de ratones, hacia la que sentían los chicos supersticioso temor y yo
miraba como ocasión de esparcimiento, pues me procuraba la calma y
recogimiento necesarios para meditar mis travesuras del día siguiente.
Allí, en las negruras de la cárcel escolar, sin más luz que la
penosamente cernida a través de las grietas de ventano desvencijado,
tuve la suerte de hacer un descubrimiento físico estupendo, que en mi
supina ignorancia creía completamente nuevo. Aludo a la cámara obscura,
mal llamada de Porta, toda vez que su verdadero descubridor fué
Leonardo de Vinci.
He aquí mi curiosa observación: El ventanillo cerrado de mi prisión
daba a la plaza, bañada en sol y llena de gente. No sabiendo qué hacer,
me ocurrió mirar al techo, y advertí con sorpresa que tenue filete de
luz proyectaba, cabeza abajo y con sus naturales colores, las personas
y caballerías que discurrían por el exterior. Ensanché el agujero y
reparé que las figuras se hacían vagas y nebulosas; achiqué la brecha
del ventano sirviéndome de papeles pegados con saliva, y observé, lleno
de satisfacción, que, conforme aquella menguaba, crecía el vigor y
detalle de las figuras. Por donde caí en la cuenta de que los rayos
luminosos, gracias a su dirección rigurosamente rectilínea siempre que
se les obliga a pasar por angostísimo orificio, pintan la imagen del
punto de que provienen. Naturalmente mi teoría carecía de precisión,
ignorante como estaba de los rudimentos de la óptica. En todo caso,
aquel sencillo y vulgar experimento dióme altísima idea de la física,
que diputé desde luego como la ciencia de las maravillas. Claro es
que tenía en cuenta el portento del ferrocarril, de la fotografía
(recientemente inventada por entonces), la aerostación, etc. Y mis
entusiasmos, algo instintivos, no me engañaban. Porque a la física
somos deudores de la gloriosa civilización europea. Si fuera posible
restar del patrimonio del humano saber las leyes y fenómenos de dicha
ciencia, el hombre retrocedería bruscamente al estado cavernícola.
Por entonces, muy ajeno a las grandiosas perspectivas que abre al
espíritu el estudio de las fuerzas naturales, propúseme sacar partido
de mi impensado descubrimiento. Y montando sobre una silla entreteníame
en calcar sobre papel aquellas vivas y brillantes imágenes que parecían
consolar, como una caricia, las soledades de mi cárcel.
«¿Qué me importa --pensaba yo-- carecer de libertad? Se me prohibe
corretear por la plaza, pero en compensación la plaza viene a
visitarme. Todos estos fantasmas luminosos son fiel trasunto de la
realidad y mejores que ella, porque son inofensivos. Desde mi calabozo
asisto a los juegos de los chicos, sigo sus pendencias, sorprendo
sus gestos, y gozo, en fin, lo mismo que si tomara parte en sus
diversiones.»
Muchas veces he pensado que la dicha está en la contemplación y que
toda acción es más o menos dolorosa. ¡Qué hermoso fuera observar a los
hombres como el astrónomo observa los astros, sin intervenir para nada
en el conflicto de las voluntades! ¡Así debe contemplar Dios a los
hombres desde el alto Empíreo! El autor de la Creación dispone quizás
también de colosal cámara obscura, tendida allá en las negruras del
espacio, en cuyo fondo discierne las imágenes de todos los fenómenos
del Cosmos, desde el girar de los mundos hasta el palpitar de los
átomos. Si no fuera irreverencia hablar en sentido directo del ojo de
Dios, diríamos que posee retina tan vasta, que puede recibir la imagen
total del Cosmos; acuidad diferencial tan exquisita, que alcanza a
distinguir hasta el -electron- y las partículas del éter (caso de que
no sean la misma cosa); tan poderosa capacidad para la apreciación de
la tercera dimensión, que ve por transparencia, con su tamaño natural
y con su relieve propio, desde los mundos más próximos hasta las más
remotas nebulosas. Pero no recaigamos en enfadosas divagaciones.
Ufano con mi descubrimiento, tomaba cada día más apego al reino de
las sombras. Pero tuve la simplicidad de comunicar mi hallazgo a los
camaradas de encierro, los cuales, después de reirse de mi bobería,
aseguraron que dicho fenómeno carecía de importancia, por ser -cosa
natural- y como juego que hace la luz al entrar en los cuartos
obscuros. ¡Cuántos hechos interesantes dejaron de convertirse en
descubrimientos fecundos, por haber creído sus primeros observadores
que eran -cosas naturales y corrientes-, indignas de análisis y
meditación! ¡Oh, la nefasta inercia mental, la -inadmirabilidad- de los
ignorantes! ¡Qué de retrasos ha causado en el conocimiento del Universo!
Es curioso notar cómo el vulgo que alimenta su fantasía con narraciones
de brujas o de santos, sucesos misteriosos y lances extraordinarios,
desdeña, por vulgar, monótono y prosaico, el mundo que le rodea, sin
sospechar que en el fondo de él todo es arcano, misterio y maravilla.
Todos podemos convertir el sainetón, gris, fastidioso y casero, en
comedia de alta magia, por cuyo escenario desfilen hadas y gnomos,
gigantes y monstruos, ángeles y diablos, Princesas que descienden
a Cenicientas y Cenicientas que suben a Reinas. Para operar tan
prodigiosa metamorfosis, la ciencia posee una varilla mágica y cierto
talismán infalibles: llámanse respectivamente -atención- y -reflexión-.
Por lo demás, dejo consignado que mi flamante descubrimiento físico no
podía granjearme los honores de la prioridad. Dos siglos antes había
sido hecho por el gran Leonardo, que fué no sólo insigne pintor, sino
físico ilustre; de presumir es también que, en tiempos más remotos,
otros muchos sorprendieran, aunque no publicaran, el sorprendente
fenómeno.
[Ilustración: Lám. VI, Figs. 9 y 10.--Dos vistas del Castillo de
Loarre, objetivo de mis correrías y curioseos arqueológicos durante
mi adolescencia. La primera muestra la fortaleza-palacio de Sancho
Ramírez, vista desde el Este. La segunda enfoca el mismo tema pero
desde más lejos, y fué tomada por mí allá por los años de 1883.]
[Ilustración]
CAPÍTULO VII
Mi traslación a Jaca. -- Las pintorescas orillas del Gállego. -- Mi tío
Juan y el régimen vegetariano. -- El latín y los dómines. -- Empeño
vano de los frailes en domarme. -- Retorno a los devaneos artísticos.
Corría el año 61. Hallándome próximo a cumplir los diez de mi edad,
decidió mi padre llevarme a estudiar el bachillerato a Jaca, donde
había un Colegio de padres Escolapios, que gozaba fama de enseñar muy
bien el latín y de educar y domar a maravilla a los chicos díscolos
y revoltosos. Tratada la cuestión en familia, opuse algunos tímidos
reparos: dije a mi padre que, sintiendo decidida vocación por la
pintura, prefería cursar la segunda enseñanza en Huesca o en Zaragoza,
ciudades donde había Escuela de dibujo e Instituto provincial. Añadí
que no me agradaba la medicina, ni esperaba, dados mis gustos e
inclinaciones, cobrar afición al latín; de que se seguiría perder
tiempo y dinero.
Pero mi padre no se avino a razones. Mostróse escéptico acerca de
mi vocación, que tomó acaso por capricho de muchacho voluntarioso y
antojadizo.
Dejo ya consignado más atrás que mi padre, intelectualista y
practicista a ultranza, estaba muy lejos de ser un sentimental. Se
lo estorbaba cierto concepto equivocado del arte, considerado como
profesión social. En su sentir, la pintura, la escultura, la música,
hasta la literatura, no constituían modos formales de vivir, sino
ocupaciones azarosas, irregulares, propias de gandules y de gente
voltaria y trashumante, y cuyo término fatal e inevitable no podía
ser otro que la pobreza y la desconsideración social. En su concepto,
la obsesión artística de algunos jóvenes representa algo así como
enfermedad de crecimiento, cuyos síntomas característicos son:
tendencia a la holganza y al regalo, aversión a la ciencia y al trabajo
metódico y, en fin, indisciplina de la voluntad.
Para persuadirme y traerme a lo que él consideraba el mejor camino,
contábame historias de conocidos suyos, artistas fracasados, pintores
de historia con demasiada -historia- y poco dinero; de literatos que se
criaban para genios y cayeron en miserables gacetilleros o en famélicos
secretarios de Ayuntamiento de pueblo; de músicos resueltos a emular a
Beethoven y Mozart que pararon en derrotados y mugrientos organistas de
villorrio. Como última razón, y a guisa de consuelo, prometíame que,
cuando fuera médico, es decir, a los veintiún años de edad, asegurada
mi situación económica, podría divagar cuanto quisiese por las regiones
quiméricas del arte; pero entretanto su deber era proporcionarme modo
de vivir honesto y tranquilo, capaz de preservarme de la miseria.
No era mi progenitor de los que, tomada una resolución firme, vuelven
sobre ella, y menos por las observaciones aducidas por sus hijos. Debí,
por tanto, someterme y prepararme al estudio del antipático latín y a
trabar conocimiento con los frailes.
En los días siguientes, que eran los postreros de Septiembre, escribió
mi padre a Jaca, anunciando a unos parientes, tan honrados como
laboriosos, la decisión tomada y su deseo de que recibiesen a su hijo,
en concepto de pupilo, durante el tiempo que durasen los estudios. La
contestación fué afirmativa, según era de suponer dado el parentesco de
mi tío Juan, y los motivos de gratitud que le ligaban a mi familia.
El excelente tío Juan, hermano de mi madre, era un hábil tejedor de
Jaca, en donde gozaba bien cimentada fama de laborioso y de hombre
cabal. Pero su situación económica, años antes desahogada, había
sufrido recientes reveses, a los que vinieron todavía a añadirse la
muerte de su mujer y la escapatoria del hijo mayor, brazo derecho del
taller y amparo del anciano. Estas desgracias de familia obligáronle
a contraer algunas deudas, siendo mi padre el principal, aunque
desinteresado acreedor.
Cuento estos detalles para que se comprenda mejor mi especial situación
en casa de mi tío. Deseoso mi padre de reintegrarse lo prestado,
convino con mi pariente en pagarle un pequeño estipendio mensual por el
hospedaje, destinando otra parte del importe de éste a enjugar la deuda.
Con tan singular procedimiento de cobro, cometióse grave error; porque
si bien la calidad del parentesco y la bondad de mis patrones, alejaba
toda sospecha de malos tratos, era imposible que mi tío, escaso de
recursos, y no muy bien de salud para trabajar, se sacrificara para
procurar a su sobrino, sin compensaciones pecuniarias suficientes,
alimentación y regalo que para sí deseara.
Dispuesto todo para la partida, despedíme con sentimiento de mis
amigos, compañeros de tantas travesuras y desmanes; dije adiós al
maestro, a quien tanto había hecho rabiar, y cierta hermosa mañana de
Septiembre púseme en camino para la ciudad fronteriza, en compañía de
mi padre, que deseaba recomendarme eficazmente a los frailes.
Sirviónos de vehículo el carro del ordinario, en el cual y cubriendo el
equipaje, habíase extendido mullido colchón. Yo me instalé junto a las
lanzas del carro a fin de explorar cómodamente el paisaje.
Las dos primeras horas del viaje transcurrieron lentas y tristes.
Era la primera vez que abandonaba el hogar y una impresión de vaga
melancolía embargaba mi ánimo. Pensaba en los sollozos de mi madre al
desgarrarse de su hijo y en los consejos con que trató de inculcarme el
cariño y obediencia a mis tíos y el respeto y veneración a mis futuros
maestros.
Poco a poco fué cediendo mi tristeza. El instinto y la curiosidad de lo
pintoresco se sobrepusieron a mi languidez.
El camino, algo monótono desde Ayerbe a Murillo, se hace muy
interesante desde esta población hasta Jaca. Durante gran parte del
trayecto, la carretera serpentea por las orillas del Gállego, cuyas
rápidas corrientes marchan, en unos puntos, someras y desparramadas,
mientras que en otros se concentran y precipitan tumultuosamente por
entre acantilados gigantes, medio ocultas en angostas gargantas.
No me cansaba de admirar los mil detalles pintorescos que los recodos
del camino y cada altura, penosamente ganada, permitía describir. Entre
otros accidentes del panorama, quedaron profundamente grabados en mi
retina: los gigantes -mallos- de Riglos, que semejan columnatas de un
palacio de titanes; el bloque rocoso de Lapeña, que amenaza desplomarse
sobre el pueblo, al pie del cual corre, embutido en profundísimo canal,
el rumoroso Gállego; el elevado y sombrío monte Pano, cuya formidable
cima asoma por Occidente, no lejos de Anzánigo; y por último, el
sombrío y fantástico Uruel, de roja cimera, que domina el valle de
Jaca, y semeja colosal esfinge, que guarda la entrada del valle del
Aragón.
[Ilustración: Lám. VII, Fig. 11.--El monte Uruel (Jaca), visto por el
Poniente. La proximidad del punto de vista impide reconocer la forma y
apreciar la grandiosidad de esta montaña, que sólo aparece bien desde
el llano de Jaca, es decir, contemplada por el Norte.]
Mi curiosidad complacíase sobremanera en presencia de tan hermosas
perspectivas; y así no cesaba de pedir a mi padre, que conocía a palmos
el terreno, noticias detalladas sobre los ríos, aldeas y montañas,
cerca de las cuales pasábamos. No sólo satisfizo mi curiosidad,
sino que me contó multitud de anécdotas y episodios de su juventud
transcurridos en aquellos lugares, y algunos sucesos históricos de que
las orillas del Gállego fueron teatro en la funesta primera guerra
civil.
Llegados a Jaca e instalados en casa de mi tío, fué la primera
providencia de mi padre presentarme a los reverendos Escolapios,
a quienes me recomendó encarecidamente. Encargóles que vigilaran
severamente mi conducta y me castigaran sin contemplaciones en cuanto
diera para ello el menor motivo.
El Director del Colegio dió plena seguridad a mi padre acerca de este
punto, y para tranquilizarle nos presentó al padre Jacinto, profesor
de primero de Latín, que era por entonces el terrible -desbravador-
de la Comunidad y a quien, según fama, no se había resistido ningún
rebelde. A la verdad, yo me alarmé algo, sólo un poco, al contemplar la
estatura ciclópea, los anchísimos hombros y macizos puños del dómine,
que parecía construído expresamente para la doma de potros bravíos. Y
me limité a decir para mi capote: «Allá veremos».
Días después sufrí el examen de ingreso, que satisfizo plenamente a los
frailes; fué tan lisonjero el éxito, que me consideraron como el alumno
mejor preparado para la segunda enseñanza.
Tranquilo mi padre por el buen giro que tomaban las cosas, y
esperanzado de que yo pagaría con una aplicación nunca desmentida
los afanes y sacrificios que se imponía, regresó a Ayerbe y yo quedé
entregado a mi santa voluntad, que era como quedar entregado al diablo
mismo.
Dejo apuntado ya que mi tío era muy anciano y estaba achacoso;
vivía casi solitario, pues de sus dos hijos sólo el pequeño, mi
primo Timoteo, a la sazón aprendiz en una fábrica de chocolate, le
acompañaba. Absorbido en su telar, cuidaba poco de la casa, que
abandonaba al manejo de vieja criada. Los conocimientos culinarios de
esta buena mujer no podían ser más sumarios ni mejor encaminados a
evitar el despilfarro y la indigestión.
Las coles, nabos y patatas constituían los platos fundamentales y
de resistencia; de vez en cuando, comíamos carne; pero en justa
compensación abundaban las gachas de maíz, llamadas allí -farinetas-,
que era una bendición. Días hubo que nos sirvió tres veces gachas
y, a fin de evitar la monotonía, nuestra patrona, que no carecía de
imaginativa, dió en la flor de asar las -farinetas- sobrantes del
almuerzo; con cuyo ingenioso arbitrio convirtióse el engrudo de maíz en
un plato nuevo, tan original como vistoso, que podía pasar, con algo de
buena voluntad, por aristocrático -pudding-. Nuestro postre habitual
eran manzanas, fruta de que se cultivan en Jaca variedades excelentes.
Los días de fiesta nos reservaba la patrona grata sorpresa: añadía a
las plebeyas gachas suculentos chicharrones. ¡Eran de ver los gestos
de contrariedad que hacíamos mi primo y yo cuando la ciega lotería del
cucharón nos agraciaba con sólo un premio, reservando la mayoría de los
sabrosos tropezones para otros comensales!
Hambre, sin embargo, no pasábamos. Cuando nuestro estómago insatisfecho
exigía algún suplemento, hallábamosle en los montones de las sabrosas
manzanas del granero y en la improvisación de un plato de patatas al
natural, que preparábamos asando estos tubérculos sobre el rescoldo y
adobando la amarilla y jugosa miga con algunos granos de sal y gotas de
vinagre.
Merced al régimen de las farinetas y a los ayunos de castigo de que
más adelante hablaré, quedé hecho un espárrago. Creo que hasta mis
facultades mentales declinaron bastante. Dijérase que el engrudo de
maíz se me embebió en la cabeza y ocupó el lugar de los sesos; pues,
según veremos luego, los buenos de los frailes se vieron y se desearon
para imprimir en ellos algunos pocos latines.
Debo añadir que al final de aquel año el trato de mis patrones mejoró
muchísimo. Uno de mis primos, Victoriano Cajal, regresado de sus
correrías, se estableció en el hogar de sus padres, contrayendo poco
después matrimonio con doncella sumamente bondadosa e inteligente. Con
aquel inesperado refuerzo, el gobierno de la casa entró en orden y el
-menú- se hizo más variado y suculento.
No sabría decir yo si el vacío de afecciones y la excesiva sequedad de
mis maestros exacerbaron mis rebeldías nativas y dieron al traste con
promesas formales. Algo debieron influir quizá; imagino, sin embargo,
que no fueron condición única de mis extravíos. La -loca de la casa-
con que mi padre no había contado y que de día en día iba exaltándose,
a pesar del régimen enervante de las gachas y de los diarios castigos,
contribuyó mucho a mi creciente desaplicación.
Retoñaron, pues, vigorosamente mis delirios artísticos. Cobré odio a
la Gramática latina, en donde no veía sino un chaparrón abrumador de
reglas desautorizadas por infinitas excepciones, que había que meter
en la cabeza, quieras que no, a porrazo limpio, como clavo en pared.
Desazonábame también esa aridez desconsoladora del estilo didáctico,
seco y enjuto, cual carretera polvorienta en verano.
Con la citada antipatía hacia la Gramática, inauguróse en mí esa lucha
sorda y tenaz, física y moral entre el cerebro y el libro, en la cual
lleva éste siempre la peor parte; porque de los sabios preceptos
del texto pocos o ninguno penetran en el alma; pero, en cambio, las
divagaciones y ensueños de la fantasía entran a saco, sin compasión,
en las hojas del texto, cuyas márgenes se cubren de una vegetación
parásita de versos, paisajes, episodios guerreros y regocijadas
caricaturas.
Mis textos latinos --el Cornelio Nepote, el Arte poética de Horacio,
etc.-- vencidos en esta batalla, transformáronse rápidamente en
álbums donde mi desbordante imaginación depositaba diariamente sus
estrafalarios engendros. Y como las márgenes de los libros resultaban
harto angostas para contener holgadamente todas mis alegres «-escapadas
al ideal-», más de una vez me decía: «¡Lástima de Gramática que no
fuera todo márgenes!»
Pero si mi Nebrija no me enseñaba nada, aprovechaba, en cambio, para
divertir a mis camaradas. En cuanto llegaba yo a clase, rodeábanme los
golosos de las ilustraciones del texto, que corría de mano en mano y
era más zarandeado y sobado que rueda de barquillero.
[Ilustración]
CAPÍTULO VIII
El padre Jacinto, mi dómine de latín. -- Cartagineses y romanos. --
El régimen del terror. -- Mi aversión al estudio. -- Exaltación de mi
fiebre artística y romántica. -- El río Aragón, símbolo de un pueblo.
No trato de disculpar mis yerros. Confieso paladinamente que del mal
éxito de mis estudios soy el único responsable. Mi cuerpo ocupaba un
lugar en las aulas, pero mi alma vagaba continuamente por los espacios
imaginarios. En vano los enérgicos apóstrofes del profesor, acompañados
de algún furibundo correazo, me llamaban a la realidad y pugnaban por
arrancarme a mis distracciones; los golpes sonaban en mi cabeza como
aldabonazo en casa desierta. Todos los bríos del padre Jacinto, que
hizo -mi caso- cuestión de amor propio, fracasaron lastimosamente.
Hecha esta confesión, séame lícito declarar también que en mi desdén
por el estudio entró por algo el desacertado sistema de enseñanza y el
régimen de premios y castigos usados por los padres Escolapios.
Como único método pedagógico, reinaba allí el -memorismo- puro.
Preocupábanse de crear cabezas almacenes en lugar de cabezas
pensantes. Forjar una individualidad mental; consentir que el alumno,
sacrificando la letra al espíritu, se permitiera cambiar la forma
de los enunciados... eso, ni por pienso. Allí, según ocurre todavía
hoy en muchas aulas, sabía solamente la lección quien la recitaba
fonográficamente, es decir, disparándola en chorro continuo y con gran
viveza y fidelidad; no la sabía, y era, por ende, severamente castigado
aquel a quien se le paraba momentáneamente el chorro, o titubeaba en la
expresión, o cambiaba el orden de los enunciados.
A guisa de infalibles estimulantes de los tardos empleábanse, en lugar
de los inocentes palitos de pasa aconsejados para aliviar la memoria,
el puntero, la correa, las disciplinas, los encierros, los reyes de
gallos y otros medios coercitivos y afrentosos.
Como se ve, el viejo adagio -la letra con sangre entra-, reinaba entre
aquellos buenos padres sin oposición; y lo singular del caso era que la
sangre corría, pero la letra no entraba por ninguna parte. En cambio
penetraba en nosotros aversión decidida a la literatura latina y odio
inextinguible a los maestros. Así se perdía del todo esa intimidad
cordial, mezcla de amistad y de respeto, entre maestro y discípulos,
sin la cual la labor educadora constituye el mayor de los martirios.
Cometería grave injusticia si dijera que todos los frailes aplicaban,
con igual rigor, los citados principios pedagógicos; teníamos dómines
humanos y hasta cariñosos y simpáticos. Pero yo no tuve la dicha de
alcanzarlos, porque regentaban asignaturas de los últimos cursos y
vime forzado, por causas de que luego hablaré, a abandonar la escuela
calasancia en el segundo. Entre estos maestros simpáticos recuerdo al
padre Juan, profesor de Geografía y excelente pedagogo. Éste no pegaba,
pero en cambio sabía excitar y retener nuestra curiosidad.
Obedeciendo, sin duda, a la regla del -perfecto amolador-, que
consiste en hacer la primera afiladura del cuchillo con la piedra de
asperón más basta, para acabar de repasarlo con las más finas y suaves,
el claustro de Jaca encargó muy sabiamente el desbaste de los alumnos
del primer año al más áspero desbravador de inteligencias.
Tocónos, en efecto, a los pobretes del primer curso de latín el más
severo de todos los frailes, el padre Jacinto, de quien hablé ya
en el anterior capítulo. Era natural de Egea y estaba en posesión
de los bríos y acometividad característicos de los matones de las
Cinco Villas. Su voz corpulenta y estentórea atronaba la clase y sonaba
en nuestros oídos cual rugido de león. Bajo el poder de este Herodes,
caímos unos 40 infelices muchachos, llegados de distintos pueblos de la
montaña, y nostálgicos aún de las caricias maternales.
Ya desde la primera conferencia, en que planteó clara y expresivamente
su sistema de enseñanza, y nos anunció las virtudes del -gato de siete
colas-, comprendimos que las tiernas y suaves reconvenciones maternas
no iban a tener en el padre Jacinto un continuador.
Dividiónos en dos bandos o grupos, llamados de -cartagineses y
romanos-, según rezaban unos letreros puestos en alto en cada lado
del aula. Tocóme en suerte ser -cartaginés-, y acredité bien pronto
el nombre según lo que me zurraba Scipión, quiero decir, el terrible
dómine, capaz él sólo de acabar con todos los cartagineses y romanos.
Para mí, pues, todos los días se tomaba Cartago, sin que llegasen nunca
los triunfos de Aníbal y menos las delicias de Capua.
Acobardados por aquel régimen de terror, entrábamos en clase temblando,
y en cuanto comenzaban las conferencias, sentíamos pavor tal, que no
dábamos pie con bolo. ¡Pobre del que se trabucaba en la conjugación de
un verbo o del que balbuceaba en la declinación del -quinam quaenam-,
-quodnam- o del no menos estrafalario -quicumque-! Los correazos caían
sobre él a modo de aguacero, aturdiéndole cada vez más y paralizando su
retentiva.
¡Cuántas veces, caído a los pies de mi verdugo, que blandía amenazadora
su potente correa, maldije de los bárbaros del Norte, que no supieron
acabar con el latín, como acabaron con los latinos!
Al abandonar el aula, nuestras caras irradiaban júbilo inmenso, la
alegría bulliciosa de la liberación; sin considerar ¡pobretes! que al
día siguiente debía renovarse la tortura, entregando nuestras muñecas,
no bien deshinchadas aún de los bergantes del día anterior, a la
terrible correa del dómine.
El educador que comienza demasiado pronto a castigar corre el riesgo de
no acabar jamás de castigar. El empleo exclusivo de la violencia, sin
las prudentes alternativas de la bondad, de la indulgencia y aun del
halago, embota rápidamente la sensibilidad física y moral y mata en el
niño todo resto de pundonor y de dignidad personal. A fuerza de oirse
llamar -torpe-, acaba por creer que lo es, e imagina que su torpeza
carece de remedio. Tal me ocurrió a mí y a muchos de mis camaradas.
Insultados, azotados y vejados desde los primeros días, y viendo que
era casi imposible evitar aquella furiosa racha de malos tratos,
puesto que se renovaba por la más pequeña falta, hubimos de aceptar
filosóficamente nuestro papel de pigres y de víctimas, buscando nuestro
remedio en la consabida acomodación fisiológica al castigo. En nuestra
ingenuidad, creíamos que la mejor manera de vengarnos del verdugo era
hacer lo contrario de lo que aconsejaba y quería.
Aparte mis distracciones, adolecía de un defecto fatal: mi retentiva
verbal era algo infiel; faltóme siempre --y de ello hablaré más
adelante-- esa viveza y limpidez de palabra característica de los
temperamentos oratorios. Y para colmo de desgracia, dicha premiosidad
exagerábase enormemente con la emoción. En cambio, mi memoria de ideas,
sin ser notable, era bastante aceptable y regular mi comprensión. Mi
padre había ya reparado en ello. Por lo cual solía prevenir a mis
preceptores, diciéndoles: --Tengan ustedes cuidado con el chico. De
concepto lo aprenderá todo; pero no le exijan ustedes las lecciones al
pie de la letra, porque es corto y encogido de expresión. Discúlpenle
ustedes si en las definiciones cambia palabras, empleando voces poco
propias. Déjenle explicarse, que él se explicará--. Desgraciadamente,
pocos profesores tuvieron en cuenta tan prudentes avisos; ¡jamás
aguardaron, para juzgarme, a que me explicara!...
El mal nace --según nota muy bien Herbert Spencer-- de que el maestro
debiera ser un buen psicólogo, cuando, por desgracia, no es otra cosa,
por punto general, que recitador torpe y rutinario. Mero portavoz de la
tradición y simple receptáculo de ideas y de frases hechas, propende,
por ley de herencia, a ejecutar en sus discípulos la mala obra que sus
maestros le hicieron. Y al hablar así, aludimos no sólo a mis maestros
de Jaca, sino a la mayoría de nuestros Institutos docentes. Pero de
este grave defecto hablaré más adelante.
Corolario de esta doctrina pedagógica es cierta equivocada apreciación
de las aptitudes: estimar como cualidades positivas y dignas de loa la
sugestibilidad y el automatismo nervioso; y como atributos negativos
que piden corrección y vituperio, la espontaneidad del pensamiento y el
espíritu crítico. Es común en estos maestros rutinarios tomar la viveza
por despejo, la retentiva por recto juicio y la docilidad por virtud.
No he de negar yo, ciertamente, que la agilidad de la palabra y la
retentiva tenaz y pronta asócianse, a veces, a un entendimiento
privilegiado; es más, estimo que no hay talento superior que no nutra
sus raíces en el terreno de excelente memoria; pero, conforme la
experiencia acredita, es también frecuente hallar divorciadas ambas
facultades, y aun desenvueltas en proporción inversa; circunstancia que
no se escapó a nuestro Huarte, el cual, en su -Examen de ingenios-,
hace notar ya que los jóvenes dotados de gran retentiva y que aprenden
fácilmente los idiomas, suelen gozar de mediano entendimiento para las
ciencias y la filosofía. Fácil sería recordar otros testimonios, el de
Locke, por ejemplo.
He consignado varias veces el pavor que nos infundía el padre Jacinto.
Aunque sea insistiendo una vez más en el tema, recordaré cierto suceso
que acredita cuánta era la fuerza de aquel patagón con sotana. A un
infeliz, llamado Barba, que, amedrentado y aturdido, había contestado
no sé qué desatino, descargóle el dómine tan formidable trompada, que
lanzó al cuitado, a guisa de proyectil, contra una pizarra, distante lo
menos tres metros; la violencia del choque derribó el encerado, rompió
el caballete que lo sostenía, y del rebote de aquél y del volar de las
astillas, quedaron mal parados dos pobres muchachos más.
Todos los días había contusiones y equimosis. Hasta se contaba que años
antes, de resultas de formidable paliza, había fallecido un estudiante.
Ignoro si esto fué cierto: lo que me consta es que muchos padres
se quejaban del mal trato recibido por sus hijos, y amenazaban con
recurrir a la autoridad judicial.
[Ilustración: Lám. VIII, Figs. 12 y 13.--Vistas de Jaca. La primera
muestra la muralla de Jaca por el lado del Este, con una de las puertas
principales. La segunda presenta el paseo que rodea la muralla, punto
habitual de las correrías de los chicos.]
Ocioso es decir que semejante régimen de intimidación y de castigos
rigurosos daba resultados contraproducentes. Nuestra conducta empeoraba
de día en día. Se nos acostumbraba demasiado al bochorno y se
embotaba el pundonor. Caíamos tan bajo que perdíamos la esperanza y
hasta el deseo de elevarnos. Para aquellos educandos, el educador no
era ya el guía paternal que conoce el buen camino, sino el adversario
que abusaba de sus fuerzas y de cuya superioridad física sólo podíamos
vengarnos con la impasibilidad y la desobediencia. Digan lo que quieran
los partidarios de la ortopedia moral, el llamamiento amistoso a la
conciencia del discípulo, el empleo discreto y preferente del halago
y de la persuasión, con alegación de los motivos racionales de cada
mandato y, sobre todo, la confianza fingida o real en el talento
potencial del niño, talento que sólo espera ocasión propicia para
manifestarse, constituyen recursos pedagógicos muy superiores a los
castigos corporales.
* * * * *
Afortunadamente, yo tenía en el cultivo del arte y en la contemplación
de la naturaleza grandes consuelos. En presencia de aquella decoración
de ingentes montañas que rodean la histórica ciudad del Aragón,
olvidaba mis bochornos, desalientos y tristezas.
Porque el panorama del valle de Jaca es uno de los más bellos y
variados que nos ofrece la cordillera pirenaica. Al Norte cierra el
horizonte, elevándose majestuosamente el Pirineo, coronado de perpetuas
nieves; al Oeste, apartado de la ciudad por fértil y amena llanura,
asoma su robusta cabeza el monte Pano, en cuya ladera occidental,
regada más de una vez con agarena sangre, se abre la cueva sagrada
que fué antaño cuna y altar de la independencia aragonesa; del lado
oriental se columbran las montañas de Biescas, por cima de las cuales
emergen, cubiertos de blanco sudario, los Picos de Panticosa y Sallent;
y hacia el Mediodía, cerrando el paso de las tibias auras de la tierra
llana, yérguese hasta las nubes el fantástico Uruel, mudo testigo de
las legendarias hazañas de la raza, y cuya roja cabeza parece mirar
obstinadamente al Sur, como señalando al duro almogávar el camino de
las gloriosas empresas.
La ciudad misma tenía para mí inefables encantos. Gustábame saborear
las bellezas de su vieja catedral, discurrir por lo alto de las
murallas y explorar torreones y almenas. ¡Cuántas veces, subido en
lo alto de un baluarte, y avizorando la llanura, a guisa de vigía
medioeval, por las angostas ballesteras, daba rienda suelta a mis
ensueños, y me consolaba de mi soledad sentimental!... De cuando en
cuando, la aparición de una friolera lagartija o el vuelo del milano
sacábame del ensimismamiento, despertando mis aficiones de naturalista.
Para estas correrías de tejas arriba, dábame grandes facultades la casa
de mi patrón, cuyo huerto lindaba con un torreón de la muralla, medio
derruido y fácil de escalar.
* * * * *
Como es natural, en Jaca hallé también amigos y camaradas con quienes
compartir juegos y travesuras. País extremadamente frío el jaquense,
nuestra diversión favorita consistía, durante el invierno, en
arrojarnos a la cabeza bolas de nieve, en cuya diversión tomaban parte
hasta las señoritas, que disparaban sus proyectiles a mansalva desde
ventanas y balcones. Cuando los glaciales cierzos del Enero amontonaban
grandes taludes de nieve junto a las murallas, nuestro predilecto
deporte consistía en socavar en el espesor de aquélla corredores
y aposentos. Otras veces, con nieve apretada, construíamos casas,
roqueros castillos y cavernas de trogloditas y esquimales. El hábito
de bregar diariamente con nieves y carámbanos, bien pronto me hizo
insensible al frío, endureciendo mi piel y adaptándome perfectamente
al riguroso clima montañés.
[Ilustración: Lám. IX, Figs. 14 y 15.--La primera copia la calle
principal de Jaca, con el edificio de la alcaldía. La segunda presenta
el río Aragón, bordeado de huertas; allá en el fondo asoma un pico
del Pirineo, el Coll de Ladrones, desgraciadamente muy achicado por
el objetivo fotográfico, que tiene, según es sabido, el defecto de
empequeñecer notablemente los últimos planos.]
Sin embargo, los juegos en cuadrilla no me interesaban tanto como los
paseos y excursiones solitarias. Una de mis jiras predilectas era bajar
al río Aragón, corretear por los bordes de su profundo y peñascoso
cauce, remontando la corriente hasta que me rendía el cansancio.
Sentado en la orilla, embelesábame contemplando los cristalinos
raudales y atisbando a través del inquieto oleaje los plateados
pececillos y los pintados guijarros del álveo. Más de una vez, enfrente
de algún peñasco desprendido de la montaña, intenté, aunque en vano,
copiar fielmente en mi álbum los cambiantes fugitivos de las olas y las
pintadas piedras que emergían a trechos, cubiertas de verdes musgos.
A menudo, tras largas horas de contemplación, caía en dulce sopor: el
suave rumor del oleaje y el tintineo de las gotas al resbalar sobre
los guijarros, paralizaban mi lápiz, anublaban insensiblemente mis
ojos y creaban en mi cerebro un estado de subconciencia propicio a las
fantásticas evocaciones. El murmullo de la corriente adquiría poco a
poco el timbre de trompa guerrera; y el susurro del viento parecía
traer de las azules playas del pasado la voz de la tradición, henchida
de heroicas gestas y de doradas leyendas...
--Éste es --exclamaba-- el río sagrado del solar aragonés; el que
fecundó las tierras conquistadas por nuestros antepasados; el que dió
nombre a un gran pueblo y hoy simboliza aún toda su historia. Nacido en
los valles del Pirineo por la fusión de neveras y la afluencia de fríos
veneros, crece caudaloso por el valle de Jaca y desagua generosamente
en el Ebro. Así la raza montañesa, que vegetó humilde, pero valerosa y
libre, en los angostos valles pirenaicos, corrió en el ancho cauce de
la patria aragonesa, a su vez desembocada también, a impulsos de altos
móviles políticos, en el dilatado mar de la patria española. Sus frías
corrientes templaron el acero de los héroes de la reconquista: ellas
son acaso las que, circulando por nuestras venas, templan el resorte de
la voluntad obstinada de la raza...
Mi aspiración suprema era remontar el río sagrado, descubrir sus
fuentes e -ibones- y escalar las cimas del Pirineo, tentación perenne
a mi codicia de panoramas nuevos y de horizontes infinitos. «¿Qué
habrá allí --me preguntaba a menudo-- tras esos picos gigantes,
blancos, silenciosos e inmutables? ¿Se verá Francia quizá, con sus
verdes montañas, sus fértiles valles y sus bellísimas ciudades? ¡Quién
sabe si desde la ingente cumbre del -Coll de Ladrones- o de la cresta
divisoria del -Sumport- no aparecerán lagos cristalinos y serenos
bordeados por altísimos cantiles de pintada roca, por cuyos escalones
se despeñen irisadas cascadas! ¡Qué asuntos más cautivadores para un
lápiz romántico!»... Por desgracia, ni tenía dinero ni libertad para
emprender tan largas excursiones.
Aquella curiosidad insana me atormentaba cual una obsesión. Y tan
resuelto estaba a saciar mi frenética pasión por la montaña, que en una
ocasión me aventuré por la carretera de Canfranc y llegué por encima de
Villanua, al pie del célebre Coll de Ladrones. Pero, cercana la noche e
informado por un pastor de que faltaban aún cuatro horas lo menos para
ganar la cima, tuve el disgusto de renunciar a la empresa, regresando
mustio y cariacontecido.
Otra vez me propuse trepar hasta la cresta del Uruel; mas sólo pude
ganar, falto de tiempo, las primeras estribaciones cubiertas de selvas
seculares. En mi ansia de locas aventuras, hubiera dado cualquier
cosa por topar con algún oso o jabalí descomunales, o siquiera con
inofensivo corzo; por desgracia, defraudado en mis esperanzas, volvíme
a casa despeado, sudoroso, hambriento, derrotado de ropa y zapatos, y
lo que más me desconsolaba, sin poder contar a los amigos ningún lance
extraordinario.
De alguna otra excursión harto más larga y cómoda, como por ejemplo, la
hecha a San Juan de la Peña, trataremos en más oportuna ocasión.
[Ilustración]
CAPÍTULO IX
Continúan mis distracciones. -- Los encierros y ayunos. -- Expedientes
usados para escaparme. -- Mis exámenes. -- Retorno a Ayerbe y vuelta a
las andadas.
Dejo apuntado ya en otra parte, que no sentía la menor afición por los
estudios llamados clásicos, y singularmente por el latín, la filología
y la gramática. Vivía aún en esa dichosa edad en que el niño siente
más admiración por las obras de la Naturaleza que por las del hombre;
época feliz cuya única preocupación es explorar y asimilarse el mundo
exterior. Mucho tiempo debía transcurrir aún antes de que esta fase
contemplativa de mi evolución mental cediera su lugar a la reflexiva,
y pudiera el intelecto, maduro para la comprensión de lo abstracto,
gustar de las excelencias y primores de la literatura clásica, las
matemáticas y la filosofía. Esta sazón llegó también; pero muy
tardíamente, como veremos más adelante.
Por entonces, pues, más que el insufrible martilleo de las
conjugaciones y las enrevesadas reglas de la construcción latina,
atraíanme, según dejo consignado, los pintorescos alrededores de la
ciudad, cuya topografía general, (carreteras, caminos, senderos, ríos,
ramblas, fuentes, regatos y regajos) y flora y fauna, llegué a saber al
dedillo.
Hombre de tesón el padre Jacinto, había dado palabra solemne de
domar el potro y se propuso cumplirla a todo trance. Se imponía,
empero, un cambio de plan. Vista la inutilidad de los castigos, contra
los cuales hallábame perfectamente vacunado, acordaron los dómines
ensayar conmigo la pena del ayuno. Todas mis faltas constaban en un
libro especial llevado por uno de los alumnos mimados, el primero
del bando de los cartagineses. Desgraciadamente, mis débitos crecían
de continuo, y, no pudiendo ser liquidados sino a razón de ayuno por
día, temióse fundadamente que el curso entero sería insuficiente para
enjugar el déficit. Al objeto, pues, de aligerar la deuda, conmutáronse
algunos ayunos por sendas tandas de correazos y aun por exhibiciones
afrentosas; mas todos los arbitrios fueron vanos. Estábamos en Abril y
mi deuda apenas había disminuído, no obstante lo macizo de mis espaldas
y las torturas de mi estómago.
Cada día, como dejo dicho, debía cumplir una condena. Al acabar la
clase se me encerraba en el aula, quedándome sin comer hasta la noche.
Poco a poco me transformé en comensal -veinticuatreno-, con harto
contento de la cocinera, que se despachaba conmigo con sólo la cena. Al
principio, mi estómago protestó algo; mas, siguiendo el ejemplo de mi
piel, acabó por acomodarse. De enmienda, Dios la dé.
¡Qué digo! Ocurrió todo lo contrario. Discurriendo con la lógica del
pigre, consideré que, llegado al límite de la pena, igual daba pecar
por uno que por ciento. Y puesto que el resultado irremediable --el
temible -suspenso--- teníalo ya descontado, acabé por echarme la
vergüenza a la espalda, y díme con furia a enredar y hablar en clase, a
distraer a mis camaradas con caricaturas grotescas, y a tramar, en fin,
todo género de burlas y desafueros.
Con todo eso, transcurridos algunos meses del citado régimen
dietético, reflexioné si no sería posible retornar alguna vez al
ritmo alimenticio natural, comiendo a medio día como todo el mundo,
y evitando así la -dilatación- estomacal, obligada consecuencia
de concentrar en un solo envase y en un solo plato, más o menos
recalentado, las materias de dos yantares y de dos digestiones: la cosa
merecía ensayarse y se ensayó.
En efecto, aprovechando un día la falta de vigilancia de los claustros,
motivada por suculento banquete y copiosas libaciones con que los
padres celebraban no sé qué fiesta, probé mover el muelle de la cerraja
de mi cárcel con diversos objetos. Cierto lapicero sirvióme de palanca;
cedió el muelle, corrí prestamente el pestillo y salíme de rondón,
cuidando de entornar la puerta. Había descubierto el secreto de comer
diariamente. Al presentarme en casa sorprendí mucho a mi patrona, que
se había acostumbrado ya a suprimir mi parte de la común refacción.
Mas la alegría dura poco en casa de los pobres. A pesar de mi cautela,
averiguáronse mis escapadas, y castigóseme cruelmente, haciéndome
pasar, además, por la afrenta de vestirme de -rey de gallos-.
Se me atavió con grotesca hopalanda y se me tocó con mitra descomunal,
ornada de plumas multicoloras. Parecía un indio bravo. Mi cínica
tranquilidad al ser paseado por entre los camaradas exasperó al padre
Jacinto, que me añadió de propina algunos cachetes y pescozones. Yo le
miraba frío, iracundo, sin pestañear. Mi rencor, o si se quiere, mi
dignidad ultrajada, no me consintió llorar y no lloré. ¿Qué venganza
mejor podía tomar contra mis verdugos?
En los días siguientes cambióse la cerraja, y arreció la vigilancia de
tal manera, que todos mis arbitrios quedaron frustrados.
Recuerdo que un jueves, los buenos de los frailes se olvidaron de
libertarme al anochecer, y así hube de pasar la noche en el aula,
acostado en un banco, tiritando de frío, sin comer ni beber en treinta
y dos horas. Al día siguiente, acabada la clase, dejáronme ir a comer,
excusando el olvido. Ocioso es decir cuánto me irritó la negligencia y
la insensibilidad de mis guardianes.
Yo juré que no me volvería a ocurrir trance semejante; y así, durante
las horas del próximo encierro, díme a imaginar el modo de librarme
de una vez de mis cuotidianas gazuzas. El aula donde se me encerraba
estaba en el piso primero y tenía ancho ventanal, que daba al jardín
del colegio. Subido al estrado, saqué la cabeza por la ventana y
exploré la topografía del jardín, la altura de las tapias y la
posición de los árboles. Este rápido examen sugirióme un plan osado
y peligroso, pero factible, que debía poner en práctica al siguiente
día: consistía en convertir la pared, por debajo de la ventana, en una
especie de escalera de estacas y de grietas, que permitiera descender
desde aquélla hasta lo alto de un emparrado arrimado al muro. Para
realizar mi empresa, cierta noche de luna escalé desde la calle las
tapias del cercado, crucé las calles del huerto y llegué al pie del
edificio enfrente de mi habitual prisión; luego trepé hasta lo alto del
emparrado, y encaramado en un sólido madero, descarné en dos o tres
parajes las junturas de los ladrillos, fijando, para mayor seguridad,
dos cortas estacas a diversas alturas. Mi plan salió perfectamente.
Al siguiente día, y cuando los frailes estaban en el refectorio,
escabullíme apoyando los pies en las grietas y estacas del muro, gané
el jardín, metíme en cierto patio comunicante con éste, y pude, en fin,
reanudar triunfante la salutífera costumbre de comer en casa, con gran
sorpresa de mi tío, que, teniendo pésimos informes de mí, extrañóse de
tan pronto y sincero arrepentimiento. Para evitar sospechas, una vez
saboreado el condumio y antes de que los orondos padres terminaran las
pláticas de sobremesa, me restituía a mi encierro, donde a la tarde me
encontraban con aire tranquilo y resignado.
Transcurrieron así bastantes días sin tropiezo. Estaba orgulloso de
mi invención, en cuya virtud había regularizado el régimen digestivo.
Pero el diablo, que todo lo enreda, hizo que algunos de mis camaradas,
a quienes se condenaba de vez en cuando a la pena de encierro,
averiguasen mi procedimiento de evasión, y se propusieran aprovecharlo,
sin estudiar a fondo el problema. Anticiparon, contra mis consejos,
la hora de la escapatoria, se enredaron en el juego de estacas de la
pared, y cogidos -in fraganti-, precisamente en el momento de ganar el
patio, fueron severamente castigados, confesando su delito y el plan de
ejecución. Y los ingratos delataron al inventor de la traza.
La indignación de los frailes contra mí fué enorme; hablaban de
expulsarme y de formarme consejo de disciplina. Consternado estaba al
barruntar la tempestad que se cernía sobre mi cabeza. Al fin dejé de
asistir a clase y escribí a mi padre lo que pasaba, dándole cuenta del
lastimoso estado a que la forzada abstinencia de cinco meses me habían
reducido, sin ocultarle la necesidad en que me había visto de proveer a
mi alimentación por un medio, pecaminoso ciertamente, pero disculpable
como todo caso de fuerza mayor.
No hay que decir el disgusto de mi padre al conocer mi desaplicación
y el triste concepto en que mis preceptores me tenían. Tentado
estuvo por abandonarme a la indignación de los dómines, caso de que
éstos consintiesen en admitirme en el colegio. Sin embargo, sus
sentimientos de padre se sobrepusieron a todo, y escribió a los
escolapios rogándoles que cediesen algo en sus rigores para conmigo, en
consideración a mi salud gravemente quebrantada por el régimen de los
diarios ayunos y de las correcciones harto contundentes.
Al efecto moral de la carta se juntó también la recomendación verbal de
mi tío, que tenía alguna amistad con los dómines. Los citados ruegos
produjeron alguna impresión; en todo caso cesaron mis encierros. Tuve,
pues, los últimos días del curso, la dicha de alimentarme como todo el
mundo, aunque este nuevo régimen extrañara un tanto al desfallecido
estómago, acostumbrado ya a funcionar por acumulación y a grandes
intervalos, cual molleja de buitre.
Descontado estaba, después de lo dicho, el fatal desenlace de los
exámenes. El -suspenso- era irremisible. Pero a fin de parar el golpe,
si ello era posible, mi progenitor buscó recomendaciones para los
catedráticos del Instituto de Huesca, a quienes incumbía la tarea de
examinar en Jaca. Precisamente uno de ellos era D. Vicente Ventura,
gran amigo suyo. Éste, por entonces redentor mío, estaba agradecido y
obligado a las habilidades quirúrgicas de don Justo, por haber sanado a
su mujer de gravísima dolencia que exigió peligrosa intervención.
Llegado el examen, propusieron los frailes, según era de prever, mi
suspensión; pero los profesores de Huesca, apoyados en un criterio
equitativo, y recordando que habían sido aprobados alumnos tan pigres o
más que yo, lograron mi indulto, no sin que el padre Jacinto protestara
de que se concediera piedad al alumno más peligroso, díscolo e inepto
de la clase.
[Ilustración]
CAPÍTULO X
Mi regreso a Ayerbe. -- Nuevas hazañas bélicas. -- El cañón de madera.
-- Tres días de cárcel. -- El mosquete simbólico.
Cuando regresé a Ayerbe en las próximas vacaciones, mi pobre madre
apenas me reconoció; tal me pusieron las caricias de los dómines y el
régimen de la síntesis alimenticia. De mí podía contarse con verdad
cuanto Quevedo dice en su -Gran Tacaño- de los pupilos del dómine
Cabra. Seco, filamentoso, poliédrica la cara y hundidos los ojos,
largas y juanetudas las zancas, afilados la nariz y el mentón, semejaba
tísico en tercer grado. Gracias a los mimos de mi madre, a la vida
de aire libre y a suculenta alimentación gradualmente intensificada,
recobré luego las fuerzas. Y, viéndome otra vez lustroso y macizo,
volví a tomar parte en las peleas y zalagardas de los chicuelos de
Ayerbe.
En aquel verano mis juegos favoritos fueron los guerreros, y muy
especialmente las luchas de honda, de flecha y de boxeo.
La flecha y la honda parecíanme cosas de chicos; yo aspiraba al cañón
y a la escopeta. Y me propuse fabricarlos fuese como fuese. Para dar
cima a la ardua empresa, tomé un trozo de viga remanente de cierta
obra de albañilería hecha en mi casa, y con ayuda de gruesa barrena
de carpintero, y a fuerza de trabajo y de paciencia, labré en el eje
del tronco un tubo, que alisé después todo lo posible a favor de una
especie de sacatrapos envuelto en lija. Para aumentar la resistencia
del cañón, lo reforcé exteriormente con alambre y cuerda embreada; y a
fin de evitar que, al cebar la pólvora, se ensanchase el oído y saliese
el tiro por encima, guarnecí aquél mediante ajustado canuto de hoja de
lata procedente de alcuza vieja.
Ufano y satisfecho estaba con mi cañón, que alabaron
extraordinariamente los amigos; todos ardíamos en deseos de ensayarlo.
Fué mi intención añadirle ruedas antes de la prueba oficial; pero mis
camaradas no lo consintieron; tan viva era la impaciencia que sentían
por cargarlo y admirar sus formidables efectos.
Después de madura deliberación, decidimos izar el cañón por encima de
las tapias de mi huerto y ensayarlo sobre la flamante puerta de vecino
cercado, puerta que daba a cierto callejón angosto, bordeado de altas
tapias y apenas frecuentado.
Cargóse a conciencia la improvisada pieza de artillería, metiendo
primero buen puñado de pólvora, embutiendo después recio taco y
atiborrando, en fin, el tubo de tachuelas y guijarros. En el oído,
relleno también de pólvora, fué encajada larga mecha de yesca.
Los momentos eran solemnes y la expectación ansiosa. A favor de un
fósforo puesto en un alambre prendí fuego al cebo, hecho lo cual nos
retiramos todos, con el corazón sobresaltado, a esperar, a prudente
distancia, la terrible explosión.
El estampido resultó horrísono y ensordecedor; pero contra los
vaticinios de los pesimistas, el cañón no reventó; antes bien,
desempeñó austera y dócilmente su contundente función. Un ancho boquete
abierto en la puerta nueva, por el cual, airada y amenazadora, asomó
poco después la cabeza del hortelano, nos reveló los efectos materiales
y morales del disparo, que, según presumirá el lector, no fué repetido
aquel día. Excusado es decir que echamos a correr vertiginosamente,
abandonando en la refriega el cuerpo del delito. Gran suerte fué que
la puerta, descompuesta y entorpecida por la lluvia de astillas, no
acertase a girar en seguida, no obstante las furiosas sacudidas del
colérico huertano; gracias a esta circunstancia, le tomamos gran
ventaja en la carrera, aunque no tanta que dejaran de trompicarnos en
las piernas algunas piedras lanzadas por el energúmeno.
Mi travesura tuvo para mí, de todos modos, consecuencias desagradables.
El bueno del labrador querellóse amargamente al alcalde, a quien mostró
la pieza de convicción, o sea el pesado madero con que fué ejecutada la
hazaña.
El monterilla, que tenía también noticias de otras algaradas mías, asió
gustosamente la ocasión que se le ofrecía para escarmentarme; y así,
viniendo a mi casa en compañía del alguacil, dió con mis huesos en la
cárcel del lugar. Esto ocurrió con beneplácito de mi padre, que vió en
mi prisión excelente y enérgico recurso para corregirme; llegó hasta
ordenar se me privase de alimento durante toda la duración del encierro.
Yo protesté durante el camino contra rumores calumniosos que corrían
sobre mí. Casi todos los delitos que se me imputaban habíanlos cometido
otros granujas. No negué el disparo hecho sobre la puerta; pero me
excusé diciendo que no creí jamás producir tamaño destrozo; y en fin,
alegué la falta de equidad que resultaba del hecho de purgar solamente
yo faltas cometidas entre varios camaradas.
Pero no me valieron excusas, e -incontinenti- dióse cumplimiento a
la sentencia municipal. Al oir el rechinamiento del cerrojo, que me
recluía quién sabe hasta cuándo; al sentir el rumor, cada vez más
lejano, de las pisadas de mi carcelero, quebró mi serenidad. Comprendí
al fin que mi encierro constituía formal condena que era forzoso
cumplir. De mi estupor sacáronme luego los pasos de gente que se
acercaba a la cárcel; pronto una caterva de chicos y mujeres se agolpó
al pie de las rejas para contemplar y escarnecer al preso. Esto no lo
pude sufrir y, saliendo de mi apatía, agarré un pedrusco y amenacé con
descalabrar a cuantos se encaramaran en la reja.
Supe entonces, y en bien temprana edad (once años), cuán exactas son
aquellas tan repetidas expresiones con que Cervantes encarece las
molestias que amargan la existencia del prisionero; allí, en efecto,
«toda incomodidad tenía su asiento, y todo triste ruido su natural
habitación».
Libre ya de la rechifla de los curiosos, parecióme tiempo de explorar
el hediondo recinto. Después de asegurarme de la solidez de la puerta
y de la imposibilidad de forzar los cerrojos (exploración instintiva
en todo preso), noté con disgusto que mi lecho se reducía a jergón de
paja mohosa, donde crecían y medraban flora y fauna desbordantes. Aquel
hervor de vida hambrienta puso pavor en mi ánimo. Porque allí extendía
sus oscuros tapices el -aspergillus niger-, y campaban por sus respetos
la pulga brincadora, la noctámbula chinche, el piojo vil, y hasta la
friolera -blata orientalis-, plaga de cocinas y tahonas. Todos estos
comensales, que esperaban hacía meses el siempre aplazado festín,
parecieron estremecerse de gusto al olfatear la nueva presa.
Parecióme simpleza alimentar con mi pellejo a tanto buscón hambriento;
y así, llegada la noche, me tendí sobre las duras losas, en paraje
relativamente limpio. Y aunque asombre mi tranquilidad, confesaré que
dormí algo, a despecho del cosquilleo sentido en el vacío estómago y de
las tristes ideas que cruzaban por mi cabeza.
Así transcurrieron tres o cuatro días. Lo del ayuno, sin embargo,
fué pura amenaza; y no porque mi padre se arrepintiese de la dura
sentencia fulminada, sino por la conmiseración de cierta buenísima
señora conocida nuestra, doña Bernardina de Normante, la cual, de
acuerdo sin duda con mi madre, forzó la severa consigna, enviándome,
desde el siguiente día del encierro, excelentes guisados y apetitosas
frutas. El bochorno de mi situación no fué parte a desairar la cariñosa
solicitud de doña Bernardina; quiero decir que a gloria me supieron las
chuletas, tortas, -sequillos- y -coscaranas-. Con ser muy sincero el
remordimiento que sentía, bien sabe Dios que no me privó del apetito.
De seguro presumirá el paciente lector que el pasado percance me haría
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