--A elección de usted, señor duque.
--Yo he elegido la miseria, ya lo ha visto usted. ¡Pero cuando yo le
decía que la Fortuna era una caprichosa! La conozco desde hace mucho
tiempo y unas veces hemos estado en buenas relaciones y otras reñidos.
Ahora quiere tentarme... ¡como si no! ¡Adiós, querido doctor!
El señor Le Bris se levantó de la silla. El duque le retuvo por la mano.
--Fíjese usted en que lo que hago es heroico. ¿Usted no ha sido jugador?
¿Conoce usted las cartas?
--Juego al -whist-.
--Entonces no es usted jugador. Sepa usted, pues, amigo mío, que cuando
una vez se ha dejado pasar una buena racha, ya no vuelve. Al rechazar
sus proposiciones, renuncio a toda esperanza en lo porvenir y me condeno
a perpetuidad.
--Acepte usted, pues, señor duque, y no desprecie a la fortuna. ¡Cómo!
yo le traigo a usted en mis manos la salud para la señora duquesa, el
bienestar para usted y un fin dulce y tranquilo para la pobre niña que
se extingue entre privaciones de todas clases; levanto su casa que se
derrumba entre el polvo; le doy un nieto ya criado, un niño magnífico
que podrá unir su nombre de usted al de su padre, y todo eso, ¿a qué
precio? Mediante una cláusula de dos líneas en el acta de matrimonio. ¿Y
usted prefiere mejor condenar a su hija, a su esposa y hasta condenarse
a sí mismo, antes que prestar su nombre a un niño extraño? ¿Cree usted
que con eso cometería un crimen de lesa nobleza? ¿Es que no sabe usted a
qué precio se ha conservado la nobleza en Francia y en todas partes
desde las Cruzadas? ¡Cuántos nombres salvados por milagro o por
habilidad! ¡Cuántos árboles genealógicos rejuvenecidos por un injerto
plebeyo!
--¡Casi todos, querido doctor! Le citaría más de veinte sin salir de
esta misma calle. Además, los Villanera pertenecen a la aristocracia más
pura; no veo inconveniente en una alianza con esos señores. Con una
condición, sin embargo: y es que el asunto se lleve en plena luz, sin
hipocresía. Mi hija puede reconocer un hijo extraño en el interés de dos
ilustres casas de España y de Francia. Si alguien pregunta por qué, se
le contestará que por razones de Estado. ¿Y usted salvará a la duquesa?
--Respondo de ella.
--¿Y a mi hija también?
El doctor movió lentamente la cabeza. El viejo continuó con tono de
resignación:
--¡Qué le vamos a hacer! no se puede tener todo a la vez. ¡Pobre niña!
¡Tanto que me hubiera gustado compartir con ella el bienestar!
¡Cincuenta mil francos de renta! ¡Ya sabía yo que volvería la fortuna!
En aquel momento entró la duquesa y su marido le hizo un resumen de los
ofrecimientos del doctor con transportes de una admiración infantil. El
señor Le Bris se había levantado para ofrecer su silla a la pobre mujer
que corría sin descanso desde por la mañana. Con los codos sobre la
cama, frente a frente del duque, escuchó con los ojos cerrados todo lo
que aquél quiso decirle. El viejo, inconstante como un hombre cuya razón
vacila, había olvidado sus propias objeciones. No veía más que una cosa
en el mundo: los cincuenta mil francos de renta. En su aturdimiento
llegó hasta a hablar a la duquesa de los peligros que corría y de su
vida amenazada. Pero esta revelación resbaló sobre su corazón sin
herirlo.
Abrió los ojos, y volviéndolos tristemente hacia el doctor, le dijo:
--Y bien, ¿Germana está condenada sin remisión, puesto que esa mujer no
tiene miedo de casarla con su amante?
El doctor intentó persuadirla de que no se había perdido toda esperanza,
pero ella le detuvo con el gesto.
--No mienta usted, pobre amigo mío. Esas gentes han puesto su confianza
en usted y le han pedido que buscase una mujer lo suficientemente
enferma para que no hubiese esperanza alguna de salvarla. Si por una
casualidad viviese, si un día llegase a colocarse entre los dos para
reclamar sus derechos y expulsar a la amante, el señor de Villanera
podría echar en cara a usted que le había engañado. Y usted no habrá
querido exponerse a eso.
El señor Le Bris enrojeció a su pesar, porque la duquesa decía la
verdad; pero salió de aquel mal paso haciendo el elogio de don Diego. Le
pintó como un noble corazón, un caballero de antaño perdido en nuestro
siglo.
--Puede usted creer, señora duquesa, que si nuestra querida enferma
llegase a salvarse, lo debería a su marido. El no la conoce, no la ha
visto nunca; ama a otra y abriga una esperanza bien triste para nosotros
al decidirse a colocar una esposa legítima entre su amante y él. Pero
cuanto mayor sea su interés en esperar el día de la viudez, más creerá
de su deber el retrasarlo. No sólo rodeará a su esposa de todos los
cuidados que su estado requiere, si no que es hombre para constituirse
en enfermero de ella y velarla noche y día. Le garantizo a usted que
tomará el matrimonio en serio, como todos los deberes de la vida. Es
español e incapaz de jugar con los Sacramentos; tiene un culto por su
madre y una ternura apasionada por su hijo. Esté usted segura de que el
día en que le conceda la mano de su hija, se habrá acabado todo entre él
y la señora Chermidy. Llevará a su mujer a Italia; yo les acompañaré y
usted también, y si Dios tiene a bien hacer un milagro, seremos tres
para ayudarle, señora duquesa.
--¡Diablo!--añadió el duque--. No hay nada imposible; todo puede ocurrir
en este mundo; ¿quién me hubiera dicho esta mañana que yo heredaría
cincuenta mil francos de renta?
Ante estas palabras la duquesa sintió que una oleada de lágrimas subía a
sus ojos.
--Amigo mío--dijo--, es muy triste el que los padres hereden a los
hijos. Si Dios tiene decidido llamar a su lado a mi pobre Germana, yo
bendeciré llorando su mano rigurosa y esperaré a tu lado el instante en
que debamos reunirnos. Pero yo quiero que la memoria de mi ángel amado
sea tan pura como su vida. Desde hace más de veinte años conservo un
ramo de flores de azahar, marchito lo mismo que mi felicidad y mi
juventud: cuando ella muera quiero ponerlo sobre su ataúd.
--¡Ta! ¡ta!--exclamó el duque--. ¡Así son las mujeres! Tú estás enferma,
querida, y no serán las flores de azahar las que te curen.
--¡En cuanto a mí...!
Su mirada acabó la frase de modo tan expresivo que hasta el mismo duque
la comprendió.
--¡Eso es!--dijo--; ¡a vuestra comodidad! ¡moríos las dos juntas! ¿Y
entonces qué será de mí?
--Usted será rico, padre mío--dijo Germana abriendo la puerta del
comedor.
La duquesa se levantó como movida por un resorte y corrió hacia su hija;
pero ésta no tenía necesidad de apoyo. Besó a su madre y con paso firme
y resuelto, el paso de los mártires, avanzó hasta la cama.
Iba vestida de blanco, como Paulina en el quinto acto de -Poliuto-. Un
pálido rayo del sol de enero caía sobre su frente, formando como una
aureola. Su rostro sin color parecía una página borrada en la que no se
veía brillar más que dos grandes ojos negros. Una masa de cabellos de
oro, finos y frondosos, se amontonaban sobre su cabeza. Una hermosa
cabellera es el último adorno de los tísicos; la conservan hasta el fin
y son enterrados con ella. Sus manos transparentes caían a lo largo del
cuerpo y se confundían con los pliegues del vestido. Era tal la delgadez
de su persona que se asemejaba a una de esas criaturas celestes que no
tienen ninguna de las bellezas ni de las imperfecciones de la mujer.
Se sentó familiarmente al borde de la cama, pasó el brazo derecho
alrededor del cuello de su padre y le atrajo dulcemente hacia sí.
Después designó la silla a Le Bris y le dijo:
--Haga el favor de sentarse, doctor, para que la familia esté completa.
No me arrepiento de haber escuchado detrás de las puertas. Yo me temía
que no hubiese servido para gran cosa; esta discusión me ha demostrado
que aún podría ser útil a los míos. Ustedes son testigos de que no tengo
ningún aprecio a la vida y que hace seis meses me he despedido de ella.
Así como así este mundo es una bien triste morada para los que no pueden
respirar sin sufrir. Mi único disgusto era el de legar a mis padres un
porvenir de dolores y de miserias; ahora ya estoy tranquila. Me casaré
con el conde de Villanera y adoptaré al hijo de esa señora. Gracias,
querido doctor; a usted debemos nuestra salvación. Gracias a usted, el
desarreglo de esas gentes devolverá el bienestar a mi excelente padre y
la vida a mi noble madre. Mi paso por el mundo no habrá sido inútil. Me
quedaba por todo bien el recuerdo de una vida pura y un pobre nombre
sin mancha, como el velo de la primera comunión de una niña. Se lo doy
todo a mis padres. Le ruego, mamá, que no proteste usted. No se
desobedece a los enfermos. ¿Verdad, doctor?
--Señorita--respondió tendiéndole la mano--, es usted una santa.
--Sí; me esperan allá arriba; mi urna está dispuesta para recibirme.
Rogaré a Dios por usted, mi digno amigo, ya que usted no lo hace.
Al hablar así su voz tenía algo de alado, de aéreo, de sobrenatural,
como la serenidad del cielo. La duquesa se estremecía al escucharla; le
parecía que el alma de su hija iba a escapar como un pájaro al que se ha
abierto la jaula. Estrechó a Germana entre sus brazos y le dijo:
--¡No, tú no nos dejarás! Iremos todos a Italia y el sol te curará. El
señor de Villanera es un hombre de corazón.
La enferma se encogió ligeramente de hombros y respondió:
--El hombre a quien se refiere usted hará mejor en quedarse en París,
puesto que aquí tiene sus afectos, y en dejarme que pague tranquilamente
mi deuda. Ya sé yo a lo que me comprometo aceptando su nombre. ¿Qué
diría, ¡Dios santo!, si le jugase la mala partida de curarme? La señora
Chermidy tendría el derecho de hacerme expulsar de este mundo por la
justicia. Y diga usted, doctor, ¿me veré obligada a presentarme al señor
de Villanera?
El señor Le Bris contestó con un imperceptible signo afirmativo.
--Bueno--dijo ella--, le haré buena cara. En cuanto al niño, le besaré
de muy buena gana. Siempre me han gustado los niños.
La duquesa miró al cielo como un náufrago mira la orilla.
--Si Dios es justo--murmuró--, no nos separará; nos llevará a todos
juntos.
--No, querida mamá; usted vivirá para mi padre. Usted, padre mío, vivirá
para sí mismo.
--Te lo prometo--respondió ingenuamente el viejo.
Ni la duquesa ni su hija parecieron darse cuenta del egoísmo monstruoso
que se encerraba detrás de aquellas palabras, al contrario, se
emocionaron hasta derramar lágrimas; solamente el doctor sonrió.
Semíramis entró, anunciando que el almuerzo del señor duque estaba en la
mesa.
--Adiós, señoras--dijo el doctor--; voy a llevar esas buenas noticias al
conde. Creo que ustedes recibirán hoy mismo su visita.
--¿Tan pronto?--preguntó la duquesa.
--No tenemos tiempo que perder--añadió Germana.
--Mientras tanto--dijo el duque--, almorcemos.
III
LA BODA
El señor Le Bris tenía el coche a la puerta. Se hizo llevar a una lujosa
confitería del barrio, compró una cajita de madera de violeta, la hizo
llenar de bombones, volvió a subir al coche, que se detuvo bien pronto
delante de la casa de la señora Chermidy. La bella arlesiana era
propietaria del edificio, aunque no ocupaba más que el primer piso. El
conserje era uno de sus criados y sabía que dos golpes de timbre
significaban una visita para su señora.
Las puertas se abrieron por sí solas ante el joven doctor. Un lacayo le
cogió el gabán de sobre los hombros con tanta ligereza que apenas si lo
advirtió. Otro le introdujo, sin anunciarle, en el comedor. En aquel
momento el conde y la señora Chermidy se sentaban a la mesa. La dueña de
la casa le presentó sus mejillas y el conde le estrechó cordialmente la
mano.
Los cubiertos habían sido puestos sin mantel sobre una mesa biselada de
encina tallada. La habitación estaba adornada con tallas antiguas y
cuadros modernos; un célebre banquero de la Calzada de Antin, que
manejaba el pincel en sus ratos de ocio, había ofrecido a la señora
Chermidy cuatro grandes panneaux representando escenas de naturaleza
muerta; el techo era una copia del -Banquete de los dioses-; la
alfombra había venido de Esmirna y los floreros de Macao. Una gran araña
flamante, de vientre redondeado y delgadas patas, se agarraba
implacablemente al centro del techo sin respeto alguno para la asamblea
de los dioses. Dos aparadores esculpidos por Knecht brillaban a la luz
con su profusión de cristal, loza y plata. El servicio de mesa
correspondía a tanta suntuosidad; los platos eran chinos, las botellas
de Bohemia y los vasos de Venecia. Los mangos de los cuchillos provenían
de un servicio encargado a Sajonia por Luis XV.
Si el señor Le Bris hubiese gustado de las antítesis, habría podido
hacer una comparación muy interesante entre el mobiliario de la señora
Chermidy y el de la duquesa de La Tour de Embleuse. Pero los médicos de
París son filósofos imperturbables que viajan entre el lujo y la
miseria, sin extrañarse de nada, del mismo modo que pasan del calor al
frío sin resfriarse.
La señora Chermidy estaba envuelta en vestido acolchado de raso blanco.
Con aquel traje parecía una gata sobre un edredón, una joya en su
estuche. No habéis visto nunca nada más brillante que su persona, ni más
muelle que su envoltura. Tenía treinta y tres años, una hermosa edad
para las mujeres que han sabido conservarse. La belleza, el más
perecedero de todos los bienes terrestres, es aquel cuya administración
resulta más difícil. La Naturaleza la da; el arte añade muy poca cosa,
pero es necesario saberla conservar. Los pródigos que la derrochan y
los avaros que no hacen uso de ella, llegan en pocos años al mismo
resultado; la mujer de genio es la que se gobierna con una sabia
economía. La señora Chermidy, nacida sin pasiones y sin virtudes, sobria
en todos los placeres, siempre tranquila en el fondo del corazón con las
apariencias de una vivacidad meridional, administraba con tanto cuidado
su belleza como su fortuna. Cultivaba su frescura lo mismo que un tenor
cultiva su voz. Era de aquellas mujeres que dicen locuras a todas horas,
pero que no las hacen más que con su cuenta y razón; muy capaz de
arrojar un millón por el balcón para que le entrasen dos por la puerta,
pero demasiado prudente para cascar una avellana con los dientes. Sus
antiguos admiradores de Tolón apenas si hubieran podido reconocerla:
tanto había cambiado, o, por mejor decir, ganado. Sin ser tan blanca
como una flamenca, había encontrado, no sé dónde, reflejos nacarados. La
salud subía hasta sus pupilas en suaves arreboles rosados; su boca
pequeña, redonda, carnosa, parecía una gruesa cereza que los gorriones
hubiesen abierto a picotazos. Sus ojos brillaban en sus órbitas obscuras
como un fuego de sarmientos en el centro de la chimenea. La indiferencia
y la bondad formaban en su rostro una mezcla deliciosa. Sus cabellos, de
un negro azulado, se partían sobre una frente pura, como las alas de un
cuervo sobre la nieve de diciembre. Todo en ella era joven, fresco,
sonriente; hubiera sido necesario tener muy buenos ojos para descubrir
en los ángulos de aquella linda boca dos arrugas imperceptibles, finas
como el cabello rubio de un recién nacido, y que ocultaban una ambición
insaciable, una voluntad de hierro, una perseverancia china y una
energía capaz de todos los crímenes.
Sus manos eran quizás un poco cortas, pero blancas como el marfil, con
los dedos redondos, ondulosos, regordetes, en los que, no obstante, se
adivinaba la garra. Su pie era el pie corto de las andaluzas,
redondeado, lo mostraba tal como era y no cometía la tontería de usar
botas largas. Todo su cuerpo era corto y redondeado, lo mismo que sus
pies y sus manos; el talle un poco grueso, los brazos un poco carnosos,
las caderas un poco pronunciadas; demasiada gordura, si os parece, pero
la gordura graciosa de una codorniz, la redondez sabrosa de una hermosa
fruta.
Don Diego se la comía con los ojos con una admiración infantil. ¿Es que
los enamorados de todas las clases no son niños? Según las teogonías
antiguas, el Amor es un niño de cinco años y medio, y no obstante
Hesiodo asegura que es más viejo que el Tiempo.
El conde de Villanera descendía en línea recta de esos españoles
caballerescos hasta lo ridículo, que el divino Cervantes ha
ridiculizado, no sin admirarlos. Nada había en él que descubriese su
origen napolitano, y se hubiera dicho que sus antepasados le habían
legado, con armas y bagajes, la vieja virtud de la España heroica. Era
un joven serio, rígido, frío, algo engreído, con un corazón de fuego y
un alma apasionada. Hablaba poco, siempre después de larga reflexión, y
nunca había mentido. No le gustaba discutir y reía rara vez, pero su
sonrisa estaba llena de una gracia afable que no carecía de grandeza. La
alegría, convengo en ello, le hubiera sentado mal. Intentad
representaros un don Quijote joven, vestido de frac. A primera vista no
se distinguía más que por sus negros bigotes, puntiagudos, lustrosos. Su
larga nariz se encorvaba vigorosamente como el pico de un águila; tenía
los ojos negros, las cejas negras, los cabellos negros y la tez del
color uniforme de una naranja de Portugal. Sus dientes podían haber
pasado por hermosos si no hubiesen sido tan largos y si su dueño no
hubiera sido fumador. Estaban revestidos de un esmalte un poco
amarillento, pero tan sólido que de él se hubieran podido construir
piedras de molino. El blanco de sus ojos era también algo amarillento;
no obstante, no se podía negar que tenía unos ojos muy hermosos. En
cuanto a su boca, no dejaba nada que desear, y debajo de sus mostachos
se advertían unos labios rosados como los de un niño. Sus brazos y sus
piernas, así como sus manos y sus pies, eran de una longitud
aristocrática. Finalmente, tenía la estatura de un granadero y la
apostura de un príncipe.
Si preguntáis por qué un hombre así había podido caer en las manos de la
señora Chermidy, os contestaré que la dama era más atractiva y más hábil
que Dulcinea del Toboso. Los hombres del temple de don Diego no son los
más difíciles de engañar, y el león se arroja con mayor aturdimiento
sobre la trampa que el zorro. La sencillez, la rectitud y todas las
cualidades generosas son otros tantos defectos para tratar con ciertas
gentes. Un corazón honrado no desconfía de los cálculos y bellaquerías
de que es incapaz, y cada cual se hace el mundo a su imagen. Si alguien
hubiera dicho al señor de Villanera que la señora Chermidy le amaba por
el interés, se habría encogido de hombros. Ella no le había pedido nada
y él se lo había ofrecido todo. Al aceptar cuatro millones, le hacía un
favor y él le estaba reconocido.
Por lo demás, al ver las miradas que le lanzaba a intervalos, era fácil
adivinar que la fortuna de los Villanera podía cambiar de manos en el
espacio de ocho días. Un perro echado a los pies de su dueño no era más
humilde ni más respetuoso que él. Se leía en sus grandes ojos negros el
reconocimiento apasionado que todo hombre galante debe a la mujer que ha
elegido; la admiración religiosa de un padre joven por la madre de su
hijo. Se veía, en fin, como un deseo no saciado, una sumisión de la
fuerza al capricho, el temor de la negativa, una solicitud inquieta que
probaba que la señora Chermidy era una mujer de talento.
El simpático doctor, sentado enfrente del conde, formaba con él un
contraste singular. El señor Le Bris era lo que se llama un muchacho
guapo. Quizá le faltaban un centímetro o dos para llegar a una estatura
regular, pero era bien proporcionado. No tenía cara de tonto ni mucho
menos, pero no sé si su nariz era del todo correcta. Su fisonomía decía
muchas cosas, pero su filiación no os hubiese dicho nada. Se vestía con
un aseo que se confundía con la elegancia; el corte de sus patillas
castañas era irreprochable y su raya se prolongaba casi hasta la nuca.
No era un hombre vulgar y, sin embargo, no se salía de lo vulgar.
Ninguna muchacha casadera le hubiese rechazado por su físico, pero me
habría extrañado mucho que se echase al agua por él. Además, se veía que
no llegaría a los cuarenta años sin tener vientre.
Difícilmente otro médico podía ser más a propósito que él para la
clientela. Sin parar mañana y tarde, afectuoso con lo más alto y lo más
bajo de la sociedad, no desentona nunca. Es un Alcibíades burgués que se
acomoda a todas las costumbres. Es apreciado en el -faubourg-
Saint-Germain por su reserva, en la Calzada de Antin por su ingenio y en
la calle Vivienne por su franqueza. Las mujeres, fuese cualquiera su
posición, trabajaban activamente por él; ¿y sabéis por qué? Porque al
lado de una enferma joven o vieja, fea o hermosa, demostraba una
solicitud amable, una especie de galantería intermedia entre el respeto
y el amor. El mismo no ha sabido explicarse jamás la naturaleza de este
sentimiento, pero todas las mujeres sienten por él una simpatía benévola
que puede llevarle muy lejos.
Sus antiguos camaradas del hospital le habían llamado, por este motivo,
-la llave de los corazones-. Yo sé de una casa donde se le llama, y no
sin motivo, -la tumba de los secretos-. Sus jóvenes clientes del
-faubourg- Saint-Germain le reprochaban el que visitase todas las
noches el escenario de la Opera y le llamaban -mata ratas-. En cambio,
en el salón de baile su juiciosa conducta le había valido el apodo de
-Nuevo Continente-.
--Y bien, Tumba de los secretos--dijo la señora Chermidy con su ligero
acento provenzal--, ¿ha cumplido usted mi encargo?
--Sí, señora.
--¿Se trata de la tísica en cuestión?
--Sí, de la señorita de La Tour de Embleuse.
--¡Bravo! me parece que es una buena alianza... Yo siempre había sentido
interés por las tísicas... ¡Las mujeres que tosen...! Ya ve usted cómo
el Cielo recompensa mi compasión.
--Doctor--preguntó el conde--, ¿ha hablado usted de las condiciones?
--Sí, querido conde; las aceptan todas.
La señora Chermidy lanzó un grito de alegría.
--¡Negocio concluido! ¡Viva París, donde se compran las duquesas al
contado!
El conde frunció el entrecejo. El doctor dijo vivamente:
--Si usted hubiese podido venir conmigo, señora, tengo la seguridad de
que habría llorado.
--¿Es realmente muy conmovedor una duquesa que vende a su hija? ¡Un
episodio del mercado de esclavas!
--Yo diría mejor un episodio de la vida de los mártires.
--¡Galante está usted!
El doctor contó la escena en la que él había representado un papel. El
conde se emocionó. La señora Chermidy tomó su pañuelo e hizo ademán de
enjugar sus hermosos ojos que no lo necesitaban.
--Me satisface mucho--dijo el conde--que sea ella quien haya adoptado
esta resolución. Si los padres hubiesen aceptado por sí mismos, tal vez
les habría juzgado mal.
--Perdón, pero antes de juzgarles faltaría saber si esta mañana tenían
pan en casa.
--¿Pan?
--Pan, sin metáfora.
--Adiós--dijo el conde--. Voy a saludar a mi madre. Dormía aún esta
mañana cuando he salido del hotel. Le contaré todo lo ocurrido y le
preguntaré qué es lo que debo hacer. ¿Es posible, doctor, que haya
gentes que carezcan de pan?
--He encontrado algunas en el camino de mi vida. Desgraciadamente no
tenía un millón para ofrecerles como hoy.
El conde besó la mano a la señora Chermidy y corrió al hotel de su
madre. La linda mujer quedó con el doctor.
--Puesto que hay gentes que carecen de pan--dijo--, veamos, doctor, ¡una
taza de café!... ¿Cómo me las arreglaría yo para ver a esa mártir del
pecho? Porque es necesario que sepa yo a quién confío a mi hijo.
--Puede usted verla en la iglesia, el día de la boda.
--¿En la iglesia? ¿Pero es que puede salir?
--Sin duda... en coche.
--Creí que estaba más enferma.
--¿Usted por lo visto quería un casamiento -in articulo mortis-?
--No, pero quiero estar segura. ¡Bondad divina! ¡doctor, si llegase a
curar!
--La Facultad de Medicina se extrañaría mucho.
--¡Y don Diego quedaría casado para siempre! ¡Y yo mataría a usted,
Llave de los corazones!
--¡Ay! señora, no me siento en peligro.
--¡Cómo ay!
--Perdone usted, es el médico el que habla, no el amigo.
--Una vez casada, ¿usted continuará asistiéndola?
--¿Es que hay que dejarla morir sin socorro?
--¡Toma! ¿para qué la casamos, pues? No será para que sea eterna.
El doctor reprimió un movimiento de disgusto y respondió con el tono más
natural, como el de un hombre en el que la virtud no es pedantería:
--¡Dios mío! señora, es mi costumbre, y ya soy demasiado viejo para
corregirme. Nosotros los médicos cuidamos a nuestros enfermos como los
perros de Terranova salvan a los que se están ahogando. Cuestión de
instinto. Un perro salva ciegamente al enemigo de su dueño. Yo cuidaré a
esa pobre criatura como si todos tuviésemos interés en que se curase.
Después de la partida del doctor, la señora Chermidy pasó a su tocador y
se entregó en manos de su doncella. Por la primera vez en mucho tiempo
se dejó vestir sin fijarse: ¡tenía otras preocupaciones más
importantes! Aquel matrimonio que había preparado, aquella combinación
inteligente que ella misma se aplaudía como un rasgo de genio, podía
convertirse en su confusión y en su ruina. No hacía falta para ello más
que un capricho de la Naturaleza o la estúpida honradez de un médico
para que quedasen fallidos los cálculos más sabios y defraudadas sus más
queridas esperanzas. Comenzaba a dudar de su amante, de su buena
estrella, de todo, en fin.
Hacia las tres de la tarde comenzaron a desfilar las visitas. Hubo de
sonreír a todos los pares de patillas que se acercaron a ella,
extasiarse ante cuarenta cajas de bombones salidas todas de la misma
tienda. Maldijo con todo su corazón las amables importunidades de año
nuevo, pero no dejó traslucir nada de la inquietud que le roía el alma.
Todos los que salían de su casa se hacían lenguas de su amabilidad.
Y es que tenía un talento bien precioso para una dueña de casa; sabía
hacer hablar a todo el mundo. Hablaba a cada uno de lo que más le
interesaba; conducía a cada uno al terreno en que se encontraba más
firme. Aquella mujer sin educación, demasiado perezosa y demasiado
orgullosa para tener un libro en la mano, sabía fabricarse un fondo de
conocimientos útiles leyendo a sus amigos. Y ellos le servían con la
mejor voluntad. En el mundo somos así; agradecemos interiormente a todo
aquel que nos obliga a hablar de lo que sabemos o a contar la historia
que decimos bien. El que nos hace mostrar nuestro talento no es nunca
un tonto, y cuando se está contento de sí mismo, no se está descontento
de los demás. Los hombres más inteligentes trabajaban en la reputación
de la señora Chermidy, tan pronto proporcionándole ideas, tan pronto
diciendo con una secreta complacencia: «Es una mujer superior, me ha
comprendido.»
En el curso de aquella reunión se encaró con un homeópata de renombre,
que cuidaba a las personas más ilustres de París. Encontró medio de
interrogarle delante de siete u ocho personas sobre el punto que la
preocupaba.
--Doctor--le dijo--, usted que todo lo sabe, ¿quiere decirme si los
tísicos pueden curar?
El homeópata le respondió galantemente que ella no tendría nunca nada
que temer de tal enfermedad.
--No se trata de mí--repuso--. Es que me intereso vivamente por una
pobre niña que tiene los pulmones destrozados.
--Envíeme usted a su casa, señora. No hay curación imposible para la
homeopatía.
--Es usted muy bueno, doctor. Pero su médico, un simple alópata, asegura
que ya no le queda más que un pulmón, y aun estropeado.
--Se le puede curar.
--El pulmón, tal vez. ¿Pero y la enferma?
--Puede vivir con un solo pulmón. Se ha visto muchas veces. Yo no le
aseguro que pueda subir al Mont-Blanc a la carrera, pero sí vivir
tranquilamente por espacio de muchos años, a fuerza de cuidados y de
glóbulos.
--¡No deja de ser un porvenir! Nunca hubiese creído que se pudiese vivir
con un solo pulmón.
--Tenemos ejemplos muy numerosos. La autopsia ha demostrado...
--¡La autopsia! ¡pero la autopsia no se hace más que a los muertos!
--Tiene usted razón, señora, y mis palabras se asemejan a una tontería.
No obstante, escuche usted. En Argelia, el ganado de los árabes es
generalmente tísico. Los rebaños están mal cuidados, pasan las noches al
relente y enferman del pecho. Nuestros súbditos musulmanes no se sirven
para nada del veterinario; dejan a Mahoma el cuidado de curar a sus
vacas y a sus bueyes. Pierden muchas cabezas a causa de esta
negligencia, pero no las pierden todas. Los animales curan alguna vez,
sin el socorro de la ciencia y a pesar de todos los estragos que la
enfermedad haya podido hacer en su cuerpo. Uno de mis colegas que presta
servicio en el ejército del Africa, ha visto sacrificar en los mataderos
vacas curadas de la tisis y que habían vivido muchos años con un solo
pulmón en muy mal estado. A esta autopsia quería referirme yo.
--Ahora comprendo--contestó la señora Chermidy--. ¿Entonces, si se
matase a todas las personas que viven en nuestra sociedad se encontraría
algunas que no tienen los pulmones como es debido?
--Y que no parecen darse cuenta. Precisamente, señora.
Una hora más tarde se había renovado la tertulia alrededor de la
chimenea del salón. La señora Chermidy vio entrar un viejo alópata,
curtido en el ejercicio de la profesión, que no creía en los milagros,
que gustaba de colocar las cosas en lo peor y que se extrañaba de que un
animal tan frágil como el hombre pudiese llegar sin accidente a los
sesenta años.
--Doctor--le dijo--, tendría usted que haber llegado un momento antes;
se ha perdido usted un hermoso panegírico de la homeopatía. El señor
P..., que acaba de salir, se alababa de hacernos vivir a todos con un
solo pulmón. ¿Qué le parece a usted?
El anciano médico se encogió imperceptiblemente de hombros.
--Señora--respondió--, el pulmón es a la vez el más delicado y el más
indispensable de nuestros órganos; renueva la vida a cada segundo por un
prodigio de combustión que Spallanzani y los más grandes fisiólogos no
han explicado ni descrito. Su contextura es de una fragilidad que
espanta; su funcionamiento le expone a peligros continuamente renovados.
Es en el pulmón donde nuestra sangre se pone en contacto inmediato con
el aire exterior. Si se pensase que el aire es casi siempre demasiado
frío o demasiado caliente o bien está mezclado con gases deletéreos, no
se respiraría una sola vez sin hacer testamento. Un filósofo alemán que
prolongó su vida a fuerza de prudencia, el célebre Kant, cuando daba su
cotidiano paseo higiénico, tenía cuidado de cerrar la boca y de
respirar exclusivamente por la nariz ¡tanto temía al aire que le
rodeaba!
--Pero, entonces, querido doctor, ¿todos estamos condenados a morir del
pecho?
--Mueren muchos, señora, y los homeópatas no lo evitan.
--¡Pero también curan muchos! Veamos; quiero suponer que un hombre joven
y robusto se casa con una joven y bella tísica. El la lleva a Italia,
hace lo posible por curarla y le proporciona los cuidados de un hombre
como usted. ¿Es que no podría en dos o tres años...?
--¿Salvar al marido? Es posible; pero yo no me atrevería a responder.
--¡El marido! ¿Pero qué peligro puede haber?
--El peligro del contagio, señora. ¿Quién sabe si los tubérculos que
nacen en los pulmones del tísico no extienden a su alrededor el germen
de la muerte? Pero perdone usted, no es éste ni el lugar ni el momento
de desarrollar una nueva teoría, inventada por mí, y que pienso someter
uno de estos días al examen de la Academia de Medicina. Unicamente le
contaré un caso observado por mí.
--Hable usted, querido doctor; hay tanto placer como provecho en
escuchar a un hombre como usted.
--Hace cinco años, señora, visitaba yo a la mujer de un sastre de la
calle de Richelieu, una infeliz criatura abominablemente tísica. Su
marido era un robusto alemán, sólido y sano como una manzana. Los dos
se adoraban. En 1849 habían tenido un niño que no vivió. La mujer murió
en 1850; yo hice todo lo que pude por salvarla. El marido me pidió la
cuenta y yo pasé dos años sin ir por la casa. El año último el sastre me
envió a buscar; le encontré en la cama, de tal modo cambiado, que no
podía reconocerle. Estaba tísico en el último grado. Así lo dije a una
regordeta que lloraba a su cabecera. Era su segunda esposa; había
cometido la tontería de casarse de nuevo. El marido murió, conforme al
programa. La viuda ha heredado la enfermedad. Ayer la visité y aunque el
mal ha sido atacado desde el principio, no me atrevería a responder de
nada.
La señora Chermidy cerró sus puertas a las cinco de la tarde y se sumió
en una melancólica meditación.
Nunca había desesperado de ser condesa de la Villanera. Toda mujer que
engaña a su marido aspira necesariamente a ser viuda; con mayor motivo
cuando tiene un amante rico y soltero. No creía descabellado que
Chermidy faltase un día u otro. Un hombre que vive entre el cielo y el
agua es un enfermo en peligro de muerte.
Sus esperanzas habían tomado cuerpo desde el nacimiento del pequeño
Gómez. Tenía atado al conde con un lazo bien poderoso para las almas
honradas, el amor paternal. Al casar al señor de Villanera con una
moribunda, aseguraba el porvenir de su hijo y el suyo propio. Pero en la
víspera de realizarse aquel atrevido proyecto, descubría dos peligros
que no había previsto. Germana podía curar. Si sucumbía, podía arrastrar
al conde con ella y legarle un germen mortal. En el primer caso, la
señora Chermidy lo perdía todo, incluso su hijo. ¿Con qué derecho iría a
reclamar el hijo legítimo de don Diego y de la señorita de La Tour de
Embleuse? Por otra parte, si el conde debía morir después de su mujer,
ella no se casaría con él. Se sentía demasiado joven y era demasiado
hermosa para representar el papel de la segunda esposa del sastre.
Afortunadamente, pensaba, nada se ha hecho aún. Se puede buscar otro
expediente. El conde está enamorado y es padre; haré de él lo que
quiera. Si es absolutamente necesario que se case para que legitime a su
hijo, ya encontraremos otra enferma cuya muerte sea más segura y cuyo
mal no sea contagioso. Además, se decía para tranquilizarse, que el
viejo alópata era un original capaz de inventar las teorías más
absurdas. Había oído decir, es verdad, que la tuberculosis se transmitía
algunas veces de padre a hijo, pero encontraba muy natural que Germana
guardase para sí la enfermedad y la muerte, como bienes parafernales. Lo
que la inquietaba seriamente era la posibilidad de una de esas
curaciones maravillosas que echan por tierra todos los cálculos de la
prudencia humana. Comenzaba a odiar al doctor Le Bris, tanto por sus
escrúpulos como por su talento. Para acabarse de tranquilizar se
prometió cortar en flor las gestiones de don Diego, hasta que ella
hubiese tomado todas sus precauciones.
Pero los acontecimientos habían ido muy de prisa durante el día y el
conde llegó a las diez para decirle que sus planes se habían ido
cumpliendo al pie de la letra.
Don Diego, al levantarse de la mesa, había corrido a casa de su madre.
La vieja condesa era una mujer de la misma madera que su hijo, alta,
seca, huesuda, modelada como una tabla, plantada majestuosamente sobre
dos grandes pies, morena hasta dar miedo a los niños, con una mueca
aristocrática que parecía una sonrisa, y el pelo gris partido. Escuchó
el relató de don Diego con la condescendencia rígida y desdeñosa de
otras épocas para las pequeñeces de hoy. Por su parte, el conde no hizo
nada para atenuar lo que había de reprensible en los cálculos de su
matrimonio. Aquellas dos personas honradas, pero mezcladas por la fuerza
de las circunstancias en uno de esos asuntos escabrosos que algunas
veces se presentan en París, no se preocupaban más que de los medios de
hacer dignamente una cosa que sus antepasados no habían hecho. La viuda
no tuvo en la conversación un reproche, ni siquiera mudo; hubiera sido
tardío; únicamente se trataba de asegurar el porvenir de la casa
salvando el nombre de los Villanera.
Cuando todos los pormenores quedaron convenidos, la condesa subió a su
carroza y se hizo conducir al palacio Sanglié. Los lacayos del barón la
condujeron hasta el departamento de la duquesa. Semíramis le abrió la
puerta y la introdujo en el salón. El señor y la señora de La Tour de
Embleuse la recibieron al lado de la chimenea, en la que ardía todo lo
que se había podido encontrar en la casa: dos tablas de la cocina, una
silla de paja y otros objetos. La duquesa se había vestido como había
podido. Su traje de terciopelo negro azuleaba por los pliegues. El duque
llevaba la cinta de sus condecoraciones sobre un frac más raído que el
de un maestro de escuela.
La entrevista fue fría y solemne. La señora de La Tour de Embleuse no
podía hacer buena cara a los que especulaban sobre la próxima muerte de
su hija. El duque, más despreocupado, intentó aparecer como un hombre de
mundo, pero la rigidez de la viuda paralizó todas sus gracias y sintió
frío hasta en la espalda. La señora de Villanera, por un error que se
comete frecuentemente en los primeros encuentros, envolvió en un mismo
juicio despectivo al duque y a la duquesa. Los acusó de demasiado
apresuramiento y creyó leer en sus ojos una alegría sórdida. No
obstante, no olvidó los graves intereses que allí la llevaban y expuso
fríamente el motivo de su visita. Discutió, como si fuese un notario,
todas las condiciones del matrimonio, y cuando estuvieron de acuerdo
sobre todos los puntos, se levantó de su silla y dijo con una voz
metálica:
--Señor duque, señora duquesa, tengo el honor de pedirles la mano de la
señorita Germana de La Tour de Embleuse, su hija, para el conde Diego
Gómez de la Villanera, mi hijo.
El duque respondió que su hija se consideraba muy honrada por la
elección del señor de Villanera.
Se fijó de común acuerdo el día de la boda y la duquesa fue a buscar a
Germana para presentarla a la viuda. La pobre niña creyó morir de
espanto al compararse con aquel espectro de mujer. La condesa la
encontró de su agrado, le habló maternalmente, la besó en la frente y
pensó al despedirse: «¿Por qué ha de estar condenada a muerte? Tal vez
fuese la nuera que me convendría.»
Al entrar en el hotel, la señora de Villanera encontró a don Diego que
jugaba con el niño. El padre y el hijo formaban un grupo bastante
original; quizás un extraño hubiese sonreído. El conde manejaba a la
débil criatura con una ternura temerosa; quizá tenía miedo de hacer
pedazos a su heredero con algún movimiento de sus robustos brazos. El
niño era bastante fuerte para su edad, pero feo, sin gracia y
excesivamente huraño. Desde que le habían separado de su nodriza, no
había visto más que dos seres humanos, su padre y su abuela, y vivía
entre aquellos dos colosos como Gulliver en la isla de los gigantes. La
viuda se había secuestrado voluntariamente para estar a su lado; hacía y
recibía muy pocas visitas por miedo que alguna palabra imprudente
traicionase su secreto. Los únicos cómplices de aquella educación
clandestina eran cinco o seis viejos domésticos encanecidos bajo la
librea, gentes de otra época y de otro país. Hubieseis dicho que se
trataba de los restos del ejército de Gonzalo de Córdoba o bien de
náufragos de la Armada Invencible. A la sombra de aquella extraña
familia, el niño crecía tristemente. Le faltaba la compañía de los de su
edad y era inútil que se le quisiera enseñar a jugar. Hay niños de dos
años que ya saben decirlo todo; él apenas si pronunciaba cinco o seis
palabras de dos sílabas. Don Diego lo adoraba tal como era: un padre es
siempre un padre; pero él tenía miedo a don Diego. Decía mamá a la vieja
condesa, pero no la besaba sin llorar muchas veces. En cuanto a su
madre, la conocía solamente de vista; la encontraba de cuando en cuando,
en una plazoleta apartada, lejos de las alamedas por donde pasea la
multitud. La señora Chermidy dejaba su coche a cierta distancia e iba a
pie hasta el del conde; besaba al niño a hurtadillas, le daba bombones y
le decía con una ternura sincera: «¡Mi pobre perrito, nunca serás mío!»
No hubiera sido prudente llevarlo a su casa aun cuando la condesa viuda
lo permitiese. La señora Chermidy sabía salvar las apariencias. Todo
París sospechaba su situación, pero el mundo establece una gran
diferencia entre una delincuente convencida o una mujer sospechosa. Así
podía encontrar aquí y acullá algunas almas tan ingenuas que
respondiesen de su virtud.
La señora de Villanera anunció a su hijo que la demanda estaba hecha y
aceptada. Hizo el elogio de Germana, sin decir nada de la familia, y
describió la miseria en que vivían los duques. Don Diego dijo que era
preciso enviarles un pronto socorro sin humillarles. La condesa propuso
sencillamente abrir su bolsillo al viejo duque en la seguridad de que
no dejaría de recurrir a él; pero el conde encontró más decente comprar
inmediatamente la canastilla y deslizar en ella mil luises. Esta limosna
oculta entre flores serviría para pagar las deudas más apremiantes y
para que la familia pudiese comer durante quince días. Y así se hizo. La
madre y el hijo quisieron encargarse personalmente de ello. Antes de
salir, la señora de Villanera besó las anaranjadas mejillas de su nieto
y le dijo: «Vaya, mi pobre bastardo, ¡tu aguinaldo consistirá en un
nombre!»
Nada es imposible en París: la canastilla fue improvisada en algunas
horas. Por la noche, todos los comerciantes enviaron sus telas, sus
encajes, sus cachemiras y sus joyas. La condesa no quiso confiar a nadie
el encargo de arreglarlo todo y de colocar los cartuchos del oro en el
cajón de los alfileres. A las diez, la canastilla salió en dirección al
palacio Sanglié, mientras que el conde se dirigía a casa de la señora
Chermidy.
Germana y la duquesa examinaron con fría curiosidad aquellos tesoros. La
señora de La Tour de Embleuse admiraba los aderezos de su hija como
Clitemnestra pudo admirar las bandas fúnebres destinadas a adornar la
frente de Ifigenia. Germana recordó a sus padres el capítulo de -Pablo y
Virginia- en que ésta gasta el dinero de su tía en pequeños regalos para
su familia y sus amigos: ¿Qué haremos de todo esto, dijo, nosotros que
ya no tenemos amigos ni familia? ¡Qué lástima!» El duque abrió los
cajones con noble desdén, como hombre a quien todos los esplendores han
sido familiares; pero no conservó su indiferencia a la vista del oro.
Sus ojos se iluminaron. Aquellas manos aristocráticas que se habían
abierto tan a menudo para dar, se crisparon ávidamente como las garras
de un avaro. Rompió el papel de todos los cartuchos, hizo brillar el oro
amarillento a la luz de una lámpara humeante e hizo tintinear a sus
oídos aquellos discos trémulos, que tañían alegremente los funerales de
Germana.
La pasión es un nivel brutal que iguala a todos los hombres. El señor
duque de La Tour de Embleuse hubiera podido desempeñar su parte a las
nueve de la mañana en el vestíbulo, en el concierto de los domésticos
del palacio Sanglié. No obstante, bien pronto apareció el hombre
educado. El duque metió el oro en el cajón y dijo con una frialdad
estudiada: «Esto es de Germana; guárdalo bien, hija mía. Ya nos
prestarás un poco para hacer hervir el puchero. Hoy hemos comido
bastante mediocremente. Si fuese rico, como lo seré dentro de un mes, os
llevaría a cenar al restaurant.» La enferma y la moribunda adivinaron
los secretos deseos del viejo. No os podéis imaginar con qué tierna
solicitud, con qué piedad respetuosa Germana le obligó a tomar algún
dinero y la duquesa le vistió y le peinó para que fuese a cenar fuera de
casa. Volvió a las dos de la madrugada. Su mujer y su hija oyeron unos
pasos desiguales en el corredor. Pero ni una ni otra abrieron la boca y
procuraron hacerse creer mutuamente que dormían.
Don Diego y la señora Chermidy pasaron una velada tempestuosa. La bella
arlesiana comenzó por oponer a su amante diversas objeciones contra la
boda. El conde, que no discutía nunca, le contestó con dos observaciones
que no tenían réplica: «El asunto ya está concluido y usted es quien lo
ha querido.» Ella cambió de táctica y ensayó el efecto de las amenazas.
Le juró que rompería con él, que lo abandonaría, que le quitaría a su
hijo, que promovería un escándalo, que se mataría. La sugestiva dama
estaba muy hermosa en su furia; tenía el aire de un pajarito asustado,
ante el cual un enamorado no podía permanecer insensible. El conde pidió
gracia, pero firme en su resolución. Cedía como esos buenos resortes de
acero que se doblan con gran esfuerzo, y que se enderezan con la
prontitud del relámpago. Entonces abrió la esclusa de sus lágrimas;
agotó el arsenal de su ternura y fue durante tres cuartos de hora la más
desgraciada y la más enamorada de las mujeres. Cualquiera, al oírla,
hubiera creído que ella era la víctima y Germana el verdugo. Don Diego
lloró con ella: las lágrimas se deslizaban por su rostro varonil como la
lluvia sobre una estatua de bronce. Cometió todas las cobardías que el
amor exige. Habló de la futura condesa con una frialdad rayana en el
desprecio; prometió por su honor que ella no viviría largo tiempo y
hasta ofreció a la señora Chermidy que le permitiría ver a Germana antes
de la boda. Pero su palabra estaba ya dada y los Villanera nunca se
vuelven atrás de lo que dicen. Todo lo que la dama pudo obtener es que
él la iría a ver todos los días clandestinamente, hasta que se celebrase
la boda.
Al día siguiente la señora de Villanera le condujo al palacio Sanglié y
le presentó a su nueva familia. Visita de ceremonia que no duró más de
un cuarto de hora. Germana se desmayó en su presencia. Más tarde ha
confesado que aquella fisonomía dura la espantó y que había creído ver
entrar al hombre que debía enterrarla. En cuanto a él tampoco se sentía
muy a gusto. No obstante, encontró algunas frases de cortesía y de
reconocimiento que conmovieron a la duquesa.
Volvió todos los días, sin su madre, mientras se publicaban las
amonestaciones. Según la costumbre establecida, cada vez llevaba un
ramo. Germana le rogó que escogiese flores sin perfume. Soportaba
difícilmente los olores. Aquellas entrevistas le molestaban mucho y
fatigaban a Germana, pero había que conformarse con la rutina. El señor
Le Bris temió por un momento que la enferma sucumbiese antes del día
fijado y la señora Chermidy llegó a participar de los temores del
doctor. Cuando vio que Germana estaba irremisiblemente condenada, tuvo
miedo de que muriese demasiado pronto y se interesó por su vida. Algunas
veces ella misma conducía al conde a la calle de Poitiers y le esperaba
en su coche.
La duquesa había comprendido que no podía casar a su hija en aquel
zaquizamí y alquiló por mil francos mensuales un bonito departamento
amueblado en una casa próxima. Germana fue trasladada sin accidente,
aprovechando un día de sol. Allí es a donde don Diego iba a hacerle la
corte; la vieja condesa iba con tanta frecuencia como él y permanecía
más tiempo. No tardó mucho en conocer a la señora de La Tour de Embleuse
y el hielo quedó roto. Pudo admirar las virtudes de aquella noble mujer
que durante ocho años había tenido que pasar por puertas bajas sin
inclinar la cabeza una sola vez. Por su parte, la duquesa reconoció en
la señora de Villanera una de esas almas elegidas que el mundo no
aprecia en lo que valen porque sólo juzga por las apariencias. La cama
de Germana sirvió de lazo de unión a aquellas dos madres. La anciana
condesa disputó más de una vez a la señora de La Tour de Embleuse las
fatigas y las molestias del estado de enfermera. Cada una de ellas
quería encargarse de los cuidados más penosos y de esos servicios en que
estalla la abnegación del sexo sublime.
El viejo duque proporcionaba a su mujer un suplemento de preocupaciones
sin el cual hubiera podido pasarse perfectamente. El dinero le había
dado como una tercera juventud. Juventud sin excusa, cuyas locuras frías
y sin alegría no podían interesar a nadie. Vivía fuera de su casa y la
solicitud discreta de su esposa no llegaba hasta inquirir sus acciones.
Trataba de distraerse, según decía, de los disgustos domésticos. El oro
de su hija resbalaba entre sus dedos y Dios sabe a qué manos iba a
parar. Había perdido, en ocho años de miseria, aquella elegancia que
ennoblece hasta las tonterías de los hombres bien nacidos. Todos los
placeres le eran permitidos y llegó hasta llevar a la cabecera de
Germana el olor nauseabundo de la taberna. La duquesa temblaba ante la
idea de dejar a aquel niño viejo en París, con más dinero del que se
necesitaba para matar a diez hombres. En cuanto a llevarlo a Italia, ni
soñarlo. París era el único lugar donde había conocido la vida y su
corazón estaba encadenado al asfaltado de las calles. La pobre mujer se
sentía atraída por dos deberes contrarios. Hubiera querido dividirse en
dos para endulzar los últimos momentos de su hija y para conducir la
vejez alocada de su incorregible marido. Germana asistía desde su cama a
los combates interiores que sostenía la duquesa. A fuerza de sufrir
juntas, la madre y la hija habían llegado a entenderse sin decir nada y
a no tener más que un alma para las dos. Un día, la enferma declaró
rotundamente que no abandonaría Francia.
--¿Es que no estoy bien aquí?--decía--. ¿Qué necesidad hay de agitar al
viento una antorcha que se extingue?
En aquel momento entró la señora de Villanera con el conde y el señor Le
Bris.
--Querida condesa--dijo Germana--, ¿es absolutamente necesario que me
enviéis a Italia? Para lo que he de hacer, mejor estoy aquí, y además no
quisiera que mi madre dejase París.
--¡Pues que se quede!--respondió la condesa con su vivacidad española--.
No tenemos necesidad de ella y yo la cuidaré a usted mejor que nadie.
Usted es mi hija, ¿lo oye usted?, y tendremos ocasión de probárselo.
El conde insistió sobre la necesidad del viaje y el doctor hizo coro con
él.
--Además--añadió el señor Le Bris--, la duquesa no nos sería
precisamente útil. Dos enfermos en un mismo carruaje no permiten
adelantar mucho. El viaje que es conveniente para usted, sería
perjudicial para la señora duquesa.
En el fondo de su corazón, el honrado joven quería ahorrar a la duquesa
el espectáculo de la agonía de su hija. Quedó, pues, convenido, que la
señora de La Tour de Embleuse permanecería en París: Germana partiría
con su marido, su suegra, el pequeño Gómez y el doctor.
El señor Le Bris se había comprometido un poco irreflexivamente a
abandonar su clientela. El viaje le podía costar caro si duraba mucho
tiempo. Lo difícil no era encontrar un colega que se encargase de la
duquesa y de los demás enfermos; pero París es una ciudad donde los
ausentes no hacen carrera y aquel que no se exhibe todos los días es
pronto olvidado. El joven doctor sentía por Germana una amistad sólida,
pero la amistad no nos lleva nunca al olvido de nosotros mismos: éste es
uno de los privilegios del amor.
Por su parte, don Diego se había impuesto el cumplimiento de su deber y
quería que Germana fuese acompañada de su médico de cabecera. Preguntó
al señor Le Bris cuánto ganaba cada año.
--Veinte mil francos--contestó el doctor--. De esos cobro cinco o seis
mil.
--¿Y el resto?
--Me lo quedan a deber. Nosotros no tenemos derecho a acudir a los
juzgados.
--¿Haría usted el viaje a Italia por veinte mil francos anuales?
--Mi pobre conde, no hablemos de años. Lo que le queda de vida debe
contarse por meses, quizás por semanas.
--¡Pongamos dos mil francos al mes y sea usted de los nuestros!
El señor Le Bris estrechó la mano del conde. El interés se mezcla en
todas las pasiones humanas, y representa igualmente su papel en el drama
y en la comedia. El amor y el odio, el crimen y la virtud, la vida y la
muerte, no se cruzan jamás sin codearse con un personaje brillante y
sonoro que se llama el dinero.
Fue el doctor el encargado de entregar al duque el precio de su hija. El
conde no se hubiera atrevido jamás a dar un millón a un gentilhombre. El
señor Le Bris, que conocía al duque, cumplió su comisión fácilmente. Le
llevó una inscripción de cincuenta mil francos de renta y le dijo:
--Señor duque, he aquí la salvación de la señora duquesa.
--¡Y la mía!--añadió el viejo--. Usted nos ha prestado un gran servicio,
doctor, y desde este momento queda al servicio de mi casa.
El joven respondió cortésmente:
--Es cosa hecha, señor duque.
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