que le cubría los ojos.
Don Melchor se puso en pie de un salto y miró en torno de sí.
El sitio donde se encontraba era la cúspide de una colina bastante
alta, situada en medio de una llanura inmensa. La noche estaba sombría,
y a lo lejos, un poco a la derecha, brillaban como otras tantas
estrellas las luces de las casas de Puebla.
El joven formaba el centro de un grupo numeroso de hombres; los cuales
iban enmascarados y empuñaban en la diestra sendas teas de ocote, cuya
llama, movida por el viento, matizaba de sanguinolentos vislumbres las
ondulaciones del terreno y les imprimía un aspecto fantástico.
Don Melchor quedó aterrorizado, pues comprendió que se encontraba en
poder de los miembros de la misteriosa asociación masónica a la cual él
estaba afiliado, y que extendía por todo el territorio de la república
mejicana las tenebrosas ramificaciones de sus temibles ventas.
Tal era el silencio que reinaba en la colina, de tal modo parecían
estatuas aquellos hombres, en su fría inmovilidad, que el joven oía
sordamente los precipitados latidos de su propio corazón.
--Don Melchor de la Cruz, dijo uno de los desconocidos adelantando un
paso, ¿sabe usted dónde se encuentra y en presencia de quienes está en
este momento?
--Sí, respondió el joven con los labios oprimidos.
--¿Se reconoce V. sujeto a la justicia de los que le rodean?
--Sí; porque tienen de su lado la fuerza, y toda resistencia o protesta
de mi parte sería inútil.
--No, no es ésta la razón por la cual está V. sujeto al fallo de
estos hombres, y V. lo sabe perfectamente, replicó impasiblemente el
enmascarado, sino porque se ha ligado V. espontáneamente a ellos por
un pacto, y al hacer este pacto, aceptó V. su jurisdicción y dio el
derecho a juzgarle como faltase a los juramentos que voluntariamente
les prestó.
--¿Qué me aprovecharía intentar una defensa inútil, repuso don Melchor
encogiendo los hombros, si sé que de antemano estoy condenado a
muerte? Ejecuten pues sin tardanza la sentencia que ya han pronunciado
Vds. tácitamente.
El enmascarado lanzó, al través de los agujeros de su carátula, una
mirada abrasadora al joven, y con voz acre y clara profirió estas
palabras:
--Don Melchor, no comparece V. ante este tribunal supremo como
parricida, ni como fratricida, ni como ladrón, sino como traidor a la
patria; le requiero pues para que se defienda.
--No me da la gana, respondió el joven en voz alta y firme.
--Enhorabuena, repuso fríamente el enmascarado; y clavando su antorcha
en el suelo y volviéndose hacia los circunstantes, preguntó:
--Hermanos ¿qué castigo merece este hombre?
--La muerte, respondieron con voz sorda los demás enmascarados.
Don Melchor permaneció impasible.
--Está V. condenado a morir, profirió él que hasta entonces había hecho
uso de la palabra, y la sentencia será ejecutada en este mismo sitio;
tiene V. media hora para ponerse bien con Dios.
--¿Cómo moriré? preguntó con indolencia el joven.
--Ahorcado.
--Tanto da acabar así que asá, dijo don Melchor con irónica sonrisa.
--Y como no nos consideramos en derecho de matar el alma junto con el
cuerpo, prosiguió el enmascarado, a no tardar vendrá un sacerdote para
que le ayude a V. a bien morir.
--Gracias, profirió lacónicamente el joven.
El enmascarado permaneció inmóvil por espacio de algunos segundos como
si hubiese aguardado que don Melchor le dirigiese otra petición; pero
al ver que éste seguía encerrado en su silencio, tomó de nuevo su
antorcha, se hizo atrás dos pasos, la agitó por tres veces distintas,
y luego la apagó con el pie. Todas las demás antorchas se apagaron al
mismo instante; se oyó un ligero crujido de hojarasca, y don Melchor se
encontró a solas. Sin embargo, el joven no se engañó respecto a esta
apariencia de soledad; comprendió que, aunque invisibles, sus enemigos
no le perdían de vista.
Por muy templada que tenga el alma, por mucha que sea su energía,
por más que una y otra vez haya desafiado a la muerte, el hombre, a
los veinte años, es decir, cuando apenas ha puesto la planta en el
umbral de la existencia y lo por venir le sonríe al través del prisma
embriagador de la juventud, no puede hacer abstracción completa y
real de sí mismo y pasar sin transición alguna del ser al no ser, sin
experimentar un enervamiento general y súbito de todas las facultades
intelectuales y sufrir una angustia horrible y un estremecimiento de
músculos espantoso, sobre todo cuando la muerte que viene a arrebatarle
lleno de fuerza, de sabia y de juventud, se la dan impasiblemente,
de noche, a escondidas por decirlo así y tiene un sello de infamia
indecible. Así es que pese a su valor y a su voluntad, don Melchor
sufría una espantosa agonía; en la raíz de cada uno de sus cabellos,
erizados por el terror, temblaba una gota de sudor frío, tenía
horrorosamente contraídas las facciones y le cubría el semblante una
palidez lívida y terrosa.
En esto le dieron un golpecito en el hombro, que le hizo estremecer
cual si hubiera recibido una descarga eléctrica, y levantando la
frente, vio ante sí a un fraile con el capuchón derribado sobre el
rostro.
--¡Ah! murmuró el joven poniéndose en pie, ahí está el sacerdote.
--Sí, dijo el fraile en voz baja pero perfectamente perceptible;
arrodíllese V., hijo mío, vengo para recibir su confesión.
Don Melchor se estremeció al timbre de aquella voz para él no
desconocida, y fijó una mirada ardiente e interrogadora en el fraile,
que permanecía inmóvil ante él.
Éste se arrodilló haciéndole seña de que le imitase, y el joven
obedeció automáticamente.
Así arrodillados aquellos dos hombres en la desierta cúspide de una
colina iluminada apenas por la débil y temblorosa luz de las linternas
que no servían sino para hacer más profunda la oscuridad que les
envolvía, ofrecían un espectáculo singular y conmovedor.
--Nos están observando, dijo el fraile; imponga V. la impasibilidad
a sus facciones y la inmovilidad a sus nervios, y escúcheme, pues no
tenemos instante que perder; ¿me conoce usted?
--Sí, murmuró casi imperceptiblemente don Melchor, que sintiendo
que tenía un amigo a su lado, recobraba a pesar suyo la esperanza,
sentimiento último que se extingue en el corazón del hombre; es V. don
Antonio de Cacerbar.
--Disfrazado con estos hábitos, repuso don Antonio, estaba a punto de
entrar en Puebla, cuando prontamente me vi rodeado de algunos hombres
enmascarados que me preguntaron si era sacerdote, y a mi respuesta
afirmativa, dada a todo evento, a fin de no romper un incógnito que es
mi única salvaguardia contra mis enemigos, dichos hombres me condujeron
aquí. Estremecido de terror por mí por si esos hombres de quienes
escapé una vez milagrosamente me conocían, asistí a su condena de V.;
pero sobrevenga lo que sobreviniera, he resuelto compartir su suerte.
--¿Trae V. armas?
--No, pero ¿de qué me servirían contra un número tan considerable de
enemigos?
--Para hacerse V. matar bravamente en lugar de ser ignominiosamente
ahorcado.
--Tiene V. razón, exclamó el joven.
--Silencio, desventurado, profirió don Antonio con viveza; tome V. este
revólver de seis tiros y este puñal; yo me reservo para mí igual número
de armas.
--Ahora ya no les temo, dijo don Melchor estrechando las armas contra
su pecho.
--Así quería verle a V., repuso Cacerbar; los caballos aguardan
ensillados allí, al pie de la colina, a la derecha; si conseguimos
llegar a ellos, estamos salvados.
--Suceda lo que quiera, le doy a V. las gracias, don Antonio, dijo el
joven; y si Dios permite que escapemos...
--Nada me prometa V., interrumpió Cacerbar; ya tendremos ocasión de
saldar nuestras cuentas más adelante.
El fraile dio la absolución al penitente, y transcurridos algunos
minutos este último se levantó con ademán altivo y tranquilo. Es que
estaba seguro de no morir sin vengarse.
De improviso reaparecieron los enmascarados y de nuevo coronaron la
cumbre de la colina. Él que hasta entonces había hecho uso de la
palabra, se acercó al condenado, aliado de quien se había colocado don
Antonio para exhortarle en sus últimos momentos.
--¿Está V. preparado? preguntó a don Melchor el desconocido.
--Sí, respondió fríamente el joven.
--Levanten Vds. la horca y enciendan las antorchas, ordenó él de la
carátula.
Entonces hubo un instante de desorden entre los que obedecían a los
mandatos del desconocido.
Los iniciados estaban tan convencidos de que toda fuga le era imposible
al condenado, y por otra parte era tan poco probable que éste intentase
evadirse de su suerte, que por espacio de algunos minutos descuidaron
su vigilancia; descuido del que don Melchor y su amigo se aprovecharon.
--Ea, exclamó Cacerbar, derribando al hombre colocado más cerca de él,
sígame V.
--Adelante, profirió osadamente don Melchor armando su revólver y
empuñando su puñal.
Y precipitándose ambos y con la cabeza baja en medio de los iniciados,
descargaron furiosamente sus armas a derecha y a izquierda y
consiguieron abrirse paso.
Como todas las acciones desesperadas, la llevada a cabo por aquellos
dos hombres se vio coronada de éxito a causa de su insensatez misma;
hubo una refriega espantosa, una lucha gigantesca de algunos minutos
entre los iniciados sorprendidos de sopetón y los dos hombres resueltos
a escapar o a morir con las armas en la mano: luego se oyó un galope
furioso de caballos, y una voz burlona que a lo lejos gritaba:
--¡Hasta la vista!
Don Melchor y don Antonio corrían a escape camino de Puebla.
Toda esperanza de alcanzarles era inútil; por lo demás, los fugitivos
habían dejado tras sí un surco de sangre: diez cadáveres yacían
tendidos en el suelo.
--¡Deténganse Vds.! gritó don Adolfo a los que se disponían a subirse
sobre sus caballos; déjenles que huyan; don Melchor está condenado y no
evitará su muerte. Luego y como hablando consigo mismo, añadió: pero
¿quién es ese fraile maldito?
León Carral se inclinó hasta el oído de don Adolfo, y le dijo:
--Ese fraile es don Antonio de Cacerbar; le reconocí.
--¡Ah! exclamó con ira el aventurero, ¡otra vez ese hombre!
Algunos minutos después un escuadrón compuesto de unos diez jinetes
tomaba al trote largo el camino de Méjico, al mando de don Jaime, u
Oliverio, o don Adolfo, como al lector le plazca apellidarle.
IV
DON DIEGO
Don Melchor de la Cruz, resuelto a apoderarse a toda costa de la
fortuna de su padre, fortuna que el casamiento de su hermana amenazaba
hacerle perder para siempre, se había entregado en cuerpo y alma a
la política, esperando hallar en medio de los bandos que desde hacía
largo tiempo estaban desgarrando a su patria, la ocasión de satisfacer
su ambición y su insaciable avaricia pescando a manos llenas en las
revueltas aguas de las revoluciones. Dotado de un carácter enérgico
y de grande inteligencia, verdadero bandolero político que sin
vacilaciones ni remordimientos pasaba de un partido a otro según los
beneficios que le ofrecían, siempre dispuesto a servir al que más bien
le pagaba, había llegado a hacerse dueño de importantes secretos que
le hacían temible para todos y le había conquistado cierto crédito
para con los jefes de los partidos a los cuales sirviera uno en pos
de otro; espía de la sociedad encumbrada, había sabido meterse en
todas partes, afiliarse a todas las hermandades y sociedades secretas,
pues poseía por modo imponderable el talento tan envidiado de los
más famosos diplomáticos, de fingir con naturalidad asombrosa los
sentimientos y las opiniones más opuestas. De esta suerte es como se
había hecho admitir entre los miembros de la misteriosa sociedad de
Unión y Fuerza, por la que después debía ser condenado a muerte, con
la firme resolución, tomada de antemano, de vender los secretos de
esta temible asociación, tan pronto se presentase favorable coyuntura.
Don Antonio de Cacerbar consiguió, poco tiempo después, que también
le recibiesen como a miembro de la asociación mencionada. Estos dos
sujetos debían comprenderse a la primera palabra, y tal sucedió.
Pronto les unió la más estrecha amistad. Cuando al principio de sus
relaciones, y a consecuencia de revelaciones anónimas, don Antonio de
Cacerbar, convicto de traición, condenado por la asociación misteriosa
y obligado a defender su vida contra uno de los afiliados, cayó herido
por la espada de su adversario, que le dejó por muerto en medio del
camino, donde, según ya hemos dicho, le encontró Domingo, don Melchor,
que de lejos asistía enmascarado a la sangrienta ejecución, resolvió,
de ser ello posible, salvar a aquel hombre que tan profundas simpatías
le inspiraba. Una vez hubieron partido sus compañeros, y tan pronto le
fue posible, corrió con el intento de auxiliar al herido, pero ya no
le halló; el acaso, al conducir a aquel lugar a Domingo, le arrebató,
con gran pesar suyo, la ocasión tan deseada por él de convertir en
su deudor a don Antonio. Más adelante, cuando éste, medio curado,
había huido de la gruta donde le cuidaban, los dos amigos se habían
encontrado de nuevo, y más afortunado esta vez don Melchor pudo
prestar importantes servicios a Cacerbar. El cual a su vez y en muchas
circunstancias había hallado el medio de que el joven se aprovechase
del crédito oculto de que él gozaba. La única diferencia que entre los
dos existía, era que si bien don Antonio conocía a fondo los negocios
de su asociado, el fin que éste se proponía y los medios de que pensaba
echar mano para conseguirlo, no sucedía lo mismo con don Melchor
respecto de Cacerbar, quien permanecía para él un enigma indescifrable.
El joven había ensayado muchas veces hacer hablar a su amigo y
conducirle a confidencias que le hubieran dado ciertas prerrogativas;
pero aun cuando nada consiguiera, no renunció a descubrir más o menos
tarde lo que el otro parecía tener tanto empeño en ocultar. El último
favor que don Antonio le había prestado, librándole de improviso
de la implacable condena de los afiliados de la Unión y Fuerza,
había colocado, a lo menos provisionalmente, a don Melchor bajo la
dependencia del primero. Don Antonio parecía tomar a pundonor el no
recordar al joven el inmenso peligro de que le salvara, y continuó
sirviéndole como hasta entonces.
El primer cuidado de don Melchor, al entrar en Puebla, fue dirigirse
inmediatamente al convento donde, después de haberla robado, había
relegado a su hermana; pero conforme lo presintiera, ésta había
desaparecido.
Respecto del particular don Antonio no le había dicho sino contadas
palabras, pero de elocuencia terrible: « Sólo los muertos no se
escapan. »
Todas las pesquisas que el joven hizo en Puebla fueron infructuosas;
nadie pudo o quiso ponerle en antecedentes; hasta la madre abadesa del
convento permaneció muda.
--Vámonos a Méjico, le dijo don Antonio; si no está muerta allá la
hallaremos.
No es posible imaginar cuanto hizo Cacerbar para descubrir el retiro
de doña Dolores; lo que sí es cierto, es que dos días después de su
llegada a la ciudad, conocía la vivienda de la joven.
Dejemos por ahora a estos dos personajes, con quienes volveremos a
encontrarnos demasiado pronto, y digamos como quedó libre doña Dolores.
Por orden de don Melchor, ésta había sido encerrada en un convento de
Carmelitas.
La madre abadesa, a quien don Melchor logró hacérsela suya gracias a
una cantidad de dinero muy importante y a la promesa de entregarle
otras más cuantiosa todavía si ejecutaba con celo e inteligencia sus
recomendaciones, no dejaba que la joven recibiese más visita que la de
su hermano, ni le permitía que escribiese carta alguna, ni le entregaba
ninguna de las que para ella llegaban al convento.
De esta suerte doña Dolores pasaba los días en medio de la mayor
tristeza, en una reducidísima celda, privada de toda clase de
relaciones con la sociedad y no conservando ni aun la esperanza de
recobrar la libertad. Por lo demás, su hermano le había dado a conocer
su voluntad respecto de este punto, exigiéndola que tomase el velo.
Renunciar al siglo, éste era el único medio que don Melchor había
hallado para obligar a su hermana a hacerle abandono de bienes.
Sin embargo, el joven, aun cuando se hubiese hecho nombrar tutor de
su hermana, no pudiera haber conducido a ésta a un convento sin una
autorización escrita del gobernador, autorización fácilmente obtenida y
que fue presentada por el secretario particular de su excelencia, don
Diego Izaguirre, a la madre abadesa, al ser conducida al convento doña
Dolores.
La noche del día en que don Melchor había sido tan diestramente
secuestrado por don Adolfo, a quien creía prisionero suyo, a cosa de
las nueve de ella, tres hombres envueltos en tupidas capas y montados
en sendos y vigorosos caballos, se detuvieron a la puerta del convento,
a la que llamaron. La tornera abrió un portillo, cruzó en voz baja
algunas palabras con uno de los jinetes que había echado pie a tierra,
y satisfecha sin duda de las respuestas que éste le diera, entreabrió
la puerta y dio paso al visitador nocturno. El cual entregó entonces
las bridas de su caballo a uno de sus compañeros y penetró en la santa
casa mientras en la calle le aguardaban éstos. Cerrada la puerta
tras el desconocido, éste, acompañado de la tornera, atravesó muchos
corredores, hasta que su guía abrió la celda de la abadesa y anunció
a don Diego Izaguirre, secretario particular de su excelencia el
gobernador. Don Diego, después de cruzar algunos cumplidos, sacó de uno
de los bolsillos de su dolmán un paquete y lo entregó a la abadesa, la
cual lo abrió y lo leyó rápidamente.
--Perfectamente, señor, dijo ésta, estoy pronta a obedecerle a V.
--Recuerde V. bien, señora, lo que dice la orden que la he comunicado y
que me veo obligado a recobrar. Todos, absolutamente todos, añadió don
Diego recalcando la palabra, deben ignorar de qué modo ha salido doña
Dolores del convento; esta recomendación es importantísima.
--No la olvidaré, señor.
--Es V. libre de decir que se escapó; ahora le ruego se sirva mandar
recado a doña Dolores.
La abadesa dejó a don Diego en su celda y fue a buscar personalmente a
la joven.
Una vez a solas, Izaguirre rompió en mil pedazos la orden que había
mostrado a la abadesa y los arrojó al brasero, cuyo fuego los consumió
en un instante.
--Eso me importa, dijo entre sí don Diego mirando como ardían los
restos de la orden, que el gobernador se dé un día u otro cata de la
perfección con que imito su firma.
No transcurrido un cuarto de hora apareció de nuevo la abadesa, quien
dijo a Izaguirre:
--Aquí está doña Dolores de la Cruz; tengo la honra de depositarla en
manos de V.
--Está bien, señora, repuso el joven, y pronto espero demostrar a
V. que su excelencia sabe, cuando se presenta el caso, recompensar
dignamente a las personas que le obedecen sin vacilaciones y
desinteresadamente.
La abadesa hizo un humilde saludo y levantó los ojos hacia el cielo.
--¿Está V. dispuesta, señorita? preguntó don Diego a la joven.
--Sí, respondió ésta lacónicamente.
--Entonces hágame V. el favor de seguirme.
--Vamos, dijo la joven envolviéndose en su mantilla y sin despedirse de
la abadesa.
Don Diego y doña Dolores abandonaron la celda, y conducidos por la
abadesa llegaron a la puerta del convento. Una vez en la cual, la
acompañante alejó bajo un fútil pretexto a la tornera, abrió por su
propia mano la puerta, y una vez fuera don Diego y la joven, saludó por
última vez al secretario del gobernador y volvió a cerrar como si la
apremiara el deseo de verse libre de su presencia.
--Señorita, dijo respetuosamente don Diego a la joven, tenga V. la
amabilidad de subirse sobre este caballo.
--Señor, repuso doña Dolores con voz triste pero firme, soy una pobre
huérfana indefensa, por lo tanto le obedezco sin oponer resistencias
inútiles, pero...
--Doña Dolores, dijo entonces uno de los jinetes, nos envía don Jaime.
--¡Oh! exclamó con gozo la joven, es la voz de don Carlos.
--Sí, señorita; de consiguiente tranquilícese usted y monte a caballo
sin tardanza.
La joven se subió con ligereza sobre el caballo de don Diego.
--Ahora, señores, dijo éste, ya no necesitan ustedes de mí; adiós, a
escape y buen viaje.
Los jinetes desaparecieron como un torbellino.
--¡Cómo corren! dijo riendo don Diego; creo que don Melchor se verá
apuradillo para alcanzarles.
Y envolviéndose en su capa tomó pedestremente la vuelta del palacio del
gobernador, donde vivía.
Los dos hombres que acompañaban a la joven eran Domingo y León Carral;
los cuales, después de haber galopado durante toda la noche, al
amanecer llegaron a un rancho abandonado donde les estaban aguardando
muchas personas, entre las que doña Dolores conoció a don Adolfo y al
conde.
Ahora, rodeada de sus devotos amigos, nada tenía que temer, estaba
salvada.
El gozo de la joven, al llegar a Méjico escoltada por sus valientes
amigos, fue inmenso, pero lo experimentó imponderablemente mayor al
entrar en la casita donde todo estaba anticipadamente dispuesto para
recibirla y al arrojarse llorando en brazos de doña María y de doña
Carmen.
Don Adolfo y sus amigos se retiraron discretamente, dejando a las damas
que se hiciesen sus confidencias.
El conde, a fin de velar más de cerca por la seguridad de la joven,
hizo que su ayuda de cámara alquilase una casa situada en la calle
misma en que aquélla habitaba y ofreció a Domingo, que aceptó con
diligencia, compartir con él su vivienda.
A fin de no despertar sospechas y de no llamar la atención sobre la
casa de las tres damas, se convino que Luis y Domingo no irían a ella
sino de tarde en tarde y que las visitas serían sumamente cortas.
En cuanto a don Adolfo, apenas doña Dolores quedara instalada en su
casa, había anudado su vida errante y se hizo nuevamente invisible;
a las veces, cerrada ya la noche, se presentaba de improviso en la
habitación de los dos jóvenes, cuya mayordomía desempeñaba León
Carral, pretendiendo que pues el conde debía casar con su joven ama,
éste era el amo y él el mayordomo; el conde, para no disgustar al
honrado servidor, había respetado su antojo. En sus raras apariciones,
el aventurero departía, por espacio de algún tiempo, sobre asuntos
indiferentes, con ambos jóvenes, y luego se separaba de ellos
recomendándoles la mayor vigilancia. Nada de particular ocurrió durante
el transcurso de muchos días. Doña Dolores, bajo la benéfica impresión
de la dicha, había recobrado la alegría y la indolencia propias de su
edad; ella y Carmen charlaban de la mañana a la noche en todos los
rincones de la casa, y aun doña María, que experimentaba el influjo de
alegría tan franca, parecía haber rejuvenecido y de cuando en cuando
se le iluminaban sus severas facciones y por los labios le vagaba una
sonrisa. El conde y su amigo, que a pesar de las recomendaciones de don
Jaime frecuentaban cada vez más a menudo y por más tiempo la morada de
las damas, con sus visitas amenizaban la monótona existencia de éstas,
reclusas voluntarias que nunca ponían los pies en la calle y vivían en
la ignorancia más absoluta de cuanto en torno de ellas pasaba.
Una noche en que, para matar el tiempo, el conde estaba jugando una
partida de ajedrez con Domingo, y en que, poco atentos al juego,
permanecían uno frente de otro con el codo sobre la mesa y la cabeza
en la palma de la mano en actitud del que medita una gran jugada, pero
en realidad para pensar en otra cosa, llamaron recio a la puerta de la
calle.
--¿Quién diablos puede venir a estas horas? exclamaron los dos a un
mismo tiempo y estremeciéndose.
--Es más de media noche, dijo Domingo.
--Como no sea Oliverio, profirió el conde, no sé quién pueda ser.
--Indudablemente será él, repuso Domingo.
En esto se abrió la puerta del aposento y apareció don Jaime.
--Buenas noches, señores, dijo el aventurero, no me aguardaban Vds. a
estas horas, ¿no es verdad?
--Siempre le estamos aguardando a usted, amigo mío, respondió el conde.
--Gracias, profirió don Jaime; y volviéndose hacia el ayuda de cámara
que le alumbraba, añadió: aderéceme V. algo para cenar, señor Raimbaut.
Una vez éste se hubo salido, don Jaime arrojó el sombrero sobre un
mueble, se dejó caer en una silla y empezó a darse aire con su pañuelo.
--¡Uf! dijo el aventurero dirigiéndose a los dos jóvenes, estoy
pereciendo de hambre.
V
LA CENA
Luis y Domingo contemplaban a don Jaime con sorpresa que en vano
trataban de disimular y que a su pesar se les reflejaba en el semblante.
Con ayuda de Lanca Ibarru, Raimbaut bajó una mesa cubierta de platos y
la colocó ante don Adolfo.
--Vive Dios, señores, dijo alegremente el aventurero, el señor Raimbaut
ha tenido la fina atención de poner tres cubiertos, previendo sin duda
que Vds. no se negarían a acompañarme; háganme pues el obsequio de dar
por unos instantes tregua a sus pensamientos y vengan a sentarse a la
mesa.
--De mil amores, contestaron Luis y Domingo tomando sitio al lado de
don Jaime.
El cual empezó a comer con envidiable apetito, mientras hablaba con
facundia y animación hasta entonces desconocida de sus amigos. La
boca del aventurero era un manantial de agudezas, de frases luminosas
y de anécdotas contadas con la finura más exquisita. El conde y
Domingo cruzaban continuas miradas, como quien no comprendía jota
de aquel buen humor tan singular; porque no obstante la chispa de
sus palabras y la soltura de sus maneras, la frente del aventurero
permanecía cuidadosa y su semblante conservaba la máscara fríamente
burlona que le era habitual. Sin embargo, excitados a pesar suyo por
aquella alegría comunicativa a no poder más, no habían tardado todos
en olvidar sus preocupaciones y en dar entrada a buen humor tan franco
en la apariencia; así es que a poco empezó entre los tres un tiroteo
de agudezas y chistes que se confundió con el choque de los vasos y el
ruido de los cuchillos y de los tenedores.
Los criados habían sido despedidos y por consiguiente quedadon solos
los tres amigos.
--Por mi vida, señores, dijo don Adolfo destapando una botella de
champaña, que a mi ver de todas las comidas la mejor es la cena;
nuestros padres lo estimaban así y hacían perfectamente; entre las
buenas costumbres que se van, ésta es una y pronto la olvidarán del
todo. Y a fe que lo sentiré en el alma.
Don Jaime llenó los vasos de sus compañeros, y luego dijo:
--Déjenme Vds. que beba a su salud con este vino, uno de los más
preciosos productos de su patria.
Y después de haber chocado, se bebió de un sorbo el contenido de su
vaso.
Las botellas se sucedían con rapidez; los vasos estaban tan pronto
llenos como vacíos.
Los tres amigos no tardaron en ponerse alegres. Entonces encendieron
sendos puros y la emprendieron con el ron de Jamaica, el refino de
Cataluña y con el aguardiente de Francia. Luego con los codos en la
mesa, envueltos en espesa nube de odorífero humo, los tres hablaron
con un poco más de orden, e insensiblemente y sin que de ello se
percatasen, su conversación tomó poco a poco un sesgo más serio y más
confidencial.
--¡Bah! profirió prontamente Domingo apoyándose en el respaldo de su
silla, la vida es buena y sobre todo hermosa.
A este arranque, que caía exabrupto como un aerolito en medio de la
conversación, el aventurero se echó a reír de un modo nervioso y
áspero, y dijo:
--¡Bravo! a eso le llamo yo filosofía pura. Este hombre, que ignora de
quién y dónde nació, que ha crecido como un hongo, y no ha conocido
más amigo que a mí, que no tiene dónde caerse muerto, halla hermosa
la vida y se congratula de gozarla. Por mi alma que me gustaría oírle
desenvolver semejante teoría.
--Nada más fácil, profirió el joven con la mayor impasibilidad;
es cierto que no sé dónde nací, pero esto constituye para mí una
ventaja: la tierra entera es mi patria. Sea cual fuere la nación a que
pertenezcan los hombres, son paisanos míos. También es cierto que no
conozco a mis padres; mas ¿quién sabe si asimismo es una dicha para mí?
Con su abandono me han eximido del respeto y de la gratitud por los
cuidados que me habrían prodigado, y me han dejado en libertad de obrar
a mi antojo, sin que tenga que temer sus censuras. No he tenido en mi
vida sino un amigo; ha dicho usted bien; pero ¿cuántos hombres pueden
vanagloriarse de tener tantos? El mío es bueno, sincero y devoto, lo
he tenido siempre a mi lado, cuando de él he tenido necesidad, para
gozarse en mis alegrías, entristecerse con mis penas, y sostenerme y
unirme con su amistad a la gran familia humana de la que a no ser él
estaría desterrado. No poseo donde caerme muerto; verdad innegable
también; pero ¿qué me importan a mí las riquezas? Soy fuerte, animoso
e inteligente; además ¿no está el hombre condenado al trabajo? Pues
cumplo mi cometido como los otros, tal vez más bien que los otros,
porque no envidio a nadie y me conformo con mi suerte. Ya ve V., mi
querido don Adolfo, que la vida es, para mí a lo menos, como hace
poco dije, buena y hermosa, y le reto a V., tan escéptico y lleno de
desengaños, a que me demuestre lo contrario.
--Muy bien, repuso el aventurero; todas las razones que acaba V. de
exponerme, aunque especiosas y fáciles de refutar, no dejan de parecer
muy lógicas; pero no me tomaré el trabajo de discutirlas; lo único que
le haré observar a V., es que se equivoca al calificarme de escéptico:
desengañado tal vez lo estoy; pero escéptico no lo seré nunca.
--¡Oh! ¡oh! profirieron, a una los dos jóvenes, esto necesita una
explicación, don Adolfo.
--Si me la exigen Vds. se la daré, repuso el aventurero; mas, ¿de qué
aprovecharía? Voy a hacerles una proposición que a mi ver les placerá
grandemente.
--¿Qué proposición es esa?
--Casi es ya de madrugada; dentro de contadas horas amanecerá; Vds.
ni yo sentimos sueño. ¿Qué les parece si nos quedásemos aquí mismo y
continuásemos hablando?
--Por mi parte acepto, respondió el conde.
--Lo mismo digo, añadió Domingo; pero ¿de qué hablaremos?
--Si Vds. quieren les referiré un lance, o una historia, como les
plazca llamarle, que oí hoy mismo y cuya veracidad les abono, ya que él
que me la contó es hombre a quien conozco hace muchos años y desempeñó
un papel en ella.
--¿Por qué no nos cuenta V. su propia historia, don Adolfo? debe de
estar llena de peripecias conmovedoras y de incidentes por demás
curiosos, dijo intencionadamente el conde.
--Se equivoca V., mi querido amigo, replicó Oliverio con bondadoso
gesto; nada hay más insustancial y despojado de interés que lo que
os place apellidar mi historia; poco más o menos es la de todos los
contrabandistas; porque, añadió en tono de confidencia, ya saben
ustedes que no soy otra cosa. Todos llevamos la misma existencia; nos
valemos de mil ardides para pasar las mercancías que nos confían, y
la aduana se vale de los mismos medios para impedírnoslo y apoderarse
de ellos; de ahí conflictos que a las veces, pero muy poco a menudo,
gracias a Dios, resultan sangrientos. Esto es en sustancia la historia
que me ha pedido usted, señor conde; ya ve V. que en la esencia no
encierra interés alguno.
--No insisto, mi querido don Adolfo, repuso el joven sonriendo; así
pues doblemos la hoja.
--Entonces es V. libre de dar comienzo a la historia que ofreció
contarnos, dijo Domingo al aventurero.
Oliverio llenó un vaso de champaña con refino de Cataluña, lo vació de
un sorbo, y golpeando la mesa con el mango de un cuchillo, dijo:
--Atención, señores, voy a dar principio; pero ante todo debo solicitar
su indulgencia por ciertas lagunas y sobre todo por algunos puntos
oscuros que aparecerán en mi relato; repito a ustedes que no haré
sino relatar lo que me contaron a mí mismo, que por consiguiente hay
muchas cosas que las ignoro y que no puedo ser responsable de las
reticencias hechas probablemente con intención por el primer narrador,
que indudablemente tiene sus razones para callarse ciertos incidentes
de esta historia, por lo demás muy curiosa.
--Empiece V., empiece V., dijeron los dos jóvenes.
--Todavía encierra otra dificultad este relato, continuó don Jaime
con la mayor imperturbabilidad, y es que ignoro completamente en qué
tierra pasó; pero esto no tiene sino una importancia relativa, ya que
poco más o menos los hombres son los mismos en todas partes, es decir,
movidos y señoreados por vicios y pasiones idénticos. De lo que creo
estar cierto es de que los hechos pasaron en el viejo mundo; pero
Vds. van a juzgar. Había en Alemania (supongamos que fue en Alemania
donde pasó esta verídica historia); había en Alemania, repito, una
familia rica y poderosa cuya nobleza se perdía en la noche de los
tiempos. Ya saben ustedes, de fijo, que la nobleza alemana es una de
las más antiguas de Europa y que entre ella las tradiciones sobre
el honor se han conservado casi intactas hasta hoy. Ahora bien, el
príncipe de Oppenheim-Schlewig, que así le llamaremos, el jefe de esta
familia, era príncipe y tenía dos hijos poco más o menos de la misma
edad, pues el mayor no llevaba sino dos o tres años al menor, ambos
gentiles de cuerpo y dotados de grande inteligencia; estos dos jóvenes
habían sido educados con todo cuidado, bajo la vigilancia directa de
su padre. En Alemania no pasa como en América; la potestad del jefe
de la familia está muy extendida y no es menos respetada; hay algo
realmente patriarcal en el modo como se conserva la disciplina interior
de la casa. Los jóvenes se aprovechaban de las lecciones que recibían,
pero a medida de los años iban caracterizándose sus inclinaciones, y
en este punto pronto les separó una diferencia marcadísima, por más
que ambos fuesen caballeros cumplidos, en la acepción vulgar de la
palabra. Sin embargo, sus cualidades morales, si puedo expresarme así,
diferían de todo en todo: el primero era apacible, afable, servicial,
grave, esclavo de sus deberes y sobre todo imbuido en superlativo grado
del honor de su apellido; el segundo mostraba gustos diametralmente
opuestos; por más que era extremadamente orgulloso y estaba muy más
pagado de su nobleza, no reparaba en comprometer el respeto que debía
a su apellido, en los garitos más inmundos y entre gente la más soez;
en una palabra, llevaba la vida más disipada y borrascosa. El príncipe
se condolía a solas del desenfreno de su segundogénito, y para traerle
a buen camino le había llamado repetidas veces a su presencia y le
había dirigido las más severas amonestaciones. El joven había escuchado
respetuosamente a su padre y le había prometido enmendarse, pero en vez
de cumplir su promesa, redobló sus escándalos.
Francia declaró la guerra a Alemania. El príncipe de Oppenheim-Schlewig
fue uno de los primeros que obedeciendo las órdenes del emperador
ingresó en el ejército, en compañía de sus dos hijos, que le seguían en
calidad de edecanes e iban a recibir su bautismo de sangre. Pocos días
después de su llegada al campamento, el príncipe recibió del general
en jefe orden de practicar un reconocimiento. Se trabó con este motivo
una seria escaramuza con los forrajeadores enemigos, y en lo más recio
de la pelea el príncipe cayó del caballo, muerto; pero lo singular del
caso y que nunca pudo explicarse, fue que la bala que acabó con él, le
había entrado por entre los hombros, de atrás a delante.
Don Adolfo hizo una pausa y dijo a Domingo:
--Deme V. de beber.
El joven le escanció un vaso de ponche; el aventurero se lo sorbió casi
hirviendo, y después de haberse pasado la mano por la frente, pálida y
empapada en sudor, anudó su relato en estos términos:
--Los dos hijos del príncipe, que se encontraban a bastante distancia
de éste cuando ocurrió la catástrofe, acudieron apresuradamente, pero
no hallaron sino el ensangrentado cadáver de su padre. El dolor de los
dos jóvenes fue hondísimo, él del primogénito, sombrío, por decirlo
así, él del menor, ruidoso. Pese a las más minuciosas pesquisas, fue
imposible descubrir como yendo el príncipe al frente de sus soldados,
quienes adoraban en él, pudo ser herido por la espalda; esto permaneció
siempre envuelto en el misterio. Los jóvenes se separaron del ejército
y regresaron a su hogar, tomando el primogénito el título de príncipe
y pasando a ser el jefe de la familia. En Alemania el derecho de
primogenitura existe en todo su vigor; así pues el menor dependía
completamente de su hermano; pero no queriendo éste dejarle en una
situación inferior y vergonzosa, le donó la fortuna de su madre, unos
cuatrocientos mil duros, le dejó completamente libre de sus acciones y
le autorizó para que tomara el título de marqués.
--De duque, querrá V. decir, interrumpió el conde.
--Esto es, repuso don Adolfo, mordiéndose los labios, ya que era
príncipe; pero ya sabe usted, añadió con sonrisa amarga, que nosotros
los republicanos no estamos muy al tanto de esos títulos pomposos que
no nos merecen sino el más profundo desprecio.
--Prosiga V., dijo Domingo con indolencia.
--El duque realizó su fortuna, se despidió de su hermano y partió para
Viena, desde cuya fecha el príncipe, que había permanecido en sus
tierras en medio de sus vasallos no oyó hablar de su hermano sino muy
de tarde en tarde, y aún no de modo que pudiese darle satisfacción
alguna. El duque no ponía ya dique a sus desenfrenos, llegando los
escándalos a tal extremo, que el príncipe se vio constreñido a tomar
una resolución severa y a intimar a su hermano la orden de abandonar
inmediatamente el reino; orden que éste obedeció sin replicar. Durante
una larga serie de años el duque viajó por Europa, y cuando escribía a
su hermano, lo que rara vez acontecía, era para notificarle los cambios
que según decía en él se habían operado y la reforma radical de su
conducta. Creyese o no en sus protestas, el príncipe juzgó no deber
dispensarse de anunciar a su hermano su próxima boda con una noble
heredera, joven, hermosa y rica; y tal vez presumiendo que a causa de
la distancia el duque no podría concurrir a ella, le invitó a asistir a
la bendición nupcial. Si tal creyó, se equivocó de medio a medio, pues
el duque llegó la víspera de la boda. Su hermano le recibió con agasajo
y le señaló habitación en su propio palacio, y al día siguiente se
efectuó la unión proyectada. La conducta del duque fue irreprochable;
viviendo en compañía de su hermano, parecía aplicarse en complacerle
en todo y en demostrarle a cada paso que su conversión era sincera. En
una palabra, desempeñó tan perfectamente su papel, que engañó a todos,
y al príncipe el primero; el cual no sólo le devolvió su amistad, sino
que no tardó en concederle toda su confianza. Muchos meses hacía ya que
el duque había regresado de sus viajes y parecía haber tomado la vida
por lo serio y no sustentar sino un deseo: el de reparar sus faltas de
la juventud. Acogido en el seno de todas las familias, al principio
con cierta prevención, pero con distinción a no tardar, había casi
logrado hacer olvidar los deslices de su pasada existencia, cuando no
sé a propósito de qué fiesta o de qué aniversario, se celebraron en
aquella tierra regocijos extraordinarios. Cumpliendo con su deber,
el príncipe tomó, como era natural, la iniciativa de las diversiones
y aun a instancias de su hermano resolvió darlas más brillo tomando
personalmente una parte importante en las mismas. Se trataba de
representar un como torneo, para el cual la primera nobleza de las
comarcas circunvecinas, a invitación del príncipe, habían ofrecido con
solicitud su concurso. Por fin llegó el día de las justas. La joven
esposa del príncipe, bastante adelantada en una preñez laboriosa,
movida por uno de esos presentimientos que nacen del corazón y nunca
engañan, intentó en vano disuadir a su marido de que bajase a la
liza, confesándole en medio de lágrimas que temía una desventura; el
duque unió su voz a la de su cuñada para recabar de su hermano que se
abstuviera de aparecer en el torneo más que como simple espectador.
El príncipe, que creía su honor comprometido en la empresa, fue
inquebrantable en su resolución, y después de chancearse y de tildar de
quiméricos sus temores, se subió sobre su caballo y partió. Una hora
después le llevaron moribundo a su palacio. Por acaso extraordinario,
por fatalidad inaudita, el desventurado príncipe había encontrado la
muerte en el sitio mismo donde pretendiera hallar el placer. El duque
demostró el más profundo dolor por la espantosa muerte de su hermano.
Inmediatamente se procedió a abrir el testamento del príncipe, por el
cual éste nombraba heredero universal de todos sus bienes a su hermano,
siempre y cuando la princesa, cuya preñez tocaba a su fin, no pariese
varón, en cuyo caso éste heredaría los bienes y títulos de su padre y
permanecería durante su minoridad bajo la tutela de su tío. Al saber
la muerte de su marido, a la princesa le asaltaron repentinamente los
dolores del parto, y dio a luz una niña.
Anulada por lo tanto la cláusula segunda del testamento, el duque
tomó el título de príncipe y se apoderó de la fortuna de su hermano.
La princesa, no obstante los halagadores ofrecimientos que le hizo su
cuñado, no quiso continuar viviendo, como extraña, en un palacio donde
había sido dueña y señora, y se retiró al seno de su familia.
El aventurero hizo una pausa, y luego preguntó a sus oyentes, sonriendo
con ironía:
--¿Qué les parece a Vds. la historia?
--Aguardo que haya V. dado fin a ella para manifestarle mi parecer,
dijo el conde.
--¿Así pues V. cree que no he terminado? arguyo don Adolfo dirigiendo
una mirada límpida y penetrante a Luis.
--Todas las historias se componen de dos partes distintas, replicó éste.
--¿Cuáles?
--La apócrifa y la verdadera.
--Si no se explica V...
--De mil amores; la parte apócrifa es la pública, la que todo bicho
viviente sabe y puede comentar y referir a su antojo.
--Corriente, profirió el aventurero; ¿y la parte real?
--Ésta es la secreta, la misteriosa, conocida de dos o tres personas a
lo sumo; la piel de cordero arrebatada de encima de los lomos del lobo.
--O la máscara de virtud arrancada del rostro del bandido, exclamó con
arranque terrible el aventurero; ¿no es eso?
--En efecto, así es.
--¿Y V. aguarda la parte segunda de esta historia?
--Sí, respondió con gravedad el conde.
Don Adolfo permaneció por espacio de dos o tres minutos con la frente
apoyada en la palma de la mano, luego irguió con altivez la cabeza,
vació de un trago el vaso que ante sí tenía, y con voz nerviosa y
entrecortada, dijo:
--Entonces escuche V., porque por Dios vivo le juro que lo que ahora
voy a contar vale la pena de ser oído.
VI
REVELACIÓN
Hubo una larga pausa de silencio, durante la cual nuestros tres
personajes permanecieron sumergidos en profundas meditaciones.
Por fin don Adolfo rompió el hechizo que parecía encadenarles, y
tomando de improviso la palabra, continuó en estos términos:
--La princesa tenía un hermano, en aquel entonces no mayor de veintidós
años; era éste caballero cumplido, diestro en todos los ejercicios
del cuerpo, valiente como su espada, muy bien quisto de las damas,
a las cuales correspondía, y bajo una apariencia de frivolidad
escondía un carácter muy formal, una inteligencia privilegiadísima
y una energía indómita. El hermano ese, a quien daremos el nombre
de Octavio, si a Vds. les place, quería sinceramente a su hermana,
por lo mucho que la pobre había sufrido, y él fue el primero que la
indujo a que abandonase el palacio de su difunto marido y se volviese
al seno de su familia, y a que reclamase su viudedad y rechazase los
ofrecimientos del príncipe su cuñado; y es que Octavio, sin que a los
ojos de la sociedad cosa alguna justificase la conducta que guardara
para con el príncipe, sentía hacia éste la repulsión más viva. Sin
embargo, no por esto había dejado de relacionarse con él, si bien es
verdad que le visitaba rarísimas veces. Estas entrevistas, siempre
frías y molestas para el joven, eran, por el contrario, cordiales y
afectuosas por parte del príncipe; el cual con sus cariñosos modales
y sus ofrecimientos ensayaba atraerse al joven, cuya repulsión había
adivinado. La princesa, retirada entre su familia, educaba a su hija
apartada de la sociedad, con ternura y abnegación verdaderamente
extraordinarias. Dicha señora no se había quitado el luto desde la
muerte de su esposo; pero lo llevaba más aún en el corazón que en el
traje, porque la catástrofe que la dejara viuda, la tenía siempre fija
en la mente con la tenacidad de los corazones amantes para los cuales
el tiempo no avanza. Si alguna vez y por acaso alguno pronunciaba el
nombre de su cuñado en medio del retiro en que ella voluntariamente se
confinara, la conmovía de improviso un temblor convulsivo, de pálida se
tornaba lívida, y sus grandes ojos, abrasados por la fiebre e inundados
de lágrimas, se fijaban entonces en su hermano Octavio con singular
expresión de reproche y de desesperación, cual si quisiese darle a
conocer que era muy tardía la venganza que la prometiera. El príncipe,
ya ahora hombre maduro, había reflexionado que él era el último de su
estirpe y que por lo tanto era urgente, si no quería que los bienes
y los títulos de su familia pasasen a colaterales lejanos, tener un
heredero de su apellido; en fuerza de este raciocinio, había pues
entablado negociaciones con un gran número de familias principescas
del país, y en la época a que hemos llegado, unos ocho años después de
la muerte de su hermano, se hablaba mucho del próximo matrimonio del
príncipe con la hija de una de las más nobles casas de la confederación
germánica. Todas las ventajas se encontraban reunidas en tal alianza,
destinada a acrecentar aún más la importancia y riqueza proverbiales
de la casa de Oppenheim-Schlewig: la novia era joven y hermosa y por
alianza pertenecía a la casa reinante de Habsburgo. El príncipe, pues,
daba a esta unión la mayor importancia y hacía cuanto de él dependía
para apresurarla. En esto el conde Octavio se vio constreñido, a causa
de tener que arreglar ciertos asuntos de interés, a abandonar su
residencia y trasladarse por algunos días a una ciudad distante unas
veinte leguas escasas. El joven se despidió de su hermana, se subió
a una silla de postas y partió. Dos días después y a eso de las ocho
de la noche llegó Octavio a la ciudad de Bruneck y se hospedó en una
casa de su propiedad, situada en la plaza principal de la población y
a contados pasos del palacio del gobernador. Bruneck es una pequeña
y linda ciudad del Tirol, construida en la margen derecha del Rienz,
y cuya población, compuesta de mil quinientos a mil seiscientos
habitantes, ha conservado y todavía conserva en lo presente, las
costumbres patriarcales, sencillas y severas de sesenta años atrás. El
conde Octavio notó con sorpresa, a su entrada en la ciudad, que en ella
reinaba un movimiento inusitado; a pesar de lo avanzado de la hora, las
calles que atravesó su silla de posta estaban llenas de una multitud
inquieta que iba, venía y corría en todas direcciones dando voces por
demás singulares; casi todas las casas estaban iluminadas, y en la
plaza ardían grandes fogatas. Tan pronto el conde estuvo en su casa se
sentó a la mesa para cenar, informándose, al mismo tiempo, de la causa
de aquella efervescencia extraordinaria.
--Ahora voy a decirles lo que el conde Octavio supo: el Tirol es un
país sumamente montañoso, es la Suiza del Austria; pues bien, la
mayor parte de aquellas montañas sirve de madriguera a numerosas
gavillas de bandidos, cuya única ocupación consiste en exigir rescate
a los viajeros a quienes su funesta estrella les lleva por aquellos
vericuetos, y en entrar a saco en los villorrios y aun en ocasiones en
villas importantes. Desde hacía muchos años, un capitán de bandoleros,
más diestro y emprendedor que los otros, a la cabeza de una numerosa,
resuella y disciplinada gavilla, desolaba la comarca, atacaba a los
viajeros, incendiaba y saqueaba las aldeas, y no vacilaba, cuando el
caso lo requería, en oponer resistencia a los soldados enviados en
su persecución, los cuales, con harta frecuencia, llevaban la peor
parte. Dicho bandolero había acabado por infundir tal terror en aquella
comarca, que sus habitantes concluyeron por reconocer tácitamente su
dominación y le obedecían temblando, persuadidos como estaban de que
era imposible vencerle. Como era natural, el gobierno austriaco no
quiso admitir este pacto estipulado con salteadores, y resolvió acabar
con ellos a toda costa. Durante un espacio de tiempo bastante dilatado,
todos sus esfuerzos resultaron infructuosos; aquel capitán de bandidos,
maravillosamente servido por sus espías, estaba siempre al tanto de
cuanto se maquinaba contra él; así es que dirigía sus movimientos en
consonancia con las necesidades, y lograba sustraerse con la mayor
facilidad a la persecución de que era objeto y escapar de todos los
lazos que le armaban. Pero lo que no consiguiera la fuerza, lo logró
por último la traición; uno de los secuaces del -Brazo Rojo-, que
tal era el nombre de guerra del bandido, descontento de la parte que
le dieran en el reparto de un cuantioso robo efectuado algunos días
antes y creyéndose perjudicado por su capitán, resolvió vengarse de él
traicionándole. Una semana después -Brazo Rojo- fue sorprendido por
las tropas, de quienes quedó prisionero al igual que los principales
de su gavilla. Los que pudieron apelar a la fuga, desmoralizados por
la captura de su capitán no habían tardado en caer en poder de sus
perseguidores; de modo que la gavilla quedó completamente destruida.
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