--Está bien, contestó el guerrillero; puede el mayordomo ir a cumplir
sus quehaceres. Y dirigiéndose a los suyos y designando a Carral,
añadió: este hombre es libre; conduzcan acá a los peones.
Poco después entraron en el salón unos quince pobres diablos con el
traje hecho jirones y cubiertos de sangre, pero armados, según pacto
estipulado previamente.
Dichos quince hombres eran los únicos que quedaban de los defensores
de la hacienda.
Cuéllar penetró luego en la pieza en cuyo umbral hasta entonces había
permanecido, sin que a ello le invitaran, y fue a colocarse detrás de
la barricada.
Don Melchor, que comprendió lo falso de su posición, ahora que se veía
solo frente por frente de los sitiados, se volvió para retirarse; pero
entonces don Andrés se levantó, e interpelándole con voz vibrante e
imperiosa, le dijo:
--Deténgase V., Melchor, no podemos separarnos de esta suerte; ahora
que ya no debemos volver a vernos en este mundo, es necesario,
indispensable, una explicación suprema entre los dos.
Don Melchor se estremeció al oír aquella voz; palideció, e hizo un
movimiento cual si quisiese huir; pero deteniéndose prontamente y
levantando con arrogancia la frente, dijo:
--¿Qué quiere V. de mí? hable, ya le escucho.
Por espacio de algunos segundos el anciano permaneció con los ojos
clavados en su hijo con singular expresión de amor, cólera, dolor y
desprecio, y haciendo por fin un esfuerzo sobre sí mismo, tomó la
palabra en estos términos:
--¿Por qué quiere V. marcharse? ¿acaso porque le horroriza el crimen
que ha cometido, o bien porque la rabia se ha apoderado de su corazón
al ver abortado su parricidio y salvado a su padre a pesar de todos
los esfuerzos que V. ha hecho para arrancarle la vida? Dios, que ha
permitido que no consiguiese V. el completo triunfo de sus proyectos,
me castiga por mi debilidad hacia V. y por el sitio que había V.
usurpado en mi corazón; caro pago mi error; pero por fin ha caído la
venda que me cubría los ojos. Váyase V., miserable, marcado con un
estigma indeleble; ¡maldito sea V.! y esta maldición que sobre V.
fulmino pese eternamente sobre su corazón. ¡Márchese V., parricida!
desde ahora deja V. de ser hijo mío.
Sin embargo de su audacia, don Melchor no pudo aguantar la mirada
fulgurante que su padre fijaba implacablemente en él; se le cubrió de
lívida palidez el rostro, le conmovió el cuerpo un temblor convulsivo,
inclinó la cabeza bajo el peso del anatema, retrocedió lentamente sin
volverse, como arrastrado por una fuerza superior a su voluntad, y
desapareció por en medio de los guerrilleros, que le abrieron calle
impulsados por un sentimiento de horror.
En el salón reinaba un silencio fúnebre; y es que aquellos hombres, sin
embargo de ser tan poco impresionables, experimentaban el influjo de la
terrible maldición pronunciada por un padre contra su hijo culpado.
Cuéllar, que fue el primero que recobró su presencia de ánimo, dijo a
don Andrés:
--Ha hecho V. mal en inferir a su hijo y en presencia de todos tan
cruel afrenta.
--Le comprendo a V., profirió el anciano con tristeza; ¿pero qué me
importa que se vengue si para siempre más mi vida está quebrantada?
E inclinando la cabeza sobre el pecho, don Andrés cayó en sombría y
profunda meditación.
--Vele V. por él, dijo Cuéllar al conde; conozco a don Melchor, y sé
que es un verdadero indio.
En esto doña Dolores, que hasta entonces permaneciera temerosamente
escondida en medio de sus criadas, detrás de la barricada, se levantó,
apartó algunos muebles, pasó sin hacer ruido al través de la abertura
que ella misma acababa de practicar y fue a sentarse al lado de don
Andrés; el cual no se movió, ni la había visto venir, ni oído como se
sentaba cerca de él.
La joven se inclinó hasta su padre, le cogió amorosamente las manos,
le besó en la frente, y con voz melodiosa e impregnada de ternura
indecible, le dirigió estas palabras:
--Padre, mi buen padre, ¿no le queda a V. por ventura una hija que le
quiere y le respeta? No se deje V. abatir de esta suerte por el dolor.
Míreme, padre mío, por la Virgen Santísima; soy su hija. ¿Acaso no me
quiere a mí que le amo tanto?
Don Andrés levantó el rostro, bañado en lágrimas, y abrió los brazos,
en los que doña Dolores se precipitó dando un grito de gozo.
--¡Oh! profirió el anciano con ternura inefable, ¡cuánta ingratitud
la mía al dudar de la infinita bondad de Dios! ¡Me queda mi hija! ¡No
estoy ya solo en la tierra! ¡Todavía puedo ser dichoso!
--Sí, padre, repuso doña Dolores, Dios ha querido sujetarle a V. a
prueba, pero no nos abandonará en nuestra pesadumbre; sea V. fuerte
contra el infortunio, deje a su hijo entregado a su arrepentimiento,
levante V. la terrible maldición que ha fulminado contra él, y
permítale que vuelva arrepentido a sus plantas. ¡Oh! estoy convencida
de que su acción no es sino hija de un momento de extravío; porque
¿cómo no amaría a V., tan noble tan grande y tan bueno?
--No me hables nunca de tu hermano, replicó don Andrés con hosca
energía; para mí ha dejado de existir ese hombre. No tienes hermano
alguno ni lo has tenido nunca. Perdóname que te haya engañado dándote a
entender que el miserable ese formaba parte de nuestra familia; no, ese
monstruo no es hijo mío; yo mismo he padecido error al suponer que por
sus venas circulaba la misma sangre que por las mías.
--Padre, por Dios, sosiéguese V.
--Ven, hija mía, repuso don Andrés estrechando entre sus brazos a la
joven, no me abandones, necesito sentirte ahí, a mi lado, para no
creerme solo en el mundo y para tener la fuerza de sobrellevar mi
desesperación. ¡Oh! repíteme que me quieres; no puedes comprender
cuánto alivia mi corazón y suaviza mi dolor él que me lo digas.
Los guerrilleros se habían desparramado por la hacienda, saqueando y
devastando, rompiendo muebles y forzando cerraduras con destreza que
demostraba larga práctica. Solamente, según el pacto estipulado, habían
sido respetadas las habitaciones del conde.
Raimbaut e Ibarru, relevados de su larga facción por León Carral, se
ocupaban activamente en cargar sobre el lomo de algunas mulas los
cofres y las maletas de Luis y de Domingo; y aunque los guerrilleros
les habían mirado por espacio de algunos instantes con gesto socarrón
y haciendo burla del modo desmañado como los dos criados cargaban las
mulas, acabaron por ofrecer su ayuda a Raimbaut, ayuda que éste no tuvo
reparo en aceptar. Entonces se vieron a aquellos hombres que sin el
menor escrúpulo se hubieran entregado al latrocinio robando los objetos
valiosísimos que encerraban las maletas y los cofres que los criados
del conde estaban cargando, ocuparse con ahínco en transportarlos con
cuidado sumo, y sin que ni por un segundo les asaltase la idea de
apoderarse ni por el valor de un céntimo.
Gracias pues al inteligente concurso de los secuaces de Cuéllar,
los equipajes del conde y de Domingo estuvieron en poquísimo tiempo
cargados sobre tres mulas, y León Carral no tuvo ya que cuidar sino de
que ensillasen los caballos necesarios para emprender el viaje, lo que
fue ejecutado en un santiamén, gracias asimismo a la buena voluntad que
en ir a buscar los caballos al corral y conducirlos al patio pusieron
los guerrilleros.
Entonces León Carral penetró de nuevo en el salón y anunció que todo
estaba dispuesto para la partida.
--Cuando Vds. quieran, señores, dijo Luis.
--Adelante.
Los que en el salón se encontraban fueron saliendo uno a uno escoltados
por los guerrilleros, que daban grandes voces, si bien y al parecer
contenidos por el respeto que les inspiraba su jefe no se atrevían a
pasar a vías de hecho.
Una vez a caballo los que debían abandonar la hacienda, así como diez
guerrilleros al mando de un oficial destinados a escoltar al coronel a
su regreso, Cuéllar dirigió la voz a sus soldados, recomendándoles que
obedeciesen ciegamente a don Melchor de la Cruz, mientras él estuviese
ausente, y luego dio la señal de marcha.
Entre hombres, mujeres y niños, la pequeña caravana se componía de
sesenta individuos, únicos que sobrevivieron a los doscientos que
moraban en la hacienda.
Cuéllar iba a la cabeza de la caravana, a la derecha del conde; luego
seguían doña Dolores, que iba entre su padre y Domingo; los peones, que
conducían las acémilas de carga bajo la dirección de León Carral y de
los dos criados del conde, y los guerrilleros cerraban la marcha.
El convoy bajó al paso por la colina y pronto se encontró en el llano.
Eran las dos de la madrugada poco más o menos; todo estaba envuelto
en tinieblas, y los tristes viajeros, abrigados con sus sarapes y
tiritando de frío, tomaron por la carretera de Puebla, a la que
llegaron en veinte minutos; luego apresuraron el andar, en la esperanza
de que al salir el sol o a lo menos a las primeras horas de la mañana
llegarían a la ciudad, que no se encontraba sino a unas cinco o seis
leguas de distancia.
Prontamente una luz vivísima tiñó de rojizos resplandores el cielo e
iluminó el campo en una grande extensión.
La hacienda estaba ardiendo.
A este espectáculo, don Andrés dirigió una mirada triste hacia atrás y
lanzó un suspiro profundo, pero no profirió palabra alguna.
Únicamente hacía uso de la palabra Cuéllar; el cuál trataba de
demostrar al conde que la guerra tenía tristes necesidades; que hacía
ya mucho tiempo que don Andrés había sido denunciado como secuaz devoto
de Miramón, y que la toma y destrucción de la hacienda no eran sino el
resultado de la malquerencia del hacendero hacia Juárez; cosas todas a
las cuales el conde, que comprendía la inutilidad de discutir sobre tal
tema con semejante sujeto, no se tomaba el trabajo de replicar.
De esta suerte y por espacio de unas tres horas, los viajeros
continuaron su camino, sin que incidente alguno viniese a interrumpir
la monotonía de su viaje.
Apareció la aurora y a su primera luz se divisó en lontananza el
sombrío contorno de las cúpulas y los altos campanarios de Puebla.
El conde hizo detener a la caravana, y luego dijo a Cuéllar:
--Señor, ha cumplido V. lealmente el pacto que habíamos estipulado,
por lo que en mi nombre y en el de mis desgraciados amigos le doy las
gracias; no nos encontramos más que a unas dos leguas de Puebla, es ya
de día, y por lo tanto es inútil que siga acompañándonos.
--En efecto, señor, repuso Cuéllar, creo que ahora pueden Vds.
prescindir de mí, y ya que me dan su permiso, voy a dejarles,
reiterándoles la expresión de mi pesar por lo ocurrido. Por desgracia
no soy yo quien mando, y...
--Basta, por favor se lo ruego, interrumpió el conde; lo pasado es
irreparable; por lo tanto y a lo menos en la hora de ahora, es excusado
hablar más del asunto.
--¿Me permite V. dos palabras? dijo Cuéllar en voz baja e inclinándose.
El joven se acercó al guerrillero.
--Antes de separarnos, dijo éste a Luis, quiero hacerle una advertencia.
--Diga V.
--Todavía se encuentran Vds. lejos de Puebla, a donde no llegarán en
menos de dos horas; estén Vds. alerta; vigilen el campo en torno de sí.
--¿Qué quiere V. decir, señor?
--Nadie sabe lo que puede ocurrir; le repito que vigilen Vds.
--Adiós, señor, repuso con indolencia el joven, devolviendo el saludo
al guerrillero.
Después de haberse despedido cortésmente de sus compañeros de viaje,
Cuéllar se puso al frente de sus soldados y se alejó al galope, no
sin haber antes y por medio de un gesto significativo recomendado la
prudencia al joven.
--¿Qué tienes? preguntó Domingo acercándose a Luis, al ver el ademán
pensativo con que éste miraba alejarse a los guerrilleros.
El conde respondió a su amigo contándole lo que Cuéllar le había dicho
al separarse.
--Aquí hay gato encerrado, profirió el vaquero frunciendo las cejas;
como quiera que sea la advertencia es buena y no obraríamos cuerdamente
si la despreciásemos.
XVIII
LA EMBOSCADA
Después de la partida del guerrillero, la caravana siguió marchando por
espacio de algunos minutos más en medio del más profundo silencio.
Sin embargo, las últimas palabras proferidas por Cuéllar habían
producido efecto; el conde y el vaquero se sentían desasosegados, y a
pesar suyo y sin atreverse a comunicarse sus sombríos pensamientos,
avanzaban con excesiva prudencia, venteando el aire, por decirlo así,
estremeciéndose al más leve ruido sospechoso que se levantaba en los
jarales.
Eran un poco más de las cinco de la mañana, hora en que la naturaleza
parece por un instante recogerse y en que la luz y las tinieblas
luchan con fuerzas casi equilibradas, se funden una en otra y producen
ese vislumbre opalino cuyas vaporosas tintas dan a los objetos una
apariencia vaga e indeterminada, un sí es no es fantástica. De la
tierra subía un vapor ceniciento, produciendo una neblina transparente
que los rayos del sol, más y más cálidos, iban disolviendo a trechos,
iluminando parte del paisaje y dejando la otra envuelta en sombras; en
una palabra, no era ya de noche, pero tampoco de día.
A lo lejos aparecían las numerosas cúpulas de los edificios de Puebla,
resaltando confusamente sobre el sombrío azul del firmamento; los
árboles, lavados por el abundante rocío de la noche, eran más verdes
y al extremo de cada una de sus hojas temblequeaba una gotita de
agua cristalina, mientras sus ramas, movidas por la brisa matinal,
se entrechocaban suavemente produciendo misteriosos susurros; ya los
pájaros, apelotonados al amparo del follaje, preludiaban por lo bajo
sus alegres conciertos, y los bueyes silvestres levantaban acá y allá
la cabeza por encima de las altas hierbas lanzando sordos mugidos.
Los fugitivos seguían un tortuoso sendero encajonado entre tierras
removidas para el cultivo del agave y las cuales limitaban el horizonte
a un círculo por demás restringido para que a aquéllos les fuese
permitido vigilar los alrededores con todo el cuidado que tal vez
hubiera sido necesario para la seguridad general de la caravana.
--Amigo mío, dijo el conde acercándose a Domingo e inclinándose
ligeramente sobre su silla, no me explico la causa, pero experimento
gran zozobra; la despedida de ese bandido me impresionó profundamente,
pues me parece que presagia una desgracia cercana, terrible e
inevitable, sin embargo de que el encontrarnos a cortísima distancia de
la ciudad y de que el sosiego que reina a nuestro alrededor debieran
tranquilizarme.
--Precisamente éste sosiego, repuso también en voz baja Domingo, me
llena, como a ti, de indecible congoja; igualmente presiento yo una
desgracia; nos encontramos en medio de un avispero, de un sitio el más
a propósito para una emboscada.
--¿Qué hacer? preguntó el conde.
--No sé, respondió Domingo, la situación es dificultosa; sin embargo
estoy porque redoblemos la prudencia. Haz que don Andrés y su hija
pasen a vanguardia, advierte a los peones que estén ojo avizor y con el
dedo en el gatillo de sus fusiles, y tú estás presto a la menor señal
de alarma; yo, ínterin, salgo a la descubierta, y si el enemigo nos
persigue, sabré despistarles pero no perdamos segundo.
Hablando de esta suerte, el vaquero se apeó, y después de haber
arrojado a un peón las bridas de su caballo, se puso el fusil debajo
del brazo izquierdo, trepó a la pendiente de la derecha y a poco
desapareció al través de las malezas que orillaban el sendero.
Una vez a solas, el conde se preparó a seguir inmediatamente los
consejos de su amigo, por lo que formó una retaguardia con los peones
más decididos y más bien armados, a quienes intimó la orden de vigilar
con atención suma los bordes del sendero, procurando al mismo tiempo
disimular la gravedad de los acontecimientos que preveía, para no
acobardarlos.
El mayordomo, cual si hubiera adivinado la zozobra del conde y
participado de sus sospechas de un ataque próximo, había colocado a don
Andrés y a doña Dolores en medio de un pequeño grupo de criados leales
de los que asumiera el mando, y apresurando el andar de los caballos
había dejado entre él y el grueso de la caravana un intervalo de cien
pasos.
Doña Dolores, rendida por el cúmulo de terribles emociones que
experimentara en el transcurso de aquella noche, no había prestado
mucha atención a las disposiciones tomadas por sus amigos, sino
seguido maquinalmente el nuevo impulso que la dieran y probablemente
sin que tuviese conciencia del nuevo peligro que la amenazaba ni
pensase más que en velar por su padre, cuyo estado de postración se
hacía más alarmante por segundos.
En efecto, desde su partida de la hacienda y a pesar de los ruegos de
su hija, don Andrés no había pronunciado una palabra; pálido, con la
mirada fija y sin ver, la cabeza inclinada sobre el pecho, el cuerpo
conmovido por persistente temblor nervioso y sumergido en profunda
desesperación, dejaba a su caballo el cuidado de conducirle, sin que en
la apariencia supiese a donde iba; tal había quebrantado el dolor, su
energía y su voluntad.
León Carral, adicto en cuerpo y alma a su amo y a su joven ama y
comprendiendo cuan incapaz de oponer la menor resistencia seria el
anciano en el caso probable de un ataque, había recomendado en primer
término a los servidores a quienes escogiera para que sirviesen de
escolta a don Andrés y a doña Dolores, que no le perdiesen de vista y
que en el momento de la lucha ensayasen por cuantos medios les fuese
posible salir de la refriega y ponerlos al abrigo de todo riesgo; luego
y obedeciendo a una señal que le dirigiera el conde, volvió grupas y se
reunió a éste.
--Por lo que veo, a V. le han asaltado iguales presentimientos que a
mí, dijo Luis al mayordomo.
--¡Ah! repuso éste moviendo la cabeza, don Melchor no abandonará la
partida antes no la haya ganado o perdido definitivamente.
--¿Le cree V. capaz de preparar a su padre una emboscada tan horrible?
--Ese hombre es capaz de todo.
--¡Entonces es un monstruo!
--No, repuso el mayordomo, es un mestizo, un envidioso y un orgulloso
que sabe que únicamente la fortuna puede darle la apariencia de
consideración que codicia, y para alcanzarla no reparará en los medios.
--¿Ni en el parricidio?
--Ni en el parricidio.
--Lo que V. me dice es espantoso.
--¿Qué quiere V., señor? es así.
--A Dios gracias nos acercamos a Puebla, y una vez en la ciudad nada
tendremos que temer.
--Sí, pero todavía no nos encontramos en ella, y V. conoce tan bien
como yo el proverbio.
--¿Qué proverbio?
--De la mano a la boca se pierde la sopa.
--Espero que esta vez no se cumplirán sus temores.
--Así lo deseo; pero ¿no me había llamado usted, señor?
--En efecto, tengo que hacerle una recomendación.
--Diga V.
--Dado que nos ataquen, exijo que nos abandone V. a nuestras propias
fuerzas y que a uña de caballo se dirija hacia Puebla llevándose
consigo a don Andrés y a su hija. Tal vez de esta suerte le quede a V.
tiempo de ponerlos en seguridad al amparo de las murallas de la ciudad.
--Le obedeceré a V., señor; no pondrán la mano en mi amo sin antes
pasar por encima de mi cadáver. ¿Tiene V. más que comunicarme?
--No, vuélvase V. a su sitio, y a la buena de Dios.
El mayordomo saludó al conde y se reunió de nuevo al pequeño escuadrón
en el centro del cual iban don Andrés y doña Dolores.
Casi al mismo instante Domingo reapareció en lo alto de la margen del
sendero, y subiendo otra vez sobre su caballo, se colocó a la derecha
del conde.
--¿Has descubierto algo? preguntó éste al vaquero.
--Sí y no, respondió Domingo a media voz.
El joven tenía el rostro sombrío y fruncido el ceño, lo que redobló la
zozobra del conde, que dijo:
--Explícate.
--¿Para qué si no me comprenderías?
--Puede que sí.
--Pues oye: a derecha, a izquierda y a retaguardia la llanura está
completamente desierta; adquirí de ello la certidumbre. El peligro,
si verdaderamente existe, no es de temer sino que se nos eche encima
durante el trayecto que nos separa de la ciudad.
--¿Qué te lo da a suponer?
--Indicios para mí seguros y que mi dilatada costumbre del desierto
me ha dado a conocer a la primera mirada; en la región en que nos
encontramos, los hombres descuidan por regla general todas las
precauciones tomadas en las praderas y el olvido de una sola de las
cuales acarrearía indefectiblemente la muerte inmediata del imprudente
cazador o guerrero que habría de esta suerte denunciado su presencia a
sus enemigos; aquí es fácil reconocer las pistas y más fácil todavía
el seguirlas, porque son perfectamente visibles, aun para el más
inexperto. Escucha bien lo que voy a decirte: desde el Arenal, no diré
que nos haya seguido, pues la palabra no es exacta en las presentes
circunstancias, sino flanqueado a derecha un numeroso escuadrón que
a lo más a tiro de fusil galopaba en la dirección que nosotros; el
escuadrón ese, sea el que fuere, a media legua de aquí hizo una
conversión sobre la izquierda, cual si quisiese aproximársenos, luego
apresuró el paso, se nos adelantó y se internó, a nuestro frente, en
este mismo sendero, de modo que en este momento le seguimos.
--¿Qué infieres de esto?
--Que la situación es grave, crítica, y que por muchas que sean las
precauciones que tomemos, temo que la partida será superior a nuestras
fuerzas; mira como va angostándose gradualmente el sendero, como van
escarpándose las márgenes del camino; ahora nos encontramos en un
cañón, y dentro de quince o a lo más veinte minutos llegaremos al sitio
donde este cañón desemboca en el llano, que es donde estoy seguro nos
aguardan los que nos están acechando.
--Lo que me dices es más claro que la evidencia, amigo mío, repuso el
conde; pero como por desgracia no contamos con medio alguno para eludir
el peligro que nos amaga, no nos cabe sino seguir adelante a pesar de
los pesares.
--Esto es lo que me desazona, profirió Domingo ahogando un suspiro y
dirigiendo al soslayo una mirada a doña Dolores; como únicamente se
tratase de nosotros, pronto habríamos resuelto la dificultad, pues
somos hombres y pereceremos matando; pero, ¿acaso nuestra muerte
salvará a ese anciano y a su inocente hija?
--A lo menos intentaremos lo imposible para que no caigan en manos de
sus perseguidores.
--Nos acercamos al punto sospechoso; apresuremos el paso para estar
preparados a todo evento.
Pocos minutos después llegaron a un lugar donde el sendero, antes de
desembocar en el llano, formaba un recodo bastante áspero.
--¡Atención! dijo el conde en voz baja.
Todos afirmaron el dedo en el gatillo de sus fusiles.
Una vez doblado el recodo, la caravana se detuvo de improviso dominada
por un estremecimiento de terror y de sorpresa.
La entrada del cañón estaba interceptada por una fuerte barricada hecha
con ramas, árboles y piedras, y tras ellas había unos veinte hombres
inmóviles, y en actitud amenazadora; además, a los rayos del sol
levante se veían brillar las armas de otros individuos que a derecha y
a izquierda coronaban las alturas.
Delante de la barricada y en ademán altanero había un jinete, que no
era otro que don Melchor.
--A cada puerco le llega su San Martín, caballeros, dijo éste sonriendo
con ironía; ahora soy yo quien mando y voy a imponer condiciones.
--Mire V. lo que hace, señor, replicó el conde sin desconcertarse
y adelantando algunos pasos; entre su jefe de V. y nosotros hemos
celebrado lealmente un pacto, y el infringirlo sería una traición cuya
deshonra caería por entero sobre aquél.
--¡Bah! repuso don Melchor, nosotros somos guerrilleros y hacemos la
guerra a nuestra guisa sin preocuparnos con él que dirán; así pues, en
vez de entrar en una discusión ociosa y que al fin no les reportaría
a ustedes resultado favorable alguno, me parece que lo más propio
del caso es ponerles al corriente de las condiciones bajo las cuales
consentiré en cederles el paso.
--¿Condiciones? replicó Luis, no aceptaremos ninguna, caballero, y si
no consiente en dejarnos pasar, le obligaremos a ceder por graves que
para V. y para nosotros deban ser las consecuencias de la lucha.
--Pruébenlo ustedes, respondió don Melchor con la misma irónica sonrisa.
--A eso vamos.
Don Melchor encogió los hombros y volviéndose hacia sus secuaces dio la
orden de hacer fuego.
Se oyó una horrorosa detonación y sobre la caravana cayó una lluvia de
plomo.
--¡Adelante! ¡adelante! gritó el conde.
Los peones se abalanzaron a la barricada dando aullidos de cólera.
La lucha estaba empeñada, lucha terrible, espantosa, porque los peones
sabían que no podían esperar cuartel de sus feroces enemigos; así es
que combatían haciendo prodigios de valor, pero no para vencer, lo que
no creían posible, sino para no sucumbir sin venganza.
Don Andrés se había arrancado de los brazos de su hija, que inútilmente
intentara detenerle, y armado de sólo un machete arrojándose en lo más
recio de la pelea.
El ataque de los peones había sido tan impetuoso, que del primer empuje
llegaron al lado opuesto de la barricada. Entonces los dos bandos,
demasiado próximos uno a otro para hacer uso de sus fusiles y de sus
pistolas, echaron mano del arma blanca.
Los guerrilleros situados en las alturas estaban reducidos a la
inacción, temerosos de herir a sus mismos compañeros.
Don Melchor estaba muy distante de esperar una resistencia tan tenaz
por parte de los peones, pues gracias a la ventajosa posición que
eligiera, había creído conseguir fácilmente la victoria y contado con
una sumisión inmediata. Lo que ocurría desbarataba todos sus cálculos;
empezaba a ver claras las consecuencias de su acción: Cuéllar, que
indudablemente habría hecho la vista gorda respecto de una traición
consumada sin derramamiento de sangre, no le perdonaría que hubiese
hecho matar de un modo tan necio a sus soldados más aguerridos.
Tales pensamientos redoblaban la rabia de don Melchor.
La caravana, horriblemente diezmada, no contaba ya sino con algunos
hombres en estado de combatir; los demás estaban muertos o heridos.
Don Andrés, a quien le habían matado el caballo, a pesar de
perder abundante sangre por dos heridas seguía combatiendo con
sin igual bravura; pero de pronto dio una voz terrible, un grito
de desesperación: don Melchor, brincando como un tigre, se había
precipitado sobre el grupo en medio del cual se refugiara doña Dolores.
Derribando a los peones que encontró a su paso, el hijo de don Andrés
cogió a la doncella, la colocó atravesada sobre el arzón de su caballo,
pese a la resistencia que ésta opuso, y salvando todos los obstáculos
huyó a escape sin ocuparse más en el combate que sostenían sus
compañeros.
Los cuales, al verse abandonados, renunciaron a una lucha ya sin
objeto para ellos, y obedeciendo indudablemente a una orden previa
se dispersaron en todas direcciones, dejando a los peones libres de
continuar su camino hacia Puebla si así lo deseaban.
Don Melchor había con tal rapidez llevado a término el rapto de doña
Dolores; que nadie lo advirtió hasta que el grito de desesperación de
don Andrés hubo dado la señal de alarma.
Sin calcular el peligro a que se exponían, el conde y el mayordomo se
habían lanzado en persecución de don Melchor; pero éste, montado como
iba sobre un caballo de precio, llevaba a las fatigadas cabalgaduras de
sus perseguidores una delantera considerable y que por instantes iba
siendo mayor.
Domingo dirigió una mirada a don Andrés, que yacía tendido en tierra, y
levantándole suavemente le dijo:
--Fíe V. en mí, señor, yo salvaré a su hija.
El anciano juntó las manos, miró al joven con indecible expresión de
gratitud, y se desmayó.
Domingo se subió de nuevo sobre su caballo, y hundiéndole las espuelas
en los ijares, dejó a don Andrés en manos de sus criados y a su vez
echó tras el raptor.
El vaquero no necesitó sino un instante para convencerse de que don
Melchor, más bien montado que no él y sus amigos, no tardaría en
encontrarse fuera de todo alcance.
En cuanto a don Melchor, galopó en línea recta durante un trecho,
luego refrenó prontamente su caballo cual si se hubiese levantado de
improviso un obstáculo ante él, y doblando a la derecha cambió de
dirección como si quisiese acercarse a sus perseguidores.
Luis y el mayordomo intentaron entonces cerrarle el paso, mientras
Domingo, por su parte, detenía a su caballo, se apeaba y preparaba su
fusil.
Según la dirección que entonces seguía, don Melchor debía pasar a unos
cien metros de él.
El vaquero se santiguó, apuntó su arma e hizo fuego.
Herido en la cabeza, el caballo de don Melchor cayó muerto arrastrando
al jinete en su caída.
En aquel mismo instante aparecieron en lontananza unos treinta
guerrilleros, que a escape se dirigían al lugar de la emboscada.
Cuéllar iba al frente de ellos.
Por mucho que el conde y el mayordomo se hubiesen apresurado a
dirigirse al sitio donde don Melchor cayera, Cuéllar llegó antes que
ellos.
D. Melchor se levantó molido de la caída y se inclinó hasta su hermana
para ayudarla a levantarse; pero ésta estaba desmayada.
--¡Vive Dios! señor, dijo Cuéllar con acento hosco, que es V. un
gran compañero; practica V. la traición y arma emboscadas con raro
talento; pero, el diablo me apriete el gañote antes de hora si V. y yo
cabalgamos por más tiempo juntos.
--No es ocasión de bromearse, señor, repuso el joven; esta doncella,
que es mi hermana, está desmayada.
--¿Y quién tiene de ello la culpa, gritó brutalmente el guerrillero,
sino V., que con el fin de robarla no sé con qué objeto, me ha hecho
matar veinte hombres entre los más resueltos de mi cuadrilla? Pero le
juro a V. que esto no continuará así.
--¿Qué quiere V. decir? preguntó con altivez D. Melchor.
--Quiero decir que desde ahora me va V. a hacer el singular favor de
irse a donde le dé la gana con tal que no sea conmigo, y que desde este
mismísimo instante rompo con V. toda clase de relaciones. ¿Le parece a
V. bastante claro?
--Sí, señor, respondió el joven, así es que no voy a abusar más de su
paciencia; proporcióneme V. los caballos necesarios para mi hermana y
para mí y le dejo.
--El diablo cargue conmigo si le proporciono a V. cosa alguna; cuanto
a esa señora, ahí vienen unos jinetes que mucho me temo se opongan
resueltamente a que V. se la lleve consigo. Don Melchor se puso lívido
de rabia; pero comprendiendo que por su parte era imposible toda
resistencia, cruzó los brazos sobre el pecho, irguió orgullosamente la
cabeza y esperó.
En efecto, el conde, el mayordomo y Domingo llegaban corriendo.
Cuéllar dio algunos pasos en dirección a los jóvenes, los cuales, no
conociendo como no conocían las intenciones del guerrillero y temerosos
de que se declarase contra ellos, experimentaban alguna zozobra.
--Llegan Vds. oportunamente, les dijo Cuéllar, apresurándose a
tranquilizarles; espero que no me han hecho Vds., la injuria de suponer
que yo he intervenido en algo en la emboscada en que han corrido riesgo
de perecer.
--No lo hemos sospechado ni por un segundo, señor, contestó cortésmente
el conde.
--Gracias por el buen concepto que les merezco, señores, repuso
Cuéllar; pero díganme, supongo que vienen Vds. a reclamar a esta
señorita, ¿no es eso?
--Sí, señor.
--¿Y si yo me opusiese a que se la llevaran ustedes? preguntó con
arrogancia don Melchor.
--Le levantaría a V. la tapa de los sesos, interrumpió con toda calma
el guerrillero; créame V., no intente luchar contra mí, y aprovéchese
de la buena disposición de ánimo en que me encuentro en este instante
para tomar las de Villadiego, pues podría ocurrir que a no tardar me
arrepintiese de esta última prueba de bondad que le doy y le abandonase
a sus enemigos.
--Está bien, profirió don Melchor con amargura, me retiro ya que a
ello me veo obligado; y midiendo con despreciativa mirada al conde,
añadió: Volveremos a vernos, señor, y espero que entonces si no están
enteramente de mi lado las fuerzas, a lo menos las probabilidades serán
iguales.
--Respecto del particular ya ha padecido usted error, replicó Luis, y
tengo sobrada confianza en Dios para creer que en adelante sucederá lo
mismo.
--¡Veremos! profirió sordamente don Melchor, retrocediendo algunos
pasos como para alejarse.
--¿No quiere V. saber qué resultado ha tenido para su padre la
emboscada? preguntó entonces Domingo con acento de amenaza al joven.
--¡Padre! exclamó don Melchor con voz rencorosa, no le tengo.
--Es verdad, repuso con asco el conde, porque V. le ha matado.
Don Melchor se estremeció, le cubrió el rostro palidez cadavérica, una
sonrisa amarga le contrajo los delgados labios, y tendiendo una mirada
venenosa sobre los que le rodeaban, profirió con voz atragantada:
--Acepto esta nueva injuria. ¡Paso! ¡Paso al parricida!
Todos retrocedieron con horror, siguiendo con mirada despavorida a
aquel monstruo que en la apariencia se alejaba tranquilo y sosegado a
campo atravieso.
--Ese hombre es un demonio, murmuró el mismo Cuéllar, santiguándose.
Gesto que fue piadosamente imitado por sus soldados.
Doña Dolores, levantada con todo cuidado por Domingo, fue colocada
sobre el caballo del conde, y los jóvenes, escoltados por Cuéllar,
regresaron al lado de don Andrés, cuyas heridas le habían curado los
peones como Dios les diera a entender.
Éstos, por orden del conde, labraron unas angarillas con algunas ramas,
las cubrieron con sus sarapes y luego colocaron en ellas al anciano,
que continuaba desvanecido, y a su hija a un lado.
--Siento más que no pueda V. imaginar, dijo entonces Cuéllar
dirigiéndose al conde, este desdichado acontecimiento, pues por más que
este hombre sea español y por lo tanto enemigo de Méjico, el triste
estado a que le veo reducido me inspira verdadera compasión.
Los jóvenes dieron las gracias al agreste guerrillero por esta muestra
de simpatía, se separaron definitivamente de él y tomaron de nuevo y en
medio de la mayor tristeza el camino de Puebla, a donde llegaron dos
horas después, acompañados de muchos parientes del señor de la Cruz,
los cuales, advertidos por un peón a quien mandaron exprofeso, habían
salido a su encuentro.
FIN DEL TOMO PRIMERO
INDICE
TOMO PRIMERO
I. Las cumbres
II. Los viajeros
III. Los salteadores
IV. El Rayo
V. La hacienda del Arenal
VI. Por la ventana
VII. El rancho
VIII. El herido
IX. Descubrimiento
X. La cita
XI. En la llanura
XII. Un poco de política
XIII. Los bonos de la Convención
XIV. La casa del arrabal
XV. Don Melchor
XVI. El asalto
XVII. Después de la batalla
XVIII. La emboscada
LAS
NOCHES MEJICANAS
POR
GUSTAVO AIMARD
TRADUCCIÓN DE
LUIS CALVO
2.a EDICIÓN
TOMO II
BARCELONA
TIPOLITOGRAFÍA DE LUIS TASSO
ARCO DEL TEATRO, 21 Y 23
ESTA TRADUCCIÓN ES PROPIEDAD DE
D. Luis TASSO
I
COMPLICACIONES
Loick se calló.
Largo había sido el relato del vaquero, a quien don Jaime escuchó sin
interrumpirle, con el rostro impasible y frío, pero chispeándole los
ojos.
--¿Ha terminado V.? preguntó don Jaime volviéndose hacia Loick.
--Sí, señor.
--¿De qué modo ha sabido V. tan circunstanciadamente esa espantosa
catástrofe?
--El mismo Domingo me la contó. ¡Ah! el pobre estaba como loco de dolor
y de rabia, y al saber que yo tenía que verle a V. me encargó que le
refiriese...
--Está bien, repuso don Jaime, interrumpiendo prontamente a Loick y
fijando en éste una mirada de fuego; ¿no le dio a V. otro encargo para
mí Domingo?
--Señor, balbuceó el ranchero lleno de turbación.
--¿Por qué te turbas de esta suerte? preguntó don Jaime. ¡Ea! habla o
revienta.
--Señor, respondió Loick, temo haber cometido una majadería.
--En tu ademán contrito lo sospecho; pero en definitiva, ¿cuál es la
majadería esa?
--Es que, respondió el bretón, Domingo estaba al parecer tan
desesperado de no saber dónde encontrarle a V., parecía tener tanta
necesidad de hablarle, que...
--Que no pudiste morderte la lengua y le revelaste...
--Donde se encontraba V., sí, señor.
Después de esta confesión el ranchero inclinó con humildad la cabeza
cual si estuviese íntimamente convencido de que había cometido un gran
crimen.
Hubo unos instantes de silencio.
--Como es natural, prosiguió don Jaime, le dijiste bajo qué nombre me
ocultaba en esta casa.
--¡Diantre! profirió ingenuamente Loick, si no lo hubiese hecho así,
apuradillo se hubiera encontrado Domingo para dar con V.
--Tienes razón. ¿Conque va a venir?
--Lo presumo.
--Está bien.
Don Jaime dio algunos pasos por el aposento, entregado a la reflexión,
y luego acercándose a Loick, que continuaba inmóvil en su sitio, le
preguntó:
--¿Vino V. solo a Méjico?
--López me acompaña, señor, pero le dejé en una pulquería de la puerta
de Belén donde me está aguardando.
--Pues vuélvase V. allá y no le diga nada, y dentro de una hora, no,
antes, véngase V. con él; tal vez necesite de ustedes dos.
--Pierda V. cuidado, señor, seremos puntuales, contestó Loick
frotándose las manos.
--Ahora adiós.
--Dispense V., traigo una carta.
--¿Para mí? ¿de quién?
Loick sacó del bolsillo de su dolmán un billete cuidadosamente sellado
y lo entregó a don Jaime, diciendo:
--Tenga V.
--¡De don Esteban! exclamó con gozo el aventurero después de dirigir
una mirada al sobre y abriéndolo con presteza.
Aunque muy corto, el billete estaba cifrado, y su contenido era el
siguiente:
«Todo marcha a pedir de boca; el individuo que V. sabe acude por sus
propios pies al cebo. El sábado, a media noche; peral.
»¡Esperanza!
»CÓRDOBA.»
Don Jaime rompió el billete en partículas impalpables, y preguntó de
improviso a Loick:
--¿En qué día estamos?
--¿Hoy? repuso el ranchero atónito ante una pregunta para él inesperada
del todo.
--¡Necio! ¿Le parece a V. si me referiré a ayer o a mañana?
--Tiene V. razón, señor; hoy es martes.
--¿No podías habérmelo dicho inmediatamente? Cuando don Jaime estaba
dominado por la alegría o por la cólera, tuteaba a Loick, y éste, que
no lo ignoraba, en el modo como aquél le hablaba tenía un barómetro
infalible.
El aventurero dio todavía algunos pasos por el aposento con ademán
preocupado.
--¿Puedo marcharme? se arriesgó a preguntar el ranchero.
--Hace diez minutos que deberías estar fuera, respondió don Jaime con
acento bronco.
Loick no se hizo repetir la orden; saludó y se retiró, dejando solo al
aventurero.
Poco después se abrió la puerta del aposento donde éste se encontraba y
en él entraron las dos damas, las cuales se encaminaron al encuentro de
don Jaime, a quien doña María preguntó con voz turbada:
--¿Ha recibido V. malas noticias?
--Sí, hermana mía, respondió aquél, muy malas.
--¿Podemos saberlas?
--No me asiste razón alguna para callarlas; por otra parte atañen a
personas queridas para ustedes.
--¡Virgen santísima! exclamó doña Carmen juntando las manos, ¿tal vez
Dolores?
--Sí, hija mía, respondió don Jaime, la hacienda del Arenal fue
sorprendida e incendiada por los juaristas.
--¡Dios mío! profirieron las dos damas con arranque de dolor; ¡pobre
Dolores! ¿y don Andrés?
--Está gravemente herido.
--Demos gracias a Dios que no haya muerto.
--Poco más vale que un difunto, profirió el aventurero.
--¿Dónde se encuentran actualmente?
--En Puebla, donde llegaron escoltados por algunos de sus peones
mandados por León Carral.
--Es un criado fiel.
--Sí, pero dudo que de ir solo hubiese logrado salvar a sus amos; por
fortuna don Andrés tenía hospedados en la hacienda a dos caballeros
franceses, el conde del Saulay...
--¿El que debe casar con Dolores? preguntó Carmen con viveza.
--El mismo, y el barón Carlos de Meriadec, agregado a la embajada
francesa. Parece que estos dos heroicos jóvenes hicieron prodigios
de valor, y que gracias a ellos nuestros amigos se han librado de la
horrible suerte que les esperaba.
--Bendígales Dios, profirió doña María; no les conozco, pero me
intereso ya por ellos como si fuesen antiguos amigos.
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