con precisión el sentimiento que experimentaba por la joven condesa de
Villanera. Esta cambiaba a ojos vistas y aquella belleza renaciente
podía derribar en un instante la frágil barrera que separa la amistad
del amor.
Todos estos sentimientos mal definidos y más difíciles de nombrar que de
describir constituían la alegría de la casa y la dicha de Germana.
Encontraba una gran diferencia entre su último invierno de París y su
primer verano de Corfú. La villa y el jardín respiraban alegría,
esperanza y amor. No se oían más que palabras de cordialidad y francas
carcajadas. Los huéspedes rivalizaban en ingenio y en buen humor, y
Germana se sentía renacer al dulce calor de todos aquellos corazones
devotos que latían por ella. Si algunas veces atizaba el fuego por una
inocente coquetería, es porque quería asegurar la conquista de su
marido.
Los recuerdos penosos de su matrimonio se iban poco a poco borrando de
su memoria. Había olvidado la lúgubre ceremonia de Santo Tomás de Aquino
y se consideraba como una prometida que espera el momento de ir a la
iglesia. No pensaba ya en la señora Chermidy y no experimentaba aquel
frío interior que da el temor de una rival. Su marido se le aparecía
como un hombre nuevo; ella se creía también ser una mujer nueva, acabada
de nacer. ¿Acaso escapar a una muerte cierta, no es nacer una segunda
vez? Hacía remontar su nacimiento a la primavera y se decía sonriendo:
«Soy una niña de cuatro meses.» La vieja condesa la confirmaba en
aquella idea tomándola en brazos como a una criatura.
Lo que le hubiera podido llamar a la realidad era la presencia del
marqués. Era difícil olvidar que aquel niño tenía una madre y que
aquella madre podía venir un día u otro a reclamar la dicha que le
habían tomado. Pero Germana se había acostumbrado a mirar al pequeño
Gómez como a su hijo. El amor maternal es de tal modo innato en las
mujeres, que se desarrolla en ellas mucho antes que el matrimonio. Por
eso se ve a niñas de dos años ofrecer el pecho a sus muñecas. El marqués
de los Montes de Hierro era la muñeca de Germana. Se olvidaba de sí
misma para ocuparse de su hijo. Había acabado por encontrarle hermoso,
lo que prueba que tenía un verdadero corazón de madre. Don Diego la
miraba con complacencia cuando estrechaba entre sus brazos a aquel
pequeño gnomo bronceado. Y se regocijaba al observar que la mueca
hereditaria de los Villanera no daba miedo a su mujer.
Todas las noches, a las nueve, los señores y los criados se reunían en
el salón para rezar en común. La vieja condesa se mostraba muy apegada a
esta costumbre religiosa y aristocrática. Ella misma leía las oraciones
en latín. Los domésticos griegos se asociaban devotamente a la plegaria
común, a pesar del cisma que divide a los cristianos de Occidente. Mateo
Mantoux se arrodillaba en un rincón, desde el cual podía ver sin ser
visto, y desde allí trataba de leer en la cara de Germana los estragos
del arsénico.
No había dejado ni sola vez de envenenar el vaso de agua azucarada que
llevaba todas las noches a Germana. Esperaba que el arsénico a pequeñas
dosis aceleraría los progresos de la enfermedad, sin dejar trazas
visibles. Este es un prejuicio extendido entre las clases ignorantes.
Mateo Mantoux, con razón llamado -Poca Suerte,- no podía saber que el
veneno mata de una vez a las gentes, o no les hace nada. Creía que
aquellos miligramos de ácido arsenioso ingeridos diariamente se unían en
el cuerpo hasta formar gramos; y es que no contaba con el trabajo
infatigable de la naturaleza que repara incesantemente todos los
desórdenes interiores. Si hubiese tomado una lección más detallada de
toxicología o se hubiera acordado del ejemplo de Mitrídates, hubiera
comprendido que los envenenamientos microscópicos producen unos efectos
muy distintos de los que él esperaba. Pero Mateo Mantoux no había leído
la historia.
Lo que aun le habría extrañado más es saber que el arsénico a pequeñas
dosis es un remedio contra la tuberculosis. No la cura siempre, pero por
lo menos procura un verdadero alivio al enfermo. Las moléculas del
veneno van a quemarse en los pulmones al contacto del aire exterior y
producen una respiración ficticia. Siempre es algo respirar con más
facilidad, y Germana había podido notarlo. Además, el arsénico rebaja la
fiebre, abre el apetito, facilita el sueño, restablece las carnes y no
perjudica el efecto de los otros medicamentos, ayudándolos algunas
veces.
El señor Le Bris había pensado muchas veces en tratar a Germana por este
método, pero un escrúpulo bien natural le detenía. No estaba seguro de
salvar a la enferma y aquel diablo de arsénico le recordaba a la señora
Chermidy. Mateo Mantoux, médico menos timorato, aceleró los efectos del
yodo y la curación de Germana.
Germana llevaba ya un mes del tratamiento por el yodo. El doctor asistía
todas las mañanas a la inspiración, y muchas veces le acompañaba el
señor Delviniotis. Este tratamiento no es infalible, pero es suave y
fácil. Una corriente de aire caliente disuelve lentamente un centigramo
de yodo y lo hace penetrar en los pulmones sin esfuerzo ni dolor alguno.
El yodo puro no embriaga a los enfermos como la tintura, no provoca la
tos, no produce estomatitis. Su único defecto es dejar en la boca un
ligero sabor a herrumbre, al cual el enfermo no tarda en acostumbrarse.
Los señores Le Bris y Delviniotis acostumbraron suavemente a Germana a
este medicamento nuevo. En su impaciencia por curar hubiera querido
arrancarse su mal a viva fuerza; pero ellos no le permitían más que una
inspiración diaria y aun muy corta: tres minutos, cuatro a lo más. Con
el tiempo aumentaron la dosis y a medida que la curación avanzaba
llegaron a darle hasta dos centigramos diarios.
El estado de la enferma mejoraba con una rapidez increíble, gracias a la
discreta colaboración de Mateo Mantoux. Un desconocido que hubiese
estado por primera vez en la villa Dandolo no habría sospechado que allí
hubiese una tísica. A fines de agosto, Germana estaba fresca como una
rosa y redonda como una fruta. En aquel hermoso jardín donde la
Naturaleza había acumulado todas sus maravillas, el sol no alumbraba
nada más brillante que aquella mujer completamente nueva, por decirlo
así, que salía de la enfermedad como una joya de su estuche. No sólo los
colores de la juventud florecían en su rostro, sino que la salud
metamorfoseaba cada día las formas de su cuerpo. Las dulces oleadas de
una sangre generosa henchían lentamente su piel rosada y transparente;
todos los resortes de la vida, relajados por tres años de dolor,
recobraban su tensión con una alegría visible.
Los testigos de aquella transformación bendecían la ciencia como se
bendice a Dios. Pero el más dichoso de todos era quizás el doctor Le
Bris. La curación de Germana podía parecer a los demás una esperanza;
sólo para él era una certidumbre. Al auscultar a su querida enferma,
comprobaba todos los días la disminución del mal; veía la curación en
sus efectos y en sus causas; medía como con un compás el terreno que
había ganado a la muerte. La auscultación, método admirable que la
ciencia moderna debe al genio de Hipócrates, permite al médico leer en
el cuerpo del enfermo como en un libro abierto. Los resortes invisibles
que se agitan en nosotros producen en su marcha regular un ruido tan
constante como el movimiento de un péndulo. El oído del médico, cuando
está acostumbrado a percibir esa harmonía de la salud, reconoce por
signos ciertos el más pequeño desorden interior. La enfermedad tiene su
lenguaje claro y preciso para el observador inteligente que asiste a los
progresos de la vida o de la muerte. Un sonido mate designa al médico
las partes del pulmón donde el aire ya no penetra; un estertor
particular le indica las cavernas invasoras que caracterizan el último
período de la tuberculosis. El señor Le Bris reconoció bien pronto que
las partes impermeables al aire se circunscribían de día en día; que el
estertor se extinguía poco a poco; que el aire entraba suavemente en las
células vivificadas que envolvían las cavernas cicatrizadas. Había
dibujado, para la vieja condesa, el plano exacto de los estragos que la
enfermedad había hecho en el pecho de la joven. Todas las mañanas
trazaba con lápiz un nuevo contorno que atestiguaba el progreso
cotidiano de la curación. Balzac ha descrito el caso de un individuo, en
su novela -La piel de zapa-, cuya vida, figurada por un cuero que él
corta a medida de sus deseos y necesidades, se va limitando cada día. El
caso de Germana era al revés.
El 31 de agosto, el señor Le Bris, dichoso como un vencedor, dio un
paseo a pie hasta la ciudad. El campo le agradaba, pero no desdeñaba
tampoco una vuelta por la explanada donde le divertían las cornamusas de
los regimientos escoceses. Además, contemplaba el humo de los vapores,
creía aproximarse a París. Le agradaba también comer en compañía de los
oficiales ingleses y curiosear después un rato por las calles
comerciales. Admiraba a los soldados vestidos completamente de blanco,
con sombrero de paja, guantes amarillos y zapatos cuidadosamente
lustrados, a la hora en que aquellos bravos, acompañados de sus
pequeños, iban a comprar sus provisiones. Reposaban los ojos en el
espectáculo de las admirables instalaciones de frutas verdes que los
vendedores procuraban presentar con una limpieza inglesa. El uno frotaba
las ciruelas contra su manga para sacarlas lustre; el otro cepillaba con
un cepillito de sombrero el terciopelo rosado de los melocotones. Era un
pintoresco batiburrillo en el que se veían melones del tamaño de
calabazas, limones gruesos como melones, ciruelas como limones y uvas
como ciruelas. Quizá también el joven doctor miraba con cierta
complacencia a las lindas griegas asomadas a los balcones y rodeadas de
flores. En aquel país de dicha y despreocupación, las burguesitas no se
desdeñan en enviar besos a los extranjeros, como las floristas de
Florencia les arrojan ramos en sus coches. Si su padre las ve, las
abofetea rudamente, en nombre de la moral, y esto da un poco de variedad
al cuadro.
Mientras el doctor pasaba el rato inocentemente, el conde Dandolo, el
capitán Bretignières y los Vitré, comían juntos en casa del señor de
Villanera. Germana tenía buen apetito; pero en cambio el pobre Gastón no
comía más que con los ojos.
A los postres se entabló una conversación muy interesante. El señor
Dandolo describió a grandes rasgos la política inglesa en extremo
Oriente, mostrando a la gran nación establecida en Hong-Kong, en Macao,
en Cantón, en todas partes.
--Nuestros hijos--decía--, verán a los ingleses dueños de la China y del
Japón.
--¡Alto ahí!--interrumpió el capitán Bretignières. ¿Qué dejaríamos
entonces para Francia?
--Todo lo que pida, es decir, nada. Francia es un país desinteresado. Se
pasa la vida haciendo conquistas, pero no guarda nada para sí.
--Entendámonos, señor conde. Francia nunca ha tenido egoísmo. Ha hecho
más por la civilización que ningún otro país de Europa, y nunca ha
pedido recompensa. El Universo entero es nuestro deudor; nosotros le
proveemos de ideas desde hace trescientos o cuatrocientos años, y no nos
ha dado nada en cambio. ¡Cuando pienso que ni siquiera tenemos las islas
Jónicas!
--Ya las han tenido, capitán, y no han querido conservarlas.
--¡Ah! ¡si yo tuviese mis dos piernas!
--¿Qué haría usted, capitán?--preguntó la señora de Villanera.
--¿Qué haría, señora? Mi país no tiene ambición; ya la tendría yo por
él. Yo le daría las islas Jónicas, Malta, las Indias, la China y el
Japón; y no sufriría que se hablase de monarquía universal.
--El señor de Bretignières--dijo Germana--se parece al preceptor aquel
de quien uno de los alumnos robó un higo. Le hizo un sermón sobre la
glotonería y se comió el higo en el calor de la improvisación.
El capitán se detuvo ruborizándose hasta las orejas.
--Creo--dijo--que he ido más lejos que mi pensamiento. ¿Dónde estábamos?
--En todas partes--respondió el conde Dandolo.
--Es justo, puesto que hablamos de Inglaterra. ¿Cree usted que si lo de
Ky-Tcheou hubiese ocurrido a un navío inglés se hubieran conformado sus
oficiales con bombardear la ciudad? ¡No son tan tontos! Inglaterra
habría conseguido un buen tratado de comercio, cien millones en metálico
y cincuenta leguas de territorio.
--¿Lo cree usted?--preguntó el señor Dandolo.
--Estoy seguro.
--Pues bien, ¿para qué discutir más? Soy de igual opinión.
--¿Qué es esa historia de Ky-Tcheou?--preguntó Germana.
--¿No ha leído usted eso, señora?
--Nosotros no vemos ningún periódico aquí, a excepción de usted, querido
conde.
--Pues bien, lo de Ky-Tcheou es un asunto de importancia. Los chinos han
asesinado a dos misioneros y a un comandante francés; los franceses han
arrasado la ciudad, tan completamente, que su nombre no figura ya en el
mapa; las gentes se preguntan en qué quedará eso; yo creo que en nada.
El conde, que hasta entonces había permanecido silencioso, preguntó al
señor Dandolo:
--¿Es reciente la historia de que usted habla?
--De ahora mismo. Ha llegado en el último correo. ¿No ha oído hablar
usted de la -Náyade-? ¿No ha leído la muerte del comandante Chermidy?
El conde de Villanera palideció; Germana le miró fijamente para
sorprender en él un síntoma de alegría; la vieja condesa se levantó de
la mesa y el señor Dandolo pasó al salón sin haber contado la historia
de Ky-Tcheou.
Germana aprovechó el momento en que se servía el café para arrastrar al
señor de Villanera hasta el jardín. El sol se había puesto dos horas
antes y la noche era calurosa como un día de verano. Los dos esposos se
sentaron juntos en un banco rústico a orillas del mar. La luna no había
aparecido aún en el horizonte, pero las estrellas fugaces cruzaban el
cielo en todas direcciones, y las olas iluminaban la playa con sus
fosforescencias.
Don Diego aun estaba aturdido por la noticia que acababa de oír. Había
recibido una sacudida violenta; pero la impresión había sido tan
repentina que aun no podía darse cuenta exacta de si era de placer o de
pena. Se parecía al hombre que se ha caído de un tejado y se palpa para
saber si está muerto o vivo. Mil reflexiones rápidas atravesaban
confusamente su espíritu, como las antorchas que cruzan un campo sin
disipar las tinieblas. Germana no estaba más tranquila que él. Presentía
que su vida iba a decidirse en una hora y que su médico no era ya el
señor Le Bris, sino el señor de Villanera. No obstante, los dos jóvenes,
conmovidos hasta el fondo del alma por una emoción violenta,
permanecieron algunos instantes sentados el uno al lado del otro en el
más profundo silencio. Un pescador que pasaba cerca de la orilla les
tomó seguramente por dos amantes dichosos, absortos en la contemplación
de su felicidad.
Germana fue la primera en hablar. Se volvió hacia su marido, le cogió
las dos manos y le dijo con voz ahogada:
--Don Diego, ¿lo sabía usted?
--No, Germana. Si lo hubiera sabido se lo habría dicho. No tengo
secretos para usted.
--¿Y qué impresión le ha producido a usted la noticia? ¿De disgusto o de
alegría?
--No sé qué responder y me pone usted en un verdadero compromiso. Déjeme
tiempo para que pueda darme cuenta de lo que me pasa. Ese acontecimiento
no puede alegrarme, ya lo sabe usted. Pero si yo le dijese que me sabe
mal creería usted que yo había tomado mis medidas para esa fatal
eventualidad. ¿No es eso lo que usted piensa?
--Yo no estoy segura de lo que pienso, don Diego. Mi corazón late tan
fuerte, que me sería difícil oír otra cosa. La única idea que se me
presenta clara es la de que esa mujer es libre. Si le había prometido
quedarse viuda, ha cumplido su palabra antes que usted. Ha sido la
primera en llegar a la cita que le ha dado usted, y yo temo...
--¿Qué teme usted?
--Ser un obstáculo, puesto que mi vida le separa de la dicha y que mi
salud le hace perder toda esperanza.
--Su vida y su salud, Germana, son presentes de Dios. Es un milagro del
Cielo el que la ha conservado a usted, y ahora que ya conozco a usted
bendigo desde el fondo de mi corazón los decretos de la Providencia.
--Le doy las gracias, don Diego, y le reconozco a usted en ese lenguaje
noble y religioso. Es usted demasiado buen cristiano para rebelarse
contra un milagro. Pero, ¿no siente usted ningún disgusto? Hábleme usted
con entera franqueza porque ya estoy lo suficientemente fuerte para
oírlo todo.
--Lo único que siento es no haber dado a usted mi primer amor.
--¡Qué bueno es usted! Esa mujer no ha sido jamás digna de usted. Yo no
la he visto nunca, pero instintivamente la detesto, la desprecio.
--No hay necesidad de despreciarla, Germana. Yo ya no la amo porque mi
corazón está lleno de usted y no queda en él sitio para otra; pero no
tiene usted razón al despreciarla, se lo juro.
--¿Por qué quiere usted que sea yo más indulgente que el resto del
mundo? Ella ha faltado a todos sus deberes engañando a un hombre honrado
que le había dado su nombre. ¿Cómo una mujer puede hacer traición a su
marido?
--Es culpable a los ojos del mundo, pero yo no puedo censurarla porque
me amaba.
--¿Y quién no amaría a usted, amigo mío? ¡Es usted tan bueno, tan
grande, tan noble, tan hermoso! No, no haga usted gestos de protesta. Yo
no tengo peor gusto que las otras y sé bien lo que digo. Usted no se
parece al señor Le Bris, ni a Gastón de Vitré, ni a Spiro Dandolo ni a
ninguno de esos que tienen éxito con las mujeres; y no obstante, fue al
verle a usted la primera vez cuando comprendí que el hombre era la más
bella criatura de Dios.
--¿Me ama usted, pues, un poco, Germana?
--Hace ya mucho tiempo. Desde el día que entró usted en el palacio
Sanglié. Y, sin embargo, no era para nada bueno para lo que iba usted a
mi casa. Cuando el doctor propuso el negocio a mis padres, yo creí que
iba a casarme con un mal hombre. Yo me prometía sufrirle con paciencia y
abandonarle sin pesar. Pero cuando le encontré en el salón, quedé
avergonzada y lamenté que un cálculo tan vil hubiese nacido en una
cabeza tan noble y tan inteligente. Entonces comencé a tratarle con
despego; ¿sabe usted por qué? Me hubiera muerto de vergüenza si hubiera
adivinado usted que yo le amaba. Esto no entraba en nuestros tratos.
Durante todo el viaje no pensé más que en darle disgustos. ¿Cree usted
que me hubiera conducido con tanta ingratitud de serme usted
indiferente? Pero yo estaba furiosa al ver que si me trataba usted tan
bien era por descargo de su conciencia. Después, sin quererlo, pensaba
en la otra que le esperaba en París. Además temía adquirir una dulce
costumbre de dicha y de amor que la muerte vendría a romper. Y por
último ¡estaba tan enferma y sufría tan cruelmente! El día en que lloró
usted asomado a la ventanilla, yo lo vi y estuve a punto de pedirle
perdón y de saltarle al cuello, pero el orgullo me contuvo. Yo
pertenezco a una raza ilustre, amigo mío, y soy la única en mi familia
que se haya vendido por dinero. El día que fuimos a Pompeya, estuve a
punto de descubrirme. ¿Se acuerda usted? Yo no he olvidado nada, ni sus
dulces palabras, ni mis extravagancias, ni sus cuidados tan tiernos y
tan pacientes, ni todo el mal que le hice. Yo le he dado un cáliz bien
amargo y usted lo ha apurado hasta las heces. Verdad es que yo no era
tampoco más feliz. Yo no estaba segura de usted, temía equivocarme sobre
el sentido de sus bondades y de interpretar por señales de amor lo que
era piedad. Lo único que me tranquilizaba un poco era el placer que
manifestaba usted en quedarse a mi lado. Cuando usted paseaba por el
jardín, yo, desde mi diván, le seguía con el rabillo del ojo y muchas
veces fingía dormir para que usted se acercase a mí con más libertad. No
tenía necesidad de abrir los ojos para saber que usted estaba allí; le
veía a través de las pestañas. Y en cualquier lugar que usted esté yo le
adivino y sería capaz de encontrarle con los ojos cerrados. Cuando usted
está a mi lado, mi corazón se dilata y se hincha de tal modo, que no me
cabe en el pecho. Cuando usted habla, su voz me entra a borbotones por
los oídos y me embriago oyéndole. Cada vez que mi mano toca la de usted,
un estremecimiento me recorre todo el cuerpo y experimento una sensación
tan dulcemente extraña que me conmueve hasta la raíz del cabello. Cuando
usted se aleja por un instante, cuando no puedo verle ni oírle, se hace
un gran vacío a mi alrededor y siento que hasta la tierra me falta bajo
los pies. Ahora, don Diego, dígame si le amo, porque usted tiene más
experiencia que yo y no se puede equivocar. Yo no soy más que una pobre
ignorante, pero usted debe recordar si es así como le amaban en París.
Esta confesión ingenua descendía como un rocío matinal sobre el corazón
de don Diego. Y se sintió tan deliciosamente refrescado que olvidó no
sólo los cuidados presentes, sino hasta los placeres pasados. Una luz
nueva iluminó su espíritu; comparó de una sola ojeada sus antiguos
amores, agitados y cenagosos como un charco, con la dulce limpidez de la
felicidad legítima. Es la historia de todos los maridos jóvenes.
El día en que descansan la cabeza sobre la almohada conyugal, advierten
con una dulce sorpresa que nunca habían dormido tan bien.
El conde besó tiernamente las dos manos de Germana y le dijo:
--Sí, tú me amas, y nadie me ha amado nunca como tú. Tú me has hecho ver
un mundo nuevo, lleno de delicias honestas y de placeres sin
remordimientos. Yo no sé si te he salvado la vida, pero tú me has pagado
con creces la deuda abriendo mis ojos ciegos a la santa luz del amor.
Amémonos, Germana, tanto como nuestro corazón sea capaz. Dios que nos ha
unido por el matrimonio, se alegrará de haber hecho dos dichosos más.
Olvidemos al mundo entero para ser el uno del otro; cerremos los oídos a
todos los ruidos del mundo, tanto si vienen de la China como de París.
Este es el paraíso terrestre; vivamos para nosotros solos bendiciendo la
mano que nos ha colocado en él.
--Vivamos para nosotros--dijo la joven--y para los que nos aman. Yo no
sería dichosa si no tuviese con nosotros a nuestra madre y a nuestro
hijo. Les he amado tiernamente desde el primer día. ¡Y cómo se le
parecen los dos, amigo mío! Cuando el pequeño Gómez viene a jugar al
jardín me parece que veo su sonrisa de usted en su carita. Estoy muy
contenta de haberlo adoptado. Esa mujer no me lo robará jamás, ¿no es
verdad? La ley me lo ha dado para siempre; es mi heredero, ¡mi único
hijo!
--No, Germana--respondió el conde--, es tu hijo mayor.
Germana tendió los brazos a su marido, se los anudó alrededor del
cuello, le atrajo hacia sí y colocó dulcemente su boca sobre sus labios.
Pero la emoción de este primer beso fue más fuerte que la pobre
convaleciente. Sus ojos se velaron y todo su cuerpo desfalleció. Cuando
se sintió algo más repuesta se dirigió a la casa del brazo de su marido.
Apoyaba en él todo el peso de su cuerpo y marchaba casi suspendida, como
un niño que da sus primeros pasos.
--Ya lo ve usted--le dijo--, estoy aún bastante débil a pesar de las
apariencias. Me creía fuerte y he aquí que una apariencia de dicha ha
bastado para derribarme. No me diga usted esas cosas tan bonitas, no me
haga demasiado dichosa; cuídeme hasta que esté fuera de peligro. ¡Sería
muy triste morir cuando comienza una vida tan hermosa! Ahora, voy a
apresurar mi curación y a cuidarme con todas mis fuerzas. Vuelva usted
al salón; yo voy corriendo a ocultarme en mi habitación. Hasta mañana,
amigo mío; ¡le amo!
Ella subió a su dormitorio y se arrojó sobre la cama, tan confusa como
emocionada. Un punto luminoso que brillaba en un ángulo de la estancia
atrajo su atención. La llama de la lámpara se reflejaba en un pequeño
globo del yodómetro. Desde lo más profundo de su corazón bendijo aquel
aparato bienhechor que le había devuelto la vida y le había de devolver
las fuerzas en algunos días. Entonces se le ocurrió la idea de apresurar
su curación ingiriendo una buena cantidad de yodo sin permiso del
doctor. Preparó el aparato, lo aproximó a su cama y bebió ávidamente el
vapor violáceo, con alegría; no experimentaba disgusto ni fatigas;
aquello era la vida que entraba a borbotones en su cuerpo. Se sentía
orgullosa de poder probar al médico que era demasiado prudente; se
complacía en una locura heroica y arriesgaba su vida por el amor a don
Diego.
No se supo qué cantidad de yodo había aspirado, ni cuánto tiempo había
prolongado aquella fatal imprudencia. Cuando la anciana condesa abandonó
el salón para ir a ver a la enferma, se encontró con el aparato roto y
derribado por el suelo y a Germana con una fiebre violenta. Se la
atendió como se pudo hasta el regreso del doctor Le Bris, que llegó a
caballo, a media noche. Todos los convidados pernoctaron en la villa
para saber con más prontitud las noticias. El doctor estaba espantado
ante la agitación de Germana. No sabía si atribuirla al uso inmoderado
del yodo o a alguna emoción peligrosa. La señora de Villanera acusaba
secretamente al conde Dandolo; don Diego se acusaba a sí mismo.
Al día siguiente, Le Bris reconoció una inflamación en los pulmones que
podía producir la muerte, y llamó al doctor Delviniotis y a dos de sus
colegas. Los médicos diferían sobre la causa del mal, pero ninguno se
atrevió a responder de la curación. El señor Le Bris había perdido la
cabeza como un capitán de barco que encuentra un banco de rocas a la
entrada del puerto. El señor Delviniotis, más tranquilo, aunque no
había podido menos que llorar, abrigaba tímidamente un resto de
esperanza.
--Quizá--dijo--nos encontramos ante una inflamación adhesiva que cerrará
las cavernas y reparará todos los desórdenes causados por la enfermedad.
El pobre doctor escuchaba esta opinión meneando tristemente la cabeza.
Es como si a un arquitecto se le dijese: «La casa construida por usted
está mal cimentada, pero puede sobrevenir un terremoto y devolverle su
equilibrio.» Todos estaban conformes en que la enferma entraba en una
crisis, pero nadie, ni el propio señor Delviniotis, se atrevía a
asegurar que no se terminase por la muerte.
Germana deliraba. No reconocía a nadie. En todos los hombres que se le
acercaban creía reconocer a don Diego; en todas las mujeres a la señora
Chermidy. Sus discursos confusos eran una mezcla de frases de cariño y
de imprecaciones. A cada momento preguntaba por su hijo. Le presentaban
al pequeño marqués y lo rechazaba con disgusto diciendo: «No es éste.
Traedme a mi hijo mayor, al hijo de esa mujer. Estoy segura de que me lo
ha robado.» El niño comprendía vagamente el peligro de su mamaíta, aun
cuando no tuviese ninguna noción de la muerte. Veía llorar a todo el
mundo y él también lloraba lanzando grandes gritos.
Se vio entonces cuán querida era la joven por todos los que le rodeaban.
Durante ocho días los amigos de la familia acamparon en la casa,
durmiendo donde podían, comiendo lo que encontraban y ocupándose
exclusivamente de la enferma. Los dos médicos estaban encadenados a la
cabecera de Germana. El capitán Bretignières no podía estarse quieto un
momento; daba agitados paseos por la casa y el jardín; por todas partes
no se oía más que el paso ruidoso de su pierna de madera. El señor
Stevens abandonó sus asuntos, su tribunal y sus costumbres. La señora de
Vitré se convirtió en enfermera a las órdenes de la condesa. Los dos
Dandolo corrían mañana y noche a la ciudad en busca de médicos que no
sabían qué decir y de medicamentos que no hacían nada. Los vecinos de
los alrededores estaban ansiosos; las noticias de Germana se cotizaban a
todas horas en los pequeños castillos de la vecindad. De todos lados
afluían los remedios caseros, las panaceas secretas que se transmiten de
padres a hijos.
Don Diego y Gastón de Vitré se asemejaban en su dolor. Se hubiera dicho
que eran dos hermanos de la moribunda. El uno y el otro vivían apartados
de los demás y se pasaban el día sentados bajo un árbol o sobre la
arena, sumidos en un estupor mudo y sin lágrimas. Si el conde hubiese
tenido lugar de ser celoso, lo habría estado de la desesperación del
joven. Pero cada uno de los circunstantes estaba demasiado preocupado
por el peligro de Germana para observar la fisonomía del vecino.
Unicamente la señora de Vitré dirigía de cuando en cuando una mirada de
ansiedad a su hijo, e inmediatamente corría a la cama de Germana, como
si un instinto secreto le dijese que de ella dependía la salvación de
Gastón.
La viuda de Villanera ofrecía un aspecto terrorífico. Aquella mujer
alta, negra, sucia y despeinada, no lloraba más que su hijo, pero en sus
grandes y azorados ojos se leía un poema de dolor. No hablaba con nadie,
no veía a nadie y dejaba que sus huéspedes se hiciesen ellos mismos los
honores de la casa. Todo su ser estaba consagrado a la salvación de
Germana; toda su alma luchaba contra el peligro presente con una
voluntad de hierro. Jamás el genio del bien había adoptado un aspecto
más feroz y más terrible. Se leía en su rostro una abnegación furiosa,
una amistad exasperada, una ternura irascible. No era ni una mujer ni
una enfermera, sino un demonio femenino que disputaba su presa a la
muerte.
En cambio el bueno de Mateo Mantoux tomaba dulcemente el sol. Como todos
los señores se disputaban los quehaceres de los criados, el antiguo
cerrajero se adjudicaba los ocios de un señor. Se informaba todas las
mañanas de la salud de Germana, únicamente por saber si entraría en
posesión muy pronto de sus 1.200 francos de renta. Atribuía la muerte de
su ama al vaso de agua azucarada que le había preparado tan
pacientemente todas las noches, y pensaba frotándose las manos que todo
llega para el que sabe esperar. A mediodía hacía un segundo almuerzo, y
para digerir bien, a estilo de propietario, se paseaba una o dos horas
alrededor de la finca a la que había echado el ojo. Notaba que los setos
estaban mal cuidados y se prometía reforzarlos, para que no pudiesen
entrar los ladrones.
El 6 de septiembre, hasta el señor Delviniotis había perdido toda
esperanza. Mateo Mantoux lo supo y se apresuró a escribir «a la señorita
-le Tas-, en casa de la señora Chermidy, calle del Circo, París».
El mismo día, el señor Le Bris escribía al señor de La Tour de Embleuse:
«Señor duque: No me atrevo a llamarle a su lado. Cuando usted
reciba esta carta, ya habrá dejado de existir. Cuide y consuele a
la señora duquesa.»
XI
LA VIUDA CHERMIDY
La carta de Mantoux y la promesa formal de la muerte de Germana llegaron
el 12 de septiembre a poder de la señora Chermidy.
La bella arlesiana había perdido ya las esperanzas y la paciencia. Nadie
le escribía de Corfú; no sabía noticias de su amante ni de su hijo; el
doctor, ocupado en cosas más importantes, ni siquiera le había dado el
pésame por la muerte de su marido. Comenzaba a dudar del señor de
Villanera y se comparaba a Calipso, a Medea, a la rubia Ariadna y a
todas las abandonadas de la fábula. Algunas veces se extrañaba de ver
que su despecho se convertía en amor, sorprendiéndose de suspirar sin
testigos y con la mejor buena fe del mundo. El recuerdo de tres años
pasados con el conde producía en su corazón una sensación mezcla de
dolor y de placer. Se reprochaba, entre otras tonterías, el haberle
tenido la brida demasiado corta y el haberse hecho tanto de desear; el
no haberle saciado de dicha y el no haberle matado de ternura.
--Es culpa mía--pensaba--; lo he acostumbrado a privarse de mí. Si yo
hubiese sabido apoderarme de él, me habría hecho necesaria para su vida.
No hubiera tenido que hacer más que un signo para que abandonase a su
mujer, a su madre, a todo, en fin.
Se preguntaba frecuentemente si la ausencia no la había perjudicado en
el espíritu de don Diego. Meditaba sobre la locución popular: «Ojos que
no ven, corazón que no siente». Pensaba en embarcarse para las islas
Jónicas, en caer como una bomba en la casa de su amante y en apoderarse
de él en una lucha heroica. Le bastaría un cuarto de hora para reanimar
el fuego mal extinguido y para reanudar una costumbre que no estaba más
que interrumpida. Se veía disputando con la anciana condesa y con
Germana; ella sabría anonadarlas con su belleza, con su elocuencia, con
su energía. Entonces se apoderaría de su hijo, huiría con él y la
sonrisa irresistible del niño arrastraría al padre.
--¿Quién sabe--se decía--si una escena bien representada no mataría a la
enferma? ¿No se ve a mujeres llenas de salud desmayarse en el teatro?
Un buen drama representado por mí, tal vez la haría desmayar para
siempre.
Un sentimiento más humano, y por lo tanto más verosímil, la hacía
lamentar la ausencia de su hijo. Ella lo había llevado en sus entrañas y
puesto en el mundo; era su madre, después de todo, y sentía haberse
deshecho de él en provecho de otra. El amor materno encuentra
alojamiento en todas partes; es un huésped sin prejuicios, que sufre la
vecindad de las pasiones más bajas. Vive cómodamente en el corazón más
depravado y en el alma más pervertida. La señora Chermidy derramó
algunas lágrimas bien sinceras pensando que había alienado la propiedad
de su hijo y abdicado del nombre de madre.
Era verdaderamente desgraciada. Es únicamente en el teatro donde la
desgracia es privilegio de la virtud. No le hubieran faltado
distracciones y para ello no tenía más que elegir, pero sabía por
experiencia que el placer no consuela de nada. Desde hacía diez años su
vida había sido agitada y ruidosa como una fiesta, pero a expensas de la
paz del alma. No hay nada más vacío, más inquieto y más miserable que la
existencia de una mujer que sólo vive para el placer. La ambición que la
había sostenido desde su matrimonio, comenzaba ya a abandonarla; era
como la caña hendida que se doblega bajo la mano del viajero. Era
bastante rica para no desear el aumento de su fortuna; hay poca
diferencia entre un millón de beneficios y quinientos mil francos de
renta; algunos caballos más en las caballerizas, algunos lacayos más a
la entrada, no añaden casi nada a la felicidad del dueño. Lo que la
había halagado durante algún tiempo, era un nombre ilustre que pasear
por el mundo. Hasta pensó más de una vez en procurárselo por la vía
legítima, y encontró cincuenta para elegir; siempre hay nombres a la
venta en París. Pero tenía el derecho a mostrarse exigente: ¡cuando se
ha llevado el de Villanera! No se decidió.
Mientras tanto, concibió la extravagante idea de dar un sucesor público
a don Diego. Quizá cuando viese su tesoro en manos de otro acudiera a
reclamarlo. Pero también temía proporcionar con ello armas a sus
enemigos; Germana no estaba salvada aún; era jugarse el todo por el todo
y se exponía a cerrarse las puertas del matrimonio. Además, por mucho
que buscase a su alrededor, no encontraba un hombre que valiese un
capricho ni que fuese digno de sustituir por un solo día al señor de
Villanera. Los supernumerarios que la hacían la corte en el salón, no
supieron nunca cuán cerca habían estado de la dicha.
Para ocupar sus ocios, no encontró nada mejor que acabar la ruina moral
del anciano duque. Cumplió la tarea que se había impuesto con la
atención minuciosa, el cuidado paciente y la perseverancia infatigable
de aquella sultana aburrida que, en la ausencia del señor, arranca una a
una todas las plumas de un viejo loro.
Hubiera preferido, desde luego, vengarse directamente de Germana; pero
Germana estaba lejos. Si la duquesa se hubiese encontrado a su alcance,
hubiera dado la preferencia a la duquesa. Pero la duquesa no salía de su
habitación más que para ir a la iglesia: la señora Chermidy no podía
encontrarla allí, porque no iba nunca. Hubiera podido también matar de
hambre a la ducal familia; pero la operación requería tiempo. Al volver
a tener dinero, el señor de La Tour de Embleuse había levantado de nuevo
su crédito. La hermosa enemiga de la familia no tenía más que al duque
en su poder; juró hacerle perder la cabeza, y lo consiguió.
En los baños rusos, cuando el paciente sale de la abrasadora estufa,
cuando su cuerpo se ha acostumbrado gradualmente a un alta temperatura,
cuando el calor ha dilatado ampliamente sus poros y su rostro se esponja
como una peonía en flor, se le conduce suavemente bajo un grifo de agua
fría; una ducha glacial le cae sobre la cabeza y el frío le penetra
hasta la medula. La señora Chermidy trató al duque por el mismo
procedimiento. «A los rusos les sienta bien, pensaba; al viejo le
sentará mal.» Fue víctima de la coquetería más odiosa que haya torturado
jamás el corazón de un hombre. La señora Chermidy le persuadió de que le
amaba, -le Tas- se lo juró, y si se hubiera contentado con palabras,
habría sido el sexagenario más dichoso de París. Se pasaba la vida en la
calle del Circo, y sufría un verdadero martirio. Derrochaba todos los
días tanta elocuencia y pasión, tantos razonamientos y ruegos, tanta
verdadera y falsa lógica como J. J. Rousseau en -La Nueva Eloísa-; todas
las noches lo ponían a la puerta con buenas palabras. Juraba no volver
más; empleaba una larga noche de insomnio en maldecir al autor de su
suplicio, y al día siguiente corría a casa de su verdugo con una
impaciencia senil. Toda su inteligencia, toda su voluntad, todos sus
vicios se habían absorbido y confundido en aquella pasión única. No era
ya ni marido, ni padre, ni hombre, ni caballero; era sencillamente el
juguete de la señora Chermidy.
La experiencia dio tan buenos resultados, que el pobre hombre, fuese
dichoso, fuese desgraciado, había de dejar la vida en ella. Un suplicio
prolongado lo mataba lentamente; la gracia que pedía lo hubiera matado
de repente.
Después de un verano de sufrimientos cotidianos, sus facultades
intelectuales habían descendido sensiblemente. Casi no tenía ya memoria;
por lo menos olvidaba todo lo que no se refería a su amor. No se
interesaba por nada; los asuntos privados y públicos, su casa, su mujer,
su hija, todo le era indiferente y extraño. La duquesa le cuidaba como a
un niño cuando por casualidad se quedaba a su lado; desgraciadamente no
era aún bastante niño para que se le pudiese encerrar en casa.
Cuando recibió la carta del doctor Le Bris la releyó dos o tres veces
sin comprenderla. Si la duquesa hubiera estado allí, le habría rogado
que se la leyese y se la explicase. Pero rompió el sobre cuando ya había
salido para dirigirse a toda prisa a la calle del Circo y no quiso
desandar lo andado. A fuerza de leerla, adivinó que se trataba de su
hija, se encogió de hombros y se dijo sin acortar el paso:
--Ese Le Bris es siempre el mismo. Yo no sé qué tiene contra mi hija. La
prueba de que no está para morir, es que se encuentra bien.
No obstante, reflexionó que el doctor podía muy bien decir verdad. Esta
idea le produjo terror.
--Sería una gran desgracia para nosotros--decía corriendo con toda la
velocidad de sus piernas--. Soy un padre sin consuelo. No hay tiempo que
perder. Voy a anunciárselo a Honorina. Ella me comprenderá, porque tiene
buen corazón. Ella tendrá piedad de mí, enjugará mis lágrimas, y, quién
sabe si...
Cuando entró en el salón, sonreía con aire embrutecido.
Nunca la señora Chermidy había estado tan bella y tan radiante. Su cara
parecía un sol; el triunfo relampagueaba en sus ojos; su sillón parecía
un trono, y su voz sonaba como un clarín. Se levantó para recibir al
duque; sus pies no tocaban sobre la alfombra y su cabeza, soberbia de
alegría, parecía ascender hasta el techo. El viejo se detuvo atontado y
jadeante al verla de tal modo transfigurada. Balbució algunas palabras
ininteligibles y se dejó caer pesadamente en un sillón.
La señora Chermidy fue a sentarse a su lado.
--¡Buenos días, señor duque!--exclamó--. Buenos días, y adiós.
El duque palideció y repitió estúpidamente:
--¿Adiós?
--Sí, adiós. ¿No me pregunta usted a dónde voy?
--Sí.
--Pues bien, esté satisfecho. Voy a Corfú.
--A propósito--dijo él--. Creo que mi hija ha muerto. El doctor me lo ha
escrito esta mañana. Soy muy desgraciado, Honorina, y debería usted
tener piedad de mí.
--¡Ah! ¡es usted desgraciado! ¡y la duquesa también es muy desgraciada!
¡Y la vieja Villanera debe de llorar lágrimas negras sobre sus mejillas
bronceadas! Pero yo, no; yo río, triunfo, reino; y la enterraré y
después me casaré. ¡Ya ha muerto! ¡Al fin ha pagado su deuda! ¡al fin me
devuelve todo lo que me había robado! ¡y entraré en posesión de mi
amante y de mi hijo! ¿Por qué me mira usted con esos ojos de extrañeza?
¿Es que creía usted que iba a contenerme? Ya he hecho bastante con
devorar mi rabia durante ocho meses. Tanto peor para aquellos a quienes
mi dicha ofusque; no tienen más que cerrar los ojos.
Aquella alegría desenfrenada pareció devolver al anciano una apariencia
de razón. Se levantó con energía y dijo a la viuda:
--¿Piensa usted en lo que está haciendo? ¡Usted se regocija delante de
mí de la muerte de mi hija!
--Y en cambio usted--contestó impúdicamente--se ha regocijado de su
vida. ¿Quién es el que se tomaba la molestia de traerme sus noticias?
¿Quién es el que venía todos los días a decirme en la cara: está mejor?
¿Quién es el que me obligaba a leer sus cartas y las del médico? Hace
casi ocho meses que usted me estaba asesinando con su salud. ¡Qué menos
que un cuarto de hora para regalarme con su muerte!
--Pero, Honorina, ¡usted es una mujer horrible!
--Sé perfectamente lo que soy. Si su hija de usted hubiera vivido, como
ha estado a punto de ocurrir, no se habría ocultado de mí. Hubiera
paseado todos los días por el Bosque, con don Diego, con mi hijo, ¡y yo
les hubiera visto desde mi coche! Hubiera habitado en un palacio, en
París, y yo me habría consumido a la puerta. Hubiera puesto en sus
tarjetas de visita el nombre de Villanera, que es el mío; me parece,
¡caramba!, que lo he ganado bien. ¿Y no quiere usted que ahora tome mi
desquite?
--¿Pero es que aun ama al señor de Villanera?
--¡Pobre duque! ¿Es que cree usted que de la noche a la mañana se puede
olvidar a un hombre como don Diego? ¿Usted cree que se echa un niño al
mundo, como el mío, que ha nacido marqués, para hacer un regalo a una
tísica? ¿Admite usted que yo haya pedido a Dios durante tres años la
muerte de mi marido, yo que no rezo nunca, para no hacer nada de mi
libertad? ¿Usted supone que Chermidy se ha hecho matar en Ky-Tcheou para
que yo quede viuda a perpetuidad?
--¿Así va usted a casarse con el conde de Villanera?
--¡Claro!
--¿Y yo?
--¿Usted, buen hombre? Vaya a consolar a su mujer; por ahí debería haber
empezado.
--¿Y qué voy a decirle?
--Dígale lo que quiera. Adiós; tengo que hacer mis baúles. ¿Tiene usted
necesidad de dinero?
El duque hizo un gesto de disgusto que advirtió la señora Chermidy.
--¿Es que le repugna nuestro dinero? ¡A su gusto! no le daremos más.
El anciano salió sin saber lo que se hacía, como un hombre borracho.
Erró por las calles hasta la noche. Hacia las diez sintió hambre. Montó
en un coche y se hizo conducir al club. Estaba tan cambiado, que el
señor de Sanglié casi no lo reconoció.
--¿Qué mala hierba ha pisado usted?--le preguntó el barón--. Tiene usted
la cara trastornada y parece que va a caerse. Siéntese y hablaremos.
--Con mucho gusto--dijo el duque.
--¿Cómo va la duquesa? Llego del campo y aun no he tenido tiempo de
hacer ninguna visita.
--¿Que cómo va la duquesa?
--Sí.
--Creo que va a llorar.
--Está loco--pensó el barón.
El duque añadió sin cambiar de tono:
--Me figuro que Germana ha muerto y que Honorina se alegra de ello.
Encuentro eso horrible y así se lo he dicho a ella misma.
--¡Germana! ¡Vamos, pobre amigo mío, piense usted en lo que dice!
¡Germana! ¿Ha muerto la señora de Villanera?
--La señora de Villanera es Honorina. Va a casarse con el conde. Tome
usted, aquí tengo la carta. Pero, ¿qué piensa usted de la conducta de
Honorina?
El barón leyó de una ojeada la carta del doctor.
--¿Hace mucho que sabe usted eso?--preguntó.
--Desde esta mañana, cuando iba a casa de Honorina.
--¿Y la duquesa sabe algo?
--No, no sé cómo decírselo... Quería preguntárselo a Honorina...
--¡Ea! ¡Que se vaya al diablo Honorina!
--Es lo que yo digo.
Llamaron al barón para el -whist- y respondió, sin levantarse, que
estaba ocupado, rogando a un amigo que tomase su puesto. Quería acabar
la confesión, pero el duque le interrumpió diciéndole con voz ronca:
--Tengo hambre. Aun no he comido hoy.
--¿De veras?
--Sí; hágame servir un cubierto. También tendrá usted que prestarme
dinero, no me queda nada.
--¡Cómo!
--Sí, sí; yo tenía un millón, pero se lo he dado a Honorina.
El duque comió con el apetito voraz de un loco. Después, sus ideas
parecieron aclararse. Era un espíritu fatigado más bien que enfermo.
Contó al barón la pasión insensata que lo consumía desde hacía seis
meses; le explicó cómo se había despojado de todo por la señora
Chermidy.
El barón era un hombre excelente y quedó tristemente impresionado al oír
que aquella casa que había visto levantarse en pocos meses había caído
más bajo que nunca. Compadeció sobre todo a la duquesa que debía
infaliblemente sucumbir a tantos golpes, y tomó sobre sí la tarea de
anunciarle gradualmente la enfermedad y la muerte de Germana,
aplicándose a fortificar el debilitado entendimiento del viejo duque. Se
tranquilizó sobre las consecuencias de su loca generosidad: era evidente
que el señor de Villanera no dejaría en la miseria a su suegro. Al mismo
tiempo pudo estudiar, a través de las confesiones y de las reticencias
del anciano, el carácter singular de la señora Chermidy.
La autoridad de un espíritu sano es muy eficaz sobre un cerebro enfermo.
Después de dos horas de conversación, el señor de La Tour de Embleuse
desembrolló el caos de sus ideas, lloró la muerte de su hija, temió por
la salud de su esposa, lamentó las tonterías que había hecho y estimó a
la señora Chermidy en su justo valor. El señor de Sanglié le dejó a la
puerta de su casa muy aliviado, ya que no curado.
Al día siguiente, temprano, el barón hizo una visita a la duquesa.
Detuvo en el umbral al duque que se disponía a salir y le obligó a
entrar con él. Durante tres días no le quitó la vista de encima; lo
paseó, lo llevó a diversiones y consiguió distraerle del único
pensamiento que lo agitaba. El 16 de septiembre lo condujo al hotel de
la implacable Honorina y le probó, preguntándolo al conserje, que había
partido con -le Tas- para las islas Jónicas.
El duque pareció emocionarse menos de lo que se hubiera creído. Vivió
apaciblemente encerrado en su casa, tuvo toda clase de atenciones para
con su esposa y le demostró, con una delicadeza extrema, que Germana
nunca había estado curada y que debía esperarse lo peor. Se interesó en
los menores detalles domésticos, reconoció la necesidad de hacer algunas
compras, pidió 2.000 francos a su amigo Sanglié, guardó el dinero, y el
20 de septiembre por la mañana partió para Corfú sin haberse despedido
de nadie.
XII
LA GUERRA
El día 8 de septiembre, Germana, que había sido condenada sin apelación
por la ciencia, equivocó a los médicos y a sus amigos, y empezó a
convalecer. La fiebre que la devoraba remitió en pocas horas como esas
grandes tormentas de los trópicos que arrancan de raíz los árboles,
derriban las casas, conmueven las montañas, y un rayo de sol detiene en
medio de su carrera.
Esta feliz revolución se operó tan bruscamente, que el señor Gómez y la
condesa no daban crédito a la realidad. Aunque el hombre se habitúa
antes a la dicha que al dolor, sus corazones permanecieron varios días
en suspenso. Temían ser víctimas de una ilusión; no se atrevían a
felicitarse de un milagro tan poco esperado, y se preguntaban si esa
apariencia de curación no era el supremo esfuerzo de un ser que se
aferra a la vida, el postrer relámpago de una lámpara que se apaga.
Pero el doctor Le Bris y el señor Delviniotis comprobaron por señales
inequívocas que los males de aquel pobre cuerpo habían terminado. La
inflamación reparó en ocho días todos los destrozos de una larga
enfermedad; la crisis había salvado a Germana; el terremoto había vuelto
a poner la casa sobre su base.
A la joven le parecía naturalísimo vivir y haber curado. Gracias al
delirio producido por la fiebre, pasó junto a la muerte sin darse
cuenta, y la violencia del mal le había quitado la conciencia del
peligro. Despertó como un niño sobre el brocal de un pozo, sin medir la
profundidad del abismo. Cuando le dijeron que había estado a punto de
morir y que sus amigos desconfiaban de salvarla, quedó muy sorprendida.
No sabía de cuán lejos regresaba. Y al prometerle que viviría mucho
tiempo y que ya no sufriría, miró con ternura al crucifijo de marfil que
tenía sobre la cabecera de su cama y dijo con una alegría dulce y
confiada:
--El Señor me debía eso; ya he pasado el purgatorio.
En poco tiempo recobró las fuerzas, y no tardó en florecer la juventud
en sus mejillas. Se habría dicho que la Naturaleza se apresuraba en
adornarla para la dicha. Entró en posesión de la vida con la alegría
impetuosa de un pretendiente que de un salto se encarama sobre el trono
de sus padres. Habría querido estar en un mismo momento en todos lados,
gozar a un mismo tiempo de todos los placeres que le habían sido
devueltos, del movimiento y del reposo, de la soledad y de la compañía,
de la claridad deslumbradora de los días y del suave resplandor de las
noches. Sus manecitas se aferraban con delicia a todo cuanto la rodeaba.
Abrumaba con sus caricias a su marido, a su suegra, al niño, a sus
amigos. Sentía la necesidad de manifestar su dicha en mil ternuras. A
veces lloraba sin motivo. Pero eran lágrimas dulces. El pequeño Gómez
con sus besos las enjugaba en el borde de sus ojos, como los pajaritos
beben el rocío en el cáliz de una flor.
Todo es causa de placer para los convalecientes. Las funciones más
indiferentes de la vida constituyen una fuente de delicias inefables
para el que ha visto próxima la muerte. Todos sus sentidos vibran al
menor contacto del mundo exterior. El calor del sol les parece más dulce
que un manto de armiño; la luz alegra sus ojos como una caricia, el
perfume de las flores le embriaga, los rumores de la Naturaleza llegan a
su oído como una suave melodía, y el pan le parece bueno.
Los que habían compartido los sufrimientos de Germana, se sentían
renacer con ella. Su convalecencia restableció prontamente a todos los
que estuvieron asociados a sus dolores. A su alrededor ya no hubo
señales de preocupación, y la alegría hizo palpitar a todos los
corazones al unísono. Quedaron olvidadas todas las fatigas y todas las
angustias; la dicha reinó en el hogar; el primer día bueno borró de
todos los rostros la huella de las vigilias y de las lágrimas. Los
huéspedes de la villa Dandolo no pensaban en regresar a sus casas.
Unidos por la felicidad, como lo habían estado por la inquietud, se
agrupaban alrededor de Germana, como una familia bien avenida alrededor
de un niño mimado. El día en que le escribieron a la duquesa de La Tour
de Embleuse, para comunicarle la salvación de su hija, cada uno quiso
ponerle algo en la carta a la venturosa madre, y la pluma fue pasando de
mano en mano. Esta carta llegó a París el 22 de septiembre, dos días
después del eclipse del anciano duque.
La señora Chermidy y su inseparable -le Tas- desembarcaron el 24 por la
noche en la ciudad de Corfú. La viuda del comandante había hecho las
maletas a toda prisa. Apenas si tomó el tiempo preciso para reunir cien
mil francos para el salario de Mantoux y gastos imprevistos. -Le Tas- le
aconsejó que aguardase en París noticias más positivas; pero se cree con
tanto gusto lo que se desea, que la señora Chermidy ya daba a Germana
por enterrada.
De Trieste a Corfú hizo el viaje en el puente con los gemelos siempre en
la mano, para ser la primera en anunciar la tierra. Hubiera querido
detener a todos los barcos que pasaban a la vista, para preguntarles si
no llevaban carta para ella. Se informó si llegarían por la mañana, pues
no se sentía con fuerzas para pasar una noche más en la espera y tenía
el propósito de dirigirse inmediatamente a la villa Dandolo. Su
impaciencia se revelaba hasta el punto de que los pasajeros de primera
la designaban con el nombre de la -heredera-, y en voz baja se decía que
iba a Corfú a incautarse de una herencia cuantiosa.
Hizo bastante mala mar durante dos días, y todo el pasaje se mareó a
excepción de la heredera de Germana, que no tenía tiempo para notar los
vaivenes del barco. Quizás ni aun sus pies tocaban la cubierta del
vapor. Tal era su ligereza que volaba en vez de marchar, y cuando por
casualidad se dormía soñaba que nadaba en el aire.
Cuando el buque fondeó en el puerto era noche cerrada, y ya habían dado
las nueve cuando los pasajeros y sus equipajes llegaron a tierra. La
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