a parar, esta vez no como médico director, sino como modesto -caso
clínico-.
Allí, en un destartalado pabellón destinado a los oficiales enfermos,
pude una vez más reconocer la irremediable ineficacia de la caridad
oficial. Aun en los establecimientos benéficos mejor organizados, el
doliente siéntese siempre algo abandonado material y espiritualmente;
fáltale siempre esa tierna y vigilante solicitud de que sólo la madre
o la esposa poseen el secreto. Por imperio del hábito, hermanas
de la caridad, enfermeros y practicantes adquieren pronto cierta
insensibilidad ante el dolor ajeno, amén del acompasamiento rutinario
que el egoísmo del enfermo atribuye a la indiferencia o al despego.
Además, el paciente ansía privilegios; quisiera ser foco de la
general preocupación; hallar, en fin, en torno suyo el suave afecto
de sensibilidades vírgenes, no embotadas aún por la diaria batalla
contra el dolor. Pero ello es casi imposible, como lo es también que
las angustiosas peripecias de la enfermedad se ajusten a los horarios
administrativos.
Por mi parte, acostumbrado a ser bastante mal atendido en San Isidro,
soportaba con relativa resignación mi soledad sentimental. No así mis
vecinos inmediatos, entre ellos cierto teniente coronel, de carácter
violento, el cual juraba y se exasperaba cuando las hijas de la caridad
no acudían inmediatamente a sus apuros. En su irritación, dicho
jefe --enfermo de tuberculosis grave-- dió en la manía de llamar a tiros
de revólver... Por cierto que al oir la primera vez el estampido,
creímos todos que se había suicidado o que había herido a algún
enfermero demasiado gandul. Yo procuraba calmarle y, en la medida de
mis posibilidades físicas, acudía a sus llamadas para apagar su sed
devoradora y administrarle medicinas.
Transcurridas algunas semanas, mejoré lo bastante para abandonar el
Hospital y trasladarme a Puerto Príncipe. Gracias a mi brigadier
bienhechor, la nueva instancia había surtido efecto. Mas para obtener
la licencia absoluta a título de inutilizado en campaña, era requisito
inexcusable sufrir reconocimiento facultativo. Efectuóse, pues, en
Puerto Príncipe, dando por resultado el diagnóstico de -caquexia
palúdica grave-, incompatible con todo servicio.
Cumplida tal formalidad, y noticioso de que el Capitán general accedía
al -adelanto- de la licencia[46], tomé la vuelta de la Habana, donde
debía cobrar mis atrasos, obtener el pasaporte y esperar el vapor.
[46] La orden de anticipo de la licencia absoluta se expidió con
fecha de 15 de Mayo de 1875. El pasaporte es de 21 de Mayo de
1875; en él se hace constar que, hallándome enfermo, mi traslado
a la Península corre a cargo de la Administración militar.
Como -inutilizado en campaña- tenía derecho a pasaje gratuito. Pero
mis apuros económicos eran grandes. Se me debían ocho o nueve pagas. A
causa de la orgía administrativa reinante, corría riesgo de pasar en
la Habana un par de meses, ocupado en la liquidación de mis haberes,
cuando precisamente mi estado exigía la más rápida repatriación.
A fin de prevenir tan grave contratiempo, un mes antes tuve la
previsión de escribir a mi padre. En la carta pintábale sinceramente
mi aflictiva situación y le rogaba el envío de dinero. Llegada la
letra, y ya más tranquilo, consagréme a gestionar del Habilitado el
cobro de mis atrasos. Al pronto rehusó pagarme, a pretexto de que la
consignación del último trimestre no había sido hecha efectiva; pero,
a fuerza de súplicas y porfías, conseguí liquidar mis haberes, no sin
dejar en las garras del aprovechado funcionario un 40 y hasta un 50 por
100 del importe de aquéllos. Así y todo junté cerca de 600 pesos, con
que enjugué pequeñas deudas, y adquirí lo necesario para el viaje de
retorno.
[Ilustración]
CAPÍTULO XXV
Me traslado a la Habana, donde recaigo de mi dolencia. -- Mi regreso
en el vapor -España-. -- Cadáveres de soldados arrojados al mar. --
Tahures trasatlánticos. -- El amor y el paludismo. -- Vuelta al estudio
de la Anatomía.
Días antes de zarpar el vapor, y cuando obraban en mi poder el
pasaporte y el billete para el viaje, sufrí un ataque de disentería
aguda. ¡Un naufragio a la vista del puerto!... ¡Qué angustias devoré al
verme nuevamente postrado en el lecho, sin amigos que me atendieran, y
precisamente en el ansiado momento de la liberación!...
Por fin, la Providencia apiadóse de mí. Y aprovechando, impaciente,
cierta débil mejoría, embarquéme precipitadamente en el vapor -España-
con rumbo a Santander. Conmigo abandonaron la Isla también muchos
soldados inutilizados en campaña. Los infelices estaban enfermos
como yo; pero, más desventurados, viajaban en tercera, hacinados
en montón y sometidos a régimen alimenticio insuficiente o poco
reparador. Yo me complacía en cuidarlos, procurándoles medicamentos y
alentando sus esperanzas. Algunos de aquellos desgraciados hijos del
pueblo fallecieron durante la travesía. ¡Qué desgarrador espectáculo
contemplar con el alba el lanzamiento de los cadáveres al mar!... Por
fortuna, otros enfermos mejoraban a ojos vistas. Al alivio cooperaban
la pureza del aire y la ausencia de nuevas infecciones; pero obraban
con superior eficacia estos dos supremos tónicos espirituales:
la esperanza de ver pronto el sol de la patria, y la alegría de
incorporarse al seno de la familia.
Yo fuí uno de los rápidamente aliviados por el ambiente puro del mar.
A mi arribo a Santander era otro hombre: comía con apetito, estaba sin
fiebre y podía corretear por la ciudad montañesa. ¡Me había salvado!...
Quedábame sólo cierta demacración alarmante y la palidez pajiza de la
anemia.
Después de ofrecer semejante cuadro de tristeza, bien será dar una
nota amena. Fué nuestro país siempre el fecundo solar del hampa y
de la picaresca. Quevedo podría escribir hoy, si resucitara, sus
más graciosas jácaras. En esto no hemos degenerado todavía. Por
consiguiente, en un trasatlántico español, donde se dan cita todas las
clases sociales, no podían faltar, además de hembras de vida alegre y
ejemplares típicos de petardistas de oficio y empleados concusionarios,
algunos genuinos representantes de aquella castiza fullería tan
perfectamente retratada por nuestros escritores del siglo de oro.
Tocóme precisamente ser compañero de camarote de uno de estos jugadores
de ventaja, el cual no tenía más ocupación ni granjería que ir y venir
continuamente de España a Cuba, a fin de limpiar, en unión de otros
compinches y con los mejores modos posibles, la bolsa de los -indianos-
opulentos, de los comerciantes con ahorros y de los jefes y generales
con pacotilla.
Nuestro elegante tahúr viajaba siempre en primera, lucía en sus dedos
enormes solitarios, colgaba el reloj de aparatosa leontina y vestía
con esa fastuosidad presuntuosa y cursi característica del plebeyo
enriquecido. Desde el primer día fingió compadecerse de mi desgracia;
y deseando protegerme y proporcionarme distracciones adecuadas a mi
estado, invitóme amablemente a una partida de banca, en la cual,
gracias a las habilidades de mi generoso mentor, debía yo ganar
infaliblemente.
--Yo no tallo nunca --decíame con ademán modesto--; limitóme no más a
apuntar a una carta pequeñas cantidades. Sólo cuando a las cuatro o
cinco manos conozco, por las señales del dorso, unos cuantos naipes --y
éste es mi secreto--, hago puestas de importancia, ganando siempre.
Y, como yo moviera la cabeza en señal de incredulidad, añadió:
--¡No sea usted criatura!... En cuanto me vea usted cargar de firme a
una carta, acompáñeme con lo que tenga. De seguro que en una sesión se
gana usted tres o cuatro mil pesos.
Excusado es decir que mi ladino consejero perdía lastimosamente el
tiempo. Aparte el recelo que siempre he sentido hacia las personas
deseosas de protegerme, sin saber a punto fijo si merezco su
protección, jamás he tenido la superstición de la -suerte-. Ni sentí
nunca eso que Virgilio calificaba con la tan sobada expresión: -auri
sacra fames-. En mi sentir, los negocios de la vida marchan y se
desenlazan con arreglo a una lógica inexorable y absolutamente limpia
de toda influencia mística.
Pensaba, y pienso además, que sólo existe una fuente racional y segura
de prosperidad económica: el trabajo intenso, fecundado por la cultura
intelectual. Lejos de compadecer al perdidoso en el juego, le considero
como estafador frustrado, o cual gandul codicioso, a quien todos
deberíamos desear, con la ruina fulminante, el definitivo ingreso en
la categoría profesional de faquín, mandadero o chulo, categoría de
que le apartaron el azar de un apellido ilustre o ventajas sociales
inmerecidas.
Pronto me felicité de mi desconfianza. Varios comerciantes ricos,
invitados como yo a -coincidir- en las puestas con el citado gancho,
quedaron perfectamente desplumados. Los infelices habían liquidado en
pocas sesiones de timba veinte años de trabajo honrado y de austeras
economías. A uno de ellos tuvimos que costearle hasta el bote que le
condujo al muelle. El pobrete perdió 15 o 20.000 duros, caudal con que
pensaba establecerse en su pueblo y hacer la felicidad de la familia.
Mi llegada a Santander debió ocurrir hacia el 16 de Junio de 1875.
Una nube de mujeres nos rodeó, disputándose nuestros equipajes.
Impresionóme muy agradablemente el paisaje de la Montaña, cuya frondosa
vegetación sólo hallé comparable con la de Cuba. Por referencias de
varias personas supe con disgusto que España sólo poseía una estrecha
faja de clima francamente europeo: desde el litoral cantábrico hasta la
cordillera limitante de las altas mesetas castellanas. El resto deja no
poco que desear, desde el punto de vista del régimen pluvial[47].
[47] Más adelante (creo que en 1876) hice breve excursión al
Mediodía de Francia en compañía de antiguo camarada (hijo
del Sr. Choliz, de Valpalmas), que se educaba en Oloron para
el comercio. Penetramos en el territorio galo por Sumport y
visitamos Pierrefitte, Oloron y Pau. La sorpresa recibida
al contemplar la excepcional riqueza del suelo francés fué
indescriptible. Al observar aquellos frondosos trigales, donde
podía ocultarse un hombre puesto de pie; las praderas, verdes y
mojadas hasta en Agosto; los frutales y hortalizas prosperando
sin riego; la holgura y bienestar del campesino, cuyas aseadas y
cómodas viviendas tanto contrastan con la ruindad y pobreza de
las habitadas por nuestros labriegos; la proximidad y riqueza
de villas y ciudades populosas, etc., tuve por primera vez la
melancólica visión de las causas físicas de la secular debilidad
de España. Sólo entonces empecé a comprender su accidentada
historia y a explicarme, no su decadencia (porque esto constituye
mero tópico gratuito de neos y progresistas), sino su radical
impotencia para luchar, tanto en el terreno de las armas como en
el de la concurrencia científica, industrial y comercial, con la
próspera y poderosa Francia y demás naciones europeas, que gozan
de geografía y meteorología más afortunadas.
De paso para Madrid, visité Burgos, admirando su maravillosa catedral
y sus interesantes monasterios de las -Huelgas- y de la -Cartuja-.
Y después de descansar un par de días en la Corte, tuve al fin la
indecible felicidad de regresar a Zaragoza y de abrazar a mis padres y
hermanos. Halláronme amarillo, demacrado, con un aspecto doliente que
daba pena. ¿Qué hubieran dicho si me contemplan dos meses antes?...
Aunque no recobré la antigua -pujanza- ni logré sacudir enteramente
la -anemia palúdica-, repusiéronme mucho el aire de la tierra,
alimentación suculenta y los irreemplazables cuidados maternales. De
tarde en tarde, recidivaba la fiebre; pero ahora la quinina mostrábase
más eficaz.
Mejorado, pues, en lo posible, había que pensar en el porvenir.
Debía rehacer mi vida, derivándola otra vez hacia el viejo cauce. Mi
padre, enérgico siempre conmigo, continuaba señalándome el rumbo del
profesorado como el ideal más conforme con mis estudios y aficiones, ya
que mis disposiciones para la clínica dejaban harto que desear. Ni mi
salud, bastante achacosa, consentía el esfuerzo físico que supone el
servicio de la clientela urbana, donde el joven doctor debe estrenarse
precisamente con clientes de cuarto piso o de guardilla.
* * * * *
A propósito de mi aspecto enfermizo y a guisa de entreacto agridulce,
voy a contar el primero de mis desengaños amorosos.
Poco antes de ingresar en el Ejército, entablé relaciones con cierta
señorita huérfana, agradable y bien educada. Sus cartas recibidas
durante las campañas de Cataluña y Cuba constituían para mí dulce
consuelo.
Regresado a España, visité inmediatamente a mi novia, que vivía al
lado de su tía, único pariente que la quedaba. Recibióme bien, pero
sin la efusión y alborozo esperados por mí después de cerca de tres
años de relaciones y de tan prolongada ausencia. Y, en las sucesivas
entrevistas, su reserva y frialdad se acentuaron de modo inquietante.
Naturalmente, dada mi situación de enfermo y licenciado distaba yo
bastante de ser lo que se llama un -buen partido-. Con mi malhadado
viaje a Ultramar había perdido la salud y mi carrera. Érame, pues,
forzoso abrirme de nuevo camino en la vida. Y el asunto iba para largo.
Asaltáronme, por consiguiente, dudas atormentadoras acerca del
verdadero estado sentimental de mi novia. ¿Era aversión, indiferencia o
afecto real, aunque contenido por los mandatos de la buena educación?
¿Tendría acaso otro pretendiente?
Para disipar de una vez mi incertidumbre, resolví hacer un experimento
decisivo. Las palabras fingen; pero los gestos, como instintivos
que son, dicen siempre la verdad. Mi plan era tan sencillo como
irreverente. Consistía en averiguar cómo reaccionaría mi prometida
ante la impresión de un ósculo furtivo. Habida cuenta de su excesiva
pudibundez, la prueba revestía caracteres de extrema gravedad.
Reconozco que el -beso- deja bastante que desear como reactivo del
amor. Y más tratándose de ósculos improvisados, superficiales y
puramente epidérmicos. A propósito de lo cual recuerdo ahora la
ingeniosa clasificación de base estrictamente anatómica dada por
cierto médico francés, que apreciaba el valor sentimental del beso
conforme a la siguiente gradación: besos -cutáneo-cutáneos-, besos
-mucoso-cutáneos- y besos -mucoso-mucosos-. Yo no juzgué prudente
comenzar por el núm. 3.º de la escala, sino por el 1.º Así y todo,
practiqué la prueba con indecible pavor. ¡Como que era el primer beso
dado por mí a una mujer, no obstante mis veintitrés años cumplidos!...
Cierto día, tras largo rato de coloquio lánguido y anodino, llegó
el trágico momento. Al despedirme, reuní todo mi valor; me acerqué
irrespetuosamente a mi novia y estampé bruscamente en su faz el ósculo
consabido...
Mi prometida palideció súbitamente; lanzó un grito de indignación y
retiró rápidamente el rostro. El pudor ofendido coloreó sus mejillas, y
lo que fué para mí altamente significativo, hizo gestos de instintiva
repugnancia, casi de asco. Y con voz alterada exclamó: «Me ofende usted
gravemente con sus audaces incorrecciones. Sepa usted que mi educación
y mis creencias me impiden tolerar estas cosas; y aunque no me lo
prohibieran, me lo prohibiría la prudencia, porque hay hombres tan mal
caballeros que son capaces de contar en los corrillos del café las
debilidades y complacencias de sus novias...»
Anonadado quedé al escuchar tan crueles palabras. Formulé algunas
balbucientes excusas; le dí automáticamente la mano; dirigí melancólica
mirada a aquella estancia donde habían transcurrido tantas horas
felices; tomé la puerta y no volví más. ¡Para qué!...
La prueba resultó concluyente. Para aquella mujer yo era un pobre
enfermo y, además, ¡quién lo pensara!, un felón. Hallaba justificado
y loable que señorita virtuosa y austera repudiara manifestaciones
harto expresivas de amante atolondrado; excusaba, por instintiva y
profundamente humana, la repugnancia hacia el enfermo; pero al alma me
llegó el que una dama me creyera tan mal caballero. Ciertas villanías
sólo pueden pensarse cuando la imagen del amante apenas ocupa lugar
en el corazón femenino. Además, una doncella discreta y enamorada
hubiera encontrado razones más suaves e indulgentes para corregir las
demasías --llamémoslas así-- de un novio de sobra impetuoso.
Más adelante supe por tercera persona que mi novia estaba completamente
desilusionada. La compasión más que el amor la ligaban a su prometido.
Disgustábale mi carácter, que le parecía excesivamente brusco y
violento (y en ello exageraba), y desconfiaba de mi salud, harto
quebrantada. Convengamos en que la perspectiva de viudez prematura en
plena pobreza tiene poco de agradable. Como diría Schopenhauer, hablaba
en ella el -genio de la especie-, que tiene siempre razón.
Véase, pues, cómo el -protozoario- del paludismo contraído en servicio
de la patria me dejó, primero, sin sangre, y, después, sin novia.
Afortunadamente, no todas las mujeres son tan cuerdas y fríamente
calculadoras. Hay también criaturas angelicales con vocación de
Hermanas de la Caridad, que, antes de rechazar un rostro pálido y unos
ojos hundidos, se preguntan si no sería posible y hasta éticamente
bello restaurar a fuerza de ternura y maternales cuidados una salud
quebrantada y devolver un hombre a la sociedad. Y frecuentemente lo
consiguen.
El desengaño fué grande, pero no incurable, por fortuna. Caí pronto
en la cuenta de que no estaba yo para noviazgos. Mi problema, como
el problema de España, según Costa, era de -escuela y despensa-. Y
de -botica-, agregaría yo. Importaba, ante todo, restaurar energías
físicas perdidas; estudiar de firme y labrarme un porvenir. Y esto sólo
podría conseguirse siguiendo el camino trazado por mi padre. Lo demás
se me daría por añadidura.
[Ilustración: Lám. XVIII, Figs. 24 y 25.--Retratos del autor hechos en
Zaragoza, repuesto ya del paludismo. El primero corresponde a la época
de mi auxiliaría en la Facultad; el segundo es uno o dos años posterior
(1876) y fué tomado por mi amigo H. Villuendas cuando me preparaba para
oposiciones a cátedras.]
Frecuenté, pues, nuevamente el anfiteatro; reconciliéme con los
abandonados libros de Anatomía e Histología y comencé mi preparación
para oposiciones a cátedras.
Mientras tanto, y gracias a la buena amistad del doctor D. Jenaro
Casas, se me nombró por la -Comisión mixta de estudios médicos-
Ayudante interino de Anatomía, con 1.000 pesetas de haber anual[48].
Dos años después (28 de Abril de 1877), cuando la Facultad de Medicina
de Zaragoza adquirió carácter oficial, recibí el nombramiento de
-Profesor auxiliar interino-, cargo que durante aquellos tiempos (la
Facultad hallábase en vías de renovación) daba mucho que hacer por las
numerosas cátedras vacantes. Ocasiones hubo en que tuve que explicar
tres lecciones diarias. Con esos cargos y el producto de algunos
repasos privados de Anatomía ganaba lo bastante para no ser enteramente
gravoso a la familia.
[48] Por entonces la Facultad de Medicina de Zaragoza no
era todavía oficial, estando sostenida conjuntamente por la
Diputación y el Ayuntamiento. Una Comisión de concejales
y diputados provinciales regía los estudios y expedía las
credenciales. Mi nombramiento lleva la fecha de 10 de Noviembre
de 1875.
Tenía yo nobles ambiciones. Aunque luchando con un carácter
excesivamente apocado y retraído, aspiraba a ser algo, a emerger
briosamente del plano de la mediocridad, a vindicar (si ello era
posible) a mi patria y, dentro de mi modesta esfera, del juicio severo,
tantas veces repetido por nacionales y extranjeros, de no haber
colaborado en la obra magna del conocimiento científico. Y firme en
este anhelo patriótico --que todos mis compañeros estimaban pura locura,
cuando no pretensión petulante--, trabajé por alcanzar el modesto pasar
y el ocio tranquilo indispensables para mis ambiciosos proyectos. Esta
-aurea mediocritas- cifrábase entonces para mí en la honrosa toga del
maestro.
En el próximo volumen referiremos las batallas que mi candor e
inexperiencia hubieron de librar hasta alcanzar el ansiado sillón de
catedrático; y cómo, logrados al fin el vagar y sosiego necesarios
a las tareas del Laboratorio, un pobre médico valetudinario, nada
simpático y de carácter huraño y brusco, sin maestros ni protectores,
vino a ser, andando el tiempo, investigador laborioso y estimado de los
sabios extranjeros.
FIN DEL TOMO PRIMERO
[Ilustración]
ÍNDICE
Págs.
ADVERTENCIA AL LECTOR. III
CAPÍTULO I.-- Mis padres, el lugar de mi nacimiento y mi primera
infancia. 1
CAPÍTULO II.-- Excursión tardía a mi pueblo natal. -- La pobreza de
mis paisanos. -- Un pueblo pobre y aislado que parece símbolo de
España. 7
CAPÍTULO III.-- Mi primera infancia. -- Vocación docente de mi
padre. -- Mi carácter y tendencias. -- Admiración por la
naturaleza y pasión por los pájaros. 17
CAPÍTULO IV.-- Mi estancia en Valpalmas. -- Los tres
acontecimientos decisivos de mi niñez: los festejos destinados a
celebrar nuestras victorias de África, la caída de un rayo en la
escuela y el eclipse de sol del año 60. 25
CAPÍTULO V.-- Ayerbe. -- Juegos y travesuras de la infancia. --
Instintos guerreros y artísticos. -- Mis primeras nociones
experimentales sobre óptica, balística y el arte de la guerra. 37
CAPÍTULO VI.-- Desarrollo de mis instintos artísticos. -- Dictamen
de un revocador sobre mis aptitudes. -- ¡Adiós mis ensueños de
artista! -- Utilitarismo e idealismo. -- Decide mi padre hacerme
estudiar para médico y enviarme a Jaca. 49
CAPÍTULO VII.-- Mi traslación a Jaca. -- Las pintorescas orillas
del Gállego. -- Mi tío Juan y el régimen vegetariano. -- El latín y
los dómines. -- Empeño vano de los frailes en domarme. -- Retorno a
los devaneos artísticos. 65
CAPÍTULO VIII.-- El padre Jacinto, mi dómine de latín. --
Cartagineses y romanos. -- El régimen del terror. -- Mi aversión al
estudio. -- Exaltación de mi fiebre artística y romántica. -- El
río Aragón, símbolo de un pueblo. 73
CAPÍTULO IX.-- Continúan mis distracciones. -- Los encierros y
ayunos. -- Expedientes usados para escaparme. -- Mis exámenes. --
Retorno a Ayerbe y vuelta a las andadas.85
CAPÍTULO X.-- Mi regreso a Ayerbe. -- Nuevas hazañas bélicas. -- El
cañón de madera. -- Tres días de cárcel. -- El mosquete simbólico. 91
CAPÍTULO XI.-- Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis
estudios. -- Exploración de la ciudad. -- La catedral, San Pedro,
San Jorge y Monte-Aragón. -- Nuestros profesores.99
CAPÍTULO XII.-- Mis nuevos compañeros de algaradas. -- Reyertas
estudiantiles. -- Graves consecuencias de llevar gabán
largo. -- Accidente en un estanque. -- La religión del color y
diccionario cromático. -- No hay rosas sin espinas.111
CAPÍTULO XIII.-- Las vacaciones. -- Pinturas fúnebres. --
Descubrimiento de una biblioteca de novelas. -- Se recrudece mi
furor romántico. -- El Robinsón y el Quijote.127
CAPÍTULO XIV.-- En crescendo mis distracciones y calaveradas,
mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería. -- Mi hermano
Pedro. -- El Sr. Acisclo. -- Majos y conspiradores. -- Las pedreas.
-- Escaramuza con la fuerza pública. -- El placer de los dioses. --
Alarma del público con ocasión de las pedreas. 139
CAPÍTULO XV.-- Inquina de mi catedrático de griego. -- Decide mi
padre escarmentarme convirtiéndome en aprendiz de zapatero. -- Mis
proezas en obra prima. -- El ataque de Linás. -- Consideraciones
en torno de la muerte. 153
CAPÍTULO XVI.-- Vuelta al estudio. -- Matricúlome en dibujo. -- Mis
profesores de Retórica y Psicología. -- Impresión causada por las
enseñanzas filosóficas. -- Una travesura desdichada. -- En busca
de aventuras. 169
CAPÍTULO XVII.-- Dos inventos que me causaron indecible asombro:
el ferrocarril y la fotografía. -- Mi iniciación en los estudios
anatómicos. -- Saqueo macabro. -- La memoria de las cosas y la de
los libros. -- La aurora del amor. 181
CAPÍTULO XVIII.-- Revolución de Septiembre en Ayerbe. -- Ruptura de
las campanas. -- El odio del pueblo a los guardas rurales. -- Mis
profesores de Física, Matemáticas, etc. -- Ulteriormente
me reconcilio con la Geometría y el Álgebra, aunque algo
tarde. -- Concluyo el bachillerato. 197
CAPÍTULO XIX.-- Comienzo en Zaragoza la carrera médica. -- El Ebro
y sus alamedas. -- Mis profesores del preparatorio: Ballarín,
Guallart y Solano. -- Cobro afición a la disección bajo la
dirección docente de mi padre.213
CAPÍTULO XX.-- Mis catedráticos de Medicina. -- D. Manuel Daina y
el premio de Anatomía topográfica. -- Un singular procedimiento
de examen. -- Nuestro decano, D. Genaro Casas. -- Mis petulancias
polémicas. -- Notas breves acerca de algunos profesores y ciertos
incidentes ocurridos en sus clases. 227
CAPÍTULO XXI.-- Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones.
-- Mis manías literaria, gimnástica y filosófica. -- Proezas
musculares. -- La Venus de Milo. -- Un desafío a trompada limpia.
-- Amores quijotescos. 239
CAPÍTULO XXII.-- Recién Licenciado en Medicina, ingreso en el
Cuerpo de Sanidad Militar. -- Mi incorporación al ejército de
operaciones contra los carlistas. -- El españolismo de los
catalanes. -- Mi traslación al ejército expedicionario de Cuba.
-- Coloquio entre dos camaradas ávidos de aventuras exóticas. --
Mi embarque en Cádiz con rumbo a la Habana. 255
CAPÍTULO XXIII.-- Llegada a la Habana. -- Soy destinado al
hospital de campaña de «Vista Hermosa». -- Enfermo, al poco
tiempo, de paludismo. -- Aprovecho mi forzada quietud para
aprender el inglés. -- Mi dolencia se agrava y se me concede
licencia para convalecer en Puerto Príncipe. -- Iniciada mi
mejoría, soy destinado a la enfermería de San Isidro en la «Trocha
del Este». -- La vida en la Trocha. -- Música a la luz de la luna.
-- Mis cándidos quijotismos me impulsan a corregir abusos
administrativos, y sólo consigo que me empapele el jefe de la
fuerza. 271
CAPÍTULO XXIV.-- Mis distracciones en San Isidro. -- La danza de
negros y el arpa del saboyano. -- Se agrava mi enfermedad y se
deniega mi solicitud de abandonar temporalmente la Trocha. -- Pido
mi licencia absoluta. -- Gracias a la supresión de la Trocha,
logro abandonar mi destino. -- Un mes en el hospital de San Miguel. 297
CAPÍTULO XXV.-- Me traslado a la Habana, donde recaigo de mi
dolencia. -- Mi regreso en el vapor -España-. -- Cadáveres de
soldados arrojados al mar. -- Tahures trasatlánticos. -- El amor
y el paludismo. -- Vuelta al estudio de la Anatomía. 305
ÍNDICE DE FIGURAS
Lám. I: Retrato de mis padres. Estas fotografías están hechas
cuando mis progenitores pasaban de los setenta años. 2
Lám. II, Fig. 1.--Larrés tomado a vista de pájaro. En la
fotografía no aparece el Pirineo nevado, que hacia el Norte
cierra el horizonte.4
Lám. II, Fig. 2.--La casa alta, destartalada y situada en el
centro de la calle, fué donde nací. (Petilla). 4
Lám. III, Figs. 3 y 4.--Dos vistas de Petilla: la primera tomada
del lado Sur y la segunda del lado Norte. 10
Lám. IV, Fig. 5.--Vista desde Ayerbe de las faldas del monte del
Castillo. 39
Lám. IV, Fig. 6.--La -plaza baja- de Ayerbe con la torre del
reloj y el palacio de los Marqueses, hoy convertido en casa de
vecindad. 39
Lám. V, Figs. 7 y 8.--Para quienes gusten de estas bagatelas,
reproducimos aquí dos acuarelas encontradas rebuscando entre mis
viejos papeles. Fueron ejecutadas de memoria, cuando yo tenía
nueve o diez años, poco después de la época del desahucio del
revocador. Ambas, sobre todo la primera, ofrecen ostensibles
defectos de dibujo y proporciones. Una de ellas representa cierto
labriego de Ayerbe bebiendo en la taberna; la otra reproduce
la ermita de la Virgen de Casbas, en los Anguiles, cerca de la
citada villa.54
Lám. VI, Figs. 9 y 10.--Dos vistas del Castillo de Loarre,
objetivo de mis correrías y curioseos arqueológicos durante mi
adolescencia. La primera muestra la fortaleza-palacio de Sancho
Ramírez, vista desde el Este. La segunda enfoca el mismo tema
pero desde más lejos, y fué tomada por mí allá por los años de
1883. 64
Lám. VII, Fig. 11.--El monte Uruel (Jaca), visto por el Poniente.
La proximidad del punto de vista impide reconocer la forma y
apreciar la grandiosidad de esta montaña, que sólo aparece bien
desde el llano de Jaca, es decir, contemplada por el Norte. 69
Lám. VIII, Figs. 12 y 13.--Vistas de Jaca. La primera muestra
la muralla de Jaca por el lado del Este, con una de las puertas
principales. La segunda presenta el paseo que rodea la muralla,
punto habitual de las correrías de los chicos.78
Lám. IX, Figs. 14 y 15.--La primera copia la calle principal de
Jaca, con el edificio de la alcaldía. La segunda presenta el río
Aragón, bordeado de huertas; allá en el fondo asoma un pico del
Pirineo, el Coll de Ladrones, desgraciadamente muy achicado por
el objetivo fotográfico, que tiene, según es sabido, el defecto
de empequeñecer notablemente los últimos planos. 81
Lám. X, Fig. 16.--Fachada del Instituto de Huesca. 100
Lám. X, Fig. 17.--Puerta principal de la catedral de Huesca.
Fotografías del autor. 100
Lám. XII, Fig. 20.--Huesca. Retablo de mármol de la Catedral. 102
Lám. XI, Figs. 18 y 19.--La primera, presenta, según fotografía
reciente, la escalera de descenso a la célebre -Campana de
Huesca-; mientras que la segunda copia el precioso claustro
románico de San Pedro el viejo. 104
Lám. XIII, Fig. 21.--Don Genaro Casas, decano de la Facultad de
Medicina de Zaragoza y buen amigo de mi padre. 231
Lám. XIV, Fig. 22.--Esta fotografía, efectuada por mí por el
proceder del colodión (1873), poco antes de ingresar en el
ejército, presenta algunos de mis condiscípulos y amigos, casi
todos fallecidos ya.--1, C. Senac; 2, Simeón Pastor (que fué
catedrático de Terapéutica); 3, Visié (que fué médico militar);
4, H. Gimeno Vizarra; 5, Félix Cerrada (actualmente catedrático
de Patología general); 6, Hilarión Villuendas (ayudante del
Museo); 7, Joaquín Benedicto (profesor que fué de la Escuela de
Comercio); 8, Joaquín Vela (después médico militar y compañero
en Cuba).256
Lám. XV, Figs. 23 y 24.--Dos retratos del autor. El primero
cuando contaba veinte años y estaba a punto de terminar la
carrera; el segundo cuando, sorteado para Ultramar, se disponía
a trasladarse a Cuba con el empleo de médico primero. 258
Lám. XVI, Fig. 25.--Fotografía hecha en Puerto Príncipe, después
de convalecer del paludismo contraído en Vista Hermosa. 282
Lám. XVI, Fig. 26.--Otra fotografía donde aparecen dos amigos
hospedados en la fonda -El Caballo Blanco-. (Puerto Príncipe). 282
Lám. XVII, Fig. 23.--Un fortín de la enfermería de San Isidro,
en la Trocha del Este. La fotografía, tomada por mí al colodión,
presenta en primer término la locomotora de tipo americano, con
enorme chimenea de embudo. 287
Lám. XVIII, Figs. 24 y 25.--Retratos del autor hechos en
Zaragoza, repuesto ya del paludismo. El primero corresponde a la
época de mi auxiliaría en la Facultad; el segundo es uno o dos
años posterior (1876) y fué tomado por mi amigo H. Villuendas
cuando me preparaba para oposiciones a cátedras.312
FE DE ERRATAS
PÁGINA LÍNEADICEDEBE DECIR
4 13 nemotécnicas mnemotécnicas
120 16 sedicientepretencioso
136 30 ingenuamente ingeniosamente
154 35 Magalanes Magallanes
192 28 memotécnica mnemotécnica
205 24 los de textoslos textos
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