Para neutralizar todo lo posible el aislamiento en que dejaban a su
partida, el Jaguar inauguró una táctica que hasta entonces había
triunfado siempre. Lo que se necesitaba era ganar tiempo y perpetuar la
guerra, aunque se sostuviese una lucha desigual. Para esto era preciso
envolver en el misterio su debilidad, mostrarse en todas partes, no
detenerse en ninguna, encerrar al enemigo en una red de adversarios
invisibles, obligarle a mantenerse de continuo con la bayoneta cruzada
en el vacío, con los ojos inútilmente fijos en todos los puntos del
horizonte, hostigado sin cesar, aunque sin ser nunca atacado en
realidad ni formalmente por fuerzas respetables: éste fue el plan que
el Jaguar inauguró contra los mejicanos, a quienes enervó así en esa
fiebre de la ansiedad y de lo desconocido, que es la enfermedad más
temible para los que tienen de parte suya a la fuerza.
Por eso el Jaguar y los cincuenta o sesenta jinetes que tenía bajo su
mando eran más temidos por el gobierno mejicano que todas las demás
fuerzas reunidas de los insurgentes.
Así pues, un prestigio inaudito rodeaba al jefe temible de aquellos
hombres a quienes era imposible coger; un temor supersticioso les
precedía, y su sola aproximación introducía el desorden entre las
tropas enviadas contra ellos.
El Jaguar aprovechaba hábilmente sus ventajas para intentar las
expediciones más aventuradas y los golpes de mano más temerarios.
El que en aquel momento meditaba era uno de los más atrevidos que
había concebido hasta entonces: trataba nada menos que de arrebatar
la conducta de plata y coger prisionero al capitán Melendez, oficial
a quien con razón consideraba como a uno de sus adversarios más
temibles, y con el cual, por esto mismo, ardía en deseos de medir sus
fuerzas, comprendiendo que si lograba vencerle, esta acción audaz daría
al instante mucho lauro a la insurrección y le atraería numerosos
partidarios.
El Jaguar, después de haber dejado detrás de sí a John Davis, se
adelantó con rapidez hacia un poblado bosque que se destacaba en
el horizonte con un color oscuro, y en el cual se proponía acampar
aquella noche, pues no podía llegar a la barranca del Gigante hasta
el siguiente día muy tarde. Además, quería quedarse cerca de los dos
hombres que había destacado como exploradores, con el fin de hallarse
más pronto al corriente del resultado de sus operaciones.
Un poco antes de la puesta del sol los insurgentes llegaron al bosque y
desaparecieron inmediatamente bajo la enramada.
Cuando el Jaguar hubo llegado a la cumbre de una pequeña colina que
dominaba el paisaje, mandó hacer alto y echar pie a tierra, y dio la
orden de acampar.
En el desierto se organiza muy pronto un campamento.
A fuerza de hachazos se desembaraza un espacio suficiente, se encienden
hogueras de trecho en trecho para alejar a las fieras, se manean los
caballos, se colocan los centinelas para velar por la común seguridad,
luego cada cual se tiende delante de la lumbre, se envuelve en sus
mantas y todo está dicho. Aquellas rudas naturalezas, acostumbradas a
arrostrar la intemperie de las estaciones, duermen tan profundamente
bajo la celeste bóveda como los habitantes de las ciudades en el seno
de sus suntuosas moradas.
Cuando cada cual se hubo entregado al descanso, el joven hizo una ronda
con el fin de cerciorarse de que todo estaba en orden, y luego volvió a
sentarse junto al fuego y quedó sumido en serias meditaciones.
Trascurrió la noche entera sin que hiciese el movimiento más leve, y
sin embargo no dormía; sus ojos estaban abiertos y fijos en los tizones
de la hoguera que acababa de consumirse lentamente.
¿Cuáles eran los pensamientos que arrugaban su frente y le hacían
fruncir el entrecejo?
Nadie hubiera podido decirlo.
¡Quizás viajaba por la región de las quimeras, quizás soñaba despierto,
halagándose con una de esas hermosas ilusiones de los veinte años, que
son tan embriagadoras y tan engañosas!
De pronto se estremeció y se enderezó como si le hubiese impulsado un
resorte.
En aquel momento aparecía el sol en el horizonte y comenzaba a disipar
lentamente las tinieblas.
El joven inclinó el cuerpo hacia adelante y escuchó.
Oyóse a corta distancia el ruido seco que producen los muelles de un
fusil al montarse, y un centinela oculto entre los matorrales, gritó
con voz breve y acentuada.
--¿Quién vive?
--¡Amigo! respondió otra voz desde más lejos.
El Jaguar se estremeció, y hablando consigo mismo, murmuró:
--¡Tranquilo aquí! ¿Por qué razón me buscará?
En seguida se lanzó en la dirección en que suponía que había de
encontrar al cazador de tigres.
XXII.
EL ZORRO-AZUL.
Volveremos ahora al Zorro-Azul y a sus dos compañeros, a quienes en un
capítulo anterior abandonamos en el momento en que, oyendo silbar una
bala junto a sus oídos, se atrincheraron instintivamente detrás de unas
rocas y unos troncos de árbol.
Tan luego como hubieron adoptado esta precaución indispensable contra
sus invisibles agresores, los tres hombres examinaron sus armas
con cuidado a fin de hallarse dispuestos al combate, y en seguida
aguardaron con el dedo apoyada en el gatillo y dirigiendo a todas
partes una mirada investigadora.
Así permanecieron durante un espacio de tiempo bastante largo, sin que
nada llegase a turbar de nuevo el silencio de la pradera, sin que el
más leve indicio les hiciera sospechar que el ataque dirigido contra
ellos hubiese de reproducirse.
Poseídos de la más viva inquietud, sin saber a qué atribuir aquella
agresión ni qué enemigos tendrían que temer, los tres hombres ignoraban
qué partido deberían adoptar, y cómo podrían salir de una manera
honrosa de la posición apurada en que la casualidad les había colocado
de improviso de una manera tan singular, cuando el Zorro-Azul se
resolvió por fin a ir de descubierta.
Sin embargo, como el jefe temía, y con razón, caer en algún lazo
hábilmente preparado para apoderarse de él y de sus compañeros
sin disparar un tiro, antes de alejarse juzgó prudente adoptar las
precauciones más minuciosas.
Los indios tienen merecida nombradía por su astucia. Obligados, por
razón de la vida que llevan desde su nacimiento, a servirse de continuo
de las facultades físicas con que les ha dotado la Providencia,
su oído, su olfato, y sobre todo su vista se han perfeccionado de
tal manera y han adquirido tan gran desarrollo, que pueden luchar
ventajosamente con las fieras, de las cuales son, en verdad, unos
plagiarios. Pero como tienen a su disposición, en ventaja sobre los
animales, la inteligencia que les permite combinar sus acciones y
prever las consecuencias probables, han adquirido una ciencia felina,
si nos es lícito emplear esta expresión, que les hace ejecutar cosas
sorprendentes, y de las cuales solo pueden formarse una idea exacta
aquellos que les han visto trabajar, tanto es lo que su habilidad
excede de los límites de lo posible.
Cuando se trata de seguir un rastro sobre todo, es cuando esa astucia
de los indios y ese conocimiento que poseen de las leyes de la
naturaleza adquieren proporciones extraordinarias. Por mucho cuidado
que haya tenido su enemigo, por grandes que sean las precauciones que
haya adoptado para ocultar sus huellas y hacerlas invisibles, siempre
concluyen por descubrirlas. Para ellos, el desierto no ha conservado
secretos; para ellos, esa naturaleza virgen y majestuosa es un libro
cuyas páginas todas conocen y en el cual leen de corrido sin que nunca
se equivoquen ni siquiera vacilen.
El Zorro-Azul, aunque era todavía muy joven, había adquirido ya
merecida nombradía de astucia y de sagacidad; por eso en la ocasión
presente, rodeado, según toda probabilidad, de enemigos invisibles
cuyos ojos fijos sin cesar en el sitio que le servía de escondite
vigilaban atentamente todos sus movimientos, se preparó con mayor
prudencia que nunca para frustrar sus maquinaciones y contrarrestar sus
proyectos.
Después de haber convenido con sus dos compañeros una señal para el
caso probable en que le fuese necesario su auxilio, se desembarazó de
su manto de piel de bisonte, cuyos anchos pliegues hubieran podido
entorpecer sus movimientos, se despojó de todos los adornos que cubrían
su cabeza, su cuello y su pecho, y no conservó más que su -mitasse-,
especie de calzón de dos pedazos que baja hasta los tobillos, está
cosido de trecho en trecho con pelo, y se halla sujeto en las caderas
por medio de una correa de piel de gamo sin curtir.
Cuando estuvo así, casi desnudo, se revolcó varias veces en la arena
para hacer que su cuerpo tomase un color terroso; en seguida se colgó
del cinto su -tomahawk- y su cuchillo de desollar, armas de que nunca
se separa un indio; cogió su rifle con la mano derecha, y después
de haber hecho una seña postrera de despedida a sus compañeros que
observaban atentamente estos diferentes preparativos, se tendió en el
suelo y comenzó a arrastrarse como una culebra por entre la crecida
yerba.
Aunque hacía ya mucho tiempo que había salido el sol y derramaba con
profusión sobre la pradera torrentes de luz deslumbradora, la partida
del Zorro-Azul se efectuó con tanto cuidado, que ya estaba lejos en
la llanura cuando sus compañeros le juzgaban todavía muy cerca; ni
un átomo de yerba se había agitado con su paso, ni un guijarro había
rodado bajo sus pies.
De vez en cuando el piel roja se detenía, exploraba los alrededores
con una mirada penetrante, y luego, cuando creía hallarse cerciorado
de que todo estaba tranquilo, de que nada había revelado su presencia,
comenzaba de nuevo a arrastrarse sobre las rodillas y las manos en
dirección a la espesura del bosque, a cuyas cercanías llegó muy pronto.
Así consiguió situarse en un sitio enteramente desprovisto de árboles,
en donde la yerba, levemente pisoteada en varios puntos, le hizo
suponer que se aproximaba al paraje en que debían estar emboscados los
que habían hecho fuego.
El indio se detuvo con el objeto de estudiar cuidadosamente las huellas
que acababa de descubrir.
Aquellas huellas parecía que pertenecían a un solo individuo;
eran pesadas, anchas, hechas sin precaución alguna, y parecía que
pertenecían a un hombre blanco que ignorase los usos de la pradera, más
bien que a un cazador o a un indio.
Los matorrales estaban aplastados como si la persona que había cruzado
por ellos lo hubiese hecho a viva fuerza y corriendo, sin tomarse el
trabajo de apartar las ramas; la tierra estaba pisoteada, y en algunos
sitios empapada en sangre.
Él Zorro-Azul no alcanzaba a comprender aquel rastro singular, que en
nada se parecía a los que estaba acostumbrado a seguir.
¿Era aquello una ficción empleada por sus enemigos para engañarle con
mayor facilidad, dejándole ver un rastro tosco destinado a ocultar el
verdadero? ¿Era realmente, por el contrario, el rastro de un hombre
blanco perdido en el desierto, cuyas costumbres ignoraba?
El indio no sabía en qué opinión fijarse, y su perplejidad era
extremada. Para él era evidente que de aquel sitio había salido el tiro
con que fue saludado en el momento en que iba a comenzar su discurso;
pero ¿con qué interés el hombre, quién quiera que fuese, que había
escogida aquella emboscada, había dejado huellas tan manifiestas de su
paso? Desde luego debía suponer que su agresión no quedaría impune,
y que aquellos a quienes había querido tomar por blanco se lanzarían
inmediatamente en persecución suya.
En fin, después de haber buscado durante mucho tiempo en su mente
la solución de aquel problema y haberse devanado en balde los sesos
para obtener una conclusión probable, el piel roja, apuradas ya todas
las suposiciones, se fijó en la primera que se le había ocurrido, a
saber: que aquel rastro era ficticio y destinado tan sola a ocultar el
verdadero y a desorientar a los que les siguiesen.
El gran defecto de las gentes acostumbradas a proceder con ardides y
estratagemas es el de suponer que todos los hombres son como ellos,
y que no emplean más que la astucia para combatirlos; por eso se
engañan con frecuencia, y la franqueza de los medios empleados por
sus adversarios les desorienta por completo, y con frecuencia les hace
perder una partida que en cualquiera otra ocasión habrían ganado.
El Zorro-Azul observó muy luego que su suposición era errónea, que
había atribuido a su enemigo mucha más astucia y sagacidad de la que en
realidad poseía; y que donde creyó ver un ardid en extremo complicado,
con el objeto de engañarle, no existía en realidad sino lo que desde
luego había visto, es decir, únicamente el paso de un hombre.
El indio, después de haber estado mucho tiempo vacilando y
tergiversando, se decidió por fin a continuar avanzando y a seguir
lo que juzgaba un rastro falso, convencido de que no tardaría en
descubrir el verdadero; solo que, como estaba persuadido de que tenía
que habérselas con gentes sumamente ladinas, aumentó su prudencia y
su precaución, sin avanzar sino paso a paso, explorando con el mayor
cuidado los matorrales y jarales, y sin aventurarse en ellos sino
cuando creía estar seguro de que no tenía que temer sorpresa alguna.
Este manejo duró bastante tiempo. Hacía cerca de dos horas que se había
separado de sus compañeros cuando de improviso se encontró en la errada
de una explanada bastante vasta de la cual no le separaba más que un
cortinaje de hojarasca.
El indio se detuvo, se incorporó muy despacio, apartó las ramas a
derecha e izquierda de modo que su vista pudiese examinar la explanada
sin que le descubriesen, y miró.
En los bosques americanos abundan mucha esas explanadas o plazoletas,
producidas unas veces por la caída de árboles que se mueren de viejos
y son materialmente deshechos por la acción del tiempo; y otras por
árboles heridos por el rayo y derribados a consecuencia de esos
huracanes terribles que tan a menudo trastornan por completo el suelo
del Nuevo Mundo. La explanada de que hablamos era bastante grande; un
ancho riachuelo la atravesaba en toda su longitud, y en el fango de sus
orillas se veían profundamente impresas las pisadas de las fieras, de
las cuales era aquel uno de los abrevaderos ignorados.
Un magnífico roble, cuya espléndida copa daba sombra a toda la
explanada, se alzaba próximamente en el centro de esta. Al pie de aquel
gigantesco huésped de los bosques había dos hombres.
El primero, vestido con un hábito de fraile, estaba tendido en el
suelo, con los ojos cerrados y el rostro cubierto de mortal palidez; el
segundo, arrodillado junto a él, parecía que le prodigaba los cuidados
más solícitos.
Merced a la posición que el piel roja ocupaba, le fue fácil distinguir
las facciones de este último personaje, que se hallaba en frente de él.
Era un hombre de elevada estatura, pero en extremo flaco; su semblante,
que sin duda por lo mucho que habría estado a la intemperie, según toda
probabilidad, había adquirido el color del ladrillo, estaba surcado por
arrugas profundas; una barba blanca como la nieve le caía sobre el
pecho, mezclada con los largos rizos de su cabellera también blanca,
que se extendía en desorden por sus hombros; vestía el traje de los
partidarios norteamericanos mezclado con el traje mejicano, pues un
sombrero de vicuña, guarnecido con una redecilla de oro, cubría su
cabeza; un zarapé le servía de capote, y su pantalón de pana de color
de violeta estaba estrechamente sujeto por unas largas polainas de ante
que le subían hasta la rodilla.
Era imposible calcular la edad de aquel hombre. Aunque sus facciones
sombrías y acentuadas, sus ojos oscuros en los cuales se reflejaban un
fuego sombrío y una expresión extraviada, revelaban que había llegado a
una vejez avanzada, ninguna señal de decrepitud se descubría en toda su
persona; su estatura parecía que no había perdido ni una sola pulgada
de altura, tanto era lo derecho que aún se mantenía su cuerpo; sus
miembros nudosos, provistos de músculos duros como cuerdas, parecía que
se hallaban dotados de extraordinaria fuerza y agilidad; en resumen,
tenía toda la apariencia de un partidario temible cuyo golpe de vista
debía ser tan seguro y el brazo tan fuerte como si solo hubiese tenido
cuarenta años.
En su cinto llevaba un par de pistolas de cañón largo y un machete
de hoja recta y ancha metido, sin vaina, en una anilla de hierro
colocada en su costado izquierdo. Dos rifles, uno de los cuales sin
duda era suyo, estaban apoyados en el tronco del árbol, y un magnífico
-mustang,- maneado a pocos pasos de distancia, comía los retoños de los
árboles.
Lo que hemos tardado tanto tiempo en describir, el indio lo vio de una
sola ojeada; pero, al parecer, aquella escena, que estaba muy lejos
de esperar, no le tranquilizó en manera alguna, porque su entrecejo
se frunció y contuvo a duras penas una exclamación de sorpresa y de
disgusto al ver a aquellos dos individuos.
Por un movimiento instintivo de prudencia amartilló su rifle, y después
que hubo adoptado esta precaución, comenzó a observar de nuevo lo que
hacían los dos personajes.
Entretanto, el hombre vestido de fraile hizo un movimiento leve como
para levantarse y entreabrió los ojos; pero harto débil todavía,
probablemente, para soportar el resplandor de los rayos del sol, a
pesar de que solo se filtraban por entre las pobladas ramas, volvió
a cerrarlos en seguida; sin embargo, el individuo que le estaba
prodigando auxilios observó que había vuelto en sí, pues vio el
movimiento de sus labios que se agitaban como si hubiese murmurado una
oración en voz baja.
Juzgando entonces que, por el momento al menos, sus cuidados no le eran
ya necesarios a aquel a quien socorría, el desconocido se levantó,
cogió su rifle, apoyó las dos manos cruzadas sobre la boca del cañón, y
aguardó impasible, después de haber dirigido a la explanada una mirada
circular cuya expresión sombría y rencorosa hizo estremecer de espanto
al jefe indio en el fondo de los matorrales en que se hallaba oculto.
Trascurrieron algunos minutos durante los cuales no se oyó más ruido
que el murmullo continuo del agua del riachuelo y el no menos
misterioso de los insectos de todas clases ocultos entre la yerba.
Al fin, el hombre tendido sobre la yerba hizo otro movimiento más
pronunciado que el primero y abrió los ojos.
Después de haber dirigido en torno suyo una mirada extraviada, su
vista se fijó con una especie de fijeza singular en el anciano alto
que continuaba inmóvil junto a él y le examinaba con cierta mezcla de
compasión irónica y de melancolía sombría.
--Gracias, murmuró al fin el fraile con voz débil.
--Gracias, ¿por qué? respondió el desconocido con dureza.
--Porque me ha salvado la vida, hermano, repuso el herido.
--No soy hermano de V., fraile, exclamó el desconocido con tono burlón;
yo soy un hereje, un -gringo-, como a VV. les gusta llamarnos; míreme
V. bien, que no me ha examinado con cuidado: ¿no tengo yo cuernos en la
cabeza y pies de macho cabrío?
Estas palabras fueron pronunciadas con tal acento de sarcasmo, que el
fraile se quedó cortado durante un momento.
--¿Quién es V.? le preguntó por fin con cierto temor secreto.
--¿Qué le importa a V.? dijo el otro con una risa que nada bueno
presagiaba; el diablo quizás.
El herido hizo un movimiento brusco para levantarse, y se santiguó
repetidas veces balbuceando:
--¡Dios me libre de haber caído en manos del espíritu del mal!
--Vamos, ¡loco! tranquilícese V., repuso el desconocido encogiéndose
de hombros con desprecio; no soy el demonio, sino un hombre como V.,
quizás un poco menos hipócrita, y he ahí toda la diferencia.
--¿Dice V. la verdad? ¿Es V. realmente uno de mis semejantes dispuesto
a serme útil?
--¿Quién puede responder de lo porvenir? repuso el desconocido con una
sonrisa enigmática; hasta ahora al menos, creo que no haya usted tenido
motivo para quejarse de mí.
--No, ¡oh! no creo tal cosa, si bien desde que me desmayé, mis ideas se
han embrollado por completo y de nada me acuerdo.
--Poco me importa, eso no es cuenta mía y nada le pregunto a V.;
bastante tengo yo con mis propios negocios sin cuidarme de los asuntos
de los demás. Vamos a ver, ¿se siente V. mejor? ¿Está V. bastante
aliviado para continuar su camino?
--¡Cómo! ¿Continuar mi camino? preguntó el fraile aterrado; ¿Se propone
V. abandonarme solo aquí, por ventura?
--¿Por qué no? Demasiado tiempo he perdido ya al lado de V., y ahora
debo pensar en mis negocios.
--¡Ah! exclamó el fraile, después del interés, que tan bondadosamente
me ha demostrado V., ¿tendría valor suficiente para abandonarme así,
casi moribundo, sin cuidarse de lo que pudiera sucederme después de su
marcha?
--¿Por qué no? repito. No conozco a V.; ninguna necesidad tengo de
auxiliarle. Al cruzar casualmente por esta explanada, le vi a V.
tendido ahí sin aliento y pálido como un cadáver; le prodigué esos
cuidados que en el desierto a nadie se niegan: ahora ha vuelto V. en
sí, ya no le soy útil para nada, y me marcho. ¿Puede haber cosa más
sencilla ni más lógica? Adiós, y que el diablo, por quien me tomaba V.
hace un momento, le conceda su protección.
Después de haber pronunciado estas palabras, con un tono de sarcasmo y
de ironía amarga, el desconocido se echó su rifle al hombro y anduvo
algunos pasos en dirección a su caballo.
--¡Deténgase V.! ¡En nombre del cielo! exclamó el fraile levantándose
con más presteza de lo que hubiera podido esperarse de su estado de
debilidad, pero impulsado poderosamente por el miedo. ¿Qué va a ser de
mí, solo, en este desierto?
--Me importa muy poco, repuso el desconocido desembarazando fríamente
la punta de su zarapé que el fraile había agarrado. ¿No dice por
ventura la máxima del desierto: Cada cual para sí?
--¡Escuche V.! replicó el fraile hablando muy de prisa, me llamo fray
Antonio y soy rico: si me protege V., le recompensaré generosamente.
El desconocido se sonrió con desdén y dijo: ¿Qué tiene V. que temer? Es
V. joven, robusto, y se halla bien armado: ¿no se encuentra, pues, en
estado de protegerse a sí mismo?
--No, porque me hallo perseguido por enemigos implacables. Esta noche
pasada me han impuesto un tormento horrible e infamante: a duras penas
he conseguido escaparme de entre sus manos. Esta mañana la casualidad
me puso en presencia de esos dos hombres. Al verlos, se apoderó de mí
una especie de locura furiosa, y se me ocurrió la idea de vengarme;
les apunté e hice fuego, y en seguida comencé a huir sin saber a
donde me dirigía, loco de cólera y de espanto; cuando llegué aquí,
caí anonadado, abrumado, tanto por los sufrimientos que padecí en la
pasada noche, como por el cansancio que me produjo una carrera larga y
precipitada por caminos endemoniados. Esos hombres, sin duda alguna, me
vienen persiguiendo; si me encuentran, lo cual conseguirán, porque son
unos cazadores de los bosques que conocen perfectamente el desierto,
me matarán sin compasión. No tengo más esperanza que en V.; ¡en nombre
de aquello que más quiera V. en este mundo le suplico que me salve!
¡Sálveme V. y mi gratitud no tendrá límites!
El desconocido había escuchado este largo y patético discurso sin que
se moviese un solo músculo de su rostro. Cuando el fraile se detuvo,
porque probablemente se le agotaron los argumentos y el aliento, el
otro apoyó en el suelo la culata de su rifle, y respondió con sequedad:
--Todo lo que está V. diciendo puede ser muy cierto, pero me importa
tan poco como una hoja que se lleva el viento; salga V. de su apuro
como mejor le parezca, sus ruegos son inútiles: si V. supiera quién
soy, se ahorraría el estarme calentando los oídos tanto tiempo.
El fraile fijaba en aquel hombre singular una mirada de espanto, sin
saber ya qué decirle ni qué medio emplear para ablandar su corazón.
--Pero ¿quién es V.? le preguntó, más bien por decir algo que para
obtener una respuesta.
--¿Quién soy? dijo el desconocido con una sonrisa irónica; ¿quiere V.
saberlo? ¡corriente! Escuche V. a su vez, pues tengo que pronunciar muy
pocas palabras, pero bastarán para helar de espanto la sangre en sus
venas: soy el hombre a quien llaman el; -¡Desollador-Blanco!- el -¡Sin
piedad!-
El fraile retrocedió algunos pasos tambaleándose y juntando ambas manos
con esfuerzo.
--¡Dios mío! exclamó con terror, ¡Estoy perdido!
En aquel momento se oyó a corta distancia el grito del mochuelo.
El cazador se estremeció.
--¡Nos escuchaban! exclamó, y se precipitó con rapidez hacia el lado
en que acababa de oírse la seña, mientras que el fraile, medio muerto
de terror, se dejaba caer al suelo de rodillas y dirigía al cielo una
oración fervorosa.
XXIII.
EL DESOLLADOR-BLANCO.
Ahora tenemos que interrumpir durante algunos momentos nuestra
narración con el fin de dar al lector ciertos pormenores acerca
del hombre singular que hemos puesto en escena en nuestro capítulo
precedente, pormenores muy incompletos, sin duda alguna,
pero indispensables, sin embargo, para la inteligencia de los
acontecimientos sucesivos.
Si en vez de referir una historia verídica, inventásemos una novela,
de seguro nos guardaríamos muy bien de introducir en nuestro relato
personajes como el que en este momento nos ocupa; desgraciadamente nos
vemos obligados a seguir la línea que ya de antemano se halla trazada
ante nosotros, y a describir a nuestros personajes tales como son,
tales como han existido y como todavía existen en su mayor parte.
Algunos años antes de la época en que comienza la primera parte de esta
narración, comenzó a circular casi súbitamente un rumor que al pronto
fue sordo, pero que muy luego adquirió cierta consistencia y grande
notoriedad en los vastos desiertos de Tejas, helando de espanto a los
indios bravos y a los aventureros de diferentes clases que recorren en
todos sentidos aquellas soledades inmensas.
Decíase que un hombre que tenía la apariencia de un blanco recorría
hacía algún tiempo el desierto en persecución de los pieles rojas, a
quienes parecía que había declarado una guerra encarnizada; acerca de
aquel hombre que, según decían, caminaba siempre solo, se referían
actos de una crueldad horrible y de una audacia inaudita. Dondequiera
que encontraba a los indios, fuera el que quisiese su número, los
atascaba; a los que caían en sus manos les desollaba el cráneo, les
arrancaba el corazón del pecho, y a fin de que se conociese que habían
sucumbido bajo sus golpes, aquel hombre les hacía sobre el estómago
una gran incisión en forma de cruz. Algunas veces, atravesando el
desierto en toda su extensión, aquel enemigo implacable de la raza roja
se deslizaba dentro de las aldeas, las incendiaba durante la noche
cuando cada cual se hallaba entregado al sueño, y entonces hacía una
matanza espantosa asesinando a cuantos encontraba: mujeres, niños,
ancianos, nadie quedaba exceptuado.
No era solo a los indios a quienes aquel sombrío enderezador
de entuertos perseguía con odio implacable; los mestizos y los
cuarterones, los contrabandistas, los piratas, en fin todos esos
atrevidos merodeadores de las fronteras acostumbrados a vivir a costa
de la sociedad, tenían que arreglar con él una estrecha cuenta, solo
que a éstos no les desollaba el cráneo: se contentaba con atarlos
sólidamente a un árbol, en donde los condenaba a morirse de hambre y a
ser presa de las fieras.
Durante los primeros años, los aventureros y los pieles rojas,
impulsados por el sentimiento de un peligro común, se coaligaron
varias veces para concluir con aquel enemigo feroz, apoderarse de él
e imponerle la pena del talión; pero aquel hombre parecía que estaba
protegido por un encanto que le hacía librarse de cuantos lazos se le
tendían, y adivinar cuantas emboscadas se le preparaban. Era imposible
alcanzarle: sus movimientos eran tan rápidos e imprevistos, que con
frecuencia aparecía a una distancia considerable del sitio en que se
le aguardaba, y en cuyas cercanías se le había visto poco antes. Al
decir de los indios y de los aventureros, era invulnerable, y su pecho
rechazaba las balas y las flechas; aquel hombre, merced a la continua
fortuna que protegía todas sus empresas, llegó a ser muy luego un
objeto de universal terror en la pradera. Sus enemigos, convencidos
de que cuanto intentasen contra él sería inútil, renunciaron a una
lucha que juzgaron se dirigía contra un poder superior; circularon
acerca de él las leyendas más singulares; cada cual le temió como un
ser maléfico; los indios le denominaron -Kiéin-Stomann-, es decir, el
Desollador-Blanco, y los aventureros le designaron con el epíteto de
-Sin Piedad.-
Como se ve, estos dos nombres habían sido aplicados con razón a aquel
hombre para quien el asesinato y la carnicería parecía que eran el goce
supremo; tanto era el placer que experimentaba al sentir a sus víctimas
palpitar bajo su mano teñida en sangre y al arrancarles el corazón
del pecho. Por eso, su solo nombre pronunciado en voz baja helaba de
espanto a los más valientes.
Pero ¿quién era aquel hombre?
¿De dónde procedía?
¿Qué catástrofe espantosa le había lanzado al horrible género de vida
que llevaba?
Nadie había podido responder a estas preguntas. Aquel individuo era un
enigma aterrador que nadie podía descifrar.
¿Era por ventura una de esas organizaciones monstruosas que, bajo la
exterioridad de un hombre, encierran un corazón de tigre?
¿Era más bien un alma ulcerada por alguna desgracia terrible y cuyas
facultades todas se hallaban tendidas hacia un solo objeto, él de la
venganza?
Estas dos hipótesis eran tan posibles la una como la otra, y aún acaso
ambas eran ciertas.
Sin embargo, como toda medalla tiene su reverso, y el hombre nunca es
completo para el bien ni para el mal, aquel individuo tenía algunas
veces ciertas ráfagas, no de compasión, sino quizás de cansancio,
momentos en que la sangre le subía a la garganta, le ahogaba y le hacía
ser un poco menos cruel, un poco menos implacable, casi humano en
una palabra; pero aquellos momentos eran breves, aquellos -accesos-,
según él mismo los llamaba, muy escasos: casi al momento prevalecía su
naturaleza, y entonces se tornaba tanto más terrible cuanto más próximo
se había hallado a enternecerse.
He aquí cuanto se sabía acerca de aquel individuo en el momento en
que le hemos puesto en escena de un modo tan singular; el auxilio que
había prestado al fraile era tan ajeno a todos sus hábitos que por
fuerza debía hallarse entonces en uno de sus mejores accesos para haber
consentido, no solo en prodigar cuidados tan solícitos a uno de sus
semejantes, sino también en perder tanto tiempo escuchando sus ruegos y
lamentaciones.
Para concluir los datos que debemos dar acerca de tal personaje,
añadiremos que nadie sabía si tenía una residencia habitual; que no
se le conocía ninguna afección, ningún partidario; que siempre se le
había visto solo, y que en los diez años, que hacía estaba recorriendo
el desierto en todas direcciones, su fisonomía no había sufrido
alteración alguna: siempre había tenido la misma apariencia de vejez y
de fuerza; siempre la barba igualmente larga y blanca, y la cara llena
de arrugas.
Según dijimos, el Desollador-Blanco se había lanzado a los matorrales
con el fin de descubrir quien hizo aquella señal que le dio la alarma;
sus pesquisas fueron minuciosas, pero no obtuvieron más resultado
que el de hacerle descubrir que no se había equivocado, y que, en
efecto, un espía oculto en la espesura había visto cuanto pasaba en la
explanada y oído cuanto en ella se decía.
El Zorro-Azul, después de haber llamado a sus compañeros, se había
echado hacia atrás con prudencia y viveza, convencido de que, a pesar
de todo su valor, si caía en manos del Desollador-Blanco, era hombre
perdido.
El Desollador se volvió muy pensativo junto al fraile, cuya oración
duraba todavía y adquiría tales dimensiones que amenazaba con llegar a
ser interminable.
El Desollador miró un momento al fraile, mientras que una sonrisa
irónica vagaba por sus pálidos labios; en seguida, aplicándole un
vigoroso culatazo entre los dos hombros, le dijo rudamente:
--¡Arriba!
El fraile cayó sobre las manos y permaneció inmóvil: creyendo que el
otro tenía intención de asesinarle, se resignaba con su suerte, y
aguardaba el golpe de gracia que, en concepto suyo, no debía tardar en
recibir.
--¡Vamos, arriba, fraile del diablo! repuso el Desollador; ¿no has
mascullado bastante tus oraciones?
Fray Antonio levantó muy despacio la cabeza: comenzaba a vislumbrar
alguna esperanza.
--Perdone V., respondió, he concluido; ahora estoy a sus órdenes: ¿qué
desea V. de mí?
Y en seguida se puso de pie como impulsado por un resorte, tanto
adivinó por la expresión sombría de la mirada de su interlocutor que
una derrota, por buena que fuese, no sería admitida.
--Está bien, tuno: me parece que eres tan diestro para disparar un
tiro como para decir una oración; carga tu rifle, porque ha llegado el
momento de batirte como un hombre, si no quieres ser muerto como un
perro.
El fraile dirigió una mirada de terror en torno suyo y dijo vacilando:
--¡Señor! ¿Con que me es preciso batirme?
--Sí, a menos que no tengas empeño en conservar intacta tu piel, en
cuyo caso puedes quedarte quieto.
--Pero acaso haya algún otro medio...
--¿Cuál?
--La fuga, por ejemplo, dijo el fraile con tono insinuante.
--Prueba ese medio, dijo el otro con tono burlón.
El fraile, alentado por esta semi-concesión, continuó diciendo con un
poco más de atrevimiento:
--Tiene V. un caballo hermoso.
--¿Verdad que sí?
--¡Magnífico! repuso fray Antonio extasiándose.
--Sí, y no te pesaría que yo te dejase montar en él a fin de huir más
pronto, ¿verdad?
--¡Oh! No lo crea V., dijo el fraile con un gesto negativo.
--¡Basta! repuso el Desollador interrumpiéndole con rudeza; piensa en
ti que tus enemigos llegan.
De un salto se puso en la silla, hizo dar una vuelta a su caballo y se
emboscó detrás del tronco enorme de un roble.
Fray Antonio, estimulado por la aproximación del peligro, cogió con
viveza su rifle y se colocó también detrás del árbol.
En el mismo instante se oyó en los matorrales un crujido muy fuerte, se
apartaron las ramas y aparecieron unos quince hombres: eran guerreros
apaches, y en medio de ellos se hallaban el Zorro-Azul, John Davis y su
compañero.
El Zorro-Azul, aunque nunca se había encontrado frente a frente con
el Desollador-Blanco, había oído hablar de él muchas veces, tanto a
los indios como a los cazadores. Por eso cuando le oyó pronunciar su
nombre, una angustia inexplicable le oprimió el corazón recordando
todas las crueldades de que sus hermanos habían sido víctimas por parte
de aquel hombre, y se le ocurrió el pensamiento de apoderarse de él.
Se apresuró a hacer la señal convenida con los cazadores, y lanzándose
por entre los jarales con esa velocidad singular que caracteriza a los
indios, fue al sitio que le aguardaban sus guerreros y les mandó que
le siguiesen; al volver atrás encontró a los dos cazadores, quienes
habían oído su señal y acudían a auxiliarle.
En breves palabras les enteró el Zorro-Azul de lo que pasaba: para ser
verídicos nos vemos obligados a confesar que esta confidencia, lejos de
excitar el ánimo de los guerreros y los cazadores, calmó de una manera
singular su ardor, revelándoles que iban a exponerse a un peligro
terrible luchando con un hombre tanto más de temer cuanto que ninguna
arma podía herirle, y que los que hasta entonces se habían atrevido a
atacarle, habían sido víctimas de su temeridad.
Sin embargo, era demasiado tarde para retroceder, ya no había
posibilidad de fugarse, y los guerreros, aunque de mala gana, se
decidieron a avanzar.
En cuanto a los dos cazadores, si bien no compartían por completo
la ciega credulidad y los temores supersticiosos de sus compañeros,
aquella lucha estaba muy lejos de agradarles. Sin embargo, contenidos
por la vergüenza de abandonar a unos hombres a quienes se juzgaban muy
superiores en inteligencia y aún en valor, se decidieron a seguirlos.
--¡Señor! exclamó el fraile con voz lamentable cuando vio aparecer a
los indios, ¡no me abandone V.!
--No, si no te abandonas a ti mismo, perillán, respondió el Desollador.
Los apaches, cuando hubieron llegado al lindero del bosque, siguiendo
su táctica habitual se guarecieron detrás de los troncos de los
árboles, y tan bien lo hicieron que aquella explanada angosta en
la que tantos hombres se disponían a empeñar un combate encarnizado
parecía que se hallaba completamente desierto.
Hubo un momento de silencio y de vacilación.
El Desollador se decidió a ser el primero en hacer uso de la palabra y
gritó:
--¡Eh! ¿Qué quieren VV. aquí?
El Zorro-Azul iba a contestar, pero John Davis se lo impidió,
diciéndole:
--Déjeme V. a mí.
Separándose entonces del tronco del árbol que le guarecía, se adelantó
resueltamente algunos pasos, y parándose hacia el centro de la
explanada, dijo en voz alta y firme:
--¿Dónde está V., él que habla? ¿Teme V. darse a luz?
--Yo no temo nada, respondió el Desollador.
--Entonces déjese V. ver para que le conozcan, repuso John en tono de
zumba.
El Desollador, tan luego como se vio interpelado de este modo, hizo
saltar a su caballo y fue a parar a dos pasos del cazador, diciendo,
--Heme aquí: ¿qué me quiere V.?
Davis había dejado llegar el caballo sin hacer ningún movimiento para
huir de él, y dijo.
--¡Eh! Tenía ganas de ver a V.
--¿Es eso todo lo que tenía V. que decirme? repuso el otro con tono
brusco.
--¡Vamos! ¡Mucha prisa tiene V., que diablo! Déjenos siquiera tiempo
suficiente para tomar resuello.
--Basta de chanzas que podrían costarle a V. caras; dígame en seguida
cuáles son sus proposiciones, pues no tengo tiempo que perder en vanas
palabras.
--¡Eh! ¿Cómo diablos sabe V. si tengo que hacerle proposiciones?
--A no ser por eso, ¿estaría V. aquí?
--¿Y esas proposiciones, sin duda las conocerá V.?
--Es muy posible.
--Entonces ¿qué respuesta me da V.?
--Ninguna.
--¿Cómo, ninguna?
--Prefiero pelear con VV.
--¡Oh! ¡Oh! ¡Rudo trabajo es el que se prepara V. ahí! ¿Sabe V. que
somos dieciocho?
--Me importa muy poco el número. Aunque fuesen VV. ciento me batiría lo
mismo.
--¡Vive Dios! Por lo singular del hecho me gustaría ver ese combate de
un hombre solo contra veinte.
--No será muy largo.
Y al decir el Desollador estas palabras, hizo que su caballo
retrocediese algunos pasos.
--Aguarde V. un momento, ¡qué diablo! dijo el cazador con viveza,
déjeme V. decirle una palabra.
--Dígala V.
--¿Quiere V. rendirse?
--¿Cómo? ¿Qué es eso?
--Le pregunto a V si quiere rendirse.
--¡Vamos! ¡Está V. loco! repuso el Desollador con acento burlón.
Rendirme, ¡yo! V. será quien pedirá cuartel muy pronto.
--No lo creo, ¡vive Cristo! Aún cuando hubiese V. de matarme.
--Vamos, vuélvase V. pronto a su escondite, dijo el Desollador
encogiéndose de hombros; no quiero matarle a V. sin defensa.
--Pues Señor, tanto peor para V., dijo el cazador; le he advertido
lealmente, y ahora me lavo las manos, salga V. de su apuro como pueda.
--Gracias, repuso enérgicamente el Desollador, pero aún no me encuentro
en el extremo de apuro que V. supone.
John Davis se contentó con encogerse de hombros sin dar más respuesta,
y se volvió a guarecer detrás del árbol, caminando con lento paso y
silbando el -Yankee Doodle.-
El Desollador no le había imitado: aunque sabía por demás que numerosos
enemigos le rodeaban y vigilaban sus movimientos, permaneció inmóvil y
firme en medio de la explanada.
--¡Hola! gritó con voz burlona, valerosos Apaches que os ocultáis como
conejos en las madrigueras, ¿será preciso que vaya yo a buscaros para
decidiros a daros a luz? Vamos, venid, si no queréis que crea que sois
unas viejas charlatanas y cobardes.
Estas palabras insultantes llevaron a su colmo la exasperación de los
guerreros Apaches, quienes respondieron con un prolongado grito de
furor.
--¿Dejarán mis hermanos por más tiempo que un solo hombre se esté
burlando de nosotros? exclamó el Zorro-Azul. Nuestra cobardía
constituye su fuerza. Precipitémonos con la rapidez del huracán sobre
ese genio del mal: no podrá resistir al choque de tantos guerreros
afamados. ¡Adelante, hermanos! ¡Adelante! Sea nuestro el honor de haber
vencido al enemigo implacable de nuestra raza.
Y el valiente jefe, lanzando su grito de guerra que fue repetido
por sus compañeros, se precipitó hacia el Desollador blandiendo
resueltamente su rifle por encima de su cabeza; todos los guerreros le
siguieron.
El Desollador les aguardó sin cejar, pero tan luego como los vio a su
alcance, recogiendo las riendas y oprimiendo las rodillas hizo saltar
al noble animal en medio de los indios, y cogiendo su rifle por el
cañón y sirviéndose de él como de una maza, comenzó a pegar a derecha e
izquierda con un vigor y una rapidez que tenían algo de sobrenatural.
Entonces comenzó una pelea espantosa; los indios se encarnizaban contra
aquel hombre que, como jinete hábil, hacía dar a su caballo las vueltas
y los giros más imprevistos, y por la rapidez de sus movimientos
impedía que agarrasen la brida y le parasen.
Los dos cazadores aguardaron al pronto con el arma descansada,
convencidos de que era imposible que un solo hombre pudiese, no ya
luchar, sino tan siquiera resistir dos minutos a unos enemigos tan
numerosos y tan valientes; pero muy luego conocieron con suma sorpresa
que se habían equivocado: ya varios indios yacían tendidos en el suelo
con el cráneo partido por la terrible maza del Desollador, que no
desperdiciaba un solo golpe.
Los cazadores comenzaron entonces a variar de opinión acerca del
resultado de la lucha y quisieron acudir al auxilio de sus compañeros;
pero sus rifles les eran inútiles en el continuo movimiento del
combate cuyo terreno variaba a cada instante, sus balas hubieran
podido equivocarse fácilmente y herir a un amigo en vez del enemigo a
quien querían derribar; entonces tiraron sus rifles, desenvainaron sus
cuchillos y se lanzaron al auxilio de los Apaches, que comenzaban a
flaquear.
El Zorro-Azul, peligrosamente herido, estaba tendido en el suelo sin
sentido; los guerreros que aún se hallaban sanos comenzaban a pensar en
la retirada y a dirigir miradas ansiosas detrás de sí.
El Desollador seguía batiéndose con la misma furia, burlándose de sus
enemigos e insultándolos; su brazo se levantaba y se bajaba sin cesar.
--¡Ah! ¡Ah! exclamó al ver a los dos cazadores, ¿quieren VV. su parte?
¡Vengan, vengan acá!
Éstos no se lo hicieron repetir y se precipitaron ciegos sobre él; pero
en mala hora lo hicieron: John Davis recibió un golpe con el pecho del
caballo que le hizo ir rodando por el suelo a más de veinte pasos de
distancia, donde quedó tendido; en el mismo instante su compañero caía
con el cráneo roto y expiraba sin proferir ni una queja.
Esta última peripecia dio el golpe de gracia a los indios, que,
no pudiendo resistir ya el espanto que les inspiraba aquel hombre
extraordinario, comenzaron a huir en todas direcciones lanzando
aullidos de terror.
El Desollador dirigió a la ensangrentada plazoleta, en la que había
unos diez cuerpos tendidos, una mirada de triunfo y de odio satisfecho,
y lanzando su caballo hacia adelante alcanzó a uno de los fugitivos,
le levantó agarrándole por la cabellera, se le puso atravesado sobre
el arzón de su silla, y desapareció en el bosque profiriendo un grito
horrible.
Ya no quedaban en la plazoleta del bosque más que diez o doce cuerpos
tendidos en el suelo, de ellos solo dos o tres vivían aún, y los demás
no eran sino cadáveres.
También esta vez el Desollador-Blanco se había abierto paso de una
manera sangrienta.
En cuanto a fray Antonio, tan luego como vio empeñado el combate juzgó
inútil aguardar su resultado; aprovechó juiciosamente la ocasión, y
deslizándose con suavidad de árbol en árbol, llevó a cabo una retirada
muy bien entendida y huyó.
XXIV.
DESPUÉS DEL COMBATE.
Durante cerca de media hora, un silencio mortal reinó en la explanada
que, a consecuencia del combate que hemos descrito en el capítulo
anterior, ofrecía el aspecto más triste y lúgubre que puede imaginarse.
Sin embargo, John Davis, que en realidad no había recibido herida
alguna, puesto que su caída fue ocasionada tan solo por el choque del
poderoso caballo del Desollador, abrió los ojos y dirigió en torno suyo
una mirada sorprendida; la caída había sido bastante violenta para
causarle graves contusiones y sepultarle en un desmayo profundo; por
eso el americano, al volver en sí, muy aturdido todavía, no recordó en
el primer momento nada de lo que había pasado, y se puso a reflexionar
muy seriamente cómo, era que se hallaba en aquella postura singular.
Sin embargo, poco a poco se fueron aclarando sus ideas y se acordó
de aquella lucha extraordinaria y desproporcionada de un hombre solo
contra veinte, lucha de la cual salió victorioso el Desollador después
de haber muerto o puesto en fuga a sus agresores.
--¡Eh! murmuró, quien quiera que sea ese individuo, hombre o demonio,
¡vive Dios que es un mozo muy templado!
Se levantó con alguna dificultad, tentándose con cuidado sus miembros
doloridos; luego, cuando se hubo cerciorado de que no tenía lesión
alguna, repuso con evidente satisfacción:
--A Dios gracias, he salido mejor de lo que me hubiera atrevido a
suponer después de la manera en que fui derribado.
En seguida, dirigiendo una mirada de compasión a su compañero tendido
cerca de él, añadió:
--¡Ese pobre Sam no ha sido tan feliz como yo! Han concluido sus
correrías. ¡Qué rudo golpe ha recibido! ¡Bah! exclamó con esa filosofía
egoísta del desierto, todos somos mortales y a cada cual le toca su
vez. Hoy él, mañana yo; así va el mundo.
Entonces, apoyado en su rifle, porque todavía le costaba algún
trabajo moverse, anduvo algunos pasos por la explanada, tanto para
desentumecer sus miembros, como para cerciorarse, por medio de una
experiencia postrera, de que se hallaba en buen estado.
Al cabo de algunos momentos de un ejercicio que restableció la
circulación de la sangre y la elasticidad de las articulaciones,
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