--Bueno, muchacho, la plaza que le voy a dar a usted es de confianza.
Uno de mis amigos, el señor de La Tour de Embleuse, busca un doméstico
para su hija que se halla moribunda en el extranjero. Tendrá muy buen
sueldo y 1.200 francos de renta vitalicia cuando la enferma muera. Está
desahuciada por todos los médicos. El sueldo le será pagado por la
familia; en cuanto a la renta, le respondo yo. Pórtese usted como un
buen servidor y espere pacientemente el fin: no perderá nada con
esperar.
Mantoux juró por el Dios de sus padres que cuidaría a la joven dama como
una hermana de la caridad y que la obligaría a vivir cien años.
--Está bien--respondió la señora Chermidy--; usted nos servirá a la mesa
esta noche y le presentaré al señor duque de La Tour de Embleuse.
Muéstrese a él tal como es usted y yo le respondo que le admitirá.
«Ocurra lo que ocurra, añadió para sí misma, ese bribón verá en mí a
una inocente y no a su cómplice.»
Mantoux sirvió a la mesa, no sin haber tomado una buena lección de su
protectora -le Tas-. Los invitados eran cuatro: había otros tantos
criados para cambiar los platos, y el cerrajero no tenía más que mirar
lo que hacían los otros. La señora Chermidy se había propuesto darle una
lección de toxicología. No juzgaba inútil enseñarle el empleo de los
venenos, y había elegido, en consecuencia, a los convidados. Estos eran
un magistrado, un profesor de medicina legal y el señor de La Tour de
Embleuse.
Aparentando indiferencia hizo recaer la conversación sobre el capítulo
de los venenos. Los hombres que profesan esta materia delicada, son
generalmente avaros de su ciencia, pero algunas veces, en la mesa, se
olvidan. Tal secreto que se guarda cuidadosamente al público, puede
contarse confidencialmente cuando se tiene por auditorio a un
magistrado, a un gran señor y a una linda dama cinco o seis veces
millonaria. Con los criados no se cuenta: está convenido que no tienen
oídos.
Desgraciadamente para la señora Chermidy, los venenos llegaron antes que
el Champaña. El doctor se mostró prudente, bromeó mucho y no cometió la
menor imprudencia. Se recreó en las curiosidades arqueológicas, aseguró
que la ciencia de los venenos no había progresado, que habíamos perdido
las fórmulas de Locusta, de Lucrecia Borgia, de Catalina de Médicis y de
la marquesa de Brinvilliers, y lamentó, riendo, la pérdida de tan
hermosos secretos, lloró por el veneno fulminante del joven Británico,
por las guantes perfumados de Juana de Albret, los polvos de sucesión y
el licor de familia que cambiaba el vino de Chipre en vino de Siracusa;
en su revista no olvidó tampoco el ramo fatal de Adriana Lecouvreur. La
señora Chermidy pudo observar que el cerrajero escuchaba atentamente.
--Háblenos usted de venenos modernos--dijo al doctor--, de los venenos
empleados en nuestros días, de venenos en servicio activo.
--¡Ay señora!--contestó--. Estamos en plena decadencia. No es difícil
matar a las gentes: un pistoletazo basta y sobra para ello. Pero se
trata de matar sin que queden vestigios. El veneno no es bueno para otra
cosa y ésa es la única ventaja sobre la pistola. Desgraciadamente, en el
mismo instante en que sale un tóxico nuevo, se descubre un medio de
comprobar su presencia. El demonio del bien tiene las alas tan poderosas
como el genio del mal. El arsénico es un buen obrero, pero ahí está el
aparato de March para vigilar la obra. La nicotina no es una tontería,
la estricnina también es un buen producto; pero el señor magistrado sabe
tan bien como yo que la estricnina y la nicotina han encontrado ya sus
fiscales, es decir, sus reactivos. Se ha adoptado el fósforo con un
fundamento de razón, apoyándose en lo siguiente: «El cuerpo humano
contiene fósforo en cantidad apreciable; si el análisis químico lo
descubre en el cuerpo de la víctima, se podrá decir que es la
Naturaleza quien lo ha puesto allí»; pero ¡ay! no nos ha costado tampoco
mucho trabajo demostrar la diferencia entre el fósforo natural y el
ingerido. No es, pues, difícil matar a una persona, pero es casi
imposible hacerlo impunemente. Yo podría indicar a usted el medio de
envenenar a veinticinco personas a la vez, en una habitación cerrada,
sin darles ningún brebaje. El ensayo no costaría ni dos reales, pero al
asesino le costaría la cabeza. Un químico de mucho talento ha inventado
recientemente una composición sutil que también tiene su encanto.
Rompiendo el tubo que la contiene, las gentes caerían como moscas, pero
no se podría convencer a nadie de que la muerte había sido natural.
--Doctor--preguntó la señora Chermidy--, ¿qué es el ácido prúsico?
--El ácido prúsico o cianhídrico, señora, es un veneno muy difícil de
fabricar, imposible de adquirir, imposible de conservar puro, aun en
recipientes negros.
--¿Y deja trazas?
--¡Magníficas! Tiñe a las gentes de azul; así es cómo se ha descubierto
el azul de Prusia.
--Usted se burla de nosotros, doctor. Usted no tiene respeto ni por
aquello que hay de más sagrado en el mundo: la curiosidad de una mujer.
Me han hablado de un veneno de Africa o de América que mata a los
hombres con la cantidad que cabe en una punta de alfiler. ¿Es una
invención de los novelistas?
--No, es una invención de los salvajes. Se unta con él la punta de las
flechas. Lindo veneno, señora; no hace languidecer a sus víctimas; es el
rayo en miniatura. Lo más curioso es que se le puede comer impunemente.
Los salvajes lo emplean en las salsas y en los combates, en la guerra y
en la cocina.
--Acaba usted de decir su nombre y ya no me acuerdo.
--No lo he dicho, señora, pero estoy dispuesto a hacerlo. Es el
-curare-. Se vende en Africa, en las montañas de la Luna. El comerciante
es antropófago.
La señora Chermidy dejó a un lado sus venenos para dedicarse a sus
invitados. El doctor guardó cuidadosamente el depósito terrible que todo
médico lleva consigo. Pero el duque quedó muy bien impresionado de la
atención y del interés de Mantoux. Desde entonces quedaba al servicio de
su hija.
VIII
LOS BUENOS TIEMPOS
Cuando se lee una historia de la Revolución francesa se sorprende uno
grandemente al encontrar meses enteros de paz profunda y de dicha
completa. Las pasiones están adormecidas, los odios descansan, los
temores desaparecen, los partidos rivales marchan como hermanos cogidos
de la mano, los enemigos se besan en la plaza pública. Esos hermosos
días son como un alto preparado de etapa en etapa en un camino
sangriento.
Altos parecidos se encuentran en la vida más agitada y más desgraciada.
Las revoluciones del alma y del cuerpo, las pasiones y las enfermedades
también necesitan algunos instantes de reposo. El hombre es un ser tan
débil que no puede obrar ni sufrir continuamente. Si no se detuviese de
cuando en cuando, pronto agotaría sus fuerzas.
El verano de 1853 fue para Germana uno de esos momentos de reposo que
tanto convienen a la debilidad humana. Y a fe que se aprovechó de ello;
se recreó en su dicha y adquirió algunas fuerzas para las pruebas por
que aun tenía que pasar.
El clima de las islas Jónicas es de una dulzura y una regularidad sin
igual. Allí el invierno no es otra cosa que la transición del otoño a la
primavera; los veranos son de una serenidad fatigosa. De cuando en
cuando se ve una nube pasajera sobre las siete islas, pero no se detiene
nunca. Se pasan hasta tres meses esperando una gota de agua. En aquel
árido paraíso no se dice: Aburrido como la lluvia, sino: Aburrido como
el buen tiempo.
El buen tiempo no aburría a Germana; la curaba lentamente. El señor Le
Bris asistía a aquel milagro del cielo azul; dejaba obrar a la
Naturaleza y seguía con un interés apasionado la acción lenta de un
poder superior al suyo. Era demasiado modesto para atribuirse el honor
de la cura, y confesaba ingenuamente que la única medicina infalible es
la que viene de lo alto.
No obstante, para merecer la ayuda del Cielo, él también ayudaba un
poco. Había recibido de París el yodómetro del doctor Chartroule con una
provisión de cigarrillos yodados. Estos cigarrillos, compuestos de
hierbas aromáticas y de plantas calmantes en infusión con una disolución
de yodo, haciendo llegar el medicamento hasta los pulmones,
acostumbraban a los órganos más delicados a la presencia de un cuerpo
extraño y preparaban al enfermo para aspirar el yodo puro a través de
los tubos del aparato. Por desgracia, el aparato llegó destrozado,
aunque hubiese sido embalado por el mismo duque y conducido con los
mayores cuidados por el nuevo doméstico. Era necesario pedir otro, y
esto requería tiempo.
Al cabo de un mes de aquel tratamiento anodino, Germana experimentaba ya
una mejoría sensible. Estaba menos débil durante el día; soportaba mejor
las fatigas de un largo paseo y cada vez acudía con menos frecuencia a
su cama de reposo. Su apetito era más vivo, y sobre todo más constante;
ya no rechazaba los alimentos casi sin haberlos probado. Comía, digería
y dormía bastante bien. La fiebre de la caída de la tarde había
disminuido; los sudores que inundan por las noches a los tísicos, no
eran tan abundantes.
El corazón de la enferma no tardó también en entrar en convalecencia. Su
desesperación, su humor huraño y el odio a los que la amaban, cedieron
la plaza a una melancolía dulce y benévola. Se consideraba tan dichosa
al sentirse renacer, que hubiera querido dar las gracias al cielo y a la
tierra.
Los convalecientes son niños grandes que se asen, por miedo de caer, a
todo lo que les rodea. Germana retenía a sus amigos a su lado; temía a
la soledad; quería ser tranquilizada a todas horas; continuamente decía
a la condesa: «¿Verdad que estoy mejor?» Y luego, en voz más baja,
añadía: «¿Me moriré?» La condesa le respondía riendo: «Si la muerte
viniese por usted yo le enseñaría mi cara y ya tendría buen cuidado de
escaparse.» La condesa estaba orgullosa de su fealdad, como las otras
mujeres lo están de su belleza. La coquetería es infinita.
Don Diego esperaba pacientemente que Germana le comprendiese. Era
demasiado delicado y demasiado orgulloso para importunarla con sus
cumplimientos, pero siempre estaba dispuesto a dar el primer paso cuando
ella le llamase con la mirada. Para la joven se había hecho ya una dulce
costumbre el espectáculo de aquella amistad discreta y silenciosa. El
conde tenía en su fealdad algo de heroico y de grande que las mujeres
aprecian más que la hermosura. No era de aquellos que hacen conquistas,
pero sí de los que inspiran pasiones. Su larga cara cetrina, sus grandes
manos bronceadas contrastaban con cierta brillantez con su traje blanco.
Sus grandes ojos negros dejaban escapar relámpagos de dulzura y de
bondad; su voz fuerte y metálica adquiría a veces inflexiones suaves.
Germana acabó por encontrar un parecido entre aquel grande de España y
un león amansado.
Cuando se paseaba por el jardín bajo los viejos naranjos, apoyada en el
brazo de la vieja o arrastrando al pequeño Gómez, el conde la seguía de
lejos, sin afectación, con un libro en la mano. No adoptaba los aires
melancólicos de un enamorado, ni confiaba sus suspiros al viento. Más
bien se le hubiera tomado por un padre indulgente que quiere vigilar a
sus hijos sin intimidarlos en sus juegos. Su afecto por Germana se
componía de caridad cristiana, de compasión por la debilidad y de
aquella alegría agridulce que un hombre de corazón encuentra en el
cumplimiento de los deberes difíciles. Quizá también había en aquel
sentimiento algo de legítimo orgullo. Constituía, efectivamente, una
hermosa victoria arrancar una presa cierta a la muerte y crear de nuevo
un ser que la enfermedad casi había destruido. Los médicos conocen ese
placer y consagran toda su amistad a los que han sacado del otro mundo;
tienen por ellos la ternura del criador por la criatura.
El hábito, que lo vence todo, había acostumbrado a Germana a hablar con
su marido. Cuando se ve a una persona desde la mañana a la noche, no hay
odio que dure; se habla, se responde, esto no compromete a nada; pero,
la vida no es posible más que a este precio. Ella le llamaba don Diego;
él sencillamente Germana.
Un día de mediados del mes de junio, estaba tendida en el jardín sobre
unos tapices de Esmirna. La señora de Villanera, sentada a su lado,
desgranaba maquinalmente un grueso rosario de coral, y el pequeño Gómez
recogía naranjas del suelo para atiborrarse los bolsillos. En aquel
momento pasaba el conde con un libro en la mano. Germana se incorporó y
le invitó a tomar asiento. El obedeció sin hacerse de rogar y guardó el
libro en el bolsillo.
--¿Qué leía usted?--preguntó ella.
--Va usted a reírse de mí. El griego--contestó ruborizándose como un
colegial.
--¡El griego! ¡Usted sabe leer el griego! ¿Y un hombre como usted ha
podido entretenerse aprendiendo el griego?
--Una verdadera casualidad. Mi preceptor hubiera podido resultar un
imbécil como los demás, ¿no es cierto?, pues bien, me encontré con que
era un sabio.
--¿Y usted lee el griego por placer?
--A Homero, sí. Esto es la -Odisea-.
--Sí--dijo simulando un pequeño bostezo--. Ya había leído eso en
Bitaubé. Era un libro con un cuchillo y un casco en la cubierta.
--Siendo así, le extrañaría a usted mucho si le leyese a Homero en
Homero; seguramente no le reconocería.
--¡Muchas gracias! no me gustan las historias de batallas.
--No las hay en la -Odisea-. Es una novela de costumbres, la primera que
se haya escrito, y quizás la más hermosa. Nuestros autores a la moda, no
inventarán nada más interesante que la historia de ese propietario
campesino que ha dejado su casa para ganar dinero, que vuelve después de
veinte años de ausencia, que encuentra a su regreso un ejército de
faquines instalados en su casa para galantear a su mujer y comerse su
pan y que los mata a flechazos. Hay ahí un drama interesante, incluso
para el público de los bulevares. Nada falta, ni el fiel servidor Eumeo,
ni el pastor que hace traición a su amo, ni las criadas juiciosas, ni
las criadas locas. El único defecto de esta historia es que siempre nos
la han servido con una traducción llena de énfasis. Han cambiado en
otros tantos reyes los jóvenes rústicos que cortejaban a Penélope; han
convertido la granja en palacio y han prodigado el oro por todas partes.
Si yo me atreviese a traducirle solamente una página, quedaría usted
maravillada de la verdad sencilla y familiar del relato; usted vería con
qué alegría ingenua habla el poeta del vino tinto y de la carne
suculenta: y con qué admiración, de las puertas bien cerradas y de las
mesas bien acepilladas. Vería usted sobre todo con qué exactitud está
descrita la Naturaleza y reconocería en mi libro el mar, el cielo y la
campiña que ahora estamos contemplando.
--Probemos, pues--dijo Germana--. Si me duermo, ya lo verá usted.
El conde obedeció muy a gusto y comenzó a traducir el primer canto a
libro abierto, desarrollando ante los ojos de Germana el bello estilo
homérico, más rico, más pintoresco y más centelleante que los
brillantes tejidos de Beyruth y de Damasco. Su traducción era tanto más
libre cuanto que no entendía bien todas las palabras, pero entendía
perfectamente al poeta. Abrevió algunas descripciones demasiado largas,
interpretó a su modo ciertos pasajes curiosos y a todo añadió un
comentario inteligente. En resumen, consiguió interesar a su querido
auditorio, a excepción del marqués de los Montes de Hierro que chillaba
como un condenado para interrumpir la lectura. Los niños son como los
pájaros; cantan cuando se habla delante de ellos.
Yo no sé si los jóvenes esposos llegaron hasta el final de la -Odisea-,
pero don Diego había encontrado el medio de despertar el interés de su
mujer, y esto era mucho. Germana adquirió la costumbre de oírle leer y
de encontrarse bien en su compañía y no tardó en ver en él un espíritu
superior. Era demasiado tímido para hablar en su propio nombre, pero la
vecindad de un gran poeta le daba atrevimiento y sus ideas personales
iban saliendo a la superficie bajo la protección del pensamiento de los
otros. Dante, Ariosto, Cervantes, Shakespeare, fueron los sublimes
intermediarios que se encargaron de aproximar aquellas dos almas y de
infundirlas cariño. Germana no se sentía humillada por su ignorancia ni
ante la superioridad de su marido. La mujer se siente orgullosa de no
ser nada en comparación del que ama.
Pronto adoptaron el hábito de vivir juntos y de reunirse en el jardín
para hablar y para leer. Lo que constituía el encanto de aquellas
reuniones, no era la alegría; era una cierta serenidad tranquila y
amistosa. Don Diego no sabía reír y la risa de su madre se asemejaba a
una mueca nerviosa. El doctor, franco y alegre como un champañés,
parecía dar la nota discordante cuando arrojaba su grano de sal en la
conversación. Germana aun tosía alguna vez y conservaba en su cara la
expresión inquieta que da el presentimiento de la muerte. Y no obstante,
aquellos días de verano sin nubes habían sido los primeros días dichosos
de su juventud.
¿Cuántas veces, en aquella intimidad de la vida de familia, fue turbado
el espíritu del conde por el recuerdo de la señora Chermidy? Nadie lo ha
sabido y yo tampoco me aventuraré a decirlo. Es probable que la soledad,
la ociosidad, la privación de placeres activos, en que el hombre gasta
sus energías, y, en fin, la savia de la primavera que asciende a la
cabeza de los seres vivientes como a las sumidades de los árboles, le
hiciera lamentar más de una vez la noble resolución que había tomado.
Los trapenses que vuelven la espalda al mundo después de haber gozado de
él, encuentran en el fondo del claustro armas prestas contra las
tentaciones del pasado; son éstas el ayuno, la oración y un régimen
capaz de matar los ímpetus juveniles. Quizás hay más mérito en combatir
como don Diego, completamente desarmado. El señor Le Bris le seguía con
el rabillo del ojo, como a un enfermo al que hay que evitar una recaída.
Le hablaba muy raras veces de París, nunca de la calle del Circo. Un día
leyó en un diario francés que la -Náyade- había anclado ante Ky-Tcheou,
en el mar del Japón, para pedir reparación del insulto hecho a unos
misioneros franceses; Le Bris rompió el periódico para que su lectura no
pudiese suscitar la menor conversación sobre la señora Chermidy.
En Oriente, a horas determinadas, la brisa del mediodía embriaga más
poderosamente los sentidos del hombre que el vino de Tinos que se bebe
con el nombre de malvasía; el corazón se funde como la cera; la voluntad
se distiende, el espíritu se debilita. Si uno se esfuerza en pensar, las
ideas se escapan como el agua que se va de entre los dedos. Se va a
buscar un libro, un dulce y antiguo amigo y, sin querer, los ojos se
desvían desde las primeras líneas; la mirada vaga, los párpados se abren
y se cierran sin saber por qué. Es en esas horas de somnolencia y de
dulce quietud cuando nuestros corazones se abren por sí mismos. Las
virtudes masculinas triunfan fácilmente cuando un frío vivo nos enrojece
la nariz y nos hiela las orejas, y cuando el aire de diciembre aprieta
las fibras de la carne y de la voluntad. Pero cuando los jazmines
extienden su perfume por los alrededores, cuando las hojas del laurel
cerezo nos caen sobre la cabeza, cuando los pinos sacudidos por el
viento suenan como liras y cuando las velas blancas se dibujan a lo
lejos sobre el mar, entonces sería preciso ser bien ciego y bien sordo
para ver y oír otra cosa que el amor.
Don Diego advirtió un día que Germana había cambiado, sin perder nada en
el cambio. Sus mejillas estaban más llenas y mejor nutridas; todos los
huecos de aquel lindo rostro se iban rellenando; las arrugas siniestras
comenzaban a borrarse. Un color más sano orlaba su bella frente, y sus
cabellos de oro no parecían ya la corona de una muerta.
Había oído una lectura bastante larga; la fatiga y el sueño se habían
apoderado de ella al mismo tiempo y, dejando caer la cabeza hacia atrás,
se había quedado dormida en el sillón. El conde estaba solo con ella.
Dejó el libro en el suelo, se aproximó dulcemente, se puso de rodillas
ante ella y adelantó los labios para besarla en la frente, pero se
contuvo por un instinto de delicadeza. Por primera vez pensó con horror
en la manera cómo había llegado a ser el esposo de Germana; tuvo
vergüenza de la venta, se dijo que un beso obtenido por sorpresa sería
algo como un crimen, y se prohibió a sí mismo amar a su mujer hasta el
día en que estuviese seguro de ser amado por ella.
Los huéspedes de la villa Dandolo no vivían en una soledad tan absoluta
como se pudiera suponer. El aislamiento no se encuentra más que en las
grandes ciudades, donde cada uno vive para sí sin inquietarse del
vecino. En el campo, los menos sociables se buscan y no se teme hacer un
camino de una legua; el hombre sabe que ha nacido para la sociedad y
busca la conversación de sus semejantes.
Pocos eran los días en que Germana no recibía alguna visita. Al
principio iban a su casa por curiosidad, después por un interés
compasivo y finalmente por amistad. Aquel rincón de la isla estaba
habitado por cinco o seis familias modestas, que hubieran sido pobres en
la ciudad, y que no carecían de nada en sus tierras porque sabían
contentarse con poco. Sus castillos caían en ruinas y no tenían dinero
para repararlos; pero sostenían con cuidado, encima de la puerta de
entrada, un escudo contemporáneo de las Cruzadas. Las islas Jónicas son
el -faubourg- Saint-Germain de Oriente; allí encontraréis las grandes
virtudes y las pequeñas extravagancias de la nobleza, orgullo, dignidad,
pobreza decente y laboriosa, y una cierta elegancia en la vida más
humilde.
Al propietario de la villa, el señor conde Dandolo, no le hubieran
podido reprochar nada sus antepasados los dux. Era un hombre pequeño,
vivo e inteligente, muy conocedor de los asuntos políticos, atraído a la
vez por el partido griego y la influencia inglesa, pero inclinado a la
oposición y siempre dispuesto a juzgar con severidad los actos del lord
comisario. Seguía de cerca las intrigas viejas y nuevas que dividen a
Europa, vigilaba los progresos del leopardo británico, discutía la
cuestión de Oriente, se inquietaba de la influencia de los jesuitas y
era presidente de la logia masónica de Corfú. Un excelente hombre que
derrochaba más actividad que un marino del antiguo régimen para navegar
alrededor de un vaso de agua. Su hijo Spiro, un hermoso joven de treinta
años, se había dejado conquistar por las ideas inglesas, como toda la
nueva generación. Era amigo de los oficiales y se le veía en el teatro
con ellos. Los Dandolo hubieran podido vivir espléndidamente si se
hubiesen podido deshacer de sus bienes, pero en Corfú los habitantes son
tan pobres, como rica es la tierra. Todos están prestos a vender, nadie
a comprar. El conde y Spiro hablaban elegantemente las tres lenguas del
país, el inglés, el griego y el italiano; además sabían el francés, por
lo que su amistad fue preciosa para Germana. Spiro se interesaba por la
bella enferma con todo el calor de un corazón desocupado.
Algunas veces lo acompañaba un hombre, digno por todos conceptos de sus
amigos, el doctor Delviniotis, profesor de química de la Facultad de
Corfú. El señor Delviniotis profesaba a la enferma una amistad tanto más
viva, cuanto que él tenía una hija de la misma edad. Daba sus consejos
al doctor Le Bris, hablaba en italiano con el conde y la señora de
Villanera y lamentaba no saber el francés para poder entablar más amplio
conocimiento con Germana. Se le veía sentado delante de ella durante
horas enteras, buscando una frase o mirándola sin decir nada con esa
cortesía tranquila y muda que reina en todo Oriente.
El hombre más ruidoso de toda la compañía era un viejo francés,
establecido en Corfú desde el año 1814, el capitán Bretignières. Había
abandonado el servicio a los veinticuatro años con una pensión de retiro
y una pierna de madera. Aquel corpachón seco y huesudo saltaba
alegremente, bebía de lo lindo, reía a carcajadas y se burlaba de la
vejez. Hacía una legua a pie para ir a comer a la villa Dandolo, contaba
historietas militares, se atusaba el bigote y sostenía que las islas
Jónicas deberían pertenecer a Francia. Era un convidado sumamente
agradable que comunicaba su alegría a todos los de la casa. Algunas
veces, cuando se echaba vino en el vaso, decía sentenciosamente:
--Cuando se está en buena compañía, se puede beber impunemente tanto
como se quiera.
Germana comía siempre con buen apetito cuando el capitán estaba allí.
Aquel amable cojo, tan obstinadamente apegado a la vida, le hacía
acariciar una dulce esperanza y la obligaba a creer en el porvenir. El
señor de Bretignières tuteaba al pequeño marqués, le llamaba mi general
y le hacía saltar sobre su única rodilla. Besaba galantemente las manos
de la enferma y la servía con la devoción de un viejo paje o de un
trovador retirado.
Tenía un admirador de otra escuela en la persona del señor Stevens, juez
de instrucción del tribunal real de Corfú. Este honorable magistrado
empleaba en los cuidados de su cuerpo un sueldo de mil libras esterlinas
anuales. No habéis visto jamás un hombre más limpio, más satisfecho, más
nutrido, más brillante y de una salud más tranquila y mejor paladeada.
Egoísta como todos los viejos solterones, serio como todos los
magistrados, flemático como todos los ingleses, ocultaba bajo la
beatífica rotundidez de su cuerpo una cierta dosis de sensibilidad. La
salud le parecía un don tan precioso, que hubiera querido repartirla
entre todo el mundo. Había conocido al joven inglés de Pompeya y había
seguido de cerca las diversas fases de su curación. Contaba ingenuamente
que había experimentado una simpatía mediocre por aquel ser pálido y
moribundo, pero que le había amado más de día en día a medida que le
veía volver a la vida. Había acabado por ser su amigo íntimo el día en
que pudo estrecharle la mano sin hacerle gritar. Fue lo mismo para
Germana. Evitó aficionarse a ella mientras la creyó condenada a muerte;
pero desde el momento en que le pareció que se instalaba en este mundo,
le abrió su corazón de par en par.
Los más próximos vecinos de la casa eran la señora Vitré y su hijo. En
poco tiempo se convirtieron en los amigos más íntimos. La baronesa de
Vitré era una normanda refugiada en Corfú con los restos de su fortuna.
Como ella evitaba contar su historia, no se supo jamás qué
acontecimientos la habían arrojado de su país. Lo que era evidente es
que la baronesa vivía como una mujer honrada y educaba admirablemente a
su hijo. Tenía cuarenta años y una belleza un poco vulgar; en Francia la
hubieran tomado por una granjera del país de Caux. Pero ella se ocupaba
de su casa, de sus olivos y de su querido Gastón con una actividad
metódica y un celo incansable que denotaban su procedencia. La grandeza
es un don que se revela en todas las situaciones de la vida y sobre los
escenarios más diversos: se muestra por igual en el trabajo y en el
reposo y no brilla más en un salón que en una buhardilla. La señora de
Vitré, entre sus dos criadas, vestida, como ellas, con el traje
nacional, parecido al hábito de los carmelitas, tenía un aspecto tan
imponente como Penélope bordando las túnicas del joven Telémaco. Gastón
de Vitré, bello como una joven de veinte años, llevaba la vida ruda y
activa de un noble campesino. Trabajaba, cortaba los árboles, cogía
naranjas y arrancaba las ramas de los granados cuyos rojos frutos se
abrían al sol. Por la mañana, corría con la escopeta al hombro para
matar algunos zorzales o papafigos; por la noche, leía con su madre, que
fue su profesor y la nodriza de su espíritu. Sin preocupaciones del
porvenir, ignorando las cosas del mundo y encerrando sus pensamientos en
el horizonte limitado por sus miradas, no deseaba otros placeres que una
hermosa jornada de caza, una lectura de Lamartine o un paseo por el mar.
Era un corazón virgen, un alma severa y blanca como esas bellas hojas de
papel que invitan a la pluma a escribir. Cuando su madre lo llevó a la
villa Dandolo, advirtió, por primera vez, que era un pobre ignorante, se
ruborizó de la ociosidad en que había vivido y lamentó no haber
aprendido la medicina.
Las visitas son siempre largas en el campo. Se hace tanto para verse,
que se tiene pena después de abandonarse. Los Dandolo y los Vitré, el
doctor Delviniotis, el juez y el capitán pasaban algunas veces días
enteros alrededor de la hermosa enferma. Ella los retenía con alegría,
sin darse cuenta del motivo secreto que la hacía obrar así. Es que ya
comenzaba a evitar las ocasiones de encontrarse sola con su marido.
Tanto como el amor declarado huye de los importunos y busca la
intimidad, el amor naciente gusta de la compañía y de las distracciones.
Desde que nos comenzamos a sentir poseídos por otro, nos parece que los
extraños y los indiferentes nos protegen contra nuestra debilidad, y que
quedaríamos sin defensa sin ellos.
La señora de Villanera servía, sin saberlo, este secreto deseo de
Germana, reteniendo a su lado a la señora de Vitré, con la que cada día
se sentía más identificada. Don Diego no había llegado aún a ese punto
en que un amante soporta impacientemente la compañía de los extraños; su
cariño por Germana era aún desinteresado. Buscaba ante todo aquello que
podía distraer a la joven para que se sintiese más interesada por la
vida. Quizás aquel hombre tímido, como todos los hombres verdaderamente
fuertes, evitaba explicarse a sí mismo el sentimiento nuevo que le
atraía hacia ella. Temía verse preso entre dos deberes contrarios; no se
podía ocultar que estaba ligado por toda la vida a la señora Chermidy.
La creía digna de su amor, la amaba a pesar de su falta, como se ama a
la mujer culpable o inocente por la que se es correspondido. Si hubieran
ido con pruebas en la mano a decirle que la señora Chermidy no era digna
de él, hubiera experimentado un sentimiento de angustia y no se hubiera
alegrado de recobrar su libertad. No se rompe fácilmente con tres años
de dicha: no se dice frotándose las manos: ¡Loado sea Dios! ¡mi hijo es
el hijo de una intrigante!
El conde experimentaba, pues, un malestar moral, una inquietud sorda que
contrariaba su pasión naciente. Temía confesarse a sí mismo; se detenía
ante su corazón como ante una carta que no nos atrevemos a abrir.
Mientras tanto, los jóvenes esposos se buscaban, se encontraban bien
cuando estaban juntos y daban las gracias desde el fondo de su corazón a
los que les impedían estar solos. El círculo de amigos que se sentaban
alrededor de ellos, abrigaba su amor, como los grandes obreros que
rodean los vergeles de Normandía protegen la floración de los manzanos.
El salón de recepciones era el centro del jardín, alfombrado de naranjas
que habían caído antes de sazonar. Germana, sentada en su sillón, fumaba
cigarrillos yodados; el conde la miraba vivir; la señora de Villanera
jugaba con el niño como una faunesa vieja y negra con su retoño
bronceado. Los amigos se balanceaban en las mecedoras que se habían
hecho traer de América. De cuando en cuando, Mantoux u otro criado de la
casa, servía café, helados o confituras, según los usos de la
hospitalidad oriental. Los huéspedes se extrañaban de que la dueña de la
casa fuese la única fumadora de toda la concurrencia. En Oriente se fuma
siempre. Vosotros arrojáis el cigarrillo a la puerta de una casa, pero
la dueña os ofrece otro en seguida. Germana, sea que fuese más
indulgente para el único vicio de su marido, sea que se apiadase de
aquellos pobres griegos que no podían vivir sin el tabaco, decretó un
día que el cigarrillo sería permitido en toda la extensión de su
imperio. Don Diego le recordó sonriendo sus antiguas repugnancias. La
joven se ruborizó ligeramente y replicó con viveza:
--He leído en -El Conde de Montecristo- que el tabaco turco era un
perfume y yo sé que aquí, a la vista de las riberas de Turquía, no se
fuma de otro. No se trata de esos nauseabundos cigarros que usaba usted
y cuya sola vista me hace daño.
Bien pronto se vieron aparecer en el jardín y en la casa los grandes
-chibuks- de hornillo rojo y boquilla de ámbar; los -narghilés- de
cristal que cantan al hervir y que pasean sobre la hierba su largo tubo
flexible como una serpiente. A fines de julio los nauseabundos cigarros
se escaparon tímidamente de no sé qué receptáculo invisible y
encontraron gracia ante Germana, lo que dio a comprender que se
encontraba mucho mejor.
Fue por aquella época cuando el elegido por la señora Chermidy, Mantoux,
llamado -Poca Suerte-, tomó el partido de envenenar a su ama.
Hay siempre algo de bueno en el hombre más vicioso y yo debo confesar
que por espacio de dos meses fue un criado excelente. Cuando el duque,
que ignoraba su historia, le hizo dar un pasaporte a nombre de Mateo,
atravesó la frontera con alegría y reconocimiento. Quizá pensaba de
buena fe, como el criado de Tucaret, en ser el tronco de hombres
honrados. La dulzura de Germana, el encanto que ejercía sobre todos los
que la rodeaban, lo bien que pagaba a los que la servían y la poca
esperanza que se tenía de salvarla, inspiraron buenos sentimientos a
aquel criado de contrabando. Sabía mucho mejor descerrajar una puerta
que preparar un vaso de agua azucarada, pero se esforzó en no parecer un
novicio y lo consiguió. Pertenecía a una raza inteligente, apta para
todo, hábil en todos los oficios y en todas las artes. Se aplicó tan
bien, hizo tales progresos y aprendió tan pronto su obligación, que sus
amos estaban muy contentos de él.
La señora Chermidy le había recomendado que ocultase su religión y aun
que renegase de ella si le interrogaban. Conocía la fama de intolerantes
que tienen los españoles para con los israelitas. Desgraciadamente aquel
honrado hombre forrado de nuevo no podía ocultar su cara. La señora de
Villanera sospechó que, por lo menos, era un hebreo convertido. Porque,
como buena española, hacía poca diferencia entre los convertidos y los
obstinados[F]. Era la mejor mujer del mundo, pero los hubiera enviado a
todos a la hoguera, segura de que los doce apóstoles hubieran hecho otro
tanto.
Mantoux, que había transigido más de una vez con su conciencia, no hizo
escrúpulos al acto de renegar de la religión de sus padres. Pero, por
una de esas contradicciones tan frecuentes en los hombres, no se decidió
nunca a comer los mismos alimentos que sus camaradas. Sin hacer alarde
de ello, se dedicó a las legumbres, a las frutas y a las herbáceas,
viviendo como un vegetariano, un pitagórico. Se consolaba de este
régimen cuando se le enviaba con alguna comisión a la ciudad. Entonces
corría en derechura al barrio judío, fraternizaba con sus compatriotas,
hablaba con ellos esa jerga semihebraica que sirve de lazo de unión a la
gran nación dispersa, y comía carne -kaucher-, es decir, matada por el
sacrificador, según los preceptos de la ley. Era un consuelo que
seguramente le habría faltado durante el tiempo que estuvo en presidio.
Hablando con sus correligionarios, se enteró de muchas cosas; supo que
Corfú era un excelente país, una verdadera tierra de promisión en la que
se vivía muy barato y en la que sería rico con 1.200 francos de renta.
Se enteró también de que la justicia inglesa era severa, pero que con
una buena lancha y dos remos se podía escapar a la persecución de la
ley. Bastaba poner el pie en Turquía; el continente estaba a algunas
millas de allí, ¡se le veía, se le tocaba casi! Supo, por fin, donde se
podía adquirir arsénico a un precio módico.
Hacia los últimos días de julio, oyó afirmar a muchas personas que la
joven condesa estaba en vías de curación. Se aseguró por sus propios
ojos y vio que, efectivamente, estaría restablecida de un día a otro.
Todas las noches al llevarle un vaso de agua azucarada podía observar,
junto con el señor Le Bris, cómo disminuían la tos y la fiebre. Un día
asistió al acto de desembalar una caja mucho mejor cerrada que la que él
había traído de París. De ella vio salir un lindo aparato de cobre y de
cristal, una pequeña máquina muy sencilla, y tan sugestiva, que al verla
sentía uno no ser tísico. El doctor se apresuró a montarla, y dijo,
mirándola con ternura: «¡He aquí, tal vez, la salvación de la condesa!»
Estas palabras fueron tanto más penosas para Mantoux, cuanto que acababa
de echar el ojo a una pequeña propiedad, con sus árboles y su casa para
el dueño, el nido que podía apetecer una familia honrada. Entonces se le
ocurrió la idea de hacer añicos aquel aparato de destrucción que
amenazaba su fortuna. Pero no tardó en comprender que le pondrían a la
puerta y que no sólo perdería su pensión, sino también su sueldo.
Resignose, pues, a ser un buen criado.
Por desgracia, sus camaradas hacían ya comentarios sobre el régimen
vegetariano a que se había sometido. La señora de Villanera entró en
alarma, se informó de todo y decidió que era un judío incorregible,
relapso y todo lo demás por añadidura. Le preguntó si le convenía buscar
una plaza en Corfú, o bien prefería regresar a Francia. El desgraciado
gimió, pidió gracia y recurrió a la intervención caritativa de la buena
Germana, pero la señora de Villanera se mostró inexorable. Todo lo que
pudo obtener es que continuaría allí hasta la llegada de su substituto.
Le quedaba un mes por delante: he aquí cómo lo aprovechó. Compró algunos
gramos de ácido arsenioso que guardó en su habitación. Cogió una pizca,
la cantidad necesaria para matar a dos hombres, y la disolvió en un vaso
de agua. Colocó el vaso en la alacena, sobre una tabla muy alta a la
cual no se podía llegar sino subiéndose a una silla; y, sin perder
tiempo, echó algunas gotas de aquel líquido envenenado en el agua de la
enferma, después de prometerse repetir las operación todos los días,
matar lentamente a su ama y merecer, a pesar del pequeño aparato, los
beneficios de la señora Chermidy.
IX
CARTAS DE CHINA Y DE PARÍS
-al señor Mateo Mantoux, en casa del señor conde de Villanera, Villa
Dandolo, en Corfú-
«Sin fecha.
»Tú no me conoces, y yo en cambio te conozco como si te hubiese
inventado. Eres un antiguo pensionista del Gobierno en la escuela naval
de Tolón; allí es donde te vi por primera vez. Más tarde te encontré en
Corbeil; no era tu posición muy brillante y la policía tenía fijos los
ojos en ti. Tuviste la suerte de caer sobre una estúpida parisiense que
te procuró una buena colocación con la esperanza de una pensión. La
señora de la calle del Circo y su camarera te tienen por un inocente; se
dice que tus señores te distinguen con su confianza. Si la enferma que
cuidas hubiera tomado soleta para el otro mundo, serías rico,
considerado, y vivirías como un burgués allí donde mejor te pluguiese.
Desgraciadamente no se ha decidido, y a ti no se te ha ocurrido hacer
nada para decidirla. Peor para ti; seguirás llamándote -Poca Suerte-. El
comisario de policía de Corbeil te busca. Está sobre tu pista. Si no
tomas las medidas convenientes, darán contigo ahí. Por mi parte, yo que
te escribo, te he encontrado. ¿Te gustaría ir a coger pimienta a Cayena?
¡Pues trabaja, holgazán! Tienes la fortuna en la mano tan cierto como me
llamo... Pero no hay necesidad de que sepas mi nombre. No soy ni
Rabichon, ni Lebrasseur, ni Chassepie. Abrigo la esperanza de que sabrás
comprender lo que te conviene.
»Tu amigo
»X. Y. Z.»
-La señora Chermidy al doctor Le Bris-
«París, 13 de agosto de 1853.
»Llave de los corazones, mi estimado amigo, he aquí una grande y
magnífica noticia. Mme. de Sevigné se la haría esperar durante dos
páginas; yo voy más pronto al grano y se la espeto en seguida. ¡Soy
viuda, amigo mío; viuda sin apelación; viuda en última instancia, como
si el notario lo hubiese rubricado! He recibido la noticia oficial, el
acta de defunción, el pésame del ministerio de Marina, el sable y las
charreteras del difunto y una pensión de 750 francos para que pueda
poner coche en los días de mi vejez. ¡Viuda, viuda, viuda! No hay
palabra más bonita en la lengua francesa. Me he vestido de negro; me
paseo a pie por las calles, y siento un gran deseo de detener a los
transeúntes para hacerles saber que soy viuda.
»En esta ocasión he comprendido que no soy una mujer vulgar. Conozco más
de una que habría llorado por debilidad humana y para darle una pequeña
satisfacción a sus nervios; yo, he reído como una loca. Ya no hay
Chermidy; Chermidy no existe, y tenemos derecho a decir ya el difunto
Chermidy.
»Ya sabe usted, tumba de los secretos, que jamás quise a ese hombre. No
era nada para mí. Llevaba su apellido, soportaba sus botaratadas; los
dos o tres bofetones que me ha dado eran los únicos lazos que el amor
había formado entre nosotros. El hombre que yo he amado, mi verdadero
esposo, mi esposo ante Dios, no se ha llamado nunca Chermidy. Mi fortuna
no procede de ese marinero; no le debo nada, y sería una hipócrita si lo
llorase. ¿No asistió usted a nuestra última entrevista? ¿Se acuerda
usted de la mueca conyugal que embellecía sus facciones? Si no hubiese
estado usted presente, me habría jugado una mala partida: esos maridos
marinos son capaces de todo. Las cartas me han anunciado repetidas veces
que yo moriría de muerte violenta, y es que las cartas conocían al señor
Chermidy. Tarde o temprano me habría retorcido el cuello, y hubiera
bailado el día de mi entierro. Ahora soy yo la que río, la que bailo y
dice tonterías; el mío es un caso de legítima defensa.
»¡Vamos, es una linda historia la de esa muerte! Nunca se ha visto
objeto de china igual, y yo la conservaré en una rinconera. Todos mis
amigos han venido a darme el pésame, poniendo cara de circunstancias;
pero les he contado el suceso y les he hecho perder la gravedad en
seguida. Hemos estado riendo a mandíbula batiente hasta las doce y media
de la noche.
»Figúrese usted, mi querido doctor, que la -Náyade- había anclado
delante de Ky-Tcheou. No he podido encontrar de ningún modo en el mapa
donde cae eso, y estoy desesperada. Los geógrafos de hoy son seres muy
incompletos. Ky-Tcheou debe estar al sur de la península de Corea, en el
mar del Japón. He encontrado Kin-Tcheou, pero en la provincia de
Ching-King, en el golfo de Leou-Toung, en el mar Amarillo. ¡Póngase
usted en lugar de una pobre viuda que no sabe en qué latitud la han
privado de su marido!
»Sea lo que fuere, los magistrados de Ky-Tcheou o Kin-Tcheou, en la
desembocadura del río Li-Kiang, habían maltratado a dos misioneros
franceses. El mandarín gobernador, o padre de la ciudad, el poderoso
Gu-Ly, consagraba todos sus ocios a hacerles jugarretas a los
extranjeros. Existen tres factorías europeas en ese lugar de recreo. Un
francés que compra seda, ejerce las funciones de agente consular. Tenía
una bandera delante de su puerta y los misioneros se alojaban en su
casa. Gu-Ly hizo prender a los dos sacerdotes acusándolos de predicar
una religión extraña. Difícilmente se pudieron defender los sacerdotes
mentados, puesto que a eso, a predicar la religión cristiana, habían
ido. Fueron condenados, y corrió el rumor de que los habían matado.
Debido a eso envió el almirante a la -Náyade- con la misión de enterarse
de lo que ocurría.
»El comandante hizo ir a Gu-Ly a su presencia, ¿Se representa usted a mi
marido frente a frente con el tal chino? Gu-Ly aseguró que los
misioneros no tenían novedad, pero que habían infringido las leyes del
país, y por lo tanto era preciso que sufriesen seis meses de cárcel. Mi
marido quiso verlos y se le ofreció que se los enseñarían a través de
las rejas. Aquella misma noche se trasladó a las puertas de la prisión
con una compañía de desembarco. Vio a dos misioneros que gesticulaban en
la ventana, el cónsul los reconoció y todo el mundo quedó satisfecho.
»Pero al día siguiente fueron a avisar al cónsul que los misioneros
habían sido degollados ocho días antes de la llegada de la -Náyade-. Más
de veinte testigos certificaron el hecho. Mi Chermidy volvió a
endosarse el uniforme, desembarcó con sus hombres, fue de nuevo a la
cárcel y derribó las puertas, sin hacer caso a los misioneros que le
hacían señas con los brazos para que regresara al buque. Encontró en el
calabozo dos figuras de cera, modeladas con una perfección chinesca;
eran los dos misioneros que le habían enseñado el día anterior.
»Mi marido montó en cólera. No era de los que sufren que se les engañe;
éste es un defecto que siempre ha tenido. Volvió a bordo y juró por lo
más sagrado que bombardearía la ciudad, si los asesinos no eran
castigados. El mandarín, temblando como una hoja, hizo acto de sumisión
y condenó a los jueces a ser aserrados vivos. Mi marido no tuvo ninguna
objeción que hacer.
»Pero la legislación del país permite a todo condenado a muerte buscar
un substituto. Hay agencias especiales que, mediante cinco o seis mil
francos y buenas promesas, deciden a un pobre diablo a dejarse cortar en
dos. Los chinos de la clase baja, los que viven mezclados con los
animales, no tienen gran apego a la vida. Y se comprende. ¡Para lo que
hacen! No les cuesta, pues, gran trabajo, decidirse a dejar este mundo
cuando se les ofrece mil piastras y tres días para comérselas. Mi marido
aceptó a los substitutos, asistió al suplicio e hizo las paces con el
ingenioso Gu-Ly, llegando en su clemencia hasta invitarle a comer al día
siguiente con los magistrados que se habían hecho sustituir. Esto era
obrar como buen diplomático, porque, después de todo, ¿qué es la
diplomacia? El arte de perdonar las injurias tan pronto como han quedado
vengadas.
»Gu-Ly y sus cómplices fueron a comer a bordo de la -Náyade-. Los
postres fueron interrumpidos por un incendio magnífico; el navío ardía
como una cerilla. Funcionaron las bombas oportunamente, se echaron las
culpas sobre un pinche de cocina y se dieron excusas al venerable Gu-Ly.
»¿Encuentra usted el relato un poco largo? ¡Paciencia! todo se andará.
El mandarín quiso devolverle su fineza y le invitó para el día siguiente
a uno de esos banquetes en que triunfa la prodigalidad china. Nosotros
somos unos pobres señores comparados con esos originales. Admiramos
mucho al -gentleman- que gasta en un cubierto para él solo quinientos
francos en el café de París: ¡los chinos hacen las cosas de otro modo!
Anunciaron al comandante las salsas espolvoreadas con perlas finas, los
nidos de golondrinas con lenguas de faisán, y la célebre tortilla de
huevos de pavo real que se hace en la misma mesa matando a cada hembra
para arrancarle su huevo. Mi Chermidy, simple como un remo, no adivinó
que sería él quien pagaría el -menú-. Según los relatos oficiales, se
relamía los labios y se prometía escuchar atentamente las comedias con
que se acostumbra sazonar un festín chino.
»Desembarcó con el cónsul y cuatro hombres de escolta, bajo una lluvia
persistente. Ya comprenderá usted que no olvidaría su uniforme de gala.
Una diputación de magistrados lo recibió con toda la etiqueta de rigor.
Supongo que quedaría satisfecho de la arenga. Si los chinos adoran la
etiqueta, los marinos no la detestan. Se le izó sobre un caballejo.
Desde aquí le veo trotando y dando tumbos. El animal (dicho sea sin
equívoco) se hundía en el barro hasta los corvejones; las ciudades de
China están empedradas con un afirmado de dos filas que las hace aptas a
la vez para el tránsito rodado y para la navegación. Doce jóvenes
vestidos de seda de color de rosa marchaban a sus lados, con una pluma
de pavo real en la mano. Cantaban con su voz gangosa alabanzas en honor
del grande, del poderoso, del invencible Chermidy, y agasajaban
dulcemente a la montura con las barbas de sus plumas. Los pequeños le
hacían cosquillas en las narices y los mayores le hurgaban en el
interior de las orejas tan bien y tan largo tiempo, que el animal acabó
por encabritarse. El caballero, torpe como un marino, cayó de espaldas.
Los niños corrieron hacia él y le preguntaron todos a la vez si se había
hecho daño, si tenía necesidad de algo, si quería agua para lavarse, y,
sin dejar de hablar, sacaron sus cuchillos de los bolsillos y le
cortaron el cuello sin ruido, sin escándalo, hasta que la cabeza quedó
completamente separada del tronco.
»Es el cónsul el que ha contado esta historia. Me temo mucho que no
hubiera podido hablar nunca más con nadie a no ser por el socorro de los
cuatro marineros que le salvaron la vida y le condujeron a bordo. Me
detengo aquí, porque la pieza pierde su interés desde el momento en que
el héroe ha sido enterrado. Ya sabrá usted la continuación por los
periódicos y por la carta adjunta que los oficiales de la -Náyade- se
han tomado la molestia de enviarme. Lamento sinceramente la muerte del
mandarín Gu-Ly. Si viviese aún, le aseguraría un plato de nidos de
golondrinas para el resto de sus días. Desde que mi dicha depende de una
doble viudez, me he prometido siempre partir un millón entre las almas
caritativas que me librasen de mis enemigos. En un cajón de mi
-secreter- había quinientos mil francos para ese mandarín que ya no
existe.
»Tumba de los secretos, quemará usted mi carta, ¿no es verdad? Queme
también los periódicos que hablan de este asunto. No es necesario que
don Diego sepa que yo soy libre mientras él aún continúa encadenado.
Evitemos a nuestros amigos disgustos demasiado crueles. Sobre todo, no
le diga usted que el luto me embellece.
»Cuide bien a la persona a la cual se ha dedicado usted. Pase lo que
pase, tendrá el mérito de haberla hecho vivir más de lo que era
humanamente posible. Si le hubieran dicho antes de dejar París que iba a
estar ausente siete u ocho meses, ¿comería tan buenas codornices? Cuando
esté curada o le ocurra otra cosa, usted vendrá a París y entonces
trataremos de buscarle una clientela, porque estoy segura de que sus
enfermos, a excepción de mí, no le reconocerán.
»El señor duque de La Tour de Embleuse, que me hace algunos días el
honor de comer en mi casa, me ha rogado que buscase otro criado para su
hija. Yo había tomado apresuradamente mis informes sobre el primero que
le envié, pero después me han dicho que es un sujeto de malos
antecedentes. Echelo usted lo más pronto posible, o quédeselo bajo su
responsabilidad hasta la llegada del substituto.
»Adiós, llave de los corazones. El mío le está abierto desde hace mucho
tiempo, y si no es usted el mejor de mis amigos, no es mía la culpa.
Consérveme mi marido y mi hijo y seré siempre completamente suya.
»HONORINA.»
-Los oficiales de la «Náyade» a la señora Chermidy-
«Hong-Kong, 2 de abril 1853.
»Señora: Los oficiales y los alumnos embarcados a bordo de la -Náyade-
cumplimos un penoso deber al unir nuestro pesar al dolor bien legítimo
que le causará la pérdida del comandante Chermidy.
»Una odiosa conspiración ha robado a Francia uno de sus oficiales más
honorables y más experimentados: a usted, señora, un marido, del cual
todos habíamos podido apreciar la bondad y la dulzura; a nosotros un
jefe, o mejor dicho, un compañero, que tenía a honor descargarnos del
peso del servicio, reservándose la parte más pesada.
»Al enviarle las insignias de su grado, que había conquistado tan
laboriosamente, lamentamos, señora, no poder unir la condecoración de
los valientes que merecía desde hace mucho tiempo, tanto por la duración
como por la importancia de sus servicios, y que le esperaba sin duda,
después de una campaña que tendremos que terminar sin él.
»Es un débil consuelo, señora, en un dolor como el suyo, el placer de la
venganza. No obstante, nos sentimos orgullosos de poder decir a usted
que hemos hecho gloriosos funerales a nuestro bravo comandante.
»Cuando el señor cónsul y los cuatro marineros que habían presenciado el
crimen nos trajeron la noticia a bordo, el más antiguo de los tenientes
de navío, que había sucedido al excelente oficial que habíamos perdido,
hizo evacuar las personas y las mercaderías de las factorías europeas, y
comenzamos un fuego graneado contra la ciudad que la convirtió en
cenizas en menos de dos días. Gu-Ly y sus compañeros creyeron encontrar
un refugio seguro en la fortaleza. La compañía de desembarco, a las
órdenes de uno de los nuestros, los sitió durante una semana con dos
cañones que habíamos llevado a tierra. La conducta de nuestros hombres
fue admirable; vengaron cumplidamente a su comandante. La -Náyade- no
izó el pabellón imperial hasta después de haber castigado
implacablemente al mandarín gobernador y a todos los que se habían
reunido alrededor de su persona. A la hora en que le escribimos, señora,
ya no existe la ciudad llamada Ky-Tcheou; no queda en su lugar más que
un montón de cenizas que podría ser llamado la tumba del comandante
Chermidy.
»Reciba usted, señora, el homenaje de los sentimientos de la más
profunda simpatía, y reconózcanos como sus más humildes y fieles
servidores. (-Siguen las firmas.-)»
X
LA CRISIS
La época más dichosa en la vida de una joven es el año que precede a su
matrimonio. Toda mujer que quiera pasar revista a sus recuerdos se
acordará con un sentimiento de pesar de aquel invierno bendito entre
todos, en que su elección ya estaba hecha, pero ignorada de los demás.
Una multitud de pretendientes tímidos e indecisos se mostraban
obsequiosos a su alrededor, se disputaban su ramo o su abanico y la
envolvían en una atmósfera de amor, que ella respiraba con embriaguez.
Ella ya había distinguido entre todos al hombre del cual quería ser,
pero no le había prometido nada y experimentaba una cierta alegría en
tratarle como a los demás y en ocultarle su preferencia. Se divertía en
hacerle dudar de su dicha, en llevarle de la esperanza al temor, en
someterle todos los días a una prueba. Pero en el fondo de su corazón,
le inmolaba todos su rivales y depositaba a sus pies todos los
homenajes que fingía acoger. Se prometía recompensar espléndidamente
tanta perseverancia y resignación, y sobre todo saboreaba el placer,
eminentemente femenino, de mandar a todos y de no obedecer más que a uno
solo.
Este período triunfal había faltado en la vida de Germana. El año que
precedió a su matrimonio había sido el más triste y el más miserable de
su pobre juventud. Pero el año que siguió la indemnizó en parte. Vivía
en Corfú en un círculo de admiradores apasionados. Todos los que la
rodeaban, viejos y jóvenes, experimentaban por ella un sentimiento muy
parecido al amor. Llevaba impreso sobre su hermosa frente ese signo de
melancolía que demuestra que una mujer no es dichosa. Es un atractivo
que pocos hombres resisten. Los más atrevidos temen ofrecerse a la que
parece no carecer de nada, pero la tristeza enardece a los tímidos. No
faltaban, ciertamente, médicos a aquella alma afligida. El joven
Dandolo, uno de los hombres más brillantes de las siete islas, la
asediaba con sus cuidados, la deslumbraba con su talento y le imponía su
amistad soberbia con la autoridad del que siempre ha triunfado. Gastón
de Vitré paseaba alrededor de ella una solicitud inquieta. El hermoso
joven se sentía nacer a una nueva vida. No había cambiado nada en sus
costumbres, y sus ocupaciones y sus placeres marchaban al mismo paso que
antes, pero cuando leía cerca de su madre, veía más allá de las páginas
del libro; se detenía como deslumbrado en medio de la lectura; se sumía
en un ensueño a propósito de un verso que jamás le había impresionado.
El beso de despedida que daba por las noches a la señora de Vitré
quemaba la frente de su madre. Cuando rezaba, de rodillas, con la cabeza
apoyada contra la cama, veía pasar entre sus ojos y sus párpados
imágenes extrañas.
No dormía toda la noche de un tirón, como antes; su sueño era
entrecortado. Se levantaba antes del amanecer y corría por el campo con
una impaciencia febril. La escopeta le pesaba menos sobre el hombro; sus
pies casi no pisaban la hierba seca. Cuando se embarcaba, se internaba
más que nunca en el mar y sus brazos robustos encontraban un placer en
impulsar los remos; cualquiera que fuese el objeto de su visita, un
encanto invisible lo atraía siempre cerca de Germana, lo mismo por
tierra que por mar; se volvía hacia ella como la brújula a la estrella,
sin tener conciencia del poder que lo atraía. Era acogido amistosamente,
se tenía placer al verle y a él no se le ocultaba. No obstante, siempre
mostraba prisa de partir y no entraba más que un momento, pretextando
que su madre lo esperaba, pero es lo cierto que a la caída del sol aun
estaba sentado al lado de la querida enferma, y se extrañaba de que los
días fuesen tan cortos en el mes de agosto.
El señor Stevens, hombre de peso y de gravedad, marcaba el paso detrás
del sillón de Germana como un regimiento de infantería; tenía para ella
esas atenciones reflexivas y serenas que constituyen la fuerza de los
hombres de cincuenta años. Le llevaba bombones, le contaba cuentos y le
prodigaba esas pequeñas atenciones a las que una mujer no se muestra
nunca insensible. Germana no despreciaba aquella buena amistad, paternal
en la forma, menos paternal no obstante que la del doctor Delviniotis.
Recompensaba también con una dulce mirada al capitán Bretignières, aquel
excelente hombre al que no faltaba más que una pluma en el sombrero. Se
regocijaba al verle correr a su alrededor con todo el estruendo de una
fantasía árabe. Tenía una amistad bien tierna por el doctor; el señor Le
Bris, acostumbrado a hacer una corte inocente a sus enfermas, no sabía
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