--En efecto, era un espectáculo hermoso; pero ¿no teme V. que llegue a vengarse? Esos frailes son rencorosos como demonios. --¡Bah! ¿Qué podemos temer de semejante gusano? Nunca se atreverá a mirarnos frente a frente. --No importa; bueno es estar en guardia. Nuestro oficio es escabroso, ya lo sabe V.; y puede suceder que algún día ese maldito animal nos juegue una mala pasada. --¡Bah! Déjese V. de eso, lo que hemos hecho ha sido propio de una guerra de buena ley. Esté V. seguro de que el fraile, en una ocasión análoga, no habría dejado de hacer lo propio con nosotros. --Es verdad. Entonces, ¡vaya al diablo! y con tanto más motivo, cuanto que la presa que codiciamos no podía llegar con más oportunidad para nosotros. Nunca me hubiera perdonado el dejarla escapar. --¿Permaneceremos emboscados aquí? --Es lo más seguro. Siempre tendremos tiempo para reunirnos con nuestros compañeros cuando veamos asomar la recua por la llanura. Además, ¿no tenemos una cita en este sitio? --Es verdad, ya no me acordaba. --Y mire V., en hablando del lobo, ahí viene justamente nuestro hombre. Los cazadores se levantaron con viveza; cogieron sus armas, y se escondieron detrás de una roca con el fin de hallarse dispuestos para cualquier evento. Oíase el galope rápido de un caballo que se acercaba por momentos; muy luego desembocó de la garganta un jinete, hizo saltar a su caballo hacia adelante, y se detuvo tranquilo y altivo a dos pasos de distancia de los cazadores. Estos se lanzaron fuera de su escondite y se adelantaron hacia él con el brazo derecho extendido y la mano abierta en señal de paz. El jinete, que era un guerrero indio, correspondió a estas demostraciones pacíficas haciendo flotar su manto de piel de bisonte; en seguida echó pie a tierra, y sin más ceremonia fue a estrechar amistosamente las manos que le tendían los cazadores. --Bienvenido, jefe, dijo John; le aguardábamos a V. con impaciencia. --Miren mis hermanos al sol, respondió el indio; el Zorro-Azul es puntual. --Es verdad, jefe, nada hay que decir: tiene usted una exactitud notable. --El tiempo a nadie aguarda; los guerreros no son mujeres: el Zorro-Azul quisiera celebrar consejo con sus hermanos pálidos. --Corriente, repuso John, la observación de V. es justa, jefe; deliberemos. Anhelo ya entenderme definitivamente con V. El indio saludó gravemente a su interlocutor, se sentó en el suelo, encendió su pipa y comenzó a fumar con recogimiento; los cazadores se colocaron a su lado, y como él permanecieron silenciosos todo el tiempo que duró el tabaco contenido en sus pipas. Al fin el jefe sacudió la ceniza de la suya en la uña del dedo pulgar y se dispuso a hablar. En el mismo instante se oyó una detonación, y una bala llegó silbando a cortar una rama casi encima de la cabeza del jefe. Los tres hombres se levantaron de un salto, y cogiendo sus armas se dispusieron a rechazar valerosamente a los enemigos que tan de improviso les atacaban. XVII. TRANQUILO. Entre la hacienda del Mezquite y la venta del Potrero, próximamente a mitad de camino entre aquellos dos puntos, es decir, a unas cuarenta millas de uno y otro, en la noche del día en que comienza nuestra historia, había dos hombres sentados a la orilla de un riachuelo ignorado, y conversaban cenando un poco de carne tostada y manzanas cocidas. Aquellos dos hombres eran Tranquilo el canadiense y su amigo Quoniam el negro. A unos cincuenta pasos de ellos, en unos matorrales espesos, se veía un potrillo de dos meses atado al pie de un catalpa gigantesco. El pobre animal, después de haber hecho vanos esfuerzos para romper las ligaduras que le sujetaban, concluyó por reconocer la inutilidad de sus tentativas y se tendió tristemente en el suelo. Los dos hombres a quienes dejamos jóvenes al fin de nuestro prólogo, a la sazón habían llegado ya a la segunda mitad de su vida. Aunque la edad había hecho poca impresión sobre sus cuerpos de hierro, sin embargo algunas canas comenzaban a platear la cabellera del cazador, y algunas arrugas precoces surcaban en varios puntos su rostro tostado por la intemperie de las estaciones. Sin embargo, fuera de estas leves señales que sirven como de sello a la edad madura, nada denotaba en el canadiense la más mínima decadencia; por el contrario, sus ojos seguían siendo vivos, su cuerpo estaba derecho y sus miembros se mantenían tan musculosos como antes. En cuanto al negro, nada, al parecer, había variado en su persona; no había enrojecido lo más mínimo; solo que estaba bastante grueso y ya no estaba esbelto, aunque nada había perdido de su sin igual agilidad. El sitio en que se hallaban acampados los dos cazadores, de seguro era uno de los más pintorescos de la pradera. El viento de la noche había despejado el cielo cuya bóveda de un azul oscuro aparecía entonces tachonada por innumerables estrellas en cuyo centro aparecía la Cruz del Sur: la luna derramaba sus rayos blanquecinos que prestaban a los objetos una apariencia fantástica; la noche tenía esa transparencia suave peculiar de los resplandores crepusculares; a cada ráfaga de la brisa, los árboles sacudían sus húmedas copas y hacían llover perlas que esmaltaban los arbustos. El río corría tranquilo entre sus fragosas orillas, extendiéndose a lo lejos como una ancha cinta de plata y reflejando en su serena superficie los rayos temblorosos de la luna, que había llegado casi a los dos tercios de su carrera. Tal era el silencio que reinaba en aquel desierto que en él se oía la caída de una hoja seca o el estremecimiento de la rama agitada por el paso de un reptil. Los dos cazadores hablaban en voz baja; pero, ¡cosa singular en hombres tan acostumbrados a la vida de los bosques! Su campamento nocturno, en vez de estar establecido en la cumbre de una altura, según las reglas invariables de la pradera, se hallaba, por el contrario, situado en el borde de un talud que bajaba por una pendiente suave hasta el río y en cuyo barro se veían impresas numerosas huellas más que sospechosas, pues en su mayor parte eran de grandes fieras carnívoras. A pesar del frío bastante penetrante de la noche y del abundante y helado rocío, los cazadores no habían encendido lumbre; sin embargo, era evidente que les hubiera agradado mucho calentarse a la llama ardiente de una hoguera; el negro, sobre todo, que estaba vestido muy ligeramente con un calzón que dejaba sus piernas descubiertas y con un pedazo de zarapé lleno de agujeros, tiritaba dando diente con diente. Tranquilo, que estaba mejor abrigado con el traje de los campesinos mejicanos, parecía que no reparaba en el frío; con su rifle entre las piernas, sondeando de vez en cuando las tinieblas con su mirada infalible, o prestando atento oído a algún ruido que solo a él le era dado percibir, hablaba con el negro sin dignarse parar mientes en sus muecas ni en sus tiritones. --¿Con que hoy no ha visto V. a la niña, Quoniam? dijo. --No, hace ya dos días que no la veo, respondió el negro. El canadiense suspiró y repuso: --Yo debía de haber ido allá. Esa niña está muy aislada en la venta, sobre todo ahora que la guerra ha desencadenado hacia aquella parte a todas las gentes de mal vivir y a todos los merodeadores de las fronteras. --¡Bah! Carmela no es tonta y no se verá apurada para defenderse si la insultan. --¡Voto a bríos! exclamó el canadiense oprimiendo con ambas manos su carabina, si alguno de esos malvados se atreviese con ella... --No se atormente V. de esa manera, Tranquilo; ya sabe V. que si alguien se atreviese a insultarle, la niña querida no carecería de defensores. Además, Lanzi no se separa de ella un solo instante, y ya sabe V. que es fiel. --Sí, murmuró el cazador, pero al fin Lanzi no es más que un hombre. --Es V. atroz con las ideas que se le meten en la cabeza sin razón. --¡Quiero mucho a esa niña, Quoniam! --¡Pardiez! ¡Vaya una cosa! Yo también la quiero. Mire V., si V. quiere, en cuanto matemos al jaguar iremos al Potrero: ¿le conviene? --Está muy lejos de aquí. --¡Bah! Tres horas de marcha todo lo más. Diga V., Tranquilo, ¿sabe V. que hace mucho frío y que materialmente me estoy helando? ¡Maldito animal! ¿Qué estará haciendo ahora? De seguro anda rondando por ahí en vez de venirse aquí en derechura. --Para que le maten, ¿verdad? dijo Tranquilo sonriendo. ¿Quién sabe? Acaso sospeche lo que le estamos preparando. --Es muy posible: ¡esos diablos de animales son tan astutos! Mire V., ya se estremece el potro: de seguro ha olfateado algo. El canadiense volvió un poco la cabeza y dijo: --No, todavía no. --¡Pues ya tenemos para toda la noche! murmuró el negro haciendo un gesto de mal humor. --¡Qué siempre ha de ser V. el mismo, Quoniam! ¡Impaciente y testarudo! Por más que le digo, se ha de obstinar siempre en no entender: ¿cuántas veces le he repetido que el jaguar es uno de los animales más astutos que existen? Aunque nos hayamos colocado en dirección contraria al viento, para mí es evidente que nos ha olfateado. Anda rondando cautelosamente en torno nuestro, temiendo acercarse demasiado a nuestro puesto; como V. dice, anda de un lado para otro sin objeto aparente. --¡Ah! ¿Y cree V. que todavía durará mucho tiempo esta broma? --No, porque ya debe comenzar a tener sed; en este momento lucha él con tres sentimientos: el hambre, la sed y el miedo; esté V. seguro de que este último será el más débil, no es más que cuestión de tiempo. --Ya lo veo; hace cerca de cuatro horas que estamos aquí de plantón. --Paciencia, que lo más ya está hecho, y estoy seguro de que no tardaremos en tener noticias suyas. --Dios le oiga a V., porque me estoy muriendo de frío. ¿Es grande al menos el jaguar? --Sí, sus huellas son anchas; pero, o mucho me engaño, o está apareado. --¿Lo cree V.? --Casi me atrevería a apostarlo. Es imposible que un solo jaguar haga tantos destrozos en menos de ocho días. Según me lo ha asegurado don Hilario, han desaparecido diez cabezas de ganado. --¡Oh! exclamó Quoniam restregando alegremente las manos, entonces vamos a hacer buena cacería, es evidente que tiene cría. --Eso mismo he supuesto yo: preciso es que tengan hijuelos cuando tanto se acercan a las haciendas. En aquel momento, un rugido ronco que se parecía algún tanto al maullido lastimero de un gato, turbó el silencio profundo del desierto. --He ahí su primera voz de alarma, dijo Quoniam. --Todavía está lejos. --¡Oh! No tardará en acercarse. --Todavía no; no es a nosotros a quienes quiere atacar en este momento. --¡Calle! ¿Pues a quién? --¡Escuche V.! En aquel momento resonó a poca distancia un grito semejante al primero, pero que procedía del lado opuesto. --¡Cuando yo decía que estaba apareado! repuso pacíficamente el canadiense. --Yo no lo ponía en duda. Si V. no conoce las costumbres de los tigres, ¿quién va a saberlas? El pobre potro se había levantado y todo su cuerpo temblaba; medio muerto de miedo, con la cabeza oculta entre sus patas delanteras, se mantenía firme sobre sus cuatro remos lanzando una especie de quejido. --¡Pobre animal inocente! dijo Quoniam, comprende que está perdido. --Espero que no. --El jaguar le ahogará. --Sí, si no le matamos antes. --Confieso a V., dijo el negro, que me alegraría mucho de que ese desgraciado potro pudiese librarse. --Se librará, dijo el cazador; le he escogido para Carmela. --¡Bah! Entonces ¿para qué le ha traído V. aquí? --Para acostumbrarle al tigre. --¡Calle! Es buena idea esa; entonces ¿no tengo yo que cuidarme de ese lado? --No; piense V. tan solo en el jaguar que ha de venir por su derecha, que yo me encargo del otro. --Queda convenido. Casi al mismo tiempo resonaron otros dos rugidos más poderosos. --Tiene sed, observó Tranquilo; se despierta su cólera y comienza a acercarse. --¡Bueno! ¿Debernos prepararnos ya? --Aguarde V. todavía, que nuestros enemigos vacilan; aún no han llegado al parasismo de la rabia que les hace olvidar toda prudencia. El negro que se había levantado volvió a sentarse filosóficamente. Así trascurrieron algunos minutos. De vez en cuando, una ráfaga de viento nocturno, cargada de rumores vacilantes, pasaba como un torbellino por encima de las cabezas de los cazadores y se perdía a lo lejos como un suspiro. Los dos hombres estaban serenos e inmóviles, con los ojos fijos en el espacio, con el oído atento a los ruidos del desierto, con el dedo en el gatillo del rifle, dispuestos a hacer frente a la primera señal al enemigo invisible todavía, pero cuya aproximación y ataque inminentes adivinaban instintivamente. De pronto el canadiense se estremeció y se inclinó con viveza hacia el suelo. --¡Oh! exclamó enderezándose con ademan de terrible ansiedad, ¿qué sucede en el bosque? Los rugidos del tigre estallaron como un trueno. A ellos contestó un grito terrible, y se oyó el galope furibundo de un caballo que se acercaba con vertiginosa rapidez. --¡Alerta! ¡Alerta! exclamó Tranquilo; alguien se halla en peligro de muerte, el tigre le persigue. Los dos cazadores se lanzaron intrépidamente en dirección del sitio en que sonaban los rugidos. El bosque entero parecía que se estremecía; ruidos inexplicables salían de las ignoradas guaridas, asemejándose unas veces a carcajadas burlonas, y otras a gritos de angustia. Los roncos maullidos de los jaguares continuaban sin interrupción. El galope del caballo que los cazadores oyeron primero parecía que se había convertido en múltiple, y resonaba en puntos opuestos. Los cazadores, anhelosos y fuera de sí, seguían corriendo en línea recta, saltando barrancos y zanjas con una rapidez aterradora; el terror que experimentaban por los desconocidos a quienes querían socorrer les prestaba alas. De pronto, un grito de angustia más estridente, más desesperado que el primero, se oyó a corta distancia. --¡Oh! ¡Es ella! ¡Es Carmela! exclamó Tranquilo poseído de una especie de vértigo. Y saltando como una fiera, se lanzó hacia adelante seguido de Quoniam, quien durante toda aquella loca carrera no se había separado de él ni una línea. De pronto reinó en el desierto un silencio de muerte; todo ruido, todo rumor había cesado como por encanto; solo se oía la respiración anhelosa de los cazadores que seguían corriendo. Alzóse un rugido de furor lanzado por los tigres; un crujido de ramas agitó unos matorrales próximos, y una masa enorme, saltando desde lo alto de un árbol, pasó por encima del canadiense y desapareció; en el mismo instante un relámpago rasgó las tinieblas y sonó un tiro, al cual respondieron casi en seguida un rugido de agonía y un grito de espanto. --¡Ánimo, niña! ¡Ánimo! exclamó una voz varonil y acentuada a poca distancia; ¡está V. salvada! Los cazadores, por medio de un esfuerzo supremo de energía, apresuraron más aún la rapidez casi increíble ya de su carrera, y al fin desembocaron en el teatro de la lucha. Entonces se ofreció ante su aterrada vista un espectáculo singular y terrible. En una explanada bastante pequeña, una mujer desmayada estaba tendida en el suelo junto a un caballo herido que se agitaba en las últimas convulsiones de la agonía. Aquella mujer estaba inmóvil, como muerta. Dos tigrecillos jóvenes, acurrucados como gatos, fijaban en ella sus ojos ardientes y se disponían a atacarla; a pocos pasos de allí un tigre herido se revolcaba en el suelo rugiendo con furor, y procuraba arrojarse sobre un hombre que, con una rodilla en tierra, con el brazo izquierdo envuelto en los numerosos pliegues de un zarapé, echado hacia adelante y empuñando con la mano derecha un machete, esperaba resueltamente su ataque. Detrás de aquel hombre, un caballo, con el cuello estirado, el hocico humeante y las orejas: tendidas hacia atrás, se estremecía lleno de terror afirmándose en sus cuatro remos; otro tigre, encaramado en la rama más fuerte de un árbol, fijaba una mirada ardiente en el jinete desmontado, azotando el aire con su poderosa cola y lanzando sordos maullidos. Lo que hemos tardado tanto tiempo en describir lo vieron los cazadores de una sola ojeada: con la rapidez del rayo y con un gesto de sublime sencillez se repartieron los puestos los atrevidos aventureros. Mientras Quoniam se precipitaba sobre los dos cachorros, y cogiéndolos del cuello les estrellaba la cabeza en una roca, Tranquilo se echaba el rifle a la cara y derribaba de un tiro a la hembra del tigre precisamente en el momento en que desde el árbol se arrojaba sobre el jinete; luego, volviéndose con extremada viveza, mató de un culatazo al segundo tigre y lo tendió a sus pies. --¡Ah! dijo el cazador con un sentimiento de orgullo, poniendo su rifle en el suelo y enjugándose la frente bañada en sudor frío. --¡Vive! exclamó Quoniam, quien comprendió toda la angustia que encerraba la exclamación de su amigo; solo el terror la ha hecho desmayarse; pero está salvada. El cazador se quitó lentamente el gorro, y alzando los ojos al cielo, murmuró con acento de indescriptible gratitud: --¡Gracias! Dios mío. Entre tanto, el jinete tan milagrosamente salvado por Tranquilo se adelantó hacia él, y tendiéndole la mano, le dijo: --A cargo de revancha. --Yo soy quien quedo en deuda con V., respondió con franqueza el cazador: a no ser por la sublime abnegación de V., hubiéramos llegado demasiado tarde. --No he hecho más de lo que hubiera ejecutado cualquier otro en mi lugar. --Puede ser. ¿El nombre de V., hermano? --Corazón Leal[1]. ¿Y el de V.? --Tranquilo. Desde hoy seremos amigos hasta la muerte. --Acepto, hermano. Ahora pensemos en esa pobre joven. Los dos hombres se estrecharon otra vez la mano y se acercaron a Carmela, a quien Quoniam prodigaba todos los auxilios imaginables sin lograr sacarla del profundo desmayo en que se hallaba sepultada. Mientras Corazón Leal y Tranquilo sustituían a Quoniam junto a la joven, el negro se apresuró a reunir leña seca y encender fuego. Sin embargo, al cabo de algunos minutos Carmela entreabrió los ojos, y muy luego se encontró bastante bien para explicar las causas de su presencia en aquel bosque, en vez de estar tranquilamente dormida en la venta del Potrero. Este relato que, por razón de la debilidad de la joven y de las fuertes emociones que había experimentado, exigió varias horas, se le haremos nosotros al lector en breves palabras en el capítulo siguiente. [1] Véanse los -Tramperos del Arkansas.- XVIII. LANZI. Carmela siguió con la vista durante mucho tiempo la carrera desordenada del Jaguar por el campo. Cuando por fin le vio desaparecer a lo lejos en medio de un bosque, bajó tristemente la cabeza y volvió a entrar en la venta con lento paso y muy pensativa. --Le aborrece, murmuró en voz baja y muy conmovida; le aborrece; ¿querrá salvarle? Se dejó caer sobre un asiento, y durante algunos momentos quedó sumida en profundas reflexiones. Al fin levantó la cabeza: un rubor febril teñía su rostro; sus ojos tan dulces parecía que despedían relámpagos. --¡Yo le salvaré! exclamó con soberana resolución. Después de esta exclamación se levantó, y atravesando la sala con presuroso paso, entreabrió la puerta del corral y gritó: --¡Lanzi! --¿Qué quiere V., niña? respondió el mestizo, que en aquel momento se ocupaba en dar alfalfa a dos caballos de mucho precio pertenecientes a la joven, y cuya custodia especial lo estaba confiada. --Venga V. --Allá voy al momento. En efecto, al cabo de cinco minutos, todo lo más, apareció en la puerta de la sala. --¿Qué desea V., Señorita? dijo con esa obsequiosidad tranquila, habitual en los criados mimados por sus amos; estoy muy ocupado en este momento. --Es muy posible, mi buen Lanzi, respondió Carmela con dulzura; pero lo que tengo que decir a V. no admite dilación alguna. --¡Oh! ¡Oh! dijo el mestizo con cierto tono de sorpresa, ¿pues qué sucede? --Nada de particular, amigo mío, todo está en orden en la venta, según costumbre; solo que tengo que pedir a V. un favor. --Un favor, ¿a mí? --Sí. --Hable V., Señorita; ya sabe V. que le pertenezco en cuerpo y alma. --Va siendo tarde, y es probable que en una hora tan avanzada no se detenga ningún viajero en la venta. El mestizo levantó la cabeza, calculó mentalmente la marcha del sol, y por fin dijo: --No creo que vengan ya hoy viajeros; son cerca de las cuatro; sin embargo, aún podría suceder que viniesen. --No hay motivo alguno para suponerlo. --Es verdad, Señorita. --Pues bien, entonces quisiera que cerrase V. la venta. --¡Que cierre la venta! ¿Por qué? --Voy a decírselo a V. --¿Es realmente muy importante? --Sí por cierto. --Entonces hable V., niña, soy todo oídos. La joven lanzó una mirada profunda e interrogadora al mestizo, que estaba de pie delante de ella, apoyó los codos con coquetería sobre una mesa, y dijo con tono indiferente: --Tengo inquietud, Lanzi. --¡Inquietud! ¿Por qué? --Por la prolongada ausencia de mi padre. --¡Cómo! Pues si apenas hace cuatro días que estuvo aquí. --Nunca me ha dejado sola tanto tiempo. --Sin embargo... dijo el mestizo rascándose la cabeza algo confuso. --En resumen, dijo la joven interrumpiéndole con resolución, tengo inquietud por mi padre y quiero verle. Va V. a cerrar la venta y a ensillar los caballos, y nos iremos a la hacienda del Mezquite; no está lejos, y dentro de cuatro o cinco horas podremos hallarnos de regreso. --Pero es muy tarde... --Razón más para marcharnos al instante. --Sin embargo... --Nada de observaciones; haga V. lo que le mando. El mestizo inclinó la cabeza sin responder; sabía que cuando su ama hablaba así, era preciso obedecer. La joven adelantó un paso, puso su mano blanca y delicada sobre el hombro del mestizo, y acercándole su cara fresca y preciosa, añadió con una sonrisa dulce que hizo estremecer de alegría al pobre diablo: --No se incomode V. por este capricho, mi buen Lanzi: ¡sufro mucho! --¡Incomodarme yo, niña! respondió el mestizo encogiéndose de hombros de una manera significativa: ¡eh! ¿No sabe V. que yo me echaría al fuego por V.? Con mayor motivo haré cuanto se le ponga en la cabeza. Entonces se ocupó con la mayor celeridad en atrancar con cuidado las puertas y las ventanas de la venta, y en seguida se volvió al corral a ensillar los caballos, mientras que Carmela, poseída de una impaciencia nerviosa, se quitaba el traje que tenía puesto y vestía otro más cómodo para el viaje que proyectaba, porque había engañado al anciano criado: no era al lado de Tranquilo a donde quería ir. Pero Dios había resuelto que el proyecto que agitaba en su traviesa cabeza rubia no alcanzase buen éxito. En el momento en que Carmela, completamente vestida y dispuesta para montar a caballo, entraba de nuevo en la sala, Lanzi apareció en la puerta que daba al corral con el semblante trastornado por el terror. Carmela corrió presurosa hacia él creyendo que se había hecho daño, y le preguntó con interés: --¿Qué tiene V.? --¡Estamos perdidos! respondió Lanzi con voz sorda, dirigiendo en torno suyo una mirada de espanto. --¡Cómo, perdidos! exclamó la joven tornándose pálida como un cadáver; ¿qué quiere usted decir, amigo mío? El mestizo apoyó un dedo en sus labios para: imponerla silencio; la hizo seña de que le siguiese, y se deslizó al corral con cauteloso paso. Carmela salió detrás de él. El corral estaba rodeado por un cercado de tablas de unos dos metros de altura. Lanzi se acercó a un sitio en que había una rendija bastante ancha por donde se podía ver el campo, y señalándosela a su ama, le dijo: --¡Mire V.! La joven obedeció y pegó su rostro a las tablas. Comenzaba a anochecer, y las tinieblas, a cada momento más densas, invadían rápidamente el campo. Sin embargo, la oscuridad no era todavía suficiente para impedir que Carmela distinguiese a algunos centenares de metros una tropa numerosa de jinetes que corrían a rienda suelta en dirección a la venta. Bastóle a la joven una simple ojeada para conocer que aquellos Jinetes eran indios bravos. Aquellos guerreros, en número de cincuenta, vestían su traje completo de combate, e inclinados sobre el cuello de sus corceles, tan indómitos como ellos, blandían sus largas lanzas por encima de sus cabezas en señal de reto. --¡Son los Apaches! exclamó Carmela retrocediendo llena de espanto. ¿Cómo es que han llegado hasta aquí sin que se haya tenido noticia de su invasión? El mestizo movió tristemente la cabeza, y dijo: --Dentro de pocos minutos estarán aquí: ¿qué hacemos? --¡Defendernos! exclamó resueltamente la joven. Parece que no tienen armas de fuego; nosotros, guarecidos detrás de las paredes de nuestra casa, podremos sostenernos fácilmente contra ellos hasta la salida del sol. --¿Y entonces? preguntó él mestizo en tono de duda. --Entonces, repuso Carmela con exaltación, ¡Dios nos ayudará! --¡Amén! respondió el mestizo menos convencido que nunca de la posibilidad de tal milagro. --Apresúrese V. a bajar a la sala todas las armas de fuego que hay en casa, que quizás esos paganos retrocederán si se ven recibidos con energía; además, ¿quién sabe si nos atacarán? --¡Eh! Esos demonios son muy astutos, y saben muy bien la gente que hay en la casa. No cuente V. con que se retiren sin haberse apoderado de la venta. --¡Pues bien! exclamó Carmela resueltamente, ¡sea lo que Dios quiera! Moriremos peleando con valor, en vez de dejarnos coger cobardemente y ser esclavos de esos miserables sin corazón y sin piedad. --¡Corriente! respondió el mestizo electrizado por las palabras entusiastas de su ama, ¡batalla! Ya sabe V., Señorita, que no me asusta un combate; que se tengan firmes esos perros, porque si no se andan con cuidado, ¡quizás les juegue yo una mala pasada de la cual se acuerden durante toda su vida! La conversación quedó en esto por el momento, en atención a la necesidad en que nuestros personajes se encontraban de preparar sus medios de defensa, lo cual verificaron con una celeridad y una inteligencia, que demostraban que no era aquella la primera vez que se encontraban en tan crítica posición. No se sorprenda el lector al ver el viril entusiasmo desplegado en aquella ocasión por Carmela: en las fronteras, en donde de continuo se hallan expuestos a las incursiones de los indios y de los merodeadores de todas clases, las mujeres pelean al lado de los hombres, y olvidando la debilidad de su sexo, cuando llega la ocasión, saben mostrarse tan valientes como sus hermanos y sus maridos. Carmela no se había equivocado: era un destacamento de indios bravos el que llegaba a galope. Muy pronto estuvieron junto a la casa y la rodearon por completo. Generalmente, los indios, en sus expediciones, proceden con suma prudencia, sin mostrarse nunca a descubierto ni avanzar sino con extremada circunspección: en esta ocasión fácil era conocer que se juzgaban seguros del triunfo y que sabían perfectamente que la venta se hallaba desprovista de defensores. Cuando hubieron llegado a unos veinte metros de la casa, se detuvieron, echaron pie a tierra, y pareció que se consultaban unos a otros un instante. Lanzi había aprovechado aquellos instantes de tregua para amontonar sobre la mesa de la sala todas las armas de la casa, es decir, unas diez carabinas. Aunque las puertas y las ventanas estaban sólidamente atrancadas, merced a las numerosas aspilleras abiertas de trecho en trecho, era fácil observar los movimientos del enemigo. Carmela, armada con una carabina, se había colocado con intrepidez delante de la puerta, mientras que el mestizo, con semblante preocupado, andaba de un lado para otro, entraba y salía, y parecía que daba la última mano a un trabajo importante y misterioso. --Vamos, dijo al cabo de un instante, ya está todo corriente. Vuelva V. a poner esa carabina sobre la mesa, Señorita: no es con la fuerza, sino únicamente por medio de la astucia como podemos vencer a esos demonios. Déjeme V. obrar. --¿Cuál es el proyecto de V.? --Ya lo verá V. He serrado dos tablas del cercado del corral; monte V. a caballo, y tan luego como me oiga abrir la puerta de la venta, márchese a escape tendido. --Pero ¿y V.? --No se cuide V. de mí, sino clave las espuelas a su caballo. --No quiero abandonar a V. --¡Bah! ¡Bah! No andemos en tonterías; soy viejo, mi vida está ya en un hilo, la de V. es preciosa, es menester salvarla. Déjeme obrar a mi antojo, le digo. --No, a no ser que me diga V... --No diré nada. Encontrará V. a Tranquilo en el Vado del Venado. ¡Ni una palabra más! --¡Ah! ¿De veras? dijo Carmela. ¡Pues bien! juro que no me moveré de junto a V., suceda lo que quiera. --¡Está V. loca! ¿No la he dicho que quiero jugar una mala pasada a los indios? --Sí. --Pues bien, ya lo verá V.: solo que, como temo alguna imprudencia por parte de V., deseo verla marchar delante. No hay más que eso. --¿Me dice V. la verdad? --¡Sí por cierto! Dentro de cinco minutos me reuniré con V. --¿Me lo promete V.? --No crea V. que me voy a entretener en quedarme aquí. --Pero ¿qué se propone V. hacer? --Ahí están los indios. Salga V. y no olvide marchar a escape tendido en cuanto yo abra la puerta, y dirigirse al Vado del Venado. --Pero cuento con que... --Ande V., ande V.; queda convenido, dijo Lanzi interrumpiéndola bruscamente y empujándola hacia el corral. La joven obedeció de muy mala gana; pero en aquel momento resonaron en la puerta de la venta algunos golpes precipitados, y el mestizo aprovechó esta demostración de los indios para cerrar la puerta del corral. --He jurado a Tranquilo protegerla, suceda lo que quiera, murmuró, y no puedo salvarla sino muriendo por ella. Pues bien, ¡moriré! Pero vive Dios que he de hacerme unos funerales magníficos. Llamaron de nuevo en la puerta; pero esta vez con tal violencia, que era fácil prever que no resistirían por mucho tiempo las tablas. --¿Quién está ahí? preguntó el mestizo con voz serena. --Gente de paz, respondieron desde fuera. --¡Cáspita! dijo Lanzi, para ser gente de paz tienen VV. una manera singular de anunciarse. --¡Abra V.! ¡Abra V.! repuso la voz desde fuera. --Con mucho gusto; pero ¿quién me asegura que no quieren VV. hacerme daño? --Abra V. o echamos la puerta abajo. Y se repitieron los golpes. --¡Oh! ¡Oh! dijo el mestizo, ¡no se andan ustedes en chiquitas! Ea, no se cansen más, que allá voy. Cesaron los golpes. El mestizo desatrancó la puerta y abrió. Los indios se precipitaron dentro de la casa lanzando gritos y aullidos de alegría. Lanzi se había apartado para dejarles franco el paso. Hizo un gesto de alegría al oír el galope de un caballo que se alejaba con rapidez. Los indios no pararon mientes en aquel incidente. --¡Queremos beber! exclamaron. --¿Qué quieren VV. que les dé? preguntó el mestizo, quien procuraba ganar tiempo. --¡Agua de fuego! gritaron los indios. Lanzi se apresuró a servirles. Comenzó la orgía. Los pieles rojas, sabiendo que nada tenían que temer por parte de los habitantes de la venta, tan luego como se abrió la puerta, se precipitaron en tropel dentro de la sala, juzgando innecesario el colocar centinelas: este descuido, con el cual contaba Lanzi, facilitó a Carmela el que se alejase sin ser vista ni molestada. Los indios, y sobre todo los Apaches, tienen una pasión desenfrenada por los licores fuertes: entre todos ellos, solo los Comanches tienen una sobriedad a toda prueba. Hasta ahora han sabido librarse de esa tendencia funesta a la embriaguez, que diezma y embrutece a sus compatriotas. Lanzi observaba con sorna las evoluciones de los pieles rojas que, aglomerados en torno de las mesas, bebían sendos tragos y vaciaban a porfía las botas colocadas delante de ellos; los ojos de los indios comenzaban a brillar; sus facciones se animaban; hablaban desaforadamente todos a un tiempo sin saber ya lo que decían y sin pensar más que en emborracharse. De pronto el mestizo sintió que le ponían una mano en el hombro. Se volvió. Un indio estaba de pie en frente de él con los brazos cruzados sobre el pecho. --¿Qué quiere V.? le preguntó. --El Zorro-Azul es un jefe, respondió el indio, y tiene que hablar con el rostro pálido. --¿No está satisfecho el Zorro-Azul acaso de la manera en que le he recibido, así como a sus compañeros? --No es eso; los guerreros beben, el jefe quiere otra cosa. --¡Ah! dijo el mestizo, lo siento mucho, porque he dado cuanto tenía. --No, respondió secamente el indio. --¿Cómo que no? --¿Dónde está la joven de cabellos de oro? --No le entiendo a V., jefe, dijo el mestizo, quien, por el contrario, comprendía perfectamente. El indio se sonrió. --Mire el rostro pálido al Zorro-Azul y verá que es un jefe y no un niño a quien se puede entretener con mentiras. ¿Qué se ha hecho la joven de cabellos de oro, la que habita aquí con mi hermano? --La mujer de quien V. habla, si es la joven a quien pertenece esta casa a la que V. se refiere... --Sí. --Pues bien, no está aquí. El jefe le dirigió una mirada penetrante y dijo: --El rostro pálido miente. --Búsquela V. --Estaba aquí hace una hora. --Es muy posible. --¿Dónde está? --Búsquela V. --El rosto pálido es un perro cuya cabellera he de arrancar. --Buen provecho le haga a V., respondió el mestizo en tono de burla. Desgraciadamente, Lanzi, al decir estas palabras, había dirigido una mirada triunfante hacia la parte del corral; el jefe cogió esta mirada al vuelo, se precipitó hacia el corral, abrió la puerta y lanzó un grito de furor al ver la brecha practicada en el cercado: acababa de comprender la verdad. --¡Perro! exclamó, y cogiendo del cinto su cuchillo de desollar, lo lanzó con rabia hacia su enemigo. Pero el mestizo, que le vigilaba, esquivó el golpe, y el cuchillo fue a clavarse en la pared a pocas pulgadas de su cabeza. Lanzi se enderezó, y saltando por encima del mostrador, se precipitó hacia el Zorro-Azul. Los indios se levantaron tumultuosamente, y cogiendo sus armas saltaron como fieras en persecución del mestizo. Este, cuando hubo llegado al umbral de la puerta del corral, se volvió, descargó sus pistolas en medio de la multitud, montó precipitadamente a caballo, y clavándole las espuelas en los ijares, le hizo trasponer el boquerón del cercado. En el mismo instante se oyó detrás de él un estrépito terrible; tembló la tierra, y una masa confusa de piedras, vigas y escombros de todas clases fue a caer en derredor del jinete y de su caballo. La venta del Potrero acababa de volarse, sepultando bajo sus ruinas a los Apaches que la habían invadido. He ahí la mala pasada que Lanzi se había propuesto jugar a los indios. Ahora se comprenderá por qué había insistido para que Carmela se alejase tan pronto. Por una felicidad singular, ni el mestizo ni su caballo estaban heridos; el -mustang-, con el hocico humeante, volaba por la pradera como si hubiese tenido alas, hostigado de continuo por su jinete que le estimulaba con el ademán y con la voz, porque le parecía oír a poca distancia detrás de sí el galope de otro caballo que parecía que le perseguía. Desgraciadamente la noche estaba demasiado oscura para que le fuese posible cerciorarse de que no se equivocaba. XIX. LA CAZA. Según toda probabilidad, el lector juzgará que el medio empleado por Lanzi para desembarazarse de los Apaches era un poco violento, y que acaso no debiera haber recurrido a él sino en el último extremo. La justificación del mestizo es tan sencilla como fácil de exponer: los indios bravos, cuando pasan la frontera mejicana, se entregan sin compasión a todo género de desórdenes, empleando la mayor crueldad para con los desventurados blancos que caen en sus manos y a quienes profesan un odio que nada puede saciar. La posición de Lanzi, solo, sin poder esperar auxilio de nadie en un sitio tan aislado, en poder de unos cincuenta demonios sin fe ni ley, era en extremo crítica, y mucho más si se tiene en cuenta que los Apaches, tan luego como hubiesen estado excitados por los licores fuertes, cuyo abuso les produce una especie de locura furiosa, no habrían reconocido ya freno alguno; su carácter sanguinario hubiera prevalecido, y entonces se habrían entregado a las crueldades más injustificables por el solo placer de hacer sufrir a un enemigo de su raza. Además, el mestizo tenía una razón perentoria para no guardar consideración alguna: a toda costa era preciso asegurar, fuera como quisiera, la salvación de Carmela; pues había hecho a Tranquilo el juramento solemne de defenderla aún con peligro de su propia existencia. En el caso presente sabía que su vida o su muerte dependían tan solo del capricho de los indios, y por lo tanto no tenía que guardar consideración alguna. Lanzi era un hombre frío, positivista y metódico, que nunca obraba sin haber reflexionado previamente y con madurez acerca de las eventualidades probables del buen o mal éxito. En aquella ocasión el mestizo nada aventuraba, pues sabía que de antemano estaba sentenciado por los indios: si su proyecto alcanzaba buen éxito, quizás conseguiría escaparse; si no, moriría, pero como un valiente habitante de las fronteras, arrastrando consigo a la tumba a un número considerable de sus implacables enemigos. Una vez adoptada su resolución, la llevó a cabo con la sangre fría que hemos referido; merced a su presencia de ánimo, había tenido suficiente tiempo para saltar sobre su caballo y fugarse. Sin embargo, aún no había concluido todo: el galope que el mestizo oía 1 - - , ; ¿ . 2 ? . 3 4 - - ¡ ! ¿ ? 5 . 6 7 - - ; . , 8 . ; 9 . 10 11 - - ¡ ! . , 12 . . , 13 , . 14 15 - - . , ¡ ! , 16 17 . . 18 19 - - ¿ ? 20 21 - - . 22 . 23 , ¿ ? 24 25 - - , . 26 27 - - . , , . 28 29 ; , 30 31 . 32 33 ; 34 , 35 , 36 . 37 38 39 . 40 41 , , 42 ; 43 , 44 . 45 46 - - , , ; . . 47 48 - - , ; - 49 . 50 51 - - , , : 52 . 53 54 - - ; : 55 - . 56 57 - - , , . , ; 58 . . 59 60 , , 61 ; 62 , 63 . 64 65 66 . 67 68 , 69 . 70 71 , 72 73 . 74 75 76 77 78 . 79 80 . 81 82 83 , 84 , , 85 , 86 , 87 , 88 . 89 90 91 . 92 93 , , 94 . 95 96 , 97 , 98 . 99 100 , 101 . 102 , 103 , 104 105 . 106 107 , 108 , ; 109 , , 110 . 111 112 , , , ; 113 ; 114 , . 115 116 , 117 . 118 119 120 121 : 122 ; 123 124 ; , 125 . 126 127 , 128 129 , 130 . 131 132 133 134 . 135 136 ; , ¡ 137 ! , 138 , 139 , , , 140 141 , 142 . 143 144 145 , ; , 146 147 ; , , 148 149 , . 150 151 , 152 , ; 153 , 154 , 155 , 156 . 157 158 - - ¿ . , ? . 159 160 - - , , . 161 162 : 163 164 - - . , 165 166 167 . 168 169 - - ¡ ! 170 . 171 172 - - ¡ ! 173 , . . . 174 175 - - . , ; . 176 , 177 . , , 178 . . 179 180 - - , , . 181 182 - - . . 183 184 - - ¡ , ! 185 186 - - ¡ ! ¡ ! . . , . 187 , : ¿ ? 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