--Ya me echan de menos, dijo éste inclinándose hasta el oído de don
Jaime, y eso que aún no he partido.
Las tropas atravesaron lentamente la ciudad, seguidas de la multitud,
que al rendir este último tributo al presidente caído, parecía como si
quisiese demostrarle la estimación en que le tenía personalmente.
Por fin a las dos de la madrugada se encontraron los expedicionarios en
campo raso, y pronto la ciudad no apareció sino como un punto luminoso
en el horizonte.
Las tropas marchaban tristes y silenciosas, y buen rato hacía que
emprendieran la caminata, cuando prontamente pareció que en las filas
reinase una agitación sorda.
--¡Alerta! algo se prepara, dijo don Jaime en voz queda a sus amigos.
A no tardar la agitación fue en aumento, y en la vanguardia se oyeron
algunos gritos.
--¿Qué ocurre? preguntó Miramón.
--Los soldados se sublevan, le respondió don Jaime sin ambages.
--No puede ser, exclamó el general.
Al mismo instante reventó una de gritos y silbidos, entre los que
sobresalían estas voces:
--¡Viva Juárez! ¡El hacha! ¡el hacha!
El hacha en Méjico es el símbolo de la federación, y aclamarla es
sublevarse, o más bien dicho pronunciarse.
El grito ¡el hacha! recorrió con rapidez todas las filas, hasta hacerse
unánime, y pronto llegaron al colmo la confusión y el desorden.
Los partidarios de Juárez, confundidos con los soldados, proferían
amenazas de muerte contra los enemigos a quienes no querían dejar
escapar, y desenvainando los sables y afianzando las lanzas en el
ristre se hizo inminente un conflicto.
--Es preciso huir, general, dijo don Jaime a Miramón.
--¡Nunca! respondió éste; moriré con mis amigos.
--Va V. a perecer asesinado sin lograr salvarse; por otra parte, vea
V., ellos mismos le abandonan.
Era cierto, los amigos del presidente se habían desbandado y huían en
todas direcciones.
--¿Qué hacer? preguntó Miramón.
--Abrirnos paso, respondió don Jaime.
Y sin dar al presidente lugar a la reflexión.
--¡Adelante! gritó en voz de trueno a los suyos.
Al mismo tiempo los sublevados se revolvían, con las lanzas en el
ristre, contra el exiguo grupo en el centro del cual estaba Miramón.
Por espacio de algunos segundos la lucha fue espantosa: don Jaime y
sus amigos, bien montados y sobre todo bien armados, consiguieron por
último abrirse paso conduciendo al general en medio de ellos.
Entonces empezó una carrera vertiginosa.
--¿A dónde vamos? preguntó el presidente.
--A Méjico, respondió don Jaime; es el único sitio donde no pensarán en
buscarle a V.
Una hora después penetraban de nuevo en la ciudad, confundidos con los
soldados desbandados que proferían ensordecedores vivas a Juárez y
gritando ellos solos más que todos los que les rodeaban.
Ya en la ciudad, Miramón y don Jaime se separaron de sus amigos, pues
la prudencia exigía que los fugitivos se retirasen a sus casas uno a
uno.
A las cuatro de la madrugada estaban todos reunidos y en seguridad.
Las tropas de Juárez entraron en Méjico sólo algunas horas antes de lo
que hiciese el general Ortega.
Gracias a las disposiciones tomadas de con concierto entre el general
Berriozábal y los residentes extranjeros, el cambio de gobierno se
había operado casi sin conmoción: al día siguiente Méjico parecía tan
tranquilo como si en su seno no hubiese ocurrido nada.
Sin embargo, don Jaime no tenía confianza alguna en aquella calma
aparente; temía que de permanecer Miramón algunos días en la ciudad
no acabase por ser conocida su presencia en ella. Así es que buscaba
ocasión propicia para hacerle evadir, y ya empezaba a desesperar de
conseguirlo, cuando el acaso le ofreció una, en la que estaba por
cierto muy distante de contar.
Habían transcurrido muchos días; la revolución estaba hecha y todo
caminaba por su cauce ordinario, cuando por fin Juárez llegó de
Veracruz e hizo su entrada en la capital.
Lo primero que, conforme previera Miramón, hizo el nuevo presidente,
fue dar una orden de expulsión contra el embajador de España, el legado
pontificio y los representantes de Guatemala y del Ecuador.
La ocasión que don Jaime buscaba tanto tiempo hacia, se le presentaba
por fin.
Miramón partiría no con el embajador de España, sino con el
representante de Guatemala.
Y así sucedió.
La partida de los diplomáticos expulsados se efectuó el mismo día: eran
éstos el embajador de España, el legado pontificio, el representante
de Guatemala y el del Ecuador; además, el arzobispo de Méjico y cinco
obispos mejicanos que componían todo el episcopado de la confederación
y habían sido desterrados, se aprovecharon de la escolta del embajador
para abandonar la capital.
Miramón, la esposa y los hijos del cual habían partido hacía ya algunos
días, seguía, vestido con un disfraz que le hacía de todo punto
desconocido, al representante de Guatemala.
En cuanto a Luis del Saulay y al duque de Tobar, tomaron el camino de
Veracruz escoltando a doña María y a las dos jóvenes.
Don Jaime, que no quiso abandonar a su amigo, viajaba con éste en
compañía de López.
Únicamente don Esteban se había quedado en la capital.
Dos días después el -Velasco- de la marina de guerra española, hacía
rumbo a la Habana, llevando a bordo todos nuestros personajes.
El 15 de enero de 1863 se efectuaron dos bodas en la hermosa capital de
la isla de Cuba: la del conde del Saulay con doña Carmen de Tobar, y la
del duque de este título con doña Dolores de la Cruz, siendo testigos
el embajador de España en Méjico, el general Miramón, el comandante del
-Velasco- y el ex-representante de Guatemala, y oficiante el legado del
papa.
FIN
-Traducción de- Luis CALVO.
ÍNDICE
TOMO SEGUNDO
I. Complicaciones.
II. La sorpresa.
III. Los prisioneros.
IV. Don Diego.
V. La cena.
VI. Revelación.
VII. El vengador.
VIII. Horas de sol.
IX. Un hombre de bien.
X. Amor.
XI. Sorpresa.
XII. La salida.
XIII. Triunfo.
XIV. El Palo Quemado.
XV. Saldo de cuentas.
XVI. Resolución suprema.
XVII. Jesús Domínguez.
XVIII. Principio del fin.
XIX. Golpe de gracia.
XX. Cara a cara.
XXI. Epílogo. El hacha.
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