no pudiese oírse su voz en el caso de que se le antojase anudar sus ladridos. Este exceso de prudencia por parte de los huéspedes interinos del rancho, permitió al aventurero acercarse no solamente sin que le descubriesen, sino también sin despertar sospecha alguna. Don Jaime, por más que ignorase la particularidad de que hemos hecho mérito, dio mentalmente gracias a Dios por haberle librado de un vigilante tan incómodo, y siguiendo adelante con los ojos fijos en la pared frontera, llegó a una puerta que por un descuido inconcebible sólo estaba entornada y que cedió a la ligera presión que le imprimió aquél. Dicha puerta daba a un pasillo obscuro, pero un tenue rayo de luz que pasaba al través de las mal unidas tablas de otra puerta, reveló a don Jaime el sitio donde, según todas las probabilidades, estaban congregados los extranjeros. El aventurero se acercó de puntillas, miró al través de la hendedura, y vio, en medio de una sala bastante capaz, por lo que podía colegirse, una mesa atestada de vasos y botellas, alumbrada solamente por un humoso candil colocado en uno de los esquinazos de la misma, y en torno de ella a tres sujetos embozados en sendas y tupidas capas; los cuales bebían y charlaban como quien está seguro de no ser escuchado. Don Jaime conoció en seguida a los mencionados sujetos, que no eran otros que don Felipe Neri Irzabal, don Melchor de la Cruz y don Antonio Cacerbar. --¡Por fin voy a saberlo todo! dijo entre sí el aventurero, estremeciéndose de gozo y prestando oído atento. Don Felipe, que en aquel instante hacía uso de la palabra, parecía estar un tanto alegre y sostenía con inquebrantable pertinacia una condición que quería imponer a sus dos interlocutores y éstos no querían aceptar en modo alguno. --No, no, no, y no, señores, decía Irzabal; es inútil que insistan Vds.; no les entregaré la carta que me exigen; soy hombre cabal y esclavo de mi palabra. --¿Pero no ve V., replicó don Melchor, que si se empeña en conservar en su poder esa carta, que sin embargo debe entregarnos, pues así se lo ordenaron, nos veremos en la imposibilidad de llenar la comisión que nos han conferido? --¿Qué crédito van a darnos las personas con las cuales debemos entendernos, arguyó Cacerbar, si no podemos demostrarles que estamos para ello debidamente autorizados? --Esto no me atañe; en el mundo cada cual trabaja para sí; soy hombre cabal y debo velar por mis intereses como por los suyos velan ustedes. --¿Pero V. no conoce que lo que está diciendo es absurdo? exclamó don Antonio con impaciencia. En este negocio arriesgamos nuestra cabeza. --Puede, profirió Irzabal; pero cada cual hace lo que más bien le parece. Yo soy hombre cabal, y marcho en línea recta. Vds. no conseguirán la carta a menos que no me den lo que les pido. Nada más entiendo. ¿Por qué, según el pacto estipulado con el general, no le pusieron Vds. al cabo del negocio de hoy? --Ya le demostramos a V. que esto era imposible, a causa de haber resuelto de improviso esta salida. --¡Bah! ¡de improviso! Compónganselas ustedes como puedan con el general en jefe; yo me lavo las manos. --¡Basta de necedades! dijo don Antonio con aspereza. ¿Quiere V. o no quiere entregar a este caballero o a mí la carta que para nosotros le dio el presidente? --No, respondió sin ambages don Felipe, a menos que me libren Vds. un vale por diez mil pesos fuertes. Ya ven Vds. que es una bicoca. --¡Jum! murmuró entre sí el aventurero; en efecto, un autógrafo de Juárez es precioso; no lo regatearía yo si me lo ofreciesen. --Lo que está V. haciendo es un robo indigno, exclamó don Melchor de la Cruz. --¿Y qué? profirió Irzabal con amarga ironía; si yo robo, Vds. son unos traidores y por lo tanto somos tal para cual. Cacerbar y de la Cruz, al oír un insulto tan desembozado se levantaron como impulsados por un resorte. --Partamos, dijo don Melchor; este hombre es un bruto que no quiere atender a nada. --Lo más expedito es ir a ver al general en jefe para que nos vengue de este borracho, repuso don Antonio. --Vayan Vds., dijo el guerrillero riéndose socarronamente; vayan, y feliz viaje; yo me quedo con la carta, por la que tal vez encuentre quien me dé un buen pico. Al oír esta amenaza, don Antonio y don Melchor cruzaron una mirada y llevaron las manos a sus armas; pero después de titubear por espacio de un segundo, encogieron los hombros y abandonaron la sala. Poco después se oyó, fuera del rancho, el rápido galopar de muchos jinetes que se alejaban. --Se marcharon, murmuró Irzabal escanciándose un vaso de mezcal, que apuró de un trago; y corren como si el diablo hubiese cargado con ellos... Están furiosos; pero ¡bah! ¿Y a mí que me importa? He conservado en mi poder la carta. Mientras formulaba en alta voz este soliloquio, el guerrillero puso de nuevo el vaso sobre la mesa; pero prontamente se estremeció: ante él estaba en pie e inmóvil un hombre embozado hasta los ojos en amplia capa y empuñando en cada mano un revólver de seis tiros, cuyos cañones estaban dirigidos al pecho de aquél. Irzabal hizo un repentino gesto de espanto al ver ante sí una aparición para él tan inesperada. --¿Qué quiere V.? preguntó el guerrillero, sereno del todo por la sacudida que experimentara. --Como profiera V. una voz o se mueva, dijo en voz torda el desconocido, le levanto la tapa de los sesos. XV SALDO DE CUENTAS Oculto tras la puerta del corredor, el aventurero había oído toda la conversación de los tres sujetos reunidos en la sala, y cuando Cacerbar y Cruz se hubieron levantado, ignorando aquél por qué puerta saldrían los mencionados sujetos, había abandonado su puerta, ido al corral y, hecho un ovillo al pie del seto, aguardado por espacio de algunos minutos; pero al ver que todo continuaba envuelto en el más absoluto silencio, se arriesgó a salir de su escondite, a penetrar de nuevo en el pasillo y a acercarse otra vez a la puerta para mirar al través de la hendedura. Don Antonio y don Melchor habían salido; en la sala sólo quedaba Irzabal. El aventurero, en virtud de una resolución tomada sobre la marcha, metió la hoja de su cuchillo entre el pestillo de la cerradura y el cajo, abrió sin ruido y se acercó silenciosamente al guerrillero, a quien se reveló del modo que ha visto el lector en el final del capítulo precedente. Sin embargo de que el guerrillero era valiente, la repentina aparición del aventurero y la vista de los revólveres apuntados a su pecho le perturbaron. Don Jaime se aprovechó de este instante de postración, para, sin desmontar sus pistolas, ir a cerrar la puerta por la cual salieran don Antonio y don Melchor, y después de cerrarla por dentro para evitar toda sorpresa, se acercó de nuevo y pausadamente a la mesa, se sentó en un taburete, colocó los revólveres ante sí, y dejando caer el embozo de su capa, dijo: --Hablemos. No obstante haber el aventurero pronunciado esta palabra en voz casi suave, Irzabal experimentó una sensación singular. --¡El Rayo! exclamó éste al ver la negra carátula que cubría el rostro de su interlocutor. --¡Ja! ¡ja! profirió don Jaime riéndose con ironía, ¿conque me conoce V., don Felipe? --¿Qué quiere V.? preguntó éste. --Muchas cosas, respondió el aventurero; pero como nada nos apresura, procedamos ordenadamente. El guerrillero se escanció un vaso de refino de Cataluña y lo vació de un trago. --Vaya V. con cuidado, don Felipe, le dijo el aventurero, el aguardiente de España es fuerte, y se sube con facilidad a la cabeza; atento a lo que va a pasar entre V. y yo juzgo prudente que conserve V. clara la razón. --Dice V. bien, murmuró el guerrillero, cogiendo la botella por el cuello y estrellándola contra la pared. Don Jaime se sonrió, y liando un cigarrillo, dijo: --Veo que tiene V. la memoria feliz y me doy el parabién; creí que me había V. olvidado. --Me acuerdo perfectamente de nuestro último encuentro en las Cumbres, profirió Irzabal. --Por supuesto que no ha olvidado V. como terminó nuestra entrevista. El guerrillero palideció, pero no respondió palabra. --Ea, continuó don Jaime, veo que la memoria le da higa; si quiere V. que le ayude... --Es inútil, profirió don Felipe levantando la cabeza y tomando al parecer una resolución definitiva; cuando el acaso me permitió ver sus facciones de V., V. me dijo... --Ya sé, ya sé, interrumpió el aventurero con viveza. Pues bien, voy a cumplir la promesa que le hice. --Me alegró, repuso Irzabal con desembarazo; en resumidas cuentas no nos morimos sino una vez, y tanto da hoy como otro día. Estoy a sus órdenes. --No puede V. imaginarse el gozo que experimento al encontrarle en tan belicosas disposiciones, profirió impasiblemente el aventurero; pero hágame V. el favor de refrenar un tanto sus ímpetus. Todo se andará, nada tema; pero por de pronto no se trata de esto. --¿De qué, pues? preguntó el guerrillero con extrañeza. --Voy a decírselo a V. El aventurero se sonrió de nuevo, apoyó los codos en la mesa, e inclinándose ligeramente hacia su interlocutor, preguntó: --¿En cuánto quería V. vender a sus nobles amigos la carta que para ellos le entregó el señor don Benito Juárez? Don Felipe fijó en el aventurero una mirada despavorida, y persignándose murmuró: --¡Ese hombre es el diablo! --No tal, replicó don Jaime, pero sé muchas cosas, y en particular respecto de V., mi querido señor, y acerca de los innumerables tráficos a que se ha dedicado; sé el ajuste que hizo V. con un tal don Diego, y además, si V. lo desea, le repetiré de pe a pa la conversación que hace poco sostuvo aquí con don Antonio Cacerbar y don Melchor de la Cruz. Pero vengamos a lo que importa: quiero que V. me dé, no que me venda, la carta de Juárez que trae V. en el bolsillo del dolmán y que se negó V. a entregar a los dignos caballeros cuyos nombres acabo de citar, y además de la carta los demás papeles de que es portador y que supongo son de sumo interés. --¿Y qué pretende V. hacer con los papeles esos? preguntó el guerrillero, que se había ya repuesto algún tanto. --Esto no le incumbe a V. --¿Y si me niego a dárselos? --Se los tomaré a V. quieras que no. --Caballero, profirió don Felipe con acento de dignidad que sorprendió a don Jaime, no es de hombres valientes como V. amenazar a quien no puede defenderse; por toda arma no traigo sino un sable, mientras V. va provisto de dos revólveres de seis tiros. --Esta vez aparentemente está V. en lo justo, repuso el aventurero, y la observación de V. sería acertada, como debiese yo servirme de mis pistolas para obligarle a que satisficiese mi demanda; pero nada tema V., don Felipe, el duelo será leal; no cruzaré sino mi machete con su sable, lo que no sólo restablecerá el equilibrio entre nosotros, sino que le proporcionará a V. una ventaja manifiesta. --¿Realmente obrará V. como dice, caballero? --Le doy a V. mi palabra; acostumbro a saldar lealmente mis cuentas con amigos y enemigos. --¿Usted llama a eso saldar sus cuentas? preguntó con ironía don Felipe. --No puedo llamarlo de otra manera. --Pero ¿de qué se origina el odio que V. me lleva? --¿Odio? lo siento igual por V. como por los demás de su calaña, respondió con aspereza el aventurero; en un momento de farfantonería quiso V. verme el rostro para conocerme más adelante, pese a haberle yo advertido que tal curiosidad le costaría la vida. Tal vez le habría olvidado; pero hoy le encuentro de nuevo en mi camino, con la adición de que trae V. encima unos papeles que me son necesarios de toda necesidad y de los cuales estoy resuelto a apoderarme a toda costa. Así pues, si V. se niega a dármelos buenamente, no puedo apoderarme de ellos sino matándole a V., y le mataré. Le concedo cinco minutos para que reflexione y me diga redondamente si persiste en su negativa. --Es inútil el plazo; desde ahora le digo a V. que mi resolución es inquebrantable y que no conseguirá lo que se propone sino quitándome la vida. --Está bien, se la quitaré a V., repuso don Jaime levantándose. Y tomando las pistolas fue a colocarlas sobre una mesa que había en una de las extremidades de la pieza. Luego, empuñando su machete y acercándose de nuevo a don Felipe, le preguntó: --¿Está V. preparado? --Antes de medir nuestras armas, respondió el guerrillero, levantándose, quiero dirigirle dos preguntas. --Diga V. --¿El duelo que vamos a efectuar será a muerte? --Ahí tiene V. la prueba, respondió el aventurero quitándose la carátula y arrojándola lejos de sí. --Basta; en efecto, uno de los dos vamos a sucumbir; supongamos que sea yo. --Déjese V. de suposiciones; morirá V. --Admitido, replicó con la mayor impasibilidad don Felipe; y en este caso ¿me promete V. hacer lo que yo voy a pedirle? --Cuente V. conmigo si lo que va a pedirme está en mi mano hacerlo. --Está; no se trata sino de que sea V. mi albacea testamentario. --Lo seré. --Pues bien, tengo madre y una hermana, joven aún, que viven con bastante escasez en una casita situada no lejos del canal de las Vigas, en Méjico, y las señas exactas de cuyo domicilio hallará V. entre mis papeles. --Corriente. --Deseo que, después de mi muerte, ellas sean herederas de mi fortuna. --Bien, pero ¿dónde radica la fortuna esa? --En Méjico; todo mi dinero lo tengo depositado en casa de *** y Ca., banqueros ingleses, a cuyo poder lo hacía llegar yo a medida que lo iba reuniendo. Bastará que presente V. mis papeles para que se lo entreguen a V. peso sobre peso. --¿Nada más? --Todavía no he concluido; traigo conmigo muchas letras de cambio por valor, en junto, de cincuenta mil duros contra distintos banqueros de la capital. Dichas letras, me hará V. el favor de hacerlas efectivas y añadir su importe al precedente para entregar luego el total a mi madre y a mi hermana. ¿Me jura V. cumplir mis deseos? --Le doy a V. mi palabra de caballero. --Fío en V.; ahora no me queda sino dirigirle una pregunta. --¿Cuál? --Nosotros, los mejicanos, manejamos con poca destreza el sable y la espada, a causa de estar prohibido por nuestras leyes el duelo; la única arma de que verdaderamente sepamos servirnos es el cuchillo. ¿Consiente V. en que a él nos batamos? A toda la hoja, por supuesto. --El duelo que me propone V. es más propio de léperos y de bandidos que no de caballeros, arguyó el aventurero; sin embargo, acepto. --Le agradezco a V. la condescendencia, dijo Irzabal; y ahora a la buena de Dios; me portaré tan bien como sepa. --Amén, repuso don Jaime sonriendo. Esta conversación tan tranquila entre dos hombres próximos a degollarse mutuamente, este singular testamento -in extremis- dispuesto con impasibilidad tanta y cuya ejecución estaba confiada, en caso de muerte de uno de los dos adversarios, al que sobreviviese, es una de las notas salientes del carácter mejicano; porque sépase que estos pormenores son rigurosamente exactos. El mejicano, aunque valiente por naturaleza, teme a la muerte; pero llegado el momento de arriesgar definitivamente su vida o de perderla, nadie acepta con más indiferencia, con más filosofía que él tan dura alternativa, ni lleva adelante con más indolencia este sacrificio que, en los demás pueblos, no hay quien no lo arrostre con espanto, ni quien, al llevarlo a cumplimiento, no se estremezca instintivamente. En cuanto al duelo, las leyes mejicanas lo prohíben aun entre los oficiales del ejército; de ahí el gran número de asesinatos y emboscadas que se cometen y arman para lavar afrentas recibidas e imposibles de vengar de otra manera. Únicamente los léperos y las gentes del pueblo se baten a cuchillo. El duelo de esta naturaleza está ajustado a leyes de las que no es permitido separarse; los adversarios estipulan sus condiciones respecto de la longitud de la hoja, a fin de concertar de antemano la profundidad de las heridas que uno a otro van a inferirse. Así es que se baten a una pulgada, a dos, a la mitad o a la totalidad de la hoja según la gravedad de la ofensa. Los duelistas colocan el pulgar sobre la hoja del cuchillo, a la longitud concertada, y empieza la lucha. Don Felipe y don Jaime se habían desceñido los sables, inútiles ya, y empuñado cada uno el largo cuchillo que todo mejicano lleva en la bota derecha; luego se quitaron la capa y se la arrollaron respectivamente a su brazo izquierdo, para parar los golpes, cuidando de que pendiera un pedazo de ella en forma de cortina, y por fin se pusieron en guardia, con las piernas separadas y ligeramente encogidas, el cuerpo echado hacía adelante, el brazo izquierdo semitendido y la hoja del cuchillo escondida tras la capa. El duelo empezó al punto con igual encarnizamiento por parte de los dos duelistas, que giraban y saltaban en torno uno de otro, y avanzaban y retrocedían como dos bestias fieras, mirándose de hito en hito, con la boca cerrada y jadeante el pecho. Era verdaderamente un duelo a muerte. Don Felipe poseía, por modo extremo, la ciencia de arma tan temible; muchas veces su adversario vio lucir ante sus ojos el azulado brillo del acero y sintió la aguda punta del cuchillo penetrarle ligeramente en las carnes; pero más impasible que el guerrillero, dejaba que éste se fatigase en vanos esfuerzos, aguardando con la paciencia del tigre al asecho, el momento favorable de acabar de un solo golpe. Varías veces y rendidos de fatiga se habían los duelistas detenido de común acuerdo para embestirse luego con nueva furia. La sangre manaba de muchas ligeras heridas que mutuamente se habían inferido el guerrillero y don Jaime, y corría por el suelo. De improviso don Felipe se replegó sobre sí mismo y saltó hacia adelante con la rapidez de un jaguar; pero resbalando en la sangre, se tambaleó, y mientras ensayaba recobrar su equilibrio, el cuchillo de don Jaime desapareció por entero en su pecho. El desventurado exhaló un apagado suspiro, arrojó una bocanada de sangre y cayó en tierra cual pedazo de plomo. Don Jaime se inclinó hasta él; estaba muerto: la hoja del cuchillo le había partido el corazón. --¡Infeliz! murmuró el aventurero; pero él lo quiso. En pronunciando este lacónico responso, don Jaime registró el dolmán y las calzoneras de Irzabal, se apoderó de todos los papeles de éste, luego tomó otra vez sus revólveres, se puso nuevamente la carátula, y embozándose como pudo en su desgarrada capa, atravesó el seto sin ser visto por el centinela que permanecía ante la puerta del rancho, y una vez hubo llegado a cierta distancia del Palo Quemado, imitó el silbo del búho. Casi al punto apareció López conduciendo los dos caballos. --¡A Méjico! dijo don Jaime saltando sobre la silla; esta vez creo tener segura mi venganza. Los dos jinetes partieron a escape. El gozo que el inesperado buen éxito de su expedición infundiera al aventurero, le impedía sentir el dolor de los chirlos, ligeros en verdad, que había recibido en el duelo. XVI RESOLUCIÓN SUPREMA La primera luz del día empezaba a teñir de ópalo el cielo, en el instante en que los dos jinetes llegaron a la garita de San Antonio. Hacía ya algún tiempo que éstos habían acortado el andar de sus cabalgaduras, quitado las carátulas y repuesto algún tanto el desorden de sus trajes, sucios y echados a perder por las numerosas peripecias de su carrera nocturna. A algunos pasos de la garita, don Jaime y López se habían confundido entre los grupos de indios que se dirigían al mercado, de modo que les fue fácil penetrar en la ciudad sin ser notados. Don Jaime se dirigió inmediatamente hacia la casa en que habitaba en la calle de San Francisco, contigua a la plaza Mayor, y una vez en ella despidió a López, que literalmente se caía de sueño a pesar del que echara mientras su amo estuvo en Palo Quemado, y le dio todo el día para él, citándole únicamente para la noche, y luego se retiró a sus habitaciones, o más bien a su cuarto. Era éste una verdadera vivienda espartana; el mobiliario se componía tan sólo de un cuadrado de madera con un cuero de buey que le servía de cama, una vieja silla de montar que hacía las veces de almohada y una piel de oso negro que reemplazaba al cobertor; una mesa atestada de papeles y de libros, un escabel, un cofre que contenía sus ropas, y un astillero lleno de armas de todas clases, completaban, con algunos arreos colgados de la pared, aquel ajuar, entre él que había también una jofaina en su trípode situada detrás de un sarape colocado en forma de cortina en un rincón del cuarto. Don Jaime se curó las heridas lavándoselas cuidadosamente con agua y sal, según la costumbre india, luego se sentó a la mesa, y empezó a inspeccionar los papeles de que a tanta costa se apoderara y cuya posesión había puesto en peligro su existencia, y a poco quedó absorto por este trabajo, que al parecer le interesaba en grado sumo. Por fin, a las diez de la mañana el aventurero se levantó, dobló los papeles, los puso en una cartera que se metió en un bolsillo de su dolmán, se echó un sarape sobre los hombros, se cubrió la cabeza con un sombrero de piel de vicuña adornado de ancha golilla de oro, y en este traje tan elegante como pintoresco se salió de su casa. Como el lector recordará don Jaime había dado a don Felipe palabra de honor de ser su albacea testamentario; para cumplir esta promesa sagrada salía. A las seis de la tarde y después de haber entregado la herencia a la madre y a la hermana del guerrillero, don Jaime regresó a su casa, a la puerta de la cual encontró a López que, completamente descansado, le estaba aguardando y había dispuesto para su amo una frugal comida. --¿Hay novedad? le preguntó el aventurero sentándose a la mesa y empezando a comer con apetito. --Pocas, mi amo, respondió López, sólo vino un capitán ayudante de campo del excelentísimo señor presidente. --¡Ah! murmuró don Jaime. --Sí, continuó López, el señor presidente desea que vaya V. a palacio a las ocho. --Iré; pero ¿aquí acaban tus noticias? ¿luego no saliste? --Usted dispense, mi amo, como de costumbre fui a la barbería. --¿Y qué oíste en ella? --Sólo dos cosas. --A ver la primera. --Dicen que los juaristas avanzan a marchas forzadas contra la ciudad y que no están de ella sino a tres jornadas. --Es bastante verosímil la noticia; en este momento el enemigo debe de estar operando un movimiento de concentración. ¿La otra? López se echó a reír. --¿Por qué te estás riendo, botarate? le preguntó don Jaime. --La segunda noticia que oí es la que me hace reír, mi amo. --¿Tan chistosa es? --¡Canario! va V. a juzgar: dicen que esta mañana fue encontrado muerto de una cuchillada, en una sala del rancho del Palo Quemado, uno de los más temibles guerrilleros de don Benito Juárez. Don Jaime se rió a su vez y dijo a López que le contara como había pasado este suceso. --Nadie lo sabe, respondió el criado; parece que ese coronel, porque hay que saber que era coronel, había salido a la descubierta hasta Palo Quemado, donde hizo alto para pernoctar. El rancho lo guardaban centinelas apostados en torno de él, y nadie, excepto dos jinetes, se había introducido en el edificio. Pues bien, una vez fuera del rancho los jinetes esos, que sostuvieron una larga conversación con el guerrillero, éste fue encontrado muerto de una cuchillada en el corazón; lo que da pie a suponer que entre el coronel y los dos desconocidos se habrá levantado una disputa y que éstos lo quitaron de en medio. Sin embargo, ocurrió tan a la chita callando el lance, que nadie oyó nada, ni siquiera los soldados que dormían a pocos pasos de la sala donde ocurrió el conflicto. --Es singular, en efecto, repuso don Jaime. --Parece, mi amo, continuó López, que el coronel don Felipe Irzabal, que así se llamaba el guerrillero, era un gran tunante; de él se refieren atrocidades. --Vaya pues, así nada se ha perdido, y no merece que continuemos ocupándonos en él, dijo don Jaime levantándose. --No necesita de nuestra ayuda para que el diablo cargue con él, profirió López. --Es probable, con tal que ya no se le haya llevado. Ahora escucha: me voy a dar una vuelta por la ciudad aguardando que den las ocho; a las diez te encontrarás a la puerta de palacio con dos caballos y armas, por si, como anoche, nos vemos obligados a dar un paseo a la luz de la luna. --Está bien, mi amo; le aguardaré a V. hasta que salga. --Si no te necesito haré que te avisen. --Váyase V. tranquilo, mi amo. Don Jaime se salió, y, como dijera, fue a dar un corto paseo por los portales de la plaza Mayor, a fin de dejarse caer en palacio a la hora exacta que le habían señalado. En efecto, a las ocho en punto el aventurero llegó a la puerta de palacio, donde le estaba aguardando un ujier, que le introdujo inmediatamente en presencia de Miramón. El cual se estaba paseando, triste e imaginativo, por un saloncito contiguo a sus habitaciones particulares. --Bien llegado sea V., dijo el general al ver a don Jaime, serenándosele el semblante y tendiendo afectuosamente la mano a éste; ardía en deseos de verle a V.; es V. el único hombre que me comprende y con quien puedo hablar sin ambages. Siéntese V. ahí, a mi lado, y departamos. --Está V. triste, general, profirió el aventurero; ¿le ha ocurrido a V. algún percance desagradable? --No; pero ya sabe V. que desde hace mucho tiempo no se me presentan con frecuencia ocasiones de estar alegre. Acabo de dejar a mi esposa; la pobre teme, no por ella, sino por nuestros hijos; todo lo ve tétrico y prevé desdichas terribles. Ahí por qué estoy triste. --Pero ¿por qué no aleja V. a su esposa de la ciudad, general, sobre todo cuando ésta puede verse sitiada de hoy a mañana? --Se lo he propuesto ya repetidas veces, y he insistido ensayando darle a comprender que el interés de nuestros hijos y su seguridad lo exigían imperiosamente; pero se negó. Ya usted sabe cuánto me quiere; para ella no existen sino yo y sus hijos, y no acierta a resolverse. Respecto de mí, no me atrevo a obligarla a que parta; no sé qué hacer; estoy perplejo. Miramón volvió la cabeza y ahogó un suspiro. Los dos interlocutores permanecieron silenciosos por espacio de algunos segundos. Don Jaime comprendió que correspondía a él dar un nuevo sesgo a la conversación. Así es que preguntó: --¿Y los prisioneros? --Por este lado todo está en orden; a Dios gracias nada tienen que temer por su seguridad personal. También les autoricé para que fuesen a ver a los amigos y parientes que tienen en la ciudad. --Más vale así, mi general; le confieso a V. que por un instante temí por ellos. --Ahora que puedo hablar con toda franqueza, repuso Miramón, le digo a V. que más temí y o todavía, porque en este asunto peligraba mi honor. --Dice V. bien; pero vamos a ver, ¿tiene V. algún nuevo proyecto? Antes de responder, el presidente dio una vuelta por el saloncito y levantó una a una las cortinas para asegurarse de que nadie podía escucharle; luego se sentó nuevamente al lado de don Jaime, y dijo: --Sí, le tengo; quiero acabar de una vez: o sucumbo o mis enemigos van a quedar quebrantados para siempre más. --Dios quiera que triunfe V. --Mi victoria de ayer me ha devuelto sino la esperanza, a lo menos el ánimo; quiero intentar un golpe decisivo. Ahora ya no tengo que andarme con contemplaciones; voy a jugar el todo por el todo; quizá me sonría otra vez la fortuna. Miramón y don Jaime se acercaron entonces a una mesa en que estaba abierto un inmenso mapa de la confederación mejicana, y en el cual se veían clavados en diferentes sitios gran número de alfileres. --Don Benito Juárez, continuó el presidente, desde su capital, Veracruz, ordenó la concentración de sus tropas y la marcha de éstas sobre Méjico, donde estamos encerrados, y único punto del territorio que en lo presente ocupamos. Mire V., aquí está el cuerpo de ejército del general Ortega, fuerte de once mil hombres, que viene del interior, esto es, de Guadalajara, replegando a su paso todos los pequeños destacamentos diseminados por los campos. Amondia y Gazza, que han seguido la costa, vienen por Jalapa, al frente de seis mil hombres de tropas regulares y flanqueados a vanguardia, a derecha y a izquierda, por las guerrillas de Cuéllar, de Carvajal y de Irzabal. --En cuanto a este último jefe, dijo el aventurero, no tiene V. que pensar más en él; está muerto. --Conformes, pero no por eso dejan de existir sus soldados. --Es cierto. --Ahora bien, esos cuerpos de ejército que llegan por diferentes puntos a un tiempo, y que, como les dejemos maniobrar, no tardarán en reunirse y en encerrarnos en un círculo de hierro, componen un efectivo de veinte mil hombres, poco más o menos. ¿De qué fuerzas disponemos nosotros para resistirles? --Pero... --Voy a decírselo a V.: echando mano de todos los recursos que nos quedan, no podría yo disponer sino de siete mil hombres, y, a lo más, de ocho mil armando a los léperos, etc.; ejército, como V. confesará, por demás débil. --En campo raso no diré que no; pero aquí, en Méjico, con los ciento veintitantos cañones de que V. dispone, le es fácil organizar una resistencia formal, y si el enemigo se decide a sitiarle a V., antes no consiga apoderarse de la ciudad correrán torrentes de sangre. --Cuanto dice V. es verdad, amigo mío, repuso Miramón; pero ya V. sabe que soy humano y comedido. La ciudad no está dispuesta a defenderse, y además carecemos de víveres y no sabemos como procurárnoslos, pues el campo está en poder del enemigo. Excepto una extensión de tres o cuatro leguas al rededor de la ciudad, todo nos es hostil. Ya ve V. que con tan desventajosas condiciones serían imponderables los horrores del sitio y los estragos que sufriría la más noble y hermosa ciudad del Nuevo Mundo. Sólo al pensar en el extremo a que se vería reducida esta desventurada población, el corazón se me parte; nunca consentiré en reducirla a tal extremidad. --Usted habla como hombre generoso y verdaderamente amante de su patria, mi general, dijo don Jaime, y a fe quisiera que sus enemigos le oyesen expresarse de esta suerte. --Aquéllos a quienes califica V. de enemigos míos, profirió Miramón, en realidad no lo son, lo sé perfectamente: más de una vez me hicieron personalmente proposiciones ofreciéndome condiciones por demás favorables y honrosas; pero aun cuando caiga, quiero ofrecer una particularidad rara en Méjico: la de un presidente de la república derribado por hombres que le estiman y llevándose en su caída las simpatías de sus enemigos. --No hace mucho tiempo todavía que de haber V. consentido en apartar de sí a ciertos individuos que no nombro, todo se habría arreglado amistosamente. --Lo sé como V. mismo, pero hubiera sido una mala acción y no quise cometerla. Los individuos a que V. alude, me son devotos y me quieren; caeremos o triunfaremos juntos. --Son demasiado nobles los sentimientos de usted para que yo los discuta, mi general, dijo el aventurero. --Gracias, pero volvamos a lo que estábamos diciendo. No quiero que por mi culpa la ciudad se vea expuesta a la destrucción y al saqueo que forman el obligado cortejo de las poblaciones sitiadas. --Por desgracia, mi general, es lo más probable que acontecería; pero entonces ¿qué resuelve V.? ¿cuáles son sus proyectos? Es obvio que no piensa V. en entregarse a sus enemigos. --Por un instante tal fue mi resolución; pero renuncié a ella. Vea V. mi plan; es por demás sencillo. He determinado salir de Méjico con unos seis mil hombres, la flor y nata de mis tropas, marchar al encuentro del enemigo, y sorprenderle y batirle por fracciones antes de que sus diferentes cuerpos hayan tenido tiempo de reunirse. --En efecto, el plan es muy sencillo y ofrece muchas probabilidades de buen éxito. --Todo depende de la primera batalla; si la gano, mi triunfo es seguro; de no, mi caída es irremediable. --Dios es grande, mi general, dijo el aventurero. No siempre la victoria sonríe al número. --En fin, vivir para ver, profirió Miramón. --¿Y cuándo determina V. poner en ejecución su plan? --No tardaré sino el tiempo indispensable de prepararlo todo; antes de diez días. Cuento con usted. --Suyo soy en cuerpo y alma, mi general. --Me consta, amigo mío; pero basta ya de política. Ahora, como mi esposa desea vivamente verle a V., hágame V. el favor de venirse conmigo a sus habitaciones. --Me llena de gozo tan galante invitación, mi general: sin embargo, quisiera haber podido hablar con V. de un asunto muy importante. --Luego, luego; demos un momento de tregua a los negocios; tal vez se trata de una nueva defección o de algún traidor merecedor de castigo. De algunos días a esta parte llegan a mí sobrado malas noticias para que no anhele gozar de algunas horas de respiro. Los negocios malos dejarlos para mañana, como decía no sé quién. --Sí, pero a veces mañana es tarde, repuso con intención el aventurero. --A la buena de Dios, gocemos de lo presente, que es el único bien que le queda a quien no le pertenece ya lo porvenir. Y tomando del brazo a don Jaime, se lo llevó suavemente, sin que éste se atreviese a resistir más, a las habitaciones de la señora de Miramón, mujer seductiva, cariñosa y tímida, verdadero ángel guardián de su esposo, cuyas grandezas la despavorían, y la cual no se sentía venturosa sino en la vida íntima del hogar, entre sus dos hijos. XVII JESÚS DOMÍNGUEZ Una hora después don Jaime salió de palacio y, seguido de López, se fue a la casa del arrabal, en la que encontró al conde y a su amigo que, entregados por completo a su amor e indiferentes a cuanto pasaba en torno suyo, pasaban días enteros al lado de sus respectivas amadas y gozaban, con la dichosa indolencia de la juventud, de lo presente, para ellos tan benigno, sin preocuparse con lo porvenir. --¡Ah! ¡por fin! profirió gozosamente doña María al ver a su hermano; ¡cuán caro se nos vende V.! --Los negocios, dijo Jaime sonriendo. La mesa estaba colocada en medio del comedor, los dos criados del conde, inmóviles delante de los aparadores, se disponían a servir, y León Carral, con una servilleta en el brazo, aguardaba que cada cual ocupase su sitio en torno de la mesa. --Pues en tan buena coyuntura llego, dijo don Jaime alegremente, por mi vida que no voy a dejarlas a Vds. que cenen solas con esos caballeros, si es que se dignan permitirme que las acompañe. --¡Qué dicha! exclamó doña Carmen. Don Jaime, el conde y Domingo ofrecieron respectivamente la mano a doña María, doña Carmen y doña Dolores y las condujeron a las sillas para ellas dispuestas, y luego tomaron asiento a su lado. La cena fue lo que se debía entre personas que se querían y se conocían de larga fecha, es decir, alegre y llena de animación y de grata intimidad. Las dos jóvenes no habían experimentado nunca tanta dicha; aquella imprevista fiesta las llenaba de gozo. Sin que ninguno de los que a la mesa estaban sentados pareciese notarlo, las horas se deslizaban rápidas, hasta que al sonar la medía noche en un péndulo colocado sobre una consola que había en el mismo comedor, las campanadas cortaron súbitamente la conversación. --¡Virgen santa! exclamó doña Dolores, ¡media noche ya! --¡Cómo vuelan las horas! dijo con indolencia don Jaime. No hay más, es menester pensar en retirarnos. Se levantaron todos, y los tres amigos, después de haber prometido visitar de nuevo a las tres reclusas lo más pronto y a menudo posible, se retiraron, dejando a las damas libres de entregarse al descanso. López estaba aguardando a su amo bajo el zaguán. --¿Qué ocurre? le preguntó don Jaime. --Nos están espiando, respondió el peón, conduciéndole hasta la puerta y haciendo correr silenciosamente un postigo sobre una ranura. Don Jaime miró, y frente por frente de la puerta, casi confundido con la obscuridad que reinaba en una hondura producida por los escombros y los andamios de una casa en reparación, vio a un hombre inmóvil como una estatua y cuya presencia hubiera pasado inadvertida a otro de mirada menos penetrante que la del aventurero. --Me parece que tienes razón, dijo don Jaime a López; como quiera que sea, es preciso que nos cercioremos de ello; yo me encargo de saber quien es el pájaro ese. Mira, troquemos capa y sombrero y acompaña a estos señores; ese individuo ha visto entrar tres hombres y es menester que vea salir otros tantos. ¡Ea! a caballo y partan Vds. --A mi ver, dijo Domingo, lo más expedito sería matar a ese hombre. --El matarlo puede dejarse para luego, repuso don Jaime; ante todo tengo interés en cerciorarme de que realmente es un espía. Nada teman Vds. por mí; antes de media hora estaré con Vds. y les explicaré lo que haya ocurrido entre ese fulano y yo. --Hasta la vista pues, dijo el conde estrechando la mano a don Jaime. --Hasta la vista. Domingo y Luis del Saulay se salieron seguidos de los dos criados de éste, y además de León Carral. El antiguo servidor de doña María cerró estrepitosamente la puerta tras aquéllos; pero inmediatamente volvió a abrirla sin producir ruido alguno. Don Jaime se había colocado tras el postigo, desde donde le era fácil observar todos los movimientos del supuesto espía. Al ruido que produjeron los jóvenes al salir, éste se inclinó vivamente hacia adelante, indudablemente con el objeto de informarse de la dirección que aquéllos tomaban; luego se hundió de nuevo en la penumbra y recobró su marmórea inmovilidad. De esta suerte transcurrió cerca de un cuarto de hora; don Jaime no le perdía de vista. Por fin el desconocido salió de su escondite, tomando toda clase de precauciones, tendió en torno de sí una mirada escrutadora, y tranquilizado por la soledad de la calle, se aventuró a dar algunos pasos; luego tras unos instantes de vacilación avanzó resueltamente hacia la casa, atravesando la calle en línea recta; pero de improviso se abrió la puerta y el desconocido se encontró cara a cara con don Jaime. El espía o lo que fuese se hizo violentamente atrás e intentó huir, mas el aventurero le asió del brazo, apretándoselo como en un tornillo, y arrastrándole a pesar de la obstinada resistencia que oponía, le condujo hasta el pie de una estatuita de la Virgen que, colocada en un nicho encima de la puerta de una tienda había y ante cuya imagen ardían algunos cirios, y quitando de una manotada el sombrero a su prisionero, le miró atentamente. --¡Hola! ¿conque es V., señor Jesús Domínguez? dijo don Jaime en voz irónica. Vive Dios que no pensaba encontrarle a V. aquí. El cuitado miró con ojos lastimeros a aquél en cuyo poder estaba, pero no respondió palabra alguna. Don Jaime aguardó por espacio de algunos segundos, pero al ver que su prisionero se había encerrado en el más absoluto mutismo, le sacudió con violencia, diciendo: --¿Vas a responder al fin, gran tunante? --¡Es el Rayo o es el diablo! murmuró éste con espanto, mientras fijaba su atónita mirada en él que por tal modo sujetado lo tenía. --Uno de los dos, en efecto, profirió don Jaime con zumba; ya ves que estás en buenas manos. ¿Quieres o no decirme por qué de guerrillero y salteador de caminos te has convertido en espía y quizás y aun sin quizás en asesino en esta capital? --Mis desventuras me han traído, excelentísimo señor; he sido blanco de la calumnia; mi honra era inmaculada. --¿Tu honra? el diablo me lleve si creo palabra de lo que dices, repuso el aventurero; te conozco demasiado, pillastre, para que intentes engañarme. ¡Ea! luego y sin tergiversaciones dime la verdad, o te mato como a un zopilote. --¿Le sería a vuecencia lo mismo apretarme un poco menos el brazo? le tengo ya medio descoyuntado. --Te suelto, dijo don Jaime; pero como intentes huir, te pesará. Di, escucho. Domínguez, al sentirse libre de aquel tornillo humano, dio un suspiro de alivio y movió repetidas veces el brazo para restablecer la circulación; luego dijo: --Primeramente quiero que vuecencia sepa que continúo siendo guerrillero y además que he subido de grado: soy teniente. --Mejor para ti. Pero vayamos al grano; ¿qué estabas haciendo en aquel escondite? --Estoy de expedición, excelentísimo señor, --¿Tú te has venido solo a Méjico para llevar a cabo una expedición? Mira lo que dices, bergante; no consiento burlas. --Juro a vuecencia, por la parte de paraíso que me corresponde, que le digo la verdad monda; por otra parte no vine solo, mi capitán me acompaña; más bien dicho, vine obedeciendo a una orden terminante de éste. --¡Ah! ya; y ¿cómo se llama el capitán ese? --Vuecencia le conoce. --Puede; pero ¿cómo se llama, repito? --Don Melchor de la Cruz. --Me lo temía; ahora lo adivino todo: tú estás encargado de espiar a doña Dolores de la Cruz, ¿no es eso? --Sí, excelentísimo señor. --¿Qué más? --Nada más. --¡Ah! pillo, mientes. --Juro a vuecencia que se lo he dicho todo. --Veo que tendré que echar mano de un gran recurso, repuso don Jaime amartillando impasiblemente una pistola. --¿Qué está haciendo vuecencia? exclamó Domínguez despavorido. --Ya lo ves, me preparo a levantarte la tapa de los sesos. --¿Pero no ve vuecencia que éste no es el modo de hacerme hablar? repuso con candidez Jesús Domínguez. --Ya, dijo el aventurero, pero sí él de obligarte a callar. --¡Jum! profirió Domínguez, dispone vuecencia de argumentos tan convincentes, que no hay quien los resista; prefiero decirlo todo. 1 . 2 3 4 , 5 , . 6 7 , 8 , 9 , 10 , 11 12 . , 13 , 14 , , 15 . 16 17 , , 18 , , , 19 , 20 , 21 ; 22 . 23 24 , 25 , 26 . 27 28 - - ¡ ! , 29 . 30 31 , , 32 33 34 . 35 36 - - , , , , , ; 37 . ; ; 38 . 39 40 - - ¿ . , , 41 , , 42 , 43 ? 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