con precisión el sentimiento que experimentaba por la joven condesa de Villanera. Esta cambiaba a ojos vistas y aquella belleza renaciente podía derribar en un instante la frágil barrera que separa la amistad del amor. Todos estos sentimientos mal definidos y más difíciles de nombrar que de describir constituían la alegría de la casa y la dicha de Germana. Encontraba una gran diferencia entre su último invierno de París y su primer verano de Corfú. La villa y el jardín respiraban alegría, esperanza y amor. No se oían más que palabras de cordialidad y francas carcajadas. Los huéspedes rivalizaban en ingenio y en buen humor, y Germana se sentía renacer al dulce calor de todos aquellos corazones devotos que latían por ella. Si algunas veces atizaba el fuego por una inocente coquetería, es porque quería asegurar la conquista de su marido. Los recuerdos penosos de su matrimonio se iban poco a poco borrando de su memoria. Había olvidado la lúgubre ceremonia de Santo Tomás de Aquino y se consideraba como una prometida que espera el momento de ir a la iglesia. No pensaba ya en la señora Chermidy y no experimentaba aquel frío interior que da el temor de una rival. Su marido se le aparecía como un hombre nuevo; ella se creía también ser una mujer nueva, acabada de nacer. ¿Acaso escapar a una muerte cierta, no es nacer una segunda vez? Hacía remontar su nacimiento a la primavera y se decía sonriendo: «Soy una niña de cuatro meses.» La vieja condesa la confirmaba en aquella idea tomándola en brazos como a una criatura. Lo que le hubiera podido llamar a la realidad era la presencia del marqués. Era difícil olvidar que aquel niño tenía una madre y que aquella madre podía venir un día u otro a reclamar la dicha que le habían tomado. Pero Germana se había acostumbrado a mirar al pequeño Gómez como a su hijo. El amor maternal es de tal modo innato en las mujeres, que se desarrolla en ellas mucho antes que el matrimonio. Por eso se ve a niñas de dos años ofrecer el pecho a sus muñecas. El marqués de los Montes de Hierro era la muñeca de Germana. Se olvidaba de sí misma para ocuparse de su hijo. Había acabado por encontrarle hermoso, lo que prueba que tenía un verdadero corazón de madre. Don Diego la miraba con complacencia cuando estrechaba entre sus brazos a aquel pequeño gnomo bronceado. Y se regocijaba al observar que la mueca hereditaria de los Villanera no daba miedo a su mujer. Todas las noches, a las nueve, los señores y los criados se reunían en el salón para rezar en común. La vieja condesa se mostraba muy apegada a esta costumbre religiosa y aristocrática. Ella misma leía las oraciones en latín. Los domésticos griegos se asociaban devotamente a la plegaria común, a pesar del cisma que divide a los cristianos de Occidente. Mateo Mantoux se arrodillaba en un rincón, desde el cual podía ver sin ser visto, y desde allí trataba de leer en la cara de Germana los estragos del arsénico. No había dejado ni sola vez de envenenar el vaso de agua azucarada que llevaba todas las noches a Germana. Esperaba que el arsénico a pequeñas dosis aceleraría los progresos de la enfermedad, sin dejar trazas visibles. Este es un prejuicio extendido entre las clases ignorantes. Mateo Mantoux, con razón llamado -Poca Suerte,- no podía saber que el veneno mata de una vez a las gentes, o no les hace nada. Creía que aquellos miligramos de ácido arsenioso ingeridos diariamente se unían en el cuerpo hasta formar gramos; y es que no contaba con el trabajo infatigable de la naturaleza que repara incesantemente todos los desórdenes interiores. Si hubiese tomado una lección más detallada de toxicología o se hubiera acordado del ejemplo de Mitrídates, hubiera comprendido que los envenenamientos microscópicos producen unos efectos muy distintos de los que él esperaba. Pero Mateo Mantoux no había leído la historia. Lo que aun le habría extrañado más es saber que el arsénico a pequeñas dosis es un remedio contra la tuberculosis. No la cura siempre, pero por lo menos procura un verdadero alivio al enfermo. Las moléculas del veneno van a quemarse en los pulmones al contacto del aire exterior y producen una respiración ficticia. Siempre es algo respirar con más facilidad, y Germana había podido notarlo. Además, el arsénico rebaja la fiebre, abre el apetito, facilita el sueño, restablece las carnes y no perjudica el efecto de los otros medicamentos, ayudándolos algunas veces. El señor Le Bris había pensado muchas veces en tratar a Germana por este método, pero un escrúpulo bien natural le detenía. No estaba seguro de salvar a la enferma y aquel diablo de arsénico le recordaba a la señora Chermidy. Mateo Mantoux, médico menos timorato, aceleró los efectos del yodo y la curación de Germana. Germana llevaba ya un mes del tratamiento por el yodo. El doctor asistía todas las mañanas a la inspiración, y muchas veces le acompañaba el señor Delviniotis. Este tratamiento no es infalible, pero es suave y fácil. Una corriente de aire caliente disuelve lentamente un centigramo de yodo y lo hace penetrar en los pulmones sin esfuerzo ni dolor alguno. El yodo puro no embriaga a los enfermos como la tintura, no provoca la tos, no produce estomatitis. Su único defecto es dejar en la boca un ligero sabor a herrumbre, al cual el enfermo no tarda en acostumbrarse. Los señores Le Bris y Delviniotis acostumbraron suavemente a Germana a este medicamento nuevo. En su impaciencia por curar hubiera querido arrancarse su mal a viva fuerza; pero ellos no le permitían más que una inspiración diaria y aun muy corta: tres minutos, cuatro a lo más. Con el tiempo aumentaron la dosis y a medida que la curación avanzaba llegaron a darle hasta dos centigramos diarios. El estado de la enferma mejoraba con una rapidez increíble, gracias a la discreta colaboración de Mateo Mantoux. Un desconocido que hubiese estado por primera vez en la villa Dandolo no habría sospechado que allí hubiese una tísica. A fines de agosto, Germana estaba fresca como una rosa y redonda como una fruta. En aquel hermoso jardín donde la Naturaleza había acumulado todas sus maravillas, el sol no alumbraba nada más brillante que aquella mujer completamente nueva, por decirlo así, que salía de la enfermedad como una joya de su estuche. No sólo los colores de la juventud florecían en su rostro, sino que la salud metamorfoseaba cada día las formas de su cuerpo. Las dulces oleadas de una sangre generosa henchían lentamente su piel rosada y transparente; todos los resortes de la vida, relajados por tres años de dolor, recobraban su tensión con una alegría visible. Los testigos de aquella transformación bendecían la ciencia como se bendice a Dios. Pero el más dichoso de todos era quizás el doctor Le Bris. La curación de Germana podía parecer a los demás una esperanza; sólo para él era una certidumbre. Al auscultar a su querida enferma, comprobaba todos los días la disminución del mal; veía la curación en sus efectos y en sus causas; medía como con un compás el terreno que había ganado a la muerte. La auscultación, método admirable que la ciencia moderna debe al genio de Hipócrates, permite al médico leer en el cuerpo del enfermo como en un libro abierto. Los resortes invisibles que se agitan en nosotros producen en su marcha regular un ruido tan constante como el movimiento de un péndulo. El oído del médico, cuando está acostumbrado a percibir esa harmonía de la salud, reconoce por signos ciertos el más pequeño desorden interior. La enfermedad tiene su lenguaje claro y preciso para el observador inteligente que asiste a los progresos de la vida o de la muerte. Un sonido mate designa al médico las partes del pulmón donde el aire ya no penetra; un estertor particular le indica las cavernas invasoras que caracterizan el último período de la tuberculosis. El señor Le Bris reconoció bien pronto que las partes impermeables al aire se circunscribían de día en día; que el estertor se extinguía poco a poco; que el aire entraba suavemente en las células vivificadas que envolvían las cavernas cicatrizadas. Había dibujado, para la vieja condesa, el plano exacto de los estragos que la enfermedad había hecho en el pecho de la joven. Todas las mañanas trazaba con lápiz un nuevo contorno que atestiguaba el progreso cotidiano de la curación. Balzac ha descrito el caso de un individuo, en su novela -La piel de zapa-, cuya vida, figurada por un cuero que él corta a medida de sus deseos y necesidades, se va limitando cada día. El caso de Germana era al revés. El 31 de agosto, el señor Le Bris, dichoso como un vencedor, dio un paseo a pie hasta la ciudad. El campo le agradaba, pero no desdeñaba tampoco una vuelta por la explanada donde le divertían las cornamusas de los regimientos escoceses. Además, contemplaba el humo de los vapores, creía aproximarse a París. Le agradaba también comer en compañía de los oficiales ingleses y curiosear después un rato por las calles comerciales. Admiraba a los soldados vestidos completamente de blanco, con sombrero de paja, guantes amarillos y zapatos cuidadosamente lustrados, a la hora en que aquellos bravos, acompañados de sus pequeños, iban a comprar sus provisiones. Reposaban los ojos en el espectáculo de las admirables instalaciones de frutas verdes que los vendedores procuraban presentar con una limpieza inglesa. El uno frotaba las ciruelas contra su manga para sacarlas lustre; el otro cepillaba con un cepillito de sombrero el terciopelo rosado de los melocotones. Era un pintoresco batiburrillo en el que se veían melones del tamaño de calabazas, limones gruesos como melones, ciruelas como limones y uvas como ciruelas. Quizá también el joven doctor miraba con cierta complacencia a las lindas griegas asomadas a los balcones y rodeadas de flores. En aquel país de dicha y despreocupación, las burguesitas no se desdeñan en enviar besos a los extranjeros, como las floristas de Florencia les arrojan ramos en sus coches. Si su padre las ve, las abofetea rudamente, en nombre de la moral, y esto da un poco de variedad al cuadro. Mientras el doctor pasaba el rato inocentemente, el conde Dandolo, el capitán Bretignières y los Vitré, comían juntos en casa del señor de Villanera. Germana tenía buen apetito; pero en cambio el pobre Gastón no comía más que con los ojos. A los postres se entabló una conversación muy interesante. El señor Dandolo describió a grandes rasgos la política inglesa en extremo Oriente, mostrando a la gran nación establecida en Hong-Kong, en Macao, en Cantón, en todas partes. --Nuestros hijos--decía--, verán a los ingleses dueños de la China y del Japón. --¡Alto ahí!--interrumpió el capitán Bretignières. ¿Qué dejaríamos entonces para Francia? --Todo lo que pida, es decir, nada. Francia es un país desinteresado. Se pasa la vida haciendo conquistas, pero no guarda nada para sí. --Entendámonos, señor conde. Francia nunca ha tenido egoísmo. Ha hecho más por la civilización que ningún otro país de Europa, y nunca ha pedido recompensa. El Universo entero es nuestro deudor; nosotros le proveemos de ideas desde hace trescientos o cuatrocientos años, y no nos ha dado nada en cambio. ¡Cuando pienso que ni siquiera tenemos las islas Jónicas! --Ya las han tenido, capitán, y no han querido conservarlas. --¡Ah! ¡si yo tuviese mis dos piernas! --¿Qué haría usted, capitán?--preguntó la señora de Villanera. --¿Qué haría, señora? Mi país no tiene ambición; ya la tendría yo por él. Yo le daría las islas Jónicas, Malta, las Indias, la China y el Japón; y no sufriría que se hablase de monarquía universal. --El señor de Bretignières--dijo Germana--se parece al preceptor aquel de quien uno de los alumnos robó un higo. Le hizo un sermón sobre la glotonería y se comió el higo en el calor de la improvisación. El capitán se detuvo ruborizándose hasta las orejas. --Creo--dijo--que he ido más lejos que mi pensamiento. ¿Dónde estábamos? --En todas partes--respondió el conde Dandolo. --Es justo, puesto que hablamos de Inglaterra. ¿Cree usted que si lo de Ky-Tcheou hubiese ocurrido a un navío inglés se hubieran conformado sus oficiales con bombardear la ciudad? ¡No son tan tontos! Inglaterra habría conseguido un buen tratado de comercio, cien millones en metálico y cincuenta leguas de territorio. --¿Lo cree usted?--preguntó el señor Dandolo. --Estoy seguro. --Pues bien, ¿para qué discutir más? Soy de igual opinión. --¿Qué es esa historia de Ky-Tcheou?--preguntó Germana. --¿No ha leído usted eso, señora? --Nosotros no vemos ningún periódico aquí, a excepción de usted, querido conde. --Pues bien, lo de Ky-Tcheou es un asunto de importancia. Los chinos han asesinado a dos misioneros y a un comandante francés; los franceses han arrasado la ciudad, tan completamente, que su nombre no figura ya en el mapa; las gentes se preguntan en qué quedará eso; yo creo que en nada. El conde, que hasta entonces había permanecido silencioso, preguntó al señor Dandolo: --¿Es reciente la historia de que usted habla? --De ahora mismo. Ha llegado en el último correo. ¿No ha oído hablar usted de la -Náyade-? ¿No ha leído la muerte del comandante Chermidy? El conde de Villanera palideció; Germana le miró fijamente para sorprender en él un síntoma de alegría; la vieja condesa se levantó de la mesa y el señor Dandolo pasó al salón sin haber contado la historia de Ky-Tcheou. Germana aprovechó el momento en que se servía el café para arrastrar al señor de Villanera hasta el jardín. El sol se había puesto dos horas antes y la noche era calurosa como un día de verano. Los dos esposos se sentaron juntos en un banco rústico a orillas del mar. La luna no había aparecido aún en el horizonte, pero las estrellas fugaces cruzaban el cielo en todas direcciones, y las olas iluminaban la playa con sus fosforescencias. Don Diego aun estaba aturdido por la noticia que acababa de oír. Había recibido una sacudida violenta; pero la impresión había sido tan repentina que aun no podía darse cuenta exacta de si era de placer o de pena. Se parecía al hombre que se ha caído de un tejado y se palpa para saber si está muerto o vivo. Mil reflexiones rápidas atravesaban confusamente su espíritu, como las antorchas que cruzan un campo sin disipar las tinieblas. Germana no estaba más tranquila que él. Presentía que su vida iba a decidirse en una hora y que su médico no era ya el señor Le Bris, sino el señor de Villanera. No obstante, los dos jóvenes, conmovidos hasta el fondo del alma por una emoción violenta, permanecieron algunos instantes sentados el uno al lado del otro en el más profundo silencio. Un pescador que pasaba cerca de la orilla les tomó seguramente por dos amantes dichosos, absortos en la contemplación de su felicidad. Germana fue la primera en hablar. Se volvió hacia su marido, le cogió las dos manos y le dijo con voz ahogada: --Don Diego, ¿lo sabía usted? --No, Germana. Si lo hubiera sabido se lo habría dicho. No tengo secretos para usted. --¿Y qué impresión le ha producido a usted la noticia? ¿De disgusto o de alegría? --No sé qué responder y me pone usted en un verdadero compromiso. Déjeme tiempo para que pueda darme cuenta de lo que me pasa. Ese acontecimiento no puede alegrarme, ya lo sabe usted. Pero si yo le dijese que me sabe mal creería usted que yo había tomado mis medidas para esa fatal eventualidad. ¿No es eso lo que usted piensa? --Yo no estoy segura de lo que pienso, don Diego. Mi corazón late tan fuerte, que me sería difícil oír otra cosa. La única idea que se me presenta clara es la de que esa mujer es libre. Si le había prometido quedarse viuda, ha cumplido su palabra antes que usted. Ha sido la primera en llegar a la cita que le ha dado usted, y yo temo... --¿Qué teme usted? --Ser un obstáculo, puesto que mi vida le separa de la dicha y que mi salud le hace perder toda esperanza. --Su vida y su salud, Germana, son presentes de Dios. Es un milagro del Cielo el que la ha conservado a usted, y ahora que ya conozco a usted bendigo desde el fondo de mi corazón los decretos de la Providencia. --Le doy las gracias, don Diego, y le reconozco a usted en ese lenguaje noble y religioso. Es usted demasiado buen cristiano para rebelarse contra un milagro. Pero, ¿no siente usted ningún disgusto? Hábleme usted con entera franqueza porque ya estoy lo suficientemente fuerte para oírlo todo. --Lo único que siento es no haber dado a usted mi primer amor. --¡Qué bueno es usted! Esa mujer no ha sido jamás digna de usted. Yo no la he visto nunca, pero instintivamente la detesto, la desprecio. --No hay necesidad de despreciarla, Germana. Yo ya no la amo porque mi corazón está lleno de usted y no queda en él sitio para otra; pero no tiene usted razón al despreciarla, se lo juro. --¿Por qué quiere usted que sea yo más indulgente que el resto del mundo? Ella ha faltado a todos sus deberes engañando a un hombre honrado que le había dado su nombre. ¿Cómo una mujer puede hacer traición a su marido? --Es culpable a los ojos del mundo, pero yo no puedo censurarla porque me amaba. --¿Y quién no amaría a usted, amigo mío? ¡Es usted tan bueno, tan grande, tan noble, tan hermoso! No, no haga usted gestos de protesta. Yo no tengo peor gusto que las otras y sé bien lo que digo. Usted no se parece al señor Le Bris, ni a Gastón de Vitré, ni a Spiro Dandolo ni a ninguno de esos que tienen éxito con las mujeres; y no obstante, fue al verle a usted la primera vez cuando comprendí que el hombre era la más bella criatura de Dios. --¿Me ama usted, pues, un poco, Germana? --Hace ya mucho tiempo. Desde el día que entró usted en el palacio Sanglié. Y, sin embargo, no era para nada bueno para lo que iba usted a mi casa. Cuando el doctor propuso el negocio a mis padres, yo creí que iba a casarme con un mal hombre. Yo me prometía sufrirle con paciencia y abandonarle sin pesar. Pero cuando le encontré en el salón, quedé avergonzada y lamenté que un cálculo tan vil hubiese nacido en una cabeza tan noble y tan inteligente. Entonces comencé a tratarle con despego; ¿sabe usted por qué? Me hubiera muerto de vergüenza si hubiera adivinado usted que yo le amaba. Esto no entraba en nuestros tratos. Durante todo el viaje no pensé más que en darle disgustos. ¿Cree usted que me hubiera conducido con tanta ingratitud de serme usted indiferente? Pero yo estaba furiosa al ver que si me trataba usted tan bien era por descargo de su conciencia. Después, sin quererlo, pensaba en la otra que le esperaba en París. Además temía adquirir una dulce costumbre de dicha y de amor que la muerte vendría a romper. Y por último ¡estaba tan enferma y sufría tan cruelmente! El día en que lloró usted asomado a la ventanilla, yo lo vi y estuve a punto de pedirle perdón y de saltarle al cuello, pero el orgullo me contuvo. Yo pertenezco a una raza ilustre, amigo mío, y soy la única en mi familia que se haya vendido por dinero. El día que fuimos a Pompeya, estuve a punto de descubrirme. ¿Se acuerda usted? Yo no he olvidado nada, ni sus dulces palabras, ni mis extravagancias, ni sus cuidados tan tiernos y tan pacientes, ni todo el mal que le hice. Yo le he dado un cáliz bien amargo y usted lo ha apurado hasta las heces. Verdad es que yo no era tampoco más feliz. Yo no estaba segura de usted, temía equivocarme sobre el sentido de sus bondades y de interpretar por señales de amor lo que era piedad. Lo único que me tranquilizaba un poco era el placer que manifestaba usted en quedarse a mi lado. Cuando usted paseaba por el jardín, yo, desde mi diván, le seguía con el rabillo del ojo y muchas veces fingía dormir para que usted se acercase a mí con más libertad. No tenía necesidad de abrir los ojos para saber que usted estaba allí; le veía a través de las pestañas. Y en cualquier lugar que usted esté yo le adivino y sería capaz de encontrarle con los ojos cerrados. Cuando usted está a mi lado, mi corazón se dilata y se hincha de tal modo, que no me cabe en el pecho. Cuando usted habla, su voz me entra a borbotones por los oídos y me embriago oyéndole. Cada vez que mi mano toca la de usted, un estremecimiento me recorre todo el cuerpo y experimento una sensación tan dulcemente extraña que me conmueve hasta la raíz del cabello. Cuando usted se aleja por un instante, cuando no puedo verle ni oírle, se hace un gran vacío a mi alrededor y siento que hasta la tierra me falta bajo los pies. Ahora, don Diego, dígame si le amo, porque usted tiene más experiencia que yo y no se puede equivocar. Yo no soy más que una pobre ignorante, pero usted debe recordar si es así como le amaban en París. Esta confesión ingenua descendía como un rocío matinal sobre el corazón de don Diego. Y se sintió tan deliciosamente refrescado que olvidó no sólo los cuidados presentes, sino hasta los placeres pasados. Una luz nueva iluminó su espíritu; comparó de una sola ojeada sus antiguos amores, agitados y cenagosos como un charco, con la dulce limpidez de la felicidad legítima. Es la historia de todos los maridos jóvenes. El día en que descansan la cabeza sobre la almohada conyugal, advierten con una dulce sorpresa que nunca habían dormido tan bien. El conde besó tiernamente las dos manos de Germana y le dijo: --Sí, tú me amas, y nadie me ha amado nunca como tú. Tú me has hecho ver un mundo nuevo, lleno de delicias honestas y de placeres sin remordimientos. Yo no sé si te he salvado la vida, pero tú me has pagado con creces la deuda abriendo mis ojos ciegos a la santa luz del amor. Amémonos, Germana, tanto como nuestro corazón sea capaz. Dios que nos ha unido por el matrimonio, se alegrará de haber hecho dos dichosos más. Olvidemos al mundo entero para ser el uno del otro; cerremos los oídos a todos los ruidos del mundo, tanto si vienen de la China como de París. Este es el paraíso terrestre; vivamos para nosotros solos bendiciendo la mano que nos ha colocado en él. --Vivamos para nosotros--dijo la joven--y para los que nos aman. Yo no sería dichosa si no tuviese con nosotros a nuestra madre y a nuestro hijo. Les he amado tiernamente desde el primer día. ¡Y cómo se le parecen los dos, amigo mío! Cuando el pequeño Gómez viene a jugar al jardín me parece que veo su sonrisa de usted en su carita. Estoy muy contenta de haberlo adoptado. Esa mujer no me lo robará jamás, ¿no es verdad? La ley me lo ha dado para siempre; es mi heredero, ¡mi único hijo! --No, Germana--respondió el conde--, es tu hijo mayor. Germana tendió los brazos a su marido, se los anudó alrededor del cuello, le atrajo hacia sí y colocó dulcemente su boca sobre sus labios. Pero la emoción de este primer beso fue más fuerte que la pobre convaleciente. Sus ojos se velaron y todo su cuerpo desfalleció. Cuando se sintió algo más repuesta se dirigió a la casa del brazo de su marido. Apoyaba en él todo el peso de su cuerpo y marchaba casi suspendida, como un niño que da sus primeros pasos. --Ya lo ve usted--le dijo--, estoy aún bastante débil a pesar de las apariencias. Me creía fuerte y he aquí que una apariencia de dicha ha bastado para derribarme. No me diga usted esas cosas tan bonitas, no me haga demasiado dichosa; cuídeme hasta que esté fuera de peligro. ¡Sería muy triste morir cuando comienza una vida tan hermosa! Ahora, voy a apresurar mi curación y a cuidarme con todas mis fuerzas. Vuelva usted al salón; yo voy corriendo a ocultarme en mi habitación. Hasta mañana, amigo mío; ¡le amo! Ella subió a su dormitorio y se arrojó sobre la cama, tan confusa como emocionada. Un punto luminoso que brillaba en un ángulo de la estancia atrajo su atención. La llama de la lámpara se reflejaba en un pequeño globo del yodómetro. Desde lo más profundo de su corazón bendijo aquel aparato bienhechor que le había devuelto la vida y le había de devolver las fuerzas en algunos días. Entonces se le ocurrió la idea de apresurar su curación ingiriendo una buena cantidad de yodo sin permiso del doctor. Preparó el aparato, lo aproximó a su cama y bebió ávidamente el vapor violáceo, con alegría; no experimentaba disgusto ni fatigas; aquello era la vida que entraba a borbotones en su cuerpo. Se sentía orgullosa de poder probar al médico que era demasiado prudente; se complacía en una locura heroica y arriesgaba su vida por el amor a don Diego. No se supo qué cantidad de yodo había aspirado, ni cuánto tiempo había prolongado aquella fatal imprudencia. Cuando la anciana condesa abandonó el salón para ir a ver a la enferma, se encontró con el aparato roto y derribado por el suelo y a Germana con una fiebre violenta. Se la atendió como se pudo hasta el regreso del doctor Le Bris, que llegó a caballo, a media noche. Todos los convidados pernoctaron en la villa para saber con más prontitud las noticias. El doctor estaba espantado ante la agitación de Germana. No sabía si atribuirla al uso inmoderado del yodo o a alguna emoción peligrosa. La señora de Villanera acusaba secretamente al conde Dandolo; don Diego se acusaba a sí mismo. Al día siguiente, Le Bris reconoció una inflamación en los pulmones que podía producir la muerte, y llamó al doctor Delviniotis y a dos de sus colegas. Los médicos diferían sobre la causa del mal, pero ninguno se atrevió a responder de la curación. El señor Le Bris había perdido la cabeza como un capitán de barco que encuentra un banco de rocas a la entrada del puerto. El señor Delviniotis, más tranquilo, aunque no había podido menos que llorar, abrigaba tímidamente un resto de esperanza. --Quizá--dijo--nos encontramos ante una inflamación adhesiva que cerrará las cavernas y reparará todos los desórdenes causados por la enfermedad. El pobre doctor escuchaba esta opinión meneando tristemente la cabeza. Es como si a un arquitecto se le dijese: «La casa construida por usted está mal cimentada, pero puede sobrevenir un terremoto y devolverle su equilibrio.» Todos estaban conformes en que la enferma entraba en una crisis, pero nadie, ni el propio señor Delviniotis, se atrevía a asegurar que no se terminase por la muerte. Germana deliraba. No reconocía a nadie. En todos los hombres que se le acercaban creía reconocer a don Diego; en todas las mujeres a la señora Chermidy. Sus discursos confusos eran una mezcla de frases de cariño y de imprecaciones. A cada momento preguntaba por su hijo. Le presentaban al pequeño marqués y lo rechazaba con disgusto diciendo: «No es éste. Traedme a mi hijo mayor, al hijo de esa mujer. Estoy segura de que me lo ha robado.» El niño comprendía vagamente el peligro de su mamaíta, aun cuando no tuviese ninguna noción de la muerte. Veía llorar a todo el mundo y él también lloraba lanzando grandes gritos. Se vio entonces cuán querida era la joven por todos los que le rodeaban. Durante ocho días los amigos de la familia acamparon en la casa, durmiendo donde podían, comiendo lo que encontraban y ocupándose exclusivamente de la enferma. Los dos médicos estaban encadenados a la cabecera de Germana. El capitán Bretignières no podía estarse quieto un momento; daba agitados paseos por la casa y el jardín; por todas partes no se oía más que el paso ruidoso de su pierna de madera. El señor Stevens abandonó sus asuntos, su tribunal y sus costumbres. La señora de Vitré se convirtió en enfermera a las órdenes de la condesa. Los dos Dandolo corrían mañana y noche a la ciudad en busca de médicos que no sabían qué decir y de medicamentos que no hacían nada. Los vecinos de los alrededores estaban ansiosos; las noticias de Germana se cotizaban a todas horas en los pequeños castillos de la vecindad. De todos lados afluían los remedios caseros, las panaceas secretas que se transmiten de padres a hijos. Don Diego y Gastón de Vitré se asemejaban en su dolor. Se hubiera dicho que eran dos hermanos de la moribunda. El uno y el otro vivían apartados de los demás y se pasaban el día sentados bajo un árbol o sobre la arena, sumidos en un estupor mudo y sin lágrimas. Si el conde hubiese tenido lugar de ser celoso, lo habría estado de la desesperación del joven. Pero cada uno de los circunstantes estaba demasiado preocupado por el peligro de Germana para observar la fisonomía del vecino. Unicamente la señora de Vitré dirigía de cuando en cuando una mirada de ansiedad a su hijo, e inmediatamente corría a la cama de Germana, como si un instinto secreto le dijese que de ella dependía la salvación de Gastón. La viuda de Villanera ofrecía un aspecto terrorífico. Aquella mujer alta, negra, sucia y despeinada, no lloraba más que su hijo, pero en sus grandes y azorados ojos se leía un poema de dolor. No hablaba con nadie, no veía a nadie y dejaba que sus huéspedes se hiciesen ellos mismos los honores de la casa. Todo su ser estaba consagrado a la salvación de Germana; toda su alma luchaba contra el peligro presente con una voluntad de hierro. Jamás el genio del bien había adoptado un aspecto más feroz y más terrible. Se leía en su rostro una abnegación furiosa, una amistad exasperada, una ternura irascible. No era ni una mujer ni una enfermera, sino un demonio femenino que disputaba su presa a la muerte. En cambio el bueno de Mateo Mantoux tomaba dulcemente el sol. Como todos los señores se disputaban los quehaceres de los criados, el antiguo cerrajero se adjudicaba los ocios de un señor. Se informaba todas las mañanas de la salud de Germana, únicamente por saber si entraría en posesión muy pronto de sus 1.200 francos de renta. Atribuía la muerte de su ama al vaso de agua azucarada que le había preparado tan pacientemente todas las noches, y pensaba frotándose las manos que todo llega para el que sabe esperar. A mediodía hacía un segundo almuerzo, y para digerir bien, a estilo de propietario, se paseaba una o dos horas alrededor de la finca a la que había echado el ojo. Notaba que los setos estaban mal cuidados y se prometía reforzarlos, para que no pudiesen entrar los ladrones. El 6 de septiembre, hasta el señor Delviniotis había perdido toda esperanza. Mateo Mantoux lo supo y se apresuró a escribir «a la señorita -le Tas-, en casa de la señora Chermidy, calle del Circo, París». El mismo día, el señor Le Bris escribía al señor de La Tour de Embleuse: «Señor duque: No me atrevo a llamarle a su lado. Cuando usted reciba esta carta, ya habrá dejado de existir. Cuide y consuele a la señora duquesa.» XI LA VIUDA CHERMIDY La carta de Mantoux y la promesa formal de la muerte de Germana llegaron el 12 de septiembre a poder de la señora Chermidy. La bella arlesiana había perdido ya las esperanzas y la paciencia. Nadie le escribía de Corfú; no sabía noticias de su amante ni de su hijo; el doctor, ocupado en cosas más importantes, ni siquiera le había dado el pésame por la muerte de su marido. Comenzaba a dudar del señor de Villanera y se comparaba a Calipso, a Medea, a la rubia Ariadna y a todas las abandonadas de la fábula. Algunas veces se extrañaba de ver que su despecho se convertía en amor, sorprendiéndose de suspirar sin testigos y con la mejor buena fe del mundo. El recuerdo de tres años pasados con el conde producía en su corazón una sensación mezcla de dolor y de placer. Se reprochaba, entre otras tonterías, el haberle tenido la brida demasiado corta y el haberse hecho tanto de desear; el no haberle saciado de dicha y el no haberle matado de ternura. --Es culpa mía--pensaba--; lo he acostumbrado a privarse de mí. Si yo hubiese sabido apoderarme de él, me habría hecho necesaria para su vida. No hubiera tenido que hacer más que un signo para que abandonase a su mujer, a su madre, a todo, en fin. Se preguntaba frecuentemente si la ausencia no la había perjudicado en el espíritu de don Diego. Meditaba sobre la locución popular: «Ojos que no ven, corazón que no siente». Pensaba en embarcarse para las islas Jónicas, en caer como una bomba en la casa de su amante y en apoderarse de él en una lucha heroica. Le bastaría un cuarto de hora para reanimar el fuego mal extinguido y para reanudar una costumbre que no estaba más que interrumpida. Se veía disputando con la anciana condesa y con Germana; ella sabría anonadarlas con su belleza, con su elocuencia, con su energía. Entonces se apoderaría de su hijo, huiría con él y la sonrisa irresistible del niño arrastraría al padre. --¿Quién sabe--se decía--si una escena bien representada no mataría a la enferma? ¿No se ve a mujeres llenas de salud desmayarse en el teatro? Un buen drama representado por mí, tal vez la haría desmayar para siempre. Un sentimiento más humano, y por lo tanto más verosímil, la hacía lamentar la ausencia de su hijo. Ella lo había llevado en sus entrañas y puesto en el mundo; era su madre, después de todo, y sentía haberse deshecho de él en provecho de otra. El amor materno encuentra alojamiento en todas partes; es un huésped sin prejuicios, que sufre la vecindad de las pasiones más bajas. Vive cómodamente en el corazón más depravado y en el alma más pervertida. La señora Chermidy derramó algunas lágrimas bien sinceras pensando que había alienado la propiedad de su hijo y abdicado del nombre de madre. Era verdaderamente desgraciada. Es únicamente en el teatro donde la desgracia es privilegio de la virtud. No le hubieran faltado distracciones y para ello no tenía más que elegir, pero sabía por experiencia que el placer no consuela de nada. Desde hacía diez años su vida había sido agitada y ruidosa como una fiesta, pero a expensas de la paz del alma. No hay nada más vacío, más inquieto y más miserable que la existencia de una mujer que sólo vive para el placer. La ambición que la había sostenido desde su matrimonio, comenzaba ya a abandonarla; era como la caña hendida que se doblega bajo la mano del viajero. Era bastante rica para no desear el aumento de su fortuna; hay poca diferencia entre un millón de beneficios y quinientos mil francos de renta; algunos caballos más en las caballerizas, algunos lacayos más a la entrada, no añaden casi nada a la felicidad del dueño. Lo que la había halagado durante algún tiempo, era un nombre ilustre que pasear por el mundo. Hasta pensó más de una vez en procurárselo por la vía legítima, y encontró cincuenta para elegir; siempre hay nombres a la venta en París. Pero tenía el derecho a mostrarse exigente: ¡cuando se ha llevado el de Villanera! No se decidió. Mientras tanto, concibió la extravagante idea de dar un sucesor público a don Diego. Quizá cuando viese su tesoro en manos de otro acudiera a reclamarlo. Pero también temía proporcionar con ello armas a sus enemigos; Germana no estaba salvada aún; era jugarse el todo por el todo y se exponía a cerrarse las puertas del matrimonio. Además, por mucho que buscase a su alrededor, no encontraba un hombre que valiese un capricho ni que fuese digno de sustituir por un solo día al señor de Villanera. Los supernumerarios que la hacían la corte en el salón, no supieron nunca cuán cerca habían estado de la dicha. Para ocupar sus ocios, no encontró nada mejor que acabar la ruina moral del anciano duque. Cumplió la tarea que se había impuesto con la atención minuciosa, el cuidado paciente y la perseverancia infatigable de aquella sultana aburrida que, en la ausencia del señor, arranca una a una todas las plumas de un viejo loro. Hubiera preferido, desde luego, vengarse directamente de Germana; pero Germana estaba lejos. Si la duquesa se hubiese encontrado a su alcance, hubiera dado la preferencia a la duquesa. Pero la duquesa no salía de su habitación más que para ir a la iglesia: la señora Chermidy no podía encontrarla allí, porque no iba nunca. Hubiera podido también matar de hambre a la ducal familia; pero la operación requería tiempo. Al volver a tener dinero, el señor de La Tour de Embleuse había levantado de nuevo su crédito. La hermosa enemiga de la familia no tenía más que al duque en su poder; juró hacerle perder la cabeza, y lo consiguió. En los baños rusos, cuando el paciente sale de la abrasadora estufa, cuando su cuerpo se ha acostumbrado gradualmente a un alta temperatura, cuando el calor ha dilatado ampliamente sus poros y su rostro se esponja como una peonía en flor, se le conduce suavemente bajo un grifo de agua fría; una ducha glacial le cae sobre la cabeza y el frío le penetra hasta la medula. La señora Chermidy trató al duque por el mismo procedimiento. «A los rusos les sienta bien, pensaba; al viejo le sentará mal.» Fue víctima de la coquetería más odiosa que haya torturado jamás el corazón de un hombre. La señora Chermidy le persuadió de que le amaba, -le Tas- se lo juró, y si se hubiera contentado con palabras, habría sido el sexagenario más dichoso de París. Se pasaba la vida en la calle del Circo, y sufría un verdadero martirio. Derrochaba todos los días tanta elocuencia y pasión, tantos razonamientos y ruegos, tanta verdadera y falsa lógica como J. J. Rousseau en -La Nueva Eloísa-; todas las noches lo ponían a la puerta con buenas palabras. Juraba no volver más; empleaba una larga noche de insomnio en maldecir al autor de su suplicio, y al día siguiente corría a casa de su verdugo con una impaciencia senil. Toda su inteligencia, toda su voluntad, todos sus vicios se habían absorbido y confundido en aquella pasión única. No era ya ni marido, ni padre, ni hombre, ni caballero; era sencillamente el juguete de la señora Chermidy. La experiencia dio tan buenos resultados, que el pobre hombre, fuese dichoso, fuese desgraciado, había de dejar la vida en ella. Un suplicio prolongado lo mataba lentamente; la gracia que pedía lo hubiera matado de repente. Después de un verano de sufrimientos cotidianos, sus facultades intelectuales habían descendido sensiblemente. Casi no tenía ya memoria; por lo menos olvidaba todo lo que no se refería a su amor. No se interesaba por nada; los asuntos privados y públicos, su casa, su mujer, su hija, todo le era indiferente y extraño. La duquesa le cuidaba como a un niño cuando por casualidad se quedaba a su lado; desgraciadamente no era aún bastante niño para que se le pudiese encerrar en casa. Cuando recibió la carta del doctor Le Bris la releyó dos o tres veces sin comprenderla. Si la duquesa hubiera estado allí, le habría rogado que se la leyese y se la explicase. Pero rompió el sobre cuando ya había salido para dirigirse a toda prisa a la calle del Circo y no quiso desandar lo andado. A fuerza de leerla, adivinó que se trataba de su hija, se encogió de hombros y se dijo sin acortar el paso: --Ese Le Bris es siempre el mismo. Yo no sé qué tiene contra mi hija. La prueba de que no está para morir, es que se encuentra bien. No obstante, reflexionó que el doctor podía muy bien decir verdad. Esta idea le produjo terror. --Sería una gran desgracia para nosotros--decía corriendo con toda la velocidad de sus piernas--. Soy un padre sin consuelo. No hay tiempo que perder. Voy a anunciárselo a Honorina. Ella me comprenderá, porque tiene buen corazón. Ella tendrá piedad de mí, enjugará mis lágrimas, y, quién sabe si... Cuando entró en el salón, sonreía con aire embrutecido. Nunca la señora Chermidy había estado tan bella y tan radiante. Su cara parecía un sol; el triunfo relampagueaba en sus ojos; su sillón parecía un trono, y su voz sonaba como un clarín. Se levantó para recibir al duque; sus pies no tocaban sobre la alfombra y su cabeza, soberbia de alegría, parecía ascender hasta el techo. El viejo se detuvo atontado y jadeante al verla de tal modo transfigurada. Balbució algunas palabras ininteligibles y se dejó caer pesadamente en un sillón. La señora Chermidy fue a sentarse a su lado. --¡Buenos días, señor duque!--exclamó--. Buenos días, y adiós. El duque palideció y repitió estúpidamente: --¿Adiós? --Sí, adiós. ¿No me pregunta usted a dónde voy? --Sí. --Pues bien, esté satisfecho. Voy a Corfú. --A propósito--dijo él--. Creo que mi hija ha muerto. El doctor me lo ha escrito esta mañana. Soy muy desgraciado, Honorina, y debería usted tener piedad de mí. --¡Ah! ¡es usted desgraciado! ¡y la duquesa también es muy desgraciada! ¡Y la vieja Villanera debe de llorar lágrimas negras sobre sus mejillas bronceadas! Pero yo, no; yo río, triunfo, reino; y la enterraré y después me casaré. ¡Ya ha muerto! ¡Al fin ha pagado su deuda! ¡al fin me devuelve todo lo que me había robado! ¡y entraré en posesión de mi amante y de mi hijo! ¿Por qué me mira usted con esos ojos de extrañeza? ¿Es que creía usted que iba a contenerme? Ya he hecho bastante con devorar mi rabia durante ocho meses. Tanto peor para aquellos a quienes mi dicha ofusque; no tienen más que cerrar los ojos. Aquella alegría desenfrenada pareció devolver al anciano una apariencia de razón. Se levantó con energía y dijo a la viuda: --¿Piensa usted en lo que está haciendo? ¡Usted se regocija delante de mí de la muerte de mi hija! --Y en cambio usted--contestó impúdicamente--se ha regocijado de su vida. ¿Quién es el que se tomaba la molestia de traerme sus noticias? ¿Quién es el que venía todos los días a decirme en la cara: está mejor? ¿Quién es el que me obligaba a leer sus cartas y las del médico? Hace casi ocho meses que usted me estaba asesinando con su salud. ¡Qué menos que un cuarto de hora para regalarme con su muerte! --Pero, Honorina, ¡usted es una mujer horrible! --Sé perfectamente lo que soy. Si su hija de usted hubiera vivido, como ha estado a punto de ocurrir, no se habría ocultado de mí. Hubiera paseado todos los días por el Bosque, con don Diego, con mi hijo, ¡y yo les hubiera visto desde mi coche! Hubiera habitado en un palacio, en París, y yo me habría consumido a la puerta. Hubiera puesto en sus tarjetas de visita el nombre de Villanera, que es el mío; me parece, ¡caramba!, que lo he ganado bien. ¿Y no quiere usted que ahora tome mi desquite? --¿Pero es que aun ama al señor de Villanera? --¡Pobre duque! ¿Es que cree usted que de la noche a la mañana se puede olvidar a un hombre como don Diego? ¿Usted cree que se echa un niño al mundo, como el mío, que ha nacido marqués, para hacer un regalo a una tísica? ¿Admite usted que yo haya pedido a Dios durante tres años la muerte de mi marido, yo que no rezo nunca, para no hacer nada de mi libertad? ¿Usted supone que Chermidy se ha hecho matar en Ky-Tcheou para que yo quede viuda a perpetuidad? --¿Así va usted a casarse con el conde de Villanera? --¡Claro! --¿Y yo? --¿Usted, buen hombre? Vaya a consolar a su mujer; por ahí debería haber empezado. --¿Y qué voy a decirle? --Dígale lo que quiera. Adiós; tengo que hacer mis baúles. ¿Tiene usted necesidad de dinero? El duque hizo un gesto de disgusto que advirtió la señora Chermidy. --¿Es que le repugna nuestro dinero? ¡A su gusto! no le daremos más. El anciano salió sin saber lo que se hacía, como un hombre borracho. Erró por las calles hasta la noche. Hacia las diez sintió hambre. Montó en un coche y se hizo conducir al club. Estaba tan cambiado, que el señor de Sanglié casi no lo reconoció. --¿Qué mala hierba ha pisado usted?--le preguntó el barón--. Tiene usted la cara trastornada y parece que va a caerse. Siéntese y hablaremos. --Con mucho gusto--dijo el duque. --¿Cómo va la duquesa? Llego del campo y aun no he tenido tiempo de hacer ninguna visita. --¿Que cómo va la duquesa? --Sí. --Creo que va a llorar. --Está loco--pensó el barón. El duque añadió sin cambiar de tono: --Me figuro que Germana ha muerto y que Honorina se alegra de ello. Encuentro eso horrible y así se lo he dicho a ella misma. --¡Germana! ¡Vamos, pobre amigo mío, piense usted en lo que dice! ¡Germana! ¿Ha muerto la señora de Villanera? --La señora de Villanera es Honorina. Va a casarse con el conde. Tome usted, aquí tengo la carta. Pero, ¿qué piensa usted de la conducta de Honorina? El barón leyó de una ojeada la carta del doctor. --¿Hace mucho que sabe usted eso?--preguntó. --Desde esta mañana, cuando iba a casa de Honorina. --¿Y la duquesa sabe algo? --No, no sé cómo decírselo... Quería preguntárselo a Honorina... --¡Ea! ¡Que se vaya al diablo Honorina! --Es lo que yo digo. Llamaron al barón para el -whist- y respondió, sin levantarse, que estaba ocupado, rogando a un amigo que tomase su puesto. Quería acabar la confesión, pero el duque le interrumpió diciéndole con voz ronca: --Tengo hambre. Aun no he comido hoy. --¿De veras? --Sí; hágame servir un cubierto. También tendrá usted que prestarme dinero, no me queda nada. --¡Cómo! --Sí, sí; yo tenía un millón, pero se lo he dado a Honorina. El duque comió con el apetito voraz de un loco. Después, sus ideas parecieron aclararse. Era un espíritu fatigado más bien que enfermo. Contó al barón la pasión insensata que lo consumía desde hacía seis meses; le explicó cómo se había despojado de todo por la señora Chermidy. El barón era un hombre excelente y quedó tristemente impresionado al oír que aquella casa que había visto levantarse en pocos meses había caído más bajo que nunca. Compadeció sobre todo a la duquesa que debía infaliblemente sucumbir a tantos golpes, y tomó sobre sí la tarea de anunciarle gradualmente la enfermedad y la muerte de Germana, aplicándose a fortificar el debilitado entendimiento del viejo duque. Se tranquilizó sobre las consecuencias de su loca generosidad: era evidente que el señor de Villanera no dejaría en la miseria a su suegro. Al mismo tiempo pudo estudiar, a través de las confesiones y de las reticencias del anciano, el carácter singular de la señora Chermidy. La autoridad de un espíritu sano es muy eficaz sobre un cerebro enfermo. Después de dos horas de conversación, el señor de La Tour de Embleuse desembrolló el caos de sus ideas, lloró la muerte de su hija, temió por la salud de su esposa, lamentó las tonterías que había hecho y estimó a la señora Chermidy en su justo valor. El señor de Sanglié le dejó a la puerta de su casa muy aliviado, ya que no curado. Al día siguiente, temprano, el barón hizo una visita a la duquesa. Detuvo en el umbral al duque que se disponía a salir y le obligó a entrar con él. Durante tres días no le quitó la vista de encima; lo paseó, lo llevó a diversiones y consiguió distraerle del único pensamiento que lo agitaba. El 16 de septiembre lo condujo al hotel de la implacable Honorina y le probó, preguntándolo al conserje, que había partido con -le Tas- para las islas Jónicas. El duque pareció emocionarse menos de lo que se hubiera creído. Vivió apaciblemente encerrado en su casa, tuvo toda clase de atenciones para con su esposa y le demostró, con una delicadeza extrema, que Germana nunca había estado curada y que debía esperarse lo peor. Se interesó en los menores detalles domésticos, reconoció la necesidad de hacer algunas compras, pidió 2.000 francos a su amigo Sanglié, guardó el dinero, y el 20 de septiembre por la mañana partió para Corfú sin haberse despedido de nadie. XII LA GUERRA El día 8 de septiembre, Germana, que había sido condenada sin apelación por la ciencia, equivocó a los médicos y a sus amigos, y empezó a convalecer. La fiebre que la devoraba remitió en pocas horas como esas grandes tormentas de los trópicos que arrancan de raíz los árboles, derriban las casas, conmueven las montañas, y un rayo de sol detiene en medio de su carrera. Esta feliz revolución se operó tan bruscamente, que el señor Gómez y la condesa no daban crédito a la realidad. Aunque el hombre se habitúa antes a la dicha que al dolor, sus corazones permanecieron varios días en suspenso. Temían ser víctimas de una ilusión; no se atrevían a felicitarse de un milagro tan poco esperado, y se preguntaban si esa apariencia de curación no era el supremo esfuerzo de un ser que se aferra a la vida, el postrer relámpago de una lámpara que se apaga. Pero el doctor Le Bris y el señor Delviniotis comprobaron por señales inequívocas que los males de aquel pobre cuerpo habían terminado. La inflamación reparó en ocho días todos los destrozos de una larga enfermedad; la crisis había salvado a Germana; el terremoto había vuelto a poner la casa sobre su base. A la joven le parecía naturalísimo vivir y haber curado. Gracias al delirio producido por la fiebre, pasó junto a la muerte sin darse cuenta, y la violencia del mal le había quitado la conciencia del peligro. Despertó como un niño sobre el brocal de un pozo, sin medir la profundidad del abismo. Cuando le dijeron que había estado a punto de morir y que sus amigos desconfiaban de salvarla, quedó muy sorprendida. No sabía de cuán lejos regresaba. Y al prometerle que viviría mucho tiempo y que ya no sufriría, miró con ternura al crucifijo de marfil que tenía sobre la cabecera de su cama y dijo con una alegría dulce y confiada: --El Señor me debía eso; ya he pasado el purgatorio. En poco tiempo recobró las fuerzas, y no tardó en florecer la juventud en sus mejillas. Se habría dicho que la Naturaleza se apresuraba en adornarla para la dicha. Entró en posesión de la vida con la alegría impetuosa de un pretendiente que de un salto se encarama sobre el trono de sus padres. Habría querido estar en un mismo momento en todos lados, gozar a un mismo tiempo de todos los placeres que le habían sido devueltos, del movimiento y del reposo, de la soledad y de la compañía, de la claridad deslumbradora de los días y del suave resplandor de las noches. Sus manecitas se aferraban con delicia a todo cuanto la rodeaba. Abrumaba con sus caricias a su marido, a su suegra, al niño, a sus amigos. Sentía la necesidad de manifestar su dicha en mil ternuras. A veces lloraba sin motivo. Pero eran lágrimas dulces. El pequeño Gómez con sus besos las enjugaba en el borde de sus ojos, como los pajaritos beben el rocío en el cáliz de una flor. Todo es causa de placer para los convalecientes. Las funciones más indiferentes de la vida constituyen una fuente de delicias inefables para el que ha visto próxima la muerte. Todos sus sentidos vibran al menor contacto del mundo exterior. El calor del sol les parece más dulce que un manto de armiño; la luz alegra sus ojos como una caricia, el perfume de las flores le embriaga, los rumores de la Naturaleza llegan a su oído como una suave melodía, y el pan le parece bueno. Los que habían compartido los sufrimientos de Germana, se sentían renacer con ella. Su convalecencia restableció prontamente a todos los que estuvieron asociados a sus dolores. A su alrededor ya no hubo señales de preocupación, y la alegría hizo palpitar a todos los corazones al unísono. Quedaron olvidadas todas las fatigas y todas las angustias; la dicha reinó en el hogar; el primer día bueno borró de todos los rostros la huella de las vigilias y de las lágrimas. Los huéspedes de la villa Dandolo no pensaban en regresar a sus casas. Unidos por la felicidad, como lo habían estado por la inquietud, se agrupaban alrededor de Germana, como una familia bien avenida alrededor de un niño mimado. El día en que le escribieron a la duquesa de La Tour de Embleuse, para comunicarle la salvación de su hija, cada uno quiso ponerle algo en la carta a la venturosa madre, y la pluma fue pasando de mano en mano. Esta carta llegó a París el 22 de septiembre, dos días después del eclipse del anciano duque. La señora Chermidy y su inseparable -le Tas- desembarcaron el 24 por la noche en la ciudad de Corfú. La viuda del comandante había hecho las maletas a toda prisa. Apenas si tomó el tiempo preciso para reunir cien mil francos para el salario de Mantoux y gastos imprevistos. -Le Tas- le aconsejó que aguardase en París noticias más positivas; pero se cree con tanto gusto lo que se desea, que la señora Chermidy ya daba a Germana por enterrada. De Trieste a Corfú hizo el viaje en el puente con los gemelos siempre en la mano, para ser la primera en anunciar la tierra. Hubiera querido detener a todos los barcos que pasaban a la vista, para preguntarles si no llevaban carta para ella. Se informó si llegarían por la mañana, pues no se sentía con fuerzas para pasar una noche más en la espera y tenía el propósito de dirigirse inmediatamente a la villa Dandolo. Su impaciencia se revelaba hasta el punto de que los pasajeros de primera la designaban con el nombre de la -heredera-, y en voz baja se decía que iba a Corfú a incautarse de una herencia cuantiosa. Hizo bastante mala mar durante dos días, y todo el pasaje se mareó a excepción de la heredera de Germana, que no tenía tiempo para notar los vaivenes del barco. Quizás ni aun sus pies tocaban la cubierta del vapor. Tal era su ligereza que volaba en vez de marchar, y cuando por casualidad se dormía soñaba que nadaba en el aire. Cuando el buque fondeó en el puerto era noche cerrada, y ya habían dado las nueve cuando los pasajeros y sus equipajes llegaron a tierra. 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