completamente tranquilizado ya respecto de sí mismo, se le ocurrió la
idea de ver si entre los cuerpos tendidos en el suelo en torno suyo,
habría algunos que respirasen aún.
--No son más que indios, murmuró, pero en último resultado son hombres;
aunque se hallen casi privados de razón, la humanidad me impone el
deber de socorrerlos, sobre todo ahora que mi situación no es nada
agradable, y si logro salvar a algunos de ellos, su conocimiento del
desierto podrá serme de suma utilidad.
Esta última consideración le decidió a auxiliar a unos hombres a
quienes, a no ser por eso, según toda probabilidad, habría dejado
abandonados por completo a su suerte, es decir, entregados a los
dientes de las fieras que, en cuanto llegase la noche, atraídas por el
olor de la sangre, no habrían dejado de acudir a devorarlos.
Ahora es deber nuestro hacer al egoísta ciudadano de los Estados
Unidos la justicia de decir que, tan luego como hubo adoptado aquella
determinación, cumplió con sagacidad y conciencia el deber que se
había impuesto, empresa fácil para él, en último resultado, porque
los numerosos oficios que había ejercido durante el curso de su
azarosa existencia, le habían hecho adquirir una experiencia y unos
conocimientos médicos, que le ponían en el caso de prodigar a los
heridos los cuidados que su estado reclamaba.
Desgraciadamente la mayor parte de los individuos a quienes examinó
habían recibido heridas tan graves, que hacía mucho tiempo ya que se
hallaban sin vida, y todo socorro era inútil.
--¡Diablo! ¡Diablo! murmuraba el americano cada vez que se encontraba
con un cadáver, ¡estos pobres salvajes han sido muertos de mano
maestra! Al menos no han padecido mucho tiempo, porque con estas
heridas espantosas han debido entregar su alma al Creador casi
instantáneamente.
Así llegó hasta el sitio en que yacía el cuerpo del Zorro-Azul; una
ancha herida se abría en su pecho.
--¡Ah! He aquí al digno jefe, repuso; ¡vaya una herida! Veamos si
también él está muerto.
Se inclinó sobre el cuerpo inmóvil y puso la bruñida hoja de su
cuchillo delante de la boca del indio.
--No rebulle, continuó diciendo con tono de desaliento, y creo que me
costará trabajo sacarlo del estado en que se encuentra.
Sin embargo, al cabo de algunos instantes, miró a la hoja de su
cuchillo y vio que estaba levemente empañada.
--Vamos, aún no está muerto, y mientras el alma se halla agarrada al
cuerpo, todavía hay esperanza. Probemos.
Después de decir estas palabras, John Davis llenó de agua su sombrero,
le echó algunas gotas de aguardiente y comenzó a lavar cuidadosamente
la herida; cuando hubo hecho esto, la sondeó y vio que era poco
profunda; según toda probabilidad, la pérdida de sangre era la que
había producido el desmayo. Tranquilizado por esta reflexión muy
acertada, machacó entre dos piedras algunas hojas de orégano, hizo una
especie de cataplasma, la aplicó a la herida y la vendó sólidamente por
medio de una tira de corteza de árbol; en seguida, entreabriendo con
la hoja de su cuchillo los dientes del indio, introdujo en su boca el
cuello de su calabaza y le hizo beber un gran trago de aguardiente.
El buen éxito coronó casi al instante los esfuerzos del americano,
porque el jefe lanzó un suspiro profundo y abrió los ojos casi
inmediatamente.
--¡Bravo! exclamó John gozoso por el resultado inesperado que había
obtenido. Ánimo, jefe, que está V. salvado. ¡Vive Dios! ¡Bien puede V.
alabarse de haberse librado en una tabla!
Durante algunos minutos el indio permaneció como atontado, dirigiendo
en torno suyo miradas de asombro, sin conocer la situación en que se
encontraba ni los objetos que le rodeaban.
John le examinaba con sumo cuidado, dispuesto a auxiliarle si llegaba a
necesitarlo de nuevo, pero no fue preciso. Poco a poco pareció que el
piel roja se reanimaba; sus ojos perdieron la expresión de extravío que
tenían. Se incorporó, y pasándose la mano por la frente bañada en frío
sudor, dijo:
--¿Ha concluido ya el combate?
--Sí, respondió John, porque nuestra derrota es completa. ¡Bonita idea
fue la que se nos ocurrió de apoderarnos de ese demonio!
--Según eso, ¿se ha escapado?
--Sí por cierto, y sin ninguna herida, después de dar muerte a diez
guerreros de los de V., por lo menos, y partir el cráneo hasta los
hombros a mi pobre compañero Sam.
--¡Oh! murmuró sordamente el indio, ¡eso no es un hombre, es el
espíritu del mal!
--Que sea lo que quiera, ¡voto al diablo! exclamó John enérgicamente,
yo no he de quedarme con la duda, porque espero que algún día he de
volver a encontrarme con ese demonio.
--¡Que el Wacondah libre a mi hermano de ese encuentro, porque el
demonio le mataría!
--Puede ser; por cierto que si no lo ha hecho hoy, no ha sido por culpa
suya; pero ¡que se ande con cuidado! Quizás algún día nos encontraremos
frente a frente, con armas iguales, y entonces...
--¿Qué le importan a él las armas? ¿No ha visto V. que nada pueden
hacerle y que su cuerpo es invulnerable?
--¡Eh! Es muy posible. Pero por ahora dejemos eso para cuidarnos de
asuntos que nos atañen más de cerca. ¿Cómo se encuentra V.?
--Mejor, mucho mejor, el remedio que me ha aplicado V. me ha hecho
mucho bien. Siento un bienestar indecible.
--Tanto mejor; ahora procure V. descansar dos o tres horas mientras yo
velo su sueño, y luego discurriremos los medios para salir del mal paso
en que nos hemos metido.
El piel roja se sonrió al oír estas palabras y dijo:
--El Zorro-Azul no es una vieja cobarde a quien un dolor de muelas o de
oídos le incapacita de moverse.
--Ya sé que es V. un guerrero valiente, jefe; pero la naturaleza tiene
sus límites de los cuales no puede pasar; y por grandes que sean el
valor y la voluntad de V., la hemorragia abundante que le ha ocasionado
su herida debe haberle reducido a una debilidad extremada.
--Doy gracias a mi hermano, esas palabras son las de un amigo; pero el
Zorro-Azul es un sachem en su nación, y solo la muerte debe dejarle
inmóvil. Juzgue mi hermano la debilidad del jefe.
El indio, al pronunciar estas palabras, hizo un esfuerzo supremo;
resistiéndose al dolor, con esa energía y ese desprecio al sufrimiento
que caracterizan a la raza roja, consiguió levantarse, y no solo se
mantuvo firme sobre sus pies, sino que anduvo algunos pasos sin auxilio
ajeno y sin que en su rostro se revelase la más leve emoción.
El americano le miraba con profunda admiración; él, que con justa razón
disfrutaba cierta nombradía de valiente, no podía imaginar que fuese
posible llevar tan lejos el triunfo de la fuerza moral sobre la fuerza
física.
El indio se sonrió con orgullo al leer en los ojos del americano la
sorpresa que le causaba su acción.
--¿Sigue creyendo mi hermano que el Zorro-Azul esté tan débil? le
preguntó.
--¡En verdad, jefe, que ya no sé qué pensar! Lo que le veo a V. hacer,
me confunde; me hallo dispuesto a suponerle capaz de ejecutar las cosas
más imposibles.
--Los jefes de mi nación son guerreros afamados que se ríen del dolor,
y para quienes no existe el sufrimiento, dijo el piel roja con orgullo.
--Me hallo inclinado a creerlo así, según el modo de proceder de V.
--Mi hermano es un hombre, me ha comprendido. Examinaremos juntos a los
guerreros tendidos en el suelo, y después pensaremos en nosotros.
--En cuanto a sus pobres compañeros, jefe, me veo obligado a confesarle
que ya no tenemos que cuidarnos de ellos, pues todo auxilio les sería
inútil: están muertos.
--¡Bueno! Han sucumbido noblemente peleando. El Wacondah les recibirá
en su seno y les hará cazar con él en las praderas bienaventuradas.
--¡Amén!
--Ahora, ante todo, terminemos el asunto de que habíamos comenzado a
hablar esta mañana y que fue interrumpido tan fortuitamente.
John Davis, no obstante su hábito de la vida del desierto, estaba
confundido al ver la sangre fría de aquel hombre que, habiéndose
librado milagrosamente de la muerte, sufriendo el dolor producido por
una herida espantosa, y haciendo apenas algunos minutos que había
recobrado el uso de sus facultades intelectuales, parecía que ya no
pensaba en lo que había ocurrido, no consideraba los sucesos de que
estuvo próximo a ser víctima sino como accidentes muy naturales de la
existencia que llevaba, y con la más entera libertad de ánimo proseguía
una conversación interrumpida por un combate terrible, tomándola
precisamente en el punto en que la había dejado. Era porque el
americano, no obstante lo mucho que hasta entonces había frecuentado el
trato de los pieles rojas, nunca se había tomado el trabajo de estudiar
seriamente su carácter, pues se hallaba persuadido, como la mayor
parte de los blancos, de que los indios son seres casi desprovistos
de inteligencia, y de que la vida que llevan les rebaja casi hasta
el nivel de los animales, mientras que, por el contrario, esa vida
de libertad y de riesgos incesantes hace que el peligro les sea tan
familiar que han llegado a despreciarle y a no concederle sino una
importancia muy secundaria.
--Corriente, dijo al cabo de un instante, puesto que V. lo desea, jefe,
le trasmitiré el mensaje que me han confiado.
--Siéntese mi hermano a mi lado.
El americano se sentó en el suelo junto al jefe, no sin cierta
preocupación por motivo del aislamiento en que se encontraba en aquel
campo de batalla sembrado de cadáveres; pero el indio parecía tan
sereno y tan tranquilo que a John Davis le dio vergüenza mostrar su
inquietud; y fingiendo una indiferencia que se hallaba muy lejos de su
corazón, tomó la palabra en estos términos:
--Soy enviado cerca de mi hermano por un gran guerrero de los rostros
pálidos.
--Le conozco: se llama el Jaguar. Su brazo es fuerte y su ojo brilla
como el del animal cuyo nombre lleva.
--Bien. El Jaguar desea enterrar el hacha entre sus guerreros y los de
mi hermano a fin de que la paz los reúna y que, en vez de pelear, unos
contra otros, persigan a los bisontes en los mismos territorios de caza
y se venguen de sus enemigos comunes. ¿Qué respuesta llevaré al Jaguar?
El indio permaneció silencioso durante mucho tiempo; al fin levantó la
cabeza y dijo:
--Abra mi hermano los oídos: un sachem va a hablar.
--Ya escucho, respondió el americano.
El jefe repuso:
--Las palabras que sopla mi pecho son sinceras, el Wacondah me las
inspira; los rostros pálidos, desde que fueron traídos por el genio
del mal en sus grandes -barcas-medicinas- a las tierras de mis padres,
siempre han sido enemigos encarnizados de los hombres rojos, invadiendo
sus territorios de caza más ricos y fértiles, persiguiéndolos como
fieras en cuantas partes los encontraban, incendiando sus -callis-
(aldeas) y dispersando los huesos de sus antepasados a los cuatro
vientos del cielo. ¿No ha sido esa la conducta observada constantemente
por los rostros pálidos? Responda mi hermano.
--¡Eh! dijo el americano con cierto embarazo, no puedo negar, jefe,
que hay algo de verdad en lo que V. dice; sin embargo, no todos los
hombres de mi color se han portado mal con los pieles rojas; muchos
han procurado hacerles bien.
--¡Ooah! Dos o tres todo lo más; pero eso no hace sino probar lo que yo
digo. Vengamos ahora a la cuestión que nos proponemos discutir.
--Sí, creo que será lo mejor, respondió el americano muy contento
interiormente, por no tener que sostener una discusión en la que sabía
que no había de llevar la mejor parte.
--Mi nación aborrece a los rostros pálidos, repuso el jefe; el cóndor
no hace su nido con el -mawkawis-, y el oso gris no acompaña al
antílope; yo mismo profeso a los rostros pálidos un odio instintivo.
Así pues, esta mañana hubiera yo rechazado perentoriamente las
proposiciones del Jaguar: ¿qué nos importan a nosotros las guerras que
los rostros pálidos sostienen entre sí? Cuando los coyotes se devoran
unos a otros, los gamos se regocijan; es para nosotros una alegría el
ver a nuestros opresores destrozarse recíprocamente. En los momentos
presentes, aunque mi odio continúa igualmente vivo, debo encerrarlo
en el fondo de mi corazón. Mi hermano me ha salvado la vida, me ha
socorrido cuando yo me hallaba tendido en el suelo exánime y el genio
del mal se cernía sobre mi cabeza; la ingratitud es un vicio blanco,
el agradecimiento es una virtud roja. Desde hoy mismo queda enterrada
el hacha entre el Jaguar y el Zorro-Azul por el espacio de cinco lunas
consecutivas. Durante esas cinco lunas, los enemigos del Jaguar lo
serán también del Zorro-Azul; los dos jefes pelearán uno junto al otro
como dos hermanos queridos; dentro de tres soles, el sachem se reunirá
con el jefe pálido a la cabeza de quinientos guerreros afamados, cuyos
talones están adornados con numerosas colas de coyotes, y que forman la
parte más escogida de la nación. ¿Qué hará el Jaguar por el Zorro-Azul
y por sus guerreros?
--El Jaguar es un jefe generoso; si bien es terrible para con sus
enemigos, su mano está siempre abierta para sus amigos; cada guerrero
apache recibirá un rifle, cien cargas de pólvora y un cuchillo de
desollar cráneos. El sachem, además de estos regalos, recibirá dos
pieles de vicuña llenas de agua de fuego.
--¡Ooah! exclamó el jefe con marcada satisfacción, mi hermano ha
hablado bien, el Jaguar es un jefe generoso. He aquí mi -tótem- en
señal de alianza, así como mi pluma de mando.
Al decir esto, el jefe sacó de su morral o saco de medicina, que
llevaba colgado de los hombros, un pedazo cuadrado de pergamino, en
el cual se veía toscamente trazado el -tótem- o animal emblema de la
tribu, se lo entregó al americano, que lo guardó en seguida, y luego,
quitándose la pluma de águila hincada en su moño de guerra, se la dio
también.
--Doy gracias a mi hermano el sachem, dijo entonces John Davis, porque
ha accedido a mi proposición, y no se arrepentirá de haberlo hecho.
--Un jefe ha dado su palabra. Pero ya prolonga el sol las sombras de
los árboles; el mawkawis hará resonar muy pronto su canto de la noche;
ha llegado la hora de tributar los últimos honores a los guerreros que
han muerto, y de separarnos para ir a incorporarnos con nuestros amigos
respectivos.
--A pie, según estamos, me parece que eso será bastante difícil,
observó John.
El indio se sonrió y dijo:
--Los guerreros del Zorro-Azul velan por él.
En efecto, apenas hubo hecho el jefe por dos veces una seña particular,
cuando unos cincuenta guerreros apaches invadieron la explanada y
fueron a formarse silenciosos en torno suyo.
Los fugitivos que consiguieron librarse del temible brazo del
Desollador-Blanco tardaron muy poco en reunirse; regresaron al
campamento y dieron a sus compañeros la noticia de la derrota
sufrida; entonces se envió un destacamento de jinetes, mandado por un
jefe subalterno, a buscar al sachem; pero estos jinetes, viendo al
Zorro-Azul en conferencia con un rostro pálido, permanecieron en la
espesura aguardando con paciencia a que quisiese llamarlos.
El sachem mandó enterrar los muertos. Entonces comenzó la ceremonia de
los funerales, ceremonia que las circunstancias exigían se apresurase
algún tanto.
Los cadáveres fueron lavados cuidadosamente y envueltos en mantos
nuevos de piel de bisonte; en seguida se los colocó sentados en unas
zanjas abiertas para cada uno de ellos, con sus armas, los frenos de
sus caballos y víveres, a fin de que de nada careciesen durante su
viaje hasta las praderas bienaventuradas, y que cuando llegasen junto
al Wacondah, pudiesen inmediatamente montar a caballo y cazar.
Cuando se hubieron verificado estas diferentes ceremonias, se llenaron
las zanjas y encima se colocaron piedras voluminosas para que las
fieras no pudiesen desenterrar los cadáveres y devorarlos.
El sol se hallaba próximo a desaparecer en el horizonte cuando los
Apaches concluyeron por fin de tributar los últimos honores a sus
hermanos. El Zorro-Azul se acercó entonces al cazador, que hasta aquel
momento había permanecido como espectador, si no indiferente, al menos
impasible, de la ceremonia, y le dijo:
--¿Va a volver mi hermano junto a los guerreros de su nación?
--Sí, respondió lacónicamente el americano.
--El rostro pálido ha perdido su caballo: que monte en el -mustang- que
le ofrece el Zorro-Azul, y antes de dos horas se hallará de regreso
entre los suyos.
John Davis aceptó con gratitud el regalo que tan generosamente le
ofrecían, montó en seguida a caballo, y después de despedirse de los
indios, se separó de ellos y se alejó con rapidez.
Los Apaches, por su parte, a una señal del jefe se internaron en el
bosque, y la explanada en que habían acontecido tan terribles sucesos
volvió a quedar sumida en la soledad y en el silencio.
XXV.
UNA EXPLICACIÓN.
El Jaguar, como todos los hombres cuya existencia trascurre en su mayor
parte en el desierto, se hallaba dotado de una prudencia excesiva unida
a una circunspección extremada.
Aunque era muy joven todavía, su vida se había hallado mezclada con tan
singulares peripecias, había sido actor en escenas tan extraordinarias
que desde muy temprano se había acostumbrado a encerrar sus emociones
en su corazón y a conservar en su semblante, viera o experimentara lo
que quisiera, esa impasibilidad marmórea que caracteriza a los indios,
y que estos han convertido en una arma temible contra sus enemigos.
Al oír resonar de improviso en su oído la voz de Tranquilo, el joven
sintió que un estremecimiento interior agitaba todo su cuerpo, frunció
el entrecejo, y se preguntó a sí mismo mentalmente cómo sería que el
cazador le iba a perseguir así hasta en su campamento, y qué razón
bastante poderosa le impulsaría a obrar en tal manera, tanto más
cuanto que sus relaciones con el canadiense, sujetas a frecuentes
intermitencias, se hallaban en aquel momento en términos, si no del
todo hostiles, al menos muy lejos de ser amistosos.
Sin embargo, el Jaguar, en cuyo corazón el sentimiento del honor
hablaba siempre muy alto, y a quien el paso dado para con él por un
hombre del valor de Tranquilo halagaba mucho más de lo que aparentaba,
ocultó la preocupación que le agitaba, y se adelantó presuroso y con la
sonrisa en los labios al encuentro del cazador.
Éste no iba solo: le acompañaba Corazón Leal.
El aspecto del canadiense, sin ser altanero, era reservado; sus modales
eran fríos y su semblante estaba velado por una nube de tristeza.
--Sea V. muy bienvenido en mi campamento, cazador, le dijo
amistosamente el Jaguar tendiéndole la mano.
--Gracias, respondió lacónicamente el canadiense sin tocar la mano que
le presentaban.
--Me alegro mucho de ver a V., repuso el joven sin formalizarse. ¿Qué
casualidad le ha traído hacia esta parte?
--Mi compañero y yo estamos de caza hace mucho tiempo; nos abruma el
cansancio; el humo del campamento de V. nos ha atraído aquí.
El Jaguar fingió creer que aceptaba aquella derrota torpemente
imaginada por un hombre que se lisonjeaba con razón de ser uno de los
cazadores más robustos del desierto.
--Venga V., pues, a ocupar un puesto junto al fuego de mi tienda, y
sírvase considerar como suyo cuanto hay aquí, obrando en consecuencia.
El canadiense se inclinó sin responder, y con Corazón Leal siguió al
Jaguar, que les precedía y guiaba por las revueltas del campamento.
Cuando hubieron llegado junto a la hoguera, el joven echó en ella
algunos brazados de leña seca, los cazadores se sentaron sobre unos
cráneos de bisonte colocados allí a manera de escaños, y luego, sin
romper el silencio, llenaron sus pipas y se pusieron a fumar.
El Jaguar les imitó.
Los blancos que recorren las praderas y cuya vida trascurre cazando por
aquellas vastas soledades, han contraído, casi sin apercibirse de ello,
la mayor parte de los hábitos y costumbres de los pieles rojas, con
quienes de continuo les ponen en contacto las exigencias de su posición.
Hay una cosa digna denotarse, y es la tendencia que tienen los hombres
civilizados a volver a la vida salvaje, la facilidad con que los
cazadores, nacidos en su mayor parte en grandes centros de población,
olvidan sus cómodos hábitos, abandonan las costumbres de las ciudades y
renuncian a los usos con arreglo a los cuales se han manejado durante
la primera parte de su vida, para adoptar los usos y aún las costumbres
de los pieles rojas.
Muchos de los cazadores llevan tan lejos esta especie de manía que la
mayor lisonja que se les puede hacer es fingir que se les toma por
guerreros indios.
Debemos confesar que, en contraposición de esto, los pieles rojas no
desean en manera alguna nuestra civilización, de la cual se cuidan muy
poco, y que aquellos a quienes, la casualidad o algún motivo comercial
conducen a las ciudades populosas como Nueva York o Nueva Orleans,
lejos de mostrarse maravillados por lo que ven, dirigen en torno suyo
miradas de compasión, sin comprender que haya hombres que consientan
gustosos en encerrarse en una especie de jaulas ahumadas que denominan
casas, y en gastar su vida en trabajos ingratos, en vez de irse a vivir
al aire libre en soledades extensas, cazando los bisontes, los osos y
los jaguares bajo la mirada de Dios.
¿Se equivocan por completo los salvajes al pensar así?
¿Es falso su raciocinio?
No lo creemos.
La vida del desierto, para el hombre cuyo corazón está todavía
bastante abierto para comprender sus conmovedoras peripecias, tiene
encantos embriagadores que solo allí se sienten, y que la existencia
matemáticamente sujeta de las ciudades no puede hacer olvidar en manera
alguna si se llega a disfrutarlos una sola vez.
Con arreglo a los principios de la etiqueta india, muy estricta en
materias de urbanidad, ninguna pregunta debe dirigirse a los forasteros
que se sientan en el hogar del campamento mientras no entablan ellos
mismos la conversación.
Bajo la choza del indio, un huésped es considerado como si le enviase
el Gran Espíritu; es sagrado para aquél a quien visita durante todo el
tiempo que guste permanecer junto a él, aún cuando fuese su enemigo
mortal.
El Jaguar, muy enterado de las costumbres de los pieles rojas,
permaneció sentado silenciosamente junto a sus huéspedes, fumando,
reflexionando y aguardando con paciencia a que tuviesen a bien hacer
uso de la palabra.
Por fin, después de un espacio de tiempo bastante largo, Tranquilo
sacudió sobre la uña del dedo pulgar de su mano derecha la ceniza de su
pipa, y volviéndose hacia el joven, le dijo:
--No me aguardaba V., ¿verdad?
--En efecto, respondió el Jaguar. Sin embargo, crea que su visita, no
por ser inesperada, me es menos agradable.
El cazador arqueó los labios de una manera singular, y contestando más
bien a su pensamiento que a las palabras del Jaguar, murmuró:
--¿Quién sabe? Quizás sí y quizás no. El corazón del hombre es un libro
indescifrable, en el cual solo los locos son los que creen que pueden
leer.
--No sucede así con el mío, cazador: le conoce V. lo bastante para
saberlo.
El canadiense movió la cabeza y repuso:
--Es V. joven todavía; ese corazón de que me habla, hasta para V. mismo
es desconocido: en el corto periodo de existencia que hasta hoy cuenta,
el viento de las pasiones no ha soplado todavía sobre V., y no le ha
doblegado bajo su presión potente. Para responder con esa seguridad,
aguarde V. a haber amado y sufrido; entonces, si ha sostenido V.
valerosamente el choque, si ha resistido al huracán de la juventud, le
será lícito llevar erguida la frente.
Estas palabras fueron pronunciadas con acento severo; pero, sin
embargo, no revelaban la más leve amargura.
--Se muestra V. duro hoy para conmigo, Tranquilo, respondió el joven
con tristeza. ¿En qué puedo haber desmerecido a los ojos de V.? ¿Qué
acto reprensible he cometido?
--Ninguno, al menos me complazco en creerlo así; pero temo que muy
pronto...
Se detuvo y movió dolorosamente la cabeza.
--¡Acabe V.! exclamó el Jaguar con vehemencia.
--¿Para qué? repuso Tranquilo. ¿Quién soy yo para imponer a V. una
moral que sin duda despreciaría, y unos consejos que serían mal
recibidos? Más vale guardar silencio.
--¡Tranquilo! respondió el joven con una emoción que no alcanzó a
dominar, hace mucho tiempo que nos conocemos, y sabe V. la estimación
y el respeto que le profeso; ¡hable V.! Sea lo que quiera lo que tenga
V. que decir, por rudas que sean las reconvenciones que me dirija, ¡le
juro a V. que le escucharé!
--¡Bah! Olvide V. lo que he dicho; he hecho mal en quererme mezclar en
sus asuntos. En la pradera cada cual debe pensar tan solo en sí, y por
lo tanto no hablemos más de ello.
El Jaguar le dirigió una mirada profunda, y respondió:
--¡Corriente! No hablemos más de ello.
Se levantó y dio algunos paseos con suma agitación; luego, volviendo
bruscamente junto al cazador, le dijo:
--Dispénseme V. si no he pensado todavía en ofrecerle algún refresco;
pero he aquí la hora del desayuno, y espero que V. y su compañero me
harán el favor de compartir mi frugal almuerzo.
Y el Jaguar, mientras hablaba así, fijaba en el canadiense una mirada
de singular expresión. Tranquilo vaciló un momento y al fin dijo:
--Esta mañana, al salir el sol, almorzamos mi compañero y yo algunos
minutos antes de entrar en el campamento de V.
--¡Estaba seguro de ello! exclamó el joven con vehemencia. ¡Oh! ¡Oh!
Ahora se han disipado ya mis dudas, cazador: ¡rehúsa V. aceptar el agua
y la sal en mi hogar!
--¡Yo! Se equivoca V...
--¡Oh! repuso el Jaguar interrumpiéndole con violencia, nada de
negativas, Tranquilo; no busque V. pretextos indignos de V. y de mí;
¡Cuerpo de Cristo! Es V. un hombre demasiado leal y sincero para no ser
franco. Lo mismo que yo conoce V. la ley de las praderas: no se rompe
el ayuno con un enemigo. Ahora, si le queda a V. en el fondo del alma
un solo y mínimo resto de esos sentimientos de benevolencia que tuvo V.
hacia mí en otra época, explíquese claramente sin ambages ni rodeos,
¡lo exijo!
El canadiense pareció que reflexionaba durante algunos instantes, y
luego exclamó de improviso con resolución:
--A la verdad, tiene V. razón, Jaguar; más vale explicarnos como
francos cazadores, que andar en raterías el uno con el otro como los
pieles rojas, y luego ningún hombre es infalible: puedo engañarme lo
mismo que cualquier otro, y bien sabe Dios que quisiera sucediese así.
--Le escucho a V., y le juro por mi honor que si las reconvenciones que
V. me dirige son fundadas, lo confesaré.
--Bueno, dijo el cazador con tono más amistoso del que hasta entonces
había empleado, habla V. como un hombre; pero acaso preferiría V. que
nuestra conversación fuese reservada, añadió señalando a Corazón Leal,
quien por discreción hacía el ademán de retirarse.
--Al contrario, respondió el Jaguar con viveza, ese cazador es amigo de
V., espero que muy pronto lo será mío, y nada quiero tener oculto para
él.
--Por mi parte, dijo Corazón Leal inclinándose, deseo ardientemente que
la ligera nube que se ha interpuesto entre V. y Tranquilo se disipe
cual el leve vapor que impulsa a lo lejos la brisa de la mañana, a fin
de que así nos conozcamos mejor, y puesto que V. lo quiere, asistiré a
la conferencia.
--Gracias, caballero. Ahora hable V., Tranquilo; estoy dispuesto a
escuchar los cargos que, según dice, tiene que formular contra mí.
--Desgraciadamente, dijo Tranquilo, la vida singular que V. lleva desde
su llegada a estas regiones se presta en sumo grado a las suposiciones
más desfavorables; ha alistado V. bajo sus órdenes a una turba de
gentes de mal vivir, merodeadores de fronteras, desterrados de la
sociedad y que viven completamente fuera de la ley común de los pueblos
civilizados.
--¿Pues qué, nosotros, hombres de los desiertos, habitantes de los
bosques y cazadores de las fronteras, estamos obligados a sujetarnos a
todas las mezquinas exigencias de las ciudades?
--Sí, hasta cierto punto; es decir, no nos es lícito ponernos en
estado de abierta rebelión contra las instituciones de hombres que,
a pesar de habernos separado de ellos, no por eso han dejado de ser
hermanos nuestros, y a quienes continuamos perteneciendo por nuestro
color, nuestra religión, nuestro nacimiento y los vínculos de familia
que nos unen con ellos y que no hemos podido romper.
--Corriente, admito en cierta manera la exactitud del raciocinio de V.;
pero suponiendo que los hombres que tengo bajo mi mando sean realmente
bandidos, merodeadores de fronteras, como V. los llama, ¿sabe V. cuál
es el móvil que les impulsa a obrar? ¿Puede V. formular contra ellos
alguna acusación?
--Paciencia, que aún no he concluido.
--Pues entonces continúe V.
--Luego, además de esa partida de bandidos de la cual es V. el jefe
ostensible, ha formado usted alianza con los pieles rojas, con los
Apaches entre otros, que son los ladrones más descarados de la pradera;
¿es verdad, sí o no?
--Sí y no, amigo mío, pues la alianza que V. me echa en cara nunca
ha existido hasta ahora; pero en esta misma mañana ha debido ser
estipulada entre dos amigos míos y el Zorro-Azul, que es uno de los
jefes apaches más afamados.
--¡Ah! He ahí una coincidencia desgraciada.
--¿Por qué?
--¿Sabe V. lo que han hecho en la pasada noche sus nuevos aliados?
--¿Cómo he de saberlo, si ignoro donde están, y ni siquiera he recibido
todavía la noticia oficial del tratado ajustado con ellos?
--Pues bien, voy a decírselo a V.: han atacado la venta del Potrero y
han robado cuanto en ella había.
Las oscuras pupilas del Jaguar lanzaron un relámpago de furor; se
levantó de un salto, y cogiendo con mano convulsa su rifle, exclamó con
voz estridente:
--¡Vive Dios! ¿De veras han hecho eso?
--Lo han hecho, y aún se supone que ha sido por instigación de V.
--El Jaguar se encogió de hombros con desdén, y dijo:
--¿Con qué objeto? Pero, y doña Carmela, ¿qué ha sido de ella?
--¡Se ha salvado, a Dios gracias!
El joven lanzó un suspiro de desahogo.
--¿Y ha creído V. tal infamia por parte mía? dijo en seguida en tono de
reconvención.
--Ya no lo creo, respondió el cazador.
--¡Gracias! ¡Gracias! Pero, ¡vive Dios! juro a usted que esos demonios
han de pagar muy caro el crimen que han cometido. Ahora continúe V.
--Desgraciadamente, si ha conseguido V. sincerarse de mi primer cargo,
dudo que le sea posible hacer otro tanto respecto del segundo.
--No importa, dígalo V.
--Está en camino para Méjico una conducta de plata mandada por el
capitán Melendez.
El joven se estremeció levemente y dijo con breve acento.
--Lo sé.
El cazador fijó en él una mirada interrogadora, y repuso con cierta
vacilación:
--Se dice...
--Se dice, replicó el Jaguar interrumpiéndole con energía, que yo sigo
el rastro de esa conducta de plata, y que cuando llegue el momento
propicio, la atacaré al frente de mis bandidos, y me apoderaré del
dinero, ¿no es cierto?
--Sí.
--Tienen razón, respondió fríamente el joven; esa es, en efecto, mi
intención. ¿Qué más?
Al oír tan cínica respuesta, Tranquilo se estremeció de sorpresa y de
indignación.
--¡Oh! exclamó con dolor, ¿con que es cierto lo que de V. se cuenta?
¿Es V. realmente un bandido?
El joven se sonrió con amargura, y dijo con voz sorda:
--¡Puede ser! Tranquilo, tiene V. doble edad que yo; su experiencia es
grande: ¿por qué juzgar temerariamente fiado en apariencias?
--¡Cómo fiado en apariencias! ¿No lo ha confesado V. mismo?
--Sí, lo he confesado.
--¿Con que medita V. un robo?
--¡Un robo! exclamó el Jaguar ruborizándose lleno de indignación.
Pero serenándose en seguida, añadió:
--¡Es verdad! ¡Debe V. suponerlo así!
--¿Qué otro nombre puede darse a una acción tan infame? exclamó el
cazador con violencia.
El Jaguar levantó la cabeza con viveza, como si hubiese tenido
intención de responder; pero sus labios permanecieron mudos.
Tranquilo le miró un instante con cierta mezcla de compasión y de
cariño; y luego, volviéndose hacia Corazón Leal, dijo:
--Venga V., amigo mío, que ya hemos permanecido demasiado tiempo aquí.
--¡Deténgase V.! exclamó el joven; no me condene V. así; ¡repito que V.
ignora los motivos que me impulsan a obrar!
--Esos motivos, sean los que quieran, no pueden ser honrosos; no veo en
ellos más que el asesinato y el robo.
--¡Oh! dijo el joven ocultando con dolor su rostro entre ambas manos.
--Vámonos, repuso Tranquilo.
Corazón Leal había examinado atenta y fríamente aquella escena singular.
--Aguarde V. un momento, dijo, y adelantándose algunos pasos, puso una
mano sobre el hombro del Jaguar.
Éste levantó la cabeza, y le preguntó:
--¿Qué me quiere V.?
--Escuche V., caballero, respondió Corazón Leal con voz profunda; no sé
por qué, pero un presentimiento secreto me dice que la conducta de V.
no es infame, aunque todo induce a suponerlo, y que llegará un día en
que le sea a V. lícito explicarla y disculparse a los ojos de todos.
--¡Oh! ¡Si me fuese posible hablar!
--¿Durante cuánto tiempo cree V. que se verá obligado todavía a guardar
silencio?
--¿Qué sé yo? Eso depende de circunstancias independientes de mi
voluntad.
--Según eso, ¿no puede V. fijar una época?
--Me es imposible: he hecho un juramento y debo cumplirle.
--Bien: prométame V. tan solo una cosa.
--¿Cuál es?
--El no atentar a la vida del capitán Melendez.
El Jaguar vaciló.
--¿Qué dice V.? repuso Corazón Leal.
--Que haré todo lo posible por librar su vida.
--¡Gracias! exclamó Corazón Leal.
En seguida, volviéndose hacia Tranquilo que permanecía inmóvil junto a
él, le dijo:
--Vuelva V. a ocupar su asiento, hermano, y almuerce con el Jaguar
sin escrúpulo alguno, pues yo respondo de él con mi cabeza. Si dentro
de dos meses contados desde hoy, no le da a V. una explicación
satisfactoria acerca de su conducta actual, yo, que no me hallo
ligado por juramento alguno, revelaré a V. ese misterio que le parece
inexplicable y que en efecto lo es.
El Jaguar se estremeció, lanzando a Corazón Leal una mirada penetrante,
pero que se estrelló en el rostro plácidamente indiferente del cazador.
El canadiense vaciló algunos instantes; pero al fin volvió a ocupar su
asiento delante del fuego murmurando:
--Corriente, ¡dentro de dos meses!
Y añadió mentalmente:
--Pero hasta entonces yo le vigilaré.
XXVI.
EL PARTE.
El capitán Melendez tenía prisa de atravesar el peligroso desfiladero
junto al cual había hecho establecer el campamento. Sabía cuán grande
era la responsabilidad con que había cargado al aceptar el mando de la
escolta, y no quería que, si llegaba a suceder una desgracia, tuviesen
que reconvenirle por incuria o descuido.
La suma que trasportaba la recua de mulas era importante. El gobierno
de Méjico, que siempre estaba apurado para procurarse dinero, la
aguardaba con impaciencia. No se le ocultaba al capitán que harían
pesar desapiadadamente sobre él la responsabilidad de un ataque, y que
sufriría todas sus consecuencias, fuera él que quisiera el resultado de
un combate con los merodeadores de fronteras.
Por eso su inquietud y su ansiedad crecían por momentos; la infamia
evidente de fray Antonio aumentaba más aún sus recelos, haciéndole
sospechar una traición probable. Sin que le fuese posible adivinar por
qué lado vendría el peligro, puede decirse que le sentía acercarse paso
a paso, estrecharle por todas partes, y a cada momento aguardaba una
explosión terrible.
Esta intuición secreta, este presentimiento providencial que desde
el fondo de su corazón le gritaba que anduviese con cuidado, le
ponía en un estado de sobreexcitación indescriptible, y le colocaba
en una situación intolerable, de la cual quería salir a toda costa,
prefiriendo ver por fin el peligro y combatirle frente a frente, a
permanecer por más tiempo recelando en el vacío.
Por eso aumentó su vigilancia, examinando por sí mismo los alrededores
del campamento, presenciando la operación de cargar las mulas que,
atadas unas detrás de otras en forma de reata, en caso de una alarma
debían ser colocadas en medio de los soldados más fieles y resueltos de
la escolta.
Mucho antes de la salida del sol, el capitán, cuyo sueño no había
sido más que una continuación de insomnios crueles, abandonó el duro
lecho de pieles y mantas, sobre el cual había buscado en vano algunas
horas de un reposo que hacía imposible el estado nervioso en que se
encontraba, y comenzó a pasearse con agitación por el angosto espacio
que había libre en el centro del campamento, envidiando a pesar suyo el
sueño descuidado y tranquilo de los soldados tendidos por el suelo y
envueltos en sus capotes.
Entre tanto iba amaneciendo gradualmente. El búho, cuyo canto matutino
anuncia la salida del sol, había lanzado ya al viento sus notas
melancólicas. El capitán dio con el pie al arriero principal que estaba
tendido junto al fuego, y le despertó.
El buen hombre se restregó los ojos varias veces, y cuando ya se
hubieron disipado las últimas nubes del sueño y comenzó a restablecerse
el orden en sus ideas, exclamó ahogando un bostezo postrero:
--¡Diantre! Capitán, ¿qué mosca le ha picado a V. para despertarme
sobresaltado tan temprano? Mire V., apenas blanquea el cielo en el
horizonte; déjeme dormir una horita más. ¡Es una cosa tan buena el
sueño!
El capitán no pudo menos de sonreírse al oírle; sin embargo, no
juzgó que debía acceder a la reclamación del arriero, pues las
circunstancias eran harto graves para desperdiciar el tiempo.
--¡Arriba! ¡Arriba! ¡Cuerpo de Cristo! exclamó; recuerde V. que no
estamos todavía en el Río Seco, y que si queremos atravesar ese paso
peligroso antes de la puesta del sol, tenemos que apresurarnos.
--Es verdad, respondió el arriero, quien en un momento estuvo de
pie, ágil y despabilado como si hubiese despertado una hora antes.
Perdóneme, capitán, ¡vive Dios! Tengo tanto interés como V. en no
tropezar con un mal encuentro. Con arreglo a la ley, mi fortuna
responde del cargamento que llevo, y si ocurriese una desgracia, me
vería reducido a la miseria con mi familia.
--Es muy cierto, no recordaba yo esa cláusula de su contrato.
--No es extraño, porque a V. no le interesa; en cuanto a mí, no me sale
de la cabeza, y le juro a V., Capitán, que desde que he emprendido este
malhadado viaje, me he arrepentido ya muchas veces de haber aceptado
las condiciones que me fueron impuestas: no sé por qué se me figura
que no hemos de llegar sanos y salvos al otro lado de esas malditas
montañas.
--¡Bah! Esos son locuras, Señor Bautista. Se halla V. en excelentes
condiciones, bien escoltado; ¿qué puede V. temer?
--Nada, ya lo sé, y sin embargo estoy convencido de que no me equivoco
y de que este viaje ha de serme fatal.
Los mismos presentimientos agitaban al oficial; sin embargo, delante
del arriero no debía dejar traslucir lo más mínimo de su inquietud
interior; por el contrario, necesitaba fortalecerle y restituirle el
valor que parecía próximo a abandonarle.
--¡Por mi alma que está V. loco! exclamó. ¡Vayan al diablo las ideas
descabelladas que se le han metido en la cabeza!
El arriero se revistió de una expresión grave y respondió:
--Es V. muy dueño de reírse de esas ideas, Señor D. Juan; es V. muy
instruido y naturalmente en nada cree. Pero yo no soy más que un pobre
indio ignorante, y tengo fe en todo lo que mis padres creyeron antes
que yo. Mire V., Capitán, nosotros los indios, ya seamos civilizados o
salvajes, tenemos la cabeza dura, y todas las ideas nuevas de VV. no
pueden atravesar nuestro duro cráneo.
--Veamos, explíquese V., repuso el capitán, quien quería concluir de
una vez, aunque sin lastimar las preocupaciones del arriero; ¿qué razón
le induce a V. a suponer que su viaje será desgraciado? No es V. hombre
capaz de asustarse de su sombra; hace mucho tiempo que conozco a V. y
sé que tiene probado valor.
--Doy a V. gracias, Capitán, por la buena opinión que de mí tiene. Sí,
soy valiente y creo haberlo probado en varias ocasiones; pero ha sido
siempre ante los peligros que mi inteligencia comprendía, y no ante
unos peligros que se salen de las leyes naturales que nos rigen.
El capitán estaba mordiéndose los bigotes con impaciencia al ver la
molesta prolijidad del arriero; pero, como ya se lo había dicho,
conocía al buen hombre y sabía por experiencia que el procurar hacerle
abreviar un relato era perder lastimosamente el tiempo, y que era
preciso dejarle hablar a su manera.
Hay ciertos caracteres para los cuales, como sucede con la espuela
respecto de un caballo vicioso, el tratar de hacerlos adelantar
equivale, por el contrario, a llevarlos hacia atrás.
El joven dominó, pues, su impaciencia, y respondió fríamente:
--¿Tuvo V., sin duda, algún mal presagio en el momento de su salida?
--En efecto, capitán, así fue; y de seguro que ante lo que vi, me
hubiera guardado muy bien de ponerme en camino si hubiese sido hombre
fácil de asustar.
--¿Y cuál fue ese presagio?
--No se ría V., capitán: hasta la Sagrada Escritura dice que Dios,
en muchas ocasiones, se complace en dar a los hombres ciertos avisos
saludables a los que por desgracia no tienen suficiente juicio para dar
crédito.
Y al concluir estas palabras, lanzó un suspiro.
--Es verdad, murmuró el capitán a manera de asentimiento.
--Sepa V., pues, continuó diciendo el arriero, halagado al recibir
aquella aprobación por parte de un hombre como el oficial, que mis
mulas estaban aparejadas, aguardándome en el corral, custodiadas por
los peones, y me disponía para marchar. Sin embargo, como no quería
separarme de mi mujer, quizás para mucho tiempo, sin decirle adiós otra
vez, me dirigía hacia mi casa para darle otro abrazo, cuando al llegar
al umbral de la puerta levanté maquinalmente los ojos y vi posados en
la azotea dos búhos que clavaban en mí una mirada de infernal fijeza.
Al ver aquella aparición inesperada, me estremecí sin querer y miré a
otro lado. En aquel momento cruzaba por el camino un hombre moribundo,
llevado por dos soldados en una camilla y escoltado por un fraile que
le hacia recitar los salmos de la penitencia y le disponía con dulzura
para que muriese como buen cristiano; pero el herido, sin responder una
palabra, miraba al fraile sonriéndose sardónicamente: de pronto aquel
hombre se incorporó en la camilla, sus ojos se animaron, se volvió
hacia mí, me dirigió una mirada llena de sarcasmo y volvió a caer
murmurando estas dos palabras que sin duda se dirigían a mí: «¡Hasta
luego!»
--¡Ah! dijo el capitán.
--Esa especie de cita que me daba aquel individuo nada tenía de
agradable, ¿verdad? repuso el arriero. Aquellas palabras me afectaron
mucho y me precipité hacia él con la intención de dirigirle las
reconvenciones que me parecían oportunas: ¡había muerto!
--¿Y supo V. quién era aquel hombre?
--Sí, era un salteador que, en un encuentro con los cívicos, quedó
mortalmente herido por estos, y le trasladaban al atrio de la catedral
para que acabase de expirar allí.
--¿Y es eso todo? preguntó el capitán.
--Sí Señor.
--Pues bien, amigo mío, he hecho bien en insistir para averiguar los
motivos de la inquietud de V.
--¡Ah!
--Sí, porque el presagio que entonces le favoreció, le ha interpretado
V. de muy distinto modo del que debe hacerlo.
--¿Cómo así?
--Me explicaré: ese presagio significa, por el contrario, que con
prudencia y con una vigilancia incansable frustrará V. las traiciones y
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