Para neutralizar todo lo posible el aislamiento en que dejaban a su partida, el Jaguar inauguró una táctica que hasta entonces había triunfado siempre. Lo que se necesitaba era ganar tiempo y perpetuar la guerra, aunque se sostuviese una lucha desigual. Para esto era preciso envolver en el misterio su debilidad, mostrarse en todas partes, no detenerse en ninguna, encerrar al enemigo en una red de adversarios invisibles, obligarle a mantenerse de continuo con la bayoneta cruzada en el vacío, con los ojos inútilmente fijos en todos los puntos del horizonte, hostigado sin cesar, aunque sin ser nunca atacado en realidad ni formalmente por fuerzas respetables: éste fue el plan que el Jaguar inauguró contra los mejicanos, a quienes enervó así en esa fiebre de la ansiedad y de lo desconocido, que es la enfermedad más temible para los que tienen de parte suya a la fuerza. Por eso el Jaguar y los cincuenta o sesenta jinetes que tenía bajo su mando eran más temidos por el gobierno mejicano que todas las demás fuerzas reunidas de los insurgentes. Así pues, un prestigio inaudito rodeaba al jefe temible de aquellos hombres a quienes era imposible coger; un temor supersticioso les precedía, y su sola aproximación introducía el desorden entre las tropas enviadas contra ellos. El Jaguar aprovechaba hábilmente sus ventajas para intentar las expediciones más aventuradas y los golpes de mano más temerarios. El que en aquel momento meditaba era uno de los más atrevidos que había concebido hasta entonces: trataba nada menos que de arrebatar la conducta de plata y coger prisionero al capitán Melendez, oficial a quien con razón consideraba como a uno de sus adversarios más temibles, y con el cual, por esto mismo, ardía en deseos de medir sus fuerzas, comprendiendo que si lograba vencerle, esta acción audaz daría al instante mucho lauro a la insurrección y le atraería numerosos partidarios. El Jaguar, después de haber dejado detrás de sí a John Davis, se adelantó con rapidez hacia un poblado bosque que se destacaba en el horizonte con un color oscuro, y en el cual se proponía acampar aquella noche, pues no podía llegar a la barranca del Gigante hasta el siguiente día muy tarde. Además, quería quedarse cerca de los dos hombres que había destacado como exploradores, con el fin de hallarse más pronto al corriente del resultado de sus operaciones. Un poco antes de la puesta del sol los insurgentes llegaron al bosque y desaparecieron inmediatamente bajo la enramada. Cuando el Jaguar hubo llegado a la cumbre de una pequeña colina que dominaba el paisaje, mandó hacer alto y echar pie a tierra, y dio la orden de acampar. En el desierto se organiza muy pronto un campamento. A fuerza de hachazos se desembaraza un espacio suficiente, se encienden hogueras de trecho en trecho para alejar a las fieras, se manean los caballos, se colocan los centinelas para velar por la común seguridad, luego cada cual se tiende delante de la lumbre, se envuelve en sus mantas y todo está dicho. Aquellas rudas naturalezas, acostumbradas a arrostrar la intemperie de las estaciones, duermen tan profundamente bajo la celeste bóveda como los habitantes de las ciudades en el seno de sus suntuosas moradas. Cuando cada cual se hubo entregado al descanso, el joven hizo una ronda con el fin de cerciorarse de que todo estaba en orden, y luego volvió a sentarse junto al fuego y quedó sumido en serias meditaciones. Trascurrió la noche entera sin que hiciese el movimiento más leve, y sin embargo no dormía; sus ojos estaban abiertos y fijos en los tizones de la hoguera que acababa de consumirse lentamente. ¿Cuáles eran los pensamientos que arrugaban su frente y le hacían fruncir el entrecejo? Nadie hubiera podido decirlo. ¡Quizás viajaba por la región de las quimeras, quizás soñaba despierto, halagándose con una de esas hermosas ilusiones de los veinte años, que son tan embriagadoras y tan engañosas! De pronto se estremeció y se enderezó como si le hubiese impulsado un resorte. En aquel momento aparecía el sol en el horizonte y comenzaba a disipar lentamente las tinieblas. El joven inclinó el cuerpo hacia adelante y escuchó. Oyóse a corta distancia el ruido seco que producen los muelles de un fusil al montarse, y un centinela oculto entre los matorrales, gritó con voz breve y acentuada. --¿Quién vive? --¡Amigo! respondió otra voz desde más lejos. El Jaguar se estremeció, y hablando consigo mismo, murmuró: --¡Tranquilo aquí! ¿Por qué razón me buscará? En seguida se lanzó en la dirección en que suponía que había de encontrar al cazador de tigres. XXII. EL ZORRO-AZUL. Volveremos ahora al Zorro-Azul y a sus dos compañeros, a quienes en un capítulo anterior abandonamos en el momento en que, oyendo silbar una bala junto a sus oídos, se atrincheraron instintivamente detrás de unas rocas y unos troncos de árbol. Tan luego como hubieron adoptado esta precaución indispensable contra sus invisibles agresores, los tres hombres examinaron sus armas con cuidado a fin de hallarse dispuestos al combate, y en seguida aguardaron con el dedo apoyada en el gatillo y dirigiendo a todas partes una mirada investigadora. Así permanecieron durante un espacio de tiempo bastante largo, sin que nada llegase a turbar de nuevo el silencio de la pradera, sin que el más leve indicio les hiciera sospechar que el ataque dirigido contra ellos hubiese de reproducirse. Poseídos de la más viva inquietud, sin saber a qué atribuir aquella agresión ni qué enemigos tendrían que temer, los tres hombres ignoraban qué partido deberían adoptar, y cómo podrían salir de una manera honrosa de la posición apurada en que la casualidad les había colocado de improviso de una manera tan singular, cuando el Zorro-Azul se resolvió por fin a ir de descubierta. Sin embargo, como el jefe temía, y con razón, caer en algún lazo hábilmente preparado para apoderarse de él y de sus compañeros sin disparar un tiro, antes de alejarse juzgó prudente adoptar las precauciones más minuciosas. Los indios tienen merecida nombradía por su astucia. Obligados, por razón de la vida que llevan desde su nacimiento, a servirse de continuo de las facultades físicas con que les ha dotado la Providencia, su oído, su olfato, y sobre todo su vista se han perfeccionado de tal manera y han adquirido tan gran desarrollo, que pueden luchar ventajosamente con las fieras, de las cuales son, en verdad, unos plagiarios. Pero como tienen a su disposición, en ventaja sobre los animales, la inteligencia que les permite combinar sus acciones y prever las consecuencias probables, han adquirido una ciencia felina, si nos es lícito emplear esta expresión, que les hace ejecutar cosas sorprendentes, y de las cuales solo pueden formarse una idea exacta aquellos que les han visto trabajar, tanto es lo que su habilidad excede de los límites de lo posible. Cuando se trata de seguir un rastro sobre todo, es cuando esa astucia de los indios y ese conocimiento que poseen de las leyes de la naturaleza adquieren proporciones extraordinarias. Por mucho cuidado que haya tenido su enemigo, por grandes que sean las precauciones que haya adoptado para ocultar sus huellas y hacerlas invisibles, siempre concluyen por descubrirlas. Para ellos, el desierto no ha conservado secretos; para ellos, esa naturaleza virgen y majestuosa es un libro cuyas páginas todas conocen y en el cual leen de corrido sin que nunca se equivoquen ni siquiera vacilen. El Zorro-Azul, aunque era todavía muy joven, había adquirido ya merecida nombradía de astucia y de sagacidad; por eso en la ocasión presente, rodeado, según toda probabilidad, de enemigos invisibles cuyos ojos fijos sin cesar en el sitio que le servía de escondite vigilaban atentamente todos sus movimientos, se preparó con mayor prudencia que nunca para frustrar sus maquinaciones y contrarrestar sus proyectos. Después de haber convenido con sus dos compañeros una señal para el caso probable en que le fuese necesario su auxilio, se desembarazó de su manto de piel de bisonte, cuyos anchos pliegues hubieran podido entorpecer sus movimientos, se despojó de todos los adornos que cubrían su cabeza, su cuello y su pecho, y no conservó más que su -mitasse-, especie de calzón de dos pedazos que baja hasta los tobillos, está cosido de trecho en trecho con pelo, y se halla sujeto en las caderas por medio de una correa de piel de gamo sin curtir. Cuando estuvo así, casi desnudo, se revolcó varias veces en la arena para hacer que su cuerpo tomase un color terroso; en seguida se colgó del cinto su -tomahawk- y su cuchillo de desollar, armas de que nunca se separa un indio; cogió su rifle con la mano derecha, y después de haber hecho una seña postrera de despedida a sus compañeros que observaban atentamente estos diferentes preparativos, se tendió en el suelo y comenzó a arrastrarse como una culebra por entre la crecida yerba. Aunque hacía ya mucho tiempo que había salido el sol y derramaba con profusión sobre la pradera torrentes de luz deslumbradora, la partida del Zorro-Azul se efectuó con tanto cuidado, que ya estaba lejos en la llanura cuando sus compañeros le juzgaban todavía muy cerca; ni un átomo de yerba se había agitado con su paso, ni un guijarro había rodado bajo sus pies. De vez en cuando el piel roja se detenía, exploraba los alrededores con una mirada penetrante, y luego, cuando creía hallarse cerciorado de que todo estaba tranquilo, de que nada había revelado su presencia, comenzaba de nuevo a arrastrarse sobre las rodillas y las manos en dirección a la espesura del bosque, a cuyas cercanías llegó muy pronto. Así consiguió situarse en un sitio enteramente desprovisto de árboles, en donde la yerba, levemente pisoteada en varios puntos, le hizo suponer que se aproximaba al paraje en que debían estar emboscados los que habían hecho fuego. El indio se detuvo con el objeto de estudiar cuidadosamente las huellas que acababa de descubrir. Aquellas huellas parecía que pertenecían a un solo individuo; eran pesadas, anchas, hechas sin precaución alguna, y parecía que pertenecían a un hombre blanco que ignorase los usos de la pradera, más bien que a un cazador o a un indio. Los matorrales estaban aplastados como si la persona que había cruzado por ellos lo hubiese hecho a viva fuerza y corriendo, sin tomarse el trabajo de apartar las ramas; la tierra estaba pisoteada, y en algunos sitios empapada en sangre. Él Zorro-Azul no alcanzaba a comprender aquel rastro singular, que en nada se parecía a los que estaba acostumbrado a seguir. ¿Era aquello una ficción empleada por sus enemigos para engañarle con mayor facilidad, dejándole ver un rastro tosco destinado a ocultar el verdadero? ¿Era realmente, por el contrario, el rastro de un hombre blanco perdido en el desierto, cuyas costumbres ignoraba? El indio no sabía en qué opinión fijarse, y su perplejidad era extremada. Para él era evidente que de aquel sitio había salido el tiro con que fue saludado en el momento en que iba a comenzar su discurso; pero ¿con qué interés el hombre, quién quiera que fuese, que había escogida aquella emboscada, había dejado huellas tan manifiestas de su paso? Desde luego debía suponer que su agresión no quedaría impune, y que aquellos a quienes había querido tomar por blanco se lanzarían inmediatamente en persecución suya. En fin, después de haber buscado durante mucho tiempo en su mente la solución de aquel problema y haberse devanado en balde los sesos para obtener una conclusión probable, el piel roja, apuradas ya todas las suposiciones, se fijó en la primera que se le había ocurrido, a saber: que aquel rastro era ficticio y destinado tan sola a ocultar el verdadero y a desorientar a los que les siguiesen. El gran defecto de las gentes acostumbradas a proceder con ardides y estratagemas es el de suponer que todos los hombres son como ellos, y que no emplean más que la astucia para combatirlos; por eso se engañan con frecuencia, y la franqueza de los medios empleados por sus adversarios les desorienta por completo, y con frecuencia les hace perder una partida que en cualquiera otra ocasión habrían ganado. El Zorro-Azul observó muy luego que su suposición era errónea, que había atribuido a su enemigo mucha más astucia y sagacidad de la que en realidad poseía; y que donde creyó ver un ardid en extremo complicado, con el objeto de engañarle, no existía en realidad sino lo que desde luego había visto, es decir, únicamente el paso de un hombre. El indio, después de haber estado mucho tiempo vacilando y tergiversando, se decidió por fin a continuar avanzando y a seguir lo que juzgaba un rastro falso, convencido de que no tardaría en descubrir el verdadero; solo que, como estaba persuadido de que tenía que habérselas con gentes sumamente ladinas, aumentó su prudencia y su precaución, sin avanzar sino paso a paso, explorando con el mayor cuidado los matorrales y jarales, y sin aventurarse en ellos sino cuando creía estar seguro de que no tenía que temer sorpresa alguna. Este manejo duró bastante tiempo. Hacía cerca de dos horas que se había separado de sus compañeros cuando de improviso se encontró en la errada de una explanada bastante vasta de la cual no le separaba más que un cortinaje de hojarasca. El indio se detuvo, se incorporó muy despacio, apartó las ramas a derecha e izquierda de modo que su vista pudiese examinar la explanada sin que le descubriesen, y miró. En los bosques americanos abundan mucha esas explanadas o plazoletas, producidas unas veces por la caída de árboles que se mueren de viejos y son materialmente deshechos por la acción del tiempo; y otras por árboles heridos por el rayo y derribados a consecuencia de esos huracanes terribles que tan a menudo trastornan por completo el suelo del Nuevo Mundo. La explanada de que hablamos era bastante grande; un ancho riachuelo la atravesaba en toda su longitud, y en el fango de sus orillas se veían profundamente impresas las pisadas de las fieras, de las cuales era aquel uno de los abrevaderos ignorados. Un magnífico roble, cuya espléndida copa daba sombra a toda la explanada, se alzaba próximamente en el centro de esta. Al pie de aquel gigantesco huésped de los bosques había dos hombres. El primero, vestido con un hábito de fraile, estaba tendido en el suelo, con los ojos cerrados y el rostro cubierto de mortal palidez; el segundo, arrodillado junto a él, parecía que le prodigaba los cuidados más solícitos. Merced a la posición que el piel roja ocupaba, le fue fácil distinguir las facciones de este último personaje, que se hallaba en frente de él. Era un hombre de elevada estatura, pero en extremo flaco; su semblante, que sin duda por lo mucho que habría estado a la intemperie, según toda probabilidad, había adquirido el color del ladrillo, estaba surcado por arrugas profundas; una barba blanca como la nieve le caía sobre el pecho, mezclada con los largos rizos de su cabellera también blanca, que se extendía en desorden por sus hombros; vestía el traje de los partidarios norteamericanos mezclado con el traje mejicano, pues un sombrero de vicuña, guarnecido con una redecilla de oro, cubría su cabeza; un zarapé le servía de capote, y su pantalón de pana de color de violeta estaba estrechamente sujeto por unas largas polainas de ante que le subían hasta la rodilla. Era imposible calcular la edad de aquel hombre. Aunque sus facciones sombrías y acentuadas, sus ojos oscuros en los cuales se reflejaban un fuego sombrío y una expresión extraviada, revelaban que había llegado a una vejez avanzada, ninguna señal de decrepitud se descubría en toda su persona; su estatura parecía que no había perdido ni una sola pulgada de altura, tanto era lo derecho que aún se mantenía su cuerpo; sus miembros nudosos, provistos de músculos duros como cuerdas, parecía que se hallaban dotados de extraordinaria fuerza y agilidad; en resumen, tenía toda la apariencia de un partidario temible cuyo golpe de vista debía ser tan seguro y el brazo tan fuerte como si solo hubiese tenido cuarenta años. En su cinto llevaba un par de pistolas de cañón largo y un machete de hoja recta y ancha metido, sin vaina, en una anilla de hierro colocada en su costado izquierdo. Dos rifles, uno de los cuales sin duda era suyo, estaban apoyados en el tronco del árbol, y un magnífico -mustang,- maneado a pocos pasos de distancia, comía los retoños de los árboles. Lo que hemos tardado tanto tiempo en describir, el indio lo vio de una sola ojeada; pero, al parecer, aquella escena, que estaba muy lejos de esperar, no le tranquilizó en manera alguna, porque su entrecejo se frunció y contuvo a duras penas una exclamación de sorpresa y de disgusto al ver a aquellos dos individuos. Por un movimiento instintivo de prudencia amartilló su rifle, y después que hubo adoptado esta precaución, comenzó a observar de nuevo lo que hacían los dos personajes. Entretanto, el hombre vestido de fraile hizo un movimiento leve como para levantarse y entreabrió los ojos; pero harto débil todavía, probablemente, para soportar el resplandor de los rayos del sol, a pesar de que solo se filtraban por entre las pobladas ramas, volvió a cerrarlos en seguida; sin embargo, el individuo que le estaba prodigando auxilios observó que había vuelto en sí, pues vio el movimiento de sus labios que se agitaban como si hubiese murmurado una oración en voz baja. Juzgando entonces que, por el momento al menos, sus cuidados no le eran ya necesarios a aquel a quien socorría, el desconocido se levantó, cogió su rifle, apoyó las dos manos cruzadas sobre la boca del cañón, y aguardó impasible, después de haber dirigido a la explanada una mirada circular cuya expresión sombría y rencorosa hizo estremecer de espanto al jefe indio en el fondo de los matorrales en que se hallaba oculto. Trascurrieron algunos minutos durante los cuales no se oyó más ruido que el murmullo continuo del agua del riachuelo y el no menos misterioso de los insectos de todas clases ocultos entre la yerba. Al fin, el hombre tendido sobre la yerba hizo otro movimiento más pronunciado que el primero y abrió los ojos. Después de haber dirigido en torno suyo una mirada extraviada, su vista se fijó con una especie de fijeza singular en el anciano alto que continuaba inmóvil junto a él y le examinaba con cierta mezcla de compasión irónica y de melancolía sombría. --Gracias, murmuró al fin el fraile con voz débil. --Gracias, ¿por qué? respondió el desconocido con dureza. --Porque me ha salvado la vida, hermano, repuso el herido. --No soy hermano de V., fraile, exclamó el desconocido con tono burlón; yo soy un hereje, un -gringo-, como a VV. les gusta llamarnos; míreme V. bien, que no me ha examinado con cuidado: ¿no tengo yo cuernos en la cabeza y pies de macho cabrío? Estas palabras fueron pronunciadas con tal acento de sarcasmo, que el fraile se quedó cortado durante un momento. --¿Quién es V.? le preguntó por fin con cierto temor secreto. --¿Qué le importa a V.? dijo el otro con una risa que nada bueno presagiaba; el diablo quizás. El herido hizo un movimiento brusco para levantarse, y se santiguó repetidas veces balbuceando: --¡Dios me libre de haber caído en manos del espíritu del mal! --Vamos, ¡loco! tranquilícese V., repuso el desconocido encogiéndose de hombros con desprecio; no soy el demonio, sino un hombre como V., quizás un poco menos hipócrita, y he ahí toda la diferencia. --¿Dice V. la verdad? ¿Es V. realmente uno de mis semejantes dispuesto a serme útil? --¿Quién puede responder de lo porvenir? repuso el desconocido con una sonrisa enigmática; hasta ahora al menos, creo que no haya usted tenido motivo para quejarse de mí. --No, ¡oh! no creo tal cosa, si bien desde que me desmayé, mis ideas se han embrollado por completo y de nada me acuerdo. --Poco me importa, eso no es cuenta mía y nada le pregunto a V.; bastante tengo yo con mis propios negocios sin cuidarme de los asuntos de los demás. Vamos a ver, ¿se siente V. mejor? ¿Está V. bastante aliviado para continuar su camino? --¡Cómo! ¿Continuar mi camino? preguntó el fraile aterrado; ¿Se propone V. abandonarme solo aquí, por ventura? --¿Por qué no? Demasiado tiempo he perdido ya al lado de V., y ahora debo pensar en mis negocios. --¡Ah! exclamó el fraile, después del interés, que tan bondadosamente me ha demostrado V., ¿tendría valor suficiente para abandonarme así, casi moribundo, sin cuidarse de lo que pudiera sucederme después de su marcha? --¿Por qué no? repito. No conozco a V.; ninguna necesidad tengo de auxiliarle. Al cruzar casualmente por esta explanada, le vi a V. tendido ahí sin aliento y pálido como un cadáver; le prodigué esos cuidados que en el desierto a nadie se niegan: ahora ha vuelto V. en sí, ya no le soy útil para nada, y me marcho. ¿Puede haber cosa más sencilla ni más lógica? Adiós, y que el diablo, por quien me tomaba V. hace un momento, le conceda su protección. Después de haber pronunciado estas palabras, con un tono de sarcasmo y de ironía amarga, el desconocido se echó su rifle al hombro y anduvo algunos pasos en dirección a su caballo. --¡Deténgase V.! ¡En nombre del cielo! exclamó el fraile levantándose con más presteza de lo que hubiera podido esperarse de su estado de debilidad, pero impulsado poderosamente por el miedo. ¿Qué va a ser de mí, solo, en este desierto? --Me importa muy poco, repuso el desconocido desembarazando fríamente la punta de su zarapé que el fraile había agarrado. ¿No dice por ventura la máxima del desierto: Cada cual para sí? --¡Escuche V.! replicó el fraile hablando muy de prisa, me llamo fray Antonio y soy rico: si me protege V., le recompensaré generosamente. El desconocido se sonrió con desdén y dijo: ¿Qué tiene V. que temer? Es V. joven, robusto, y se halla bien armado: ¿no se encuentra, pues, en estado de protegerse a sí mismo? --No, porque me hallo perseguido por enemigos implacables. Esta noche pasada me han impuesto un tormento horrible e infamante: a duras penas he conseguido escaparme de entre sus manos. Esta mañana la casualidad me puso en presencia de esos dos hombres. Al verlos, se apoderó de mí una especie de locura furiosa, y se me ocurrió la idea de vengarme; les apunté e hice fuego, y en seguida comencé a huir sin saber a donde me dirigía, loco de cólera y de espanto; cuando llegué aquí, caí anonadado, abrumado, tanto por los sufrimientos que padecí en la pasada noche, como por el cansancio que me produjo una carrera larga y precipitada por caminos endemoniados. Esos hombres, sin duda alguna, me vienen persiguiendo; si me encuentran, lo cual conseguirán, porque son unos cazadores de los bosques que conocen perfectamente el desierto, me matarán sin compasión. No tengo más esperanza que en V.; ¡en nombre de aquello que más quiera V. en este mundo le suplico que me salve! ¡Sálveme V. y mi gratitud no tendrá límites! El desconocido había escuchado este largo y patético discurso sin que se moviese un solo músculo de su rostro. Cuando el fraile se detuvo, porque probablemente se le agotaron los argumentos y el aliento, el otro apoyó en el suelo la culata de su rifle, y respondió con sequedad: --Todo lo que está V. diciendo puede ser muy cierto, pero me importa tan poco como una hoja que se lleva el viento; salga V. de su apuro como mejor le parezca, sus ruegos son inútiles: si V. supiera quién soy, se ahorraría el estarme calentando los oídos tanto tiempo. El fraile fijaba en aquel hombre singular una mirada de espanto, sin saber ya qué decirle ni qué medio emplear para ablandar su corazón. --Pero ¿quién es V.? le preguntó, más bien por decir algo que para obtener una respuesta. --¿Quién soy? dijo el desconocido con una sonrisa irónica; ¿quiere V. saberlo? ¡corriente! Escuche V. a su vez, pues tengo que pronunciar muy pocas palabras, pero bastarán para helar de espanto la sangre en sus venas: soy el hombre a quien llaman el; -¡Desollador-Blanco!- el -¡Sin piedad!- El fraile retrocedió algunos pasos tambaleándose y juntando ambas manos con esfuerzo. --¡Dios mío! exclamó con terror, ¡Estoy perdido! En aquel momento se oyó a corta distancia el grito del mochuelo. El cazador se estremeció. --¡Nos escuchaban! exclamó, y se precipitó con rapidez hacia el lado en que acababa de oírse la seña, mientras que el fraile, medio muerto de terror, se dejaba caer al suelo de rodillas y dirigía al cielo una oración fervorosa. XXIII. EL DESOLLADOR-BLANCO. Ahora tenemos que interrumpir durante algunos momentos nuestra narración con el fin de dar al lector ciertos pormenores acerca del hombre singular que hemos puesto en escena en nuestro capítulo precedente, pormenores muy incompletos, sin duda alguna, pero indispensables, sin embargo, para la inteligencia de los acontecimientos sucesivos. Si en vez de referir una historia verídica, inventásemos una novela, de seguro nos guardaríamos muy bien de introducir en nuestro relato personajes como el que en este momento nos ocupa; desgraciadamente nos vemos obligados a seguir la línea que ya de antemano se halla trazada ante nosotros, y a describir a nuestros personajes tales como son, tales como han existido y como todavía existen en su mayor parte. Algunos años antes de la época en que comienza la primera parte de esta narración, comenzó a circular casi súbitamente un rumor que al pronto fue sordo, pero que muy luego adquirió cierta consistencia y grande notoriedad en los vastos desiertos de Tejas, helando de espanto a los indios bravos y a los aventureros de diferentes clases que recorren en todos sentidos aquellas soledades inmensas. Decíase que un hombre que tenía la apariencia de un blanco recorría hacía algún tiempo el desierto en persecución de los pieles rojas, a quienes parecía que había declarado una guerra encarnizada; acerca de aquel hombre que, según decían, caminaba siempre solo, se referían actos de una crueldad horrible y de una audacia inaudita. Dondequiera que encontraba a los indios, fuera el que quisiese su número, los atascaba; a los que caían en sus manos les desollaba el cráneo, les arrancaba el corazón del pecho, y a fin de que se conociese que habían sucumbido bajo sus golpes, aquel hombre les hacía sobre el estómago una gran incisión en forma de cruz. Algunas veces, atravesando el desierto en toda su extensión, aquel enemigo implacable de la raza roja se deslizaba dentro de las aldeas, las incendiaba durante la noche cuando cada cual se hallaba entregado al sueño, y entonces hacía una matanza espantosa asesinando a cuantos encontraba: mujeres, niños, ancianos, nadie quedaba exceptuado. No era solo a los indios a quienes aquel sombrío enderezador de entuertos perseguía con odio implacable; los mestizos y los cuarterones, los contrabandistas, los piratas, en fin todos esos atrevidos merodeadores de las fronteras acostumbrados a vivir a costa de la sociedad, tenían que arreglar con él una estrecha cuenta, solo que a éstos no les desollaba el cráneo: se contentaba con atarlos sólidamente a un árbol, en donde los condenaba a morirse de hambre y a ser presa de las fieras. Durante los primeros años, los aventureros y los pieles rojas, impulsados por el sentimiento de un peligro común, se coaligaron varias veces para concluir con aquel enemigo feroz, apoderarse de él e imponerle la pena del talión; pero aquel hombre parecía que estaba protegido por un encanto que le hacía librarse de cuantos lazos se le tendían, y adivinar cuantas emboscadas se le preparaban. Era imposible alcanzarle: sus movimientos eran tan rápidos e imprevistos, que con frecuencia aparecía a una distancia considerable del sitio en que se le aguardaba, y en cuyas cercanías se le había visto poco antes. Al decir de los indios y de los aventureros, era invulnerable, y su pecho rechazaba las balas y las flechas; aquel hombre, merced a la continua fortuna que protegía todas sus empresas, llegó a ser muy luego un objeto de universal terror en la pradera. Sus enemigos, convencidos de que cuanto intentasen contra él sería inútil, renunciaron a una lucha que juzgaron se dirigía contra un poder superior; circularon acerca de él las leyendas más singulares; cada cual le temió como un ser maléfico; los indios le denominaron -Kiéin-Stomann-, es decir, el Desollador-Blanco, y los aventureros le designaron con el epíteto de -Sin Piedad.- Como se ve, estos dos nombres habían sido aplicados con razón a aquel hombre para quien el asesinato y la carnicería parecía que eran el goce supremo; tanto era el placer que experimentaba al sentir a sus víctimas palpitar bajo su mano teñida en sangre y al arrancarles el corazón del pecho. Por eso, su solo nombre pronunciado en voz baja helaba de espanto a los más valientes. Pero ¿quién era aquel hombre? ¿De dónde procedía? ¿Qué catástrofe espantosa le había lanzado al horrible género de vida que llevaba? Nadie había podido responder a estas preguntas. Aquel individuo era un enigma aterrador que nadie podía descifrar. ¿Era por ventura una de esas organizaciones monstruosas que, bajo la exterioridad de un hombre, encierran un corazón de tigre? ¿Era más bien un alma ulcerada por alguna desgracia terrible y cuyas facultades todas se hallaban tendidas hacia un solo objeto, él de la venganza? Estas dos hipótesis eran tan posibles la una como la otra, y aún acaso ambas eran ciertas. Sin embargo, como toda medalla tiene su reverso, y el hombre nunca es completo para el bien ni para el mal, aquel individuo tenía algunas veces ciertas ráfagas, no de compasión, sino quizás de cansancio, momentos en que la sangre le subía a la garganta, le ahogaba y le hacía ser un poco menos cruel, un poco menos implacable, casi humano en una palabra; pero aquellos momentos eran breves, aquellos -accesos-, según él mismo los llamaba, muy escasos: casi al momento prevalecía su naturaleza, y entonces se tornaba tanto más terrible cuanto más próximo se había hallado a enternecerse. He aquí cuanto se sabía acerca de aquel individuo en el momento en que le hemos puesto en escena de un modo tan singular; el auxilio que había prestado al fraile era tan ajeno a todos sus hábitos que por fuerza debía hallarse entonces en uno de sus mejores accesos para haber consentido, no solo en prodigar cuidados tan solícitos a uno de sus semejantes, sino también en perder tanto tiempo escuchando sus ruegos y lamentaciones. Para concluir los datos que debemos dar acerca de tal personaje, añadiremos que nadie sabía si tenía una residencia habitual; que no se le conocía ninguna afección, ningún partidario; que siempre se le había visto solo, y que en los diez años, que hacía estaba recorriendo el desierto en todas direcciones, su fisonomía no había sufrido alteración alguna: siempre había tenido la misma apariencia de vejez y de fuerza; siempre la barba igualmente larga y blanca, y la cara llena de arrugas. Según dijimos, el Desollador-Blanco se había lanzado a los matorrales con el fin de descubrir quien hizo aquella señal que le dio la alarma; sus pesquisas fueron minuciosas, pero no obtuvieron más resultado que el de hacerle descubrir que no se había equivocado, y que, en efecto, un espía oculto en la espesura había visto cuanto pasaba en la explanada y oído cuanto en ella se decía. El Zorro-Azul, después de haber llamado a sus compañeros, se había echado hacia atrás con prudencia y viveza, convencido de que, a pesar de todo su valor, si caía en manos del Desollador-Blanco, era hombre perdido. El Desollador se volvió muy pensativo junto al fraile, cuya oración duraba todavía y adquiría tales dimensiones que amenazaba con llegar a ser interminable. El Desollador miró un momento al fraile, mientras que una sonrisa irónica vagaba por sus pálidos labios; en seguida, aplicándole un vigoroso culatazo entre los dos hombros, le dijo rudamente: --¡Arriba! El fraile cayó sobre las manos y permaneció inmóvil: creyendo que el otro tenía intención de asesinarle, se resignaba con su suerte, y aguardaba el golpe de gracia que, en concepto suyo, no debía tardar en recibir. --¡Vamos, arriba, fraile del diablo! repuso el Desollador; ¿no has mascullado bastante tus oraciones? Fray Antonio levantó muy despacio la cabeza: comenzaba a vislumbrar alguna esperanza. --Perdone V., respondió, he concluido; ahora estoy a sus órdenes: ¿qué desea V. de mí? Y en seguida se puso de pie como impulsado por un resorte, tanto adivinó por la expresión sombría de la mirada de su interlocutor que una derrota, por buena que fuese, no sería admitida. --Está bien, tuno: me parece que eres tan diestro para disparar un tiro como para decir una oración; carga tu rifle, porque ha llegado el momento de batirte como un hombre, si no quieres ser muerto como un perro. El fraile dirigió una mirada de terror en torno suyo y dijo vacilando: --¡Señor! ¿Con que me es preciso batirme? --Sí, a menos que no tengas empeño en conservar intacta tu piel, en cuyo caso puedes quedarte quieto. --Pero acaso haya algún otro medio... --¿Cuál? --La fuga, por ejemplo, dijo el fraile con tono insinuante. --Prueba ese medio, dijo el otro con tono burlón. El fraile, alentado por esta semi-concesión, continuó diciendo con un poco más de atrevimiento: --Tiene V. un caballo hermoso. --¿Verdad que sí? --¡Magnífico! repuso fray Antonio extasiándose. --Sí, y no te pesaría que yo te dejase montar en él a fin de huir más pronto, ¿verdad? --¡Oh! No lo crea V., dijo el fraile con un gesto negativo. --¡Basta! repuso el Desollador interrumpiéndole con rudeza; piensa en ti que tus enemigos llegan. De un salto se puso en la silla, hizo dar una vuelta a su caballo y se emboscó detrás del tronco enorme de un roble. Fray Antonio, estimulado por la aproximación del peligro, cogió con viveza su rifle y se colocó también detrás del árbol. En el mismo instante se oyó en los matorrales un crujido muy fuerte, se apartaron las ramas y aparecieron unos quince hombres: eran guerreros apaches, y en medio de ellos se hallaban el Zorro-Azul, John Davis y su compañero. El Zorro-Azul, aunque nunca se había encontrado frente a frente con el Desollador-Blanco, había oído hablar de él muchas veces, tanto a los indios como a los cazadores. Por eso cuando le oyó pronunciar su nombre, una angustia inexplicable le oprimió el corazón recordando todas las crueldades de que sus hermanos habían sido víctimas por parte de aquel hombre, y se le ocurrió el pensamiento de apoderarse de él. Se apresuró a hacer la señal convenida con los cazadores, y lanzándose por entre los jarales con esa velocidad singular que caracteriza a los indios, fue al sitio que le aguardaban sus guerreros y les mandó que le siguiesen; al volver atrás encontró a los dos cazadores, quienes habían oído su señal y acudían a auxiliarle. En breves palabras les enteró el Zorro-Azul de lo que pasaba: para ser verídicos nos vemos obligados a confesar que esta confidencia, lejos de excitar el ánimo de los guerreros y los cazadores, calmó de una manera singular su ardor, revelándoles que iban a exponerse a un peligro terrible luchando con un hombre tanto más de temer cuanto que ninguna arma podía herirle, y que los que hasta entonces se habían atrevido a atacarle, habían sido víctimas de su temeridad. Sin embargo, era demasiado tarde para retroceder, ya no había posibilidad de fugarse, y los guerreros, aunque de mala gana, se decidieron a avanzar. En cuanto a los dos cazadores, si bien no compartían por completo la ciega credulidad y los temores supersticiosos de sus compañeros, aquella lucha estaba muy lejos de agradarles. Sin embargo, contenidos por la vergüenza de abandonar a unos hombres a quienes se juzgaban muy superiores en inteligencia y aún en valor, se decidieron a seguirlos. --¡Señor! exclamó el fraile con voz lamentable cuando vio aparecer a los indios, ¡no me abandone V.! --No, si no te abandonas a ti mismo, perillán, respondió el Desollador. Los apaches, cuando hubieron llegado al lindero del bosque, siguiendo su táctica habitual se guarecieron detrás de los troncos de los árboles, y tan bien lo hicieron que aquella explanada angosta en la que tantos hombres se disponían a empeñar un combate encarnizado parecía que se hallaba completamente desierto. Hubo un momento de silencio y de vacilación. El Desollador se decidió a ser el primero en hacer uso de la palabra y gritó: --¡Eh! ¿Qué quieren VV. aquí? El Zorro-Azul iba a contestar, pero John Davis se lo impidió, diciéndole: --Déjeme V. a mí. Separándose entonces del tronco del árbol que le guarecía, se adelantó resueltamente algunos pasos, y parándose hacia el centro de la explanada, dijo en voz alta y firme: --¿Dónde está V., él que habla? ¿Teme V. darse a luz? --Yo no temo nada, respondió el Desollador. --Entonces déjese V. ver para que le conozcan, repuso John en tono de zumba. El Desollador, tan luego como se vio interpelado de este modo, hizo saltar a su caballo y fue a parar a dos pasos del cazador, diciendo, --Heme aquí: ¿qué me quiere V.? Davis había dejado llegar el caballo sin hacer ningún movimiento para huir de él, y dijo. --¡Eh! Tenía ganas de ver a V. --¿Es eso todo lo que tenía V. que decirme? repuso el otro con tono brusco. --¡Vamos! ¡Mucha prisa tiene V., que diablo! Déjenos siquiera tiempo suficiente para tomar resuello. --Basta de chanzas que podrían costarle a V. caras; dígame en seguida cuáles son sus proposiciones, pues no tengo tiempo que perder en vanas palabras. --¡Eh! ¿Cómo diablos sabe V. si tengo que hacerle proposiciones? --A no ser por eso, ¿estaría V. aquí? --¿Y esas proposiciones, sin duda las conocerá V.? --Es muy posible. --Entonces ¿qué respuesta me da V.? --Ninguna. --¿Cómo, ninguna? --Prefiero pelear con VV. --¡Oh! ¡Oh! ¡Rudo trabajo es el que se prepara V. ahí! ¿Sabe V. que somos dieciocho? --Me importa muy poco el número. Aunque fuesen VV. ciento me batiría lo mismo. --¡Vive Dios! Por lo singular del hecho me gustaría ver ese combate de un hombre solo contra veinte. --No será muy largo. Y al decir el Desollador estas palabras, hizo que su caballo retrocediese algunos pasos. --Aguarde V. un momento, ¡qué diablo! dijo el cazador con viveza, déjeme V. decirle una palabra. --Dígala V. --¿Quiere V. rendirse? --¿Cómo? ¿Qué es eso? --Le pregunto a V si quiere rendirse. --¡Vamos! ¡Está V. loco! repuso el Desollador con acento burlón. Rendirme, ¡yo! V. será quien pedirá cuartel muy pronto. --No lo creo, ¡vive Cristo! Aún cuando hubiese V. de matarme. --Vamos, vuélvase V. pronto a su escondite, dijo el Desollador encogiéndose de hombros; no quiero matarle a V. sin defensa. --Pues Señor, tanto peor para V., dijo el cazador; le he advertido lealmente, y ahora me lavo las manos, salga V. de su apuro como pueda. --Gracias, repuso enérgicamente el Desollador, pero aún no me encuentro en el extremo de apuro que V. supone. John Davis se contentó con encogerse de hombros sin dar más respuesta, y se volvió a guarecer detrás del árbol, caminando con lento paso y silbando el -Yankee Doodle.- El Desollador no le había imitado: aunque sabía por demás que numerosos enemigos le rodeaban y vigilaban sus movimientos, permaneció inmóvil y firme en medio de la explanada. --¡Hola! gritó con voz burlona, valerosos Apaches que os ocultáis como conejos en las madrigueras, ¿será preciso que vaya yo a buscaros para decidiros a daros a luz? Vamos, venid, si no queréis que crea que sois unas viejas charlatanas y cobardes. Estas palabras insultantes llevaron a su colmo la exasperación de los guerreros Apaches, quienes respondieron con un prolongado grito de furor. --¿Dejarán mis hermanos por más tiempo que un solo hombre se esté burlando de nosotros? exclamó el Zorro-Azul. Nuestra cobardía constituye su fuerza. Precipitémonos con la rapidez del huracán sobre ese genio del mal: no podrá resistir al choque de tantos guerreros afamados. ¡Adelante, hermanos! ¡Adelante! Sea nuestro el honor de haber vencido al enemigo implacable de nuestra raza. Y el valiente jefe, lanzando su grito de guerra que fue repetido por sus compañeros, se precipitó hacia el Desollador blandiendo resueltamente su rifle por encima de su cabeza; todos los guerreros le siguieron. El Desollador les aguardó sin cejar, pero tan luego como los vio a su alcance, recogiendo las riendas y oprimiendo las rodillas hizo saltar al noble animal en medio de los indios, y cogiendo su rifle por el cañón y sirviéndose de él como de una maza, comenzó a pegar a derecha e izquierda con un vigor y una rapidez que tenían algo de sobrenatural. Entonces comenzó una pelea espantosa; los indios se encarnizaban contra aquel hombre que, como jinete hábil, hacía dar a su caballo las vueltas y los giros más imprevistos, y por la rapidez de sus movimientos impedía que agarrasen la brida y le parasen. Los dos cazadores aguardaron al pronto con el arma descansada, convencidos de que era imposible que un solo hombre pudiese, no ya luchar, sino tan siquiera resistir dos minutos a unos enemigos tan numerosos y tan valientes; pero muy luego conocieron con suma sorpresa que se habían equivocado: ya varios indios yacían tendidos en el suelo con el cráneo partido por la terrible maza del Desollador, que no desperdiciaba un solo golpe. Los cazadores comenzaron entonces a variar de opinión acerca del resultado de la lucha y quisieron acudir al auxilio de sus compañeros; pero sus rifles les eran inútiles en el continuo movimiento del combate cuyo terreno variaba a cada instante, sus balas hubieran podido equivocarse fácilmente y herir a un amigo en vez del enemigo a quien querían derribar; entonces tiraron sus rifles, desenvainaron sus cuchillos y se lanzaron al auxilio de los Apaches, que comenzaban a flaquear. El Zorro-Azul, peligrosamente herido, estaba tendido en el suelo sin sentido; los guerreros que aún se hallaban sanos comenzaban a pensar en la retirada y a dirigir miradas ansiosas detrás de sí. El Desollador seguía batiéndose con la misma furia, burlándose de sus enemigos e insultándolos; su brazo se levantaba y se bajaba sin cesar. --¡Ah! ¡Ah! exclamó al ver a los dos cazadores, ¿quieren VV. su parte? ¡Vengan, vengan acá! Éstos no se lo hicieron repetir y se precipitaron ciegos sobre él; pero en mala hora lo hicieron: John Davis recibió un golpe con el pecho del caballo que le hizo ir rodando por el suelo a más de veinte pasos de distancia, donde quedó tendido; en el mismo instante su compañero caía con el cráneo roto y expiraba sin proferir ni una queja. Esta última peripecia dio el golpe de gracia a los indios, que, no pudiendo resistir ya el espanto que les inspiraba aquel hombre extraordinario, comenzaron a huir en todas direcciones lanzando aullidos de terror. El Desollador dirigió a la ensangrentada plazoleta, en la que había unos diez cuerpos tendidos, una mirada de triunfo y de odio satisfecho, y lanzando su caballo hacia adelante alcanzó a uno de los fugitivos, le levantó agarrándole por la cabellera, se le puso atravesado sobre el arzón de su silla, y desapareció en el bosque profiriendo un grito horrible. Ya no quedaban en la plazoleta del bosque más que diez o doce cuerpos tendidos en el suelo, de ellos solo dos o tres vivían aún, y los demás no eran sino cadáveres. También esta vez el Desollador-Blanco se había abierto paso de una manera sangrienta. En cuanto a fray Antonio, tan luego como vio empeñado el combate juzgó inútil aguardar su resultado; aprovechó juiciosamente la ocasión, y deslizándose con suavidad de árbol en árbol, llevó a cabo una retirada muy bien entendida y huyó. XXIV. DESPUÉS DEL COMBATE. Durante cerca de media hora, un silencio mortal reinó en la explanada que, a consecuencia del combate que hemos descrito en el capítulo anterior, ofrecía el aspecto más triste y lúgubre que puede imaginarse. Sin embargo, John Davis, que en realidad no había recibido herida alguna, puesto que su caída fue ocasionada tan solo por el choque del poderoso caballo del Desollador, abrió los ojos y dirigió en torno suyo una mirada sorprendida; la caída había sido bastante violenta para causarle graves contusiones y sepultarle en un desmayo profundo; por eso el americano, al volver en sí, muy aturdido todavía, no recordó en el primer momento nada de lo que había pasado, y se puso a reflexionar muy seriamente cómo, era que se hallaba en aquella postura singular. Sin embargo, poco a poco se fueron aclarando sus ideas y se acordó de aquella lucha extraordinaria y desproporcionada de un hombre solo contra veinte, lucha de la cual salió victorioso el Desollador después de haber muerto o puesto en fuga a sus agresores. --¡Eh! murmuró, quien quiera que sea ese individuo, hombre o demonio, ¡vive Dios que es un mozo muy templado! Se levantó con alguna dificultad, tentándose con cuidado sus miembros doloridos; luego, cuando se hubo cerciorado de que no tenía lesión alguna, repuso con evidente satisfacción: --A Dios gracias, he salido mejor de lo que me hubiera atrevido a suponer después de la manera en que fui derribado. En seguida, dirigiendo una mirada de compasión a su compañero tendido cerca de él, añadió: --¡Ese pobre Sam no ha sido tan feliz como yo! Han concluido sus correrías. ¡Qué rudo golpe ha recibido! ¡Bah! exclamó con esa filosofía egoísta del desierto, todos somos mortales y a cada cual le toca su vez. Hoy él, mañana yo; así va el mundo. Entonces, apoyado en su rifle, porque todavía le costaba algún trabajo moverse, anduvo algunos pasos por la explanada, tanto para desentumecer sus miembros, como para cerciorarse, por medio de una experiencia postrera, de que se hallaba en buen estado. Al cabo de algunos momentos de un ejercicio que restableció la circulación de la sangre y la elasticidad de las articulaciones, 1 , 2 . 3 , . 4 , , 5 , 6 , 7 , 8 , , 9 : 10 , 11 , 12 . 13 14 15 16 . 17 18 , 19 ; 20 , 21 . 22 23 24 . 25 26 : 27 , 28 29 , , , 30 , , 31 32 . 33 34 , , 35 36 , 37 , 38 . , 39 , 40 . 41 42 43 . 44 45 46 , , 47 . 48 49 . 50 51 , 52 , 53 , , 54 , 55 . , 56 , 57 58 . 59 60 , 61 , 62 . 63 64 , 65 ; 66 . 67 68 ¿ 69 ? 70 71 . 72 73 ¡ , , 74 , 75 ! 76 77 78 . 79 80 81 . 82 83 . 84 85 86 , , 87 . 88 89 - - ¿ ? 90 91 - - ¡ ! . 92 93 , , : 94 95 - - ¡ ! ¿ ? 96 97 98 . 99 100 101 102 103 . 104 105 - . 106 107 108 - , 109 , 110 , 111 . 112 113 114 , 115 , 116 117 . 118 119 , 120 , 121 122 . 123 124 , 125 , 126 , 127 128 , - 129 . 130 131 , , , 132 133 , 134 . 135 136 . , 137 , 138 , 139 , , 140 , 141 , , , 142 . , 143 , 144 , , 145 , 146 , 147 , 148 . 149 150 , 151 152 . 153 , 154 , 155 . , 156 ; , 157 158 . 159 160 - , , 161 ; 162 , , , 163 164 , 165 166 . 167 168 169 , 170 , 171 , 172 , , - - , 173 , 174 , 175 . 176 177 , , 178 ; 179 - - , 180 ; , 181 182 , 183 184 . 185 186 187 , 188 - , 189 ; 190 , 191 . 192 193 , 194 , , 195 , , 196 197 , . 198 199 , 200 , , 201 202 . 203 204 205 . 206 207 ; 208 , , , 209 , 210 . 211 212 213 , 214 ; , 215 . 216 217 - , 218 . 219 220 ¿ 221 , 222 ? ¿ , , 223 , ? 224 225 , 226 . 227 ; 228 ¿ , , 229 , 230 ? , 231 232 . 233 234 , 235 236 , , 237 , , 238 : 239 . 240 241 242 , 243 ; 244 , 245 , 246 . 247 248 - , 249 250 ; , 251 , 252 , , . 253 254 , 255 , 256 , 257 ; , 258 , 259 , , 260 , 261 . 262 263 . 264 265 266 . 267 268 , , 269 270 , . 271 272 , 273 274 ; 275 276 277 . ; 278 , 279 , 280 . 281 282 , 283 , . 284 . 285 286 , , 287 , ; 288 , , 289 . 290 291 , 292 , . 293 294 , ; , 295 , 296 , , 297 ; 298 , , 299 ; 300 , 301 , , 302 ; , 303 304 . 305 306 . 307 , 308 , 309 , 310 ; 311 , ; 312 , , 313 ; , 314 315 316 . 317 318 319 , , 320 . , 321 , , 322 - , - , 323 . 324 325 , 326 ; , , , 327 , , 328 329 . 330 331 , 332 , 333 . 334 335 , 336 ; , 337 , , 338 , 339 ; , 340 , 341 342 . 343 344 , , 345 , , 346 , , 347 , 348 349 . 350 351 352 353 . 354 355 , 356 . 357 358 , 359 360 361 . 362 363 - - , . 364 365 - - , ¿ ? . 366 367 - - , , . 368 369 - - . , , ; 370 , - - , . ; 371 . , : ¿ 372 ? 373 374 , 375 . 376 377 - - ¿ . ? . 378 379 - - ¿ . ? 380 ; . 381 382 , 383 : 384 385 - - ¡ ! 386 387 - - , ¡ ! . , 388 ; , . , 389 , . 390 391 - - ¿ . ? ¿ . 392 ? 393 394 - - ¿ ? 395 ; , 396 . 397 398 - - , ¡ ! , , 399 . 400 401 - - , . ; 402 403 . , ¿ . ? ¿ . 404 ? 405 406 - - ¡ ! ¿ ? ; ¿ 407 . , ? 408 409 - - ¿ ? . , 410 . 411 412 - - ¡ ! , , 413 . , ¿ , 414 , 415 ? 416 417 - - ¿ ? . . ; 418 . , . 419 ; 420 : . 421 , , . ¿ 422 ? , , . 423 , . 424 425 , 426 , 427 . 428 429 - - ¡ . ! ¡ ! 430 431 , . ¿ 432 , , ? 433 434 - - , 435 . ¿ 436 : ? 437 438 - - ¡ . ! , 439 : . , . 440 441 : ¿ . ? 442 . , , : ¿ , , 443 ? 444 445 - - , . 446 : 447 . 448 . , 449 , ; 450 , 451 , ; , 452 , , 453 , 454 . , , 455 ; , , 456 , 457 . . ; ¡ 458 . ! 459 ¡ . ! 460 461 462 . , 463 , 464 , : 465 466 - - . , 467 ; . 468 , : . 469 , . 470 471 , 472 . 473 474 - - ¿ . ? , 475 . 476 477 - - ¿ ? ; ¿ . 478 ? ¡ ! . , 479 , 480 : ; - ¡ - ! - - ¡ 481 ! - 482 483 484 . 485 486 - - ¡ ! , ¡ ! 487 488 . 489 490 . 491 492 - - ¡ ! , 493 , , 494 , 495 . 496 497 498 499 500 . 501 502 - . 503 504 505 506 507 508 , , , 509 , , 510 . 511 512 , , 513 514 ; 515 516 , , 517 . 518 519 520 , 521 , 522 , 523 524 . 525 526 527 , 528 ; 529 , , , 530 . 531 , , 532 ; , 533 , 534 , 535 . , 536 , 537 , 538 , 539 : , , 540 , . 541 542 543 ; 544 , , , 545 546 , , 547 : 548 , 549 . 550 551 , , 552 , 553 , 554 ; 555 556 , . 557 : , 558 559 , . 560 , , 561 ; , 562 , 563 . , 564 , 565 ; 566 ; 567 ; - - - , , 568 - , 569 - . - 570 571 , 572 573 ; 574 575 . , 576 . 577 578 ¿ ? 579 580 ¿ ? 581 582 ¿ 583 ? 584 585 . 586 . 587 588 ¿ , 589 , ? 590 591 ¿ 592 , 593 ? 594 595 , 596 . 597 598 , , 599 , 600 , , , 601 , 602 , , 603 ; , - - , 604 , : 605 , 606 . 607 608 609 ; 610 611 612 , 613 , 614 . 615 616 , 617 ; 618 , ; 619 , , 620 , 621 : 622 ; , 623 . 624 625 , - 626 ; 627 , 628 , , 629 , 630 . 631 632 - , , 633 , , 634 , - , 635 . 636 637 , 638 639 . 640 641 , 642 ; , 643 , : 644 645 - - ¡ ! 646 647 : 648 , , 649 , , 650 . 651 652 - - ¡ , , ! ; ¿ 653 ? 654 655 : 656 . 657 658 - - . , , ; : ¿ 659 . ? 660 661 , 662 663 , , . 664 665 - - , : 666 ; , 667 , 668 . 669 670 : 671 672 - - ¡ ! ¿ ? 673 674 - - , , 675 . 676 677 - - . . . 678 679 - - ¿ ? 680 681 - - , , . 682 683 - - , . 684 685 , - , 686 : 687 688 - - . . 689 690 - - ¿ ? 691 692 - - ¡ ! . 693 694 - - , 695 , ¿ ? 696 697 - - ¡ ! . , . 698 699 - - ¡ ! ; 700 . 701 702 , 703 . 704 705 , , 706 . 707 708 , 709 : 710 , - , 711 . 712 713 - , 714 - , , 715 . 716 , 717 718 , . 719 , 720 721 , 722 ; , 723 . 724 725 - : 726 , 727 , 728 , 729 730 , 731 , . 732 733 , , 734 , , , 735 . 736 737 , 738 , 739 . , 740 741 , . 742 743 - - ¡ ! 744 , ¡ . ! 745 746 - - , , , . 747 748 , , 749 750 , 751 752 . 753 754 . 755 756 757 : 758 759 - - ¡ ! ¿ . ? 760 761 - , , 762 : 763 764 - - . . 765 766 , 767 , 768 , : 769 770 - - ¿ . , ? ¿ . ? 771 772 - - , . 773 774 - - . , 775 . 776 777 , , 778 , , 779 780 - - : ¿ . ? 781 782 783 , . 784 785 - - ¡ ! . 786 787 - - ¿ . ? 788 . 789 790 - - ¡ ! ¡ . , ! 791 . 792 793 - - . ; 794 , 795 . 796 797 - - ¡ ! ¿ . ? 798 799 - - , ¿ . ? 800 801 - - ¿ , . ? 802 803 - - . 804 805 - - ¿ . ? 806 807 - - . 808 809 - - ¿ , ? 810 811 - - . 812 813 - - ¡ ! ¡ ! ¡ . ! ¿ . 814 ? 815 816 - - . . 817 . 818 819 - - ¡ ! 820 . 821 822 - - . 823 824 , 825 . 826 827 - - . , ¡ ! , 828 . . 829 830 - - . 831 832 - - ¿ . ? 833 834 - - ¿ ? ¿ ? 835 836 - - . 837 838 - - ¡ ! ¡ . ! . 839 , ¡ ! . . 840 841 - - , ¡ ! . . 842 843 - - , . , 844 ; . . 845 846 - - , . , ; 847 , , . . 848 849 - - , , 850 . . 851 852 , 853 , 854 - . - 855 856 : 857 , 858 . 859 860 - - ¡ ! , 861 , ¿ 862 ? , , 863 . 864 865 866 , 867 . 868 869 - - ¿ 870 ? - . 871 . 872 : 873 . ¡ , ! ¡ ! 874 . 875 876 , 877 , 878 ; 879 . 880 881 , 882 , 883 , 884 , 885 . 886 887 ; 888 , , 889 , 890 . 891 892 , 893 , 894 , 895 ; 896 : 897 , 898 . 899 900 901 ; 902 903 , 904 905 ; , 906 , 907 . 908 909 - , , 910 ; 911 . 912 913 , 914 ; . 915 916 - - ¡ ! ¡ ! , ¿ . ? 917 ¡ , ! 918 919 ; 920 : 921 922 , ; 923 . 924 925 , , 926 927 , 928 . 929 930 , 931 , , 932 , 933 , 934 , 935 . 936 937 938 , , 939 . 940 941 - 942 . 943 944 , 945 ; , 946 , 947 . 948 949 950 951 952 . 953 954 . 955 956 957 , 958 , 959 , . 960 961 , , 962 , 963 , 964 ; 965 ; 966 , , , 967 , 968 , . 969 970 , 971 972 , 973 . 974 975 - - ¡ ! , , , 976 ¡ ! 977 978 , 979 ; , 980 , : 981 982 - - , 983 . 984 985 , 986 , : 987 988 - - ¡ ! 989 . ¡ ! ¡ ! 990 , 991 . , ; . 992 993 , , 994 , , 995 , , 996 , . 997 998 999 , 1000