Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2)
Santiago Ramón y Cajal
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* En el texto, las cursivas se muestran entre -subrayados-, las
negritas entre =iguales= y las versalitas se han convertido
a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* Se ha respetado la ortografía del original --que difiere ligeramente
de la actual--, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.
* Se ha normalizado el uso de rayas y comillas.
* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.
* Se han corregido nombres propios y títulos de publicaciones previa
consulta a los repertorios bibliográficos en línea.
* Las erratas declaradas al final del volumen se han incorporado al
cuerpo principal del texto.
* Las notas a pie de página se han renumerado y se han colocado a
continuación del párrafo que contiene la llamada.
* Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente, para evitar
que interrumpieran un párrafo.
* Se añade, en las ilustraciones, mención al número de lámina junto
al número de figura. Estos números no están correlativamente
ordenados en el original y contienen repeticiones, razón por la que,
además, se ha añadido un “Índice de figuras”, que no aparece en el
libro impreso.
S. RAMÓN Y CAJAL
-Recuerdos-
-de mi vida-
2.ª EDICIÓN
(OBRA ILUSTRADA CON NUMEROSOS FOTOGRABADOS)
TOMO I
MI INFANCIA Y JUVENTUD
MADRID
IMPRENTA Y LIBRERÍA DE NICOLÁS MOYA
-Garcilaso, 6, y Carretas, 8.-
--
1917
-Es propiedad del autor.-
[Ilustración]
ADVERTENCIA AL LECTOR
Allá por los años de 1896 a 1900 se puso en moda el género de la
autobiografía. Varios ingenios, en su mayoría pertenecientes a los
gremios militar, político y literario, dieron la señal redactando
interesantes y amenos -Recuerdos-, que serán de seguro consultados con
fruto por los actuales y futuros historiadores.
Yo fuí entonces un caso de contagio de la general epidemia. Para
complacer a algunos amigos que deseaban saber en qué condiciones
se desarrolló mi modesta actividad científica, resolví escribir la
historia de una vida vulgar, tan pobre de peripecias atrayentes como
fértil en desilusiones y contrariedades.
Además de aportar el consabido -documento humano-, me proponía ofrecer
al público un caso de -psicología individual- y cierta crítica razonada
de nuestro régimen docente. En el -Prólogo advertencia-, que precedía
al primer tomo, decíamos con leves variantes:
«Contendrá este libro, más que narración de actos, exposición de
sentimientos e ideas. En él se reflejará sintéticamente la serie de
las reacciones mentales, provocadas en el autor por el choque de la
realidad del mundo y de los hombres.
»Enseñan Taine (entonces Taine estaba a la moda) y otros modernos
críticos, que el hombre es función del medio físico y moral que le
rodea. Referir las ideas que le guiaron y los afectos que le movieron,
es tanto como mostrar los efectos casi necesarios del ambiente,
las causas mecánicas de la obra realizada; pero es también, y muy
señaladamente, poner en evidencia los gérmenes de error, de atraso
o de progreso existentes en el medio social; es señalar los vicios
de la enseñanza y de la educación; y es, en fin, por lo que toca a
nuestro caso particular, marcar los obstáculos contra los cuales se
estrella a menudo la juventud cuando, a impulsos de generosa ambición,
pretende, en la modesta esfera de sus aptitudes, colaborar en la magna
y redentora empresa de la cultura patria.
»Tal es la justificación de la presente obrilla. Ahí está también,
según yo pienso, el único y menguado interés que mi autobiografía
puede inspirar a aquellas personas sinceramente preocupadas del arduo
problema de la educación nacional.
»No busque, pues, aquí el lector aventuras estupendas, narraciones
pintorescas, ni arranques pasionales. Quien sienta, como el toro,
atracción por lo rojo, debe leer vidas de caudillos, historias de
héroes.
»Una vida de aventuras implica exceso y variación continua de la acción
y de su escenario, al revés de lo que reclama la labor del espíritu,
que a imitación de la naturaleza sólo puede producir en la calma, el
silencio y la obscuridad.
»Pero una vida, por sencilla que sea, es un haz complejísimo de
ideas, de sentimientos y de sucesos, frecuentemente contradictorios e
ilógicos, solamente enlazados y armonizados por la continuidad de una
conciencia personal. Imposible será, pues, sin faltar a la sinceridad
o sin trazar un cuadro incompleto y excesivamente objetivo, dejar
de reflejar en un escrito de este género los diversos y sucesivos
estados mentales del autor acerca de sus convicciones o sus dudas en
materias religiosas, filosóficas, científicas y hasta sociológicas y
artísticas...
»Si algún psicólogo o educador se toma la molestia de recorrer estas
páginas, podrá ver en ellas un caso típico de educación romántica;
siendo de notar la curiosa circunstancia de que semejante educación
fué muy principalmente obra personal y tuvo la significación de una
reacción compensadora excesiva contra los gustos y cultura, harto
utilitarios y positivistas, que padres y maestros quisieron imponer al
autor.
»Cumplióse en mí cierto principio de mecánica moral que podría llamarse
-ley de la inversión de los efectos-. Esta ley, que padres y maestros
debieran tener muy presente para no extremar ciertas tesis ni imponer
con celo exagerado determinados gustos e inclinaciones (con lo que se
evitarían resultados contraproducentes), explica cómo las voluntades
más indisciplinadas y los revolucionarios más radicales han salido tan
a menudo del seno de las corporaciones religiosas.
»Desde otro punto de vista, una biografía sincera, aun referente a
persona tan vulgar e indigna de los honores de la historia como yo,
encierra algún interés para el pensador. La vida es, ante todo, lucha.
La inteligencia se adapta a las cosas, pero éstas se adaptan también a
la inteligencia. La teoría del medio moral no lo explica todo; en el
resultado final de la educación entra por mucho el carácter individual,
es decir, la energía específica traída del fondo histórico de la
raza. Es para nosotros indudable que el hombre nace con un cerebro
casi siempre algo original en su organización, porque la naturaleza,
preocupada ante todo del progreso de la especie, cuida de no repetirse
demasiado; y así, a cada generación cambia sus tipos, desarrollando
en ellos inclinaciones diferentes. Mas el medio social, gran demagogo
de la vida, propende, en virtud de cierta contrapresión deformante,
a uniformarnos, achicándonos o elevándonos según la energía mental
nativa, con la mira de transformar el carácter disonante traído del
seno del protoplasma humano, en un producto uniforme, anodino, especie
de diagonal o término medio entre todas las tendencias divergentes.
»Pero ni gobiernos, ni familias, ni educadores, pueden crear, a pesar
de las más exquisitas precauciones, un medio moral rigurosamente
idéntico para todos; de donde resulta que las discrepancias y los
estridores surgen por todas partes. Constreñida entre las mallas de la
educación burguesa, la naturaleza reclama de vez en cuando sus fueros,
y asistida por esas desigualdades irremediables del ambiente social,
por el azar de las impresiones personales o el choque de lecturas
imprudentes, hace surgir diariamente, para preocupación de maestros y
tormento de padres, espíritus rebeldes, celosos de su individualidad
y resueltos a defenderse de los efectos aplanadores del rodillo
igualitario.
»Esto sentado, resulta interesante averiguar en virtud de qué
influencias quedó desvirtuada y sin efecto, para ciertos díscolos
temperamentos, la obra de la presión colectiva, y pudieron mantenerse,
con leves e insuficientes adaptaciones, las agudas aristas traídas
de la cantera orgánica, a despecho del perenne batir del oleaje
social, que tiende a transformar todas las cabezas en cantos rodados,
igualmente lisos, redondos y movedizos.
* * * * *
»Faltaría a la sinceridad que debo a mis lectores si no confesara que,
además de las razones expuestas, me han impulsado también a componer
este librito móviles egoístas. Cuando el hombre ha entrado en el último
cuarto de la vida y siente ese molesto rechinar de piezas desgastadas
por el uso y aun por el abuso; cuando los sentidos pierden aquella
admirable precisión y congruencia que tuvieron en la edad juvenil,
convirtiéndose en averiados instrumentos de física... gusta saborear el
recuerdo de los tiempos plácidos y luminosos de la juventud; de aquella
dichosa edad en que la máquina, pulida y rozagante como recién salida
de la fábrica, podía funcionar a todo vapor, derrochando entusiasmo y
energías, al parecer inagotables. ¡Época feliz en que la naturaleza se
nos ofrecía cual brillante espectáculo cuajado de bellezas; en que la
ciencia se nos aparecía como espléndida antorcha capaz de disipar todos
los enigmas del Cosmos, y la filosofía como el verbo infalible de la
tradición y de la experiencia, destinada a mostrarnos, para consuelo y
tranquilidad de la existencia, los gloriosos títulos de nuestro origen
y la grandeza de nuestro destino!
»¡Sí, repetimos, cuando se llega a cierta edad nadie puede sustraerse
a esa nostalgia de fuerza y de vida que nos arrastra, como burlando
la ley inexorable del tiempo, a vivir otra vez nuestra juventud,
contemplada desde el áureo castillo de nuestros recuerdos, donde
buscamos ese calor de humanidad y de afecto que el viejo no encuentra
ya en el medio social, cruelmente frío y positivista para los inválidos
del tiempo y los prometidos de la muerte! Los jóvenes sobre todo miran
al anciano con antipatía; considéranle como obstáculo perenne a su
legítima ambición, acaparador egoísta de puestos y honores oficiales...
»Una advertencia antes de terminar. Ha dicho Renan “que no es
posible hacer la propia biografía como se hace la de los demás. Lo
que de uno mismo se dice es siempre poesía”. El gran Goethe encabeza
también su autobiografía con el significativo subtítulo de -Poesía y
Realidad-. En igual pensamiento se han inspirado artistas como Wagner,
filósofos como Stuart Mill, naturalistas como C. Vogt, etc., y entre
nosotros, dramaturgos como Echegaray, y pensadores como Unamuno.
Todos han formado el ramillete de sus recuerdos con las flores más
bellas escogidas en las márgenes, no siempre verdes y floridas, del
accidentado camino de la vida. Y con mayor razón deberemos inspirarnos
en él las medianías, los grises y monótonos obreros de la ciencia y de
la enseñanza.»
* * * * *
Hasta aquí el prólogo de 1901, de que entresacamos solamente los
párrafos más significativos.
Como se ve, nuestro propósito era escribir una autobiografía con
tendencias filosóficas y pedagógicas.
Hoy, transcurridos dieciocho años, me sorprendo un poco de mis
arrogancias de entonces. Engolfado hasta la preocupación en estudios de
índole analítica, mi cultura psicológica y literaria dejaba harto que
desear. Había leído poco o nada de los admirables educadores ingleses
y franceses. Mi documentación era, pues, demasiado deficiente para dar
cima a la empresa acometida. Si hoy debiera repensar y redactar este
libro, adoptaría de seguro plan, tendencia y estilo diferentes.
Pero carezco del vagar necesario para refundir por completo el viejo
texto. En la edición actual me he limitado, por consiguiente, a
sanearlo un poco, abreviando digresiones, condensando o descartando
desahogos líricos y filosóficos asaz inoportunos, y limando el estilo
sin tocar esencialmente a lo fundamental del relato.
En algunos capítulos aparecen adiciones introducidas con la doble
intención de hacer menos ingrata la lectura y de mitigar en lo posible
las monótonas descripciones de travesuras estudiantiles, en el fondo
bastante vulgares y corrientes. Se han multiplicado también los
grabados.
A pesar de las referidas correcciones y adiciones, el contenido del
primer volumen de los RECUERDOS dista mucho de ser comparable, a los
fines educativos, con la materia del segundo. Poco me falta hoy para
pensar que su valor pedagógico es francamente negativo.
Mas considerando que el indulgente lector ha agotado una primera
edición, sin contar las aparecidas en dos Revistas literarias[1],
me animo a sacar a luz esta segunda, confiando en que el público la
acogerá con igual bondadoso interés que la anterior.
[1] Apareció allá por los años de 1900 a 1903 en -Nuestro Tiempo-
y en la -Revista de Aragón-.
-Madrid, Junio de 1917.-
[Ilustración]
CAPÍTULO PRIMERO
Mis padres, el lugar de mi nacimiento y mi primera infancia.
Nací el 1.º de Mayo de 1852 en Petilla de Aragón, humilde lugar de
Navarra, enclavado por singular capricho geográfico en medio de la
provincia de Zaragoza, no lejos de Sos. Los azares de la profesión
médica llevaron a mi padre, Justo Ramón Casasús, aragonés de pura cepa,
y modesto cirujano por entonces, a la insignificante aldea donde vi la
primera luz, y en la cual transcurrieron los dos primeros años de mi
vida.
Fué mi padre un carácter enérgico, extraordinariamente laborioso,
lleno de noble ambición. Apesadumbrado en los primeros años de su
vida profesional, por no haber logrado, por escasez de recursos,
acabar el ciclo de sus estudios médicos, resolvió, ya establecido
y con familia, economizar, aun a costa de grandes privaciones, lo
necesario para coronar su carrera académica, sustituyendo el humilde
título de -Cirujano de segunda clase- con el flamante diploma de
-Médico-cirujano-.
Sólo más adelante, cuando yo frisaba en los seis años de edad, dió
cima a tan loable empeño. Por entonces (corrían los años de 1849 y
1850), todo su anhelo se cifraba en llegar a ser cirujano de acción
y operador de renombre; y alcanzó su propósito, pues la fama de sus
curas extendióse luego por gran parte de la Navarra y del alto Aragón,
granjeando con ello, además de la satisfacción de la negra honrilla,
crecientes y saneadas utilidades.
El partido médico de Petilla era de los que los médicos llaman -de
espuela-; tenía anejos, y la ocasión de recorrer a diario los montes
de su término, poblados de abundante y variada caza, despertó en mi
padre las aficiones cinegéticas, dándose al cobro de liebres, conejos
y perdices, con la conciencia y obstinación que ponía en todas sus
empresas. No tardó, pues, en monopolizar por todos aquellos contornos
el bisturí y la escopeta.
Con los ingresos proporcionados por el uno y la otra, o digamos las
perdices y los clientes, pudo ya, cumplidos los dos años de estada
en Petilla, comprar modesto ajuar y contraer matrimonio con cierta
doncella paisana suya, de quien hacía muchos años andaba enamorado.
Era mi madre, al decir de las gentes que la conocieron de joven,
hermosa y robusta montañesa, nacida y criada en la aldea de Larrés,
situada en las inmediaciones de Jaca, casi camino de Panticosa.
Habíanse conocido de niños (pues mi padre era también de Larrés),
simpatizaron e intimaron de mozos y resolvieron formar hogar común,
en cuanto el modesto peculio de entrambos, que había de crecer con el
trabajo y la economía, lo consintiese.
No poseo, por desgracia, retratos de la época juvenil, ni siquiera de
la madurez de mis progenitores. Las fotografías adjuntas fueron hechas
en plena senectud, pasados ya los setenta años.
[Ilustración: Lám. I: Retrato de mis padres. Estas fotografías están
hechas cuando mis progenitores pasaban de los setenta años.]
La ley de herencia fisiológica da, de vez en cuando, bromas pesadas.
Parecía natural que los hijos hubiésemos representado, así en lo
físico como en lo mental, una diagonal o término medio entre los
progenitores; no ocurrió así desgraciadamente. Y de la belleza de
mi madre, belleza que yo todavía alcancé a ver, y de sus excelentes
prendas de carácter, ni un solo rasgo se transmitió a los cuatro
hermanos, que representamos, así en lo físico como en lo moral,
reproducción casi exacta de nuestro padre; circunstancia que nos
ha condenado en nuestra vida de familia a un régimen sentimental e
ideológico, monótono y fastidioso.
Porque, según es harto sabido, cada cual busca instintivamente
aquello de que carece, y se aburre y molesta al ver reflejados en
los otros iguales defectos de carácter, sin las virtudes y talentos
que la Naturaleza le negó. A la manera del concierto musical, la
armonía moral resulta, no del unísono vibrar de muchos diapasones,
sino de la combinación de notas diferentes. Por mi parte, siempre
he sentido antipatía hacia esas familias homogéneas, cuyos miembros
parecen cronómetros fabricados por la misma mano, en las cuales, una
palabra lanzada por un extraño provoca reacciones mentales uniformes,
comentarios concordantes. Diríase que las lenguas todas de la familia
están unidas a un hilo eléctrico y regidas por un solo cerebro.
Afortunadamente, y en lo referente a nosotros, la heterogeneidad del
medio moral, es decir, las condiciones algo diversas en que cada uno de
mis hermanos ha vivido, han atenuado mucho los enfadosos efectos de la
uniformidad psicológica y temperamental.
Pero no debo quejarme de la herencia paterna. Mi progenitor era
mentalidad vigorosa, donde culminaban las más excelentes cualidades.
Con su sangre me legó prendas de carácter, a que debo todo lo que soy:
la religión de la voluntad soberana; la fe en el trabajo; la convicción
de que el esfuerzo perseverante y deliberado es capaz de modelar y
organizar desde el músculo hasta el cerebro, supliendo deficiencias de
la Naturaleza y domeñando hasta la fatalidad del carácter, el fenómeno
más tenaz y recalcitrante de la vida. De él adquirí también la hermosa
ambición de ser algo y la decisión de no reparar en sacrificios para el
logro de mis aspiraciones, ni torcer jamás mi trayectoria por motivos
segundos y causas menudas. De sus excelencias mentales, faltóme,
empero, la más valiosa quizá: su extraordinaria memoria. Tan grande
era, que cuando estudiante recitaba de coro libros de patología en
varios tomos, y podía retener, después de rápida lectura, listas con
cientos de nombres tomados al azar. Con ser grande su retentiva natural
u orgánica, aumentábala todavía a favor de ingeniosas combinaciones
mnemotécnicas que recordaban las tan celebradas y artificiosas del
abate Moigno.
Para juzgar de la energía de voluntad de mi padre, recordaré en breves
términos su historia. Hijo de modestos labradores de Larrés (Huesca),
con hermanos mayores, a los cuales, por fuero de la tierra, tocaba
heredar y cultivar los campos del no muy crecido patrimonio, tuvo que
abandonar desde muy niño la casa paterna, entrando a servir en concepto
de mancebo, a cierto cirujano de Javierre de Latre, aldea ribereña
del río Gállego, no muy lejana de Anzánigo. Aprendió allí el oficio
de barbero y sangrador, pasando en compañía de su amo, un benemérito
cirujano romancista, ocho o diez años consecutivos.
[Ilustración: Lám. II, Fig. 1.--Larrés tomado a vista de pájaro. En la
fotografía no aparece el Pirineo nevado, que hacia el Norte cierra el
horizonte.]
[Ilustración: Lám. II, Fig. 2.--La casa alta, destartalada y situada
en el centro de la calle, fué donde nací. (Petilla).]
Otro que no hubiese sido el autor de mis días, habría acaso considerado
su carrera como definitivamente terminada, o hubiera tratado de obtener
como coronamiento de sus ambiciones académicas, el humilde título de
ministrante; pero sus aspiraciones rayaban más alto. Las brillantes
curas hechas por su amo, la lectura asidua de cuantos libros de cirugía
encontraba (de que había copiosa colección en la estantería del
huésped), el cuidado y asistencia de los numerosos enfermos de cirugía
y medicina que su patrón, conocedor de la excepcional aplicación del
mancebo, le confiaba, despertaron en él vocación decidida por la
carrera médica.
Resuelto, pues, a emanciparse de la bajeza y estrechez de su situación,
cierto día (frisaba ya en los veintidós años), sorprendió a su amo
con la demanda de su modesta soldada. Y despidiéndose de él, y en
posesión de algunas pesetas prestadas por sus parientes, emprendió a
pie el viaje a Barcelona, en donde halló por fin, tras muchos días
de privación y abandono (en Sarriá), cierta barbería cuyo maestro le
consintió asistir a las clases y emprender la carrera de cirujano.
A costa, pues, de la más absoluta carencia de vicios, y sometiéndose
a un régimen de austeridad inverosímil, y sin más emolumentos que
el salario y los gajes de su mancebía de barbero, logró mi padre el
codiciado diploma de cirujano, con nota de -Sobresaliente- en todas
las asignaturas, y habiendo sido modelo insuperable de aplicación y de
formalidad. Allí, en esa lucha sorda y obscura por la conquista del
pan del cuerpo y del alma, bordeando no pocas veces el abismo de la
miseria y de la desesperación, respirando esa atmósfera de indiferencia
y despego que envuelve al talento pobre y desvalido, aprendió mi padre
-el terror de la pobreza- y el culto un poco exclusivo de la -ciencia
práctica-, que más tarde, por reacción mental de los hijos, tantos
disgustos había de proporcionarle y proporcionarnos.
Años después, casado ya, padre de cuatro hijos, y regentando el partido
médico de Valpalmas (provincia de Zaragoza), dió cima a su ideal,
graduándose de Doctor en Medicina.
Cuento estos sucesos de la biografía de mi padre, porque sobre ser
honrosísimos para él, constituyen también antecedentes necesarios de mi
historia. Es indudable que, prescindiendo de la influencia hereditaria,
las ideas y ejemplos del padre, representan factores primordiales de
la educación de los hijos, y causas, por tanto, principalísimas de los
gustos e inclinaciones de los mismos.
* * * * *
De mi pueblo natal, así como de los años pasados en Larrés y Luna
(partidos médicos regentados por mi padre desde los años 1850 a 1856),
no conservo apenas memoria. Mis primeros recuerdos, harto vagos e
imprecisos, refiérense al lugar de Larrés, al cual se trasladó mi padre
dos años después de mi nacimiento, halagado con la idea de ejercer la
profesión en su pueblo natal, rodeado de amigos y parientes. En Larrés
nació mi hermano Pedro, actual catedrático de la Facultad de Medicina
de Zaragoza.
Cierta travesura cometida cuando yo tenía tres o cuatro años escasos,
pudo atajar trágicamente mi vida. Era en la villa de Luna (provincia de
Zaragoza).
Hallábame jugando en una era del ejido del pueblo, cuando tuve la
endiablada ocurrencia de apalear a un caballo; el solípedo, algo loco y
resabiado, sacudióme formidable coz, que recibí en la frente; caí sin
sentido, bañado en sangre, y quedé tan mal parado que me dieron por
muerto. La herida fué gravísima; pude, sin embargo, sanar, haciendo
pasar a mis padres días de dolorosa inquietud. Fué ésta mi primera
travesura; luego veremos que no debía ser la última.
[Ilustración]
CAPÍTULO II
Excursión tardía a mi pueblo natal. -- La pobreza de mis paisanos. --
Un pueblo pobre y aislado que parece símbolo de España.
Aun cuando trunque y altere el buen orden de la narración, diré
ahora algo de mi aldea natal, que, conforme dejo apuntado, abandoné
a los dos años de edad. De mi pueblo, por tanto, no guardo recuerdo
alguno. Además, mis relaciones ulteriores con el nativo lugar no han
sido parte a subsanar esta ignorancia, puesto que se han reducido
solamente a solicitar, recibir y pagar serie inacabable de -fées- de
bautismo. Carezco, pues, de patria chica bien precisada (en virtud de
la singularidad ya mentada de pertenecer Petilla a Navarra, no obstante
estar enclavada en Aragón). Contrariedad desagradable de haberme
dado el naipe por la política; pero ventaja para mis sentimientos
patrióticos, que han podido correr más libremente por el ancho y
generoso cauce de la España plena.
Así y todo, y después de confesar que mi amor por la patria grande
supera, con mucho, al que profeso a la patria chica, he sentido más
de una vez vehementes deseos de conocer la aldehuela humilde donde
nací. Deploro no haber visto la luz en una gran ciudad, adornada de
monumentos grandiosos e ilustrada por genios; pero yo no pude escoger,
y debí contentarme con mi villorrio triste y humilde, el cual tendrá
siempre para mí el supremo prestigio de haber sido el escenario de mis
primeros juegos y la decoración austera con que la Naturaleza hirió mi
retina virgen y desentumeció mi cerebro.
Impulsado, pues, por tan naturales sentimientos, emprendí, hace pocos
años, cierto viaje a Petilla. Después de determinar cuidadosamente su
posición geográfica (que fué arduo trabajo) y estudiar el enrevesado
itinerario (tan escondido y fuera de mano está mi pueblo), púseme en
camino. Mi primera etapa fué Jaca; la segunda, Verdún y Tiermas (villa
ribereña del Aragón, célebre por sus baños termales), y la tercera y
última, Petilla.
Hasta Verdún y Tiermas existe hermosa carretera, que se recorre en
los coches que hacen el trayecto de Jaca a Pamplona; pero la ruta
de Tiermas a Petilla, larga de tres leguas, es senda de herradura,
flanqueada por montes escarpadísimos, cortada y casi borrada del todo,
en muchos parajes, por ramblas y barrancos.
Caballero en un mulo, y escoltado por peatón conocedor del país, púseme
en camino cierta mañana del mes de Agosto. En cuanto dejamos atrás
las relativamente verdes riberas del Aragón, aparecióseme la típica,
la desolada, la tristísima tierra española. El descuaje sistemático
de los bosques había dejado las montañas desnudas de tierra vegetal.
Sabido es que en estas tristes comarcas cada aguacero, en vez de llevar
la esperanza al agricultor, constituye trágica amenaza. Precisamente
dos días antes ocurrió tormenta devastadora. Campos antes fecundos
aparecían cubiertos de légamo arcilloso; y nueva denudación de valles y
laderas había convertido ríos y arroyos en ramblas y pedregales. Para
apagar la sed y calmar el calor hice escala en dos o tres humildes
aldehuelas cuyos habitantes lamentaban aún los furores y estragos de la
pasada tempestad. Y caída ya la tarde, llegué a la vista del empinado
monte donde se asienta el pueblo.
A medida que me aproximaba a la aldea natal, apoderábase de mí
inexplicable melancolía, y que llegó al colmo cuando me hizo escuchar
el guía el tañido de la campana, tan extraña a mi oído, como si jamás
lo hubiera impresionado.
No dejaba, en efecto, de ser algo singular mi situación sentimental. Al
regresar al pueblo nativo, todos los hombres saborean anticipadamente
el placer de abrazar a camaradas de la infancia y adolescencia; en su
espíritu aflora el grato recuerdo de comunes placeres y travesuras;
todos, en fin, ansían recorrer las calles, la iglesia, la fuente y los
alrededores del lugar, en los cuales cada árbol y cada piedra evoca un
recuerdo de alegría o de pena. «Yo sólo --me decía-- tendré el triste
privilegio de hallar a mi llegada por único recibimiento la curiosidad,
acaso algo hostil, y el silencio de los corazones. Nadie me espera,
porque nadie me conoce.»
Y sin embargo, me engañaba. El cura y el ayuntamiento habían barruntado
mi visita y me aguardaban en la plaza del pueblo. Y hubo además un
episodio conmovedor. Al pie del altozano, sobre que se alza la aldea,
cierta anciana, que no tenía la menor noticia de mi excursión, y que
se ocupaba en lavar ropa a la vera de un arroyo, volvió de pronto el
rostro, dejó su faena y, encarándose conmigo y mirándome de hito en
hito, exclamó: «¡Señor, si usted no es D. Justo en persona, tiene que
ser el hijo de D. Justo! ¡Es milagroso!... ¡La misma cara del padre!...
¡No me lo niegue usted! ¡Si supiera usted cuántas veces, enferma su
madre, le dí a usted de mamar!... ¿Vive aún la Sra. Antonia? ¡Qué buena
y qué hermosa era!...»
Felicité a la pobre octogenaria por su admirable memoria y excelentes
sentimientos, y dejando en sus manos una moneda, continué mi ascensión
a Petilla.
Es Petilla uno de los pueblos más pobres y abandonados del alto
Aragón, sin carreteras ni caminos vecinales que lo enlacen con las
vecinas villas aragonesas de Sos y Uncastillo, ni con la más lejana
de Aoiz, cabeza del partido a que pertenece. Sólo sendas ásperas y
angostas conducen a la humilde aldehuela, cuyos naturales desconocen
el uso de la carreta. Extraño y forastero para los pueblos aragoneses
que le rodean, tiénenlo por igual abandonado los navarros, quienes,
inspirándose en ese criterio de ruin egoísmo tan castizamente español,
excusan su desdén diciendo que la construcción de una carretera
que enlazara Aoiz y Petilla, cedería en provecho de muchos pueblos
aragoneses, entre los cuales yace, como una isla, mi nativo lugar.
Álzase éste casi en la cima de enhiesto cerro, estribación de próxima y
empinada sierra, derivada a su vez, según noticias recogidas sobre el
terreno, de la cordillera de la Peña y de Gratal.
[Ilustración: Lám. III, Figs. 3 y 4.--Dos vistas de Petilla: la
primera tomada del lado Sur y la segunda del lado Norte.]
El panorama, que hiere los ojos desde el pretil de la iglesia, no puede
ser más romántico y a la vez más triste y desolado. Más que abrigo
de rudos y alegres aldeanos, parece aquello lugar de expiación y de
castigo. Según mostramos en el adjunto grabado, una gran montaña,
áspera y peñascosa, de pendientes descarnadas y abruptas, llena con
su mole casi todo el horizonte; a los pies del gigante y, bordeando
la estrecha cañada y accidentado sendero que conduce al lugar, corre
rumoroso un arroyo nacido en la vecina sierra; los estribos y laderas
del monte, única tierra arable de que disponen los petillenses,
aparecen como rayados por infinidad de estrechos campos dispuestos en
graderías, trabajosamente defendidos de los aluviones y lluvias
torrenciales por robustos contrafuertes y paredones; y allá en la
cumbre, como defendiendo la aldea del riguroso cierzo, cierran el
horizonte y surgen imponentes colosales peñas a modo de tajantes
hoces, especie de murallas ciclópeas surgidas allí a impulso de algún
cataclismo geológico. Al amparo de esta defensa natural, reforzada
todavía por castillo feudal actualmente en ruinas, se levantan las
humildes y pobres casas del lugar, en número de 40 a 60, cimentadas
sobre rocas y separadas por calles irregulares cuyo tránsito dificultan
grietas, escalones y regueros abiertos en la peña por el violento
rodar de las aguas torrenciales. Al contemplar tan mezquinas casuchas,
siéntese impresión de honda tristeza. Ni una maceta en las ventanas, ni
el más ligero adorno en las fachadas, nada, en fin, que denote algún
sentido del arte, alguna aspiración a la comodidad y al -confort-.
Bien se echa de ver, cuando se traspasa el umbral de tan mezquinas
viviendas, que los campesinos que las habitan gimen condenados a una
existencia dura, sin otra preocupación que la de procurarse, a costa de
rudas fatigas, el cuotidiano y frugalísimo sustento.
Desgraciadamente, no es mi pueblo una excepción de la regla; así
viven también, con leves diferencias, la inmensa mayoría de nuestros
aldeanos. Su ignorancia es fruto de su pobreza. Para ellos no existen
los placeres intelectuales que tan agradable hacen la vida y cuya
brevedad compensan.
Por un contraste chocante, en una aldea en donde la escuela está
reducida a cuartucho destartalado y angosto, y en que hasta la iglesia
es pobre y menguada, álzase orgullosa cierta casa nueva, mansión
cómoda, holgada y hasta espléndida, a la cual encuadra y adorna, por
el lado del campo, frondoso huerto y ameno y vistoso jardín: tal es
la abadía o casa del cura, construcción donada al pueblo por cierta
persona tan piadosa como opulenta, a fin de que sirviera de albergue
decoroso al humilde pastor de almas.
En otra situación de ánimo, tan punzante contraste hubiese dado a mis
meditaciones un giro amargo. Hubiera pensado acaso que en nuestra pobre
y abatida España, no hay sino una pasión grande, absorbente, suprema
manifestación del egoísmo individual, a saber: el ansia de alcanzar
a todo trance el cielo prometido por la religión a los buenos, y una
sola generosidad (si cabe considerar como tal lo que se da en vista
de personales provechos), los legados al clero y a las fundaciones
piadosas. La caridad generosa y de buena ley, ese sublime calor de
humanidad del filántropo, que, depurado de bajos egoísmos, da sin
esperanza de remuneración, sin desear más recompensa que la gratitud
de los buenos, es un sentimiento rarísimo entre nuestros opulentos.
Exclusiva preocupación de éstos parece ser realizar lo que podríamos
llamar -el copo de la felicidad-, es decir, alcanzar los dones de la
fortuna en esta vida y gozar la beatitud eterna en la otra.
Pero yo, que sólo me siento socialista muy de vez en cuando, no estaba
entonces para semejantes consideraciones. Impresionado por la miseria
y el abandono de aquel lugar; por la esquivez de una naturaleza
tirana e insensible; por las fatigas y trabajos a costa de los cuales
aquellos infortunados aldeanos debían ocurrir a su mezquino sustento;
por la ausencia, en fin, de toda comodidad y regalo, capaces de hacer
amable o tolerable la vida, me pregunté: Si el sacerdote no tenía allí
alta y piadosa misión que cumplir; si aquella casa, relativamente
suntuosa, destinada a asegurar la residencia de un ecónomo, que de otra
suerte viviría en alguna aldea próxima más populosa, no satisfacía
vital necesidad, ¿qué sería --decíame para mis adentros-- de estas
existencias duras, si la religión no acariciase y elevase sus almas
abatidas por la fatiga y el dolor? ¿Cómo soportar la desconsoladora
monotonía de una vida sin otros contrastes que los creados por la
sucesión de las estaciones y los inevitables estragos del tiempo? ¿Cómo
adherirse, formal y profundamente, a la infecunda tierra donde nacimos,
sin ese confortador optimismo de la religión, que nos promete, calmando
impaciencias y desalientos del presente, en pos de una vida de prueba y
de expiación, la resurrección luminosa, la ansiada repatriación a las
doradas tierras del cielo, cuna de nuestras almas y mansión donde nos
esperan los muertos queridos y llorados?
Gran escuela de espiritualidad y virtud es un suelo gris y un cielo
perennemente azul. Donde la naturaleza es próvida y paganamente
deleitosa, declina a menudo el sentimiento religioso.
¡Oh, los heroicos labriegos de nuestras mesetas esteparias!...
Amémosles cordialmente. Ellos han hecho el milagro de poblar regiones
estériles, de las cuales el orondo francés o el rubicundo y linfático
alemán huirían como de peste. Y, de pasada, rechacemos indignados la
brutal injusticia con que ciertos escritores franceses, catalanes y
vascos (no todos por fortuna) y en general los felices habitantes
de los -países de yerba-, desprecian o desdeñan a los amojamados,
cenceños, tostados, pero enérgicos pobladores de las austeras mesetas
castellanas y aragonesa, como si tan humildes cultivadores del terruño
nacional tuvieran la culpa de haber visto la luz bajo un cielo
inclemente...
Pero arrastrado por mis pensamientos, olvido hablar de la visita a
mi pueblo. Diré, pues, que a mi llegada fuí recibido con grandes
agasajos por el ecónomo, a quien el párroco, residente en otro
lugar y sabedor de mi visita, habíame recomendado. Fina y generosa
hospitalidad dispensáronme también diversas personas, particularmente
algunos ancianos que se acordaban de mi padre, con quien me encontraban
sorprendente parecido. Complacíanse todos en mostrarme su buena
voluntad y en colmarme de halagos que yo agradecí de todo corazón. Y
para hacer agradable mi breve estancia allí, concertáronse algunas
giras campestres. Recuerdo entre ellas: la exploración de las ruinas
del vetusto castillo; la gira a los seculares bosques de la vecina
sierra, y la visita a modesta ermita, situada a corta distancia del
pueblo, tenida en gran devoción, y en cuyas inmediaciones se extiende
florido y deleitoso oasis, donde hubimos de reconfortarnos con
suculenta y bien servida merienda. Mostráronme, también, la humilde
casa en que nací, fábrica ruinosa casi abandonada, albergue hoy de
gente pordiosera y trashumante. Algunas ancianas del lugar, que se
ufanaban bondadosamente de haberme tenido en sus brazos, recordáronme
la lozana belleza de mi madre, la robustez de mis primeros meses y las
hazañas quirúrgicas y cinegéticas de mi padre, cuya fama de Nemrod dura
todavía.
Al despedirme de los rudos pero honrados montañeses, mis paisanos,
oprimióseme el corazón: había satisfecho un anhelo de mi alma, pero
llevábame una gran tristeza. Cierta voz secreta me decía que no
volvería más por aquellos lugares; que aquella decoración romántica
que acarició mis ojos y mi cerebro al abrirse por primera vez al
espectáculo del mundo no impresionaría nuevamente mi retina; que
aquellas manos de ancianos, selladas con los honrosos callos del
trabajo, no volverían a ser estrechadas con efusión entre las mías.
Apesadumbrado por estos melancólicos sentimientos y cavilaciones
bajé la áspera cuesta del pueblo, tendí una última mirada sobre el
agreste y desolado paisaje, cuya imagen intenté fijar en mi retina
con esa tenacidad con que procura retener el que sueña la fugitiva
visión que le mintió sabrosas felicidades, y alejéme tristemente,
tomando la vuelta de Tiermas y de Jaca. Una voz interior me decía que
no lo vería más; y, en efecto, hasta hoy no lo he visto. Los lazos del
afecto son harto flojos para llevarme a él, porque la atracción y el
amor nacen del hábito y se miden por la amplitud del espacio que las
representaciones de los hombres y de las cosas ocupan en la memoria.
Y en la mía los recuerdos juveniles de gran vivacidad y difusión se
enlazan con otros lugares, con aquellos donde transcurrieron mi niñez y
adolescencia y en donde anudé las primeras amistades.
Ni sería razonable conceder excesiva importancia al hecho de haber
casualmente nacido en una aldea de la montaña navarra; pues el hombre
no es como la planta, que sabe a la tierra que le crió. El alma humana
toma su sabor, digamos mejor su timbre sentimental, antes que de la
tierra y del aire inorgánicos, del medio vivo, de la estratificación
humana que alimentó las raíces de su razón y fué ocasión de las
primeras imborrables emociones. Bajo este aspecto, mi verdadera patria
es Ayerbe, villa de la provincia de Huesca, donde pasé el período más
crítico y a la vez más plástico y creador de la juventud, es decir, los
años que median entre los ocho y los diecisiete de mi edad, o sea desde
el 60 al 69, fecha esta última de la famosa revolución española.
[Ilustración]
CAPÍTULO III
Mi primera infancia. -- Vocación docente de mi padre. -- Mi carácter y
tendencias. -- Admiración por la naturaleza y pasión por los pájaros.
Los primeros años de mi niñez, salvo los dos pasados en Petilla y
uno en Larrés, transcurrieron, parte en Luna, villa populosa de la
provincia de Zaragoza, edificada no lejos del Monlora, empinado cerro
coronado por antiguo y ruinoso monasterio, y parte en Valpalmas, pueblo
más modesto de la misma provincia y distante tres leguas no más del
precedente. En este último habitó mi familia cuatro años, desde 1856 a
1860; en él nacieron mis dos hermanas Pabla y Jorja.
Mi educación e instrucción comenzaron en Valpalmas, cuando yo tenía
cuatro años de edad. Fué en la modesta escuela del lugar donde aprendí
los primeros rudimentos de las letras; pero en realidad mi verdadero
maestro fué mi padre, que tomó sobre sí la tarea de enseñarme a leer y
a escribir, y de inculcarme nociones elementales de geografía, física,
aritmética y gramática. Tan enojoso ministerio constituía para él, más
que obligación inexcusable del padre de familia, necesidad irresistible
de su espíritu, inclinado, por natural vocación, a la enseñanza.
Despertar la curiosidad, acelerar la evolución intelectual, tan
perezosa a veces en ciertos niños, le resultaba deleite incomparable.
De mi progenitor puede decirse justamente lo que Sócrates blasonaba de
sí, que era excelente comadrón de inteligencias.
Hay, realmente, en la función docente algo de la satisfacción altiva
del domador de potros; pero entra también la grata curiosidad del
jardinero, que espera ansioso la primavera para reconocer el matiz de
la flor sembrada y comprobar la bondad de los métodos de cultivo.
Tengo para mí, que desenvolver un entendimiento embrionario, gozándose
en sus adelantos e individualizándolo progresivamente, es alcanzar la
paternidad más alta y más noble, es como corregir y perfeccionar la
obra de la Naturaleza, lanzando al mundo, poblado de seres vulgares y
repetidos, una especie original, un temperamento -sui generis-, capaz
de formar del mundo visión personal e inconfundible. Fabricar cerebros
nuevos: he aquí el gran triunfo del pedagogo.
Esta función docente ejercitábala mi padre no solamente con sus hijos,
sino con cualquier niño con quien topaba; porque para él la ignorancia
era la mayor de las desgracias, y el enseñar el más noble de los
deberes.
Recuerdo bien el tesón que puso, no obstante mi corta edad, en
enseñarme el francés. Por cierto que el estudio de este idioma tuvo
lugar en cierta renegrida cueva de pastores, no lejana del pueblo
(Valpalmas), donde solíamos aislarnos para concentrarnos en la labor
y evitar visitas e interrupciones. Por tan curiosa circunstancia, en
cuanto tropiezo con un ejemplar del Telémaco surge en mi memoria la
imagen de la citada caverna, cuyos socavones y recovecos veo ahora,
transcurridos cerca de cincuenta y ocho años, como si los tuviera
presentes.
En resumen: gracias a los cuidados de mi padre, adelanté tanto y tan
rápidamente, que a los seis años escribía corrientemente y con alguna
ortografía, y estaba adornado de bastantes nociones de geografía,
francés y aritmética.
A causa de esta relativa precocidad vine a ser el amanuense y el
secretario de la casa; y así, cuando un año después mi padre se
trasladó a Madrid para completar su carrera y graduarse de doctor en
Medicina y Cirugía, fuí yo el encargado de la correspondencia familiar
y de enterarle de los sucesos del partido médico, regentado a la sazón
por facultativo suplente. Mis progresos dieron ocasión a que mis
padres, llenos de ese optimismo tan natural en todos, auguraran para su
hijo, un poco a la ligera, como luego veremos, lisonjero porvenir.
En el orden de los afectos y tendencias del espíritu, era yo, como la
mayoría de los chicos que se crían en los pueblos pequeños, entusiasta
de la vida de aire libre, incansable cultivador de los juegos atléticos
y de agilidad, en los cuales sobresalía ya entre mis iguales. Entre
mis inclinaciones naturales había dos que predominaban sobre las demás
y prestaban a mi fisonomía moral aspecto un tanto extraño. Eran, el
curioseo y contemplación de los fenómenos naturales, y cierta antipatía
incomprensible por el trato social.
Tales eran la vergüenza y cortedad que experimentaba al verme entre
personas extrañas, que cuando debía comer fuera de casa o había
en la nuestra convidados, se veían y se deseaban mis padres para
hacerme sentar a la mesa y alternar con los forasteros. Tan extremado
encogimiento costóme no pocos castigos y reprimendas, pues mi
progenitor juzgaba, con harta razón, que semejante repugnancia hacia
el trato de gentes, no podía menos de retardar mi evolución mental,
originando además rudeza de modales y esquivez y extravagancia de
carácter. De que mi padre fué profeta, da testimonio toda mi historia.
Tengo por indudable que ese deseo de vivir a mis anchas, entregado
a mis caprichos, sustraído constantemente a la coacción moral de
las personas mayores, dióme fama de reservado y huraño, me privó de
amistades valiosas en momentos de apuro, y retrasó notablemente mi
carrera.
Para decirlo de una vez: durante mi niñez fuí criatura díscola,
excesivamente misteriosa y retraída y deplorablemente antipática.
Aun hoy, consciente de mis defectos, y después de haber trabajado
heroicamente por corregirlos, perdura en mí algo de esa arisca
insociabilidad tan censurada por mis padres y amigos.
Preciso es reconocer que hay un egoísmo refinado en rumiar las propias
ideas y en huir cobardemente del comercio intelectual de las gentes.
Ello aporta cierto deleite morboso, sólo disculpable en caracteres
celosos de conservar su individualidad. Lejos de los hombres, nos
hacemos la ilusión de ser completamente libres. Sólo la soledad nos
pone en plena posesión de nosotros mismos. En cuanto un diálogo se
entabla, nuestras palabras responden al ajeno pensamiento. Piérdese
la iniciativa mental; las asociaciones de ideas sucédense en el orden
marcado por el interlocutor, que viene a ser en cierto modo dueño de
nuestro cerebro y de nuestras emociones. No podremos evitar ya en
adelante que evoque con su cháchara indiscreta o impertinente recuerdos
dolorosos, que ponga en acción registros de ideas que quisiéramos
enterrar en las negruras del inconsciente. Y esa sensación de
esclavitud perdura horas y horas. Pero lo más grave de esta vibración
parásita del cerebro es que turba las polarizaciones ideales útiles y
nos distrae del trabajo.
¡Qué de veces acudimos en busca de distracción al café o a la
tertulia, y salimos con un abatimiento de ánimo, con una sedación de
voluntad, que esteriliza o imposibilita, y a veces por mucho tiempo, la
cuotidiana labor!
Síguese de aquí que solamente al hombre aislado y entregado a sus
pensamientos le es dado gozar de calma inalterable y de un humor
sensiblemente uniforme: no sentirá ciertamente en su rincón grandes
alegrías, mas no sufrirá tampoco grandes tristezas. Pero atajemos
reflexiones impertinentes y reanudemos la narración.
La admiración de la Naturaleza constituía también, según llevo dicho,
una de las tendencias irrefrenables de mi espíritu. No me saciaba de
contemplar los esplendores del sol, la magia de los crepúsculos, las
alternativas de la vida vegetal con sus fastuosas fiestas primaverales,
el misterio de la resurrección de los insectos y la decoración
variada y pintoresca de las montañas. Y así, me pasaba todas las
horas de asueto que mis estudios me dejaban, haciendo correrías por
los alrededores del pueblo, explorando barrancos, ramblas, fuentes,
peñascos y colinas, con gran angustia de mi madre, que temía siempre,
durante mis largas ausencias, que me habría ocurrido algún accidente.
Como derivación de estos gustos, sobrevino luego en mí la pasión por
los animales, singularmente por los pájaros, de que tenía siempre gran
colección. Complacíame en criarlos de pequeñuelos, en construirles
jaulas de mimbre o de cañas, y en prodigarles toda clase de mimos y
cuidados.
Mi pasión por los pájaros y por los nidos se extremó tanto, que hubo
primavera que llegué a saber más de 20 de éstos, pertenecientes a
diversas especies de aves. Esta instintiva inclinación ornitológica
aumentó todavía ulteriormente[2]. Recuerdo que frisaba ya en los
trece años, cuando dí en coleccionar huevos de toda casta de pájaros,
cuidadosamente clasificados. Para facilitar la colecta (que mi
padre veía con buenos ojos), ofrecí a los muchachos y gañanes una
-cuaderna- por cada nido que me enseñasen. De este modo, la colección
se enriqueció rápidamente, llegando a contar 30 ejemplares diferentes.
Mostrábala yo orgullosamente a mis camaradas del pueblo como si
fuera tesoro inapreciable. Desgraciadamente, mi colección --que
guardaba cuidadosamente en una caja especial de cartón dividida en
compartimientos minuciosamente rotulados-- no pudo conservarse: los
ardores del mes de Agosto dieron al traste con mi tesoro, provocando
la putrefacción de las yemas y la rotura de las cáscaras. ¡Grande fué
mi pena cuando me dí cuenta del percance y comprendí toda la extensión
del irreparable daño! Estaba inconsolable al ver que los huevos de
-engaña-pastor- (chotacabras), tordo, gorrión, pardillo, pinzón,
-cogullada- (cogujada), -cudiblanca-, mirlo, -picaraza- (garza),
cardelina (jilguero), cuco, ruiseñor, codorniz, etc., mostraban las
cáscaras abiertas y rezumando líquido corrompido y mal oliente.
[2] Aludo a mi estancia, varios años después, en Sierra de Luna,
pueblo de la provincia de Zaragoza.
Tales aficiones fomentaron mis sentimientos de clemencia hacia los
animales. Gustaba de criarlos para gozar de sus graciosos movimientos y
sorprender sus curiosos instintos; pero jamás los torturé haciéndoles
servir de juguetes, como hacen otros muchos niños. Para cazarlos
prefería los procedimientos que permitían cogerlos vivos (-besque-
o liga, -lienas-[3] con hoyos hondos, la red, etc.). Cuando había
reunido muchos y no podía atenderlos y cuidarlos esmeradamente, los
soltaba o los devolvía, si eran todavía pequeñuelos e implumes, a
sus nidos y a las caricias maternales. En estos caprichos no entraba
para nada el interés gastronómico ni la vanidad del cazador, sino
el instinto del naturalista. Bastaba para mi satisfacción asistir
al maravilloso proceso de la incubación y a la -eclosión- de los
polluelos; seguir paso a paso las metamorfosis del recién nacido,
sorprendiendo primeramente la aparición de las plumas sobre la piel de
los frioleros pequeñuelos; luego, los tímidos aleteos del pájaro que
ensaya sus fuerzas y despereza las alas, y finalmente, el raudo vuelo
con que toma posesión de las anchuras del espacio.
[3] Trampas hechas con una losa y ciertos palillos fácilmente
desbaratables por el pájaro al picar el cebo. Perdone el lector
las voces aragonesas que empleo; algunas de ellas no figuran en
el Diccionario.
Los instintos admirablemente previsores de los animales, llenábanme
de ingenua admiración; pero no menos me chocaban las inarmonías
que, de vez en cuando, nos ofrece la vida, como acreditando en el
Creador extrañas distracciones y complacencias. Recuerdo que, cuando
me contaron las tretas de que el cuco se vale para criar su prole
(tretas que pude comprobar personalmente), sentí penosa impresión.
Fué ésta la primera incongruencia del orden natural que llegó a mi
noticia; luego conocí otras todavía más graves con relación a los
insectos y crustáceos. Y fué triste cosa pensar que el mal que yo
suponía producción puramente humana, tenía ya sus raíces en la más baja
animalidad...
[Ilustración]
CAPÍTULO IV
Mi estancia en Valpalmas. -- Los tres acontecimientos decisivos de mi
niñez: los festejos destinados a celebrar nuestras victorias de África,
la caída de un rayo en la escuela y el eclipse de sol del año 60.
Durante los últimos años pasados en Valpalmas (pueblo de la provincia
de Zaragoza, no lejos de Egea), ocurrieron tres sucesos que tuvieron
decisiva influencia en mis ideas y sentimientos ulteriores. Fueron
éstos: la conmemoración de las gloriosas victorias de África; la caída
de un rayo en la escuela y en la iglesia del pueblo, y el famoso
eclipse de sol del año 60. Tendría yo por entonces siete u ocho años.
Los festejos acordados por el Ayuntamiento de Valpalmas para celebrar
los triunfos de nuestros bravos soldados en África, fueron rumbosos
y proporcionados al entusiasmo patriótico que reinaba entonces en
toda España. «Por fin --oía yo decir--, las lanzas y espadas a menudo
esgrimidas contra nosotros mismos, se han vuelto contra los odiados
enemigos de la raza.» ¡Hacía tanto tiempo que la gloriosa bandera
española no había flameado sobre los muros de extranjera ciudad!
No cabía duda; la raza hispana había vuelto en sí, readquiriendo
conciencia de su propio valer. Aquellos eran los mismos esforzados
infantes de Pavía y San Quintín.
¡Con qué cordial e ingenuo entusiasmo vitoreábamos a los bravos
soldados de África, y singularmente a los generales Prim y O’Donnell!
¡Cuán orgullosos estábamos de la derrota de Muley-el-Abbas y de
la sangrienta toma de Tetuán, y cuán indignados también contra la
diplomacia inglesa --la pérfida Albión, como se decía entonces, con
olvido de los inestimables servicios que nos prestara en nuestra
guerra contra los franceses-- por haber detenido con un gesto de
altivez y de mal humor el avance triunfal de nuestras tropas!... No
tenía yo entonces representación muy clara del carácter de las ofensas
recibidas, de la legitimidad y necesidad de la venganza, ni de las
ventajas morales y materiales que la guerra podía traernos; pero, al
ver alegría y entusiasmo en todo el mundo, me entusiasmé y alborocé
también, aceptando mi parte en los obsequios y finezas con que nuestros
rudos, pero patrióticos ediles de Valpalmas, quisieron exteriorizar la
gran satisfacción y noble orgullo que rebosaba en todos los corazones.
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