detrás de sí le causaba viva inquietud, probándole que su proyecto no
le había salido tan bien como él esperaba, y que alguno de sus enemigos
se había librado y lanzado en seguimiento suyo.
El mestizo aumentó la rapidez de su carrera, obligó a su caballo a dar
infinitos rodeos y vueltas, con el fin de hacer que el enemigo que se
encarnizaba en perseguirle perdiese su rastro; pero todo fue inútil,
pues siempre oía detrás de sí el galope obstinado de su desconocido
perseguidor.
Por muy valiente que sea un hombre, por grande que sea la energía
de que se halle dotado, nada embota tanto su valor como el verse
amenazado en medio de las tinieblas por un enemigo invisible, y por
esto mismo inatacable: la oscuridad de la noche, el silencio que reina
en el desierto, los árboles que, en una carrera desatentada, desfilan
por derecha e izquierda cual una legión de fantasmas siniestros y
amenazadores, todo se reúne para aumentar los terrores del desgraciado
que huye poseído de un vértigo incalificable, sumido en una pesadilla
tanto más horrible, cuanto que conoce el peligro y no sabe como
conjurarle.
Lanzi, con el entrecejo fruncido, los labios temblorosos, la frente
bañada en frío sudor, corrió así durante varias horas por medio del
campo, inclinado sobre el cuello de su corcel, sin seguir ninguna
dirección fija, perseguido siempre por el ruido del galope del caballo
lanzado en pos de él.
¡Cosa singular! Desde que aquel galope se oyó por primera vez, no
parecía haberse acercado mucho; pudiérase suponer que el desconocido
jinete, satisfecho con seguir la pista de aquel a quien perseguía, no
se cuidaba de alcanzarle.
Entre tanto la primera exaltación del mestizo se había calmado
gradualmente, el aire frío de la noche había ordenado algún tanto sus
ideas, recobraba su serenidad y con ella la lucidez necesaria para
juzgar bien su posición.
Lanzi se avergonzó de aquel terror pueril, indigno de un hombre como
él, que durante tanto tiempo y por interés de su seguridad personal
le hacía olvidar el deber sagrado que se había impuesto de proteger y
defender con riesgo de su vida a la hija de su amigo, o al menos a la
que consideraba como tal.
Al ocurrírsele este pensamiento, que hirió a su mente cual un rayo,
un rubor ardiente tiñó su rostro, surgió de sus ojos un relámpago, y
detuvo bruscamente su caballo, resuelto a concluir de una vez y a toda
costa con su perseguidor.
El caballo, detenido de pronto en su carrera, dobló sus temblorosas
piernas lanzando un relincho de dolor, y permaneció inmóvil. En el
mismo instante dejó de oírse también el galope del corcel invisible.
--¡Eh! ¡Eh! murmuró el mestizo, esto comienza a complicarse.
Y sacando de su cinto una pistola, la amartilló.
Inmediatamente oyó, cual un eco fúnebre, el ruido seco del muelle de
una pistola que también montaba su adversario.
Sin embargo, este ruido, en vez de aumentar los recelos del mestizo,
pareció que, por el contrario, los calmaba.
--¿Qué significa esto? dijo para sí, moviendo la cabeza con marcada
preocupación; ¿me habré equivocado? ¿No es con un apache, según eso,
con quien tengo que habérmelas?
Después de esta reflexión, durante la cual Lanzi había procurado en
vano distinguir a su enemigo desconocido, gritó con voz fuerte.
--¡Eh! ¿Quién es V.?
--¿Y V.? respondió una voz varonil que salía de en medio de las
tinieblas con un acento tan resuelto por lo menos como el del mestizo.
--¡He ahí una respuesta singular! repuso Lanzi.
--Ni más ni menos singular que la pregunta de V.
Estas palabras habían sido pronunciadas en el castellano más puro. El
mestizo, seguro ya de que tenía que habérselas con un blanco, desterró
todo temor, y desmontando su pistola, volvió a colocársela en el cinto,
diciendo en tono de buen humor:
--Lo mismo que yo, caballero, debe V. tener necesidad de tomar resuello
después de una carrera tan larga: ¿quiere V. que descansemos juntos?
--Con mucho gusto, respondió el otro.
--¡Calle! exclamó una voz que el mestizo conoció en seguida, es Lanzi.
--¡Sí por cierto! exclamó éste con júbilo, ¡voto a bríos! Doña Carmela,
¡no esperaba yo encontrar a V. aquí!
Nuestros tres personajes se reunieron. Las explicaciones fueron breves.
El miedo no calcula ni reflexiona. Carmela por un lado, Lanzi por otro,
arrebatados por un vano terror, habían huido sin procurar enterarse
del sentimiento que les impulsaba, excitados tan solo por el interés de
la propia conservación, esa arma suprema dada por Dios al hombre para
hacerle evitar el peligro en los casos extremos.
La única diferencia consistía en que el mestizo se juzgaba perseguido
por los Apaches, mientras que Carmela creía tenerlos delante de sí.
Cuando la joven, cediendo a las instancias de Lanzi, salió de la venta,
se precipitó ciega por el primer sendero que se presentó delante de
ella.
Por fortuna suya, Dios había querido que, en el momento en que la venta
se volaba con terrible estrépito, Carmela, medio muerta de terror y
derribada del caballo, fuese hallada por un cazador blanco. Este, lleno
de compasión al oír el relato de las desgracias que la amenazaban, se
ofreció generoso a escoltarla hasta la hacienda del Mezquite, a donde
la joven deseaba ir para colocarse bajo la protección inmediata de
Tranquilo.
Carmela, después de haber examinado con la vista al cazador, cuya
mirada franca y rostro simpático revelaban lealtad, aceptó su oferta
con gratitud, temblando que las tinieblas la hiciesen caer en medio de
las partidas de indios que sin duda infestaban los caminos, y a las
cuales la habría entregado inevitablemente su ignorancia respecto de
los sitios circunvecinos.
Así pues, la joven y su guía se pusieron en marcha al instante en
dirección a la hacienda; pero, dominados por mil recelos, el galope
del caballo del mestizo les hizo creer en la presencia de una
partida enemiga delante de ellos. Por eso pusieron todo su cuidado
en mantenerse a una distancia bastante grande para volver riendas y
escaparse al más mínimo movimiento sospechoso de sus supuestos enemigos.
Esta explicación disipó toda inquietud entre los tres personajes;
Carmela y Lanzi se juzgaban muy felices por haberse encontrado de una
manera tan providencial.
Mientras el mestizo refería a su señorita la manera en que había
concluido con los Apaches, el cazador, como hombre prudente, cogió de
las riendas a los caballos y los condujo a unos matorrales espesos en
donde los escondió con el mayor cuidado; en seguida volvió junto a sus
nuevos amigos, quienes se habían sentado en el suelo para descansar un
poco.
En el momento en que el cazador volvía, Lanzi estaba diciendo a la
joven:
--¿Para qué se ha de cansar V. más esta noche, Señorita? Nuestro nuevo
amigo y yo construiremos en un momento una choza para V., bajo la cual
estará perfectamente resguardada; dormirá V. hasta la salida del sol,
y entonces nos encaminaremos a la hacienda. Por ahora no tiene V. que
temer ningún peligro, pues se halla protegida por dos hombres que no
vacilarán en sacrificar su vida por V. si es preciso.
--Le doy a V. gracias, mi buen Lanzi, respondió la joven: su cariño
y lealtad me son conocidos, y no vacilaría en confiarme a ellos si
en este momento me hallase atormentada por el temor de los Apaches.
Crea V. firmemente que la consideración de los peligros a que puedo
hallarme expuesta por parte de esos paganos no entra para nada en mi
determinación de ponerme en marcha lo más pronto posible.
--¿Pues qué otra consideración más importante puede obligarla a V,
Señorita? dijo el mestizo con sorpresa.
--Amigo mío, ese es asunto entre mi padre y yo. Bástele a V. saber que
es de absoluta precisión que yo le vea y hable con él esta misma noche.
--¡Corriente! Puesto que V. lo quiere, Señorita, consiento en ello,
respondió el mestizo moviendo la cabeza. De todos modos confiese usted
que es un capricho singular.
--No, mi buen Lanzi, repuso la joven con tristeza, no es un capricho:
cuando conozca V. las razones que me obligan a obrar así, estoy
convencida de que me dará la razón.
--Puede ser; pero entonces ¿por qué no me las dice V. al instante?
--Porque me es imposible.
--¡Silencio! exclamó el cazador interponiéndose bruscamente; toda
discusión es ociosa en este momento: es preciso marchar cuanto antes.
--¿Qué quiere V. decir? exclamaron Carmela y Lanzi haciendo un
movimiento de espanto.
--Que los Apaches han encontrado nuestro rastro y acuden con rapidez:
antes de veinte minutos estarán aquí; esta vez no ha lugar a
equivocarse, son ellos.
Hubo un momento de silencio.
Carmela y Lanzi prestaron atento oído.
--No oigo nada, dijo el mestizo al cabo de un instante.
--Ni yo tampoco, murmuró la joven.
El cazador se sonrió con dulzura y dijo:
--En efecto, nada deben VV. oír todavía, porque sus oídos no están
tan acostumbrados como los míos a percibir los rumores más leves del
desierto. Tengan VV. fe en mis palabras, fíen en una experiencia que
nunca me ha fallado: nuestros enemigos se acercan.
--¿Qué hacemos? murmuró Carmela.
--Huir, exclamó el mestizo.
--Escuchen VV., repuso el cazador impasible, los Apaches son numerosos,
son muy astutos, pero solo por medio de la astucia podemos vencerlos.
Si intentamos resistirles, somos perdidos; si huimos los tres juntos,
tarde o temprano caeremos en sus manos. Mientras yo me quedo aquí, V.
huirá con la señorita. Únicamente cuide V. de forrar los pies de los
caballos para ensordecer el ruido de sus pasos.
--Pero ¿y V.? exclamó la joven con viveza.
--¿No he dicho ya que me quedaré aquí?
--Sí, pero entonces caerá V. en sus manos y será V. asesinado
inevitablemente.
--¡Puede ser! respondió el cazador con inexplicable expresión de
melancolía; pero al menos mi muerte habrá servido para algo, puesto que
habrá salvado a VV.
--Muy bien, caballero, dijo Lanzi, doy a V. gracias por su oferta.
Desgraciadamente, ni puedo ni quiero aceptarla: las cosas no han
de pasar así. Yo he sido quien ha comenzado el negocio, y pretendo
terminarle yo solo a mi manera. Márchese V. con la señorita,
entréguela en manos de su padre, y si no me ve V. volver y él le
pregunta lo que ha pasado, diga V. sencillamente que he cumplido mi
promesa dando mi vida por doña Carmela.
--¡Nunca consentiré en ello! exclamó enérgicamente la joven.
--¡Silencio! dijo el mestizo interrumpiéndola bruscamente, márchense,
márchense, que no se puede perder un solo instante.
Y a pesar de la resistencia de la joven, la levantó en sus robustos
brazos y se la llevó corriendo hacia los matorrales.
Carmela comprendió que nada podría alterar la resolución del mestizo y
se resignó.
El cazador aceptó el sacrificio de Lanzi con la misma sencillez con
que había ofrecido el suyo, pues la conducta del mestizo le parecía
muy natural. Así pues, no opuso la más leve objeción y se ocupó con
actividad en preparar los caballos.
--Ahora márchense VV., dijo el mestizo tan luego como el cazador y la
joven estuvieron a caballo, márchense, ¡y sea lo que Dios quiera!
--¿Y V., amigo mío? dijo todavía Carmela.
--Yo, respondió el mestizo moviendo la cabeza con expresión
indiferente, aún no he caído en poder de esos diablos rojos. ¡Vamos, en
marcha!
Y en seguida, para cortar toda conversación, sacudió un zendo latigazo
a los caballos. Los nobles animales arrancaron a galope, y muy luego
desaparecieron de su vista.
El pobre hombre lanzó un suspiro tan luego como se hubo quedado solo.
--¡Ah! murmuró con tristeza, esta vez mucho me temo que todo haya
concluido para mí. Pero no importa, ¡qué diablo! Lucharé hasta el fin,
y si los indios me cogen, su trabajillo les ha de costar.
Después de haber adoptado esta determinación enérgica, que pareció le
restituía todo su valor, el buen mestizo montó a caballo y se mantuvo
dispuesto a obrar.
Los Apaches se acercaban con un ruido semejante al estampido de un
trueno prolongado.
Ya se podían distinguir vagamente sus negras siluetas que se perfilaban
en la sombra.
Lanzi cogió la brida con los dientes, agarró una pistola con cada mano,
y cuando juzgó propicio el momento, clavó las espuelas en los ijares
de su caballo y se lanzó a escape tendido al encuentro de los pieles
rojas, cortándolos en diagonal.
Cuando hubo llegado cerca de ellos, descargó sus armas en medio del
grupo, lanzó un grito de reto y continuó huyendo con creciente rapidez.
Entonces sucedió lo que el mestizo había previsto. Sus tiros habían
sido certeros: dos Apaches cayeron con el pecho atravesado de parte a
parte. Los indios, furiosos al ver aquel ataque audaz que estaban muy
lejos de esperar por parte de un solo hombre, lanzaron un grito de
coraje y se precipitaron en seguimiento suyo.
Ya lo hemos dicho: esto era lo que quería Lanzi.
--¡Eso es! dijo al ver el buen éxito de su treta, ya están reunidos,
y no hay que temer que se desparramen por la llanura; los otros están
salvados. En cuanto a mí... ¡bah! ¿Quién sabe?
Carmela y el cazador solo se habían librado de los Apaches para caer en
medio de los jaguares; pero ya hemos visto como se salvaron, merced al
auxilio de Tranquilo.
XX.
CONFIDENCIAS.
Tranquilo había escuchado atentamente la narración de la joven, con la
cabeza baja y el entrecejo fruncido; cuando Carmela calló, la miró un
momento con expresión interrogadora.
--¿Y es eso todo? le preguntó.
--Todo, contestó Carmela con timidez.
--¿Y de Lanzi, de mi pobre Lanzi, no han tenido VV. más noticias?
--Ninguna. Hemos oído dos tiros, el galope furioso de varios caballos,
el grito de guerra de los Apaches, y luego todo ha vuelto a quedar
silencioso.
--¿Qué habrá sido de él? murmuró con tristeza el tigrero.
--Es un hombre resuelto, y me parece que conoce la vida del desierto,
repuso Corazón Leal.
--Sí, replicó Tranquilo; pero está solo.
--Es verdad, dijo el cazador, y solo contra cincuenta quizás.
--¡Oh! exclamó el canadiense, daría diez años de mi vida por tener
noticias suyas.
--¡Cáspita, compadre! exclamó una voz gozosa, yo se las traigo a V. muy
fresquitas, y nada le pido por ellas.
Los circunstantes no pudieron menos de estremecerse al oír aquella voz,
y se volvieron con viveza hacia el lado en que había sonado.
Apartáronse las ramas y apareció un hombre.
Era Lanzi.
El mestizo parecía estar tan tranquilo y tan descansado como si nada
le hubiese sucedido; solo que su semblante, por lo general frío y aún
de mal gesto, tenía una expresión de alegría burlona inexplicable, sus
ojos chispeaban, y una sonrisa irónica vagaba por sus labios.
--¡Pardiez! amigo mío, dijo Tranquilo tendiéndole la mano, sea V. mil
veces bienvenido entre nosotros: estábamos con suma inquietud por su
suerte.
--Doy a V. gracias, compadre; pero, afortunadamente para mí, el peligro
no era tan inminente como se hubiera podido suponer, y he conseguido
desembarazarme con bastante facilidad de esos demonios de Apaches.
--¡Tanto mejor! Importa muy poco la manera en que haya V. conseguido
escaparse. Está V. sano y salvo, y eso es lo principal. Ahora que
estamos reunidos, ya pueden venir si gustan, que encontrarán con quien
entenderse.
--No harán tal. Además, tienen otra cosa que hacer en este momento.
--¿Eso cree V.?
--Estoy seguro de ello. Han visto un campamento de soldados mejicanos
que van escoltando una conducta de plata, y como es natural, intentan
apoderarse de ella, tanto que a esa circunstancia enteramente fortuita
debo yo en parte mi salvación.
--¡Eh! Tanto peor para los mejicanos, dijo con indiferencia el
canadiense, cada cual para sí y Dios para todos. Que se arreglen como
puedan, que no nos importan sus asuntos.
--Eso mismo pienso yo.
--Todavía nos quedan tres horas de noche: aprovechémoslas para
descansar, con el fin de estar dispuestos para encaminarnos a la
hacienda en cuanto salga el sol.
--El consejo es bueno y debe seguirse, dijo Lanzi, quien se tendió
inmediatamente con los pies junto al fuego, se envolvió en su zarapé y
cerró los ojos.
Corazón Leal, que sin duda opinaba del mismo modo, siguió su ejemplo.
En cuanto a Quoniam, después de haber desollado concienzudamente los
tigres y sus cachorros, se había tendido delante del fuego, y hacía dos
horas que dormía con un sueño profundo y con esa indiferencia indolente
que caracteriza a la raza negra.
Tranquilo se volvió entonces hacia Carmela. La joven estaba sentada a
pocos pasos de él; miraba al fuego con ademán pensativo y en sus ojos
brillaban algunas lágrimas.
--¡Vamos, niña! le dijo el canadiense con dulzura, ¿qué haces ahí?
Debes estar molida de cansancio; ¿por qué no tratas de descansar un
rato?
--¿Para qué? murmuró Carmela con tristeza.
--¿Para qué? repuso con viveza el tigrero, a quien el acento de la
joven hizo estremecer; ¿para qué ha de ser? Para que recobres tus
fuerzas.
--Déjeme V. velar, padre; no podría dormir por mucho cansancio que
tenga; el sueño huiría de mis párpados.
El canadiense la examinó un instante con la mayor atención, y luego
moviendo la cabeza con visible preocupación, dijo:
--¿Qué significa eso?
--Nada, padre mío, respondió Carmela procurando sonreír.
--¡Niña! ¡Niña! murmuró Tranquilo, ¡aquí hay algo! Yo no soy más que
un pobre cazador, muy ignorante respecto de las cosas del mundo y sin
malicia alguna. Pero te quiero, hija mía, y mi corazón me dice que
sufres.
--¡Yo! exclamó Carmela haciendo un gesto negativo.
Pero de improviso prorrumpió en llanto, y reclinándose en el pecho leal
del cazador, ocultó allí su cabeza y murmuró con voz ahogada:
--¡Ah! ¡Padre! ¡Padre! ¡Soy muy desgraciada!
Tranquilo, al oír esta exclamación arrancada por la fuerza del
dolor, se enderezó como si una serpiente le hubiese picado; sus ojos
chispearon, fijó en la joven una mirada impregnada en amor paternal, y
obligándola suavemente a que le mirase de frente, exclamó con ansiedad:
--¿Desgraciada, tú, Carmela? ¡Qué ha pasado, Dios mío!
La joven, haciendo un esfuerzo supremo, logró calmarse; sus facciones
recobraron su habitual mansedumbre, enjugó sus lágrimas, y sonriendo al
cazador que la miraba con inquietud, le dijo con voz zalamera:
--Perdóneme V., padre mío, estoy loca.
--¡No, no! respondió Tranquilo moviendo la cabeza a uno y otro lado, no
estás loca, hija mía, solo que me ocultas algo.
--¡Padre mío! dijo Carmela ruborizándose y bajando los ojos muy confusa.
--Sé franca conmigo, chiquilla; ¿no soy por ventura tu mejor amigo?
--¡Es verdad!
--¿Me he negado nunca a satisfacer tus más mínimos caprichos?
--¡Oh! ¡Nunca!
--¿Me has encontrado alguna vez demasiado severo para ti?
--¡No por cierto!
--Pues bien, ¿entonces por qué no me confiesas francamente lo que te
atormenta?
--Es que... murmuró Carmela vacilando.
--¿Vamos, qué? dijo el cazador con voz insinuante.
--No me atrevo.
--Según eso, ¿es cosa muy difícil de decir?
--Sí.
--¡Bah! Sigue hablando, chiquilla. ¿Dónde has de encontrar un confesor
tan indulgente como yo?
--En ninguna parte, ya lo sé.
--Pues entonces habla.
--Es que temo que V. se enfade.
--Más me harás enfadar si te obstinas en guardar silencio.
--Pero...
--Escucha. Carmela, tú misma, al referirnos, hace un momento, todo lo
que ha pasado hoy en la venta, confesaste que habías querido venir a
buscarme a donde quiera que me encontrase y en esta misma noche; ¿es
verdad, sí o no?
--Sí, padre mío.
--Pues bien, heme aquí, ya escucho; además, si lo que tienes que
decirme es tan importante como me das margen a suponerlo, creo que
harás muy bien en darte prisa.
La joven se estremeció, dirigió una mirada al cielo cuyas sombras
comenzaban a teñirse con fajas blanquecinas, y toda vacilación
desapareció entonces de su semblante.
--Tiene V. razón, padre mío, dijo con voz firme. Tengo que hablar a V.
de un asunto de la mayor importancia, y quizás lo haya retrasado ya en
demasía, porque es cosa de vida o muerte.
--¡Me asustas!
--Escuche V.
--Habla, hija, habla sin temor, y cuenta con el cariño que te tengo.
--Cuento con eso, padre mío, y todo lo sabrá V.
--Bien.
Carmela pareció que se recogía un instante; luego dejando caer su
manita en la ruda y ancha mano de su padre, mientras que sus largas y
sedosas pestañas se bajaban tímidamente para velar su mirada, comenzó
a hablar con voz débil al pronto, pero que muy luego se serenó y se
tornó firme y clara.
--Lanzi le ha dicho a V. que el encuentro de una conducta de plata
acampada a poca distancia del sitio en que nos hallamos, le había
ayudado a librarse de la persecución de los indios. Padre mío, esa
conducta de plata pernoctó anoche en la venta; el capitán que manda la
escolta es uno de los oficiales más distinguidos del ejército mejicano;
en varias ocasiones ha oído V. hablar de él con elogio, y aún creo que
le conoce V. personalmente: se llama D. Juan Melendez de Góngora.
--¡Ah! dijo Tranquilo.
La joven se detuvo palpitante.
--Continúa, repuso el canadiense con dulzura.
Carmela le miró de reojo, vio que se sonreía, y se decidió a hablar.
--La casualidad ha llevado ya varias veces al capitán Melendez a la
venta. Es todo un caballero, amable, cortés, fino, atento, y nunca
hemos tenido la más mínima queja de él, como se lo dirá a V. Lanzi.
--Estoy convencido de ello, hija mía: el capitán Melendez es tal como
me lo pintas.
--¿Verdad que sí? dijo la joven con viveza.
--Sí, es todo un caballero. Desgraciadamente hay muy pocos oficiales
como él en el ejército mejicano.
--Esta mañana se puso en marcha la conducta de plata, escoltada por
el capitán y sus soldados. Dos o tres individuos de mala catadura se
habían quedado en la venta. Estuvieron viendo marchar a los soldados
con una sonrisa burlona; luego se sentaron a la mesa, se pusieron a
beber y quisieron principiar a hablarme de una manera poco decente y a
decirme ciertas palabras que una muchacha honrada nunca debe escuchar,
llegando hasta el extremo de amenazarme.
--¡Ah! exclamó Tranquilo interrumpiéndola y frunciendo el entrecejo; ¿y
conoces a esos tunos?
--No, padre mío; son de esos merodeadores de las fronteras como hay
tantos por aquella parte; pero, aunque los he visto varias veces,
ignoro sus nombres.
--Poco importa; no te dé cuidado, que yo los descubriré.
--¡Oh! Padre mío, haría V. mal en atormentarse por eso, se lo juro.
--Bueno, bueno, eso es cuenta mía.
--Afortunadamente para mí, en aquel intermedio llegó un jinete cuya
presencia bastó para imponer silencio a los tales hombres y obligarles
a ser de nuevo lo que siempre debieran haber sido conmigo, es decir,
atentos y respetuosos.
--Y sin duda, dijo el canadiense, ese jinete que llegó tan
oportunamente para ti, sería algún amigo tuyo.
--Solo un conocido, padre mío, dijo Carmela ruborizándose levemente.
--¡Ah! Muy bien.
--Pero es muy amigo de V., al menos así lo supongo.
--¡Ya! Y de ese ¿sabes el nombre, hija mía?
--¡Sí por cierto!
--¿Y cuál es? Si no te disgusta demasiado decírmelo.
--Nada de eso. Se llama el Jaguar.
--¡Oh! ¡Oh! repuso el cazador frunciendo el entrecejo, ¿qué podía tener
que hacer en la venta?
--No lo sé, padre. Dijo algunas palabras en voz baja a los hombres
de quienes he hablado a V., estos se levantaron inmediatamente de la
mesa, montaron a caballo y se alejaron a galope sin hacer la más mínima
observación.
--¡Es singular! murmuró el canadiense.
Hubo un momento de silencio bastante prolongado. Tranquilo reflexionaba
profundamente: era evidente que buscaba la solución de un problema que
sin duda le parecía muy difícil de resolver.
Al fin levantó la cabeza y preguntó a la joven:
--¿No tenías que decirme más que eso? Hasta ahora nada extraordinario
veo en lo que me has contado.
--Aguarde V., dijo Carmela.
--¡Ah! ¿Entonces no has concluido?
--Todavía no.
--Bueno, continúa.
--Aunque el Jaguar habló en voz muy baja con aquellos hombres; sin
embargo, por algunas palabras que oí... sin querer, se lo juro a V.,
padre mío...
--Estoy persuadido de ello. ¿Y qué adivinaste por esas pocas palabras?
--Es decir, creí comprender...
--Es lo mismo: sigue.
--Creí comprender que hablaban de la conducta de plata.
--Y por consiguiente, del capitán Melendez, ¿verdad?
--Sí, y aún estoy segura de que pronunciaron su nombre.
--Eso es. Y entonces supusiste que el Jaguar tenía intención de atacar
la conducta y dar muerte al capitán, ¿verdad?
--¡No digo eso, padre mío! repuso la joven balbuceando y muy
desconcertada.
--No, pero lo temes.
--¡Dios mío! repuso Carmela con cierto gestecillo de mal humor, ¿no es
natural que me interese por un valiente oficial que...?
--Es muy natural, hija mía, no te lo censuro; aun diré más, y es que,
según creo, tus suposiciones se acercan mucho a la verdad; con que así
no te enfades.
--¿Lo cree V., padre? exclamó la joven juntando las manos con terror.
--Es muy probable, repuso tranquilamente el canadiense. Pero sosiégate,
hija mía, añadió con tono bondadoso; aunque hayas tardado acaso
demasiado en hablarme, quizás lograré apartar el peligro que en este
momento amenaza al hombre por quien tanto te interesas.
--¡Oh! Haga V. eso, padre mío, ¡se lo suplico!
--Al menos pondré los medios, hija; he ahí lo único que puedo
prometerte por ahora. Pero y tú, ¿qué vas a hacer?
--¿Yo?
--Sí, ¿mientras mis compañeros y yo intentemos salvar al capitán?
--Seguiré a VV., padre mío, si V. me lo permite.
--Corriente, porque yo también creo que lo más prudente será eso. ¿Con
que profesas al capitán tanto afecto, puesto que tan ardientemente
deseas salvarle?
--¿Yo, padre mío? respondió la joven con entera franqueza, nada de
eso, solo que me parece que sería espantoso dejar matar a un oficial
valiente cuando se le puede salvar.
--¿Entonces aborreces al Jaguar, sin duda alguna?
--No por cierto, padre: a pesar de su carácter exaltado, me parece que
tiene un corazón noble, y aún V. mismo le estima, lo cual es para mí la
razón más poderosa. Lo que me hace padecer es ver en abierta oposición
a dos hombres que, si se conociesen, estoy persuadida de que muy pronto
simpatizarían mutuamente, y por eso no quisiera que hubiese sangre
derramada entre ambos.
Estas palabras fueron pronunciadas por la joven con tan cándida
franqueza que el canadiense permaneció algunos instantes completamente
atónito; el leve destello de verdad que creía haber percibido, se le
escapaba de improviso sin que le fuese posible explicarse como había
desaparecido; ya nada comprendía en la conducta de Carmela, ni en los
motivos que la impulsaban a obrar; pues no había razón alguna para
desconfiar de su buena fe en cuanto había dicho.
Después de haber mirado atentamente a la joven durante un momento,
movió dos o tres veces la cabeza como un hombre completamente
desorientado, y sin añadir una palabra, se dispuso a despertar a sus
compañeros.
Tranquilo era uno de los cazadores más experimentados de los bosques
de la América del Norte, todos los secretos del desierto le eran
conocidos; pero ignoraba por completo ese gran misterio que se llama el
corazón de las mujeres, misterio tanto más difícil de penetrar cuanto
que las mismas mujeres le ignoran casi siempre, pues por lo general
obran bajo la impresión del momento, bajo el dominio de la pasión y sin
segunda intención.
El canadiense en pocas palabras puso a sus compañeros al corriente
de su proyecto, y estos, según él lo esperaba, no opusieron objeción
alguna y se dispusieron a seguirle.
Diez minutos después montaban a caballo y abandonaban el campamento en
pos de Lanzi que les servía de guía.
En el momento en que desaparecían bajo la enramada, el búho hizo
resonar su grito matutino, precursor de la salida del sol.
--¡Dios mío! murmuró Carmela con angustioso acento, ¿llegaremos a
tiempo?
XXI.
EL JAGUAR.
Cuando el Jaguar se marchó de la venta del Potrero, iba poseído de
extremada agitación; las palabras de la joven resonaban en su oído con
un acento irónico y burlón; la última mirada que le había dirigido le
perseguía como un remordimiento: el joven se arrepentía amargamente
de haber interrumpido de una manera tan brusca su conversación con
Carmela, estaba descontento de la manera en que había respondido a
sus súplicas, en fin, se hallaba en la mejor disposición de ánimo
imaginable para cometer uno de los actos de crueldad a que con sobrada
frecuencia le había arrastrado su carácter violento y que habían
marcado su fama con un sello vergonzoso, actos que se arrepentía en
extremo de haber cometido cuando era ya demasiado tarde.
Corría a escape tendido por medio de la pradera, ensangrentando con las
espuelas los ijares de su caballo, que se encabritaba a impulso del
dolor, profiriendo maldiciones ahogadas, y dirigiendo en torno suyo
unas miradas tan feroces como las de una fiera cuando anda en busca de
una presa.
Hubo un momento en que tuvo intenciones de volver a la venta, arrojarse
a los pies de la joven, y reparar, en una palabra, la falta que le
hiciera cometer la pasión sorda que le agitaba, prescindiendo de toda
clase de celos y poniéndose completamente a disposición de Carmela para
cuanto se le antojase mandarle.
Pero, como suele suceder con la mayor parte de las buenas resoluciones,
ésta no tuvo más que la duración de un relámpago. El Jaguar reflexionó,
y con la reflexión volvieron la duda y los celos, y como consecuencia
inmediata, un nuevo furor más insensato y más loco que el primero.
El joven fue galopando así durante mucho tiempo sin seguir, al parecer,
ninguna dirección determinada; sin embargo, de vez en cuando y a largos
intervalos se paraba, se empinaba sobre los estribos, exploraba la
llanura con una mirada de águila, y luego volvía a arrancar a rienda
suelta.
Hacia las tres de la tarde se adelantó a la conducta de plata; pero
como la había visto desde lejos, le fue fácil evitar su encuentro,
oblicuando levemente a la derecha y metiéndose por medio de un
poblado bosque que le hizo ser invisible durante un espacio de tiempo
suficiente para que no temiese ser descubierto por los exploradores
destacados a vanguardia.
Sin embargo, una hora próximamente antes de la puesta del sol, el
joven, que por centésima vez acababa de pararse con el fin de explorar
los alrededores, lanzó un grito de júbilo contenido: por fin iba a
reunirse con aquellos a quienes tanta prisa tenía de alcanzar.
A unos quinientos pasos del sitio en que el Jaguar estaba parado en
aquel momento, una partida de treinta a treinta y cinco jinetes seguía
en buen orden la senda calificada con el pomposo nombre de carretera
que cruzaba la pradera.
Aquella partida, compuesta en su totalidad de blancos, según era fácil
conocerlo por sus trajes, parecía que ostentaba en su marcha cierto
aspecto militar. Además, todos aquellos jinetes iban ampliamente
provistos de armas de todas clases.
Al comenzar la presente narración, mencionamos a varios jinetes que se
hallaban próximos a desaparecer a lo lejos cuando los dragones salían
de la venta del Potrero: eran precisamente los que el Jaguar acababa de
ver.
El joven se llevó las dos manos abiertas a la boca para formar una
especie de bocina, y por dos veces lanzó un grito agudo, estridente y
prolongado.
Aunque la partida se hallaba en aquel momento bastante lejos, al oír la
señal, los jinetes se detuvieron como si los pies de sus caballos se
hubiesen clavado súbitamente al suelo.
El Jaguar se inclinó entonces sobre su silla, hizo saltar a su caballo
por encima de los matorrales, y en pocos minutos llegó junto a aquellos
que se habían detenido para esperarle.
El joven fue acogido con gritos de júbilo, y todos los circunstantes se
estrecharon en torno suyo dando muestras del mayor interés.
--Gracias, amigos míos, dijo el joven, gracias por las pruebas de
simpatía que me dais; pero os ruego que me concedáis un momento de
atención, pues el tiempo urge.
Restablecióse el silencio como por encanto; pero las miradas
chispeantes que se fijaban en el joven revelaban a las claras que la
curiosidad, no por ser muda, era menos ardiente.
--No se había V. equivocado, John, continuó el Jaguar dirigiéndose a
uno de los individuos colocados más cerca de él, la conducta de plata
viene detrás de nosotros: no la llevamos más que tres o cuatro horas de
delantera. Según me lo había V. advertido, viene escoltada, y la prueba
de que atribuyen mucha importancia a su seguridad es que la escolta la
manda el capitán Melendez.
Al oír esta noticia, los oyentes hicieron un gesto de desagrado.
--¡Paciencia! repuso el Jaguar con una sonrisa burlona; donde no basta
la fuerza queda la astucia. El capitán Melendez es todo un valiente y
un hombre de experiencia, convengo en ello; pero y nosotros ¿no somos
también valientes? ¿La causa que defendemos no es bastante hermosa para
excitarnos a proseguir de todos modos nuestra empresa?
--¡Sí! ¡Sí! ¡Hurra! ¡Hurra! exclamaron todos los circunstantes
blandiendo sus armas con entusiasmo.
--John, V. ha entablado ya relaciones con el capitán, le conoce a V.
Quédese aquí con otro de nuestros amigos, y déjense coger prisioneros
los dos. Confío en VV. para disipar las sospechas que pueda abrigar la
mente del capitán.
--Descuide V., yo me encargo de ello.
--Muy bien. Solo que le aconsejo a V. se ande con cuidado con él,
porque es rudo adversario.
--¡Ah! ¿De veras?
--Sí. ¿Sabe V. quien le acompaña?
--No por cierto.
--Fray Antonio.
--¡Vive Dios! ¿Qué me dice V.? ¡Diantre! Hace V. bien en avisarme.
--¡Ya lo veo!
--¡Oh! ¡Oh! ¿Querrá por ventura ese fraile maldito hacernos mal tercio?
--Mucho lo temo. Ese hombre, como V. sabe, se halla relacionado con
todas las gentes de mal vivir, sean del color que quieran, que vagan
por el desierto, y aún pasa por ser uno de sus jefes. Puede muy bien
habérsele ocurrido la idea de apropiarse la conducta de plata.
--¡Vive Dios! Yo lo impediré. Confíe V. en mí: le conozco muy bien, y
hace demasiado tiempo, para que él quiera ponerse en abierta oposición
conmigo. Si se atreviese a intentarlo, yo sabría reducirle a la
impotencia.
--Está muy bien. Ahora, en cuanto haya V. obtenido los últimos datos
que necesitamos para obrar, no pierda V. un solo instante para volver a
reunirse con nosotros, porque estaremos casi contando los minutos hasta
su regreso.
--Queda convenido. ¿El punto de reunión sigue siendo la barranca del
Gigante?
--Sí
--Una palabra todavía.
--Diga V. pronto.
--¿Y el Zorro-Azul?
--¡Diablo! Me le hace V. recordar, que ya le había olvidado.
--¿Debo aguardarle?
--Sí por cierto.
--¿Entraré en tratos con él? Ya sabe V. que se puede fiar muy poco en
la palabra de los Apaches.
--¡Es verdad! repuso el joven con ademán pensativo; sin embargo,
nuestra posición, en este momento, es en extremo difícil. Estamos
abandonados a nuestras propias fuerzas, por decirlo así: nuestros
amigos vacilan; todavía no se atreven a decidirse en favor nuestro,
mientras que nuestros enemigos, por el contrario, levantan la cabeza,
cobran ánimo y se disponen a atacarnos con vigor. Aunque a mi corazón
le repugna semejante alianza, es evidente para mí que si los Apaches
consienten en ayudarnos de una manera franca y decidida, su auxilio nos
será muy útil.
--Tiene V. razón. En la situación en que nos encontramos, desterrados
de la sociedad, perseguidos como fieras, acaso fuera imprudente
rechazar la alianza que nos proponen los pieles rojas.
--En fin, amigo mío, doy a V. carta blanca; los acontecimientos
le inspirarán la mejor manera de obrar. Confío por completo en la
inteligencia y adhesión de V.
--No se arrepentirá V. de ello.
--Ahora separémonos, y ¡buena suerte!
--Adiós, hasta la vista.
--Hasta mañana.
El Jaguar hizo una señal postrera de despedida a su amigo o a su
cómplice, según le plazca al lector denominarle, se colocó a la cabeza
de la partida y arrancó a galope.
Este John no era sino John Davis el mercader de esclavos a quien sin
duda recordará el lector haber visto aparecer en los primeros capítulos
de la presente historia. El cómo le encontramos en Tejas formando parte
de una partida de -outlaws,- y de perseguidor convertido a su vez en
perseguido, sería cosa sobrado larga de explicar en este momento;
pero nos reservamos dar acerca de esto al lector la correspondiente
satisfacción cuando sea ocasión oportuna.
John y su compañero se dejaron coger prisioneros por los exploradores
del capitán Melendez, sin cometer la falta de oponer la más leve
resistencia. Ya hemos referido en un capítulo anterior la manera en que
se habían conducido en el campo mejicano. No volveremos a ocuparnos de
estos hechos y seguiremos al Jaguar.
El joven parecía ser y era, en efecto, el jefe de los jinetes a cuyo
frente cabalgaba.
Estos individuos pertenecían todos a la raza anglo-sajona; es decir,
todos ellos eran norteamericanos.
Ahora bien: ¿qué oficio ejercían? Uno muy sencillo.
Por el momento eran insurgentes. Llegados la mayor parte de ellos a
Tejas en la época en que el gobierno mejicano había autorizado la
emigración americana, se fijaron en el país, lo colonizaron y lo
desmontaron; en resumen, concluyeron por considerarle como una nueva
patria.
Cuando el gobierno de Méjico inauguró el sistema de vejaciones de que
ya no había de apartarse, aquellas buenas gentes abandonaron el azadón
y el pico para empuñar el rifle; montaron a caballo y se pusieron
en abierta insurrección contra un opresor que quería arruinarlos y
desposeerlos.
Varias partidas de insurgentes se formaron así de improviso en
diferentes puntos del territorio de Tejas, luchando valerosamente
contra los mejicanos en cuantas partes los encontraban.
Desgraciadamente para ellos, aquellas partidas estaban aisladas;
ningún vínculo las unía con otras para formar un contingente compacto
y temible; obedecían a jefes independientes unos de otros, que todos
querían mandar sin consentir en doblegar su voluntad bajo otra superior
y única, medio exclusivo, sin embargo, para obtener resultados
positivos y conquistar esa independencia que, en el ánimo de las
personas más ilustradas del país, era considerada aún como una utopía
por razón de tan malhadada desunión.
Los jinetes a quienes hemos puesto en escena se habían colocado bajo
las órdenes del Jaguar, quien, no obstante su juventud, tenía una fama
de valiente, prudente y hábil, harto sólidamente establecida en toda la
comarca para que su solo nombre no inspirase terror a los enemigos con
quienes la casualidad le hiciese tropezar.
Los acontecimientos sucesivos probarán que los colonos, al elegirle por
jefe, no se habían equivocado respecto de él.
El Jaguar era realmente el jefe que tales hombres necesitaban; era
joven y hermoso, y se hallaba dotado de esa fascinación que improvisa
los reyes. Hablaba poco; pero cada frase suya dejaba un recuerdo.
Había comprendido lo que sus compañeros esperaban de él, y había
realizado prodigios, porque, como sucede siempre con las almas que
han nacido para ejecutar cosas grandes, almas que se van elevando y
permanecen constantemente al nivel de los sucesos, su posición, al
ensancharse, había hecho más vasta su inteligencia, por decirlo así;
su golpe de vista se había tornado infalible, su voluntad era de
hierro; se identificó tan bien con su nueva posición, que ya no se
dejó dominar ni avasallar por ningún sentimiento humano; su rostro fue
de mármol para la alegría lo mismo que para el dolor; el entusiasmo de
sus compañeros en ciertas ocasiones no alcanzaba a hacer pasar por sus
facciones ni una llamarada ni una sonrisa.
El Jaguar no era un ambicioso vulgar; le hacía padecer el desacuerdo
que reinaba entre los insurgentes; anhelaba obtener una fusión que
había llegado a ser indispensable, y trabajaba con todo su poder para
llevarla a cabo; en una palabra, ¡el joven tenía fe! Creía, porque, a
pesar de las innumerables faltas cometidas desde el principio de la
insurrección por los colonos de Tejas, había conocido tanta vitalidad
en aquella obra de libertad tan mal dirigida hasta entonces, que
concluyó por comprender que en toda cuestión humana hay algo más
poderoso que la fuerza, el valor y aún el genio, y es la idea cuyo
tiempo ha llegado, cuya hora ha sonado en el reloj de Dios. Entonces,
olvidando toda preocupación, esperó y confió en un porvenir seguro.
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