--No tardará V. en conocerles, a lo menos a uno de ellos, dijo don
Jaime.
--¡Ah! repuso con curiosidad la joven.
--Sí, de un momento a otro aguardo al barón de Meriadec.
--Le reservaremos la mejor acogida posible, dijo doña María.
--Les recomiendo a Vds. que así lo hagan, profirió don Jaime.
--¡Pero doña Dolores no puede permanecer en Puebla! dijo doña Carmen.
--Tal es mi parecer, repuso el aventurero, y por eso cuento trasladarme
allá.
--¿Por qué no viene ella aquí? preguntó la joven; estaría en seguro y
su padre recibiría los cuidados que su estado exige.
--Es muy juicioso lo que V. dice, Carmen, replicó don Jaime; tal vez
valdría más que pasase algún tiempo con Vds.; pensaré en ello; ante
todo, empero, es preciso que yo vea a don Andrés para cerciorarme de si
su estado consiente el viaje.
--Observo, mi querido hermano, dijo doña María, que nos habló V. de
doña Dolores y de su padre, pero no de don Melchor.
Al oír estas palabras, el rostro de don Jaime adquirió de súbito una
expresión sombría y se le contrajeron las facciones.
--¿Le ha sucedido acaso alguna desgracia? preguntó doña María.
--¡Ojalá Dios que así hubiese acontecido! respondió aquél entre triste
y colérico; no hable usted nunca de semejante hombre, es un monstruo.
--Me llena V. de espanto, don Jaime.
--Ya les he dicho a Vds. que la hacienda del Arenal había sido asaltada
por los guerrilleros, ¿no es eso?
--Sí, respondió doña María, palpitante de terror.
--¿Sabe V. quién mandaba a los juaristas y les servía de guía? don
Melchor de la Cruz.
--¡Oh! exclamaron horrorizadas las dos mujeres.
--Luego, cuando en pos de un convenio don Andrés y su hija lograron la
autorización para retirarse sanos y salvos a Puebla, un hombre les armó
un lazo a no mucha distancia de la ciudad y les atacó traidoramente, y
ese hombre era don Melchor.
--¡Es horrible! profirieron doña María y doña Carmen ocultando el
rostro entre las manos y rompiendo en sollozos.
--Sí, es horrible, continuó don Jaime, tanto más cuanto don Melchor
había calculado impasiblemente la muerte de su padre, cuanto por medio
de un parricidio quería apoderarse de la fortuna de su hermana, fortuna
a la cual no tiene derecho alguno y que el próximo casamiento de doña
Dolores se la arrebataba por completo, o a lo menos él así lo creía.
--Ese hombre es un monstruo, dijo doña María.
La relación de don Jaime había aterrorizado a las dos damas, y con
razón; su intimidad con la familia de la Cruz era grande; doña Dolores
y doña Carmen se habían criado juntas, y aunque esta última tenía
algunos años más que la primera, se querían como hermanas. Así es
que la noticia de la desventura que de improviso vino a abrumar a la
familia de don Andrés, las llenaba de dolor.
Doña María insistió calurosamente para que don Andrés y su hija
fuesen conducidos a Méjico y pasasen a vivir en compañía de ella y de
Carmen y así pudiesen recibir los cuidados y los consuelos de que tan
necesitados estaban después de semejante desastre.
--Veré, procuraré complacerlas a Vds., respondió don Jaime; sin
embargo, no me atrevo a prometerles todavía cosa alguna. Cuento partir
hoy mismo para Puebla, camino de la cual saldría ahora mismo si no
aguardara la visita del barón de Meriadec.
--Ésta será la primera vez que le veré separarse de nosotras casi sin
pesar, dijo suavemente doña María.
Don Jaime se sonrió.
En esto los tres interlocutores oyeron abrir la puerta de la calle y
resonar los pasos de un caballo en el zaguán.
--Aquí está el barón, dijo el aventurero saliendo a recibir a su
visitante.
En efecto, el recién llegado era Domingo.
Don Jaime tendió la mano al joven, y dirigiéndole una mirada
significativa, le dijo en francés, lengua que las dos damas hablaban
muy bien:
--Bienvenido sea V., mi querido barón; estaba aguardando a V. con
impaciencia.
Domingo, que comprendió que hasta nueva orden debía conservar su
incógnito, respondió:
--Siento en el alma haberle hecho aguardar a V., mi querido don Jaime;
pero acabo de llegar a escape y nada nuevo le comunicaría si le dijese
que el camino es largo.
--Lo sé, repuso don Jaime sonriendo, pero no permanezcamos aquí más
tiempo; véngase usted, quiero presentarle a dos damas que desean
conocerle.
--Señoras, dijo don Jaime entrando, permítanme Vds. que les presente
al barón Carlos de Meriadec, agregado a la embajada francesa, uno de
mis más queridos amigos de quienes he tenido ocasión de hablarlas.
Mi estimado barón, tengo la honra de presentar a V. doña María, mi
hermana, y doña Carmen, mi sobrina.
Aunque intencionalmente, como es de suponer, el aventurero se hubiese
callado el apellido de las damas, el joven pareció no advertirlo y las
saludó respetuosamente.
--Ahora, añadió de buen humor don Jaime, se encuentra V. aquí como en
medio de su familia, barón; V. ya conoce nuestra hospitalidad española;
si necesita V. algo, no tiene más que hablar; estamos a sus órdenes.
Todos tomaron asiento y luego que hubieron servido los refrescos se
entabló entre nuestros personajes el siguiente diálogo:
--Puede V. hablar con toda franqueza, dijo don Jaime; estas señoras
están al corriente de la horrorosa catástrofe del Arenal.
--Más horrorosa de lo que Vds. suponen, profirió Domingo; y pues Vds.
se interesan por esa desventurada familia, temo con mis palabras
aumentar su dolor y ser mensajero de malas nuevas.
--Estamos íntimamente relacionados con don Andrés de la Cruz y su
hechicera hija, respondió doña María.
--Entonces, señora, le pido anticipadamente mil perdones, repuso el
joven vacilando; no tengo sino asuntos tristes que comunicarla.
--¡Oh, hable V., hable V.!
--Pocas palabras tengo que decir: los juaristas se han apoderado de
Puebla; la ciudad se rindió a la primera intimación.
--¡Cobardes! exclamó el aventurero descargando un puñetazo en la mesa.
--¿No lo sabían Vds.? preguntó Domingo.
--No, respondió don Jaime, todavía la creía en poder de Miramón.
--Según su inveterada costumbre, continuó el joven, lo primero que
hicieron los juaristas fue apoderarse de los extranjeros, sobre todo
de los españoles, y exigirles rescate. De estos últimos, algunos
fueron fusilados sumariamente. No siendo ya bastantes las prisiones,
se ha echado mano de los conventos para encerrar a los prisioneros. Es
espantoso el terror que reina en Puebla.
--Prosiga V., amigo mío, dijo don Jaime. ¿Qué ha sido de don Andrés?
--Probablemente ya sabe V. que el pobre está gravemente herido.
--Lo sé.
--Pocas esperanzas inspira su estado. El gobernador de la ciudad, a
pesar de las representaciones de personajes notables y de los ruegos
de toda la gente honrada, mandó prender a don Andrés como convicto de
alta traición, y no obstante las lágrimas de doña Dolores y de todos
sus amigos lo hizo trasladar a las mazmorras de la antigua inquisición.
Luego saquearon y arrasaron la casa del infeliz.
--Pero, eso es espantoso; eso es barbarie pura.
--¡Pues todavía son tortas y pan pintado!
--¿Cómo se entiende?
--Don Andrés fue sumariado, y como protestaba de su inocencia, pese a
todos los esfuerzos de sus jueces para obligarle a acusarse a sí mismo,
le aplicaron el tormento.
--¡El tormento! exclamaron los oyentes, con gesto de horror.
--Sí, respondió Domingo, aquel anciano herido, moribundo, fue
suspendido por los pulgares y recibió el trato de cuerda por dos veces
consecutivas. No obstante, sus verdugos no pudieron conseguir que
confesase los crímenes que le imputaban y de que estaba inocente.
--¡Oh! esto traspasa los límites de lo creíble, exclamó don Jaime. El
desventurado murió, es indudable.
--Todavía no, o a lo menos todavía no lo estaba cuando me salí de
Puebla; ni siquiera le han condenado. A sus verdugos nada les apresura,
y como pueden disponer del tiempo que se les antoje, se divierten
jugando con su víctima.
--¿Y Dolores? preguntó doña Carmen, pobrecita ¡cuánto debe sufrir!
--Doña Dolores ha desaparecido; la robaron, respondió Domingo.
--¡Que desapareció! exclamó don Jaime con voz de trueno. ¡Y V. vive
para decírmelo!
--He hecho cuanto pude para que me matasen, replicó Domingo con la
mayor sencillez del mundo, pero no lo he logrado.
--¡Ah! yo la hallaré, repuso el aventurero. ¿Y qué hace el conde?
--Está desesperado; ayudado por León Carral, busca mientras yo me vine
a verme con V.
--Ha obrado V. bien; por quien soy le juro que daré con ella. ¿Así pues
el conde y León Carral se quedaron en Puebla?
--Únicamente León Carral; el conde se vio obligado a huir para librarse
de las persecuciones de los juaristas y se refugió con sus criados en
el rancho; todos los días, el más joven de ellos, a quien creo llaman
Ibarru, va a la ciudad para ponerse de acuerdo con el mayordomo.
--Dígame V., ¿vino V. a mi encuentro por impulso propio?
--Sí, pero primeramente tomé consejo del conde; no quise obrar sin que
me fuese conocido su parecer.
--Hizo V. santamente, repuso el aventurero; y volviéndose a doña María,
añadió: hermana, prepare V. una habitación a propósito para doña
Dolores.
--¿Va V. a conducirla aquí? profirieron las dos damas.
--Sí, o sucumbiré en la demanda, respondió don Jaime.
--¿Partimos? preguntó Domingo con impaciencia.
--Pronto, estoy aguardando a Loick y a López.
--¿Loick está aquí?
--Él es quien me trajo la noticia de la toma de la hacienda.
--Yo le envié.
--Me lo dijo. Su caballo de V. está fatigado, de consiguiente va V. a
dejarlo aquí para que cuiden de él; ya le proporcionaré otro.
--Como V. quiera.
--¿Usted ha oído pronunciar sin duda los nombres de los principales
perseguidores de don Andrés?
--Tres son: el primero el primer secretario, el alma condenada del
nuevo gobernador, don Antonio de Cacerbar.
--¡Estuvo V. de chiripa, por mi vida! dijo el aventurero con voz
irónica: ése es el hombre a quien salvó V. tan filantrópicamente la
existencia.
--¡Le mataré! dijo el joven rugiendo como un tigre.
--¿Tanto es el odio que V. le lleva? preguntó don Jaime fijando una
mirada singular en su interlocutor.
--La muerte misma no será parte a extinguirlo. La conducta de ese
hombre es inexplicable. Dos días después de haber los juaristas entrado
en Puebla, se presentó él de improviso, para desaparecer nuevamente
dejando tras sí un largo reguero de sangre.
--Ya daremos con él; ¿quién es el segundo?
--¿Todavía no lo ha adivinado V.?
--Don Melchor ¿no es eso?
--El mismo.
--Está bien; ahora ya sé dónde hallar a doña Dolores; él es quien la
robó.
--Es probable.
--¿Y el tercero?
--El tercero es un joven de gallarda y agradable presencia, de voz
suave, modales distinguidos, más terrible por sí solo, según dicen,
que los otros dos reunidos, y aunque no tiene título oficial, parece
disfrutar de un gran poder; pasa por agente secreto de Juárez.
--¿Se llama?
--Don Diego Izaguirre.
--¡Bah! repuso el aventurero sonriéndose, el negocio no es tan
desesperado como me temí; triunfaremos.
--¿Lo cree V.?
--Estoy seguro de ello.
--Dios le escuche a V., profirieron las dos damas juntando las manos.
Desde la llegada de Domingo, doña María era pábulo de una preocupación
extraordinaria; mientras éste estaba hablando con don Jaime, aquélla
le miraba con singular fijeza, y sentía subírsele las lágrimas a los
ojos, y el corazón parecía querer saltársele del pecho, sin que pudiese
explicarse la emoción que le producía la presencia y el timbre de voz
de aquel apuesto doncel a quien, no obstante, veía por vez primera. En
vano la buena señora evocaba sus recuerdos para adivinar dónde oyera ya
aquella voz cuyo sonido asumía para ella un no sé qué simpático que le
llegaba hasta el alma. Doña María estudiaba el hermoso y leal semblante
del vaquero cual si en las facciones de éste hubiese querido hallar un
parecido fugaz, pero su memoria era un caos; entre lo presente y lo
pasado parecía como que se levantase una valla insuperable, cual para
demostrarle que se dejaba dominar por una esperanza desatinada, y que
el hombre que se encontraba en su presencia le era realmente extraño.
Don Jaime seguía atentamente en el rostro de doña María los diversos
sentimientos que iban consecutivamente reflejándose en él; pero fuese
cual fuese el concepto que se formara sobre el particular, permaneció
frío, impasible e indiferente en la apariencia a las peripecias de
aquel drama íntimo que sin embargo debía interesarle hasta más no poder.
Una vez hubieron llegado Loick y López, ensillaron un caballo para
Domingo.
--Partamos, dijo el aventurero levantándose; el tiempo apremia.
El joven se despidió de las damas.
--Volverá V. ¿no es cierto, caballero? le preguntó con agasajo doña
María.
--Es V. muy bondadosa para conmigo, respondió el vaquero; será para mí
una dicha el aprovecharme de tan fina invitación.
Domingo, Loick y López se salieron, y en pos de ellos iba a hacerlo
don Jaime, cuando su hermana le asió del brazo para decirle con voz
temblorosa:
--Una pregunta.
--Hable V., hermana mía.
--¿Conoce V. al joven ese?
--Mucho.
--¿Realmente es un caballero francés?
--Pasa por tal, respondió don Jaime, mirando fijamente a su hermana.
--¡Qué locura la mía! murmuró la dama soltando el brazo de su hermano y
dando un suspiro.
El aventurero se sonrió sin responder.
Poco después resonaron en la calle los cascos de los cuatro caballos
lanzados a escape.
II
LA SORPRESA
De esta suerte y sin cruzar una palabra galoparon hasta la puesta
de sol, en cuya hora llegaron a un rancho ruinoso colocado como un
centinela a orillas del camino.
El aventurero hizo un gesto, y los jinetes detuvieron a sus
cabalgaduras.
Un hombre salió del rancho, y después de mirar silenciosamente a los
recién llegados, entró nuevamente en aquél, hasta que algunos minutos
después reapareció por la parte posterior del edificio, conduciendo dos
caballos de las bridas.
Dichos caballos iban ensillados.
El aventurero y Domingo echaron pie a tierra: quitaron las alforjas y
las pistolas, las colocaron en los arzones de los caballos de refresco
y volvieron a montar.
Por segunda vez compareció el hombre del rancho, conduciendo otros dos
caballos, y Loick y López se apearon a su vez e imitaron a don Jaime y
a Domingo.
El mudo personaje cogió en un haz las cuatro bridas y se alejó tirando
de los cuatro caballos.
--¡Adelante! gritó don Jaime.
La carrera empezó de nuevo silenciosa y veloz; y como la noche estaba
sombría, los jinetes se deslizaban cual sombras.
Después de andar toda la noche, a las cinco de la mañana relevaron los
caballos en un ruinoso rancho.
Aquellos hombres parecían de bronce, pues tras quince horas de
vertiginosa carrera a caballo la fatiga no había hecho mella en ellos.
Durante tan largo trayecto, ninguno de los viajeros había pronunciado
palabra.
A eso de las diez de la mañana, don Jaime y los suyos vieron brillar, a
los deslumbradores rayos del sol, las cúpulas de Puebla.
En menos de veinticuatro horas habían recorrido, al través de caminos
impracticables, los ciento veintiséis kilómetros que van de esta ciudad
a Méjico.
A media legua escasa de la ciudad, en lugar de continuar avanzando en
línea recta, a una señal del aventurero hicieron una conversión y se
internaron en un sendero apenas perceptible que cruzaba un soto.
Por espacio de una hora don Jaime cabalgó a la cabeza de sus
compañeros, y una vez llegados a un claro en medio del cual se hacía
una enramada, aquél detuvo su caballo, se apeó y dijo:
--Hemos llegado; aquí es donde provisionalmente vamos a establecer
nuestro cuartel general.
Domingo, López y Loick echaron también pie a tierra y empezaron a
desensillar a sus caballos.
--Aguarden Vds., repuso el aventurero; Loick, vas a llegarte a tu
rancho, donde en este momento se encuentran el conde del Saulay y sus
criados, y les conduces aquí; tú, López, ve por provisiones.
--¿Vamos a aguardarles V. y yo bajo esta enramada? preguntó Domingo.
--No, porque yo me voy a Puebla.
--¿Y sí le conocen a V.?
El aventurero se sonrió.
Don Jaime y el vaquero se quedaron solos, y después de introducir
sus caballos en la espesura y quitarles las bridas para que pudiesen
ramonear la hierba, aquél dijo al joven:
--Sígame V.
Domingo obedeció, y él y don Jaime se internaron en la enramada.
Dan el nombre de enramada en Méjico a una especie de cabaña informe
construida sin arte con ramas de árboles entrelazadas y cubierta con
otras ramas y hojas; esas viviendas, de muy pobre aspecto, ofrecen sin
embargo un abrigo muy bueno contra la lluvia y contra los rayos del sol.
La enramada a que llegaron don Jaime y Domingo, más bien construida
que las demás, estaba dividida en dos compartimientos por un tejido
de ramas que subía hasta el techo y dividía la cabaña en dos partes
iguales por lo ancho.
Don Jaime pasó, sin detenerse, por el compartimiento primero y entró
en el segundo, seguido del vaquero, que desde hacía algunos instantes
parecía estar sumergido en profundas reflexiones.
El aventurero apartó un montón de hierbas y de hojas secas, y tomando
su machete empezó a cavar el suelo.
--¿Qué hace V.? le preguntó Domingo lleno de admiración.
--Ya lo ve V. estoy desembarazando la entrada de una cueva; ayúdeme V.
El joven y el aventurero pusieron manos a la obra, y a poco apareció
una losa ancha y plana en medio de la cual estaba empotrada una anilla.
Una vez hubieron quitado la piedra, quedaron al descubierto dos
groseros escalones tallados en la peña.
--Bajemos, dijo el aventurero, después de encender una lámpara.
Domingo tendió una mirada de curiosidad en torno de sí; el sitio donde
se encontraba, situado siete u ocho metros debajo del suelo, formaba
una especie de sala octagonal bastante capaz a la que afluían cuatro
galerías, que conducían a puntos distintos y parecían penetrar en las
entrañas de la tierra.
Dicha sala estaba abundantemente provista de armas de todas clases; se
veían en ella arneses, equipos, una cama de hojarasca con su manta y
hasta una anaquelería con libros suspendida de la pared.
--Ésta es una de mis guaridas, dijo sonriendo el aventurero, y como
ésta poseo muchas desparramadas por todo el territorio mejicano. Esta
cueva data del tiempo de los aztecas y su existencia me la reveló hace
ya muchos años un indio anciano; ya sabe V. que la provincia en que
nos encontramos era antiguamente el territorio sagrado de la religión
mejicana; de consiguiente en él pululan los templos. Las cuevas, de las
que existían gran número, servían a los sacerdotes para trasladarse de
uno a otro sitio sin ser descubiertos y dar de esta suerte más valor
a los milagros de ubicuidad que ellos pretendían obrar. Más adelante
sirvieron de refugio a los indios perseguidos por los conquistadores
españoles. Ésta, que por un lado afluye a la pirámide de Cholula y
por el otro al centro de la misma ciudad de Puebla, sin mentar otras
salidas, fue muchas veces de gran provecho para los insurgentes
mejicanos durante la guerra de la independencia. Hoy su existencia es
ignorada; V. y yo somos los únicos que en la actualidad la conocemos.
--Dispense V., dijo el vaquero, que había escuchado con el más vivo
interés este relato, hay una cosa que no acabo de comprender.
--¿Cuál?
--Hace poco me dijo V. que si por acaso venía alguien, al punto lo
sabríamos.
--Efectivamente se lo dije a V.
--No comprendo absolutamente como puede ser eso.
--Es muy sencillo; ¿ve V. esa galería?
--Sí.
--Pues por una especie de abertura de un metro cuadrado poco más o
menos, cubierta de malezas e imposible de descubrir, afluye exactamente
a la entrada del sendero, único punto por el cual es posible penetrar
en el bosque; ahora bien, por un singular efecto de acústica de que no
acertaría a dar la explicación, todos los ruidos, sean cuales fueren,
aun los más insignificantes, que se producen cerca de dicha abertura,
son inmediatamente repercutidos aquí con claridad tal, que con gran
facilidad puede conocerse de qué proceden.
--Entonces nada temo ya, repuso Domingo.
--Por otra parte, una vez hayan llegado las personas a quienes estamos
aguardando, taparemos la mencionada abertura, que nos será inútil, y
entraremos y saldremos por otra galería que se abre a espaldas de V.
Y mientras daba estas explicaciones a su amigo, el aventurero se había
quitado algunas prendas de su traje.
--¿Qué hace V.? preguntó Domingo.
--Me disfrazo para ir a informarme y saber en qué punto se encuentran
nuestros asuntos en Puebla. Los habitantes de esta ciudad son muy
religiosos; en ella abundan los conventos, y me pongo estos hábitos de
camaldulense, a favor de los cuales podré librarme a mis comisiones
sin temor de que sospechen de mí.
El vaquero se había sentado sobre las pieles, y con la espalda apoyada
en la pared estaba meditando.
--¿Qué tiene V.? le preguntó don Jaime, parece que le preocupa y le
entristece algo.
--En efecto, estoy triste, respondió el joven, estremeciéndose cual si
de improviso le hubiese mordido una víbora.
--¿No le he dicho a V. ya que daríamos de nuevo con doña Dolores?
--Señor, repuso Domingo, estremeciéndose otra vez, poniéndose lívido y
levantándose con la cabeza caída sobre el pecho, desprécieme usted, soy
un infame.
--¡Un infame! ¡V. un infame! ¡Bah! V. ha mentido.
--No, señor, he dicho la verdad; falté a mis deberes, traicioné a mi
amigo, olvidé cuanto V. me recomendó, dijo Domingo. Y luego, dando un
gran suspiro, añadió con voz apenas perceptible; amo a la prometida del
conde.
El aventurero fijó con expresión indefinible su límpida mirada en el
joven, y dijo:
--Ya lo sabía.
--¡Que lo sabia V.! exclamó Domingo estremeciéndose e irguiéndose a la
vez como impulsado por poderoso resorte.
--Sí, repuso don Jaime.
--¿Y no me desprecia V.?
--¿Por qué? ¿acaso somos dueños de nuestro corazón?
--¡Pero es la prometida del conde, de mi amigo!
--Dolores le ama a V., profirió el aventurero, haciendo caso omiso de
la exclamación del joven.
--¡Oh! profirió éste, ¿y cómo sabré yo si ella me ama, cuando apenas me
atreví a confesarme a mí mismo la pasión que yo siento?
Hubo una larga pausa de silencio. Por fin don Jaime, que mientras iba
vistiéndose los hábitos de fraile miraba con el rabillo del ojo a su
interlocutor, dijo con voz natural:
--El conde no ama a doña Dolores.
--¿Qué dice V.? exclamó el joven con ardoroso arranque.
--He aquí lo que son los enamorados, profirió don Jaime riendo, no
comprenden que los demás tengan también ojos para ver.
--Pero el conde debe casar con ella, repuso el joven.
--Debe, replicó el aventurero recalcando con intención la palabra.
--¿No vino ex professo a Méjico con este fin?
--Sí.
--Luego ya ve V. que casará con ella.
--Su conclusión de V. es absurda, repuso el aventurero encogiendo los
hombros; ¿por ventura sabe el hombre lo que va a hacer? ¿le pertenece
acaso el mañana?
--Pero desde que las desgracias abrumaron a la familia de doña Dolores
y a doña Dolores misma, el conde tienta lo imposible para salvar a su
prometida.
--Eso demuestra que el conde es un caballero cumplido, y nada más; por
otra parte, es primo de la joven, y al procurar salvarla, aun con
peligro de su vida y de su fortuna, cumple con su deber.
--La ama, la ama, dijo Domingo.
--Entonces vuelvo la oración por pasiva: doña Dolores no ama al conde.
--¿Usted lo cree así?
--Estoy seguro de ello.
--¡Oh! como pudiese yo persuadirme de semejante supuesto, esperaría.
--Es V. un niño, repuso el aventurero. Ahora parto; aguárdeme V. aquí;
pero antes de irme júreme que no se alejará en tanto no esté yo de
regreso.
--Se lo juro a V.
--Bien, voy a trabajar para V.; espere; hasta luego.
Y haciendo a Domingo una última señal de despedida con la mano, el
aventurero se alejó por una galería lateral.
El joven permaneció inmóvil e imaginativo mientras oyó el ruido de los
pasos de su amigo que se alejaba; luego se dejó caer en el lecho de
pieles, y murmuró con voz apagada:
--Me dijo que esperara.
Ahora vamos a dejar a Domingo sumergido en reflexiones que, a juzgar
por la expresión del rostro del joven, debían ser agradables, y
seguiremos a don Jaime en su arriesgada expedición.
El subterráneo estaba situado a una media legua de la ciudad; por
lo tanto ésta era la distancia que don Jaime tenía que recorrer
bajo tierra para encontrarse en Puebla. Sin embargo, lo largo del
trayecto no parecía inquietarle lo más mínimo; seguía a buen andar
por la galería, en la que por intersticios invisibles penetraba luz
suficiente para que con facilidad pudiese guiarse en medio de los
innumerables rodeos que se veía obligado a dar. De esta suerte don
Jaime caminó por espacio de tres cuartos de hora, al cabo de los cuales
llegó al pie de una escalera compuesta de unos quince peldaños, por la
que empezó a subir después de haberse detenido por un instante para
recobrar el aliento. Una vez arriba, buscó un resorte, con él que dio
casi inmediatamente, apoyó con fuerza los dedos en él, y al punto una
enorme piedra se destacó de la pared, giró sobre invisibles goznes y
abrió ancho paso. Don Jaime atravesó la abertura, empujó la piedra, que
recobró instantáneamente su primitiva posición, y paseó en torno de sí
una escrutadora mirada: estaba solo. El sitio donde se encontraba era
una capilla de la mismísima catedral de Puebla; la puerta secreta que
había librado paso el aventurero, se abría en uno de los ángulos de
aquélla y estaba oculta por un confesionario. Las precauciones estaban
bien tomadas; no se corría riesgo alguno de ser descubierto.
Don Jaime se salió de la iglesia y se encontró en la plaza Mayor, que,
por ser las doce del mediodía, hora de la siesta, se hallaba casi
solitaria.
El aventurero se bajó el capuchón hasta los ojos, escondió las manos
en sus mangas, y con paso reposado atravesó la plaza diagonalmente,
se internó en una de las calles que a ella afluían, y llegó de esta
suerte hasta la puerta de una graciosa casa construida entre patio
y jardín, la cual parecía surgir del corazón de un bosquecillo de
naranjos y de granados en flor. El aventurero abrió dicha puerta, que
no estaba cerrada sino con un pestillo, entró y volvió a cerrarla tras
sí, y se encontró en una alameda arenosa, sombrada por una bóveda de
follaje y que terminaba en la puerta misma de la casa, separada del
plan terreno por algunos escalones y coronada de una azotea al estilo
mejicano. Oliverio tendió a su alrededor una mirada suspicaz, y vio que
el jardín estaba desierto. Entonces siguió adelante, pero en vez de
dirigirse hacia la casa, se internó en una alameda lateral, y después
de algunos rodeos se encontró ante una puerta excusada que al parecer
pertenecía a la servidumbre. Una vez allí Oliverio tomó un silbato de
plata que de una cadenita de oro llevaba suspendido al cuello, se lo
llevó a los labios y arrancó de él un sonido suave y modulado de cierta
manera, a cuyo son y desde el interior de las habitaciones contestó
otro parecido, tras lo cual se abrió una puerta y apareció un hombre.
El aventurero hizo un signo masónico a éste, que le respondió del mismo
modo y entró en pos de él en la casa. Sin pronunciar palabra, aquel
hombre guió al aventurero al través de gran número de aposentos, hasta
que por fin abrió una puerta, se hizo a un lado para dejar paso franco
a su acompañado, y una vez éste hubo penetrado en la pieza, volvió a
cerrar, quedándose fuera. El aposento en el cual don Jaime acababa
de ser introducido de esta suerte, estaba amueblado con elegancia,
en las ventanas había anchas y corridas cortinas que interceptaban
los rayos del sol, el piso estaba cubierto con uno de esos blandos
petates que únicamente los indios saben labrar, y lo dividía en dos
una hamaca de hilo de áloe suspendida por argollas de plata, de grapas
del mismo metal, en la que dormía a pierna tendida un hombre que no
era otro que don Melchor de la Cruz. Sobre una baja mesa de sándalo y
al alcance del durmiente se veían un cuchillo con puño de plata dorada
delicadamente cincelado, de ancha, larga y afilada hoja, y un par
de magníficos revólveres de seis tiros, en cuyos cañones se leía el
nombre de Devisme. Aun en el riñón de Puebla, en su propia casa, don
Melchor creía prudente estar preparado contra una sorpresa o contra una
traición. A bien que sus temores nada tenían de exagerado, porque el
hombre que en aquel instante se encontraba ante él, en aquella pieza,
era uno de sus más temibles enemigos. Don Jaime contempló a don Melchor
por espacio de algunos segundos, luego avanzó de puntillas hasta la
hamaca, tomó las pistolas, las hizo desaparecer debajo de sus hábitos,
se apoderó del cuchillo, y luego dio un golpecito al durmiente, que no
necesitó de nueva insinuación para despertarse y tender maquinalmente
la mano hacia la mesa.
--Es inútil, dijo con despego don Jaime, no están.
Al sonido de aquella voz conocida, don Melchor se levantó como
despedido por un resorte, y fijando una mirada hosca en el individuo
que estaba inmóvil delante de él, preguntó con voz ahogada por el miedo:
--¿Quién es V.?
--¿Todavía no me ha conocido? respondió con zumba el aventurero.
--¿Quién es V.? repitió don Melchor.
--¡Ah! dijo el fingido fraile, ¿quiere V. estar seguro? en hora buena,
mire V.
Al pronunciar estas palabras, el aventurero se echó atrás el capuchón.
--¡Don Adolfo! murmuró el joven con voz sorda.
--¿A qué tal extrañeza? preguntó el aventurero sin dejar el tono de
zumba. ¿No me esperaba V.? sin embargo debía V. suponer que vendría a
encontrarle.
--Está bien, dijo don Melchor después de unos instantes de reflexión;
en definitiva vale más acabar de una vez.
Y se sentó de nuevo en el borde de la hamaca, con la mayor tranquilidad
e indolencia del mundo, en la apariencia a lo menos.
--Enhorabuena, profirió Oliverio sonriéndose; prefiero que lo tome V.
así. ¡Ea! hablemos, nos sobra el tiempo.
--¿Conque no viene V. con la intención de asesinarme? preguntó el joven
con ironía.
--¡Vaya un pensamiento más diabólico se le ha acudido a V., mi querido
señor! respondió el aventurero. ¡Yo poner la mano encima de V.! ¡Dios
me libre! Éste es negocio del verdugo, y me guardaré de hacer la
competencia a tan estimable empleado.
--El caso es, profirió impetuosamente don Melchor, que V. se introdujo
en mi casa como pudiera haberlo hecho un bandido, bajo este disfraz,
sin duda para asesinarme.
--Vuelve V. a las andadas y esto arguye torpeza; si he venido
disfrazado aquí, es porque las circunstancias exigen que tome esta
precaución, y nada más; por otra parte, no hice sino seguir el ejemplo
de V. Y cambiando inopinadamente de tono, el aventurero añadió: a
propósito, ¿está V. satisfecho de Juárez? ¿Le pagó a V. generosamente
su traición? He oído cosas de él que me hacen suponer se habrá limitado
a hacerle a V. promesas, ¿no es así?
--¿Para decirme esas majaderías, repuso don Melchor con desdén, se
introdujo V. furtivamente en mi casa?
--¡No, miserable! exclamó el aventurero levantándose, empuñando un
revólver en cada mano, avanzando un paso y midiendo de pies a cabeza y
con mirada de desprecio al joven; no, miserable, vine para levantarle a
V. la tapa de los sesos como no me revele qué hizo de su hermana doña
Dolores.
III
LOS PRISIONEROS
Reinaron algunos instantes de silencio amenazador. Aquellos dos
hombres, de pie uno en frente de otro, se medían con la mirada.
--¡Ja, ja, ja! profirió don Melchor de la Cruz interrumpiendo el
silencio, echándose a reír de un modo estridente y dejándose caer de
nuevo sobre el borde de la hamaca; mire V. si me equivocaba, señor, al
decirle que se había V. introducido en mi casa para asesinarme.
--Pues no, repuso el aventurero con voz vibrante, después de esconder
los revólveres y de morderse los labios con despecho; se lo repito a
V., no le mataré, no es V. digno de morir a manos de un hombre honrado;
pero le obligaré a que me diga la verdad.
--Pruébelo V., profirió el joven mirando con expresión singular a su
interlocutor y encogiendo los hombros con desdén.
Luego se puso a liar un cigarrito de paja de maíz, lo encendió, y
lanzando hacia el techo una bocanada de azulado y odorífero humo,
añadió:
--Le escucho a V.
--Pues vea lo que le propongo: es V. mi prisionero y no le devolveré la
libertad sino a condición de que ponga a doña Dolores, no en mis manos,
sino en las del conde del Saulay, con quien debe casar inmediatamente.
--¡Jum! mucho me exige V., querido señor, replicó el joven; observe V.
que yo soy el tutor legal de mi hermana.
--¡Cómo su tutor!
--Sí, puesto que nuestro padre ha fallecido.
--¡Qué! ¿don Andrés de la Cruz muerto? exclamó el aventurero
levantándose de un brinco.
--¡Ay! sí, respondió hipócritamente el joven levantando los ojos al
cielo; hemos tenido el dolor de perderlo anteanoche, y ayer por la
mañana le enterraron; el pobre anciano no pudo resistir el cúmulo de
desventuras que anonadaron a nuestra familia, el dolor le quebrantó. Su
muerte fue conmovedora.
Hubo un momento de silencio, durante el cual Oliverio se paseó por el
aposento.
--Sin ambages ni rodeos, dijo prontamente éste deteniéndose delante del
joven, ¿quiere V., o no, devolver la libertad a doña Dolores?
--No, respondió resueltamente don Melchor.
--Está bien, repuso con calma el aventurero; peor para V.
En esto se abrió la puerta y un joven de presencia distinguida y de
porte elegante entró en el aposento.
--Los acontecimientos podrían tomar un sesgo muy distinto de lo que
supone don Adolfo, dijo entre sí don Melchor sonriendo socarronamente
al ver al recién llegado.
El cual saludó cortésmente al dueño de la casa, a quien preguntó
después de cambiar con él un apretón de manos y de haber dirigido una
mirada indiferente al fingido fraile:
--¿Incómodo?
--Al contrario, mi querido don Diego, no podía V. llegar más
oportunamente, respondió don Melchor; ¿pero a qué debo el verle a V. a
hora tan insólita?
--Vengo a comunicarle a V. una buena noticia. El conde del Saulay,
su enemigo personal, está en poder nuestro; pero como es francés y
debemos guardar para con él algunas consideraciones, el general ha
resuelto enviarle, bajo la vigilancia de una buena escolta, a nuestro
ilustrísimo presidente. Otra noticia agradable, V. es el encargado de
mandar la escolta esa.
--¡Demonios! exclamó con alborozo don Melchor, es V. lo que se llama
un verdadero amigo. Pero ahora me toca a mí: fíjese V. bien en este
fraile, ¿le conoce V.? ¿no? Pues este hombre no es otro que el
aventurero llamado don Adolfo, don Oliverio, don Jaime y qué sé yo
cuántos nombres más, y a quien hace tanto tiempo persiguen en vano.
--¿Es posible? exclamó don Diego.
--Tal como dijo el señor, repuso entonces don Adolfo.
--Antes de una hora, profirió él de la Cruz, será V. fusilado por
traidor y bandido.
Don Adolfo encogió con desdén los hombros.
--Es evidente, observó don Diego, que este hombre será fusilado; pero
como pretende que es francés, sólo al presidente corresponde decidir de
su suerte.
--¡Ah! profirió don Melchor, ¿así pues todos esos demonios pertenecen a
esa nación maldita?
--No sé, dijo don Diego; pero lo que sí puedo asegurar a V. es que el
hombre ese es duro de pelar, y como tal vez se vería V. en apuros para
llevarle a buen recaudo, le mandaré al presidente bajo la vigilancia de
una escolta especial.
--Al contrario, repuso don Melchor, si quiere usted darme gusto, tengo
empeño en conducirle yo; nada tema, mi amigo don Diego, tomaré tales
precauciones, que por muy astuto que sea no se me escapará; lo único
que hay que hacer es desarmarle.
El aventurero entregó silenciosamente las armas a don Diego.
En esto entró un criado y anunció que la escolta estaba aguardando en
la calle.
--Está bien, dijo don Melchor; en marcha.
El criado entregó un machete, un par de pistolas y un sarape a su amo y
le enhebilló las espuelas.
--Ahora podemos partir, dijo él de la Cruz.
--Vamos, profirió don Diego; y volviéndose al aventurero, añadió: don
Adolfo o como se llame, pase V. adelante.
El aventurero obedeció sin replicar.
Veinticinco soldados vestidos podríamos decir caprichosamente y casi
todos ellos harapientos, estaban, efectivamente, aguardando en la
calle e iban bien montados y bien armados. En medio del escuadrón y
rigurosamente vigilados, iban el conde del Saulay y sus criados.
Al ver al conde, a don Melchor se le iluminó el semblante; en cuanto a
aquél, no se dignó siquiera aparentar que había notado la presencia del
hermano de su prometida.
A una señal de don Diego, don Adolfo se subió sobre un caballo que al
efecto para él habían preparado, y fue a colocarse a la derecha del
conde, con quien cambió un apretón de manos.
--Ahora, amigo don Melchor, dijo don Diego al joven, que a su vez
también había montado, buen viaje; yo me vuelvo al gobierno.
--Adiós, contestó don Melchor.
La escolta se puso en marcha.
Eran poco más o menos las dos de la tarde, y como habían ya menguado
los grandes calores del día, las tiendas empezaban a abrirse, y los
tenderos, de pie en el umbral de sus puertas, miraban, bostezando,
pasar los soldados. Don Melchor iba algunos pasos delante del
escuadrón; y aunque su postura era fría y comedida, se conocía que
hacía esfuerzos para dominar el gozo que experimentaba al verse por fin
dueño de sus implacables enemigos.
Tiempo hacía que habían salido de la ciudad la escolta y los
prisioneros, cuando el teniente que mandaba la escolta se acercó a don
Melchor y le dijo:
--Los soldados están rendidos de fatiga; de consiguiente bueno sería
que pensásemos en acampar con objeto de pasar la noche.
--Acampemos, contestó el joven, con tal que sea en sitio seguro.
--No lejos de aquí, repuso el teniente, conozco un rancho abandonado
donde nos encontraremos a las mil maravillas.
--Pues vamos allá.
El teniente tomó la dirección de los soldados, los cuales no tardaron
en internarse en un sendero apenas abierto al través de un bosque
sumamente frondoso, y al cabo de unos tres cuartos de hora llegaron
a un extenso claro en cuyo centro se elevaba el rancho de que aquél
hablara.
A una orden del teniente, los soldados se apearon más que de prisa;
tantos deseos tenían, al parecer, de descansar de sus fatigas.
Don Melchor echó también pie a tierra y penetró en el rancho para
informarse del estado en que éste se encontraba; pero apenas hubo
dado un paso en el interior del mismo, cuando prontamente se sintió
sujetado, envuelto en un sarape, agarrotado y amordazado, sin que
le hubiesen dado tiempo de ensayar una defensa inútil. Al cabo de
algunos minutos oyó choque de sables y un ruido cadencioso fuera del
rancho: los soldados, o a lo menos parte de ellos, se alejaban sin
ocuparse más en él. Luego y casi al punto le cogieron por los pies y
por los sobacos, le levantaron y se lo llevaron, y después de avanzar
algunos pasos con rapidez, le pareció que le hacían bajar por una
escalera subterránea, hasta que al cabo de diez minutos le colocaron
cuidadosamente en una blanda cama de pieles, a lo que él supuso, donde
le dejaron sólo y en medio del más absoluto silencio.
Por fin se oyó un ligero ruido, que fue aumentando gradualmente, ruido
al parecer producido por el andar de muchas personas sobre arena.
De improviso todo quedó de nuevo en el mayor silencio. El joven sintió
como le levantaban de nuevo y se lo llevaban, en cuya ocupación
emplearon sus raptores un espacio de tiempo bastante largo y se
relevaron de trecho en trecho, hasta que de nuevo se detuvieron y le
depositaron en el suelo. Entonces el prisionero conjeturó, por el
aire más fresco y vivo que le hería el rostro, que había salido del
subterráneo y se encontraba al raso.
--Desaten Vds. al prisionero, dijo entonces una voz cuyo timbre seco y
metálico llamó la atención del joven.
Al punto libraron a éste de las ataduras, de la mordaza y de la venda
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