Hubiera podido añadir que desde hacía tres años les visitaba gratuitamente. El día de la boda por la mañana fue la modista a casa de Germana para probarle el traje de novia. La joven se prestó dulcemente a aquella triste chanza. La costurera advirtió que un punto del cuerpo se había descosido y se dispuso a reparar el desperfecto. --¿Para qué?--dijo la enferma--. No he de usarlo más. Al presentarle el velo, notó la ausencia de las flores de azahar. --Está bien; temí que no se hubiesen fijado. Aquellos preparativos eran de una tristeza fúnebre. --Mamá--dijo Germana--, ¿se acuerda usted de los versos del poeta Jasmin, cuya traducción me leyó usted en la -Revista de Ambos Mundos-? «Todos los caminos debían florecer, Porque la hermosa novia iba a salir; Debían florecer, florecer y granar, Porque la hermosa novia iba a pasar.» ¿Cómo terminaba? No me acuerdo. ¡Ah! ¡sí! «Todos los caminos debían gemir, Porque la hermosa muerta iba a salir; Debían gemir, debían llorar. Porque la hermosa muerta iba a pasar.» La duquesa se deshacía en lágrimas. Germana le pidió perdón por su cobardía. --Espere usted--dijo--, ya me verá ante el enemigo. Debo llevar dignamente el nombre de ustedes. ¿No soy el último vástago de los La Tour de Embleuse? Los testigos del conde fueron el embajador de España y el secretario de la legación de las Dos Sicilias. Los de Germana, el barón de Sanglié y el doctor Le Bris. Todo el -faubourg- fue invitado a la misa. El señor de Villanera conocía a lo mejor de París y al viejo duque no le molestaba resucitar públicamente como millonario. Las tres cuartas partes de los invitados fueron exactos a la cita; a pesar de la discreción de los invitados, el público adivinaba cierta anormalidad. En todo caso, no deja de ser algo raro y curioso la boda de una moribunda. Al dar las doce de la noche, doscientos o trescientos coches, que venían del baile o del teatro, fueron a depositar su carga en la plazoleta de Santo Tomás de Aquino. La novia descendió la gradería del brazo del doctor Le Bris. Se la encontró menos pálida de lo que se esperaba, pero es que había rogado a su madre que le pusiera un poco de colorete para representar aquella comedia. Avanzó con paso firme hasta el reclinatorio que se le había destinado. Su padre le daba la mano y marchaba triunfalmente a su izquierda, mirando con el monóculo a la concurrencia. El singular viejo no pudo retener una exclamación al advertir medio oculta entre la multitud una encantadora cabeza: «¡Hermosa mujer!», dijo como si se hallase en el bulevar. Era la señora Chermidy que había querido ver con sus propios ojos si la novia aun estaba viva. Después de la ceremonia, una silla de postas con cuatro caballos llevó a los viajeros hasta la barrera de Fontainebleau, pero desde allí retrocedió al bulevar exterior y regresó al palacio Villanera. Era necesario tomar al pequeño Gómez y dar a Germana algunas horas de reposo. IV VIAJE A ITALIA Germana durmió poco aquella noche. Estaba acostada en una inmensa cama de pabellón, en el centro de una habitación desconocida. Un globo de porcelana mal iluminaba los tapices. Mil figuras extravagantes parecían salirse de la pared y bailar alrededor de la cama. Por primera vez, durante veinte años, se veía separada de su madre. Había sido reemplazada por la señora de Villanera, atenta a sus menores deseos y movimientos, pero que le daba miedo. En un ambiente tan poco tranquilizador, la pobre niña no se atrevía ni a dormir ni a estar despierta. Cerraba los ojos para no ver los tapices, pero no tardaba en volverlos a abrir, porque entonces se le presentaban otras imágenes más espantosas. Creía ver a la muerte en persona, tal como los imagineros de la Edad Media la habían representado en los misales. --Si me duermo--pensaba--, nadie vendrá a despertarme; me han dejado aquí para que me muera. Un gran reloj de Boule marcaba las horas sobre la chimenea. Los golpes secos del péndulo, la regularidad inflexible del movimiento, le crispaban los nervios: rogó a la condesa que parase el reloj. Pero bien pronto el silencio le pareció más temible que el ruido e hizo devolver la vida a la inocente máquina. Hacia la mañana, la fatiga fue más fuerte que todas las preocupaciones. Germana dejó caer sus pesados párpados, pero se despertó casi en el acto al ver que tenía las manos cruzadas sobre el pecho. Ella sabía que en esta postura se enterraba a los muertos. Sacó fuera de los cobertores sus bracitos descarnados y se cogió fuertemente a la madera de la cama. La condesa se apoderó de su mano, la besó dulcemente y la retuvo sobre sus rodillas. Solamente entonces se tranquilizó la enferma y durmió hasta entrado el día. Soñó que la condesa estaba de pie a su derecha, que tenía la figura de un ángel y que le habían salido unas alas blancas. A su izquierda veía otra mujer, pero no pudo reconocerla. Lo único que pudo distinguir fue un velo de encaje, dos grandes alas de cachemira y dos garras de diamantes. El conde se paseaba con paso agitado: iba de una a otra mujer y les hablaba al oído. Finalmente, el techo se abrió, descendiendo un hermoso niño mofletudo, parecido a esos querubines que guardan los tabernáculos de las iglesias. El ángel voló sonriendo hacia la enferma, ella abrió los brazos para recibirlo y el movimiento que hizo la despertó. Al abrir los ojos, vio entrar a la vieja condesa con traje de viaje y al joven Gómez trotando a su lado. El niño sonrió instintivamente a aquella linda muñeca blanca con cabellos de oro, e hizo ademán de querer trepar a la cama. Germana intentó ayudarle, pero no era bastante fuerte. La condesa de la Villanera le levantó como una pluma y lo arrojó suavemente sobre los almohadones. --Hija mía--le dijo con emoción mal contenida--, te presento al marqués de los Montes de Hierro. Germana cogió al niño por la cabeza y le besó dos o tres veces. El pequeño Gómez recibió aquellas caricias con agrado y aun creo que le devolvió un beso. La joven le miró largo rato y sintió el corazón emocionado. No sé qué proceso se desarrolló en el fondo de su pensamiento, pero, después de un esfuerzo invisible, le dijo a media voz: --¡Hijo mío! La viuda la abrazó agradecida. --Marqués, ahí tienes a tu mamaíta. --¡Mamá!--repitió el niño sonriendo. --¿Quieres que sea tu mamá?--preguntó Germana. --Sí--respondió. --Pobre pequeño, no será por mucho tiempo, ¡no! --¡No!--repitió el niño sin comprender lo que decía. Desde aquel momento el hijo y la madre fueron amigos. El pequeño Gómez no quiso salir ya de la habitación y asistió al tocado de Germana. Esta le tenía sobre sus rodillas cuando entró el conde de Villanera a saludar a su esposa y a besarle la mano. La joven experimentó una especie de vergüenza al verse así sorprendida y dejó resbalar al niño sobre la alfombra. Germana no había amado aún más que a su madre y a su padre. No había estado en el colegio, no había tenido amigas y no conocía a ningún hombre. El derroche de amor y de amistad que se hace en los pensionados, y que gasta el corazón de las jóvenes antes de tiempo, no había mermado las riquezas de su alma. Amó, pues, a su suegra y a su hijo adoptivo como un pródigo que no teme arruinarse; dedicó al doctor Le Bris una ternura fraternal, pero le pareció imposible amar a su marido: esto era superior a sus fuerzas; más valía, pues, renunciar. Y no es que el conde fuese un hombre desagradable; otra mujer le hubiera encontrado perfecto. De todos sus compañeros de viaje, fue seguramente el más paciente, el más atento, el más delicado; un caballero de honor encargado de escoltar a una reina joven, no hubiera cumplido mejor su deber. Era él quien lo disponía todo para la marcha y para el reposo, arreglaba el paso de los caballos, elegía las comidas y preparaba los alojamientos. Las jornadas que hacían eran cortas, de modo que en dos etapas adelantaban diez leguas. Esta manera de viajar hubiera agotado la paciencia de un hombre joven y robusto: don Diego no temía más que Germana pudiera fatigarse. Era fumador, como creo ya haberos dicho. Desde el primer día del viaje se redujo a fumar dos cigarros por día; uno por la mañana, antes de partir, y el otro por la noche, antes de acostarse. Pero una mañana la enferma le dijo: --¿No ha fumado usted? Me parece sentir el olor del tabaco. Don Diego dejó sus cigarros en la primera posada y no volvió a fumar. La enferma lo aceptaba todo de su marido sin perdonarle ningún sacrificio. ¿No le había dado ella más de lo que podía darle? Ella se repetía continuamente que don Diego la cuidaba por deber o, mejor dicho, para descargo de su conciencia, que la amistad no entraba para nada en todas aquellas atenciones; que él desempeñaba fríamente el papel de buen marido; que amaba a otra mujer; que no se pertenecía y que había dejado su corazón en Francia. Pensaba, en fin, que aquel hombre que parecía tan cuidadoso de su vida, se había casado con ella con la esperanza de que moriría bien pronto, y se indignaba de ver retrasar con todos sus esfuerzos el acontecimiento que tanto deseaba. Fue, pues, tan dura para él, como era amable para los demás. Ocupaba el fondo del carruaje con la vieja condesa. Don Diego, el médico y el niño estaban de espaldas a los caballos. Si alguna vez el niño trepaba sobre sus rodillas, o si la viuda, dormida por la monotonía del movimiento, dejaba caer la cabeza sobre su hombro escuálido, jugaba con el pequeño o acariciaba los cabellos de la viuda. Pero no permitía que su marido le preguntase siquiera por su estado, y un día le respondió con una crueldad sangrienta: --Esto va bien, sufro mucho. Don Diego sacó la cabeza por la ventanilla y sus lágrimas cayeron sobre las ruedas. El viaje duró tres meses, sin cambiar ni el humor ni la salud de Germana. No estaba mejor ni peor: arrastraba la vida. Tenía siempre la misma aversión a su marido, pero se iba acostumbrando a él. Italia entera pasó ante su vista sin que se interesase por nada, ni siquiera se fijase en ningún sitio. Verdad es que en invierno Italia se parece mucho a Francia. Nieva un poco menos, pero llueve más. El clima de Niza la hubiera sentado muy bien. Pasando por el paseo de los Ingleses, don Diego había hecho el elogio de una linda villa pintada de color de rosa y rodeada de un jardín de naranjos. Pero Germana se aburría de ver desfilar todo el día una interminable procesión de tísicos. Los condenados que se destierran a Niza tienen miedo los unos de los otros y cada uno de ellos lee su destino en la palidez del vecino. --¡Vamos a Florencia!--dijo ella. Y don Diego hizo enganchar para Florencia. Encontró en la ciudad un aspecto de fiesta que parecía exacerbar su desgracia. El primer día que fue conducida al paseo, que oyó la música de los regimientos austriacos y que las floristas mofletudas arrojaron su mercancía en el coche, reprochó duramente a su marido el haberla expuesto a un contraste tan cruel. Quedaba Pisa y allí fueron. Quiso ver el Campo Santo y la terrorífica obra maestra de Orcagna. Aquellas pinturas fúnebres, aquellos cuadros de la Muerte, dueña de la vida, la impresionaron fuertemente y salió de allí más muerta que viva. Entonces expresó el deseo de ir hasta Roma. El clima de la gran ciudad no debía favorecerla precisamente, pero había llegado ya al punto en que el médico no niega nada a su enfermo. Vio Roma y creyó entrar en una vasta necrópolis. Aquellas casas desiertas, los palacios vacíos y las grandes iglesias en las que se ve de espacio en espacio un fiel arrodillado, tomaron a sus ojos una fisonomía sepulcral. Partió para Nápoles y tampoco se encontró mejor. Se habían alojado en Santa Lucía. El más hermoso golfo del universo ondulaba sus aguas azules ante ella; el Vesubio humeaba bajo sus balcones; el sitio estaba bien elegido para vivir y morir. Pero ella soportaba impacientemente los ruidos de la calle, el grito agudo de los cocheros, el paso sonoro de las patrullas suizas y el canto de los pescadores. Maldijo la ciudad ruidosa y agitada donde ni siquiera era permitido sufrir en paz. La ofrecieron hallar en las inmediaciones un retiro más tranquilo; quiso buscar por sí misma e hizo un gasto de actividad que la agotó en pocos días. El doctor estaba admirado de tanta resistencia. Era preciso que la Naturaleza hubiera construido su cuerpo con bien sólidos materiales o bien que un alma vigorosa retrasase la ruina de aquel edificio que se desplomaba. Le enseñaron Sorrento y Castellamare; la pasearon durante ocho días de lugar en lugar sin que se decidiese a hacer una elección. Una noche, tuvo el capricho de visitar Pompeya a la luz de la luna. --Es una ciudad por mi estilo--dijo con una sonrisa amarga--; es justo que los muertos se consuelen entre sí. Fue preciso arrastrarla por espacio de dos horas sobre el empedrado desigual de la ciudad muerta. Hubiera sido un paseo delicioso para un corazón alegre. El día había sido hermoso; la noche era casi tibia. La luna iluminaba los objetos como un sol de invierno. El silencio añadía al espectáculo un encanto dulce y solemne. Las ruinas de Pompeya no tienen la grandeza aplastante de esos monumentos romanos que inspiraron tan largas frases a madama de Staël. Son los restos de una ciudad de diez mil habitantes; los edificios privados y públicos tienen una fisonomía provinciana. Al entrar en aquellas calles estrechas, al abrir la puerta de sus casitas, se penetra en la vida íntima de la antigüedad y se es recibido amistosamente en un pueblo que ya no existe. Encontráis allí una singular mezcla del sentimiento artístico que distinguía a los antiguos y del mal gusto que es patrimonio de los pequeños burgueses de todas las épocas. Nada más divertido que descubrir bajo el polvo de veinte siglos jardinillos semejantes a los de los Inválidos, con su surtidor microscópico, los pequeños patos de mármol y la estatuíta de Apolo en el centro. He ahí el dominio de un ciudadano romano que vivía de sus rentas en el año 79 de la Era cristiana. La alegría champañesa del doctor se recreaba dulcemente en medio de aquellos curiosos restos. Don Diego traducía a su mujer los relatos interminables del guarda, pero la impaciencia febril de la enferma quitaba todo encanto a la excursión. La pobre niña no era dueña de sí misma; pertenecía a la enfermedad y a la muerte próxima. No caminaba nada más que por sentirse vivir, ni hablaba más que por oír su voz. Se adelantaba a la comitiva, volvía sobre sus pasos, pedía que la dejasen ver de nuevo lo que ya había visto, se detenía en el camino y se ingeniaba en buscar caprichos que nadie podía satisfacer. Hacia las nueve, el frío se apoderó de ella y propuso volver al hotel. «Decididamente, dijo, quiero morir aquí; por lo menos estaré tranquila.» Pero después pensó que el Vesubio no había dicho aún su última palabra y que podría depositar una sábana de fuego sobre su tumba. Entonces habló de volver a París y se acostó con unos escalofríos que no presagiaban nada bueno. La viuda cenó a su lado. El niño ya dormía desde hacía rato. El dueño de la -Corona de hierro- invitó a los caballeros a bajar al comedor; estarían mejor que en la habitación de un enfermo y tendrían compañía. El médico aceptó la proposición y don Diego le siguió. La compañía se reducía a dos personas; un pintor francés, gordinflón y de buen humor, y un joven inglés encarnado como un cangrejo. Los dos habían visto entrar a Germana y habían adivinado sin esfuerzo el mal que la mataba. El pintor profesaba una filosofía alegre, como todo el que digiere bien. --Yo, señor--decía a su vecino--, si nunca llegase a padecer del pecho, lo que no es probable, no me apartaría en absoluto de mi régimen de vida. En todas partes se cura y en todas partes se muere. El aire de París es quizás el que mejor conviene a los tísicos. Hablan del Nilo: los posaderos del Cairo son los que han hecho extender esa opinión. Sin duda el vapor del río sirve para algo, pero, ¿y la arena del desierto no es perjudicial? Se os entra en los pulmones, se aloja en ellos y ¡buenas noches!... Usted me dirá que si de todos modos hay que morir, queda por lo menos el derecho de elegir el sitio. Me hago cargo perfectamente de ello. ¿Ha viajado usted por la regencia de Túnez? --Sí. --¿Ha visto usted cortar la cabeza a alguien? --No. --Pues bien, todo eso se ha perdido usted. Esos desgraciados tienen el derecho de elegir el sitio. Cuando un tunecino es condenado a muerte, se le da tiempo hasta la puesta del sol para buscar el lugar en que se le haya de cortar la cabeza. Desde el amanecer, dos verdugos le cogen del brazo y le conducen al campo. Cada vez que llegan a algún lindo rincón de paisaje, un arroyuelo sombreado por dos palmeras, los ejecutores dicen al paciente: «¿Cómo encuentras esto? Sería inútil buscar nada mejor.» «Vamos más lejos, dice el otro, aquí hay moscas.» Le pasean así hasta que ha encontrado un lugar de su agrado y se decide generalmente a la puesta del sol. Entonces se arrodilla, los dos vecinos sacan sus cuchillos y le cortan tranquilamente la cabeza. Pero tiene, por lo menos, el consuelo de morir en un terreno a su gusto. He conocido en París a una bailarina que se le había metido la misma idea en la cabeza. Se había comprado un terreno en el Père-Lachaise e iba a visitarlo de cuando en cuando, cada vez con mayor placer. Los seis metros de su propiedad estaban en uno de los más bellos rincones del cementerio, rodeado de monumentos burgueses y con vistas al exterior. Pero sus compatriotas de usted son los que cometen mayores extravagancias. Uno que encontré una vez quería ser enterrado en Etretat porque allí el aire es más puro, porque se ve el mar y porque nunca ha habido cólera. Me contaron de otro que compraba terrenos en todas las ciudades por donde pasaba. Desgraciadamente murió en la travesía de Liverpool a Nueva York y el capitán le hizo arrojar al agua. Don Diego y el doctor hubieran dejado muy a gusto de oír semejante discurso e iban a rogar a su vecino que cambiase de conversación, cuando el joven inglés tomó la palabra. --Pues yo, señor--dijo--, hace dos años estaba tan enfermo como esa joven que hemos visto pasar. Los médicos de Londres y de París me habían firmado mi pasaporte y yo buscaba también un sitio para morir. Lo elegí en las islas Jónicas, en la parte meridional de Corfú. Me instalé allí esperando mi hora y me encontré bien, tan bien, que la hora pasó. El médico tomó la palabra con la desenvoltura que reina en las mesas redondas de Italia: --¿Usted ha estado tísico, señor? --En tercer grado, si es que toda la Facultad no se burló de mí. Citó los nombres de los médicos que lo habían visitado y condenado. Contó cómo había acabado por cuidarse él mismo, sin nuevos remedios, en el campo, lejos del bullicio, esperando la muerte, bajo el cielo de Corfú. El señor Le Bris le pidió permiso para auscultarle, a lo que se negó él con un terror cómico. Le habían contado la historia del médico que mató a su enfermo para saber cómo se había curado. Una hora después el conde estaba sentado a la cabecera de Germana. La enferma tenía el rostro encendido y la palabra jadeante. --Venga usted--dijo a su marido--. Tengo que hablarle seriamente. ¿No se fija usted en que estoy mejor esta noche? Tal vez estoy en vías de curación. Su porvenir de usted está comprometido. Le he hecho perder ya tres meses; nadie esperaba que durase tanto. Mi familia tiene mucha vitalidad; será necesario que me mate. Usted tiene derecho, ya lo sé; para eso le ha costado su dinero. Pero déjeme aún algunos días; ¡es tan hermosa la luz! Me parece que respiro mejor. Don Diego le cogió la mano; estaba ardiente. --Germana--le dijo--, he comido con un joven inglés que ya le enseñaré mañana. Estaba más enfermo que usted, según asegura; el cielo de Corfú le ha curado. ¿Quiere usted que nos marchemos a Corfú? La joven se incorporó en la cama, le miró en los ojos y le dijo con una emoción que rayaba en el delirio: --¿Dices la verdad?... ¿Puedo vivir aún?... ¿Volveré a ver a mi madre? ¡Ah! si tú me salvases, toda mi vida sería poca para pagar tanto bien. Te serviría como una esclava, educaría a tu hijo y haría un grande hombre de él... ¡Desgraciada! no es para eso para lo que tú me has elegido. Tú amas a esa mujer, la echas de menos, la escribes, ansias el momento de volver a verla, y todas las horas de mi vida son otros tantos robos que cometo... Durante dos días, su mal pareció agravarse en aquella habitación del hotel y todos creyeron que moriría sobre las ruinas de Pompeya. No obstante, pudo levantarse en la primera semana de abril. Conducida a Nápoles, embarcó en un paquebot que partía para Malta y desde allí un vapor del Lloyd inglés la transportó hasta el puerto de Corfú. V EL DUQUE El señor y la señora de La Tour de Embleuse se habían despedido de su hija en la sacristía de Santo Tomás de Aquino. La duquesa lloró mucho; el duque tomó más alegremente la separación, para tranquilizar a su esposa y a su hija; quizá también porque no encontró lágrimas en sus ojos. En su fuero interno, él no creía en la muerte de Germana. El solo, con la vieja condesa de Villanera, esperaba el milagro de la curación. Aquel caballero servidor de la fortuna estaba firmemente convencido de que una dicha nunca llega sola. Todo le parecía posible desde que había vuelto a salir a flote. Comenzó por predecir el restablecimiento de su mujer y no se equivocó. La duquesa era de una constitución robusta, como toda su familia. Las fatigas, las noches sin dormir y las privaciones habían tomado una gran parte en la enfermedad crítica que la edad le había aportado. Añadid a esto las angustias continuas de una madre que espera el último suspiro de su hija. La señora de La Tour de Embleuse sentía tanto o más los dolores de Germana que los suyos propios. Cuando se separó de su querida enferma, se repuso poco a poco y compartió menos penosamente los males que no veía tan de cerca. La imaginación nos hace sufrir tanto como los sentidos, pero una desgracia que no vemos pierde algo de su crudeza. Si vemos aplastar un hombre en la calle, experimentamos un dolor físico, como si las ruedas hubiesen pasado por encima de nuestro cuerpo; el relato de este suceso leído en un periódico no hace más que rozar nuestra piel. La duquesa no podía estar tranquila ni ser feliz, pero por lo menos escapó a la acción directa del peligro sobre su sistema nervioso. No es que hubiese recobrado la calma, pero no vivía en la terrible ansiedad del que espera un acontecimiento inevitable. No abría jamás sin temblar una carta de Italia, pero en el intervalo de cada correo tenía instantes de reposo. A las vivas angustias que la torturaban, sucedió un dolor sordo que la costumbre le hizo familiar. Experimentaba el triste consuelo de un enfermo que del estado agudo pasa al estado crónico. Un amigo del joven doctor la visitaba dos o tres veces por semana, pero su verdadero médico continuaba siendo el señor Le Bris. Este le escribía regularmente, así como a la señora Chermidy, y aunque siempre había procurado no mentir, las dos correspondencias no se parecían mucho. Repetía a la pobre madre que Germana vivía, que la enfermedad parecía haberse detenido y que aquella dichosa suspensión de una marcha fatal daba derecho a esperar un milagro. No se alababa de curarla y decía a la señora Chermidy que sólo Dios podía aplazar indefinidamente la viudez de don Diego. La ciencia era impotente para salvar a la joven condesa de Villanera. Vivía aún y la enfermedad parecía haber hecho un alto, lo mismo que un viajero descansa en una posada para continuar con mayor vigor al día siguiente. Germana estaba siempre débil durante el día, febril y agitada al aproximarse la noche. El sueño le negaba sus favores, su apetito era caprichoso y rechazaba los platos con disgusto desde el momento que los había probado. Su delgadez era espantosa y la señora Chermidy hubiera tenido sumo placer en verla. Se podía decir que debajo de la piel límpida y transparente no tenía más que huesos y tendones; los pómulos parecían salírsele de la cara. ¡Verdaderamente era preciso que la señora Chermidy fuese muy impaciente para pedir algo más! El duque no sabía o no quería saber esto y ya había celebrado más de una vez la curación de su hija. En la edad del juicio, aquel anciano, cuyos cabellos blancos hubieran inspirado respeto si no se los tiñese, resistía mejor que un joven las fatigas del placer. Se adivinaba fácilmente que agotaría más pronto sus escudos que sus necesidades y sus fuerzas. Los hombres que han entrado tarde en la vida encuentran reservas extraordinarias para sus últimos años. Disponía de poco dinero efectivo, por muy millonario que fuese. El primer semestre de sus rentas debía vencer el 22 de julio; mientras tanto, era preciso vivir de los 20.000 francos de la canastilla. Esto era bastante para los gastos de la casa y para las pequeñas deudas que esperan menos que las grandes. Si la duquesa hubiese tenido a su disposición esta suma habría puesto la casa sobre un pie decente; pero el duque no soltaba la llave de la caja, siempre que en ella hubiese dinero. Pagó muy pocas deudas; se negó cortésmente a comprar muebles y conservó, a pesar de la duquesa y del sentido común, un departamento de 12.000 francos, en el cual no se detenía un instante. De cuando en cuando daba un luis a Semíramis para la cocina, pero nunca se preocupó de preguntarle cuánto se le debía por sus servicios. Compró dos o tres vestidos magníficos a la duquesa, que carecía de la ropa interior más necesaria. Lo que empleaba cada día en sus gastos personales era un secreto entre su cajón y él. No creáis, sin embargo, que tenía el egoísmo odioso de ciertos maridos que tiran el dinero a manos llenas y quieren conocer al céntimo los desembolsos de su esposa. Concedía a la duquesa tanta libertad para lo pequeño como se reservaba él para lo grande. Continuaba siendo aquel hombre cortés, solícito y tierno que su pobre mujer adoraba hasta en sus faltas. El se informaba de su salud con una atención casi filial. Le repetía por lo menos una vez al día: «Eres mi ángel guardián.» Le daba nombres tan dulces que, sin el testimonio de los espejos, hubiera creído tener veinte años. Algo es algo; y el peor marido no es despreciable más que a medias, cuando deja una dulce ilusión a su víctima. Un gran artista que ha visto nuestra sociedad con los ojos de Balzac, y que la ha pintado mejor, Gavarni, ha puesto este singular juicio en la boca de una mujer del pueblo: «Mi marido, un perro acabado; ¡pero el rey de los hombres!» Traducid la frase en estilo noble y comprenderéis el amor obstinado de la duquesa por el duque. No obstante, el viejo descendía rápidamente todos los escalones que un hombre bien nacido puede descender. Cuando el ruido de su nueva fortuna se hubo extendido por París, encontró en el Bosque un cierto número de antiguos conocidos que habían tomado la costumbre de volver la cabeza cuando le veían. Le invitaron a algunos salones de Montmartre donde los hombres más elegantes y más respetables van algunas veces en buena compañía a buscar la mala. Encontró aquí y acullá muebles que había comprado con su dinero; miró la hora en relojes cuya factura había pagado. La pasión del juego, que dormía en él desde muchos años, se despertó más ardiente que nunca; pero jugó a lo pícaro, alrededor de esos tapetes sospechosos que la policía barre de cuando en cuando. Aquel mundo peligroso, que es maestro en adular todos los vicios de que vive, hizo un recibimiento triunfal al duque de La Tour de Embleuse y le aplaudió su juventud póstuma que salía de la miseria como Lázaro de su tumba. Le probaron que tenía veinte años y él intentó probárselo a sí mismo. Asistió a grandes comilonas, con detrimento de su estómago, bebió -champagne-, fumó cigarros y rompió botellas. En aquellas reuniones la dignidad quedaba en el guardarropa. No obstante, los recién llegados de provincias, los extranjeros perdidos en París o los hijos de familia escapados de la tutela paternal, admiraban los nobles modales y la apostura aristocrática de aquel gentilhombre averiado. Los hombres le respetaban más de lo que se respetaba él mismo; las mujeres contemplaban en él una ruina a la que habían contribuido y que, no obstante, se conservaba bien. En ciertos remansos de la sociedad se hace más caso de un veterano que se ha comido ciento veinte mil francos de renta que de un soldado que haya perdido los dos brazos en el campo de batalla. El duque siguió a esta sociedad a todos los lugares donde ella iba. Así, concurrió a las primeras representaciones de ciertos teatros y el respeto de su nombre, que le había acompañado en la primera mitad de su carrera, pareció abandonarle para siempre. En dos meses se convirtió en el hombre más criticado de París. Tal vez hubiera tenido más recato en su conducta si el conocimiento de sus actos hubiera podido llegar a su familia. Pero Germana estaba en Italia y la duquesa se había encerrado en su casa; no tenía, pues, nada que temer. El contraste de su nombre y de su conducta le dio en poco tiempo una popularidad entre la gente baja, que parecía ser muy de su gusto. Se le vio, a la salida del teatro, en un café del bulevar del Temple, rodeado de figurantes mal afeitados y de cómicos ínfimos que bebían un ponche en su honor, le contemplaban con los ojos muy abiertos y se disputaban la gloria de estrechar la mano de un duque que no era nada orgulloso. Pero aun descendió más, si esto era posible. Los compañeros más abyectos eran buenos para él y más de una vez se le vio en los arrabales sentado ante un jarro de vino tinto, a la mesa de una taberna. Es muy difícil, en el siglo XIX, encanallarse con elegancia. Unicamente la corte de Luis XV intentó este esfuerzo con algún éxito. Dos o tres grandes señores franceses y extranjeros quisieron revivir las tradiciones de los buenos tiempos, pero con bastante menos dignidad. El alma más altanera se desploma con una rapidez increíble en los placeres malsanos y en las fiestas nauseabundas de los arrabales. Las únicas orgías a las que se resiste algún tiempo son aquellas que cuestan muy caro. El contentarse con poco, que es una virtud en los trabajadores, es el último grado de la abyección en los hombres desocupados y ricos. El pobre duque estaba en lo más bajo cuando dos personas le tendieron la mano por motivos bien distintos. Sus salvadores fueron el barón de Sanglié y la señora Chermidy. El señor de Sanglié iba de cuando en cuando a llamar a la puerta de los de La Tour de Embleuse. Era su antiguo propietario, el testigo de boda de Germana y el amigo de la familia. A la duquesa la encontraba siempre, al duque nunca; pero todo París le daba noticias de su deplorable amigo. Resolvió, pues, salvarle, del mismo modo que antes le había dado alojamiento, por el honor del linaje. El barón era lo que se llama, aun hoy, un perfecto caballero. No era guapo y aun tenía en su fisonomía algo de su nombre[C]. Su rostro abultado y encarnado se escondía en un matorral de pelo rojizo. Robusto como un cazador y ligeramente ventrudo, nadie le hubiera hecho más de cuarenta años, aunque había cumplido ya los cincuenta. Los barones de Sanglié datan de una época en que se construía sólidamente. Bastante rico para vivir espléndidamente sin hacer nada, cuidaba de su persona y vivía por vivir bien. Su traje y su aspecto eran igualmente aristocráticos. Por la mañana se le encontraba con vestidos amplios, sólidos, cómodos y de una elegancia coquetonamente descuidada. Por la noche, su traje era irreprochable y del mejor gusto, siendo uno de aquellos hombres cuya ropa no llamaba nunca la atención, que es la elegancia más difícil. Tenía tanto cuidado de su cuerpo como de sus vestidos. Montaba a caballo todos los días y frecuentaba el juego de pelota; por la noche asistía a uno de los teatros de ópera y luego hacía su partida de -whist- en el club. Buen jugador, buen comensal y magnífico bebedor; gran fumador, inteligente en pintura y bastante buen jinete para ganar un -steeple chase-, pero demasiado juicioso para arriesgar su fortuna en un caballo de carrera o en una cuadra; indiferente a los libros nuevos, despreocupado en política, prestamista fácil para los que le podían devolver el préstamo, generoso a veces para los pobres, muy sociable, de una cortesía caballeresca con las mujeres, era amable y bueno como todos los egoístas inteligentes. Hacer el bien sin molestarse, es una de las formas más simpáticas del egoísmo. La salvación del duque no era, sin embargo, cosa fácil. El barón no la habría logrado jamás sin un auxilio poderoso, la vanidad, que aun sobrenadaba un poco en aquel triste naufragio de todas las virtudes aristocráticas; el señor de Sanglié le asió por ella como se coge por los cabellos al hombre que se ahoga. Fue a buscarle hasta en los chiribitiles donde arrastraba su nombre y su casta. Le golpeó rudamente en el hombro y le dijo con aquella franqueza que oculta tan bien la adulación: --¿Qué hace usted, mi querido duque? Este no es su sitio. Todo el mundo le echa de menos en nuestro círculo, hombres y mujeres; ¿me ha oído usted bien? Todos los La Tour de Embleuse han sostenido su jerarquía desde Carlomagno; no concedo a usted el derecho de hacer quedar mal a sus antepasados. Todos nosotros tenemos necesidad de usted. Ea, ¡pardiez! si usted se entierra aquí en la flor de la edad madura, ¿quién nos dará lecciones de elegancia? ¿quién nos enseñará a vivir bien, a comerse correctamente una fortuna? ¿quién nos enseñará el arte de gustar a las mujeres, que se va perdiendo entre nosotros? El duque respondió con un gruñido como el borracho a quien se despierta bruscamente. Gozaba en paz de su nueva fortuna y no se preocupaba de reanudar las costumbres incómodas que el mundo impone a sus esclavos; una pereza invencible le encadenaba a los placeres fáciles que no exigen ningún esfuerzo de decencia o de inteligencia. Pretendía, pues, que se encontraba bien, que no deseaba nada mejor y que cada uno se proporciona sus diversiones donde puede. --Venga usted conmigo--continuó el barón--, y yo le juro que le haré encontrar diversiones más dignas de usted. No tema usted perder en el cambio; en nuestro mundo se vive bien, y usted lo sabe mejor que nadie. Ya supondrá usted que no he venido aquí para conducirle a su casa; para eso le hubiera enviado a un misionero. ¡Qué diablo! en parte yo también soy de la escuela de usted. Yo no desprecio ni el vino, ni el juego, ni el amor, pero yo mantendré contra todo el mundo, y contra usted mismo, que un duque de La Tour de Embleuse no debe embriagarse, arruinarse o condenarse más que con sus iguales. Estos y otros argumentos por el estilo acabaron por convencer al duque que volvió, no a la virtud, pues el camino era demasiado largo para sus viejas piernas, pero sí al vicio elegante. El señor de Sanglié le llevó a uno de los mejores sastres del bulevar, como se conduce un desertor al vestuario del cuartel, que le obligó a endosarse la librea de las gentes de mundo. Aquel singular enfermo era siempre idólatra de su persona, pero hacía mucho tiempo que economizaba los gastos del culto. Había conservado la costumbre de pintarse y acicalarse y no descuidaba ninguna de las prácticas que podían darle una apariencia de juventud, pero no le disgustaba parecer más nuevo que su traje. Le probaron que algunos metros de tela fina rejuvenece el aspecto de la persona y acabó por convenir en que los sastres no son gente despreciable. Este era un gran paso; un hombre bien vestido, está medio salvado. Los padres de familia ya lo saben y cuando vienen a París a arrancar del vicio a un hijo pródigo, lo primero que hacen es llevarle a casa de un sastre. El barón se encargó de lanzar a su discípulo; le hizo admitir en su club. Allí se comía bien, y el señor de La Tour de Embleuse no perdió nada en cambiar de cocinero. Antes de su conversión, la comida excesivamente condimentada de los figones y el uso de los licores falsificados irritaban su estómago, enrojecían su lengua y le condenaban a una sed inextinguible. La engañaba bebiendo aún más y el pobre hombre estaba en un círculo vicioso del cual no podía salir sino por la muerte. La duquesa se asustaba alguna vez de su ardoroso aliento y no se atrevía a manifestarle sus terrores, pero colocaba discretamente sobre su mesita de noche alguna tisana refrescante y perfumada que él no tomaba. La mesa del círculo le restableció insensiblemente, por más que no se privaba de nada. El incentivo del juego le retenía bajo la férula de su protector. Los abonados del club jugaban al -whist- y al -écarté- con un cierto atrevimiento, pero sin intemperancia; rara vez se pasaba de un luis por puesta; no era, pues, una distracción peligrosa para un millonario. Si aventuraba una fuerte suma en una partida de -écarté-, nadie tenía el derecho, es verdad, de llamarle a la razón, pero por lo menos había de escuchar las advertencias de los compañeros. Todos le conocían y se interesaban por él como por un convaleciente. Un jugador se conduce como un hombre juicioso o como un loco, según que sea incitado o contenido por los que le rodean. A él le refrenaban, y con una mano tan delicada, que no sentía el tirón de la brida. Los salones más distinguidos le abrieron sus puertas de par en par; toda aristocracia es naturalmente francmasónica, y un duque, por tonterías que haya cometido, tiene derechos imprescindibles a la indulgencia de sus iguales. El -faubourg- Saint-Germain, como el hijo respetuoso de Noé, cubrió con su manto de púrpura los antiguos extravíos del anciano. Los hombres le trataron con consideración; las mujeres con benevolencia. ¿En qué país y en qué época han dejado ellas de tener indulgencia para las malas personas? Se le miraba como un viajero que había atravesado comarcas desconocidas. No obstante, ninguna mujer se atrevió a preguntarle sus impresiones de viaje. No tardó en ponerse a tono con tan buena compañía, porque a todos los defectos de la juventud unía aquella flexibilidad de espíritu que es uno de sus más hermosos privilegios. A nadie extrañó que la elección del conde de Villanera, que le había aceptado por suegro, recayese en un hombre tan digno de su nombre y de su fortuna. El barón le había prometido placeres más vivos, y no faltó a su palabra. No le encerró en el -faubourg- como en una fortaleza y le hizo ver un mundo menos empingorotado. Siempre con la etiqueta de la alta sociedad, le condujo a algunos de esos salones en los que la gente era aceptada sin pruebas, pero no sin motivo. Le presentó a viudas cuyos maridos nunca habían estado en París, a mujeres legítimamente casadas pero indispuestas con su familia, a marquesas desterradas del -faubourg- a consecuencia de un escándalo, a personas respetables que vivían espléndidamente sin fortuna conocida. Aquella sociedad heterogénea estaba relacionada de una parte con el gran mundo y de otra con las gentes de conducta equívoca. Yo no aconsejaría a ninguna madre que llevase allí a sus hijas, pero hay muchos hijos que van con sus padres y salen igual que han entrado. No se encuentra allí la austeridad de costumbres, la vida patriarcal, el buen gusto severo y el lenguaje digno y grave que reina en los antiguos salones del -faubourg-, pero se baila decentemente, se juega sin recurrir a las trampas y no son robados los abrigos del recibimiento. En una de esas casas es donde se encontraron el duque y la señora Chermidy. Ella le reconoció a la primera ojeada, por haberle visto el día de la boda. Sabía que era abuelo de su hijo, padre de Germana y millonario a expensas de don Diego. Una mujer como la señora Chermidy no olvida nunca la cara de un hombre a quien ha dado un millón. No le hubiera sabido mal conocerle de cerca, pero nunca hubiera dado un paso por hacerlo. El duque le ahorró el camino. Desde el momento en que supo que estaba allí se presentó por sí mismo a ella, con una impertinencia cuyo espectáculo hubiera regocijado a todas las mujeres honradas de París. Nada hay que plazca más profundamente a las mujeres virtuosas que ver tratar desvergonzadamente a las que no lo son. El duque no tenía intención de ofender a aquella hermosa ni de renegar en un solo día de la religión de toda su vida; pero hablaba a las gentes en su lenguaje y creía no equivocarse con la señora Chermidy. Se sentó familiarmente a su lado y le dijo: --Señora, permítame usted que le presente a uno de sus antiguos admiradores, el duque de La Tour de Embleuse. Ya había tenido el gusto de verla en Santo Tomás de Aquino. Casi somos de la familia; aliados por los hijos. Permítame usted, pues, que, como buen pariente, le dé la mano izquierda. La señora Chermidy, que razonaba con la rapidez del relámpago, comprendió desde la primera palabra la posición en que estaba colocada. Cualquiera que fuese su respuesta, siempre quedaría humillada ante el duque. En lugar de aceptar la mano que le tendía, se levantó con un gesto lleno de dignidad y de dolor, que puso además de relieve toda la opulencia de su cuerpo, y se dirigió hacia la puerta sin volver la cabeza, como una reina ultrajada por el último de sus súbditos. El viejo cayó en el lazo. Corrió hacia ella y balbuceó algunas palabras de excusa. La hermosa arlesiana le dirigió una mirada tan brillante, que creyó ver a través de ella una lágrima y le dijo a media voz con una emoción contenida o admirablemente fingida: --Señor duque, usted no sabe y por tanto no puede comprender lo que me pasa. Venga mañana a las dos; estaré sola y podremos hablar. Después se alejó sin querer esperar la contestación, y cinco minutos más tarde se oyó su coche rodar sobre la arena del patio. El pobre duque había sido prevenido y creía conocer muy bien a la dama, pues el doctor se la había pintado al vivo. Pero se reprochó lo que había hecho y hasta el día siguiente estuvo en un estado de intranquilidad no exento de remordimientos. Se dice, no obstante, que hombre prevenido vale por dos. Fue exacto a la cita y se encontró enfrente de una mujer que había llorado. --Señor duque--le dijo--, he hecho todo lo posible por olvidar las palabras crueles con que usted me abordó anoche. No lo he conseguido del todo, pero ya pasará, no hablemos más de eso. El duque quiso reiterar sus excusas; estaba profundamente admirado. La señora Chermidy había empleado la mañana en hacerse un tocado irresistible. Seguramente estaba más hermosa aún que la noche anterior. Una mujer está en su tocador como un cuadro en su marco. Aprovechó la turbación en que sus gracias habían envuelto al señor de La Tour de Embleuse para acabarle de arrollar en los pliegues de su oratoria insidiosa. Empleó primero el respeto tímido que convenía a una mujer en su posición. Hizo protestas de una veneración exagerada por la ilustre familia en la que había introducido a su hijo; se atribuyó el honor de haber elegido a los La Tour de Embleuse entre veinte casas linajudas del -faubourg- y de haber levantado por la fortuna uno de los más hermosos nombres de Europa. Los ademanes muelles y la languidez melancólica con que este exordio fue acompañado, persuadieron al viejo duque, mucho más que las palabras, y casi no dudó de que había insultado a su bienhechora. --Yo comprendo--continuó--, que usted no puede tener mucha estimación por mí. Usted me compadecería, no obstante, porque usted tiene un noble corazón, si conociese la historia de mi vida. Era maestra en aquella pantomima tan expresiva de los habitantes del Mediodía, que da verosimilitud a las mayores mentiras. Sus ojos, sus manos, sus piececitos, hablaban al mismo tiempo que sus labios y parecían ser otros tantos testigos de su veracidad. Cuando se la había oído una vez, se estaba tan firmemente convencido como si se hubiese abierto una información con todas las formalidades del caso. Contó su nacimiento en una rica propiedad de la Provenza. Sus padres, que poseían una importante fábrica, destinaban a un industrial su hija y su fortuna. Pero el amor, ese señor inflexible de la vida humana, le había arrojado en los brazos de un simple oficial. Su familia se había distanciado de ella hasta el momento en que las brutalidades del señor Chermidy la habían hecho salir de la casa conyugal. ¡Pobre Chermidy! ¡una mujer siempre tiene razón contra un marido que está en China! Una vez viuda, o poco menos, había venido a París donde vivió modestamente hasta la muerte de su padre. Una herencia más considerable de lo que ella esperaba la había permitido montar su casa con cierto lujo. Algunas especulaciones afortunadas habían aumentado su capital; era rica, pero se aburría. A los treinta años se soporta de mala gana la soledad. Había amado al conde de Villanera sin conocerle, desde la primera vez que le vio en los Italianos. El duque no pudo menos de decirse a sí mismo que don Diego era un jayán bien dichoso. Después, y acompañándose de una mirada en la que brillaba el candor, probó que el señor de Villanera no le había dado más que su amor. Y no es que no fuese generoso; pero ella no era mujer capaz de mezclar los asuntos de interés con los asuntos del corazón. Había llevado su desinterés hasta el sacrificio; había cedido su hijo a la condesa de Villanera y había acabado por abandonarlo a otra madre. Había devuelto la libertad a su amante. ¡El conde estaba casado, viajaba por restablecer la salud de su joven esposa y ni siquiera escribía a la pobre abandonada para darle noticias del pequeño! Acabó su discurso dejando caer sus dos brazos con un abandono lleno de elegancia. --En fin--añadió--, aquí me tiene usted más sola que nunca, en esta ociosidad del corazón que no es para mí. En cuanto a consuelos, no los tengo; distracciones, las encontraría, pero mi corazón está demasiado triste. Conozco a algunos caballeros que vienen aquí todos los martes por la noche a charlar un rato. No me atrevo a invitar al señor duque de La Tour de Embleuse a estas reuniones melancólicas; su negativa me humillaría y me haría muy desgraciada. Cierto que la campana de la señora Chermidy no sonaba igual que la del señor Le Bris, pero el timbre era tan dulce, que el duque se dejó engañar como un niño. Compadeció a la linda dama y le prometió que de cuando en cuando iría a llevarle noticias de su hijo. El salón de la señora Chermidy era, en efecto, el lugar de reunión de un cierto número de hombres distinguidos. Ella sabía atraerles y retenerles a su alrededor por un medio menos heroico que el de la señora de Warrens; se hacía amar con menos exposición. Los unos conocían su posición, los otros creían en su virtud; todos estaban persuadidos de que su corazón estaba libre, y que el último poseedor, se llamase Villanera o Chermidy, había dejado una sucesión abierta. Ella se valía de su situación para explotar a todos sus admiradores en provecho de su fortuna. Artistas, escritores, hombres de negocios, hombres de mundo, la servían simultáneamente en la medida de sus medios. Eran otros tantos empleados suyos a los que pagaba con esperanzas. Un agente de cambio de sus amigos le hacía operaciones por 20.000 francos al mes; un pintor le compraba cuadros, un especulador enriquecido adquiría terrenos para ella. Servicios gratuitos, es verdad, pero ninguno dejaba de serle útil porque todos aspiraban a ser amados. A los impacientes que estrechaban demasiado el cerco, les enseñaba su casa: una casa de cristal. Hasta sus menores acciones procuraba que fuesen conocidas, sin duda para tranquilizar la susceptibilidad de don Diego; quizá también para oponer una barrera entre ella y los que dudaban de su virtud. La presencia del duque en los salones de la calle del Circo no fue tampoco inútil a la reputación de la señora Chermidy. Así pudo detener ciertos rumores que circulaban acerca del matrimonio del conde; probó a algunas almas crédulas que no había habido nunca nada entre ella y el conde de Villanera. ¿Cómo suponer que la señora Chermidy invitara al suegro de su amante? Explotó este nuevo conocimiento con igual habilidad que los antiguos. Le importaba mucho conocer con exactitud el estado de Germana y llevar la cuenta de los días que le quedaban de vida. El señor de La Tour de Embleuse le confió un día todas las cartas del doctor Le Bris. Su lectura produjo en ella tal impresión que hubiera caído enferma de no ser más fuerte que todas las enfermedades. Se vio traicionada por el médico, por el conde y por la Naturaleza. Se representó el porvenir más odioso que una imaginación de mujer pudiese concebir. Una rival elegida por ella le robaba su amante y su hijo, sin tener para ello que cometer ningún crimen, sin intriga, sin cálculo de su parte, con el apoyo de todas las leyes divinas y humanas. No obstante, recobró algo de su valor al pensar que el doctor quería, piadosamente, ocultar la verdad a la duquesa. Lo mejor era ver las cartas de la propia Germana; el duque no dejaría de satisfacer su siniestra curiosidad. El señor de La Tour de Embleuse era presa de una de esas pasiones finales que acaban con el cuerpo y el alma de los viejos. Todos los vicios que le dominaban desde medio siglo antes, habían abdicado en provecho de un solo amor. Cuando los ingenieros reúnen en un canal todos los arroyuelos dispersos de la llanura, crean un río bastante capaz para la navegación. El barón de Sanglié, la duquesa y todos los que se interesaban por él, estaban asombrados del cambio de sus costumbres. Vivía tan sobriamente como el joven ambicioso que quiere triunfar por medio de las mujeres. Iba muy raras veces por el club y ya no jugaba. El cuidado de su tocador le ocupaba gran parte de la mañana. Había vuelto a dedicarse a la equitación y paseaba todos los días por el Bosque de cuatro a seis. Comía con su esposa siempre que no estaba invitado a la mesa de la señora Chermidy. Iba todas las noches a las reuniones del gran mundo para encontrarse con ella, y tan pronto como había abandonado el baile, el duque volvía a su casa, daba las buenas noches a su mujer y se acostaba. El miedo de comprometer a la que amaba le devolvió las costumbres de discreción que habían velado los primeros desórdenes de su vida, y la duquesa le creyó fuera de peligro, precisamente en el momento en que estaba perdido sin remedio. La señora Chermidy, maestra en las artes de la seducción, afectaba tratarle con una ternura filial. Le recibía a todas horas, incluso cuando estaba en su tocador. Nunca retiraba su mano o su frente a un beso del duque; le reconvenía dulcemente, le escuchaba con complacencia, aceptaba sus caricias como pruebas de generosidad, no aparentaba ningún temor y no parecía sospechar el sentimiento brutal que ella misma fomentaba todos los días. Para tenerle a distancia no empleaba más que una sola arma: la humildad. Era implacablemente respetuosa. Se dejaba dar todos los nombres que el amor puede inspirar a un hombre, pero no se olvidaba ni una sola vez de llamarle señor duque. El viejo insensato hubiese dado toda su fortuna por que la señora Chermidy le faltase al respeto. Por de pronto le sacrificó lo que un honrado anciano pueda tener en más estima, la santidad del nombre de padre. Pidió a la duquesa las cartas de Germana, con el pretexto de volverlas a leer, y la noble mujer lloró de alegría al confiar tan preciado tesoro a su marido. Corrió sin pérdida de tiempo a la calle del Circo y fue recibido con los brazos abiertos. Aquellas cartas que la enferma había garrapateado con su mano trémula, aquellas cartas en que a veces ponía besos para su madre en un cuadro mal dibujado debajo de la firma, aquellas cartas que la duquesa había regado con sus lágrimas, fueron registradas sobre una mesita del salón, como un juego de naipes, por un viejo depravado y una mujer perversa. La señora Chermidy, disfrazando su odio bajo una máscara de compasión, buscó ávidamente algunos síntomas de muerte entre las protestas de ternura, y no quedó más que medianamente satisfecha. El olor que exhalaba aquella correspondencia no era el que atrae los cuervos a los campos de batalla. Era como el perfume de una florecilla enfermiza que languidece al soplo del invierno, pero que se abriría al sol si la brisa del mediodía viniese a barrer las nubes. La cruel arlesiana encontraba demasiada firmeza en aquella mano, demasiada vida en aquel espíritu y unos latidos inquietantes en aquel corazón. Mas no era esto todo; sintió que se apoderaba de ella una sospecha desgarradora. La enferma contaba con demasiada complacencia los cuidados de su marido. Se acusaba de ingratitud, se reprochaba el corresponder mal a lo que por ella hacía. La señora Chermidy rugió interiormente a la idea de que el marido y la mujer acabasen quizá por sentirse atraídos el uno hacia el otro; temió que la piedad, el reconocimiento, la costumbre, uniría a las dos almas jóvenes y que un día vería sentarse entre don Diego y Germana a un invitado con el que no había contado: el Amor. La profanación de las cartas de Germana tuvo lugar algunos días después de su llegada a Corfú. Si la señora Chermidy hubiese podido ver con sus propios ojos a su inocente rival, es probable que su miedo se hubiese trocado en piedad. Las fatigas del viaje habían dejado a la pobre niña en un estado deplorable. Pero la amante de don Diego se forjaba a todas horas unos monstruos que repartían la salud y se veía suplantada sin remisión. El día en que sus sospechas se cambiasen en certidumbre, no retrocedería ante ningún crimen. Mientras tanto, por espíritu de prudencia y de venganza, por entretener su ocio de hermosa sin empleo, por una especulación de interés y de perversidad, se divertía en desplumar al señor de La Tour de Embleuse. Encontraba gracioso despojarle del millón que le había dado, sin perjuicio de devolvérselo a la muerte de su hija. Era una especie de desquite que se adjudicaba en caso de desgracia. No era difícil hacerle dar una inscripción de renta. El duque se ponía todos los días a sus pies con cuanto poseía. Era de un carácter y de un temperamento capaz de arruinarse sin publicarlo y de vencer sin atribuirse la victoria. Un hombre de honor no compromete nunca a una mujer, aunque se vea despojado por ella. Pero la señora Chermidy pensaba que sería más digno de ella tomar un millón sin dar nada en cambio, y guardando siempre la superioridad sobre el donante. Un día que el viejo deliraba a sus pies y renovaba por centésima vez el ofrecimiento de su fortuna, ella le dijo: --Acepto, señor duque. El señor de La Tour de Embleuse perdió la cabeza como un aeronauta novicio al que se rompiese la cuerda del globo[D]. Creyó estar en el séptimo cielo. La dama detuvo dulcemente sus transportes y le dijo: --Cuando usted me hubiera dado un millón, ¿creería usted haberme pagado? El duque protestó, pero sus ojos decían, y no sin razón, que desde el momento en que la virtud se pone en venta, un millón no es un precio despreciable. Ella contestó al pensamiento de su adversario: 1 2 . 3 4 5 . 6 . 7 . 8 9 - - ¿ ? - - - - . . 10 11 , . 12 13 - - ; . 14 15 . 16 17 - - - - - - , ¿ 18 , - - ? 19 20 « , 21 ; 22 , , 23 . » 24 25 ¿ ? . ¡ ! ¡ ! 26 27 « , 28 ; 29 , . 30 . » 31 32 . 33 . 34 35 - - - - - - , . 36 . ¿ 37 ? 38 39 40 . , 41 . - - . 42 43 . 44 ; 45 , . 46 , . 47 , , 48 , 49 . 50 51 . 52 , 53 54 . 55 56 . 57 , 58 . 59 60 : « ¡ ! » , 61 . 62 63 64 . 65 66 , 67 , 68 . 69 70 . 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 . 81 , . 82 . 83 . , 84 , . 85 , 86 , . 87 , 88 . , 89 , 90 . , 91 . 92 93 - - - - - - , ; 94 . 95 96 . 97 , , 98 : . 99 100 . 101 102 , . 103 , 104 . 105 . 106 . 107 , 108 . 109 . , 110 111 . , . 112 , 113 . 114 : . , 115 , , 116 . 117 , 118 . 119 120 , 121 . 122 , 123 . , . 124 125 . 126 127 - - - - - - , 128 . 129 130 . 131 132 . 133 . 134 , , , 135 : 136 137 - - ¡ ! 138 139 . 140 141 - - , . 142 143 - - ¡ ! - - . 144 145 - - ¿ ? - - . 146 147 - - - - . 148 149 - - , , ¡ ! 150 151 - - ¡ ! - - . 152 153 . 154 . 155 156 . 157 158 . 159 160 . 161 , 162 . , 163 , 164 . , , 165 ; 166 , : 167 ; , , . 168 ; . 169 , , 170 , ; 171 , . 172 , 173 , . 174 , 175 . 176 177 178 : . 179 , . 180 ; , , 181 , . 182 : 183 184 - - ¿ ? . 185 186 . 187 188 189 . ¿ ? 190 , , 191 , 192 ; 193 ; ; 194 . , , 195 , 196 , 197 . 198 199 , , , . 200 . , 201 . 202 , , , 203 , 204 . 205 , 206 : 207 208 - - , . 209 210 211 . 212 213 , 214 . : . 215 , . 216 , 217 . 218 . , . 219 220 . 221 , 222 . 223 224 . 225 226 . 227 228 - - ¡ ! - - . 229 230 . 231 232 233 . , 234 235 , 236 . . 237 . 238 , , , 239 . 240 241 . 242 , 243 . 244 . , 245 246 , . 247 248 . 249 . 250 ; ; 251 . 252 , , 253 . 254 . 255 ; 256 257 . . 258 259 260 . 261 262 ; 263 . , 264 . 265 266 - - - - - - ; 267 . 268 269 270 . 271 . ; . 272 . 273 . 274 275 . 276 ; 277 . , 278 , 279 . 280 281 282 283 . 284 285 , , 286 . 287 . 288 289 . 290 , 291 . 292 ; . 293 , . 294 , , 295 , 296 . 297 , . 298 « , , ; . » 299 300 . 301 302 . 303 304 . . 305 - - ; 306 . 307 308 . 309 310 ; , 311 , . 312 313 . , 314 . 315 316 - - , - - - - , , 317 , 318 . . 319 . : 320 . 321 , , ¿ 322 ? , ¡ 323 ! . . . , 324 . 325 . ¿ ? 326 327 - - . 328 329 - - ¿ ? 330 331 - - . 332 333 - - , . 334 . , 335 336 . , 337 . 338 , , 339 : « ¿ ? 340 . » « , , . » 341 342 . , 343 . , 344 , . 345 . 346 - 347 , . 348 , 349 . 350 . 351 352 , . 353 354 . 355 . 356 357 358 , 359 . 360 361 - - , - - - - , 362 . 363 . 364 , . 365 , , . 366 367 368 : 369 370 - - ¿ , ? 371 372 - - , . 373 374 . 375 , , 376 , , , 377 . 378 379 , 380 . 381 . 382 383 . 384 . 385 386 - - - - - - . . ¿ 387 ? 388 . . 389 ; . 390 ; . , ; 391 . ; ¡ 392 ! . 393 394 ; . 395 396 - - - - - - , 397 . , ; 398 . ¿ ? 399 400 , 401 : 402 403 - - ¿ ? . . . ¿ ? . . . ¿ ? 404 ¡ ! , . 405 , 406 . . . ¡ ! 407 . , , , 408 , 409 . . . 410 411 , 412 . 413 , . 414 , 415 . 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 . ; 427 , 428 ; 429 . , . , 430 , . 431 432 . 433 . 434 . 435 436 , . 437 , 438 . 439 440 . 441 . 442 , 443 . 444 , . 445 , , 446 ; 447 448 . , 449 450 . , 451 . 452 , 453 . 454 , . 455 456 . 457 458 , 459 . 460 , , 461 , . 462 , 463 464 . 465 466 . 467 . , 468 469 . , 470 . 471 , 472 . 473 . 474 475 ; . ¡ 476 ! 477 478 479 . , , 480 , 481 . 482 483 . 484 . 485 486 , . 487 ; 488 , . . 489 490 . 491 ; 492 , 493 . ; 494 , , 495 . , . 496 , 497 . 498 , 499 . 500 . 501 502 , , 503 504 . 505 . 506 , 507 . . 508 : « . » 509 , , 510 . ; 511 , . 512 , 513 , , 514 : « , ; ¡ 515 ! » 516 . 517 518 , 519 . 520 , 521 522 . 523 524 . 525 ; 526 . , , 527 ; , 528 . 529 , , 530 531 532 . 533 . , , 534 - - , . 535 . , 536 , 537 , 538 . 539 ; 540 , , 541 . 542 543 . 544 545 . , 546 547 , 548 , . 549 . 550 551 . 552 ; , , . 553 554 555 , . 556 , , , 557 558 , 559 . 560 , . 561 562 , . , 563 , . 564 . 565 566 , . 567 568 . 569 . 570 , , 571 . 572 573 574 . 575 . 576 577 578 . , 579 . , 580 ; . 581 , , , 582 , . 583 584 , , . 585 [ ] . 586 . 587 , 588 , . 589 . 590 , 591 . 592 593 . 594 , , 595 . , 596 , 597 , . 598 . 599 ; 600 - - . 601 , ; , 602 - - , 603 604 ; , 605 , , 606 , , 607 , 608 . , 609 . 610 611 , , . 612 , , 613 614 ; 615 . 616 617 618 . 619 : 620 621 - - ¿ , ? . 622 , ; ¿ 623 ? 624 ; 625 . . , 626 ¡ ! , ¿ 627 ? ¿ , 628 ? ¿ 629 , ? 630 631 632 . 633 ; 634 635 . , , 636 , 637 . 638 639 - - - - - - , 640 . 641 ; , . 642 ; 643 . ¡ ! 644 . , , 645 , , , 646 , 647 . 648 649 650 , , 651 , . 652 , 653 , 654 . , 655 . 656 657 , 658 . 659 660 . 661 ; , . 662 663 , . 664 665 ; 666 . , 667 . , 668 669 , 670 . 671 . 672 673 , 674 . 675 , 676 . . 677 - - - - 678 , ; 679 ; , , . 680 - - , 681 , , , 682 . 683 . 684 , 685 . , , 686 . 687 688 ; 689 , , 690 , 691 . - - - , 692 , . 693 ; . 694 ¿ 695 ? 696 . , 697 . 698 , 699 . 700 , 701 , 702 . 703 704 , 705 . - - 706 . 707 , 708 , . 709 , 710 , - - 711 , 712 . 713 714 . 715 , 716 . 717 , , 718 - - , 719 , 720 . 721 . 722 723 , 724 . , 725 . 726 . 727 , . 728 . 729 , 730 . 731 732 . 733 734 735 ; 736 . 737 : 738 739 - - , 740 , . 741 . ; 742 . , , , , 743 . 744 745 , , 746 . 747 , 748 . , 749 , 750 , 751 , . 752 753 . 754 . , 755 756 : 757 758 - - , 759 . ; . 760 761 , 762 . 763 764 , 765 . 766 767 . , , 768 . 769 770 771 . 772 773 - - - - - - , 774 . 775 , , . 776 777 ; . 778 779 . . 780 . 781 782 783 . 784 . 785 ; 786 787 - - 788 . 789 , , 790 , 791 . 792 793 - - - - - - , 794 . , , 795 , . 796 797 798 , . , 799 , , 800 . 801 , 802 . 803 804 . , 805 , 806 . , , 807 . 808 809 . ¡ ! 810 ¡ ! 811 812 , , 813 . 814 815 . ; 816 , . 817 . , 818 . 819 820 821 . 822 823 , , 824 . 825 ; 826 . 827 828 ; 829 . 830 . ¡ , 831 832 ! 833 834 835 . 836 837 - - - - - - , , 838 . , 839 ; , , 840 . 841 . 842 ; 843 . 844 845 846 , , 847 . 848 . 849 850 , , 851 . 852 853 ; . 854 , ; 855 , , 856 , . 857 858 . , , , , 859 . 860 . 861 . ; 862 , 863 . , , 864 . 865 , : . 866 , 867 ; 868 . 869 870 871 . 872 ; 873 874 . ¿ 875 ? 876 877 . 878 879 . 880 . 881 882 883 . 884 , . 885 . 886 , 887 , , , 888 . 889 890 , , 891 , . 892 ; 893 . 894 895 896 . 897 , 898 . 899 , 900 . 901 902 , , 903 . 904 . 905 . 906 . 907 . 908 909 . 910 , , 911 , 912 . 913 914 , , 915 . 916 917 , , 918 . , 919 . 920 ; , , 921 , 922 923 . 924 : . . 925 , 926 . 927 928 . 929 930 931 , . 932 , , 933 . 934 935 . 936 , 937 , 938 , 939 , , 940 . 941 942 , , 943 944 , . 945 946 . 947 , 948 . 949 , 950 . ; 951 . 952 . 953 , . 954 955 ; 956 , , , 957 958 : . 959 960 961 . 962 , 963 . 964 . 965 966 . , 967 . , 968 , , 969 , 970 . 971 , 972 . 973 . 974 975 . 976 . 977 978 . 979 , . 980 , 981 . 982 983 984 , : 985 986 - - , . 987 988 989 [ ] . 990 . : 991 992 - - , ¿ ? 993 994 , , , 995 , 996 . 997 998 : 999 1000