desdén:
--¡Bah! No se atreverían.
Entonces desenvainó su sable, cuya hoja lanzó un relámpago deslumbrador
al ser herida por los rayos del sol, y poniéndose a la cabeza de la
escolta dijo:
--¡En marcha!
Partieron.
Las mulas siguieron el esquilón de la -nena- o mula que sirve de guía,
y los dragones, dispuestos en torno de la recua, la encerraron en su
centro.
Durante algunos instantes, los pocos campesinos que habían presenciado
la partida de la tropa siguieron con la vista su marcha por las
sinuosidades del camino; luego entraron en la venta uno tras otro.
La joven estaba sola sentada sobre un escaño, y al parecer ocupándose
con actividad en componer un vestido. Sin embargo, por el temblor casi
imperceptible que agitaba su cuerpo, por el rubor de su frente y por la
mirada tímida que dejó filtrar bajo sus largos párpados al ver entrar a
los campesinos, era fácil adivinar que la calma que fingía estaba muy
lejos de su corazón, y que, por el contrario, la atormentaba un temor
secreto.
Los campesinos eran tres, todos ellos hombres en la fuerza de la edad,
de facciones duras y acentuadas, de mirada torva y de modales bruscos y
brutales.
Llevaban el traje mejicano de las fronteras, e iban bien armados.
Se sentaron en un banco colocado delante de una mesa tosca, y uno de
ellos dio un puñetazo fuerte sobre la tabla y se volvió hacia la joven
diciéndola bruscamente:
--¡Queremos beber!
La joven se estremeció y levantó la cabeza en seguida.
--¿Qué desean VV., caballeros? preguntó.
--Mezcal.
La joven se levantó y se apresuró a servirles. El que había hablado
la agarró del vestido y la detuvo en el momento en que se disponía a
alejarse, diciéndola:
--Aguarde V. un momento, Carmela.
--Deje V. mi vestido, Ruperto, dijo Carmela haciendo un gestecito de
mal humor; me le va V. a rasgar.
--¡Bah! repuso Ruperto riéndose con insolencia, ¿tan torpe me juzga V.?
--No, pero no me convienen esos modales.
--¡Oh! ¡Oh! No está V. siempre tan arisca, mocita.
--¿Qué quiere V. decir? repuso Carmela ruborizándose.
--¡Basta! Yo me entiendo, pero por el momento no se trata de eso.
--¿Pues de qué se trata? preguntó la joven con fingida sorpresa; ¿no le
he servido a V. ya el mezcal que pidió?
--Sí, sí, pero tengo que decirla una cosa.
--Bueno, pues diga V. pronto y déjeme marchar.
--Mucha prisa tiene V. de escaparse. ¿Teme V. que su novio la sorprenda
hablando conmigo?
Los compañeros de Ruperto se echaron a reír, y la joven se quedó muy
cortada.
--No tengo novio, Ruperto, ya lo sabe V., contestó al fin con los ojos
arrasados en agua, y hace V. mal en insultar a una pobre muchacha
indefensa.
--¡Bueno, bueno! Yo no insulto a V., Carmela; ¿qué mal hay en que una
linda niña tenga un novio, y aunque sean dos?
--Déjeme V., exclamó la joven haciendo un movimiento brusco para
desembarazarse.
--No la dejo a V. hasta tanto que haya contestado a mi pregunta.
--Pues haga V. pronto esa pregunta y concluyamos.
--Pues bien, arisca niña, tenga V. la bondad de repetirme lo que dijo
en voz baja a ese almibarado capitán.
--¡Yo! respondió Carmela algo confusa; ¿qué quiere V. que le haya dicho?
--He ahí justamente el asunto, niña: no quiero que le haya V. dicho
cierta cosa, y por eso deseo saber que ha sido ello.
--Déjeme V. en paz, Ruperto, no está V. contento sino cuando me
atormenta.
El mejicano la miró fijamente y le dijo con sequedad:
--No cambie V. de conversación, Carmela; la pregunta que la dirijo es
muy grave.
--Es posible, pero nada tengo que contestar.
--Porque sabe V. que ha obrado mal.
--No entiendo.
--¡De veras! Pues bien, entonces voy a explicárselo. En el momento en
que el oficial iba a marchar le ha dicho V.: «¡Tenga V. cuidado!» ¿Se
atreverá V. a negarlo?
La joven se puso muy pálida, e intentando chancearse dijo:
--Puesto que me ha oído V., ¿por qué me lo pregunta?
Los otros dos campesinos habían fruncido el entrecejo al oír la
acusación de Ruperto; la posición iba siendo grave.
--¡Oh! ¡Oh! dijo uno de ellos levantando sabiamente la cabeza, ¿de
veras ha dicho eso?
--Así parece, puesto que yo lo oí, repuso brutalmente Ruperto.
La joven dirigió una mirada de espanto en torno suyo, como para
implorar una protección ausente.
--No está aquí, dijo Ruperto con malvada expresión, y por lo tanto es
inútil que le busque V.
--¿Quién? dijo Carmela vacilando entre lo vergonzoso de la suposición y
el espanto de su posición peligrosa.
--¡Él! respondió Ruperto con ironía. Escuche V., Carmela: varias veces
se ha enterado V. ya de nuestros negocios más de lo que convenía;
repetiré ahora las palabras que hace un instante, dijo V. al capitán:
¡tenga V. cuidado!
--Sí, dijo brutalmente el segundo interlocutor, porque podríamos
olvidar que no es V. más que una chiquilla y hacerla pagar muy caras
sus delaciones.
--¡Bah! dijo el tercero, que hasta entonces se había contentado con
beber sin tomar parte en la conversación, la ley debe ser igual para
todos: si Carmela nos ha vendido, es preciso que se la castigue.
--¡Bien dicho, Bernardo! exclamó Ruperto dando un puñetazo sobre la
mesa; justamente somos los suficientes para pronunciar la sentencia.
--¡Dios mío! gritó Carmela desembarazándose con viveza de la presión
del hombre que hasta entonces la había mantenido sujeta, ¡déjeme V.!
¡déjeme V.!
--¡Detenedla! exclamó Ruperto levantándose, pues de lo contrario va a
suceder alguna desgracia.
Los tres hombres se precipitaron hacia la joven; esta, medio muerta de
terror, hacía esfuerzos inútiles para abrir la puerta de la venta y
escaparse.
Pero de improviso, en el momento en que los tres hombres ponían sus
rudas y callosas manos sobre los hombros blancos y delicados de
Carmela, la puerta de la venta, que en vano procuraba abrir, se abrió
de par en par, y en sus umbrales apareció un hombre.
--¿Qué sucede aquí? preguntó con voz sombría; y cruzando los brazos
sobre el pecho, permaneció inmóvil en su sitio mirando alternativamente
a los circunstantes.
Era tan amenazador el acento de aquel hombre, sus ojos lanzaban unos
relámpagos tan sombríos, que los tres hombres, aterrados, retrocedieron
maquinalmente hasta la tapia de en frente, murmurando con espanto:
--¡El Jaguar! ¡El Jaguar!
--¡Sálveme V.! ¡Sálveme V.! exclamó la joven precipitándose hacia él
llena de desconsuelo.
--Sí, dijo el Jaguar con voz profunda; sí, te salvaré, Carmela, ¡y
desgraciado él que toque a un solo cabello tuyo!
Entonces, cociéndola suavemente en sus nervudos brazos, la colocó con
el mayor cuidado en una butaca, en donde la joven quedó medio desmayada.
El hombre a quien tan bruscamente acabamos de poner en escena, era muy
joven todavía; su rostro imberbe hubiera parecido el de un niño si sus
facciones correctas y de una belleza casi femenina no hubiesen estado
animadas por dos ojos grandes y negros, cuya mirada tenía un brillo
fulgurante y una fuerza magnética que pocos hombres se juzgaban capaces
de soportar.
Su estatura era alta, su cuerpo esbelto y elegante, sus miembros
bien proporcionados, su pecho ancho, sus cabellos, tan negros como
el azabache, se escapaban con profusión de su sombrero de vicuña,
guarnecido con una ancha redecilla de oro, y caían sobre sus hombros en
rizos numerosos.
Llevaba el vistoso y espléndido traje mejicano; sus calzoneras de
terciopelo de color de violeta, abiertas por encima de la rodilla y
guarnecidas con una gran cantidad de botones de oro cincelados, dejaban
ver sus piernas finas y nerviosas, elegantemente calzadas con unas
medias de seda de color de perla; su manga (especie de capote) echada
sobre su hombro, estaba guarnecida con un ancho galón de oro; una foja
de crespón blanco oprimía su cintura y sostenía un par de pistolas y
un machete sin vaina, de hoja ancha y brillante, colgado de una anilla
de acero bruñido; un rifle americano, adornado con embutidos de plata,
estaba colgado de su hombro por medio de un portafusil.
En el aspecto de aquel hombre, tan joven todavía, había una atracción
en tal manera poderosa, una fuerza dominadora tan singular, que no se
le podía ver sin quererle o aborrecerle, tal era la impresión profunda
que, sin querer, producía, sin excepción, sobre todos aquellos con
quienes la casualidad le ponía en contacto.
Nadie sabía quién era aquel hombre, ni de donde venía; hasta su nombre
era desconocido, puesto que se habían visto precisados a ponerle un
apodo al que él respondía por cierto sin mostrarse lastimado.
En cuanto a su carácter, las escenas que van a seguir, le darán a
conocer lo suficiente para que, por ahora, estemos exentos de dar
pormenores más detallados.
XII.
CONVERSACIÓN.
Habíase disipado gradualmente empero el primer impulso de terror que
obligara a los tres hombres a retroceder cuando apareció el Jaguar:
ante el aspecto inofensivo del hombre a quien hacía mucho tiempo que
estaban acostumbrados a temer, recobraron, ya que no el valor, por lo
menos el descaro.
Ruperto, el más bribón de los tres, fue quien primero recobró su sangre
fría, y reflexionando que el individuo que les había causado tanto
susto se hallaba solo, y que por lo tanto no podía tener la fuerza de
su parte, se adelantó con resolución hacia él y le dijo brutalmente:
--¡Rayo de Dios! Deje V. a esa remilgada; ha merecido, no solo lo que
le sucede, sino también el castigo que vamos a imponerle ahora mismo.
El joven se enderezó como si le hubiese picado una serpiente, y
lanzando a su interlocutor una mirada llena de amenazas, le dijo:
--¡Calle! ¿Es a mí a quien habla V. de ese modo?
--¿Pues a quién ha de ser? repuso Ruperto con insolencia, si bien
sentía cierta inquietud por la manera en que había sido acogida su
interpelación.
--¡Ah! dijo únicamente el Jaguar, y sin añadir una palabra se adelantó
con lento paso hacia Ruperto, a quien mantenía inmóvil con su mirada
fascinadora, y que le veía llegar con un espanto que iba creciendo por
instantes.
Cuando el joven estuvo a dos pasos del campesino, se detuvo.
Esta escena, tan sencilla en la apariencia, debía tener, sin embargo,
una significación terrible para los circunstantes, porque todos los
pechos estaban anhelosos, todas las frentes pálidas.
El Jaguar, con el rostro lívido, las facciones crispadas, los ojos
inyectados en sangre y el entrecejo fruncido, adelantó el brazo para
coger a Ruperto, quien, vencido por el terror, no hizo el movimiento
más leve para librarse de aquella presión que, sin embargo, sabía que
debía ser mortal.
De improviso Carmela saltó como una corza asustada, y se arrojó entre
los dos hombres.
--¡Oh! exclamó juntando las manos; ¡tenga V. compasión de él, no le
mate V., por Dios!
El semblante del Jaguar varió súbitamente y se revistió de una
expresión de inefable dulzura.
--¡Corriente! dijo, puesto que tal es la voluntad de V., no morirá;
pero ha insultado a usted, Carmela, y debe ser castigado. De rodillas,
miserable, añadió dirigiéndose a Ruperto y apoyando pesadamente la
mano en su hombro; de rodillas y pide perdón a este ángel.
Ruperto, más bien que arrodillarse se dejó caer al sentir el peso de
aquella mano de hierro, y se arrastró hasta los pies de la joven,
murmurando con voz tímida:
--¡Perdón! ¡Perdón!
--¡Basta! dijo entonces el Jaguar con terrible acento; levántate y da
gracias a Dios porque todavía esta vez te has librado de mi venganza.
Abra V. la puerta, Carmela.
La joven obedeció.
--A caballo, prosiguió el Jaguar; id a esperarme al Río Seco, y sobre
todo, bajo pena de muerte, que nadie se mueva hasta mi llegada. ¡Id!
Los tres hombres bajaron la cabeza y salieron sin contestar: un momento
después se oyó resonar en el camino el galope de sus caballos que se
alejaban.
Los dos jóvenes quedaron solos en la venta.
El Jaguar se sentó delante de la mesa en que un momento antes estaban
bebiendo los tres hombres, apoyó la cabeza en ambas manos y pareció que
quedaba sepultado en serias reflexiones.
Carmela le miraba con una mezcla de interés y de temor, sin atreverse a
dirigirle la palabra.
Por último, cuando hubo trascurrido un espacio de tiempo bastante
largo, el joven levantó la cabeza y miró en torno suyo como si
despertase de un sueño profundo.
--¿Ha permanecido V. ahí? dijo a la joven.
--Sí, respondió Carmela con dulzura.
--Gracias, Carmela, es V. buena y solo V. me quiere, cuando todos me
aborrecen.
--¿No hago bien?
El Jaguar se sonrió con tristeza; pero respondió a esta pregunta
haciendo otra, táctica habitual de todo aquel que no quiere revelar su
pensamiento.
--Ahora, dijo, cuénteme francamente lo que ha pasado entre V. y esos
miserables.
La joven pareció como que vacilaba un instante; sin embargo, se decidió
y confesó las palabras que había dicho al capitán de dragones.
--Ha hecho V. mal, le dijo severamente el Jaguar; la imprudencia de
V. puede tener consecuencias muy graves; sin embargo, no me atrevo a
censurarla. Es V. mujer, y por consiguiente ignora muchas cosas. ¿Está
V. sola aquí?
--Enteramente sola.
--¡Qué imprudencia! ¿Cómo puede Tranquilo abandonar a V. de ese modo?
--Su deber le detiene actualmente en Mezquite; dentro de pocos días
debe dar una gran batida.
--Bien; pero al menos Quoniam debió quedar al lado de V.
--No ha podido, porque Tranquilo necesitaba su ayuda.
--Parece que el diablo se mezcla en todo esto, dijo el Jaguar en tono
de mal humor; es preciso estar loco para abandonar así a una joven
sola en una venta situada en medio de una comarca tan desierta, y eso
durante semanas enteras.
--No me hallaba sola, pues habían dejado conmigo a Lanzi.
--¡Ah! ¿Y qué se ha hecho?
--Un poco antes de salir el sol le envié a ver si traía alguna caza.
--Muy bien pensado, ¡por vida mía! Así ha permanecido V. expuesta a
las groserías y al mal trato del primer tuno a quien se le antojase
insultarla.
--No creí que hubiese peligro.
--¿Supongo que ahora estará V. ya desengañada?
--¡Oh! dijo Carmela haciendo un movimiento de terror, juro a V. que no
me volverá a suceder.
--Muy bien; pero me parece que oigo los pasos de Lanzi.
La joven se asomó a la puerta y dijo:
--Sí, ahí viene.
En efecto, en aquel momento entró el hombre de quien habían hablado.
Era un individuo de unos cuarenta años, de fisonomía inteligente y
audaz; llevaba sobre sus hombros un magnífico gamo atado, sobre poco
más o menos, del mismo modo que los cazadores suizos acostumbran a
llevar las gamuzas. Su mano derecha empuñaba una escopeta.
Hizo un gesto de disgusto al ver al Jaguar; sin embargo le saludó y
puso su gamo encima de la mesa.
--¡Hola! ¡Hola! dijo el Jaguar en tono de buen humor, parece que ha
hecho V. buena cacería, Lanzi; los gamos no escasean en la llanura, ¿eh?
--He conocido un tiempo en que abundaban más, respondió Lanzi en tono
brusco; pero ahora, añadió moviendo tristemente la cabeza, apenas
puede un pobre hombre matar un par de ellos en todo un día.
El joven se sonrió y dijo:
--Ya volverán.
--No, no, replicó Lanzi; los gamos, una vez espantados, nunca vuelven a
las comarcas que abandonaron, por grande interés que tengan en hacerlo.
--Pues entonces, amigo mío, es preciso que se resigne V. y se consuele.
--¡Eh! ¡No hago otra cosa! murmuró Lanzi volviendo la espalda con
aspecto descontento.
Y después de esta réplica volvió a cargar el gamo sobre sus hombros y
entró en otra habitación.
--Lanzi no está hoy muy amable, dijo el Jaguar cuando se hubo vuelto a
quedar solo con Carmela.
--Le disgusta encontrar a V. aquí.
El Jaguar frunció el entrecejo y preguntó:
--¿Por qué es eso?
Carmela se ruborizó y bajó los ojos sin responder; el Jaguar la examinó
un momento con una mirada penetrante.
--Ya lo entiendo, dijo por fin; mi presencia en esta hostería desagrada
a alguien, quizás a él.
--¿Por qué ha de desagradarle? Me parece que él no es el amo.
--¡Es cierto! Entonces es al padre de V. a quien le desagrada, ¿verdad?
La joven hizo una seña afirmativa.
El Jaguar se levantó con violencia y se paseó presuroso por la sala
de la venta, con la cabeza baja y los brazos a la espalda. Al cabo de
algunos minutos de este paseo, que Carmela observaba con una mirada
inquieta, el Jaguar se paró bruscamente delante de ella, levantó la
cabeza, y mirándola con fijeza preguntó:
--Y a V., Carmela, ¿le desagrada mi presencia en este sitio?
La joven permaneció silenciosa.
--¡Responda V.! repuso el Jaguar.
--No he dicho eso, murmuró Carmela vacilando.
--No, repuso el Jaguar con una sonrisa amarga; pero lo piensa V.,
Carmela, solo que no tiene V. valor suficiente para confesármelo cara a
cara.
La joven levantó la cabeza con viveza y respondió con febril animación:
--Es V. injusto para conmigo, injusto y malo. ¿Por qué he de desear que
V. se aleje? Nunca me ha hecho V. daño; al contrario, siempre le he
encontrado dispuesto a defenderme. Hoy mismo, todavía, no ha vacilado
V. para librarme del mal trato de los miserables que me insultaban.
--¡Ah! ¿Lo confiesa V.?
--¿Por qué no he de confesarlo, si es cierto? ¿Tan ingrata me juzga V.?
--No, Carmela; solo que al fin es V. mujer, repuso el Jaguar con
amargura.
--No entiendo lo que quiere V. decir, no quiero entenderlo. Aquí,
cuando mi padre, o Quoniam, o cualquier otro, acusa a V., solo yo soy
quien le defiende. ¿Es culpa mía si, por su carácter y por la vida
misteriosa que hace, está V. colocado fuera de la existencia común?
¿Soy responsable acaso del silencio que se obstina V. en guardar acerca
de cuanto le concierne personalmente? V. conoce a mi padre, y sabe cuan
bueno, franco y valiente es; muchas veces y por medios indirectos, ha
procurado arrastrar a V. a una explicación leal, y siempre ha rechazado
V. sus tentativas. Así pues, a nadie culpe V. más que a sí mismo por el
aislamiento en que se encuentra y por la soledad que se establece en
torno de V.; y no dirija reconvenciones a la única persona que hasta
ahora se ha atrevido a sostenerle y defenderle contra todos.
--¡Es verdad! respondió el Jaguar con amargura: soy un loco y reconozco
mis errores para con V., Carmela, porque dice V. muy bien: entre toda
esa gente, solo V. ha sido buena y compasiva para con el réprobo, para
con el hombre a quien persigue el odio general.
--Odio tan estúpido como injusto.
--Y del cual no participa V., ¿verdad? preguntó el joven con viveza.
--No, no participo de él; pero padezco al ver la obstinación de V.,
porque, a pesar de todo lo que cuentan, le juzgo bueno.
--¡Gracias, Carmela! Quisiera poder probar inmediatamente que tiene
V. razón y dar un mentís a los que me insultan de un modo cobarde
cuando estoy ausente, y tiemblan cuando me presento delante de ellos.
Desgraciadamente, eso es imposible por ahora; pero tengo la esperanza
de que llegará un día en que me será lícito darme a conocer tal como en
realidad soy, y arrancarme la máscara que ya me pesa; entonces...
--¿Entonces? preguntó Carmela viendo que se interrumpía.
El Jaguar vaciló un instante, y después dijo con voz ahogada:
--Entonces tendré que hacer a V. una pregunta y dirigirle una petición.
La joven se ruborizó levemente; pero reponiéndose en seguida, murmuró
en voz baja:
--Me encontrará V. dispuesta a responder a ambas cosas.
--¿De veras? exclamó el Jaguar con alegría.
--Se lo juro a V.
Un relámpago de felicidad iluminó, cual un rayo de sol, la fisonomía
del joven.
--¡Bien, Carmela! dijo con profundo acento. Cuando llegue el momento
oportuno, recordaré su promesa.
Carmela bajó la cabeza haciendo una seña de mudo asentimiento.
Hubo un momento de silencio. La joven se dedicaba a los quehaceres
de la casa con esa gracia y esa ligereza de pájaro, propias de las
mujeres; el Jaguar se paseaba por la sala con aspecto preocupado; al
cabo de algunos instantes se acercó a la puerta y miró hacia fuera.
--Es preciso que me marche, dijo.
--¡Ah! exclamó Carmela fijando en él una mirada escudriñadora.
--Sí; tenga V. la bondad de mandar a Lanzi que prepare mi caballo;
quizás si se lo dijese yo mismo, lo haría de mala gana; me ha parecido
ver que no soy santo de su devoción.
--Voy allá, respondió la joven sonriendo.
--El Jaguar la miró alejarse y ahogó un suspiro.
--¿Qué es esto que siento? murmuró apoyando la mano con fuerza sobre
su corazón, como si acabase de sufrir un dolor repentino; ¿será por
ventura lo que llaman amor? ¡Estoy loco! repuso al cabo de un instante;
¿acaso puedo yo amar? ¡El Jaguar! ¿Acaso se puede amar al réprobo?
Una sonrisa amarga contrajo sus labios; su entrecejo se frunció, y
murmuró con voz sorda:
--Cada cual tiene su misión en este mundo, ¡y yo sabré cumplir la mía!
Carmela volvió a entrar y dijo:
--El caballo estará pronto dentro de un momento. Tome V. sus botas
vaqueras que Lanzi me ha encargado le entregue.
--Gracias, dijo el Jaguar.
Y se puso a atar a sus piernas esos dos pedazos de cuero labrado que
en Méjico hacen próximamente las veces de las polainas y sirven para
librar al jinete de los golpes del caballo.
Mientras que el Jaguar, con un pie apoyado en el banco y el cuerpo
inclinado hacia adelante, se ocupaba en atarse sus botas, Carmela le
examinaba atentamente con una expresión de vacilación tímida.
El Jaguar reparó en ello y le preguntó:
--¿Qué tiene V.?
--Nada, dijo la joven balbuceando.
--Me engaña V., Carmela. Vamos, el tiempo urge, dígame V. la verdad.
--Pues bien, respondió la joven con una vacilación cada vez más
marcada, tengo que pedir a V. un favor.
--¿A mí?
--Sí.
--Hable V. pronto, niña; ya sabe que, sea lo que quiera, se lo concedo
de antemano.
--¿Me lo jura V.?
--¡Lo juro!
--Pues bien, suceda lo que quiera, deseo que si encuentra V. al capitán
de dragones que estaba aquí esta mañana, le conceda V. su protección.
El joven se enderezó como si le hubiese impulsado un resorte.
--¡Ah! exclamó, ¿con que es cierto lo que me han dicho?
--No sé a qué alude V.; pero le reitero mi súplica.
--No conozco a ese hombre, puesto que he llegado aquí después que él se
marchó.
--Sí, le conoce V., repuso Carmela con acento resuelto; ¿a qué buscar
un efugio si desea V. falsear la promesa que me ha hecho? Vale más
obrar con entera franqueza.
--Está bien, respondió el Jaguar con voz sombría y con un tono de
ironía mordaz; tranquilícese V., Carmela; defenderé a su amante.
Y se lanzó precipitadamente fuera de la sala poseído de la más violenta
cólera.
--¡Oh! ¡Qué bien hacen en llamar el Jaguar a ese demonio! exclamó la
joven dejándose caer sobre un banco y prorrumpiendo en llanto. ¡Es un
corazón de tigre lo que su pecho encierra!
Ocultó su rostro entre ambas manos y prorrumpió en sollozos.
En el mismo instante se oyó fuera el galope rápido de un caballo que se
alejaba.
XIII.
CARMELA.
Ahora, antes de continuar nuestra narración, es preciso que demos a
nuestros lectores ciertos detalles importantes e indispensables para
los hechos que van a seguir.
Entre las provincias del vasto territorio de Nueva España, hay una,
la más oriental de todas, cuyo valor verdadero ignoró constantemente
el gobierno de los virreyes, ignorancia continuada por la república
mejicana que, en la época de la proclamación de la independencia, no
la juzgó digna de formar un Estado separado; y sin calcular lo que
más tarde pudiera suceder, con la mayor indolencia la dejó colonizar
por los norteamericanos, quienes ya en aquellos tiempos parece que
estaban atormentados por esa fiebre de invasión y de ensanche que hoy
ha llegado a ser una especie de locura endémica para aquellos dignos
ciudadanos. La provincia a que nos referimos es la de Tejas.
Aquella comarca magnífica es una de las mejor situadas que hay en
Méjico; bajo el punto de vista territorial es inmensa; ningún país
tiene mejor riego: nueve ríos considerables llevan al mar sus aguas
aumentadas por las innumerables corrientes que en todas direcciones
surcan y fertilizan aquella tierra: estos ríos, profundamente
encajonados en terrenos movedizos, nunca forman, desparramándose a
lo lejos, esas inundaciones tan comunes en otros países y que se
convierten en fétidos pantanos.
El clima de Tejas es sano y se halla exento de esas enfermedades
espantosas que han dado una celebridad tan siniestra a ciertas comarcas
del Nuevo Mundo.
Las fronteras naturales de Tejas son la Sabina al este, el Río Rojo
al norte, al oeste una cordillera de altas montañas que ciñe vastas
praderas y el Río Bravo del Norte; y por último, desde la embocadura de
este río hasta el de la Sabina, el golfo de Méjico.
Ya hemos dicho que los españoles ignoraban casi por completo el valor
verdadero del Tejas, aunque hacía mucho tiempo que le conocían, porque
es casi seguro que en 1536 Cabeza de Vaca cruzó por él cuando desde la
Florida se trasladó a las provincias septentrionales de Méjico.
Sin embargo, la honra del primer establecimiento que se intentó formar
en aquel hermoso país pertenece sin disputa a la Francia.
En efecto, el infortunado y célebre Roberto de la Salle, encargado por
el marqués de Seignelay de descubrir la embocadura del Misisipí en
1684, se equivocó y entró en el Río Colorado, por el cual bajó con suma
dificultad hasta la laguna de San Bernardo, en donde tomó posesión del
país y construyó un fuerte entre Velasco y Matagorda. No entraremos
aquí en mayores detalles acerca de aquel explorador audaz que por dos
veces intentó trasladarse a las tierras desconocidas situadas al este
de Méjico, y que en 1687 fue cobardemente asesinado por unos malvados
que formaban parte de su tropa.
Un recuerdo más reciente nos une de nuevo a Tejas, porque allí fue
donde en 1817, y bajo el nombre de -Campo de Asilo-, intentó el
general Lallemand fundar una colonia de franceses refugiados, restos
desventurados de los invencibles ejércitos del primer imperio. Esta
colonia, situada a unas diez leguas de Galveston, fue completamente
destruida por orden del virrey Apodaca, en virtud del sistema despótico
observado siempre en el Nuevo Mundo por los españoles de aquel tiempo,
y que consistía en no dejar bajo ningún pretexto que se estableciesen
extranjeros en punto alguno de su territorio.
Se nos perdonará que hayamos dado estos pormenores prolijos cuando se
reflexione que aquel país, libre tan solo de veinte años a esta parte,
de una superficie de cerca de cuarenta y dos millones de hectáreas,
habitado cuando más por doscientos mil individuos, ha entrado sin
embargo en una era de prosperidad y de progreso que inevitablemente ha
de llamar la atención de los gobiernos europeos y excitar las simpatías
de los hombres inteligentes de todas las naciones.
En la época en que pasan los hechos que nos hemos propuesto referir, es
decir, en la segunda mitad del año de 1812, el Tejas pertenecía todavía
a Méjico; pero había comenzado ya su gloriosa revolución, y luchaba
valerosamente para sacudir el vergonzoso yugo del gobierno central y
proclamar su independencia.
Pero antes de volver a tomar el hilo de nuestra historia, necesitamos
explicar cómo Tranquilo el cazador canadiense y Quoniam el negro, que
le debía su libertad, esos dos hombres a quienes dejamos en el alto
Misuri haciendo la vida libre de cazadores de los bosques, se hallaban
establecidos, por decirlo así, en el Tejas, y cómo el cazador tenía una
hija, o al menos llamaba así al precioso ángel rubio y sonrosado que
hemos presentado al lector bajo el nombre de Carmela.
Unos doce años antes del día en que comienza nuestro relato en la
venta del Potrero, Tranquilo había llegado a aquella misma hostería
seguido de dos compañeros y una niña de cinco a seis años, de cara
despabilada, ojos azules, labios rosados y cabellera dorada, que no era
sino Carmela; en cuanto a sus compañeros, uno era Quoniam, y el otro un
mestizo indio que atendía al nombre de Lanzi.
El sol se hallaba ya próximo a ocultarse cuando la reducida caravana
paró delante de la venta.
El ventero, que en aquel país desierto, situado en la frontera india,
estaba poco acostumbrado a ver viajeros, y sobre todo a una hora tan
avanzada, había cerrado y atrancado la puerta de su casa, y se disponía
a entregarse al descanso, cuando la llegada imprevista de nuestros
personajes le obligó a modificar sus intenciones por aquella noche.
Sin embargo, solo con marcada repugnancia y después de las repetidas
seguridades que le dieron los viajeros de que nada tenía que temer por
parte de ellos, fue como se decidió a abrir la puerta e introducirlos
en la casa.
Por lo demás, desde el momento en que se decidió a recibirlos, el
ventero fue lo que debía ser, es decir, tan atento y servicial como
puede permitirlo el carácter de los hosteleros mejicanos, que, sea
dicho entre paréntesis, son la raza menos hospitalaria que existe.
Éste era un hombrecito repleto, de modales zalameros y mirada astuta,
ya de cierta edad, pero todavía listo y vivo.
Cuando los viajeros hubieron instalado sus caballos en el corral
delante de una buena provisión de alfalfa, y que también ellos hubieron
cenado con el apetito propio de hombres que acaban de hacer una jornada
larga, se estableció cierta confianza entre el ventero y ellos, merced
a algunos tragos de refino de Cataluña, generosamente ofrecidos por
el canadiense, y la conversación se entabló bajo el pie de la más
franca cordialidad, mientras que la niña, cuidadosamente envuelta en
el mullido zarapé del cazador, dormía con esa tranquila y cándida
indiferencia peculiar de tan feliz edad, en la que lo presente es todo
y lo porvenir no existe todavía.
--¡Eh! Compadre, dijo Tranquilo alegremente al ventero, echándole otro
vaso de refino, ¿paréceme que lleva V. aquí una vida muy feliz?
--¡Yo!
--¡Pardiez! Se acuesta V. a la misma hora que las gallinas, y estoy
seguro de que se levantará tarde.
--¿Qué otra cosa puedo hacer en este maldito desierto en donde he
venido a perderme por mis pecados?
--Según eso, ¿escasean los viajeros?
--Sí y no; depende de la manera en que V. lo entienda.
--¡Diablo! Me parece que no hay dos maneras de entenderlo.
--Sí, hay dos y muy diferentes.
--¡Hombre! Me alegraría de conocerlas.
--Es muy fácil. No faltan en el país vagabundos de todos colores y
castas, y si yo quisiese llenarían mi casa todo el santo día; pero
lléveme el diablo si me dejarían ver el color de su dinero.
--¡Ah! Muy bien. Pero supongo que esos señores no constituirán
exclusivamente la parroquia de V.
--No; hay también los indios bravos, los Comanches, los Apaches, los
Pawnees, y qué sé yo cuantos más, que de vez en cuando vienen a rondar
por los alrededores.
--¡Vamos! Es mal vecindario; y si no tiene V. más que esos
parroquianos, comienzo a opinar como V.; sin embargo, algunas veces
debe V. recibir visitas más agradables.
--Sí, de tarde en tarde algunos viajeros extraviados, como V., sin
duda; pero los ingresos están siempre muy lejos de cubrir los gastos.
--Es claro. A la salud de V.
--A la de V.
--Pero entonces, permítame V. una observación que quizás le parecerá
indiscreta.
--Diga V., caballero; diga lo que guste; estamos hablando como buenos
amigos y no debemos contenernos.
--Tiene V. razón. Si se encuentra V. mal aquí, ¿por qué diablos
permanece en este sitio?
--¡Ah! He ahí la cuestión: ¿a dónde quiere usted que vaya?
--¡Pardiez! No lo sé, a cualquiera parte, en donde siempre estará V.
mejor que aquí.
--¡Ah! ¡Si solo dependiese de mi voluntad! dijo el ventero lanzando un
suspiro.
--¿Tiene V. a alguien consigo aquí?
--No, estoy solo.
--Pues bien, entonces ¿quién le detiene?
--¡Caramba! ¿Qué ha de ser? ¡El dinero! Todo cuanto yo poseía, y no era
mucho, lo invertí en edificar esta casa y establecerme en ella, y aún
eso gracias a los peones de la hacienda.
--¿Hay alguna hacienda por aquí?
--Sí, a unas cuatro leguas de distancia está la hacienda del Mezquite.
--¡Ah! dijo Tranquilo muy pensativo, está bien, continúe V.
--De ese modo ya comprende V. que si me voy, me veo obligado a
abandonarlo todo.
--¿Por qué no lo vende V.?
--¿Y quién lo compra? ¿Cree V. que sea fácil encontrar por aquí un
individuo que tenga cuatrocientos o quinientos duros en el bolsillo y
que esté dispuesto a hacer una tontería?
--¡Pardiez! No se sabe, acaso buscando podría encontrarse
--Vamos, caballero, ¡tiene V. gana de burlarse!
--En verdad que no, dijo Tranquilo variando de tono repentinamente, y
voy a probárselo a usted.
--Veamos.
--¿Dice V. que vende su casa en cuatrocientos duros?
--¿He dicho cuatrocientos?
--No andemos con tretas, lo ha dicho V.
--Muy bien, lo admito; ¿y qué más?
--¿Qué más? Que yo se la compro si V. quiere.
--¿Usted?
--¿Por qué no?
--¡Pardiez! Sería preciso verlo.
--Está visto: ¿quiere V., sí o no? Es cosa de tomarlo o dejarlo; quizás
dentro de cinco minutos habré variado de intención, con que decídase V.
El ventero fijó una mirada investigadora en el canadiense.
--¡Acepto! dijo.
--Corriente; solo que no le daré a V. cuatrocientos duros.
--¡Oh! entonces... dijo el ventero sobresaltado.
--Le daré a V. seiscientos.
El ventero se quedó estupefacto y en seguida dijo:
--No me parece mal.
--Pero con una condición, añadió Tranquilo.
--¿Cuál es?
--La de que mañana, tan luego como se haya efectuado la venta, montará
V. a caballo... ¿Supongo que tendrá V. un caballo?
--Sí Señor.
--Pues bien, montará V. en él, se marchará y no volverá a parecer por
aquí.
--¡Oh! De eso puede V. estar muy seguro.
--¿Queda convenido?
--Sí Señor.
--Entonces, mañana al salir el sol que estén preparados los testigos.
--Lo estarán.
En esto quedó la conversación. Los viajeros se envolvieron en sus
mantas y zarapés; se tendieron en el áspero suelo de la sala y se
durmieron. El ventero les imitó.
Según lo habían convenido, el ventero, un poco antes de amanecer,
ensilló su caballo y se ocupó en procurarse los testigos necesarios
para la validez de la transacción; con este objeto se fue a rienda
suelta a la hacienda del Mezquite, y al salir el sol estaba ya de
vuelta. Le acompañaban el mayordomo de la hacienda y siete u ocho
peones.
El mayordomo, que era el único que sabía leer y escribir, redactó una
escritura de venta; luego reunió a todos los circunstantes y la leyó en
alta voz.
Tranquilo sacó entonces de su cinto treinta y siete onzas y media de
oro, y las extendió sobre la mesa.
--Señores, dijo el mayordomo dirigiéndose a los circunstantes, sean
VV. testigos de que el señor Tranquilo ha pagado los seiscientos pesos
fuertes estipulados para la compra de la venta del Potrero.
--Somos testigos, respondieron todos.
Entonces todas las personas presentes, con el mayordomo a la cabeza,
pasaron al corral situado en la parte trasera de la casa.
Cuando Tranquilo hubo llegado al corral, arrancó un puñado de yerba y
le tiró por encima de su hombro; en seguida, cogiendo una piedra, la
tiró al otro lado de la tapia: con arreglo a la ley mejicana acababa de
tomar posesión de la finca.
--Sean VV. testigos, Señores, volvió a decir el mayordomo, de que el
señor Tranquilo, aquí presente, toma legalmente posesión de esta finca.
¡Dios y libertad!
--¡Dios y libertad! exclamaron los circunstantes. ¡Viva el nuevo
huésped!
Habíanse llenado todas las formalidades. Volvieron a entrar en la casa
en donde Tranquilo suministró sendos tragos de vino a sus testigos, a
quienes esta munificencia inesperada colmó de alegría.
El antiguo ventero, fiel al convenio estipulado, dio un apretón de mano
al comprador, montó a caballo y se marchó deseándole buena suerte.
Desde aquel día no se volvió a oír hablar de él.
He ahí cómo había llegado el cazador a Tejas y cómo se estableció.
Dejó a Lanzi y a Quoniam en la venta con Carmela. En cuanto a él,
merced a la protección del mayordomo, que le recomendó a su amo D.
Hilario de Vaureal, entró en la hacienda del Mezquite en calidad de
tigrero o cazador de tigres.
Aunque la comarca escogida por el cazador para establecerse se hallaba
situada en los confines de la frontera mejicana, y que por esta razón
se hallaba casi desierta, de vez en cuando hubo ciertas suposiciones
entre los vaqueros y los peones acerca de las razones que podrían
haber inducido a un cazador tan audaz y tan diestro como el canadiense
a retirarse allí; pero todas las tentativas hechas por los curiosos
para averiguar aquellas razones, todas las preguntas que dirigieron,
quedaron sin resultado; los compañeros de Tranquilo y aún él mismo
permanecieron mudos; en cuanto a la niña, ella nada sabía.
Entonces los curiosos, frustrados en su esperanza y cansados de hacer
averiguaciones, renunciaron a encontrar la explicación de aquel enigma,
confiando en el tiempo, ese gran aclarador de misterios, para saber por
fin la verdad tan cuidadosamente encubierta.
Pero transcurrieron las semanas, los meses y los años sin que nada
fuese a levantar ni una punta del velo que ocultaba el secreto del
cazador.
Carmela había llegado a ser una joven deliciosa; la venta se había
hecho con una buena parroquia. Aquella frontera, tan tranquila hasta
entonces por razón de su alejamiento de las ciudades y pueblos, se
resintió del movimiento que las ideas revolucionarias imprimieron al
centro del país; los viajeros llegaron a ser más frecuentes, y el
cazador, que hasta entonces parecía que se había cuidado muy poco de
lo porvenir, fiando para su seguridad en el aislamiento de su morada,
comenzó a sentirse inquieto, no por sí, sino por Carmela, que se
hallaba expuesta, casi sin defensa, a las tentativas audaces, no solo
de los enamorados a quienes su hermosura atraía cual la miel a las
moscas, sino también de los hombres sin fe y sin conciencia que los
disturbios habían hecho surgir por todas partes, y que vagaban por los
caminos como coyotes, en busca de una presa que devorar.
El cazador, no queriendo dejar por más tiempo a la joven en la posición
peligrosa en que las circunstancias la colocaban, se ocupó activamente
en conjurar las desgracias que preveía, pues si bien por ahora es
imposible saber los vínculos que le unían con Carmela, quien le daba el
nombre de padre, diremos que en realidad la profesaba paternal cariño
y tenía para con ella una abnegación absoluta; en esto le imitaban
Quoniam y Lanzi. Para aquellos tres hombres, Carmela no era una mujer,
ni una niña, sino un ídolo a quien adoraban de rodillas y por el cual
habrían sacrificado con júbilo hasta sus vidas a la más leve indicación
suya.
Una sonrisa de Carmela les hacía felices, el más mínimo gesto de mal
humor suyo les ponía tristes.
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