--Obrarás cuerdamente.
--Pues bien, no sólo tenía el encargo de espiar a doña Dolores, sino
también a la señora y a la señorita con quienes vive y a cuantos las
visitan.
--¡Zambomba! mucho era para un hombre solo.
--No mucho, excelentísimo señor, pues apenas reciben a nadie.
--¿Y desde cuándo desempeñas tan honroso oficio, canalla?
--Desde hace doce días.
--¿Así pues formabas parte de la gavilla que intentó penetrar a viva
fuerza en casa de esas señoras?
--Sí, excelentísimo señor; pero no logramos nuestro objeto.
--Lo sé; pero dime, ¿a lo menos te pagan bien?
--Don Melchor no me ha dado todavía dinero alguno, pero me ha prometido
cincuenta onzas.
--Nada le cuestan las promesas a tu capitán: le es más fácil prometer
cincuenta onzas que dar diez pesos.
--¿Vuecencia lo cree así? Don Melchor está rico.
--¿Quién, él? está más pobre que tú.
--¡Malo! lo siento, pues todavía no he conseguido economizar sino
deudas.
--Como eres un botarate; mereces lo que te está pasando.
--¿Yo, excelentísimo señor?
--¿Quién pues? En lugar de ponerte al servicio de los que podrían
pagarte, te afilias a un miserable que no posee donde caerse muerto.
--¿A quiénes se refiere vuecencia? Confieso que tengo los colmillos muy
aguzados y que les serviré con entusiasmo.
--¡Lo creo! ¿Pero tú te imaginas que voy a perder el tiempo dándote
consejos?
--Sí vuecencia quisiese le serviría a las mil maravillas.
--¿Tú? ¡quita allá!
--¿Por qué no?
--Siendo, como eres, enemigo de las personas a quienes quiero, debes
serlo mío.
--¡Cómo yo lo hubiese sabido!
--¿Qué hubieras hecho?
--No lo sé, pero de fijo que no las habría espiado; empléeme vuecencia,
se lo ruego.
--Maldito si sirves para cosa buena.
--Sujéteme vuecencia a prueba.
El aventurero hizo como que reflexionaba.
Jesús Domínguez aguardaba con ansiedad.
--No, dijo por fin don Jaime, no puedo contar contigo.
--¡Qué poco me conoce vuecencia! ¡Si vuecencia supiese cuán devoto le
soy!
--Ahí una devoción que te nació de repente, profirió don Jaime dando
una carcajada. Sin embargo me avengo a hacer un ensayo; pero como me
engañes...
--No diga vuecencia una palabra más, le conozco. Nada tema vuecencia,
quedará satisfecho de mí. ¿De qué se trata?
--Sencillamente de cambiar de casaca.
--Comprendo; es fácil. Mi amo no dará paso que vuecencia no lo sepa.
--Está bien. ¿No tiene un amigo íntimo don Melchor de la Cruz?
--Sí, excelentísimo, señor, un tal don Antonio Cacerbar: están unidos
como los dedos de la mano.
--No harás mal en vigilarle al mismo tiempo.
--Perfectamente.
--Y como todo trabajo merece recompensa, ahí va media onza.
--¡Media onza! profirió Domínguez con gesto radioso.
--Pero como necesitas dinero, voy a adelantarte la paga de veinte días.
--¡Diez onzas! ¡Vuecencia va a darme diez onzas! ¡Oh, es imposible!
--Mira si es posible que ahora mismo voy a dártelas, repuso don Jaime
sacándoselas del bolsillo y poniéndolas en la mano de Domínguez, que se
apoderó de ellas trémulo de gozo y exclamando:
--Ya pueden despabilarse don Melchor y su amigo.
--Sobre todo sé diestro, pues los dos son muy astutos.
--Ya les conozco; pero se las han con uno más astuto que no ellos; fíe
V. en mí.
--Esto te atañe a ti; lo que te digo es que al menor descuido te mando
a paseo.
--No habrá para qué.
--Si no recuerdo mal, me has dicho que eres listo de manos.
--En efecto lo soy, excelentísimo señor.
--Pues bien, si por acaso a esos caballeros se les caen algunos papeles
importantes, cógelos y tráemelos inmediatamente; porque has de saber
que soy muy curioso.
--Basta; si no los hallo en el suelo los buscaré en otra parte.
--Aprobado; pero oye, los papeles te los pagaré aparte; te daré tres
onzas por cada uno de ellos si valen la pena. Como te equivoques, peor
para ti, pues no cobrarás nada.
--Ya me las compondré para que los dos quedemos satisfechos,
excelentísimo señor. ¿Quiere vuecencia decirme ahora dónde le
encontraré cuando se me ocurra comunicarle algo o entregarle algún
documento?
--De tres a cinco de la tarde me paseo todos los días por las
inmediaciones del canal de las Vigas.
--Allá iré.
--Sobre todo sé prudente.
--Como una zorra.
--Adiós y ojo al Cristo.
--Tengo el honor de saludar a vuecencia.
Los dos interlocutores se separaron.
Don Jaime, después de haber ordenado al viejo criado de su hermana, el
cual durante la conversación que acabamos de transcribir había tenido
la puerta abierta, que entrase y la atrancase fuertemente, se dirigió
hacia la vivienda de los jóvenes, frotándose las manos.
El conde y su amigo, inquietos por la larga ausencia de don Jaime, le
estaban aguardando llenos de ansiedad, y ya se disponían a salir en su
busca cuando éste entró.
Domingo y Luis recibieron al aventurero con muestras del más vivo gozo
y le pidieron les enterase de lo que acababa de ocurrir.
Don Jaime, que vio no existía razón alguna para callar a sus amigos lo
que pasara, les contó por menudo la conversación que había sostenido
con Domínguez y como por fin indujera a éste a traicionar a su amo para
servirle a él de espía.
Don Jaime, el conde y Domingo permanecieron reunidos hasta la llegada
del día, y al separarse dijo aquél:
--Amigos míos, por singular que les parezca a Vds. mi conducta, no la
juzguen todavía; sólo me faltan algunos días para dar fin a la obra que
desde hace tantos estoy preparando; suceda lo que quiera, en el momento
decisivo lo comprenderán Vds., todo. Tengan pues paciencia, máxime
cuando están Vds. más interesados que no suponen en el buen éxito de
este negocio, y no olviden que me han jurado estar prontos a prestarme
su ayuda en cuanto yo la reclame.
El aventurero estrechó afectuosamente la mano a sus amigos y se fue.
Durante la semana que siguió a aquel día no ocurrió hecho alguno digno
de mención.
Sin embargo, en la capital reinaba una inquietud sorda; en calles
y plazas se formaban numerosos grupos en los que se comentaban las
noticias políticas.
En los barrios comerciales las tiendas se abrían sólo por espacio de
algunas horas, y como los indios no acudían sino en muy escaso número
a proveer la plaza y aun éstos traían poquísimo, cada día era mayor la
escasez de víveres, y más elevado el precio de éstos.
La población era pábulo de una zozobra que nadie acertaba a explicarse
claramente; cada uno por sí sentía que la crisis avanzaba a pasos
agigantados y que no tardaría en reventar con furor terrible la
tempestad tanto tiempo hacía suspendida sobre Méjico.
Don Jaime, aparentemente a lo menos, llevaba la vida ociosa del
hombre a quien sus bienes de fortuna ponen a cubierto de todas
las eventualidades y para el cual ninguna importancia asumen los
acontecimientos políticos; iba y venía de acá para allá por plazas y
calles, fumando y prestando oído atento a todas las conversaciones como
un papamoscas y aceptando por buenas las monstruosas necedades que
propalaban los noticieros de encrucijada, aunque sin decir esta boca es
mía. Luego, de tres a cinco de la tarde, se iba a dar una vuelta por
las inmediaciones del canal de las Vigas, donde se encontraba con Jesús
Domínguez, con quien conversaba largo rato mano a mano, para separarse
después mutuamente satisfechos.
No obstante hacía dos o tres días que don Jaime parecía no estar tan
contento de su espía, con quien había cruzado palabras mordaces y
amenazas encubiertas.
--Amigo Domínguez, dijo el aventurero a su espía a la sexta o séptima
entrevista celebrada con él, váyase V. con tiento, pues por lo que
husmeo quiere V. jugar con dos barajas; ya sabe V. que tengo buen
olfato.
--Señor, profirió Domínguez, le soy a V. fidelísimo; soy incapaz de
traicionar a un caballero tan generoso como V.
--Puede; como quiera que sea dese V. por advertido y proceda como tal,
y sobre todo no deje de traerme mañana los papeles que me promete hace
tres días.
Dicho esto, don Jaime se separó del espía dejando a éste todo atarugado
con tal fraterna y sobre todo muy desasosegado respecto del modo
como, de no obrar con prudencia, podían revolverse contra él las
circunstancias. Porque, hay que confesarlo, el señor Jesús Domínguez
no tenía muy tranquila la conciencia: las sospechas de don Jaime no
estaban destituidas de fundamento; si el espía no había aún vendida a
su generoso protector, no era porque no hubiese pensado en hacerlo, y
para un hombre como el guerrillero; del plan a la ejecución no había
sino un paso.
Así es que Jesús Domínguez resolvió rehabilitarse en el ánimo de don
Jaime por medio de un acto sonado a fin de reconquistar su confianza,
dejando para más adelante el abusar de ella. A este efecto se decidió a
apoderarse de los papeles que el aventurero le reclamaba y traérselos
al día siguiente, resuelto, no obstante, como en ello saliese ganando
un buen pico, a robárselos después.
A la tarde siguiente y a la hora convenida, don Jaime se encontraba en
el lugar de la cita, y a poco se le reunió Domínguez, quien con los
grandes alardes de devoción que tenía por costumbre, le entregó un mazo
de papeles bastante voluminoso. El aventurero dirigió una rápida mirada
al mazo, lo hizo desaparecer debajo de su capa, y en poniendo una
pesada bolsa en la mano del guerrillero, volvió prontamente la espalda
a éste sin dignarse escuchar sus protestas de adhesión.
--¡Demonios! murmuró Domínguez, no parece estar hoy muy blando; no le
dejemos tiempo de que tome precaución alguna. Por chiripa descubrí
donde vive. No hay que perder minuto; voy a contárselo todo a don
Melchor, a quien daré a entender que hice lo que hice para inspirar
confianza a su enemigo y entregárselo más fácilmente; y como en efecto
se lo entregaré, no podrá menos de quedar satisfecho y de felicitarme
por mi destreza, ¡Vive Dios! no hay como tener talento, y yo le tengo
de veras.
Mientras se dirigía a sí mismo estas alabanzas, Jesús Domínguez,
que iba con la cabeza gacha como las gentes que se entregan a la
meditación, fue a dar contra dos individuos que caminaban delante de él
cogidos del brazo y hablando de sus negocios.
Dichos individuos eran probablemente de carácter poco sufrido porque se
volvieron con viveza y dirigieron algunas palabras bastante duras al
guerrillero.
El cual, conociendo que era culpado y trayendo como traía consigo
una cantidad de dinero considerable, no tenía ganas de hacer un mal
negocio, se excusó del mejor modo que supo; pero los desconocidos no
quisieron atender razón alguna y continuaron apellidándole bruto,
animal y otras lindezas por el estilo.
Por mucha que fuese la paciencia del guerrillero, acabó por perderla, y
dejándose llevar de la cólera, echó mano a su cuchillo.
Este gesto imprudente fue causa de su perdición; los desconocidos se
abalanzaron a él, le derribaron y le mataron a puñaladas; luego, como
la calle teatro de tan poco edificante escena estaba desierta y por
consiguiente nadie la había presenciado, los homicidas se alejaron con
toda tranquilidad, no empero sin antes haber desvalijado al difunto, al
que no dejaron objeto alguno que pudiese identificarle.
Tal fue el fin del señor Jesús Domínguez.
Dos horas después los celadores levantaron el envarado cuerpo del
guerrillero, y como nadie le conocía, lo arrojaron sin ceremonia alguna
a una hoya abierta en un cementerio, y aquí paz y después gloria.
A don Melchor tal vez le admiró no ver más al guerrillero, pero como
era muy problemática la confianza que éste le inspiraba, supuso que
Jesús, después de haberse hecho culpado de alguna sustracción, había
creído conveniente poner tierra de por medio, y no pensó más en él.
XVIII
PRINCIPIO DEL FIN
Miramón no había desperdiciado los contados días transcurridos desde su
última entrevista con don Jaime.
Decidido a jugar el todo por el todo, no quiso arriesgarse antes de
haber puesto de su lado sino todas las probabilidades de éxito, a lo
menos igualado el partido para que la lucha, que debía ser decisiva
fuere cual fuese su resultado, favoreciese lo más posible sus proyectos.
No sólo el presidente se ocupaba con actividad suma en reclutar y
organizar su ejército y en armarlo de un modo formidable, sino que
también, comprendiendo cuan perjudicial le era la sustracción de los
seiscientos sesenta mil pesos de la Convención inglesa, efectuada
en la casa misma del cónsul de S. M. británica, hacía enérgicos
esfuerzos para remediar el mal que le causara este golpe de mano, a
cuyo efecto estaba negociando un arreglo por el cual se comprometía
a devolver en Londres mismo el dinero de que tan malhadadamente se
apoderara; alegando, para paliar esta acción atrevida, que no había
sido sino un acto de represalias contra Mr. Mathew, representante del
gobierno británico, cuyas incesantes maquinaciones y no interrumpidas
demostraciones hostiles contra el gobierno reconocido de Méjico habían
colocado al presidente en la situación crítica en que se hallaba; y en
prueba de lo que decía citaba el hecho de haberse encontrado, después
de la batalla de Toluca, en los equipajes del general Degollado, un
plan de ataque de Méjico, escrito de puño propio de Mr. Mathew, acto
que por parte del representante de un gobierno amigo constituía una
felonía.
El presidente, para dar más fuerza a esta declaración, había mostrado
el mencionado plan a los representantes extranjeros que residían en
Méjico, y luego hecho traducir y publicar en el diario oficial, lo que
produjo todo el efecto que aquél esperaba, esto es, aumentó el odio
instintivo de la población contra los ingleses y a él le restituyó
algunas simpatías.
Miramón, tras prodigiosos esfuerzos, logró reunir un ejército de ocho
mil hombres, pocos por cierto contra los veinticuatro mil que le
amenazaban; porque es de saber que el general Huerta, cuya conducta
había sido indecisa de algún tiempo a aquella parte, por fin decidiera
salir de Morella al frente de cuatro mil hombres, que unidos a los
once mil de González Ortega, a los cinco mil de Gazza Amondia y
a los cuatro mil de Aureliano Carvajal y de Cuéllar, formaban un
efectivo de veinticuatro mil hombres que, en efecto, se encaminaban a
marchas forzadas contra la capital, ante cuyos muros no tardarían en
presentarse.
La situación iba siendo más y más crítica por momentos. Los vecinos de
Méjico, que ignoraban los proyectos de Miramón, eran pábulo del terror
más vivo y a cada instante temían ver desembocar las cabezas de las
columnas juaristas y sufrir los horrores de un sitio.
Miramón, que ante todo deseaba no perder el aprecio de sus
conciudadanos y calmar los exagerados temores de la población, resolvió
convocar al ayuntamiento, al cual se esforzó en dar a comprender, en
un sentido discurso, que su intención no había sido nunca aguardar
al enemigo tras los muros de la ciudad, sino que, por el contrario,
estaba resuelto a atacarle en campo raso, y que cualquiera que fuese el
resultado de la batalla que se proponía librar, la ciudad no tenía que
temer un sitio.
Esta seguridad calmó un tanto los temores de los vecinos de Méjico y
detuvo como por arte de magia las tentativas de desorden y los gritos
sediciosos que los partidarios de Juárez, escondidos en la ciudad,
avivaban en los grupos reunidos en las plazas.
Una vez el presidente creyó haber tomado todas las precauciones que
las circunstancias exigían, para atacar al enemigo sin demasiada
desventaja, y al mismo tiempo dejar en Méjico las fuerzas necesarias
para mantenerla sujeta al deber, reunió un nuevo consejo de guerra a
fin de discutir el plan más conveniente para sorprender y derrotar
al enemigo. Este consejo de guerra duró muchas horas, y en él se
formularon gran número de proyectos, unos, como acontece siempre en
tales circunstancias, impracticables, y otros, que de adoptarlos,
podían haber salvado al gobierno.
Por desgracia en aquella ocasión el presidente, por lo común tan
sensato y prudente, se dejó dominar por su resentimiento personal en
lugar de atender al verdadero interés de la nación.
Don Benito Juárez, primer presidente de la república mejicana que desde
la proclamación de la independencia haya pertenecido al elemento civil,
era abogado. Ahora bien, como éste no era militar y por lo tanto no
podía ponerse al frente de su ejército, había fijado su residencia en
Veracruz, a la que provisionalmente hiciera su capital, y nombrado a
González Ortega general en jefe, confiriéndole latísimos poderes en lo
que se refería a la estrategia militar, y reservándose para sí y en
absoluto la parte diplomática.
Ortega fue quien venció a Miramón en Silao, y como el presidente no
olvidó nunca esta derrota y ardía en deseos de lavar la afrenta que en
tal circunstancia recibiera, olvidando su habitual prudencia, contra
el parecer de sus más discretos consejeros insistió para que el primer
ataque fuese dirigido contra el ejército de Ortega.
Por lo demás, aunque las causas que el presidente alegaba para hacer
adoptar semejante resolución eran bastante especiosas, no estaban
destituidas de lógica: pretendía que siendo como era Ortega general en
jefe y encontrándose al frente del cuerpo de ejército más numeroso,
de derrotarle conseguía introducir la desmoralización en el campo
enemigo y acabar con éste. Con tanta elocuencia y obstinación sostuvo
el presidente su parecer, que acabó por vencer la oposición de los
miembros del consejo y hacer adoptar el plan que él concibiera.
Miramón, no queriendo entonces perder tiempo en poner en ejecución su
plan, ordenó lo necesario para que al día siguiente pudiese revistar
las tropas y fijó la partida para el mismo día a fin de no dejar que se
entibiara el entusiasmo de los soldados.
Una vez levantado el consejo de guerra, el presidente se retiró a sus
habitaciones, con objeto de tomar sus disposiciones postreras, poner en
orden sus asuntos personales y quemar algunos papeles comprometedores
que no quería fuesen a parar a manos ajenas.
Algunas horas hacía ya que Miramón estaba encerrado en su gabinete,
cuando en hora avanzada de la noche el ujier de servicio le anunció la
visita de don Jaime.
--Que entre inmediatamente, dijo Miramón.
El cual, una vez el ujier hubo introducido al aventurero, dijo a éste:
--¿Me permite V. continuar? No me falta sino ordenar algunos papeles.
--Haga V., mi general, respondió don Jaime sentándose en una butaca.
El presidente anudó su por un instante interrumpido trabajo, mientras
don Jaime le contemplaba con indecible melancolía.
--¿Conque está V. definitivamente resuelto, mi general? preguntó el
aventurero al cabo de un rato.
--Sí, echada está la suerte; y si no fuese ridículo compararme a
César, diría que he pasado el Rubicón; voy a presentar batalla a mis
enemigos.
--No repruebo la resolución; es digna de V., mi general; pero permítame
que le pregunte cuando decide emprender la marcha.
--Mañana, en terminando la revista que he ordenado.
--Bien está, me sobra tiempo para expedir tres exploradores
inteligentes que le informarán a usted exactamente de la posición del
enemigo.
--Aunque ya se han puesto muchos en camino, dijo Miramón, acepto con
gratitud su ofrecimiento, don Jaime.
--Ahora dígame qué dirección piensa V. tomar y el cuerpo de ejército
que ha resuelto V. atacar el primero.
--Voy a coger el toro por las astas, respondió Miramón; mi resolución
es atacar a González Ortega.
El aventurero movió a un lado y a otro la cabeza; pero no atreviéndose
a oponer reparo, se limitó a murmurar:
--Está bien.
El presidente se levantó entonces de su bufete, y yendo a sentarse al
lado de don Jaime, dijo con acento jovial:
--Ya he concluido. ¡Ea! adivino que quiere V. hacerme una comunicación
importante. Diga usted.
--No se equivoca V., general; hágame V. el favor de enterarse de este
papel.
El presidente tomó uno doblado en cuarto que don Jaime le tendió, y
después de leerlo sin manifestar la más leve sorpresa, lo devolvió a
éste, quien le preguntó:
--¿Ha leído V. la firma?
--Sí, respondió fríamente Miramón, es una carta credencial de don
Benito Juárez para que sus secuaces atiendan a Antonio Cacerbar, a cuyo
favor está expedida.
--Esto es. ¿Le queda a V. todavía alguna duda respecto de la traición
de ese hombre?
--Ninguna.
--Perdóneme V. que le interrogue, general; pero ¿qué determina V. hacer?
--Nada.
--¡Cómo nada! exclamó don Jaime con no fingida sorpresa.
--Nada, lo repito.
--No le comprendo a V., mi general, murmuró el aventurero lleno de
estupor.
--Escúcheme V. don Jaime, dijo Miramón con voz suave y penetrante;
don Francisco Pacheco, embajador extraordinario de S. M. la reina
de España, desde su llegada a Méjico me ha prestado señaladísimos
servicios. Después de la rota de Silao, cuando mi situación era de
las más precarias, no vaciló en reconocer mi gobierno; después me
ha prodigado los más sanos consejos y dado las mayores pruebas de
simpatía; su conducta ha sido tan benévola para conmigo, que ha
comprometido su posición diplomática, y tan pronto Juárez en el
poder, éste le expedirá sus pasaportes. El señor Pacheco sabe esto
perfectamente, y sin embargo, ni aun en este instante en que estoy casi
perdido ha variado su proceder. Confieso a usted que sólo cuento con
él para, en el caso probable de una derrota, conseguir del enemigo
buenas condiciones, no para mí, sino para los desgraciados habitantes
de esta ciudad y para aquéllos que por amistad hacia mí han arrostrado
mayores compromisos últimamente. Ahora bien, el hombre cuya traición
me denuncia usted, traición flagrante y que no admite réplica, no sólo
es español y ostenta un apellido ilustre, sino que me lo recomendó
personalmente el embajador, cuya buena fe indudablemente sorprendieron
y que en esta circunstancia ha salido engañado el primero. El objeto
primordial del cometido del señor Pacheco, como V. no ignora, es pedir
satisfacción de las muchas injurias inferidas a sus compatriotas, y
reparación de los vejámenes de que éstos han sido víctimas durante
largos años.
--Lo sé, mi general, profirió don Jaime.
--Bien; ¿qué pensaría ahora el embajador si yo sumariase por crimen de
alta traición, no sólo a un español perteneciente a la más encumbrada
nobleza del reino, sino a un hombre de quien él me ha salido fiador?
¿Cree V. que le halagaría tal procedimiento por mi parte, después
de los favores que me ha prestado y de los que pronto tal vez puede
aún prestarme? Quizá me diga V. que yo podría hacer uso de esa carta
y tratar confidencialmente de este asunto con el embajador; pero el
insulto sería aún más grave como obrase yo de esta suerte, como voy a
demostrárselo: don Francisco Pacheco es el representante de un gobierno
europeo y pertenece a la antigua escuela diplomática de los comienzos
de este siglo; por estas y otras razones que me callo, nos tiene a los
diplomáticos y gobernantes americanos en un muy mediano concepto: y
tan pagado está de su valer, que si yo fuese bastante cándido para
demostrarle que se ha dejado burlar por un pillo, se pondría furioso,
no porque le hubiesen engañado, sino porque yo habría desenmascarado al
engañador, y herido en su amor propio nunca me perdonaría la ventaja
que el acaso me daría sobre él. ¿Y qué saldría yo ganando con ello? que
convertiría un amigo útil en enemigo irreconciliable.
--Atendibles sondas razones que se digna V. darme, mi general, dijo don
Jaime; pero esto no quita que ese hombre sea un traidor.
--Lo es, pero; no tonto; como mañana libre yo batalla y quede vencedor,
esté V. persuadido de que continuará siéndome, fiel, como lo hizo ya en
Toluca.
--Fiel hasta que se le presente ocasión propicia de traicionarlo a V.
definitivamente.
--¿Quién sabe? tal vez de aquí a entonces hallemos como deshacernos de
él sin publicidades ni ruidos.
El aventurero reflexionó por espacio de unos segundos, y luego dijo
prontamente:
--Me parece haber dado con el modo.
--Deje que primeramente le dirija a V. una pregunta y prométame que va
a responderme a ella.
--Se lo prometo a V.
--¿Usted conoce al hombre ese y es su enemigo personal?
--Es verdad.
--Me lo temí; su tenacidad de V. en perderle no me parecía natural.
Vamos a ver, dígame V. ahora cuál es su plan.
--Lo único que le detiene a V., según V. mismo me ha confesado, es el
temor de indisponerse con el embajador de S. M. católica.
--El único, en efecto.
--Pues, bien ¿y si el señor Pacheco consintiese en abandonar a ese
hombre?
--¿Usted lograría semejante?
--Y más si conviniese; haré que me entregue una carta en la cual no
sólo abandonará a don Antonio Cacerbar, como éste hace que le llamen,
sino que le autorizará a V. para que le encause.
--Me parece que se las promete V. demasiado felices, don Jaime, dijo el
presidente con gesto de duda.
--Esto es incumbencia mía, profirió el aventurero; lo principal es que
V. no se comprometa para nada y permanezca neutral.
--Tal es mi deseo, y V. comprenderá las graves razones en que me apoyo
para ello.
--Sí, mi general, y le doy palabra de que ni siquiera sonará su nombre
de V.
--Y a mi vez yo le doy mi palabra de soldado, de que si V. consigue la
carta que me ofrece, el traidor será fusilado por la espalda, en medio
de la plaza Mayor, aun cuando no me quede sino una hora de poder.
--Se la cojo a V., mi general; por otra parte tengo la firma en blanco
que se sirvió V. darme, y yo mismo detendré al canalla tan pronto
llegue el momento oportuno.
--¿Tiene V. que comunicarme algo más?
--Usted dispense, todavía tengo que pedirle algo: deseo acompañarle en
su expedición.
--Le doy a V. las gracias, acepto con gozo.
--Tendré la honra de reunirme a V. en el momento de ponerse en marcha
el ejército.
--Le agrego a V. a mi estado mayor.
--Me es imposible aceptar favor tan señalado, mi general, repuso don
Jaime.
--¿Por qué?
--Porque no iré solo, sino que me acompañarán los trescientos jinetes
que ya estuvieron conmigo en Toluca; pero a los míos y a mí nos tendrá
V. a su lado durante la batalla.
--Desisto de comprenderle a V., amigo mío, dijo Miramón; goza V. del
privilegio de obrar milagros.
--Pronto se convencerá V. de la verdad de estas palabras. Ahora, mi
general, con su permiso me retiro.
--Vaya V., amigo mío.
Después de haberse ambos interlocutores estrechado afectuosamente
las manos, don Jaime se retiró, se reunió a López, que le estaba
aguardando a la puerta de palacio, y subiéndose sobre su caballo se
fue en derechura a su casa, donde escribió algunas cartas, que mandó
inmediatamente a su destino por su peón, y mudando luego de traje, tomó
algunos papeles que estaban encerrados en una caja de bronce, consultó
su reloj, y al ver que no eran sino las diez de la noche, se encaminó
apresuradamente hacia la embajada de España, no muy distante de la casa
donde él moraba.
La puerta del palacio del embajador estaba todavía abierta; algunos
criados de gran librea iban y venían por los pasillos y por el
peristilo, y a la entrada del zaguán estaba de guardia un suizo armado
de una alabarda.
Don Jaime se dirigió al suizo este, quien llamó a un lacayo y le indicó
que condujese al recién llegado.
El aventurero siguió a su guía, y una vez en una antesala, aquél
entregó a un ujier que ostentaba una cadena de plata al cuello y se le
había acercado, una carta metida en un sobre con una oblea sólo pegada
de un lado, y le dijo:
--Ponga V. esta carta en manos de su excelencia.
Poco después reapareció el ujier, y levantando una cortina invitó al
aventurero a que pasase adelante.
Don Jaime siguió a su nuevo conductor, y después de atravesar gran
número de salones, penetró en un gabinete donde estaba el embajador,
don Francisco Pacheco, el cual salió al encuentro de su visitante, le
saludó con galantería suma, y le preguntó:
--¿A qué debo su amable visita, caballero?
--Ruego a vuecencia me dispense, respondió don Jaime haciendo una
reverencia, pero no ha dependido de mí el escoger otra hora más a
propósito.
--A cualquier hora le plazca a V. venir no me proporcionará sino
satisfacciones, profirió Pacheco.
Luego hizo seña al ujier de que acercase asiento a don Jaime y se
marchase, y una vez a solas los dos personajes y sentados después de
saludarse nuevamente, dijo el embajador:
--Sírvase V. explicarse, señor.
--Ruego a vuecencia me permita conservar el incógnito, aun aquí.
--Enhorabuena, respeto su deseo.
Don Jaime abrió su cartera, sacó de ella un papel y lo entregó abierto
al diplomático, diciéndole:
--Dígnese vuecencia enterarse de esta real orden.
Pacheco tomó el papel, y después de haberse inclinado ante su
visitante, empezó a leer con la atención más profunda; luego, una vez
hubo terminado, devolvió el papel a don Jaime, quien lo dobló y lo
metió de nuevo en su cartera.
--¿Lo que V. exige es la ejecución de esta real orden? preguntó el
embajador.
Don Jaime, por toda respuesta, movió la cabeza en señal afirmativa.
--Está bien, profirió don Francisco Pacheco.
El diplomático se levantó, se fue a su escritorio, escribió algunas
palabras en una hoja de papel autorizada con el escudo de armas
de España y el timbre de la embajada, firmó, estampó su sello, y
entregando abierto el documento a don Jaime, le preguntó:
--Ahí tiene V. una carta para el excelentísimo señor presidente;
¿quiere V. llevarla V. mismo o prefiere que yo la envíe a su destino?
--Si a vuecencia le es igual, yo me encargo de ponerla en manos del
general Miramón.
El embajador dobló la carta, la metió en un sobre y la entregó a su
interlocutor, diciendo:
--Quisiera poder dar a V. otras pruebas de mi deseo de servirle.
--Tengo el honor de significar a vuecencia mi gratitud, profirió don
Jaime haciendo una respetuosa reverencia.
--¿Me cabrá la satisfacción de verle a V. de nuevo?
--Tendré a mucha honra el volver para ofrecer mis respetos a vuecencia.
El embajador tocó un timbre, a cuyo son apareció el ujier.
Don Jaime y Pacheco cruzaron un nuevo y ceremonioso saludo, y aquél se
retiró.
XIX
GOLPE DE GRACIA
Al día siguiente el sol se levantó radiante entre oleadas de oro y de
púrpura.
Méjico estaba de fiesta, parecía haber vuelto a los hermosos tiempos
en que se disfrutaba de calma y tranquilidad; toda la población se
había echado a la calle y se encaminaba al paseo Bucareli, profiriendo
gritos, entonando canciones y riendo a más y mejor.
En direcciones distintas se oían resonar músicas militares, tambores
y trompetas, y continuamente cruzaban galopando por en medio de la
multitud oficiales de estado mayor ostentando uniforme lleno de
bordados de oro y sombrero de picos adornado de plumas.
Las tropas salían de los cuarteles y se dirigían hacia el paseo, a
ambos lados del cual iban formando.
La artillería tomó posiciones frente a la estatua ecuestre de Carlos
IV, al que los léperos se obstinan en confundir con Hernán Cortés, y la
caballería, fuerte de unos mil cien hombres, se alineó en la Alameda.
Los léperos y los pilluelos se aprovechaban de las circunstancias para
distraerse arrojando petardos entre los pies de los paseantes.
A eso de las diez de la mañana se oyó gran clamoreo de voces, que fue
acercándose rápidamente al paseo.
Era el pueblo que aclamaba al presidente de la república.
El general Miramón, que llegó rodeado de un lúcido estado mayor,
parecía estar satisfecho de la ovación de que era objeto, pues sobre
patentizarle que el pueblo seguía queriéndole, le demostraba que éste,
con sus aclamaciones, le daba las gracias por la heroica determinación
que acababa de tomar, de librar una batalla definitiva en campo raso,
en vez de aguardar al enemigo en la ciudad.
Miramón avanzó saludando y sonriendo a derecha y a izquierda, y una vez
a la entrada del paseo, los veinte cañones situados en él dispararon a
un tiempo, anunciando de esta suerte la presencia de aquél a las tropas
que estaban congregadas en aquel sitio.
Entonces se comunicaron de fila en fila y con rapidez algunas órdenes,
los soldados se alinearon, las músicas de los regimientos y las bandas
de tambores y cornetas dejaron oír sus acordes, el presidente pasó con
lentitud por el frente de banderas y empezó la revista.
Los soldados, a quienes la muchedumbre había comunicado su entusiasmo,
parecían estar llenos de ardor, y al paso del presidente le adamaban a
porfía.
La inspección que pasó el general fue severa y concienzuda; no
fue una de esas revistas de parada que los gobernantes ofrecen de
cuando en cuando al pueblo para divertirle; al salir de la ciudad,
aquellas tropas iban a marchar en derechura al campo de batalla, y de
consiguiente se trataba de saber si estaban realmente en estado de
hacer frente al enemigo ante el cual debían encontrarse pocas horas
después.
Las órdenes de Miramón habían sido ejecutadas con toda escrupulosidad;
los soldados estaban bien armados y daba gusto ver su actitud marcial.
Una vez el presidente hubo pasado por delante de las filas dirigiendo
acá y allá la palabra a los soldados a quienes conocía o simulaba
conocer, antiguo ardid que siempre da buenos resultados porque halaga
el amor propio del soldado, se colocó en una de las plazoletas del
paseo y ordenó varías maniobras a fin de cerciorarse del grado
de instrucción de las tropas, y aun cuando algunas de ellas eran
difíciles, tuvo la satisfacción de verlas ejecutadas con una precisión
de conjunto por demás satisfactorio.
El presidente felicitó calurosamente a los jefes de los cuerpos,
y luego empezó el desfile, yendo las tropas a ocupar sus primeras
posiciones, donde levantaron un campamento provisional.
Miramón, que no quería fatigar inútilmente a sus soldados obligándoles
a marchar expuestos a los ardorosos rayos del sol, resolvió no salir de
Méjico hasta la caída de la tarde.
Entre los oficiales que componían el estado mayor del presidente y
que con él regresaron a palacio, estaban don Melchor de la Cruz, don
Antonio Cacerbar y don Jaime.
Don Melchor, por más que se admirara de ver en uniforme militar
a aquél a quien conocía solamente por don Adolfo, y al cual hasta
entonces le supusiera ocupado en hacer el contrabando, le saludó
sonriendo con ironía, a cuyo saludo correspondió don Jaime por modo
serio y apartándose para no trabar conversación con semejante individuo.
En cuanto a don Antonio, como nunca había visto a don Jaime a rostro
descubierto, no reparó en él.
Mientras el presidente entraba en palacio, el aventurero, que se
detuviera en la plaza Mayor, se había apeado y reunido al conde del
Saulay y a Domingo, a quienes citara para aquel punto, y los cuales no
le hubieran conocido a no tomar aquél la precaución de encaminarse a su
encuentro.
--¿Sale V. con el ejército? le preguntaron los dos jóvenes.
--Sí, amigos míos, pero pronto estaré de vuelta, respondió don
Jaime; por desgracia la campaña será corta. Durante mi ausencia, les
recomiendo que redoblen la vigilancia; no pierdan de vista la casa de
mi hermana, pues uno de nuestros enemigos se queda aquí.
--¿Solamente uno? preguntó Domingo.
--Sí, pero es el más temible de los dos: aquel a quien tan torpemente
salvaste la vida.
--Le conozco; pero que se vaya con mucho tiento, repuso el joven.
--¿Y don Melchor? preguntó el conde.
--Este no nos molestará más, respondió don Jaime con acento singular.
¡Ea! mis queridos amigos, velen Vds. atentamente y no se dejen
sorprender.
--En caso necesario recabaremos la ayuda de León Carral y la de
nuestros criados.
--Será lo más acertado, y tal vez obrarían ustedes más cuerdamente
todavía alojándoles en la casa de doña María. Ahora separémonos, tengo
que hacer en palacio. Hasta la vista.
Los tres amigos se separaron.
Don Jaime entró en palacio y se encaminó directamente al gabinete
de Miramón, sin que el ujier de guardia, que le conocía, opusiese
obstáculo alguno a su paso.
El presidente estaba hablando con varios exploradores, que le daban
noticias acerca de los movimientos del enemigo.
Don Jaime se sentó y aguardó con calma a que el presidente hubiese dado
fin a su interrogatorio.
Por fin el último explorador terminó su relación y se retiró.
--¿Qué hay, mi amigo? ¿ha visto V. al embajador? preguntó Miramón a don
Jaime.
--Sí, mi general; le vi ayer al salir de aquí.
--¿Y la famosa carta?
--Ahí está.
El general hizo un gesto de sorpresa, tomó el papel y lo leyó con
rapidez.
--¿Qué tal? preguntó don Jaime.
--No sólo me dejan libre la acción, sino que aun me ruegan que trate
con todo rigor a ese individuo. Es maravilloso. Por mi honor le juro
que me da V. más que no me ofrecía. Pero dígame, ¿cómo se las ha
compuesto V.?
--Sencillamente he solicitado la carta esta, y nada más.
--Es V. el hombre más misterioso que conozco.
Ahora me corresponde a mí el cumplir mi promesa.
--Nada apresura.
--¿No quiere V. ya hacerlo prender?
--Al contrario, pero lo aplazo para cuando regresemos.
--Como V. quiera; mas ¿qué vamos a hacer con él de aquí a entonces?
--Le dejaremos aquí, a las órdenes del jefe de plaza.
--Tiene V. razón, repuso el presidente.
El cual extendió una orden, la selló, y llamando al ujier se la entregó
a éste, a quien preguntó:
--¿Está ahí el coronel Cacerbar?
--Sí, excelentísimo señor.
--Que lleve esta orden al jefe de la plaza.
El ujier tomó la orden y partió.
--Ya está, dijo Miramón.
Don Jaime estuvo con el presidente hasta la hora de la partida.
A la caída de la tarde, las tropas empezaron el desfile por la plaza,
rodeadas por el pueblo, que no cesaba de aclamarlas, y una vez hubieron
desfilado, el general Miramón salió de palacio seguido de su estado
mayor.
En la plaza estaba formado un numeroso escuadrón de caballería.
--¿Qué jinetes son esos? preguntó el presidente.
--Mi cuadrilla, respondió don Jaime inclinándose.
Dichos jinetes, que eran en número de trescientos, iban envueltos en
gruesas capas y llevaban sombreros de anchas alas que sólo dejaban en
descubierto la parte inferior del rostro, cubierta de barba.
En vano el presidente los examinó para descubrir sus facciones.
--No los conocerá V., dijo don Jaime en voz baja a Miramón; las barbas
que usan son postizas y el traje que ostentan, un disfraz; pero esté V.
seguro de que no por esto dejarán de portarse como buenos en la batalla.
--Lo creo, y le doy a V. las gracias por su ayuda.
El presidente y su estado mayor emprendieron la marcha.
Don Jaime blandió entonces su espada, y los jinetes evolucionaron; y se
colocaron a retaguardia.
Al revés de la caballería mejicana, cuya arma predilecta es la lanza,
los soldados de don Jaime, llevaban carabina, el sable recto de los
cazadores de África franceses y pistolas en las fundas.
A media noche el ejército acampó en medio de la obscuridad, obedeciendo
a la orden que de no encender fogata alguna se había circulado.
Tres horas después llegó un explorador, que inmediatamente fue
conducido a presencia de Miramón.
--¡Hola! ¿eres tú, López? dijo el presidente conociendo al explorador.
--Sí, mi general, respondió el interpelado dirigiendo una risueña
mirada a don Jaime, que estaba sentado al lado de Miramón y fumaba con
indolencia un cigarrillo.
--¿Qué novedades ocurren? ¿Traes noticias del enemigo? preguntó el
presidente.
--Sí, mi general, y muy frescas.
--Mejor; ¿dónde se encuentra?
--A cuatro leguas de aquí.
--Entonces no tardaremos en verle. ¿Qué cuerpo de ejército es ése?
--Él del general don Jesús González Ortega.
--¡Bravo! profirió con satisfacción el presidente; vales un Perú,
muchacho.
Y poniendo algunas monedas de oro en la mano de López, Miramón añadió:
--Toma. Ahora dame algunos pormenores.
--El general Ortega, continuó López, trae consigo ocho mil infantes,
tres mil caballos y treinta y cinco cañones.
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