cargo, contestó el ujier. --Gracias, señor; por otra parte le garantizo que pronto va V. a tener una prueba de que en lugar de recibir V. una reprimenda, su excelencia el presidente le agradecerá que me haya dejado entrar. --Ya he tenido el honor de hacerle observar señor... --Déjeme que le explique lo que deseo de V., interrumpió con viveza el desconocido, luego ya me dirá si puede o no hacerme el favor que deseo. --Dice V. bien. --Voy a escribir cuatro letras en un pedazo de papel, y el papel ese lo pone V. ante los ojos del presidente, sin pronunciar palabra alguna; si su excelencia no le dice a V. nada, me retiro; ya ve que no es dificultoso lo que solicito y que no quebranta V. de ningún modo las órdenes que ha recibido. --Cierto es, repuso el ujier sonriendo; pero les doy una interpretación torcida. --¿Halla V. dificultades? --¿Tan necesario es que vea V. a su excelencia esta mañana? repuso el ujier, sin responder a la pregunta que acababa de dirigirle el desconocido. --Señor don Livio, respondió éste en voz grave, porque aunque V. no me conozca a mí yo sí a V.; sé hasta dónde llega su devoción al general; pues bien, por mi honor le juro que es urgente por modo gravísimo que yo le vea sin perder instante. --Basta, señor, repuso seriamente el ujier, si sólo depende de mí, dentro de un minuto va usted a verle; en esa mesa hay papel, pluma y tinta; escriba V. El jinete dio las gracias al ujier, tomó una pluma y en gruesos carácteres escribió casi en el centro de una blanca hoja esta sola palabra: ADOLFO .°. seguida de tres puntos en forma de triángulo; luego entregó la hoja abierta al ujier, diciéndole: --Tome V. --¡Cómo! exclamó aquél con pasmo, V. es... --¡Silencio! repuso el desconocido llevándose un dedo a los labios. --Entrará V., dijo el ujier, levantando la cortina y abriendo la puerta, tras la cual desapareció. Casi al mismo instante se abrió de nuevo la puerta, y del interior del gabinete partió una voz sonora, que no era la del ujier, y que repitió por dos veces: --Entre V., entre V. El desconocido penetró en el gabinete. --El cielo le envía a V., mi querido don Adolfo, dijo el presidente saliendo al encuentro de éste y tendiéndole la mano. Don Adolfo correspondió efusivamente a las demostraciones afectuosas de Miramón, y se sentó al lado de éste en una silla de brazos. En el momento que le presentamos en escena, el presidente Miramón, general cuyo nombre circulaba de boca en boca y que con justicia pasaba por el militar más notable de Méjico, como de la república era el mejor administrador, era tan joven que apenas frisaba con los veintiséis, sin embargo de lo cual y en tres años que ocupaba el poder había llevado a cabo muchas grandes y nobles acciones. En lo físico era elegante y bien formado, francos sus modales, y noble su andar, y sus facciones correctas y llenas de distinción respiraban audacia y lealtad; tenía ancha la frente y arrugada ya bajo el esfuerzo de la meditación; y grandes los ojos, negros y de mirada leal y límpida cuya penetración turbaba a las veces a aquéllos en quienes se fijaba. En el instante en que entró el misterioso personaje en el gabinete de Miramón, éste estaba pálido y una oscura faja le rodeaba los ojos: evidentes señales de un largo insomnio. --¡Ah! profirió gozosamente el general dejándose caer en su silla de brazos, ahí de vuelta a mi genio del bien; de seguro me trae la dicha que voló. Don Adolfo movió tristemente la cabeza. --¿Qué significa este movimiento, amigo mío? preguntó el presidente. --Quiere decir que temo sea demasiado tarde, general, respondió el interpelado. --¿Demasiado tarde? ¿Cómo es eso? ¿Acaso no me cree V. capaz de tomar un ruidoso desquite sobre mis enemigos? --Le creo a V. capaz de todas las acciones nobles y grandes, general, respondió don Adolfo; pero por desgracia la traición le cerca a V. estrechamente y sus amigos le abandonan. --Le sobra a V. la razón, dijo el general con amargura; el clero y los comerciantes acaudalados, de quienes me he constituido en égida, a quienes he defendido siempre y en todas partes, dejan egoístamente que gaste todos mis recursos en protegerles, sin dignarse venir en mi ayuda. ¡Ah! pronto van a echarme de menos, si, lo que es muy probable, sucumbo por su culpa. --Es verdad, mi general, y en el consejo que celebró V. esta noche, indudablemente se ha convencido V. definitivamente de las intenciones de esos hombres a los cuales se lo ha sacrificado V. todo. --Sí, profirió el presidente frunciendo el cejo y recalcando amargamente sus palabras; a cuantas peticiones les he dirigido y a todas mis observaciones, sólo me dieron una respuesta: «No podemos.» No parecía sino que obedecían a un santo y seña. --¿Entonces su posición de V., general, y dispénseme la pregunta, debe ser por demás crítica? --Diga V. más bien precaria, amigo mío; el tesoro está completamente exhausto, sin que me sea posible llenarlo de nuevo; el ejército, que hace dos meses no ha recibido paga alguna, murmura y amenaza desbandarse, y mis oficiales se pasan uno tras otro al enemigo, el cual avanza a marchas forzadas sobre Méjico. Ésta es limpia y claramente mi situación, ¿qué le parece a V.? --Triste, terriblemente triste, general, respondió don Adolfo. Dispénseme V. que le dirija una pregunta: ¿qué piensa V. hacer para contrarrestar el peligro? En lugar de responder, el presidente dirigió al soslayo una mirada penetrante a su interlocutor. --Pero antes de seguir adelante, repuso don Adolfo, permítame V. que le dé cuenta de mis operaciones. --¡Oh! profirió Miramón sonriendo, estoy convencido de que han sido afortunadas. --Tal espero que va a hallarlas vuecencia. ¿Me autoriza V. para que se las relate? --Diga, diga V., amigo mío, tengo comezón de saber lo que ha hecho V. en pro de nuestra noble causa. --Dispense V., general, repuso con viveza don Adolfo, no paso de ser un aventurero y mi devoción radica personalmente en V. --Bien, bien, yo me entiendo, arguyo Miramón; a ver, diga V. --En primer lugar, dijo don Adolfo, he logrado arrebatar al general Degollado los restos de la conducta robada por él en la Laguna Seca. --Bravo, esto es en buena lid; con el dinero de la conducta esa me quitó Guadalajara. ¡Oh! Castillo; en fin, ¿y cuánto poco más o menos? --Doscientos setenta mil duros. --No es despreciable la suma. --¿Verdad que no? Luego sorprendí al bandido Cuéllar, después a su asociado Carvajal y por fin a su amigo Felipe Irzabal, sin mentar algunos secuaces de Juárez a quienes su mala estrella colocó en mi camino. --En resumen, dijo Miramón, el total de esos encuentros asciende a... --Más de novecientos mil duros; los guerrilleros del íntegro Juárez saben tundir, obran a sus anchas y se aprovechan para enriquecerse grandemente en este río revuelto; en resumen, le traigo a V. un millón doscientos mil duros que serán conducidos acá antes de una hora, a lomo de mula, y podrá V. ingresarlos en su tesoro. --¡Pero esto es magnífico! exclamó Miramón. --Se hace lo que se puede, general, repuso don Adolfo. --Demontre, si todos mis amigos recorriesen el campo con tan buenos resultados, pronto me vería rico y en estado de sostener vigorosamente la guerra; por desgracia no sucede así, pero esta cantidad añadida a la que he logrado procurarme por otro lado, forman una suma bastante redonda. --¿De qué otra cantidad está V. hablando, general? ¿Ha hallado V. dinero? --Sí, respondió con cierta vacilación el presidente; un amigo mío, agregado a la embajada española, me ha sugerido un medio. Don Adolfo dio un brinco cual si le hubiese mordido una serpiente. --Cálmese V., amigo mío, dijo Miramón con viveza; sé que es V. enemigo del duque; sin embargo, éste, desde que se encuentra en Méjico, me ha prestado importantes servicios. El aventurero, que estaba pálido y sombrío, no respondió palabra. En cuanto a Miramón, leal como era y sintiendo necesidad de disculparse de una mala acción hija únicamente de la apurada situación en que se encontraba, continuó: --Después de la derrota de Silao y cuando todo me abandonaba a la vez, el duque ha logrado hacerme reconocer por el gobierno de España, lo que no puede V. negar me ha sido utilísimo. --No digo que no, general. ¡Oh Dios! ¿luego es cierto lo que me han dicho? --¿Y qué le dijeron a V.? --Que ante la obstinada negativa del clero y del alto comercio de prestarle a V. ayuda y reducido al último extremo, había tomado V. una determinación terrible. --Es cierto, contestó el presidente bajando la cabeza. --Pero tal vez no sea demasiado tarde todavía; con el dinero que le traigo ha cambiado su situación de V., y si V. lo consiente, voy... --Escuche V., dijo Miramón asiendo del brazo a su amigo. En esto se abrió la puerta. --¿No he prohibido que se me moleste? dijo el presidente al ujier que estaba inmóvil e inclinado delante de él. --El general Márquez, excelentísimo señor, respondió el ujier con la mayor impasibilidad. Miramón se estremeció, le subió al rostro un ligero rubor y dijo: --Que entre. El general Márquez se presentó en el gabinete. --¿Y bien? le preguntó el presidente. --Ya está, respondió lacónicamente el general; el dinero ha ingresado en el tesoro. --¿Qué sucedió? repuso Miramón con imperceptible temblor en la voz. --Vuecencia me envió orden para que con una fuerza respetable me dirigiera a la legación de S. M. británica, exigiese del representante inglés la entrega inmediata de los fondos destinados a pagar a los tenedores de bonos de la deuda inglesa, y les hiciese observar que en las circunstancias actuales vuecencia necesitaba de dicha cantidad para poner la ciudad en estado de defensa; además, en nombre de vuecencia le empeñé mi palabra de que le restituiría la mentada cantidad, que sólo debía ser considerada como un préstamo por algunos días, ofreciéndole, por otra parte, concertar con vuecencia la forma del pago en el modo que a él más le pluguiese. A todas mis observaciones, el representante inglés se limitó a responder que el dinero no le pertenecía, que no era sino el depositario responsable de él y que le era imposible soltarlo. Yo, conociendo que todas mis observaciones iban a estrellarse ante una resolución inquebrantable, después de una hora de pláticas inútiles resolví llevar a cabo la última parte de las órdenes que me habían sido transmitidas: así pues, ordené a mis soldados que rompiesen el sello oficial y las cajas de la legación y me apoderé de todo el dinero que en ellas había, cuidando empero de hacerlo contar por dos veces y ante testigos, para que constase de un modo indudable el importe total de la cantidad que me apropiaba, a fin de devolverla íntegra más adelante. El dinero que me llevé y se encuentra ya en palacio, asciende a un millón cuatrocientos mil duros. Después de esta narración sucinta, el general Márquez se inclinó como hombre que está convencido de haber cumplido con su deber y que espera las gracias. --¿Y el representante inglés, qué hizo Entonces? preguntó el presidente. --Después de haber protestado arrió su pabellón, y seguido de todo el personal de la legación abandonó la ciudad, declarando que rompía toda clase de relaciones con el gobierno de vuecencia, y que ante el inicuo acto de expoliación de que acababa de ser víctima, que así se expresó, se retiraba a Jalapa, en cuyo punto aguardará las nuevas instrucciones del gobierno británico. --Está bien, general, le doy a V. las gracias; ya tendré el honor de hablar más extensamente con V. dentro de un instante. Márquez saludó y se retiró. --Ya lo ve V., amigo mío, dijo el presidente a don Adolfo, es demasiado tarde para devolver el dinero. --Sí, por desgracia el mal es irremediable. --¿Qué me aconseja V.? --General, respondió don Adolfo, se encuentra V. en el fondo de un precipicio; su ruptura de V. con Inglaterra es la desdicha más grande que podía acaecerle en las presentes circunstancias; necesita V. vencer o morir. --¡Venceré! exclamó fogosamente Miramón. --Dios lo quiera, repuso el aventurero con tristeza y levantándose, porque solamente la victoria puede absolverle a V. Se levantó. --¿Se va V. ya? preguntó el presidente. --Es preciso; ¿no debo hacer que traigan a palacio el dinero que yo a lo menos he quitado a los enemigos de vuecencia? Miramón bajó tristemente la cabeza. --Perdóneme V., general, dijo don Adolfo, he hecho mal al hablar de esta suerte; ¿acaso no sé por propia experiencia que la desgracia es mala consejera? --¿No tiene V. nada que pedirme? --Sí, señor, una firma en blanco. --Tome V., dijo Miramón satisfaciendo inmediatamente los deseos del aventurero; y dígame, ¿volveré a verle a V. antes de su salida de la capital? --Sí, general; pero permítame dos palabras más. --Diga V. --Desconfíe V. del duque español; ese hombre le vende. Y despidiéndose del presidente, don Adolfo abandonó la estancia. XIV LA CASA DEL ARRABAL A la puerta del palacio el aventurero halló su caballo, al que un soldado sujetaba por las bridas, y subiéndose inmediatamente sobre la silla, tiró una moneda al asistente, atravesó de nuevo la plaza Mayor y se internó en la calle de Tacuba. A eso de las nueve de la mañana las calles estaban henchidas de viandantes, jinetes, coches y carretas que iban, venían y se cruzaban en todas direcciones; en una palabra, la ciudad ofrecía el animado aspecto de las capitales, el febril movimiento propio de los momentos críticos. En los semblantes de todos se reflejaba la turbación, todas las miradas traducían el recelo, todos hablaban en voz baja, todos veían un enemigo en el inofensivo extranjero que el acaso les ponía en su camino. Don Adolfo, mientras avanzaba rápidamente al través de las calles, no dejaba de observar lo que ocurría en torno suyo; aquella zozobra mal disimulada, aquella creciente ansiedad de la población, no le pasaron inadvertidas. Realmente devoto del general Miramón, cuyo carácter magnánimo, vastos planes y sobre todo el deseo real de labrar la ventura de su patria le habían cautivado, don Adolfo experimentó un pesar íntimo, profundo, al ver aquel abatimiento general del pueblo, la defección de éste hacia el único hombre que en aquellos momentos, de verse lealmente sostenido, podía haber salvado a Méjico del gobierno de Juárez, es decir, de la anarquía organizada por el terrorismo del sable. Don Adolfo continuó adelante, al parecer sin ocuparse en lo que hacía y decía en torno de él la gente agrupada en el umbral de las puertas, en la entrada de las tiendas y en las esquinas, grupos en los cuales no se hablaba sino de la ocupación de los bonos de la Convención inglesa por el general Márquez, en virtud de una orden perentoria del presidente de la república, ocupación apreciada de mil modos distintos. Sin embargo, don Adolfo, al penetrar en los arrabales encontró más tranquila a la población; y es que en ellos aún no había cundido la noticia y los que la sabían denotaban hacer poquísimo caso de ella o tal vez hallaban muy en su lugar aquel acto arbitrario del poder. Don Adolfo comprendió perfectamente el contraste: los vecinos de los arrabales, pobres casi todos ellos, pertenecían a la clase más ínfima de la población y por lo tanto eso se les daba de una acción cuyas consecuencias no podían alcanzarles y de la que sólo debían salir perjudicados los comerciantes ricos de la ciudad. Una vez cerca de la Garita o Puerta de Belén, don Adolfo se detuvo delante de una casa aislada, de modesta aunque no pobre apariencia y cuya puerta estaba cuidadosamente cerrada. Al ruido de los pasos del caballo se entreabrió una ventana, del interior de la casa partió un grito de alegría, y poco después se abrió de par en par la puerta, por la que entró el jinete. Don Adolfo atravesó el zaguán y penetró hasta un patio, donde se apeó y arrendó su caballo a una argolla empotrada en el muro. --¿Por qué toma V. esta precaución, don Jaime? preguntó con voz suave y melodiosa una señora saliendo al patio; ¿acaso tiene V. la intención de dejarnos tan pronto? --Hermana mía, respondió don Adolfo o don Jaime, tal vez no me sea dable permanecer sino muy poco tiempo aquí a pesar de mi ardiente deseo de conceder a V. muchas horas. --Bien, bien, hermano, profirió la señora; pero por sí o por no deje V. que José conduzca el caballo al corral donde estará más bien que no en el patio. --Como a V. le plazca, hermana. --¿Ha oído V., José? dijo la señora a un criado anciano; conduzca V. al Moreno al corral, estréguelo V. cuidadosamente y échele doble pienso de alfalfa. Y volviéndose a don Adolfo y tomándole el brazo, añadió: venga V., hermano mío. Don Jaime, que así le llamaremos ahora, no hizo objeción alguna, y ambos penetraron en la casa. El aposento en el cual entraron era un comedor sencillamente amueblado, aunque con el gusto y limpieza que denotan un cuidado asiduo, y en la mesa había tres cubiertos. --Almuerza V. con nosotros ¿no es verdad, hermano? --Con sumo placer, respondió don Jaime, pero ante todo, hermana, démonos un abrazo e infórmeme de mi sobrina. --Estará aquí dentro de un momento; en cuanto a su primo está ausente, ¿no lo sabe V.? --Creía que había regresado. --Todavía no; como a V., nos tiene en zozobra el muchacho, pues lleva una vida muy misteriosa; se va sin decir a dónde, y tras una ausencia, a menudo muy larga, regresa sin manifestar de dónde viene. --Paciencia, María, paciencia, profirió don Jaime con voz un tanto triste; ya sabe que trabajamos para V. y para su hija. Pronto va a aclararse todo, así lo espero. --Dios lo quiera, don Jaime; pero en esta casita nos encontramos por demás solas e intranquilas; el país está en un estado deplorable de trastorno, los caminos están infestados de bandoleros, y de consiguiente vivimos en un ay temerosas de que V. o don Esteban no caigan en manos de Cuéllar, de Carvajal o del Rayo, desalmados bandidos respecto de quienes oímos espantosos relatos todos los días. --Tranquilícese V., hermana; Cuéllar, Carvajal y aun... el Rayo, repuso sonriendo don Jaime, no son tan terribles como quiere suponer la gente; por lo demás, no reclamo de V. sino un poco de paciencia: antes de un mes, se lo repito, habrá cesado todo misterio y cada cual recibido lo que en justicia le corresponda. --¡Justicia! murmuró doña María dando un suspiro; ¿acaso esa justicia me devolverá mi dicha pérdida, mi hijo? --Hermana, respondió con solemnidad don Jaime, ¿por qué dudar del poder de Dios? Espere V. --¡Ay! don Jaime: ¿comprende V. bien el alcance de esta palabra? ¿Sabe V. lo que significa decir a una madre que espere? --María, dijo don Jaime, ¿necesito repetir que V. y su hija son los únicos lazos que me unen a la vida, que les he ofrecido la mía entera, sacrificando, para verlas a Vds. dichosas un día, vengadas y repuestas en la elevada categoría de que debieran no haber descendido, todos los goces de la familia y todas las excitaciones de la ambición? ¿Si no estuviese a punto de conseguir el fin que desde hace tantos años persigo con tanta perseverancia y con tanta obstinación, me vería V. tan tranquilo y resuelto? ¿Acaso ha olvidado V. quién soy, o ha perdido ya la confianza en mí? --¡Oh! no, confío en V., hermano mío, exclamó María echando los brazos al cuello de don Jaime; pero por eso mismo vivo en continua zozobra, aun en los instantes en que me dice usted que espere, porque sé que nada hay que pueda detenerle, ni valla que V. no derribe, ni peligro que no arrostre, y temo verle sucumbir en esta lucha insensata sostenida sólo en mi provecho. --Y en pro de la honra de nuestro apellido, hermana mía, profirió don Jaime; no lo olvide usted, a fin de devolver a un blasón ilustre su empañado brillo; pero volvamos la hoja; ahí viene mi sobrina; de cuanto acabamos de decir no se acuerde V. sino de una sola palabra: espere V. --¡Oh! gracias, gracias, hermano mío, dijo María abrazándole otra vez. --Tío, mi buen tío, dijo en este instante una joven abriendo una puerta y encaminándose apresuradamente al encuentro de don Jaime, quien le llenó de besos las mejillas; por fin ha llegado V., bienvenido sea. --¿Qué es eso, Carmen, hija mía? preguntó cariñosamente don Jaime a la joven; tiene V. los ojos enrojecidos, está V. pálida. ¿Ha llorado usted? --No es nada, tío, una tontería de mujer nerviosa y turbada. ¿No viene con V. Esteban? --No, respondió don Jaime con displicencia; no vendrá hasta dentro de algunos días; pero goza de perfecta salud, añadió, cruzando una mirada de inteligencia con doña María. --¿Le ha visto V.? --¡Pues no! apenas hace dos días, y aun yo me tengo algo la culpa de su retardo, pues insistí para que todavía no se venga, ya que necesito de él allá abajo; ¿pero no almorzamos? literalmente estoy pereciendo de hambre. --Sí, al instante, sólo aguardábamos a Carmen; ¡ea! a la mesa, dijo doña María tocando un timbre, a cuyo son compareció el mismo criado que condujera al caballo de don Jaime al corral. --Puedes servir, José, dijo doña Carmen al anciano. Los tres se sentaron en torno de la mesa y dieron principio al almuerzo. Vamos a trazar a vuela pluma el retrato de las dos señoras a quienes las exigencias de nuestro relato nos han obligado a presentar en escena. La primera, doña María, de porte noble, graciosos modales y suave y triste sonrisa, era todavía hermosa por más que sus facciones, marchitas y fatigadas, ostentasen marcadas huellas de grandes dolores. De cuarenta y dos años apenas, estaba ya completamente cana y su cabellera formaba singular contraste con sus negras cejas y con sus ojos vivos y brillantes, que respiraban la fuerza y la juventud. Doña María vestía de riguroso luto y su traje le daba una apariencia religiosa y ascética. Su hija, doña Carmen, tenía a lo más veintidós años y era hermosa como su madre, de la que era el retrato viviente, lo había sido a su edad. Todo en ella era gracioso y lindo; su voz tenía modulaciones de armonía extraordinaria, su pura frente respiraba el candor y de sus grandes y negros ojos, coronados de cejas al parecer trazadas con un pincel y rodeados de largas y sedosas pestañas; emanaba una mirada suave y húmeda, impregnaba de singular atractivo. El traje de Carmen era por demás sencillo: se componía de un vestido de muselina blanca ceñido a la cintura con una ancha cinta azul y de una toca de blondas. Tales eran las dos damas. A pesar de la indiferencia que fingía, el aventurero don Jaime estaba visiblemente inquieto y receloso; en ocasiones permanecía con el tenedor levantado olvidándose de llevarlo a la boca y pareciendo prestar oído atento a ruidos perceptibles solamente para él; otras veces se sumergía en una divagación tan profunda, que su hermana o su sobrina se veían obligadas a volverle a la realidad dándole un golpecito. --¡Oh! a V. le pasa algo, hermano mío, no pudo menos de decirle doña María. --Sí, añadió la doncella, esta preocupación no es natural, tío mío, nos preocupa. ¿Qué tiene? --Yo, nada, les aseguro, contestó él. --Tío, nos esconde algo. --Está equivocada, Carmen, no le estoy escondiendo nada, que me sea personal al menos; pero en este momento, existe una agitación tan fuerte en el pueblo, que le admito francamente que temo un catástrofe. --¿Vendrá tan pronto, entonces? --¡Oh! No lo creo; sólo que tal vez habrá ruido, reuniones, ¿qué sé yo? Le aconsejo seriamente, si no es absolutamente obligatorio, de no salir de casa hoy. --¡Oh! Ni hoy, ni mañana, hermano mío, contestó doña María, tiene mucho tiempo ya que no salimos, con excepción de ir a misa. --Tampoco para ir a misa, a partir de ahora y por algún tiempo, hermana mía, creo que sería imprudente arriesgarse en las calles. --¿El peligro es tan grande? preguntó ella con inquietud. --Sí y no, hermana mía, estamos en un momento de crisis donde un gobierno está a punto de caer y de ser reemplazado por otro; usted entiende, no cierto, que el gobierno que cae es impotente hoy de proteger a los ciudadanos; sin embargo, él que lo reemplazará aún no tiene ni el poder ni la voluntad sin duda, de vigilar sobre la seguridad pública, así que, en una circunstancia como ésta, lo más sabio es de protegerse a sí mismo. --En verdad, me espanta, hermano mío. --Dios mío, tío, ¿qué pasará con nosotras? exclamó doña Carmen juntándose las manos con temor; esos mexicanos me dan miedo, son verdaderos bárbaros. --Tranquilícese, no son tan malos como usted lo supone; son niños traviesos, mal criados, peleadores, y es todo; pero al fondo, tienen buen corazón; les conozco desde mucho tiempo, y yo respondo por sus buenos sentimientos. --Pero usted sabe, tío, el odio que nos tienen, a nosotros los españoles. --Malamente, estoy de acuerdo que nos hacen llevar con el mal del cual acusan a nuestros padres de haberles hecho, y que nos odian cordialmente, pero ignoran que ustedes y yo somos españoles, las creen hijas del país, lo que es para ustedes una garantía; por lo de don Esteban, pasa por peruviano, y yo, todos están convencidos que soy francés; entonces pueden ustedes ver bien que el peligro no es tan grande como lo suponen, y que en no cometer imprudencias, no tienen nada, por lo pronto, que temer, de todos modos, no se quedan sin protectores, no las dejaré solas en esta casa con un viejo doméstico, cuando hay un catástrofe tan cerca; así que sean tranquilas. --¿Se va a quedar con nosotras, tío? --Sería con gran placer, mi querida niña; malamente, no me atrevo prometérselo, me temo que me sea imposible. --Pero, tío, ¿cuáles son esos asuntos tan importantes? --Silencio, curiosa, deme un poco de fuego para prender mi cigarro, no sé que he hecho con mi mechero. --Tome V., dijo Carmen dando un fósforo a su tío; siempre emplea V. las mismas argucias para cambiar la conversación; es V. muy feo. Don Jaime se echó a reír, y sin replicar a su sobrina encendió el cigarro. Luego, al cabo de unos segundos, dijo: --A propósito, ¿ha venido alguien del rancho? --Sí, hace unos quince días Loick y Teresa, su mujer, nos trajeron algunos quesos y dos odres de pulque. --¿Dijeron algo del Arenal? --No, en la hacienda no ocurría novedad. --Mejor. --Loick sólo habló de un herido. --¡Ah! ¿y qué dijo? --No lo recuerdo bien. --Yo sí lo recuerdo, repuso doña Carmen. En cuanto vea V. a su tío, señorita, me dijo Loick, sírvase decirle que el herido que había mandado depositar en el subterráneo bajo la guarda de López, se ha aprovechado de la ausencia de éste para escaparse, y que a pesar de todas nuestras pesquisas nos ha sido imposible dar de nuevo con él. --¡Maldición! exclamó don Jaime reventando en ira. ¡Ah! ¿por qué ese necio de Domingo no le dejó morir como una bestia fiera? Ya me presumí que esto concluiría de un modo semejante. Pero al notar la sorpresa que se pintó en el semblante de las dos damas al oírle proferir tales palabras, don Jaime se calló, y simulando la más absoluta indiferencia, preguntó con la voz más natural del mundo: --¿Nada más? --Nada más, respondió la joven, y por cierto que Loick me recomendó eficazmente que no me olvidase de decírselo a V. --No valía la pena, repuso don Jaime; pero lo mismo da, querida niña, gracias; y levantándose de la mesa, añadió: ahora me veo obligado a dejarlas a Vds. --¡Ya! profirieron doña María y doña Carmen abandonando con viveza sus respectivas sillas. --Es preciso. A lo menos que sobrevengan acontecimientos imprevistos, esta noche estoy citado para un sitio muy distante de aquí; pero como no me sea dable volver tan pronto como espero, ya cuidaré de que me sustituya don Esteban, a fin de que no queden Vds. sin protectores. --¡Ah! será muy distinto, repuso doña María. --Gracias; pero antes de separarnos hablemos un poco de negocios; ¿han acabado Vds. el dinero que les di la última vez que nos vimos? --No gastamos mucho, hermano, respondió doña María, sino que vivimos con grande economía; nos queda todavía bastante. --Mejor, hermana, siempre es preferible que sobre; así pues, como en este momento estoy rico, me he reservado para Vds. unas sesenta onzas de cuyo peso les ruego me aligeren. Y metiendo la mano en los bolsillos de su dolmán, don Jaime sacó una larga bolsa de seda encarnada, al través de cuyas mallas se veía brillar el oro. --Esto es demasiado, hermano, ¿qué quiere usted que hagamos con tanto dinero? --Lo que a Vds. les plazca, hermana; esto no me incumbe. Tomen, tomen. --Ya que V. lo exige. --Puede que Vds. hallen cuarenta o cincuenta onzas más de las que he dicho, repuso don Jaime; vayan para alfileres para V. y para Carmen, pues quiero que ésta pueda ponerse elegante cuando se le antoje. --¡Qué bueno es V., tío! profirió la doncella; estoy segura de que V. se sujeta a privaciones por nosotras. --Esto no le atañe a V., señorita, replicó don Jaime; lo que yo quiero es verla a V. hermosa; su deber de sobrina sumisa, es obedecerme, sin permitirse hacer observación alguna; ¡ea! denme Vds. un abrazo y adiós; me he entretenido ya demasiado. Las dos damas le siguieron hasta el patio, donde le ayudaron a ensillar al Moreno, al cual doña Carmen daba terrón de azúcar tras terrón mientras le acariciaba, a lo que el noble animal parecía estar muy agradecido. En el momento en que don Jaime daba al anciano criado orden de que abriese la puerta, se oyó en la parte de afuera el precipitado galopar de un caballo, y poco después repetidos golpes en aquélla. --¿Quién será? dijo don Jaime avanzando resueltamente hacia el zaguán. --¡Tío! ¡hermano! gritaron a una las dos damas, intentando detenerle. --Soltad, dijo don Jaime inmovilizando con una mirada a su hermana y a su sobrina; sepamos quién es. Y llegando hasta la puerta, gritó: ¿Quién vive? --Amigo, respondieron desde la calle. --Es la voz de Loick, dijo el aventurero, abriendo la puerta. --¡Alabado sea Dios! profirió el ranchero entrando y al conocer a don Jaime, pues él hace que dé con V. --¿Qué ocurre? preguntó con viveza el aventurero. --Una gran desgracia, respondió Loick, la hacienda del Arenal ha caído en manos de la pandilla de Cuéllar. --¡Demonios! exclamó don Jaime, palideciendo de cólera. ¿Y desde cuándo? --Desde hace tres días. Don Jaime asió del brazo a Loick, se lo llevó al interior de la casa, y le preguntó: --¿Tienes hambre? ¿sed? --Tanto me apremiaba el llegar, respondió el ranchero, que hace tres días que no como ni bebo. --Descansa y come, repuso don Jaime; luego me contarás lo ocurrido. Las dos damas se apresuraron a colocar delante del ranchero pan, carne y pulque. Mientras Loick tomaba el alimento de que tan premiosa necesidad sentía, don Jaime se paseaba descompasadamente de un extremo al otro del comedor. Se nos olvidaba decir que las dos damas se habían retirado discretamente a una señal de su deudo, dejándolo a solas con Loick. --¿Has concluido? preguntó el aventurero, al ver que su interlocutor había dejado de comer. --Sí, respondió el ranchero. --¿Ahora te sientes con fuerzas para contarme como ha sucedido la catástrofe? --Estoy a sus órdenes, señor. --Di pues, te escucho. El ranchero, después de haber apurado su último vaso de pulque para aclararse la voz, empezó su relato. XV DON MELCHOR Vamos nosotros a suplir con el nuestro el relato del ranchero, quien, por otra parte, ignoraba muchas particularidades, ya que no conocía lo ocurrido sino de oídas. Para ello nos es preciso retroceder al momento preciso en que Oliverio, porque el lector indudablemente le ha adivinado en don Jaime, se separó de doña Dolores y del conde a unas dos leguas del Arenal. Doña Dolores y los que le acompañaban no llegaron a la hacienda hasta poco antes de ponerse el sol. Don Andrés, inquieto por tan largo paseo, les recibió con muestras del gozo más vivo; pero viéndoles como les había visto a lo lejos acompañados de León Carral, se había tranquilizado. --No permanezca V. por tanto tiempo fuera de la hacienda, señor conde, dijo a Luis don Andrés con solicitud verdaderamente paternal; comprendo el placer que halla V. en galopar en compañía de la atolondrada Dolores, pero como no conoce esta tierra, puede extraviarse. Demás, en estos momentos los caminos están infestados de merodeadores pertenecientes a todos los partidos que dividen esta desgraciada república, y a estos pícaros tanto les da disparar un tiro contra un hombre como dispararlo sobre un coyote. --Me parece que V. exagera, señor, replicó Luis; hemos dado un magnífico paseo sin que nada sospechoso haya venido a turbarlo. Hablando de esta suerte se encaminaron al comedor, donde les estaba aguardando la comida. Ésta fue silenciosa como de costumbre; la única diferencia que se notaba era que parecía haber desaparecido la indiferencia entre doña Dolores y Luis, pues realmente sostuvieron una animada conversación, lo que hasta entonces no había acontecido. Don Melchor estuvo hosco y compasado como siempre y comió sin despegar los labios; no obstante, dos o tres veces y admirado sin duda de la buena armonía que parecía reinar entre su hermana y el francés, se fijó en ellos, mirándoles con expresión singular; pero los jóvenes fingieron no reparar en él y continuaron su conversación a media voz. Don Andrés estaba radiante de gozo, y arrastrado por la grata sensación que experimentaba, hablaba en alta voz, interpelaba a todos y bebía y comía como un hambriento. Al levantarse de la mesa y en el instante de despedirse, don Luis detuvo al anciano, diciéndole: --V. dispense, ¿podría escuchar dos palabras? --Me tiene V. a sus órdenes, respondió don Andrés. --No sé como explicarme, señor, repuso el conde: temo haber obrado con alguna ligereza y cometido una falta contra los deberes sociales. --¡Usted! exclamó don Andrés sonriendo; ¡bah! permítame que le diga que no le creo. --Le agradezco a V. el buen concepto en que me tiene; con todo, debo hacerle a V. juez de mi conducta. --Si es así, explíquese V. --El caso es el siguiente: habiendo determinado dirigirme directamente a Méjico, pues ya sabe V. que yo ignoraba su presencia aquí... --En efecto, interrumpió el anciano; prosiga usted. --Pues bien, continuó Luis, ignorando, como he dicho, su presencia de V. en la hacienda, había escrito a uno de mis íntimos amigos, agregado a la legación francesa, primeramente para notificarle mi llegada y en segundo lugar para que me hiciese el favor de buscarme habitación. Ahora bien, el amigo ese, llamado el barón Carlos de Meriadec y perteneciente a la más calificada nobleza de Francia, acogió favorablemente mi encargo y se dispuso a satisfacerlo. En esto supe que vivía V. en esta hacienda, y como V. tuvo la exquisita amabilidad de ofrecerme hospitalidad en ella, escribí inmediatamente al barón diciéndole que suspendiese todas sus gestiones, ya que era más que probable que yo me quedaría aquí durante un largo espacio de tiempo. --Al aceptar V. mi hospitalidad, señor conde, me dio una prueba de amistad y de confianza, de que le estoy agradecidísimo. --Creía que todo estaba terminado respecto del particular, cuando esta mañana recibí una carta en la cual el barón me participa haber obtenido licencia y su resolución de pasar en mi compañía los días de asueto que le han concedido. --¡Ah! ¡caramba! exclamó gozosamente don Andrés, buena está la idea, y por ella le daré las gracias a su amigo de V. --¿Así pues no le parece desempachado el barón? --¿Qué está V. diciendo? interrumpió con viveza don Andrés; ¿por ventura no es V. casi casi mi yerno? --Pero todavía no lo soy, señor. --Gracias a Dios lo será V. pronto. Así pues, aquí se encuentra V. en su casa, y por lo tanto es libre de recibir a sus amigos. --Aun cuando fuesen mil, dijo con sonrisa sardónica don Melchor, que estaba escuchando esta conversación. El conde fingió creer en la buena intención del joven y le respondió inclinándose: --Le agradezco a V. que en la presente circunstancia una su voz a la de su padre; esto me prueba la bien querencia que se digna V. demostrarme cada vez que se le ofrece coyuntura. Don Melchor comprendió el sarcasmo que escondía la respuesta de don Luis, y haciendo un frío saludo se retiró murmurando algunas palabras incoherentes. --¿Y cuándo llega el barón de Meriadec? preguntó don Andrés. --Ya que es preciso hablar claro, respondió el conde, mañana por la mañana. --Mejor. ¿Y es joven? --Poco más o menos de mi edad: lo único que hay es que habla muy mal el castellano y apenas si lo comprende. --Ya hallará aquí con quien hablar en francés, dijo el anciano; hizo V. bien en advertirme; de no nos hubiera cogido desprevenidos. Esta tarde misma voy a dar orden de que le preparen habitación. --Sentiría en el alma, repuso el conde, ocasionarle a V. la más pequeña molestia. --No se apure V. por esto; gracias a Dios nos sobra sitio, y hallaremos fácilmente donde instalarle con toda comodidad. --Me he explicado mal, señor; conozco la espléndida hospitalidad de V. Lo que yo quería decir es que me parece convendría que el barón se instalase en mis propias y holgadas habitaciones para que mis criados pudiesen servirle. --¡Pero eso va a molestarle a V. mucho! --Al contrario; mis habitaciones tienen más piezas que no necesito, y él puede instalarse en una; de este modo podremos hablar los dos con entera libertad cuando nos guste. Hace dos años que no nos hemos visto y por lo tanto tenemos que hacernos muchas confidencias. --¿V. lo exige, señor conde? --Me encuentro en su casa de V. y por lo tanto nada puedo exigir, respondió Luis; lo que solicito es un favor. --Pues se hará según sus deseos, repuso don Andrés; esta tarde misma quedará dispuesto todo. Luis se despidió de don Andrés y se retiró a sus habitaciones; pero casi en pos de él penetraron dos peones cargados de muebles, quienes en un abrir y cerrar de ojos transformaron el salón en cómodo dormitorio. Una vez a solas con su ayuda de cámara, el conde puso a éste al corriente de lo que debía saber para desempeñar su papel sin ocurrir en equivocaciones, ya que había concurrido a la cita y visto a Domingo. A eso de las nueve de la mañana del día siguiente, el conde recibió aviso de que un jinete vestido a la europea y seguido de un arriero que conducía dos mulas cargadas de maletas y cofres se acercaba a la hacienda. Luis, que ni por un segundo sospechó que no fuese Domingo el viajero de que acababan de hablarle, se levantó y se apresuró a acudir a la puerta de la hacienda, en la que ya se encontraba don Andrés a fin de hacer los honores de su casa al extranjero. El conde no dejaba de experimentar alguna zozobra respecto del modo como el vaquero llevaría el traje europeo, tan mezquino y estrecho y por lo mismo tan difícil de llevar con garbo; pero al ver al gallardo y hermoso joven, que avanzaba gobernando primorosamente a su caballo y ostentando en toda su persona un incontestable sello de distinción, se tranquilizó al punto. Sin embargo, se le acudió una nueva duda, y es que le parecía imposible que aquel elegante jinete fuese el hombre mismo a quien viera el día anterior y cuyos modales francos pero ligeramente triviales le habían inspirado el temor de que no iba a desempeñar satisfactoriamente el papel que le confiaran; mas no tardó en quedar convencido de que realmente era Domingo quien se encontraba en su presencia. Los dos jóvenes se abrazaron con muestras de amistad la más sincera, y luego Luis presentó a su amigo a don Andrés. El hacendero, satisfecho de la elegancia y distinción del joven, le acogió cordialísimamente; luego el conde y el barón se retiraron seguidos del arriero, que no era otro que el ranchero Loick. Descargadas las mulas y colocadas ya las cajas y las maletas en las habitaciones del conde, el barón, que así le llamaremos por ahora, dio una cuantiosa propina al arriero, que se deshizo en bendiciones, y se volvió rápidamente con sus mulas temeroso de encontrarse con algún conocido en la hacienda. Una vez a solas los dos jóvenes, colocaron a Raimbaut de centinela en la antesala, a fin de no verse sorprendidos, y retirándose al dormitorio del conde dieron comienzo a una larga y seria conversación, durante la cual Luis puso al corriente al barón, trazándole una como biografía de las personas entre las cuales iba a vivir durante algún tiempo; extendiéndose en particular respecto de don Melchor, de quien le aconsejó desconfiase, y recomendándole que no echase en olvido que no sabía sino una que otra palabra castellana y que apenas comprendía esta lengua; éste era punto esencialísimo. --He vivido mucho tiempo entre los cobrizos, respondió el joven, y he aprovechado sus lecciones; V. mismo va a quedar sorprendido del primor con que desempeñaré mi comisión. --Le confieso a V. que ya lo estoy, repuso el conde; ha superado V. mis esperanzas. , . 1 2 - - , ; . 3 . , 4 . 5 6 - - . . . 7 8 - - . , 9 , . 10 11 - - . . 12 13 - - , 14 . , ; 15 . , ; 16 . 17 . 18 19 - - , ; 20 . 21 22 - - ¿ . ? 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