--De mil amores. Luis y Domingo se sentaron frontero uno de otro, y encendiendo sendos puros, dijo el primero: --¡Qué día más delicioso hemos pasado! --¿Cómo no al lado de personas tan amables? repuso Domingo. --¿Quieres ser franco? dijo prontamente el conde, tomando una resolución repentina. --Contigo lo soy siempre, ya te consta, respondió el vaquero. --Pues escucha; tú sabes que apenas hace algunos meses que estoy en Méjico, pero lo que puede decirse ignoras es la causa que me trajo a esta tierra. --Creo haberte oído decir que llegaste con el intento de casar con tu prima doña Dolores de la Cruz. --Es verdad; pero lo que tú no sabes es el modo como se convino este matrimonio y las razones que impiden romperlo. Voy a explicártelo sucintamente. Muy niño era yo aún, cuando en virtud de las cláusulas de un pacto de familia me prometieron a doña Dolores de la Cruz, la que ni siquiera sabía yo si estaba en el mundo, y hombre ya, mis padres me requirieron para que cumpliese el compromiso que sin consultarme habían arrostrado en mi nombre. Pese a la repugnancia natural que experimentaba yo hacia unión tan singular con una mujer a quien no conocía, no me cupo sino obedecer, y en su consecuencia abandoné con pesar profundo la vida dichosa, tranquila e indolente que llevaba en París en el seno de mis amistades, y me embarqué para acá. A mi llegada, don Andrés de la Cruz me recibió con el gozo más vivo, me colmó de obsequios, y me presentó a su hija, mi prometida; la cual me reservó una acogida más que fría. Indudablemente doña Dolores no estaba más satisfecha que yo de la unión que la obligaban a contraer con un desconocido, y la mortificaba el derecho que su padre se abrogara disponiendo de su mano sin consultarla, o siquiera sin advertirla; porque, como supe más adelante, doña Dolores ignoraba completamente el pacto estipulado entre las dos ramas de nuestra familia... En cuanto a mí, satisfecho del frío recibimiento de mi prometida, sustentaba la esperanza de que no se llevaría a cabo la boda. Ya sabes tú cuan hermosa es doña Dolores. --¡Sí lo es! murmuró Domingo. --Tiene el carácter más encantador y la inteligencia cultivada; en una palabra, reúne todas las gracias y todos los atractivos de la mujer cumplida. --Sí, profirió Domingo, cuanto dices es la exacta verdad. --Pues mira, a pesar de todo no puedo conseguir amarla, no puedo; y sin embargo, el deber me obliga a tomarla por esposa, porque la pobre se ha quedado de improviso huérfana, casi arruinada y entregada indefensa al odio de su hermano. Prometido a ella contra mi voluntad, el honor me obliga a llevar a cabo esta unión, última voluntad de su padre al morir, no obstante estar yo enamorado... --¿Qué quieres decir? preguntó Domingo con voz jadeante. --Perdóname, amigo mío, respondió Luis; estoy enamorado de doña Carmen. --¡Oh! gracias, Dios mío. --¿Qué? no te entiendo. --También estoy yo enamorado, profirió el vaquero, y tus palabras me han inundado de gozo pues la mujer a quien amo es doña Dolores. El conde tendió la mano a Domingo, que se echó en los brazos de aquél. Ambos jóvenes permanecieron largo rato abrazados. --Esperemos, dijo por fin Luis, desprendiéndose de su amigo y resumiendo con esta sola palabra los sentimientos que bullían en sus corazones. IX UN HOMBRE DE BIEN Eran las dos de la tarde. No soplaba la más ligera bocanada de aire; la campiña parecía estar dormida bajo el peso de un sol de plomo, cuyos candentes rayos caían, cual cobre bruñido, sobre la sedienta tierra, y hacían brillar como otros tantos diamantes los guijarros micáceos de una carretera larga y tortuosa que serpenteaba describiendo infinitas sinuosidades al través de una árida campiña sembrada de rocas de un blanco plomizo por las cuales se despeñaba una ígnea cascada de luz deslumbradora. La atmósfera, del todo transparente, como acontece en los climas privados de humedad, permitía distinguir, limpias y exactas, hasta el último término del horizonte, las diversas desigualdades del paisaje, con una crudeza de tonos y de pormenores que a causa de la falta de perspectiva aérea les imprimía una dureza entristecedora. En un sitio en que la mencionada carretera se dividía en varias ramificaciones y formaba una como encrucijada, se levantaba una casita de blancas paredes y tejado a la italiana, cuya puerta estaba provista de un portillo formado de troncos de árbol mal escuadrados, que sostenían una mirada provista de un rejado de espesa malla que la cerraba como una jaula. Aquella casita era una venta. En el portillo había muchos caballos arrendados, con la cabeza tristemente caída, jadeantes los ijares y cubiertos de sudor, y al parecer tan rendidos por el bochorno del día como por la fatiga. Acá y allá se veían, con los pies al sol y la cabeza en la sombra, muchos hombres envueltos en sendos sarapes, los cuales estaban durmiendo a pierna suelta. Dichos hombres eran guerrilleros; un centinela semidormido, apoyado en su lanza y arrimado a la pared, tenía a su cargo el vigilar por las armas de la cuadrilla, puestas en pabellón. Bajo el portillo había un oficial semitendido en una hamaca a la que con los pies imprimía suave vaivén, mientras con los dedos zangarreaba un jarabe y con voz rajada y baja canturreaba un triste. En esto salió de la venta un hombrecillo barrigudo y de hinchados carrillos, de mirada maliciosa y burlona fisonomía; el cual, acercándose a la hamaca, saludó respetuosamente al músico improvisado y preguntó: --¿No quiere V. comer, señor don Felipe? --Señor ventero, respondió con arrogancia el oficial, me parece que al hablar conmigo podría V. ser un poco más respetuoso y darme el título a que me cabe derecho, es decir, llamarme coronel. --Perdone V., señoría, repuso el hombrecillo haciendo un nuevo y más reverente saludo, soy ventero y estoy muy poco al cabo de los grados militares. --No hay de qué, profirió don Felipe. Todavía no quiero comer; estoy aguardando a una persona cuya llegada no puede hacerse esperar. --Es lástima, señor coronel don Felipe, dijo el ventero, pues se echará a perder la comida que con tanta diligencia he preparado. --¿Qué quiere V.? Pero ¡voto al chápiro! ponga V. la mesa; he aguardado ya bastante y tengo un apetito que se me lleva. El ventero saludó y se retiró al punto. Entre tanto el guerrillero se había decidido a saltar de su hamaca y a abandonar interinamente su jarabe, y después de liar y encender una pajilla de maíz, avanzó indolentemente algunos pasos hacia el extremo del portillo, y con las manos cruzadas sobre los lomos y el cigarrillo en los labios, fijó una mirada escrutadora en el horizonte. Un jinete envuelto en densa nube de polvo levantada por la rapidez de la carrera de su cabalgadura, se dirigía hacia la venta. Don Felipe dio un grito de alegría, pues conoció que el personaje aquel era realmente él a quien tanto tiempo hacía estaba aguardando. --¡Uf! profirió el viajero tirando de las riendas de su caballo delante del portillo y apeándose, ¡válgame Dios! no puedo más; ¡qué calor tan horrible! A una seña del coronel, uno de los soldados se hizo cargo del caballo y lo condujo al corral. --Hola, señor don Diego, dijo el coronel al recién llegado tendiéndole la mano a la usanza inglesa, bienvenido sea V.; casi desesperaba de verle. La comida nos está aguardando; y a fe me parece que no le vendrá a V. mal después de la carrera que acaba de dar. El ventero introdujo entonces en un cuarto retirado a don Felipe y a don Diego, los cuales se sentaron a la mesa y empezaron a comer con voraz apetito. Durante la primera parte de la comida, nuestros dos personajes, ocupados enteramente en satisfacer un hambre aguzada por larga abstinencia, no cruzaron sino contadísimas palabras; pero calmado, a no tardar, su ardor, se echaron de espaldas sobre el respaldo de sus respectivas butacas profiriendo un ¡ah! de satisfacción, liaron sendos cigarrillos y los encendieron y empezaron a fumar, acompañándose de pequeños sorbos de refino de Cataluña que el ventero había traído como complemento obligado de la comida. --Ahora que hemos matado el hambre, gracias a Dios y a San Julián, patrón de los viajeros, departamos un poco, mi querido coronel. --De mil amores, contestó éste sonriendo. --Pues bien, repuso don Diego, digo que ayer hablé con el general de un asunto que yo contaba proponerle a V.; ¿y sabe V. lo que me contestó? pues me contestó que no lo hiciera, porque V., a pesar de su inteligencia, es un bobo imbuido de las preocupaciones más ridículas y no comprendería el alcance patriótico del asunto que yo quería proponerle, ni vería sino el dinero, que se negaría a aceptar, por más que veinte mil duros no sean moco de pavo. Y terminó con estas palabras textuales: Enhorabuena, ya que le dio V. cita, vaya a encontrarle, y no sea sino por la singularidad del caso, verá como si por casualidad le habla V. del asunto le cierra la boca y le envía noramala, a V. y a sus veinte mil duros. --¡Jum! murmuró el coronel, a quien la enunciación de la cantidad había dado que pensar. --Y meditándolo bien, continuó don Diego, que espiaba a su interlocutor con el rabillo del ojo, veo que el general tiene razón; así pues de nada le hablaré a V. --¡Ah! profirió el coronel. --Confieso que lo siento; pero como me precisa tomar una resolución definitiva, me iré a encontrar a Cuéllar, que tal vez no sea tan meticuloso. --Cuéllar es un pillo, exclamó don Felipe con arrebato. --Lo sé, profirió don Diego con la mayor naturalidad; pero ¿qué me importa que lo sea si dándole una decena de miles de duros anticipadamente estoy seguro de que va a aceptar mi proposición, que por otra parte asume la ventaja de ser sumamente honrosa? --¡Demonios! repuso el coronel, llenando los vasos y con gesto por demás preocupado; bonita es la suma que V. ofrece; ¡diez mil duros! --No diez, veinte, querido señor, replicó don Diego; ¿oyó V. bien? No soy yo hombre para meter gratuitamente en un negocio a uno de mis amigos. --¡Pero Cuéllar no es amigo de V.! --Dice V. bien; por eso siento tener que dirigirme a él. --Pero en definitiva, ¿de qué se trata? --Es un secreto. --¿No soy yo amigo de V.? Quépale la certeza de que seré mudo como una tumba. --¿Me promete V. el silencio? preguntó don Diego después de reflexionar un rato, o de hacer que reflexionaba. --Por mi honor se lo juro a V. --Entonces nada me veda hablar. Vea V. sencillamente de qué se trata: nada nuevo le contaré a V. si le digo que hay multitud de espías que sirven a la vez a las dos causas y que sin el menor escrúpulo venden a Miramón los secretos de nuestras operaciones militares, mientras se hacen pagar muy bien las noticias que nos proporcionan respecto de las del enemigo. Ahora bien, el gobierno de su excelencia don Benito Juárez, en este momento tiene los ojos abiertos sobre las maquinaciones de dos hombres de quienes se sospecha muy fundadamente que desempeñan este doble papel; pero los individuos de que se trata son astutos si los hay y tienen tan bien tomadas sus providencias, que pese a la cuasi certeza moral que existe contra ellos, hasta la actualidad ha sido imposible conseguir la más insignificante prueba de la verdad: a esos dos hombres convendría desenmascararlos apoderándose de sus papeles particulares, por la entrega de los cuales recibirá, él que los proporcione, quince mil duros inmediatamente además de los diez mil de anticipo. Una vez el general gobernador sea dueño de estas pruebas, no vacilará ya en mandarles al consejo de guerra. Ya ve V. que el negocio es realmente honroso para él que se encargue de darle cima. --Efectivamente, repuso don Felipe, el adquirir semejante certeza es un acto de patriotismo meritorio. ¿Y quiénes son esos dos hombres? --¡Qué! ¿no se lo dije a V.? --Es lo único que se le ha olvidado a V. decirme. --No crea V. que sean unos pelagatos ni mucho menos: el primero acaba de ser nombrado secretario particular del general Ortega, y si no estoy mal informado, el segundo levantó recientemente una cuadrilla a su costa. --Pero bien, ¿cómo se llaman? --Usted les conoce mucho, o a lo menos así lo creo yo; el primero es don Antonio Cacerbar y el segundo... --Don Melchor de la Cruz, interrumpió con viveza don Felipe. --¡Ah! ¡lo sabía V.! exclamó don Diego con sorpresa perfectamente fingida. --La elevación súbita de esos dos individuos, el crédito casi ilimitado de que gozan para con el presidente, me había dado ya que sospechar; nadie comprende el porqué de este repentino favor. --De ahí que haya quien juzgue necesario dilucidar el asunto asegurándose de un modo positivo que tal son esos sujetos. --Yo lo sabré, dijo don Felipe, se lo prometo, y las pruebas que me exige, las pondré en manos de V. --¿De veras? --Se lo juro a V., tanto más cuanto considero como un deber de hombre honrado el coger a esos pilletes con las manos en la masa. Y luego añadió, sonriendo de un modo particular: nadie posee los medios que yo para conseguir este resultado. --Ojalá no se equivoque V., coronel, porque de suceder tal como V. dice, creo poder asegurarle que el agradecimiento del Gobierno para con V. no se limitará al dinero del que voy a entregarle parte. Don Felipe sonrió con orgullo al escuchar esa transparente alusión al grado inmediato, que él tanto ambicionaba. Al parecer sin que reparase en la sonrisa de su interlocutor, don Diego sacó de una gran cartera una hoja de papel doblado en cuarto y la puso en manos del guerrillero, que se apoderó de ella con gesto de gozo y expresión de rapacidad satisfecha que daba a sus facciones, y esto que las tenía bastante hermosas y correctas, algo de vil y de despreciable. Aquel papel era una letra de diez mil duros pagadera a la vista, girada contra una gran casa de banca inglesa de Veracruz. --¿Se va V.? preguntó el coronel a don Diego, al ver que éste se levantaba. --Sí, siento verme obligado a dejarle a V. --Hasta la vista, señor don Diego. El joven se subió nuevamente sobre su caballo y se alejó con rapidez, mientras decía para sus adentros: --Me parece que esta vez está bien armada la ratonera y que los miserables van a quedar cogidos en ella. El coronel se había sentado de nuevo en la hamaca y vuelto a zangarrear el jarabe con más bríos que afinación. X AMOR Dolores y Carmen estaban solas en el jardín. Acurrucadas, como dos temerosas currucas, en el interior de un bosquecillo de naranjos, de limoneros y de granados en flor, estaban charlando a cual más. Doña María, ligeramente indispuesta, se había visto obligada a no moverse de su dormitorio, o a lo menos tal era el pretexto que diera a las jóvenes para no ir con ellas al jardín; pero en realidad se había encerrado para leer una carta importante que don Jaime le mandara por mano de un hombre fiel a toda prueba. Las jóvenes, libres de toda vigilancia, se aprovechaban de la ocasión para confiarse sus sencillos y suaves secretos, y pocas palabras les bastaron para hacer entre ellas inútil toda explicación. Así es que no acudieron a subterfugios ni a frases de doble sentido, sino que se entregaron a una confianza entera e ilimitada, y fácilmente estipularon ayudarse mutuamente para obligar a los donceles amados a que por fin rompiesen su prolongado silencio y las permitiesen que en el corazón de cada uno de ellos pudiesen leer el nombre de la preferida. Precisamente éste era el grave e interesante tema sobre el que en tal momento versaba la conversación de las dos jóvenes. Aunque una ni otra tuviesen ya que confesarse su mutuo amor, con todo y debido a un sentimiento de dignidad inseparable de toda pasión verdadera, vacilaban y retrocedían sonrojándose ante la idea de impeler a los dos jóvenes a que se declarasen. Doña Carmen y doña Dolores eran verdaderamente sencillas e inocentes, ignorantes de todas las coqueterías y de todas las truhanadas que constituyen la moneda corriente de Europa, pueblo sedicente civilizado, en el cual las mujeres suelen convertir el amor en un juego cruel y a las veces implacable. Por una de esas casualidades que no se explican y que con tanta frecuencia surgen en la vida real, la conversación de las dos doncellas, era, con ligeras variantes, la misma que el conde y su amigo sostuvieron sobre el mismo asunto. --Dolores, decía doña Carmen con voz de mimo, V. es más animosa que yo, y más que yo conoce a don Luis, que por otra parte está emparentado con V. ¿Por qué pues se muestra usted tan reservada para con él? --¡Ay! mi querida amiga, respondió doña Dolores, esta reserva me la impone mi posición. Hoy que me veo abandonada de todos, no me queda más pariente que él, mi prometido de la infancia. --¿Cómo es posible que haya padres que de esta suerte encadenen a sus hijos, sin consultarles, y les condenen a un porvenir de amarguras? dijo doña Carmen. --Dicen que en España esto es muy frecuente, querida mía, respondió doña Dolores; por otra parte, ¿a nosotras las mujeres nuestra flaqueza no nos hace esclavas de los hombres, que han conservado para sí el poder supremo? Por más que esta intolerable tiranía nos haga gemir, no nos cabe sino humillar la frente. --Demasiado cierto es lo que V. dice; sin embargo, me parece que si resistiésemos... --Seríamos infamadas, y nos señalarían con el dedo, y perderíamos nuestra reputación. --¿Así pues, y a pesar de lo que le dicta a usted el corazón, determina llevar adelante la boda esa? --¡Qué quiere V. que le diga! sólo el pensar que el matrimonio ese puede efectuarse, me quita el juicio; sin embargo, no vislumbro como evitarlo. El conde vino de Francia con el único objeto de casar conmigo, y mi padre, al morir, le hizo prometer que no me abandonaría y que llevaría adelante la unión esa. Ya ve V. que existen razones graves si las hay para que me sea imposible evadirme a la suerte funesta que me amaga. --¿Pero por qué, repuso con fuego doña Carmen, no tiene V. una explicación franca y leal con el conde? De hacerlo así tal vez se allanarían todas las dificultades. --No digo que no, pero esta explicación no puedo provocarla yo, ya que habiéndome el conde dispensado favores que no se pagan con todo el dinero del mundo, desde la muerte de mi padre, sería una ingratitud contestar con una negativa a una pretensión que bajo todos conceptos me favorece. --¡Oh! diga V. que le ama, exclamó doña Carmen con resentimiento. --No, no le amo, replicó doña Dolores con gesto de dignidad; pero tal vez él me ame a mí. --Pues yo estoy segura de que es a mí a quien ama, profirió doña Carmen. --Querida mía, repuso doña Dolores sonriendo, respecto del particular nadie está nunca seguro, ni aun cuando se han cruzado los juramentos más solemnes; con tanta más razón pues cuando no pueden justificar que una no se equivoca, ni una palabra, ni un gesto, ni una mirada. Digo pues: una de dos, o el conde me ama, o no me ama y supone que yo le quiero. En uno como en otro caso, mi línea de conducta está trazada: debo aguardar, sin provocarla, una explicación, que forzosamente debemos tener a no tardar. Entonces le juro a V. que me portaré como debo, es decir, franca y lealmente, y si después quedan aún algunas dudas en el corazón del conde, será porque él querrá conservarlas, y no me cabrá sino inclinar la cabeza y resignarme con mi suerte. Esto es cuanto me es posible prometerle a V., Carmen; no me atrevería a obrar de distinta manera; mi dignidad de mujer y el respeto que me debo a mí misma me han trazado una línea de conducta de la que mi honra me dicta que no me desvíe. --Mi querida Dolores, dijo doña Carmen, aunque siento en el alma la determinación que usted ha tomado, no puedo menos de convenir en que en las circunstancias actuales es la única que le conviene adoptar. ¿Va V. a guardarme rencor por lo que le he dicho? ¡Ay! ¡sufro tanto! --¿Y yo? profirió doña Dolores; ¿cree V. acaso que yo soy dichosa? ¡Oh! desengáñese V. si tal supone. Tal vez de las dos yo soy la más desventurada. En esto se oyó rechinar ligeramente la arena de las alamedas. --Alguien viene, dijo doña Dolores. --Es el conde, repuso al punto doña Carmen. --¿Cómo lo sabes tú, querida? preguntó la primera. --Lo adivino en los latidos de mi corazón, respondió la hija de doña María sonrojándose. --Viene solo a lo que parece. --Sí. --¡Virgen santa! ¿ocurrirá alguna novedad? --Dios quiera que no. Luis pareció a la entrada del bosquecillo, solo, saludó a las dos jóvenes y aguardó a que éstas le diesen permiso para pasar adelante. Doña Dolores le tendió la mano sonriendo, mientras su compañera se inclinaba para ocultar su rubor. --Bien llegado sea V., primo, dijo doña Dolores tendiéndole la mano y con gesto el más risueño; tarde se deja V. ver hoy. --Mucho me halaga, prima, repuso el conde, que haya V. advertido este retardo involuntario; mi amigo Domingo, obligado a salir muy temprano esta mañana para un sitio distante dos leguas de la capital, me encargó una comisión que me fue preciso llenar antes de tener la dicha de venir a saludarla a V. --Buena está la excusa, primo, profirió la joven, y por buena la admitimos Carmen y yo; ahora, siéntase V. ahí, entre las dos, y hablemos. --Con sumo gusto, prima. --Luis entró entonces en el bosquecillo y tomó asiento entre las dos jóvenes. --Permítame V., doña Carmen, dijo el conde inclinándose cortésmente hacia la doncella, que la salude muy respetuosamente y me informe de su preciosa salud. --Le agradezco a V. la atención, caballero, dijo doña Carmen; a Dios gracias, mi salud es excelente; así quisiera la de mi madre. --¿Está enferma doña María? preguntó Luis con el interés más vivo. --Espero que no; sin embargo, está lo bastante indispuesta para no poder salir de su dormitorio. El conde hizo un movimiento como para levantarse, y dijo: --Tal vez mi presencia aquí en tales circunstancias parecería importuna; voy... --No, no se mueva V., caballero; para nosotras no es V. un extraño. Y luego añadió con intención: el ser primo y novio de doña Dolores le autoriza a V. para quedarse. --Y más, primo, repuso doña Dolores, los innumerables servicios que V. nos ha prestado le dan derecho a nuestra gratitud. --Así es que suceda lo que quiera, continuó doña Carmen sonriendo, tanto V. como Domingo serán siempre bien llegados a esta casa. --Me colman Vds. de favores, señoritas, dijo Luis. --¿No nos cabrá hoy el placer de ver a su amigo de V.? preguntó doña Carmen. --Antes de una hora estará aquí; pero ¿se va V.? --¿Por qué me lo pregunta? --Como veo que se levanta. --Pronto estoy de vuelta; denme permiso por algunos minutos, dijo la joven. Mientras voy a ver como se encuentra mi madre, Dolores se queda con V. --Vaya V., señorita, profirió Luis, y sírvase decir a su señora madre cuánto siento su indisposición. Doña Carmen saludó y desapareció corriendo como un pájaro. El conde y doña Dolores quedaron solos. Su situación era singular y sobre todo muy engorrosa al encontrarse de improviso en disposición de dar principio a una explicación ante la cual, pese a la urgente necesidad que de celebrarla sentían ambos, los dos retrocedían. Si para una mujer es difícil confesar al hombre que la galantea, que ella no le ama, más difícil es y más penoso aún cuando tal confesión debe salir de labios de un hombre. Transcurrieron algunos minutos durante los cuales los dos jóvenes permanecieron silenciosos y se contentaron con cruzar algunas miradas al soslayo. Por fin y como el tiempo iba discurriendo, y el conde temía, de no aprovechar aquella favorable coyuntura, que no volvería a presentarse tal vez nunca más, se decidió a tomar la palabra. --Y bien, prima, dijo el joven con acento el más natural que pudo fingir: ¿empieza V. a acostumbrarse a esta vida de recluida en que la metieron las desgraciadas circunstancias que llovieron sobre V.? --Estoy del todo acostumbrada a esta existencia tranquila y reposada, primo, respondió la joven; y si no fuesen los tristes recuerdos que a cada instante me asaltan, le confieso que sería completamente dichosa. --La felicito a V., prima. --En efecto, ¿qué me falta aquí? doña María y su hija me quieren, me rodean de cuidados y de atenciones, tengo un pequeño círculo de amigos devotos. ¿Qué más puedo desear en este mundo, donde la verdadera felicidad no existe? --Envidio su filosofía, prima, repuso Luis; sin embargo, mi deber de pariente... y de amigo, me obligan a hacerla observar que esta situación, por muy dichosa que sea, no puede pasar de precaria, ya que no le cabe a V. esperar pasar el resto de su existencia en el seno de esta encantadora familia. De improviso pueden surgir mil acontecimientos imprevistos que la separen violentamente de ella. --Es cierto, primo, repuso doña Dolores en voz baja y conmovida. --Usted sabe, continuó el conde, cuan poco, en esta desdichada tierra, puede uno fiar en lo porvenir; particularmente una joven de la edad y hermosura de V. está expuesta a mil peligros de los que casi le es imposible evadirse. Yo, sino su pariente de V. más cercano, soy el más realmente devoto. ¿V. así lo cree, no es cierto? --Dios me libre de suponer lo contrario, primo; ya sabe V. cuan profundamente agradecida le estoy por los favores que nos ha dispensado. --Es muy vaga la palabra agradecimiento, prima, dijo con intención el conde. --¿Qué otra palabra me sería dable emplear? preguntó doña Dolores, fijando su límpida y hechicera mirada en su interlocutor. --He dicho mal, dispénseme V., profirió Luis; y es que la situación en que respectivamente nos encontramos es tan singular, que en verdad no sé como expresarme teniendo que hacer yo siempre uso de la palabra; temo serle a V. enojoso. --No, primo, en este punto esté V. tranquilo, repuso la joven sonriendo; es V. mi amigo, y como tal tiene V. derecho a decirme lo que le plazca. --El título de amigo que me da V. prima, don Andrés, que Dios tenga en gloria, deseaba... --Sí, interrumpió con cierto apresuramiento la joven, ya sé a qué alude V.: mi padre sustentaba respecto de mí algunos planes referentes a mi porvenir, que no pudo realizar por haberle sobrevenido la muerte. --Proyectos que sólo depende de V. él que se realicen, dijo el conde. Doña Dolores pareció vacilar por espacio de uno o dos minutos, y luego con voz trémula y poniéndose un tanto pálida, repuso: --Para mí los deseos de mi padre equivalen a órdenes, primo; el día que le plazca a V. exigir mi mano, se la daré. --¡Prima! ¡prima! exclamó con vehemencia el conde, yo no lo entiendo de esta manera; a su padre de V. le juré no sólo velar por V., sino también labrar su dicha por cuantos medios estuviesen a mi alcance. La mano que está V. pronta a cederme, en acatamiento a la voluntad de su progenitor, no la acepto ni la aceptaré como a ella no la acompañe su corazón de V. Sea cual fuere el sentimiento que V. me inspire no la obligaré nunca a doblegarse a una unión que sería para V. una desventura. --Gracias, primo, gracias, murmuró la joven bajando los ojos; es V. noble y bondadoso. --Dolores, dijo el conde tomando suavemente la mano a su prima, y permítame V. que la apellide así, somos amigos ¿no es cierto? --¡Oh! sí, respondió la joven con voz apenas perceptible. --¿Pero nada más amigos? añadió Luis titubeando. --¡Ay! suspiró Dolores. --Basta, profirió el conde de Saulay; es inútil insistir; es V. libre. --¿Qué quiere V. decir? exclamó la joven con ansiedad. --Que la eximo de todo compromiso para conmigo; que renuncio a la honra de hacerla a usted esposa mía, sin por esto abdicar del derecho, si V. lo consiente, de velar por su dicha. --¡Primo! --Dolores, V. no me ama, su corazón pertenece a otro; de consiguiente, de llevar adelante la boda, los dos labraríamos nuestra infelicidad. Ya la ha sujetado a V. a bastantes duras pruebas el destino a una edad en que la vida debe estar sembrada de flores. Sea V. dichosa con aquel a quien V. ama. Si de mí dependiese, a no tardar su destino de V. estaría unido al suyo. Nada tema, justificaré el precioso título de amigo que V. me da, allanando los obstáculos que tal vez se opongan al cumplimiento de sus más caros deseos. --¡Ah! exclamó la joven con los ojos arrasados en lágrimas y estrechando la mano que tenía asida la suya, ¿por qué no le amo a V., tan digno como es de inspirar sentimientos de ternura? --El corazón tiene estas anomalías, prima; ¿quién sabe? tal vez valga más que suceda así; ahora enjugue V. sus lágrimas, mi querida Dolores; no vea V. en mí sino un amigo abnegado, un confidente fiel, a quien podría V. confiar sus hechiceros secretos si éstos no me fuesen ya conocidos. --¡Qué! murmuró la joven mirando con sorpresa a su interlocutor, ¿V. sabe? --Todo, prima; de consiguiente sosiéguese usted. Por otra parte él no fue tan discreto; todo me lo ha confesado. --¡Me ama! exclamó Dolores, poniéndose en pie; ¿es posible? En esto se oyó precipitado ruido de pasos fuera del bosquecillo. --Él mismo va a decírselo a V. --¡Ah! murmuró la joven cayendo temblorosa sobre el banco del que acababa de levantarse, al ver entrar a Domingo. --¡Dios mío! profirió éste palideciendo, ¿qué pasa? --Nada que deba desasosegarle a V., respondió sonriendo el conde; doña Dolores le permite a V. adorarla. --¡Es cierto! exclamó Domingo abalanzándose a la joven y cayendo de rodillas a los pies de ésta. --¡Oh! primo, profirió doña Dolores con acento de suave reproche, ¿por qué abusó usted de esta suerte de un secreto? --Que V. no me había confiado, repuso el conde, pero que adiviné. --¡Traidor! dijo la joven levantándose prontamente y amenazando a su primo con el dedo; si V. adivinó mi secreto, también adiviné yo él de V. En pronunciando estas palabras, doña Dolores desapareció con la ligereza de un pájaro, dejando a solas a Luis y a Domingo. Éste, que no sabía a qué atribuir una fuga tan imprevista, hizo un movimiento como para precipitarse tras la joven; pero el conde le detuvo, diciéndole: --No te muevas; el corazón de las doncellas encierra misterios que deben no ser descubiertos. ¿Qué más quieres ahora que estás seguro de su amor? --¡Oh! amigo mío, profirió el joven echando los brazos al cuello de Luis, soy el más dichoso de los hombres. --Egoísta, le dijo en voz baja el conde; sólo piensas en ti cuando mi alma tal vez llora sin esperanza. Doña Dolores no había huido tan precipitadamente del bosquecillo más que para coordinar un poco sus ideas, reponerse de la honda conmoción que acababa de experimentar, y dirigirse al encuentro de Carmen; la cual salía de la casa en el instante en que iba a entrar en ella doña Dolores. La prima del conde, al ver a aquélla, se arrojó en sus brazos y echó a llorar a lágrima viva. Doña Carmen, asustada del estado en que veía a su amiga, la condujo suavemente a su dormitorio, donde ésta permaneció largo rato antes no pudo contar a su compañera lo que acababa de ocurrir en el bosquecillo, y como la imprevista llegada de Domingo la había obligado, por decirlo así, a confesar su amor. La hija de doña María, que estaba muy distante de esperar un desenlace tan rápido y sobre todo tan propicio, experimentó un gozo indecible. No ya más trabas, no más dudas; en lo sucesivo las dos podrían entregarse sin reservas a sus más gratas esperanzas. ¿Qué debían temer ahora que estaban seguras del amor de los dos jóvenes? ¿qué obstáculo podría impedir su pronta unión? Así raciocinaba doña Carmen, para apaciguar el pudor un tanto alborotado de su amiga a causa de la confesión que inconscientemente se la escapara y la llenaba de vergüenza. Las doncellas son así; consienten que aquel que las ama adivine su amor; pero consideran como una falta punible el declararlo ante él. Carmen, que llevaba algunos años a Dolores y por consiguiente era más fuerte contra sus propias emociones, hizo suave burla de la debilidad de su amiga, y poco a poco la hizo convenir en que aun cuando había declarado su amor, no lo deploraba. Doña Dolores y doña Carmen abandonaron entonces el aposento, y componiéndose el rostro para borrar de él todo vestigio de emoción, se encaminaron al jardín, en él que no hallaron a nadie. XI SORPRESA Retrocediendo un poco, referiremos qué había pasado desde el día en que Miramón dispusiera tan -libremente- del dinero de los bonos de la Convención depositado en el consulado inglés, hasta él en que ha llegado nuestra historia; porque los acontecimientos políticos no solamente no fueron extraños a ella, sino que precipitaron el desenlace de la misma. Conforme don Jaime predijera a Miramón, el modo inconsiderado con que el general Márquez ejecutara las órdenes que éste le diera, y el acto financiero ilegal de apoderarse de los fondos de la Convención, habían fatalmente manchado el carácter hasta entonces tan puro de toda arbitrariedad y de toda expoliación del joven presidente. Al saber semejante noticia, los individuos del cuerpo diplomático, entre ellos el embajador de España y el representante de Francia, que más simpatías sentían por Miramón que no por Juárez, debido a la nobleza de su carácter y a su elevación de miras, habían considerado, desde aquel momento, la causa del partido moderado representada por Miramón, como irremisiblemente perdida, a menos de obrarse uno de esos milagros tan frecuentes en las revoluciones, pero del cual nada hacía sospechar la posibilidad. Por otra parte, la cantidad relativamente importantísima de los bonos de la Convección, unida a la que don Jaime pusiera en manos del presidente, no sólo no había sido suficiente para enjugar el déficit, pero ni siquiera a disminuirlo sensiblemente. La mayor parte del dinero fue empleado en pagar a los soldados; los cuales, como hacía tres meses que no se les repartía la paga, empezaban murmurar y a amenazar con que desertarían en masa. Pagado el ejército, o poco menos, Miramón abrió banderines de enganche con el objeto de aumentarlo y probar por última vez fortuna en el campo de batalla, resuelto a defender palmo a palmo el poder que libremente le confiaran los representantes de la nación. Sin embargo, y a pesar de la confianza que fingía, el joven y arriesgado general no se forjaba ilusión alguna respecto de su precaria situación frente a las fuerzas cada vez más considerables y en realidad imponentes de los -puros-, como se apellidaban a sí mismos los partidarios de Juárez. Así es que antes de jugar su última partida, quiso ensayar el último medio de que aún podía echar mano, es decir, una mediación diplomática. El embajador de España, a su llegada a Méjico, había reconocido al gobierno de Miramón. A este diplomático acudió pues, en su apuro, el acorralado presidente, con el fin de alcanzar una mediación de los ministros residentes, para intentar por medio de la reconciliación llegar al restablecimiento de la paz, proponiendo someterse a ciertas condiciones, de las cuales copiamos a continuación las más importantes: Primera: los delegados nombrados por las partes beligerantes, celebrarán una conferencia con los representantes de las potencias europeas y él de los Estados Unidos, para excogitar el modo de restablecer la paz. Segunda: dichos delegados nombrarán a la persona que deberá regir los destinos de la república, ínterin una asamblea general resuelve las diferencias que dividen a los mejicanos. Tercera: determinarán asimismo, los repetidos delegados, la forma y modo de convocar al Congreso. Este oficio, dirigido el 3 de octubre de 1860 al representante de España, terminaba con las siguientes significativas palabras que demostraban claramente el cansancio de Miramón y el verdadero deseo que de concluir con el estado anómalo de la república le animaba: « Quiera Dios que este convenio, intentado con carácter confidencial, obtenga mejor resultado que los propuestos hasta la fecha. » Como todo daba pie a suponerlo, esta tentativa suprema de reconciliación fracasó por completo, por una razón muy sencilla y fácil de comprender hasta para aquéllos que vivían alejados de la política. Juárez, dueño de la mayor parte del territorio de la república, se sentía en su gobierno de Veracruz demasiado fuerte enfrente de su fatigado adversario, para no mostrarse intratable respecto de la esencia del pacto que se le proponía: no quería compartir la situación por medio de concesiones recíprocas, sino triunfar enteramente. Sin embargo, como valiente león acorralado por los cazadores, Miramón, que no había perdido la fe en su tan a menudo vencedora espada, todavía no desesperaba, o más bien, no quería desesperar. Así pues y con el fin de retener los esparcidos restos de sus últimos defensores, el 17 de noviembre les dirigió un llamamiento supremo, en el cual se esforzó en reavivar las moribundas chispas de su ya perdida causa, ensayando imbuir a los que aun le rodeaban la energía que él conservaba intacta. Por desgracia la fe se había apagado; así es que sus palabras no hallaron sino oídos cerrados por el interés personal o por el miedo. Nadie quiso comprender aquel grito supremo de agonía de un patriota grande y sincero. Con todo, era menester tomar una resolución u otra: o renunciar a proseguir la lucha, o tentar nuevamente la suerte de las armas y resistir hasta el postrer aliento. Esta última fue la resolución que, tras maduras reflexiones, tomó el general. La noche tocaba a su fin; azuladas ráfagas de luz pasaban a través de las cortinas y hacían palidecer las de las bujías encendidas del gabinete al cual ya una vez hemos conducido al lector para hacerle asistir a la entrevista celebrada entre el general presidente y el aventurero, y al que volvemos a acompañarle para que sea testigo de la nueva conferencia que los mismos interlocutores están celebrando ahora. Las bujías, casi del todo consumidas, patentizaban que la sesión había sido larga. Miramón y el aventurero, inclinados hasta un inmenso mapa, parecían estudiarlo con la mayor atención, mientras sostenían un animado diálogo. De improviso el general se irguió con ademán de mal humor, y dejándose caer en una silla de brazos, dijo en voz baja: --¡Bah! ¿para qué obstinarnos contra la adversidad? --Para vencerla, general, respondió el aventurero. --Es imposible. --¿Y V. desespera? ¿Usted? repuso con intención don Adolfo. --No desespero, respondió Miramón, muy al contrario, estoy resuelto a hacerme matar si es preciso antes que sufrir la ley que pretende imponerme Juárez, Juárez, que nada sería a no haberle recogido y educado quien V. y yo nos sabemos. --¿Qué quiere V.? profirió con zumba el aventurero. Tal vez el individuo a que V. se refiere no lo recogió y educó sino con el fin de llevar a cabo una venganza y previendo lo que pasa hoy. --Todo da a sospecharlo. Nunca hombre alguno ha proseguido con más felina paciencia más tenebrosos proyectos ni cometido más odiosas acciones con más descarado cinismo. --¿No es el jefe de los -Puros-? dijo riendo el aventurero. --¡Maldito sea! exclamó Miramón. --¿Por qué no quiere V. seguir mi consejo? --Porque el plan que V. me propone es impracticable. --¿Y ésta es la única causa que le impide a usted aceptarlo? preguntó con disimulo el aventurero. --Además, respondió Miramón un tanto turbado, porque lo hallo indigno de mí. --¡Oh! general, permítame que le diga que usted no me comprendió. --Usted se chancea, profirió Miramón; le comprendí tan bien, que si se empeña le repetiré textualmente el plan por V. concebido y que, añadió sonriendo, por amor propio de autor tiene tanto empeño en verlo en ejecución. --¡Ah! murmuró el aventurero con gesto de duda. --El plan es éste: salir prontamente de la ciudad, sin llevarme conmigo artillería para marchar con más rapidez, y al través de senderos extraviados salir al encuentro del enemigo, sorprenderlo y atacarlo. --Y derrotarlo, añadió el aventurero con intención. --¡Oh! ¡oh! profirió el general con acento de duda. --Es infalible. Note V. que sus enemigos le suponen con razón encerrado en la ciudad, ocupado en fortificarse en ella en previsión del sitio con que le amenazan; que desde la derrota del general Márquez, saben que partidario alguno de V. recorre el campo; que por lo tanto no tienen que temer ningún ataque, y que avanzan confiadamente. --Dice V. bien. --Luego, nada más fácil que derrotarlos; la guerra de guerrillas no sólo es la única que V. puede hacer en la actualidad, sino la que ofrece más probabilidades de triunfo. Hostigando incesantemente a sus enemigos, y batiéndolos por grupos, le queda a V. la esperanza de coger de nuevo por los cabellos a la fortuna y de librarse de su competidor. Como en tres o cuatro encuentros lleve V. la ventaja, cuantos le abandonan por creerlo a V. perdido van a agruparse de nuevo y en tropel en torno de V. y el ejército de Juárez desaparece. --El plan es atrevido, lo veo. --Y por otra parte le ofrece a V. una gran ventaja. --¿Cuál? --La de que si es V. vencido, ennoblece su caída, ya que le coge con las armas en la mano y en el campo de batalla en lugar de dejarse ahumar como una zorra en su madriguera por un enemigo a quien V. desdeña y verse dentro de algunos días obligado a aceptar una capitulación vergonzosa, para evitar a la capital de la república los horrores de un sitio. El general se levantó y empezó a pasearse por el gabinete, hasta que al cabo de un instante se detuvo delante del aventurero y le dijo con voz afectuosa: --Gracias, don Jaime, gracias, dijo Miramón, con voz afectuosa; su ruda franqueza de V. me produjo grata impresión, pues me demuestra que a lo menos me queda un amigo fiel en la adversidad. ¡Ea! adopto su plan de V., don Jaime, y hoy mismo voy a ponerlo en obra, ¿Qué hora es? --Todavía no las cuatro. --A las cinco habré salido de Méjico. El aventurero se levantó. --¿Me deja V., amigo mío? le preguntó el presidente. --Ya no es necesaria aquí mi presencia, general; así pues con su permiso me voy. --¿Volveremos a vernos? --Sí, general, en el momento de la batalla. ¿Dónde piensa V. atacar al 1 - - . 2 3 , 4 , : 5 6 - - ¡ ! 7 8 - - ¿ ? . 9 10 - - ¿ ? , 11 . 12 13 - - , , . 14 15 - - ; 16 , 17 . 18 19 - - 20 . 21 22 - - ; 23 . 24 . , 25 , 26 , , 27 28 . 29 30 , , 31 , 32 , . 33 , , 34 , , ; 35 . 36 37 , 38 , ; 39 , , 40 . . . 41 , , 42 . 43 . 44 45 - - ¡ ! . 46 47 - - ; 48 , 49 . 50 51 - - , , . 52 53 - - , , ; 54 , , 55 , 56 . , 57 , 58 , . . . 59 60 - - ¿ ? . 61 62 - - , , ; . 63 64 - - ¡ ! , . 65 66 - - ¿ ? . 67 68 - - , , 69 . 70 71 , . 72 73 . 74 75 - - , , 76 77 . 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 . ; 89 , 90 , , , 91 92 93 94 95 . 96 97 , , 98 , , , 99 , , 100 101 . 102 103 104 , 105 , 106 , 107 108 . 109 110 . 111 112 , 113 , , 114 . 115 116 , , 117 , 118 . 119 120 ; , 121 , 122 , . 123 124 125 , 126 . 127 128 129 , ; , 130 , 131 : 132 133 - - ¿ . , ? 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