de ratones, hacia la que sentían los chicos supersticioso temor y yo miraba como ocasión de esparcimiento, pues me procuraba la calma y recogimiento necesarios para meditar mis travesuras del día siguiente. Allí, en las negruras de la cárcel escolar, sin más luz que la penosamente cernida a través de las grietas de ventano desvencijado, tuve la suerte de hacer un descubrimiento físico estupendo, que en mi supina ignorancia creía completamente nuevo. Aludo a la cámara obscura, mal llamada de Porta, toda vez que su verdadero descubridor fué Leonardo de Vinci. He aquí mi curiosa observación: El ventanillo cerrado de mi prisión daba a la plaza, bañada en sol y llena de gente. No sabiendo qué hacer, me ocurrió mirar al techo, y advertí con sorpresa que tenue filete de luz proyectaba, cabeza abajo y con sus naturales colores, las personas y caballerías que discurrían por el exterior. Ensanché el agujero y reparé que las figuras se hacían vagas y nebulosas; achiqué la brecha del ventano sirviéndome de papeles pegados con saliva, y observé, lleno de satisfacción, que, conforme aquella menguaba, crecía el vigor y detalle de las figuras. Por donde caí en la cuenta de que los rayos luminosos, gracias a su dirección rigurosamente rectilínea siempre que se les obliga a pasar por angostísimo orificio, pintan la imagen del punto de que provienen. Naturalmente mi teoría carecía de precisión, ignorante como estaba de los rudimentos de la óptica. En todo caso, aquel sencillo y vulgar experimento dióme altísima idea de la física, que diputé desde luego como la ciencia de las maravillas. Claro es que tenía en cuenta el portento del ferrocarril, de la fotografía (recientemente inventada por entonces), la aerostación, etc. Y mis entusiasmos, algo instintivos, no me engañaban. Porque a la física somos deudores de la gloriosa civilización europea. Si fuera posible restar del patrimonio del humano saber las leyes y fenómenos de dicha ciencia, el hombre retrocedería bruscamente al estado cavernícola. Por entonces, muy ajeno a las grandiosas perspectivas que abre al espíritu el estudio de las fuerzas naturales, propúseme sacar partido de mi impensado descubrimiento. Y montando sobre una silla entreteníame en calcar sobre papel aquellas vivas y brillantes imágenes que parecían consolar, como una caricia, las soledades de mi cárcel. «¿Qué me importa --pensaba yo-- carecer de libertad? Se me prohibe corretear por la plaza, pero en compensación la plaza viene a visitarme. Todos estos fantasmas luminosos son fiel trasunto de la realidad y mejores que ella, porque son inofensivos. Desde mi calabozo asisto a los juegos de los chicos, sigo sus pendencias, sorprendo sus gestos, y gozo, en fin, lo mismo que si tomara parte en sus diversiones.» Muchas veces he pensado que la dicha está en la contemplación y que toda acción es más o menos dolorosa. ¡Qué hermoso fuera observar a los hombres como el astrónomo observa los astros, sin intervenir para nada en el conflicto de las voluntades! ¡Así debe contemplar Dios a los hombres desde el alto Empíreo! El autor de la Creación dispone quizás también de colosal cámara obscura, tendida allá en las negruras del espacio, en cuyo fondo discierne las imágenes de todos los fenómenos del Cosmos, desde el girar de los mundos hasta el palpitar de los átomos. Si no fuera irreverencia hablar en sentido directo del ojo de Dios, diríamos que posee retina tan vasta, que puede recibir la imagen total del Cosmos; acuidad diferencial tan exquisita, que alcanza a distinguir hasta el -electron- y las partículas del éter (caso de que no sean la misma cosa); tan poderosa capacidad para la apreciación de la tercera dimensión, que ve por transparencia, con su tamaño natural y con su relieve propio, desde los mundos más próximos hasta las más remotas nebulosas. Pero no recaigamos en enfadosas divagaciones. Ufano con mi descubrimiento, tomaba cada día más apego al reino de las sombras. Pero tuve la simplicidad de comunicar mi hallazgo a los camaradas de encierro, los cuales, después de reirse de mi bobería, aseguraron que dicho fenómeno carecía de importancia, por ser -cosa natural- y como juego que hace la luz al entrar en los cuartos obscuros. ¡Cuántos hechos interesantes dejaron de convertirse en descubrimientos fecundos, por haber creído sus primeros observadores que eran -cosas naturales y corrientes-, indignas de análisis y meditación! ¡Oh, la nefasta inercia mental, la -inadmirabilidad- de los ignorantes! ¡Qué de retrasos ha causado en el conocimiento del Universo! Es curioso notar cómo el vulgo que alimenta su fantasía con narraciones de brujas o de santos, sucesos misteriosos y lances extraordinarios, desdeña, por vulgar, monótono y prosaico, el mundo que le rodea, sin sospechar que en el fondo de él todo es arcano, misterio y maravilla. Todos podemos convertir el sainetón, gris, fastidioso y casero, en comedia de alta magia, por cuyo escenario desfilen hadas y gnomos, gigantes y monstruos, ángeles y diablos, Princesas que descienden a Cenicientas y Cenicientas que suben a Reinas. Para operar tan prodigiosa metamorfosis, la ciencia posee una varilla mágica y cierto talismán infalibles: llámanse respectivamente -atención- y -reflexión-. Por lo demás, dejo consignado que mi flamante descubrimiento físico no podía granjearme los honores de la prioridad. Dos siglos antes había sido hecho por el gran Leonardo, que fué no sólo insigne pintor, sino físico ilustre; de presumir es también que, en tiempos más remotos, otros muchos sorprendieran, aunque no publicaran, el sorprendente fenómeno. [Ilustración: Lám. VI, Figs. 9 y 10.--Dos vistas del Castillo de Loarre, objetivo de mis correrías y curioseos arqueológicos durante mi adolescencia. La primera muestra la fortaleza-palacio de Sancho Ramírez, vista desde el Este. La segunda enfoca el mismo tema pero desde más lejos, y fué tomada por mí allá por los años de 1883.] [Ilustración] CAPÍTULO VII Mi traslación a Jaca. -- Las pintorescas orillas del Gállego. -- Mi tío Juan y el régimen vegetariano. -- El latín y los dómines. -- Empeño vano de los frailes en domarme. -- Retorno a los devaneos artísticos. Corría el año 61. Hallándome próximo a cumplir los diez de mi edad, decidió mi padre llevarme a estudiar el bachillerato a Jaca, donde había un Colegio de padres Escolapios, que gozaba fama de enseñar muy bien el latín y de educar y domar a maravilla a los chicos díscolos y revoltosos. Tratada la cuestión en familia, opuse algunos tímidos reparos: dije a mi padre que, sintiendo decidida vocación por la pintura, prefería cursar la segunda enseñanza en Huesca o en Zaragoza, ciudades donde había Escuela de dibujo e Instituto provincial. Añadí que no me agradaba la medicina, ni esperaba, dados mis gustos e inclinaciones, cobrar afición al latín; de que se seguiría perder tiempo y dinero. Pero mi padre no se avino a razones. Mostróse escéptico acerca de mi vocación, que tomó acaso por capricho de muchacho voluntarioso y antojadizo. Dejo ya consignado más atrás que mi padre, intelectualista y practicista a ultranza, estaba muy lejos de ser un sentimental. Se lo estorbaba cierto concepto equivocado del arte, considerado como profesión social. En su sentir, la pintura, la escultura, la música, hasta la literatura, no constituían modos formales de vivir, sino ocupaciones azarosas, irregulares, propias de gandules y de gente voltaria y trashumante, y cuyo término fatal e inevitable no podía ser otro que la pobreza y la desconsideración social. En su concepto, la obsesión artística de algunos jóvenes representa algo así como enfermedad de crecimiento, cuyos síntomas característicos son: tendencia a la holganza y al regalo, aversión a la ciencia y al trabajo metódico y, en fin, indisciplina de la voluntad. Para persuadirme y traerme a lo que él consideraba el mejor camino, contábame historias de conocidos suyos, artistas fracasados, pintores de historia con demasiada -historia- y poco dinero; de literatos que se criaban para genios y cayeron en miserables gacetilleros o en famélicos secretarios de Ayuntamiento de pueblo; de músicos resueltos a emular a Beethoven y Mozart que pararon en derrotados y mugrientos organistas de villorrio. Como última razón, y a guisa de consuelo, prometíame que, cuando fuera médico, es decir, a los veintiún años de edad, asegurada mi situación económica, podría divagar cuanto quisiese por las regiones quiméricas del arte; pero entretanto su deber era proporcionarme modo de vivir honesto y tranquilo, capaz de preservarme de la miseria. No era mi progenitor de los que, tomada una resolución firme, vuelven sobre ella, y menos por las observaciones aducidas por sus hijos. Debí, por tanto, someterme y prepararme al estudio del antipático latín y a trabar conocimiento con los frailes. En los días siguientes, que eran los postreros de Septiembre, escribió mi padre a Jaca, anunciando a unos parientes, tan honrados como laboriosos, la decisión tomada y su deseo de que recibiesen a su hijo, en concepto de pupilo, durante el tiempo que durasen los estudios. La contestación fué afirmativa, según era de suponer dado el parentesco de mi tío Juan, y los motivos de gratitud que le ligaban a mi familia. El excelente tío Juan, hermano de mi madre, era un hábil tejedor de Jaca, en donde gozaba bien cimentada fama de laborioso y de hombre cabal. Pero su situación económica, años antes desahogada, había sufrido recientes reveses, a los que vinieron todavía a añadirse la muerte de su mujer y la escapatoria del hijo mayor, brazo derecho del taller y amparo del anciano. Estas desgracias de familia obligáronle a contraer algunas deudas, siendo mi padre el principal, aunque desinteresado acreedor. Cuento estos detalles para que se comprenda mejor mi especial situación en casa de mi tío. Deseoso mi padre de reintegrarse lo prestado, convino con mi pariente en pagarle un pequeño estipendio mensual por el hospedaje, destinando otra parte del importe de éste a enjugar la deuda. Con tan singular procedimiento de cobro, cometióse grave error; porque si bien la calidad del parentesco y la bondad de mis patrones, alejaba toda sospecha de malos tratos, era imposible que mi tío, escaso de recursos, y no muy bien de salud para trabajar, se sacrificara para procurar a su sobrino, sin compensaciones pecuniarias suficientes, alimentación y regalo que para sí deseara. Dispuesto todo para la partida, despedíme con sentimiento de mis amigos, compañeros de tantas travesuras y desmanes; dije adiós al maestro, a quien tanto había hecho rabiar, y cierta hermosa mañana de Septiembre púseme en camino para la ciudad fronteriza, en compañía de mi padre, que deseaba recomendarme eficazmente a los frailes. Sirviónos de vehículo el carro del ordinario, en el cual y cubriendo el equipaje, habíase extendido mullido colchón. Yo me instalé junto a las lanzas del carro a fin de explorar cómodamente el paisaje. Las dos primeras horas del viaje transcurrieron lentas y tristes. Era la primera vez que abandonaba el hogar y una impresión de vaga melancolía embargaba mi ánimo. Pensaba en los sollozos de mi madre al desgarrarse de su hijo y en los consejos con que trató de inculcarme el cariño y obediencia a mis tíos y el respeto y veneración a mis futuros maestros. Poco a poco fué cediendo mi tristeza. El instinto y la curiosidad de lo pintoresco se sobrepusieron a mi languidez. El camino, algo monótono desde Ayerbe a Murillo, se hace muy interesante desde esta población hasta Jaca. Durante gran parte del trayecto, la carretera serpentea por las orillas del Gállego, cuyas rápidas corrientes marchan, en unos puntos, someras y desparramadas, mientras que en otros se concentran y precipitan tumultuosamente por entre acantilados gigantes, medio ocultas en angostas gargantas. No me cansaba de admirar los mil detalles pintorescos que los recodos del camino y cada altura, penosamente ganada, permitía describir. Entre otros accidentes del panorama, quedaron profundamente grabados en mi retina: los gigantes -mallos- de Riglos, que semejan columnatas de un palacio de titanes; el bloque rocoso de Lapeña, que amenaza desplomarse sobre el pueblo, al pie del cual corre, embutido en profundísimo canal, el rumoroso Gállego; el elevado y sombrío monte Pano, cuya formidable cima asoma por Occidente, no lejos de Anzánigo; y por último, el sombrío y fantástico Uruel, de roja cimera, que domina el valle de Jaca, y semeja colosal esfinge, que guarda la entrada del valle del Aragón. [Ilustración: Lám. VII, Fig. 11.--El monte Uruel (Jaca), visto por el Poniente. La proximidad del punto de vista impide reconocer la forma y apreciar la grandiosidad de esta montaña, que sólo aparece bien desde el llano de Jaca, es decir, contemplada por el Norte.] Mi curiosidad complacíase sobremanera en presencia de tan hermosas perspectivas; y así no cesaba de pedir a mi padre, que conocía a palmos el terreno, noticias detalladas sobre los ríos, aldeas y montañas, cerca de las cuales pasábamos. No sólo satisfizo mi curiosidad, sino que me contó multitud de anécdotas y episodios de su juventud transcurridos en aquellos lugares, y algunos sucesos históricos de que las orillas del Gállego fueron teatro en la funesta primera guerra civil. Llegados a Jaca e instalados en casa de mi tío, fué la primera providencia de mi padre presentarme a los reverendos Escolapios, a quienes me recomendó encarecidamente. Encargóles que vigilaran severamente mi conducta y me castigaran sin contemplaciones en cuanto diera para ello el menor motivo. El Director del Colegio dió plena seguridad a mi padre acerca de este punto, y para tranquilizarle nos presentó al padre Jacinto, profesor de primero de Latín, que era por entonces el terrible -desbravador- de la Comunidad y a quien, según fama, no se había resistido ningún rebelde. A la verdad, yo me alarmé algo, sólo un poco, al contemplar la estatura ciclópea, los anchísimos hombros y macizos puños del dómine, que parecía construído expresamente para la doma de potros bravíos. Y me limité a decir para mi capote: «Allá veremos». Días después sufrí el examen de ingreso, que satisfizo plenamente a los frailes; fué tan lisonjero el éxito, que me consideraron como el alumno mejor preparado para la segunda enseñanza. Tranquilo mi padre por el buen giro que tomaban las cosas, y esperanzado de que yo pagaría con una aplicación nunca desmentida los afanes y sacrificios que se imponía, regresó a Ayerbe y yo quedé entregado a mi santa voluntad, que era como quedar entregado al diablo mismo. Dejo apuntado ya que mi tío era muy anciano y estaba achacoso; vivía casi solitario, pues de sus dos hijos sólo el pequeño, mi primo Timoteo, a la sazón aprendiz en una fábrica de chocolate, le acompañaba. Absorbido en su telar, cuidaba poco de la casa, que abandonaba al manejo de vieja criada. Los conocimientos culinarios de esta buena mujer no podían ser más sumarios ni mejor encaminados a evitar el despilfarro y la indigestión. Las coles, nabos y patatas constituían los platos fundamentales y de resistencia; de vez en cuando, comíamos carne; pero en justa compensación abundaban las gachas de maíz, llamadas allí -farinetas-, que era una bendición. Días hubo que nos sirvió tres veces gachas y, a fin de evitar la monotonía, nuestra patrona, que no carecía de imaginativa, dió en la flor de asar las -farinetas- sobrantes del almuerzo; con cuyo ingenioso arbitrio convirtióse el engrudo de maíz en un plato nuevo, tan original como vistoso, que podía pasar, con algo de buena voluntad, por aristocrático -pudding-. Nuestro postre habitual eran manzanas, fruta de que se cultivan en Jaca variedades excelentes. Los días de fiesta nos reservaba la patrona grata sorpresa: añadía a las plebeyas gachas suculentos chicharrones. ¡Eran de ver los gestos de contrariedad que hacíamos mi primo y yo cuando la ciega lotería del cucharón nos agraciaba con sólo un premio, reservando la mayoría de los sabrosos tropezones para otros comensales! Hambre, sin embargo, no pasábamos. Cuando nuestro estómago insatisfecho exigía algún suplemento, hallábamosle en los montones de las sabrosas manzanas del granero y en la improvisación de un plato de patatas al natural, que preparábamos asando estos tubérculos sobre el rescoldo y adobando la amarilla y jugosa miga con algunos granos de sal y gotas de vinagre. Merced al régimen de las farinetas y a los ayunos de castigo de que más adelante hablaré, quedé hecho un espárrago. Creo que hasta mis facultades mentales declinaron bastante. Dijérase que el engrudo de maíz se me embebió en la cabeza y ocupó el lugar de los sesos; pues, según veremos luego, los buenos de los frailes se vieron y se desearon para imprimir en ellos algunos pocos latines. Debo añadir que al final de aquel año el trato de mis patrones mejoró muchísimo. Uno de mis primos, Victoriano Cajal, regresado de sus correrías, se estableció en el hogar de sus padres, contrayendo poco después matrimonio con doncella sumamente bondadosa e inteligente. Con aquel inesperado refuerzo, el gobierno de la casa entró en orden y el -menú- se hizo más variado y suculento. No sabría decir yo si el vacío de afecciones y la excesiva sequedad de mis maestros exacerbaron mis rebeldías nativas y dieron al traste con promesas formales. Algo debieron influir quizá; imagino, sin embargo, que no fueron condición única de mis extravíos. La -loca de la casa- con que mi padre no había contado y que de día en día iba exaltándose, a pesar del régimen enervante de las gachas y de los diarios castigos, contribuyó mucho a mi creciente desaplicación. Retoñaron, pues, vigorosamente mis delirios artísticos. Cobré odio a la Gramática latina, en donde no veía sino un chaparrón abrumador de reglas desautorizadas por infinitas excepciones, que había que meter en la cabeza, quieras que no, a porrazo limpio, como clavo en pared. Desazonábame también esa aridez desconsoladora del estilo didáctico, seco y enjuto, cual carretera polvorienta en verano. Con la citada antipatía hacia la Gramática, inauguróse en mí esa lucha sorda y tenaz, física y moral entre el cerebro y el libro, en la cual lleva éste siempre la peor parte; porque de los sabios preceptos del texto pocos o ninguno penetran en el alma; pero, en cambio, las divagaciones y ensueños de la fantasía entran a saco, sin compasión, en las hojas del texto, cuyas márgenes se cubren de una vegetación parásita de versos, paisajes, episodios guerreros y regocijadas caricaturas. Mis textos latinos --el Cornelio Nepote, el Arte poética de Horacio, etc.-- vencidos en esta batalla, transformáronse rápidamente en álbums donde mi desbordante imaginación depositaba diariamente sus estrafalarios engendros. Y como las márgenes de los libros resultaban harto angostas para contener holgadamente todas mis alegres «-escapadas al ideal-», más de una vez me decía: «¡Lástima de Gramática que no fuera todo márgenes!» Pero si mi Nebrija no me enseñaba nada, aprovechaba, en cambio, para divertir a mis camaradas. En cuanto llegaba yo a clase, rodeábanme los golosos de las ilustraciones del texto, que corría de mano en mano y era más zarandeado y sobado que rueda de barquillero. [Ilustración] CAPÍTULO VIII El padre Jacinto, mi dómine de latín. -- Cartagineses y romanos. -- El régimen del terror. -- Mi aversión al estudio. -- Exaltación de mi fiebre artística y romántica. -- El río Aragón, símbolo de un pueblo. No trato de disculpar mis yerros. Confieso paladinamente que del mal éxito de mis estudios soy el único responsable. Mi cuerpo ocupaba un lugar en las aulas, pero mi alma vagaba continuamente por los espacios imaginarios. En vano los enérgicos apóstrofes del profesor, acompañados de algún furibundo correazo, me llamaban a la realidad y pugnaban por arrancarme a mis distracciones; los golpes sonaban en mi cabeza como aldabonazo en casa desierta. Todos los bríos del padre Jacinto, que hizo -mi caso- cuestión de amor propio, fracasaron lastimosamente. Hecha esta confesión, séame lícito declarar también que en mi desdén por el estudio entró por algo el desacertado sistema de enseñanza y el régimen de premios y castigos usados por los padres Escolapios. Como único método pedagógico, reinaba allí el -memorismo- puro. Preocupábanse de crear cabezas almacenes en lugar de cabezas pensantes. Forjar una individualidad mental; consentir que el alumno, sacrificando la letra al espíritu, se permitiera cambiar la forma de los enunciados... eso, ni por pienso. Allí, según ocurre todavía hoy en muchas aulas, sabía solamente la lección quien la recitaba fonográficamente, es decir, disparándola en chorro continuo y con gran viveza y fidelidad; no la sabía, y era, por ende, severamente castigado aquel a quien se le paraba momentáneamente el chorro, o titubeaba en la expresión, o cambiaba el orden de los enunciados. A guisa de infalibles estimulantes de los tardos empleábanse, en lugar de los inocentes palitos de pasa aconsejados para aliviar la memoria, el puntero, la correa, las disciplinas, los encierros, los reyes de gallos y otros medios coercitivos y afrentosos. Como se ve, el viejo adagio -la letra con sangre entra-, reinaba entre aquellos buenos padres sin oposición; y lo singular del caso era que la sangre corría, pero la letra no entraba por ninguna parte. En cambio penetraba en nosotros aversión decidida a la literatura latina y odio inextinguible a los maestros. Así se perdía del todo esa intimidad cordial, mezcla de amistad y de respeto, entre maestro y discípulos, sin la cual la labor educadora constituye el mayor de los martirios. Cometería grave injusticia si dijera que todos los frailes aplicaban, con igual rigor, los citados principios pedagógicos; teníamos dómines humanos y hasta cariñosos y simpáticos. Pero yo no tuve la dicha de alcanzarlos, porque regentaban asignaturas de los últimos cursos y vime forzado, por causas de que luego hablaré, a abandonar la escuela calasancia en el segundo. Entre estos maestros simpáticos recuerdo al padre Juan, profesor de Geografía y excelente pedagogo. Éste no pegaba, pero en cambio sabía excitar y retener nuestra curiosidad. Obedeciendo, sin duda, a la regla del -perfecto amolador-, que consiste en hacer la primera afiladura del cuchillo con la piedra de asperón más basta, para acabar de repasarlo con las más finas y suaves, el claustro de Jaca encargó muy sabiamente el desbaste de los alumnos del primer año al más áspero desbravador de inteligencias. Tocónos, en efecto, a los pobretes del primer curso de latín el más severo de todos los frailes, el padre Jacinto, de quien hablé ya en el anterior capítulo. Era natural de Egea y estaba en posesión de los bríos y acometividad característicos de los matones de las Cinco Villas. Su voz corpulenta y estentórea atronaba la clase y sonaba en nuestros oídos cual rugido de león. Bajo el poder de este Herodes, caímos unos 40 infelices muchachos, llegados de distintos pueblos de la montaña, y nostálgicos aún de las caricias maternales. Ya desde la primera conferencia, en que planteó clara y expresivamente su sistema de enseñanza, y nos anunció las virtudes del -gato de siete colas-, comprendimos que las tiernas y suaves reconvenciones maternas no iban a tener en el padre Jacinto un continuador. Dividiónos en dos bandos o grupos, llamados de -cartagineses y romanos-, según rezaban unos letreros puestos en alto en cada lado del aula. Tocóme en suerte ser -cartaginés-, y acredité bien pronto el nombre según lo que me zurraba Scipión, quiero decir, el terrible dómine, capaz él sólo de acabar con todos los cartagineses y romanos. Para mí, pues, todos los días se tomaba Cartago, sin que llegasen nunca los triunfos de Aníbal y menos las delicias de Capua. Acobardados por aquel régimen de terror, entrábamos en clase temblando, y en cuanto comenzaban las conferencias, sentíamos pavor tal, que no dábamos pie con bolo. ¡Pobre del que se trabucaba en la conjugación de un verbo o del que balbuceaba en la declinación del -quinam quaenam-, -quodnam- o del no menos estrafalario -quicumque-! Los correazos caían sobre él a modo de aguacero, aturdiéndole cada vez más y paralizando su retentiva. ¡Cuántas veces, caído a los pies de mi verdugo, que blandía amenazadora su potente correa, maldije de los bárbaros del Norte, que no supieron acabar con el latín, como acabaron con los latinos! Al abandonar el aula, nuestras caras irradiaban júbilo inmenso, la alegría bulliciosa de la liberación; sin considerar ¡pobretes! que al día siguiente debía renovarse la tortura, entregando nuestras muñecas, no bien deshinchadas aún de los bergantes del día anterior, a la terrible correa del dómine. El educador que comienza demasiado pronto a castigar corre el riesgo de no acabar jamás de castigar. El empleo exclusivo de la violencia, sin las prudentes alternativas de la bondad, de la indulgencia y aun del halago, embota rápidamente la sensibilidad física y moral y mata en el niño todo resto de pundonor y de dignidad personal. A fuerza de oirse llamar -torpe-, acaba por creer que lo es, e imagina que su torpeza carece de remedio. Tal me ocurrió a mí y a muchos de mis camaradas. Insultados, azotados y vejados desde los primeros días, y viendo que era casi imposible evitar aquella furiosa racha de malos tratos, puesto que se renovaba por la más pequeña falta, hubimos de aceptar filosóficamente nuestro papel de pigres y de víctimas, buscando nuestro remedio en la consabida acomodación fisiológica al castigo. En nuestra ingenuidad, creíamos que la mejor manera de vengarnos del verdugo era hacer lo contrario de lo que aconsejaba y quería. Aparte mis distracciones, adolecía de un defecto fatal: mi retentiva verbal era algo infiel; faltóme siempre --y de ello hablaré más adelante-- esa viveza y limpidez de palabra característica de los temperamentos oratorios. Y para colmo de desgracia, dicha premiosidad exagerábase enormemente con la emoción. En cambio, mi memoria de ideas, sin ser notable, era bastante aceptable y regular mi comprensión. Mi padre había ya reparado en ello. Por lo cual solía prevenir a mis preceptores, diciéndoles: --Tengan ustedes cuidado con el chico. De concepto lo aprenderá todo; pero no le exijan ustedes las lecciones al pie de la letra, porque es corto y encogido de expresión. Discúlpenle ustedes si en las definiciones cambia palabras, empleando voces poco propias. Déjenle explicarse, que él se explicará--. Desgraciadamente, pocos profesores tuvieron en cuenta tan prudentes avisos; ¡jamás aguardaron, para juzgarme, a que me explicara!... El mal nace --según nota muy bien Herbert Spencer-- de que el maestro debiera ser un buen psicólogo, cuando, por desgracia, no es otra cosa, por punto general, que recitador torpe y rutinario. Mero portavoz de la tradición y simple receptáculo de ideas y de frases hechas, propende, por ley de herencia, a ejecutar en sus discípulos la mala obra que sus maestros le hicieron. Y al hablar así, aludimos no sólo a mis maestros de Jaca, sino a la mayoría de nuestros Institutos docentes. Pero de este grave defecto hablaré más adelante. Corolario de esta doctrina pedagógica es cierta equivocada apreciación de las aptitudes: estimar como cualidades positivas y dignas de loa la sugestibilidad y el automatismo nervioso; y como atributos negativos que piden corrección y vituperio, la espontaneidad del pensamiento y el espíritu crítico. Es común en estos maestros rutinarios tomar la viveza por despejo, la retentiva por recto juicio y la docilidad por virtud. No he de negar yo, ciertamente, que la agilidad de la palabra y la retentiva tenaz y pronta asócianse, a veces, a un entendimiento privilegiado; es más, estimo que no hay talento superior que no nutra sus raíces en el terreno de excelente memoria; pero, conforme la experiencia acredita, es también frecuente hallar divorciadas ambas facultades, y aun desenvueltas en proporción inversa; circunstancia que no se escapó a nuestro Huarte, el cual, en su -Examen de ingenios-, hace notar ya que los jóvenes dotados de gran retentiva y que aprenden fácilmente los idiomas, suelen gozar de mediano entendimiento para las ciencias y la filosofía. Fácil sería recordar otros testimonios, el de Locke, por ejemplo. He consignado varias veces el pavor que nos infundía el padre Jacinto. Aunque sea insistiendo una vez más en el tema, recordaré cierto suceso que acredita cuánta era la fuerza de aquel patagón con sotana. A un infeliz, llamado Barba, que, amedrentado y aturdido, había contestado no sé qué desatino, descargóle el dómine tan formidable trompada, que lanzó al cuitado, a guisa de proyectil, contra una pizarra, distante lo menos tres metros; la violencia del choque derribó el encerado, rompió el caballete que lo sostenía, y del rebote de aquél y del volar de las astillas, quedaron mal parados dos pobres muchachos más. Todos los días había contusiones y equimosis. Hasta se contaba que años antes, de resultas de formidable paliza, había fallecido un estudiante. Ignoro si esto fué cierto: lo que me consta es que muchos padres se quejaban del mal trato recibido por sus hijos, y amenazaban con recurrir a la autoridad judicial. [Ilustración: Lám. VIII, Figs. 12 y 13.--Vistas de Jaca. La primera muestra la muralla de Jaca por el lado del Este, con una de las puertas principales. La segunda presenta el paseo que rodea la muralla, punto habitual de las correrías de los chicos.] Ocioso es decir que semejante régimen de intimidación y de castigos rigurosos daba resultados contraproducentes. Nuestra conducta empeoraba de día en día. Se nos acostumbraba demasiado al bochorno y se embotaba el pundonor. Caíamos tan bajo que perdíamos la esperanza y hasta el deseo de elevarnos. Para aquellos educandos, el educador no era ya el guía paternal que conoce el buen camino, sino el adversario que abusaba de sus fuerzas y de cuya superioridad física sólo podíamos vengarnos con la impasibilidad y la desobediencia. Digan lo que quieran los partidarios de la ortopedia moral, el llamamiento amistoso a la conciencia del discípulo, el empleo discreto y preferente del halago y de la persuasión, con alegación de los motivos racionales de cada mandato y, sobre todo, la confianza fingida o real en el talento potencial del niño, talento que sólo espera ocasión propicia para manifestarse, constituyen recursos pedagógicos muy superiores a los castigos corporales. * * * * * Afortunadamente, yo tenía en el cultivo del arte y en la contemplación de la naturaleza grandes consuelos. En presencia de aquella decoración de ingentes montañas que rodean la histórica ciudad del Aragón, olvidaba mis bochornos, desalientos y tristezas. Porque el panorama del valle de Jaca es uno de los más bellos y variados que nos ofrece la cordillera pirenaica. Al Norte cierra el horizonte, elevándose majestuosamente el Pirineo, coronado de perpetuas nieves; al Oeste, apartado de la ciudad por fértil y amena llanura, asoma su robusta cabeza el monte Pano, en cuya ladera occidental, regada más de una vez con agarena sangre, se abre la cueva sagrada que fué antaño cuna y altar de la independencia aragonesa; del lado oriental se columbran las montañas de Biescas, por cima de las cuales emergen, cubiertos de blanco sudario, los Picos de Panticosa y Sallent; y hacia el Mediodía, cerrando el paso de las tibias auras de la tierra llana, yérguese hasta las nubes el fantástico Uruel, mudo testigo de las legendarias hazañas de la raza, y cuya roja cabeza parece mirar obstinadamente al Sur, como señalando al duro almogávar el camino de las gloriosas empresas. La ciudad misma tenía para mí inefables encantos. Gustábame saborear las bellezas de su vieja catedral, discurrir por lo alto de las murallas y explorar torreones y almenas. ¡Cuántas veces, subido en lo alto de un baluarte, y avizorando la llanura, a guisa de vigía medioeval, por las angostas ballesteras, daba rienda suelta a mis ensueños, y me consolaba de mi soledad sentimental!... De cuando en cuando, la aparición de una friolera lagartija o el vuelo del milano sacábame del ensimismamiento, despertando mis aficiones de naturalista. Para estas correrías de tejas arriba, dábame grandes facultades la casa de mi patrón, cuyo huerto lindaba con un torreón de la muralla, medio derruido y fácil de escalar. * * * * * Como es natural, en Jaca hallé también amigos y camaradas con quienes compartir juegos y travesuras. País extremadamente frío el jaquense, nuestra diversión favorita consistía, durante el invierno, en arrojarnos a la cabeza bolas de nieve, en cuya diversión tomaban parte hasta las señoritas, que disparaban sus proyectiles a mansalva desde ventanas y balcones. Cuando los glaciales cierzos del Enero amontonaban grandes taludes de nieve junto a las murallas, nuestro predilecto deporte consistía en socavar en el espesor de aquélla corredores y aposentos. Otras veces, con nieve apretada, construíamos casas, roqueros castillos y cavernas de trogloditas y esquimales. El hábito de bregar diariamente con nieves y carámbanos, bien pronto me hizo insensible al frío, endureciendo mi piel y adaptándome perfectamente al riguroso clima montañés. [Ilustración: Lám. IX, Figs. 14 y 15.--La primera copia la calle principal de Jaca, con el edificio de la alcaldía. La segunda presenta el río Aragón, bordeado de huertas; allá en el fondo asoma un pico del Pirineo, el Coll de Ladrones, desgraciadamente muy achicado por el objetivo fotográfico, que tiene, según es sabido, el defecto de empequeñecer notablemente los últimos planos.] Sin embargo, los juegos en cuadrilla no me interesaban tanto como los paseos y excursiones solitarias. Una de mis jiras predilectas era bajar al río Aragón, corretear por los bordes de su profundo y peñascoso cauce, remontando la corriente hasta que me rendía el cansancio. Sentado en la orilla, embelesábame contemplando los cristalinos raudales y atisbando a través del inquieto oleaje los plateados pececillos y los pintados guijarros del álveo. Más de una vez, enfrente de algún peñasco desprendido de la montaña, intenté, aunque en vano, copiar fielmente en mi álbum los cambiantes fugitivos de las olas y las pintadas piedras que emergían a trechos, cubiertas de verdes musgos. A menudo, tras largas horas de contemplación, caía en dulce sopor: el suave rumor del oleaje y el tintineo de las gotas al resbalar sobre los guijarros, paralizaban mi lápiz, anublaban insensiblemente mis ojos y creaban en mi cerebro un estado de subconciencia propicio a las fantásticas evocaciones. El murmullo de la corriente adquiría poco a poco el timbre de trompa guerrera; y el susurro del viento parecía traer de las azules playas del pasado la voz de la tradición, henchida de heroicas gestas y de doradas leyendas... --Éste es --exclamaba-- el río sagrado del solar aragonés; el que fecundó las tierras conquistadas por nuestros antepasados; el que dió nombre a un gran pueblo y hoy simboliza aún toda su historia. Nacido en los valles del Pirineo por la fusión de neveras y la afluencia de fríos veneros, crece caudaloso por el valle de Jaca y desagua generosamente en el Ebro. Así la raza montañesa, que vegetó humilde, pero valerosa y libre, en los angostos valles pirenaicos, corrió en el ancho cauce de la patria aragonesa, a su vez desembocada también, a impulsos de altos móviles políticos, en el dilatado mar de la patria española. Sus frías corrientes templaron el acero de los héroes de la reconquista: ellas son acaso las que, circulando por nuestras venas, templan el resorte de la voluntad obstinada de la raza... Mi aspiración suprema era remontar el río sagrado, descubrir sus fuentes e -ibones- y escalar las cimas del Pirineo, tentación perenne a mi codicia de panoramas nuevos y de horizontes infinitos. «¿Qué habrá allí --me preguntaba a menudo-- tras esos picos gigantes, blancos, silenciosos e inmutables? ¿Se verá Francia quizá, con sus verdes montañas, sus fértiles valles y sus bellísimas ciudades? ¡Quién sabe si desde la ingente cumbre del -Coll de Ladrones- o de la cresta divisoria del -Sumport- no aparecerán lagos cristalinos y serenos bordeados por altísimos cantiles de pintada roca, por cuyos escalones se despeñen irisadas cascadas! ¡Qué asuntos más cautivadores para un lápiz romántico!»... Por desgracia, ni tenía dinero ni libertad para emprender tan largas excursiones. Aquella curiosidad insana me atormentaba cual una obsesión. Y tan resuelto estaba a saciar mi frenética pasión por la montaña, que en una ocasión me aventuré por la carretera de Canfranc y llegué por encima de Villanua, al pie del célebre Coll de Ladrones. Pero, cercana la noche e informado por un pastor de que faltaban aún cuatro horas lo menos para ganar la cima, tuve el disgusto de renunciar a la empresa, regresando mustio y cariacontecido. Otra vez me propuse trepar hasta la cresta del Uruel; mas sólo pude ganar, falto de tiempo, las primeras estribaciones cubiertas de selvas seculares. En mi ansia de locas aventuras, hubiera dado cualquier cosa por topar con algún oso o jabalí descomunales, o siquiera con inofensivo corzo; por desgracia, defraudado en mis esperanzas, volvíme a casa despeado, sudoroso, hambriento, derrotado de ropa y zapatos, y lo que más me desconsolaba, sin poder contar a los amigos ningún lance extraordinario. De alguna otra excursión harto más larga y cómoda, como por ejemplo, la hecha a San Juan de la Peña, trataremos en más oportuna ocasión. [Ilustración] CAPÍTULO IX Continúan mis distracciones. -- Los encierros y ayunos. -- Expedientes usados para escaparme. -- Mis exámenes. -- Retorno a Ayerbe y vuelta a las andadas. Dejo apuntado ya en otra parte, que no sentía la menor afición por los estudios llamados clásicos, y singularmente por el latín, la filología y la gramática. Vivía aún en esa dichosa edad en que el niño siente más admiración por las obras de la Naturaleza que por las del hombre; época feliz cuya única preocupación es explorar y asimilarse el mundo exterior. Mucho tiempo debía transcurrir aún antes de que esta fase contemplativa de mi evolución mental cediera su lugar a la reflexiva, y pudiera el intelecto, maduro para la comprensión de lo abstracto, gustar de las excelencias y primores de la literatura clásica, las matemáticas y la filosofía. Esta sazón llegó también; pero muy tardíamente, como veremos más adelante. Por entonces, pues, más que el insufrible martilleo de las conjugaciones y las enrevesadas reglas de la construcción latina, atraíanme, según dejo consignado, los pintorescos alrededores de la ciudad, cuya topografía general, (carreteras, caminos, senderos, ríos, ramblas, fuentes, regatos y regajos) y flora y fauna, llegué a saber al dedillo. Hombre de tesón el padre Jacinto, había dado palabra solemne de domar el potro y se propuso cumplirla a todo trance. Se imponía, empero, un cambio de plan. Vista la inutilidad de los castigos, contra los cuales hallábame perfectamente vacunado, acordaron los dómines ensayar conmigo la pena del ayuno. Todas mis faltas constaban en un libro especial llevado por uno de los alumnos mimados, el primero del bando de los cartagineses. Desgraciadamente, mis débitos crecían de continuo, y, no pudiendo ser liquidados sino a razón de ayuno por día, temióse fundadamente que el curso entero sería insuficiente para enjugar el déficit. Al objeto, pues, de aligerar la deuda, conmutáronse algunos ayunos por sendas tandas de correazos y aun por exhibiciones afrentosas; mas todos los arbitrios fueron vanos. Estábamos en Abril y mi deuda apenas había disminuído, no obstante lo macizo de mis espaldas y las torturas de mi estómago. Cada día, como dejo dicho, debía cumplir una condena. Al acabar la clase se me encerraba en el aula, quedándome sin comer hasta la noche. Poco a poco me transformé en comensal -veinticuatreno-, con harto contento de la cocinera, que se despachaba conmigo con sólo la cena. Al principio, mi estómago protestó algo; mas, siguiendo el ejemplo de mi piel, acabó por acomodarse. De enmienda, Dios la dé. ¡Qué digo! Ocurrió todo lo contrario. Discurriendo con la lógica del pigre, consideré que, llegado al límite de la pena, igual daba pecar por uno que por ciento. Y puesto que el resultado irremediable --el temible -suspenso--- teníalo ya descontado, acabé por echarme la vergüenza a la espalda, y díme con furia a enredar y hablar en clase, a distraer a mis camaradas con caricaturas grotescas, y a tramar, en fin, todo género de burlas y desafueros. Con todo eso, transcurridos algunos meses del citado régimen dietético, reflexioné si no sería posible retornar alguna vez al ritmo alimenticio natural, comiendo a medio día como todo el mundo, y evitando así la -dilatación- estomacal, obligada consecuencia de concentrar en un solo envase y en un solo plato, más o menos recalentado, las materias de dos yantares y de dos digestiones: la cosa merecía ensayarse y se ensayó. En efecto, aprovechando un día la falta de vigilancia de los claustros, motivada por suculento banquete y copiosas libaciones con que los padres celebraban no sé qué fiesta, probé mover el muelle de la cerraja de mi cárcel con diversos objetos. Cierto lapicero sirvióme de palanca; cedió el muelle, corrí prestamente el pestillo y salíme de rondón, cuidando de entornar la puerta. Había descubierto el secreto de comer diariamente. Al presentarme en casa sorprendí mucho a mi patrona, que se había acostumbrado ya a suprimir mi parte de la común refacción. Mas la alegría dura poco en casa de los pobres. A pesar de mi cautela, averiguáronse mis escapadas, y castigóseme cruelmente, haciéndome pasar, además, por la afrenta de vestirme de -rey de gallos-. Se me atavió con grotesca hopalanda y se me tocó con mitra descomunal, ornada de plumas multicoloras. Parecía un indio bravo. Mi cínica tranquilidad al ser paseado por entre los camaradas exasperó al padre Jacinto, que me añadió de propina algunos cachetes y pescozones. Yo le miraba frío, iracundo, sin pestañear. Mi rencor, o si se quiere, mi dignidad ultrajada, no me consintió llorar y no lloré. ¿Qué venganza mejor podía tomar contra mis verdugos? En los días siguientes cambióse la cerraja, y arreció la vigilancia de tal manera, que todos mis arbitrios quedaron frustrados. Recuerdo que un jueves, los buenos de los frailes se olvidaron de libertarme al anochecer, y así hube de pasar la noche en el aula, acostado en un banco, tiritando de frío, sin comer ni beber en treinta y dos horas. Al día siguiente, acabada la clase, dejáronme ir a comer, excusando el olvido. Ocioso es decir cuánto me irritó la negligencia y la insensibilidad de mis guardianes. Yo juré que no me volvería a ocurrir trance semejante; y así, durante las horas del próximo encierro, díme a imaginar el modo de librarme de una vez de mis cuotidianas gazuzas. El aula donde se me encerraba estaba en el piso primero y tenía ancho ventanal, que daba al jardín del colegio. Subido al estrado, saqué la cabeza por la ventana y exploré la topografía del jardín, la altura de las tapias y la posición de los árboles. Este rápido examen sugirióme un plan osado y peligroso, pero factible, que debía poner en práctica al siguiente día: consistía en convertir la pared, por debajo de la ventana, en una especie de escalera de estacas y de grietas, que permitiera descender desde aquélla hasta lo alto de un emparrado arrimado al muro. Para realizar mi empresa, cierta noche de luna escalé desde la calle las tapias del cercado, crucé las calles del huerto y llegué al pie del edificio enfrente de mi habitual prisión; luego trepé hasta lo alto del emparrado, y encaramado en un sólido madero, descarné en dos o tres parajes las junturas de los ladrillos, fijando, para mayor seguridad, dos cortas estacas a diversas alturas. Mi plan salió perfectamente. Al siguiente día, y cuando los frailes estaban en el refectorio, escabullíme apoyando los pies en las grietas y estacas del muro, gané el jardín, metíme en cierto patio comunicante con éste, y pude, en fin, reanudar triunfante la salutífera costumbre de comer en casa, con gran sorpresa de mi tío, que, teniendo pésimos informes de mí, extrañóse de tan pronto y sincero arrepentimiento. Para evitar sospechas, una vez saboreado el condumio y antes de que los orondos padres terminaran las pláticas de sobremesa, me restituía a mi encierro, donde a la tarde me encontraban con aire tranquilo y resignado. Transcurrieron así bastantes días sin tropiezo. Estaba orgulloso de mi invención, en cuya virtud había regularizado el régimen digestivo. Pero el diablo, que todo lo enreda, hizo que algunos de mis camaradas, a quienes se condenaba de vez en cuando a la pena de encierro, averiguasen mi procedimiento de evasión, y se propusieran aprovecharlo, sin estudiar a fondo el problema. Anticiparon, contra mis consejos, la hora de la escapatoria, se enredaron en el juego de estacas de la pared, y cogidos -in fraganti-, precisamente en el momento de ganar el patio, fueron severamente castigados, confesando su delito y el plan de ejecución. Y los ingratos delataron al inventor de la traza. La indignación de los frailes contra mí fué enorme; hablaban de expulsarme y de formarme consejo de disciplina. Consternado estaba al barruntar la tempestad que se cernía sobre mi cabeza. Al fin dejé de asistir a clase y escribí a mi padre lo que pasaba, dándole cuenta del lastimoso estado a que la forzada abstinencia de cinco meses me habían reducido, sin ocultarle la necesidad en que me había visto de proveer a mi alimentación por un medio, pecaminoso ciertamente, pero disculpable como todo caso de fuerza mayor. No hay que decir el disgusto de mi padre al conocer mi desaplicación y el triste concepto en que mis preceptores me tenían. Tentado estuvo por abandonarme a la indignación de los dómines, caso de que éstos consintiesen en admitirme en el colegio. Sin embargo, sus sentimientos de padre se sobrepusieron a todo, y escribió a los escolapios rogándoles que cediesen algo en sus rigores para conmigo, en consideración a mi salud gravemente quebrantada por el régimen de los diarios ayunos y de las correcciones harto contundentes. Al efecto moral de la carta se juntó también la recomendación verbal de mi tío, que tenía alguna amistad con los dómines. Los citados ruegos produjeron alguna impresión; en todo caso cesaron mis encierros. Tuve, pues, los últimos días del curso, la dicha de alimentarme como todo el mundo, aunque este nuevo régimen extrañara un tanto al desfallecido estómago, acostumbrado ya a funcionar por acumulación y a grandes intervalos, cual molleja de buitre. Descontado estaba, después de lo dicho, el fatal desenlace de los exámenes. El -suspenso- era irremisible. Pero a fin de parar el golpe, si ello era posible, mi progenitor buscó recomendaciones para los catedráticos del Instituto de Huesca, a quienes incumbía la tarea de examinar en Jaca. Precisamente uno de ellos era D. Vicente Ventura, gran amigo suyo. Éste, por entonces redentor mío, estaba agradecido y obligado a las habilidades quirúrgicas de don Justo, por haber sanado a su mujer de gravísima dolencia que exigió peligrosa intervención. Llegado el examen, propusieron los frailes, según era de prever, mi suspensión; pero los profesores de Huesca, apoyados en un criterio equitativo, y recordando que habían sido aprobados alumnos tan pigres o más que yo, lograron mi indulto, no sin que el padre Jacinto protestara de que se concediera piedad al alumno más peligroso, díscolo e inepto de la clase. [Ilustración] CAPÍTULO X Mi regreso a Ayerbe. -- Nuevas hazañas bélicas. -- El cañón de madera. -- Tres días de cárcel. -- El mosquete simbólico. Cuando regresé a Ayerbe en las próximas vacaciones, mi pobre madre apenas me reconoció; tal me pusieron las caricias de los dómines y el régimen de la síntesis alimenticia. De mí podía contarse con verdad cuanto Quevedo dice en su -Gran Tacaño- de los pupilos del dómine Cabra. Seco, filamentoso, poliédrica la cara y hundidos los ojos, largas y juanetudas las zancas, afilados la nariz y el mentón, semejaba tísico en tercer grado. Gracias a los mimos de mi madre, a la vida de aire libre y a suculenta alimentación gradualmente intensificada, recobré luego las fuerzas. Y, viéndome otra vez lustroso y macizo, volví a tomar parte en las peleas y zalagardas de los chicuelos de Ayerbe. En aquel verano mis juegos favoritos fueron los guerreros, y muy especialmente las luchas de honda, de flecha y de boxeo. La flecha y la honda parecíanme cosas de chicos; yo aspiraba al cañón y a la escopeta. Y me propuse fabricarlos fuese como fuese. Para dar cima a la ardua empresa, tomé un trozo de viga remanente de cierta obra de albañilería hecha en mi casa, y con ayuda de gruesa barrena de carpintero, y a fuerza de trabajo y de paciencia, labré en el eje del tronco un tubo, que alisé después todo lo posible a favor de una especie de sacatrapos envuelto en lija. Para aumentar la resistencia del cañón, lo reforcé exteriormente con alambre y cuerda embreada; y a fin de evitar que, al cebar la pólvora, se ensanchase el oído y saliese el tiro por encima, guarnecí aquél mediante ajustado canuto de hoja de lata procedente de alcuza vieja. Ufano y satisfecho estaba con mi cañón, que alabaron extraordinariamente los amigos; todos ardíamos en deseos de ensayarlo. Fué mi intención añadirle ruedas antes de la prueba oficial; pero mis camaradas no lo consintieron; tan viva era la impaciencia que sentían por cargarlo y admirar sus formidables efectos. Después de madura deliberación, decidimos izar el cañón por encima de las tapias de mi huerto y ensayarlo sobre la flamante puerta de vecino cercado, puerta que daba a cierto callejón angosto, bordeado de altas tapias y apenas frecuentado. Cargóse a conciencia la improvisada pieza de artillería, metiendo primero buen puñado de pólvora, embutiendo después recio taco y atiborrando, en fin, el tubo de tachuelas y guijarros. En el oído, relleno también de pólvora, fué encajada larga mecha de yesca. Los momentos eran solemnes y la expectación ansiosa. A favor de un fósforo puesto en un alambre prendí fuego al cebo, hecho lo cual nos retiramos todos, con el corazón sobresaltado, a esperar, a prudente distancia, la terrible explosión. El estampido resultó horrísono y ensordecedor; pero contra los vaticinios de los pesimistas, el cañón no reventó; antes bien, desempeñó austera y dócilmente su contundente función. Un ancho boquete abierto en la puerta nueva, por el cual, airada y amenazadora, asomó poco después la cabeza del hortelano, nos reveló los efectos materiales y morales del disparo, que, según presumirá el lector, no fué repetido aquel día. Excusado es decir que echamos a correr vertiginosamente, abandonando en la refriega el cuerpo del delito. Gran suerte fué que la puerta, descompuesta y entorpecida por la lluvia de astillas, no acertase a girar en seguida, no obstante las furiosas sacudidas del colérico huertano; gracias a esta circunstancia, le tomamos gran ventaja en la carrera, aunque no tanta que dejaran de trompicarnos en las piernas algunas piedras lanzadas por el energúmeno. Mi travesura tuvo para mí, de todos modos, consecuencias desagradables. El bueno del labrador querellóse amargamente al alcalde, a quien mostró la pieza de convicción, o sea el pesado madero con que fué ejecutada la hazaña. El monterilla, que tenía también noticias de otras algaradas mías, asió gustosamente la ocasión que se le ofrecía para escarmentarme; y así, viniendo a mi casa en compañía del alguacil, dió con mis huesos en la cárcel del lugar. Esto ocurrió con beneplácito de mi padre, que vió en mi prisión excelente y enérgico recurso para corregirme; llegó hasta ordenar se me privase de alimento durante toda la duración del encierro. Yo protesté durante el camino contra rumores calumniosos que corrían sobre mí. Casi todos los delitos que se me imputaban habíanlos cometido otros granujas. No negué el disparo hecho sobre la puerta; pero me excusé diciendo que no creí jamás producir tamaño destrozo; y en fin, alegué la falta de equidad que resultaba del hecho de purgar solamente yo faltas cometidas entre varios camaradas. Pero no me valieron excusas, e -incontinenti- dióse cumplimiento a la sentencia municipal. Al oir el rechinamiento del cerrojo, que me recluía quién sabe hasta cuándo; al sentir el rumor, cada vez más lejano, de las pisadas de mi carcelero, quebró mi serenidad. Comprendí al fin que mi encierro constituía formal condena que era forzoso cumplir. De mi estupor sacáronme luego los pasos de gente que se acercaba a la cárcel; pronto una caterva de chicos y mujeres se agolpó al pie de las rejas para contemplar y escarnecer al preso. Esto no lo pude sufrir y, saliendo de mi apatía, agarré un pedrusco y amenacé con descalabrar a cuantos se encaramaran en la reja. Supe entonces, y en bien temprana edad (once años), cuán exactas son aquellas tan repetidas expresiones con que Cervantes encarece las molestias que amargan la existencia del prisionero; allí, en efecto, «toda incomodidad tenía su asiento, y todo triste ruido su natural habitación». Libre ya de la rechifla de los curiosos, parecióme tiempo de explorar el hediondo recinto. Después de asegurarme de la solidez de la puerta y de la imposibilidad de forzar los cerrojos (exploración instintiva en todo preso), noté con disgusto que mi lecho se reducía a jergón de paja mohosa, donde crecían y medraban flora y fauna desbordantes. Aquel hervor de vida hambrienta puso pavor en mi ánimo. Porque allí extendía sus oscuros tapices el -aspergillus niger-, y campaban por sus respetos la pulga brincadora, la noctámbula chinche, el piojo vil, y hasta la friolera -blata orientalis-, plaga de cocinas y tahonas. Todos estos comensales, que esperaban hacía meses el siempre aplazado festín, parecieron estremecerse de gusto al olfatear la nueva presa. Parecióme simpleza alimentar con mi pellejo a tanto buscón hambriento; y así, llegada la noche, me tendí sobre las duras losas, en paraje relativamente limpio. Y aunque asombre mi tranquilidad, confesaré que dormí algo, a despecho del cosquilleo sentido en el vacío estómago y de las tristes ideas que cruzaban por mi cabeza. Así transcurrieron tres o cuatro días. Lo del ayuno, sin embargo, fué pura amenaza; y no porque mi padre se arrepintiese de la dura sentencia fulminada, sino por la conmiseración de cierta buenísima señora conocida nuestra, doña Bernardina de Normante, la cual, de acuerdo sin duda con mi madre, forzó la severa consigna, enviándome, desde el siguiente día del encierro, excelentes guisados y apetitosas frutas. El bochorno de mi situación no fué parte a desairar la cariñosa solicitud de doña Bernardina; quiero decir que a gloria me supieron las chuletas, tortas, -sequillos- y -coscaranas-. Con ser muy sincero el remordimiento que sentía, bien sabe Dios que no me privó del apetito. De seguro presumirá el paciente lector que el pasado percance me haría , 1 , 2 . 3 4 , , 5 , 6 , 7 . , 8 , 9 . 10 11 : 12 , . , 13 , 14 , , 15 . 16 ; 17 , , 18 , , , 19 . 20 , 21 , 22 . , 23 . , 24 , 25 . 26 , 27 ( ) , , . 28 , , . 29 . 30 31 , . 32 33 , 34 , 35 . 36 37 , , . 38 39 « ¿ - - - - ? 40 , 41 . 42 , . 43 , , 44 , , , 45 . » 46 47 48 . ¡ 49 , 50 ! ¡ 51 ! 52 , 53 , 54 , 55 . 56 , , 57 ; , 58 - - ( 59 ) ; 60 , , 61 , 62 . . 63 64 , 65 . 66 , , , 67 , - 68 - 69 . ¡ 70 , 71 - - , 72 ! ¡ , , - - 73 ! ¡ ! 74 75 76 , , 77 , , , , 78 , . 79 , , , 80 , , 81 , , 82 . 83 , 84 : - - - - . 85 86 , 87 . 88 , , 89 ; , , 90 , , 91 . 92 93 [ : . , . . - - 94 , 95 . - 96 , . 97 , . ] 98 99 100 101 102 [ ] 103 104 105 106 107 108 109 . - - . - - 110 . - - . - - 111 . - - . 112 113 114 . , 115 , 116 , 117 118 . , 119 : , 120 , , 121 . 122 , , 123 , ; 124 . 125 126 . 127 , 128 . 129 130 , 131 , . 132 , 133 . , , , , 134 , , 135 , , 136 , 137 . , 138 139 , : 140 , 141 , , . 142 143 , 144 , , 145 - - ; 146 147 ; 148 149 . , , , 150 , , , 151 , 152 ; 153 , . 154 155 , , 156 , . , 157 , 158 . 159 160 , , 161 , , 162 , , 163 , . 164 , 165 , . 166 167 , , 168 , 169 . , , 170 , 171 , 172 . 173 , , 174 . 175 176 177 . , 178 179 , . 180 181 , ; 182 , 183 , , 184 , , 185 , , 186 . 187 188 , 189 , ; 190 , , 191 , 192 , . 193 194 , 195 , . 196 . 197 198 . 199 200 . 201 202 203 . 204 205 . 206 . 207 208 , , 209 . 210 , , 211 , , , 212 213 , . 214 215 216 , , . 217 , 218 : - - , 219 ; , 220 , , , 221 ; , 222 , ; , 223 , , 224 , , 225 . 226 227 [ : . , . . - - ( ) , 228 . 229 , 230 , , . ] 231 232 233 ; , 234 , , , 235 . , 236 237 , 238 239 . 240 241 , 242 , 243 . 244 245 . 246 247 248 , , 249 , - - 250 , , 251 . , , , 252 , , 253 . 254 : « » . 255 256 , 257 ; , 258 . 259 260 , 261 262 , 263 , 264 . 265 266 ; 267 , , 268 , , 269 . , , 270 . 271 272 . 273 274 , 275 ; , ; 276 , - - , 277 . 278 , , , 279 , - - 280 ; 281 , , , 282 , - - . 283 , . 284 285 : 286 . ¡ 287 288 , 289 ! 290 291 , , . 292 , 293 294 , 295 296 . 297 298 299 , . 300 . 301 ; , 302 , 303 . 304 305 306 . , , 307 , , 308 . 309 , 310 - - . 311 312 313 314 . ; , , 315 . - - 316 , 317 , 318 . 319 320 , , . 321 , 322 , 323 , , , . 324 , 325 , . 326 327 , 328 , , 329 ; 330 ; , , 331 , , 332 , 333 , , 334 . 335 336 - - , , 337 . - - , 338 339 . 340 « - 341 - » , : « ¡ 342 ! » 343 344 , , , 345 . , 346 , 347 . 348 349 350 351 352 [ ] 353 354 355 356 357 358 359 , . - - . - - 360 . - - . - - 361 . - - , . 362 363 364 . 365 . 366 , 367 . , 368 , 369 ; 370 . , 371 - - , . 372 373 , 374 375 . 376 377 , - - . 378 379 . ; , 380 , 381 . . . , . , 382 , 383 , , 384 ; , , , 385 , 386 , . 387 388 , 389 , 390 , , , , 391 . 392 393 , - - , 394 ; 395 , . 396 397 . 398 , , , 399 . 400 401 , 402 , ; 403 . 404 , 405 , , 406 . 407 , . , 408 . 409 410 , , - - , 411 412 , , 413 414 . 415 416 , , 417 , , 418 . 419 420 . 421 . , 422 , 423 , . 424 425 , 426 , - 427 - , 428 . 429 430 , - 431 - , 432 . - - , 433 , , 434 , . 435 , , , 436 . 437 438 , , 439 , , 440 . ¡ 441 - - , 442 - - - - ! 443 , 444 . 445 446 ¡ , , 447 , , 448 , ! 449 450 , , 451 ; ¡ ! 452 , , 453 , 454 . 455 456 457 . , 458 , 459 , 460 . 461 - - , , 462 . . 463 , , 464 , 465 , 466 , 467 . 468 , 469 . 470 471 , : 472 ; - - 473 - - 474 . , 475 . , , 476 , . 477 . 478 , : - - . 479 ; 480 , . 481 , 482 . , - - . , 483 ; ¡ 484 , , ! . . . 485 486 - - - - 487 , , , , 488 , . 489 , , 490 , 491 . , 492 , . 493 . 494 495 496 : 497 ; 498 , 499 . 500 , . 501 502 , , 503 , , 504 ; , 505 ; , 506 , 507 , ; 508 , , - - , 509 510 , 511 . , 512 , . 513 514 . 515 , 516 . 517 , , , , 518 , , 519 , , , 520 ; , 521 , 522 , . 523 524 . 525 , , . 526 : 527 , 528 . 529 530 [ : . , . . - - . 531 , 532 . , 533 . ] 534 535 536 . 537 . 538 . 539 . , 540 , 541 542 . 543 , 544 , 545 , 546 , , 547 , 548 , 549 . 550 551 * * * * * 552 553 , 554 . 555 , 556 , . 557 558 559 . 560 , , 561 ; , , 562 , , 563 , 564 ; 565 , 566 , , ; 567 , 568 , , 569 , 570 , 571 . 572 573 . 574 , 575 . ¡ , 576 , , 577 , , 578 , ! . . . 579 , 580 , . 581 , 582 , , 583 . 584 585 * * * * * 586 587 , 588 . , 589 , , 590 , 591 , 592 . 593 , 594 595 . , , , 596 . 597 , 598 , 599 . 600 601 [ : . , . . - - 602 , . 603 , ; 604 , , 605 , , , 606 . ] 607 608 , 609 . 610 , 611 , . 612 , 613 614 . , 615 , , , 616 617 , . 618 619 , , : 620 621 , , 622 623 . 624 ; 625 , 626 . . . 627 628 - - - - - - ; 629 ; 630 . 631 632 , 633 . , , 634 , , 635 , , 636 , . 637 : 638 , , 639 . . . 640 641 , 642 - - , 643 . « ¿ 644 - - - - , 645 , ? 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