Hubiera podido añadir que desde hacía tres años les visitaba
gratuitamente.
El día de la boda por la mañana fue la modista a casa de Germana para
probarle el traje de novia. La joven se prestó dulcemente a aquella
triste chanza. La costurera advirtió que un punto del cuerpo se había
descosido y se dispuso a reparar el desperfecto.
--¿Para qué?--dijo la enferma--. No he de usarlo más.
Al presentarle el velo, notó la ausencia de las flores de azahar.
--Está bien; temí que no se hubiesen fijado.
Aquellos preparativos eran de una tristeza fúnebre.
--Mamá--dijo Germana--, ¿se acuerda usted de los versos del poeta
Jasmin, cuya traducción me leyó usted en la -Revista de Ambos Mundos-?
«Todos los caminos debían florecer,
Porque la hermosa novia iba a salir;
Debían florecer, florecer y granar,
Porque la hermosa novia iba a pasar.»
¿Cómo terminaba? No me acuerdo. ¡Ah! ¡sí!
«Todos los caminos debían gemir,
Porque la hermosa muerta iba a salir;
Debían gemir, debían llorar.
Porque la hermosa muerta iba a pasar.»
La duquesa se deshacía en lágrimas. Germana le pidió perdón por su
cobardía.
--Espere usted--dijo--, ya me verá ante el enemigo. Debo llevar
dignamente el nombre de ustedes. ¿No soy el último vástago de los La
Tour de Embleuse?
Los testigos del conde fueron el embajador de España y el secretario de
la legación de las Dos Sicilias. Los de Germana, el barón de Sanglié y
el doctor Le Bris. Todo el -faubourg- fue invitado a la misa. El señor
de Villanera conocía a lo mejor de París y al viejo duque no le
molestaba resucitar públicamente como millonario. Las tres cuartas
partes de los invitados fueron exactos a la cita; a pesar de la
discreción de los invitados, el público adivinaba cierta anormalidad. En
todo caso, no deja de ser algo raro y curioso la boda de una moribunda.
Al dar las doce de la noche, doscientos o trescientos coches, que venían
del baile o del teatro, fueron a depositar su carga en la plazoleta de
Santo Tomás de Aquino.
La novia descendió la gradería del brazo del doctor Le Bris. Se la
encontró menos pálida de lo que se esperaba, pero es que había rogado a
su madre que le pusiera un poco de colorete para representar aquella
comedia.
Avanzó con paso firme hasta el reclinatorio que se le había destinado.
Su padre le daba la mano y marchaba triunfalmente a su izquierda,
mirando con el monóculo a la concurrencia. El singular viejo no pudo
retener una exclamación al advertir medio oculta entre la multitud una
encantadora cabeza: «¡Hermosa mujer!», dijo como si se hallase en el
bulevar.
Era la señora Chermidy que había querido ver con sus propios ojos si la
novia aun estaba viva.
Después de la ceremonia, una silla de postas con cuatro caballos llevó a
los viajeros hasta la barrera de Fontainebleau, pero desde allí
retrocedió al bulevar exterior y regresó al palacio Villanera. Era
necesario tomar al pequeño Gómez y dar a Germana algunas horas de
reposo.
IV
VIAJE A ITALIA
Germana durmió poco aquella noche. Estaba acostada en una inmensa cama
de pabellón, en el centro de una habitación desconocida. Un globo de
porcelana mal iluminaba los tapices. Mil figuras extravagantes parecían
salirse de la pared y bailar alrededor de la cama. Por primera vez,
durante veinte años, se veía separada de su madre. Había sido
reemplazada por la señora de Villanera, atenta a sus menores deseos y
movimientos, pero que le daba miedo. En un ambiente tan poco
tranquilizador, la pobre niña no se atrevía ni a dormir ni a estar
despierta. Cerraba los ojos para no ver los tapices, pero no tardaba en
volverlos a abrir, porque entonces se le presentaban otras imágenes más
espantosas. Creía ver a la muerte en persona, tal como los imagineros de
la Edad Media la habían representado en los misales.
--Si me duermo--pensaba--, nadie vendrá a despertarme; me han dejado
aquí para que me muera.
Un gran reloj de Boule marcaba las horas sobre la chimenea. Los golpes
secos del péndulo, la regularidad inflexible del movimiento, le
crispaban los nervios: rogó a la condesa que parase el reloj. Pero bien
pronto el silencio le pareció más temible que el ruido e hizo devolver
la vida a la inocente máquina.
Hacia la mañana, la fatiga fue más fuerte que todas las preocupaciones.
Germana dejó caer sus pesados párpados, pero se despertó casi en el acto
al ver que tenía las manos cruzadas sobre el pecho. Ella sabía que en
esta postura se enterraba a los muertos. Sacó fuera de los cobertores
sus bracitos descarnados y se cogió fuertemente a la madera de la cama.
La condesa se apoderó de su mano, la besó dulcemente y la retuvo sobre
sus rodillas. Solamente entonces se tranquilizó la enferma y durmió
hasta entrado el día. Soñó que la condesa estaba de pie a su derecha,
que tenía la figura de un ángel y que le habían salido unas alas
blancas. A su izquierda veía otra mujer, pero no pudo reconocerla. Lo
único que pudo distinguir fue un velo de encaje, dos grandes alas de
cachemira y dos garras de diamantes. El conde se paseaba con paso
agitado: iba de una a otra mujer y les hablaba al oído. Finalmente, el
techo se abrió, descendiendo un hermoso niño mofletudo, parecido a esos
querubines que guardan los tabernáculos de las iglesias. El ángel voló
sonriendo hacia la enferma, ella abrió los brazos para recibirlo y el
movimiento que hizo la despertó.
Al abrir los ojos, vio entrar a la vieja condesa con traje de viaje y al
joven Gómez trotando a su lado. El niño sonrió instintivamente a aquella
linda muñeca blanca con cabellos de oro, e hizo ademán de querer trepar
a la cama. Germana intentó ayudarle, pero no era bastante fuerte. La
condesa de la Villanera le levantó como una pluma y lo arrojó suavemente
sobre los almohadones.
--Hija mía--le dijo con emoción mal contenida--, te presento al marqués
de los Montes de Hierro.
Germana cogió al niño por la cabeza y le besó dos o tres veces. El
pequeño Gómez recibió aquellas caricias con agrado y aun creo que le
devolvió un beso. La joven le miró largo rato y sintió el corazón
emocionado. No sé qué proceso se desarrolló en el fondo de su
pensamiento, pero, después de un esfuerzo invisible, le dijo a media
voz:
--¡Hijo mío!
La viuda la abrazó agradecida.
--Marqués, ahí tienes a tu mamaíta.
--¡Mamá!--repitió el niño sonriendo.
--¿Quieres que sea tu mamá?--preguntó Germana.
--Sí--respondió.
--Pobre pequeño, no será por mucho tiempo, ¡no!
--¡No!--repitió el niño sin comprender lo que decía.
Desde aquel momento el hijo y la madre fueron amigos. El pequeño Gómez
no quiso salir ya de la habitación y asistió al tocado de Germana. Esta
le tenía sobre sus rodillas cuando entró el conde de Villanera a saludar
a su esposa y a besarle la mano. La joven experimentó una especie de
vergüenza al verse así sorprendida y dejó resbalar al niño sobre la
alfombra.
Germana no había amado aún más que a su madre y a su padre. No había
estado en el colegio, no había tenido amigas y no conocía a ningún
hombre. El derroche de amor y de amistad que se hace en los pensionados,
y que gasta el corazón de las jóvenes antes de tiempo, no había mermado
las riquezas de su alma. Amó, pues, a su suegra y a su hijo adoptivo
como un pródigo que no teme arruinarse; dedicó al doctor Le Bris una
ternura fraternal, pero le pareció imposible amar a su marido: esto era
superior a sus fuerzas; más valía, pues, renunciar. Y no es que el conde
fuese un hombre desagradable; otra mujer le hubiera encontrado perfecto.
De todos sus compañeros de viaje, fue seguramente el más paciente, el
más atento, el más delicado; un caballero de honor encargado de escoltar
a una reina joven, no hubiera cumplido mejor su deber. Era él quien lo
disponía todo para la marcha y para el reposo, arreglaba el paso de los
caballos, elegía las comidas y preparaba los alojamientos. Las jornadas
que hacían eran cortas, de modo que en dos etapas adelantaban diez
leguas.
Esta manera de viajar hubiera agotado la paciencia de un hombre joven y
robusto: don Diego no temía más que Germana pudiera fatigarse. Era
fumador, como creo ya haberos dicho. Desde el primer día del viaje se
redujo a fumar dos cigarros por día; uno por la mañana, antes de partir,
y el otro por la noche, antes de acostarse. Pero una mañana la enferma
le dijo:
--¿No ha fumado usted? Me parece sentir el olor del tabaco.
Don Diego dejó sus cigarros en la primera posada y no volvió a fumar.
La enferma lo aceptaba todo de su marido sin perdonarle ningún
sacrificio. ¿No le había dado ella más de lo que podía darle? Ella se
repetía continuamente que don Diego la cuidaba por deber o, mejor dicho,
para descargo de su conciencia, que la amistad no entraba para nada en
todas aquellas atenciones; que él desempeñaba fríamente el papel de buen
marido; que amaba a otra mujer; que no se pertenecía y que había dejado
su corazón en Francia. Pensaba, en fin, que aquel hombre que parecía tan
cuidadoso de su vida, se había casado con ella con la esperanza de que
moriría bien pronto, y se indignaba de ver retrasar con todos sus
esfuerzos el acontecimiento que tanto deseaba.
Fue, pues, tan dura para él, como era amable para los demás. Ocupaba el
fondo del carruaje con la vieja condesa. Don Diego, el médico y el niño
estaban de espaldas a los caballos. Si alguna vez el niño trepaba sobre
sus rodillas, o si la viuda, dormida por la monotonía del movimiento,
dejaba caer la cabeza sobre su hombro escuálido, jugaba con el pequeño o
acariciaba los cabellos de la viuda. Pero no permitía que su marido le
preguntase siquiera por su estado, y un día le respondió con una
crueldad sangrienta:
--Esto va bien, sufro mucho.
Don Diego sacó la cabeza por la ventanilla y sus lágrimas cayeron sobre
las ruedas.
El viaje duró tres meses, sin cambiar ni el humor ni la salud de
Germana. No estaba mejor ni peor: arrastraba la vida. Tenía siempre la
misma aversión a su marido, pero se iba acostumbrando a él. Italia
entera pasó ante su vista sin que se interesase por nada, ni siquiera se
fijase en ningún sitio. Verdad es que en invierno Italia se parece mucho
a Francia. Nieva un poco menos, pero llueve más.
El clima de Niza la hubiera sentado muy bien. Pasando por el paseo de
los Ingleses, don Diego había hecho el elogio de una linda villa pintada
de color de rosa y rodeada de un jardín de naranjos. Pero Germana se
aburría de ver desfilar todo el día una interminable procesión de
tísicos. Los condenados que se destierran a Niza tienen miedo los unos
de los otros y cada uno de ellos lee su destino en la palidez del
vecino.
--¡Vamos a Florencia!--dijo ella.
Y don Diego hizo enganchar para Florencia.
Encontró en la ciudad un aspecto de fiesta que parecía exacerbar su
desgracia. El primer día que fue conducida al paseo, que oyó la música
de los regimientos austriacos y que las floristas mofletudas arrojaron
su mercancía en el coche, reprochó duramente a su marido el haberla
expuesto a un contraste tan cruel. Quedaba Pisa y allí fueron. Quiso ver
el Campo Santo y la terrorífica obra maestra de Orcagna. Aquellas
pinturas fúnebres, aquellos cuadros de la Muerte, dueña de la vida, la
impresionaron fuertemente y salió de allí más muerta que viva.
Entonces expresó el deseo de ir hasta Roma. El clima de la gran ciudad
no debía favorecerla precisamente, pero había llegado ya al punto en que
el médico no niega nada a su enfermo. Vio Roma y creyó entrar en una
vasta necrópolis. Aquellas casas desiertas, los palacios vacíos y las
grandes iglesias en las que se ve de espacio en espacio un fiel
arrodillado, tomaron a sus ojos una fisonomía sepulcral.
Partió para Nápoles y tampoco se encontró mejor. Se habían alojado en
Santa Lucía. El más hermoso golfo del universo ondulaba sus aguas azules
ante ella; el Vesubio humeaba bajo sus balcones; el sitio estaba bien
elegido para vivir y morir. Pero ella soportaba impacientemente los
ruidos de la calle, el grito agudo de los cocheros, el paso sonoro de
las patrullas suizas y el canto de los pescadores. Maldijo la ciudad
ruidosa y agitada donde ni siquiera era permitido sufrir en paz. La
ofrecieron hallar en las inmediaciones un retiro más tranquilo; quiso
buscar por sí misma e hizo un gasto de actividad que la agotó en pocos
días. El doctor estaba admirado de tanta resistencia. Era preciso que la
Naturaleza hubiera construido su cuerpo con bien sólidos materiales o
bien que un alma vigorosa retrasase la ruina de aquel edificio que se
desplomaba.
Le enseñaron Sorrento y Castellamare; la pasearon durante ocho días de
lugar en lugar sin que se decidiese a hacer una elección. Una noche,
tuvo el capricho de visitar Pompeya a la luz de la luna.
--Es una ciudad por mi estilo--dijo con una sonrisa amarga--; es justo
que los muertos se consuelen entre sí.
Fue preciso arrastrarla por espacio de dos horas sobre el empedrado
desigual de la ciudad muerta. Hubiera sido un paseo delicioso para un
corazón alegre. El día había sido hermoso; la noche era casi tibia. La
luna iluminaba los objetos como un sol de invierno. El silencio añadía
al espectáculo un encanto dulce y solemne. Las ruinas de Pompeya no
tienen la grandeza aplastante de esos monumentos romanos que inspiraron
tan largas frases a madama de Staël. Son los restos de una ciudad de
diez mil habitantes; los edificios privados y públicos tienen una
fisonomía provinciana. Al entrar en aquellas calles estrechas, al abrir
la puerta de sus casitas, se penetra en la vida íntima de la antigüedad
y se es recibido amistosamente en un pueblo que ya no existe.
Encontráis allí una singular mezcla del sentimiento artístico que
distinguía a los antiguos y del mal gusto que es patrimonio de los
pequeños burgueses de todas las épocas. Nada más divertido que descubrir
bajo el polvo de veinte siglos jardinillos semejantes a los de los
Inválidos, con su surtidor microscópico, los pequeños patos de mármol y
la estatuíta de Apolo en el centro. He ahí el dominio de un ciudadano
romano que vivía de sus rentas en el año 79 de la Era cristiana. La
alegría champañesa del doctor se recreaba dulcemente en medio de
aquellos curiosos restos. Don Diego traducía a su mujer los relatos
interminables del guarda, pero la impaciencia febril de la enferma
quitaba todo encanto a la excursión. La pobre niña no era dueña de sí
misma; pertenecía a la enfermedad y a la muerte próxima. No caminaba
nada más que por sentirse vivir, ni hablaba más que por oír su voz. Se
adelantaba a la comitiva, volvía sobre sus pasos, pedía que la dejasen
ver de nuevo lo que ya había visto, se detenía en el camino y se
ingeniaba en buscar caprichos que nadie podía satisfacer. Hacia las
nueve, el frío se apoderó de ella y propuso volver al hotel.
«Decididamente, dijo, quiero morir aquí; por lo menos estaré tranquila.»
Pero después pensó que el Vesubio no había dicho aún su última palabra y
que podría depositar una sábana de fuego sobre su tumba. Entonces habló
de volver a París y se acostó con unos escalofríos que no presagiaban
nada bueno.
La viuda cenó a su lado. El niño ya dormía desde hacía rato. El dueño de
la -Corona de hierro- invitó a los caballeros a bajar al comedor;
estarían mejor que en la habitación de un enfermo y tendrían compañía.
El médico aceptó la proposición y don Diego le siguió.
La compañía se reducía a dos personas; un pintor francés, gordinflón y
de buen humor, y un joven inglés encarnado como un cangrejo. Los dos
habían visto entrar a Germana y habían adivinado sin esfuerzo el mal que
la mataba. El pintor profesaba una filosofía alegre, como todo el que
digiere bien.
--Yo, señor--decía a su vecino--, si nunca llegase a padecer del pecho,
lo que no es probable, no me apartaría en absoluto de mi régimen de
vida. En todas partes se cura y en todas partes se muere. El aire de
París es quizás el que mejor conviene a los tísicos. Hablan del Nilo:
los posaderos del Cairo son los que han hecho extender esa opinión. Sin
duda el vapor del río sirve para algo, pero, ¿y la arena del desierto no
es perjudicial? Se os entra en los pulmones, se aloja en ellos y ¡buenas
noches!... Usted me dirá que si de todos modos hay que morir, queda por
lo menos el derecho de elegir el sitio. Me hago cargo perfectamente de
ello. ¿Ha viajado usted por la regencia de Túnez?
--Sí.
--¿Ha visto usted cortar la cabeza a alguien?
--No.
--Pues bien, todo eso se ha perdido usted. Esos desgraciados tienen el
derecho de elegir el sitio. Cuando un tunecino es condenado a muerte, se
le da tiempo hasta la puesta del sol para buscar el lugar en que se le
haya de cortar la cabeza. Desde el amanecer, dos verdugos le cogen del
brazo y le conducen al campo. Cada vez que llegan a algún lindo rincón
de paisaje, un arroyuelo sombreado por dos palmeras, los ejecutores
dicen al paciente: «¿Cómo encuentras esto? Sería inútil buscar nada
mejor.» «Vamos más lejos, dice el otro, aquí hay moscas.» Le pasean así
hasta que ha encontrado un lugar de su agrado y se decide generalmente a
la puesta del sol. Entonces se arrodilla, los dos vecinos sacan sus
cuchillos y le cortan tranquilamente la cabeza. Pero tiene, por lo
menos, el consuelo de morir en un terreno a su gusto. He conocido en
París a una bailarina que se le había metido la misma idea en la cabeza.
Se había comprado un terreno en el Père-Lachaise e iba a visitarlo de
cuando en cuando, cada vez con mayor placer. Los seis metros de su
propiedad estaban en uno de los más bellos rincones del cementerio,
rodeado de monumentos burgueses y con vistas al exterior. Pero sus
compatriotas de usted son los que cometen mayores extravagancias. Uno
que encontré una vez quería ser enterrado en Etretat porque allí el aire
es más puro, porque se ve el mar y porque nunca ha habido cólera. Me
contaron de otro que compraba terrenos en todas las ciudades por donde
pasaba. Desgraciadamente murió en la travesía de Liverpool a Nueva York
y el capitán le hizo arrojar al agua.
Don Diego y el doctor hubieran dejado muy a gusto de oír semejante
discurso e iban a rogar a su vecino que cambiase de conversación,
cuando el joven inglés tomó la palabra.
--Pues yo, señor--dijo--, hace dos años estaba tan enfermo como esa
joven que hemos visto pasar. Los médicos de Londres y de París me habían
firmado mi pasaporte y yo buscaba también un sitio para morir. Lo elegí
en las islas Jónicas, en la parte meridional de Corfú. Me instalé allí
esperando mi hora y me encontré bien, tan bien, que la hora pasó.
El médico tomó la palabra con la desenvoltura que reina en las mesas
redondas de Italia:
--¿Usted ha estado tísico, señor?
--En tercer grado, si es que toda la Facultad no se burló de mí.
Citó los nombres de los médicos que lo habían visitado y condenado.
Contó cómo había acabado por cuidarse él mismo, sin nuevos remedios, en
el campo, lejos del bullicio, esperando la muerte, bajo el cielo de
Corfú.
El señor Le Bris le pidió permiso para auscultarle, a lo que se negó él
con un terror cómico. Le habían contado la historia del médico que mató
a su enfermo para saber cómo se había curado.
Una hora después el conde estaba sentado a la cabecera de Germana. La
enferma tenía el rostro encendido y la palabra jadeante.
--Venga usted--dijo a su marido--. Tengo que hablarle seriamente. ¿No se
fija usted en que estoy mejor esta noche? Tal vez estoy en vías de
curación. Su porvenir de usted está comprometido. Le he hecho perder ya
tres meses; nadie esperaba que durase tanto. Mi familia tiene mucha
vitalidad; será necesario que me mate. Usted tiene derecho, ya lo sé;
para eso le ha costado su dinero. Pero déjeme aún algunos días; ¡es tan
hermosa la luz! Me parece que respiro mejor.
Don Diego le cogió la mano; estaba ardiente.
--Germana--le dijo--, he comido con un joven inglés que ya le enseñaré
mañana. Estaba más enfermo que usted, según asegura; el cielo de Corfú
le ha curado. ¿Quiere usted que nos marchemos a Corfú?
La joven se incorporó en la cama, le miró en los ojos y le dijo con una
emoción que rayaba en el delirio:
--¿Dices la verdad?... ¿Puedo vivir aún?... ¿Volveré a ver a mi madre?
¡Ah! si tú me salvases, toda mi vida sería poca para pagar tanto bien.
Te serviría como una esclava, educaría a tu hijo y haría un grande
hombre de él... ¡Desgraciada! no es para eso para lo que tú me has
elegido. Tú amas a esa mujer, la echas de menos, la escribes, ansias el
momento de volver a verla, y todas las horas de mi vida son otros tantos
robos que cometo...
Durante dos días, su mal pareció agravarse en aquella habitación del
hotel y todos creyeron que moriría sobre las ruinas de Pompeya. No
obstante, pudo levantarse en la primera semana de abril. Conducida a
Nápoles, embarcó en un paquebot que partía para Malta y desde allí un
vapor del Lloyd inglés la transportó hasta el puerto de Corfú.
V
EL DUQUE
El señor y la señora de La Tour de Embleuse se habían despedido de su
hija en la sacristía de Santo Tomás de Aquino. La duquesa lloró mucho;
el duque tomó más alegremente la separación, para tranquilizar a su
esposa y a su hija; quizá también porque no encontró lágrimas en sus
ojos. En su fuero interno, él no creía en la muerte de Germana. El solo,
con la vieja condesa de Villanera, esperaba el milagro de la curación.
Aquel caballero servidor de la fortuna estaba firmemente convencido de
que una dicha nunca llega sola. Todo le parecía posible desde que había
vuelto a salir a flote. Comenzó por predecir el restablecimiento de su
mujer y no se equivocó.
La duquesa era de una constitución robusta, como toda su familia. Las
fatigas, las noches sin dormir y las privaciones habían tomado una gran
parte en la enfermedad crítica que la edad le había aportado. Añadid a
esto las angustias continuas de una madre que espera el último suspiro
de su hija. La señora de La Tour de Embleuse sentía tanto o más los
dolores de Germana que los suyos propios. Cuando se separó de su querida
enferma, se repuso poco a poco y compartió menos penosamente los males
que no veía tan de cerca. La imaginación nos hace sufrir tanto como los
sentidos, pero una desgracia que no vemos pierde algo de su crudeza. Si
vemos aplastar un hombre en la calle, experimentamos un dolor físico,
como si las ruedas hubiesen pasado por encima de nuestro cuerpo; el
relato de este suceso leído en un periódico no hace más que rozar
nuestra piel. La duquesa no podía estar tranquila ni ser feliz, pero por
lo menos escapó a la acción directa del peligro sobre su sistema
nervioso. No es que hubiese recobrado la calma, pero no vivía en la
terrible ansiedad del que espera un acontecimiento inevitable. No abría
jamás sin temblar una carta de Italia, pero en el intervalo de cada
correo tenía instantes de reposo. A las vivas angustias que la
torturaban, sucedió un dolor sordo que la costumbre le hizo familiar.
Experimentaba el triste consuelo de un enfermo que del estado agudo pasa
al estado crónico.
Un amigo del joven doctor la visitaba dos o tres veces por semana, pero
su verdadero médico continuaba siendo el señor Le Bris. Este le escribía
regularmente, así como a la señora Chermidy, y aunque siempre había
procurado no mentir, las dos correspondencias no se parecían mucho.
Repetía a la pobre madre que Germana vivía, que la enfermedad parecía
haberse detenido y que aquella dichosa suspensión de una marcha fatal
daba derecho a esperar un milagro. No se alababa de curarla y decía a la
señora Chermidy que sólo Dios podía aplazar indefinidamente la viudez de
don Diego. La ciencia era impotente para salvar a la joven condesa de
Villanera. Vivía aún y la enfermedad parecía haber hecho un alto, lo
mismo que un viajero descansa en una posada para continuar con mayor
vigor al día siguiente. Germana estaba siempre débil durante el día,
febril y agitada al aproximarse la noche. El sueño le negaba sus
favores, su apetito era caprichoso y rechazaba los platos con disgusto
desde el momento que los había probado. Su delgadez era espantosa y la
señora Chermidy hubiera tenido sumo placer en verla. Se podía decir que
debajo de la piel límpida y transparente no tenía más que huesos y
tendones; los pómulos parecían salírsele de la cara. ¡Verdaderamente era
preciso que la señora Chermidy fuese muy impaciente para pedir algo más!
El duque no sabía o no quería saber esto y ya había celebrado más de una
vez la curación de su hija. En la edad del juicio, aquel anciano, cuyos
cabellos blancos hubieran inspirado respeto si no se los tiñese,
resistía mejor que un joven las fatigas del placer. Se adivinaba
fácilmente que agotaría más pronto sus escudos que sus necesidades y sus
fuerzas. Los hombres que han entrado tarde en la vida encuentran
reservas extraordinarias para sus últimos años.
Disponía de poco dinero efectivo, por muy millonario que fuese. El
primer semestre de sus rentas debía vencer el 22 de julio; mientras
tanto, era preciso vivir de los 20.000 francos de la canastilla. Esto
era bastante para los gastos de la casa y para las pequeñas deudas que
esperan menos que las grandes. Si la duquesa hubiese tenido a su
disposición esta suma habría puesto la casa sobre un pie decente; pero
el duque no soltaba la llave de la caja, siempre que en ella hubiese
dinero. Pagó muy pocas deudas; se negó cortésmente a comprar muebles y
conservó, a pesar de la duquesa y del sentido común, un departamento de
12.000 francos, en el cual no se detenía un instante. De cuando en
cuando daba un luis a Semíramis para la cocina, pero nunca se preocupó
de preguntarle cuánto se le debía por sus servicios. Compró dos o tres
vestidos magníficos a la duquesa, que carecía de la ropa interior más
necesaria. Lo que empleaba cada día en sus gastos personales era un
secreto entre su cajón y él.
No creáis, sin embargo, que tenía el egoísmo odioso de ciertos maridos
que tiran el dinero a manos llenas y quieren conocer al céntimo los
desembolsos de su esposa. Concedía a la duquesa tanta libertad para lo
pequeño como se reservaba él para lo grande. Continuaba siendo aquel
hombre cortés, solícito y tierno que su pobre mujer adoraba hasta en sus
faltas. El se informaba de su salud con una atención casi filial. Le
repetía por lo menos una vez al día: «Eres mi ángel guardián.» Le daba
nombres tan dulces que, sin el testimonio de los espejos, hubiera creído
tener veinte años. Algo es algo; y el peor marido no es despreciable más
que a medias, cuando deja una dulce ilusión a su víctima. Un gran
artista que ha visto nuestra sociedad con los ojos de Balzac, y que la
ha pintado mejor, Gavarni, ha puesto este singular juicio en la boca de
una mujer del pueblo: «Mi marido, un perro acabado; ¡pero el rey de los
hombres!» Traducid la frase en estilo noble y comprenderéis el amor
obstinado de la duquesa por el duque.
No obstante, el viejo descendía rápidamente todos los escalones que un
hombre bien nacido puede descender. Cuando el ruido de su nueva fortuna
se hubo extendido por París, encontró en el Bosque un cierto número de
antiguos conocidos que habían tomado la costumbre de volver la cabeza
cuando le veían. Le invitaron a algunos salones de Montmartre donde los
hombres más elegantes y más respetables van algunas veces en buena
compañía a buscar la mala. Encontró aquí y acullá muebles que había
comprado con su dinero; miró la hora en relojes cuya factura había
pagado. La pasión del juego, que dormía en él desde muchos años, se
despertó más ardiente que nunca; pero jugó a lo pícaro, alrededor de
esos tapetes sospechosos que la policía barre de cuando en cuando. Aquel
mundo peligroso, que es maestro en adular todos los vicios de que vive,
hizo un recibimiento triunfal al duque de La Tour de Embleuse y le
aplaudió su juventud póstuma que salía de la miseria como Lázaro de su
tumba. Le probaron que tenía veinte años y él intentó probárselo a sí
mismo. Asistió a grandes comilonas, con detrimento de su estómago, bebió
-champagne-, fumó cigarros y rompió botellas. En aquellas reuniones la
dignidad quedaba en el guardarropa. No obstante, los recién llegados de
provincias, los extranjeros perdidos en París o los hijos de familia
escapados de la tutela paternal, admiraban los nobles modales y la
apostura aristocrática de aquel gentilhombre averiado. Los hombres le
respetaban más de lo que se respetaba él mismo; las mujeres contemplaban
en él una ruina a la que habían contribuido y que, no obstante, se
conservaba bien. En ciertos remansos de la sociedad se hace más caso de
un veterano que se ha comido ciento veinte mil francos de renta que de
un soldado que haya perdido los dos brazos en el campo de batalla.
El duque siguió a esta sociedad a todos los lugares donde ella iba. Así,
concurrió a las primeras representaciones de ciertos teatros y el
respeto de su nombre, que le había acompañado en la primera mitad de su
carrera, pareció abandonarle para siempre. En dos meses se convirtió en
el hombre más criticado de París. Tal vez hubiera tenido más recato en
su conducta si el conocimiento de sus actos hubiera podido llegar a su
familia. Pero Germana estaba en Italia y la duquesa se había encerrado
en su casa; no tenía, pues, nada que temer.
El contraste de su nombre y de su conducta le dio en poco tiempo una
popularidad entre la gente baja, que parecía ser muy de su gusto. Se le
vio, a la salida del teatro, en un café del bulevar del Temple, rodeado
de figurantes mal afeitados y de cómicos ínfimos que bebían un ponche en
su honor, le contemplaban con los ojos muy abiertos y se disputaban la
gloria de estrechar la mano de un duque que no era nada orgulloso. Pero
aun descendió más, si esto era posible. Los compañeros más abyectos
eran buenos para él y más de una vez se le vio en los arrabales sentado
ante un jarro de vino tinto, a la mesa de una taberna. Es muy difícil,
en el siglo XIX, encanallarse con elegancia. Unicamente la corte de Luis
XV intentó este esfuerzo con algún éxito. Dos o tres grandes señores
franceses y extranjeros quisieron revivir las tradiciones de los buenos
tiempos, pero con bastante menos dignidad. El alma más altanera se
desploma con una rapidez increíble en los placeres malsanos y en las
fiestas nauseabundas de los arrabales. Las únicas orgías a las que se
resiste algún tiempo son aquellas que cuestan muy caro. El contentarse
con poco, que es una virtud en los trabajadores, es el último grado de
la abyección en los hombres desocupados y ricos.
El pobre duque estaba en lo más bajo cuando dos personas le tendieron la
mano por motivos bien distintos. Sus salvadores fueron el barón de
Sanglié y la señora Chermidy.
El señor de Sanglié iba de cuando en cuando a llamar a la puerta de los
de La Tour de Embleuse. Era su antiguo propietario, el testigo de boda
de Germana y el amigo de la familia. A la duquesa la encontraba siempre,
al duque nunca; pero todo París le daba noticias de su deplorable amigo.
Resolvió, pues, salvarle, del mismo modo que antes le había dado
alojamiento, por el honor del linaje.
El barón era lo que se llama, aun hoy, un perfecto caballero. No era
guapo y aun tenía en su fisonomía algo de su nombre[C]. Su rostro
abultado y encarnado se escondía en un matorral de pelo rojizo. Robusto
como un cazador y ligeramente ventrudo, nadie le hubiera hecho más de
cuarenta años, aunque había cumplido ya los cincuenta. Los barones de
Sanglié datan de una época en que se construía sólidamente. Bastante
rico para vivir espléndidamente sin hacer nada, cuidaba de su persona y
vivía por vivir bien.
Su traje y su aspecto eran igualmente aristocráticos. Por la mañana se
le encontraba con vestidos amplios, sólidos, cómodos y de una elegancia
coquetonamente descuidada. Por la noche, su traje era irreprochable y
del mejor gusto, siendo uno de aquellos hombres cuya ropa no llamaba
nunca la atención, que es la elegancia más difícil. Tenía tanto cuidado
de su cuerpo como de sus vestidos. Montaba a caballo todos los días y
frecuentaba el juego de pelota; por la noche asistía a uno de los
teatros de ópera y luego hacía su partida de -whist- en el club. Buen
jugador, buen comensal y magnífico bebedor; gran fumador, inteligente en
pintura y bastante buen jinete para ganar un -steeple chase-, pero
demasiado juicioso para arriesgar su fortuna en un caballo de carrera o
en una cuadra; indiferente a los libros nuevos, despreocupado en
política, prestamista fácil para los que le podían devolver el préstamo,
generoso a veces para los pobres, muy sociable, de una cortesía
caballeresca con las mujeres, era amable y bueno como todos los
egoístas inteligentes. Hacer el bien sin molestarse, es una de las
formas más simpáticas del egoísmo.
La salvación del duque no era, sin embargo, cosa fácil. El barón no la
habría logrado jamás sin un auxilio poderoso, la vanidad, que aun
sobrenadaba un poco en aquel triste naufragio de todas las virtudes
aristocráticas; el señor de Sanglié le asió por ella como se coge por
los cabellos al hombre que se ahoga.
Fue a buscarle hasta en los chiribitiles donde arrastraba su nombre y su
casta. Le golpeó rudamente en el hombro y le dijo con aquella franqueza
que oculta tan bien la adulación:
--¿Qué hace usted, mi querido duque? Este no es su sitio. Todo el mundo
le echa de menos en nuestro círculo, hombres y mujeres; ¿me ha oído
usted bien? Todos los La Tour de Embleuse han sostenido su jerarquía
desde Carlomagno; no concedo a usted el derecho de hacer quedar mal a
sus antepasados. Todos nosotros tenemos necesidad de usted. Ea,
¡pardiez! si usted se entierra aquí en la flor de la edad madura, ¿quién
nos dará lecciones de elegancia? ¿quién nos enseñará a vivir bien, a
comerse correctamente una fortuna? ¿quién nos enseñará el arte de gustar
a las mujeres, que se va perdiendo entre nosotros?
El duque respondió con un gruñido como el borracho a quien se despierta
bruscamente. Gozaba en paz de su nueva fortuna y no se preocupaba de
reanudar las costumbres incómodas que el mundo impone a sus esclavos;
una pereza invencible le encadenaba a los placeres fáciles que no exigen
ningún esfuerzo de decencia o de inteligencia. Pretendía, pues, que se
encontraba bien, que no deseaba nada mejor y que cada uno se proporciona
sus diversiones donde puede.
--Venga usted conmigo--continuó el barón--, y yo le juro que le haré
encontrar diversiones más dignas de usted. No tema usted perder en el
cambio; en nuestro mundo se vive bien, y usted lo sabe mejor que nadie.
Ya supondrá usted que no he venido aquí para conducirle a su casa; para
eso le hubiera enviado a un misionero. ¡Qué diablo! en parte yo también
soy de la escuela de usted. Yo no desprecio ni el vino, ni el juego, ni
el amor, pero yo mantendré contra todo el mundo, y contra usted mismo,
que un duque de La Tour de Embleuse no debe embriagarse, arruinarse o
condenarse más que con sus iguales.
Estos y otros argumentos por el estilo acabaron por convencer al duque
que volvió, no a la virtud, pues el camino era demasiado largo para sus
viejas piernas, pero sí al vicio elegante. El señor de Sanglié le llevó
a uno de los mejores sastres del bulevar, como se conduce un desertor al
vestuario del cuartel, que le obligó a endosarse la librea de las gentes
de mundo. Aquel singular enfermo era siempre idólatra de su persona,
pero hacía mucho tiempo que economizaba los gastos del culto. Había
conservado la costumbre de pintarse y acicalarse y no descuidaba ninguna
de las prácticas que podían darle una apariencia de juventud, pero no
le disgustaba parecer más nuevo que su traje. Le probaron que algunos
metros de tela fina rejuvenece el aspecto de la persona y acabó por
convenir en que los sastres no son gente despreciable. Este era un gran
paso; un hombre bien vestido, está medio salvado. Los padres de familia
ya lo saben y cuando vienen a París a arrancar del vicio a un hijo
pródigo, lo primero que hacen es llevarle a casa de un sastre.
El barón se encargó de lanzar a su discípulo; le hizo admitir en su
club. Allí se comía bien, y el señor de La Tour de Embleuse no perdió
nada en cambiar de cocinero. Antes de su conversión, la comida
excesivamente condimentada de los figones y el uso de los licores
falsificados irritaban su estómago, enrojecían su lengua y le condenaban
a una sed inextinguible. La engañaba bebiendo aún más y el pobre hombre
estaba en un círculo vicioso del cual no podía salir sino por la muerte.
La duquesa se asustaba alguna vez de su ardoroso aliento y no se atrevía
a manifestarle sus terrores, pero colocaba discretamente sobre su mesita
de noche alguna tisana refrescante y perfumada que él no tomaba. La mesa
del círculo le restableció insensiblemente, por más que no se privaba de
nada. El incentivo del juego le retenía bajo la férula de su protector.
Los abonados del club jugaban al -whist- y al -écarté- con un cierto
atrevimiento, pero sin intemperancia; rara vez se pasaba de un luis por
puesta; no era, pues, una distracción peligrosa para un millonario. Si
aventuraba una fuerte suma en una partida de -écarté-, nadie tenía el
derecho, es verdad, de llamarle a la razón, pero por lo menos había de
escuchar las advertencias de los compañeros. Todos le conocían y se
interesaban por él como por un convaleciente. Un jugador se conduce como
un hombre juicioso o como un loco, según que sea incitado o contenido
por los que le rodean. A él le refrenaban, y con una mano tan delicada,
que no sentía el tirón de la brida.
Los salones más distinguidos le abrieron sus puertas de par en par; toda
aristocracia es naturalmente francmasónica, y un duque, por tonterías
que haya cometido, tiene derechos imprescindibles a la indulgencia de
sus iguales. El -faubourg- Saint-Germain, como el hijo respetuoso de
Noé, cubrió con su manto de púrpura los antiguos extravíos del anciano.
Los hombres le trataron con consideración; las mujeres con benevolencia.
¿En qué país y en qué época han dejado ellas de tener indulgencia para
las malas personas? Se le miraba como un viajero que había atravesado
comarcas desconocidas. No obstante, ninguna mujer se atrevió a
preguntarle sus impresiones de viaje. No tardó en ponerse a tono con tan
buena compañía, porque a todos los defectos de la juventud unía aquella
flexibilidad de espíritu que es uno de sus más hermosos privilegios. A
nadie extrañó que la elección del conde de Villanera, que le había
aceptado por suegro, recayese en un hombre tan digno de su nombre y de
su fortuna.
El barón le había prometido placeres más vivos, y no faltó a su
palabra. No le encerró en el -faubourg- como en una fortaleza y le hizo
ver un mundo menos empingorotado. Siempre con la etiqueta de la alta
sociedad, le condujo a algunos de esos salones en los que la gente era
aceptada sin pruebas, pero no sin motivo. Le presentó a viudas cuyos
maridos nunca habían estado en París, a mujeres legítimamente casadas
pero indispuestas con su familia, a marquesas desterradas del -faubourg-
a consecuencia de un escándalo, a personas respetables que vivían
espléndidamente sin fortuna conocida. Aquella sociedad heterogénea
estaba relacionada de una parte con el gran mundo y de otra con las
gentes de conducta equívoca. Yo no aconsejaría a ninguna madre que
llevase allí a sus hijas, pero hay muchos hijos que van con sus padres y
salen igual que han entrado. No se encuentra allí la austeridad de
costumbres, la vida patriarcal, el buen gusto severo y el lenguaje digno
y grave que reina en los antiguos salones del -faubourg-, pero se baila
decentemente, se juega sin recurrir a las trampas y no son robados los
abrigos del recibimiento. En una de esas casas es donde se encontraron
el duque y la señora Chermidy.
Ella le reconoció a la primera ojeada, por haberle visto el día de la
boda. Sabía que era abuelo de su hijo, padre de Germana y millonario a
expensas de don Diego. Una mujer como la señora Chermidy no olvida nunca
la cara de un hombre a quien ha dado un millón. No le hubiera sabido mal
conocerle de cerca, pero nunca hubiera dado un paso por hacerlo. El
duque le ahorró el camino. Desde el momento en que supo que estaba allí
se presentó por sí mismo a ella, con una impertinencia cuyo espectáculo
hubiera regocijado a todas las mujeres honradas de París. Nada hay que
plazca más profundamente a las mujeres virtuosas que ver tratar
desvergonzadamente a las que no lo son.
El duque no tenía intención de ofender a aquella hermosa ni de renegar
en un solo día de la religión de toda su vida; pero hablaba a las gentes
en su lenguaje y creía no equivocarse con la señora Chermidy. Se sentó
familiarmente a su lado y le dijo:
--Señora, permítame usted que le presente a uno de sus antiguos
admiradores, el duque de La Tour de Embleuse. Ya había tenido el gusto
de verla en Santo Tomás de Aquino. Casi somos de la familia; aliados por
los hijos. Permítame usted, pues, que, como buen pariente, le dé la mano
izquierda.
La señora Chermidy, que razonaba con la rapidez del relámpago,
comprendió desde la primera palabra la posición en que estaba colocada.
Cualquiera que fuese su respuesta, siempre quedaría humillada ante el
duque. En lugar de aceptar la mano que le tendía, se levantó con un
gesto lleno de dignidad y de dolor, que puso además de relieve toda la
opulencia de su cuerpo, y se dirigió hacia la puerta sin volver la
cabeza, como una reina ultrajada por el último de sus súbditos.
El viejo cayó en el lazo. Corrió hacia ella y balbuceó algunas palabras
de excusa. La hermosa arlesiana le dirigió una mirada tan brillante,
que creyó ver a través de ella una lágrima y le dijo a media voz con una
emoción contenida o admirablemente fingida:
--Señor duque, usted no sabe y por tanto no puede comprender lo que me
pasa. Venga mañana a las dos; estaré sola y podremos hablar.
Después se alejó sin querer esperar la contestación, y cinco minutos más
tarde se oyó su coche rodar sobre la arena del patio.
El pobre duque había sido prevenido y creía conocer muy bien a la dama,
pues el doctor se la había pintado al vivo. Pero se reprochó lo que
había hecho y hasta el día siguiente estuvo en un estado de
intranquilidad no exento de remordimientos. Se dice, no obstante, que
hombre prevenido vale por dos.
Fue exacto a la cita y se encontró enfrente de una mujer que había
llorado.
--Señor duque--le dijo--, he hecho todo lo posible por olvidar las
palabras crueles con que usted me abordó anoche. No lo he conseguido del
todo, pero ya pasará, no hablemos más de eso.
El duque quiso reiterar sus excusas; estaba profundamente admirado. La
señora Chermidy había empleado la mañana en hacerse un tocado
irresistible. Seguramente estaba más hermosa aún que la noche anterior.
Una mujer está en su tocador como un cuadro en su marco. Aprovechó la
turbación en que sus gracias habían envuelto al señor de La Tour de
Embleuse para acabarle de arrollar en los pliegues de su oratoria
insidiosa. Empleó primero el respeto tímido que convenía a una mujer en
su posición. Hizo protestas de una veneración exagerada por la ilustre
familia en la que había introducido a su hijo; se atribuyó el honor de
haber elegido a los La Tour de Embleuse entre veinte casas linajudas del
-faubourg- y de haber levantado por la fortuna uno de los más hermosos
nombres de Europa. Los ademanes muelles y la languidez melancólica con
que este exordio fue acompañado, persuadieron al viejo duque, mucho más
que las palabras, y casi no dudó de que había insultado a su
bienhechora.
--Yo comprendo--continuó--, que usted no puede tener mucha estimación
por mí. Usted me compadecería, no obstante, porque usted tiene un noble
corazón, si conociese la historia de mi vida.
Era maestra en aquella pantomima tan expresiva de los habitantes del
Mediodía, que da verosimilitud a las mayores mentiras. Sus ojos, sus
manos, sus piececitos, hablaban al mismo tiempo que sus labios y
parecían ser otros tantos testigos de su veracidad. Cuando se la había
oído una vez, se estaba tan firmemente convencido como si se hubiese
abierto una información con todas las formalidades del caso.
Contó su nacimiento en una rica propiedad de la Provenza. Sus padres,
que poseían una importante fábrica, destinaban a un industrial su hija y
su fortuna. Pero el amor, ese señor inflexible de la vida humana, le
había arrojado en los brazos de un simple oficial. Su familia se había
distanciado de ella hasta el momento en que las brutalidades del señor
Chermidy la habían hecho salir de la casa conyugal. ¡Pobre Chermidy!
¡una mujer siempre tiene razón contra un marido que está en China!
Una vez viuda, o poco menos, había venido a París donde vivió
modestamente hasta la muerte de su padre. Una herencia más considerable
de lo que ella esperaba la había permitido montar su casa con cierto
lujo. Algunas especulaciones afortunadas habían aumentado su capital;
era rica, pero se aburría. A los treinta años se soporta de mala gana la
soledad. Había amado al conde de Villanera sin conocerle, desde la
primera vez que le vio en los Italianos.
El duque no pudo menos de decirse a sí mismo que don Diego era un jayán
bien dichoso.
Después, y acompañándose de una mirada en la que brillaba el candor,
probó que el señor de Villanera no le había dado más que su amor. Y no
es que no fuese generoso; pero ella no era mujer capaz de mezclar los
asuntos de interés con los asuntos del corazón.
Había llevado su desinterés hasta el sacrificio; había cedido su hijo a
la condesa de Villanera y había acabado por abandonarlo a otra madre.
Había devuelto la libertad a su amante. ¡El conde estaba casado, viajaba
por restablecer la salud de su joven esposa y ni siquiera escribía a la
pobre abandonada para darle noticias del pequeño!
Acabó su discurso dejando caer sus dos brazos con un abandono lleno de
elegancia.
--En fin--añadió--, aquí me tiene usted más sola que nunca, en esta
ociosidad del corazón que no es para mí. En cuanto a consuelos, no los
tengo; distracciones, las encontraría, pero mi corazón está demasiado
triste. Conozco a algunos caballeros que vienen aquí todos los martes
por la noche a charlar un rato. No me atrevo a invitar al señor duque de
La Tour de Embleuse a estas reuniones melancólicas; su negativa me
humillaría y me haría muy desgraciada.
Cierto que la campana de la señora Chermidy no sonaba igual que la del
señor Le Bris, pero el timbre era tan dulce, que el duque se dejó
engañar como un niño. Compadeció a la linda dama y le prometió que de
cuando en cuando iría a llevarle noticias de su hijo.
El salón de la señora Chermidy era, en efecto, el lugar de reunión de un
cierto número de hombres distinguidos. Ella sabía atraerles y retenerles
a su alrededor por un medio menos heroico que el de la señora de
Warrens; se hacía amar con menos exposición. Los unos conocían su
posición, los otros creían en su virtud; todos estaban persuadidos de
que su corazón estaba libre, y que el último poseedor, se llamase
Villanera o Chermidy, había dejado una sucesión abierta. Ella se valía
de su situación para explotar a todos sus admiradores en provecho de su
fortuna. Artistas, escritores, hombres de negocios, hombres de mundo, la
servían simultáneamente en la medida de sus medios. Eran otros tantos
empleados suyos a los que pagaba con esperanzas. Un agente de cambio de
sus amigos le hacía operaciones por 20.000 francos al mes; un pintor le
compraba cuadros, un especulador enriquecido adquiría terrenos para
ella. Servicios gratuitos, es verdad, pero ninguno dejaba de serle útil
porque todos aspiraban a ser amados. A los impacientes que estrechaban
demasiado el cerco, les enseñaba su casa: una casa de cristal. Hasta sus
menores acciones procuraba que fuesen conocidas, sin duda para
tranquilizar la susceptibilidad de don Diego; quizá también para oponer
una barrera entre ella y los que dudaban de su virtud.
La presencia del duque en los salones de la calle del Circo no fue
tampoco inútil a la reputación de la señora Chermidy. Así pudo detener
ciertos rumores que circulaban acerca del matrimonio del conde; probó a
algunas almas crédulas que no había habido nunca nada entre ella y el
conde de Villanera. ¿Cómo suponer que la señora Chermidy invitara al
suegro de su amante?
Explotó este nuevo conocimiento con igual habilidad que los antiguos. Le
importaba mucho conocer con exactitud el estado de Germana y llevar la
cuenta de los días que le quedaban de vida. El señor de La Tour de
Embleuse le confió un día todas las cartas del doctor Le Bris.
Su lectura produjo en ella tal impresión que hubiera caído enferma de no
ser más fuerte que todas las enfermedades. Se vio traicionada por el
médico, por el conde y por la Naturaleza. Se representó el porvenir más
odioso que una imaginación de mujer pudiese concebir. Una rival elegida
por ella le robaba su amante y su hijo, sin tener para ello que cometer
ningún crimen, sin intriga, sin cálculo de su parte, con el apoyo de
todas las leyes divinas y humanas.
No obstante, recobró algo de su valor al pensar que el doctor quería,
piadosamente, ocultar la verdad a la duquesa. Lo mejor era ver las
cartas de la propia Germana; el duque no dejaría de satisfacer su
siniestra curiosidad.
El señor de La Tour de Embleuse era presa de una de esas pasiones
finales que acaban con el cuerpo y el alma de los viejos. Todos los
vicios que le dominaban desde medio siglo antes, habían abdicado en
provecho de un solo amor. Cuando los ingenieros reúnen en un canal todos
los arroyuelos dispersos de la llanura, crean un río bastante capaz para
la navegación.
El barón de Sanglié, la duquesa y todos los que se interesaban por él,
estaban asombrados del cambio de sus costumbres. Vivía tan sobriamente
como el joven ambicioso que quiere triunfar por medio de las mujeres.
Iba muy raras veces por el club y ya no jugaba. El cuidado de su tocador
le ocupaba gran parte de la mañana. Había vuelto a dedicarse a la
equitación y paseaba todos los días por el Bosque de cuatro a seis.
Comía con su esposa siempre que no estaba invitado a la mesa de la
señora Chermidy. Iba todas las noches a las reuniones del gran mundo
para encontrarse con ella, y tan pronto como había abandonado el baile,
el duque volvía a su casa, daba las buenas noches a su mujer y se
acostaba. El miedo de comprometer a la que amaba le devolvió las
costumbres de discreción que habían velado los primeros desórdenes de su
vida, y la duquesa le creyó fuera de peligro, precisamente en el momento
en que estaba perdido sin remedio.
La señora Chermidy, maestra en las artes de la seducción, afectaba
tratarle con una ternura filial. Le recibía a todas horas, incluso
cuando estaba en su tocador. Nunca retiraba su mano o su frente a un
beso del duque; le reconvenía dulcemente, le escuchaba con complacencia,
aceptaba sus caricias como pruebas de generosidad, no aparentaba ningún
temor y no parecía sospechar el sentimiento brutal que ella misma
fomentaba todos los días. Para tenerle a distancia no empleaba más que
una sola arma: la humildad. Era implacablemente respetuosa. Se dejaba
dar todos los nombres que el amor puede inspirar a un hombre, pero no se
olvidaba ni una sola vez de llamarle señor duque. El viejo insensato
hubiese dado toda su fortuna por que la señora Chermidy le faltase al
respeto.
Por de pronto le sacrificó lo que un honrado anciano pueda tener en más
estima, la santidad del nombre de padre. Pidió a la duquesa las cartas
de Germana, con el pretexto de volverlas a leer, y la noble mujer lloró
de alegría al confiar tan preciado tesoro a su marido. Corrió sin
pérdida de tiempo a la calle del Circo y fue recibido con los brazos
abiertos. Aquellas cartas que la enferma había garrapateado con su mano
trémula, aquellas cartas en que a veces ponía besos para su madre en un
cuadro mal dibujado debajo de la firma, aquellas cartas que la duquesa
había regado con sus lágrimas, fueron registradas sobre una mesita del
salón, como un juego de naipes, por un viejo depravado y una mujer
perversa.
La señora Chermidy, disfrazando su odio bajo una máscara de compasión,
buscó ávidamente algunos síntomas de muerte entre las protestas de
ternura, y no quedó más que medianamente satisfecha. El olor que
exhalaba aquella correspondencia no era el que atrae los cuervos a los
campos de batalla. Era como el perfume de una florecilla enfermiza que
languidece al soplo del invierno, pero que se abriría al sol si la brisa
del mediodía viniese a barrer las nubes. La cruel arlesiana encontraba
demasiada firmeza en aquella mano, demasiada vida en aquel espíritu y
unos latidos inquietantes en aquel corazón. Mas no era esto todo; sintió
que se apoderaba de ella una sospecha desgarradora. La enferma contaba
con demasiada complacencia los cuidados de su marido. Se acusaba de
ingratitud, se reprochaba el corresponder mal a lo que por ella hacía.
La señora Chermidy rugió interiormente a la idea de que el marido y la
mujer acabasen quizá por sentirse atraídos el uno hacia el otro; temió
que la piedad, el reconocimiento, la costumbre, uniría a las dos almas
jóvenes y que un día vería sentarse entre don Diego y Germana a un
invitado con el que no había contado: el Amor.
La profanación de las cartas de Germana tuvo lugar algunos días después
de su llegada a Corfú. Si la señora Chermidy hubiese podido ver con sus
propios ojos a su inocente rival, es probable que su miedo se hubiese
trocado en piedad. Las fatigas del viaje habían dejado a la pobre niña
en un estado deplorable. Pero la amante de don Diego se forjaba a todas
horas unos monstruos que repartían la salud y se veía suplantada sin
remisión. El día en que sus sospechas se cambiasen en certidumbre, no
retrocedería ante ningún crimen. Mientras tanto, por espíritu de
prudencia y de venganza, por entretener su ocio de hermosa sin empleo,
por una especulación de interés y de perversidad, se divertía en
desplumar al señor de La Tour de Embleuse. Encontraba gracioso
despojarle del millón que le había dado, sin perjuicio de devolvérselo a
la muerte de su hija. Era una especie de desquite que se adjudicaba en
caso de desgracia.
No era difícil hacerle dar una inscripción de renta. El duque se ponía
todos los días a sus pies con cuanto poseía. Era de un carácter y de un
temperamento capaz de arruinarse sin publicarlo y de vencer sin
atribuirse la victoria. Un hombre de honor no compromete nunca a una
mujer, aunque se vea despojado por ella. Pero la señora Chermidy pensaba
que sería más digno de ella tomar un millón sin dar nada en cambio, y
guardando siempre la superioridad sobre el donante.
Un día que el viejo deliraba a sus pies y renovaba por centésima vez el
ofrecimiento de su fortuna, ella le dijo:
--Acepto, señor duque.
El señor de La Tour de Embleuse perdió la cabeza como un aeronauta
novicio al que se rompiese la cuerda del globo[D]. Creyó estar en el
séptimo cielo. La dama detuvo dulcemente sus transportes y le dijo:
--Cuando usted me hubiera dado un millón, ¿creería usted haberme pagado?
El duque protestó, pero sus ojos decían, y no sin razón, que desde el
momento en que la virtud se pone en venta, un millón no es un precio
despreciable.
Ella contestó al pensamiento de su adversario:
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