sentimientos que se agitaban en el fondo de su corazón, el negro se dejó caer al suelo, y durante algunos minutos quedó sumido en serias reflexiones. El cazador respetó su silencio. Por último, al cabo de algunos instantes el negro levantó la cabeza y dijo: --Escuche V., cazador; he dado gracias a Dios, como debía, por mi emancipación. Ahora que me siento un poco tranquilo y comienzo a acostumbrarme a mi nueva condición, tenga V. la bondad de referirme lo que ha pasado entre usted y mi amo, a fin de que yo sepa de un modo exacto lo que debo agradecer a V., y arregle según esa gratitud mi conducta venidera. Hable V. que ya le escucho. --¿Para qué he de hacer esa narración que tan poco le interesa a V.? Es V. libre, y eso debe bastarle. --No, no me basta. Soy libre, es cierto; pero ¿cómo he llegado a serlo? --Esa narración, lo repito, no puede interesarle a V. mucho. Sin embargo, como puede hacer que forme V. mejor opinión respecto del hombre a quien antes pertenecía, no persistiré en callar. Escuche V. pues. Después de este exordio, Tranquilo refirió prolijamente los sucesos que habían ocurrido entre el mercader de esclavos y él, y cuando por fin hubo terminado, añadió: --Vamos, ¿está V. satisfecho ahora? --Sí, respondió el negro que le había escuchado con la atención más sostenida; sé que, después de Dios, a V. es a quien debo todo, y no lo olvidaré; sean las que quieran las circunstancias en que nos encontremos el uno respecto del otro, nunca tendrá V. que reclamar el pago de mi deuda. --Nada me debe V., que ahora es ya libre; lo que le corresponde es emplear esa libertad como debe hacerlo un hombre de corazón recto y honrado. --Procuraré no ser indigno de lo que Dios y V. han hecho por mí; también agradezco sinceramente a John Davis el buen sentimiento que le ha impulsado a prestar oído a las observaciones de V.: quizás me será dado algún día mostrarle mi gratitud; y si tal ocasión se presentase, no la desperdiciaré. --¡Bien! Me gusta oírle a V. hablar así; eso me prueba que no me he equivocado en el concepto que acerca de V. he formado. Y ahora, ¿qué se propone V. hacer? --¿Qué consejo me da V.? --La pregunta es importante, y no sé a punto fijo cómo contestar: la elección de una profesión cualquiera es siempre cosa muy difícil; antes de adoptar una resolución de ese género, es necesario reflexionarlo con madurez: a pesar de mi deseo de serle a V. útil, no quisiera darle un consejo que, sin duda por consideración hacia mí, se apresuraría a seguir, y más tarde podría causarle pesadumbre. Además, soy un hombre cuya vida, desde la edad de siete años, ha trascurrido constantemente en los bosques; y por lo tanto, tengo muy poca experiencia para aventurarme a lanzarle a V. por una senda que yo mismo no conozco, y cuyas ventajas e inconvenientes ignoro. --Ese raciocinio me parece muy exacto; sin embargo, no puedo permanecer así: tengo que adoptar un partido, sea el que quiera. --Haga V. una cosa. --¿Cuál es? --Tome V. una escopeta, un cuchillo de monte, pólvora y balas; el desierto está abierto delante de V. Márchese, ensaye durante algunos días la Vida libre de las grandes soledades. Durante sus largas horas de caza reflexionará con entero descanso acerca de la profesión a que le conviene dedicarse; pesará V. en su mente las ventajas que de ella espere obtener, y luego, cuando haya adoptado una determinación irrevocable, vuelve V. la espalda al desierto, se encamina de nuevo a los sitios habitados, y como es V. un hombre activo, inteligente y honrado, estoy seguro de que alcanzará buen éxito, sea la que quiera la profesión a que se dedique. El negro movió la cabeza varias veces, y dijo: --Sí, en lo que V. me propone hay bueno y hay malo; no es eso completamente lo que yo quisiera. --Explíquese V. claramente, Quoniam; adivino que quiere V. decirme algo y no se atreve. --Es verdad: no he sido franco con V., Tranquilo, y he hecho mal; ahora lo conozco. En vez de pedirle hipócritamente un consejo que de ningún modo tenía intención de seguir, debí decir a V. lealmente mi modo de pensar, y eso siempre hubiera sido mejor. --Veamos, dijo el cazador riendo, hable V. --¡Tiene V. razón! ¿Por qué no he de decirle lo que mi corazón siente? Si en el mundo hoy un hombre que se interese por mí, es V., sin disputa; por lo tanto, más vale que sepa yo en seguida a qué atenerme. La única profesión que me conviene es la de cazador de los bosques. A ella me impulsan mis instintos y mis inspiraciones. Todas mis tentativas de evasión, cuando yo era esclavo, tendían a ese objeto. No soy más que un pobre negro con un talento muy limitado y una inteligencia muy corta, que no podrían servirme de un modo conveniente en las ciudades, en donde al hombre no se le aprecia por lo que vale, sino únicamente por lo que parece. ¿Para qué me serviría esa libertad, con la que tanto me envanezco, en una ciudad en donde, para mantenerme y vestirme, al instante me vería obligado a sacrificarla en provecho del primero que se dignase procurarme los recursos más necesarios de que me hallo completamente privado? Solo habría reconquistado mi libertad para convertirme yo mismo de nuevo en esclavo. Así pues, solo en el desierto es en donde puedo aprovechar ese beneficio que debo a V., sin temer nunca que la miseria me arrastre a cometer acciones indignas de un hombre que tiene el convencimiento de lo que vale. Por eso, solo en el desierto es donde puedo vivir en lo sucesivo, sin volver a acercarme a las ciudades más que para cambiar las pieles de los animales que yo haya cazado por balas, pólvora y ropa. Soy joven y vigoroso: ¡Dios, que me ha protegido hasta ahora, no me abandonará! --Quizás tenga V. razón: yo, para quien la vida que llevo es preferible a cualquiera otra, no puedo censurar a V. porque quiera seguir mi ejemplo. ¡Bueno! Ahora que todo está arreglado y convenido a gusto de V., vamos a separarnos, mi buen Quoniam. Dios le dé a V. buena suerte, y quizás nos encontremos algún día en el territorio indio. El negro se echó a reír, enseñando dos hileras de dientes blancos como la nieve, pero no respondió. Tranquilo se echó su rifle al hombro, le hizo una seña postrera de amistosa despedida, y se volvió para dirigirse a su piragua. Quoniam cogió la escopeta que el cazador le había dejado, se puso el cuchillo de monte en el cinto, del cual colgó también los dos cuernos llenos de pólvora y balas, y luego, habiendo dirigido una mirada en torno suyo para cerciorarse de que nada dejaba olvidado, siguió al cazador, que le había tomado ya una delantera bastante considerable. Le alcanzó en el momento en que llegaba junto a la piragua y se disponía a ponerla a flote. Al oír el cazador el ruido de los pasos, se volvió y dijo: --¡Calle! ¿Es V. todavía, Quoniam? --¡Sí! contestó el negro. --¿Qué motivo le trae a V. hacia este lado? --¡Ah! dijo Quoniam metiéndose los dedos entre su encrespada cabellera y rascándose con furor, es que ha olvidado V. una cosa. --¿Yo? --Sí Señor, respondió el negro con cierto embarazo. --¿Qué es? --El llevarme con V. --Es verdad, dijo el cazador tendiéndole la mano; perdóneme V., hermano. --Según eso, ¿consiente V.? exclamó Quoniam con una alegría mal contenida. --Sí. --¿Ya no nos separaremos? --Eso dependerá de la voluntad de V. --¡Oh! Entonces, exclamó lanzando una carcajada alegre, viviremos mucho tiempo juntos. --¡Pues bien! ¡Corriente! respondió el cazador; venga V.: dos hombres, cuando tienen completa fe el uno en el otro, son muy fuertes en el desierto. Sin duda Dios ha querido que nos encontremos. En adelante seremos hermanos. Quoniam saltó a la barca y cogió alegremente los remos. El pobre esclavo nunca había sido tan feliz, nunca había encontrado el aire tan puro, la naturaleza tan bella; le parecía que todo le sonreía y le festejaba; desde aquel momento iba a comenzar realmente a vivir con la existencia de los demás hombres, sin ninguna traba amarga; lo pasado no era ya más que un sueño. Había encontrado en su defensor lo que tantos hombres buscan en vano durante el curso de una larga existencia, un amigo, un hermano, en quien podría confiar por completo, y para el cual no tendría secretos. En pocos minutos llegaron al sitio en que el canadiense había reparado al llegar; aquel punto, claramente designado por los dos sauces caídos en cruz el uno sobre el otro, formaba una especie de promontorio de arena muy favorable para establecer un campamento por la noche, porque desde allí se dominaba, no solo el curso del río hasta una distancia muy larga por ambos lados, sino que también era fácil vigilar las dos orillas y evitar una sorpresa. --Aquí es donde pasaremos la noche, dijo Tranquilo; trasportemos a tierra la piragua para guarecer nuestra hoguera. Quoniam cogió la ligera embarcación, la levantó en alto, y colocándola sobre sus robustos hombros, la llevó al sitio que su compañero le había designado. Había trascurrido ya un espacio de tiempo considerable desde que el canadiense y el negro se encontraron de un modo tan milagroso. El sol, que estaba ya bastante bajo en el horizonte en el momento en que el cazador dobló el promontorio y cazó los flamantes, se hallaba a la sazón próximo a desaparecer; anochecía con rapidez, y los segundos términos del paisaje comenzaban a perderse entre las sombras del crepúsculo que se condensaba cada vez más. El desierto despertaba; los roncos rugidos de las fieras se oían por intervalos, mezclándose con los maullidos de los carcayús y con los violentos aullidos de los lobos rojos. El cazador escogió la leña más seca que pudo hallar para encender la lumbre, a fin de que el humo fuese poco, y la llama, por el contrario, iluminase los alrededores de modo que denunciase inmediatamente la aproximación de los terribles vecinos cuyos gritos oía, y a los que la sed tardaría muy poco en llevar hacia aquel sitio. Los flamantes asados y algunos puñados de -pennekann- (carne picada y reducida a polvo) constituyeron la cena de los aventureros, cena muy sobria, regada tan solo con agua del río; pero que comieron con buen apetito y como hombres que saben apreciar el valor de los manjares que les depara la Providencia, sean los que quieran. Cuando hubieron comido el último bocado, el canadiense partió fraternalmente su provisión de tabaco con su nuevo compañero, y encendió su pipa india, que saboreó como un verdadero aficionado, ejemplo seguido concienzudamente por Quoniam. --Ahora, dijo Tranquilo, bueno será que sepa V. que un antiguo amigo mío hará como tres meses que me dio una cita para este sitio. Es un jefe indio, y debe llegar aquí mañana al amanecer. Aunque es muy joven, ya goza de gran nombradía en su tribu. Le quiero como a un hermano, y casi puede decirse que nos hemos criado juntos. Me alegraré de ver que simpatice con V. Es un hombre entendido y experimentado, para quien la vida del desierto no tiene secretos. La amistad de un jefe indio es cosa preciosa para un cazador de los bosques; piense V. en eso. Por lo demás, estoy convencido de que convendrá V. en ello al primer golpe de vista. --Haré todo lo que sea necesario para conseguir su amistad. Basta que ese jefe sea amigo de V. para que yo desee que lo sea mío también. Hasta ahora, aunque como esclavo fugitivo he vagado durante mucho tiempo por los bosques, todavía no he visto nunca a un indio independiente; así pues, es muy posible que, contra mi voluntad, cometa alguna torpeza. Crea V., sin embargo, que no será por culpa mía. --Estoy convencido de ello; tranquilícese V. respecto de eso: advertiré al jefe, quien creo que quedará tan sorprendido como V., porque supongo que V. será el primer negro a quien haya encontrado en toda su vida. Ea, ya ha anochecido por completo; debe V. estar cansado por la obstinada persecución que ha sufrido durante todo el día y por las emociones fuertes que ha experimentado; duerma V., que yo velaré por los dos, pues mañana, probablemente, tendremos que hacer una marcha muy larga, es preciso que esté V. ágil y dispuesto. El negro comprendió lo justas que eran las observaciones de su amigo, con tanto más motivo, cuanto que estaba abrumado de cansancio; los sabuesos de su antiguo amo le habían perseguido tan de cerca, que en las cuatro últimas noches no había podido dormir. Así pues, prescindiendo de toda vergüenza mal entendida, se tendió en el suelo con los pies junto al fuego, y se durmió casi al momento. Tranquilo permaneció sentado sobre la piragua, con su rifle entre las piernas, a fin de estar dispuesto para cualquier alarma, y quedó sumido en profundas reflexiones, al paso que vigilaba con el mayor cuidado los alrededores y prestaba atento oído al ruido más leve. [1] Nada hay que nos parezca tan ridículo como ese lenguaje extravagante que se atribuye a los negros, lenguaje que, en primer lugar, tiene la desventaja de hacer más lenta la narración, y que además es falso, doble razón que nos induce a no emplearle aquí, aunque en concepto de algunos perjudique al colorido local. -(N. del A.).- IV. LA MANADA. La noche estaba espléndida. El cielo, de un azul oscuro, se veía tachonado por millones de estrellas que derramaban una luz dulce y misteriosa. El silencio del desierto era interrumpido por mil ruidos melodiosos y animados; leves resplandores que se filtraban por entre las hojas de los árboles corrían sobre la fina yerba a manera de fuegos fatuos. En la orilla opuesta del río algunos robles secos y carcomidos se alzaban cual fantasmas, y la brisa agitaba sus largas ramas cubiertas de plantas trepadoras; mil rumores cruzaban el espacio; gritos incalificables salían de las madrigueras invisibles de la selva; se oían los suspiros ahogados del viento entre las hojas, el murmullo del agua sobre los guijarros de la playa, y ese ruido, en fin, inexplicable de las oleadas de la vida, ruido que procede de Dios, y al que hace ser aún más imponente la soledad majestuosa de las llanuras americanas. El cazador se dejaba arrastrar, a pesar suyo, por la omnipotente influencia de aquella naturaleza primitiva que le rodeaba: al encontrarse aislado así en ella, por todos los poros percibía su savia fortalecedora; todo su ser se estremecía y se identificaba con la escena sublime a que asistía; apoderábase de él una melancolía dulce y serena: tan lejos de los hombres y de su mezquina civilización, se sentía más cerca de Dios, y su fe cándida se aumentaba con toda la admiración que le causaban los secretos medio revelados de los grandes arcanos de la naturaleza, secretos que sorprendía, por decirlo así, en el acto. Y es que el alma se engrandece, y los pensamientos se ensanchan con el contacto de esa vida nómada, en la que cada minuto que trascurre produce peripecias nuevas e imprevistas, en la que a cada paso ve el hombre el dedo de Dios señalado de una manera evidente en los paisajes ásperos y grandiosos que le rodean. Así esa existencia de peligros y de privaciones tiene, para los que la han ensayado una vez siquiera, encantos y embriagueces inexplicables, alegrías incomprensibles, que hacen que siempre se las eche de menos, porque solo en el desierto es donde el hombre siente que vive, donde tiene la medida de sus fuerzas, y donde se le revela el secreto de su poder. Así trascurrían las horas con rapidez para el cazador, sin que el sueño llegase todavía a cerrar sus párpados; ya la fresca brisa de la mañana hacía estremecer las altas copas de los árboles y rizaba la tersa superficie del río, en cuyas aguas plateadas se reflejaban las grandes sombras de sus accidentadas orillas. En el horizonte, anchas fajas rosadas anunciaban la próxima salida del sol; el búho, oculto en la enramada, había saludado por dos veces con su grito melancólico la vuelta del día: eran próximamente las tres de la madrugada. Tranquilo abandonó el rústico asiento en que hasta entonces había permanecido en completa inmovilidad, sacudió el entorpecimiento que se había apoderado de él, y dio algunos paseos por la playa con el fin de restablecer la circulación de la sangre en todos sus miembros. Cuando un hombre, no diremos se despierta, porque el buen canadiense ni un solo instante había cerrado los ojos durante el trascurso de aquella larga velada, pero sacude el entorpecimiento en que le han sumido el silencio, las tinieblas y sobre todo el frío penetrante de la noche, necesita algunos minutos antes de que consiga entrar de nuevo en posesión de todas sus facultades y restablecer el equilibrio en su cerebro: esto fue lo que le sucedió al cazador. Sin embargo, acostumbrado hacía muchos años a la vida del desierto, aquel espacio de tiempo fue menos largo para él que para cualquier otro, y muy luego recobró la plenitud de su inteligencia, sintiéndose tan despejado, y con la mirada tan penetrante y el oído tan sutil, como en la noche anterior. Disponíase, por lo tanto, a despertar a su compañero, que seguía durmiendo con ese sueño bueno y reparador que en este mundo solo disfrutan los niños y los hombres cuya conciencia está pura de todo mal pensamiento, cuando de improviso se paró, prestando atento oído con marcada inquietud. Desde las escondites profundidades del bosque que formaba un espeso cortinaje detrás de su campamento, el canadiense había oído alzarse un ruido inexplicable que aumentaba por momentos, y que muy luego adquirió las proporciones de los violentos estampidos del trueno. Este ruido se acercaba cada vez más: eran patadas secas, fuertes y apresuradas, estremecimientos y roces de árboles y de ramas, mugidos sordos que parecían sobrehumanos, en fin, un rumor incalificable, espantoso, indefinible, que, acercándose ya bastante, resonaba como el ruido sordo y continuo de una gran masa de agua cuando va a producir una inundación. Quoniam, que había despertado sobresaltado por aquel tumulto singular, estaba de pie, con su rifle en la mano y la vista fija en el cazador, dispuesto a obrar a la primera señal, aunque sin adivinar lo que pasaba, con la imaginación embotada todavía por la pesadez del sueño, y poseído de ese terror instintivo que se apodera del hombre más valiente cuando comprende que le amenaza un peligro terrible y desconocido. Así trascurrieron algunos minutos. --¿Qué haremos? murmuró Tranquilo con vacilación, procurando, aunque inútilmente, explorar con la mirada las profundidades de la selva y adivinar lo que ocurría. De pronto resonó a corta distancia un silbido agudo. --¡Ah! exclamó Tranquilo haciendo un movimiento de alegría y alzando súbitamente la cabeza, por fin voy a saber a qué atenerme. Y llevándose los dedos a la boca, imitó el grito de la garza. En el mismo instante se precipitó un hombre fuera de la selva, y dando dos saltos de tigre llegó junto al cazador. --¡Ooah! exclamó; ¿Qué hace aquí mi hermano? Aquel hombre era el Ciervo-Negro. --Le estaba a V. aguardando, jefe, respondió el canadiense. El piel roja era un hombre de veintiséis a veintisiete años, de estatura mediana, pero muy bien proporcionada; llevaba el gran traje de guerra de su nación, y estaba pintado y armado como para ir a una expedición. Su semblante era hermoso; su fisonomía inteligente y leal revelaba valor y bondad, y en todas sus facciones se reflejaba una majestad suprema. En aquel momento parecía que se hallaba poseído de una agitación tanto más extraordinaria, cuanto que los pieles rojas consideran como punto de honra el no dejarse conmover nunca por suceso alguno, por terrible que sea; sus ojos lanzaban relámpagos, sus palabras eran breves, su voz tenía un acento metálico. --¡Pronto! dijo, hemos perdido ya demasiado tiempo. --Pues ¿qué sucede? preguntó Tranquilo. --¡Los bisontes! dijo el jefe. --¡Oh! ¡Oh! exclamó Tranquilo con terror. Había comprendido: aquel ruido que estaba oyendo hacía algún tiempo, le producía una manada de bisontes que venía del este, y se dirigía probablemente a las praderas altas del oeste. Lo que el cazador había adivinado tan pronto necesita serle explicado brevemente al lector, a fin de que pueda comprender el peligro terrible a que de improviso se hallaban expuestos nuestros personajes. Llámese manada, en las antiguas posesiones españolas, a una reunión de varios millares de animales salvajes. Los bisontes, en sus emigraciones periódicas durante la estación de los amores, se reúnen algunas veces en manadas de quince o veinte mil cabezas, que forman una tropa compacta, y viajan juntos; aquellas reses caminan siempre en derechura delante de sí, oprimiéndose unas contra otras, trasponiendo y derribando cuantos obstáculos se oponen a su paso. Desgraciado el temerario que intentase detener O variar la dirección de su furibunda carrera, porque sería destrozado y molido como paja bajo los pies de aquellos animales estúpidos, que pasarían por cima de su cuerpo sin tan siquiera verle. Así pues, la posición de nuestros personajes era muy crítica, porque la casualidad les había colocado precisamente en frente de una manada que llegaba sobre ellos con la rapidez del rayo. Toda fuga era imposible; no había que pensar en ello, y la resistencia era aún más imposible. El ruido se acercaba con una rapidez espantosa; ya se oían clara y distintamente los mugidos salvajes de los bisontes mezclados con los aullidos de los lobos rojos y con los ásperos maullidos de los jaguares, que iban saltando por los flancos de la manada y cazando a los rezagados o a los que se apartaban imprudentemente a la derecha o a la izquierda. Con un cuarto de hora más que trascurriese, nuestros tres hombres quedaban perdidos; pues la espantosa masa aparecía barriéndolo todo en su paso con esa fuerza irresistible de la fiera, a la que nada puede vencer. Lo repetimos, la posición era crítica. El Ciervo-Negro se dirigía al punto de cita que él mismo había designado al cazador canadiense; ya no distaba más que tres o cuatro leguas del sitio en que pensaba encontrar a su amigo, cuando su oído ejercitado percibió el ruido de la furibunda carrera de los bisontes. Cinco minutos le bastaron para comprender la inminencia del peligro que amenazaba al cazador: con esa rapidez de decisión que caracteriza a los pieles rojas en los casos apurados, resolvió avisar a su amigo y salvarle o perecer con él; entonces se lanzó a la carrera, salvando con vertiginosa rapidez el espacio que le separaba del sitio de la cita, sin tener más que un pensamiento fijo, el de tomar una gran delantera a la manada, de modo que el cazador pudiese salvarse: desgraciadamente, por rápida que fuese su carrera, y los indios son afamados por su fabulosa agilidad, no pudo llegar bastante a tiempo para poner en salvo a aquel a quien quería librar. Cuando el jefe, después de haber avisado al cazador, hubo reconocido la inutilidad de sus esfuerzos; verificóse en él una reacción súbita; sus facciones, animadas por la inquietud, recobraron su rigidez habitual; una sonrisa triste arqueó sus labios desdeñosos, y se dejó caer al suelo murmurando con voz sombría: --¡Wacondah no ha querido! Pero Tranquilo no aceptó la posición con igual resignación y fanatismo; el cazador pertenecía a esa raza de hombres enérgicos cuyo carácter, de un temple muy fuerte, nunca se deja abatir, y que luchan hasta el último instante. Cuando vio que el piel roja, con el fatalismo propio de su raza, abandonaba la partida, resolvió hacer un esfuerzo supremo e intentar un imposible. A veinte pasos más allá del sitio en que el cazador había establecido su campamento, había varios árboles derribados por el suelo, muertos de vejez, y, por decirlo así, amontonados unos sobre otros; luego, detrás de aquella especie de atrincheramiento natural, se alzaba un grupo de cinco o seis robles aislados de todos los demás, y que formaban como un oasis en medio de los arenales de la orilla del río. --¡Alerta! gritó el cazador. Quoniam, recoja V. toda la leña seca que pueda, y véngase acá; jefe, haga V. lo mismo. Los dos hombres obedecieron sin comprender, pero tranquilizados por la sangre fría de su compañero. En pocos momentos quedó amontonada sobre los árboles derribados una cantidad considerable de leña seca. --¡Bueno! gritó el cazador; ¡Vive Dios! Aún no se ha perdido todo: ¡buen ánimo! Llevando entonces a aquella hoguera improvisada los restos de la lumbre que había encendido en su campamento para combatir el frío de la noche, atizó y avivó el fuego con materias resinosas, y en menos de cinco minutos una ancha llamarada se alzó oscilando hacia el cielo, y formó una cortina espesa y de más de diez metros de extensión. --¡En retirada! ¡En retirada! exclamó el cazador; ¡Seguidme! El Ciervo-Negro y Quoniam se precipitaron en pos de él. El canadiense no fue muy lejos; cuando hubo llegado al grupo de árboles de que hemos hablado, trepó al más corpulento con sin igual destreza y agilidad, y muy luego sus compañeros y él se encontraron encaramados a cincuenta metros de altura, cómodamente establecidos sobre fuertes ramas, y ocultos por completo entre las hojas. --Así, dijo el canadiense con la mayor sangre fría; éste es nuestro último recurso. En cuanto aparezca la columna, fuego sobre los flanqueadores; si el resplandor de las llamas asusta a los bisontes, nos salvamos; si no, no nos quedará más remedio que morir. Pero al menos habremos hecho todo lo posible para salvar nuestras vidas. El fuego encendido por el cazador había tomado proporciones gigantescas; se había ido extendiendo, inflamando las yerbas y los arbustos, y aunque estaba demasiado lejos de la selva para poder incendiarla, muy luego formó una cortina de llamas de cerca de un cuarto de milla de longitud, y cuyos resplandores rojizos teñían a lo lejos el cielo y daban al paisaje un aspecto de grandiosidad imponente y salvaje. Los cazadores, desde el sitio en que se habían refugiado, dominaban aquel océano de llamas, que no podía alcanzarles, y se cernían, por decirlo así sobre él. De pronto se oyó un crujido horrible, y en el linde de la selva apareció la vanguardia de la manada. --¡Atención! exclamó el cazador echándose el rifle a la cara. Los bisontes, sorprendidos de improviso por la vista de aquel muro de llamas que se alzaba súbitamente ante ellos, deslumbrados por el resplandor del fuego, y al mismo tiempo abrasados por aquel calor tan fuerte, vacilaron por un instante como si se hubiesen consultado, y en seguida se precipitaron hacia adelante con un furor ciego, lanzando bramidos de cólera. Sonaron tres tiros. Los tres bisontes que iban más adelantados cayeron revolcándose en las angustias de la agonía. --Estamos perdidos, dijo Tranquilo fríamente. Los bisontes seguían avanzando. Pero muy luego el calor llegó a ser insoportable; el humo, lanzado por la brisa en dirección de la manada, cegó a las reses, y entonces se verificó una reacción; hubo un momento de parada, seguido muy pronto de un movimiento de retroceso. Los cazadores, con el pecho anheloso, seguían con una mirada ansiosa las singulares peripecias de aquella escena terrible. Era una cuestión de vida o muerte para ellos la que en aquel momento se decidía; su existencia estaba colgada de un hilo, por decirlo así. Entre tanto la imponente masa seguía avanzando. Los animales que guiaban a la manada no pudieron resistir al empuje de los que les seguían; fueron derribados y pisoteados por los que venían detrás; pero estos, abrumados a su vez por el calor, quisieron también retroceder; en aquel momento supremo algunos bisontes se desbandaron a derecha e izquierda, y esto bastó para que los demás les siguiesen; entonces se establecieron dos corrientes, una por cada lado del fuego, y la manada, cortada en dos, pasó como un torrente que ha roto sus diques, reuniéndose en la playa y vadeando el río en columna cerrada. Era un espectáculo horrible el que ofrecía aquella manada huyendo aterrada y lanzando gritos de terror, perseguida por las fieras y encerrando en su centro el fuego encendido por el cazador, que parecía un faro lúgubre destinado a iluminar el camino. Muy luego se echaron los bisontes al río, que atravesaron en línea recta, y su prolongada columna oscura serpenteó en la opuesta orilla, en donde no tardó en desaparecer la cabeza de la manada. Los cazadores estaban salvados, merced a la presencia de ánimo y sangre fría del canadiense; sin embargo, todavía permanecieron ocultos durante dos horas entre las ramas que les cobijaban. Los bisontes continuaban pasando por derecha e izquierda. El fuego se había apagado por falta de alimento; pero ya estaba dada la dirección a las reses, y al llegar a la apagada hoguera, que no era ya más que un montón de cenizas, la columna se dividía por sí sola y desfilaba por ambos lados. Al fin apareció la retaguardia, hostigada por los jaguares que saltaban por sus flancos, y después todo concluyó. El desierto, cuyo silencio había sido turbado por un instante, volvió a caer en su habitual tranquilidad. Solo una ancha senda trazada en medio del bosque y sembrada de árboles destrozados atestiguó el paso furibundo de aquella tropa desordenada. Los cazadores respiraron; a la sazón podían abandonar sin peligro su fortaleza aérea y bajar de nuevo al suelo. V. EL CIERVO-NEGRO. Tan pronto como nuestros tres personajes hubieron bajado del árbol, reunieron los tizones desparramados de la hoguera casi apagada, con el fin de encender el fuego para condimentar el almuerzo. Los víveres no les escaseaban, y no se vieron obligados a recurrir a sus provisiones particulares, pues varios bisontes tendidos sin vida en el suelo les ofrecían con profusión el manjar más suculento del desierto. Mientras que Tranquilo se ocupaba en preparar convenientemente un lomo de bisonte, el negro y el piel roja se examinaban con una curiosidad que se revelaba por mutuas exclamaciones de sorpresa. El negro se reía como un loco considerando el aspecto singular del guerrero indio, cuyo rostro estaba pintado de cuatro colores diferentes, y que llevaba un traje tan raro en concepto del buen Quoniam, quien, según ya hemos dicho, nunca se había encontrado con indios. El jefe manifestaba su sorpresa de diferente manera. Después de haber permanecido mucho tiempo inmóvil mirando al negro, se acercó a él, y sin decir una palabra le cogió de un brazo y comenzó a frotarle con toda su fuerza con una punta de su manto de piel de bisonte. El negro, que al pronto se había prestado gustoso al capricho del indio, no tardó en impacientarse; al pronto procuró desasirse, pero no lo pudo conseguir, pues el jefe le sujetaba con fuerza y procedía de una manera concienzuda a su operación singular. Entre tanto, Quoniam, a quien aquel frote continuo comenzaba no solo a incomodar, sino a hacer sufrir en extremo, principió a lanzar gritos horribles, haciendo los mayores esfuerzos para librarse de su impasible verdugo. Los gritos de Quoniam llamaron la atención de Tranquilo; levantó la cabeza y acudió presuroso a libertar al negro, que lanzaba miradas extraviadas, saltaba a uno y otro lado, y aullaba como un condenado. --¿Por qué atormenta mi hermano así a ese hombre? preguntó el canadiense interponiéndose. --¿Yo? repuso el jefe con sorpresa; no le atormento; su disfraz no es necesario y se lo quito. --¿Cómo, mi disfraz? exclamó Quoniam. Tranquilo le impuso silencio con un gesto, y prosiguió diciendo: --Ese hombre no está disfrazado. --¿A qué pintarse así todo el cuerpo? repuso obstinadamente el jefe; los guerreros no se pintan más que el rostro. El cazador no pudo contener una carcajada, y tan luego como recobró su seriedad, dijo: --Mi hermano se equivoca; ese hombre pertenece a otra raza. El Wacondah le ha hecho la piel negra, así como ha hecho roja la de mi hermano y blanca la mía. Todos los hermanos de ese hombre son de su color; el Gran Espíritu lo ha querido así, a fin de no confundirlos con las naciones de los pieles rojas y de los rostros pálidos; mire mi hermano su manto de piel de bisonte y verá que no se le ha pegado el más mínimo átomo negro. --¡Oeht! dijo el indio bajando la cabeza como un hombre que se halla colocado ante un problema insoluble; el Wacondah todo lo puede. Y obedeció maquinalmente al cazador, dirigiendo una mirada distraída a la punta de su manto, que aún no había pensado en soltar. --Ahora, continuó diciendo Tranquilo, sírvase V., jefe, considerar a este hombre como a un amigo, y hacer por él lo que en caso necesario haría V. por mí; pues se lo agradeceré en extremo. El jefe se inclinó con gracia, y tendiendo la mano al negro, le dijo: --Las palabras de mi hermano el cazador resuenan en mi oído con la dulzura del canto del -cenzontle-. El -Wah-rush-ar-menec- (el Ciervo-Negro) es un sachem en su nación, su lengua no está partida, y las palabras que sopla su pecho son claras, porque proceden de su corazón; el Cara-Negra tendrá su puesto en el fuego del consejo de los Pawnees, porque desde este momento es amigo de un jefe. Quoniam saludó al indio y correspondió cordialmente a su apretón de mano, diciéndole: --No soy más que un pobre negro; pero mi corazón es puro, y mi sangre corre tan roja por mis venas como si yo fuese blanco o indio. Ambos tenéis derecho para pedirme mi vida; os la daré con alegría. Después de este mutuo cambio de seguridades amistosas, los tres hombres se sentaron en el suelo y se dispusieron para almorzar. Merced a las emociones sufridas durante la mañana, los aventureros tenían un apetito feroz; devoraron el lomo de bisonte, que desapareció casi por completo bajo sus reiterados ataques, y que regaron con algunos cuernos de agua mezclada con ron, del cual llevaba Tranquilo una pequeña provisión en una calabaza colgada de su cintura. Cuando el almuerzo hubo terminado, encendiéronse las pipas, y cada cual se puso a fumar silenciosamente y con esa gravedad propia de las gentes que viven en los bosques. Cuando la pipa del jefe se hubo apagado, sacudió sus cenizas golpeándola sobre la uña del dedo pulgar de la mano izquierda, se la colocó en el cinto, y volviéndose hacia Tranquilo, le dijo: --¿Quieren mis hermanos celebrar consejo? --Sí, respondió el canadiense. Cuando me separé de V. en el Alto Misuri, a fines de la luna de -Mikini-Quisis- (mes de las frutas quemadas, julio), me citó V. para la caleta de los sauces secos del Río del Alce, para el diez de setiembre, día de la luna de -Inaqui-Quisis- (mes de las hojas que caen, setiembre), dos horas antes de la salida del sol. Ambos hemos sido exactos. Ahora aguardo a que se sirva V. explicarme, jefe, por qué me ha dado esta cita. --Tiene razón mi hermano: el Ciervo-Negro hablará. Después de haber pronunciado estas palabras, el semblante del indio pareció que se oscurecía, y quedó sumido en una meditación profunda que sus compañeros respetaron, aguardando con paciencia a que volviese a tomar la palabra. Por fin, al cabo de un cuarto de hora el jefe indio se pasó la mano por la frente varias veces, levantó la cabeza, dirigió en torno suyo una mirada investigadora, y se decidió a hablar, pero en voz baja y contenida, como si aún en aquel desierto hubiese temido que sus palabras fuesen escuchadas por oídos enemigos. --Mi hermano el cazador me conoce desde mi infancia, dijo, puesto que ha sido criado por los sachems de mi nación; así pues, nada le diré de mí. El gran cazador pálido tiene en su pecho un corazón indio; el Ciervo-Negro le hablará como a un hermano. Hace tres lunas el jefe estaba cazando con su amigo a los alces y los gamos en las praderas del Misuri, cuando un guerrero Pawnee llegó a rienda suelta, llamó al jefe aparte y habló en secreto con él durante largas horas. ¿Recuerda eso mi hermano? --Perfectamente, jefe: recuerdo que, después de aquella conversación prolongada, el Zorro-Azul, que así se llamaba el guerrero Pawnee, partió con la misma rapidez con que había llegado; y mi hermano, que hasta aquel momento había estado alegre y gozoso, se tornó triste de improviso. A pesar de las preguntas que dirigí a mi hermano, no quiso revelarme la causa de aquella tristeza súbita, y al día siguiente, al salir el sol, se separó de mí citándome para hoy aquí. --Sí, respondió el indio, eso es exacto, así pasó todo; pero lo que entonces no podía yo decir, se lo voy a manifestar ahora a mi hermano. --Mis oídos están abiertos, respondió el cazador inclinándose; temo que mi hermano no tenga que comunicarme desgraciadamente sino malas noticias. --Mi hermano juzgará, dijo el indio: he aquí las noticias que me trajo el Zorro-Azul. Un día llegó a las orillas del Río del Elk, en donde se alzaba la aldea de los Pawnees-Serpientes, un rostro pálido de los Cuchillos Largos del oeste, seguido de unos treinta guerreros de los rostros pálidos, de varias mujeres y de grandes casas de medicina arrastradas por bisontes rojos sin joroba y sin crin. Aquel rostro pálido se detuvo a dos tiros de flecha de la aldea de mi nación, en la orilla opuesta del río, encendió hogueras y acampó. Mi padre, como sabe mi hermano, era el primer sachem de la tribu; montó a caballo, y seguido de algunos guerreros, pasó el río y se presentó al extranjero con el fin de darle la bienvenida a su llegada al territorio de caza de nuestra nación y ofrecerle los refrescos que pudiese necesitar. «Aquel rostro pálido era un hombre de elevada estatura, de facciones duras y acentuadas. La nieve de varios inviernos había blanqueado su cabellera. Al oír las palabras de mi padre, se echó a reír, y respondió: --»¿Es V. el jefe de los pieles rojas de esa aldea? --»Sí, dijo mi padre. »Entonces el rostro pálido sacó un gran -collar- (carta) en el cual estaban dibujadas figuras singulares, y enseñándosele a mi padre, le dijo: --»Vuestro abuelo pálido de los Estados Unidos me ha concedido la propiedad de todas las tierras que se extienden desde la cascada del Antílope hasta el lago de los Bisontes. He aquí, añadió dando con el dorso de su mano sobre el collar, lo que prueba mi derecho. »Mi padre y los guerreros que le acompañaban se echaron a reír. --»Nuestro abuelo pálido, respondió mi padre, no puede dar lo que no le pertenece; esas tierras de que V. habla constituyen el territorio de caza de mi nación desde que la gran tortuga salió del seno del mar para sostener al mundo sobre su concha. --»No entiendo lo que V. dice, repuso el rostro pálido; solo sé que esas tierras me han sido dadas, y que, si no consiente V. en retirarse y dejarme su libre goce, yo sabré obligarte a ello.» --Sí, dijo Tranquilo interrumpiéndole; he ahí el sistema de esos hombres: ¡el asesinato y la rapiña! --Mi padre se retiró al oír aquella amenaza, continuó diciendo el indio; inmediatamente tomaron las armas los guerreros, las mujeres fueron escondidas en unas cuevas, y la tribu entera se dispuso para la resistencia. Al día siguiente, al amanecer, los rostros pálidos pasaron el río y atacaron la aldea. El combate fue largo y encarnizado; duró todo el espacio de tiempo comprendido entre dos soles; pero ¿qué podían hacer unos pobres indios contra los rostros pálidos armados con rifles? Fueron vencidos y obligados a emprender la fuga. Dos horas después la aldea estaba reducida a cenizas, y los huesos de los antepasados desparramados en todas direcciones. Mi padre había sido muerto en la batalla. --¡Oh! exclamó el canadiense lleno de dolor. --Aún no es eso todo, repuso el jefe; los rostros pálidos descubrieron la cueva en que se habían refugiado las mujeres de la tribu, y todas, o al menos casi todas, porque solo diez o doce lograron escaparse llevándose sus niños, ¡fueron asesinadas a sangre fría con todo el refinamiento de la más horrible barbarie! El jefe, después de haber pronunciado estas palabras, ocultó el rostro en su manto de piel de bisonte, y sus compañeros oyeron los sollozos que en vano procuraba ahogar. --He ahí, repuso al cabo de un momento, las noticias que me comunicó el Zorro-Azul: mi padre había muerto en sus brazos legándome su venganza; mis hermanos, perseguidos como fieras por sus feroces enemigos, obligados a esconderse en el fondo de las selvas más impenetrables, me habían elegido para ser jefe suyo: acepté haciendo jurar a los guerreros de mi nación que, en los rostros pálidos que se apoderaron de nuestra aldea y asesinaron a nuestros hermanos, habían de vengar todo el mal que nos hicieron. Desde nuestra separación no he desperdiciado un solo instante para reunir todos los elementos de mi venganza. Hoy todo se halla dispuesto; los rostros pálidos se han adormecido en una seguridad engañosa: su despertar será terrible. ¿Me seguirá mi hermano? --¡Sí, vive Dios! Le seguiré a V., jefe, y le ayudaré con todo mi poder, respondió Tranquilo resueltamente; porque su causa es muy justa. Pero impongo una condición. --Hable mi hermano. --La ley del desierto dice: ojo por ojo, diente por diente, es verdad; pero puede V. vengarse sin deshonrar su victoria con crueldades inútiles. No siga V. el ejemplo que le han dado; sea V. humano, jefe, y el Grande Espíritu sonreirá a sus esfuerzos y le será propicio. --El Ciervo-Negro no es cruel, respondió el jefe; deja eso para los rostros pálidos; no quiere más que la justicia. --Lo que dice V. está muy bien, jefe, y me alegro de oírle hablar así. ¿Pero ha tomado V. bien sus medidas? ¿Son sus fuerzas bastante considerables para asegurarle el triunfo? Ya sabe V. que los rostros pálidos son numerosos, y que nunca dejan impune una agresión; suceda lo que quiera, debe V. prepararse para ver represalias terribles. El indio se sonrió con desdén y respondió: --Los Cuchillos Grandes del Oeste son unos perros y unos conejos cobardes; las mujeres de los Pawnees les darán unas sayas; el Ciervo-Negro irá con su tribu a establecerse en las grandes praderas de los Comanches, quienes les recibirán como hermanos, y los rostros pálidos no sabrán donde encontrarlos. --Eso está bien pensado, jefe. Pero desde que fue V. expulsado de su aldea, ¿no ha mantenido V. espías cerca de los americanos para que le tengan al corriente de todas sus acciones? Eso era muy importante para el buen éxito de sus proyectos posteriores. El Ciervo-Negro se sonrió, pero no contestó, de lo cual dedujo el canadiense que el piel roja, con esa sagacidad y esa paciencia que caracterizan a los hombres de su raza, había adoptado todas las precauciones necesarias para asegurar el buen éxito del golpe de mano que quería intentar contra los nuevos colonos. Tranquilo, por la educación semi-india que había recibido, y por el odio hereditario que, como verdadero canadiense, profesaba a la raza anglo-sajona, se hallaba del todo dispuesto a ayudar al jefe Pawnee a tomar sobre los norteamericanos una venganza terrible por los insultos que de ellos había recibido: pero con esa rectitud que constituía el fondo de su carácter, no quería dejar que los indios cometiesen con sus enemigos esas crueldades espantosas a que con sobrada frecuencia se dejan arrastrar en la primera embriaguez de la victoria. Por eso la determinación que había adoptado tenía doble objeto: primero asegurar, si era posible, el triunfo de sus amigos, y después emplear toda su influencia sobre ellos para contenerlos terminado el combate, e impedir que saciasen su rabia sobre los vencidos, y especialmente sobre las mujeres y los niños. Para esto no se ocultó del Ciervo-Negro, y, según hemos visto, impuso como condición expresa de su cooperación, que de seguro no era cosa de desdeñar por los indios, que no se cometiese ninguna crueldad inútil. Quoniam, por su parte, no anduvo con tantos escrúpulos. Enemigo natural de los blancos, y sobre todo de los norteamericanos, aprovechó presuroso la ocasión que se le presentaba para hacerles todo el daño posible y vengarse de los malos tratos que había sufrido, sin tomarse la molestia de reflexionar que las gentes contra quienes iba a pelear, eran completamente inocentes respecto de las injurias que él había recibido. Aquellos individuos eran norteamericanos, y esta razón bastaba en demasía para justificar a los ojos del vengativo negro la conducta que se proponía observar cuando llegase el momento oportuno. Al cabo de algunos instantes el canadiense volvió a tomar la palabra. --¿Dónde están los guerreros de V.? preguntó al jefe. --Los he dejado a tres soles de marcha del sitio en que nos hallamos: si mi hermano no tiene ya nada que le detenga aquí, nos pondremos en marcha al instante, a fin de reunirnos con ellos lo más pronto posible, pues mis guerreros aguardan mi regreso con impaciencia. --Entonces marchemos, dijo el canadiense; el día aún no está muy adelantado, pero es inútil que perdamos el tiempo en charlar como viejas curiosas. Los tres hombres se levantaron, se abrocharon los cintos, se echaron los rifles al hombro, se internaron presurosos por la senda que la manada de los bisontes había trazado en la selva, y muy luego desaparecieron bajo la enramada. VI. LA CONCESIÓN. Abandonaremos durante algún tiempo a nuestros tres viajeros, y usando de nuestro privilegio de narrador, trasportaremos la escena de nuestro relato a algunos centenares de millas más lejos, a un fértil y verde valle del alto Misuri, ese río majestuoso de aguas claras y limpias, en cuyas orillas se alzan hoy tantas ciudades y pueblos prósperos y florecientes, cuya corriente surcan en todas direcciones los magníficos vapores americanos, pero que, en la época en que pasaba nuestra historia, era todavía casi desconocido, y no reflejaba en sus profundas aguas más que los corpulentos y frondosos árboles de las misteriosas selvas vírgenes que cubrían sus bordes. En el extremo de una especie de horquilla formada por dos afluentes bastante considerables del Misuri, se extiende un ancho valle cerrado en un lado por montañas escabrosas, y en el otro por una prolongada cordillera de altas y fragosas colinas. Este valle, cubierto casi en toda su extensión por poblados bosques llenos de caza de todas clases, era un sitio de reunión predilecto de los indios Pawnees, de los que una tribu numerosa, la de las Serpientes, se había establecido por completo en el ángulo de la horquilla con el fin de hallarse más cerca de su territorio de caza favorita. La aldea de los indios era bastante considerable: contaba unos trescientos cincuenta hogares, lo cual es enorme para los pieles rojas, quienes generalmente no gustan de reunirse en gran número en un mismo sitio, por temor de tener que sufrir el hambre; pero la posición de la aldea estaba tan bien escogida que esta vez los indios prescindieron de su costumbre. En efecto, por un lado el bosque les suministraba más caza de la que podían consumir; por otro el río abundaba en peces de todas clases y de un sabor delicioso; y las praderas que les rodeaban estaban cubiertas todo el año de una yerba crecida y sustanciosa que ofrecía excelente pasto para los caballos. Hacía varios siglos quizás que los Pawnees-Serpientes se habían fijado definitivamente en aquel bienaventurado valle que, merced a su posición abrigada por todas partes, disfrutaba de un clima dulce y exento de esas grandes perturbaciones atmosféricas que con tanta frecuencia trastornan las altas latitudes americanas. Los indios vivían allí tranquilos e ignorados, ocupándose en cazar y pescar, enviando a lo lejos todos los años reducidas expediciones de jóvenes a seguir el sendero de la guerra bajo las órdenes de los jefes más afamados de la nación. De improviso aquella existencia pacífica fue turbada para siempre; el asesinato y el incendio se habían extendido cual un sudario siniestro por todo el valle; la aldea fue destruida por completo, y sus habitantes muertos sin compasión. Los norteamericanos habían llegado a tener noticia por fin de aquel Edén ignorado, y su presencia en aquel rincón de tierra, nuevo para ellos, y su toma de posesión, se habían señalado, como siempre, con el robo, el rapto y el asesinato. No reproduciremos aquí el relato hecho al canadiense por el Ciervo-Negro; nos limitaremos tan solo a consignar que aquel relato era , 1 , 2 . . 3 4 , 5 : 6 7 - - . , ; , , 8 . 9 , . 10 , 11 . , 12 . . . 13 14 - - ¿ . ? 15 . , . 16 17 - - , . , ; ¿ ? 18 19 - - , , . . 20 , . 21 , . . 22 . 23 24 , 25 , 26 , : 27 28 - - , ¿ . ? 29 30 - - , 31 ; , , . , 32 ; 33 , . 34 . 35 36 - - . , ; 37 38 . 39 40 - - . ; 41 42 . : 43 ; , 44 . 45 46 - - ¡ ! . ; 47 . . , ¿ 48 . ? 49 50 - - ¿ . ? 51 52 - - , : 53 ; 54 , 55 : . , 56 , , 57 , . , 58 , , 59 ; , 60 . , 61 . 62 63 - - ; , 64 : , . 65 66 - - . . 67 68 - - ¿ ? 69 70 - - . , , ; 71 . , 72 . 73 74 ; . 75 , , 76 , . , 77 , . , 78 , , 79 . 80 81 , : 82 83 - - , . ; 84 . 85 86 - - . , ; . 87 . 88 89 - - : . , , ; 90 . 91 , . 92 , . 93 94 - - , , . 95 96 - - ¡ . ! ¿ 97 ? , . , 98 ; , 99 . 100 . . 101 , , 102 . 103 , 104 , , 105 . ¿ , 106 , , 107 , 108 109 ? 110 . , 111 112 . , 113 . 114 , , 115 116 , . 117 : ¡ , , ! 118 119 - - . : , 120 , . 121 . ¡ ! 122 . , , . . , 123 . 124 125 , 126 , . 127 128 , 129 , . 130 131 , 132 , 133 , , 134 , 135 , . 136 137 138 . , 139 : 140 141 - - ¡ ! ¿ . , ? 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