realizó
en gran parte en los cursos próximos.
Según verá el lector más adelante, la gimnasia forzada y mi pundonor
exasperado hicieron milagros. Porque en medio de mis graves defectos,
fuí siempre dócil a las enseñanzas de la experiencia, la cual, con
relación a éste y a otros semejantes casos, se encierra en una máxima
tan vulgar como poco practicada. «Si quieres triunfar en las arduas
empresas acomételas con toda tu voluntad, preparándote de antemano con
más tiempo y trabajo de los manifiestamente necesarios». Que, al fin y
al cabo, el sobrante de esfuerzo jamás daña, antes bien, halla adecuado
empleo en otra ocasión; mientras la insuficiencia, aún exigua, expone a
lamentables fracasos.
El fruto de mi -entrenamiento-, como ahora se dice, fué soberbio. Desde
el tercer curso, mis puños y mi habilidad en el manejo de la honda y
del palo infundieron respeto a los matones de los últimos años, y hasta
el atlético Azcón tuvo que capitular, acabando por hacerse amigo mío.
Verdad es que habíale anunciado que, en cuanto se insolentase conmigo,
le incrustaría en la cabeza una peladilla de arroyo. Y mi amenaza no le
sonó a necia baladronada; porque al presenciar diariamente mis proezas
de hondero, quedó persuadido de que podría ser cumplida la oferta.
Huelga decir que el alias humillante cayó en olvido.
Un suceso de muy distinto género de los referidos me proporcionó amarga
enseñanza acerca del egoísmo de los niños y del miedo, como innato, que
en España se siente a la justicia.
Cierto día del mes de Enero nos divertíamos varios amigos retozando y
patinando en la balsa de un molino. El frío era glacial y la capa de
hielo del estanque tan espesa, que soportaba perfectamente nuestros
cuerpos. A poca distancia de la orilla, unos galopines se divertían
arrojando grandes piedras al hielo, con que abrieron anchuroso agujero,
por donde rezumaba el agua, denunciadora por su matiz verde obscuro de
la gran profundidad del fondo. Fiado en mi agilidad, y tentado por el
diablo, propuse a mis camaradas brincar por encima del amplio boquete,
y para animarlos salté yo primeramente. Dispuso mi mala estrella que,
en uno de mis brincos, resbalase en un témpano movedizo y, cayendo de
espaldas, me hundiese en el agua. Mi angustia fué grande, pues aunque
sabía nadar, hallábame bajo recia costra de hielo y no podía atinar con
el boquete ni, por tanto, respirar. Forcejeando ansiosamente, acerté
con la brecha; agarréme a los quebrantados carámbanos de los bordes,
que cedían en parte a la presión de mis manos, y, en fin, en virtud de
supremo esfuerzo conseguí sacar la cabeza y resollar. Vi entonces con
estupor que mis camaradas, creyéndome, sin duda, ahogado, habían huído.
En aquella incómoda postura, aterido y como paralizado por el frío, no
podía incorporarme; para ello hubiera sido necesario ejecutar lo que
en el -argot- de los gimnastas se llama la -dominación doble-; además,
el suelo estaba demasiado hondo para afianzar los pies. Por fortuna,
pataleando y tanteando en todas direcciones, topé con una estaca que
me prestó el ansiado apoyo y, sacando, por fin, el tronco del agujero,
libréme de una muerte cierta.
Calado hasta los huesos y sintiendo frío glacial, púseme en marcha;
pero advertí que el agua del pantalón comenzó a congelarse,
impidiéndome andar. Temeroso de helarme, desnudéme enteramente; escurrí
lo posible el agua de la ropa, que tendí a secar en la margen de un
campo resguardado del cierzo. Mientras tanto, cobijéme encogido y
tiritando en cierto pajar, bañado por los rayos del sol poniente, que
apenas tuvieron calor suficiente para enjugar mi aterida piel. Para
entrar en calor, eché a correr vertiginosamente por el vecino barbecho
durante cerca de una hora, que fué el tiempo que tardó en secarse
algo la camisa. Poco después (serían las cinco de la tarde) acabé de
vestirme; fuíme corriendo a casa; sustituí la ropa, todavía húmeda, por
otra, y reaccioné franca y saludablemente.
El lector que haya seguido el relato precedente, imaginará, sin duda,
que la citada aventura polar tuvo graves consecuencias para mi salud,
provocando alguna de las muchas inflamaciones -a frigore- catalogadas y
descritas minuciosamente en los libros de Patología. ¡Pues ni siquiera
me constipé!...
No hay torpeza de la cual no quepa extraer alguna útil enseñanza;
y yo, del tremendo remojón, saqué dos apotegmas, uno fisiológico y
otro moral: 1.º Digan lo que quieran los patólogos, el frío, obrando
como condición exclusiva, no constipa ni causa pulmonías. 2.º Los
sentimientos de filantropía y compasión en los jóvenes son tan
frágiles, que no resisten al riesgo de mojarse un poco los puños de la
camisa ni a la molestia de tener que declarar ante el juez, en caso de
desgracia.
* * * * *
La necesidad de fortalecerme para repeler las continuas agresiones de
los chicos, no fué poderosa a hacerme olvidar el culto de lo bello;
antes bien, mis inclinaciones pictóricas hallaron pábulo e incentivo
en el nuevo género de vida. Antes de la que podríamos llamar -era
muscular- de mi existencia, mis ensueños artísticos tenían por tema
el hombre en acción. Pero ahora, con ocasión de mis paseos solitarios
por los sotos y verjeles del Isuela, comencé a admirar la soberana
hermosura del reino de las plantas y de los insectos y a atender los
sordos rumores de la vida animal en perpetua renovación.
Verdad vulgar es que el hombre copia lo que ama. Y en el mundo de la
vida, como en el del espíritu, amar es reproducir. Carece de fervor
quien, por un acto de abstracción, no descarta o empalidece en su mente
las imágenes vulgares o indiferentes, para hacer destacar vigorosamente
la representación favorita; quien no anhela a todas horas detenerse
morosamente en la contemplación de la misma, donde además se nos
ofrece la realidad interpretada, simplificada y embellecida. Como que
es algo nuestro, puesto que le hemos comunicado lo mejor de nuestra
sensibilidad y de nuestra fantasía constructiva.
Fiel a la citada ley psicológica, pinté yo cuanto embelesaba mis ojos.
Las páginas del álbum llenáronse de diseños de rocas y árboles, de
ramilletes de flores silvestres, de mariposas de vistosas libreas, de
arroyos deslizados entre juncos y nenúfares.
Mis dibujos, empero, distaban mucho de satisfacerme desde el punto
de vista técnico. La forma y el claro-obscuro dejábanse captar con
relativa facilidad, pero el color se me resistía. La crudeza cromática
de mis copias corría parejas con la falta de perspectiva aérea.
Agobiábame, sobre todo, la riqueza inagotable de los matices de
tierras, follajes, flores y encarnaciones humanas. Al modo de
la mayoría de los aficionados neófitos, discernía bien la nota
fundamental; pero desconocía el difícil manejo del gris e ignoraba
que la naturaleza apenas ofrece un color absolutamente simple. Sabido
es que en la sensación cromática del paisaje, como en la acústica,
sólo hay acordes variados; al color se mezcla siempre, en varias
proporciones, el blanco y el negro, que son algo así como el silencio y
el ruido de la percepción sonora.
En el niño, tales deficiencias de apreciación son inevitables. Sin
apercibirse de ello, simplifica y esquematiza el color. A la manera
del músico de oído, que sólo traduce la melodía, desentendiéndose de
la armonía, el pintor en cierne copia exclusivamente la tonalidad
dominante. ¿Quién no recuerda las coloraciones rabiosas de los
dibujantes de plazuela? Y en presencia de una exposición de cuadros,
¿quién no descubre a la primera ojeada, por lo chillón del colorido,
la obra infeliz del chapucero o del pretencioso modernista, que por
-snobismo- rinde culto al género -criard-, regresando inconscientemente
a la fase infantil del arte?
Yo incurría, pues, por inexperiencia, en todos los citados deplorables
defectos. Algo me corregí, sin embargo, en el curso de mis ensayos, y
acabé por discriminar, en parte, los tonos armónicos. Por ejemplo: en
la escala de los verdes, que yo primitivamente reducía al verde franco
del césped, conseguí al fin diferenciar el verde azul del olivo, el
verde amarillo del boj, el verde gris de la encina y del pino y el
verde negro del ciprés. Estos modestos progresos condujéronme a refinar
la observación de los objetos naturales y a desconfiar de la memoria,
que tiende, indefectiblemente, a simplificar formas y tonalidades.
Por cierto que, con ocasión de los referidos estudios de color, concebí
un proyecto pueril, en que trabajé ahincadamente algún tiempo. Para
ejercitarme, me propuse reproducir en grueso álbum todos los matices
variadísimos ofrecidos por los objetos naturales, ejecutando una
especie de diccionario pictórico, donde, a falta de nombre, cada color
complejo, figuraba con número de orden. A guisa de ejemplo añadíale la
imagen del objeto correspondiente. Era algo así como la conocida gama
cromática de Chevreuil (que yo ignoraba entonces), pero más completa,
puesto que contenía, aparte los tonos simples más o menos saturados, el
producto de la mezcla de todos los colores, incluyendo naturalmente el
blanco y negro.
La ejecución del citado álbum salió a pedir de boca, mientras escogí
para la reproducción rocas, insectos y flores silvestres; mas en cuanto
abordé las flores cultivadas, choqué con imprevistos inconvenientes.
Los claveles, rosas, jacintos, pensamientos, alhelíes, etc., no eran
libres; tenían dueño, y a falta de dinero, había que arrancarlos a viva
fuerza de macetas y pensiles.
Y, según era de esperar, ocurriéronme algunos lances desagradables.
Citaré sólo dos, asociados, por ironía de la suerte, a la redacción del
capítulo de las rosas.
Cierto camarada, confidente de mis gustos y empresas, como me viese
contrariado por carecer de ejemplares de una hermosa rosa llamada en
Huesca -de Alejandría-, flor tan notable por su color como por su
fragancia, propúsome el asalto de cierto jardín donde abundaban esa y
otras flores admirables. Acepté gustoso la proposición, que tenía para
mí además el atractivo de peligrosa aventura y acordamos dar el golpe
a las nueve de la noche del siguiente día. Llegada la hora, acudió
puntualmente mi amigo, con dos compañeros seducidos igualmente por
la codicia del inocente botín; nos aproximamos cautelosamente a las
tapias del huerto, por encima de las cuales descollaba alto emparrado
y brillaban a trechos guirnaldas de magníficos rosales trepadores.
Preciso era, antes de lanzarnos al escalo, averiguar si los dueños, o
acaso el hortelano, habitaban la casa de campo. Para salir de dudas,
recurrimos al candoroso ardid de disparar dos o tres piedras al tejado.
Nadie reaccionó al estrépito: ni una voz, ni un rumor. Animados por el
silencio, nos acercamos a un punto accesible de la pared, trepamos a lo
alto, salvamos las varillas del emparrado y saltamos, no sin emoción,
sobre el paseo que circundaba el jardín.
Apenas habíamos cogido algunas de las codiciadas rosas, cuando salieron
de la casa dos gañanes que, armados de sendas trancas, vinieron
furiosos hacia nosotros. Repuestos de la desagradable sorpresa,
emprendimos vertiginosa carrera por las calles del jardín. Mas ¿cómo
escapar? Cerradas las puertas y altísimas las bardas del cercado,
resultaba imposible encaramarse antes de que los coléricos hortelanos
nos alcanzaran con sus amenazadoras estacas. En tan angustioso trance,
el instinto nos impuso la estrategia de correr desalentados alrededor
del huerto, a fin de cansar a los gañanes, o al menos de ganarles en la
carrera tal ventaja que nos fuera dable disponer de los pocos segundos
indispensables al asalto de la pared. Pero ¡ay, todo esto eran cuentas
galanas!... A decir verdad, durante el primer cuarto de hora las cosas
no marcharon mal del todo: la costumbre de correr y el acicate del
miedo nos permitieron conservar sobre nuestros enemigos una ventaja
de más de 20 metros. Pero transcurridos veinte minutos la distancia
disminuía progresivamente; a los veinticinco minutos, poco más o menos,
era de 15; y a la media hora de menos de 10. La angustia nos devoraba.
No desmayábamos, sin embargo, en aquella suprema lucha por el espacio
y por el tiempo. En tan supremo trance el alma entera se había pasado
a los músculos, y el corazón, otro músculo también, trabajaba a toda
presión, prefiriendo estallar a rendirse...
Pero, ¡oh dolor!, la recia musculatura de nuestros rudos persecutores
no se fatigaba todavía; y, en cambio, nuestras piernas comenzaban a
flaquear; el corazón palpitaba vertiginosamente; las fauces secas por
el potente resoplido pulmonar demandaban refrigerio imposible; en fin,
sudores de angustia invadían nuestro ser. ¡Y a todo esto la distancia
disminuía terriblemente! Las trancas de nuestros enemigos volaban por
el aire y golpeaban furiosamente nuestras piernas, anunciándonos la
proximidad del temido desenlace. Oíase cercano el vibrar de los puños
y el resuello de los pulmones. Paralizado por el cansancio, cae uno
de los camaradas; sus ayes y alaridos llegan a nosotros, sirviéndonos
de supremo acicate. La rendición del compañero sirviónos de tregua,
permitiéndonos respirar y cobrar alguna ventaja. Renació la esperanza;
pero, ¡ah!, para desvanecerse pronto, porque nuestros enemigos,
indignados por tanta obstinación y deseosos de atraparnos a ultranza,
dividieron sus fuerzas: uno de ellos continuó corriendo en línea recta;
el otro marchó en dirección contraria. ¡Íbamos a ser cogidos entre dos
fuegos!...
No había tiempo que perder. Tenía yo mi plan, madurado en los cortos
instantes en que, al doblar las esquinas, perdía de vista a los
persecutores y podía explorar a mi sabor las tapias y árboles del
paseo. Aprovechando, pues, una de esas pausas, en un supremo esfuerzo,
salté a las ramas de un manzano, desde el cual gané la tapia y me
puse en franquía. Gran oportunidad, porque segundos después sonaban
gemidos desgarradores. Eran mis pobres compañeros de infortunio que,
agarrados por los feroces guardianes, mordían el polvo bajo lluvia de
golpes. Indignado por el abuso de que juzgaba víctimas a mis amigos,
tuve todavía la desfachatez de encaramarme en la tapia y de disparar
cuatro o cinco gruesos guijarros sobre los sañudos vapuleadores, en los
cuales debí hacer blanco, porque se volvieron airados hacia mí. Tuve,
naturalmente, la prudencia de no esperarlos.
Así acabó aquella famosa aventura de las -rosas de Alejandría-. El
molimiento fué tal, que mis compañeros faltaron a clase varios días:
una de las víctimas, si mal no recuerdo, cayó enferma de cuidado. A
la verdad, la paliza fué formidable, y aun yo, que salí relativamente
bien librado del lance, me resentí por mucho tiempo de las contusiones
causadas en mis espaldas por las estacas volantes.
* * * * *
Más sabor cómico que dramático tuvo otro episodio desarrollado en
los jardines de la estación del ferrocarril. Cultivábanse allí unas
preciosas rosas de té, cuyas elegantes formas y suavísima fragancia
excitaban diariamente mi codicia. No pudiendo resistir la tentación de
completar mi colección de dibujos con la reproducción de tan exquisitos
ejemplares, cierta tarde, aprovechando la ausencia del guarda, salté
el vallado y apoderéme de las rosas. Quiso mi mala estrella que,
traspasada ya la empalizada, me sorprendiese el guardafreno, quien,
escopeta en mano y en actitud resuelta, echó a correr en pos de mí.
En vano dióme el alto, ordenándome me rindiera a discreción para
evitar una perdigonada. No le hice caso y continué mi carrera a campo
traviesa, sin cuidarme de mirar atrás.
Pocos minutos después me creía salvado, cuando quiso mi mala estrella
que, al saltar una ancha acequia bordeada por bancos de cieno, cuya
desecación superficial fingía a la vista sólida margen, cayese en la
opuesta orilla y me hundiese en el légamo hasta medio cuerpo. Forcejeé
ansiosamente por salir del atasco; mas cada contorsión contribuía a
clavarme más en el barro, donde quedé cogido como pájaro en liga. Por
fortuna, unas pobres mujeres que lavaban no lejos de allí, acudieron
en mi ayuda. Sacáronme del lodazal hecho una lástima. Estaba
absolutamente impresentable. Desnudeme, pues, para lavarme la ropa; mas
no lo consintieron mis caritativas salvadoras, que, apoderándose de mis
prendas, limpiáronlas cuidadosamente. Durante esta operación tuve que
permanecer escondido, acurrucado y en camisa bajo una mata de mimbres.
Se me olvidaba decir que antes de esto llegó el furioso guarda, quien,
al verme de aquel talante y no sabiendo por donde asirme sin detrimento
de su limpio uniforme, acabó por soltar el trapo. En realidad, mi
coraza de pestilente légamo hacíame invulnerable.
Los citados episodios, y otros que no cuento por no ser demasiado
difuso, parecerán inverosímiles en los actuales tiempos. ¿Qué mozalbete
o señorito expondría hoy el pellejo por el placer de contemplar una
rosa y de enriquecer un álbum?
[Ilustración]
CAPÍTULO XIII
Las vacaciones. -- Pinturas fúnebres. -- Descubrimiento de una
biblioteca de novelas. -- Se recrudece mi furor romántico. -- El
Robinsón y el Quijote.
Se ha dicho hartas veces que la felicidad y la monotonía son
cosas incompatibles; la dicha, aun relativa, exige cierto ritmo
de percepciones y emociones antagonistas o al menos ligeramente
diferentes. La ley del contraste o de los colores complementarios,
que tanto contribuye al deleite artístico, impera igualmente en la
esfera intelectual. Porque el reposo (que es el cero en la escala
de la sensibilidad) no constituye verdadero placer. Gozar es sentir
correr libremente nuestros impulsos y ejercitar sin cortapisas nuestras
capacidades psicológicas y fisiológicas dominantes; y del mismo modo
que el horizonte limitado del valle nos hace desear las amplitudes del
llano o del mar, la tensión excesiva del estudio, invita a expandir sin
trabas las actividades del espíritu.
Esta conocida ley de los contrastes da cuenta del placer delirante de
las vacaciones estudiantiles, tras la tiranía del horario escolar.
Ocúrrenseme las precedentes reflexiones, al recordar el jovial y
bullicioso entusiasmo con que solemnicé el verano de 1864, después de
los exámenes de Junio en los que, si no merecí honrosos diplomas,
tampoco tropecé con las temidas calabazas.
A mi llegada a Ayerbe, mi primer cuidado fué ponerme al habla con mis
viejos camaradas, a quienes referí con vanagloria mis aventuras y
mostré mis dibujos y monigotes.
Calmada mi sed de efusiones cordiales y de alocadas correrías por el
lugar, llamóme mi padre a capítulo y me comunicó su resolución de que,
dejándome de fútiles pasatiempos y de ridículos desvaríos artísticos,
consagrase toda la canícula al estudio, repasando desde luego las
asignaturas recientemente aprobadas, pero medianamente aprendidas,
para acometer en seguida los textos del futuro curso. En su concepto,
este anticipado ejercicio facilitaría notablemente las tareas del año
siguiente. Semejante decisión fué un jarro de agua fría arrojado sobre
mi cabeza, enardecida por el ansia de dar rienda suelta a mis instintos.
No tuve más remedio que allanarme al consejo paterno y aun creo que
me propuse sinceramente cumplirlo; pero, el demonio nunca domado de
la indisciplina y mis tenaces y empalagosas inclinaciones artísticas,
dieron al traste con tan razonables propósitos.
Ocurre muy a menudo a los muchachos desobedientes, aunque buenos en el
fondo que, deseosos de ahorrar disgustos a los padres, transfórmanse
en redomados hipócritas. A pretexto de que mis asíduas lecturas
exigían silencio y recogimiento absolutos, imposibles en el gabinete
de estudio, solicité y obtuve del autor de mis días el permiso de
habilitar como cuarto de trabajo el palomar, habitación situada junto
al granero, una de cuyas ventanas daba al tejado de vecina casa, y
desde cuya puerta podía yo atisbar cómodamente a las personas que
pretendiesen vigilar mi conducta. El ardid salió a pedir de boca
conforme vamos a ver.
Así y todo no me consideraba completamente seguro. Por refinamiento
de cautela, sobre el tejado vecino, junto a una chimenea al abrigo de
las miradas indiscretas, fabriqué con tablazón, palitroques y broza,
una especie de confesionario u hornacina bajo cuyo asiento escondía el
contrabando de papel, lápices, colores y novelas. De vez en cuando y
con el fin de disimular, retornaba al palomar (sobre todo cuando oía
ruido de pasos) y poníame muy seriamente a traducir el Cornelio Nepote
o a estudiar la psicología de Monlau y el álgebra de Vallín y Bustillo.
Fuera de estos breves instantes, mi retiro era la jaula del tejado,
donde me entregaba al dibujo, mi distracción favorita. No recuerdo
detalladamente los temas profanados por mi pincel durante aquel verano;
sólo sé que por aquellos tiempos cultivé de preferencia el registro
lúgubre y melancólico.
Notorio es que, en las volubles aficiones de los chicos, desempeñan
papel importante la sugestión y la imitación. No sé quién (creo que
fué en Huesca) habíame prestado cierto cuaderno de composiciones
funerarias y elegiacas, entre las cuales recuerdo los manoseados y
chabacanos versos atribuídos gratuitamente a Espronceda, titulados -La
desesperación-, y las famosas -Noches lúgubres-, de Cadalso.
Inducido por tan desesperadas lecturas, creí inexcusable deber mío
ponerme a tono con el sombrío humor de los protagonistas, afectando
en mis palabras y en mis dibujos la más negra melancolía. Y así, mi
pincel, que marcaba las oscilaciones de mi enfermiza sensibilidad
como la aguja del galvanómetro señala la dirección de las corrientes
eléctricas, se complacía morosamente en los paisajes grises, en
los desiertos desolados, en las angustias de los náufragos y en las
macabras escenas de cementerio.
Acude a mi memoria, entre otros diseños de menos pretensiones, una
acuarela donde aparecía valle rocoso cercado de abruptas y peladas
montañas, semejantes a bordes de cráteres lunares; sus cimas pardas,
como calcinadas por la erupción de un volcán, destacaban por claro en
el fondo cárdeno del cielo, al cual prestaba carácter acentuadamente
melancólico, enorme luna verdosa, medio velada por densos nubarrones;
sobre las rocas del primer término, veíanse algunos buhos y lechuzas,
que juzgué inexcusables para extremar el tinte lúgubre de la
estrafalaria composición.
* * * * *
Si mi memoria no me traiciona, al final de aquel verano ocurrió un
suceso que tuvo decisiva influencia en la orientación de mis futuros
gustos literarios y artísticos.
Dejo consignado ya que en mi casa no se consentían libros de recreo.
Ciertamente mi padre poseía algunas obras de entretenimiento; pero
recatábalas, como mortal veneno, de nuestra insana curiosidad; pues en
su sentir, durante el período educativo, no debían los jóvenes distraer
la imaginación con lecturas frívolas. A pesar de la prohibición, mi
madre, a hurtadillas de la autoridad del jefe del hogar, y a guisa de
premio de nuestra aplicación y docilidad, nos consentía leer alguna
novelilla romántica que guardaba en el fondo del baúl desde sus tiempos
de soltera. Eran, lo recuerdo bien: -El solitario del monte salvaje-,
-La extranjera-, -La caña de Balzac-, -Catalina Howard-, -Genoveva de
Brabante- y algunas otras, cuyos títulos y autores se han borrado de mi
memoria. Ocioso es decir que tanto mis hermanos como yo, las leíamos
entusiasmados, de un tirón, a hurtadillas de la vigilancia paterna.
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