--¿Lo has visto tú?
--Durante una hora marché con ellos.
--¿En qué disposiciones se encuentran?
--¡Canario! vienen furiosos.
--Está bien. Ve a descansar; puedes dormir por espacio de una hora.
López saludó y se alejó.
--Por fin vamos a vernos las caras, dijo Miramón.
--¿Cuántos soldados trae V. consigo, general? preguntó don Jaime.
--Cinco mil infantes, mil cien caballos y veinte cañones.
--¡Jum! profirió don Jaime, poco es contra once mil.
--No llegan al doble; el valor suplirá al número.
--Dios lo quiera.
A las cuatro se anudó la marcha bajo la guía de López.
Las tropas, transidas de frío, estaban en malas disposiciones.
A eso de las siete de la mañana se dio la orden de alto; el ejército
fue colocado en batalla en una posición bastante buena y puestos en
batería los cañones.
Don Jaime hizo situar a los suyos detrás de la caballería regular.
A las nueve de la mañana empezó a oírse un tiroteo; eran las avanzadas
de caballería que se replegaban ante las cabezas de columna de Ortega
que desembocaban en el campo de batalla elegido por Miramón y que
cruzaban algunos disparos con ellas.
Nada hubiera sido más fácil al presidente que evitar la batalla; pero
anheloso éste de acabar de una vez, no quiso de ningún modo.
Miramón estaba rodeado de Vélez, Cobos, Negrete Ayestarán y Márquez,
sus más fieles generales, y al divisar al enemigo, se subió a caballo,
recorrió las filas de su pequeño ejército, dio sus instrucciones con
firmeza y laconismo, procurando infundir a todos el ardor de que él
estaba poseído, y blandiendo su espada gritó en voz vibrante:
--¡A ellos!
La batalla se empeñó inmediatamente.
El ejército juarista, obligado a formar bajo el fuego del enemigo tenía
de su parte una desventaja notable.
Los soldados de Miramón, excitados con el ejemplo de su joven jefe, que
no tenía entonces más allá de veintiséis años de edad, peleaban como
leones y hacían prodigios de valor.
En vano los juaristas se esforzaban en afirmar los pies en las
posiciones que habían escogido; una y otra vez eran desalojados de
ellas por las vigorosas cargas de sus enemigos. Así es que no obstante
su superioridad numérica, los soldados no avanzaban sino palmo a palmo,
para tener que ceder luego el terreno conquistado.
Los generales de Miramón, a quienes parecía haber pasado el alma
de éste, se multiplicaban, se ponían al frente de sus tropas, las
arrastraban en pos y con ellas se metían en lo más recio de la refriega.
Un esfuerzo más, y Ortega se veía obligado a pronunciarse en retirada.
Miramón, con su mirada certera, juzgó la situación inmediatamente.
Había llegado el momento de lanzar la caballería sobre el centro de los
juaristas a fin de romperlo con una carga decisiva.
--¡Adelante! gritó el presidente.
La caballería vaciló.
Miramón repitió la orden.
Los jinetes avanzaron; pero en vez de cargar, la mitad de ellos se pasó
al enemigo para precipitarse luego lanza en ristre sobre la otra mitad
que había permanecido fiel.
Desmoralizados por esta súbita deserción, los jinetes no pasados al
campo juarista volvieron grupas y se dispersaron en todas direcciones.
La infantería, al verse tan traidoramente abandonada, perdió sus bríos,
y por sus filas corrió la voz de ¡traición! ¡traición! ¡sálvese quien
pueda!
Inútiles fueron los esfuerzos de los oficiales para obligar a los
soldados a que atacasen al enemigo; estaban ya desmoralizados y no
pensaron sino en desbandarse.
El ejército de Miramón había desaparecido, y Ortega quedado vencedor
una vez más, si bien gracias a una traición indigna llevada a cabo en
el momento mismo en que para él estaba perdida la batalla.
Hemos dicho que don Jaime había tomado con su cuadrilla posición detrás
de la caballería del presidente.
Como trescientos hombres pudiesen haber cambiado la faz de la batalla,
es indudable que aquellos bravos jinetes habrían hecho tal prodigio;
aun en el instante mismo de la derrota combatían con sin igual
encarnizamiento contra la caballería juarista lanzada en persecución de
los fugitivos.
Al prolongar la lucha don Jaime obedecía a un propósito. Testigo de la
indigna traición que ocasionara la pérdida de la batalla, había visto
al primer oficial que se pasara al enemigo con sus soldados: dicho
oficial era don Melchor de la Cruz, y don Jaime, que le conociera,
había jurado apoderarse de él.
La cuadrilla del aventurero no la componían jinetes vulgares, como lo
habían probado ya y debían probarlo nuevamente.
En pocas palabras don Jaime hizo comprender su intento a los suyos, los
cuales profirieron gritos de rabia y atacaron resueltamente al enemigo,
trabándose con tal motivo una lucha titánica de trescientos hombres
contra tres mil.
La cuadrilla desapareció por completo como si hubiese sido engullida
por aquella formidable mole de adversarios.
Luego los juaristas empezaron a oscilar, se abrieron sus filas, y por
el boquete que dejaron pasó la cuadrilla llevando consigo y prisionero
a don Melchor.
--¡Al presidente! ¡al presidente! gritó don Jaime echando a escape
seguido de todos sus parciales hacia Miramón que en vano trataba de
reunir algunos destacamentos.
Los generales del presidente, todos amigos suyos, fieles al juramento
que prestaran de morir con él, no le habían abandonado.
La cuadrilla dio una última carga para librar al presidente.
El cual, después de haber dirigido una mirada de desconsuelo al campo
de batalla, se decidió por fin a escuchar a sus amigos y a emprender la
retirada.
De todo su ejército, apenas si al infortunado general le quedaban mil
hombres; los demás estaban muertos, o se habían dispersado o pasado al
enemigo.
Los primeros momentos de la retirada fueron terribles; a Miramón le
ahogaba la pesadumbre, causada, no por su derrota, que ésta la había
previsto, sino por la infame traición de que fuera víctima.
Cuando estuvieron bastante lejos para no temer ser alcanzados por el
enemigo, el presidente ordenó hacer alto para dar algún descanso a los
caballos, y arrimado a un árbol, con los brazos cruzados encima del
pecho y la cabeza caída, guardó un silencio lúgubre, que sus generales,
inmóviles a su alrededor, no se atrevían a interrumpir.
D. Jaime avanzó, y deteniéndose a dos pasos del presidente, le dijo:
--General.
Al timbre de aquella voz amiga, Miramón levantó la cabeza y tendiendo
la mano al aventurero, murmuró:
--¿Es V.? ¡Ah! ¿por qué me obstiné en no escuchar su consejo?
--Lo hecho, hecho está, general, repuso don Jaime; no hay que hablar
más de ello; pero antes de abandonar este sitio, tiene V. que cumplir
un deber, hacer un castigo ejemplar.
--¿Qué quiere V. decir? preguntó Miramón con extrañeza.
Los otros generales que se habían acercado estaban no menos
sorprendidos que su jefe.
--¿Sabe V. por qué fuimos vencidos? preguntó el aventurero.
--Porque nos traicionaron.
--¿Pero V. conoce al traidor?
--No, respondió Miramón con resentimiento.
--Pues yo sí le conozco, pues me encontraba no lejos de él cuando llevó
a cabo su infame proyecto, vigilándole, porque tiempo hacía que me
inspiraba sospechas.
--¡Qué me importa si no podemos ya apoderarnos de él!
--Se equivoca V., general, repuso D. Jaime; se lo traigo a V.; fui a
buscarle en medio de sus nuevos compañeros, como hubiera ido hasta el
infierno para cogerlo.
Al escuchar tales palabras, los jefes y soldados experimentaron un
estremecimiento de gozo.
--¡Vive Dios! exclamó Cobos, ese miserable merece ser descuartizado.
--Conduzcan acá a ese hombre y se le juzgará, dijo Miramón con
tristeza, pues nada más penoso para él que verse obligado a emplear
medidas rigurosas.
--Pronto habremos concluido, profirió el general Negrete; morirá como
traidor, fusilado por la espalda.
--No se requiere sino probar su identidad y luego hacerle ejecutar,
añadió Cobos.
A una señal de D. Jaime, dos soldados condujeron a D. Melchor, atado
codo con codo.
El hermano de doña Dolores de la Cruz, estaba pálido y descompuesto y
llevaba el traje desgarrado y manchado de sangre y lodo.
Los oficiales se habían constituido en consejo de guerra bajo la
presidencia del general Cobos.
--¿Cómo se llama V.? preguntó éste al reo.
--D. Melchor de la Cruz, respondió en voz sorda el joven.
--¿Confiesa V. haberse pasado al enemigo junto con los soldados que
estaban a sus órdenes?
D. Melchor no respondió, pero se estremeció de píes a cabeza.
--Al tribunal le cabe el convencimiento de que este hombre es un
traidor, dijo Cobos, ¿qué castigo merece?
--Él de los traidores, respondieron unánimemente los oficiales.
--Que le fusilen, dijo el general Cobos.
El reo fue conducido ante el frente de banderas y puesto de rodillas,
y tras él y a seis pasos diez cabos formaron pelotón. Luego Cobos se
acercó al que iban a ejecutar, y le dijo:
--Cobarde y traidor, eres indigno de la jerarquía a que te habían
elevado; por lo tanto, en nombre de todos nuestros compañeros te
declaro degradado y expulso de entre la gente de honor.
Un soldado arrancó entonces a D. Melchor las insignias de su grado y
con ellas le cruzó el rostro.
A este insulto, el joven lanzó un rugido de tigre, tendió en torno de
sí una mirada despavorida e hizo un movimiento para levantarse.
--¡Fuego! gritó el general Cobos.
Resonó una descarga, el reo dio una horrible voz de agonía y cayó boca
abajo, revolcándose entre terribles convulsiones.
--¡Remátenle! dijo el presidente movido a compasión.
--No, repuso Cobos con aspereza; que muera como un perro; cuanto más
padezca más completa será nuestra venganza.
Miramón hizo un gesto de disgusto y ordenó que tocasen botasillas.
Los fugitivos anudaron la marcha.
Sólo dos hombres habían permanecido cerca del infeliz, contemplándole
como se retorcía a sus pies en medio de los más atroces padecimientos:
el general Cobos y D. Jaime.
El cual se inclinó hasta el moribundo, le levantó la cabeza y
obligándole a fijar en él su vidriosa mirada, le dijo en voz sorda:
--¡Parricida, traidor hacia tu patria y hacia tus hermanos, éstos son
los que hoy se vengan; muere como quien eres y llévese tu alma el
diablo; tu cuerpo, privado de sepultura, será pasto de las fieras!
--¡Misericordia! exclamó el desdichado cayendo de espaldas,
¡misericordia!
Una postrer convulsión sacudió el cuerpo del joven, sus crispadas
facciones cobraron un aspecto horrible, lanzó un rugido y quedó inmóvil.
D. Jaime le empujó con el pie: estaba muerto.
--¡Uno! murmuró el aventurero subiéndose otra vez a caballo.
--¿Qué dice V.? preguntó Cobos.
--Nada, estaba echando una cuenta, respondió D. Jaime riéndose con
zumba.
XX
CARA A CARA
Cuando Miramón llegó a Méjico, era ya pública la noticia de su derrota.
Entonces ocurrió un hecho singular: el clero y la aristocracia, a
quienes Miramón había sostenido y defendido siempre, y la indiferencia
y el egoísmo de los cuales sin embargo causaran la ruina y perdición de
aquél, ahora deploraban la conducta que habían observado para con el
único hombre capaz de salvarles.
Como en aquella hora suprema Miramón hubiese querido hacer un
llamamiento a la población, ésta se habría agrupado inmediatamente en
torno de él, facilitándole la organización de una vigorosa defensa.
A Miramón ni siquiera se le ocurrió tal pensamiento: disgustado del
poder no aspiraba sino bajar de él y retirarse a la vida privada.
Apenas llegado a Méjico, lo que primero hizo el joven presidente fue
reunir al cuerpo diplomático extranjero y rogar a los miembros del
mismo que interpusieran su influjo para salvar a la ciudad, haciendo
cesar un estado de guerra que no tenía ya razón de ser desde el
instante que la capital estaba dispuesta a abrir sus puertas a las
tropas federales sin disparar un tiro.
Sin pérdida de tiempo fue a entrevistarse con el general Ortega,
para alcanzar una capitulación honrosa, una comisión compuesta de
los representantes de Francia y España, del general Berriozábal el
prisionero de Toluca, y del general Ayestarán, amigo particular de
Miramón.
D. Antonio Cacerbar había ensayado unirse a la comisión expresada; y es
que, sabedor del triste fin de su amigo Cruz, tenía el presentimiento
de que le amagaba una suerte parecida; pero las puertas de la ciudad
estaban cuidadosamente vigiladas, y nadie podía salir por ellas sin
ir provisto de un pase refrendado por el jefe de plaza. Así pues, D.
Antonio no tuvo más remedio que quedarse en la ciudad. Sin embargo, le
hizo recobrar un tanto la esperanza una carta, en la cual le dejaban
entrever la próxima realización de los proyectos que perseguía hacía
tanto tiempo.
Ello no obstante, como D. Antonio Cacerbar era hombre muy precavido
por haberle acostumbrado a estar siempre sobre aviso las sombrías
maquinaciones a que se entregara durante toda su existencia, al par que
permanecía en su casa, como a ello, le invitaban en la carta a que
acabamos de hacer referencia, había convocado a ella a una docena de
matones de los más desalmados y les había ocultado tras los tapices a
fin de estar preparado a todo evento.
Esto sucedía el día mismo del regreso de Miramón a Méjico.
Poco más o menos a las nueve de la noche del mencionado día, D. Antonio
estaba en su dormitorio, leyendo, o más bien dicho, ensayando leer,
porque su atormentada conciencia no le dejaba la tranquilidad de ánimo
necesaria para entregarse a tan inocente distracción, cuando oyó
hablar bastante recio en la antesala. Cacerbar se levantó al punto y
se encaminó hacia la puerta a fin de indagar la causa de tal ruido,
pero no bien iba a abrirla cuando lo hizo otra mano y pareció en el
dormitorio el ayuda de cámara de aquél, sirviendo de introductor a
muchas personas, nueve en junto, seis hombres enmascarados y embozados
en sarapes, y tres damas.
D. Antonio, al ver a los recién llegados experimentó un estremecimiento
nervioso, pero rehaciéndose casi instantáneamente, permaneció en pie
ante su mesa, probablemente aguardando a que uno de los desconocidos se
decidiese a hacer uso de la palabra.
Esto fue lo que, en efecto, sucedió.
--Señor don Antonio, dijo uno de los enmascarados adelantando un paso,
aquí le entrego a V. a doña María, duquesa de Tobar, su cuñada, a doña
Carmen Tobar, su sobrina, y a doña Dolores de la Cruz.
Al oír estas palabras, pronunciadas con sangrienta ironía, don Antonio
se echó atrás, palideció intensamente y en voz en la que se traslucía
la emoción, repuso:
--No le entiendo a V.
--¿Conque no me conoce usted, don Horacio? dijo entonces doña María en
voz suave; ¿por tal modo me ha desfigurado el dolor que le sea a V.
posible negar que yo soy la desventurada esposa del hermano a quien V.
asesinó?
--¿Qué significa esta comedia? exclamó don Antonio con arrebato; esta
mujer ha perdido el juicio; y V., miserable, que se atreve a chancearse
conmigo, váyase con cuidado.
Aquél a quien iban dirigidas estas palabras contestó con una sonrisa de
desprecio, y levantando la voz, dijo:
--¿Quiere V. testigos de lo que va a pasar aquí, caballero? ¿Le
parece que todavía no somos bastantes para oír lo que va a decirse
aquí? Perfectamente: salgan Vds. de sus escondites, señores, y Vds.,
caballeros, acérquense.
Al mismo tiempo se levantaron los tapices y se abrieron las puertas y
unas veinte personas penetraron en el dormitorio.
--¡Ah! ha llamado V. testigos, profirió don Antonio con acento zumbón;
pues bien, caiga sobre su cabeza de V. la sangre que aquí va a
derramarse.
Y volviéndose hacia los hombres que tras él permanecían inmóviles,
les dijo en voz de trueno, al mismo tiempo que se apoderaba de dos
revólveres de seis tiros que estaban sobre una mesa situada al alcance
de su mano.
--¡Maten Vds. como perros a esos canallas!
Pero nadie se movió.
--¡Quítense todos las máscaras! dijo el personaje que hasta entonces
había hablado; ya son inútiles; a ese hombre debemos hablarle a rostro
descubierto.
Y arrojando la carátula que le cubría el semblante, sus compañeros le
imitaron.
El lector los ha conocido ya: eran don Jaime, Domingo, el conde del
Saulay, León Carral, don Diego y el ranchero Loick.
--Ahora, señor, dijo don Jaime, despójese V. de su nombre postizo como
nosotros nos hemos despojado de nuestras máscaras. ¿Me conoce usted?
soy don Jaime de Vivar, el hermano de su cuñada; veintidós años hace le
sigo a V. paso a paso, señor don Horacio de Tobar, espiando todos los
de V. y buscando la venganza que Dios me concede al fin, grande y cabal
como yo la soñara.
Don Horacio levantó orgullosamente la cabeza, y dirigiendo una mirada
de soberano desdén a don Jaime, replicó:
--Y diga V., mi noble cuñado, porque como usted desea renuncio a fingir
y consiento en conocerle, ¿qué venganza es esa tan grande y cabal que
ha conseguido después de veintidós años? ¿la de obligarme a que yo
mismo me dé la muerte? ¡Vaya un provecho! ¿Acaso no está siempre pronto
a morir un hombre de mi temple? ¿Qué más puede V.? nada; suponiendo que
yo ruede aquí por el suelo, a sus pies, me llevaré conmigo a la tumba
el secreto de esa venganza. Secreto que V. ni siquiera sospecha, y
cuyos beneficios los reporto yo por completo, porque al morir le legaré
una desesperación más profunda que la que en una noche encaneció los
cabellos de su hermana.
--Desengáñese V., don Horacio, arguyó don Jaime; esos secretos que V.
supone tan ocultos, los conozco todos, y en cuanto a matarle, esta
consideración es secundaria en mi plan de venganza; le mataré a V., sí,
pero por mano del verdugo, porque ha de saber que morirá V. deshonrado,
de muerte infamatoria, en una palabra, de garrote vil.
--¡Mientes, canalla! exclamó don Horacio con rugido de bestia fiera;
¡yo, yo, el duque de Tobar! ¡noble como el rey! ¡yo, perteneciente a
una de las más encumbradas y antiguas familias de España! ¡yo morir
agarrotado! El odio te trastorna el juicio, estás loco; en Méjico hay
un embajador de S. M.
--Sí, replicó don Jaime, pero ese embajador te abandona a todo el rigor
de las leyes mejicanas.
--¿Quién, él, mi amigo, mi protector, él que me presentó al presidente
Miramón? Esto no es verdad, no puede serlo. Además, soy extranjero y
nada tengo que temer de las leyes de esta nación.
--Sí, un extranjero que en Méjico se ha puesto al servicio de un
gobierno para venderlo en provecho de otro; la carta que con tanta
instancia pedías al coronel don Felipe y que éste no quiso vendértela,
me la dio a mí de balde, y las para ti tan comprometedoras cartas que
te robaron en Puebla, gracias a don Esteban, a quien no conoces a pesar
de ser primo tuyo, en este instante las tiene Juárez. Ya ves pues que
por este lado estás irremisiblemente perdido. Por último, tu más
precioso secreto, el secreto que tan bien guardado crees, también lo
poseo yo: conozco la existencia del hermano gemelo de doña Carmen, y
además sé donde está y si quiero puedo hacerle parecer de improviso a
tu presencia: mira, aquí está el hombre a quien vendiste tu sobrino,
añadió don Jaime designando a Loick, que estaba inmóvil a su lado.
--¡Oh! murmuró el cuñado de doña María, dejándose caer en una butaca y
retorciéndose las manos con desesperación, estoy perdido.
--Irremisiblemente perdido, don Horacio, profirió don Jaime con
desprecio, pues ni aun la muerte puede salvarte de la deshonra.
--Hable V., por Dios, dijo doña María acercándose a su cuñado; ¿verdad
que no me he engañado? ¿que lo que don Jaime me dijo es cierto? en una
palabra, ¿que tengo un hijo y que ese hijo es el hermano gemelo de doña
Carmen?
--Sí, murmuró don Horacio en voz apagada.
--¡Bendito seas, Dios mío! exclamó doña María con expresión de gozo
inefable; pero V. sabe dónde está mi hijo y va a restituírmelo ¿no es
verdad? por favor, piense V. que no le he visto nunca y que necesito de
sus caricias. ¿Dónde está? dígamelo V.
--¿Dónde está?
--Sí.
--No lo sé, respondió fríamente don Horacio.
La desventurada madre se dejó caer en un asiento y ocultó la cabeza
entre las manos.
--¡Ánimo, hermana mía! la dijo don Jaime acercándose a ella.
Por espacio de algunos segundos reinó un silencio fúnebre; en aquel
aposento donde se hallaban reunidas tantas personas no se oía más ruido
que el de las silbantes respiraciones y el de los ahogados sollozos de
doña María y de las dos jóvenes.
--Mí noble cuñado, dijo don Horacio avanzando un paso y en voz firme no
exenta de grandeza, hágame V. el favor de rogar a esos caballeros que
se retiren a una de las piezas contiguas; deseo hablar a solas con V. y
mi cuñada.
--Amigo mío, dijo don Jaime al conde del Saulay, tenga V. la amabilidad
de conducir a esas señoritas al salón inmediato.
El conde ofreció la mano a las jóvenes y salió sin proferir palabra,
seguido de todos los circunstantes, que a una señal de don Jaime se
retiraron silenciosamente.
Únicamente se quedó Domingo, el cual, fijando una mirada de fuego en
don Horacio, dijo:
--Como ignoro lo que va a pasar aquí y temo una asechanza, no salgo
hasta que expresamente me lo mande don Jaime, pues mi deber es
defenderle; hijo adoptivo suyo soy y él es quien me ha educado.
--Puede V. quedarse, señor, profirió don Horacio sonriendo con
tristeza, casi pertenece usted a nuestra familia.
--Cuñado, dijo entonces don Jaime, el hijo que V. arrebató a mi
hermana, el heredero de los duques de Tobar a quien V. creía perdido,
yo lo salvé. Domingo, abraza a tu madre; María, éste es tu hijo.
--¡Madre mía! exclamó el joven arrojándose en brazos de la hermana de
don Jaime, ¡madre mía!
--¡Hijo mío! murmuró doña María en voz desfallecida y cayendo sin
sentido en brazos del hijo a quien acababa de encontrar.
Fuerte contra el dolor, como todas las naturalezas privilegiadas, el
gozo la había vencido.
Domingo levantó a su madre en sus robustos brazos y la colocó en una
silla larga; luego, con el ceño fruncido, los ojos preñados de ira y
oprimidos los labios, avanzó lentamente hacia don Horacio.
El cual, lleno de terror, con la mirada fija y la frente cubierta
de palidez, le veía venir, retrocediendo a compás que el joven iba
avanzando, hasta que por fin tocó de espaldas en la pared y se vio
obligado a detenerse.
--¡Asesino de mi padre! ¡verdugo de mi madre! exclamó Domingo con
acento terrible, infame y canalla, ¡maldito seas!
Ante tal anatema, don Horacio doblegó la cabeza; pero irguiéndose al
punto, dijo:
--Dios es justo; mi castigo empieza; yo sabía que mi sobrino vivía; a
fuerza de pesquisas había concluido por conocer el paradero de aquel a
quien vendí el niño al nacer y que se encubre con el nombre de Loick...
--Sí, repuso don Jaime, y ese Loick a quien la miseria indujera al
crimen, arrepentido de su falta me lo devolvió a mí.
--Es cierto, dijo don Horacio con acento entrecortado; ese joven es
realmente mi sobrino; tienes las facciones y la voz de mi desventurado
hermano.
Don Horacio se cubrió el rostro con las manos; pero rehaciéndose luego,
continuó:
--Hermano mío, V. posee casi todas las pruebas de los horribles
crímenes que he cometido; y acercándose a un mueble y rompiéndolo,
sacó de él un mazo de papeles, que entregó a don Jaime, diciéndole:
Aquí tiene V. las que le faltan. Tal vez inconscientemente había
ya penetrado en mi corazón el arrepentimiento. Tome V., éste es mi
testamento; en él nombro a mí sobrino mi heredero universal, fijando
sus derechos de una manera indiscutible; pero no debe ser manchado
el apellido de Tobar. Por usted, por su sobrino, cuyo apellido es el
mío, no ejecute V. la cruel venganza que ha preparado contra mí; por
mi honor, por la honra inmaculada de mis antepasados, le juro que
alcanzará V. satisfacción cumplida de los crímenes que cometí y de la
amarga existencia a que he condenado a mi cuñada.
Don Jaime y Domingo permanecieron sombríos y silenciosos.
--¿Se negarían Vds. a escucharme? ¿Por ventura no les movería yo a
compasión? exclamó don Horacio con ansiedad.
En este momento doña María se levantó de la silla en la que su hijo la
colocara, avanzó lenta y automáticamente hacía su cuñado, se interpuso
entre éste, su hermano y su hijo, y tendiendo con ademán majestuoso el
brazo, dijo en voz impregnada de suavidad inefable:
--Hermano de mi marido, la venganza no pertenece sino a Dios. En nombre
de aquél a quien tanto amé y al que su crueldad de V. me arrebató, le
perdono los atroces tormentos que me ocasionó y los dolores indecibles
a que me condenó por espacio de veintidós años, con todo y ser yo una
mujer desventurada e inocente. Le perdono a V., sí, y ojalá Dios le
mire a V. con misericordia.
--Es V. una santa, profirió don Horacio cayendo de rodillas; no merezco
perdón, lo sé; pero en cuanto dependa de mí y haciendo sacrificio de mi
vida, procuraré rescatar los crímenes que cometí.
En pronunciando estas palabras, don Horacio se levantó e hizo ademán de
querer besar la mano a doña María; pero ésta retrocedió con gesto de
horror.
--Es justo, murmuró con acento triste el despreciado, soy indigno de
tocarla a V.
--No, repuso doña María, desde el instante que el arrepentimiento entró
en su corazón, no lo es V.
Y tendiendo la dama la mano y volviendo el rostro, don Horacio imprimió
en ella un respetuoso beso.
--¿Sólo Vds. van a ser implacables? dijo luego éste con tristeza y
dirigiéndose a don Jaime y a Domingo, que permanecían inmóviles.
--Ya no nos queda el derecho de castigar, respondió en voz sorda el
aventurero.
Domingo bajó la cabeza guardando un silencio huraño, al ver lo cual
doña María se le acercó y le asió suavemente el brazo.
--¿Qué quiere V., madre? preguntó el joven estremeciéndose.
--Yo perdoné a ese hombre, le respondió la buena mujer en voz dulce
como una súplica.
--Madre, repuso Domingo con acento de odio implacable, al maldecir
yo a ese hombre, mi padre habló por mi boca, y desde el fondo de la
ensangrentada tumba donde le tendió ese infame, me dictó la maldición,
que quedará impresa en él como estigma indeleble. ¡Ah! Dios va a
preguntar a ese asesino lo que al primer fratricida: Caín, ¿qué has
hecho de tu hermano Abel?
Al oír estas palabras, pronunciadas con acento terrible, don Horacio
cayó desplomado al suelo.
Don Jaime y doña María se habían alejado de él con horror.
Por espacio de largos minutos permaneció don Horacio tendido en el
suelo, sin que los circunstantes hiciesen movimiento alguno para
socorrerle. Sin embargo, doña María, dando rienda a los impulsos
caritativos de su corazón, hizo por fin un movimiento como para
acercarse a su cuñado.
--Deténgase V., madre, le dijo el joven; no toque V. a ese infame; su
contacto la mancharía.
--¡Le perdoné! repuso en voz débil la dama.
Don Horacio, que poco a poco había ido recobrando los sentidos, se
levantó lentamente, con las facciones espantosamente contraídas y
llevando impresa en ellas una resolución singular.
--Usted lo exige, dijo volviéndose hacia Domingo; enhorabuena, la
reparación será ruidosa.
Y registrando el cajón de una papelera cuya cerradura había abierto
valiéndose de una llave que pendiente de una cadenita de oro llevaba
al cuello, don Horacio tomó algo que nadie pudo ver, volvió a cerrar el
cajón, se encaminó con paso firme hacia la puerta, la abrió de par en
par y dijo en voz estridente:
--Entren Vds., caballeros.
En un instante la sala se llenó de gente; únicamente y a una seña de
don Jaime, el conde del Saulay y don Esteban se habían quedado en el
salón en compañía de doña Dolores y de doña Carmen.
Don Jaime se acercó entonces a su hermana, y ofreciéndole el brazo,
dijo:
--Venga V., María, esta escena la está matando; ahora que perdonó V. a
ese hombre, debe no permanecer aquí por más tiempo.
Doña María resistió apenas a la invitación de su hermano, el cual la
condujo al salón, volvió a entrar inmediatamente y cerró la puerta.
A poco se oyó el rodar de un coche; eran las tres damas que,
acompañadas del conde, se volvían a su casa.
Casi a compás resonó choque de armas en el salón.
--¿Qué es eso? preguntó don Horacio con gesto de inquietud.
Se oyó el ruido de pasos de mucha gente, la puerta se abrió de par en
par y con estrépito y en el umbral de ella aparecieron multitud de
soldados a cuyo frente iba el gobernador de la ciudad, el alcalde mayor
y muchos corchetes.
--En nombre de la ley, dijo el gobernador en voz lacónica, es V. mi
prisionero, don Antonio Cacerbar; corchetes, apodérense Vds. de este
hombre.
--Don Antonio Cacerbar ha dejado de existir, dijo don Jaime
interponiéndose con viveza entre los agentes de policía y su cuñado.
--Gracias, profirió éste, gracias por haber salvado la limpieza de mi
apellido.
Y volviéndose a los recién llegados, y señalando a Domingo, que
permanecía inmóvil, añadió en voz levantada:
--Señores, aquí tienen Vds. al duque de Tobar; yo soy un gran culpado;
suplicad a Dios que me perdone.
--Ea, corchetes, exclamó el gobernador, apodérense Vds. de este hombre.
--Vengan por mí, dijo don Horacio llevándose prestamente la mano a la
boca.
De improviso el cuñado de doña María palideció, se tambaleó como un
borracho y dio consigo en tierra sin proferir un ay. Estaba muerto.
Don Horacio se había envenenado.
--Señores, dijo entonces don Jaime al gobernador y al alcalde mayor,
su cometido de ustedes termina ante la muerte del culpado; desde este
instante el cadáver de éste pertenece a su familia. Háganme el favor de
retirarse.
--Dios perdone a ese desdichado su último crimen, profirió el
gobernador; nada nos queda ya que hacer aquí.
Y después de haber saludado ceremoniosamente, el gobernador se salió de
la sala y de la casa acompañado de su séquito.
--Señores, dijo entonces don Jaime en voz triste y dirigiéndose a los
circunstantes, aterrorizados ante el desenlace singular y rápido de
aquella escena, roguemos por el alma de ese gran culpado.
Todos se arrodillaron, excepto Domingo, que permaneció en pie, sombrío
y con los ojos ardientemente fijos en el cadáver.
--Domingo, le dijo suavemente su tío, ¿llevas tu odio más allá de la
tumba?
--¡Sí! exclamó el joven con acento terrible; ¡sí! ¡maldito sea por los
siglos de los siglos!
Los circunstantes se levantaron con espanto; aquel anatema fulminante
había helado la oración en sus labios.
XXI
EPÍLOGO
EL HACHA
Ínterin, los acontecimientos políticos se desenvolvían con rapidez
fatal.
La diputación enviada a conferenciar con el general Ortega había
regresado a Méjico sin haber conseguido capitulación alguna, y la
situación se hacía más crítica por momentos.
En semejantes circunstancias el general Miramón dio pruebas de una
abnegación suma: no queriendo comprometer más a la ciudad de Méjico,
resolvió abandonarla aquella misma noche.
Entonces se encaminó a las casas consistoriales y propuso al
ayuntamiento que nombrase un presidente o un alcalde interino que por
sus relaciones anteriores con el partido victorioso estuviese en
estado de salvar la ciudad y de mantener en ella el orden.
El ayuntamiento se dirigió en corporación al general Berriozábal,
quien aceptó generosamente tan difícil cometido, siendo primer cuidado
de éste rogar al cuerpo diplomático extranjero que armase a sus
nacionales, para sustituir por ellos a la desorganizada policía y velar
por la seguridad de la población.
Miramón, entre tanto, lo disponía todo para su partida; pero no
pudiendo llevarse consigo a su mujer y a sus hijos en una huida
cuyas peripecias corrían riesgo de ser sangrientas, resolvió confiar
aquellos seres, para él tan queridos, a la embajada de España, donde
los recibieron con todas las consideraciones debidas a su deplorable
situación.
Como hubiese querido, Miramón podía haberse alejado sin tener nada que
temer de los partidarios de Juárez, pues naturalmente simpático, si le
miraban algunos como adversario político, nadie le odiaba como enemigo
personal.
Repetidas veces habían propuesto a Miramón el dejarle huir solo;
pero éste, con la delicadeza caballeresca que constituía una de las
cualidades más culminantes de su carácter, se negó aceptar tales
proposiciones, no queriendo como no quería abandonar en el último
momento a ciertas personas que en pro de él combatieran y se habían
comprometido por su causa, al odio implacable de sus enemigos,
sentimiento noble, conducta generosa que sus adversarios mismos no
pudieron menos de admirar.
Don Jaime pasó parte del día al lado del general, esforzándose en
consolarle y ayudándole a reunir en torno de él los dispersados restos,
no diremos de su ejército, pues éste había dejado de existir, sino de
los diferentes cuerpos que aún estaban indecisos respecto de la causa a
cuyo favor se inclinarían.
El conde del Saulay y el duque de Tobar, que así llamaremos a Domingo
desde este instante, después de haber pasado la noche en compañía
de las damas y hablado con ellas de los singulares acontecimientos
del precedente día, se habían despedido de ellas, algo inquietos por
la prolongada ausencia de don Jaime, a causa de la confusión que en
aquellos momentos reinaba en la ciudad; pero no bien acababan de entrar
en su casa y se disponían a entregarse al descanso, cuando Raimbaut, el
criado del conde, les anunció a López, el cual se presentó poco después
armado de punta en blanco.
--¡Caramba! dijo el duque al verle, vaya un arsenal trae V. consigo,
amigo López.
--¿Tiene V. que comunicarnos algo? preguntó el conde.
--Nada más que esto; -Dos y uno hacen tres.-
--¡Vive Dios! exclamaron a una los dos jóvenes levantándose
espontáneamente. ¿Qué hay que hacer?
--Armarse Vds. y sus criados, dar orden de que ensillen los caballos y
aguardar.
--¿Así pues ocurren novedades? preguntó el duque.
--Lo ignoro, señor, mi amo se lo dirá a V.
--¿Va a venir?
--Antes de una hora estará presente; me dio orden de que me quedase
aquí con Vds.
--Pues aprovéchela para descansar, dijo el conde; nosotros vamos a
prepararnos.
Cuando, a las once de la noche, llegó don Jaime, éste encontró ya a sus
amigos completamente preparados y armados.
--Partiremos, dijo don Jaime.
--Cuando V. quiera, profirió Luis del Saulay.
--¿Vamos lejos? preguntó el duque.
--Me parece que no, respondió don Jaime; pero tal vez tengan que hablar
las armas.
--Mejor, dijeron los dos jóvenes.
--Todavía podemos disponer de media hora, tiempo más que sobrado para
que les explique a Vds. lo que pienso hacer, profirió don Jaime. Ya
saben Vds. cuan sincera es la amistad que me une al general Miramón.
--Nos consta.
--Pues vean Vds. lo que ocurre: el general ha reunido unos mil
quinientos hombres, con cuya escolta imagina llegar con seguridad a
Veracruz, donde piensa embarcarse. A la una de esta madrugada se pone
en marcha.
--¿A tal extremo han llegado ya las cosas? preguntó el conde.
--Todo ha concluido, respondió don Jaime; Méjico se ha rendido a los
juaristas.
--En fin, que se arreglen como puedan; esto no nos atañe.
--Hasta ahora, dijo el duque, no veo qué papel nos toca desempeñar en
este drama.
--Voy a decírselo a Vds., repuso don Jaime. Miramón cree poder contar
con los mil quinientos hombres que componen su escolta; pero yo estoy
persuadido de lo contrario. Los soldados le quieren, es cierto, pero
detestan a ciertos personajes que parten con él; y como me consta que
se han hecho proposiciones a las tropas para que éstas los entreguen,
temo que se dejen convencer y que por la misma causa Miramón caiga
prisionero.
--Que es lo que probablemente sucederá, dijo el conde moviendo la
cabeza.
--Pues ahí lo que yo quiero evitar, dijo don Jaime con energía, y para
ello cuento con ustedes.
--Hace V. bien, profirió Luis.
--No podía V. elegir con más acierto, añadió el duque.
--Perfectamente, continuó don Jaime; de este modo Vds., yo, López,
León Carral y los dos criados formamos un efectivo de siete hombres
decididos, con quienes será menester contar en el caso de que las
circunstancias se presenten desfavorables; demás, la calidad de
extranjeros que les ampara a Vds. y el cuidado que han puesto en vivir
retirados, nos permitirán coronar nuestra obra, ocultando al general en
esta casa.
--Donde estará en completa seguridad, dijo el conde.
--Por otra parte cuanto acabo de manifestarles a Vds. es todavía muy
inseguro; las circunstancias nos servirán de guía. Tal vez la escolta
permanezca fiel al general; entonces, como nuestro concurso no le
servirá de nada, nos retiraremos después de haberle acompañado hasta
bastante distancia de la ciudad.
--A la buena de Dios, dijo Luis del Saulay; Miramón asume algo de
grande y caballeresco que me ha seducido, y no sentiría que se me
presentara coyuntura de serle útil.
--Ahora que nos hemos puesto de acuerdo, profirió el duque, podríamos
partir; ardo en deseos de encontrarme al lado de ese valiente general;
pero dígame usted, supongo que ante todo ha vigilado por la seguridad
de mi madre.
--Nada temas, sobrino, respondió don Jaime; a mi ruego el embajador de
España ha colocado una guardia de comerciantes de nuestra nación en
la misma casa donde ella mora; tu madre, Carmen ni Dolores tienen qué
temer. Por otra parte Esteban está con ellas, y gracias al aprecio en
que a éste le tiene Juárez, basta su sola presencia para protegerlas
eficazmente.
--Entonces adelante, dijeron los jóvenes levantándose, embozándose en
sus capas y armándose.
--Partamos, dijo don Jaime.
Los criados, que estaban ya en su sitio, se unieron a sus amos, y
juntos se salieron los siete de la casa, jinetes en sendos caballos, y
se encaminaron a la plaza Mayor donde se iban reuniendo las tropas.
Las casas estaban iluminadas y por las calles circulaba una multitud
inmensa; pero en la ciudad reinaba la mayor tranquilidad, gracias a
las fuertes patrullas compuestas de franceses, ingleses y españoles
que la recorrían en todas direcciones y vigilaban con la más generosa
abnegación para el mantenimiento del orden durante el intervalo de
anarquía que siempre separa la caída de un gobierno de la instalación
del que le sustituye.
La plaza Mayor estaba muy animada; los soldados fraternizaban con el
pueblo, hablando y riendo como si lo que en tal momento pasaba fuese
lo más natural del mundo.
El general Miramón rodeado de un grupo bastante numeroso de oficiales
que habían permanecido fieles a su causa, o que demasiado comprometidos
para esperar que el vencedor les concediese buenas condiciones,
preferían acompañarle en su fuga a quedarse en la ciudad, fingía una
tranquilidad y un buen humor que estaba muy lejos de sentir; hablaba
con notable soltura, defendiendo sin acritud los actos de su gobierno y
despidiéndose, sin dirigir reproche ni recriminación, de aquéllos que
por egoísmo le habían abandonado y ocasionado su caída.
--¡Ah! profirió Miramón al divisar a don Jaime y encaminándose hacia
él, ¿conque se viene V. decididamente conmigo? Temí que mudase V. de
consejo.
--Está V. muy amable, dijo don Jaime riéndose.
--No tome V. a mal mis palabras, repuso el general.
--La prueba de que le acompaño a V. es que le traigo dos amigos que a
toda costa quieren seguirle.
--Gracias mil, profirió Miramón; dichoso el hombre que al caer de tan
alto puede contar con amigos que le suavicen la caída.
--De esto no puede V. quejarse, general, dijo el conde haciendo una
profunda reverencia, porque amigos no le faltan.
--En efecto, murmuró Miramón tendiendo una triste mirada a su
alrededor, todavía no me encuentro solo.
Por espacio de algún tiempo la conversación continuó rodando sobre este
tema, hasta que dio la una en el Sagrario.
--Partamos, señores, dijo Miramón levantándose y en voz firme, ha
llegado la hora de salir de la ciudad.
--Que toquen marcha, gritó un oficial.
Las cornetas dieron la señal, los soldados se subieron a caballo y
formaron filas, y la multitud se refugió en los portales.
Luego se restableció la calma como por encanto y sobre aquella plaza
inmensa llena de una compacta muchedumbre y materialmente empedrada de
cabezas, se cernió un silencio de muerte.
Miramón estaba erguido y firme en su caballo, en medio de sus tropas;
don Jaime y sus compañeros habían tomado sitio entre el estado mayor
que rodeaba al general.
Después de un momento de perplejidad, el presidente dirigió una triste
y postrer mirada al sombrío y silencioso palacio presidencial, en él
que no brillaba luz alguna, y luego dio en voz potente la orden de
marcha.
Las tropas se pusieron en movimiento, y a compás y de todas partes
partieron gritos de ¡viva Miramón!
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